Pintxos y otras cosas del comer

Ulyfox | 4 de junio de 2014 a las 13:00

Los pintxos de San Sebastián, un espectáculo.

Es que estuvimos en el País Vasco ¿sabeis? Es decir, en lo que la mayoría considera como la catedral de la gastronomía en España. Obviamente, el presupuesto no nos daba para visitar los grandes templos de Arzak, Aduriz, Berasategui o Subijana. El lujo mayor que nos permitimos fue ese almuerzo con buena comida y magnífica vista sobre la ría de Urdaibai, allá en Portuondo, junto a Mundaka. Pero nos atraía mucho el espectáculo visual y de sabores de las barras llenas de pintxos, institución que no debería morir nunca aunque tal vez terminen devorándola, en todos los sentidos, las modas turísticas.

La buena cara que se te pone.

La buena cara que se te pone.

Ya os hemos contado que tuvimos la suerte de practicar esta tradición de la mejor manera, de la mano de Verónica, su madre Carmen (desde aquí el abrazo más animoso) y toda su atenta y divertida cuadrilla, que ya es la nuestra. Pero, naturalmente, también quisimos explorarla por nuestra cuenta, antes y después. Fue una experiencia con sus luces y sus sombras. La primera noche en Bilbao llegamos algo tarde por culpa del retraso en el avión, y ya no había mucha oferta. Se veía que la marabunta de bebedores y comedores había pasado por la zona de Licenciado Pozas, y arrasado con casi todas las barras. De todas formas, pudimos probar una carne muy buena en un lugar (no lo apunté, mal periodista) de la calle García Rivero. La segunda noche, de vuelta de nuestra preciosa excursión por Mundaka, comprobamos con terror que casi todo estaba cerrado en el centro. Ya sé que era Primero de Mayo, festivo, pero extrañamos eso en una gran ciudad. El Café Iruña estaba abierto y relativamente animado, pero nos espantó un poco la ambientación de feria de Sevilla que colgaba de sus techos, y la oferta casetera escrita en sus pizarras. El caso es que sólo de vuelta al hotel, casi al lado, una tabernilla nos sirvió para una cerveza y picar algo casi de lástima. Las gildas estaban buenas.

Navaja, con su concha y todo en A Fuego Negro.

Navaja, con su concha y todo en A Fuego Negro.

El día siguiente visitábamos la meca de los pintxos: la Parte Vieja de San Sebastián. Llevábamos instrucciones claras de nuestro ya amigo Antxon Urrestarazu, preclaro eusgaditano, que nos dio una casi orden y advertencia: “No se os ocurra aceptar el plato que os ofrecerán a la entrada en los bares. Eso es de guiris. Vais comiendo los que os apetezcan y luego le decís al camarero lo que habéis consumido”. Obedientes, muy obedientes, entramos al primer bar, el brillo de cuyos pintxos llegaba casi a la calle. Una barra espectacular y un resultado más que satisfactorio. “No”, dije rotundo en cuanto que me ofrecieron un plato, y nos acomodamos en un rincón de la atestada barra. Tenía razón Antxon: los guiris molestaban continuamente metiendo sus manos por encima o junto a nuestras cabezas para ir acumulando pintxos en el plato. Nosotros hicimos como nos aconsejaron. Cuando terminamos las cervezas y el par de tapas, exquisitas de verdad las alcachofas envueltas en bacon, los fritos de bacalao y la ensaladilla de txangurro, dimos cuenta al hombre de la barra y el nos hizo la ídem. No obstante, lo confesamos, en posteriores tientos aceptamos un platito por comodidad. Buen comienzo en Donostia.

En la barra del Víctor Montes de Bilbao.

En la barra del Víctor Montes de Bilbao.

Habíamos empezado con temor de novatos, pidiendo cañas. Luego, al siguiente sitio, nos pasamos a los zuritos (cañas más pequeñas), y después ya nos lanzamos con el txakolí, que prácticamente no abandonamos. Mucha gente me dice que el txakolí es un vino más bien de batalla, pero a nosotros nos gustó. El Itsasmendi 7 que nos sirvieron en Portuondo era fantástico, y en general nos pareció excelente combinación con los pintxos, fresco, suave y de excelente pase. Tampoco me pareció peligroso porque se subiera a la cabeza. Y llena menos que la cerveza. Bueno, no soy ningún experto. En el siguiente lugar (este sí me lo sé), el Gandarias, fue otro espectáculo de barra y ambiente. De la misma forma milagrosa logramos arrimarnos pronto a la barra, para comprobar la paciencia, la organización y el buen humor de los camareros, nunca sobrepasados por la masiva presencia de hambrientos. Muy recomendable, nos pareció tradicional y representativo.

Bonito y bacalao, versión Víctor Montes.

Bonito y bacalao, versión Víctor Montes.

Ya un poco más tarde experimentamos una versión de pintxos más moderna, de unos cocineros apegados al Basque Culinary Center. Se llama A Fuego Negro, y recalamos allí por indicación también, obviamente, de nuestro Antxon. Ahí ya, quizá por la hora, no había aglomeración, y los pintxos se pedían al camarero, una forma diferente. Nos sorprendió lo divertido de las presentaciones sin perder los sabores de siempre. Lástima no haber tenido tiempo y ganas para su prometedor combinado de degustación. Unas navajas en su concha estaban buenísimas, delicadas. El pero de todos los establecimientos de este tipo: cantidad y precio siempre van por caminos opuestos. El txakolí, nuevamente, era estupendo.

Muy bien, muy contentos de esta primera inmersión en el mundo de los pintxos, una forma de comer y de relacionarse nos pareció, como una modalidad peripatética de la gastronomía tradicional. Pudimos ver en algunos casos a los cocineros en la trastienda preparando como locos esas rebanadas de pan que siempre estaban crujientes, y colocando encima las diferentes preparaciones.

