Entrando por la Sublime Puerta

Ulyfox | 13 de noviembre de 2014 a las 14:25

La Mezquita de Sultanahmet, también llamada Mezquita Azul...

La Mezquita de Sultanahmet, también llamada Mezquita Azul…

... y enfrente, Santa Sofía.

… y enfrente, Santa Sofía.

La verdad es que estaba deseando escribir de Estambul. Era, fue nuestra única excursión fuera de territorios griegos en este pasado septiembre. Pese a todo, pese al gentío, pese a la invasión turística desconocida en nuestra anterior visita mucho antes de que a todo el mundo le diera por ir a todas partes, mucho antes de esta explosión viajera global de los últimos tiempos, pese a todo eso, Estambul es una ciudad asombrosa, todo un mundo felizmente inabarcable, una catarata de sensaciones, una sucesión de experiencias colectivas y a la vez íntimas, como si uno aspirara a buscar su lugar entre las multitudes y terminara descubriendo que, en esta ciudad, lo personal se desarrolla sumergiéndose en la marea humana, que en Estambul, la vieja Constantinopla, la antiquísima Bizancio, se mueve con las descomunales corrientes de la Historia.

Obelisco egipcio en el Hipódromo, ante los minaretes de Sultanahmet.

Obelisco egipcio en el Hipódromo, ante los minaretes de Sultanahmet.

Llegamos a la capital turca, la de tantos nombres, desde La Canea, en Creta, pasando por Atenas. Era una hora muy buena, a mediodía, cuando aterrizamos en el moderno aeropuerto internacional Ataturk, y poco después circulábamos por las amplias avenidas de la parte moderna, con un aspecto occidental y limpio. De pronto, poco después de las murallas, el taxista giró a la izquierda, y fue como si hubiera doblado una esquina de los siglos. Entró en el recinto histórico y lo que eran antes llanas calzadas se convirtieron en retorcidas, estrechas y empinadas callejuelas. Nos parecía imposible que el conductor supiera por dónde y a dónde iba en ese subir y bajar cuestas. Pero sí, al poco tiempo aparecimos casi en la puerta del Hotel Saphire ( http://www.hotelsapphire.com/ ) un establecimiento mejorable pero con bonitos detalles, un poco demasiado oriental en la decoración, pero con un agradable recibimiento y estupenda disposición del personal. Además, está situado en el meollo de la parte más turística, y en muchos sentidos más impresionante, de la ciudad, es decir en Sultanahmet. Allí mismo, a un paso, están el palacio de Topkapi, la Mezquita Azul, el Hipódromo, la Basílica de la Cisterna, Santa Sofía…

A las puertas de la Divina Sabiduría.

A las puertas de la Divina Sabiduría.

¡Ah, Santa Sofía!, Ayia Sophia, la iglesia de la Divina Sabiduría. Modelo de tantas cosas, asombro de muchas otras, iba a ser nuestra primera visita, pero nos demoramos haciéndola aún más interesante, paseando por la explanada de Sultanahmet, disfrutando la competencia enfrentada de siglos entre la imponente iglesia, luego templo musulmán y ahora museo, con la retadora Mezquita Azul allí al otro lado de la plaza repleta de gente. Antes había que tomar una cerveza, la riquísima Efes turca, paladeando la arrolladora atención de los camareros de ese país. Y también había que darle un margen y una satisfacción al estómago, sufriente desde la muy temprana hora en que salimos de Creta. Y de paso, darle un margen a los ingentes grupos de turistas y cruceristas que hacían unas desalentadoras colas ante los monumentos. Reparamos nuestra hambre con unas exquisitas albóndigas (köftes) en un lugar curioso y que no falla, el Sultanahamett Koftececisi, allí cerca. Prácticamente sólo se come eso, acompañado de ensalada de judías o de arroz. Ideal como tentempié barato.

Albóndigas exquisitas para coger fuerzas.

Albóndigas exquisitas para coger fuerzas.

Y ya sí, ya fue llegada la hora de aprender algo de la Divina Sabiduría, ya la cola, que aún era considerable, había disminuido. Tengo una debilidad por este templo levantado de manera casi imposible hace mil quinientos años, por su desmayante cúpula que desafía el vacío a 56 metros de altura, por sus galerías de columnas antiquísimas, por los ecos del Imperio Romano de Oriente que aún se oyen en sus espacios. Sabía lo que iba a ocurrir en cuanto traspasara su umbral, llevaba preparando el suspiro desde que aprendí de este edificio incomparable en mis libros de Historia del Arte, desde que entrené en una anterior visita hace ya tanto, y lo comprobé en cuanto entré de sus pórticos y levanté la vista. Sé que a la mayoría le impresionan más la Mezquita Azul o la de Suleimaniye, o el serrallo de Topkapi, pero yo soy un devoto admirador de este templo de Constantinopla que imitaron sin descanso todas las mezquitas de la que luego se llamó Estambul y después del imperio otomano, logrando, como mucho, acercarse al dominio de su espacio espiritual.

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Mil quinientos años después, Santa Sofía aún luce así.

Mil quinientos años después, Santa Sofía aún luce así.

Pretendíamos y logramos en ese día visitar lo imprescindible de esa área mágica, el largo Hipódromo y sus columnas, la seductora Mezquita Azul, tan amable, tan acogedora de alfombras y pies descalzos, tan luminosa del color que domina su interior y que le da nombre a pesar de que el oficial sea el de Sultanahmet, la elegancia no impertinente de sus altos alminares, la constatación de la imitación de la cúpula de Santa Sofía, la paz importunada por muchos de nosotros visitantes.

Cascada de cúpulas y semicúpulas en Sultanahmet.

Cascada de cúpulas y semicúpulas en Sultanahmet.

