Adjetivos para Hvar

Ulyfox | 4 de marzo de 2017 a las 20:17

Vista general de Hvar y su puerto.

Vista general de Hvar y su puerto.

Hay tantas ciudades bellas en el mundo que resulta difícil encontrar el adjetivo adecuado para cada una de ellas. En Croacia abundan, sobre todo en la costa dálmata, territorio de las antiguas andanzas de la república veneciana, dominadora del Adriático durante centurias. Cada isla croata es una joya. Entonces, qué decir de la llamada Hvar (pronúnciese Huar). Probablemente su capital sea la más hermosa de todas, rebosante de palacios góticos espléndidos en calles que se elevan desde el apacible puerto componiendo una pintoresca cascada de fachadas de piedra rubia y tejados rojos.

A pie de muelle, en Hvar.

A pie de muelle, en Hvar.

Intentemos un adjetivo: espléndida. Suntuosa, también podría ser. En cualquier caso, una ciudad para todos los sentidos, incluso para los no físicos. Si hubiera que elegir dos, serían la vista y el gusto. Porque los ojos se sitúan en la plaza de San Esteban, ganada al mar, y pueden explayarse mirando hacia la fachada de la Catedral con su altísima torre, o hacia el otro lado donde el muelle se encierra contra la antigua Loggia, o hacia arriba, hacia el Castillo Español al que se llega después de subir cientos de escalones. Y el gusto porque abundan los restaurantes con una cocina y unos vinos exquisitos. Croacia ha sabido digerir perfectamente la herencia italiana con la raíz eslava. Hvar, además es desde hace décadas un centro de atracción para el turismo de alto nivel, numerosos artistas y deportistas de élite incluidos.

La plaza de San Esteban, centro de la vida urbana.

La plaza de San Esteban, centro de la vida urbana.

Fachada de la Catedral de San Esteban, en la plaza del mismo nombre.

Fachada de la Catedral de San Esteban, en la plaza del mismo nombre.

Pero por supuesto que hay sitio para nosotros, siempre que vayamos en temporada baja, lo que siempre es más recomendable. Claro que hay muchos museos y lugares para visitar en la isla de Hvar, pero para mí lo más agradable es el paseo nocturno por sus calles empedradas de pavimento brillante, subir y bajar y pasear por el hermoso puerto, buscar donde tomar un aperitivo al atardecer y luego una sabrosa cena en cualquiera de los numerosos lugares entre arcos o escalinatas.

Calles del interior de la ciudad.

Calles del interior de la ciudad.

 

Desde las alturas de Hvar.

Desde las alturas de Hvar.

Siempre se sube y baja.

Siempre se sube y baja.

Trazas góticas por todos lados.

Trazas góticas por todos lados.

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La plaza de San Esteban, de forma rectangular, y los muelles cercanos concentran el mayor número de paseantes. No muy lejos, por un agradable paseo junto al mar, se llega a un esbelto monasterio franciscano ribereño a una pequeña playa de pinos. El lugar es elegido por casi todos para observar los bellísimos atardeceres del Adriático. Si la noche es tranquila, no hace falta mucho más para justificar el viaje. Cuando anochece, aunque no se queda precisamente desierta, Hvar parece adquirir otro ritmo, una vez que se han marchado las multitudes de excursionistas de un día o cruceristas. Eso sí, casi siempre es aconsejable reservar en los restaurantes más demandados.

El monasterio de San Francisco, y sus atardeceres.

El monasterio de San Francisco, y sus atardeceres.

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Pocas ciudades más bellas pueden encontrarse entre las bellas islas de Croacia. Falta quizá un adjetivo, que podría ser el de inagotable. Porque estuvimos allí hace ya mucho tiempo, tanto como quince años y desde entonces teníamos ganas de volver. Han cambiado cosas, claro, pero se puede afirmar que la belleza de Hvar no ha cambiado, aunque tenga que soportar el turismo masivo. El esplendor de sus piedras incluso ha aumentado, con el aumento de las restauraciones de edificios y, naturalmente, el aumento de la oferta gastronómica le beneficia. Allí os espera.

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Vis, el gran descubrimiento

Ulyfox | 24 de enero de 2017 a las 12:49

Vista de Vis capital desde el ferry.

Vista de Vis capital desde el ferry.

A Croacia le ocurre en buena parte como a Grecia: tiene cientos de islas y, pese a la invasión turística y a la divulgación universal de sus encantos por causa de los múltiples caminos sociales modernos, aún conserva por fortuna la posibilidad de sorprenderte en algún rincón. Nos pasó este verano en Vis, una isla no desierta, ni mucho menos, ni desconocida. Pero sí se beneficia, tal vez, de haber sido durante décadas y durante el peculiar régimen socialista de Tito, un territorio casi velado por el secreto militar. Allí se ubicaban numerosas instalaciones bélicas como bases secretas de submarinos, de esas que aparecen en las películas de James Bond, y el mismo refugio antinuclear de Josip Broz. La llanura central de la isla está ocupada por un aéródromo cuya pista es una gran extensión de hierba y pasto ahora mismo. De hecho, uno de las excursiones turísticas de más éxito es la que tiene como objetivo la visita de estos lugares militares.

Rincones del sereno casco antiguo de Vis.

Rincones del sereno casco antiguo de Vis.

