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Getaria, el norte sonriente

Ulyfox | 6 de julio de 2018 a las 12:27

La kale Nagusia de Getaria.

La kale Nagusia de Getaria.

 

Habría parecido increíle, pero la gente se despojó de los chaquetones, algunos hasta de los jerseys. Era el norte de España a principios de enero, pero de pronto hacía un calor impropio y lucía un sol alegre. El mar seguía encabritado, rociando con una neblina de color de fumata blanca toda la línea de costa, y sin embargo las nubes se habían apartado propiciando que el azul fuera más azul y en la tierra el verde, más intenso. Estábamos llegando a Getaria en mañana de domingo,  así que no estábamos precisamente solos, porque al olor de sus parrillas y al reclamo de las calles pétreas y marineras de esta milenaria villa guipuzcoana, cientos de familias y grupos nos congregamos como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, como en una procesión civil que bajaba por la calle Mayor (kale Nagusia) desde el monumento a Elkano hasta el puerto de aromas sublimes.

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Exterior e interior del Museo Balenciaga.

Exterior e interior del Museo Balenciaga.

Pero nosotros habíamos preferido subir antes, tomar las empinadas escaleras, afortunadamente automáticas, hasta el magnífico Museo Balenciaga, en la parte alta de la población. Pensábamos antes de verlo, y lo confirmamos tras la visita, que era un lugar imprescindible de la visita a este puerto histórico y tan alejado de nuestro Sur natal. Casi no sabíamos nada de la vida y la obra de este genio de la costura aparte de su conocidísima importancia, pero el centro, tan moderno en concepción y presentación, nos hizo disfrutar del trabajo y la sabiduría que hay detrás de algo tan aparentemente sencillo como son trozos de tela pensados y dispuestos de determinada manera por el trabajo de la aguja y el hilo. Si el ilustre marinero Juan Sebastián de Elcano le dio la vuelta al mundo es indudable que su paisano de varios siglos después le dio más de una al mundo de la moda. Un museo para disfrutar.

Entrada al casco antiguo de Getaria.

Entrada al casco antiguo de Getaria.

Luego todo fue rodar cuesta abajo mirando balconadas, retorciendo calles y rozando la iglesia de San Sebastián, tan doblemente alta, para desembocar en el muelle con el apetito dispuesto y, afortunada y previsoramente, con mesa reservada en uno de los atestados asadores. Kokotxas, almejas y rodaballo, claro, como una maravillosa obligación gastronómica a la que nuestro educado paladar respondió devolviendo los platos casi limpios al fregadero. Txakolí de allí mismo para acompañar, y para alegrarnos el ánimo con el que nos dirigimos hacia el Ratón, el promontorio que debe su apodo a la forma que recuerda al roedor, y con el que jugamos a esquivar las bravas olas como los niños que nunca dejaremos de ser.

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Las parrillas de Getaria, el mejor lugar para un buen rodaballo a la brasa.

Las parrillas de Getaria, el mejor lugar para un buen rodaballo a la brasa.

 

Era casi imposible encontrar mejores ingredientes para un día de vacaciones en ese Norte tan amado y al que algo habremos dado también para que nos quiera tanto, así de pronto como un amor repentino después de haber pasado décadas sin saber de él. No nos faltó ni la pizca de emoción por la carretera nocturna con las olas rociando el coche. A punto estuvieron de no dejarnos pasar, pero la llegada al hotel se pudo hacer para encontrar la serenidad y el descanso después de un día de emociones suaves.

El Ratón de Getaria, el promontorio que domina el paisaje costero de Getaria.

El Ratón de Getaria, el promontorio que domina el paisaje costero de Getaria.

 

Isla de Giglio, la mar de Toscana

Ulyfox | 21 de mayo de 2018 a las 10:16

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Volver a Italia se nos está haciendo tan habitual casi como volver a Grecia. Es imposible la comparación, nunca podrán igualarse en nuestros corazones, pero Italia tiene buena parte de ese encanto, faltándole lo que para nosotros es la inocencia con la que nos identificamos, la confianza que nos hace creer que estamos en nuestra casa. Pero Italia… Italia es sencillamente maravillosa. No hay un país que atesore tanto arte, tanto monumento, tanto ejemplo de transformación humana de elementos materiales en sensaciones espirituales. Por eso volvimos a Toscana, aunque queríamos una sensación diferente al huracán renacentista y barroco. Por eso nos dijimos: vayamos al mar. Y en el mar, vayamos a una isla, montemos en un barco, arribemos a un puerto, cenemos sobre la playa… Y nos fuimos a visitar la isla de Giglio. Y para llegar a ella teníamos que partir desde Porto Santo Stefano, a donde llegamos en coche desde el aeropuerto de Pisa.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano es un lugar con el encanto de los puertos marineros que son además salida para ferries turísticos. Colores toscanos en las fachadas, mucha gente, mucho tránsito, mucho movimiento, entendiendo siempre el ‘mucho’ a una escala menor que en los lugares de turismo masivo. Llegamos por la tarde, la mejor hora en ese verano incipiente, con tiempo para un corto paseo, tomar un aperitivo al atardecer y dilatar la entrada en el hotel. Y con la predisposición perfecta para después del registro en recepción, salir a cenar algo de pescado frito, ensalada y spaghetti con almejas. ¿Se puede concebir mejor menú de recepción en Italia? En Lo Sfizio, una trattoría muy recomendable, por si acontece que pasáis por allí.

