Krka, un parque de agua

Ulyfox | 27 de octubre de 2016 a las 13:25

La cascada de Skradin, en el parque nacional Krka.

La cascada de Skradin, en el parque nacional Krka.

Penélope, como mpez en el agua.

Penélope, como pez en el agua.

Es fácil y justo decir que, paisajísticamente, Croacia es un paraíso. Acumula entre sus argumentos una costa espectacular poblada por decenas de ciudades medievales, muchas de ellas amuralladas, con un interior frondoso y espectacular. Es imposible no maravillarse ante visiones como la riviera dálmata o los parques naturales. En este pasado mes de septiembre, tuvimos la fortuna y la sabiduría de pasar 15 días en el país, y recorrer una parte de su territorio, en realidad sólo en la mitad sur. Saltamos de ciudad a ciudad, de isla a isla y también hicimos una incursión, de pocos kilómetros al interior, buscando otros cursos de agua, ahora fluviales.

Tanta agua por todo el parque.

Tanta agua por todo el parque.

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Muy cerca de la espléndida ciudad de Sibenik, una joya artística e histórica al borde de un mar interior, está el parque nacional Krka, con ese nombre tan difícil de pronunciar que tienen algunos lugares croatas y del Este. El atractivo principal de este parque es el río que le da nombre y, sobre todo las bellísimas cascadas que forma, cerca de la población de Skradin. Su fama es enorme y eso lo hace lugar de visita imprescindible para una gran cantidad de turistas y cruceristas asentados en las cercanas Split y Dubrovnik.

Y más todavía.

Y más todavía.

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El sistema de visita es simple, cómodo y eficaz. Una red de senderos y pasarelas te conduce a través del parque, y es casi imposible que te pierdas ningún lugar fotografiable. El inconveniente es que a ciertas horas y en ciertas épocas del año se pueden producir hasta embotellamientos y atascos de tráfico humano por esos caminos sombreados, y uno adivina que apacibles fuera de esos días. El parque tiene dos entradas principales, con sus centros de recepción provisto de amplia información y mapas. Nosotros entramos por el que se encuentra en Skradin, un núcleo compuesto por poco más que una bonita calle alargada que se adentra hacia la montaña desde el atestado muelle. De este parten los lentos barcos que te llevan, entre juncos, cisnes y pinos hasta el embarcadero del parque propiamente dicho.

Camino del parque, en el barco que nos lleva.

Camino del parque, en el barco que nos lleva.

Y a partir de ahí lo que toca es andar prácticamente siempre bordeando, sorteando y vadeando torrentes, riachuelos y veneros, subiendo una pendiente no demasiado pronunciada junto a las ruidosas cataratas, verdes y con una espuma blanca producida por la caída brusca del agua. Es asombroso ver la serenidad de algunos lagos que se rompe de pronto en una abrupta precipitación blanca hacia el siguiente lago, y el siguiente y el siguiente… Cerca de las cascadas más altas es casi imposible oír al que va contigo.

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Con unas dos horas de paseo, en el que la segunda parte es en descenso, se rodea el espectáculo principal del parque, ya los últimos pasos rodeados por una muchedumbre que habla en todos los idiomas conocidos y en muchos otros de los que uno es incapaz de adivinar su procedencia. El parque ofrece la posibilidad de hacer prácticamente un día de visita completo, si se coge otro barco o se decide uno a hacer senderismo hasta un evocador monasterio enclavado en una pequeña isla en uno de los lagos. Pero no fue esa la opción que escogimos, sino la de tomar la nave de vuelta a Skradin, de forma que llegáramos a la hora de almorzar y pasear a este pueblecito. Konoba Dalmatino fue el lugar escogido para comer, y nada decepcionante sino todo lo contrario. Aunque ya nos dio ocasión de comprobar que los camareros croatas son eficientes pero muy serios. Educados pero nada cómplices. Preferibles a otras opciones campechanas en exceso, eso sí.

La calle principal de Skradin, un agradable pueblo a orillas del lago.

La calle principal de Skradin, un agradable pueblo a orillas del lago.

La nueva vida de Mostar

Ulyfox | 19 de octubre de 2016 a las 13:19

Mostar y su puente sobre el rio Neretva.

Mostar y su puente sobre el rio Neretva.

