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Padua sin coronavirus

Ulyfox | 24 de marzo de 2020 a las 13:03

El monumento a Gattamelata, ante la Basílica del Santo, en Padua.

El monumento a Gattamelata, ante la Basílica del Santo, en Padua.

Ante situaciones malas o graves, decía mucho un amigo mío, el gran Valdés, copiando un dicho de su madre que contradecía el aserto general, que “ya vendrán tiempos peores”. Como homenaje y recurso brillante, otro amigo, el no menos grande Pepe Landi, trasladó la oración al título de un magnífico libro generacional. Profetas de una frase que combina intermitentes optimismo y pesimismo para devenir en lo que realmente es: realismo. Creo que es una magnífica proposición para mantener el espíritu, mientras salimos de esta. O sea, que siempre se puede estar peor, así que no nos quejemos tanto. O algo así. Anímate, hombre, podría ser la conclusión.

Una calle del centro de Padua.

Una calle del centro de Padua.

Desde luego, ahora estamos mucho peor que hace cuatro meses, cuando visitamos el Véneto, e indudablemente en esa región del Norte italiano están infinitamente peor. Pero cuando estuvimos allí nada de esto era previsible, ni siquiera imaginable. Las hermosas ciudades que visitamos estaban tranquilas, fuera de las aglomeraciones turísticas estivales y primaverales, pero nada que ver con el confinamiento de ahora.

La Basílica del Santo, desde el hotel Casa del Pellegrino.

La Basílica del Santo, desde el hotel Casa del Pellegrino.

De todas, la más concurrida era Padua, por la evidente atracción que ejercen el nombre de su Patrón, San Antonio, y la basílica donde se guarda su cuerpo y que atrae a millones de turistas y peregrinos todo el año. No ahora, claro, pero entonces la gran iglesia, aun a finales de noviembre y con una lluvia fina pero incesante, estaba llena. Pudimos ver con mucha tranquilidad maravillas  como Rávena y sus mosaicos bizantinos y Vicenza con los palacios renacentistas de Palladio, pero en Padua tuvimos que hacer cola para acercarnos a la tumba del santo.

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Algunas vistas del interior de la Basílica.

Algunas vistas del magnífico interior de la Basílica.

La Basílica, sin duda, merece un viaje se sea creyente o no. Tal es la riqueza artística que guarda, tan impresionante es la capilla de mármol que alberga los restos del franciscano también patrón de Lisboa puesto que nació allí, gran predicador y taumaturgo como pocos. Los milagros que realizó están contados en relieves enormes de gran influencia clásica.

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La tumba del Santo, y la capilla que lo alberga.

La tumba del Santo, y la capilla que lo alberga.

Ya desde fuera el templo impresiona, con su gran número de cúpulas orientalizantes y sus campanarios semejando minaretes turcos. Además, ante una de las esquinas de la fachada se alza una de las más imponentes estatuas ecuestres de bronce del Renacimiento, que fue modelo para muchas otras, la del Gattamelata de Donatello. También de Donatello son las esculturas y el crucifijo del altar mayor. Además de eso, las obras maestras de escultura y pintura de numerosos artistas llenan la iglesia.

Recorrimos lenta  y detenidamente las naves, la girola, las capillas, la majestuosa tumba del Santo, incluso hicimos la cola para tocarla, nunca se sabe. Mejor, porque ahora no se puede tocar nada…

La Piazza della Frutta, con el espléndido Palazzo de la Ragione.

La Piazza della Frutta, con el espléndido Palazzo de la Ragione.

El hotel en el que nos quedamos, sólo una noche, está pegado a la basílica y se llama muy apropiadamente Casa del Pellegrino. Y efectivamente parece una de esas residencias para ejercicios espirituales, con pasillos anchos y largos y crucifijos en las habitaciones, y un precio estupendo…

Vista nocturna del Prato della Valle.

Vista nocturna del Prato della Valle.

La ciudad estaba bañada por la lluvia pero afortunadamente muchas de sus calles cuentan con soportales para pasear bien guarecidos. El conjunto es monumental y destaca especialmente el magnífico Palazzo de la Ragione, así como las plazas que bordean sus dos flancos, la Piazza della Frutta y la Piazza delle Erbe, o sea de la Fruta y de la Verdura, por cuyos nombres es fácil adivinar que siempre han servido de mercados.

Ante la Torre del Reloj en la Piazza della Frutta.

Ante la Torre del Reloj en la Piazza della Frutta.

Una pena nos quedó, aparte de la persistente lluvia que impidió el paseo normal. Y es la de no haber podido visitar la Capilla de los Scrovegni, cubierta desde el suelo hasta la bóveda por las maravillosas pinturas de Giotto, el maestro del pre Renacimiento italiano. Sólo se permiten grupos reducidos de 10 personas y cada 15 minutos. Las visitas estaban reservadas desde muchos días antes… Otra vez será

Tal vez cuando levanten la cuarentena, que precisamente empezó en el Norte de Italia…

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Lesbos, una visión inquietante

Ulyfox | 19 de marzo de 2020 a las 18:24

Vista general de Mitilene, capital de Lesbos, desde el puerto.

Vista general de Mitilene, capital de Lesbos, desde el puerto.

Hasta hace unos días, antes de la crisis mundial del coronavirus, es decir ‘antiguamente’ como ya dicen algunos, las penalidades de los huidos de la guerra de Siria en la frontera greco-turca eran noticia. Igual que lo eran el hacinamiento y el maltrato a los que han conseguido llegar hasta la isla de Lesbos, muy cerca, a una corta distancia en barco de Turquía. Y cómo me duele saber que los griegos, tan generosos siempre y hasta ahora, los estaban empezando a rechazar, y con maneras tan bruscas si no violentas.

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Escenas callejeras en Mitilene.

Escenas callejeras en Mitilene.

