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Monodendri, primer contacto con Zagoria

Ulyfox | 18 de agosto de 2021 a las 22:00

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Vista de la garganta de Vikos, desde el mirador de Oxiá.

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Ante el pueblo de Vitsa, cerca de Monodendri.

Después de la impactante experiencia de Meteora, con sus picos y sus monasterios bizantinos en pleno valle de Tesalia, el siguiente día nos dirigimos a la zona denominada Zagorohoria, o Pueblos de Zagoria, una región lejos de las rutas turísticas más transitadas y situada en las estribaciones del monte Pindo, lo que es lo mismo que decir casi en el límite noroeste de Grecia, cerca de la frontera con Albania. O sea, en la histórica región de Epiro.

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Una iglesia en Vitsa, poco antes de llegar a Monodendri.

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Nuestro destino era Monodendri, un pueblecito considerado el centro de la región, y base de numerosos senderistas que acuden a recorrer la impresionante garganta de Vikos. En la fecha de nuestra visita, aquello estaba semidesierto. Después de rodear en coche la interesante Ioannina y su lago, que dejamos para más adelante, y de hacer una breve parada en Vitsa para fotografiar una bonita iglesia, llegamos al pueblo, todo de piedra gris como las montañas que lo enmarcan, y sin necesidad de reserva nos alojamos en el espléndido hotel Zagora Philoxenia, que sólo acogía a otra pareja de huéspedes con un perro.

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La entrada al corto sendero que llega al mirador de Oxiá.

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Ante la garganta de Vikos, en Oxiá.

Tras las formalidades, que en este caso fueron muy poco formales por parte del amable recepcionista, nos acercamos en coche a echar el primer vistazo a la garganta de Vikos desde el cercano mirador de Oxia, apenas un balcón de piedra sobre el abismo, cientos de metros abajo. El tajo en la piedra que forma el desfiladero es impresionante, como tendríamos ocasión de comprobar al día siguiente desde otro oteadero justo enfrente. El mirador está solo a unos doscientos metros bien pavimentados desde el lugar donde hay que dejar el coche. Estábamos solos, pero supongo que en temporada alta habrá cola para asomarse.

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El ‘bosque de piedra’ de Monodendri.

Después de la primera impresión de la garganta, volvimos al pueblo a almorzar, pero antes nos paramos junto a un cartel que indicaba un ‘Stone Forest’, es decir un bosque de piedra. En realidad, la indicación era demasiado pretenciosa aunque pudimos hacer algunas fotos bonitas de un rincón que recuerda El Torcal de Antequera.

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El almuerzo en la plaza principal de Monodendri.

Ya en Monodendri empezamos a comprobar la dificultad de comer algo fuera de temporada y con el país recién abierto al turismo. Hallamos una mesa en la plaza principal, en el local I pita tis Kikitsas, es decir, El pastel (o más bien la Empanada) de Kikitsa. Es la especialidad regional, y la que pedimos de vegetales estaba muy buena. Pero prácticamente no había nada más de lo señalado en la carta. Un filete de cerdo fue la solución. Bueno, nos dio casi igual, el trato fue muy agradable, el producto más que aceptable y el el camarero nos regaló el vino porque sí, aunque puede que fuera porque nosotros tampoco estuvimos muy desagradables e intentábamos chapurrear algo en griego.

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Vista exterior del pequeño monasterio de Agia Paraskevi, a la salida de la garganta.

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Frescos en el interior de la pequeña iglesia del monasterio.

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Después de la comida nos dirigimos al monasterio de Agia Paraskevi, una construcción dedicada a esta santa que sana a los ciegos, sobre el final del desfiladero. Fue un paseo agradable, y en el pequeño convento nos recibió una pareja joven que al parecer estaba encargada de su cuidado y habían instalado allí un pequeño taller de iconos que repetía una y otra vez la imagen de la santa venerada. Atendimos a las explicaciones de lo que ellos llamaron su “proyecto” y terminamos comprando, cómo no, un icono de Santa Paraskevi como recuerdo. El monasterio tiene también una hermosa vista sobre el barranco, y a esa hora de la tarde la luz mostraba un paisaje verde y abrupto.

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Vista desde la habitación del hotel Zagoria Filoxenia.

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Calles de piedra gris en Monodendri.

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Volvimos al hotel después de eso y con ganas de más. Para hacerlo, atravesamos de nuevo Monodendri, por calles empinadas y pavimentadas con grandes piedras entre las que crecía el verdín y la hierba. Las viviendas parecían tener todas una gran extensión y cercas de altos muros. No nos cruzamos con nadie. El recepcionista nos dio toda la información, y nos animó al decirnos que nos daba tiempo todavía esa tarde a ver algunos de los famosos puentes de piedra de Zagoria, que salpican toda la zona. Hacia ellos nos fuimos… pero eso lo contaremos otro día.

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Monodendri, al pie de la garganta de Vikos.

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Meteora, segunda peregrinación

Ulyfox | 29 de julio de 2021 a las 20:27

Ante el Monasterio Varlaam, uno de los seis que aún quedan en pie en Meteora.

Ante el Monasterio Varlaam, uno de los seis que aún quedan en pie en Meteora.

Si los musulmanes tienen la obligación de peregrinar una vez en su vida a La Meca, nosotros hemos sentido la necesidad de hacerlo al menos dos a los monasterios de Meteora, en Tesalia,  Grecia Central. No nos guiaba un interés religioso. Bueno, quién sabe, al menos no en el sentido de religión que nos enseñaron…

El pueblecito de Kastraki, junto a Kalambaka y a los pies de los impresionantes Meteora.

El pueblecito de Kastraki, junto a Kalambaka y a los pies de los impresionantes Meteora.

Acababan de abrir Grecia al turismo después de la enésima ola del Covid 19, y ese primer día ya estábamos aterrizando en el aeropuerto de Atenas para pasar (para respirar) una semana en el país de nuestros amores. Esta vez el periplo elegido era por el centro y norte del país, la parte más interior de Grecia, y la primera etapa eran los monasterios. Así que, nada más aterrizar tomamos posesión del coche alquilado y emprendimos la larga ruta hacia Kalambaka, más de cinco horas desde el ‘aerodromio’ Elefterios Venizelos hasta el pueblo más cercano a los monasterios, una aldea llamada Kastraki, al pie mismo de esas hermosas construcciones bizantinas erigidas sobre altas rocas.

Panaorámica general de las rocas de Meteora.

Panaorámica general de las rocas y el valle de Meteora.

La autopista discurría junto a un nombre tan sonoro y evocador que sentimos enormemente no tener tiempo de parar: Termópilas, el paso donde los valientes espartanos frenaron la marcha de las tropas persas de Jerjes. Habríamos agradecido esa resistencia, pero ahora nada lo impide, y como no queríamos llegar de noche a nuestro hotel, nos limitamos a saludar al paso el monumento al héroe espartano que comandó aquellas tropas, Leonidas.

