Oda a un huevo frito

Ulyfox | 7 de octubre de 2014 a las 13:57

Huevo frito con su pan, en la taberna O' Xamos de Adamas.

Huevo frito con su pan, en la taberna O’ Xamos de Adamas.

La taberna O! Xamos, como para no disfrutar...

La taberna O! Xamos, como para no disfrutar…

Creo, disculpen la ignorancia, que en sus Odas Elementales, Pablo Neruda no dedicó ninguna a un huevo frito, y eso que las tiene dedicadas al ajo, a la alcachofa, al vino, a la tristeza… incluso a Stalin. Pero, creo, ninguna al huevo frito. Y eso es sin duda porque no ha estado en la isla de Milos ni en la Taberna O! Xamos, donde te preparan un huevo frito con su pan incorporado inolvidable. Con esta presentación no tienes que preocuparte de mojar: cortas, y el pan, una deliciosa rebanada artesana y natural, se va impregnando poco a poco de la yema. Si a eso le acompañas la calidad del producto el plato resulta inmejorable ni siquiera por las mejores manos del mejor chef mundial. Puro sabor, antiguo y reconfortante, reconciliador con el paisaje, con el paisanaje y con tu propio apetito. Si sois de la cofradía del huevo de campo, ahí tenéis una posible sede.

Además del huevo, 'pitarakia' y cabrito guisado.

Además del huevo, ‘pitarakia’ y cabrito guisado.

Una de las sorpresas de Milos, que no es que vaya a figurar entre nuestras islas griegas favoritas pero es muy curiosa, es lo extraordinariamente bien que se come. En muchas ocasiones nos recordó a Creta por la sencillez y buena calidad de su cocina tradicional, e incluso por la forma de trabajarla, muy apegada a la tierra y el mar cercanos. Nos parecieron exquisitas las pitarakia, una variante isleña de las empanadillas de queso, las tiropitakia tan frecuentes en toda Grecia. Y la forma en que presentan también ese pan seco con queso, aceite, tomate y alcaparras, es decir el típico dakos cretense. Para sorpresa sublime, la que nos dieron en el restaurante Enalion del pueblo de Pollonia, con unos mejillones abiertos simplemente con un poco de vino y hojas de limón. Excelsos. El encargado nos dijo: es muy fácil, las hojas de limón le dan un sabor potente pero suave, el vino blanco y … very important, que los mejillones sean muy frescos. Claro.

'Dakos', mejillones con hojas de limón y 'taramosalata' en el Elaion de Pollonia.

‘Dakos’, mejillones con hojas de limón y ‘taramosalata’ en el restaunrante Enalion de Pollonia.

Tuvimos unas muy buenas experiencias en varios lugares, aparte de los nombrados, que deberíais apuntar por si vais alguna vez por Milos: Kynigos y Mikros Apoplous en Adamas, Ayyelikí en Tripiti, cerca de Plaka, y nos quedamos con ganas de probar el Archontoula allí mismo. Pero a donde más volvimos fue al simpático, precioso y sabroso O! Xamos, en la tranquila y doméstica playa de Papikinou, muy cerca de Adamas. Por razones evidentes.

Y ahora, boquerones en vinagre, patatas gratinadas con queso, huevas de erizos y más 'pitarakia' en Kynigos de Adamas.

Y ahora, boquerones en vinagre, patatas gratinadas con queso, huevas de erizos, ensalada de lentejas y más ‘pitarakia’ en el Kynigos de Adamas.

 

Klima, los colores de Milos

Ulyfox | 3 de octubre de 2014 a las 13:50

Vista general de Klima, en la isla de Milos.

Vista general de Klima, en la isla de Milos.

