El vuelo más corto del mundo

Ulyfox | 15 de abril de 2018 a las 18:38

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

Todo está dispuesto a bordo del avión de la línea Sky Express en el aeropuerto de Kárpathos. El avión bimotor de turbohélice con destino a Sitia, en Creta, empieza a rodar por la pista. Despega y a los dos minutos la azafata dice: “Iniciamos el descenso al aeropuerto de Kasos”.

Esta es la cortísima historia del vuelo más corto del mundo. Kasos es casi como una escala inevitable, como un pequeñísimo salto de pulga, pero seguramente le ha dado sentido y rentabilidad a un vuelo entre las islas de Kárpathos y Creta que tal vez no existiría sin esta casi broma. Los pasajeros, apenas una decena, descendimos y esperamos en la pequeña sala del aeródromo, casi sin tiempo ni para ir al servicio si alguien lo hubiera necesitado. El avión vuela a muy baja altura, claro, no tiene tiempo de subir más y uno viaja casi tocando las olas. Es cómodo, tranquilo y todo el pasaje sonríe ante lo singular de esta experiencia, duda de si merece la pena bajarse, pero ahí la tripulación es clara: todo el mundo tiene que hacerlo.

Luego sí, ya el segundo salto hasta Creta es sólo una mijita más largo, y al menos merece el nombre de vuelo. Sin embargo, no merece que se cuente nada sobre él.

Arles, para locos y genios

Ulyfox | 11 de abril de 2018 a las 13:54

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Exterior de Las Arenas de Arles, en el centro

Exterior de Las Arenas de Arles, en el centro

“Hemos estado en la Provenza”, es una frase que llevaba tiempo queriendo decir . Y ahora ya puedo, desde no hace mucho, un mes. Todos los nombres evocan cosas, para eso están. El de Provenza nos trae en seguida imágenes de campos de trigo, pueblos de piedra y otros nombres: los de pintores de colores. Uno no puede estar dentro de un cuadro, recorriendo una calle, mirando un sembrado o sentado en un café de los que pintaron hace más de un siglo los impresionistas en Francia. Estaría bien, siempre que pudiera uno salirse cuando quisiera. Pero sin duda, se puede tener una sensación parecida, con la mínima sensibilidad y un poco más de ganas, si uno pasa unos días allí, en el sureste del país vecino, entre las marismas de la Camarga, vigilados por el Mont Ventoux y asomándose al Mediterráneo, si no más azul al menos el más chic.

Vista panorámica de Arlés, con el Ródano al fondo.

Vista panorámica de Arlés, con el Ródano al fondo.

Y el impresionista (y luego postimpresionista, quién puede clasificarlo) más popular, a la vez que quizá el más desgraciado, es sin duda Vincent Van Gogh, ese loco del pelo rojo que imaginamos siempre con el rostro de Kirk Douglas y sobre un fondo amarillo. O bañado en el mismo color. Se puede decir Van Gogh o se puede decir Arles, la pequeña ciudad amurallada en tiempos romanos y tranquila en la que vivió su sueño de crear un taller para artistas; la misma en la que se cortó la oreja tras una discusión con su ya nunca más amigo Gauguin; la misma cuyos rincones y paisajes pintó tantas veces, esa que dejó para morir pocos kilómetros más allá, en un sanatorio de Saint Rémy en Provence.

El café Van Gogh, que pintó en tan famoso cuadro.

El café Van Gogh, que pintó en tan famoso cuadro.

Arles no conserva ni una sola obra de Van Gogh, pero la ciudad se quedó sin duda con su espíritu. O eso es lo que hemos querido ver cuando hemos estado, poco más de un día, al inicio de nuestra gozosa estancia en la región de la lavanda. Arles ha inventado varios frascos para guardar ese aire de Vincent. El más turístico es el café Van Gogh, en la preciosa plaza del Forum, que recrea la fachada amarilla de su famoso cuadro Café de noche. Pero los hay mucho más evocadores, como el paseo arbolado del Jardin d’Eté o la avenida de tumbas de la necrópolis de Alyscamps, o ese puente levadizo sobre un canal a las afueras. En esos sitios se han colocado reproducciones de los cuadros pintados por el pintor holandés in situ, para que podamos comparar, si nos da la gana.

Una calle de Arles.

Una calle de Arles.

El paseo funerario de los Alyscamps.

El paseo funerario de los Alyscamps.

A la memoria de uno de los artistas más grandes de la modernidad y como continuación de su intención de favorecer a los artistas principiantes se creó la Fundación Van Gogh, que alberga exposiciones temporales y siempre una obra del genial pintor que no vendió nada más que un cuadro en vida. Nosotros pudimos ver un paisaje y una carta original que escribió a Gauguin, para invitarlo a venir a lo que él quería que fuera un hogar de creación, allí en Arles.

Ante la Fundación Vang Gogh en Arles.

Ante la Fundación Vang Gogh en Arles.

Muchos siglos antes de esta explosión artística de efecto retardado provocada por un solo hombre genial e incomprendido, los romanos ya sabían que Arles y toda la zona tenían algo especial. No en vano fundaron allí su primera provincia (de ahí el nombre de Provenza) y la llenaron de ciudades, de templos, de teatros, de calzadas. El mejor testimonio es el impresionante anfiteatro que ahora se alza maravillosamente conservado en el centro de Arles, y que en estos días alberga además la primera de sus ferias taurinas, como una plaza de toros antiquísima. También hay un teatro, peor conservado y unos misteriosos criptopórticos, debajo de la plaza del Forum.