La atractiva barra del Víctor Montes.

La atractiva barra del Víctor Montes.

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Felices ante el untuoso bacalao al pil pil del Río Oja.

Felices ante el untuoso bacalao al pil pil del Río Oja.

El sábado, en Bilbao, tuvimos ocasión de desquitarnos de aquellas tres noches anteriores frustrantes en parte. Como estamos hablando de comida, dejaré para otra ocasión la descripción del paseo por el casco antiguo, el Mercado de la Ribera y otras gratas experiencias. El mediodía alumbró el encuentro con la cocina vasca más tradicional en un lugar con nombre de resonancias montañesas, el Río Oja, un local antiguo, de gran barra llena de cazuelas de aluminio con los guisos del día, algunas mesas junto a ella y un salón interior. Como una casa de comidas de toda la vida, con sus paredes de azulejos. A esa hora tan temprana sólo nos acompañaban en dos mesas cercanas una pareja de japoneses con aire de entender y querer entender de cocina, y un grupo de alemanes encantados de lo que comían. En la barra, un par de parroquianos apuraban su vino. Luego se fue llenando poco a poco, y un camarero recién llegado abrió el comedor interior. En cuanto divisamos el panorama en la barra tuvimos claro lo que íbamos a pedir: dos cazuelitas, una de bacalao al pil-pil y otra de chipirones en su tinta. Dos delicias de salsas ligadas, una negra y otra blanca amarillenta. Una auténtica inmersión ‘lingüística’ en el mundo vasco, una perdición y un ruego, que no se independicen. Sería una lata tener que enseñar el pasaporte y quién sabe si obtener visado para probar estas maravillas.

La atractiva fachada bajo los soportales de la Plaza Nueva.

La atractiva fachada bajo los soportales de la Plaza Nueva.

Los siguientes pasos nos dirigieron a un lugar totémico, recomendado por todos, rebosante, colorido, en plena plaza Nueva. Un bar, restaurante y tienda de productos alimenticios que es un monumento en muchos sentidos: el Víctor Montes, con su fachada oscura, sus adornos dorados y su decoración modernista. Y sobre todo, sus decenas de clases de pintxos preparados casi al instante y con mucha imaginación. Podría pasarse uno muchas horas allí, deseando probarlo todo, poquito a poco, sin prisa, tal vez todo el día, con las convenientes pausas entre pintxo y pintxo.

Creo que el origen de estos bocaditos, casi siempre con pan de base, es muy humilde. En realidad eran un simple acompañamiento y sostén necesario para la cantidad de bebida que tomaban los vascos cuando hacían el recorrido que ellos llaman ‘ir de potes’ de bar en bar. Pero la cantidad y calidad, así como la calidad de sus preparaciones han hecho de los pintxos la auténtica estrella. Aunque un auténtico vasco, por lo que sabemos, dará prioridad siempre a su txikito o su pote sobre esa minicomida.

Mil sitios bonitos de Cádiz

Ulyfox | 30 de mayo de 2014 a las 12:54

Ya sé, y lo proclamo, que hay más de mil sitios tan bonitos como Cádiz, en incluso más bonitos. Pero este reportaje gráfico de la revista Condé Nast Traveler corrobora también otras cosas: que estamos de moda y que tenemos millones de razones para eso. Aunque las fotos sean mejorables. Disfrutadlo: http://www.traveler.es/viajes/placeres/articulos/las-fotos-que-haran-que-quieras-veranear-siempre-en-cadiz/5379

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Un balcón al mar y unas calles

Ulyfox | 29 de mayo de 2014 a las 14:19

Farolas y barandilla en la playa de La Concha.

Farolas y barandilla en la playa de La Concha.

Digo desde ya que vimos San Sebastián (algo, claro) en pocas horas, que ese plazo limitado nos impidió, por ejemplo, hacer algo que todos consideran imprescindible: subir al monte Igeldo y tomar la foto más famosa de la Bella Easo. Pero, ya lo he contado, la cola de grupos esperando el funicular nos hizo desistir de esa intención.

Esa barandilla...

Esa barandilla…

Así que lo que hicimos, una vez disfrutado el Peine de los Vientos, esa intervención humana en la Naturaleza, fue pasearnos el borde de las playas de Ondarreta y La Concha, con el sol escondido y el viento soplando a intervalos frescamente desde el mar. Unas cuantas gotas como amenaza de lluvia que se no se concretaron en más. La habíamos visto en muchas fotos, pero la playa nos gustó, amplia, dorada, en casi perfecto semicírculo que paseantes, corredores y perros habían tomado en ese mediodía de viernes de puente. Por arriba, en la acera marítima, cientos de donostiarras y turistas andaban tranquilamente, con ese aire colectivo de encaminarse hacia un fin de semana libre haciendo una parada antes frente a una barra de pintxos, una mesa familiar o un restaurante.

La Parte Vieja y el monte Urgull desde el paseo de La Concha.

La Parte Vieja y el monte Urgull desde el paseo de La Concha.

Más farolas.

Más farolas.

Tiene La Concha una barandilla antigua y unas farolas de hierro, pintadas de blanco, que le dan un aspecto de balneario decimonónico, como si aún no hubiera dejado de ir a tomar las aguas toda la corte de la regente María Cristina. Muchos de los edificios que se levantan frente a ella contribuyen a esta impresión urbana y civilizada, como un lugar que hubiera aspirado a encontrar su imagen hace más de un siglo y estuviera tan contento por el resultado que hubiera decidido conservarlo así para siempre. Relaja, pese al gentío paseante, como si un pasado tan espléndido no pudiera hacernos ningún daño sino más bien acomodarnos en sueños de riqueza. Tuvo que ser así.

