Mil sitios tan bonitos como Cádiz » Ulyfox

Archivo de autor

Itaca, el difícil camino

Ulyfox | 27 de agosto de 2020 a las 13:20

La llegada a Ítaca, en 2001.

La llegada a Ítaca, en 2001.

Esta vez, si lo conseguimos, saltaremos de alegría o desfalleceremos de nostalgia, o las dos cosas a la vez, que fue lo que debió sentir Ulises, el Odiseo pródigo en ardides que define la inmortal y fundacional obra de Homero. Llegar a Ítaca, ese es de nuevo nuestro objetivo este año. La primera vez, hace 19 años, no fue fácil. Lo he contado en esta entrada lejana. Fue complicado y retorcido, pero llegamos en dos días con noche por medio en lugar de lo que debería haber sido una travesía placentera de un par de horas. Y fuimos felices al arribar por fin a las homéricas costas, y de disfrutar de una corta estancia de dos noches en Frikés, y del paseo andando hasta Kioni.

Una vista de Kioni, uno de los pueblos más bonitos de Itaca.

Una vista de Kioni, uno de los pueblos más bonitos de Itaca.

Otras dos veces lo hemos intentado y nos ha resultado imposible. La primera, hace unos cinco años, cuando estuvimos en la verde y aromática Cefalonia y consideramos que era fácil saltar a la cercanísima Itaca. No hubo forma, no alcanzamos a coordinarnos con los inestables y cambiantes horarios de los barcos que cubrían el trayecto desde Vasilikí o desde Nydrí. La segunda, el año pasado, con una segura línea desde la industriosa, universitaria y marítima Patras. Había barcos, pero ni una sola plaza hotelera en el agosto multitudinario y en una Grecia pre pandemia, en la que todas las islas, los destinos tradicionales y las supuestas ‘joyas desconocidas’, estaban de moda. No pudimos acomodar una fecha.

Una calle de Kioni.

Una calle de Kioni.

Itaca mantiene, al parecer para nosotros, la misma maldición que sufrió el ingenioso Ulises. Pero nosotros tenemos también la misma constancia que el héroe que se inventó el caballo de Troya. Y este año lo teníamos preparado todo: avión, barco y hotel reservado. El covid-19 ha frustrado los planes, pero no todavía el destino. Mantenemos el billete de avión, pero hemos anulado hoteles, y estamos a la espera de hacernos una prueba pcr que Grecia exige a todo el que entre en el país. Volvemos a estar en manos de Zeus y de su hija Atenea. Y de su voluntad.

A tres días de emprender el supuesto viaje a Itaca, estamos en el aire.

Os iremos informando de la buena o mala noticia. Y si todos los dioses olímpicos lo quieren, os contaremos la estancia.

Molyvos o Mithimna, donde la gente presta dinero por la calle

Ulyfox | 21 de agosto de 2020 a las 19:00

Penélope, a las afueras de Molyvos, al fondo.

Penélope, a las afueras de Molyvos, al fondo.

Dos meses y medio de viaje dan para mucho, y también para que te quede mucho por hacer. Da, por ejemplo, para volver a lugares en los que fuiste feliz. En el verano de nuestra venganza, pues, quisimos volver a Lesbos, también llamada Mitilene. Sí: la isla de los lesbianos y lesbianas, en el Egeo Norte, más famosa últimamente por la tragedia de la inmigración que por su magnífico y abundante aceite de oliva, sus sardinas inigualables, su ouzo universal e incluso que por su gran poetisa Safo de Mitilene, precisamente la que dio nombre con sus poemas y su escuela de mujeres, allá por el siglo VII antes de Cristo, a esa tendencia homosexual. Pero de eso hablaremos en otro momento.

Vista general de Molyvos, desde la parte baja.

Vista general de Molyvos, desde la parte baja.

Detalle de las casas de Molyvos.

Detalle de las casas de Molyvos.

Llegamos a Lesbos en vuelo procedente de Salónica, o Thesaloniki, a la capital, por nombre igualmente Mitilene. En una anterior entrada ya he hablado de esta población fronteriza. Ahora os quiero contar, en varios capítulos, sobre otras poblaciones asombrosas. Como Molyvos, por otro nombre Mithimna (ya veis que en esto de las denominaciones dobles los griego son los campeones mundiales, fruto de su intensa y turbulenta historia).

20190830_180007

Dos vistas del pueblo.

Dos vistas del pueblo.

Molyvos está situado casi en el cabo norte de esta isla, que es la tercera mayor de Grecia, tras Creta y Eubea. Es un antiguo enclave de la dominación otomana, perfectamente conservado en sus tortuosas callejuelas de piedra y sus casas con balcones voladizos de madera, y casi perfectamente rematado por un castillo bizantino-genovés desde el que se tiene una vista bellísima de las islas cercanas y de la costa turca, para que la convulsa historia se haga aún más presente.

Una casa en el casco antiguo.

Una casa en el casco antiguo.

Colgadas del muro.

Colgadas del muro.

Las empinadas calles de su casco antiguo están protegidas del calor por su estrechez y por las numerosas plantas enredaderas, y tomadas en algunas vías por numerosos establecimientos turísticos, así como por terrazas de algunos restaurantes en plazas recogidas, aunque eso no empaña la tranquilidad en las horas diurnas. De noche, ya es otro cantar de trasiego y tráfico, sobre todo en las cercanías del puerto, allá abajo, separado del núcleo principal por una corta carretera que se convierte en un agradable paseo.

20190831_171738 20190831_172610 20190831_163225 20190831_163127 20190831_160656

El puerto, lleno de barcas de pesca, es otro de sus atractivos, y en él se concentra buena parte de la actividad hostelera y restauradora. Es muy agradable cenar junto a los cantiles de los muelles, prácticamente oliendo las sardinas recién capturadas, y consumirlas después preferentemente a la parrilla o en una ligera salazón. Son un manjar.

El puerto de Molyvos.

El puerto de Molyvos.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

Nosotros lo hicimos una de las noches. En otra ocasión, quisimos hacerlo a la grande, y para eso reservamos en un restaurante muy especial. Y quisimos empezar a la hora que más nos gusta últimamente cenar: cuando el sol está empezando a caer. la vista lo merecía. Desde la terraza del restaurante se dominaba toda la bahía, y el atardecer en ese entorno fue uno de los más bellos, no tanto por la comida sino por todo lo que la rodeó.

La cena al atardecer.

La cena al atardecer.

20190901_190439 20190901_191820

Esa cena fue uno de nuestros mejores recuerdos.

20190830_183743 20190830_191231

Panoramas desde los muelles.

Panoramas desde los muelles.

Se puede decir que Molyvos es uno de los pueblos más bonitos de las islas griegas. No responde al tópico de las casas blancas y las cúpulas azules, sino que perfectamente podría estar enclavado en alguna región turca o búlgara. Molyvos guarda además para nosotros una de los episodios más emocionantes de los muchos que nos han ocurrido en Grecia y que creo haber contado alguna vez.