Claustro de Saint-Trophime.

Claustro de Saint-Trophime.

 

Pórtico de Saint-Trophime

Pórtico de Saint-Trophime

Los siglos no abandonaron a la pequeña ciudad, y la Edad Media dejó tesoros como la iglesia de Saint-Trophime, de espectacular pórtico principal y conmovedor claustro románico-gótico. Y está ese aire elegante y tranquilo que tienen tantas ciudades francesas…

La galería de Les Arenes.

La galería de Les Arenes.

Inerior del anfiteatro, preparado para la Feria taurina.

Inerior del anfiteatro, preparado para la Feria taurina.

En estos días, además, la primavera ya pinta de Van Gogh los campos cercanos, haciendo amarillear los trigales y provocando esas noches en las que el artista hacía bailar a las estrellas en círculos locos con los cipreses. Yo ya lo he visto.

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El verano en Karpathos

Ulyfox | 3 de abril de 2018 a las 9:39

La playa de Kirá Panagia, desde la iglesia del mismo nombre, en la isla de Kárpathos.

La playa de Kirá Panagia, desde la iglesia del mismo nombre, en la isla de Kárpathos.

 

Parece difícil, pero el verano llegará como lo hace siempre, y nos da igual que llegue antes o después, que venga más o menos caluroso, después de este invierno que empezó amistoso, tanto que ahora no quiere dejarnos. Y mientras, quizá nos consuele pensar en otros estíos, es decir en vacaciones, viajes, luces y aires distintos. El más cercano de los nuestros, lo sabéis, se dedicó íntegramente a Grecia, como hemos hecho otras veces. Ahí quisimos visitar una isla que había estado otras ocasiones en nuestras intenciones, pero no creáis, no todas son tan fáciles de alcanzar ni de acomodar a nuestros planes. Kárpathos está entre el archipiélago del Dodecaneso y nuestra amada Creta, pero nosotros queríamos ir a ella desde Samos y para hacerlo fue obligatorio dar dos saltos en avión, desde el aeropuerto samiota hasta el de Atenas y desde este al de nuestro destino. Llegamos al fin, y por eso os podemos contar.

Las aguas de la playa de Kirá Panagia.

Las aguas de la playa de Kirá Panagia.

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Kárpathos era hasta hace muy poco, por esa complicación de transporte, un lugar muy poco visitado y con algunas poblaciones y playas con fama de inaccesibles, envueltas en el misterio de las nubes como el pueblo de Olimpos, allí en la cima y durante años unido al resto de la humanidad por una carretera pavorosa, rodeada de precipicios y sin asfaltar en muchos tramos. Si era así, todo eso, o casi todo, ha cambiado. La carretera sigue teniendo un montón de curvas y en muchos momentos se rueda entre la niebla, pero su anchura ha crecido considerablemente y el asfalto es impecable. Eso ha hecho del Olimpos que antes era un vestigio étnico en las cumbres, en el que sus habitantes vestían sus coloridos atuendos tradicionales y eran visitados poco más que por sus cabras, un enclave precioso, peculiar en sus construcciones decoradas, pero inevitablemente muy turístico y comercial.

El puerto de Kárpathos, la capital de la isla.

El puerto de Kárpathos, la capital de la isla.

El aeropuerto de Kárpathos, uno de los más grandes del país por su uso tradicionalmente militar, se ha abierto a los vuelos chárter internacionales, y ahora te encuentras por todas partes grupos de turistas nórdicos e israelíes, supongo que por el origen de sus vuelos. Los turistas inevitablemente modifican el entorno y, aunque parezca difícil en una isla griega, casi no se oye música nacional, la bella música griega y los locales tienen un aire inequívocamente internacional. Las playas, maravillosas, siguen siendo difíciles de alcanzar, porque en un paisaje tan montañoso las carreteras se ven forzadas a discurrir por las alturas, y para llegar al mar hay que descender por calzadas estrechas y con decenas de giros cerrados. Pero… ¡oh sorpresa! están llenas, atiborradas, y las motos y los vehículos se amontonan en aparcamientos casi inverosímiles. Toda dificultad y aglomeración se olvida cuando uno se sumerge en sus aguas transparentes, pero la admiración ante el tesón del ser humano de todas las edades por bañarse en el azul permanece. Cosas evidentes: la playa de Kirá Panagía, la de Achata, la de Ampella, Kato Lefkó… son increíbles. Merece la pena el esfuerzo, pero uno agradecería que menos gente se esforzara.

Olimpos, en las alturas y entre nubes.

Olimpos, en las alturas y entre nubes.

El ya mentado Olimpos es una singularidad en muchos sentidos. A cientos de metros de altura es un mirador inigualable sobre el mar. Sus habitantes, sobre todo las mujeres, siguen conservando el uso de trajes tradicionales, y posee un dialecto propio que los expertos identifican con unos lejanos orígenes dorios. Las casas geométricas están pintadas con vivos colores y adornadas con motivos florales y de pájaros. Es ciertamente impresionante, pero debió de serlo mucho más cuando sus estrechas calles no eran un reguero de turistas casi en fila india y sus moradores se calentaban con raki auténtico. Nosotros lo vimos en un día más gris que soleado, lo cual debe ser bastante normal en esas alturas plagadas de nubes y viento. Un lugar que, a mi juicio exigente, debió permanecer envuelto en esa nubosidad y accesible sólo para los verdaderamente interesados. Digo yo.

La plaza de Olimpos, colorida y singular.

