El primer gueto

Ulyfox | 14 de julio de 2013 a las 22:06

Rótulo del Ghetto, al anochecer

 

Los judíos expulsados de España por los Reyes mal llamados Católicos se dispersaron por todo el mundo. También llegaron a Italia, naturalmente. Y en Venecia, aunque se les necesitaba, se les confinó en una pequeña zona del barrio en el Sestiere de Canareggio. Allí había una fundición (getto en dialecto  veneciano) y esa fundición dio nombre al barrio judío de Venecia, y posteriormente a todos los barrios judíos de Europa, y más tarde a los lugares donde se confina o se reúne un cierto tipo de gente. Cosas de la  historia.

Terrazas junto a los canales en las cercanías del Gheto veneciano

En la actualidad, la zona del Gheto veneciano es muy agradable de pasear, ya sin rejas que impidan la salida ni el paso. Detrás del precioso canal de Canareggio, un laberinto de calles en los que es posible ver a los escasos judíos que quedan en la Sereníssima, con sus particulares vestimentas negras, sus sombreros y sus rizos. Una gran parte fueron deportados durante la terrible Segunda Guerra Mundial. Un poco más lejos, los canales y sus muelles (fondamente) se han convertido en los mejores lugares para cenar en las terrazas junto al agua, aparentemente lejos del turismo masivo pero bien frecuentado por los que pernoctan en la ciudad vieja.

El canal de Canareggio, a la luz de la luna llena.

El gondolero

Ulyfox | 13 de julio de 2013 a las 23:16

 

El gondolero en su puesto, fotografiado por Penélope.

 

A Penélope le encanta Venecia, como a mí. Pero ella tiene una ventaja: le gustan los gondoleros, puede apreciar su belleza masculina, aunque naturalmente hay de todo. Yo reconozco que algunos no están mal, y admito igualmente que debe de ser una profesión que marca. “¿Tú en qué trabajas?- Yo, de gondolero en Venecia”. Innegable: tiene un tirón irresistible. No se trata de cualquier oficio. A todos los atractivos que podamos tener (si es el caso) los demás le añades el de poder ofrecer a tus ligues un paseo en góndola en una noche calmada por los canales de Venecia y el sujeto no tiene rival.

¿Envidia? Tampoco tanta, si tenemos en cuenta que a Penélope, de momento, me la llevo yo.

Una góndola va…

Ulyfox | 9 de julio de 2013 a las 1:35

Nuestra góndola, por el Canal Grande.

 

La góndola, ese milagro de barco largo, estilizado, asimétrico hacia la derecha, te pasea suave por los canales de Venecia. Pasear en góndola es de esos tópicos que te hacen felices cuando los cumples, como subir a la torre Eiffel en París o, supongo, entrar en la Estatua de la Libertad en Nueva York, arrojar una moneda a la Fontana de Trevi, ver el atardecer en Santorini.

 

El difícil embarque y el “esto se mueve mucho…”

 

En nuestro último, reciente viaje, ya infelizmente terminado hace varios días, hemos vuelto a montar en góndola. Se lo debíamos a Pepa. Sea lo que sea, sientas lo que sientas, pienses lo que pienses, creo que si se puede hay que montar en góndola una vez en la vida al menos, como hay que visitar Venecia. Increíblemente, existen canales tranquilos en la Serenísima, y en algunas vueltas puedes estar en silencio completo, con el solo acompañamiento del remo en el agua y el deslizar sobre las aguas verdes. Por encima, sobre los puentes, al asomarse al Canal Grande, el bullicio irrumpe de manera sorda a ratitos. Abajo, a bordo de la negra embarcación de asientos de terciopelo y brillantes dorados, todo va a otro ritmo.

El bullicio va por arriba.

 

El gondolero, que siempre es guapo y siempre parece feliz, va contando algunas historias de los palacios, iglesias y casas que va dejando al lado. Con un solo remo maniobra de manera admirablemente hábil, de vez en cuando apoya su pie en alguna pared para impulsar o desviar la trayectoria de la barca, y responde a todas las preguntas, suponemos que de manera veraz.

El Canal Grande es el tráfico.