En el magnífico patio de Sultanahmet.

En el magnífico patio de Sultanahmet.

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Dos imágenes del magnífico interior.

Dos imágenes del espléndido interior.

Un refrescante zumo de granada a la salida de la Mezquita.

Un refrescante zumo de granada a la salida de la Mezquita.

Y también, después de tomarnos un delicioso y ácido zumo de granada, ya sin colas casi a la caída de la tarde, la bajada a la Basílica de la Cisterna, en realidad un gran aljibe construido en los tiempos de Justiniano, una belleza de cientos de columnas de todos los estilos destinada a recoger miles y miles de litros de agua para el abastecimiento de la siempre gran ciudad, algo que durante siglos fue casi un secreto y que ha caído también víctima de la voracidad turística. Hace muchos años, visitamos casi solos este inmenso manantial junto a la calle Yerebatan. Esta vez, anduvimos por las pasarelas sobre el agua acompañados de familias enteras procedentes de todos los continentes y casi de todos los planetas. No quisimos imaginar lo que habría sido este paseo subterráneo a una hora punta de agosto. Sólo puedo decir que, a diferencia de los dos casos anteriores, aquí la magia desapareció. Las dos enormes cabezas de Medusa que soportan un par de columnas, y que antes había que buscar o adivinar medio hundidas, ahora han sido señalizadas, y aisladas del agua para que se puedan fotografiar ¿mejor?

La Cisterna de Yerebatan.

La Cisterna de Yerebatan.

 

La cabeza de Medusa que sostiene una de las columnas de la Cisterna.

La cabeza de Medusa que sostiene una de las columnas de la Cisterna.

 

Nos recogimos contentos de este primer e intenso contacto con la capital turca, cansados tras un largo día que empezó a las cuatro de la mañana en Creta, llenos de promesas para las cuatro jornadas que nos esperaban en esta ciudad eterna, Bizancio, Constantinopla, Estambul, la Sublime Puerta a tantas cosas.

Descanso en la Mezquita Azul.

Descanso en la Mezquita Azul.

El monasterio invisible

Ulyfox | 7 de noviembre de 2014 a las 13:51

Entrada al monasterio Gouvernetos, cerrado por obras de restauración.

Entrada al monasterio Gouvernetos, cerrado por obras de restauración.

No es culpa del monasterio de Gouvernetos, seguramente, el que no hayamos podido todavía visitarlo en nuestras numerosas visitas a Creta. El monasterio está situado en la bella península de Akrotiri, cerca de La Canea, una zona muy interesante de visitar, por sus centros religiosos de estilo veneciano y por sus magníficas playas. Además alberga el aeropuerto y el emocionante cementerio de las tropas aliadas que participaron en la Batalla de Creta, durante la Segunda Guerra Mundial. Nos gusta recorrer la península, pero no hemos logrado entrar en ese monasterio.

Lo que pude fotografiar de la fachada de la iglesia y el patio del monasterio.

Lo que pude fotografiar de la fachada de la iglesia y el patio del monasterio.

Llegar a Gouvernetos es sencillo, está muy bien indicado aunque la parte final de la carretera discurre durante sus últimos metros por lugares muy estrechos y pegados a las rocas. Esto, simplemente, lo hace más hermoso y fuera de temporada le da un aire aún más apartado y monástico. La primera vez que lo intentamos nos encontramos con la dificultad de su restringido horario. Simplemente, llegamos tarde, y en eso los pocos monjes son estrictos. Nos quedamos fuera. La segunda vez, este pasado septiembre, íbamos con la lección aprendida, y llegamos antes de las 12 del mediodía. Pero tampoco pudo ser: el monasterio estaba en restauración y no era posible la visita. Menos mal que me atreví a saltarme la cuerda de seguridad unos metros y me acerqué a la entrada del patio. Lo suficiente para robar un par de fotos de su acogedor patio y de la hermosa fachada veneciana de su iglesia. Y para proponernos intentarlo de nuevo otra vez, porque los monasterios cretenses son amistosos y reparadores.

La capilla troglodita a mitad del descenso.

La capilla troglodita a mitad del descenso.

Es famoso también Gouverneto por dos ruinas que están en sus cercanías, siguiendo un sendero pétreo, sencillo al principio y bastante escarpado luego, hacia el mar. El camino pasa por una cueva convertida en capilla por los monjes, y continúa hasta una pequeña cala junto a la que están los restos de lo que llaman katholikon, que viene a ser como una iglesia medio escarbada en la roca y junto a un puente sobre la garganta. Nos decidimos a emprender el camino, pero sólo llegamos hasta la mitad, donde está otro ejemplo de la afición de los ortodoxos griegos por instalar iglesias en huecos naturales, aprovechando las hendiduras de las rocas o en lo alto de colinas casi inaccesibles.

Comprenderéis que prefiriésemos esto: la playa de Stavros.

Comprenderéis que prefiriésemos esto: la playa de Stavros.

Dudamos si seguir hasta el final, pero la llegada desde abajo de un hombre de mediana edad con la cara roja y el cuerpo empapado en sudor, que dijo haber hecho el camino completo y no parecía muy entusiasmado con lo visto, más la constatación de que aún quedaba más de media hora para ese punto y que luego habría que rehacer lo andado y cuesta arriba, junto con el calor que hacía a esa hora nos hicieron dejar la intentona para otra ocasión. A cambio, nos dirigimos hacia la playa de Stavros, una maravilla transparente, pero famosa, más que por eso, por haber servido de paisaje para la famosa escena final de ‘Zorba el griego’, en la que Anthony Quinn baila el conocidísimo sirtaki creado para la ocasión por Mikis Theodorakis. Allí pasamos el día, con un almuerzo no muy recordable, y numerosos baños incoloros, hasta que regresamos a la dorada Canea y su atardecer.

