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Nafpaktos es Lepanto

Ulyfox | 19 de mayo de 2019 a las 18:15

Una de las torres defensivas del puerto de Nafpaktos, al atardecer.

Una de las torres defensivas del puerto de Nafpaktos, al atardecer.

Hemos vuelto de nuevo del lugar a donde siempre vamos. De Grecia. Ya no preguntáis por qué, así que nos ahorraremos explicar el motivo, que es tan claro como sencillo. nunca habíamos estado allí en la celebración de la Pascua ortodoxa, y esta vez hemos cumplido ese deseo. Y ya está. Diez días de respiración helénica, para seguir buceando en este mar cotidiano hasta la próxima ocasión de, como las ballenas, subir a tomar aire.

 

El puerto de Nafpaktos desde el nuestro balcón en el hotel Spon.

El puerto de Nafpaktos desde el nuestro balcón en el hotel Spon.

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Dos aviones, Jerez-Madrid y Madrid-Atenas y ya estábamos en camino en nuestro coche alquilado, a esa hora del día que los griegos denominan apóyevma, los ingleses afternoon, los italianos pomeriggio, y para la que los españoles no hemos encontrado un nombre, quizá porque es el momento de saltársela con una siesta, y encuadramos en el larguísimo plazo de la “tarde”.

Una cerveza en el puerto.

Una cerveza en el puerto.

Seguía siendo para nosotros la tarde bien entrada (para los griegos el nombre habría cambiado a spera, los ingleses le llamarían evening y los italianos sera…) cuando llegamos a Nafpaktos después de una cara autopista de peaje y de salvar el Golfo de Corinto por el aún más caro aunque impresionante puente de Rio-Antirio. Daba ya igual entonces el nombre de la hora, porque el paisaje estaba precioso con la luz dorada que se reflejaba al otro lado del estrecho en las montañas aún nevadas del Peloponeso y que daba una especial calma al puerto.

Casas junto al puerto, y arriba el castillo.

Casas junto al puerto, y arriba el castillo.

Nafpaktos es, como algunos sabréis y otros no, el nombre actual de la antigua Lepanto. Así que ya imaginais las evocaciones históricas, militares y literarias que provoca el nombre del lugar, escenario de la batalla que fue descrita como “la más alta ocasión que vieron estos siglos y verán los venideros” o una frase al menos tan solemne por Miguel de Cervantes, también conocido como ‘el manco de Lepanto’ tras haber perdido el brazo izquierdo en ese combate de la flota aliada cristiana contra la del amenazante Imperio Otomano. Han dicho y escrito los que saben que esa derrota fue clave para evitar la expansión de los turcos hasta quién sabe dónde en Europa.

Llegando al castillo de Nafpaktos.

Llegando al castillo de Nafpaktos.

Vale. Como es natural, todo Nafpaktos está lleno de referencias a esa batalla, pero su actual encanto reside en el minúsculo puerto veneciano fortificado, en las antiguas casas que lo rodean, en las murallas de las que se conserva buena parte y en el altísimo castillo que lo preside todo. Una mezquita de la época otomana también se mantiene en pie, pero estaba cerrada. No es poco atractivo añadido el de una buena playa situada en la parte oeste de la ciudad, frente al Golfo.

Vista de Lepanto y su golfo desde el castillo.

Vista de Lepanto y su golfo desde el castillo.

Así que a conocer todo eso dedicamos el día siguiente. El encantador puerto que alberga en un lateral una estatua dedicada a Cervantes merece mil fotos, casi una por cada piedra. Después de pasear por él, emprendimos una tonificante subida al castillo, lo que permite unas espectaculares vistas, además de la casi escalada por las calles más añejas. La fortaleza está muy bien conservada, y se agradece que no hayan intentado representar muebles ni personajes con vestidos de la época. Aunque no sería mala idea hacer allí algún tipo de centro de interpretación de la famosa batalla.

A punto de entrar al castillo.

A punto de entrar al castillo.

Tras el descenso, poco quedaba que hacer aparte de una sabrosa comida en la Taberna Papoulis y un paseo por la desierta parte de la playa. El día, además, se puso gris y la leve lluvia invitaba al recogimiento de la lectura en el precioso hotel Spon.

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Las delicias de la taberna Papoulis.

Las delicias de la taberna Papoulis.

No fue con la lluvia con lo que Nafpaktos mostró su cara mala, sino con los locales de copas ubicados en el puerto, incomprensiblemente dotados de una gran potencia de sonido para un lugar que invita tanto a la calma. Hasta las tantas, pero eso sí que parece una batalla perdida.

Onur, un castillo y muchas tumbas en Kaleuçagiz

Ulyfox | 14 de abril de 2019 a las 19:25

Disfrutando la tarde en la pensión Onur.

Disfrutando la tarde en la pensión Onur.

Todavía es posible, no creáis, hallar momentos y lugares que parecen hechos sólo para ti. Hablo de uno de ellos. No está solitario, ni perdido, aunque sí parece mostrar sus encantos verdaderos a quienes saben solicitarlos. Está en la costa sur de Turquía, en una franja que va desde Fetiye hasta más allá de Mira, donde su obispo Nicolás vivió una vida de santo mucho antes de que representara al personaje que ahora reparte regalos en Navidad.

Una tumba licia dominando la bahia de Kaleuçagiz.

Una tumba licia dominando la bahia de Kaleuçagiz.

Es la Costa Licia, donde habitó y prosperó una civilización contemporánea y luego conquistada por griegos y romanos. Todos ellos dejaron unos espectaculares restos repartiendo por toda la zona teatros, acueductos, calzadas y puertos. Pero tiene muchas otras cosas más cercanas. En uno de los entrantes de la hermosa línea del mar descansa una aldea de nombre difícil, Kaleuçagiz. Descansa cuando empieza a atardecer, quiero decir. Porque desde media mañana hasta media tarde es invadida por una legión de turistas que casi no paran en ella. Llegan en autocares o coches particulares y se dirijen inmediatamente a los barquitos de fondo plano y transparente, para visitar la ciudad sumergida de Kekova, en la islita del mismo nombre y luego otra aldea preciosa, de nombre Simena y coronada por un antiguo castillo sobre el mar.