Hace unos meses, en el curso del verano más feliz y largo de nuestras vidas, estuvimos en Lesbos una semana. Era la segunda vez. En la primera, esta isla, una de las más próximas a Turquía en pleno Egeo Norte, nos enamoró. No fue menos en esta ocasión, pero sí estaba muy cambiada, sobre todo cerca de la capital, Mitilene, con la numerosa presencia de refugiados deambulando sobre todo por el puerto y sus cercanías. Por allí paseaban todo el día, y por la tarde la mayoría se concentraba en las paradas, a la espera de tomar el autobús de regreso al campo de refugiados de Moria, a pocos kilómetros.

Penélope, en paseo marítimo de Mitilene.

Penélope, en el paseo marítimo de Mitilene.

Por ese campo pasamos sin querer… no nos parecía un lugar para visita turística. Pero fuimos a parar a él de manera involuntaria. Regresábamos a Mitilene, tras una gira de varios días por la isla, viendo y reviviendo lugares y atardeceres maravillosos, que ya contaremos. Veníamos a la búqueda de los restos de un acueducto romano que no pudimos ver por lo intrincado del camino que llevaba a él. Y en el camino apareció Moria…

Vista de la costa cercana a Mitilene, que aparece al fondo.

Vista de la costa cercana a Mitilene, que aparece al fondo.

Empezamos a ver vehículos aparcados en los arcenes de la carretera, cuyo número iba creciendo a cada metro. Aparecía de vez en cuando alguna furgoneta con el logotipo de Cruz Roja o Médicos sin Fronteras. Y de pronto estábamos junto a la entrada del campo… miles de personas paradas ante las puertas, grupos familiares deambulando… Sentimos la preocupación y hasta un cierto miedo, por si a esas personas de piel oscura se les ocurría de pronto vengarse de dos occidentales que pasaban tan campantes buscando playas y monumentos en su coche de alquiler. Naturalmente, no sacamos fotos.

Fue una sensación desasosegante, porque la fila de seres humanos siguió durante un montón de kilómetros, más o menos dispersa, hasta llegar a la misma Mitilene. Ahora, encerrados en casa, pienso que nuestro sufrimiento no resiste la mínima comparación con el de ellos, sin ningún hogar al que acudir ni encerrarse para protegerse del virus de la insolidaridad.

Y sin nadie para nombrarlos, para mencionarlos entre tantos millones de gentes preocupados, aquí, por las décimas de fiebre y por cómo entretener nuestras horas en un piso confortable… Cuando asaltamos los supermercados, lo mismo deberíamos pensar un segundo en esos miles que están llamando a nuestras puertas y a los que no dejamos más remedio que asaltar vallas, fronteras o intentar travesías casi imposibles por mares enemigos y a bordo de embarcaciones frágiles.

Un vendedor de papel y libros viejos en la calle Ermou.

Un vendedor de papel y libros viejos, sentado antes su tienda en la calle Ermou.

Así las cosas, quizá resulte superficial hablar de las numerosas cosas interesantes que tiene la capital de Lesbos, pero esto es un blog de viajes, y parece necesario hacerlo. Las tiene, por ser una capital ciertamente fronteriza, con una comunicación constante con la costa turca y con un pasado de dominación otomana muy reciente que se hace notar en calles y barrios.

Una casa de evidente origen turco.

Una casa de evidente origen turco.

Callejuelas en el interior de Mitilene.

Callejuelas en el interior de Mitilene.

Mitilene es una población grande y viva, con un puerto animado y hermoso sobre el que destaca la cúpula de la catedral, unas calles cercanas llenas de animación y algunos barrios muy descuidados en los que parece que el tiempo se ha detenido. Comercios antiguos y que parecerían impensables en el siglo XXI, algún café señorial y restos de una mezquita que tuvo que ser espléndida. Señoreándolo todo, el castillo otomano.

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Restos de una mezquita y unos baños otomanos.

Restos de una mezquita y unos baños otomanos.

Dos cosas son famosas y con toda justicia en Lesbos: las sardinas y el ouzo, ese licor anisado que se ha convertido en la bebida nacional griega. Bueno, aparte de la gran poetisa Safos, pero de ella ya hablaremos cuando lo hagamos del pueblo donde creó su academia, Eresos.

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El señorial café Panellenion y el sabroso kafeneion O Hermis, emblemas de Mitilene.

El señorial café Panellenion y el sabroso kafeneion O Hermis, emblemas de Mitilene.

Desgraciadamente, el nombre de la isla es más conocido últimamente por la tragedia migratoria, algo de lo que por cierto también tienen experiencia muy reciente los griegos: pronto se cumplirá el centenario de la forzada salida de cientos de miles de ellos de las ciudades turcas donde llevaban asentados por generaciones desde los tiempos clásicos, tras la última guerra entre Grecia y Turquía.

Ante la Yeni Tsami o Mezquita Nueva, en ruinas.

Ante la Yeni Tsami o Mezquita Nueva, en ruinas.

Aquí, como en tantos lugares de Grecia, la Historia, sus glorias y sus tragedias se pueden palpar en cada paso, en cada respiración.

Viaje de vuelta casi sin ida

Ulyfox | 15 de marzo de 2020 a las 22:00

La plaza de la República de Elvas.

La plaza de la República de Elvas.

Ha sido un visto y no visto. Se aliaron el coronavirus y la responsabilidad (sobre todo de mi Penélope) y acabamos de realizar el viaje más corto de nuestra larga vida viajera. Nada había podido hasta ahora con nuestro instinto de correcaminos, pero…

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Parte de las magníficas murallas de Elvas.

Parte de las magníficas murallas de Elvas.

Teníamos programado y reservado desde hacía tiempo (no mucho, no somos de anticipar) una largamente deseada visita a Nápoles, una ciudad mítica en mis ensoñaciones viajeras mediterráneas y que hasta ahora habíamos evitado por un inexplicable temor a la delincuencia. Bueno, a lo mejor es explicable.