Colores en Giglio Porto.

Colores en Giglio Porto.

A la mañana siguiente, muy tempranito, tomamos el tranquilo ferry hasta Giglio. A muchos os sonará el nombre. Fue contra las rocas cercanas a la principal población de la isla, Giglio Porto, donde el capitán Schettino estrelló su crucero, el ‘Costa Concordia’, por tirarse un farol con su novia de ese momento causando decenas de muertos. El buque permaneció allí volcado durante meses y se convirtió en una atracción de primer orden. Cuando estuvimos nosotros, aún quedaban gigantescas grúas junto al puerto.

Atardecer en Giglio Porto.

Atardecer en Giglio Porto.

Aparte de eso, evidentemente, Giglio Porto tiene muchos más atractivos, el menor de los cuales no es la tranquilidad, propiciada por que tiene la capacidad hotelera que tiene. Durante el día abundan los excursionistas de unas horas llegados en ferry, pero con la noche, el ambiente se vuelve familiar y elegante a la vez, con mucho lino, mucho estilo italiano y un paseo frente al mar (lungomare) corto y gozoso. Se disfruta de la playa con la luz y se vuelve al puerto con el frescor de la ducha, el perfume y la camisa vacacional.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

La estupenda playa de Giglio Campese.

La estupenda playa de Giglio Campese.

Para el baño, en dos días de estancia, se tiene la opción de dar un paseo a pie revitalizante hasta la cercana Spiaggia delle Cannelle, en una cala turquesa, con la cómoda vuelta en microbús para esa hora mágica. Y al otro día, se puede tomar ese mismo transporte público para acceder a la más amplia y turística Giglio Campese, haciendo una parada de un par de horas en el bello pueblecito amurallado que corona la isla, Giglio Castello. No se toman mucho trabajo para poner nombres a los lugares en este minúsculo trozo de tierra. Dirán ellos que para qué; no hay mucha confusión posible entre los tres enclaves.

Vista general de Giglio Castello.

Vista general de Giglio Castello.

En el interior de Castello.

En el interior de Castello.

La parada en Castello da para un recorrido entre casas de piedra enfoscadas con un gris cemento bastante mejorable, pero que encierra una belleza cierta en sus restos de pintura. Desde sus alturas se domina todo el contorno de la isla… cuando las nubes que casi siempre lo rodean lo permiten. El turismo se nota en la existencia de algunas tiendas y unas pocas trattorías interesantes a primera vista, con sus terracitas inestables y sus manteles de cuadros. El hecho de que poca gente lo visite durante el día hace muy interesante el paseo casi para ti solo. Una iglesia y un castillo completan el cuadro perfecto. Mucha gente sube a cenar en sus callejuelas al atardecer.

El 'lungomare' de Giglio Porto.

El ‘lungomare’ de Giglio Porto.

Nosotros cenamos las dos noches en Porto, procurando que fuera poco antes del ocaso, a esa hora europea que frente al mar hace que todo, incluso lo hermoso, aparezca más bello.

Homenaje

Ulyfox | 23 de abril de 2018 a las 10:11

Una cena inolvidable con Margarita en Atenas.

Una cena inolvidable con Margarita en Atenas.

 

Margarita era nuestra amiga en Atenas. Digo era no porque hayamos roto la amistad sino porque ella ya no está, desde hace dos días. Ha muerto de manera impensable, inesperable, imposible. Implacable. Y una parte de nuestra alma griega se muere, si es que el alma tiene trozos mortales.

No hacía demasiado que la conocíamos, fue un encuentro casual, propiciado sin duda por los dioses olímpicos. Pero su nombre queda asociado para nosotros por siempre a la capital eterna de los griegos y los occidentales. Fue nuestra guía allí, llevándonos por amigos y olores con su cuerpo menudo escapado de San Fernando y hecho carne en Grecia sin querer perder nunca el recuerdo de su cárcel isleña añorada. Éramos sus paisanos aquí y allí, y una llamada nos trajo la realidad de que la eternidad sólo se hace real cuando lo temporal desaparece.