 

Pepa no había montado nunca, y el miedo le cambió la cara al abordar la góndola, con sus naturales dificultades, durante bastantes minutos. Una vez sentada, con el dulce patinar, sus piernas se relajaron algo y sus manos dejaron el agarrotamiento. No se iba a caer. Desde el agua, Venecia es alta y roja, fresca y antigua como los siglos, milagrosa siempre. Se diría que el paseo, acordado precio y duración de media hora, podría alargarse placentera e indefinidamente. Hacía 25 años que dimos nuestro primer viaje en góndola, y no lo recordaba tan agradable, tan feliz a esa pequeña escala a la que te hacen dichoso cosas como la charla y la copa, o la cerveza en una terraza con vistas al mar. A veces, hacer el turista tiene hermosas, infantiles, absurdas compensaciones.

En góndola hacia Rialto.

 

Tras la vuelta, muy corta, emerge uno de nuevo a la multitud, y al cruzar o bordear canales mira con envidia a esa pareja que vuela en su embarcación, a esos amigos que comentan sonrientes desde su cómodo asiento navegante y, qué queréis que os diga, reemprende uno la marcha hacia los atractivos palacios con ánimo renovado.

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Mil veces más bonita

Ulyfox | 6 de julio de 2013 a las 18:09

Venecia es mil veces más bonita que Cádiz. En realidad, mil veces más bonita que casi todas las ciudades que el hombre ha construido, mil veces más asombrosa, más admirable, más increíble por mil veces que la veas. Venecia es un prodigio, una locura de un grupo de personas que una noche seguramente soñaron en montar un sitio para vivir, para trabajar, para comerciar, para crear, en medio de una laguna de agua salada, sobre cientos de miles de pilotes clavados en un barro marismeño, sobre decenas de islas separadas por canales salvados por cientos de puentes. Un laberinto de direcciones, de vías, de fundamentas, de sottoportegos, de calli, de campi, de rio terrá, de largos, de todos esos nombres para señalar cada calle estrecha y alta, un dédalo aliviado por carteles amarillos con indicaciones y flechas en negro: “per Rialto, per San Marco, per Sta Luzia…”.

Venecia no tiene comparación, ni sus estucos, ni sus ventanas góticas, ni sus ladrillos rojos, ni sus mármoles de todos los colores, ni sus góndolas asimétricas y estilizadas, ni su Canal Grande, la calle más bonita del mundo asaltada por palacios que no hace mucho fueron de oro puro, ni de pronto esa placita arbolada con esa torre alta y conventual, ni esa inesperada luna llena frente a la Trattoría Ai Pontini, sobre el canal de Cannareggio, ni el recodo sombreado bajo Rialto, ante el Mercato della Pescheria, cerca y lejísimos a la vez del intenso tráfico turístico del Gran Canal.

 

 

Pero Venecia ¡ay! se ve peor esta vez, rara, más extraña, ahora que muchas de sus vías principales y el mismo mercado viejo se han llenado de tenderetes de asiáticos ofreciendo baratijas recordatorias chillonas, ahora que muchas trattoría están regentadas por chinos, como si de pronto viéramos la plaza de Jemaa el Fna llena de noruegos vendiendo frituras. Y esa marea de cruceristas incesante, ese asalto inmisericorde a los rincones góticos, barrocos o bizantinos que la Serenísima asimiló con su categoría de navegante abierta a todos los mundos. San Marco, Rialto son conquistados cada día por ejércitos que no paran, y que siempre disparan.

 

 

Sí, Venecia conserva afortunadamente barrios como Cannareggio, como Dorsoduro, como parte de Santa Croce, como Castello, más apartados del turismo inclemente, paseables, en los que uno puede reconocerse como admirador de la ciudad más bella del mundo. Ahí se respira, las tiendas tienen otro aire, y en los campi se puede ver, fuera de las horas de calor, a los venecianos tomar el fresco. Menos lujos arquitectónicos, claro, a cambio de la tranquilidad que uno busca cuando quiere ir de verdad al encuentro de la belleza, árbol muchas veces oculto entre tanto bosque.

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Amor en venta (Love for sale)

Ulyfox | 28 de junio de 2013 a las 21:31

La casa de Julieta en Verona, y su balcón, y sus turistas.