El Pelourinho o rollo municipal de Elvas, junto a una puerta de la muralla antigua.

El Pelourinho o rollo municipal de Elvas, junto a una puerta de la muralla antigua.

El caso es que nos resistimos hasta al final a cancelarlo por esa autotranquilizante convicción de que esta enfermedad no era más que una gripe. La evidencia de que todo estaría cerrado por el confinamiento que decretó el gobierno italiano y la cancelación de los vuelos a Italia hicieron el resto.

Como no nos íbamos a Nápoles decidimos, impenitentes culos inquietos, que algo deberíamos hacer. Y nos dijimos: nos vamos a Portugal, a la parte de Setúbal, que no conocemos. Quizá hiciéramos una visita a Lisboa…

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Vistas desde las murallas.

Vistas desde las murallas.

Así que cogimos nuestro coche: primera parada en Elvas, justo casi en la frontera con Badajoz, ciudad conocida más por las compras de los españoles que por su imponente recinto amurallado del siglo XVII que rodea todo el casco antiguo.

Llegamos al Hotel Santa Luzia, casi desierto. A la mañana siguiente comprobaríamos que sólo había otra pareja alojada allí. El Hotel es una de las primeras Pousadas de Portugal, algo equivalente a los paradores españoles, y no es cualquiera de ellas: presume de ser donde se inventó el bacalhau dourada, una gloria de la cocina portuguesa.

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Interior de la catedral de Elvas.

Interior de la catedral de Elvas.

No probamos tan excelso plato porque fuimos al casco antiguo cenar a un restaurante moderno: Acontece se llama. Muy bien decorado y elegante. Tuvimos facilidad para comprobar el interiorismo, porque estaba igualmente vacío. Sólo una pareja española, demasiado previsora o más bien maleducada porque ni siquiera saludó al entrar, ocupó luego una mesa bastante alejada.

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Interior y cúpula de la iglesia de la Consolación.

Interior y cúpula de la iglesia de la Consolación.

El encargado del restaurante, Rui, nos comentó los malos tiempos que se esperan para su sector, pero no parecía desanimado. De hecho, nos recomendó un restaurante de pescado en Setúbal. A los dos días, Portugal declaraba el estado de alerta, casi a la vez que España. A los cuatro días, se cerraban las fronteras entre los dos países. Nos retiramos al hotel, y aún manteníamos la intención de continuar hasta Setúbal.

Tras la noche y el buen desayuno del Hotel, en el que sólo nos acompañaba otra pareja, nos fuimos a visitar el casco antiguo de Elvas. Nos asombramos ante el bello cinturón de murallas defensivas, compuesto de un buen número de muros, baluartes y bastiones, que circunda todo el pueblo, y volvimos a lamentar que un alcalde decidiera derribar las murallas de Cádiz a principios del siglo pasado.

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Detalles del interior de la iglesia de la Consolación.

Detalles del interior de la iglesia de la Consolación.

Disfrutamos de las características calles adoquinadas de estos pueblos portugueses del Alentejo, de la iglesia de la Asunción y de la emocionante iglesia de la Consolación, con su cúpula octogonal cubierta de azulejos desde el suelo al techo, de las vistas desde las murallas… pero sobre todo disfrutamos de la soledad de viajar fuera de temporada, del gusto de recordar cómo eran las visitas a Portugal hace no tantos años, lejos de la masificación, de los grupos atropellados, de las visitas tumultuosas.

Y tomamos rumbo a Setúbal… Pero por el camino la radio informaba casi como único tema de la epidemia de coronavirus, y repetía las instrucciones de actuación, entre las que está por supuesto la recomendación de no viajar si no era estrictamente necesario. Y nosotros viajando… Penélope tuvo un rasgo de responsabilidad que yo agradecí, y decidimos renunciar a continuar con el viaje. En plena autopista, a la altura de Évora, nos dimos la vuelta.

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Por el camino, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunciaba que se iba a declarar el estado de alarma en España. Pero a esas alturas, ya estábamos de vuelta en nuestro país, felices de haber tomado la decisión adecuada, aunque eso supusiera renunciar a lo que más nos gusta. Ya vendrán más días y nos harán más felices.

Sólo un deseo: que todos estéis y permanezcáis bien.

Salzburgo, hablemos de belleza

Ulyfox | 4 de marzo de 2020 a las 17:37

Salzburgo, desde los jardines Mirabel, junto al Mozarteum.

Salzburgo, desde los jardines Mirabel, junto al Mozarteum.

Vista desde el castillo Hohensalzburg.

Vista desde el castillo Hohensalzburg.

Hay ciudades cuyo nombre está asociado, casi sin quererlo ellas mismas, a la belleza. La austríaca Salzburgo es sin duda una de ellas. El barroco centroeuropeo, el río Salz que le da nombre, la presencia musical eterna de Mozart… pocas parcelas escapan al concepto de lo bello en este lugar. Si acaso, le sobra, como a tantos en los últimos tiempos, bastante gente. Pero es inútil lamentarse de eso a estas alturas.

Fachada de la casa natal de Wolfgang Amadeus Mozart.

Fachada de la casa natal de Wolfgang Amadeus Mozart.

Quedémonos con la innegable hermosura, con los bosques que la rodean, con el castillo blanco de Hohensalzburg dominándolo todo, con el paseo por la calle del Grano (Getreidegasse), con la visita a la casa natal del inmenso genio, el niño prodigio, el pequeño Wolfgang Amadeus Mozart, que tantas horas de disfrute ha dado al mundo con su música. Quedémonos también con la visión desde el palacio Mirabel y, ya puestos, con la cerveza.

Un detalle en el centro de Salzburgo.

Un detalle en el centro de Salzburgo.