Descansa en paz, Marga. En Atenas, alguien de acento homérico seguirá preparando las berzas, los gazpachos y las panizas que a tantos enseñaste con orgullo de patria chica, cuando comprendiste que enseñar español en Grecia era también aprender a comer español. Te buscaremos siempre en el aire que rodea la Acrópolis y en el sonido colorido que baña los mercados allí abajo, cerca de Monastiraki.

Sto kaló panda na pate, agapití Margaritoula!

El vuelo más corto del mundo

Ulyfox | 15 de abril de 2018 a las 18:38

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

Todo está dispuesto a bordo del avión de la línea Sky Express en el aeropuerto de Kárpathos. El avión bimotor de turbohélice con destino a Sitia, en Creta, empieza a rodar por la pista. Despega y a los dos minutos la azafata dice: “Iniciamos el descenso al aeropuerto de Kasos”.

Esta es la cortísima historia del vuelo más corto del mundo. Kasos es casi como una escala inevitable, como un pequeñísimo salto de pulga, pero seguramente le ha dado sentido y rentabilidad a un vuelo entre las islas de Kárpathos y Creta que tal vez no existiría sin esta casi broma. Los pasajeros, apenas una decena, descendimos y esperamos en la pequeña sala del aeródromo, casi sin tiempo ni para ir al servicio si alguien lo hubiera necesitado. El avión vuela a muy baja altura, claro, no tiene tiempo de subir más y uno viaja casi tocando las olas. Es cómodo, tranquilo y todo el pasaje sonríe ante lo singular de esta experiencia, duda de si merece la pena bajarse, pero ahí la tripulación es clara: todo el mundo tiene que hacerlo.

Luego sí, ya el segundo salto hasta Creta es sólo una mijita más largo, y al menos merece el nombre de vuelo. Sin embargo, no merece que se cuente nada sobre él.

Arles, para locos y genios

Ulyfox | 11 de abril de 2018 a las 13:54

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Exterior de Las Arenas de Arles, en el centro

Exterior de Las Arenas de Arles, en el centro

“Hemos estado en la Provenza”, es una frase que llevaba tiempo queriendo decir . Y ahora ya puedo, desde no hace mucho, un mes. Todos los nombres evocan cosas, para eso están. El de Provenza nos trae en seguida imágenes de campos de trigo, pueblos de piedra y otros nombres: los de pintores de colores. Uno no puede estar dentro de un cuadro, recorriendo una calle, mirando un sembrado o sentado en un café de los que pintaron hace más de un siglo los impresionistas en Francia. Estaría bien, siempre que pudiera uno salirse cuando quisiera. Pero sin duda, se puede tener una sensación parecida, con la mínima sensibilidad y un poco más de ganas, si uno pasa unos días allí, en el sureste del país vecino, entre las marismas de la Camarga, vigilados por el Mont Ventoux y asomándose al Mediterráneo, si no más azul al menos el más chic.

Vista panorámica de Arlés, con el Ródano al fondo.

Vista panorámica de Arlés, con el Ródano al fondo.

Y el impresionista (y luego postimpresionista, quién puede clasificarlo) más popular, a la vez que quizá el más desgraciado, es sin duda Vincent Van Gogh, ese loco del pelo rojo que imaginamos siempre con el rostro de Kirk Douglas y sobre un fondo amarillo. O bañado en el mismo color. Se puede decir Van Gogh o se puede decir Arles, la pequeña ciudad amurallada en tiempos romanos y tranquila en la que vivió su sueño de crear un taller para artistas; la misma en la que se cortó la oreja tras una discusión con su ya nunca más amigo Gauguin; la misma cuyos rincones y paisajes pintó tantas veces, esa que dejó para morir pocos kilómetros más allá, en un sanatorio de Saint Rémy en Provence.

El café Van Gogh, que pintó en tan famoso cuadro.

El café Van Gogh, que pintó en tan famoso cuadro.

Arles no conserva ni una sola obra de Van Gogh, pero la ciudad se quedó sin duda con su espíritu. O eso es lo que hemos querido ver cuando hemos estado, poco más de un día, al inicio de nuestra gozosa estancia en la región de la lavanda. Arles ha inventado varios frascos para guardar ese aire de Vincent. El más turístico es el café Van Gogh, en la preciosa plaza del Forum, que recrea la fachada amarilla de su famoso cuadro Café de noche. Pero los hay mucho más evocadores, como el paseo arbolado del Jardin d’Eté o la avenida de tumbas de la necrópolis de Alyscamps, o ese puente levadizo sobre un canal a las afueras. En esos sitios se han colocado reproducciones de los cuadros pintados por el pintor holandés in situ, para que podamos comparar, si nos da la gana.

Una calle de Arles.

Una calle de Arles.

El paseo funerario de los Alyscamps.