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Como a tantas, se llega a Vis en barco desde la luminosa Split. Dos horas de travesía calmada y nada más al arribar al puerto te alegra la visión de piedra, torres y almenas a la orilla marinera. La capital es como una población separada levemente en dos a lo largo de la orilla, y por detrás sólo unas pequeñas elevaciones sirven de fondo. La piedra dálmata tiene aquí un color más dorado que en el continente, donde es prácticamente blanca. Al desembarcar te sorprende agradablemente que en todo el frente marítimo está prohibida la circulación motorizada. Los peatones y las bicicletas son los dueños del paseo, lleno de barcos deportivos amarrados. La consecuencia inmediata es el silencio, el ambiente sereno, la elegancia, cualidades no exaltadas precisamente en el turismo de hoy en día pero no por eso menos agradables.

Torres palaciales, defensivas y religiosas.

Torres palaciales, defensivas y religiosas.

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Es inevitable decir que también eso le da a Vis un ambiente antiguo, como de veraneo de otros tiempos, que yo no he conocido pero que es como si siempre añorara. Días en los que es posible sacarle gusto a detenerse ante una iglesia gótica en un momento y al siguiente hacer una parada para apoyarse en el muro frente al mar para hacer uso del abrazo y el beso necesarios. EnVis se diría que las cosas, los negocios, los restaurantes están a la distancia y en el número apropiados. Entre los dos pequeños y equilibrados núcleos en los que se divide la capital de la isla discurre un agradable paseo frente al mar, con recodos en los que es posible darse un baño tranquilo. No se produce aglomeración sino una conveniente distribución de los establecimientos en el espacio. La calidad de los restaurantes es ideal, aunque ya pasaron los tiempos de los precios baratos. Tiene una gastronomía exquisita, basada obviamente en el mar. El pescado y el marisco croata son excelentes y la isla cuenta además con un tesoro único, un vino blanco bajo la denominación de bugava que alcanza un magnífico nivel y acompaña estupendamente los platos. Cosas como esas hacen de los viajes un descubrimiento.

Diferentes vistas de Vis en su hermosa bahía.

Diferentes vistas de Vis en su hermosa bahía.

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Pero además, Vis posee otros muchos atractivos naturales, como la espectacular y casi inaccesible playa de Stiniva, pequeño recodo tras una gran grieta en la roca; calas como la de Stoncica, en la que es tan elogiable el paraje y el agua como el asador del mismo nombre que allí ofrece sus delicias; pueblos encantadores como el de Komiza, en el extremo oeste de la isla, con su ribera llena de encanto y su torre defensiva. En este, el turismo es mucho más apabullante y parece ser un centro de atención para el visitante más joven y ‘bohemio’. Pese a ser un lugar muy bello, con mucha más oferta hostelera y de distracción, qué queréis que os diga, antiguo que es uno, prefiero la serenidad de Vis capital. Y eso porque el ambiente es más humano, más manejable. Aquí existe un restaurante de gran éxito, de nombre y vinculación española: lleva por nombre Lola, y ahí asienta su negocio una gallega que está casada con un cocinero charlatán croata enamorado de la cocina de la tierra de su mujer. Instalado en un jardín precioso, es un lugar en verdad recomendable. Y yo diría que casi un síntoma de todo lo bueno de Vis.

La espectacular y difícil playa de Stiniva.

La espectacular y difícil playa de Stiniva.

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Vistas de la bella y animada Komiza.

Vistas de la bella y animada Komiza.

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Solta, la isla tranquila

Ulyfox | 13 de diciembre de 2016 a las 12:48

El pueblo de Stomorska, en la isla croata de Solta.

El pueblo de Stomorska, en la isla croata de Solta.

 

De Split, la gran capital de la costa dálmata, a la isla de Solta hay poco más de media hora de navegación en un ferri pequeño y lento. Pero es una agradable forma de viajar cuando el mar está en calma. En este caso una ligera brisa movía el Adriático pero no lo suficiente para que la nave se agitara mucho, y casi antes de que nos diéramos cuenta estábamos en ese trozo de tierra pequeño. Apenas una decena de pasajeros más desembarcaron. No es una isla masivamente visitada, a pesar de encerrar rincones realmente muy bellos y, sobre todo y también por eso, muy tranquilos. Sencillez, la de los grandes momentos.

Penélope, en la terraza de nuestro apartamento en Stomorska, Casa Malvina.

Penélope, en la terraza de nuestro apartamento en Stomorska, Casa Malvina.

El barco atracó en Rogac, un pequeño puerto que es más bien un abrigo elegido por tener mayor calado. Pero nosotros íbamos a alojarnos en otra reducida población, a muy pocos kilómetros de distancia y de nombre tan eslavo que para mí remite a frías y lejanas estepas: Stomorska. Un autobús también de tamaño reducido hace el recorrido circular de la isla. No tiene mucha frecuencia, pero está perfectamente adaptado al horario de los barcos. En él embarcamos nuestro pesado equipaje preparado para un mes y en otro cuarto de hora más estábamos en nuestro destino. No, no es esteparia, sino muy mediterránea Stomorska. El pueblo es apenas una ensenada estrecha, un entrante del mar que le permite albergar un muelle en forma de ‘v’ aparentemente sólo apto para barcas. Una bella estampa, que a la hora temprana de nuestra llegada estaba casi desierta y recorrida por un viento más bien fresco.

En Maslinica, el puerto más 'turístico'.

En Maslinica, el puerto más ‘turístico’.

 

Después del plazo de un café tranquilo apareció nuestra anfitriona, una mujer grande y conversadora que nos condujo al alojamiento mientras nos contaba que su marido es judío sefardí, venido de Sarajevo pero que perdió el español antiguo que sí hablaban sus abuelos. Casa Malvina, allí mismo y un escalón por encima del puerto es una gran casa con salón y dormitorio amplios y una magnífica terraza anterior con vistas al mar. Equipada con casi todo, parece ideal para pasar varios días en familia… si no fuera porque la limpieza deja un poco que desear. A partes iguales nos gustó y nos disgustó por lo que he dicho.