La plaza de Olimpos, colorida y singular.

La capital, que lleva el mismo nombre de la isla, no tiene un especial atractivo más allá de un puerto no de los más bonitos de Grecia y de ese ambiente inequívocamente vacacional que se cierne sobre ella cuando cae la tarde y los turistas la toman de paseo y en busca de restaurante. Y en ese sentido, desde luego la oferta no falta. Pero…

Balcón al mar en Olimpos.

Balcón al mar en Olimpos.

Será que deseamos intensamente que todo lo de Grecia nos apasione. Y esta isla tiene, o tenía, materia para provocar esa emoción, pero siento que la avalancha turística sobrevenida en poco tiempo hace que los karpathiotas nos vean a los visitantes, en su inmensa mayoría, como meros consumidores a los que hay que dar lo que quieren, y que esto no suele incluir respirar siquiera sea una vez por hora un poco de alma griega. No sé… a lo mejor hay que hacer lo que nos contaba nuestro taxista entre elogios a Podemos: el caso de dos españoles que habían llegado hacía un par de semanas con la única intención de recorrer sus salvajes montañas y poblados, aún no tomados al asalto, “san katzikia” (como cabras). A lo mejor.

Un sacerdote, dormitando en la iglesia de Olimpos.

Un sacerdote, dormitando en la iglesia de Olimpos.

Una mujer, ante sus labores a la venta en la calle principal de Olimpos.

Una mujer, ante sus labores a la venta en la calle principal de Olimpos.

¿Como no enamorarse de Sintra?

Ulyfox | 4 de febrero de 2018 a las 20:41

El Palacio da Pena justo antes de su entrada.

El Palacio da Pena justo antes de su entrada.

Volvimos, por tercera vez en nuestras vidas, hace año y medio a Sintra.
Es inevitable. La belleza atrae, y Sintra fue concebida, diseñada y arreglada para gustar. Desde el enclave boscoso con avaricia, y accidentado de una manera civilizadamente salvaje, hasta sus fachadas de aire centroeuropeo de postal. Porque en Sintra se da el efecto ideal de la obra humana, que es cuando el trabajo del hombre mejora el de la naturaleza. La ciudad portuguesa, a un tiro de tren de la capital Lisboa, está rodeada, acosada amablemente, es decir cortejada, por los bosques y los montes que la favorecen con un microclima casi tropical. Y en medio de esa corte de pretendientes se encajó para dejarse querer. Desde que nació, seguramente creada por un dios amable y generoso, y desde que los reyes, nobles y comerciantes portugueses la dotaron como a ninguna, el cortejo se mantiene amable, gozoso y se diría que a ratos tierno, como esas historias que a todos nos gustan, lo confesemos o no.

El Palacio da Pena, desde su interior.

El Palacio da Pena, desde su interior.

Tal vez por todo eso, y por algo que no se pensaba siquiera en los remotos tiempos en que los iberos tenían allí sus lugares de culto o los árabes construyeron el altivo Castelo dos Mouros, las redes sociales y el turismo masivo, Sintra se encuentra en estos tiempos más asediada que nunca. No era así cuando fuimos por segunda vez hace más de 15 años, ni por supuesto la primera vez, hace yo qué sé cuánto, probablemente casi 30. Es natural, nadie va a los sitios feos si no es por equivocación. Ahora, durante el día en las fechas clave, la villa es un hervidero de gente; turistas de toda condición suben y bajan por sus callejas adoquinadas, hacen cola esperando el autobús que los sube hasta el increíble Palacio da Pena o para adentrarse en los monumentos, y abarrotan los restaurantes y tiendas de recuerdos. Tienen motivos, todo lo que se ve, ya sea a pocos pasos o lanzando la vista a los picos y los valles verdes, es hermoso: los edificios románticos que la hicieron parecer una aldea alpina allá por el siglo XIX, los palacios llamados quintas, rodeados de jardines exuberantes; las residencias reales como el Palacio Nacional con sus cónicas, e icónicas, chimeneas.

Sintra recobra la tranquilidad al atardecer.

Sintra recobra la tranquilidad al atardecer.

El verde entorno da a Sintra un aire centroeuropeo.

El verde entorno da a Sintra un aire centroeuropeo.

El Palacio da Pena, situado en unas alturas delirantes, es una locura absoluta de un arquitecto alemán por encargo del marido de la reina María II, como un castillo encantado que hubieran trasplantado desde los bosques y lagos de Baviera hasta Portugal, pintado en colores amarillos o rojos, lleno de almenas, pasadizos y estancias suntuosas. No hace falta que os lo describa, está en todos los folletos, postales y guías. Sí os puedo confesar que desde que uno entra por el arco que rodea el castillo siente una alegría casi infantil por el derroche de imaginación libre, por esa reinterpretación casi alucinada de una fortaleza medieval de cuento. Es de suponer que se inventó así para solaz de los reyes, y ahora nos dejamos llevar y disfrutamos como niños, democratizando el disfrute a cambio del precio de la entrada. Bien está.

La plaza principal de Sintra.

La plaza principal de Sintra.

De noche, cuando los autobuses turísticos huyen raudos hacia sus hoteles en Lisboa o en algún centro playero cercano, o hacia el crucero atracado en el estuario del Tajo, pocos visitantes permanecen en el pueblo. Sintra recupera entonces su aspecto y su aire de localidad portuguesa, inevitable, y quizá voluntariamente, melancólica, aumentada por la asidua niebla crecida con la altura y los bosques. Y también así es, tal vez más aún, inevitablemente bella.