La auténtica playa de Zorbas.

La auténtica playa de Zorbas.

 

Y el atardecer en el puerto veneciano de La Canea.

Y el atardecer en el puerto veneciano de La Canea.

Las alegrías de la guía

Ulyfox | 2 de noviembre de 2014 a las 21:33

Una mañana radiante en Kato Zakros desde los apartamentos Terra Minoika.

Una mañana radiante en Kato Zakros desde los apartamentos Terra Minoika.

La Canea, septiembre de 2014.

La Canea, septiembre de 2014.

Antes de volver a Creta este pasado septiembre fantaseábamos con la idea de ir paseando por alguna de sus ciudades, pueblos o playas y encontrarnos de pronto con alguien que llevara nuestra guía (ya sabéis, esta: http://www.anayatouring.com/Guias/creta/ ) y presentarnos como los autores, y comentar cosas, y contar nuestra historia, y si hiciera falta dar algún consejo sobre la marcha, y preguntarles temerosos si les había gustado… ¡Pues nos pasó! Y no una sino dos veces.

 

Cenando en el Glossitses de La Canea con Isabel y Santiago, dos de nuestros lectores.

Cenando en el Glossitses de La Canea con Isabel y Santiago, dos de nuestros lectores.

Bien es verdad que una de ellas ya la teníamos preparada. Una pareja de León, Isabel y Santiago, nos escribió hace un tiempo diciéndonos que habían comprado la guía y que se iban a Creta con ella. La feliz casualidad era que coincidía su estancia con la nuestra, así que nos citamos en La Canea en lo que luego resultó una hermosa y larga velada de charla, vino, mejillones, pulpo y sardinas que empezó en una cervecería del puerto, continuó en el maravilloso restaurante Glossitses con la especial atención de su dueño, Christos, y finalizó en el hotel Helena, que coincidentemente también compartimos. Isabel y Santiago parecían encantados con Creta y excuso deciros que eso no nos sorprendía en absoluto. Comentamos la belleza de la isla, la amabilidad de sus gentes, la excelencia de su acogedora hostelería y nosotros participábamos en la conversación con la complacencia de quien oye hablar bien de los suyos. Naturalmente, de aquello derivó un gran deseo de devolver la visita en León. Seguro.

El otro encuentro fue una deliciosa sorpresa en uno de nuestros lugares favoritos de Creta, Kato Zakros, en el extremo oriental, en donde pasamos dos noches invitados por Stella e Ilías, los afortunados dueños de los aparatamentos Stella y Terra Minoika, un paraíso que es como un compendio de la isla con su playa, sus olivares, su garganta, sus tabernas y su importantísimo palacio minoico en unos pocos cientos de metros cuadrados. Esa noche habíamos ido a cenar a la Taberna Nostos porque habíamos resuelto despedirnos del lugar con una kakaviá (suprema sopa de pescado). El dueño, el charlatán Christóforo, ya nos conocía de anteriores ocasiones y había visto también la guía, al igual que sus hijos Angelikí y Kostas. Cuando la hija nos vio llegar nos dijo: “Os tenemos una sorpresa”, sin añadir nada más. Pero al entrar en la preciosa terraza junto al mar vimos en una mesa la inconfundible portada roja del libro, y sentados ante ella a una pareja muy joven. “¡Ah, mira!”” exclamó Penélope, y la argentina Alfonsina y el catalán Charli volvieron la cabeza y nos sonrieron. “¿Sois vosotros los autores?”, preguntó el joven, y nos explicó que habían estado almorzando y que Christóforo les contó que estábamos allí y que por la noche iríamos a su taberna. Y nos esperaban, y nos dieron la satisfacción de decirnos que estaban en ese pueblo y esa taberna, precisamente porque la guía lo recomendaba.

Cantando con Christóforo en su taberna, Nostos, en Kato Zakros.

Cantando con Christóforo en su taberna, Nostos, en Kato Zakros.

El zalamero dueño apareció entonces y volvió a hacer las presentaciones. Y eso dio lugar, naturalmente, a una cena enorme de sabrosísima sopa, y vasos de rakí prolongados. En un momento dado Christóforo contó que su hija se casaba en diciembre, y que había puesto dos condiciones para la boda: que, en contra de la costumbre, no hubiera pistolas ni disparos al aire, y que, otra tradición, Angelikí no tuviera que bailar con todos y cada uno de los parientes y amigos del novio. Y que a cambio, él iba a cantar en la boda. “Porque yo soy cantante -dijo- y tengo varios premios”. Ahí me vine arriba, tal vez por el abundante rakí, y le entoné un estribillo griego para ponerlo a prueba: “An zimizís t’oniró mou, se perimeno narzís…“, que no es otra que la versión original en griego del gran Mikis Theodorakis de la Luna de miel que luego cantaron en español Gloria Lasso y Paloma San Basilio: “Ya siempre unidos, ya siempre, mi corazón con tu amor…“. (Aquí os podéis hacer una idea de lo bien que suena en griego, por Yiannis Parios en el auditorio de Likabitos, casi en el cielo de Atenas:  https://www.youtube.com/watch?v=L7W_s5oZiH8  ). Christóforo recogió el guante y los dos completamos la estrofa enlazados por los hombros. Y luego siguió también un trozo de Ítane mia forá de Nikos Xylouris, y un amago de Los niños del Pireo. Por supuesto, después de los cantos regionales y de la exaltación de la amistad, nos invitó a la cena.

Otra tarde más en La Canea.

Otra tarde más en La Canea.