Primera visión desde nuestro balcón en el hotel Doupiani House.

Primera visión desde nuestro balcón en el hotel Doupiani House.

Así que aún llegamos a tiempo de contemplar el atardecer que doraba las inmensas rocas de Meteora desde la habitación de nuestro alojamiento en Kastraki, el excelente Hotel Doupiani House. La visión era reconfortante, y a un costado del panorama ya podíamos observar la silueta del monasterio Rousanou sobre el espolón rocoso. Nos dio tiempo a poco más que dar un corto paseo hasta la aldea y tomar el primer contacto con nuestra adorada cocina griega en la taberna Bakaliarakia, como únicos clientes de la noche.

Desayuno en el Doupiani House, listos para la caminata.

Desayuno en el Doupiani House, listos para la caminata.

A la mañana siguiente  nos levantamos temprano con el ánimo de hacer el camino a pie hasta el más alto de los monasterios, el Megalo Meteoro, o Gran Meteoro, y luego hacer el descenso recorriendo algunos de los seis que aún sobreviven. Fundado el Gran Meteoro en el siglo XIV, el gran esplendor del lugar con la erección de sucesivos monasterios vino tras la expansión del imperio otomano, cuando los ermitaños cristianos buscaron refugio en lo alto de esos peñascos inaccesibles construyendo conventos a los que sólo se podía acceder por escaleras de cuerdas que se retiraban en caso de peligro. Los griegos habían dado a estas enormes rocas el nombre de Meteora, o sea, Suspendidas en el Aire, de las que suponían además que habían sido enviados desde el Cielo para permitirles retirarse a rezar lejos de todo.

El Monasterio de Agios Stefanos Anapafsa, uno de los más pequeños.

El Monasterio de Agios Nikolaos Anapausas, uno de los más pequeños.

Llegó a haber en los buenos tiempos hasta 24 monasterios, pero el tiempo y sobre todo la destrucción que se llevó a cabo durante la ocupación nazi por la colaboración y refugio que dieron los monjes a los rebeldes griegos, redujeron considerablemente su número. Aun así, lo que queda sigue siendo impresionante, y es desde los años 80 del pasado siglo Patrimonio de la Humanidad.

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Vista del monasterio Roussanou, en el camino de subida.

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Agios Nikolaos Anapausa, en su escenario.

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Monasterio Varlaam, allá arriba…

Ascendimos por la carretera un buen trecho, y habíamos dejado atrás las piedras del pequeño monasterio de San Nikolaos Anapausas, pero cuando el calor empezó a apretar nos dimos cuenta de que el ascenso podría convertirse en demasiado duro y, sobre todo, largo. En un descanso a la sombra estábamos cuando pasó un taxi y le hicimos señales para que parara. Iba a hacer un servicio, pero nos prometió que en cinco minutos estaría de vuelta por si nos interesaba que nos acercara hasta lo más alto. Cumplió su promesa y a nosotros nos dio la alegría de hacer el recorrido de la manera menos cansada, tal como habíamos hecho casi 30 años atrás, en nuestra primera visita a Grecia.

El Gran Meteoro, primero y más grande de los monasterios.

El Gran Meteoro, primero y más grande de los monasterios.

En primer término, Varlaam, y al fondo, el Gran Meteoro.

En primer término, Varlaam, y al fondo, el Gran Meteoro.

Así que nos plantamos cómodamente y en apenas cinco minutos frente a las puertas del Gran Meteoro. Desgraciadamente, este monasterio estaba cerrado. Habíamos llegado demasiado pronto, concretamente un día antes. No sé si habrá más oportunidades… nos conformamos con pasmarnos ante la fachada del monasterio sobre el acantilado, allá en lo alto, y con la decepción de no poder contemplar sus frescos.

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Ante el monasterio Varlaam.

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Dos visiones de Varlaam.

Dos visiones de Varlaam. En la de arriba se aprecia el teleférico cruzando el abismo.

Pero a partir de ahí, y una vez que nos compramos unas gorras adecuadas para el sol aunque turísticas, empezamos el gozoso descenso por la sinuosa carretera. La primera parada, muy cercana, fue en el monasterio Varlaam, llamado así por ser el nombre del monje que lo fundó a mediados del siglo XIV, aunque fue dos siglos después cuando se edificaron los principales edificios que hoy lo componen. Aún conserva la red por la que los internos y visitantes eran izados con una especie de grúa para poder acceder a él cuando no se atrevían a hacerlo por las escalas, aunque también se ha construido una especie de moderno teleférico eléctrico. Hoy en día se ha hecho una escalera y un puente de piedra, además de un túnel excavado en la roca. Incluso se accede al interior por una puerta automática de cristal. Se ve que el turismo deja mucho dinero en los conventos.

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Iglesia (katholikon) dentro del monasterio Varlaam.

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Algunos de los frescos en proceso de restauración en Varlaam.

Frescos más recientes en una capilla anexa en Varlaam.

Frescos más recientes en una capilla anexa en Varlaam.

Varlaam es un conjunto precioso en el que destacan el patio, un pequeño museo y el katholikon, es decir la iglesia bizantina. Sus frescos del siglo XV y XVI estaban siendo restaurados cuando lo visitamos, y era una maravilla verlos emerger con el brillo y el colorido de centurias atrás, en contraste con los aún por restaurar, oscuros como la mayoría de los que se pueden encontrar en las iglesias griegas. No estaba permitido fotografiarlos, nos dijo el vigilante muchacho, pero en un descuido pude sacar una apresurada foto. Creo que los cielos me perdonarán.

Vista general desde el mirador. Se puede ver a la izquierda Roussanou y a su espalda, Agios Nikolaos. En las alturas de la derecha, Varlaam y Megalo Meteoro.

Vista general desde el mirador. Se puede ver a la izquierda Roussanou y a su espalda, Agios Nikolaos. En las alturas de la derecha, Varlaam y Megalo Meteoro.

Luego de la detenida visita nos dirigimos a nuestra siguiente parada, un mirador desde el que se contempla todo el valle y una hermosa visión del conjunto de los monasterios. El mirador estaba lleno de jovencitas y jovencitos de un país balcánico vecino, Bulgaria o Macedonia del Norte, que se disparaban frenéticamente fotos unos a otros bajo la resignada mirada de sus monitores. Desde luego, el panorama es espléndido.

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Sendero a través del bosque hacia Roussanou.

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Roussanou, solitario sobre su espolón de piedra.

Roussanou, solitario sobre su espolón de piedra.

Desde ahí decidimos acortar campo a través por un sombreado, fresco y descendente sendero hasta el siguiente monasterio: Roussanou, uno de los más espectaculares por ocupar toda la parte superior de una gran masa rocosa que destaca en el centro de Meteora, a pico decenas de metros sobre la carretera. Es el único que está llevado por monjas. Es bastante más pequeño que el anterior, y su iglesia, más recoleta. Los frescos prácticamente repiten los motivos de Varlaam, pero en el tono más oscuro de los que no están restaurados.