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En Kaleuçagiz hay una pequeña mezquita, algunos restaurantes colgados sobre las tranquilas aguas y media docena de pensiones, la mayoría de ellas muy modestas. Uno de estos alojamientos es la Pensión Onur, con unas pocas habitaciones más que básicas y unas amplias zonas comunes donde desayunar, almorzar o cenar, o simplemente tumbarse en grandes sofás para ver atardecer al calor de un libro.

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Con Hassan, en su restaurante del mismo nombre, y ante varios de sus platos.

Con Hassan, en su restaurante del mismo nombre, y ante varios de sus platos.

Cuando la multitud se despide rauda para volver a sus hoteles de las poblaciones turísticas de la zona, la aldea es para los residentes, la tarde se hace eterna y las terrazas son más acogedoras. Es tiempo de hablar con los vecinos de pensión, contarse las historias mutuas con el dueño del restaurante Hassan, de buena cocina y mejor servicio a cargo de su hija, tan habladora e inteligente. El mercado de productos artesanales, fundamentalmente tejidos coloridos y baratos, apaga sus luces y los paseos son plácidos y cortos porque la longitud del pueblo no da para más.

Alrededores de Kaleuçagiz, siempre con sarcófagos licios sobre el mar.

Alrededores de Kaleuçagiz, siempre con sarcófagos licios sobre el mar.

Habíamos estado en la zona de Kekova una vez anterior, muy anterior, hace una quincena de años, y entonces lo que hoy es aparcamiento era una explanada polvorienta. Fuimos a lo mismo que hoy acuden miles, visitar Kekova y dar un paseo en barca, pero entonces era todo más tranquilo, y los tenderetes eran cinco donde hoy hay decenas. Pero no es posible agobiarse mucho si uno se abstrae de la fiebre por coger los barcos.

Una familia turca, en su barco de recreo.

Una familia turca, en su barco de recreo.

En la pensión Onur basta con dejarse llevar por los cuidados del menudo propietario. El primer día prácticamente nos limitamos a dar un pequeño paseo, almorzar y cenar largamente en lo de Hassan, y holgazanear entre tiempos en la gran terraza elevada. Pero para el segundo día teníamos un plan: acercarnos hasta el castillo de Simena rodeando la pequeña bahía y luego almorzar y bañarnos en la aldea vecina.

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En el camino hacia Simena...

En el camino hacia Simena…

Los tres nos pusimos en marcha sin mucha compañía por un camino de tierra y piedras que primero subía levemente, bajaba hasta el fondo de la bahía, y luego iniciaba un empedrado sendero elevándose hasta el castillo. Esta parte fue la más complicada, por las dificultades de Pepa al caminar sobre este terreno. Pero nada es imposible si se desea de verdad: hicimos una cadena en la que yo iniciaba el grupo, Pepa se agarraba a mi mochila y Penélope la aseguraba por detrás. Más de una vez, y más de cuatro, estuvimos a punto de rodar los tres por la tensión de impulsos en varias direcciones.

Ya en Simena, es posible bañarse junto a las tumbas sumergidas...

Ya en Simena, es posible bañarse junto a las tumbas sumergidas… y bajo el castillo.

Nos lo tomamos bien, y los tambaleos nos producían más risas que sustos. Y a la mitad del camino aparecieron: las tumbas, los sarcófagos licios de piedra gris, como barcas vueltas del revés, sobre unos pedestales monolíticos del mismo material y color. Salpicaban el sendero y ascendían hasta la colina, todas agujereadas, profanadas por los cazadores de tesoros. Decenas de ellas, dominando el mar circundante, empujando sin remedio hacia la evocación de tiempos muy muy lejanos y por fuerza con apariencia de heroicos.

Tras el almuerzo en Simena.

Tras el almuerzo en Simena.

Nos demoramos el tiempo necesario ante estas construcciones únicas, con un aire total de abandono y orgullo a la vez. Y luego, rodeando el castillo, comenzamos el empinado descenso hacia Simena, este ya hecho de escalones, y que hicimos al ritmo que marcaba Pepa. A media bajada paramos en un cafetín a referescarnos con sendos ayran, la deliciosa bebida hecha con yogur y agua. Como estamos en Turquía, sus encargados no desperdiciaron la oportunidad de vendernos algunas prendas.

Luego, al borde del mar, comprobamos que Simena, sin ser siquiera un pueblo, es mucho mayor que Kaleuçagiz, y más dedicada al turismo. Hay más alojamiento, y los locales de restauración tienen plataformas sobre postes con hamacas y sombrillas. A pesar de eso, lo realmente emocionante es bañarse junto a una tumba licia medio inundada, objeto de millones de fotos en los folletos de Turquía.

Simena, frente a Kekova, un lugar único...

Simena, frente a Kekova, un lugar único…

Después del baño, el almuerzo y la casi siesta, todo en o junto al mismo restaurante, la vuelta fue tan sencilla como telefonear a Onur, que nos vino a buscar en la barca que tiene a disposición de los clientes para trasladarnos de nuevo a su pensión surcando ligeramente las aguas de manera divertida y emocionante, brindándonos así una inolvidable entrada por mar a Kaleuçagiz, que apareció al atardecer más bella aún.

Onur (detrás) nos fue a buscar en su barca.

Onur (detrás) nos fue a buscar en su barca.

...para tener esta entrada espectacular en Kaleuçagiz.

…para tener esta entrada espectacular en Kaleuçagiz.

Es difícil imaginar un día mejor en vacaciones. Porque la estancia acabó con una cena en la misma pensión, que tiene un sencillo y estupendo restaurante, mientras caía la luz tras las montañas que cercan la costa licia.