Una calle del centro.

Una calle del centro.

Y en todo caso, aceptemos que la plaza de la Catedral esté rebosante, que una parte de la ciudad quiera ser vista como una eterna estampa navideña para el turista, incluso en verano, que como manda el tópico sea un sitio muy lluvioso… todo sea por verse rodeados de belleza, por asombrarse con estatuas de caballos y fuentes, por conocer la historia de arzobispos y cardenales con más poder terrenal que los príncipes, por dejarse llevar por el impulso y comprar bombones Mozart para traer de regalo a los amigos.

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Caballos en la fuente de la plaza Residencial.

Caballos en la fuente de la plaza Residencial.

Conformémonos con que la comida no sea la mejor posible. A fin de cuentas, estamos en Centroeuropa, en el país de las salchichas y el bisté empanado, por muchos que ellos le llamen schnitzel. Lo ideal sería tener entradas para un concierto en esta zona del mundo donde la gran música reinó de manos de nobles, reyes, emperadores y alto clero. Siempre hay una posibilidad cierta de encontrarse con músicos callejeros en el centro histórico que transcurre a lo largo de ambas orillas del río.

Otra fuente, en realidad un abrevadero de caballos a la entrada de la ciudad.

Otra fuente, en realidad un abrevadero de caballos a la entrada de la ciudad.

Para nosotros Salzburgo no era una novedad en junio de 2019. Habíamos estado allí más de veinte años antes, en el curso de uno de aquellos viajes iniciáticos en grupos juveniles. Y desde hace tiempo sabíamos que volveríamos, lo mismo que nos pasa con tantos lugares en los que dejamos una pista nuestra para reencontrarla al pasar el tiempo… La vuelta a Salzburgo no nos defraudó. También era imposible…

La fachada de la catedral de Salzburgo.

La fachada de la catedral de Salzburgo.

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Más esculturas, más fuentes...

Más esculturas, más fuentes…

Acrocorinto, las tres murallas del Peloponeso

Ulyfox | 23 de febrero de 2020 a las 19:35

Acrocorinto domina desde su altura buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto domina desde su altura buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto vendrá a significar la parte más alta o la punta de Corinto, como Acrópolis significa la punta de la ciudad. Y si la de Atenas está alta, la de Corinto sí que hace honor a su nombre. Esto sí que es una fortaleza. Ahí arriba, a casi 600 metros sobre la llanura y el mar, una verdadera atalaya que domina buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto, con sus tres murallas.

Acrocorinto, con sus tres murallas.

Hasta el verano de 2019 sólo había avistado desde la humildad del terreno llano esta imponente edificación compuesta de tres anillos fortificados. Pasando de camino hacia Nauplia, o hacia Patras varias veces la habíamos mirado como debían mirar sus altos muros los sitiadores desesperados, con una mezcla de admiración y estupor.

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Antes de entrar, una subida empinada y resbaladiza.

Antes de entrar, una subida empinada y resbaladiza. Arriba, ante la primera puerta, y abajo la segunda.

Así que esa vez, que teníamos tiempo, era forzoso parar, ascender a ese nido de águila. Es verdad que la carretera de acceso es sinuosa y no demasiado ancha, pero lleva casi hasta las mismas puertas del castillo que fue construido en la antigüedad más remota y reformado o reforzado por todas las civilizaciones que han pasado por ese lugar, o sea griegos, romanos, bizantinos, venecianos, otomanos… Muchas, dado que está en un paso casi obligatorio para acceder al Peloponeso, poco después de Corinto.

Entrando al segundo anillo amurallado.

Entrando al segundo anillo amurallado.

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Dentro del segundo círculo de murallas.

Dentro del segundo círculo de murallas.

Dejamos el coche a los pies de la fortaleza y empezamos la pequeña escalada, no tan ardua como peligrosa puesto que el pavimento sigue siendo de antiguos y resbaladizos cantos rodados. No lo puedo remediar, tengo casi una fijación con los castillos, con su poder evocador de asedios y batallas, lo que durante mucho tiempo fue elemento principal de la Historia. Y aquí, con el fuerte viento soplando en lo alto de la elevación rocosa y ante las tres enormes puertas que hay que traspasar para acceder al recinto, pude vivir casi en mi piel el terror que debió ser intentar conquistarlas.

La subida a la tercera puerta.

La subida a la tercera puerta.

La vista abarca decenas de kilómetros alrededor, hasta las altas montañas centrales del Peloponeso, por un lado, y los golfos de Corinto y Sarónico por otros. Pero no subimos hasta la cima. No nos hizo falta. Bastaba con haber llegado hasta allí, haber cumplido la tarea pendiente y aguantado el fuerte viento en el rostro ante los muros.

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La tercera y última puerta, desde fuera y desde dentro.

La tercera y última puerta, desde fuera y desde dentro.

Moarves de Ojeda, esa fachada

Ulyfox | 17 de febrero de 2020 a las 20:51

 

El espléndido friso de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda.

El espléndido friso de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda.

 

“Pues ya tienen que tenerle ustedes amor a esto para venir de tan lejos”, nos dijo el hombre que nos abrió la puerta de la iglesia románica de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda. Apenas unos minutos antes, yo había entrevisto la maravillosa portada desde la carretera, visión de la que no había podido gozar Penélope, que estaba atenta a la conducción. Aparcamos detrás de la iglesia, y yo disfrutaba ya del momento en que rodeáramos el pequeño templo y pudiéramos compartir el asombro.

La sencilla fachada trasera de la iglesia.

La sencilla fachada trasera de la iglesia.