 

Vista panorámica de Maslinica.

Vista panorámica de Maslinica.

Teníamos el día entero por delante, y los planes nos llevaron a alquilar un coche para recorrer la manejable Solta. Penélope, como siempre, tenía el terreno estudiado, y tras coger el vehículo allí mismo, nos dirijimos directamente a la punta occidental de la isla, en busca de otro puerto de bella resonancia, Maslinica, un lugar mucho más turístico, si es que se puede aplicar aquí término tan rimbombante. Pero a pesar de los pocos kilómetros de distancia, el ambiente era muy diferente. Aunque la estampa de casas de piedra rubia y tejados rojos sobre el puerto se parece mucho a la de Stomorska, allí había barcos de recreo, sobre los muelles un mayor número de restaurantes, y sobre todo un hotel de lujo que aprovecha un antiguo convento, el hotel Martinis Marchi, que tiene además un puerto deportivo propio. Sin acercarse ni de lejos a la masificación, al menos había algunos grupos llegados en barcos de excursiones y los locales hosteleros tenían bastante público. Un lugar precioso de los que salpican toda la ribera mediterránea en tantos países, una comunión natural del hombre con el entorno marítimo.

Baños en la escondida bahía de Sesula.

Baños en la escondida bahía de Sesula.

Todo eso invitaba a relajarse y dejar el tiempo pasar. Y naturalmente, a sentarse a beber y comer. Vino blanco croata, arroz negro (un plato omnipresente en esta zona), calamares, paté de pescado en un lugar azul y blanco frente a los barcos, la Konoba Sagitta, muy agradable de comida y trato. Excelente manera de cabalgar el tiempo en vacaciones. Y ya con esa confianza cogida con el tiempo, tras la comida un corto paseo por el escaso caserío, y una visita a una bahía muy cercana, la de Sesula: un entrante estrecho del mar que se ha convertido en un apacible lugar donde fondear o amarrar un barco, y en el que darse un baño entre las rocas y las barcas, sin más compañía que la de algunos pescadores solitarios y los comensales de algún chiringuito escondido bajo los pinos.

Una playita cerca de Stomorska.

Una playita cerca de Stomorska.

Todo parecía discurrir al mismo ritmo en esa isla apartada del bullicio turístico que invade Croacia en los últimos tiempos. Y el día se alargaba… aún nos dio tiempo de, en el camino de vuelta, adentrarnos levemente en dos pequeños pueblos casi pegados el uno al otro y a la vera de la carretera principal, Donje Selo y Srednje Selo. Dos poblaciones mínimas, de calles y casas de piedra, prácticamente desiertas y con el aspecto de que muchas de sus viviendas estaban abandonadas, pero un ejemplo de arquitectura popular, que nos hizo como siempre desear habitarlas, preguntarnos como esas bellezas podían estar ahí olvidades. Con el tiempo infinito de las vacaciones, poco más adelante dejamos el coche en un cruce de caminos y echamos a andar en busca del lugar más alto de la isla, una colina donde se enclava una cruz, en la que acaba un via crucis. Nos lo habían recomendado por las vistas, pero no eran para tanto. Eso sí, la subida fue tonificante y proporcionadora de la alegría que da el ejercicio físico.

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Calles abandonadas de Donje Selo.

Calles abandonadas de Donje Selo.

 

Stomorska al atardecer.

Stomorska al atardecer.

Por la noche, en Stomorska, el pueblo se retira temprano a dormir. En el puerto, dos españoles solitarios recorrían sus escasas dimensiones, en donde el griterío de dos chavales jugando resonaba como una gran fiesta, en busca de un lugar para cenar. Lo encontramos, claro, sin tener que andar mucho, un lugar con una camarera agradable, con una comida buena (especialmente bueno el pulpo) y con aperitivos de cortesía. Poca gente más había en el local, un grupo de hombres mayores contentos con la cerveza y que animaban a otro aún mayor que amenizaba, con una vieja guitarra y sus canciones internacionales de toda la vida, la velada. Muy agradable en una noche un poco fresca. La calma como concepto de vacaciones.

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Split, vivir como un emperador

Ulyfox | 16 de noviembre de 2016 a las 13:58

El Peristilo del palacio de Diocleciano, centro de Split, bajo la lluvia.

El Peristilo del palacio de Diocleciano, centro de Split, bajo la lluvia.

El Peristilo, con la torre de la Catedral al lado.

El Peristilo, con la torre de la Catedral al lado.

El Peristilo, de noche.

El Peristilo, de noche.

 

En Split es muy sencillo vivir, comer, beber, pasear y dormir en el palacio de un emperador romano. Basta con alojarse en el centro histórico de esta ciudad croata, auténtica capital de la región de Dalmacia. Buena parte del casco antiguo de esta luminosa población a orillas del Adriático se asienta sobre el palacio del emperador Diocleciano, que escogió su lugar de nacimiento para construir este inmenso edificio, donde pasó sus últimos años, entre los siglos tercero y cuarto de nuestra era. El tiempo posterior hizo de las suyas y tras la época romana el edificio fue ocupado por la gente ‘normal’, que en la Edad Media edificó allí sus viviendas, añadiendo y quitando muros y tabiques, reutilizando material. Una reforma de siglos que ha dado como resultado un intrincado laberinto de callejuelas de piedra salpicado de restos de columnas, arcos, templos y galerías, integrados en la trama urbana con una naturalidad que pasma, mezclando estilos arquitectónicos y componiendo una bellísima imagen.