Mostar tiene un nombre que resuena con dolor en las cabezas de todos los integrantes de una cierta generación que se estremeció en la distancia cercana con su sonido. Mostar sonaba a bombas y a asedio al principio de los años 90, cuando la guerra de los Balcanes golpeaba a Bosnia con una crueldad que se nos antojaba imposible en una Europa exhuberante en lo económico y a punto de entrar en el siglo XXI. Y Mostar era en los telediarios un puente altivo y airoso, construido por los turcos sobre el río Neretva y que unía los barrios cristiano y musulmán de la preciosa ciudad. Un puente que es una obra de arte, patrimonio de la Humanidad, y que en el año 93 saltó por los aires ante los ojos de todo el mundo, cuando el ansia separadora acertó con el mortero sobre el arco de piedra hasta entonces en pie.

La voladura del puente de Mostar por las tropas serbias, junto con el asedio implacable y cruento de Sarajevo, las numerosas matanzas perpetradas por los ultranacionalistas hicieron por fin intervenir a la OTAN, que paró el genocidio. Luego vinieron los cascos azules de la ONU, muchos de los cuales provenían de aquí mismo, de Cádiz y San Fernando, y la paz se impuso. Lo único que puede curar o al menos aliviar tanto mal es un final feliz, y ese parece que es el que están viviendo ahora los habitantes de Mostar, un nombre que, tal vez por todo lo dicho antes, nos llamaba con su sonido de esperanza desde que decidimos viajar a Croacia el pasado septiembre.

Personalmente, a esa montaña de sentimientos y evocaciones se sumaban los recuerdos de mi época de responsable de la información nacional e internacional del Diario en aquella intensa y tremenda época. Demasiados días, años. Una época en la que todavía esas noticias nos impresionaban y nos ocupaban horas y horas de pensamiento y conversación. Sí, el final parece feliz ahora en la ciudad mixta, ya sin guerra entre religiones, y parece que otra vez unida por el puente reconstruido por la Unesco.

El puente otomano, siempre presente al fondo.

El puente otomano, siempre presente al fondo.

El puente es hermoso, impresiona visto desde el río y desde todos los ángulos de las callejuelas que lo rodean. Es un estrecho pasaje, empinadísimo y resbaladizo, fortificado en sus dos extremos, a un lado las iglesias y al otro las mezquitas. Estremece los sentidos oír el canto del muecín en mitad de la tarde en una nación tan europea, nos resulta extraño y a la vez emocionante como sucede siempre con esas salmodias que se lanzan desde los minaretes llamando a la oración. En medio del puente, varios estilizados muchachos venden a los turistas por unos euros la posibilidad de verlos saltar desde la altura hasta el río. No vimos ninguno hacerlo, pero comprendimos que pidieran un alto precio por la demostración de audacia.

Un café a la orilla del Neretva.

Un café a la orilla del Neretva.

 

Ahora son los turistas los que invaden la preciosa y evocadora población, convertidas sus principales calles en un inmenso zoco en los que no es posible comprar mucho más que baratijas de lo más tópicas. Era casi imposible transitar por el puente y las callejuelas, llenas todo el día de un gentío afanoso procedente en su mayoría, según nos pareció, de cruceros atracados en la cercana Croacia: Dubrovnik y Split. Pero abundaba también el visitante musulmán, con mujeres cubiertas en mayor o menor proporción.

Desde el puente, saltadores a sueldo esperan que los turistas paguen por ver su salto.

Desde el puente, saltadores a sueldo esperan que los turistas paguen por ver su salto.

Sería casi imposible encontrar huellas de la tremenda destrucción provocada por la guerra, si no fuera por algunos pequeños restos y por la disposición a la venta de algunos de esos recuerdos en forma de balas, cascos y cartucheras, para mi gusto de manera un tanto inadecuada. Más apropiada me resultó una piedra pintada a la entrada del puente con el rótulo “Don’t forget 93′ y rodeada de chatarra bélica. El pueblo está precioso, pero es verdad que no se debe olvidar aquella tragedia. Sí nos sentimos felices, en cambio, de que después de tanta penalidad, llegue la bienaventuranza del turismo. Y que Mostar ofrezca su puente, sus mezquitas y sus calles solo al asalto de este tipo de hordas, más pacíficas. Alivia.

Casas musulmanas, minaretes y mezquitas a la orilla del Neretva.

Casas musulmanas, minaretes y mezquitas a la orilla del Neretva.