El Monte Igeldo, al que no subimos, al fondo.

El Monte Igeldo, al que no subimos, al fondo.

Todo en esa parte de la ciudad remite a la comodidad de una vida asentada en la falta de penurias. Te vas acercando al Ayuntamiento y ante él hay un carrusel de estilo antiguo, donde las familias se arremolinan con sus niños. Acaba el paseo en el puerto viejo, ahora tomado por las embarcaciones deportivas pero que en fotos no tan añejas aparecía aún con sus barcos pesqueros. Ese nuevo aspecto de mástiles altísimos y toldillas azules le quita encanto a mi parecer, que hubiera preferido los colores netos y el aspecto rotundo de las embarcaciones que se pelean con el mar por el sustento de sus navegantes y por el nuestro.

Una calle de la Parte Vieja, con la fachada de la basílica de Santa María del Coro.

Una calle de la Parte Vieja, con la fachada de la basílica de Santa María del Coro.

Al lado del puerto, por un arco, se entra a la Parte Vieja, en realidad una zona muy pequeña y con un entramado de calles que se diría casi cuadriculado, entrecruzado y muy ambientado ese mediodía precursor del fin de semana. Nosotros, amantes de los llamados cascos antiguos, comprendimos que es muy adecuado llamar a este barrio más bien Parte Vieja. El sabor que a otros les dan los monumentos, los empedrados y los blasones se lo dan a éste la abundancia casi inverosímil de bares y restaurantes, las barras cubiertas de pintxos y los grupos arremolinados ante los camareros, tan bien organizados en el tumulto. Pero quizá dejemos esto para una próxima entrada. Esta es sólo un aperitivo.

En la plaza de la Constitución.

En la plaza de la Constitución.

Otro rincón de la Parte Vieja.

Otro rincón de la Parte Vieja.

Más tarde, al día siguiente, en Bilbao, confesamos a la cuadrilla de vizcaínos que nos acogió que su ciudad nos gustaba más que San Sebastián, y yo creo que eso terminó de ganarlos para la causa de la amistad con dos gaditanos. Pero en pintxos, esta ventaja no está tan clara.

Kiosco modernista del Boulevard.

Kiosco modernista del Boulevard.

Ante el nuevo Kursaal de Moneo y el puente Urriola.

Ante el nuevo Kursaal de Moneo y el puente Urriola.

 

Cómo peinar el viento

Ulyfox | 21 de mayo de 2014 a las 13:59

Peinando el viento en San Sebastián.

Peinando el viento en San Sebastián.

Si había alguna forma de peinar el viento, tuvo que ser Eduardo Chillida el que diera con ella. Supongo yo que este donostiarra universal conocía como todos los naturales de la bella San Sebastián la fuerza de los elementos. Tradicionalmente el viento ha llegado a Donostia desmelenado y con esos pelos. Y tal vez el escultor pensó que la elegancia de la ciudad, asomada civilizadamente al Cantábrico, merecía que a tan tenaz y antiguo visitante había que ponerlo un poco presentable, al menos peinarlo. Y se inventó el Peine del Viento, con una osadía y temeridad más propia de un bilbaíno, si hay que atender al tópico. La gente ha terminado llamando a esta sugerente escultura El Peine de los Vientos, pero a mí me gusta más su denominación original, en singular, me provoca una relación más íntima con el feroz fenómeno que es el aire en movimiento. Cosas de los románticos.

Penélope ante el Peine.

Penélope ante el Peine.

No hace falta preguntar para encontrarlo. Mirando al oeste de la playa de Ondarreta se ve una fila de gente andando hacia el extremo. Es la atracción que provoca esta fenomenal escultura, como si el hierro del que está hecha estuviera imantado. Nosotros habíamos llegado en autobús desde Bilbao, un poco más de una hora de viaje por autopista. Para aprovechar el tiempo y después del necesario café junto a la estación de autobuses, un taxi nos llevó a Ondarreta, a la distancia justa para dar un paseo admirador de La Concha, la imagen más reconocible de la ciudad, casi al pie del monte Igeldo. Por el camino, jardines y algunas mansiones, incluso una instalación que parecía un pequeño Wimbledon, caprichos que se permite San Sebastián para acentuar quizá su aire europeo.

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Allá, a donde se dirige la gente, de turismo grupal y familiar en este Puente del Primero de Mayo, está el Peine. A veces los monumentos, los rincones, los parajes célebres decepcionan. Y no deja uno de temer este efecto cuando se acerca a uno de estos hitos. Pero otras veces, lo mil veces contemplado en fotos o vídeo, se agranda ante tu vista. Y entonces es la gran suerte, entonces es como si los ojos quisieran abrirse más para captarlo todo, la cabeza se mueve hacia uno y otro lado y los pies buscan el encuadre mejor para la fotografía. Eso nos ocurrió con esta escultura. No sé si es que estaba haciendo la función poética para la que fue creada, el caso es que el viento soplaba en ese momento con personalidad pero sin mala educación.

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¿Qué me pareció esta escultura triple clavada en la dura roca vasca, luciéndose ante las olas y sabedora de su carácter invicto? Una obra maestra. Al viento, ese elemento gobernado por un dios terrible, sólo se le puede domar con esos trozos de hierro corten, perfilados como tenazas o fórceps, como un tridente también olímpico, por aquí te acaricio, por aquí te amenazo y por este hueco te dejo pasar, juguemos a eso. Al final, quizá se trate de eso, un juego entre titanes, a los que el humano Chillida regaló el juguete, como pidiendo también participar. Es hermoso. Es además interesantísimo conocer todo el proceso de construcción y la historia del monumento. Pero para eso es mejor que pinchéis aquí: http://peinedelviento.info/

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Para mí, fue lo mejor de la rápida visita a San Sebastián. Íbamos a subir al Monte Igeldo en el funicular, para divisar la que todo el mundo considera la mejor vista de La Concha. Pero había una cola enorme, y preferimos andar toda la playa hasta la Parte Vieja, teniendo en cuenta que no disponíamos de demasiado tiempo. Pero ya hablaremos también de La Concha, de la Parte Vieja e incluso de los pinchos pintxos.