Fue aquella vez primera, cuando nos vimos sin dinero. Pensábamos sacar de los cajeros del pueblo y nos encontramos con que los dos existentes a la entrada estaban averiados. Nos acercamos a un negocio de alquiler de motocicletas a preguntar si sabían de algún otro cajero, y nos dijo el encargado que esos eran los únicos que había. Al ver nuestra cara, adivinó lo que nos pasaba y nos preguntó si no teníamos dinero. Le contamos que no mucho, pero que bueno, nos conformaríamos con cenar un gyros (la versión griega del kebab). “¡No hombre, eso cómo va a ser!”, nos dijo y de inmediato sacó de su bolsillo veinte euros para prestarnos. “Y ya me lo devolverán otro día”, concedió. Cuando le preguntamos incrédulos si se fiaba de nosotros, nos miró muy extrañado: “¿Y por qué no?”, volvió a desarmarnos. Las lágrimas asomaban a nuestros ojos mientras nos alejábamos. Naturalmente, le devolvimos el dinero a los dos días, porque, evidentemente, de nosotros se podía fiar.

Penélope disfrutando del atardecer.

Penélope disfrutando del atardecer.

Nos alojamos en el hotel Aphrodite, a un par de kilómetros de la población y frente a una playa privada de orilla cubierta de grandes piedras y agua helada. Es un edificio muy amplio y pensado para el gran turismo internacional. Pero estaba muy bien atendido por sus dueños ya mayores y sus hijos, y tanto el restaurante para el desayuno como la taberna situada junto a la playa tenían unos productos excelentes. Nos sirvió de refugio para alguna noche en la que no nos apeteció acercarnos al bullicio de Molyvos. Y cuando refrescó en una de ellas, tuvieron bien cerca una sopa reconfortante.

20190901_181420 20190830_211313

M´s disfrutes gastronómicos en Molyvos.

M´s disfrutes gastronómicos en Molyvos.

 

Casi tocando el Monte Olimpo, el hogar de los dioses

Ulyfox | 11 de agosto de 2020 a las 12:10

Ahí está...

Ahí está… al fondo a la izquierda

Si queréis ir a visitar a los dioses griegos, podéis hacerlo. Tienen su casa, como sabéis, en el Monte Olimpo, la montaña más alta de Grecia, a casi tres mil metros de altura. No es un lugar mítico, a pesar de ser la morada de los dioses olímpicos, los más importantes en la mitología. Existe, y es posible verlo, recorrerlo y escalar el pico más alto entre todos los que tiene. Se encuentra prácticamente en la linde entre las regiones de Tesalia y Macedonia, en la Grecia Central (Stérea Ellada).

Ruinas de la Antigua Dion, con el Olimpo al fondo.

Ruinas de la Antigua Dion, con el Olimpo al fondo.

Nosotros tuvimos que limitarnos a verlo de lejos, como siempre lo vieron los mortales en la Antigüedad, cuando hicimos un alto a sus pies en nuestro camino hacia el aeropuerto de Salónica, o Thesaloniki. Paramos porque no podíamos dejar de hacerlo. A los pies de esta montaña, que es parque natural (aunque habría que llamarlo quizá sobrenatural dado su carácter divino), se encuentran las ruinas de la Antigua Dion.

Parte de las murallas.

Parte de las murallas.

Calle principal de Dion, con el pavimento original

Calle principal de Dion, con el pavimento original

Dion fue uno de los primeros y más importantes santuarios en la antigua Macedonia, y como corresponde a la cercanía del monte sagrado, albergaba un gran templo dedicado a Zeus Olímpico, pero también se han hallado restos de otros dedicados a Isis y Deméter, además de una basílica paleocristiana y un teatro helenístico. Aunque todo está bastante devastado por inundaciones, seísmos y por el paso del tiempo, resultan especialmente llamativos los pavimentos de varias calles, unas letrinas públicas y los vestigios de la antigua muralla.

Panorámica del yacimiento de la Antigua Dion.

Panorámica del yacimiento de la Antigua Dion.

Una escultura utilizada como parte de un muro.

Una escultura utilizada como parte de un muro.

Las letrinas públicas.

Las letrinas públicas.

Otra vista del yacimiento.

Otra vista del yacimiento.

Los hallazgos de la excavación, así como de algunos yacimientos de la zona, están expuestos en un pequeño y no muy bien organizado museo muy cerca, en la nueva Dion. Allí, aparte de las esculturas, la cerámica y los mosaicos, lo más llamativo es un órgano hidráulico, uno de los instrumentos musicales más antiguos conservados, aunque no está completo naturalmente.

El órgano hidráulico, uno de los instrumentos más antiguos conservados.

El órgano hidráulico, uno de los instrumentos más antiguos conservados.

Mosaico y escultura en el Museo.

Mosaico y escultura en el Museo.

Enterramiento, en el Museo.

Enterramiento, en el Museo.

La otra joya se encuentra en un edificio anexo, donde se sitúan los talleres de los restauradores y el almacén del Museo: un maravilloso mosaico que representa el triunfo de Dionisos, y que fue hallado en una villa llamada, por eso mismo, Villa de Dionisos. Existe un precioso vídeo que cuenta sin palabras el traslado y conservación del mosaico al Museo.

Vista general y detalles del gran mosaico de Dionisos.

Vista general y detalles del gran mosaico de Dionisos.

DSC_0735 DSC_0733 DSC_0732

Teníamos que continuar viaje hacia Salónica, para tomar un avión a nuestro siguiente destino, Lesbos, pero antes tomamos una cerveza en un desierto bar frente al Museo. Allí, los responsables no perdieron la oportunidad de comentar los temas de actualidad con nosotros, mientras la nieta, una expresiva jovencita, no paraba de admirarse por la melena rizada de Penélope y preguntaba una y otra vez si era natural. “Né, né eine fisiká…“, ‘Sí, sí es natural’

Otra etapa nos esperaba…

Argonautas, centauros, y un pintor vagabundo en el Pelion

Ulyfox | 2 de agosto de 2020 a las 20:54

Monumento al centauro Quirón, en Anakasiá, Monte Pelion.

Monumento al centauro Quirón, en Anakasiá, Monte Pelion.

Réplica de la nave 'Argo' en el puerto de Volos.

Réplica de la nave ‘Argo’ en el puerto de Volos.