El paseo funerario de los Alyscamps.

A la memoria de uno de los artistas más grandes de la modernidad y como continuación de su intención de favorecer a los artistas principiantes se creó la Fundación Van Gogh, que alberga exposiciones temporales y siempre una obra del genial pintor que no vendió nada más que un cuadro en vida. Nosotros pudimos ver un paisaje y una carta original que escribió a Gauguin, para invitarlo a venir a lo que él quería que fuera un hogar de creación, allí en Arles.

Ante la Fundación Vang Gogh en Arles.

Ante la Fundación Vang Gogh en Arles.

Muchos siglos antes de esta explosión artística de efecto retardado provocada por un solo hombre genial e incomprendido, los romanos ya sabían que Arles y toda la zona tenían algo especial. No en vano fundaron allí su primera provincia (de ahí el nombre de Provenza) y la llenaron de ciudades, de templos, de teatros, de calzadas. El mejor testimonio es el impresionante anfiteatro que ahora se alza maravillosamente conservado en el centro de Arles, y que en estos días alberga además la primera de sus ferias taurinas, como una plaza de toros antiquísima. También hay un teatro, peor conservado y unos misteriosos criptopórticos, debajo de la plaza del Forum.

Claustro de Saint-Trophime.

Claustro de Saint-Trophime.

 

Pórtico de Saint-Trophime

Pórtico de Saint-Trophime

Los siglos no abandonaron a la pequeña ciudad, y la Edad Media dejó tesoros como la iglesia de Saint-Trophime, de espectacular pórtico principal y conmovedor claustro románico-gótico. Y está ese aire elegante y tranquilo que tienen tantas ciudades francesas…

La galería de Les Arenes.

La galería de Les Arenes.

Inerior del anfiteatro, preparado para la Feria taurina.

Inerior del anfiteatro, preparado para la Feria taurina.

En estos días, además, la primavera ya pinta de Van Gogh los campos cercanos, haciendo amarillear los trigales y provocando esas noches en las que el artista hacía bailar a las estrellas en círculos locos con los cipreses. Yo ya lo he visto.

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El verano en Karpathos

Ulyfox | 3 de abril de 2018 a las 9:39

La playa de Kirá Panagia, desde la iglesia del mismo nombre, en la isla de Kárpathos.

La playa de Kirá Panagia, desde la iglesia del mismo nombre, en la isla de Kárpathos.

 

Parece difícil, pero el verano llegará como lo hace siempre, y nos da igual que llegue antes o después, que venga más o menos caluroso, después de este invierno que empezó amistoso, tanto que ahora no quiere dejarnos. Y mientras, quizá nos consuele pensar en otros estíos, es decir en vacaciones, viajes, luces y aires distintos. El más cercano de los nuestros, lo sabéis, se dedicó íntegramente a Grecia, como hemos hecho otras veces. Ahí quisimos visitar una isla que había estado otras ocasiones en nuestras intenciones, pero no creáis, no todas son tan fáciles de alcanzar ni de acomodar a nuestros planes. Kárpathos está entre el archipiélago del Dodecaneso y nuestra amada Creta, pero nosotros queríamos ir a ella desde Samos y para hacerlo fue obligatorio dar dos saltos en avión, desde el aeropuerto samiota hasta el de Atenas y desde este al de nuestro destino. Llegamos al fin, y por eso os podemos contar.

Las aguas de la playa de Kirá Panagia.

Las aguas de la playa de Kirá Panagia.

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Kárpathos era hasta hace muy poco, por esa complicación de transporte, un lugar muy poco visitado y con algunas poblaciones y playas con fama de inaccesibles, envueltas en el misterio de las nubes como el pueblo de Olimpos, allí en la cima y durante años unido al resto de la humanidad por una carretera pavorosa, rodeada de precipicios y sin asfaltar en muchos tramos. Si era así, todo eso, o casi todo, ha cambiado. La carretera sigue teniendo un montón de curvas y en muchos momentos se rueda entre la niebla, pero su anchura ha crecido considerablemente y el asfalto es impecable. Eso ha hecho del Olimpos que antes era un vestigio étnico en las cumbres, en el que sus habitantes vestían sus coloridos atuendos tradicionales y eran visitados poco más que por sus cabras, un enclave precioso, peculiar en sus construcciones decoradas, pero inevitablemente muy turístico y comercial.

El puerto de Kárpathos, la capital de la isla.

El puerto de Kárpathos, la capital de la isla.