Ola de izquierdas

Ulyfox | 19 de mayo de 2014 a las 14:19

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Dos vistas del puerto de Mundaka, con pleamar y bajamar.

Dos vistas del puerto de Mundaka, con pleamar y bajamar.

 

No es, como podría parecer por el título de esta entrada, el resultado deseable de las próximas elecciones europeas, aunque sólo sirviera como grito de descontento, como demostración de rebeldía ante lo que nos están haciendo desde los centros comunitarios con la servidumbre de los gobiernos nacionales. No hablo de esa izquierda, no quiero hacer metáforas ni expresar deseos; se trata de una auténtica ola, de las del mar. La ola de izquierdas más famosa del mundo, dicen los surferos, es la de Mundaka, una conjunción de vientos, mareas y fondos que hacen de esta zona una de las más deseadas por los deportistas de tabla, traje de neopreno y melena al viento, a ser posible rubia. Naturalmente, no era encontrar esa ola el objetivo de nuestra visita a ese puerto vizcaíno, sino conocer lo que nos habían dicho que era un bonito pueblo de la costa, en realidad un pueblecito empinado y derramado hacia una dársena muy pequeña, y contemplar una de las joyas del País Vasco: la espléndida ría y reserva natural de Urdaibai.

Una casa tradicional, convertida en hotel en el centro de Mundaka.

Una casa tradicional, convertida en hotel en el centro de Mundaka.

El tren recorre toda la ría desde Guernica, y mientras nos íbamos acercando veíamos un paisaje que nos recordaba al de las marismas y esteros de la Bahía de Cádiz, pero sin salinas. Abundancia de canales, algún embarcadero industrial con los pilares al aire, y grupos de aves acuáticas. Y conforme nos acercábamos a Mundaka iba creciendo una gran barra de arena dorada, con una grandiosa imagen de marea baja. Ya cerca del pueblecito, el aspecto de la ría era el de una gran playa con un riachuelo que la surcaba. La gente paseaba como pasea por la orilla atlántica de Cádiz.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

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El convoy nos dejó en la parte alta del pueblo. No era difícil orientarse hacia el puerto, sólo había que enfilar las cuestas abajo. El cielo seguía nublado, y amenazando lluvia. Desembocamos en la rada, apenas un hueco en forma de ‘u’ con un par de diques de contención de lo que se adivina como fuertes embestidas del Cantábrico cuando se pone bravo. La bajamar hacía que muchas de los embarcaciones reposaran directamente en el fondo. Alrededor de esos muelles recios algunas casas de piedra vista o pintadas de blanco con toques de color marinero, rojo, azul, un pequeño hotel de aspecto cuidado, y enfrente, el mar abierto y los montes verdes. Diría que así me imaginaba yo un puerto vasco, y diría que hay muchos parecidos en toda la costa norte española, escondidos refugios de la furia del viento: aguas semitranquilas en un pequeño estanque mientras más allá y por encima de los diques todo es espuma inquieta.

La costa de Mundaka.

La costa de Mundaka.

Llegando al final del puerto, la acera sube hasta una pequeña plaza con todo lo que tiene que tener una plaza: quiosco de bebidas, un casino con restaurante de precioso balcón de hierro, una parada de autobús, una asociación de pescadores, una iglesia cuyo muro sirve de frontón y muchos niños jugando, naturalmente al balón. El límite frontal es siempre el mar, con un paseo marítimo formado por una simple barandilla de hierro blanco. Siguiéndolo, se llega a la playa, un entrante arenoso bordeado de rocas y pegado a la carretera que va hacia el interior. La vida aparecía serena en esa mañana festiva de Primero de Mayo. Sólo echábamos de menos que el sol iluminara y diera color a las escenas. Uno de sus rayos iluminaba allá al fondo el monte, enseñándonos una mancha de muestra del intenso verde vasco y diciéndonos “así soy cuando luce el astro rey”.

La ría, hacia el interior.

La ría, hacia el interior.

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Frente a la amplia ría.

Frente a la amplia ría.

En la oficina de turismo, una empleada derrochaba amabilidad y sonrisas, casi rogándonos que le preguntáramos cosas. Sólo queríamos saber cómo se iba al restaurante Portuondo, del que nos habían alabado la cocina y las vistas sobre la ría de Urdaibai, y en el que habíamos reservado una mesa. Se trataba de subir por la carretera unos quince minutos, nada, un paseo observando a la izquierda la ría.

La ría, con marea baja, desde Portuondo.

La ría, con marea baja, desde Portuondo.

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El maravilloso Asador Portuondo.

El maravilloso Asador Portuondo.

Tras la comida, la ría estaba casi cubierta por la marea.

Tras la comida, la ría estaba casi cubierta por la marea.

El Restaurante Asador Portuondo estaba lleno, allí arriba en su mirador privilegiado sobre la ría, que mostraba todavía una espléndida bajamar de meandros. La terraza rebosaba de familias. Día de fiesta. En el interior, el comedor del Portuondo tiene un ventanal maravilloso, como una pantalla en la que proyectara una película de la naturaleza para ver crecer la marea, para ver desaparecer la arena bajo el agua poco a poco pero irremediablemente. Y lo extraordinario: así está ocurriendo durante siglos dos veces al día, supongo.