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Grandes formaciones rocosas a lo largo del camino.

A la salida de Roussanou nos encontramos de nuevo al taxista que nos subió, que sin duda esperaba a otro cliente. Lo saludamos y le contamos nuestros siguientes planes: al día siguiente partiríamos a la zona de Zagoria. Entre una cosa y otra, se acercaba la hora de comer, y debíamos decidir si acercarnos a ver otros dos monasterios, el de la Santísima Trinidad y el de San Estéfano, o dar por acabada la excursión y dirigirnos de vuelta a Kastraki. Optamos por esto último pasando junto a imponentes formaciones rocosas, zigzagueando con la carretera, hasta que encontramos una desviación que pensamos llevaría al pueblo. Un lugareño, desde lejos y al ver nuestras dudas nos lo confirmó: “Né, geia to kentro, geia plateia!”, o sea que aquel camino empedrado que parecía el cauce seco de un arroyo conducía hasta la plaza central.

Maravillosa cocina tradicional griega en la taberna Gardenia de Kastraki.

Maravillosa cocina tradicional griega en la taberna Gardenia de Kastraki.

Y así fue, al poco tiempo aparecíamos por detrás de la iglesia y frente al mejor sitio posible: la excelente taberna Gardenia, donde reparamos nuestras cansadas piernas y aromatizamos nuestros llenos corazones con el sabor de la exquisita melitzanosalata (ensalada de berenjenas a la parrilla) unas jugosas albóndigas con patatas fritas y unas de las mejores dolmades (hojas de parra rellenas de arroz y carne picada) con avgolémono (salsa de huevo y limón) que hemos comido nunca. 

Atardecer en Meteora desde el hotel.

Atardecer en Meteora desde el hotel.

Todo eso pedía un reposo en el hotel… y luego ya veríamos. Pensamos por un momento acercarnos con el coche a ver los dos monasterios que nos restaban y contemplar el atardecer desde lo alto, pero la tarde fue transcurriendo desde el balcón de la habitación y la simple visión declinante de la luz cambiando de color sobre las paredes de los monstruos rocosos bastó para satisfacer nuestra necesidad de belleza por ese dia… hasta que se hizo de noche.

Romanos y árabes en Málaga

Ulyfox | 11 de julio de 2021 a las 19:29

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Visión nocturna del Teatro Romano y, arriba, la Alcazba de Málaga.

La guía era menuda y desenvuelta, morena y escueta, y apareció puntualmente y armada como nos dijo el día anterior: con un paraguas color naranja y a la entrada de la Alcazaba de Málaga. Teníamos concertada una visita guiada a este monumento de la dominación musulmana, combinada con un recorrido por el teatro romano, situado justo debajo del gran castillo árabe. Otra pareja debía unirse a nosotros tres para la visita, pero sencillamente no aparecieron, sin siquiera dignarse a avisar. “Es lo menos grave que te puede pasar”, nos contó resignada Candi, de Top Tour Málaga, que se convirtió por mor de la descortesía de unos clientes y para alegría nuestra, en ‘cicerone’ particular y relajada.

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El graderío y la ‘orchestra’ del Teatro Romano.

El teatro romano fue la primera etapa. El monumento, abierto y visible en pleno centro de la ciudad, da un especial y único ambiente a la calle Alcazabilla, dominando todo el paisaje urbano con su fila de gradas muy bien conservada. Construido en tiempos del Imperio y dejado de utilizar como teatro aproximadamente en el siglo III d.C., estuvo oculto para los malagueños durante centurias hasta que, en los años cincuenta del pasado siglo, se descubrió su existencia al hacer unos trabajos para la realización de un jardín público. Aún tuvo que esperar décadas, hasta 1991, para que se derribara el último edificio existente sobre él y pudiera ser contemplado en todo su esplendor. Ese edificio era precisamente la Casa de la Cultura, y la resistencia de sus administradores al derribo hizo que se la conociera en Málaga como la ‘Casa de la Incultura’.

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El ‘auditus máximus’, entrada de las gentes principales.

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Impresiona, aparte de su graderío y la zona de la orchestra, un arco lateral abovedado con sillares, que se pensó en principio que podría ser una de las puertas de la antigua muralla romana pero luego se comprobó que correspondía al auditus máximus, es decir la entrada para los ciudadanos de más alto rango, según la estricta división por clases que regía la distribución del espacio en el teatro. Las detalladas explicaciones de Candi contribuían al encanto instructivo de la visita a este lugar, que fue sucesivamente factoría de salazones e incluso lugar de enterramiento hasta que desapareció durante cientos de años bajo las mil capas de la Historia.

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A los pies de la Alcazaba, esperando a nuestra guía, Candi.

Después emprendimos el camino de subida hacia la Alcazaba, el castillo palacio que los gobernantes árabes hicieron construir para defender la valiosa plaza de Málaga, allá por el siglo XI. Durante el recorrido lo que primero se aprecia es la perfecta fortificación del lugar, con tres murallas concéntricas y varias entradas en curva, que hacían muy difícil el asalto. Preciosas puertas con arcos de herradura que utilizan algunos elementos constructivos de anteriores edificios romanos se pueden ver al paso.

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Fortificaciones dobles y triples en las murallas de la Alcazaba.

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Columnas romanas, reutilizadas en la llamada Puerta de las Columnas.

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Cuando se abandonó la utilidad militar y de residencia de los gobernadores musulmanes, la Alcazaba fue ocupada durante décadas por gente que se construyó sus casas adosadas a los muros. Candi nos enseñó algunas fotos antiguas que demuestran esa utilización como pueblo dentro de la ciudad, con sus calles. Eso sí, la vida allí no debia ser muy cómoda. Cuando a principios del siglo pasado se empezó a restaurar la fortaleza, esa gente fue desalojada.

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Vistas del palacio del gobernador, en la Alcazaba.

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El recorrido culmina en el antiguo palacio del gobernador, algunas de cuyas estancias recuerdan a una Alhambra en pequeñito, sin alcanzar el esplendor de los palacios granadinos, pero mostrando que no era una residencia cualquiera. Los siglos posteriores no la trataron con tanto cariño como a las estancias nazaríes ni su tamaño se puede comparar, pero sin duda tienen y debieron tener una gran belleza.

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Además, desde su ubicación se tiene una espléndida vista de la ciudad y su puerto. Más arriba y allá lejos se ve el castillo de Gibralfaro, que estaba unido a la Alcazaba por la llamada Coracha, dos muros paralelos que aún existen hoy y que, según los planes, algún día se restaurarán.