No debía de vivirse muy a gusto en este lugar en los tiempos difíciles, aquellos en que Milos era una isla de mineros y pescadores. En Klima, fascinante rincón de blanco y colores, modelo de mimetización y adaptación del hombre a su medio de trabajo, ahora los turistas vamos buscando el encanto que le encontramos a los pueblecitos de pescadores de las islas griegas: casas encaladas con puertas pintadas con pintura de barco, y de ahí esos colores (chrómata, en griego, claro) que estallan tan bien en las fotos desde que la desaparecida Kodak inventó su sistema, el mar lamiendo los umbrales inexistentes, y decenas de miniembarcaderos individuales. Son las llamadas syrmata, esas viviendas de pescadores típicas de esta isla, y que existen también en otros lugares como Mandrakia o Firopótamos, aunque no con esta abundancia. Pero en aquellos tiempos duros, no tan lejanos, en los que el turismo no daba de comer en Milos, debía de ser difícil ser habitante de estas aldeas, comunicadas sólo por mar o por caminos enrevesados y empinados, y azotadas por los temporales, aquellos años en los que el mar debía adueñarse más de una vez de los hogares, tan asomados al agua.

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Otra vista, hacia el otro lado.

Otra vista, hacia el otro lado.

Ahora, en cambio, casi estaría por asegurar que quienes aún tienen su casa aquí, la vivienda en la planta alta, el almacén para los barcos y los aparejos en la baja, o quienes las alquilan para temporadas en verano, son unos privilegiados. Excepto en las horas puntas del día, en las que los turistas invaden su estrecho muelle para retratar esta singular visión, como uno de los recuerdos más buscados de la isla, o los barcos de excursiones asedian el enclave desde el mar, debe de ser un lugar bastante tranquilo y privado: el baño mañanero o al atardecer a un paso en unas aguas limpias, la cocina a mano y las sillas y sofás siempre dispuestos. Además, si estás acostumbrado a moverte por la estrecha y serpenteante carretera que te comunica con la capital y el puerto de Adamas, lo tienes todo a una distancia casi insignificante.

Unas niñas afortunadas.

Unas niñas afortunadas.

En el rato que pasamos allí pudimos ver familias disfrutando del mar, otras dentro de las casas en actitud que aparentaba reposo después de una buena comida, y otras que llegaban a una de las casas con un cargamento de utensilios y víveres que hacían adivinar una o varias noches de cenas a la luz de la luna y frente al mar. Sobre todo, y por lo visto, estas syrmata y su entorno deben de ser una especie de paraíso vacacional para los niños, que, digan lo que digan, disfrutan mucho más chapoteando y jugando a cazar cangrejos o a simular ser pescadores que frente a una pantallita. O simplemente, gran enseñanza, aprendiendo a aburrirse en las largas horas de siesta de los mayores. Como en los míticos veranos azules de aquella otra pantalla más gorda.

Penélope entre colores.

Penélope entre colores.

Nosotros, es decir Penélope, maniobró en la bajada por la difícil aunque corta carretera para dejar el coche alquilado aparcado en la difícil posición en la que suelen dejarlo los nativos. Bueno, no tanto, porque ellos se acercan más a la orilla. Pasamos junto a algún resto de muralla y miramos hacia arriba para divisar Plaka, la alta y blanca capital. Y echamos de menos, qué raro, la existencia de al menos un café en el lugar. Quizá sea mejor así, pero nos extrañamos de que estos griegos, tan aficionados, no hayan puesto una taberna o al menos unas mesas sobre uno de estos muelles, tan bonitos, recogidos y protegidos. Quizá sea mejor, sí, y el lugar, tan mágico, deba permanecer así de privado. Que miremos y no toquemos.

Y más colores.

Y más colores.

 

Debajo, Klima, y arriba el caseríode Plaka.

Debajo, Klima, y arriba el caserío de Plaka.

 

El hogar de Venus

Ulyfox | 30 de septiembre de 2014 a las 21:29

El lugar donde fue hallada la Venus de Milo, en Milos...

El lugar donde fue hallada la Venus de Milo, en Milos…

... y la placa que lo recuerda.

… y la placa que lo recuerda.

No había nadie en el escondido lugar, a unos metros por debajo del camino que conducía al teatro griego de Klima, la antigua y espléndida ciudad de la que apenas quedan ese teatro con una vista imponente sobre el mar Egeo y unos restos de poderosa muralla. En ese sitio sombrío (y fresco) bajo un árbol modesto y junto a unas piedras que antes fueron muro, un pastor encontró una escultura de mármol de Paros que asombra al mundo desde un salón parisino, pintado con relajante color. En un rincón de Milos apareció esa espléndida representación de Afrodita, y al poco tiempo, ya unas manos expertas y seguramente ventajistas la llevaron al Louvre para que a partir de ese momento fuera conocida en todo el orbe, y estudiada en todos los libros como La Venus de Milo.