Los míticos centauros eran (o son) unos seres generalmente odiosos y bastante peligrosos para los humanos mortales. Casi todos, pero había al menos una notable excepción: Quirón, sabio, médico y experto en numerosas artes y gran maestro de numerosos héroes como Hércules, Ayax o Jasón. Todos los centauro, buenos o malos, tenían (o tienen, quién sabe, ahora ya no se les quiere ver) su hogar en el Monte Pelion, que ocupa casi toda una península en la Grecia Central, en Tesalia. Por eso, al pensar en estas increíbles (o no) historias, produce tal arrebato contemplar la cima de esta verde montaña desde la cubierta de un ferry atestado y con el aire acondicionado sobrepasado de fuerzas, mientras se arriba a la ciudad portuaria de Volos, capital de la región.

Vista de Volos, desde las alturas de Makrinitza.

Vista de Volos, desde las alturas de Makrinitza.

Volos es ahora una ciudad moderna y grande, uno de los primeros puertos comerciales de Grecia y con un paseo marítimo larguísimo, pero hasta el siglo XIX era poco más que un pueblo. Se asienta sobre los restos de la antigua Yolcos, patria de Jasón, que llevó a un grupo de héroes en busca del vellocino de oro hasta la Cólquida, la actual Georgia, a bordo del ‘Argo’. Por eso fueron llamados Argonautas. Su aventura es conocida desde la más remota antigüedad, y Robert Graves escribió un precioso libro sobre ella.

20190822_113230 20190822_111627

Calles y plazas de Makrinitza.

Calles y plazas de Makrinitza.

Una réplica del ‘Argo’, construida en 2007, flota ahora orgullosa mostrando sus veinte remos, en un muelle del paseo marítimo. Para nosotros, Volos fue simplemente la escala de llegada en barco y punto de salida para explorar el Pelion. Pasamos sólo una noche en la que no dio tiempo nada más que para un paseo y una cena bastante buena en un mezedepoleio (algo así como un bar de tapas y raciones) frente al mar. Y para rememorar la odisea de Jasón y sus héroes, claro.

Makrinitza, en la ladera.

Makrinitza, en la ladera.

Detalle de la iglesia principal de Makrinitza.

Detalle de la iglesia principal de Makrinitza.

El mayor atractivo del Pelion son sus pueblos, con una arquitectura muy particular de casas-fortaleza, su naturaleza verde y las playas de su costa este, además de ser una zona no demasiado concurrida, aunque sufre las consecuencias de estar muy cerca de las islas Espóradas y de haber sido (sí, aquí también) escenario del rodaje de la tan nombrada Mamma Mía! Algunas poblaciones como la preciosa Makrinitza pueden llegar a verse agobiadas de excursiones, al estar a muy pocos kilómetros de Volos.

La sombreada plaza.

La sombreada plaza.

20190822_123000

Un hueco en el enorme tronco de uno de los plátanos de la plaza de Makrinitza.

Un hueco en el enorme tronco de uno de los plátanos de la plaza de Makrinitza.

Nuestra llegada a Makrinitza en coche fue de lo más terrorífica, con curvas dignas del Alpe d’Huez pero el doble de estrechas, y con una entrada al pueblo imposible. Creo que escogimos la peor de las carreteras, pero una vez superado el trago pudimos disfrutar de un caserío sombreado, arbolado y con fuentes de agua por todos lados. Una gran plaza bajo unos enormes plátanos con troncos en cuyo interior juegan los niños, con un restaurante precioso, da gran categoría al lugar. Desde allí, la vista hacia Volos allá abajo, es impresionante.

Paseo por las calles de Makrinitza.

Paseo por las calles de Makrinitza.

20190822_125148

Penélope andaba bastante agobiada con la conducción, así que salimos pronto en busca de un pequeño museo que nos interesaba mucho, en la aldea de Anakasiá. Se trata de la Casa Kontos, una mansión señorial típica de la zona, que acoge obras pictóricas y más de una historia sobre un pintor vagabundo y singular: Teófilos Hatzimihail, más conocido simplemente como Teófilos.

Ante el Museo Teófilos.

Ante el Museo Teófilos.

Teófilos nació en la isla de Lesbos,y allí tiene también un bonito museo, pero durante más de diez años vagó por los pueblos del monte Pelion pagándolo todo con sus cuadros naïf, y participando en todo tipo de fiestas y acontecimientos populares. Solía ser motivo de burla porque vestía siempre con la fustanella, la falda tradicional de los guerreros griegos, y durante los carnavales se disfrazaba de Alejandro Magno, junto con un grupo de seguidores, como si formaran parte de las prestigiosas falanges macedónicas que comandaba el gran conquistador.

Monumento a Teófilos en la plaza de Anakasiá.

Monumento a Teófilos en la plaza de Anakasiá.

Una de las estancias de la casa Kondos, decorada por Teófilos (la foto es de internet).

Una de las estancias de la casa Kondos, decorada por Teófilos (la foto es de internet).

Trabajó para mucha gente, pero la adinerada familia Kondos lo acogió como nadie, y para ellos pintó alguna de las estancias de su mansión en Anakasiá, que ahora es un pequeño, encantador museo dedicado a él. Las pinturas murales que llenan el piso superior tienen un colorido y encanto ingenuo únicos, hasta el punto de que han creado escuela, y representan escenas campestres y de la lucha griega contra la dominación turca. La entrada al museo es gratuita, y lamentablemente, no se pueden hacer fotos de las pinturas. Si vais por allí, no lo dudéis: visitadlo y aprenderos la historia del genial Teófilos, que en París llamaron ‘el Rousseau griego’.

Tranquilidad en las playas junto a Kato Gatzea.

Tranquilidad en las playas junto a Kato Gatzea.

Un café de Kato Gatzea.

Un café de Kato Gatzea.

Aún nos quedaba otro descubrimiento especial: el lugar donde nos alojamos. Se llama Kato Gatzea y está en la parte oeste, de la península. Es una agrupación de casas a la vera del mar y que tiene como fondo el monte. No tiene más que eso, aparte de unos pocos restaurantes, cafés y bares, que se llenaban siempre. Bueno: eso y el tesoro de unos atardeceres violetas con el cerradísimo Golfo Pagasético de fondo, y la calma como aroma.

20190822_190436

Los atardeceres violetas en Kato Gatzea.

Los atardeceres violetas en Kato Gatzea.

Todo esto, y la dificultad de las carreteras que hacían prever un agotamiento innecesario, nos convencieron para quedarnos los dos días restantes previstos para el Pelion en esta Kato Gatzea que nos regaló algunos baños en playas no espectaculares, una estancia amabilísima en Fylira Rooms (qué opíparos y sonrientes desayunos en su jardín), y el descanso que nos merecíamos después de casi un mes recorriendo las Jónicas, el Peloponeso y las Espóradas, y que necesitábamos para regodearnos en lo que nos quedaba aún de vacaciones en Grecia…

Maravillosos desayunos en el jardín de Fylira Rooms.

Maravillosos desayunos en el jardín de Fylira Rooms.

Esos rincones también en Skópelos

Ulyfox | 22 de julio de 2020 a las 12:09

Una de las calitas 'particulares' del cabo Amarantos.