El aeropuerto de Kárpathos, uno de los más grandes del país por su uso tradicionalmente militar, se ha abierto a los vuelos chárter internacionales, y ahora te encuentras por todas partes grupos de turistas nórdicos e israelíes, supongo que por el origen de sus vuelos. Los turistas inevitablemente modifican el entorno y, aunque parezca difícil en una isla griega, casi no se oye música nacional, la bella música griega y los locales tienen un aire inequívocamente internacional. Las playas, maravillosas, siguen siendo difíciles de alcanzar, porque en un paisaje tan montañoso las carreteras se ven forzadas a discurrir por las alturas, y para llegar al mar hay que descender por calzadas estrechas y con decenas de giros cerrados. Pero… ¡oh sorpresa! están llenas, atiborradas, y las motos y los vehículos se amontonan en aparcamientos casi inverosímiles. Toda dificultad y aglomeración se olvida cuando uno se sumerge en sus aguas transparentes, pero la admiración ante el tesón del ser humano de todas las edades por bañarse en el azul permanece. Cosas evidentes: la playa de Kirá Panagía, la de Achata, la de Ampella, Kato Lefkó… son increíbles. Merece la pena el esfuerzo, pero uno agradecería que menos gente se esforzara.

Olimpos, en las alturas y entre nubes.

Olimpos, en las alturas y entre nubes.

El ya mentado Olimpos es una singularidad en muchos sentidos. A cientos de metros de altura es un mirador inigualable sobre el mar. Sus habitantes, sobre todo las mujeres, siguen conservando el uso de trajes tradicionales, y posee un dialecto propio que los expertos identifican con unos lejanos orígenes dorios. Las casas geométricas están pintadas con vivos colores y adornadas con motivos florales y de pájaros. Es ciertamente impresionante, pero debió de serlo mucho más cuando sus estrechas calles no eran un reguero de turistas casi en fila india y sus moradores se calentaban con raki auténtico. Nosotros lo vimos en un día más gris que soleado, lo cual debe ser bastante normal en esas alturas plagadas de nubes y viento. Un lugar que, a mi juicio exigente, debió permanecer envuelto en esa nubosidad y accesible sólo para los verdaderamente interesados. Digo yo.

La plaza de Olimpos, colorida y singular.

La plaza de Olimpos, colorida y singular.

La capital, que lleva el mismo nombre de la isla, no tiene un especial atractivo más allá de un puerto no de los más bonitos de Grecia y de ese ambiente inequívocamente vacacional que se cierne sobre ella cuando cae la tarde y los turistas la toman de paseo y en busca de restaurante. Y en ese sentido, desde luego la oferta no falta. Pero…

Balcón al mar en Olimpos.

Balcón al mar en Olimpos.

Será que deseamos intensamente que todo lo de Grecia nos apasione. Y esta isla tiene, o tenía, materia para provocar esa emoción, pero siento que la avalancha turística sobrevenida en poco tiempo hace que los karpathiotas nos vean a los visitantes, en su inmensa mayoría, como meros consumidores a los que hay que dar lo que quieren, y que esto no suele incluir respirar siquiera sea una vez por hora un poco de alma griega. No sé… a lo mejor hay que hacer lo que nos contaba nuestro taxista entre elogios a Podemos: el caso de dos españoles que habían llegado hacía un par de semanas con la única intención de recorrer sus salvajes montañas y poblados, aún no tomados al asalto, “san katzikia” (como cabras). A lo mejor.

Un sacerdote, dormitando en la iglesia de Olimpos.

Un sacerdote, dormitando en la iglesia de Olimpos.

Una mujer, ante sus labores a la venta en la calle principal de Olimpos.

Una mujer, ante sus labores a la venta en la calle principal de Olimpos.

¿Como no enamorarse de Sintra?

Ulyfox | 4 de febrero de 2018 a las 20:41

El Palacio da Pena justo antes de su entrada.

El Palacio da Pena justo antes de su entrada.

Volvimos, por tercera vez en nuestras vidas, hace año y medio a Sintra.
Es inevitable. La belleza atrae, y Sintra fue concebida, diseñada y arreglada para gustar. Desde el enclave boscoso con avaricia, y accidentado de una manera civilizadamente salvaje, hasta sus fachadas de aire centroeuropeo de postal. Porque en Sintra se da el efecto ideal de la obra humana, que es cuando el trabajo del hombre mejora el de la naturaleza. La ciudad portuguesa, a un tiro de tren de la capital Lisboa, está rodeada, acosada amablemente, es decir cortejada, por los bosques y los montes que la favorecen con un microclima casi tropical. Y en medio de esa corte de pretendientes se encajó para dejarse querer. Desde que nació, seguramente creada por un dios amable y generoso, y desde que los reyes, nobles y comerciantes portugueses la dotaron como a ninguna, el cortejo se mantiene amable, gozoso y se diría que a ratos tierno, como esas historias que a todos nos gustan, lo confesemos o no.

El Palacio da Pena, desde su interior.

El Palacio da Pena, desde su interior.