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Una cena soñada para culminar una jornada de ensueño...

Una cena soñada para culminar una jornada de ensueño…

Playas de Creta, una inquietud inevitable

Ulyfox | 13 de marzo de 2019 a las 9:56

 

Era inevitable, lógico y justo. E incluso bueno para ellos, pero me produce un temblor inquietante. Ha ocurrido, claro: dos playas de la isla de Creta aparecen entre las 25 mejores playas del mundo de la lista de este año de la todopoderosa web TripAdvisor. Que me digan a mí si es justo. Claro que sí, no hay duda. Los amplios, brillantes, bellísimos arenales y lagunas de de Balos y Elafonisi, ambos en la provincia de La Canea allá en el oeste extremo de nuestra amada isla, son únicos, impensables en el continente europeo para el que no las conozca. Perfectamente comprensible que hayan terminado apareciendo en estas abundantes listas por las que el mundo se mueve hoy en día.

Pero a nosotros nos provoca esa inquietud. Las últimas veces que hemos ido a esas playas el temblor ha llegado a ser de estremecimiento. En Balos, la cola de coches aparcados en el inhóspito carril que da acceso al aparcamiento de tierra que da acceso a la playa tras un paseo a pie de media hora tenía una extensión de varios kilómetros. Y eso a finales de septiembre. Qué lejos aquella imagen que pudimos disfrutar en nuestra anterior visita a lo que era un paraíso único, el día del descubrimiento y de la boca abierta ante tal maravilla. Había gente, sí, pero no en las cantidades industriales en las que arriban ahora. Da miedo (al menos a mí) imaginar lo que pueda ser esta temporada… Lo indudable es que el paraje merece toda visita…

En Elafonisi, la de la arena rosada y las aguas transparentes, el efecto es el mismo o incluso más acentuado porque se puede llegar hasta ella por carretera bien pavimentada aunque llena de curvas. Allí acceden miles de autobuses y coches particulares, aparte de los barcos de excursión desde la cercana Paleochora. La invasión de hamacas y sombrillas ni siquiera da abasto para tanto turista. Qué se puede decir: la playa es hermosísima, sorprendente con su aspecto de mares del sur.

Esta inclusión en la lista, incluso este post modestamente puede contribuir aún más a la masificación, que de todas formas es insoslayable… pero al menos, que estéis avisados. No os puedo recomendar que no las conozcáis, pero evitad en lo posible los días y las horas punta. En fin…

Monteriggioni, una etapa en la Toscana

Ulyfox | 2 de marzo de 2019 a las 15:09

Vista a través de una de las dos puertas de la muralla de Monteriggioni.

Vista a través de una de las dos puertas de la muralla de Monteriggioni.

Puerta principal de entrada y panorámica de la plaza de Monteriggioni.

Puerta principal de entrada y panorámica de la plaza de Monteriggioni.

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Era una etapa atractiva, por un desvío corto desde la carretera principal. Una población mínima, apenas un castillo con casas dentro: Monteriggioni, por nombre. El recuerdo vivo de una forma de vida medieval sobre una colina de las miles que acumula la Toscana, así que decidimos parar en nuestro camino hacia Volterra. Era ya tarde y pensábamos que habría poca gente, por la hora y porque tampoco es uno de los grandes destinos en Italia, ni siquiera de los medianos o pequeños.

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Dos detalles de tiendas en Monteriggioni.

Dos detalles de tiendas en Monteriggioni.

Pero nos equivocamos. El turismo masivo, ese compuesto por gente que parece dispuesta a verlo todo siempre que se les lleve cómodamente, ha llegado también incomprensiblemente hasta aquí, por muy raro que parezca. No había muchos coches en el amplio aparcamiento a las afueras de las murallas, pero sí un par de autocares turísticos. No molestaban mucho, pero da miedo pensar en este pequeño pueblecito en días y horas punta.

La iglesia en la plaza principal.

La iglesia en la plaza principal.

Porque tampoco es que tenga mucho que ver: dos calles y dos placitas, una iglesia y unas pocas casas, algunas con huerto en la trasera, todo dentro de una muralla circular estupendamente conservada, con su buena quincena de torres defensivas. Pero hay restaurantes y algunas tiendas con productos y artesanía locales, y semeja un lugar ideal para rodara películas de la época. Un lugar bastante dormido, se diría, pero imponente visto desde fuera.

Es eso, un sitio fantástico para hacer una parada tranquila, con un paseo y un café a modo de preludio para Volterra, esta sí atiborrada de gente… que antes habría pasado por Monteriggioni.

Pienza, pecorino y Renacimiento

Ulyfox | 1 de marzo de 2019 a las 19:33

La mesa de la Osteria Sette di Vino.

La mesa de la Osteria Sette di Vino.

Algunas veces, o muchas si se está de suerte, se encuentra uno en una mesa el resumen de todo un país, o de la idea que uno tiene de él. Italia está llena de belleza, se la encuentra por todas partes, concentrada en las grandes urbes medievales y renacentistas, o esparcidas por el campo en forma de pequeños pueblos, allí mismo en las suaves colinas de Toscana y Umbría. En nuestra última visita a la península, combinamos los dos tipos de tragos agradables, pero el concentrado del país que he dicho antes lo encontramos en una pequeña trattoria de Pienza, una villa amurallada en el valle de Orcia que está considerada además como “la piedra de toque de la arquitectura renacentista”.