Mezcla de estilos en la Puerta Oeste del Palacio de Diocleciano.

Mezcla de estilos en la Puerta Oeste del Palacio de Diocleciano.

Aún hay que cruzar alguna de las cuatro puertas monumentales abiertas en la muralla que era la pared exterior del palacio para entrar en este casco antiguo y que sigue en pie, mil setecientos años después. El panteón octogonal que mandó construir Diocleciano para que descansaran sus restos, y donde fue enterrado, es hoy la catedral pero se conserva tal cual, con sus mármoles y sus columnas, si bien con el añadido de un altísimo campanario. Frente a su puerta está el asombroso Peristilo, un patio rectangular bordeado de columnas y arcos que después de siglos es hoy la plaza central de la ciudad y centro de reuniones de turistas, artistas y músicos. Al lado, la Rotonda, una bóveda circular con cúpula abierta donde durante todo el día un coro entona canciones tradicionales croatas aprovechando su perfecta acústica. Por todas partes, escalones de mármol o de la hermosa piedra blanca de Dalmacia, cada vía desemboca en un arco o una galería, un par de esfinges traídas por los ejércitos imperiales desde Egipto presiden alguna esquina, en los sótanos del antiguo palacio se acumulan las tiendas de recuerdos, por algún lado se puede ver el mosaico de una estancia de aquella época.

La Puerta Este del Palacio

La Puerta Este del Palacio

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Restos romanos, palacios góticos y piedras antiguas en el interior del Palacio, ahora casco antiguo.

Restos romanos, palacios góticos y piedras antiguas en el interior del Palacio, ahora casco antiguo.

La gente tomó el abandonado palacio para vivir, y en lo que eran alojamientos de oficiales o funcionarios del emperador instaló su cuarto o su cocina, su tienda o su caballeriza. Hoy, casi todo está dedicado al turismo, y la imperial ciudad está llena de restaurantes, vinaterías o gastrobares a la última moda. Y en Croacia se come muy bien, os lo puedo asegurar. La anterior vez que estuvimos en Split (Spalato, según la larga historia de esta región vinculada con Italia), ya era naturalmente una joya, pero en los últimos tiempos se ha pulido con la aparición de todos estos negocios, y ha enriquecido su vida con el creciente tráfico de ferris y catamaranes a las islas, siempre rebosantes de visitantes en temporada. Hasta tres veces paramos en Split en el pasado septiembre, en nuestras idas y venidas precisamente a las islas. El primer día nos recibió un gran chaparrón, pero las otras dos jornadas pudimos disfrutar de su belleza iluminada por un gran sol mediterráneo.

Las dos esfinges egipcias, una en el Peristilo, y otra ante el Templo de Júpiter.

Las dos esfinges egipcias, una ante el Templo de Júpiter, y abajo en el Peristilo.

 

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La Rotonda, con el remate de la Catedral asomando por su agujero.

La Rotonda, con el remate de la Catedral asomando por su agujero superior.

 

Por dentro, el palacio de Diocleciano apabulla con su abigarramiento, y por fuera, sus altos muros adornados con arcos y columnas transportan a siglos atrás como cuando uno está ante algunos edificios de la Roma más antigua. De ellos, los laterales más cercanos al puerto están literalmente tomados, quizá demasiado, por los puestos para turistas. Esclavitudes de las costumbres masivas. Eso no quita que uno pueda disfrutar del inmenso placer de tomar un café con las mismas vistas que el viejo emperador tendría desde sus balcones, al atardecer y con la silueta de las hermosas islas allá enfrente. Más afuera, aún hay multitud de calles que trepan hacia la colina arbolada o que se desparraman hacia las playas. Aún más al exterior, la ciudad ha crecido como un gigante moderno, no tan acogedor. Pero desde y junto al mar, Split es impresionante en sus recuerdos y en su realidad actual.

Calle del casco histórico, fuera del palacio.

Calle del casco histórico, fuera del palacio.

El hermoso mar Adriático, en el puerto de Split

El hermoso mar Adriático, en el puerto de Split

A la izquierda, la tumba de Diocleciano, hoy Catedral.

A la izquierda, la tumba de Diocleciano, hoy Catedral.

En la plaza de la República de Split.

En la plaza de la República de Split.

En la parte que sube hacia la colina Marjan.

En la parte que sube hacia la colina Marjan.

En nuestra estancia fragmentada en Split recorrimos varias veces el palacio que ahora son calles, disfrutamos del hermoso paseo marítimo, probamos los estupendos vinos y nos solazamos con la intensa rakia, el equivalente al raki griego o al orujo español. Un aguardiente de uvas, que aquí se perfuma con diferentes hierbas y frutas como la cereza o la algarroba. No faltó ni un día en el que el rakia fuera la despedida de cualquier comida o el acompañante ideal del café. En esas cortas jornadas, pasamos no sé cuántas veces por el Peristilo. Pero también admiramos el mar Adriático en el agitado puerto y oíamos los cantos croatas en la Rotonda.

La luminosa Split, frente al Adriático.

La luminosa Split, frente al Adriático.

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Una de las esupendas terrazas para beber y comer en el interior del Palacio de Diocleciano.

Una de las esupendas terrazas para beber y comer en el interior del Palacio de Diocleciano.

Diocleciano fue uno de los más tardíos emperadores romanos. En realidad, él, que ordenó la más implacable persecución contra los cristianos, logró que el Imperio durase unos cien años más antes de su derrumbe estrepitoso. A su vejez, fue el primer emperador que abandonó voluntariamente su cetro, y se retiró a su gran palacio de Split, casi una ciudad, a cuidar de sus huertos y jardines. Pero quizá el mejor fruto de su labor de siembra fue este impresionante legado que ahora es el centro de la ciudad.