La ciudad, no obstante, es mucho más grande que esas vías atestadas, y es posible alejarse unos metros para encontrar rincones mucho más serenos, con otros puentes cruzando afluentes del Neretva y mezquitas escondidas. A salvo de la barahúnda, y mucho mejor si se tiene la feliz ocurrencia de pernoctar allí. El paseo vespertino es ya mucho más sosegado, y mucho más fácil hallar sitio en los estupendos y baratos restaurantes. Lo mismo ocurre con los hoteles, a unos precios que ni soñados por los occidentales.

Numerosos visitantes sobre el puente.

Numerosos visitantes sobre el puente. Al fondo, la ciudad.

Llegar a Mostar nos supuso un desplazamiento un tanto largo, cruzar la frontera y descruzarla en una lentísima cola, pero sobre todo una experiencia que llevábamos años queriendo tener. Inolvidable.

Los turistas, no las tropas, invaden ahora Mostar.

Los turistas, no las tropas, invaden ahora Mostar.

 

Comida sabrosa y barata en Mostar.

Comida sabrosa y barata en Mostar.

 

No olvidar la guerra.

No olvidar la guerra.

Rincones en el interior más tranquilo de Mostar.

Rincones en el interior más tranquilo de Mostar.

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Reencuentro con Croacia

Ulyfox | 7 de octubre de 2016 a las 14:21

 

Saliendo al puerto de Trogir.

Saliendo al puerto de Trogir.

 

Hemos tardado una década para no resistirnos más a volver a Croacia. Cumplimos nuestro deseo pendiente este pasado septiembre. Un reencuentro feliz, gozoso por uno de los países más bellos y luminosos del Mediterráneo, rebosante de huellas históricas, orgulloso de haberlas conservado como pocos. Una quincena para pagar nuestra deuda, dos semanas de descubrimientos, sensaciones y emociones que no morirán nunca. Habíamos estado dos veces antes en este lugar que mezcla como pocos el pasado latino con su raíz inequívocamente eslava. Venecia y los Balcanes unidos con un resultado asombroso a orillas de un mar común. Viajar por la costa dálmata es encadenar una admiración sonriente tras otra. Con ese ánimo fuimos, y aumentado volvió.

En el paseo marítimo de Trogir.

En el paseo marítimo de Trogir.

Comenzamos el viaje a la vez que el mes de septiembre, en un lugar, como tantos en ese país, patrimonio de la humanidad: la ciudad costera de Trogir, muy cerca del aeropuerto de Split, verdadera capital de Dalmacia. Arribada nocturna, y sólo como punto de llegada para iniciar el periplo. Pero esa llegada fue la mejor, porque incluyó un corto paseo por el bellísimo casco antiguo, hecho de piedra blanca en fachadas y pavimentos, y una estupenda cena con delicias marinas en un restaurante de una placita recogida.

Una de las puertas de la muralla.

Una de las puertas de la muralla.

Trogir está situado en una pequeña isla unida por dos puentes al continente y a otra isla mucho más grande, la de Ciovo. Repite casi calcada la ubicación de muchas ciudades en el litoral croata, en enclaves en el mar unidos por estrechos caminos a tierra firme. Influencia veneciana, seguramente, que se ve mucho mejor en los campanarios y en las ventanas góticas de palacios, iglesias y edificios. Todo eso lo pudimos apreciar mucho mejor con el garbeo matutino que nos dimos muy temprano (aunque la actividad ya era considerable) a la mañana siguiente antes de emprender nuestra ruta croata. Las fotos son la prueba, y nuestros escritos siguientes darán fe de tanta belleza. Bienvenidos, dobrodosli!

En el puente que une Trogir de la isla de Ciovo.

En el puente que une Trogir de la isla de Ciovo.

 

Rastros venecianos y medievales en el casco antiguo de Trogir

Rastros venecianos y medievales en el casco antiguo de Trogir

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Decíamos ayer… en Avilés

Ulyfox | 10 de agosto de 2016 a las 14:01

La calle Rivero de Avilés

La calle Rivero de Avilés

Ese ayer es ya bastante lejano… fue a principios de este año cuando visitamos Asturias. Cuando planeamos el viaje ni se nos pasó por la cabeza que fuéramos a visitar Avilés. Nos sonaba a pueblo industrial, lleno de chimeneas y fábricas, invadido por la siderurgia, tan sólo aliviado por el nuevo centro cultural debido al arquitecto brasileño Oscar Niemeyer (ya sabéis, el diseñador de Brasilia). Eran todas esas imágenes que luego comprobamos que eran erróneas anticuadas. El caso es que llegamos a León, donde habíamos quedado con los amigos Isabel y Santiago, y estos nos aconsejaron vivamente el casco antiguo de Avilés. Decidimos hacerles caso.