Es inútil escribir la onomatopeya de la estupefacción que nos produjo ese conjunto labrado en piedra que, de oxidada, parece hierro viejo. Un friso rojizo que muestra una representación clásica: en el centro el Cristo Pantocrátor rodeado del llamado Tetramorfos, es decir los cuatro animales que son el símbolo de los cuatro evangelistas. Y a un lado y otro, los doce apóstoles divididos en dos hileras de seis. Los expertos en arte dirán lo que tengan que decir de la calidad de las esculturas, nosotros nos limitamos a sufrir uno de los impactos artísticos más profundos que recordamos de los últimos tiempos.

Detalle del Pantocrátor y parte de los Apóstoles.

Detalle del Pantocrátor y parte de los Apóstoles.

Bajo el singular friso, la puerta está flanqueada por arquivoltas ajedrezadas, y los capiteles representan músicos, animales mitológicos y reales e incluso dos guerreros batallando. El color rojo y el casi perfecto estado de conservación ayudan al pasmo que produce esta obra singular con aspecto de retablo, en el centro de esta pedanía del municipio de Olmos de Ojeda, más que humilde y en la que en la actualidad viven sólo 14 personas. “Y todas mayores”, según nos dijo nuestro guía.

Ante la maravillosa fachada...

Ante la maravillosa fachada…

El hombre vive en una casa de piedra situada justo enfrente de la iglesia, y cuando lo fuimos a buscar al enterarnos de que era él quien guardaba la llave, nos advirtió:

-Pero dentro hace mucho frío, eh.

-No pasa nada -le tranquilizamos- venimos abrigados.

-Y además, saben que tienen que pagar un euro cada uno.

-Sí, hombre, no se preocupe- le repetimos. Hacía más de un mes que nadie había venido a visitar San Juan.

Los capiteles de la portada principal.

Los capiteles de la portada principal.

Al responderle a su pregunta que veníamos de Cádiz para ver el románico palentino, mientras abría la puerta, fue cuando dijo aquello: “Pues ya tienen que tenerle ustedes amor a esto para venir de tan lejos”. Y ciertamente es así. El románico es tal vez el estilo arquitectónico que despierta más enamoramiento. Al menos, el románico de esta gran cantidad de pequeñas iglesias y ermitas del campo y la montaña en las cercanías de Aguilar de Campoo, tan alejado de las imponentes catedrales del mismo estilo en  Santiago y Zamora o, no digamos, sus hermanas espléndidas en Francia, Alemania o Italia.

Más capiteles en el lado opuesto de la puerta.

Más capiteles en el lado opuesto de la puerta.

En el románico palentino, que visitamos en diciembre y del cual San Juan de Moarves es una de sus cumbres, te emociona la grandeza que supone que en estos enclaves humanos mínimos se erijan estas maravillas asombrosas. Nuestro humilde cicerone seguía con sus advertencias:

-Pero de todas formas lo importante está fuera -mientras nos contaba con expresión de experto los detalles escultóricos de la fachada.

Una peculiar imagen de San Juan Bautista, nada que ver con las representaciones tradicionales.

Una peculiar imagen de San Juan Bautista, nada que ver con las representaciones tradicionales.

Ya dentro relataba historias del casi desnudo interior: las pequeñas figuras de san Juan que sacaban en procesión antes para rogativas de las lluvias. No se veía muy creyente, puesto que de vez en cuando acotaba a sus intervenciones, con “eso dicen…” o “eso es lo que la Iglesia dice…”.

Detalle de la pila bautismal.

Detalle de la pila bautismal.

-Y miren la pila bautismal esta. Parece que es también Cristo con los apóstoles, como el friso de fuera, pero aquí hay trece apóstoles ¿cómo puede ser eso? A lo mejor el otro es San Pablo, eso dicen, pero para mí que igual es la Virgen ¿no?

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La visita es corta, claro, porque el hombre tiene razón y lo verdaderamente precioso está fuera, en esa fachada única que, una vez que se ha ido, y con la compañía silenciosa de otra pareja que se ha sumado a la cita de manera repentina, nos demoramos en seguir contemplando largo rato, prolongando la partida porque ¿quién sabe cuándo vamos a volver desde tan lejos?

En esos días fríos y lluviosos, nos sobrepusimos a los elementos para poder conocer esta y otras pequeñas maravillas en piedra. El tiempo y la soledad del invierno nos negaron la entrada en algunas. Lo iremos contando, pero San Juan de Moarves, su friso de piedra y su manera de reinar en el solitario frío de los campos palentinos, merecían el detalle de figurar solo aquí.

Palencia ya no es desconocida

Ulyfox | 10 de febrero de 2020 a las 13:38

vista del ábside de la catedral de Palencia.

vista del ábside de la catedral de Palencia.

No haber visitado Palencia hasta una cierta y elevada edad podría no tener perdón, ni siquiera con la  válida excusa de vivir en la más baja Andalucía. No, porque hemos pasado bastantes veces por su cercanía en nuestros viajes al Norte. Sí, podría no tener perdón, una vez visto lo que nos habíamos estado perdiendo. Me refiero a la capital, aunque la provincia tiene una gran cantidad de tesoros románicos que otro día os contaremos.

La Plaza Mayor de Palencia.

La Plaza Mayor de Palencia.

Aun estando tan lejos, no sé qué hace que viajemos al Norte siempre en invierno. En esta ocasión fue a finales del otoño, tiempo gris, en ocasiones lluvioso, que sin embargo no nos ha impedido nunca el disfrute de esas regiones españolas. Añoramos más sol y menos agua cuando estamos por allí, pero los recuerdos siempre han sido duraderos.

El Mercado Central y la sede de la Diputación Provincial.

El Mercado Central y la sede de la Diputación Provincial.

En las horas que pasamos allí comprobamos que Palencia es para pasearla, con un casco antiguo pequeño, con monumentos esparcidos por toda su extensión pero no especialmente bello. Parece haber sido modernizado en una buena parte y eso le resta asombro al callejeo, aunque no encanto ni comodidad. Tiene, eso sí, algunas iglesias góticas muy interesantes como las de San Miguel y San Pablo, el monasterio de Santa Clara, y sobre todo, por encima de todo, su asombrosa catedral, la dedicada a San Antolín, que se había designado siempre como ‘la bella desconocida’ y que a partir de su restauración en marcha se está llamando ‘la bella reconocida’. Con cuánta justicia.