No habían terminado las alegrías proporcionadas por nuestra pequeña pero bienamada obra. Ya en La Canea, nos llegó que el dueño de la librería Mediterráneo, en el puerto veneciano, quería hablar con nosotros de la guía, que se vendía en su establecimiento y que le había gustado mucho. Y era verdad, puesto que después de comentar lo que él entendía como cualidades del libro, nos hizo una sorprendente propuesta: que era una pena que sólo estuviera en español, a fin de cuentas un idioma minoritario entre los visitantes de Creta, y que estaba dispuesto a traducirla a otros idiomas más usados como el inglés, el alemán, el italiano o ¡el ruso!, que la traducción y la distribución correrían por su cuenta… Lo paramos, claro, eso no dependía de nosotros, sino de la editorial. Insistió en que lo pusiéramos en contacto con ésta… y ahí estamos: la propuesta está en manos ahora del director general de Anaya Touring. No creemos que llegue a buen puerto la cosa, pero ¿quién sabe?

La Canea, veneciana y turca, la joya de Creta. Para daros las gracias.

La Canea, veneciana y turca, la joya de Creta. Para daros las gracias.

Y lo último, no os canso más, ha sido a nuestra vuelta. Nuestra querida editora Ana López nos comunicó hace unos días que la guía está ¡AGOTADA! y que están pensando en una reimpresión para finales de año. No hay ejemplares en sus almacenes, pero seguramente sí quedarán en los puntos de venta. De todas formas, según ella es algo inusual para un destino como Creta, en el que los comerciales de la compañía no confiaban. Afortunadamente, sí confiaron los que más saben: el hasta hace muy poco director de Anaya Touring, Pedro Pardo (vaya usted a saber por qué dejó en manos de un desconocido la escritura de esta guía…)  y la propia Ana. ¿Qué más podemos pedir en apenas siete meses de vida de esta modesta obrita? ¿Cómo os podemos dar las gracias?

Celebración capital

Ulyfox | 29 de octubre de 2014 a las 2:01

La Gran Vía, y debajo, la plaza de Callao y la calle Princesa.

La Gran Vía, y debajo, la plaza de Callao y la calle Princesa.

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Ha sido con un motivo lleno de 30 razones, una por año, al menos, un aniversario, 30 causas que celebrar, ya sabéis. Y nos fuimos a Madrid el fin de semana. Siempre nos ha gustado la capital, desde aquellos lejanos años de carrera, aquellos jardines de la Complutense que no he vuelto a visitar. Muchas veces es Madrid una parada de horas para nuestros viajes, muchas veces ha sido estancia corta, lo suficiente para ver a los amigos y repasear antiguos pasos, asombrarnos de los cambios, perdernos en las calles que yo creía conocer después de cinco años de estudios. Mucha gente prefiere Barcelona, y sin embargo yo me siento comodísimo en Madrid.

No sé si sabéis qué plaza es esta.

No sé si sabéis qué plaza es esta.

Y nos fuimos a Madrid, a homenajearnos y homenajearla con lo más genuino. Intentamos un restaurante moderno y premiado, Diverxo, imposible por las reservas. Y nos dijimos ¿qué nos apetece en realidad? y nos contestamos: un buen cocido madrileño. Ahí apareció la taberna La Bola como recomendación de experto tan reputado como Peluso y corroboración de quienes viven allí desde siempre.

El Hotel Victoria, entre las plazas del Ángel y de Santa Ana.

El Hotel Reina Victoria, entre las plazas del Ángel y de Santa Ana.

Una colorida Plaza del Ángel.

Una colorida Plaza del Ángel.

Es tan fácil llegar a Madrid ahora en tren… recordé aquellos viejos tiempos de expresos y rápidos de doce horas. Ahora te plantas en el centro en poco más de tres horas y media, y con una gran calidad de asientos. Apenas el rato de repasar el periódico, echar una cabezadita y tomar algo y apareces en la siempre sorprendente Glorieta de Atocha, antaño gris de scalextric y abandono, hoy espléndidamente abierta y casi acogedora. Observé con cierta extraña alegría que el Ministerio de Agricultura, el Hotel Mediodía e incluso el Hospital ahora Museo Reina Sofía tienen ahora colores y claros. Me alegré al comprobar la supervivencia de El Brillante, de sus bocadillos y sus sándwiches que tantas cenas proveyeron, aunque se han producido las evitables muertes del bar Iris y el Agustín (inolvidables morcillas de arroz para el hambre de estudiante). Casi, casi como si fuera ayer en la noche de ese viernes contemporáneo.

Aquí se imprimió por primera vez el Quijote. Un respeto.

Aquí se imprimió por primera vez el Quijote. Un respeto.

Llegamos de noche, a un Hotel Paseo del Arte ( http://www.hotelpaseodelartemadrid.com/ ) abarrotado. Bastante bien. Enfilamos, como tantas lejanas veces, calle Atocha arriba, para entre las demasiadas tiendas asiáticas nuevas, reconocer aún la ornamentada placa que conmemora que en aquella casa de la esquina estuvo la imprenta donde se hizo la primera edición del Quijote. Reverencia. Arriba, plaza del Ángel del Café Central, plaza de Santa Ana de cervecerías rebosantes y recuerdos toreros, excelente Natural Beer, asombro por la abundancia, el Teatro Español con caras célebres en sus carteles. Y luego paseo por plaza Mayor en busca del Mercado de San Miguel, centro gastronómico que nos pareció, aun su fama, bastante artificial, un poco rota la huella en mi memoria de su arquitectura de hierro decimonónica en mis deambulares estudiantiles por el barrio de los Austrias, entonces todavía un Madrid en el que se podía respirar el aire zarzuelero o galdosiano. Fue la primera noche.

Las limpias fachadas ahora de la calle Arenal.