Más edificios decimonónicos en Avilés.

Más edificios decimonónicos en Avilés.

Y nos alegramos, claro. Vivimos eso que tanto gusta a los viajeros vocacionales: descubrir lugares, sorprenderte con lo inesperado. Y fueron unas calles pétreas en paredes y suelos, unos soportales llenos de columnas, un ambiente antiguo y sin embargo próspero. Ese contacto con el Norte admirable en su limpieza y civilización, sin idealizar nada por supuesto. La constatación de que, por mucho que uno ande, siempre hay mundos ahí dispuestos a demostrarte tu ignorancia… y a enseñarte.

La iglesia de San Nicolás de Bari.

La iglesia de San Nicolás de Bari.

El paseo fue, como no podía ser de otra forma, pasado por agua, gris. Es el Norte también. La comida, en una sidrería de la cadena Terra Astur, que por lo que vimos es la que está de moda ahora en esas tierras, con una doble división de hostelería y tienda de productos típicos. Muy buena, adaptada a la demanda masiva pero sin perder la tradición, nos pareció.

Las omnipresentes sidrerías.

Las omnipresentes sidrerías.

La visita al Centro de Niemeyer, en cambio, me resultó un tanto decepcionante. Me dio la impresión de que Avilés ha intentado la misma operación que Bilbao: limpiar su imagen de humos y grises industriales con un edificio de esos que se llaman ahora emblemáticos, pero que no lo ha logrado. El Centro no el poder seductor y magnético del Guggenheim, ni mucho menos, pero ahí está, como intento… Y no le quita nada a la ciudad, al contrario

El modeno centro cultural de Niemeyer.

El modeno centro cultural de Niemeyer.

Por fin, Santa María del Naranco

Ulyfox | 7 de mayo de 2016 a las 19:57

Ante Santa María del Naranco, cerca de Oviedo.

Ante Santa María del Naranco, cerca de Oviedo.

Tengo por seguro que una buena parte de lo que fueron con el paso de los años mis intereses, aficiones y deseos proviene de aquel libro de texto, básico, elemental, de Historia del Arte en sexto de Bachillerato, aquel sistema antiguo de enseñanza, que de todas formas también dio sus frutos. ¿Quién sabe a qué obedecen los gustos, por qué determinadas materias nos llegan como si no fueran estudios sino primeros encuentros con nuestro yo? Nunca soporté las matemáticas y en general las ciencias. Me sigue pasando aún cuando veo dos números seguidos, una curva gráfica o una fórmula química. Sufría con esas asignaturas y en cambio disfrutaba casi en secreto de las dificultades de traducir un texto en latín o griego, de casar los nominativos con los genitivos hasta dar forma comprensible a un párrafo que normalmente debe sonar caótico. Y en la cumbre de la distracción estaba la Historia del Arte, aquellas fotos de remotos azulejos persas que representaban un desfile de arqueros o un león colorido, la Puerta de los Leones de Micenas, los bajorrelieves de carros y caballos mesopotámicos, el Partenón y el Hermes de Praxíteles, el auriga de Delfos, el Coliseo, el galo moribundo, los almocávares de la Alhambra… y como un gran descubrimiento, el prerrománico asturiano, una arquitectura asombrosa con arcos de herradura en puertas y ventanas antes de que los adoptaran los árabes. Santa María del Naranco era una de esas fotos que permanecieron como lugares que más tarde o más temprano había de tener ante mis ojos y tocar con mis manos.

Vista lateral de Santa María, con Oviedo al fondo.

Vista lateral de Santa María, con Oviedo al fondo.