Zadar saca la música del mar

Ulyfox | 7 de noviembre de 2016 a las 13:51

La primitiva catedral de Santa Anastasia y la torre posterior.

La iglesia de San Donato y la torre románica de la catedral de Santa Anastasia.

Turistas al atardecer, sentados sobre el Órgano Marino de Zadar.

Turistas al atardecer, sentados sobre el Órgano Marino de Zadar.

 

En realidad, lo que me atraía desde hacía mucho tiempo de Zadar, otra de las joyas dálmatas de Croacia, era la iglesia de San Donato: un templo prerrománico circular como muchos templos clásicos, antiquísimo y singular, con una nave redonda, tres ábsides y dos niveles de galerías conectadas internamente por una escalera curva. Algo muy raro. Una curiosidad intelectual, digamos. Y efectivamente, me gustó su apariencia altiva y poderosa, y su interior de aroma medieval primitivo, con una acústica extraordinaria, con altas columnas reutilizadas obviamente de edificios romanos, y esos cimientos en los que el sustento lo ofrecían cornisas y estelas de la misma época milenaria, su suelo del mismo tiempo que el foro romano que se adivina en su exterior. Como me gustaron las trazas italianas de la adjunta Catedral de Santa Anastasia, con esa apariencia de románico tardío italiano, como tantas que se pueden ver pertenecientes a la época dorada en la península itálica.

Vista interior de la iglesia de San Donato.

Vista interior de la iglesia de San Donato.

Escalera que comunica con la galería superior.

Escalera que comunica con la galería superior.

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Pero al final, como turista ignorante y dispuesto a maravillarse, me fascinó el Órgano Marino que el arquitecto Nikola Basic construyó hace una década en su paseo frente al Adriático, un artilugio de apariencia sencilla pero que seguramente debe haber costado imaginar y desarrollar. Frente al mar, una serie de escalones de piedra blanca con unos huecos y ranuras sabiamente dispuestos, recogen los continuos golpes del oleaje, que según su intensidad producen unos sonidos armoniosos al expulsar el aire impulsado por las olas. El efecto es sencillamente mágico y, si al principio resulta asombroso, pasado un tiempo se vuelve hipnótico y casi como un mantra. Aunque parezca siempre lo mismo, no puede ser. Porque de pronto pasa una embarcación y la onda actúa como un potenciómetro en el volumen de un aparato de alta fidelidad. Y la ecuación es: a agua más revuelta, mayor variedad musical y un tempo más acelerado.

Panorámica del atardecer sobre el örgano

Panorámica del atardecer sobre el örgano

Sobre el Órgano Marino se congrega la gente al atardecer para conjugar el efecto visual del ocaso con la música que produce el mar. Todo el mundo va a esa zona al caer la tarde, porque además es un paseo comodísimo y bordeado de jardines. El lugar guarda además otra sorpresa cuando el astro rey dice adiós, y se llama precisamente Ofrenda al Sol. Un gran círculo formado por centenares de placas fotovotaicas desprende al llegar la noche toda la energía luminosa que ha acumulado durante el día, en forma de luces de colores. Imaginaos la cantidad de selfies que puede llegar a hacerse la gente con tan imaginativa ocasión. Y se trata en verdad de un efecto sorprendente y, sobre todo, divertido. Como una gran atracción de feria gratuita, caldo de cultivo para fotos reenviadas por whatsapp.  Un hallazgo brillante esta combinación Órgano Marino-Ofrenda al Sol.

Turistas en la Ofrenda al Sol.

Turistas en la Ofrenda al Sol.

Otro turista sobre la Ofrenda al Sol.

Otro turista sobre la Ofrenda al Sol.

Pero además Zadar tiene un casco antiguo hermosísimo, salpicado de restos romanos y con una unidad de estilo desde el románico hasta el barroco, lleno de restaurantes y terrazas, animadísimo como el gran punto de atracción turística en que se ha convertido. No hay forma de terminar de asombrarse con Croacia.

El antiguo Foro romano de Zadar, con San Donato y la catedral al fondo.

El antiguo Foro romano de Zadar, con San Donato y la catedral al fondo.

Fachada de la catedral de Santa Anastasia.

Fachada de la catedral de Santa Anastasia.

La mañana siguiente fue el momento de visitar tranquilamente el casco antiguo de Zadar, pero la lluvia nos sorprendió fuertemente. Y nos acompañó durante unos días. Lo contaremos.

 

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Sibenik, de otro tiempo y de ahora

Ulyfox | 29 de octubre de 2016 a las 21:50

 

Una figurante, ante la Catedral de Sibenik.

Una figurante, ante la Catedral de Sibenik.

 

Tiene Croacia una colección inigualable de ciudades medievales al borde del mar, tanto que es posible andar por la costa del país saltando de admiración en admiración ante el espectáculo inusitado de murallas, templos y fachadas increíblemente bien conservados. Todo lo unifica el aire indudablemente veneciano de la arquitectura, herencia de aquel próspero imperio que fue el regido por la Serenísima República. Este es el caso de Sibenik también, al borde de un pequeño mar interior unido por un canal natural al Adriático.

Detalles de la portada lateral de la catedral.

Detalles de la portada lateral de la catedral.

Sibenik tiene un atractivo general, pero sobre todo atrae gente alrededor de su peculiar catedral, obra del arquitecto y escultor Dalmatino, que tiene la ciudad y la zona sembradas de sus trabajos. La catedral ostenta una notable singularidad: las techumbres redondeadas. Carece de cubierta a dos aguas como es lo usual y eso le da un perfil bellísimo a toda su acumulación de piedra blanca de Dalmacia, tan común por la región.