Afrodita, o la Venus de Milo, en su sala del Louvre.

Afrodita, o la Venus de Milo, en su sala del Louvre.

Allí está, y si queréis verla en el Museo más famoso de la Tierra tendréis que soportar multitudes a su alrededor, una auténtica estrella del arte, admirada como obra maestra incluso por los millones de personas que no saben donde está Milos ni lo que significa el arte clásico griego. Sin embargo, allí en su patria chica (y tan chica) sólo queda de ella un modesto cartel en el camino y, más abajo, triscando un poco, una placa conmemorativa hecha de mármol, ese mismo material tan cicládico y tan duro que los griegos supieron hacer suave y sugerente.

El discreto cartel en el camino.

El discreto cartel en el camino.

No todo lograron llevárselo a la Europa que entonces se creía (y aún sigue haciéndolo) más civilizada que quienes modelaron nuestra civilización. En ese descuidado rincón sombrío lleno de hojas, de musgo y de ramas muertas, que debe de ser helado y aún más solitario en invierno, aún queda la emoción del hallazgo y de la cuna.  Y supongo que el orgullo de los pobres, más o menos enterrado.

Un teatro griego bien situado.

Un teatro griego bien situado, en la antigua Klima en Milos.

 

Un dragón sobre Milos

Ulyfox | 27 de septiembre de 2014 a las 18:25

Penélope viendo atardecer en Plaka.

Penélope viendo atardecer en Plaka.

Milos no deja de ser una isla griega, y a las islas griegas mucha gente va a ver atardeceres. En todas ellas, sobre todo en las Cícladas infinidad de lugares, locales, bares y restaurantes se publicitan como sitios donde ver atardecer. Estoy pensando en la caldera de Santorini, en la Pequeña Venecia de Mikonos, en los barcos que salen a esa hora desde el puerto de La Canea, en la Portara de Naxos… En Milos, el observatorio oficial para contemplar lo que los griegos llaman iliovasílema está en las alturas de Plaka, la antigua capital de la isla, un primoroso pueblo blanco de calles cubiertas por buganvillas y trazado laberíntico. Y allí está el Café Utopía, que se llena a la hora de atardecer en verano.

El dragón, digo yo, que voló al atardecer.

El dragón, digo yo, que voló al atardecer.

Estar allí a esa hora supone un ejercicio de cálculo, puesto que no hay que ser meteorólogo para saber que el atardecer no tiene horario fijo. El cálculo consiste en estar al menos tres cuartos de hora antes, o una hora, para que la fila primera del café, la que está situada casi a pico sobre la ladera, tenga al menos un hueco, porque las demás mesas no están ni mucho menos tan bien situadas, aunque la merma del bello espectáculo no es muy grande. Nosotros fuimos muy bien orientados por Voula, la atenta encargada del Villa Zampeta, y conseguimos una localidad de primera para el ocaso.

Mosaicos ante una iglesia de Plaka.

Mosaicos ante una iglesia de Plaka.

Plaka en las alturas de Milos,

Plaka en las alturas de Milos,

El palco es hermoso, privilegiado: sillas cómodas y música clásica tranquila para contemplar una función que se repite desde millones de años, que llenaba de terror a nuestros primeros antepasados homínidos y que ahora fascina a los turistas. Los del Café Utopía tuvieron, al menos, la delicadeza de no aplaudir cuando el sol emitió su último rayo de ese día de primeros de septiembre.

 

El suelo de una calle en Plaka.

El suelo de una calle en Plaka.

Fue hermoso, fue apacible y fue diferente, porque desde un rato antes de la puesta de sol una gran nube se instaló sobre el islote de enfrente que daba profundidad a la escena. Y no hizo falta entregarnos a ese fascinante y divertido juego infantil de encontrar parecidos a las nubes: para mí aquello, con la luz dorada de esa hora, era claramente un dragón, con sus alas, su cola y su cabeza, rodeado de fuego. Y si no lo era, a ese juego jugué durante un montón de minutos, mientras la luz fue perdiendo brillo y ganando misterio y en el Café Utopía el público seguía con un casi silencioso respeto el desarrollo de la función. Hasta el siguiente día.