Lardo (tocino) de la Osteria

Lardo (tocino) de la Osteria

La Osteria Sette di Vino es el lugar, en una placita con fachadas estucadas y pozo central, aledaña a la calle principal. Ahí reina Lucianino, su patrón, ese mismo que, al vernos seguramente pinta de turistas, nos advirtió antes de entrar en el reducido local: “No pizza, no pasta, no café”. De acuerdo, de acuerdo. Ni falta que hacía. En la Osteria Sette di Vino el gran protagonista es el pecorino, ese grandioso queso de oveja (pécora en italiano) cuyo mejor exponente se da precisamente en Pienza. El pecorino en forma de surtidos, o a la parrilla, o combinado con panceta, por ejemplo, o en canapés… No sólo eso, también está bien provista de encurtidos, antipasti de todo tipo y legumbres como garbanzos o habichuelas. Nada de lo que entendemos por aquí que es un restaurante italiano al uso, pero en realidad lo más italiano que hay. Sin tener pizza ni pasta, comimos estupendamente, y no hay que hacer de menos el servicio peculiar de Lucianino, que no se privó de dejar a nuestra disposición al final una botella de grappa.

Con Lucianino, dueño de la Osteria.

Con Lucianino, dueño de la Osteria.

La plaza donde se encuentra la Osteria, al fondo.

La plaza donde se encuentra la Osteria, al fondo.

A veces cosas como esa marcan tu recuerdo de un pueblo. Y eso que a Pienza no le faltan cosas para dejar huella. Sobre una colina, extramuros es prácticamente una urbanización de casas unifamiliares. Pero en su estupendamente conservado casco histórico es una delicia. Tras atravesar la puerta fortificada, una larga calle mayor se presenta a la vista. Hay muchas tiendas turísticas, muchas puestas con delicadeza y de algunas sale un intenso olor a queso.

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Dos perspectivas de la plaza de Pio II.

Dos perspectivas de la plaza de Pio II.

El plato fuerte es la plaza Pio II, el papa nativo de Pienza que encargó al arquitecto Rosellino la reconstrucción de su pueblo según los cánones renacentistas a mitad del siglo XV. Y es verdad que todo en esta plaza, muy recogida, respira Renacimiento. En primer lugar, la Catedral con una fachada de mármol travertino espléndida en su sencillez de pilastras y arcos. A su lado, el palacio Piccolomini, que fuera residencia del mismo Papa, impresionante en su clasicismo.

El Palazzo Comunale.

El Palazzo Comunale.

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Callejeando por Pienza.

Callejeando por Pienza.

Y en la esquina de enfrente, el palazzo Comunale, o sea el Ayuntamiento, con una vistosa torre del reloj de ladrillo rojo. Toda una lección de arquitectura que se recibe con la única condición de girarse sobre sí mismo; todas, auténticas joyas del Quattrocento italiano. Su planificación urbanística sirvió de modelo a otras ciudades italianas.

Vista del Valle de Orcia desde la altura de Pienza.

Vista del Valle de Orcia desde la altura de Pienza.

La ubicación de Pienza permite además unos hermosos paseos con vistas lejanísimas hacia todo el Valle de Orcia. Tanto la ciudad como este Valle están declarados por la Unesco patrimonio de la humanidad. Nosotros, desde luego, la sentimos como nuestro patrimonio después de la comida, el paseo y el helado posterior para rematar la media jornada.

Un gelato italiano, el mejor remate.

Un gelato italiano, el mejor remate.

 

 

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Perugia, siempre subiendo

Ulyfox | 18 de febrero de 2019 a las 12:25

 

Vista general de la Piazza IV Novembre.

Vista general de la Piazza IV Novembre.

Para ver Perugia, capital de la región italiana de Umbría, hay que subir. Y no de cualquier manera. Lo mejor es hacerlo atravesando la Rocca Paulina, un bastión defensivo construido sobre otra construcción que se asienta a su vez sobre otra, un laberinto oscuro de calles bajo la piedra que desemboca, ya arriba, en una vía espléndida llena de luz y edificios bellísimos. Una sorpresa esperada si vas informado, pero no por eso menos asombrosa y gozosa, que no describiré mucho para no estropearla.

Interior de la Rocca Paolina.

Interior de la Rocca Paolina.

El Corso Pietro Vannucci lleva hasta la Piazza IV Novembre.

El Corso Pietro Vannucci lleva hasta la Piazza IV Novembre.

En realidad, todo fue una sorpresa maravillosa en Perugia, desde esa salida de lo oscuro a lo luminoso hasta los antiquísimos vestigios arquitectónicos del pasado etrusco. La calle principal, de esas anchas que los italianos llaman ‘corso’, en este caso Corso Pietro Varnucci, lleva entre edificios nobles hasta la espléndida Piazza IV Novembre, pero un poco antes es inevitable detenerse en el palacio gótico dei Priori que alberga la Galleria Nazionale de Umbria, con una espectacular fachada combada, con espléndidos ventanales, que sigue la línea de la calle.

La Fontana Maggiore con el Palazzo dei Priori al fondo, desde dos perspectivas.

La Fontana Maggiore con el Palazzo dei Priori al fondo, desde dos perspectivas.

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La parada ante este imponente edificio y la plaza que tiene justo al lado tiene forzosamente que ser duradera. No conviene, no se puede pasear apresuradamente por este escenario. No quedan ojos para mirar tantos ángulos y rincones, desde la fachada del palacio hasta la que se le enfrenta, la de la Catedral, con su aspecto inacabado, y en medio, la fuente circular de mármol con sus dos enormes tazas esculpidas con representaciones del Antiguo Testamento. Fontana Maggiore lleva por adecuado nombre.

Vista lateral de la portada del Palazzo dei Priori.

Vista lateral de la portada del Palazzo dei Priori.

Cuando uno piensa en Italia se imagina siempre plazas así, perfectas. Si acaso, a la catedral le falta el revestimiento que nunca tuvo, y para siempre se quedaron las piedras bastas esperando quizá el mármol brillante. Pero impresiona igual, con el amplio atrio de escalones de travertino, siempre llenos de gente sentada. Desde estos se tiene una inmejorable vista del Palazzo dei Priori, con otra escalinata que da entrada a la Sala dei Notari, con sus arcos románicos llenos de frescos coloridos.

Interior de la Sala dei Notari.

Interior de la Sala dei Notari.

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Arriba y abajo, dos vistas de la fachada inacabada de la Catedral de Perugia.