El palacio Real de Sintra, con sus características chimeneas.

El palacio Real de Sintra, con sus características chimeneas.

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Pueblos de Samos

Ulyfox | 28 de enero de 2018 a las 20:58

Penélope, ante una vista de Vourliotes sobre el valle.

Penélope, ante una vista de Vourliotes sobre el valle.

 

Teníamos ganas de recorrer Samos, la verde. Sabíamos de sus pueblos, no olvidábamos Kokkari en la costa noroeste ni Manolates en el interior, al final de una carretera infame y tortuosa. Hacía ya 17 años de aquella vez, y la verdad es que pensábamos que habrían cambiado, lo que en nuestras enamoradas mentes era lo mismo que empeorado. Pero no.

Dedicamos un día, pues, a comprobarlo, o sea a disfrutarlo. Y si ya conocíamos Manolates de aquella lejana vez, entonces nos dejamos de lado Vourliotes, muy cerca. Tras arreglar el alquiler del coche en Pythagorion, nos dirigimos en primer lugar a este. Y, una vez dejada la carretera costera, ya desde lejos nos gustó la apariencia de Vourliotes, una mancha blanca alargada, dejada caer sobre una ladera verde, y dominando desde una considerable altura el valle que se deslizaba hasta el mar. Un paisaje feliz, diríamos.

Una típica casa de Vourliotes.

Una típica casa de Vourliotes.

 

Debía de ser muy temprano, porque cuando nos adentramos andando en las viejas calles de Vourliotes, después de dejar el coche convenientemente lejos, aún no había mucho turista paseando. El pueblo es poco más que una placita casi cuadrada en la que cabe apenas la terraza sombreada de una preciosa taberna coloreada y de la que salen varios callejones estrechos y coloridos. Uno de ellos, sobre todo, es el que escogen los paseantes por las fachadas de balcones y marcos de ventana de madera pintados en colores sobrios o llamativos.  En los maceteros e incluso el pavimento de algunos de ellos también han dejado algunos anónimos artistas populares su huella de pintura.

Café, taberna y tienda de recuerdos, todo en uno

Café, taberna y tienda de recuerdos, todo en uno

El campanario de una iglesia de Vourliotes.

El campanario de una iglesia de Vourliotes.

 

Llaman la atención sobre todo algunas casas por una disposición casi perfecta de puertas, ventanas y aleros de los tejados. Aunque se ve una voluntad clara de atraer al turismo con su tipismo, se percibe igualmente un rasgo de autenticidad en los vecinos que arreglan sus hogares o simplemente almuerzan en sus puertas, compartiendo un plato. Milagrosamente se diría que Samos se está salvando de la llegada masiva y arrasadora de los visitantes en tropel, y mantiene un aire que muchos dirían decadente, pero que yo prefiero llamar acogedor. Nos encantó.

La gran taberna en la pequeña plaza.

La gran taberna en la pequeña plaza.

Un café griego para poder seguir el camino por Samos.

Un café griego para poder seguir el camino por Samos.

 

A media mañana, el turista nórdico ya estaba almorzando, pero para nosotros era aún la hora de un café griego, ese reconstituyente negro y dulce. Se diría que alimenta. Así que esa fue la señal para hacer una parada y poco después continuar en dirección Manolates.

Penélope, ante una casa de Vourliotes.

Penélope, ante una casa de Vourliotes.

 

Manolates conserva la carretera infernal en la que a ratos parece imposible sortear los árboles que la bordean y oscurecen, pero eso no lo salva de atraer gran cantidad de gente que seguramente van en busca de sus cuestas y sus vistas y su placita estrecha y alargada ocupada por dos tabernas, y precedida por una calle en la que destacan varias tiendas de recuerdos y productos de la zona, todas con ventanas traseras de vistas privilegiadas sobre el valle y las montañas. Era todo como lo recordábamos, pero con mucha más gente y necesarias tiendas. En la comparación, esta vez fue vencedor Vourliotes.

Manolates, también visitado por los turistas.

Manolates, también visitado por los turistas.

Vista del mar Egeo, desde la altura de Manolates.

Vista del mar Egeo, desde la altura de Manolates.

Un alto en Manolates, en la calle Manolaki. ;)

Un alto en Manolates, en la calle Manolaki. ;)

Habitantes de Manolates, echando la siesta.

Habitantes de Manolates, echando la siesta.

Poco antes del almuerzo en Kokari.

Poco antes del almuerzo en Kokari.

 

Kokari, en cambio, permanecía invicta en la cima, en ese saliente que se adentra en el mar como queriendo acercarse a Turquía, con esa misma roca que divide al pueblo en dos, al oeste la playa de guijarros y al este ese pequeño y estrecho paseo frente al mar lleno de restaurantes y cafés como es casi obligado en Grecia. Es el pequeño, inalterado balneario frecuentado por rubios visitantes, lejos de ruidos turísticos de otra especie, pero en el que no falta la oferta típica. Como de otro tiempo, en este.

El paseo marítimo de Kokari, al atardecer.

El paseo marítimo de Kokari, al atardecer.

Flores en el suelo de Vourliotes.

Flores en el suelo de Vourliotes.

Vista de Kokari desde Vourliotes.

Vista de Kokari desde Vourliotes.

 

Toulouse, se diría que es perfecta

Ulyfox | 6 de diciembre de 2017 a las 17:34

La Plaza del Capitole, el Ayuntamiento de Toulouse.

La Plaza del Capitole, el Ayuntamiento de Toulouse.