 

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El casco urbano de Plaka.

El casco urbano de Plaka.

Promesa en firme

Ulyfox | 22 de septiembre de 2014 a las 19:54

Interior de la mezquita Suleymaniye, en Estambul.

Interior de la mezquita Suleymaniye, en Estambul.

Llevamos los ojos y el equipaje llenos de lugares, amigos, sabores, momentos de casi un mes de viaje. Lluvias y soles, luces de todos los colores y todos los olores, roces de multitud y soledades de horizonte. Demasiadas cosas tal vez para aislarse un momento y ponerse a escribir. Está habiendo conversaciones, canciones de Xilouris y Theodorakis a dúo inesperadas, el despacho transparente de un imán en Estambul, encuentros con el Mediterráneo más amistoso imaginable, navegaciones de amanecida y noches frías de aeropuerto. Y muchas fotos, de las cuales tal vez la más hermosa fue la que no pudimos hacer.

Todo irá cayendo, está prometido. Pero tal vez ya para el regreso, cercano y tampoco temido.

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Sarakiniko, cartel de Milos

Ulyfox | 12 de septiembre de 2014 a las 0:22

Vista de la playa de Sarakiniko.

Vista de la playa de Sarakiniko.

Rodeada de blanco.

Rodeada de blanco.

Para cosas como esta es para las que mucha gente viene a Milos. Para acudir a ver la playa de Sarakiniko. Bañarse en ella es ya algo más complicado. En realidad, es sólo un trocito de arena, dos pasos, unos metros en los que el mar se adentra en la tierra, rodeado de piedras blancas que reflejan el sol de una manera casi tortuosa. Y tiene que soportar la visita de centenares de personas en verano, grupos de turistas de todas las nacionalidades que se sienten atraídos por esta rareza: rocas erosionadas por el viento, de un blanco casi inmaculado, con las formas que el capricho del viento modela.

En el fondo es una playita.

En el fondo es una playita.

Aunque con un camino lunar.

Aunque con un camino lunar.

Tuvo que ser un gusto venir a esta playa cuando Milos no estaba de moda. Ser de los primeros y pocos en asombrarse. Ahora es una excursión y una fila de gente, algunas de las cuales desafían las leyes de la natural tendencia que tiene el ser humano al confort, y se tiran frente al sol sin una mínima sombra. Y eso significa MUCHO calor en esta sartén de piedras que reflejan la luz del mediodía.

Los turistas la tomamos al asalto.

Los turistas la tomamos al asalto.

Tomando el sol en cualquier lado.

Tomando el sol en cualquier lado.

 

Pero es hermoso, sin duda.

Pero es hermoso, sin duda.

Pero es, admitámoslo, asombroso el paisaje. Casi como una Capadocia en el mar, pasto para fotos y para posados estrambóticos de turistas captores de imágenes. Es espléndido cómo la naturaleza se mostró de pródiga con Milos, y cómo ahora esta isla torturada durante siglos, saca ahora rentabilidad de lo que la hizo sufrir. Bienvenido sea, y aprovechemos para hacer fotos.

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En Milos, isla de moda

Ulyfox | 8 de septiembre de 2014 a las 20:09

Barcas en la bahía de Adamas.

Barcas en la bahía de Adamas.

Todas las tardes, Voula riega el patio anterior de su minicomplejo hotelero: seis habitaciones limpias y claras frente a la bahía de Adamas, en la isla de Milos. El Villa Zampeta (http://www.villazampeta.gr/)  es uno de los cientos de establecimientos que ofrecen alojamiento en este lugar famoso en todo el mundo por un personaje que ya no vive aquí, la Venus de Milo, Afroditi tis Milou para sus actuales habitantes, que no parecen añorar mucho a su ilustre vecina, tal vez orgullosos de que haya conseguido vivir nada menos que en París, en una de las salas más visitadas del Museo del Louvre. A fin de cuentas, esta, como tantas islas griegas, está acostumbrada a que sus naturales emigren, huyendo de la antigua pobreza. Ahora no, ahora quizá ya no. Milos está de moda como destino turístico, y esto da trabajo a mucha gente casi la mitad del año. Nosotros, asiduos visitantes del mundo heleno, nunca habíamos estado en esta isla, perteneciente a las Cícladas Occidentales, y que comparte todas las características de las Cícladas con sus compañeras: su origen volcánico, sus tierras más bien secas, sus casas y calles blanquísimas, las cúpulas de las iglesias, los molinos de viento… pero con la particularidad de sus extrañas formaciones rocosas en la costa, lo que atrae a miles de visitantes. Ahora estamos acabando cinco días de estancia, y nos ha sorprendido la cantidad de gente, de italianos y ¡españoles! que visitan la isla. En esta época del año, primeros de septiembre, hay muchísimos turistas, e imaginamos que en agosto debe de ser incluso incómodo.