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Salimos de la visita tan empapados de historia que aún tuvimos ganas y tiempo de visitar brevemente la sección arqueológica del Museo de Málaga, situado en un magnífico edificio, el antiguo Palacio de la Aduana. Nos gustaron mucho las descripciones sobre el importante arte rupestre y los monumentos megalíticos en la provincia, y especialmente interesante es la llamada Tumba del Guerrero, un enterramiento donde se halló un ajuar que incluía un casco griego, por lo que se supone que mercenarios de esa procedencia servían de escolta o fuerza al servicio de los señores fenicios de la época.

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Mosaico romano en el Museo Arqueológico.

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Cerámica árabe.

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Un desagüe de piedra ibero.

Tanta historia nos llevó a abrirnos el apetito, eventualidad que combatimos de manera muy eficaz y sabrosa en el chiringuito El Cachalote, en la playa de la Malagueta, con un menú veraniego lleno de espetos, boquerones, coquinas y pimientos asados…

El mal de Antequera

Ulyfox | 5 de julio de 2021 a las 17:58

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La monumental entrada al dolmen de Menga.

El animado, joven y locuaz guía lo explicó bien mientras esperábamos a la entrada del Dolmen del Romeral, en Antequera. Hablaba de lo que él llamó ‘mal de Antequera’, y al describirlo relató justo lo que yo había sentido unos minutos antes. Al parecer, los visitantes de esta hermosa y monumental población, al poco tiempo de visitar el maravilloso conjunto de los Dólmenes a las afuera y de escuchar la historia de su descubrimiento, empiezan a imaginar que cada colina o pequeña elevación del terreno se podría encontrar uno de estos impresionantes monumentos megalíticos prehistóricos. Y efectivamente: me había ocurrido mientras miraba los dos montículos allá lejos, a los pies de la no menos asombrosa Peña de los Enamorados, que los antequeranos llaman también ‘El Indio’ por semejar su silueta claramente el perfil de un nativo americano acostado. Quién sabe, igual no ando tan descaminado en mi intuición, puesto que al lado se acaba de descubrir otro, aunque este mucho más pequeño que sus hermanos de la zona.

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Tres imágenes del impresionante interior del dolmen de Menga.

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Visitábamos por segunda vez Antequera y este conjunto único de enterramientos prehistóricos, y era normal que yo tuviera, como tantos, esa curiosa inquietud subterránea, después de conocer la historia de los hermanos Viera, que se toparon con el dolmen que ahora lleva su nombre y tal vez fueran los primeros en padecer ese síndrome. Tras el descubrimiento de ese monumento, se imaginaron que un poco más lejos, bajo aquel montecito llamado del Romeral podría aguardar su alumbramiento otro dolmen. Y su intuición no les falló, y después de buscar lo hallaron: allí estaba el dolmen del Romeral, construido con una ingeniosa técnica de bóveda falsa, lasca de piedra sobre lasca de piedra estrechando el espacio, hasta llegar incluso a construir dos cúpulas cerradas con una gran roca plana. Asombroso.

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Entrada al dolmen de Viera.

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Entrada al dolmen del Romeral, y el montículo artificial que lo cubre.

El más apabullante de los tres que componen el conjunto antequerano, por sus dimensiones, es el más antiguo, el dolmen de Menga, que figura en los libros desde hace siglos. Compuesto por un corredor y una sala con paredes y techos construidos con grandes piedras de toneladas de peso, su visita obliga al pasmo mientras se repasa el nombre de sus componentes: ortostatos las paredes clavadas metros bajo tierra, cobijas los techos, pilares que los sustentan. Y admira cómo pudieron hacerlo hombres, mujeres y niños del Neolítico, por mucho que te cuenten las teorías sobre ello los y las magníficas guías del yacimiento.

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En el interior del Romeral.

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La falsa cúpula del dolmen del Romeral.

La visita se hace en un par de horas y es una delicia de información sobre aquella época en la que la Humanidad estaba descubriendo e inventando tantas cosas. El síndrome conocido como ‘el mal de Antequera’ no hace daño y además alimenta la imaginación…

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Alcachofitas de la huerta de Antequera con jamón.

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Surtido de porras.

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Porrilla de garbanzos y espinacas, una de las delicias de Arte de Cozina.

La delicia se prolongó después en Antequera, puesto que la rematamos con un almuerzo fantástico en el establecimiento Arte de Cozina, una comida que resultó también un viaje en el tiempo hacia recetas antiguas, sencillas y sabrosas, elaboradas con esmero y amor por el personal. Una auténtica experiencia de autenticidad y buen servicio. Imposible mejor remate.

Una parada en Jaén

Ulyfox | 22 de junio de 2021 a las 21:08

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Una vista cercana de la Catedral de Jaén.

No habíamos estado nunca y, fuerza es reconocerlo, tampoco nos había interesado mucho viajar a Jaén capital. Pero debería estar escrito que es muy equivocado desdeñar cualquier rincón. Yo había leído y sabido siempre de su catedral, de los trabajos maestros que en ella realizó su diseñador original, Andrés de Vandelvira, y uno de los mejores ejemplos del estilo renacentista en España, pero siempre lo dejaba para mejor ocasión. La ubicación apartada de la llamada capital del Santo Reino tampoco facilitaba la decisión.

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El Museo Ibero, una joya aún por pulir.

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Pero esta vez sí: la acumulación de un par de días libres de Penélope y el interés mostrado por Pepa por conocer el Museo Ibero, inaugurado hace pocos años, se conjugaron para que fuera posible la visita, que planeamos incluyera Baeza y Úbeda.

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Sólo teníamos previsto medio día y una noche en Jaén y, sin correr ni apresuramientos, queríamos aprovecharlo. Nada más llegar, soltamos las maletas en el hotel y nos dirigimos al Museo Ibero, muy cercano. Éramos los tres únicos visitantes en un espacio grande, diáfano y reluciente, por lo que disfrutamos de la visita. El Museo se ve vacío, con espacio para albergar muchas más piezas y colecciones que están por venir pero aún no han llegado. No obstante, lo mostrado es excepcional para conocer algo más de esta cultura anterior y contemporánea a la de los romanos en la Península, tan fundamental en nuestro país y aún tan desconocida.

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Lo expuesto en el centro hace hincapié sobre todo en su organización social y en sus costumbres religiosas, con la exposición de piezas singulares, sobre todo idolillos y exvotos, y con unos paneles y vídeos explicativos muy didácticos. Interesante es su apartado dedicado a la plaga del expolio en yacimientos y a sus nefastas consecuencias para el estudio de la historia.

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Cerámica griega, que indica el rico comercio con otras civilizaciones.

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La muestra principal, la que lleva por título ‘La Dama, el Príncipe, el Héroe y la Diosa’ es extraordinaria y explica a través de estos cuatro personajes prototípicos la complejidad de la cultura ibera. De manera muy sencilla, lo consigue, y lo hace de forma suficientemente breve y completa.