Sí, los viajes también te dan para comprender cosas simples o para plantearte dilemas innecesarios. Por ejemplo, hay veces que las ciudades famosas se merecen su fama, otras en las que te defraudan de manera lamentable, y otras menos en que su visita supera las expectativas que se tienen de ellas. Todo es tan relativo como le parezca al visitante.

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El exterior y el impresionante interior de la Basílica de Saint Sernin.

El exterior y el impresionante interior de la Basílica de Saint Sernin.

Pero Toulouse no admite dudas, Toulouse es una de las reinas de Francia, una reina bella, imperial, imponente. Grande y hermosa, próspera y se diría que presumida con toda la razón del mundo. Tiene un gran río, el Garona, es la capital del Canal du Midi y el centro de la industria aeronáutica y espacial europea. Con una gran y rica historia, todo ese conjunto se respira a cada paso. Si le sumamos el aire del cercano Mediterráneo, Toulouse desprende una luz culta y alegre, y al ingenuo que la pisa por primera vez se le aparece como la ciudad perfecta.

 

La rue de Taur, llena de color.

La rue de Taur, llena de color.

Siguiendo los pensamientos de ese ingenuo, digamos que es de una perfección que apabulla, por sus monumentos, por su gran plaza central presidida por el Capitol, un edificio que es una exageración como Ayuntamiento; por el largo y verde paseo junto al Garona que hace cívicos a los peatones; por el aire estudiantil que no la deja envejecer; por la imaginación arquitectónica de su basílica de Saint Sernin;

por esa alegría del ‘palmeral’ de columnas que sostiene de manera increíble la bóveda aérea y gótica de la iglesia de los Jacobinos (Jacobins); por sus terrazas tan francesas; por las larguísimas calles de fachadas rojas; por el recuerdo de tantos españoles que encontraron un lugar libre donde vivir y dejar sus apellidos después de la Guerra Civil.

El Pont Neuf, sobre el Garona.

El Pont Neuf, sobre el Garona.

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No cometáis el error de someteros a la tarea de elegir qué lugar, qué plaza, qué rincón de Toulouse os gusta más. Es el conjunto, y esa luz que puede tener la ciudad al lado del Pont Neuf cuando el sol ejecuta los largos atardeceres de primavera; tal vez ese es el resumen de un sitio en el que, a poco que uno sea ingenuo, diría que se juntaron todas las virtudes y se embellecieron todos los defectos que el ser humano pueda tener, para hacer un lugar de convivencia donde soportarse lo mejor posible. Si se me permite la ingenuidad.

Samos, donde nació Pitágoras

Ulyfox | 23 de noviembre de 2017 a las 18:25

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Volver a esos lugares de los que guardas un gozoso recuerdo entraña peligros, sobre todo el de la decepción. Esta suele significar que el tiempo ha pasado de la peor manera, o para ese lugar o para ti. O tal vez para los dos. Pero con Grecia nos ocurre lo contrario. Por norma, solemos acompañar nuestros reencuentros con islas o ciudades con el comentario favorable: “Pues lo he encontrado mejor”. En estos años hemos aconsejado a mucha gente que viajara allí, o bien directamente, o bien porque de tanto oírnos hablar de aquella tierra a muchos les ha venido el impulso de la visita. Siempre digo que el viaje a la Hélade es siempre un viaje al interior de uno mismo y si uno vuelve insatisfecho de allá, a lo mejor simplemente es que ese paisaje interior no es muy satisfactorio. Estas palabras merecen, por supuesto, el crédito que les deis a las de un enamorado.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

El caso es que teníamos ganas de volver a Samos, la grande y verde, aunque quemada, isla del Egeo Norte que recordábamos de 17 años atrás. Y este año nos venía bien en el itinerario pensado, así que dimos el salto en avión desde Salónica hasta la isla natal de Pitágoras. Este nació en la antigua ciudad de Samos, que hace unas décadas cambió su nombre al mucho más reconocible de Pythagorion, en honor de su grande y sabio hijo predilecto. En ese hermoso pueblo costero ubicamos durante cinco días nuestra base, en el hotel Hera II, que lleva en su nombre también el de otra de sus habitantes más ilustres, la diosa Hera. Estas cosas pasan en Grecia, que pasa uno de la mitología a la realidad más matemática en un abrir y cerrar de ojos.

 

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

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El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El hotel es limpio y sus dueños tan amables como acostumbran los griegos. Situado en la parte más alta del pueblo, nos tocó una habitación con la vista soñada, con todo el casco urbano y el puerto a nuestros pies.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

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De Pythagorion teníamos los mejores recuerdos, y esta vez también, esta vez se cumplió de nuevo de una manera curiosa. A simple vista no ha cambiado gran cosa. Ahí sigue ese puerto lleno de barcos deportivos con cuyos dueños pareces compartir la cena o el café de la tarde o el martini de aperitivo, de tan cerca como están. Quizá simplemente hay más yates ahora. Ahí están también la cantidad de bares y restaurantes donde sentarse mirando al mar y sobre el ajetreo del paseo vespertino. Permanecen las calles de trazado cuadricular y bordillos blanqueados con casas bajas y arboladas al estilo inequívocamente griego. Siguen ahí todavía las cuestas increíbles hacia lo alto y, al oeste, las ruinas de la antigua Samos como un claro histórico antes de llegar a la zona de hoteles frente a la playa. Si acaso, puede haber crecido el número de establecimientos hoteleros, pero la unidad del pueblo no está rota. Y el tipo de turismo semeja ser el mismo, parejas y grupos de amigos nórdicos de edad mediana, de aspecto y comportamiento tranquilos.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

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No es Samos, de las más cercanas a Turquía, una isla atestada, a pesar de su belleza. Tiene una gran y rica historia, y restos arqueológicos muy importantes para atestiguarlo, unas playas de ensueño, un vino famoso desde la antigüedad y, esto casi no habría que decirlo, la excelente comida de la que se puede disfrutar en Grecia.