Detalle del retablo de una de los altares principales de la Catedral.

Detalle del retablo de una de los altares principales de la Catedral.

 

La catedral por sí sola, se puede decir alta y claramente, merece una visita a Palencia. Es un asombro de belleza que injustamente no figura entre las de obligado cumplimiento para los amantes del arte. Cuando la visitamos estaba en obras, y tenía desafortunadamente cerradas la nave central y el altar mayor. También por desgracia había concluido unos días antes la posibilidad de visitar los trabajos usando un ascensor desde el que se podía contemplar toda su grandeza. En temporada, se podrá volver a disponer de este circuito.

Portada de la iglesia del Monasterio de Santa Clara.

Portada de la iglesia del Monasterio de Santa Clara.

 

Pero lo que se podía ver, aun así, es maravilloso, una riqueza artística en arquitectura, en escultura, pinturas y relieves insospechada en la que es (otra vez un dato descubierto) la tercera catedral más grande de España. Las piezas únicas se despliegan en las naves, en el coro, en el trascoro, en las numerosas capillas laterales y de la girola, y en la misteriosa cripta de San Antolín. La restauración en marcha debe dejar un conjunto ciertamente admirable. Ya lo es en lo que se puede ver.

Vista de la fachada principal de la Catedral.

Vista de la fachada principal de la Catedral.

 

Una estupenda audioguía sirve de perfecto acompañamiento a la visita, que forzosamente debe ser lenta y reposada, demorándose uno en cada rincón para admirar la factura de las obras de arte y las historias que estas te cuentan.

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Imágenes del interior de la bellísima catedral gótica.

Imágenes del interior de la bellísima catedral gótica.

El recorrido debe incluir también el magnífico museo, que incluye esculturas románicas, tapices y obras de El Greco, Zurbarán, Silóe y otros muchos, aparte de curiosidades como el retrato deformado a lo ancho de Carlos V que sólo se puede apreciar a través de un minúsculo agujero lateral.

La antiquísima cripta de San Antolín.

La antiquísima cripta de San Antolín.

 

Y después de esto, siempre se tiene la posibilidad cierta de acabar el disfrute con las delicias de la comida castellana en alguno de los restaurantes o bares de tapas palentinos. Sería imperdonable perderse este final. Nosotros nos lo dimos en el restaurante Los Candiles, con un estupendo lechazo.

Estupendo lechazo en Los Candiles.

Estupendo lechazo en Los Candiles.

Tren sin final de trayecto hacia Kalavryta

Ulyfox | 7 de febrero de 2020 a las 12:17

El train hacia Kalavryta recorre lugares inverosímiles. La foto es de los ferrocarriles griegos.

El tren hacia Kalavryta recorre lugares inverosímiles. La foto es de los ferrocarriles griegos.

Ese viaje en tren tan excitante, tan emocionante, tan hermoso, tan adrenalínico por momentos, no tiene un final feliz. Al menos no un final feliz como se entiende normalmente. Pero es el final adecuado, como una película redonda. Como un peliculón, un melodrama de Douglas Sirk o del mejor Almodóvar. El mínimo convoy que parte desde el nivel del mar en Diakoftó, en la misma orilla del Golfo de Corinto y asciende en una hora larga hasta Kalavryta, a más de 700 metros de altitud en el interior del Peloponeso, enseña mil historias mientras serpentea y escala, pero guarda la más conmovedora para el fin de trayecto.

La antigua locomotora, en la vieja estación junto al mar.

La antigua locomotora, en la vieja estación junto al mar.

Sale alegre este tren griego compuesto por tres vagoncitos, ahora modernos y dotados de aire acondicionado y hasta hace poco lleno de aromas antiguos, recorriendo los primeros kilómetros en llano. Pero al poco tiempo comienza su senda montañera por una vía muy estrecha, y por tramos parece que se despeñará sin remedio sobre el río que baja bravo, o que simplemente no acertará con los numerosos y estrechos túneles horadados a duras penas en la piedra hace más de cien años en una gesta ingenieril admirable. Apenas unos centímetros de holgura. Aunque se pudiera, no sería conveniente sacar una mano por la ventanilla. Mucho menos la cabeza.

El tren cruza numerosos puentes sobre el río bravo.

El tren cruza numerosos puentes sobre el río bravo.

Sube y sube, siguiendo la garganta de Vouraikós, casi mimetizado con la naturaleza. Y la vista de los pasajeros va desde los altos árboles a las profundas pozas y las frescas cascadas. Más vale no mirar abajo. El caminar es lento y más de una vez suena el silbato, porque algunos senderistas eligen la propia vía para hacer el camino de vuelta desde Kalavryta, degustando el peligro, que sobre gustos no hay nada fiable escrito.

El tren en la estación de Kalavryta.

El tren en la estación de Kalavryta.

El tren de Kalavryta, ahora pasto del turismo familiar en verano y también conocido por el nombre de Odontotos, nació de un sueño de desarrollo en 1896. Unos 22 kilómetros de recorrido que funciona todos los días del año y en todas condiciones atmosféricas. Un logro extraordinario, con trechos dificultosos de cremallera, a una velocidad que no supera los 40 kilómetros por hora. Y que es mucho menor en los tramos de cremallera. Histórico, en todos los sentidos. Hermoso.

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El puelo es ahora centro de turismo.

El puelo es ahora centro de turismo.