Fue una delicia de paseo cultural, que nos abrió el apetito y nos predispuso a buscar un lugar donde reparar este inconveniente. Y lo encontramos en un establecimiento estupendo con nombre inspirador: Panaceite, con una excelente comida tradicional, de calidad y platos generosos, y donde comenzamos a disfrutar esa grata costumbre de Andalucía Oriental que consiste en ponerte una tapa gratis con cada consumición de bebida.

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De camino a la Catedral de Jaén.

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Detalle de la fachada de la Catedral.

 

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Tras la comida, aún nos quedaron ganas de seguir andando, y enfilamos la cuesta hacia la catedral, lamentablemente cerrada al público a esas horas, así que nos tuvimos que conformar con admirar su impresionante fachada barroca y con esperar que para otra ocasión sea posible admirar su interior, por ejemplo la sacristía y la sala capitular, obras maestras de Vandelvira.

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Los Baños Árabes, esplendor subterráneo.

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Teníamos una cita con una amiga, pero calculamos y nos daba tiempo de acercarnos a los Baños Árabes, entre los más grandes y mejor conservados de España. Parece que su origen corresponde al periodo de dominio almohade en la Península, en el siglo XII, y después pasó por varios avatares, incluido el de que una buena parte de ellos quedara oculta durante siglos por la construcción sobre ellos, en el XVI, del palacio del Conde de Villardompardo, hasta que a principios del siglo XX fueron redescubiertos en su totalidad. En 1931 fue declarado Monumento Nacional.

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El Palacio es centro cultural y alberga varias exposiciones permanentes, pero sin duda el interés máximo está en los Baños, su vestíbulo y su distribución clásica en sala fría, sala templada y sala caliente. La sala templada sobre todo es espectacular, con sus arcos y su gran cúpula agujereada con luceras en forma de estrella, al estilo clásico árabe. Una visita rápida pero muy grata, en un ambiente de penumbra, antes de salir disparados para nuestra cita.

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Las deliciosas alcachofas fritas sobre ajoblanco de Mangas Verdes.

La corta pero productiva jornada acabó en una cena frugal, pero intensa y deliciosa, en otro local recomendable, Mangas Verdes, claro de luz y acogedor de espacio, donde degustamos varias raciones, entre las que quiero destacar unas alcachofas fritas sobre ajoblanco memorables.

No nos arrepentimos, al revés, nos dejó buenas impresiones Jaén, a la vez que ganas de volver a sus monumentos, su gente y su buena comida. Lo haremos.

La mejor playa de Kythira, la más fácil

Ulyfox | 11 de junio de 2021 a las 14:25

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En el agua transparente de la playa de Diakoftí.

Nos habían dicho que era muy buena playa, pero no tiene ni mucho menos la ‘fama’ que en la redes atesoran todas las demás que Kythira ofrece. Pero Diakoftí es maravillosa, un espectáculo azul de aguas calmadas por la cercanía de un islote que le hace de rompeolas, y sobre el que se asienta el puerto principal de la isla, donde atracan los ferries que la comunican con el Peloponeso y con Creta.

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Al fondo, el ferry que va a Creta.

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Es muy fácil llegar a Diakoftí, puesto que se hace por la mejor carretera de la isla, la misma que conecta también con el aeropuerto, así que por eso se hace más incomprensible que no esté tan visitada como las otras playas, con mucho peores accesos. Debe de ser que estas dificultades de los lugares llamados ‘salvajes’ les otorgan más interés, pero sin duda las aguas más transparentes y tranquilas están aquí.

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Vista general de Diakoftí, con el islote que la cierra y donde se sitúa el puerto.

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Diakoftí es, aparte de su grandioso espectáculo marino, un brevísimo grupo de casas de vacaciones desperdigadas, un café y un arenal con hamacas que cuenta con un kiosco de bebidas y aperitivos como único servicio hostelero. En un extremo, un puente la une con el islote donde se asienta el puerto. La llegada de los escasos ferries, con su trasiego de coches, camiones y furgonetas de suministros, es el único momento ‘animado’ del día. Los vehículos pasan rápidos en busca de los escasos núcleos turísticos de la isla, y ninguno parece tener interés en quedarse. Mejor para los que tengan el acierto de quedarse a pasar un día de baños.

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Barcos atrapados en Diakoftí.

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Es difícil dejar de asombrarse a cada momento por las tonalidades del agua. La vista vuelve una y otra vez a los azules y turquesas, y de vez en cuando se desvía hacia la silueta parcial de un par de cascos oxidados de barcos embarrancados, o tal vez abandonados, y semihundidos a unos pocos metros de la orilla. No tiene más tema Diakoftí que esa gradación de añiles y esmeraldas, pero en querer salir y entrar de ellos constantemente se pasa el día.

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También aquí coincidimos en el primer café con el grupo de mujeres que iban recorriendo la isla, y que seguramente estaban alojadas en Agia Pelagia, el único centro turístico que merece ese nombre, porque tiene apartamentos y hoteles, alguno de ellos incluso con piscina. No podemos decir nada más, porque ni nos acercamos.

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En la calle principal de Potamós.

 

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Sí nos desviamos un momento para visitar esa tarde el pueblo más grande del interior de la isla, Potamós, con una gran iglesia y unas muestras interesantes de arquitectura popular. Tomamos un café en una plaza casi desierta. Era precisamente el último día en Kythira, una de las grandes sorpresas del año de nuestro gran periplo griego, y la llegada al atardecer a nuestra base de Kapsali fue de nuevo gloriosa con la luz declinante y el islote de Hitra en el horizonte.

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Doble visión, al atardecer y por la mañana, de la iglesia de San Juan en el Acantilado, pegada a la roca.

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Al día siguiente teníamos que tomar el avión a Atenas para dirigirnos a nuestros acostumbrados destinos finales en Creta y Mikonos, pero todavía tuvimos una larga mañana para disfrutar de un desayuno largo y de un último paseo hasta el promontorio donde reposan la iglesia y el faro, y disfrutar de la preciosa y luminosa visión de la Bahía de Kapsali mientras disparábamos nuestras cámaras.

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El castro de Jora, desde la bahia de Kapsali.

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En el faro.

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La capilla, el faro, en la bahía de Kapsali…

Un taxista nos esperaba a mediodía para llevarnos al aeropuerto, en un corto viaje de media hora por las serpenteantes y estrechas carreteras de la isla, amenizado por una conversación en griego dubitativo con el conductor. Nos contó que estaba acabando la temporada y entonces la isla se duerme durante largos meses. “En Kapsali cierra todo”, nos dijo, y la gente se va a vivir a los pueblos de Livadi y Potamos. “Y entonces, un taxista no tiene trabajo”, le dijimos, pero nos contradijo: “Sí, sí, claro que sí, en invierno trabajo para el ayuntamiento y llevo a los niños al colegio”.