He tardado, la verdad, pero por fin hace unos meses nos pudimos plantar ante esta cumbre del arte universal, espléndida en su sencillez de líneas pétreas, emocionante por la vibración que transmiten sus quietos sillares. Ya sabéis, aunque ahora es un monumento y durante mucho tiempo fue iglesia, en realidad fue concebida como pequeño palacio de descanso en sus cacerías por el rey asturiano Ramiro. Junto a estas estancias reales del siglo IX, de hecho, se encuentra la verdadera iglesia, San Miguel de Lillo, de la misma época. Su imagen era para mí uno de los principales reclamos del viaje a Asturias tan aplazado. Y en esta ocasión, no defraudó mis expectativas sentimentales. Entré en su alta nave superior y me reencontré con aquel sentimiento que esperaba expresarse desde Bachillerato. Me gustaron sus columnas con decoración helicoidal, sus medallones decorativos, el techo alto, su silueta esbelta, su aire ligero pese a lo pesado de sus piedras. Me pareció, como ya sospechaban mis gustos juveniles, una cumbre de la obra humana. Y no me pidáis opiniones de experto, no tengo más experiencia que la que han ido adquiriendo mis sentidos.

Vista trasera de la iglesia prerrománica.

Vista trasera de la iglesia prerrománica.

Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, además, están enmarcados en un paisaje espléndido, verdemente asturiano, casi sobrevolando Oviedo en la ladera sur del Monte Naranco. Junto a San Miguel, el terreno aparecía muy removido por los jabalíes en su busca de raíces, según nos explicó el atento guía que se pasaba el día subiendo y bajando entre los dos monumentos. El tiempo era muy húmedo como correspondía a los primeros días de enero, pero no llovía aunque constantemente amenazaba. En apenas una hora se visitan estos dos espacios que atestiguan un tiempo en el que casi toda la península estaba dominada por los musulmanes y sólo el norte sostenía la religión católica. Mucha historia entre pocos muros.

Vista del paisaje desde el pórtico frontal de Santa María.

Vista del paisaje desde el pórtico frontal de Santa María.

 

San Miguel de Lillo, la otra joya ovetense.

San Miguel de Lillo, la otra joya ovetense.

 

Oviedo, de paseo con amigos

Ulyfox | 4 de mayo de 2016 a las 13:12

De paseo con mi amigo Woody, en el centro de Oviedo.

De paseo con mi amigo Woody, en el centro de Oviedo.

 

Por encima de todo, Oviedo nos pareció una ciudad amiga. Entienda cada uno lo que entienda por amistad, lo que quiero decir es que es un lugar que se deja entrar. Tal vez sea entonces más apropiado decir que es una ciudad que se presta a ligar con ella. Limpia, paseable, con numerosos refugios donde reposar la caminata con cerveza, con vino o con sidra. Sin un papel en el suelo, lo que es lo mismo que decir civilizada y respetuosa. Con rincones donde saludar a amigos de toda la vida, como Woody Allen o Mafalda, genios universales y compañeros en tantos sentimientos, pasiones e indignaciones. Con una librería inmensamente acogedora, patria de todas las almas, como es la librería Cervantes, cuatro plantas de libros, documentos y eficacia en la gestión donde recuperar el amor por los libros que nunca se debe romper.

La Regenta pasea ante la Catedral de Oviedo.

La Regenta pasea ante la Catedral de Oviedo.

Fuimos a Asturias a primeros de año porque es uno de los pocos lugares a los que no habíamos viajado en España. Ya se sabe, la lejanía, el mal tiempo. Y claro que sí, todo eso nos encontramos, un larguísimo viaje en coche, aunque aprovechamos para hacer una gratísima parada en León en la que compartir un estupendo rato de cena y charla con dos amigos de viaje, Isabel y Santiago, a los que conocimos en Creta y lectores de nuestra guía. No hay que perder ninguna ocasión. Y claro que nos llovió, pero eso estaba en el programa,  y más si uno se planta en esas tierras en enero.

Acompañadas de la genial Mafalda, en el Campo de San Francisco.

Acompañadas de la genial Mafalda, en el Campo de San Francisco.

Lo bueno era el contacto con la gente, con los entornos, con su actividad, con sus costumbres tan compartidas, con su extraordinaria gastronomía. Va uno seguro de que todo le va a ir bien por ciudades así. Va uno envidioso de que las numerosas estatuas que se va encontrando a su paso estén perfectamente. Tiembla uno pensando qué le hubiera pasado a la colorida Mafalda, que todos los días duerme sola en su banco, en un lugar como este nuestro, tan desafortunadamente acostumbrado a que lo común se descuide. El personaje de Quino forma cola de visitantes para hacerse la foto con ella, como le pasa también a la representación de Woody Allen, que es a su vez representante de tantos de nosotros.