Las limpias fachadas ahora de la calle Arenal.

El Palacio de Oriente...

El Palacio de Oriente…

Escena en la plaza de Oriente...

Escena en la plaza de Oriente…

La plaza de la Villa...

La plaza de la Villa…

El sábado era el día. Primer turno en La Bola, es decir a la una y media de la tarde. Con tiempo para repasar antes, a la luminosa luz de este otoño, lo que entrevimos de noche. Con un desvío al Callejón del Gato a mirarnos en los espejos deformantes donde el Valle Inclán que me acompañó en Madrid vio nacer el esperpento con los ojos de Max Estrella. Que ya no son los mismos espejos, pero nos valen también para la reverencia. Con una extensión a la zona de Ópera y Palacio de Oriente, peatonalizados y tomados por los viandantes ociosos y los artistas o vividores urbanos. Aire de gran ciudad con tono amable.

El homenaje esperpéntico a Valle Inclán en los espejos del Callejón del Gato.

El homenaje esperpéntico a Valle Inclán en los espejos del Callejón del Gato.

Azulejos en las tabernas del centro.

Azulejos en las tabernas del centro.

Es La Bola ( http://www.labola.es/  ) una taberna centenaria, bella de fachada roja e interior de maderas oscuras, con camareros en blanco y negro, bien alimentados y discretamente chistosos, expertos en servir y explicar la forma de comer el cocido, sabroso y recordable, en sus tres vueltas: la sopa, los garbanzos con repollo, y la carne, con sus salsas y su ritual lento. El establecimiento ofrece una interesante posibilidad, la de pedir cocidos individuales en olla, así que nos permitimos pedir aparte un arroz a la madrileña, que no es sino este cereal hecho en el caldo y con la carne del cocido. Y lo mejor que se puede decir es que no sabemos si estaba mejor el arroz o el plato primitivo. Dos horas de disfrute tradicional, con un vino tinto de la casa bastante agradable, sus cafés, su sorbete y su aguardiente final por cuenta de la casa, por un precio muy arreglado. Os lo recomiendo desde ya como fuente de inagotables recuerdos. Me hablaron también de otro sitio, Malacatín, pero ya os digo que es imposible coger un sábado de aquí a febrero.

Ante uno de los templos del cocido madrileño.

Ante uno de los templos del cocido madrileño.

Disfrutando dentro de La Bola.

Disfrutando dentro de La Bola.

La Bola, una hermosa taberna madrileña.

La Bola, una hermosa taberna madrileña.

Lo recomendable después de esto dicen que es una siesta, pero preferimos no caer en la tentación ni librarnos del mal, y para reposar el banquete nos metimos en un cine de Callao (estupenda ‘Relatos salvajes’), y luego paseamos por la calle Preciados, Puerta del Sol, aún tuvimos ganas de merendar churros en la agigantada Churrería San Ginés… sólo nos faltó acudir al espectáculo de Lina Morgan para cumplir con el decálogo del antiguo provinciano que visitaba la capital. Disfrutamos, qué queréis que os digamos. Como lo seguimos haciendo cuando esa noche nos reunimos con amigos eternos, viejos camaradas de la Facultad por cuyas risas no pasan los años como los calendarios no muerden nuestras ganas de vernos, contarnos, asombrarnos, relatarnos, abrazarnos ni planear futuros encuentros. Por los siglos de los siglos.

Al cine en Callao.

Al cine en Callao.

Churros en San Ginés.

Churros en San Ginés.

Y sí, fuimos al Prado para despedirnos de Madrid al día siguiente, para saludar también a El Bosco, a Velázquez, a Goya… para seguir echándolos de menos en nuestro duro invierno de esta tierra eternamente aprendiza y muchas veces ignorantemente arrogante.

Despedida con arte, en El Prado.

Despedida con arte, en El Prado.

 

Aniversario

Ulyfox | 24 de octubre de 2014 a las 1:48

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Bueno, qué os puedo contar. Son 30 años y no conviene darle publicidad. A fin de cuentas, son cosas privadas, lugares secretos e intransferibles, raciones para compartir como mucho entre dos, una cama de matrimonio, habitaciones dobles, asientos juntos en el avión por favor, fumador pasivo, ¿hoy viene usted solo?, dos cafés con leche aquí, dío kafedes elinikús glikús allí, tú pides yo te llevo las bolsas, ponte a mi izquierda por favor, vale, agárrame la mano y no tengas miedo, aún llenas los huecos de mis manos, ¿tú estás bien?, dos butacas en el pasillo y por la parte de arriba, Silvio y Pablo al principio, Aquileas y Stelios siguen, sí, un balcón al puerto, yo antes no comía tanto pan, tú planeas yo llevo los planos, esos dos nos caen bien, ya sabes a quién le dejarás tu herencia, ¿y si nos vamos de aquí?, yo creo que deberíamos comprarlo, ¿podremos hacerlo algún día? hagamos cálculos ¿treinta años más? es físicamente posible, lo mejor la comida tradicional, nunca un crucero por las islas griegas ¿qué ponen bueno en el cine? ¿llamamos a los Molina? tenemos que ir a Murcia, a Bilbao, a León, qué tristes esos domingos de trabajo, sí, claro que nos tiene que tocar algún día la lotería, qué bien te cae esa camiseta esmanguillá, mira a la cámara, el domingo haré arroz negro, qué brillo más bonito en los ojos, dos chupitos de orujo, de hierbas no, blanco, ¿por qué no ahora? ya falta menos para las vacaciones, te acompaño no hace falta te acompaño, llevamos algo cada uno, ¿quieres una cerveza? hoy llegaré tarde, ve comiendo, de verdad, ¿tienes el diario? eso no es nada, seguro, yo te aparco el coche, ya hace mucho que no comemos pasta, no, nada, sólo quería hablar contigo un rato…