Alrededor de ella, y frente a la escalinata que la une con el frente marítimo, se acumula la vida de la ciudad y, naturalmente, el turismo masivo que acude a Croacia desde hace muchos años, y mucho más en los últimos, una vez que fue elegida como escenario de la serie Juego de Tronos. De hecho, el día que estuvimos allí había gran cantidad de figurantes y espectáculos de ambientación medieval o de la indeterminada época en que transcurren las hazañas de esos personajes. Por eso nos encontramos con escenas variadas de batallas entre guerreros, bufones y danzas palaciegas. Turistoide, sí, pero atractivo sin duda.

 

Visión general de la peculiar catedral.

Visión general de la peculiar catedral.

Pero aparte de eso, y sobre todo, el casco histórico de Sibenik es una bellísima ciudad gótica de callejuelas empinadas, escaleras y balcones dignas de Julieta y placitas empedradas. Bajando al nivel del mar, tiene un agradable paseo que bordea la muralla y te lleva hasta alcanzar una vista preciosa del caserío desbordándose sobre el agua. Conseguimos una preciosa foto con las casas reflejando el sol dorado del atardecer.

Maravillosa Sibenik.

 

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Panorámica de la plaza de la catedral.

Panorámica de la plaza de la catedral.

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Una fachada gótica en el centro de Sibenik.

Una fachada gótica en el centro de Sibenik.

 

Belleza en el centro de Sibenik.

Belleza en el centro de Sibenik.

Belleza en el centro de Sibenik.

Belleza en el centro de Sibenik.

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Vista de Sibenik desde el mar.

Vistas de Sibenik desde el mar.

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Krka, un parque de agua

Ulyfox | 27 de octubre de 2016 a las 13:25

La cascada de Skradin, en el parque nacional Krka.

La cascada de Skradin, en el parque nacional Krka.

Penélope, como mpez en el agua.

Penélope, como pez en el agua.

Es fácil y justo decir que, paisajísticamente, Croacia es un paraíso. Acumula entre sus argumentos una costa espectacular poblada por decenas de ciudades medievales, muchas de ellas amuralladas, con un interior frondoso y espectacular. Es imposible no maravillarse ante visiones como la riviera dálmata o los parques naturales. En este pasado mes de septiembre, tuvimos la fortuna y la sabiduría de pasar 15 días en el país, y recorrer una parte de su territorio, en realidad sólo en la mitad sur. Saltamos de ciudad a ciudad, de isla a isla y también hicimos una incursión, de pocos kilómetros al interior, buscando otros cursos de agua, ahora fluviales.

Tanta agua por todo el parque.

Tanta agua por todo el parque.

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Muy cerca de la espléndida ciudad de Sibenik, una joya artística e histórica al borde de un mar interior, está el parque nacional Krka, con ese nombre tan difícil de pronunciar que tienen algunos lugares croatas y del Este. El atractivo principal de este parque es el río que le da nombre y, sobre todo las bellísimas cascadas que forma, cerca de la población de Skradin. Su fama es enorme y eso lo hace lugar de visita imprescindible para una gran cantidad de turistas y cruceristas asentados en las cercanas Split y Dubrovnik.

Y más todavía.

Y más todavía.

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El sistema de visita es simple, cómodo y eficaz. Una red de senderos y pasarelas te conduce a través del parque, y es casi imposible que te pierdas ningún lugar fotografiable. El inconveniente es que a ciertas horas y en ciertas épocas del año se pueden producir hasta embotellamientos y atascos de tráfico humano por esos caminos sombreados, y uno adivina que apacibles fuera de esos días. El parque tiene dos entradas principales, con sus centros de recepción provisto de amplia información y mapas. Nosotros entramos por el que se encuentra en Skradin, un núcleo compuesto por poco más que una bonita calle alargada que se adentra hacia la montaña desde el atestado muelle. De este parten los lentos barcos que te llevan, entre juncos, cisnes y pinos hasta el embarcadero del parque propiamente dicho.

Camino del parque, en el barco que nos lleva.

Camino del parque, en el barco que nos lleva.

Y a partir de ahí lo que toca es andar prácticamente siempre bordeando, sorteando y vadeando torrentes, riachuelos y veneros, subiendo una pendiente no demasiado pronunciada junto a las ruidosas cataratas, verdes y con una espuma blanca producida por la caída brusca del agua. Es asombroso ver la serenidad de algunos lagos que se rompe de pronto en una abrupta precipitación blanca hacia el siguiente lago, y el siguiente y el siguiente… Cerca de las cascadas más altas es casi imposible oír al que va contigo.

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Con unas dos horas de paseo, en el que la segunda parte es en descenso, se rodea el espectáculo principal del parque, ya los últimos pasos rodeados por una muchedumbre que habla en todos los idiomas conocidos y en muchos otros de los que uno es incapaz de adivinar su procedencia. El parque ofrece la posibilidad de hacer prácticamente un día de visita completo, si se coge otro barco o se decide uno a hacer senderismo hasta un evocador monasterio enclavado en una pequeña isla en uno de los lagos. Pero no fue esa la opción que escogimos, sino la de tomar la nave de vuelta a Skradin, de forma que llegáramos a la hora de almorzar y pasear a este pueblecito. Konoba Dalmatino fue el lugar escogido para comer, y nada decepcionante sino todo lo contrario. Aunque ya nos dio ocasión de comprobar que los camareros croatas son eficientes pero muy serios. Educados pero nada cómplices. Preferibles a otras opciones campechanas en exceso, eso sí.