Arriba y abajo, dos vistas de la fachada inacabada de la Catedral de Perugia.

Cuesta abandonar la Piazza IV de Novembre, pero Perugia, que estaba en aquel luminoso mes de junio llena inexplicablemente de grupos españoles, reserva muchas sorpresas más.

Fachada del precioso Oratorio de San Bernardino.

Fachada del precioso Oratorio de San Bernardino.

Si desde allí bajas por la empinada calle dei Priori después de atravesar uno de los arcos romanos (o etrusco, vete a saber) que parecen sostener a esta ciudad en el pasado, irás pasando por fachadas históricas y placitas recogidas, rincones de pueblo, curiosas iglesias como las de San Francesco al Prato y el Oratorio de San Bernardino.

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Callejeando por Perugia.

Callejeando por Perugia.

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Si has llegado hasta allí, tienes que volver a subir, y lo ideal es buscar para eso la Via del Aquedotto, que es como su nombre indica un antiguo acueducto que ahora se utiliza como puente peatonal. A su lado trepa una hermosa y larga calle en escalera, rodeada de casas con fachadas de color pastel, que es escenario ideal para cientos de fotos, y te introduce en el laberinto de calles medievales pétreas y, otra vez, más arcos. Buscamos entonces el más bello de ellos: el Arco Etrusco, también llamado de Augusto, sólida puerta de la ciudad antigua que soporta sobre ella otro arco romano y, más arriba una loggia renacentista para que no falte ninguna de las doradas épocas de la historia italiana.

El Arco Etrusco, antigua puerta de entrada a la ciudad.

El Arco Etrusco, antigua puerta de entrada a la ciudad.

Y lo demás ya podéis buscarlo por vuestra cuenta… no faltarán sorpresas.

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Podéis buscar por donde queráis. Seguro que encontraréis sorpresas.

Podéis buscar por donde queráis. Seguro que encontraréis sorpresas.

Pueblos sin fronteras,Tui y Valença

Ulyfox | 15 de febrero de 2019 a las 12:31

Fachada principal de la catedral de Tui, al atardecer.

Fachada principal de la catedral de Tui, al atardecer.

Bendeciremos siempre a la Unión Europea por la supresión de fronteras, perdonaremos sus múltiples pecados por mor de la virtud que supone el libre tránsito de personas. Los viajeros seremos siempre, ya pueden venir mil razones para cualquier tipo de ‘brexit’, misericordiosos con el Tratado de Schengen. Derribadas las barreras, que nadie tenga la tentación de volver a ponerlas sobre un río o en los puertos de montaña. Que los mares sean como ahora una vía de comunicación y que los puentes lleven siempre con orgullo el significado de su nombre.

Casas en la Praza da República de Valença.

Casas en la Praza da República de Valença.

Algo parecido a esta especie de oración habría que entonar mirando desde las alturas de la fortaleza de Valença do Minho, en Portugal, hacia Tuy (o Tui), España, sobrevolando la vista sobre el  Miño, vadeando sin dificultad la corriente. Sin fronteras, por más que un pasado de recelos levantara en ambos lados imponentes castillos.

En los días finales de 2019, hace poco más de un mes, acudimos en una mañana a las dos poblaciones, a los dos países unidos por un hermoso puente de hierro que sirve de plataforma a la vez para el paso de tren, coches y peatones. Primero, Valença, su hermosa e imponente fortaleza sobre la colina, que es a la vez castillo y población de larga historia de victorias y derrotas. Para llegar al pueblo hay que atravesar primero un bastión de avanzada y, tras un segundo puente, una puerta en la muralla da acceso al centro.

Fortificaciones de Valença do Miño.

Fortificaciones de Valença do Miño.

Aunque parezca contradictorio con la oración anterior, a veces hay que agradecer, por qué no, las fronteras, las que en el pasado decidieron casi de manera inconsciente que, sólo con cruzarlas, pudiéramos apreciar estilos de construcción, lenguas y formas de vida diferentes. Por eso, la Praza de República de Valença es inequívocamente portuguesa y no gallega: los azulejos decoran las fachadas de una manera elegante sólo posible en Portugal; por eso la iglesia tiene la fachada blanqueada y las pilastras, esquinas y cornisas de piedra vista; por eso el dulce acento luso.

La suerte y la pena de Valença es que ahora vive tanto del turismo que es casi imposible apreciar sus viejas puertas, tapadas por la abundancia de tiendas y, como consecuencia, del género mayoritariamente textil colgado en su exterior y ocultando la visión de piedras centenarias. Digamos, dejándonos llevar por la buena disposición que propician los buenos momentos, que está bien así.

El maravilloso pórtico de la catedral.

El maravilloso pórtico de la catedral.

Detalle del pórtico.

Detalle del pórtico.

Después cruzamos el río sobre el puente para disfrutar el casco antiguo de Tuy, parada señera del Camino Portugués hacia Santiago de Compostela, y sobre todo de su bellísima catedral. Dice Julio Llamazares en su libro ‘Las rosas de piedra’, que el pórtico de este templo es uno de los más hermosos de entre todas las catedrales góticas españolas. Y contemplándolo, se comprende que no podría haber escrito otra cosa. Como adelantado sobre la sobria y a la vez impactante fachada con apariencia de castillo, las columnas decoradas con notables esculturas de profetas y reyes, y sus arquivoltas apuntadas esculpidas impresionan incluso al que haya visto muchas portadas góticas. Para terminar de maravillar, el grupo que corona el dintel conserva aún buena parte de la policromía original. Asombroso.

El puente sobre el Miño, y al fondo Tui, desde la fortaleza de Valença.

El puente sobre el Miño, y al fondo Tui, desde la fortaleza de Valença.

El interior no desmerece esta gloriosa entrada. Una audioguía complementa perfectamente el recorrido, que debe hacerse pausadamente hasta llegar al sobrio claustro, dorado a la hora del atardecer y que tiene una culminación extraordinaria con una salida al jardín monacal, precioso mirador sobre el Miño, sobre esa linde que ahora une, mucho más que separa, devolviendo a Valença la mirada que por la mañana lanzamos desde el otro lado.