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Última visión de Kapsali, desde la capilla en el promontorio.

Atravesábamos aldeas y dejábamos al lado numerosas iglesias bien conservadas. “Aquí tenemos 365 iglesias -contó a bote pronto-, una para cada día del año. Así que cuando morimos, vamos seguro al Paraíso”, concluyó el conductor con una sonrisa, la misma que dejó para siempre en nuestro interior esta isla maravillosa…

Cascadas, puentes y playas en Kythira

Ulyfox | 31 de mayo de 2021 a las 21:00

La cascada de Milopótamos, en el centro de la isla de Kythira.

La cascada de Milopótamos, en el centro de la isla de Kythira.

Kythira no sólo tiene unas espléndidas aguas rodeando su costa, sino que ofrece otras ‘presentaciones’ del líquido elemento mucho más inesperadas: las cascadas de Milopótamos, una sorpresa de verdor y agua en el centro de la isla. Ese fue el primer objetivo de nuestro segundo día completo allí.

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Iglesias en el camino.

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Tras serpentear por las estrechas y dificiles carreteras, admirando a nuestro paso iglesias y pueblecitos, dejamos el coche en la plaza de Milopótamos (que podría traducirse como Molino de Río) y emprendimos una corta y placentera excursión hacia las cataratas, como las llaman pomposamente allí. El camino tiene un trecho de carretera, y luego se desvía por un carril hacia el rio. Es más cómodo, saludable y ecológico hacerlo a pie, pero demasiada gente accede en su propio coche hasta la profundidad cercana a la cascada, y además sin ningún pudor de dejar su huella por allí en forma de restos, envases y bolsas. Una pena.

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El lugar tiene el encanto de pasar en pocos metros de un paisaje ‘normal’ a un pequeño hábitat selvático, por el rumor del agua y la abundante vegetación que lo sombrea. La cascada cae sobre una pequeña laguna, que, pese a la poca afluencia de la hora, estaba ocupada por una familia que se bañaba desafiando el frío del agua para hacerse algunos selfies. Nosotros no. Nos limitamos a hacer fotos.

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Paseo por el río de Milopótamos.

Después de eso, emprendimos un paseo a lo largo del río en busca del Molino de Filipos, una construcción de piedra con regueros de agua, que aún funciona, según parece, pero en el que sólo había un hombre mayor trabajando y no muy hablador.

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Torre campanario en Milopótamos.

 

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Un café frappé, auténtica bebida nacional griega, en la plaza de MIlopótamos.

A la vuelta, paramos en la plaza del pequeño pueblo a tomar un café frappé, auténtico vicio griego . La taberna y su amplia terraza, que en principio estaban muy tranquilos, se llenó de pronto con la llegada del autobús de la misma excursión de señoras mayores con la que coincidimos en todos sitios. El alboroto al ocupar las mesas, dejarlas señaladas con alguna prenda y largarse con su charla a las cercanas cataratas fue monumental.

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Playa de Jolkós.

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Nosotros decidimos que ya era hora de un baño y fuimos a la playa de Jolkós, accesible en coche por un carril de tierra. Se trata de un lugar de aguas frescas y transparentes y con una orilla formada por grandes guijarros, y con la ventaja práctica de tener un servicio de hamacas  y sombrillas, además de una cantina con algunas contadas vituallas para comer y beber.

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Jolkós es una playa rocosa y hermosa.

Rodeada de rocas, es ideal para bañarse y tomar buenas fotos si trepamos a alguno de los peñascos desde los que los más valientes se lanzan al agua. Cuando fuimos nosotros, estaba muy tranquilo.

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El puente Koutani, una obra extraordinaria en una islita griega.

Antes de llegar a la playa, paramos junto al pueblo de Livadi para admirar el bello puente Katouni, construido en el siglo XIX por los ingleses. Con más de 100 metros de largo y sus trece arcos es una de las construcciones más llamativas e impresionantes de la isla.

Acabamos el segundo día en la sorprendente Kythira cruzando la isla para acabar la jornada con nuestra habitual cena en Kapsali, lugar de reposo de todas las inquietudes. En esta ocasión, la comida fue en Apagio, un lugar interesante con modernas presentaciones de la comida tradicional griega.

Kythira, la cuna de Afrodita

Ulyfox | 25 de abril de 2021 a las 21:12

En el castillo de Kythira, con la bahía de Kapsali alla abajo.

En el castillo de Kythira, con la bahía de Kapsali alla abajo.

 

Entre las islas griegas, para nosotros están aquellas que conocemos, aquellas a las que volvemos una y otra vez y las que descubrimos. Conocemos muchas y volveremos también a bastantes, pero afortunadamente aún tenemos entre nuestros planes otras desconocidas, ahí dispuestas a ofrecernos el placer de su descubrimiento. Procuramos reservar siempre una parte de nuestros viajes a estos hallazgos gozosos. En esta tarea placentera hemos tenido decepciones, lugares que han defraudado nuestras ansias o simplemente no las han colmado. Pero también, y en mucha mayor medida, hemos topado con sorpresas mayúsculas, con placeres inesperados para la vista y todos los demás sentidos, incluidos los no físicos.

Kapsali, su playa y su bahía, desde las alturas.

Kapsali, su playa y su bahía, desde las alturas.

Esto último nos pasó con Kythira, o Citera, un trozo de tierra desprendido de la península griega, casi a medio camino entre el Peloponeso y Creta. Llegamos en avión desde Atenas, aunque también se puede llegar desde el Peloponeso en barco, desde el puerto de Neápoli, y tuvimos el acierto de reservar cuatro noches en Kapsali, un lugar encantador y sereno en una pequeña bahía enmarcada por dos promontorios, en uno de los cuales, el más bajo, se asientan la capilla de San Jorge (Agios Georgios) y un faro, mientras que en el otro domina desde las alturas la blanca y bellísima Hora (Pueblo) de Kythira, con su castillo en el extremo.

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Ambiente vespertino en Kapsali, la tarde de nuestra llegada.

Ambiente vespertino en Kapsali, la tarde de nuestra llegada.

Después de un retraso ya habitual en el vuelo, Kythira nos recibió con nubes y algunas gotas de lluvia, pero la temperatura era buena y aun así nos dimos un baño en la bahía mientras caía el sol, en un agua agradable y con la compañía de unos pececillos que picoteaban los talones más de lo habitual. Nos alojamos en los apartamentos Cengo, sencillos y económicos, sin grandes alardes pero limpios y con una gran atención por parte de su encargado, Dimitris, dispuesto a colaborar en todo, como suele ser habitual en este tipo de alojamientos familiares en las islas griegas.