Patio interior de la plaza del Fontán.

Patio interior de la plaza del Fontán.

Parece Oviedo una ciudad rica, y seguramente lo es en una región rica, con sus librerías, sus premios Príncipe de Asturias, su Teatro Campoamor. Y da la impresión de ser culta. Con esa nos quedamos y de esa disfrutamos, simplemente paseando.

No paramos

Ulyfox | 2 de mayo de 2016 a las 20:17

Santa María del Naranco, tantas veces deseada, junto a Oviedo.

Santa María del Naranco, tantas veces deseada, junto a Oviedo.

 

Que no, que aunque lo parezca no hemos estado parados. En realidad no hemos parado quietos, si le preguntáis a mi madre. Que el blog lo tengo blogqueado, es verdad. Que no sé si es falta de tiempo o tiempo de faltas, pero así andamos. Pero que sí, que os cuento, que hemos seguido viajando.

Que empezamos el año en el otro extremo de España, allí donde lo más al norte, en tierra de osos y montañas, y de principios de muchas cosas. En Asturias recibimos el año, prácticamente. Algo más de una semana para conocer una de las pocas comunidades españolas que nos quedaban, la más antigua si se tiene en cuenta que por allí se empezó a reconquistar España a los moros, según nos enseñaron. Sí, lo contaremos, confiad en mí, que me quedan varios cientos de entradas hasta alcanzar los mil sitios tan bonitos como Cádiz. Ya os puedo adelantar que hemos conocido algunos más.

Y que al poco tiempo, aprovechando el Día de Andalucía, juntamos una semana para revisitar nuestra Creta, maravillosa en invierno, sin apenas turistas, con los cretenses ocupados en sus cosas, que son muchas y buenas. Que nos pegamos una paliza de viaje para respirar un poco de nuestro aire, que nuevamente fuimos como aquellos emigrantes que trabajan fuera y regresan en cuanto que puedan a su tierra, aunque eso os lo hemos contado.

Y poco después, cruzamos la Península hacia el lejano Este, tierras murcianas fértiles en alimentos y abrazos de viejos amigos. Y conocimos otras salinas, otros salazones y otras historias tan parecidas a las que por aquí nos mantenían y aún nos entretienen. En Murcia, en Cartagena…

Y no contentos con estas cabalgadas a lomos de un coche ruidoso, aún hemos tenido fuerzas en este Puente y, recién, acabamos de llegar de Sintra, ese paraíso verde y empinado junto al mar de Lisboa y Cascais. Desmontando la maletas estamos.

Y que todo esto, arañando tiempo, os lo contaremos, si es que aún seguís ahí.

Antisamos de ayer a hoy

Ulyfox | 27 de abril de 2016 a las 12:00

La playa de Antisamos, rodeada de verde, desde la carretera.

La playa de Antisamos, rodeada de verde, desde la carretera, el pasado septiembre.

La misma playa, en 2001.

La misma playa, en septiembre 2001, desierta

Hay muchas playas en Cefalonia. Es una isla grande, verde y azul, y estos colores se reparten el juego de luces entre el interior y la costa. Puede uno pasarse las vacaciones buscando esas curvas de arena blanca. Muchas son espléndidas. De todas, nosotros recordábamos con especial gusto la playa de Antisamos, a la espalda de la población de Sami. Y no es de arena. Unas grandes piedras muy lamidas por el agua forman la orilla y los primeros metros del mar, pero desaparecen luego dejando paso al fondo arenoso otra vez. El efecto luminoso es espectacular. Hace 14 años, cuando la visitamos en septiembre, estaba solitaria, y el bar desmontado. Sólo un descampado y el mar enfrente. El septiembre pasado, el panorama era muy diferente. La multitud había invadido el lugar, y sobre las piedras decenas de hamacas ocupaban toda la superficie. Detrás, un hermoso restaurante y bar servía numerosas comidas y aperitivos. Era un lugar plenamente turístico.

Panorámica actual de Antisamos.

Panorámica actual de Antisamos.