La calle principal de Skradin, un agradable pueblo a orillas del lago.

La calle principal de Skradin, un agradable pueblo a orillas del lago.

La nueva vida de Mostar

Ulyfox | 19 de octubre de 2016 a las 13:19

Mostar y su puente sobre el rio Neretva.

Mostar y su puente sobre el rio Neretva.

Mostar tiene un nombre que resuena con dolor en las cabezas de todos los integrantes de una cierta generación que se estremeció en la distancia cercana con su sonido. Mostar sonaba a bombas y a asedio al principio de los años 90, cuando la guerra de los Balcanes golpeaba a Bosnia con una crueldad que se nos antojaba imposible en una Europa exhuberante en lo económico y a punto de entrar en el siglo XXI. Y Mostar era en los telediarios un puente altivo y airoso, construido por los turcos sobre el río Neretva y que unía los barrios cristiano y musulmán de la preciosa ciudad. Un puente que es una obra de arte, patrimonio de la Humanidad, y que en el año 93 saltó por los aires ante los ojos de todo el mundo, cuando el ansia separadora acertó con el mortero sobre el arco de piedra hasta entonces en pie.

La voladura del puente de Mostar por las tropas serbias, junto con el asedio implacable y cruento de Sarajevo, las numerosas matanzas perpetradas por los ultranacionalistas hicieron por fin intervenir a la OTAN, que paró el genocidio. Luego vinieron los cascos azules de la ONU, muchos de los cuales provenían de aquí mismo, de Cádiz y San Fernando, y la paz se impuso. Lo único que puede curar o al menos aliviar tanto mal es un final feliz, y ese parece que es el que están viviendo ahora los habitantes de Mostar, un nombre que, tal vez por todo lo dicho antes, nos llamaba con su sonido de esperanza desde que decidimos viajar a Croacia el pasado septiembre.

Personalmente, a esa montaña de sentimientos y evocaciones se sumaban los recuerdos de mi época de responsable de la información nacional e internacional del Diario en aquella intensa y tremenda época. Demasiados días, años. Una época en la que todavía esas noticias nos impresionaban y nos ocupaban horas y horas de pensamiento y conversación. Sí, el final parece feliz ahora en la ciudad mixta, ya sin guerra entre religiones, y parece que otra vez unida por el puente reconstruido por la Unesco.

El puente otomano, siempre presente al fondo.

El puente otomano, siempre presente al fondo.

El puente es hermoso, impresiona visto desde el río y desde todos los ángulos de las callejuelas que lo rodean. Es un estrecho pasaje, empinadísimo y resbaladizo, fortificado en sus dos extremos, a un lado las iglesias y al otro las mezquitas. Estremece los sentidos oír el canto del muecín en mitad de la tarde en una nación tan europea, nos resulta extraño y a la vez emocionante como sucede siempre con esas salmodias que se lanzan desde los minaretes llamando a la oración. En medio del puente, varios estilizados muchachos venden a los turistas por unos euros la posibilidad de verlos saltar desde la altura hasta el río. No vimos ninguno hacerlo, pero comprendimos que pidieran un alto precio por la demostración de audacia.

Un café a la orilla del Neretva.

Un café a la orilla del Neretva.

 

Ahora son los turistas los que invaden la preciosa y evocadora población, convertidas sus principales calles en un inmenso zoco en los que no es posible comprar mucho más que baratijas de lo más tópicas. Era casi imposible transitar por el puente y las callejuelas, llenas todo el día de un gentío afanoso procedente en su mayoría, según nos pareció, de cruceros atracados en la cercana Croacia: Dubrovnik y Split. Pero abundaba también el visitante musulmán, con mujeres cubiertas en mayor o menor proporción.

Desde el puente, saltadores a sueldo esperan que los turistas paguen por ver su salto.

Desde el puente, saltadores a sueldo esperan que los turistas paguen por ver su salto.

Sería casi imposible encontrar huellas de la tremenda destrucción provocada por la guerra, si no fuera por algunos pequeños restos y por la disposición a la venta de algunos de esos recuerdos en forma de balas, cascos y cartucheras, para mi gusto de manera un tanto inadecuada. Más apropiada me resultó una piedra pintada a la entrada del puente con el rótulo “Don’t forget 93′ y rodeada de chatarra bélica. El pueblo está precioso, pero es verdad que no se debe olvidar aquella tragedia. Sí nos sentimos felices, en cambio, de que después de tanta penalidad, llegue la bienaventuranza del turismo. Y que Mostar ofrezca su puente, sus mezquitas y sus calles solo al asalto de este tipo de hordas, más pacíficas. Alivia.

Casas musulmanas, minaretes y mezquitas a la orilla del Neretva.

Casas musulmanas, minaretes y mezquitas a la orilla del Neretva.

La ciudad, no obstante, es mucho más grande que esas vías atestadas, y es posible alejarse unos metros para encontrar rincones mucho más serenos, con otros puentes cruzando afluentes del Neretva y mezquitas escondidas. A salvo de la barahúnda, y mucho mejor si se tiene la feliz ocurrencia de pernoctar allí. El paseo vespertino es ya mucho más sosegado, y mucho más fácil hallar sitio en los estupendos y baratos restaurantes. Lo mismo ocurre con los hoteles, a unos precios que ni soñados por los occidentales.

Numerosos visitantes sobre el puente.

Numerosos visitantes sobre el puente. Al fondo, la ciudad.

Llegar a Mostar nos supuso un desplazamiento un tanto largo, cruzar la frontera y descruzarla en una lentísima cola, pero sobre todo una experiencia que llevábamos años queriendo tener. Inolvidable.