20190905_190629Esa tarde aprovechamos para un corto paseo (las dimensiones no permiten uno largo) frente al mar de Kapsali y para cenar con el ocaso en la terraza de Alatarea, que se convertiría casi en nuestro restaurante oficial, por su calidad y buen servicio. Antes, nos queríamos asegurar la contratación de un coche de alquiler en la oficina de Panayiotis, justo al lado. Estaba cerrada, pero llamamos a un teléfono apuntado en la puerta y la llamada pudimos oírla, puesto que el mismo Panayiotis estaba cenando a pocos metros. Se levantó y, con el aire amistoso y el toquecito en el hombro con el que los griegos sellan los acuerdos, nos prometió el vehículo para la mañana siguiente.

La playa de Kapsali, con Kythira Hora y  el castillo al fondo.

La visión de nuestro primer desayuno en Kythira.

Al levantarnos, eso fue lo primero que hicimos. No era un alquiler barato, se nota que Panayiotis es una especie de monopolio en la isla, pero el coche estaba en buenas condiciones y muy limpio. Tomamos nuestro primer y espléndido desayuno frente al mar en Al Mare, un lugar buenísimo al que volvimos todas las mañanas y que es el ejemplo de local turístico de calidad, en el que lo mismo puedes desayunar que almorzar que tomar un helado a media tarde.

En el camino hacia la playa de Kaladi.

En el camino hacia la playa de Kaladi.

La playa de Kaladi, considerada por algunos la mejor de la isla.

La playa de Kaladi, considerada por algunos la mejor de la isla.

Y salimos os a recorrer Kythira, haciendo nuestra primera parada en la playa de Kaladi, que para Dimitris era la mejor de la isla. Sin duda es muy hermosa, y su visión desde la altura de la carretera es impresionante, con un gran peñasco dividiéndola en dos mitades y un agua brillantemente azul. Pero la empinada y larga escalera de acceso, y la fila de gente que bajaba pertrechada de hamacas y sombrillas, junto con la certeza de que abajo no había ni una cantina, nos hicieron limitar nuestro disfrute al disparo de varias fotos desde arriba.

El entrante marino en el enclave de Avlemonas.

El entrante marino en el enclave de Avlemonas.

20190906_123321Así que dirigimos nuestros pasos hacia la cercana Avlémonas, que tiene una especie de minifiordo rocoso que forma una piscina natural, rodeado de algunas casas y apartamentos, y al que alguien con gustos mitológicos y poéticos ha llamado el Baño de Afrodita (Loutró Afroditis). Aquello estaba mucho más tranquilo, aunque la calita aparecía llena de un grupo de mujeres mayores que disfrutaban como pequeñas diosas del agua remansada, al igual que hacen en miles de rincones griegos, preferentemente por la mañana temprano, equipadas con sus gorros blancos y manteniendo intensas conversaciones mientras flotan. Ese mismo grupo nos perseguiría luego por casi toda la isla, y nos las encontramos en varios lugares en diferentes días.

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Otra vista de Avlemonas.

Otra vista de Avlemonas.

Al poco tiempo, las mujeres se subieron a una de las tabernas a comer, largo rato que aprovechamos para tomar el lugar y darnos uno de los baños más gustosos de nuestra estancia, con continuas entradas y salidas del agua y dándole trabajo al dedo disparador de cámara y móviles. Cuando la taberna se despobló, entonces fue nuestro turno de almuerzo tardío en la Psarotaverna O Sotiris, que vendría a ser algo así como la Taberna de Pescado de Salvador.

Ante el fuerte de Avlemonas.

Ante el fuerte de Avlemonas.

Por el lugar se esparcen algunas casas particulares de vacaciones y en un entrante rocoso, se halla un mínimo atracadero para barcas junto a un pequeño castillo octogonal, torre defensiva contra los constantes ataques de piratas en el pasado. Es uno de esos paraderos tan serenos y tan abundantes en Grecia.

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Tras el gran día, el atardecer era obligatorio pasarlo en las alturas pétreas e imponentes de Hora Kythira. Nos encontramos un lugar tan apacible que parecía dormir todavía a esa hora. Es prácticamente una sola calle alargada, con una plaza a mitad del recorrido que acaba en el Kastro, o sea el Castillo.

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El viajero encuentra a su paso tiendas, bares, restaurantes, pequeñas iglesias, casas blancas, buganvillas y muchos ramilletes de siemprevivas, la flor emblemática local. Cuando llegamos, aún muchas tiendas estaban por abrir y la población sesteaba, pese a que estaba próximo el atardecer.

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El pueblo capital, que se extiende por una cresta montañosa, recuerda por su trazado y la blancura de sus casas cúbicas a los de las islas Cícladas, pese a que está bastante lejos de ellas y normalmente se las encuadra en el archipiélago de las Jónicas.

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Al llegar al castillo, el visitante asciende por una impresionante rampa y atraviesa un túnel de entrada a la fortaleza. En el amplio recinto interior la mayoría de edificios está en ruinas y algunos completamente derruidos. Sobreviven algunos almacenes, uno de los cuales está convertido en pequeño museo lapidario. Al final, ya casi sobre el risco, está la iglesia de la Panagía, blanca con un aspecto primitivo y un llamativo campanario.

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La vista desde el extremo del castillo quita la respiración. La fortaleza fue construida en el siglo XIII pero fueron los venecianos los que la ampliaron y le dieron su actual aspecto en el XVI. Dada su altitud y ubicación fue llamado ‘el ojo de Creta’ porque desde allí se podían ver los barcos que salían o entraban de esta isla. Muy abajo está la hermosa bahía de Kapsali, sobre las laderas hay varias iglesias, en una pared al fondo está agarrada la de San Juan en el Acantilado, con su  llamativa escalera blanca.

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La iglesia de la Panagia, dentro del castillo de Kythira.

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En el interior del castillo.

En el interior del castillo.

Y allá lejos, en medio del mar, se eleva el islote que dicen que es el órgano genital que Cronos cortó a Urano y arrojó al mar. De la espuma resultante surgió ya adulta y deseable Afrodita, que tiene también entre sus nombres, precisamente, el de Citerea. Así que, entre los muchos atractivos de esta isla no es el menor ser el lugar de nacimiento de la diosa del amor, conocida como Venus por los romanos. Aunque este honor lo disputa con la playa de Pafos, en Chipre.

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Kiythira es la isla donde algunos clásicos situaron el nacimiento de Afrodita.

El primer día completo en la asombrosa Kythira acabó de nuevo en el paseo de Kapsali, sobre la mesa del atractivo restaurante Apagio, ante unas gambas fritas y un risotto… Los siguientes días también dieron mucho para contar. Y lo contaremos…

 

Vista desde la terraza del restaurante Alatarea.

Vista desde la terraza del restaurante Alatarea.

Skala Eresos, ciudad lesbiana

Ulyfox | 4 de abril de 2021 a las 21:29

Bares y restaurantes sobre la arena, en la estupenda playa de Skaa Eresos.

Bares y restaurantes sobre la arena, en la estupenda playa de Skala Eresos.