Mundaka, sobre el saliente rocoso.

Mundaka, sobre el saliente rocoso.

A la singular vista le acompañó una excelente comida: tomates de la zona, revuelto de perretxikos (un hongo sabroso y pequeño), rodaballo… con un estupendo txakolí Itsasmendi 7. Buenísimo, bien servidos, bien visto. El resto de la tarde transcurre en un tranquilo descenso hacia el pueblo, un café en el puerto y en una vuelta en tren hacia Bilbao, con tiempo para dormitar apoyados en el cristal de la ventanilla del tren.

Después de Guernica, Mundaka completó un día hermoso.

La patria bien entendida

Ulyfox | 15 de mayo de 2014 a las 19:46

El último árbol de Guernica, plantado ante la Tribuna de la Casa de Juntas.

El último árbol de Guernica, plantado ante la Tribuna de la Casa de Juntas.

El Árbol Viejo, en el jardín.

El Árbol Viejo, en el jardín.

Fuimos a Guernica, fuimos al lugar sagrado donde todas las esencias del alma vasca parecen haberse concentrado. Muchos nos habían dicho “id, hay que ir para comprender un poco o un mucho la historia vasca, sus fueros, sus reivindicaciones, su sentimiento”, lo que muchos llaman la patria, en definitiva. Y fuimos. Hay un tren modernísimo que lleva desde el mismo centro de Bilbao, del barrio de Atxuri, como deben salir los trenes, en poco más de media hora. Allí nos plantamos, dispuestos a aprender y comprender, objetivo eterno y obligado del ser humano.

La Sala de Juntas.

La Sala de Juntas.

No tengo muy buena afinidad con los llamados nacionalismos, y sin embargo me emocionan las tradiciones. Debe ser que entiendo que lo primero, por muy cargado de buenas intenciones que estén algunos, se basa en resaltar y exaltar la diferencia en los mejores casos, y los enfrentamientos en los peores, mientras que las segundas apelan a los sentimientos, las costumbres, la infancia, la tierra madre y el aire padre, y esas cosas que todos los pueblos, los seres humanos, compartimos. Si no existieran los nacionalismos de ningún signo, las gentes simplemente disfrutarían conociendo, disfrutando y hasta compartiendo las diferencias de los otros. Sin querer presumir de nada, a nosotros nos pasa esto último. Tal vez a fuerza de ser andaluces amamos la música griega, la comida turca, las procesiones italianas y el ritmo cubano, envidiamos la elegancia francesa siempre aparente y comprendemos la resignación portuguesa, anhelamos el orden suizo, dulcemente nos mareamos con el bullicio marroquí y nos reímos con la sinvergonzonería siciliana. Y tal vez, tal vez por eso, nos apasionan los viajes.

La impresionante Sala de la Vidriera.

La impresionante Sala de la Vidriera.

Detalle de la vidriera.

Detalle de la vidriera.

Así que, en la Casa de Juntas de Guernica aprendimos con las sencillas explicaciones de los paneles y pudimos sentir, sí, o intuirlo al menos, el carácter sagrado de los árboles para el pueblo vasco, y cómo ellos entienden que el derecho a defender sus fueros es tan fuerte como el roble de Guernica. No sentimos en ningún momento el aleteo de la violencia en aquellos sobrios salones y sí un canto, como si fuera el Gernikako arbola de José María Iparraguirre, a la historia de muchos millones de personas vividas durante siglos, apegadas a la tierra y abrazadas a un mar con mucho carácter. No vimos ofensas a nadie, y, si se me permite, incluso intuimos un amor muy español a sus tradiciones, ésas, las que nos gustan.

Junto al bardo José María de Iparraguirrre, autor de 'Gernikako arbola'.

Junto al bardo José María de Iparraguirrre, autor de ‘Gernikako arbola’.

Era como un canto a la democracia natural, la de las gentes reunidas bajo un árbol a decidir lo mejor y lo peor e incluso lo regular. No soy tan ingenuo como para no pensar que algo de pintura idealizada hay en todo eso, claro, pero el cuadro resultante me resulta atractivo, igual que repulsivo me resultarían las mismas palabras en el mismo hermoso idioma vasco con una pistola sobre la mesa o pronunciadas tras una capucha. Creo tanto en el poder de las palabras que las leídas en esa Casa de Juntas, escritas para seducir y no para conquistar, terminaron conquistándome. Conviene añadir que soy hombre fácil cuando las palabras tienen sentido.

El Parque de los Pueblos de Europa.

El Parque de los Pueblos de Europa.

Lo otro ya lo sabeis: el inmenso poder simbólico de un árbol viejo y muerto y de sus retoños herederos, una Sala de Juntas, el terrible recuerdo de un bombardeo destructor de tradiciones y personas, la voluntad por lograr el hermanamiento, un parque de los Pueblos de Europa, una escultura fraterno filial de Eduardo Chillida, Gure aitaren etxea (La casa de nuestro padre) acogedora e imponente como buena parte de la obra del artista vasco y por la que me permití pasear, entrar y casi vivir, el verde del césped y de los montes circundantes. Todo lo necesario para hacer de Guernica (Gernika) un santuario civil yo diría que pacíficamente orgulloso. Nos sentó bien.

Gure aitaren etxea, la casa de nuestro padre, de Eduardo Chillida, todo un símbolo en una ciudad símbolo.

Gure aitaren etxea, la casa de nuestro padre, de Eduardo Chillida, todo un símbolo en una ciudad símbolo.

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Una casa para un príncipe

Ulyfox | 13 de mayo de 2014 a las 13:23

El Guggenheim y la ría de Bilbao.