Antisamos no había perdido la belleza, tan sólo se veía un poco molestada por el gentío. Pero en el restaurante comimos bien, las hamacas, gratuitas si consumías, eran cómodas y el público no demasiado ruidoso. El agua seguía tan transparente y fresca, y el sol se puso con tanta belleza como entonces tras la montaña. Aquella primera vez hace 14 años las tiendas de Sami estaban llenas de fotografías y carteles con los rostros de Penélope Cruz y Nicolas Cage, que acababan de rodar en la ciudad y la playa algunas hermosas escenas de ‘La mandolina del capitán Corelli’, una película perfectamente olvidable pero que nosotros acudimos a ver, por supuesto.

Bella vista desde arriba.

Bella vista desde arriba.

Un vasito de 'tsipouro' en el azul de Antisamos.

Un vasito de ‘tsipouro’ en el azul de Antisamos.

Acudimos a Antisamos para rememorar todo aquello y para comprobar su evolución. Recuerdo que muy cerca de Sami hay una cueva, la de Melissani, con un lago en su interior. Hace muchos siglos, el techo de la cueva se cayó y el lago quedó al descubierto. El efecto cuando la luz del mediodía incide sobre el agua es asombroso. Entonces, aquella primera vez, pudimos ver la maravilla los dos solos, y dar el paseo en barca con la única compañía de otros dos navegantes. Ahora, al acercarnos a la cueva ya divisamos la cantidad de autocares turísticos aparcados en el exterior y obviamente desistimos de intentarlo de nuevo. Efectos indeseables del turismo masivo. Supongo que la cueva y el lago siguen siendo igual de hermosos, pero no debe ser lo mismo con las barcas llenas de marineros fugaces y  apresurados. Digo yo.

La despedida de Cefalonia fue con una estupenda degustación de Robola en las bodegas Gentilini.

La despedida de Cefalonia fue con una estupenda degustación de Robola en las bodegas Gentilini.

Lo que no ha perdido Cefalonia es su encanto jónico, verde y arbolado, tan distinto de la aridez hermosa de las Cícladas. Despedimos nuestra última estancia en esta isla hermosa con una visita a las bodegas Gentilini, que producen uno de los más apreciados vinos blancos del mundo: el Robola, variedad de uva específica de Cefalonia, extraordinario.

No hay azul como el de Myrtos

Ulyfox | 14 de marzo de 2016 a las 14:08

Agua y arena en la playa de Myrtos, Cefalonia.

Agua y arena en la playa de Myrtos, Cefalonia.

Tal vez haya ocasiones en que merezca la pena no decir ni escribir palabra alguna, y dejar que las imágenes lo digan todo. A fin de cuentas ¿qué podría yo añadir a estas fotos de la playa de Myrtos, en la isla de Cefalonia? Si acaso, que somos afortunados por haber estado allí dos veces.

Vista superior hacia un lado...

Vista superior hacia un lado… y hacia otro

... y hacia otro.

Y desde abajo.

Pues sí. Así es esa zona oeste de la isla. Llena de playas espectaculares y muchas difícilmente accesibles aún. La carretera, sinuosa en la costa, empinada y jalonada de travesías por pueblos, es bonita pero ardua de hacer. Obvio decir que merece la pena cuando se llega. En Myrtos, en esta ocasión, el oleaje, que provoca unas espumas preciosas, hacía incómodo el baño. Una sola ola grande y lenta batía continuamente la orilla, haciendo añorar esos días sin viento en los que el mar te acoge como una cama. No fue así.

 

La carretera hacia Myrtos es espectacular.

La carretera hacia Myrtos es espectacular.

 

Myrtos, dentro de una gran bahía azul, está más o menos a una hora de Fiskardo, y en cuanto la ruta se acerca a la costa las vistas son espectaculares. Allí abajo el agua presenta todas las gamas de azul imaginables, y al fondo los acantilados reproducen la escena de cabos y golfos casi hasta el infinito. Antes de llegar a la espectacular playa, conviene hacer un alto en Assos, la otra población de Cefalonia que se libró de los tremendos efectos destructores del gran terremoto de 1953, situada sobre un pequeño itsmo que la une a un islote coronado por un castillo veneciano. El pueblecito, sobre una pequeña bahía con playa, está llamado a hacerle la competencia turística, por su belleza, a la cercana Fiskardo. Es un rincón de momento tranquilo, pequeño y lleno de flores y aire limpio.

La situación del caserío de Assos.

La situación del caserío de Assos.

La pequeña Bahía de Assos.

La pequeña Bahía de Assos.

Un excelente alto en el camino.