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La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

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Y de todo esto se hablará, Zeus mediante, en los próximos días.

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Descubrimiento milagroso de un mosaico

Ulyfox | 21 de noviembre de 2017 a las 14:44

El singular mosaico con el Pantocrátor en la iglesia de Osios David de Salónica.

El singular mosaico de la Teofanía en la iglesia de Osios David de Salónica.

A veces la vida simple te brinda oportunidades sencillas e inolvidables. Como en Salónica a finales de agosto. Paseábamos por la parte alta (Anópolis)  más antigua de la capital de Macedonia. Todas las guías decían que por allí perdida entre la maraña del barrio casi turco se encontraba una joyita del arte bizantino, la iglesia de Osios David. Efectivamente, no fue muy fácil encontrarla. Había que estar pendiente de los cartelitos escritos en blanco sobre fondo rojo que en Grecia indican los sitios monumentales. Pero tras virar a derecha e izquierda, subir y bajar alguna que otra pendiente, atravesamos una pequeña cancela y aparecimos en un patio cuadrado en el que, bajo el sencillo porche blanco de columnas y tejado, se sentaban una mujer mayor y un hombre joven, junto a una puerta no demasiado monumental.

Tras saludar con el obligado ‘kalimera’ el joven entendió que queríamos visitar la iglesia y nos franqueó la entrada apartando una pesada cortina y entrando con nosotros. No había nadie más, y empezó a contarnos la historia del recinto. Se trata del templo cristiano más antiguo de Salónica, nada menos que del siglo V, y se aprecia a simple vista lo primitivo de su construcción. Nada más entrar, unos maravillosos frescos de los siglos XII y XIII que cuentan el nacimiento y la infancia de Cristo. Sobre esa visión a muchos ratos ingenua pero siempre de gran calidad pictórica, el hombre nos explicó detenidamente las diferencias entre las representaciones católicas tradicionales y las ortodoxas, resaltando muchas veces que el dogma es el mismo, pero las tradiciones difieren. Así, la Virgen aparece aquí acostada y cansada tras el parto, mientras que la figuración ‘romana’ la representa con el niño en brazos como si no hubiera pasado nada. San José se representa siempre con aspecto meditabundo y preocupado. Tenía razones el santo varón…

La pieza maestra es un mosaico del siglo V extraordinario. Se trata de la Teofanía (aparición como Dios) de Cristo y presenta muchos rasgos singulares, siendo el más llamativo de ellos que Jesucristo aparece sin barba, como un hombre joven. O tal vez como una mujer, dicen otros, ya que la comunidad que llevaba ese recinto en aquella época era un grupo de monjas… Sea como sea, es hermoso. Cristo aparece en un óvalo que se asemeja a un ojo humano, justo en el centro de lo que sería el iris, y a su alrededor los cuatro evangelistas con los animales que los representan según la tradición.

El mosaico estuvo durante siglos oculto tras un yeso con el que lo taparon durante la dominación otomana y fue, digamos ‘milagrosamente’, redescubierto tras un terremoto que a principios del siglo XX hizo caer la capa de estuco. Nosotros lo descubrimos en silencio, escuchando con deleite las explicaciones a cambio de una pequeña cantidad, solos en la iglesia, durante más de media hora, con un intercambio de preguntas y respuestas. Salimos después de casi una hora y aún disfrutábamos de la experiencia mientras bajábamos las cuestas camino hacia el mar de Salónica.

Sithonia, una Grecia verde y azul

Ulyfox | 19 de noviembre de 2017 a las 22:59

Una vista de Neos Marmaras.

Una vista de Neos Marmaras.

 

Nuestra intención es, tal vez, conocer toda Grecia. No por puro afán acaparador ni coleccionista, sino porque cada vez que damos con un territorio, una gente, un aire nuevo dentro de ese país, comprobamos que nos gusta igual que el resto. Por eso lo de nuestro periplo de este año por el Norte desconocido, y por eso seguirán otros años regiones como el Pilion, por ejemplo, donde habitan los centauros.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

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El caso es que nuestra visita a Macedonia y algo de Tracia debía incluir una escapada a las playas, claro. Y nos fijamos en la península Calcídica, Halkídki para los griegos. No sé si habéis reparado en ella. Es ese gran trozo casi cuadrado que se adentra en el mar al noreste de Grecia, justo debajo de Salónica, y del que salen como tres largos dedos. No son un destino turístico popular fuera de la zona, pero son tres dedos frondosos, llenos de bosques, montes y extraordinarias playas. El más occidental, llamado península de Casandra, es el más frecuentado por los turistas griegos, antes, y a los que se han sumado reciente y masivamente los de los países balcánicos más cercanos, Bulgaria y los de la antigua Yugoslavia, Serbia sobre todo. El dedo central es la península de Sithonia, un pequeño paraíso aún visitable en temporada baja aunque no puedes huir de los serbios. El saliente más oriental es muy especial: está ocupado en su mayor parte por una especie de república eclesial independiente, gobernada por los monjes ortodoxos, la península del Monte Athos, el Monte Sagrado para los griegos, con más de una decena de grandes monasterios, frente al mar o en el montañoso y boscoso interior. Se necesita un permiso, que hay que pedir con meses de antelación, para poder entrar en ella, y sólo puedes hacerlo si eres del género masculino. Las mujeres lo tienen prohibido. Esa quedará para otra ocasión, quién sabe.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