El Guggenheim y la ría de Bilbao.

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Le acaban de dar el Premio Príncipe de Asturias a un arquitecto señero, casi ‘el arquitecto’ de este siglo, sea el que sea. Frank Gehry, ya sabéis que así se llama el galardonado en la categoría de Artes, es responsable de haber cambiado la cara a una ciudad: Bilbao, que a estas alturas y si seguís el blog, conocéis que nos ha gustado mucho. Siguiendo con las cosas que no son noticia, Gehry es autor del Museo Guggenheim, allí al borde de la ría y donde antes había industrias útiles pero que cayeron en la ruina y sólo les quedó la parte fea. Una ruina, vamos. Pero he aquí que, milagros de la historia y del arte, un edificio singular, único, bellísimo y extraordinario, por sí solo fue capaz de cambiar la vida de un barrio. Ante su extraordinaria apariencia, era forzoso cambiar, adornar, embellecer el entorno, y así se hizo, y de una manera descaradamente contemporánea, sin complejos. El resultado ya ha sido bastante alabado por expertos, no expertos, turistas simples y críticos de arte, con lo que yo, simple y modesto amante de la belleza, no añadiré ni una palabra más en este sentido.

Contad las curvas...

Contad las curvas…

Sólo diré que nos impresionó el modo en que una construcción puede convertirse en atractivo, en imán para la gente, en tótem alrededor del cual tiende a reunirse la tribu. Le pasa igual, por ejemplo, a la Torre Eiffel, al campanario de la basílica de San Marco en Venecia o al puente de Carlos en Praga. Alrededor del Guggenheim la gente pasea a sus niños, a sus perros y a sus abuelos, serenamente, sin tener por qué saber de arquitectura, de arte o ni siquiera el nombre del arquitecto que concibió semejante disfrute del aire y los volúmenes, de sus sombras y sus reflejos, del agua que lo rodea y de ese perrito de flores, Puppy, que puede llegar a inspirar tanta ternura como un cachorro de anuncio de televisión. Al otro extremo la araña madre de metal inspira más bien temor.

El paseo del Museo...

El paseo del Museo…

Una escultura de vapor de agua.

Una escultura de vapor de agua.

Se debe llegar al Museo lentamente, igual que hicimos nosotros en nuestro último día de estancia, el día en que el sol se decidió a saludarnos, tal vez cruzando la ría por el puente cercano de Calatrava, grandilocuente como siempre pero esta vez contenido aunque polémico por los resbalones que se daba la gente en días de lluvia (es decir casi todos) y al que ha habido que poner una alfombra de fibra antideslizante que lo afea pero le quita culpa. Entonces, el edificio aparece convenientemente lejos y cerca como para que apetezca, desde la otra orilla, el acercamiento a ritmo de paseo. Pero ya no puedes evitar empezar a disparar con la cámara. La serena caminata transcurre por el Campo Volantín, un paseo arbolado del siglo pasado y que siempre me trae recuerdos de un compañero, Josu, que nació allí y que pasó tantos años en el Diario que ni con su despido han podido borrar su acento cruzando el aire de la Redacción. De hecho, a él le debo algunas palabras que aprendí en euskera y con las que pude sorprender a la cuadrilla que nos acogió en Bilbao.

La pasarela de Calatrava, que lleva al Campo Volantín.

La pasarela de Calatrava, que lleva al Campo Volantín.

 

Reflejos de titanio.

Reflejos de titanio.

 

Tal como va uno andando, la sorprendente y alegre presencia del Museo se va agrandando, con los prólogos de esculturas y edificios, con el paso tras el Puente de la Salve, antes una fea pasarela y ahora embellecido con unos arcos de colores rojos. Siempre desde la otra orilla se recorre con los pasos y con la vista la silueta increíble de titanio y luces, la sucesión de curvas, rectas y ángulos que Gehry imaginó quién sabe cómo. Y así llegamos hasta la pasarela de Pedro Arrupe, que habrá que cruzar para seguir mirando sólo hacia un sitio. Ya llegamos, efectivamente es como un imán. Alrededor suenan músicos callejeros y no se oye un grito.

Puppy, la gran atracción

Puppy, la gran atracción

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Nosotros lo rodeamos tranquilamente, nos acercamos a Puppy, nos gustó el perrito-macetero, le hicimos mil fotos, fuimos junto a la ría, intentamos capturar la escultura de agua pulverizada que lo adorna por esa parte, le dimos la vuelta subiendo el puente de La Salve para apreciar todos sus ángulos. Cada paso era diferente el aspecto, porque a la curva le nacía un ángulo y a la recta le salía una barriga. Fotos.

El vestíbulo principal del Museo.

El vestíbulo principal del Museo.

El interior es también poderoso, pero el contenido, aunque me esforcé, no me impresionó. Ni siquiera subimos a ver la exposición de la obra de Yoko Ono. No puedo criticarla, pues. El personaje tampoco me interesa.

La ciudad, Puppy, el Museo, Yoko Ono, el monte...

La ciudad, Puppy, el Museo, Yoko Ono, el monte…

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De todo, me asombró la capacidad de un edificio para mandar en su entorno. Muchas ciudades lo han intentado después del Guggenheim con poco éxito y con mucho gasto. Casi todas querían su ‘edificio emblemático’. Pero eso no se busca. Se encuentra, cuando confluyen, quizá, una ciudad, un artista y unas ganas.

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La cuadrilla

Ulyfox | 9 de mayo de 2014 a las 12:16

Dani, Elena, Joseba, Verónica, Penélope, Uly, Carmen, Arantxa, Jorge, Izaskun y Javi, la nueva cuadrilla, ante el Café Iruña.