Los turistas, no las tropas, invaden ahora Mostar.

Los turistas, no las tropas, invaden ahora Mostar.

 

Comida sabrosa y barata en Mostar.

Comida sabrosa y barata en Mostar.

 

No olvidar la guerra.

No olvidar la guerra.

Rincones en el interior más tranquilo de Mostar.

Rincones en el interior más tranquilo de Mostar.

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Reencuentro con Croacia

Ulyfox | 7 de octubre de 2016 a las 14:21

 

Saliendo al puerto de Trogir.

Saliendo al puerto de Trogir.

 

Hemos tardado una década para no resistirnos más a volver a Croacia. Cumplimos nuestro deseo pendiente este pasado septiembre. Un reencuentro feliz, gozoso por uno de los países más bellos y luminosos del Mediterráneo, rebosante de huellas históricas, orgulloso de haberlas conservado como pocos. Una quincena para pagar nuestra deuda, dos semanas de descubrimientos, sensaciones y emociones que no morirán nunca. Habíamos estado dos veces antes en este lugar que mezcla como pocos el pasado latino con su raíz inequívocamente eslava. Venecia y los Balcanes unidos con un resultado asombroso a orillas de un mar común. Viajar por la costa dálmata es encadenar una admiración sonriente tras otra. Con ese ánimo fuimos, y aumentado volvió.

En el paseo marítimo de Trogir.

En el paseo marítimo de Trogir.

Comenzamos el viaje a la vez que el mes de septiembre, en un lugar, como tantos en ese país, patrimonio de la humanidad: la ciudad costera de Trogir, muy cerca del aeropuerto de Split, verdadera capital de Dalmacia. Arribada nocturna, y sólo como punto de llegada para iniciar el periplo. Pero esa llegada fue la mejor, porque incluyó un corto paseo por el bellísimo casco antiguo, hecho de piedra blanca en fachadas y pavimentos, y una estupenda cena con delicias marinas en un restaurante de una placita recogida.

Una de las puertas de la muralla.

Una de las puertas de la muralla.

Trogir está situado en una pequeña isla unida por dos puentes al continente y a otra isla mucho más grande, la de Ciovo. Repite casi calcada la ubicación de muchas ciudades en el litoral croata, en enclaves en el mar unidos por estrechos caminos a tierra firme. Influencia veneciana, seguramente, que se ve mucho mejor en los campanarios y en las ventanas góticas de palacios, iglesias y edificios. Todo eso lo pudimos apreciar mucho mejor con el garbeo matutino que nos dimos muy temprano (aunque la actividad ya era considerable) a la mañana siguiente antes de emprender nuestra ruta croata. Las fotos son la prueba, y nuestros escritos siguientes darán fe de tanta belleza. Bienvenidos, dobrodosli!

En el puente que une Trogir de la isla de Ciovo.

En el puente que une Trogir de la isla de Ciovo.

 

Rastros venecianos y medievales en el casco antiguo de Trogir

Rastros venecianos y medievales en el casco antiguo de Trogir

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Decíamos ayer… en Avilés

Ulyfox | 10 de agosto de 2016 a las 14:01

La calle Rivero de Avilés

La calle Rivero de Avilés

Ese ayer es ya bastante lejano… fue a principios de este año cuando visitamos Asturias. Cuando planeamos el viaje ni se nos pasó por la cabeza que fuéramos a visitar Avilés. Nos sonaba a pueblo industrial, lleno de chimeneas y fábricas, invadido por la siderurgia, tan sólo aliviado por el nuevo centro cultural debido al arquitecto brasileño Oscar Niemeyer (ya sabéis, el diseñador de Brasilia). Eran todas esas imágenes que luego comprobamos que eran erróneas anticuadas. El caso es que llegamos a León, donde habíamos quedado con los amigos Isabel y Santiago, y estos nos aconsejaron vivamente el casco antiguo de Avilés. Decidimos hacerles caso.

Más edificios decimonónicos en Avilés.

Más edificios decimonónicos en Avilés.

Y nos alegramos, claro. Vivimos eso que tanto gusta a los viajeros vocacionales: descubrir lugares, sorprenderte con lo inesperado. Y fueron unas calles pétreas en paredes y suelos, unos soportales llenos de columnas, un ambiente antiguo y sin embargo próspero. Ese contacto con el Norte admirable en su limpieza y civilización, sin idealizar nada por supuesto. La constatación de que, por mucho que uno ande, siempre hay mundos ahí dispuestos a demostrarte tu ignorancia… y a enseñarte.

La iglesia de San Nicolás de Bari.

La iglesia de San Nicolás de Bari.

El paseo fue, como no podía ser de otra forma, pasado por agua, gris. Es el Norte también. La comida, en una sidrería de la cadena Terra Astur, que por lo que vimos es la que está de moda ahora en esas tierras, con una doble división de hostelería y tienda de productos típicos. Muy buena, adaptada a la demanda masiva pero sin perder la tradición, nos pareció.

Las omnipresentes sidrerías.

Las omnipresentes sidrerías.

La visita al Centro de Niemeyer, en cambio, me resultó un tanto decepcionante. Me dio la impresión de que Avilés ha intentado la misma operación que Bilbao: limpiar su imagen de humos y grises industriales con un edificio de esos que se llaman ahora emblemáticos, pero que no lo ha logrado. El Centro no el poder seductor y magnético del Guggenheim, ni mucho menos, pero ahí está, como intento… Y no le quita nada a la ciudad, al contrario

El modeno centro cultural de Niemeyer.

El modeno centro cultural de Niemeyer.