Una de las calitas ‘particulares’ del cabo Amarantos.

 

En una anterior entrada ya confesé sin ambages nuestro amor por Skópelos, la isla más verde de las verdes Espóradas, ese archipiélago ubicado en el mar Egeo, al este de la península griega y pegado a ella. Pero quería dedicarle un espacio particular a algunos rincones especialmente hermosos, como si les hubiéramos cogido más cariño que a otros. Rincones que, dentro de la gran belleza que es Skópelos, son singulares. Por su situación o por su pequeño tamaño, están relativamente apartados del gran caos que genera el turismo masivo, sin ser por ello unos lugares desconocidos.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Agnondas es uno de esos parajes, sin más tesoro que un agua plácida y transparente, algunas tabernas que han devenido en restaurantes de más postín sobre el mar un pequeño embarcadero y un muelle más grandeque, cuando los temporales arrecian (lo que no es extraño en este Mediterráneo que gasta fama de calmado), se usa como puerto alternativo al de Skópelos capital. Recuerdo, en nuestra primera visita hace muchos años, habernos quedado dormidos en la playita y al despertar casi asustarnos al ver ante nosotros la inmensa mole atracada de un moderno ferry que ocupaba casi todo el espacio.

Vista general de la playa de Agnondas.

Vista general de la playa de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Agnondas, con su playa, no es precisamente una desconocida, está a pie de carretera y el autobús de línea para allí regularmente, pero algo parece mantenerla a resguardo del interés masivo, que se centra mucho más en las excelentes playas de Panormos, Kastani y Stáfilos, todas espléndidas como muchas otras en la isla. Por eso es una delicia acudir temprano y poder desayunar frente al verde de sus aguas. Nosotros lo hicimos para tomar un café antes de emprender una excursión a pie hacia otro rincón único: los Tres Pinos, en el cabo Amarantos.

Los tres pinos del Cabo Amarandos.

Los tres pinos del Cabo Amarantos.

El paseo tiene una cierta dificultad (en realidad, una pequeña subida) al principio y luego transcurre entre pinos y al borde del mar. Da tiempo a lamentarse ante las huellas calcinadas de los frecuentes incendios que castigan la isla, pero también a felicitarse por los rebrotes continuos y los carteles que advierten sobre dónde pisa uno para no destruir los pinitos recién nacidos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

El nombre de los Tres Pinos aparece evidente al final del sendero. En efecto, tres hermosos y altos ejemplares se alzan sobre una roca pelada y estrecha que se adentra en el mar, formando una imagen preciosa y emblemática de la isla, por cierto también usada en la película Mamma mía! A su alrededor, una agua turquesa que siempre aprovecha alguna pareja más atrevida para zambullirse.

20190820_103504 20190820_104253

20190820_103300

El entorno es espectacular: varias calas se adentran profundamente en los acantilados a los que se agarran los pinos. Bajar a sus tentadoras aguas es difícil, pero siempre hay quien lo ha hecho temprano y se ha apoderado de una especie de piscina natural y de una playita que es apenas algo más que unos pocos metros. Mil fotos es lo mínimo que apetece disparar.

Una cerveza frente al mar.

Una cerveza frente al mar.

Luego, lo suyo es volver a Agnondas y disfrutar de una cerveza y algo más en el par de tabernas que hay sobre la playa. arrojando de vez en cuando un trozo de pan al agua para ver como los peces se arremolinan, peleando por llevarse un bocadito.

DSC_0649

El respiro de Skópelos

Ulyfox | 14 de julio de 2020 a las 12:12

Iglesia en Skópelos.

Iglesia en Skópelos.

La iglesia de la Virgen María, sobre la roca.

La iglesia de la Virgen María, sobre la roca.

Seguramente la clave está en que no tiene aeropuerto pero, comparado con Skiathos, Skópelos es un alivio. No le falta gente en temporada alta, pero no tiene comparación con el caos multitudinario de la isla vecina. Su belleza, además, es extraordinaria. Es probablemente una de las islas más verdes del Mediterráneo, y eso a pesar de que es castigada regularmente con incendios forestales. Es, además, junto con la vecina penínsua del Pilion, el lugar en el que se rodaron la mayor parte de las escenas al aire libre de la película Mamma Mía!  con todo lo que eso significa como atractivo turístico.

DSC_0545

Detalles en el interior de Skópelos.

Detalles en el interior de Skópelos.

Era la tercera vez que visitábamos Skópelos, lo que da idea de lo que nos gusta. Arribamos a su puerto a bordo del Skiathos Express. Nos recogió el amable Dimitris, responsable del hotel Villa Blé, es decir Villa Azul, para trasladarnos a su agradable establecimiento, situado lo bastante alejado del bullicio y lo suficientemente cerca de todo, en medio de un jardín.

DSC_0550 DSC_0552 DSC_0556

El hotel tenía solo un inconveniente (y grande) pero no achacable a sus dueños: estaba ocupado entero por italianos. No tengo nada en su contra, me caen bien y tengo antepasados del Piamonte. Pero estos, que parecían formar parte de un mismo grupo, se comportaban de una manera extrañamente superior. Bajaban al desayuno todos media hora antes de lo estipulado, y acababan con el bufet, llevándose pancillos y embutido para el resto del día, llenaban los espacios de la terraza y se comunicaban a gritos. Sus ‘buongiorno, Rafaele, Fabrizio, Flavia…’ por la mañana al saludarse y los ‘buonanotte’ al irse a la cama sonaban por todo el espacio. En la noche, llegaban de regreso al hotel y entre portazos de los coches y sus despedidas hacían notar que habían vuelto. Los portazos se repetían al entrar en sus habitaciones. No parecían conocer la discreción y el silencio. En las playas, la invasión era pareja, y entre las sombrillas o en las mesas de los restaurantes y bares, se oía mucho más italiano que griego o cualquier otro idioma. Parecían estar como señores por su casa.

DSC_0575

La fabulosa playa de Panormos.

DSC_0460

Decoración de una iglesia en Skópelos.

DSC_0604

La calma volvía a reinar cuando se iban, y desde el hotel lo controlamos todo en los cuatro días de estancia en la capital de la isla, que lleva el mismo nombre, un pueblo blanco precioso, de tejas rojas y salpicado por decenas de iglesias y capillas con cúpulas cubiertas de láminas de piedra. Una de ellas, la dedicada a la Virgen María (Panagitsa) y que se alza sobre un promontorio en un extremo del puerto, es especialmente bella. Pero el interior del pueblo es igualmente maravilloso, con sus cuestas, sus flores y sus casas, muchas de ellas señoriales.

Atardecer en Skópelos capital.

Atardecer en Skópelos capital.

Escenas en Kastani.

Escenas en Kastani.