Tal vez por todo eso, y por algo que no se pensaba siquiera en los remotos tiempos en que los iberos tenían allí sus lugares de culto o los árabes construyeron el altivo Castelo dos Mouros, las redes sociales y el turismo masivo, Sintra se encuentra en estos tiempos más asediada que nunca. No era así cuando fuimos por segunda vez hace más de 15 años, ni por supuesto la primera vez, hace yo qué sé cuánto, probablemente casi 30. Es natural, nadie va a los sitios feos si no es por equivocación. Ahora, durante el día en las fechas clave, la villa es un hervidero de gente; turistas de toda condición suben y bajan por sus callejas adoquinadas, hacen cola esperando el autobús que los sube hasta el increíble Palacio da Pena o para adentrarse en los monumentos, y abarrotan los restaurantes y tiendas de recuerdos. Tienen motivos, todo lo que se ve, ya sea a pocos pasos o lanzando la vista a los picos y los valles verdes, es hermoso: los edificios románticos que la hicieron parecer una aldea alpina allá por el siglo XIX, los palacios llamados quintas, rodeados de jardines exuberantes; las residencias reales como el Palacio Nacional con sus cónicas, e icónicas, chimeneas.

Sintra recobra la tranquilidad al atardecer.

Sintra recobra la tranquilidad al atardecer.

El verde entorno da a Sintra un aire centroeuropeo.

El verde entorno da a Sintra un aire centroeuropeo.

El Palacio da Pena, situado en unas alturas delirantes, es una locura absoluta de un arquitecto alemán por encargo del marido de la reina María II, como un castillo encantado que hubieran trasplantado desde los bosques y lagos de Baviera hasta Portugal, pintado en colores amarillos o rojos, lleno de almenas, pasadizos y estancias suntuosas. No hace falta que os lo describa, está en todos los folletos, postales y guías. Sí os puedo confesar que desde que uno entra por el arco que rodea el castillo siente una alegría casi infantil por el derroche de imaginación libre, por esa reinterpretación casi alucinada de una fortaleza medieval de cuento. Es de suponer que se inventó así para solaz de los reyes, y ahora nos dejamos llevar y disfrutamos como niños, democratizando el disfrute a cambio del precio de la entrada. Bien está.

La plaza principal de Sintra.

La plaza principal de Sintra.

De noche, cuando los autobuses turísticos huyen raudos hacia sus hoteles en Lisboa o en algún centro playero cercano, o hacia el crucero atracado en el estuario del Tajo, pocos visitantes permanecen en el pueblo. Sintra recupera entonces su aspecto y su aire de localidad portuguesa, inevitable, y quizá voluntariamente, melancólica, aumentada por la asidua niebla crecida con la altura y los bosques. Y también así es, tal vez más aún, inevitablemente bella.

El palacio Real de Sintra, con sus características chimeneas.

El palacio Real de Sintra, con sus características chimeneas.

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Pueblos de Samos

Ulyfox | 28 de enero de 2018 a las 20:58

Penélope, ante una vista de Vourliotes sobre el valle.

Penélope, ante una vista de Vourliotes sobre el valle.

 

Teníamos ganas de recorrer Samos, la verde. Sabíamos de sus pueblos, no olvidábamos Kokkari en la costa noroeste ni Manolates en el interior, al final de una carretera infame y tortuosa. Hacía ya 17 años de aquella vez, y la verdad es que pensábamos que habrían cambiado, lo que en nuestras enamoradas mentes era lo mismo que empeorado. Pero no.

Dedicamos un día, pues, a comprobarlo, o sea a disfrutarlo. Y si ya conocíamos Manolates de aquella lejana vez, entonces nos dejamos de lado Vourliotes, muy cerca. Tras arreglar el alquiler del coche en Pythagorion, nos dirigimos en primer lugar a este. Y, una vez dejada la carretera costera, ya desde lejos nos gustó la apariencia de Vourliotes, una mancha blanca alargada, dejada caer sobre una ladera verde, y dominando desde una considerable altura el valle que se deslizaba hasta el mar. Un paisaje feliz, diríamos.

Una típica casa de Vourliotes.

Una típica casa de Vourliotes.

 

Debía de ser muy temprano, porque cuando nos adentramos andando en las viejas calles de Vourliotes, después de dejar el coche convenientemente lejos, aún no había mucho turista paseando. El pueblo es poco más que una placita casi cuadrada en la que cabe apenas la terraza sombreada de una preciosa taberna coloreada y de la que salen varios callejones estrechos y coloridos. Uno de ellos, sobre todo, es el que escogen los paseantes por las fachadas de balcones y marcos de ventana de madera pintados en colores sobrios o llamativos.  En los maceteros e incluso el pavimento de algunos de ellos también han dejado algunos anónimos artistas populares su huella de pintura.