Dani, Elena, Joseba, Verónica, Penélope, Uly, Carmen, Arantxa, Jorge, Izaskun y Javi, la nueva cuadrilla, ante el Café Iruña.

 

Fue casi lo último, como el prólogo del epílogo de nuestro reciente viaje, pero es obligado hacer de esta ocasión la primera entrada de la serie sobre nuestra visita a Bilbao y San Sebastián. Esto trata de la cuadrilla, el sonriente y acogedor grupo humano que nos proporcionó como compañía la impagable Verónica para una de las mejores veladas de los últimos tiempos, allí en la viva Bilbao. Unos cachondos.

Verónica era responsable de comunicación de FEVE, los Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha, y ahora sigue desempeñando parecida labor dentro de Renfe, que absorbió recientemente a aquella. Una fría definición para una mujer a la que es más fácil retratar diciendo que es un encanto, la anfitriona perfecta, en realidad ya nuestra amiga en el Norte. La conocí hace un par de años, gracias a su generosidad al invitarme a un memorable viaje de presentación del Tren Al Andalus. Luego ha seguido siendo generosa en convocatorias a las que por desgracia no he podido acudir. Pero esta vez se trataba simplemente de amistad. En cuanto reservamos nuestra estancia en Bilbao me apresuré a llamarla, del mismo modo que ella se apresuró a prepararnos una tarde-noche de gloria.

Podríamos decir que Verónica y su extremadamente atento marido Joseba nos prepararon la encerrona perfecta para que nos enamoráramos de Bilbao. Ellos ya sabían que la cuadrilla nos iba a gustar. Desde el primer momento nos sentimos integrados, como que se deshicieron en atenciones y facilidades para esta pareja de gaditanos caídos de sopetón en una reunión vasca, peregrinación en busca de txkaolís y pinchos, cultura y risas. Al minuto la simpar Carmen, madre de Verónica, periodista, escritora y autora de guías (colega), nos cogió del brazo y nos contó-preguntó. Viajera, articulista y viuda de periodista asesinado por ETA, venía aureolada de una tranquilizadora calma, que da la impresión de ser sólo aparente.

Al mismo tiempo, Joseba hacía de facilitador de vasos ida y vuelta de la barra. Casi en seguida, se apreciaba que la amabilidad daría paso a la confianza, y luego al humor, como así fue. De bastantes apellidos vascos, se le notaba que es un hombre universal, no en vano viaja mucho-ísimo por su trabajo. Nada malo puede encerrar un hombre que es amante de vinos y quesos.

Dani, marido de Carmen, con un pasado de gobernador civil socialista en la Vizcaya de tiempos peligrosos, hacía gala de la sabiduría y sano descreimiento que dan los años, y tiraba de ironía para decir sin palabras que nadie lo puede asustar ya con verbos ni con hechos. Fue el primero en hacer bromas, con lo que de mediador en el bienestar supone eso.

Javi es otro desahuciado voluntariamente de la política nacionalista (fue jefe de prensa con Arzalluz, imaginaos, y luego peleado con el PNV), y era capaz de entonar, instalado en una sonrisa, unas peculiares coplillas que él decía que eran de Cádiz y a las que yo respondía diciendo que tal vez, pero de la parte de Bermeo.

Arantxa sigue siendo nacionalista, periodista también (extraña abundancia de una especie que parece en extinción) y me arrastró amigablemente hasta la estatua de Sabino Arana para defenderme que el fundador del pensamiento abertzale había escrito y dicho cosas aberrantes, racistas, pero que había que entenderlo como hombre de su tiempo. Yo le dejé ese trabajo para ella, y me reí en su compañía cuando me llevó luego al salón del emblemáticamente vasco Café Iruña, de estilo mudéjar y adornado de manera impensada con farolillos feriantes, en el que bailaba sevillanas un grupo de personajes que parecían escritos a medias entre los Álvarez Quintero y Valle Inclán.

Jorge, atención, un respeto, firmes, es el jefe mandamás de la Ertzaintza en el País Vasco. Llegó un poco más tarde porque andaba liado con una manifestación en el Casco Viejo, la misma que nos llevó a tomar los zuritos, txakolís y pintxos al resguardo de la zona de Diputación. Se le notaba el carácter policial en su planta esbelta y en cierto tono de voz que impregnaba hasta su risa franca. Su mujer, Elena, daba el perfil atractivo y amigo del poli bueno. Un encanto cercano. Ninguno de los dos había visto ‘Ocho apellidos vascos’ pero creo que después de esa velada irán a verla sin falta.

Izaskun tuvo un restaurante y fue alcaldesa. Me quedó la falta de haber hablado más con ella porque sus ojos eran los más alegres y su actitud la más dispuesta. Pero esa falta mía quedará compensada, sin duda, con una excursión que ya tenemos prometida el año que viene: nos colaremos en una visita anual que suele hacer la cuadrilla al Archivo de Lazkao con posterior comida en una auténtica sidrería guipuzcoana. Será difícil sustraernos a esa invitación tentación.

Vuelvo a Verónica: risas todo el tiempo, factótum integradora, pergeñadora de una noche para el recuerdo. Desde que la conocí se ha deshecho en atenciones y me colma de elogios hacia méritos que sólo ella reconoce, y que no quiere que se les desmonten pese a mis sinceros y reincidentes desmentidos. Se agradece en el alma ese empeño, y que haya puesto por testigo su casi sagrada condición de vasca para advertirnos de que la invitación a esa próxima cita es sincera. Así nos los tomamos… y nos lo tomaremos, pues. Es una bendita deuda con ella y con su marido, Joseba.

 

Gaditanos ante la estatua de Sabino Arana.

Gaditanos ante la estatua de Sabino Arana.