20190819_145738 20190819_145906 20190819_150023 20190819_154021

La playa de Kastani.

La playa de Kastani.

Visitamos con gusto varias playas asombrosas, como las de Panormos y Kastani, que se pueden ver en la famosa película; atravesamos algún apuro grande para aparcar en la estrecha y empinada carretera de acceso a la segunda, que nos resolvió un habilidoso muchacho isleño; subimos hasta el pueblo de Glossa para comprobar que algunas cosas sí han cambiado; disfrutamos de la comida y mucho más de algunos atardeceres violetas como sólo se pueden dar en esta parte del mundo.

20190820_184744 20190820_190652

La capilla de Ayios Yiannis, más conocida como la capilla de Mamma Mía, su explanada y su descenso.

La capilla de Ayios Yiannis, más conocida como la capilla de Mamma Mía, su explanada y su descenso.

Uno de los días quisimos dedicarlo a acercarnos a la capilla más famosa, la de Ayios Yiannis. Sí, aquella en que transcurren las escenas finales de la peli, la de la boda. Los griegos son conocidos por muchas cosas, y una de ellas es su afición a colocar capillas y monasterios en lugares inverosímiles. Esta sí que lo está: encima de una gran roca, un peñasco que se eleva sobre el mar. Desde que apareció en las pantallas, peregrina allí casi tanta gente como a La Meca. Nosotros la habíamos visitado hacía años, pero recordábamos de aquello un día especialmente gris y, sobre todo, una carretera infernal. Así que decidimos apuntarnos a una excursión con un grupo pequeñito, algo que no acostumbramos a hacer pero que se nos antojó una solución apañada para no tener que conducir.

Y allí salimos a media tarde para hacer una parada en una playa, y luego visitar la capilla tras recorrer con habilidad grande del conductor una vía estrecha y llena de curvas inverosímiles. El chófer también pasó algún apuro. Pero, sea como fuere, allí estábamos ante aquella extraña preciosidad en las horas previas al atardecer. Subir fue duro, nada que ver con las alegres carreras ascendentes de Meryl Streeep y Pierce Brosnan en la película, por una empinada escalera agarrada a la pared vertical en sus últimos tramos.

Tirópita, la empanadilla espiral de queso típica de Skópelos.

Tirópita, la empanadilla espiral de queso típica de Skópelos.

La pequeñísima explanada ante la iglesia estaba naturalmente llena de gente, y nos dio miedo pensar lo que sería subir ahí en fila en horas punta. El panorama era grandioso desde allí arriba, eso sí, pero comprobamos que es imposible una boda y que felizmente el cine es una gran mentira.

DSC_0594

Una casa en Glossa.

DSC_0552 DSC_0547

Rincones de Sópelos capital.

Rincones de Skópelos capital.

La vuelta sirvió para parar ante uno de los atardeceres irrepetibles a través de los pinos, y para confirmar que Skópelos, aún y gracias a los dioses, sigue pudiendo ser un lugar para respirar.

DSC_0465 DSC_0473

Penélope, respirando y disfrutando en Skópelos.

Penélope, respirando y disfrutando en Skópelos.

 

Un taxista loco de Skiathos

Ulyfox | 24 de junio de 2020 a las 19:47

20190813_094641

Dos vistas generales de Skiathos capital.

Dos vistas generales de Skiathos capital.

 

“Esta es la peor época para venir”, nos dijo cuando todavía parecía un conductor normal. Pero no tardamos mucho en descubrir que estaba loco, o lo quería aparentar, o quizá desplegaba su catálogo de locuras para impresionar al turista interpretando su papel de taxista de película. Estábamos en Skiathos, la más visitada del archipiélago de las Espóradas, un conjunto impresionante de pinos, olivos y calas azules, la preciosa y tópica estampa de las islas griegas, al menos desde el estreno de la película Mamma Mía!

20190813_105134

Callejeando por Skiathos a mediodía. Tranquilidad

Callejeando por Skiathos a mediodía. Tranquilidad

Habíamos llegado unos días antes, en un vuelo que se retrasó más de lo normal, al aeropuerto de Skiathos después de abandonar el Peloponeso en coche hasta Atenas. Un taxista, otro distinto a nuestro protagonista, aceptó llevarnos a los Apartamentos Sirayna, pero compartiendo el vehículo con otra pareja y su también abundante equipaje. Amontonados en el coche, nos acercó a nuestro destino. Allí, Vasili, un hombre en permanente camiseta de tirantes blanca, y su trabajadora mujer, bastante mayores, nos recibieron con sonrisas. Él ya estaba retirado, pero a ella aún le quedaban varios años de labor. Nuestro apartamento estaba en un segundo piso, un calvario con las pesadas maletas. Seguramente por eso, el agarre de una de ellas se rompió nada más empezar a subir. Otro inconveniente. Con la decidida ayuda de Vasili, aun con una pierna operada, pudimos llegar arriba.

20190813_103227 DSC_0386 DSC_0383

Skiathos pueblo es agradable cuando no hay mucha gente.

Skiathos pueblo es agradable cuando no hay mucha gente.

Los apartamentos, no los mejores de nuestras vidas, fueron lo único que pudimos encontrar en un Skiathos atestado en pleno agosto. La isla está tomada por el turismo en esas fechas, bajamos por la calle principal, Papadiamantis, buscando un lugar donde cenar. En algunos puntos casi no se podía andar, atrapados entre los expositores de las tiendas a uno y otro lado de la calle. Es una isla muy visitada desde hace tiempo, pero el turismo masivo ha llegado a desbordarla. Le sobran atractivos de montes, bosques y playas, pero creo que no da abasto para tanto. Un par de noches hubo apagones y estoy convencido de que se produjeron por sobrecarga. Sólo apartándonos de las zonas más comerciales se podía pasear con una cierta tranquilidad.

20190813_093239

Un ferry atestado en el puerto de Skiathos, y barcos de excursiones en el muelle deportivo.

Un ferry atestado en el puerto de Skiathos, y barcos de excursiones en el muelle deportivo.

Skiathos, al igual que sus compañeras Skópelos y Alónisos, nos conquistó las anteriores veces que la habíamos visitado. Tiene prácticamente una sola población y es agradable, el paisaje es verde y bello. Claro que eso era en septiembre y años antes de la explosión del turismo. De hecho, era la tercera vez que estábamos allí. Ahora, el aeropuerto no para en todo el día, y en su bello puerto partido en dos por una islita unida a tierra, los barcos salen y entran continuamente.

20190813_171010

La Torre del Reloj domina el empinado pueblo.

La Torre del Reloj domina el empinado pueblo.

En los cuatro días que pasamos esta vez no encontramos la paz casi nunca, fuera de un paseo que dimos a mediodía por el pueblo, en las horas en que todo el mundo está en la playa. Las carreteras eran una locura, los autobuses a las numerosísimas playas estaban abarrotados, era casi imposible encontrar un hueco para comer, de  noche la calle principal era un río de gente que te arrastraba. Bandadas de jovencitos, familias de nórdicos e ingleses se desparramaban por toda la superficie.