No hay fronteras.

Playas que aparecen por milagro en Creta

Ulyfox | 26 de enero de 2019 a las 19:55

Allí abajo está Seitan Limani.

Allí abajo está Seitan Limani.

 

¿Creéis posible que en algunas islas aparezcan playas de la noche a la mañana, que donde no había nada de pronto florezca un lugar que atrae a miles de turistas todos los días? No parece posible pero está ocurriendo. Lo hemos comprobado en las islas griegas, a donde viajamos tan asiduamente, pero supongo que también estará pasando en otros lugares del mundo.

No se trata de ningún milagro, o por lo menos de lo que tradicionalmente se ha entendido como tal. O es que se nos ha revelado otro taumaturgo que se presentara con muchos nombres, tales como TripAdvisor, instagram, facebook o whatsap. Os pongo un ejemplo, con nombre raro: Seitan Limani, cuya traducción vendría a ser algo así como ‘Puerto de Satán’, un nombre entre turco y griego.

¿Y qué es Seitan Limani? En todos los carteles que ofrecen paseos en barco por los alrededores de La Canea, en Creta, se anuncia como ‘playa’, aunque en realidad es un entrante del mar en un enclave pedregoso, con un arenal de unas pocas decenas de metros de longitud que es el principio de una corta garganta. Os puedo asegurar que hace un par de años no lo conocía mucha gente que no fuera un habitante de algunos de los pequeños enclaves en la redonda península de Akrotiri.

Una aproximación a Seitan Limani.

Una aproximación a Seitan Limani.

Sí, claro, es una preciosidad en los días buenos, con sus aguas turquesas y calmadas flanqueadas por los altos acantilados, a modo de piscina natural. O debía serlo antes. Ahora, el final de la precaria carretera que llega a ella está atestado de coches, y en la playa la gente se amontona, pese a que desde el aparcamiento hasta el agua hay un camino empinado y muy peligroso. Nada de ello es obstáculo para que durante todo el verano el lugar, incómodo y sin ningún tipo de servicio, se abarrote. El verano pasado, un joven perdió la vida al hacerse un ‘selfie’ mientras descendía por el sendero. Algo incomprensible siendo Creta una isla a la que sobran playas espléndidas de todo tipo.

¿Cómo empezó esta locura? No lo sé pero me es fácil imaginarlo: alguien se hizo una foto, o varias, y empezó a pasarlas en su red social, otros muchos lo repitieron y todo eso, unido al fenómeno reciente del turismo masivo, hizo el resto.

En nuestro último (una forma de hablar) viaje a Creta, nosotros nos acercamos a comprobar el fenómeno, pero nos bastó con observarlo desde las alturas de una iglesia cercana para comprobar que no es lo nuestro. Que sí, que nos hubiera encantado ser de los primeros en descubrirlo, pero que ahora no queremos ser los que se levanten de madrugada para ser los primeros en llegar a Seitan Limani.

Un baño en Staousa.

Un baño en Staousa.

En verdad, Staousa es de gran belleza.

En verdad, Staousa es de gran belleza.

Y hay más ejemplos: en la lejanísima costa sureste de Creta, donde tenemos nuestro rincón más querido, el litoral se recorta en decenas de calitas y pequeñas playas. Rincones solitarios en una tierra casi despoblada, playas que parecen creadas por desprendimientos provocados por el embate de las olas en los temporales de invierno, refugios para bañistas solitarios. Nadie iba por esa parte de Creta cuando la conocimos. Ahora, miles se han hecho fotos en pequeñas maravillas como Staousa, Kaló Neró, Kalami o Moni Kapsa, todas en las cercanías del monasterio que lleva este último nombre, una afición en inicio que amenaza la tranquilidad de estos lugares.

En esta parte, donde está nuestro proyecto de casa, aún no es extremadamente peligroso, pero no dudamos que se producirá esta misma invasión en breve. De momento, aún se pueden ver las cabras por la carretera costera como síntomas andantes de autenticidad. Pero, por si acaso, no contéis estos nombres a nadie…

Una cabra ante el Monasterio (o Moni) Kapsa, en el sureste de Creta.

Una cabra ante el Monasterio (o Moni) Kapsa, en el sureste de Creta.

Tilos, un nuevo paraíso

Ulyfox | 22 de diciembre de 2018 a las 20:29

 

Una cabra domina las ruinas de Micró Horió.

Una cabra domina las ruinas de Micró Horió.

Vista de la Bahía de Livadia, con Faros Rooms en primer término.

Vista de la Bahía de Livadia, con Faros Rooms en primer término.

A la isla de Tilos llegamos muy temprano. Más imposible. Sólo está a unos 40 minutos en ferry desde Nisyros, nuestra anterior estancia. Aún no había amanecido. Pasamos la noche en dos hoteles, dos veces nos acostamos y dos nos levantamos. Ese tipo de viaje forma parte de esas cosas que nos gustan sin saber muy bien por qué: madrugar, caminar hasta el puerto por calles vacías y oscuras con la sola compañía del ruido de las ruedas de las maletas sobre el pavimento, llegar al pequeño muelle donde ya esperan viajeros y vehículos adormilados bajo la luz amarillenta de las farolas. Y pasar el trayecto, en este caso muy corto, en la cubierta.

Livadia, desde las alturas de Micró Horió.

Livadia, desde las alturas de Micró Horió.

En el solitario puerto de Livadia, el principal de la isla, nos esperaba un hombre mayor, que después supimos que era el padre de la familia que llevaba el hotel Faros Rooms, con un cochecito, para llevarnos después de muchas curvas hasta el alojamiento. Nos echamos a dormir inmediatamente. Eran más de las seis de la madrugada y casi estaba a punto de amanecer.

Atardecer en el paseo de Livadia.