Nosotros llegamos el último día de agosto. Fue un largo viaje que incluyó avión desde Sevilla a Barcelona, otro desde la capital de Pujol a Atenas y otro desde la capital del mundo clásico a Milos, a la que llegamos a las siete y media de la mañana. Eso significó una noche sin dormir y un sueño que nos duró todo el día, pero también la demostración de que todavía estamos en condiciones de hacerlo. Bien.

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Villa Zampeta está a un paseo de cinco minutos del puerto donde atracan los barcos de pasajeros constante y diariamente. Voula es su dueña, es charlatana y dispuesta a contar su vida al que llegue. Dice que es feliz en su trabajo, y es fácilmente creíble: recibe a la gente, las acomoda, les da indicaciones, les invita a café o fruta, les aconseja qué cosas visitar y donde comer. En septiembre, toda su familia ya está en Atenas, pero ella se queda aquí hasta que acabe la temporada, allá por octubre, y dice que le encantaría quedarse en invierno. Prefiere esta vida a la ajetreada capital donde sus hijos están en el instituto. La entendemos perfectamente.

Desde nuestra habitación en el Villa Zampeta.

Desde nuestra habitación en el Villa Zampeta.

Voula nos recomendó encarecidamente visitar el Museo de la Minería de Milos, y se lo agradecemos profundamente. Tras la visita, le dijimos que nos había encantado el sitio, que con gran claridad y amenidad expone la historia, los orígenes y el significado de la minería en esta isla horadada durante siglos y hoy todavía uno de los primeros productores mundiales de perlita. La visita al museo incluye un vídeo imprescindible en el que hombres y mujeres ya mayores cuentan su vida como mineros, su dura vida de largas horas de trabajo que daban para sudar y morir joven, pero también para coqueteos, chistes y momentos de canto. Uno de los protagonistas del documental, un hombre muy viejo con una voz agudísima y dificultosa relata sus dificultades en esa tóxica actividad, pero al final saca un cigarro, lo enciende con mano temblorosa y arroja en un gesto chulesco el encendedor al interior del bolsillo superior de su camisa, luego exhala el humo con gran satisfacción y con una risa feliz dice: “Hay que disfrutar de lo que uno tiene en su pobreza”.

Adamas, el puerto principal de Milos, muy de mañana.

Adamas, el puerto principal de Milos, muy de mañana.

Voula corrobora que era una vida difícil, y lo sabe bien. Nos cuenta que su padre es uno de los antiguos mineros que aparecen en el documental, justo el que al final canta una canción en la que dice algo así como “Si los buenos tiempos pudieran volver, yo correría en su busca”. Ahora no, ahora ya no es tan dura la vida en esta isla llena de turistas y, quién lo diría, de moda. De ella tendremos tiempo de hablar. Tranquilos, en próximos días.

Amaneciendo en el aeropuerto de Milos.

Amaneciendo en el aeropuerto de Milos.

Un día de playa en San Vito lo Capo

Ulyfox | 29 de agosto de 2014 a las 13:57

Vista general de la magnífica playa de San Vito lo Capo.

Vista general de la magnífica playa de San Vito lo Capo.

No hubo muchos, pero sí algunos señalados en la agenda como lugares y fechas para ir a la playa en nuestra última visita, allá en junio a Sicilia. Uno de ellos era sin duda San Vito lo Capo, indicada por todos como una de las mejores playas de esa isla italiana, allí casi en la punta noroeste, una flecha de rocas y una cumbre que recuerda a ciertas vistas de Gibraltar.