Café, taberna y tienda de recuerdos, todo en uno

Café, taberna y tienda de recuerdos, todo en uno

El campanario de una iglesia de Vourliotes.

El campanario de una iglesia de Vourliotes.

 

Llaman la atención sobre todo algunas casas por una disposición casi perfecta de puertas, ventanas y aleros de los tejados. Aunque se ve una voluntad clara de atraer al turismo con su tipismo, se percibe igualmente un rasgo de autenticidad en los vecinos que arreglan sus hogares o simplemente almuerzan en sus puertas, compartiendo un plato. Milagrosamente se diría que Samos se está salvando de la llegada masiva y arrasadora de los visitantes en tropel, y mantiene un aire que muchos dirían decadente, pero que yo prefiero llamar acogedor. Nos encantó.

La gran taberna en la pequeña plaza.

La gran taberna en la pequeña plaza.

Un café griego para poder seguir el camino por Samos.

Un café griego para poder seguir el camino por Samos.

 

A media mañana, el turista nórdico ya estaba almorzando, pero para nosotros era aún la hora de un café griego, ese reconstituyente negro y dulce. Se diría que alimenta. Así que esa fue la señal para hacer una parada y poco después continuar en dirección Manolates.

Penélope, ante una casa de Vourliotes.

Penélope, ante una casa de Vourliotes.

 

Manolates conserva la carretera infernal en la que a ratos parece imposible sortear los árboles que la bordean y oscurecen, pero eso no lo salva de atraer gran cantidad de gente que seguramente van en busca de sus cuestas y sus vistas y su placita estrecha y alargada ocupada por dos tabernas, y precedida por una calle en la que destacan varias tiendas de recuerdos y productos de la zona, todas con ventanas traseras de vistas privilegiadas sobre el valle y las montañas. Era todo como lo recordábamos, pero con mucha más gente y necesarias tiendas. En la comparación, esta vez fue vencedor Vourliotes.

Manolates, también visitado por los turistas.

Manolates, también visitado por los turistas.

Vista del mar Egeo, desde la altura de Manolates.

Vista del mar Egeo, desde la altura de Manolates.

Un alto en Manolates, en la calle Manolaki. ;)

Un alto en Manolates, en la calle Manolaki. ;)

Habitantes de Manolates, echando la siesta.

Habitantes de Manolates, echando la siesta.

Poco antes del almuerzo en Kokari.

Poco antes del almuerzo en Kokari.

 

Kokari, en cambio, permanecía invicta en la cima, en ese saliente que se adentra en el mar como queriendo acercarse a Turquía, con esa misma roca que divide al pueblo en dos, al oeste la playa de guijarros y al este ese pequeño y estrecho paseo frente al mar lleno de restaurantes y cafés como es casi obligado en Grecia. Es el pequeño, inalterado balneario frecuentado por rubios visitantes, lejos de ruidos turísticos de otra especie, pero en el que no falta la oferta típica. Como de otro tiempo, en este.

El paseo marítimo de Kokari, al atardecer.

El paseo marítimo de Kokari, al atardecer.

Flores en el suelo de Vourliotes.

Flores en el suelo de Vourliotes.

Vista de Kokari desde Vourliotes.

Vista de Kokari desde Vourliotes.

 

Toulouse, se diría que es perfecta

Ulyfox | 6 de diciembre de 2017 a las 17:34

La Plaza del Capitole, el Ayuntamiento de Toulouse.

La Plaza del Capitole, el Ayuntamiento de Toulouse.

Sí, los viajes también te dan para comprender cosas simples o para plantearte dilemas innecesarios. Por ejemplo, hay veces que las ciudades famosas se merecen su fama, otras en las que te defraudan de manera lamentable, y otras menos en que su visita supera las expectativas que se tienen de ellas. Todo es tan relativo como le parezca al visitante.

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El exterior y el impresionante interior de la Basílica de Saint Sernin.

El exterior y el impresionante interior de la Basílica de Saint Sernin.

Pero Toulouse no admite dudas, Toulouse es una de las reinas de Francia, una reina bella, imperial, imponente. Grande y hermosa, próspera y se diría que presumida con toda la razón del mundo. Tiene un gran río, el Garona, es la capital del Canal du Midi y el centro de la industria aeronáutica y espacial europea. Con una gran y rica historia, todo ese conjunto se respira a cada paso. Si le sumamos el aire del cercano Mediterráneo, Toulouse desprende una luz culta y alegre, y al ingenuo que la pisa por primera vez se le aparece como la ciudad perfecta.

 

La rue de Taur, llena de color.

La rue de Taur, llena de color.