Atardecer en el paseo de Livadia.

Poco después empezarían cuatro estupendos días, de esos que el tópico califica de inolvidables. Esta es una de esas veces en las que el alojamiento marca de manera definitiva la estancia. Faros Rooms es un sitio único, inmejorable. Por su ubicación en el otro extremo de la amplia bahía de Livadia, sobre el mar y con una pequeña playa para uso íntimo de los clientes; por la habitación sencilla, limpia, amplia y con terraza a la bahía; por la atención del personal con su encargado, el charlatán Dimos, al frente; por una taberna bajo el emparrado, insuperable. Y está lo suficientemente alejado para que, a la tranquilidad general imperante en la isla, le sumara una dosis extra de sosiego y privacidad, a la vez que nos obligaba a hacer ejercicio cada vez que nos acercábamos al centro (por llamarle algo).

La privilegiada playa de Faros Rooms.

La privilegiada playa de Faros Rooms.

Livadia es una pequeña aglomeración de casas blancas de una planta frente al puerto, con algunos establecimientos, tiendas y tabernas, para atender al moderado turismo que llega a la isla, y un paseo marítimo a lo largo de la playa, que empieza en el muelle y acaba precisamente en los apartamentos Faros.

Megalo Horió, dominado por el Castillo de los Caballeros.

Megalo Horió, dominado por el Castillo de los Caballeros.

Tilos es muy pequeña, de un tamaño parejo al de sus vecinas Nisyros, Symi y Halki, todas a la sombra de sus hermanas mayores en el archipiélago del Dodecaneso: Rodas y Kos. Aparte de Livadia, sólo tiene otra población que merezca tal nombre, aunque al nombre no le falte pretenciosidad, Megalo Horió, es decir, Pueblo Grande. Lo exagerado de esa denominación aparece claramente cuando se conoce que no llega a 200 habitantes. Pero es bonito, dominando un campo de olivos y dominado a su vez en las alturas por un imponente castillo (Kastro) de aquellos lejanos y gloriosos tiempos de los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan.

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El cuidado aspecto de Megalo Horió.

El cuidado aspecto de Megalo Horió.

Las calles de Megalo Horió están en la ladera que se dirige al castillo, y respiran la misma calma que toda la isla. Algunas puertas con marco de piedra sobre la mancha blanca de la pared, y la iglesia circundada por un suelo de mosaico de guijarros atestiguan su antigüedad. Es aconsejable hacer una parada en el restaurante To Kastro y tomar algo (excelente cabrito) mientras se disfruta del estupendo panorama hacia el mar y la bahía de Eristós, casi gemela a la de Livadia pero orientada en dirección contraria.

Las cabras reinan en Micro Horió.

Las cabras reinan en Micro Horió.

Un lugar ciertamente curioso es Micró Horió (lo habéis adivinado, significa Pueblo Chico), un misterioso, sorprendente y a ratos inquietante conjunto de casas en ruinas de lo que debió ser un pueblo importante. Al parecer, la escasez de agua y las penalidades hicieron que la gente lo abandonara y se mudara al mucho más acogedor puerto de Livadia. A la hora del atardecer, cuando lo visitamos, no había más que un gran número de cabras triscando felices en su hábitat natural, apareciendo por todos los rincones y provocando más de un susto. Dos puntos llamaban poderosamente la atención por lo cuidado de su aspecto en medio de este desolador abandono: la iglesia, impolutamente blanca y cuidada; y un bar que sólo abre las noches de verano para unas fiestas musicales juveniles de focos y ritmos ruidosos (??).

Sólo la iglesia se salva del abandono en Micro Horió.

Sólo la iglesia se salva del abandono en Micro Horió.

Los días se nos fueron en estas visitas, en baños intensos y repetidos en aguas transparentes, en algún intento agotador de llegar a las remotas playas vírgenes y en largas horas en el paraíso del Faros Rooms.

Tilos nos dejó la impresión de ser uno de esos paraísos que, en la época en que la visitamos, alcanza la perfección. Uno más de los que conocemos en Grecia. Un enorme descubrimiento. No contéis nada, por favor.

 

Nisyros: un volcán en medio de una isla

Ulyfox | 26 de noviembre de 2018 a las 13:26

 

Penélope, diminuta en el interior del cráter, desafiando al gigante Polibates.

Penélope, diminuta en el interior del cráter de Stéfanos, desafiando al gigante Polibates.

Es muy inquietante. No puede dejar de serlo. Es un volcán, y está activo, ahí mismo a pocos kilómetros de la capital y principal puerto, Mandraki, en el centro de la isla de Nisyros. No se puede ignorar su presencia, las rocas son volcánicas, las playas lo son también, en el aire flota un olor ahumado. El volcán, al que los isleños dan nombre de dios, Ifestion, es además la principal atracción turística de un lugar que no anda sobrado de ellos.

Queríamos conocer Nisyros por eso, y porque era una de las pocas islas del Dodecaneso que teníamos pendientes. Y la comparación, viniendo de la singular Symi, no era necesaria. No la hay.

Vista panorámica de Mandraki desde las alturas del Monasterio Panagia Spiliani.

Vista panorámica de Mandraki desde las alturas del Monasterio Panagia Spiliani.

Tiene Mandraki un aire dormido, tal vez anestesiado por los vapores de Ifestion. Un caserío blanco de construcciones cúbicas, bello como tantos pueblos isleños griegos, de poca altura y agrupado a los pies de un monasterio encaramado en el acantilado sobre el mar, que parece siempre embravecido. El convento lleva el nombre de Panagia Spiliani, algo así como Nuestra Señora de la Cueva, porque el lugar de culto original era efectivamente una cueva, y sobre ella fue creciendo. La población tiene la típica disposición laberíntica, con calles estrechas y un par de plazas, una dando al mar y otra en el centro, sombreada por los omnipresentes plátanos de Grecia.

Pavimento de la plaza principal de Mandraki.