Salimos a visitar San Vito desde nuestra estancia en Trapani (tenemos pendiente hablar de esta curiosa y casi gaditana ciudad costera de sal y atún), más o menos a tres cuartos de hora de carretera, buena parte de ella por la costa. De esta ciudad nos interesaba, ya queda dicho, su playa, una larga media luna de arena dorada y agua increíblemente azul famosa en toda Italia. Siempre me ha llamado la atención la organización de las playas en este país. En muchos lugares es imposible acceder por tu cuenta y libremente. Sólo las más grandes habilitan lugares de instalación libre. En el resto, los espacios están ocupados por instalaciones privadas, de mayo o menor tamaño, en las que tienes que pagar por utilizar sus servicios, muy bien arreglados por otro lado, que suelen llamarse ‘lidos’, denominación que suena a Venecia y a nombres de salas de fiesta en capitales antiguas. Hamacas, sombrillas, duchas, vestidores, suelen ir incluidos en el precio de la entrada, no demasiado caro. Y además, tienen sus restaurantes. Recuerdo alguno especialmente glorioso de calidad, tamaño y servicio en Cefalú. Curiosamente, en San Vito los lidos no tenían restaurante, pero igualmente pudimos almorzar al otro lado de la carretera en la playa.

 

Con un azul infinito.

Con un azul infinito.

Los italianos adoran la playa. Y el ambiente de familias, sombrillas y sonidos les dan un aire a lo Fellini en ‘Amarcord’, como un estilo que nunca morirá. Era finales de junio, en un día entre semana, y estaba llena a rebosar. Y en su casi totalidad eran italianos, parejas con sus niños y sus suegros. Los lidos le dan un aire de uniformidad, puesto que uno se distingue de otro fundamentalmente por el color de sus sombrillas y hamacas.

San Vito lo Capo, junto al pueblo del mismo nombre,es bellísima, y el azul de su agua impresiona incluso a los más curtidos en bañarse en azules. El día empezó soleado pero desde el primer momento se vio que las nubes querían también estar presentes. Primero la más gorda se agarró a la cumbre del gran promontorio y a ella se fueron imantando las demás. Las horas más calurosas transcurrieron en un juego entre claros y grises que proporcionaba una agradable temperatura. Luego, poco a poco, la bruma se fue haciendo la dueña en las alturas.

Pobladísima a finales de junio entre semana.

Pobladísima a finales de junio entre semana.

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Leer el periódico como sea...

Leer el periódico como sea…

 

De un día de playa hay normalmente pocas cosas que contar. Durante los meses de verano aquí en Cádiz, no pisamos la arena. Se nos hace un mundo hacer los preparativos de sombrilla, nevera y sillas y sobre todo la perspectiva de buscar un lugar al coche entre tantos miles. Las cosas del trabajo hacen que sólo dispongamos de tiempo algunos fines de semana, precisamente cuando más gente toma al asalto las playas, cuando el caos y las multitudes se desordenan más. Y por eso anhelamos la tranquilidad de septiembre en las islas griegas. Ahora nos vengaremos. En San Vito, la regulación del aparcamiento en el pueblo y el orden en los lidos hacen que todo sea, curiosamente, más cómodo.

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Al final del día, se retira todo el material de playa.

Al final del día, se retira todo el material de playa.

Cuando el día se hizo demasiado oscuro por las nubes y la hora, cuando el personal de los servicios empezaba a recoger el material de playa, decidimos levantar también nosotros nuestros reales y volver a la salada, hermosa y bien surtida de gastronomía Trápani. Os contaremos próximamente, pero antes, ya mismo, nos vamos a Grecia y Turquía.

Nos vamos hablando. Felices vacaciones a los que empiecen y leve retorno a los que acaben

La punta noroeste de Sicilia es espectacular.

La punta noroeste de Sicilia es espectacular.

 

Erice, en las nubes

Ulyfox | 24 de agosto de 2014 a las 19:53

Hacia Erice, en el teleférico, abajo la soleada Trapani.

Hacia Erice, en el teleférico, abajo la soleada Trapani.