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Esos dos rincones

Ulyfox | 17 de octubre de 2014 a las 13:10

Penélope en Mandrakia

Penélope en Mandrakia

 

Sí, los dejamos pendiente el otro día. Más colores, de los miles e intensos que tiene Milos en sus aguas, sus playas, sus casas, sus montañas, sus antiguas calderas volcánicas. Eran otro par de ejemplos de syrmata, esas casas que los pescadores utilizan a medias para alojar sus aparejos y sus barcas cuando el mal tiempo, excavadas en la roca y con puertas pintadas de un verde, rojo o azul intensos, diría yo que de los restos de pintura que no gastan en sus barcos. Así que esta entrada es casi simplemente para dejar constancia de que existen también otros ejemplos, aparte del excelso de Klima, de este tipo de arquitectura pedestre y rupestre, bellamente pobre.

Barcas en Mandrakia.

Barcas en Mandrakia.

Se trata de Mandrakia, en el norte de la isla, apenas un rincón de huecos con puertas rectangulares. Un recurso de los pescadores que ahora atrae a los turistas, tanto para hacer la foto como para comer en el restaurante que hay arriba, junto a la blanca iglesia y frente a un mar amplio y extremadamente azul. Es el Medusa, de justa fama, creemos por la pinta que tenían los platos que iban saliendo, pero en el que nosotros sólo tomamos un café.

Una vista parcial de Firopótamos.

Una vista parcial de Firopótamos, cercada por el azul.

El otro lugar es Firopótamos, de bello nombre y aún más bella vista. La sorpresa aparece después de la penúltima curva de una sinuosa carretera que muere inevitablemente allí, donde todo se acumula: de nuevo la iglesia blanquísima con sus dos pequeñas torres y su cúpula, las casas que se trepan unas a otras, la pequeña playa fácilmente atestada y otra más pequeña aún, casi privada y que estaba ocupada felizmente en ese momento por una única pareja con un bebé. Casi el día de playa ideal para ellos, a los que nadie molestaba en su rincón de colores y su orilla amiga.

El mar calmado llega a las 'syrmata'.

El mar calmado llega a las ‘syrmata’.

 

El único inconveniente es el de su misma belleza: su pequeñez aunada con la insistencia de la gente de llegar con el coche hasta la misma orilla. No queríamos ni imaginarnos lo que sería aquel lugar sombreado por los taranges en un día de agosto. A principios de septiembre, y con su encanto casi intacto, nos sirvió para un baño refrescante y una cerveza de relax en la pequeña cantina móvil, antes del almuerzo en Tripiti. Y cientos de fotos, claro.

Una pequeña playa doméstica al lado.

Una pequeña playa doméstica al lado.

Un rincón para tomar un refrigerio.

Un rincón para tomar un refrigerio.

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Dos detalles de una playa casi privada en Firopótamos.

Dos detalles de una playa casi privada en Firopótamos.

 

Playas de Milos

Ulyfox | 14 de octubre de 2014 a las 0:33

Una de las ensenadas de Papafragas.

Una de las ensenadas de Papafragas.

Amar las playas no es una opción. O te gustan, o las odias o las soportas, y todo eso porque sí. Nosotros las amamos, pero en cierta manera, como en una forma de amor destilada por las experiencias, los gustos y los años y que se puede resumir en pocas palabras, quizás: azul, transparente, calma, comodidad, servicios, tabernas. Y con esos términos quizá estamos definiendo las playas de las islas griegas. Sin embargo, muchos de nuestros amigos se extrañan cuando les contamos que nos pasamos el verano, aquí, con la arena y el agua que tenemos en Cádiz, sin pisar sus playas, que reúnen muchos de esos requisitos. Pero tienen una dificultad casi insalvable: sólo podemos ir algunos fines de semana, y entonces se convierte en una odisea, empezando por el aparcamiento… en fin, que no vamos.

Una vista general de Paleochori, la gran playa.

Una vista general de Paleochori, la gran playa. Abajo, Achivadolimni

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Pero en Grecia sí, claro, una de las múltiples y sentidas razones de nuestra insistencia en ir son sus playas. Y por eso también mucha gente va a Milos, por la espectacularidad de sus costas, por sus aguas, por sus formaciones rocosas, por el entorno volcánico… Sin duda, sin duda. Y Milos tiene una gran colección de playas, decenas de ellas. Aunque es verdad que pueden llamar así a una franja de arena o una colección de guijarros de apenas veinte metros de longitud y que presentan una relativa o gran dificultad para su llegada, bien porque hay que trepar o descender con cuidado o porque son tan salvajes que hay que dejar el coche muy lejos y hacer un camino polvoriento o seco bajo el sol. Y nosotros fuimos en septiembre, pero en pleno agosto debe ser difícil encontrar donde aparcar e incluso hacerse con un sitio en tan pequeños rincones. Porque, no lo olvidéis, Milos está de moda.

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Tres imágenes de la playa de Firopótamos.

Tres imágenes de la playa de Firopótamos.

Es imposible no apreciar la belleza salvaje de playas como Firiplakas, donde las rocas volcánicas parecen que mudan de color en cada mirada; o la rareza de las ensenadas inverosímiles de Papafragas; o lo aventurero de bañarse en Tsigrado tras deslizarse por cuerdas y cuestas… pero es demasiado trabajoso para quienes ya deseamos más bien la comodidad de la taberna tradicional a mano o el supremo placer de que te sirvan la cerveza directamente en la hamaca, facilidades éstas de las que están bien surtidas tantas playas griegas.

 

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Agia Kiriakí, azul y muy bien preparada.

Agia Kiriakí, azul y muy bien preparada.