La estupenda playa de Koukounaries, una de las mejores de Grecia, pero demasiado 'animada'.

La estupenda playa de Koukounaries, una de las mejores de Grecia, pero demasiado ‘animada’.

En la playa de Koukounaries, considerada una de las mejores de Grecia (imaginaos lo que eso significa) nos las prometíamos muy felices delante de los pinos, en nuestra tumbona y tras pedir una cerveza. Pero al poco de estar allí vimos salir de una de las casetas a uno de los encargados de los servicios portando un gran altavoz. “¡Oh no, no estarán pensando en colocarlo por aquí cerca!”, dijo Penélope. Y tan cerca: justo detrás. Por lo visto, últimamente por allí no se concibe ir a una playa que no tenga música. ‘Beach bar’ es sinónimo de volumen alto y ritmo bailable. La cara que pusimos y nuestros ademanes debieron ser tan expresivos que nos preguntaron: “¿No les gusta la música”?

-Sí, claro, pero nos aguantaremos -les dijimos en un español que no entendían, claro.

Baño en la playa de Kolios.

Baño en la playa de Kolios.

Terraza en la zona de restaurantes sobre el mar.

Terraza en la zona de restaurantes sobre el mar.

Tal vez por cortesía, bajaron un poco el sonido, y pudimos disfrutar, resignados, de la jornada playera. El agua y los baños en la sin duda magnífica playa nos compensaron, o será que somos de buen conformar cuando estamos en Grecia. Otras playas no nos agradaron tanto, sea porque el tiempo se estropeó (nos llovió, siempre nos ha llovido en Skiathos y siempre con tormenta) sea porque el trabajo de llegar a ellas (tanta gente) no compensaba o sencillamente al final no era para tanto.

20190813_151505

Un alto en el paseo vespertino, frente al mar.

Un alto en el paseo vespertino, frente al mar.

Lo que sí nos redimió fue la comida. Hay demasiados bares y restaurantes turísticos en la isla, con los resultados esperables, pero supimos dar en la tecla. Así que podemos mencionar Vithós (gran scorpina a la parrilla y buenos boquerones), Lo&La (antológica pasta con atún y alcaparras, así como una deliciosa impepata de cozze, servidos por auténticos y engalanados italianos) y Ártima (gran risotto y un llamativo humus con atún, amenizados por la peculiar familia propietaria, todos médicos y cantantes que celebraban con música el cumpleaños de la madre).

20190813_153122

Skiathos tiene un cementerio muy bien situado.

Skiathos tiene un cementerio muy bien situado.

Pero aquel taxista del último día resultó como el resumen del ambiente de la isla. Hacía un aire fresquito y habíamos dado con la playa de Kanapitsa, pero no se estaba bien. Aguantamos el tirón porque mejoró algo el ambiente y el viento después de comer. A la hora de volver, tuvimos una larga espera, aguantando junto a una pareja insoportable que no paraba de gritarse y de gritar al niño que iba con ellos, hasta que llegó el autobús, pero no paró porque venía atestado. Estábamos debatiendo si volvernos andando (más de una hora de camino) o terminar acampando sin tienda bajo un pino cuando apareció un taxi por el camino de la playa. No lo dudamos y lo paramos. ¿Podía llevarnos a Skiathos? ¡Podía!

20190813_112258 20190813_095116

Pero lo que siguió fue un show indefinible, un circo filmable, un catálogo de gritos y bocinazos a otros conductores ‘catastróficos’ según el joven taxista. Entre increpación e increpación, nos preguntó si nos gustaba Skiathos, a lo que contestamos algo obvio: que sí, pero que había demasiada gente.

-¡Pero es que esta es la peor época para venir! ¡Agosto! ¡La gente está loca ahora, y muy exigente! – decía, mientras respondía al teléfono a un cliente y miraba una larga lista de citas: ¡Sí, sí, habíamos quedado a las siete y media, ya estoy llegando! -y dirigiéndose a nosotros: ¿Ven lo que les digo? La gente está muy exigente.

A Penélope se le ocurrió comentar que en la isla se hacía muy difícil conducir, y ahí vio otra ocasión de lucirse:

-No para mí, señora, yo soy un gran conductor ¡Qué digo conductor! ¡Yo no soy taxista, soy piloto! ¡No tengan miedo!-gritaba entre grandes risotadas.

Y a partir de ahí, comenzó a hacer alardes por entre las calles estrechas, soltaba las dos manos del volante, aceleraba para coger las curvas, se tapaba los ojos, soltaba carcajadas, sorteaba rozando los coches y motos aparcadas a ambos lados a la manera griega… Un frenazo en un sitio cualquiera dio fin a la carrera. Una pareja joven con una maleta esperaba señalando el reloj y con cara preocupada, quizá por la hora de su vuelo. No sospechaban que tendrían en breve motivos más serios para preocuparse.

Por nuestra parte, salimos del taxi con gran alivio y con la felicidad de que lo que nos quedaba de camino lo haríamos andando.

20190813_120152

Uno de los rincones más bonitos de Skiathos.

Uno de los rincones más bonitos de Skiathos.

¡Skiathos, qué manera de estropearte entre foráneos y nativos! ¡Tan bella y tan maltratada!

La intensa noche en Skiathos.

La intensa noche en Skiathos.

Olimpia y la belleza eterna

Ulyfox | 14 de junio de 2020 a las 19:13

Rindiendo pleitesía al Hermes de Praxíteles.

Rindiendo pleitesía al Hermes de Praxíteles en el museo de Olimpia.

Las columnas del Philpeion, en el recinto arqueológico.

Las columnas del Philipeion, en el recinto arqueológico.

En aquel grupo de españoles, uno de los muchos que cerca del mediodía empezaban a abarrotar el yacimiento, se oyó la decepción: “Pues yo creía que esto estaría mejor conservado, la verdad, lo podían tener mejor…” La hablante pasaba por alto que los restos que estaba viendo tenían unos 2.500 años de antigüedad, por lo que se podía deducir que se conservaban bastante bien, teniendo en cuenta su edad. Obviaba también que Olimpia (esos eran los restos entre los que paseábamos) es tan importante por su significado histórico como por el estado de sus ruinas.

Ante el templo de Hera.

Ante el templo de Hera.

Ya es un contradiós llamar ruinas a lo que son realmente huellas del paso del hombre, de su cultura, de sus sueños, de sus ambiciones, por la Tierra. Esas piedras, la mitad derrumbadas por el suelo, son más bien apuntes de Historia, notas que repasar sobre nuestra propia asignatura vital.

El templo de Zeus, con sus columnas derribadas.