Siguiendo los pensamientos de ese ingenuo, digamos que es de una perfección que apabulla, por sus monumentos, por su gran plaza central presidida por el Capitol, un edificio que es una exageración como Ayuntamiento; por el largo y verde paseo junto al Garona que hace cívicos a los peatones; por el aire estudiantil que no la deja envejecer; por la imaginación arquitectónica de su basílica de Saint Sernin;

por esa alegría del ‘palmeral’ de columnas que sostiene de manera increíble la bóveda aérea y gótica de la iglesia de los Jacobinos (Jacobins); por sus terrazas tan francesas; por las larguísimas calles de fachadas rojas; por el recuerdo de tantos españoles que encontraron un lugar libre donde vivir y dejar sus apellidos después de la Guerra Civil.

El Pont Neuf, sobre el Garona.

El Pont Neuf, sobre el Garona.

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No cometáis el error de someteros a la tarea de elegir qué lugar, qué plaza, qué rincón de Toulouse os gusta más. Es el conjunto, y esa luz que puede tener la ciudad al lado del Pont Neuf cuando el sol ejecuta los largos atardeceres de primavera; tal vez ese es el resumen de un sitio en el que, a poco que uno sea ingenuo, diría que se juntaron todas las virtudes y se embellecieron todos los defectos que el ser humano pueda tener, para hacer un lugar de convivencia donde soportarse lo mejor posible. Si se me permite la ingenuidad.

Samos, donde nació Pitágoras

Ulyfox | 23 de noviembre de 2017 a las 18:25

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Volver a esos lugares de los que guardas un gozoso recuerdo entraña peligros, sobre todo el de la decepción. Esta suele significar que el tiempo ha pasado de la peor manera, o para ese lugar o para ti. O tal vez para los dos. Pero con Grecia nos ocurre lo contrario. Por norma, solemos acompañar nuestros reencuentros con islas o ciudades con el comentario favorable: “Pues lo he encontrado mejor”. En estos años hemos aconsejado a mucha gente que viajara allí, o bien directamente, o bien porque de tanto oírnos hablar de aquella tierra a muchos les ha venido el impulso de la visita. Siempre digo que el viaje a la Hélade es siempre un viaje al interior de uno mismo y si uno vuelve insatisfecho de allá, a lo mejor simplemente es que ese paisaje interior no es muy satisfactorio. Estas palabras merecen, por supuesto, el crédito que les deis a las de un enamorado.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

El caso es que teníamos ganas de volver a Samos, la grande y verde, aunque quemada, isla del Egeo Norte que recordábamos de 17 años atrás. Y este año nos venía bien en el itinerario pensado, así que dimos el salto en avión desde Salónica hasta la isla natal de Pitágoras. Este nació en la antigua ciudad de Samos, que hace unas décadas cambió su nombre al mucho más reconocible de Pythagorion, en honor de su grande y sabio hijo predilecto. En ese hermoso pueblo costero ubicamos durante cinco días nuestra base, en el hotel Hera II, que lleva en su nombre también el de otra de sus habitantes más ilustres, la diosa Hera. Estas cosas pasan en Grecia, que pasa uno de la mitología a la realidad más matemática en un abrir y cerrar de ojos.

 

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

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El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El hotel es limpio y sus dueños tan amables como acostumbran los griegos. Situado en la parte más alta del pueblo, nos tocó una habitación con la vista soñada, con todo el casco urbano y el puerto a nuestros pies.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

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De Pythagorion teníamos los mejores recuerdos, y esta vez también, esta vez se cumplió de nuevo de una manera curiosa. A simple vista no ha cambiado gran cosa. Ahí sigue ese puerto lleno de barcos deportivos con cuyos dueños pareces compartir la cena o el café de la tarde o el martini de aperitivo, de tan cerca como están. Quizá simplemente hay más yates ahora. Ahí están también la cantidad de bares y restaurantes donde sentarse mirando al mar y sobre el ajetreo del paseo vespertino. Permanecen las calles de trazado cuadricular y bordillos blanqueados con casas bajas y arboladas al estilo inequívocamente griego. Siguen ahí todavía las cuestas increíbles hacia lo alto y, al oeste, las ruinas de la antigua Samos como un claro histórico antes de llegar a la zona de hoteles frente a la playa. Si acaso, puede haber crecido el número de establecimientos hoteleros, pero la unidad del pueblo no está rota. Y el tipo de turismo semeja ser el mismo, parejas y grupos de amigos nórdicos de edad mediana, de aspecto y comportamiento tranquilos.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

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No es Samos, de las más cercanas a Turquía, una isla atestada, a pesar de su belleza. Tiene una gran y rica historia, y restos arqueológicos muy importantes para atestiguarlo, unas playas de ensueño, un vino famoso desde la antigüedad y, esto casi no habría que decirlo, la excelente comida de la que se puede disfrutar en Grecia.

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La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

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Y de todo esto se hablará, Zeus mediante, en los próximos días.

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