El pueblo, cuyo nombre viene a significar seguramente algo así como “fuentes buenas”, es en sí mismo un centro de turismo de invierno y sus construcciones son modernas aunque su edad es considerable. Kalavryta era un pueblo feliz y próspero hasta que les cayó encima la Segunda Guerra Mundial y con ella la atroz invasión alemana. La dominación nazi provocó la resistencia guerrillera, y la ejecución por parte de los milicianos de 70 soldados prisioneros alemanes conllevó una represalia brutal: unos 500 varones mayores de 14 años fueron apresados en el pueblo, encerrados en la escuela municipal y poco después sacados a las afueras y fusilados sin piedad ni, por supuesto, juicio el 10 de diciembre de 1943. Solo 14 hombres se salvaron porque se refugiaron bajo los cuerpos de los muertos. Las mujeres fueron encerradas en el colegio, que fue incendiado, aunque lograron escapar.

La escuela municipal, ahora memorial de la matanza.

La escuela municipal, ahora memorial de la matanza.

La escuela es ahora un emocionante museo memorial en donde se muestra cómo era la vida social de Kalavryta y su comarca (varias aldeas también fueron arrasadas) antes de aquel horrible suceso que acabó con el pueblo, y donde se puede conocer las circunstancias de la matanza. Y llorar ante las fotografías de niños y hombres poco antes de que fueran ejecutados.

Una placa recuerda la puerta que se cerró en la escuela para que las mujeres perecieran en el incendio.

Una placa recuerda la puerta por la que entraron para separarse y no verse más mujeres y hombres.

En el lugar donde ocurrió la masacre, a 15 minutos andando desde el pueblo hay ahora una gran cruz y un monumento que recuerda a los mártires con un gran letrero: “Oji pió polemoi,  No más guerras”. El descenso vespertino por la misma vía se hace ya de otra manera, más entristecidos pero también más sabios. El viaje a Kalavryta no acaba nunca.

El monumento levantado en el lugar donde fueron fusilados los hombres en 1943.

El monumento levantado en el lugar donde fueron fusilados los hombres en 1943.

 

Neueschwastein, castillo asaltado

Ulyfox | 5 de febrero de 2020 a las 13:32

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

Uno de los ejemplos mayores de masificación turística de nuestra ya larga vida viajera lo vivimos el pasado verano, en un lugar que recordábamos mucho más tranquilo. Seguro que hace ya 30 años bastante gente visitaba el castillo de Neueschwastein (pronúnciese Noisbáshtain) , el sueño loco levantado por Luis II de Baviera en el corazón de un paraje maravillosamente de cuento. Recuerdo que no estábamos solos en aquel lejanísimo viaje con una empresa que se llamaba Eurojoven y organizaba circuitos en grupo por un precio que nos podíamos permitir. Aquel visitaba varios países de Centroeuropa en autobús. Entonces ya había muchos viajeros, pero no existía esa especie tan actual del ‘coleccionista de sitios’ y, sobre todo, no podías encontrarte turistas de según qué países como los de la entonces Europa comunista o de China.

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Otras dos vistas del castillo.

Otras dos vistas del castillo.

Este fenómeno masivo se ha instalado definitivamente, llenando los destinos más clásicos, los más desconocidos, e incluso los recónditos.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Lo que nos encontramos aquella mañana en Neueschwastein, a mediados de junio, fue sencillamente asombroso: miles de personas esperando a entrar en turnos de cada diez minutos para una visita en la que el siguiente grupo te iba pisando los talones, en un edificio maravilloso de cuyo interior no se podían sacar fotos.

El castillo de Hohenschwangau.

El castillo de Hohenschwangau.

Desde luego, es impensable acudir al castillo sin haber hecho muchos días antes la reserva de una hora concreta de entrada. Del mismo modo, la visita, con audioguía y acompañado de un vigilante, no puede durar más que media hora.  Naturalmente, las fotos sí se pueden hacer del exterior, y todo el mundo va aleccionado, todos quieren hacerla desde el mismo punto: el puente Marienbruck, al que se llega caminando por un paseo lleno de curvas y de cuestas.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Todo el camino hasta ese puente lo hicimos rodeado por un inmenso gentío. Al llegar al pequeño viaducto, que alguna vez fue romántico, hay que esperar otra cola porque está limitado el aforo, supongo que por el peso que puede soportar la estructura. Una vez conseguido el acceso, hay apenas unos segundos para disparar una o varias fotos apresuradas… demasiado estrés para un paisaje tan bucólico.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Digamos que tuvimos la suerte, o la precaución, de llegar temprano, así que nos dio tiempo a tomar después poco más que un tentempié en uno de los restaurantes del hermoso parque que rodea el castillo. Habíamos subido a la colina andando, pero ya conseguido nuestro objetivo, nos permitimos incluso hacer el descenso en un coche tirado por caballos percherones, que caminaban muy lentos. Nos reímos al menos, porque la gente nos adelantaba andando.

Descenso en coche de caballos.

Descenso en coche de caballos.

Neueschwastein (he conseguido escribirlo por tercera vez) no nos decepcionó. Es imposible: es hermoso por sí mismo y por la historia del desgraciado e incomprendido, perseguido rey que lo mandó construir. Pero la forma en la que ahora se puede visitar es una locura no tan hermosa como las que se le ocurrían a Luis II. Supongo que al cabo del año el número de las personas que acceden por sus puertas supera las seis cifras…

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Luego, nos acercamos a uno de los lagos cercanos, junto al centro de recepción y bajo el castillo Hohenschwangau, que perteneció al padre de Luis II. Allí, también una multitud considerable, en una buena parte de origen oriental, paseaba por sus orillas o se bañaba en sus frías aguas.

Ante las cascadas de Fussen.

Ante las cascadas de Fussen.

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Vistas de una calle de Fussen.

Vistas de una calle de Fussen.