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Dicen las guías que en Erice, ese pueblo medieval amurallado y encaramado a casi 600 metros de altura junto a la costa de Trapani, el día puede empezar soleado y luminoso y sumirse de pronto en la oscuridad más absoluta a causa de las nubes, para terminar siendo un mirador privilegiado para un atardecer clarísimo. Así de cambiante es el tiempo. Lo dicen las guías y lo comprobamos nosotros, que muy dispuestos nos montamos en el práctico teleférico que sube al pueblo desde el extrarradio de Trapani. Allá abajo dejamos el coche alquilado en un aparcamiento de pago doble. Doble porque lo haces en la máquina dispuesta a tal efecto, y porque siempre hay un par de espontáneos vigilantes que se presta a explicarte (?) cómo se echa la moneda y se obtiene el ticket. Al fin y al cabo estamos en Sicilia, la patria de la Mafia, y les dejas un euro de más, no vaya a ser que se lo tomen como un asunto de negocios y nada personal.

Ante la catedral ya se empezó a cubrir el cielo... y los hombros.

Ante la catedral ya se empezó a cubrir el cielo… y los hombros.

El hermoso rosetón de la catedral, visto desde el campanario.

El hermoso rosetón de la catedral, visto desde el campanario.

Sobre los tejados de Erice.

Sobre los tejados de Erice.

Pues eso, que hicimos el espectacular ascenso colgados en la cabina transparente desde el mar y las salinas hasta las alturas de Erice, y desembocamos en la puerta amurallada. Desde el sol tenue hasta la nube más gris pasando por todos los tonos del gris. Entramos en la villa de pasado aragonés y calles de piedra, contemplamos la bella y sobria catedral de definido estilo gótico junto a la alta torre campanario, y la osada vestimenta veraniega que llevábamos se reveló enseguida como muy insuficiente, y un par de pañuelos para los hombros de las damas no bastaron. Yo quizá iba más acalorado porque había subido hasta lo alto del campanario, por una estrecha, retorcida y empinada escalera interior de caracol. De nuevo nos asombramos de la previsión de los otros turistas, que de pronto y en nutridos grupos se abrigaron contra la niebla con estupendas chaquetillas marineras. Nosotros, otra vez, pecamos de meridionales. Todo era ir subiendo las empinadas callejuelas de Erice e ir metiéndonos en la nube, hasta que ya en la plaza principal nos descubrimos rodeados como por una humareda que pasaba rauda. No era humo, sino niebla, una humedad que se metía por todos nuestros desprotegidos poros. El gris nuboso que difuminaba los colores y apagaba los sonidos le daba un aire aún más medieval al sin duda hermoso escenario, más propio de la norteña Toscana que de la sureña Sicilia.

Decoración de una fachada de Erice.

Decoración de una fachada de Erice.

La calle principal de Erice (Corso Vittorio Emmanuelle) sube siempre.

La calle principal de Erice (Corso Vittorio Emanuele) sube siempre.

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Penélope en Erice.

Penélope en Erice.

Habíamos pensado almorzar en alguna terraza o mirador de los que se aparecían ante nuestra vista, pero ciertamente la temperatura y el enjambre turístico en que se convirtió de repente el enclave, que en otros tiempos albergara templos dedicados al carnal culto de la erótica Venus, nos desanimaron un poco. La cosa se limitó a una cerveza muy fría (literalmente) bajo las sombrillas de un local para guiris. No puedo recordar nada muy especial de este pueblo, bonito sí, que figura en todas las recomendaciones sicilianas, pero que no guardaré entre mis cientos de lugares imprescindibles de esta isla singular y única. Tal vez le faltó el sol que habría dejado ver la espectacular costa desde su defensiva altura. Y le sobró humedad, sin duda.

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En una iglesia de Erice

Exterior e interior de una iglesia de Erice.

La niebla empezó a atraparnos en la plaza principal.

La niebla empezó a atraparnos en la plaza principal.

Pareció darnos una tregua...

Pareció darnos una tregua…

 

... pero era una trampa.

… pero era una trampa.

No es un parque centroeuropeo sino siciliano.

No es un parque centroeuropeo sino siciliano.