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Esta vez, elegimos Sithonia, la situada en medio. En esta península verde y de extraordinarias playas, el único pueblo que merece tal denominación es Neos Marmaras, un puertecito turístico en una pequeña bahía, con unas pendientes enormes y un urbanismo un tanto destartalado, pero que como casi todos los puertos griegos termina teniendo un cierto encanto. El paseo marítimo lleno de restaurantes y bares le otorga esa categoría de acogedor, y es un excelente lugar para tenerlo de base desde donde visitar la península. Ahí pasamos tres noches.

Nos alojamos en Haus Roula, unos apartamentos que debe ese nombre híbrido entre alemán y griego al hecho de que sus dueños trabajaron y vivieron muchos años en Alemania. Cuando llegamos, al hijo mayor nos lo encontramos en la puerta, con apuntes y libros de su recién estrenado curso de español. La familia es agradable y el apartamento, aunque pequeño, estaba limpio. Y el precio, imbatible.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

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Y a eso nos dedicamos. En el primer día nos acercamos a la playa más próxima al pueblo. Los dos siguientes, a bordo de nuestro coche alquilado visitamos en una jornada la costa oeste de la península, y en la siguiente, la parte este del litoral, aquí siempre con la imponente silueta de 2.033 metros de altura del Monte Athos al otro lado del mar. Los dos días tuvimos tiempo de asombrarnos del verdor y la frondosidad de los bosques que nos acompañaron todo el camino.

Esas cenas al atardecer...

Esas cenas al atardecer…

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En la costa oeste hay algunas concentraciones hoteleras, aunque nada que se pueda llamar masificación, frente a las playas. La más popular de estas es la de Kalamitsi, un enjambre de hamacas y sombrillas en una media luna de arena casi perfecta y con un agua que, más que invitarte a entrar, te abraza cuando entras. Cientos, tal vez miles de parejas rubias con dos o tres hijos invadían el espacio. Hubo un momento de angustia cuando un padre y una madre recorrieron durante largos minutos la playa de un lado a otro gritando el nombre de su hijo extraviado, con el rostro desencajado. Cuando las llamadas desesperadas de “¡Mathia, Mathia!” cesaron al aparecer el pequeño pareció como si un suspiro de alivio generalizado ordenara tranquilidad a todos los que estábamos allí. A pesar del gentío, pasamos unas cuantas horas en la hamaca, y hasta almorzamos allí mismo sobre la arena. Un gran servicio.

Al día siguiente, dedicamos el día a litoral este de Sithonia, lleno de calas verdes y azules: Panagia, Fteroti, Lagonisi frente a un paisaje de islotes; Karidi, con sus formaciones rocosas blancas, donde tuvimos un divertido encuentro en un restaurante con el encargado Nikos Karambelas, futbolista griego que jugó varias temporadas en España y que dijo ser muy amigo de Barral, el jugador isleño que milita en el Cádiz; la llamada Orange Beach. Para los que amamos Grecia y los escritos de Patrick Leigh Fermor y Robert Byron tenía una emoción especial bañarse mirando al Monte Athos. Tal vez un día…

Las veladas las pasamos cenando al atardecer en los restaurantes sobre el mar, con buen vino, buen pescado y buenos precios. Todos ellos, elementos que nos reafirman en nuestra teoría y práctica de que las vacaciones-vacaciones se deben pasar en Grecia.

 

‘Kazánema’, el tiempo de raki en Creta

Ulyfox | 3 de noviembre de 2017 a las 19:23

En estos días me invade la nostalgia de algo que nunca he vivido: a finales de octubre y primeros de noviembre, es decir ahora, se celebra en todos los rincones de Creta la fiesta familiar de destilación del raki. El raki es una especie de licor equivalente al aguardiente u orujo español o la grappa italiana, o el eau de vie francés. Es decir, un destilado del hollejo, lo que queda de la uva después del prensado para el vino y que se guarda fermentando durante un par de meses. Anda alrededor de los 35-40 grados y en Creta es como un pasaporte a la amistad, se toma a todas horas del día, se ofrece al visitante, al invitado, se regala a mansalva en restaurantes y cafés. Puedes pasar semanas en la isla bebiendo raki y no pagando nunca por él. Sirve de aperitivo, de desayuno, de merienda y como sustituto del vino en las comidas. Como el cien por cien de lo que se consume en Creta es de producción natural, no suele dar problemas estomacales ni de resaca al día siguiente. Yo diría que incluso los cura, pero para afirmar eso hay que tener la fe cretense que uno tiene en los milagros del raki. Pero es que yo he visto esos milagros. Y os voy a contar uno de ellos, saltándome el orden cronológico de nuestro último viaje de un mes a Grecia.

 

El comienzo de la cena, con Sofía, Kyriakos, Mijalis y María.

El comienzo de la cena, con Sofía, Kyriakos, Mijalis y María.