Un excelente alto en el camino.

 

La plaza principal del pueblito, frente al mar.

La plaza principal del pueblito, frente al mar.

 

Y así empezaba nuestro redescubrimiento feliz de Cefalonia…

Vista general de Assos, desde el islote.

Vista general de Assos, desde el islote.

Creta para nosotros

Ulyfox | 9 de marzo de 2016 a las 13:34

La calle Kondilaki, de La Canea, solitaria en febrero.

La calle Kondilaki, de La Canea, solitaria en febrero.

 

Desayuno en el puerto de La Canea. Imposible empezar mejor.

Desayuno en el puerto de La Canea. Imposible empezar mejor.

Como no tenemos remedio, hemos vuelto a Creta en cuanto hemos tenido una pequeña oportunidad. Una semanita en la isla del Minotauro, como nuestra particular forma de celebrar el Día de Andalucía, que para ser libres nosotros hemos extendido, como manda el himno, a la Humanidad. No es para daros envidia, aunque deberíais tenerla. Y, como en dos anteriores ocasiones, hemos amado más esa tierra, en invierno, ahora que no está invadida de turistas y el espíritu cretense no siente la necesidad de hacer pactos económicos con nadie.

Un establecimiento, a la espera de que comience la temporada, en La Canea.

Un establecimiento, a la espera de que comience la temporada, en La Canea.

Casi no habría mucho que contar de esta visita, que a nosotros ni siquiera nos pareció una salida al extranjero. Más bien, ha sido como esa vuelta que hacen en determinadas fiestas a su pueblo las personas que están trabajando fuera. Esa ha sido la sensación. Ocasión para reencontrarse con viejos conocidos, sentarse en los cafés acostumbrados y recolocarnos en nuestras tabernas de siempre. Comprobar que la vida no se para, que en Creta afortunadamente la crisis no está golpeando como en otros lugares de la maltratada Grecia. Ellos reciben en temporada el maná del turismo y en invierno limpian y adecentan, y los más se dedican a sus labores en el campo, que pasa a ser en muchos casos casi un hobby felizmente productivo: recolectar aceitunas, hacer aceite, destilar raki… Y en medio de todo eso, los fines de semana siempre hay tiempo para el esparcimiento familiar.

El singular y bellísimo monasterio de Gouvernetos.

El singular y bellísimo monasterio de Gouvernetos.

Era de admirar la noche del sábado, con una temperatura fantástica, el puerto de La Canea lleno de gente que abarrotaba las tabernas en medio de la música tradicional, bailando cuando se sienten ellos, convidando a raki al foráneo que pasaba por allí. Y la estampa repetida al dominguero día siguiente, esta vez con un sol radiante y desfile de familias por los muelles que dejaron los venecianos.

En los pueblos, la gente arreglaba sus negocios para abrir dentro de un mes o en un par de semanas, en La Canea los cada vez más exquisitos establecimientos perfilaban los detalles para tenerlo todo a punto, en el palacio de Cnosos se terminan trabajos de renovación para abrir nuevas zonas al público que dentro de nada circulará por entre estas maravillosas piedras minoicas milenarias… todo está por llegar. El tiempo se portó hospitalaria y amigablemente con nosotros. Parece que este invierno ha sido en Creta tan benigno como por aquí. No tan lejos, las Montañas Blancas (Lefká Ori) mostraban manchas de nieve y no esa gran capa de otros febreros. Sólo durante un momento, en una fugaz visita a la playa de Marathi, muy cerca de La Canea, el temporal de viento azotaba la orilla y el clima compuso una estampa realmente invernal para nosotros. Pero a la vuelta de la esquina, la calma volvió.

Por un momento pareció invierno en la playa de Marathi. Nieve al fondo.

Por un momento pareció invierno en la playa de Marathi. Nieve al fondo.

Y en este calmo ambiente, pudimos entrar por fin en el misterioso monasterio de Gouvernetos, en la península de Akrotiri, revisitar Agia Triada, repasear Rethymnon, disfrutar Heraklion, casi todo en familia, así en la intimidad, Creta para nosotros.

Y encima, coincidió la visita con la comunicación por parte de Anaya Touring de que la primera edición de nuestra guía de Creta, incluida su reimpresión, se ha agotado. Está decidida la segunda edición, y nos encargarán su actualización, así que… vale, aceptamos que os damos envidia.