Pavimento de la plaza principal de Mandraki.

En esta última se concentran un par de restaurantes y un café mínimo, que sobre su superficie adornada con preciosos mosaicos de guijarros (joklakia) extienden las sillas y mesas de sus terrazas. En verano se llenan por las noches, y son un agradable remanso durante el día. La atención es amable y cercana y sus platos, sencillos y caseros.

La misma plaza, a mediodía.

La misma plaza, a mediodía.

No tuvimos una entrada agradable en Nisyros. El hotel Romantzo está muy bien situado frente al puerto, y tiene una estupenda apariencia. Pero las habitaciones no están muy renovadas. No fue eso lo peor. Los inquilinos de al lado eran una pareja rusa joven que hacía honor a todos los tópicos sobre aquel país, es decir, que la borrachera que soportaban era de aúpa. El hombre durmió toda la noche fuera de la habitación, sobre una silla metálica que acabó rompiendo. Se fueron temprano al día siguiente, y esa fue la mejor noticia.

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Otro rincón de Mandraki, e decoración improvisada en la puerta de una casa.

Otro rincón de Mandraki, e decoración improvisada en la puerta de una casa.

Además, en el primer restaurante al que fuimos parecíamos molestar desde la entrada, y nos ponían pegas a cada pedido que hicimos… algo impropio de Grecia, muy impropio.

Fumarolas en el cráter de Stéfanos, el volcán de Nisyros.

Fumarolas en el cráter de Stéfanos, el volcán de Nisyros.

Bueno, tampoco da tanto miedo el volcán...

Bueno, tampoco da tanto miedo el volcán…

... Aunque la imagen del centro del cráter es inquietante.

… Aunque la imagen del centro del cráter es inquietante.

La experiencia se enmendó algo al día siguiente, con la visita al volcán. Se puede ir andando si se tienen ganas y fuerzas, o en autobús, pero nosotros preferimos acercarnos en coche de alquiler. Fuimos temprano, no había nadie. Pudimos bajar al imponente cráter de Stefanos, pasear sobre él, teniendo cuidado para no pisar las fumarolas ni las zonas marcadas. El olor a azufre era penetrante y el humo salía por numerosas aberturas. La visita no agradó a Penélope, pero yo disfrutaba de lo extraordinario del escenario: había algo de Indiana Jones en todo eso, y no estaba ausente del todo un pequeñísimo pensamiento sobre la posibilidad de que la tierra comenzara a temblar en cualquier momento. Cuando salíamos, empezaban a llegar los autobuses de turistas rusos, pero aún tuvimos tiempo de una visita solitaria al otro cráter, más pequeño pero en apariencia más vivo, el de Alexandros, bordeado de instrumentos sismológicos.

Vista del volcán desde el mirador de Nikia.

Vista del volcán desde el mirador de Nikia.

Como todo en Grecia, esta isla alberga una historia mitológica sobre su origen, la que dice que, en plena guerra contra los titanes, Zeus arrancó una enorme piedra de la cercana isla de Kos y la lanzó sobre el gigante Polibotes. La piedra sería la isla de Nisyros, y bajo ella quedó sepultado el gigante. Las erupciones (la última de las cuales ocurrió hace poco más de cien años, en 1887) y los gases expulsados son los bufidos de un Polibotes bastante enfadado, como ya habréis imaginado, según la leyenda.

Cerca de la plaza de Nikia.

Cerca de la plaza de Nikia.

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Detalles en las calles de Nikia.

Detalles en las calles de Nikia.

Rodeando el volcán y sobre el fértil valle que han formado las tierras volcánicas, hay dos pequeños pueblos encaramados: Nikia y Emporios. Blancos como ellos solos, sobre todo el primero es una belleza blanca en las alturas. Huele constantemente a barbacoa, y es el mejor punto panorámico tanto sobre el volcán como sobre el mar al otro lado. La plaza principal condensa en un espacio muy reducido y brillante varias imágenes típicas de las islas griegas del Dodecaneso: el suelo de mosaico, la torre de la iglesia, casi de tarta, los kafenion… La excursión de rusos nos iba pisando los talones, y al poco llenó la placita.

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Dos rincones de Emporios.

Dos rincones de Emporios.

Vista del pueblecito y puerto de Pali.

Vista del pueblecito y puerto de Pali.

Después bajamos a almorzar muy bien en el puertecito de Pali y probamos una de las playas volcánicas, para terminar la jornada cenando en la placita de Mandraki de los plátanos.

El mar bate Mandraki, a los pies del monasterio Panagia Spiliani.

El mar bate Mandraki, a los pies del monasterio Panagia Spiliani.

Camino de la antigua acrópolis.

Camino de la antigua acrópolis.

El último día en Nisyros fue para andar: paseamos por Mandraki, subimos los escalones haste el monasterio sobre la cueva, fotografiamos las esquinas y nos atrevimos a ascender hasta la antigua acrópolis, otra de las atracciones. Los lugareños la llaman Paliokastro, es decir, algo así como ‘el castillo viejo o antiguo’, y son los restos de una impresionante fortaleza datada entre los siglos IV y III antes de Cristo, con unas gruesas murallas formada por enormes bloques de piedra volcánica. Restaurada recientemente, se podría decir que lleva también la imaginación a tiempos de titanes. Casi se siente uno guerrero vencedor cuando sube la gran escalinata hacia lo alto de la muralla y vislumbra a sus pies el caserío de Mandraki…

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Delante, y encima, de los muros del Paliokastro de Mandraki.

Delante, y encima, de los muros del Paliokastro de Mandraki.

Y además, constituye un excelente ejercicio físico.

La noche del tercer día fue corta. Debíamos zarpar hacia nuestro siguiente destino muy temprano, a las cuatro de la mañana. Hacia Tilos…

A las claritas del día, en el puerto de Mandraki, esperando el ferry para Tilos.

A las claritas del día, en el puerto de Mandraki, esperando el ferry para Tilos.