 

Al llegar a Creta, a mediados de septiembre, hicimos una parada en Sitia, al este de la isla, con la casi única intención de reencontrarnos con Sofía y María, dos profesoras griegas a las que habíamos conocido en primavera cuando acudieron con sus alumnos a un campamento de intercambio de estudiantes, aquí en Alcalá de los Gazules. Un amigo nuestro responsable de la granja escuela donde se celebró nos avisó sabiendo de nuestra pasión cretense. Y pasamos una jornada campestre estupenda, charlando de Creta y de Cádiz con las dos. Así que era obligado (y muy deseable) devolver la visita. La primera noche Sofía nos preparó una cena deliciosa, inolvidable y laboriosa que no sé cómo le pagaremos algún día. Para la segunda, nos reunimos con unos amigos suyos en un rakádiko (local especializado en servir raki con mezes, algo así como las tapas). Y ahí viene lo que decía: yo andaba maluquillo del estómago, quizá por los sabrosos excesos de la noche anterior, y afronté con cierta prevención la noche.

En la mesa del Oinodeion, que así se llamaba el estupendo sitio, nos esperaban, además de Sofía, su marido Kyriakos, un sonriente hombre que insistía en que le llamáramos Domingo, el equivalente a su nombre en español, y sus amigos Mijalis y María (otra María diferente). Decidí la inmersión inmediata en Creta, desafiando mi malestar con una apuesta fuerte: hoy cenaríamos sólo con raki. No llevé la cuenta, es imposible en una mesa cretense en la que te van sirviendo conforme se acaba el vaso. El raki era buenísimo, suave, con un cierto dulzor, perfecto para beber. Y fueron cayendo platos cretenses buenísimos, en la animada charla que mantuvimos en nuestro precario inglés y el mucho más modesto griego. Todos hacíamos esfuerzo por entendernos, y con el raki era más fácil.

Pasaron así más de cuatro horas de cena y conversación en los que la bebida no dejó de correr. La hospitalidad cretense se mostró de nuevo: no nos dejaron pagar un euro. En la parte final de la fiesta se sumaron a la mesa el propietario del rakádiko, Dimitris, y su hijo Kostas, y su mujer, la cocinera, artista de la que lamento mucho no recordar el nombre. Eran parientes de María. Por su cuenta, ellos aportaron más raki y platos a la mesa, y abundantes postres, unas uvas sultana buenísimas. “Las mejores para hacer raki”, nos dijo Dimitris, que de esto sabe. El que tomamos durante toda la noche estaba hecho por él. Dimitris es hombre dado a la broma, y ahí nos encontramos en un terreno familiar. En un momento dado, terminamos cantando a coro una hermosa canción cretense Apojeretismós (Separación): “Mesopélaga armeniso, ki ejo plori ton kaimó, ki ejo tin agapi prima ki albouro ton jorismó…“, es decir algo así como “En medio del mar navego, y tengo por proa la pena, por vela tengo el amor y por mástil la separación…”, una preciosidad escrita por un grande: Kostas Moundakis.

Al final de la fiesta se añadieron el dueño del rakádiko, Dimitris, su hijo Kostas y su mujer.

Al final de la fiesta se añadieron el dueño del rakádiko, Dimitris, su hijo Kostas y su mujer.

Dimitris me habló de que, a la vuelta de poco más de mes y medio, se celebraba en Creta el kazánema, una explosión de fiestas familiares y vecinales en la que los congregados se reunían alrededor del kazani, el caldero donde se calienta el hollejo fermentado para que destile el precioso brebaje. Él produce anualmente unos 5.000 litros de raki. Mijalis también lo hace, pero sus cantidades son más modestas: unos cien litros. Y con ese alegre asunto por excusa se pasó a la invitación directa: “Tenéis que venir en esas fechas, a finales de octubre, hay fiesta por todos lados, y todo el mundo bebe el raki nuevo, y come de todo… yo mismo os invito para cuando podáis”. Pero esa es la clave, ¿cuándo podremos?. Hay dos fechas que figuran en nuestra agenda pendiente con Creta: las que corresponden a la Pascua ortodoxa, que es la gran fiesta griega, mucho más que la Navidad, y el Kazánema, la destilación del raki.

Esa nostalgia de lo no vivido brotó de nuevo hace unos días, cuando Sofía me envió las fotos de su particular kazánema. Allí en Exo Mouliana, en casa de Mijalis y María, en un pueblo de la grandiosa montaña cretense, cerca de Sitia se reunieron los amigos para destilar y probar el raki fresco elaborado en alambique de cobre. No pudimos estar allí, pero en cierta forma sí lo hicimos, y nos renovamos a nosotros mismos la promesa: el año que viene, a final de octubre. Ojalá. Pero aún nos cabe una esperanza pequeña, la próxima semana Sofía visitará San Fernando para otro de esos intercambios, y quién sabe, a lo mejor tiene un detalle en su maleta…

 

Preparación del raki (kazánema), hace unos días en casa de Mijalis.

Preparación del raki (kazánema), hace unos días en casa de Mijalis, con el montaje del alambique.

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Me faltaba contar el milagro. Efectivamente, al día siguiente, después de no sé cuántos vasos de raki, mi estómago estaba perfecto, mucho mejor que el día anterior. Entonces comprendí la anécdota que me contaba Sofía cuando nos conocimos. Ella no es cretense, sino de Atenas. Cuando llegó al instituto donde trabaja ahora en Sitia, observó que había botellas de raki por todas partes en las dependencias de los profesores ¡e incluso en los cajones de las mesas, en las propias aulas! “¿Pero esto cómo puede ser, esto es normal?” preguntó a sus compañeros, medio escandalizada. Uno de ellos lo contestó: “Naturalmente, lo hacemos por prescripción médica”.