Compramos algunos recuerdos, hicimos muchas fotos, claro, cumplimos con el recorrido y visitamos iglesias y monasterios en ruinas, pero no nos acercamos al Castillo de Venus, situado en el lado más azotado por el viento y la niebla, que juntos formaban una especie de ducha que arrugaba los folletos y el mapa que nos dieron en la oficina de información, y alisaba los bellos rizos naturales de Penélope. Tal vez si hubiéramos ido hasta la fortaleza construida por los normandos habríamos contemplado ese efecto que los lugareños llaman ‘el velo de Venus’, cuando la bruma envuelve sus torres sobre el risco. Pero no. En lugar de eso, nos dirigimos al teleférico en busca de la cálida costa, allá abajo.

Últimas visiones de Erice.

Últimas visiones de Erice.

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Segesta, un templo en un valle

Ulyfox | 18 de agosto de 2014 a las 14:08

El templo de Segesta, allá arriba, pero en un valle.

El templo de Segesta, allá arriba, pero en un valle.

Fue una parada, pero necesaria, un desvío inevitable. Íbamos de Marsala a Trapani, pero antes de entrar en la capital de la Sicilia occidental, teníamos que ver Segesta, en realidad sólo el templo de Segesta, prácticamente lo único que queda de aquella ciudad antaño grandiosa, enemiga de Selinunte (ver entrada anterior) y cuyos habitantes, los élimos, afirmaban descender de los antiguos troyanos. Esa rivalidad acabó con ella, y ahora sólo (aunque ya quisiéramos) se puede ver ese hermoso templo dórico probablemente nunca acabado, y un poco más arriba, los restos del teatro.

Esplendor del dórico, de nuevo.

Esplendor del dórico, de nuevo.

Hacía un día no totalmente soleado y bastante ventoso y eso tal vez animó a demasiada gente a abandona la idea de una jornada playera y acercarse a ver una de las maravillas del rico pasado siciliano. Y estaba el yacimiento igual que una feria. Pero aun así, encontramos el hueco necesario para hacer fotos en las que pareciera que estábamos solos. No fue fácil, no creáis.  Había que subir por un camino casi sin sombra, y el calor apretaba pese a todo. Parece inevitable pasar sofoco cuando uno visita unas ruinas ¿verdad? Se imagina uno una hilera de columnas y casi empieza a sudar. Normalmente, el calor merece la pena, pero podrían colocarlas en lugares menos desolados. Está Segesta en un valle fértil, no obstante, y se imagina uno que sus habitantes deberían vivir bien, rodeados de feraces campos como los que se ven desde sus bien proporcionadas piedras.

Ante el solitario templo

Ante el solitario templo

Segesta es uno más de los numerosos ejemplos que hay en Sicilia, y repartidos por el sur de Italia, de la grandeza de la que fue llamada Magna Grecia, el producto de la expansión de un pueblo navegante y comerciante que llegó a fundar colonias en Andalucía y que puso también sus pies en la antigua Cádiz. No dejaron por aquí, desafortunadamente, ejemplos como este de Segesta, o los de Selinunte y Agrigento en la propia Sicilia, o en Paestum, allá cerca de Nápoles.

Sabían donde elegir sus ciudades.

Sabían donde elegir sus ciudades.

Tiene la arquitectura griega clásica tres órdenes, como bien sabeis, el dórico, del que este templo de Segesta es un perfecto ejemplo y cuya cumbre está en el Partenón; el jónico, por lo que sea el menos extendido, y el corintio, que fue el que más gustó a los romanos, razón por la cual lo copiaron por todo su imperio durante siglos. Para mí, el dórico es el que más se me asemeja al espíritu griego: sencillo y a la vez perfecto en sus proporciones, nada grandilocuente, directamente bello. Y da para admirarse por el genio de aquellos griegos, que inventaron una forma de construir que pervive hasta nuestros días, que fue copiada durante siglos y que todavía en el XVIII dio origen al neoclásico. Aún hoy, cualquier arquitecto podría colocar un frontón  sobre una puerta o una ventana y a nadie extrañaría. Si no, que se lo digan al catalán Ricardo Bofill, por ejemplo. Ese es el significado de clásico, claro: lo que es eterno y digno de imitación.

Líneas perfectas y milenarias.

Líneas perfectas y milenarias.

Y más líneas perfectas...

Y más líneas perfectas…