Tsigrado, la de difícil acceso.

Tsigrado, la de difícil acceso.

Por eso, después de hacer el recorrido fotográfico por lugares como Sarakiniko, Agia Kiriaki o Tsigrado, lo que nos apetecía era la taberna O’Xamos! y su playa de Papinikou, tan junto a Adamas, tan bien surtida de confort doméstico. Las grandes playas están al sur, y todas son recorridas por los numerosos barcos que hacen las concurridas excursiones marítimas. Por no hacerla nos perdimos la popular Kleftiko, llena de farallones, cuevas y ensenadas… pero es que cada vez soportamos peor ir en grandes grupos.

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La salvaje y volcánica Firiplaka.

La salvaje y volcánica Firiplaka.

Papinikou es mucho más modesta, apenas unos metros de arena entre el agua y la carretera, sombreada en buena parte por los taranges, pero tiene un atento e incansable servicio de camarera todo el día, y allí el mar se serena como si estableciera contigo una conversación amigable en la que entras y sales, escuchas y abres la boca cuando te apetece. Allí asentábamos nuestros reales, con dos toallas horteras y baratas que compramos para la ocasión, porque no nos preocupaba ocultar nuestra condición de turistas: una especie de Barbie y una bandera griega fueron nuestras enseñas desde que llegamos a Milos, y allí nos acompañaron en nuestro recorrido por Creta, Paros, Koufonisia y Mikonos, y allí quedaron. Y tal vez, seguro, alguien las habrá heredado.

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En la doméstica Papikinou, junto a Adamas, sentamos nuestros reales.

En la doméstica Papikinou, junto a Adamas, sentamos nuestros reales.

 

Oda a un huevo frito

Ulyfox | 7 de octubre de 2014 a las 13:57

Huevo frito con su pan, en la taberna O' Xamos de Adamas.

Huevo frito con su pan, en la taberna O’ Xamos de Adamas.

La taberna O! Xamos, como para no disfrutar...

La taberna O! Xamos, como para no disfrutar…

Creo, disculpen la ignorancia, que en sus Odas Elementales, Pablo Neruda no dedicó ninguna a un huevo frito, y eso que las tiene dedicadas al ajo, a la alcachofa, al vino, a la tristeza… incluso a Stalin. Pero, creo, ninguna al huevo frito. Y eso es sin duda porque no ha estado en la isla de Milos ni en la Taberna O! Xamos, donde te preparan un huevo frito con su pan incorporado inolvidable. Con esta presentación no tienes que preocuparte de mojar: cortas, y el pan, una deliciosa rebanada artesana y natural, se va impregnando poco a poco de la yema. Si a eso le acompañas la calidad del producto el plato resulta inmejorable ni siquiera por las mejores manos del mejor chef mundial. Puro sabor, antiguo y reconfortante, reconciliador con el paisaje, con el paisanaje y con tu propio apetito. Si sois de la cofradía del huevo de campo, ahí tenéis una posible sede.

Además del huevo, 'pitarakia' y cabrito guisado.

Además del huevo, ‘pitarakia’ y cabrito guisado.

Una de las sorpresas de Milos, que no es que vaya a figurar entre nuestras islas griegas favoritas pero es muy curiosa, es lo extraordinariamente bien que se come. En muchas ocasiones nos recordó a Creta por la sencillez y buena calidad de su cocina tradicional, e incluso por la forma de trabajarla, muy apegada a la tierra y el mar cercanos. Nos parecieron exquisitas las pitarakia, una variante isleña de las empanadillas de queso, las tiropitakia tan frecuentes en toda Grecia. Y la forma en que presentan también ese pan seco con queso, aceite, tomate y alcaparras, es decir el típico dakos cretense. Para sorpresa sublime, la que nos dieron en el restaurante Enalion del pueblo de Pollonia, con unos mejillones abiertos simplemente con un poco de vino y hojas de limón. Excelsos. El encargado nos dijo: es muy fácil, las hojas de limón le dan un sabor potente pero suave, el vino blanco y … very important, que los mejillones sean muy frescos. Claro.

'Dakos', mejillones con hojas de limón y 'taramosalata' en el Elaion de Pollonia.

‘Dakos’, mejillones con hojas de limón y ‘taramosalata’ en el restaunrante Enalion de Pollonia.

Tuvimos unas muy buenas experiencias en varios lugares, aparte de los nombrados, que deberíais apuntar por si vais alguna vez por Milos: Kynigos y Mikros Apoplous en Adamas, Ayyelikí en Tripiti, cerca de Plaka, y nos quedamos con ganas de probar el Archontoula allí mismo. Pero a donde más volvimos fue al simpático, precioso y sabroso O! Xamos, en la tranquila y doméstica playa de Papikinou, muy cerca de Adamas. Por razones evidentes.

Y ahora, boquerones en vinagre, patatas gratinadas con queso, huevas de erizos y más 'pitarakia' en Kynigos de Adamas.

Y ahora, boquerones en vinagre, patatas gratinadas con queso, huevas de erizos, ensalada de lentejas y más ‘pitarakia’ en el Kynigos de Adamas.

 

Klima, los colores de Milos

Ulyfox | 3 de octubre de 2014 a las 13:50

Vista general de Klima, en la isla de Milos.

Vista general de Klima, en la isla de Milos.