El templo de Zeus, con sus columnas derribadas.

Cuando empezaban a entrar en tropel los grupos de turistas, nosotros ya salíamos. Pero no pudimos evitarlos luego en el excepcional Museo. Habíamos llegado muy temprano al yacimiento, apenas pasadas las ocho de la mañana, cuando el sol era clemente aún y casi fuimos los primeros en entrar a lo que queda de la espléndida antigua Olimpia, que casi desde el principio de los tiempos fue centro de peregrinación y culto.

Pinos y columnata.

Pinos y columnata.

La Palestra, a la luz mañanera.

La Palestra, a la luz mañanera.

Fue magnífica la entrada en tan grandioso recinto, que aparecía casi en exclusiva para nosotros y sombreado por numerosos pinos, olivos y otros árboles. Y solos vimos el templo de Hera, el más antiguo, con su hilera de columnas gruesas, el Phileppion de estructura circular, recientemente restaurado, el solitario templo de Zeus con sus grandes columnas derrumbadas, que albergaba la estatua que esculpió Fidias (su taller también fue hallado en las inmediaciones) y que fue una de las Siete Maravillas del mundo antiguo, la palestra y el gimnasio con sus ecos de atletas participantes en los antiguos y auténticos Juegos Olímpicos…
20190811_080914 20190811_101350 DSC_0305

A partir de esa hora empezó a entrar la gente y el silencio se alteró no sólo por los gritos y conversaciones, sino por los silbatos de los guardas que cada dos por tres sonaban para llamar la atención de los bárbaros irrespetuosos que se subían sobre estas milenarias piedras para hacerse la foto, pese a los carteles que lo prohibían. Actitudes que han hecho que ya no se pueda acceder al Templo de Zeus, por ejemplo, ni acercarse a su impresionante columnata derribada por los terremotos.

DSC_0326 DSC_0329

El primer, único y verdadero Estadio Olímpico del mundo.

El primer, único y verdadero Estadio Olímpico del mundo.

El gentío se hizo patente en el mítico Estadio, con competiciones y carreras de turistas sobre la sagrada arena, con posados de falsas salidas sobre la línea de piedra, animados por los entusiastas y chistosos guías. Algunos se lo tomaban realmente en serio, y temí más de una congestión por el esfuerzo atlético bajo el calor que ya se empezaba a mostrar de manera muy dura. “La gente está fatal”, comentaba a nuestro lado un visitante.

La Victoria Alada, en el Museo.

La Victoria Alada, en el Museo.

Ninguno de esos espectáculos pudo quitar grandiosidad al sentimiento que despiertan unas ruinas bellísimas, que se hace aún más grande en el Museo, que exhibe los impresionantes hallazgos en las excavaciones. Obras maestras como la Victoria alada de Peonio, los grupos escultóricos pertenecientes a los frisos del Templo de Zeus y, sobre todo, el hermosísimo Hermes de Praxíteles, obra maestra universal que tenía en mi memoria indeleblemente desde aquella primera visita a Olimpia ¡en 1992! Seguía imperturbable pero cada día más bello con sus proporciones perfectas y el increíble brillo pulido de su mármol.

DSC_0343 20190811_101118

El Hermes de Praxíteles, brillante y perfecto.

El Hermes de Praxíteles, brillante y perfecto.

La acumulación de gente se hizo algo agobiante, y también indignante al ver las posturitas de algunas turistas delante de esas mavarillas del arte. En fin… tampoco pudieron evitarnos el disfrute pese a sus inconscientes y evidentes intentos.

La multitud en el Museo, ante uno de los frisos del templo de Zeus.

La multitud en el Museo, ante uno de los frisos del templo de Zeus.

Olimpia, seguirás ahí cuando hayamos pasado todos a otro estado, haciendo disfrutar a las generaciones sensibles.

DSC_0350 DSC_0351

Varios detalles de los frisos del Templo de Zeus, en el Museo.

Varios detalles de los frisos del Templo de Zeus, en el Museo.

 

Hacia Olimpia entre restos arcaicos

Ulyfox | 3 de junio de 2020 a las 18:31

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

 

En Grecia, por mucho que vayas, siempre te dejas cosas por conocer. En esta ocasión, en el camino entre Koroni y Olimpia, dejamos a un lado una maravilla, uno de los templos mejor conservados de la antigua Grecia: el de Bassae, dedicado a Apolo Epicuro. Construido poco después que el Partenón, a finales del siglo V antes de Cristo, está construido en estilo dórico, pero su disposición es original y avanzada. Tiene también una fila interior de columnas jónicas y una única central corintia, cuyo capitel es el más antiguo que se conoce de ese estilo.

bassae

Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

 

Pues a pesar de esa descripción tan atractiva, no fuimos a verlo: está aislado en el interior montañoso. Esta ubicación le permitió pasar desapercibido durante siglos y a salvo de guerras y destrucciones, pero esa misma situación, al final de una larga y sinuosa carretera nos disuadió de ir a buscarlo: otra tarea que queda pendiente. Ahora el templo está bajo la protección de una gran carpa, lo que le quita espectacularidad a su presencia encima de una loma, pero le otorga seguridad.

Una vista general de los restos del palacio.

Una vista general de los restos del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

 

A esas dificultades se unió que ya veníamos ese mismo día de una experiencia de ruta complicada para visitar, cerca de allí, el palacio de Néstor, el afamado rey que fue uno de los caudillos micénicos que participaron en la guerra de Troya. De lo que fue uno de los centros de poder más importantes de la antigüedad, probablemente datado más de 1.500 años antes de Cristo, sólo quedan algunos restos de muros que permiten distinguir la disposición del palacio pero sobre todo allí está el eco inapagable de una época.

Entrada a la tumba.

Entrada a la tumba.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

 

En un entorno protegido por una cubierta de madera y de aspecto polvoriento, se pueden observar algunas dependencias y sobre todo el curioso baño, con bañera de terracota incluida. En sus ruinas se pudieron encontrar restos de frisos decorados con frescos y una importante colección de tablillas de arcilla inscritas con una antigua escritura, cuyo descifrado fue importantísimo para el conocimiento de la Antigüedad. Además, en los alrededores han aparecido varias tumbas micénicas, en forma de tholos, como una gran cúpula de piedra bajo las que impresiona entrar. Me recordaron a la llamada Tumba de Agamenón en la misma Micenas, aunque de menor tamaño.

20190810_133002 20190810_132916 20190810_132716 20190810_132403 20190810_132346

Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

 

El Museo Arqueológico de Hora, un pueblo cercano, acoge todos estos importantes hallazgos, pero requiere una inversión en renovación que permita entender mejor la importancia de lo expuesto. Algunos restos minúsculos de frescos son emocionantes pero están repartidos en vitrinas de manera penosa ¡Hay tantos siglos de historia europea allí metidos!