Ser lesbiana, hasta hace no tanto, no significaba más que ser originaria de la isla griega de Lesbos, también llamada Mitilene. Sin embargo, ahora ese gentilicio ha pasado a ser simplemente un sustantivo más que un adjetivo para denominar a las mujeres homosexuales. El motivo es bien sabido: responde a las agrupaciones culturales y religiosas femeninas que hace miles de años convocaba la gran poetisa Safo, natural de la isla y autora de poemas de amor entre mujeres, aunque eso no está tan claro.

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Uno de los restaurantes sobre la playa.

Uno de los restaurantes sobre la playa.

Safo de Lesbos, o de Mitilene, era considerada ya en la Antigüedad como una de las grandes autoras. Sócrates llegó a llamarla ‘la décima musa’ y sus poemas, siempre centrados en el amor, están situados entre los mejores de ese periodo, a pesar de que sólo nos han llegado fragmentos o referencias de otros autores. Esta gran mujer nació en Eresos, población de Lesbos que tiene su correspondencia junto al mar en Skala (o puerto de) Eresos,

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Por eso, aquí tiene lugar cada septiembre el Festival de Mujeres, y lesbianas y gays de todo el mundo han hecho de éste una cita anual imprescindible. Pues bien, Safo nació en Eresos, y por eso las lesbianas han hecho de este un lugar de culto. Eso no siempre es del agrado de los naturales de Lesbos, que han pedido en más de una ocasión que deje de llamarse lesbianas a las que tienen por tendencia el amor homosexual.

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Un nescafé frappé (auténtica bebida nacional griega) de vuelta al hotel.

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Para el resto, Skala Eresos es un lugar muy agradable, con una gran playa, numerosos restaurantes y bares levantados sobre palafitos en la arena, y ambiente acogedor. Nada más. Y nada menos. Si no eres lesbiana, tienes casi los mismos alicientes para pasar unos días allí. Nosotros estuvimos disfrutando de unos atardeceres impresionantes, y unas cenas más que suculentas con todo lo que te ofrece una isla griega en septiembre: placidez y comunión con la naturaleza.

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Vista desde nuestra habitación en el hotel Kyma.

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Unas tapas (mezedes) junto a la playa.

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Notamos una afluencia bastante mayor de mujeres, pero ya está. Logramos encontrar los momentos de felicidad que te da todo eso, si te alojas en un hotel agradable, unos buenos desayunos y una habitación con vistas al mar. En realidad, la vida es poco más que eso.

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Santuario en la antigua Messon.

Santuario en la antigua Messon.

Nuestra estancia en Lesbos terminaría al día siguiente con una última noche en la capital, Mitilene, pero antes y de camino quisimos hacer una parada para ver los restos del templo de la Antigua Messon, dedicado a los dioses Zeus, Dionisos y Hera. Comparado con otros yacimientos en Grecia, el lugar no es de los más destacados, pero es muy interesante y además suele estar muy poco concurrido. Entre las ruinas de lo que fue un gran centro de culto se aprecian también los vestigios de una basílica paleocristiana que se construyó aprovechando sus piedras.

La intención era además acercarnos a ver lo que queda de un impresionante acueducto romano, pero la carretera se complicó y el tiempo se nos echaba encima, así que quedó, quién sabe, para otra ocasión.

 

Y los árboles se quedaron de piedra en Lesbos

Ulyfox | 27 de marzo de 2021 a las 22:03

Parte de un tronco petrificado, con sus raíces, en Sigri.

Parte de un tronco petrificado, con sus raíces, en Sigri.

Sobre el mapa no parecía que estuviera tan lejos. Pero es que en realidad se trataba de un viaje hacia atrás en el tiempo, a millones de años antes. Veníamos de Molyvos, en el norte de la isla de Lesbos y viajábamos hacia la costa occidental, en busca de Sigri, un puertecito que vivió mejores tiempos. A la salida, el paisaje era verde en la tierra y azul en el mar, pero conforme nos íbamos acercando a nuestro destino comenzó a ponerse amarillo y seco, y la carretera aparecía como una serpiente torturada que ascendía y bajaba sin parecer llegar a ningún lugar.

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Piedras que en verdad son troncos de árboles.

Piedras que en verdad son troncos de árboles.

Nuestro destino era el bosque petrificado, una de las maravillas geológicas de Lesbos, un fenómeno ocurrido hace unos 20 millones de años y provocado por la intensa actividad volcánica de la isla en aquella época. La lava sepultó grandes extensiones de bosques, y el proceso físico y químico convirtió los árboles en piedra con el paso de los siglos. Por tiempo inmemorial, las plantas permanecieron ocultas, pero ahora, están floreciendo de otra manera, saliendo a la luz.

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En los bordes de la carretera, con tramos pedregosos y casi prehistóricos, podían verse grandes troncos incrustados en las paredes cortadas, en los taludes y junto a los arcenes. Continuamente siguen apareciendo estos vestigios de árboles que ya son piedra.

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Árboles petrificados expuestos en el Museo de Sigri.

Árboles petrificados expuestos en el Museo de Sigri.

En Sigri se ha instalado el Museo de Historia Natural del Bosque Petrificado de Lesbos, y ante su puerta estacionamos el coche. Se trata de un centro modélico y muy educativo, que explica con gráficos, maquetas y muestras reales, el proceso de formación de esta rareza natural. A su lado, se ha acondicionado una pequeña extensión de terreno como muestra del bosque de piedra. Es algo decepcionante, porque el verdadero bosque está unos kilómetros más tierra adentro, y se extiende por una gran superficie, pero está cerrado al público actualmente.

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El jardín sirve para hacerse una idea, porque se pueden encontrar varios troncos y tocones que hace milenios eran madera y ahora son roca. El museo exhibe el corte de varios de ellos y se puede observar su interior brillante como cuarzo recién pulido. También muestra un buen número de plantas, hojas y flores fosilizadas, atrapadas por el imparable avance de la lava.

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Fuera, algunos troncos con raíces semejan pulpos y presentan unos colores rojizos. El paseo es corto y caluroso a esa hora del día. Lo impresionante de verdad es conocer cómo unos árboles prehistóricos han llegado hasta nosotros conservados en piedra.

Sigri, visto desde el exterior del Museo.

Sigri, visto desde el exterior del Museo.

El pueblo de Sigri no tiene mucho que ver, y hasta se diría que carece de ese encanto que cualquier población costera tiene en Grecia. Aparecía desértico a mediodía, con un aire abandonado y mortecino. Junto al puerto, con pocos barcos, un castillo veneciano preside el panorama. Sólo paramos para tomar una cerveza en uno de los pocos lugares abiertos. Muy poco después, salíamos de camino a nuestra siguiente etapa: Skala Eresos, de resonancias poéticas… y aún tuvimos que atravesar un largo trecho desértico, devastado por el tiempo.