No debía de vivirse muy a gusto en este lugar en los tiempos difíciles, aquellos en que Milos era una isla de mineros y pescadores. En Klima, fascinante rincón de blanco y colores, modelo de mimetización y adaptación del hombre a su medio de trabajo, ahora los turistas vamos buscando el encanto que le encontramos a los pueblecitos de pescadores de las islas griegas: casas encaladas con puertas pintadas con pintura de barco, y de ahí esos colores (chrómata, en griego, claro) que estallan tan bien en las fotos desde que la desaparecida Kodak inventó su sistema, el mar lamiendo los umbrales inexistentes, y decenas de miniembarcaderos individuales. Son las llamadas syrmata, esas viviendas de pescadores típicas de esta isla, y que existen también en otros lugares como Mandrakia o Firopótamos, aunque no con esta abundancia. Pero en aquellos tiempos duros, no tan lejanos, en los que el turismo no daba de comer en Milos, debía de ser difícil ser habitante de estas aldeas, comunicadas sólo por mar o por caminos enrevesados y empinados, y azotadas por los temporales, aquellos años en los que el mar debía adueñarse más de una vez de los hogares, tan asomados al agua.

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Otra vista, hacia el otro lado.

Otra vista, hacia el otro lado.

Ahora, en cambio, casi estaría por asegurar que quienes aún tienen su casa aquí, la vivienda en la planta alta, el almacén para los barcos y los aparejos en la baja, o quienes las alquilan para temporadas en verano, son unos privilegiados. Excepto en las horas puntas del día, en las que los turistas invaden su estrecho muelle para retratar esta singular visión, como uno de los recuerdos más buscados de la isla, o los barcos de excursiones asedian el enclave desde el mar, debe de ser un lugar bastante tranquilo y privado: el baño mañanero o al atardecer a un paso en unas aguas limpias, la cocina a mano y las sillas y sofás siempre dispuestos. Además, si estás acostumbrado a moverte por la estrecha y serpenteante carretera que te comunica con la capital y el puerto de Adamas, lo tienes todo a una distancia casi insignificante.

Unas niñas afortunadas.

Unas niñas afortunadas.

En el rato que pasamos allí pudimos ver familias disfrutando del mar, otras dentro de las casas en actitud que aparentaba reposo después de una buena comida, y otras que llegaban a una de las casas con un cargamento de utensilios y víveres que hacían adivinar una o varias noches de cenas a la luz de la luna y frente al mar. Sobre todo, y por lo visto, estas syrmata y su entorno deben de ser una especie de paraíso vacacional para los niños, que, digan lo que digan, disfrutan mucho más chapoteando y jugando a cazar cangrejos o a simular ser pescadores que frente a una pantallita. O simplemente, gran enseñanza, aprendiendo a aburrirse en las largas horas de siesta de los mayores. Como en los míticos veranos azules de aquella otra pantalla más gorda.

Penélope entre colores.

Penélope entre colores.

Nosotros, es decir Penélope, maniobró en la bajada por la difícil aunque corta carretera para dejar el coche alquilado aparcado en la difícil posición en la que suelen dejarlo los nativos. Bueno, no tanto, porque ellos se acercan más a la orilla. Pasamos junto a algún resto de muralla y miramos hacia arriba para divisar Plaka, la alta y blanca capital. Y echamos de menos, qué raro, la existencia de al menos un café en el lugar. Quizá sea mejor así, pero nos extrañamos de que estos griegos, tan aficionados, no hayan puesto una taberna o al menos unas mesas sobre uno de estos muelles, tan bonitos, recogidos y protegidos. Quizá sea mejor, sí, y el lugar, tan mágico, deba permanecer así de privado. Que miremos y no toquemos.

Y más colores.

Y más colores.

 

Debajo, Klima, y arriba el caseríode Plaka.

Debajo, Klima, y arriba el caserío de Plaka.

 

El hogar de Venus

Ulyfox | 30 de septiembre de 2014 a las 21:29

El lugar donde fue hallada la Venus de Milo, en Milos...

El lugar donde fue hallada la Venus de Milo, en Milos…

... y la placa que lo recuerda.

… y la placa que lo recuerda.

No había nadie en el escondido lugar, a unos metros por debajo del camino que conducía al teatro griego de Klima, la antigua y espléndida ciudad de la que apenas quedan ese teatro con una vista imponente sobre el mar Egeo y unos restos de poderosa muralla. En ese sitio sombrío (y fresco) bajo un árbol modesto y junto a unas piedras que antes fueron muro, un pastor encontró una escultura de mármol de Paros que asombra al mundo desde un salón parisino, pintado con relajante color. En un rincón de Milos apareció esa espléndida representación de Afrodita, y al poco tiempo, ya unas manos expertas y seguramente ventajistas la llevaron al Louvre para que a partir de ese momento fuera conocida en todo el orbe, y estudiada en todos los libros como La Venus de Milo.

Afrodita, o la Venus de Milo, en su sala del Louvre.

Afrodita, o la Venus de Milo, en su sala del Louvre.

Allí está, y si queréis verla en el Museo más famoso de la Tierra tendréis que soportar multitudes a su alrededor, una auténtica estrella del arte, admirada como obra maestra incluso por los millones de personas que no saben donde está Milos ni lo que significa el arte clásico griego. Sin embargo, allí en su patria chica (y tan chica) sólo queda de ella un modesto cartel en el camino y, más abajo, triscando un poco, una placa conmemorativa hecha de mármol, ese mismo material tan cicládico y tan duro que los griegos supieron hacer suave y sugerente.

El discreto cartel en el camino.

El discreto cartel en el camino.

No todo lograron llevárselo a la Europa que entonces se creía (y aún sigue haciéndolo) más civilizada que quienes modelaron nuestra civilización. En ese descuidado rincón sombrío lleno de hojas, de musgo y de ramas muertas, que debe de ser helado y aún más solitario en invierno, aún queda la emoción del hallazgo y de la cuna.  Y supongo que el orgullo de los pobres, más o menos enterrado.

Un teatro griego bien situado.

Un teatro griego bien situado, en la antigua Klima en Milos.