 

Nosotros intentamos corresponder a tal derroche de amistad con algunas opiniones rotundas y sinceras y, claro está, con algunas bromas gaditanas. Incluso yo, osado, sacrílego, me atreví a entonar el ‘Eusko gudari’ ante la estatua del fundador de la patria vasca moderna, con un tono irreverente que ellos captaron con la debida complicidad de unas risas. Nos dijimos al retirarnos que daba gusto rendir culto a la amistad con gente así, y sentimos la alegría de haber puesto una pica en Euskadi, una pica profunda a la vez que amable, agradecida, risueña y feliz.

Buen viaje

Ulyfox | 5 de mayo de 2014 a las 13:40

Ante el Mercado de la Ribera, iglesia y puente de San Antón, con nubes y fresquito.

Ante el Mercado de la Ribera, iglesia y puente de San Antón, con nubes y fresquito.

Acabamos de volver de Bilbao. En una palabra: encantados, con la ciudad, con la comida, con la gente. Llenos de cosas que contar, más bien de ganas de contarlas. Lamentando (es un decir, nunca es tarde) no haber ido antes. Pintxos, calles, verdes, mares, historia y hasta una tarde noche con una cuadrilla de auténticos vascos. No ha faltado de nada, quizá más y mejor tiempo. Pero eso abona el deseo de volver, lo mejor que se puede decir de una tierra. No nos han molestado ni las nubes, que sólo permitieron la salida franca del sol el último día. La lluvia tampoco molestó más que unos minutos.

A la vuelta, ya por la noche en San Fernando, un encuentro inesperado. Tomando una cerveza, de dos o tres mesas más para allá no llegan ecos de un idioma conocido hablado por un grupo de hombres. Claro, recién llegados del País Vasco pensamos ¿será euskera? No, no, las kas y las eses eran de otro origen. Al fin lo identificamos: eran griegos. Después de pensarlo un momento, nos presentamos y les hablamos de nuestro amor por esa tierra. Ellos eran marineros, venían de El Pireo y estaban en un barco en Cádiz. Una gran alegría sumada a otra que traíamos. De Euskadi al puerto cercano a Atenas. El mundo unido por un aire. No queríamos molestar demasiado, nos despedimos: “kalinikta, kalós orízate, járiga”, buenas noche, bienvenidos, encantados. De verlos, de ir, de volver, de pensar en partir de nuevo.

Contaremos pronto. De momento, esto está bien para pinchar e ir haciendo unas risas: http://www.traveler.es/viajes/mundo-traveler/articulos/40-cosas-que-oiras-si-vienes-a-bilbao/5268

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Un monasterio en una pared

Ulyfox | 21 de abril de 2014 a las 14:26

El monasterio de Panagia Chozoviotisa, en la isla de Amorgós.

El monasterio de Panagia Chozoviotisa, en la isla de Amorgós.

A 300 metros sobre el mar y pegado a la pared del acantilado, derramándose o trepando por él según la visión o el estado de ánimo del que lo contemple, siempre apabullado por la osadía. Así es el monasterio de Panagia Chozoviotissa, en la isla griega de Amorgós, en ese asombroso y cinematográfico archipiélago de las Cícladas. Las Cícladas, siempre de casas, monasterios e iglesias blancas sobre rocas tortuosas y peladas, a simple vista estériles y sin embargo productoras de maravillas como los tomates y vinos de Santorini o los aceites de Naxos.  Amorgós es una de ellas, la más oriental, en el camino hacia sus compatriotas del Dodecaneso, ya pegadas a Turquía. Hay quien dice es la auténtica joya de las Cícladas, pero eso sería capaz de afirmarlo yo de casi cada una de ellas. Alcanzó fama años atrás entre cinéfilos y submarinistas porque en ella se rodó una película de mucho éxito, El gran azul de Luc Besson. Todavía hoy, en un café del puerto de Katapola, pasan todas las tardes la cinta. Al menos así era cuando estuvimos, hace seis años.

La escalera de entrada al monasterio, entre el muro y la roca.

La escalera de entrada al monasterio, entre el muro y la roca.

Y sí, aunque los puertecitos de Katapola y Aegiali son lugares para retirarse, resúmenes de la serenidad, la auténtica y singular atracción de Amorgós es el monasterio, increíblemente construido pegado a esa piedra, eso sí que es construcción en vertical. Se llega a él desde un aparcamiento de tierra y después de andar un corto paseo bordeando el mar. Por el camino da tiempo a ir asombrándose con este cenobio del siglo XI, hecho con ese estilo de fortaleza, según dicen para albergar un icono milagroso salvado de la furia iconoclasta de una desconocida ciudad, Chozova. Los griegos son muy dados a poner capillas y otros edificios religiosos en lugares difíciles y escarpados, pero con este se emplearon a fondo en esta faceta. El resultado es bellísimo, como si un cubo de cal se hubiera derramado por el acantilado.

El monasterio o se derrama o trepa por el acantilado ante el mar.

El monasterio o se derrama o trepa por el acantilado ante el mar.

Pero en ese reguero de cal se puede entrar. Para acceder a él hay que subir, subir una escalera estrecha y empinada entre la roca y el muro exterior, una escalera que ya es como un paso místico (que significa secreto en griego). En lo alto, en una estrecha estancia con pequeñas ventanas, espera un monje que explica la historia del recinto y te muestra algunos de sus tesoros y que, hospitalidad obliga, te obsequia con un vaso de agua, una copa de licor y un dulce gelatinoso y con sabor a rosas, lo que un paso más hacia Oriente se conoce como ‘delicias turcas’.

Delicias griegas, diría yo, de sorpresas como este monasterio. En una isla sin aeropuerto, deliciosa para llegar a ella en ferry, último rincón de las Cícladas.