No digo que saliéramos huyendo. Estábamos contentos, hizo un día espléndido, y volvimos al atardecer al cercano y bonito pueblo de Fussen, donde estaba nuestro alojamiento durante dos días, el Hotel Hirsch, muy limpio y agradable. En esas dos jornadas, nos dio tiempo a dar paseos tranquilos, bordeando el castillo en el centro urbano, recorriendo las coloridas calles, acercándonos al monasterio franciscano, e incluso a unas pequeñas cascadas en las afueras. Las largas tardes de junio permitían todo esto, y el ambiente era, comparado con la multitud corretona y apresurada de la colina, un remanso. Y no es que estuviéramos solos. Bien acompañados, en cambio, sí.

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La calle principal  de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

La calle principal de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

Parga, en la costa de Epiro

Ulyfox | 29 de enero de 2020 a las 19:53

Vista panorámica de Parga.

Vista panorámica de Parga desde el castillo veneciano.

Paxos nos había dejado varias evidencias gozosas, como cualquier experiencia viajera debe ser. Una era que la masificación turística provoca daños irreparables al lugar en cuestión, como pudimos comprobar al comparar la placidez de esta última isla con la aglomeración muchas veces insufrible de su hermosa hermana mayor, Corfú. Otra evidencia fue que es posible sustraerse a esos efectos, y que el disfrute es incomparable si uno no tiene que estar sorteando codos. Que las islas Jónicas son bellísimas por su mezcla italo-greca queda como la constatación mejor.

El paseo marítimo de Parga, con el castillo al fondo.

El paseo marítimo de Parga, con el castillo al fondo.

Después de cuatro días en Paxos era nuestra intención volver a Ítaca, visitada en tiempos remotos, mucho antes de esta explosión viajera de los últimos años. Pero no nos fue posible por dos circunstancias, una insospechada y otra sobrevenida. La primera es que no había disponibilidad hotelera. Muérete. La temporada alta de finales de julio, aunada con la fiebre turística, hicieron que no hubiera sitio para nosotros en aquellas fechas. Eso nos hizo añorar nuestra primera visita, cuando buscamos alojamiento al desembarcar, y lo encontrábamos. Una mínima posibilidad se abría uno de los días, pero coincidía con una previsión de viento fuerte que no prometía una buena travesía en los pequeños barcos.

Atardecer en el paseo marítimo de Parga.

Atardecer en el paseo marítimo de Parga.

Tras unas lamentaciones no demasiado profundas, convenimos en cambiar el plan (aláxoume to prógramma, como le dijimos a nuestra amable hotelera). Teníamos tiempo, mucho tiempo de vacaciones por delante, podíamos hacer la variación. Así que la cosa quedó en lo siguiente: un ferry nos llevaría hasta Igoumenitsa, en el continente; allí nos recogería un transfer que nos llevaría hasta Parga, donde pasaríamos unos días, y luego desde ahí nos dirigiríamos hasta Patras, en el Peloponeso, desde donde también salen grandes barcos para Ítaca. Confiábamos en que pasados unos días, el panorama hubiera cambiado y podríamos arribar a la patria del gran Ulises, el Odiseo pródigo en ardides que retrató Homero. Luego comprobaríamos que la isla del héroe de Troya no era fácil de alcanzar ni aun así…

La empinada cuesta que lleva al castllo y a los apartamentos Paraskevi.

La empinada cuesta que lleva al castllo y a los apartamentos Paraskevi.

Llegamos a Parga a media mañana. El hotel Paraskevi’s Luxury Studios resultó delicioso, simple en su aspecto exterior, pero excepcional en las vistas desde el balcón del apartamento y, sobre todo, en la insuperable amabilidad del dueño, Kyriakos (que es como llamarse Domingo en español, aunque también existe aquí el Ciriaco), siempre atento a nuestras preguntas y dudas. Los desayunos en la terraza privada aseguraban buenos ratos de disfrute, con el café caliente servido al momento y la playa y las montañas como fondo.

La vista desde los estudios Paraskevi.

La vista desde los estudios Paraskevi.

Parga tiene una visión única, tanto desde la playa del pueblo, con el caserío que asciende hacia el imponente castillo veneciano, como desde las alturas de este con la vista de la media luna de arena y el islote con la iglesia de Panagía en frente. La costa recortada y verde es hermosísima.

Anochecer desde el castillo.

Anochecer desde el castillo.

Para llegar hasta el paseo marítimo hay que bajar una calle larga y empinadísima que sería bonita si no estuviera llena de tiendas y expositores con artículos turísticos. Y al llegar a la parte llana, es imposible andar: el gentío, que a finales de julio era mayoritariamente ruso y de los Balcanes, invade el espacio. Las estrechas calles resultan intransitables a esa hora temprana en que cena la gente no española. El ambiente es intensamente vacacional y familiar. Llega a ser agobiante por momentos si vas buscando tranquilidad, que probablemente no encontrarás.

Una cena al atardecer en la taberna Stefano.

Una cena al atardecer en la taberna Stefano.

Tiene Parga tres playas, la amplísima de Valtos, de arena fina y capaz de acoger a miles de personas, y dos más pequeñas, una junto al casco urbano, Krioneri y otra separada por un promontorio, Piso Krioneri. Las tres están llenas de tumbonas y sombrillas y son la razón principal por la que tanta gente viene a esta ciudad costera de la región de Epiro. En la primera de ellas pasamos un buen día de baño, lectura y comida, pero en la segunda, el público resultó agobiante y sin miramientos en busca de un sitio en la arena.

Un baño en la playa de Valtos.

Un baño en la playa de Valtos.

Estos inconvenientes hicieron que Parga no fuera uno de los lugares griegos que más nos han gustado, aunque alguna cena al atardecer desde las alturas, las vistas desde el apartamento y la excelente atención de Kyriakos y el personal del hotel compensaron en buena parte esas partes negativas.

Vista mañanera de Parga.

Vista mañanera de Parga.