Anotado Bassae para una próxima vez, y camino de Olimpia, señalamos en el mapa una parada que parecía sugerente, la playa de Voidokilia, con una llamativa forma de letra Ω en la que la parte curva pertenece a un arco de arena dorada que linda con un agua transparente. Todo eso estaba allí cuando llegamos, pero también miles de personas abarrotando el lugar, además de un viento racheado y caliente. Suficientes razones para dar marcha atrás y buscar el baño en otra playa cercana, tampoco muy atractiva. Son los inconvenientes de una de las zonas más turistizadas de Grecia, la llamada Costa Navarino.

20190810_141251

La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

 

Visto el plan, decidimos alcanzar ya Olimpia, a donde llegamos en medio de uno de los aires más calurosos que recuerdo. El hotel respondía casi con exactitud a lo que se esperaba, lleno de familias que habían tomado al asalto la piscina. Como un destino que no entiendo en mitad del ardiente Peloponeso. Menos mal que a la mañana siguiente nos esperaba muy tempranito la eterna Olimpia antigua.

 

Koroni, un pueblo y un ‘kastro’

Ulyfox | 26 de mayo de 2020 a las 12:14

Vista del pueblo y el kastro veneciano de Koroni.

Vista del pueblo y el kastro veneciano de Koroni.

Veníamos de asombrarnos con las columnas, las piedras y la ubicación de la antigua Messeni, de un disfrute que sólo podíamos calificar de espiritual, aun con todo lo manido del término. Andando por el Peloponeso, las distancias siempre son aparentes, así que tardamos más de lo previsto en llegar a Koroni, un pueblo costero que durante muchos años habíamos tenido en nuestro pensamiento sin saber muy bien por qué. Seguramente por lo eufónico de su nombre, pero también por ciertos recuerdos de haber oído cosas buenas de él, no me preguntéis dónde.

Llegada a Koroni por carretera.

Llegada a Koroni por carretera.

Afortunadamente, se llega bordeando la costa, y eso quiere decir que la primera visión es hermosa: un caserío al borde del mar, rematado por una fortaleza oscura veneciana y turca como tantas en Grecia. Después de dejar las pesadas maletas en el Sofotel situado a la entrada del pueblo, era la hora perfecta para el paseo. Pero Koroni tiene unas cuestas tremendas. De momento, tomamos la mejor decisión posible en los pueblos griegos: bajar al puerto. Nos encontramos un ambiente más bien pueblerino, de gente en las puertas, niños corriendo y panaderías olorosas, lo que siempre es agradable.

20190808_200003

Ambiente en las calles de Koroni.

Ambiente en las calles de Koroni.

Encontré una óptica en la que me repararon un estropicio autoinfligido a mis únicas gafas, de resultas del cual acabó con una patilla rota. Un desastre menor que Penélope arregló con sus manitas, utilizando un trozo de cuchillo de plástico. Varios días anduve con este remedio casero, más bien horroroso pero que funcionó. En la óptica fueron más profesionales, con una soldadura, pero no más efectivos.

La bajada hacia el puerto.

La bajada hacia el puerto.

El puerto no es ni mucho menos el más bonito que se puede encontrar, ni las terrazas de los restaurantes tienen esa condición de buen gusto que encontramos en tantos lugares de ese país. Parecen más bien enfocados a un turismo, abundante pero no agobiante. Al final del paseo, la vista de la fortaleza sobre el promontorio sí es reconfortante. Vemos de lado las pendientes que hay que tomar para recorrer el pueblo y decidimos que es mejor buscar un sitio en la planicie frente al mar, en el que cenar. Al pasar, habíamos reparado en un cerdo dando vueltas y asándose en un espeto a la puerta de un restaurante, el Barbarossa. Así que estaba claro. El cerdo (jirinó) resultó sabroso, bien acompañado de tatziki y patatas, y lo completamos con una ensalada de judías verdes (fasoulakia) buenísima. Un acierto.

Ante la gran puerta veneciana del kastro.

Ante la gran puerta veneciana del kastro.

Teníamos dos noches reservadas en el hotel, que nos despertó con un gran desayuno a la griega. Koroni tiene una gran playa al otro lado del cabo, la de Zaga, y queríamos disfrutarla, pero subiendo y cruzando por la fortaleza. A la gran puerta veneciana nos dirigimos trepando la colina. Ante ella, una joven pareja con una niña pequeña hablaba entre ellos en euskera, así que me agradó saludarlos con un ‘egun on’ sonoro para sorprenderlos. Ello dio pie a una corta conversación sobre Grecia, y tuvimos tiempo para intercambiar consejos sobre recorridos.

DSC_0283

Habitantes de una casa dentro del Kastro.

Habitantes de una casa dentro del Kastro.

 

Ante la entrada del complejo del monasterio.

Ante la entrada del complejo del monasterio.

Otra vista general del monasterio.

Otra vista general del monasterio.

20190809_105847

Ante la iglesia de Santa Sofía (Agia Sophia) en el kastro.

Monasterio de Timios Prodromos.

Monasterio de Timios Prodromos.

El gran castillo (kastro para los griegos), levantado en el siglo VI, fue ampliado y reforzado por los venecianos, albergó en tiempos casi todo un pueblo. Hoy sólo quedan algunas casas, ruinas y un bien mantenido monasterio de monjas, el de Timios Prodromos, así como varias iglesias en distinto estado de conservación. Visitar estas iglesias es especialmente agradable, tanto como pasear por entre los restos de lo que fue un bastión inexpugnable importantísimo para el dominio veneciano y que tiene una gran vista sobre el pueblo y el mar circundante.

La playa de Zaga, desde el kastro.

La playa de Zaga, desde el kastro.

La fortaleza, desde la playa de Zaga.

La fortaleza, desde la playa de Zaga.

Como habíamos salido temprano, aún disponíamos de bastante tiempo para disfrutar de la playa de Zaga, bastante familiar y bien organizada. Un poco ruidosa por esto, pero preciosa al caer la tarde, hora en la que todo se remansa en esa parte del mundo. Bañarse con el castillo de fondo es una bonita experiencia. Para volver, el camino más recto incluía una nueva subida atravesando el pueblo. Y fue duro. Pero no hay cuesta que no se pueda vencer haciendo las paradas necesarias. El paseo nos descubrió rincones agradables, y nos confirmó que el turismo no ha derrotado aún a la forma de vida tradicional. Koroni no es una maravilla, sólo un pueblo griego amable al que en esta ocasión nos costó cogerle el punto que te hace trasladarte a la emoción.

En la parte más alta de Koroni.

En la parte más alta de Koroni.

Nos sentó muy bien, eso sí, parar dos noches en un lugar tranquilo.

Vista del mar frente a Koroni, desde la ventana del Sofotel.

Vista del mar frente a Koroni, desde la ventana del Sofotel.