 

Tengo ya bastantes años para haber pasado por todas las teorías sobre el amor: ‘Amor es no tener que decir nunca lo siento’ decía la frase promocional de Love Story, un libro y una película con banda sonora e historia cursi que no os podéis imaginar el éxito que tuvo a finales de los 60 o principios de los 70, ya no lo recuerdo. En esos mismos años triunfaba por el otro lado el ‘Haz el amor y no la guerra’ de los hippies, un lema que nosotros veíamos, desde nuestro provinciano San Fernando como algo tan lejano como deseable, a medias entre lo pecaminoso y la liberación, recién salidos (en el sentido que queráis) de las aulas de La Salle. Desde ahí, pasamos por la teoría, la odiosa teoría sin práctica, del amor libre y el sinsostenismo, todo a la vez. Sin embargo, nos llegó nuestra hora de creer en el amor sin definiciones, de entregarnos a sus goces y abominar sus sufrimientos, de vivir en nuestras carnes las películas de matrimonios y amores de verdad, desde El apartamento a Secretos de un matrimonio o El marido de la peluquera. Agradecidos al cine.

No siempre es Julieta la que sale al balcón.

Así que ¿cuál es la verdad? ¿La divertida, explícita y descarnada de Pitigrilli: “El amor es un beso, dos besos, tres besos, cuatro besos, cinco besos, cuatro besos, tres besos, dos besos, un beso…”? ¿La cínica que responde a la pregunta sobre cuánto dura el amor con “lo que dure dura”? ¿La gozosa y luchadora de Benedetti “si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo/ y en la calle codo a codo/somos mucho más que dos”? ¿La becqueriana de “poesía eres tú”?

La estatua de Julieta, rodeada.

Sea como sea, para mucha gente en todo el mundo, hay dos personajes que representan el amor como triunfo y como derrota a la vez, ya sabéis: Romeo y Julieta, desgraciados amantes imposibles, muertos como el destino imposible de su amor, víctimas de la realidad y sin embargo triunfadores por un amor que contradictoriamente no pudieron gozar. Yo qué sé, pero la historia no pasa de moda. Y allí, en Verona, muy cerca de la Piazza de le Herbe, está la casa de Julieta Capuleto. O la que dicen que es. En realidad, no se sabe nada, ni siquiera si los Capuleto y los Montesco existieron de verdad. Pero, cosas del amor en venta, allí está la casa, por supuesto con su famoso balcón, siendo escenario cada años de cientos de miles de fotos, declaraciones de amor eterno y, claro está, de algo tan eterno al menos como el amor y que probablemente le sobrevivirá: el dinero.

Mensajes de amor, en el portal de entrada a la casa de Julieta

En un pequeño patio, en el que se amontonan los turistas que disputan por hacerse la foto con la estatua de bronce de Julieta y por tocarle el pecho derecho para tener suerte en el amor, hay dos o tres tiendas repletas de recuerdos almibarados llenos de corazones rojos y candados, de postales, tazas, bolígrafos como homenajes merchandaisin al amor en venta. Y amor y negocio se casaron. El portal de entrada al hermoso patio del balcón está lleno de pintadas y mensajes de amor. Love for Sale es el título de una magnífica cnción de Cole Porter. Siempre será mejor que vender guerra, digo yo. Y además, todos tenemos nuestro corazoncito.

De todas formas, creáis o no en el amor, venid a Verona.

Verona y el poder

Ulyfox | 26 de junio de 2013 a las 14:34

La torre dei Lamberti, en la piazza de Le Herbe, centro de Verona.

Verona tiene grandes, enormes palacios. Al menos yo llamo así a esos edificios de fachadas barrocas o góticas, con desaforados portales e impresionantes patios, en los que parece que siempre sobra espacio, como siempre sobró el dinero para construirlos. Hemos querido volver a Verona porque apenas recordábamos, de hace 25 años, el anfiteatro romano conocido como la Arena y el balcón de la supuesta casa de Julieta, la desgraciada amante del desgraciado Romeo. Pero no conocimos o no se buscaron un hueco en nuestra memoria lugares como la encantadora Piazza de le Herbe, aunque los puestos de souvenirs la desmerecen, o la espléndida Piazza dei Signori, ni entonces supimos ver su señorial aspecto, su cuidado urbanismo ni el caudaloso río Adige cruzado por el Ponte di Pietra. Ni hacía este sofocante calor, eso seguro.

Otro rincón de la piazza de Le Herbe.

Ahora hemos vuelto a sorprendernos con el poderío que acumularon esos señores medievales y con su afán por dejar constancia histórica de su poder en iglesias, estatuas y tumbas. Los Scaligeri, más que los Montescos y Capuletos, debían de ser una familia temible, enormemente rica. Se hicieron enterrar sobre unos pilares altos, en plena calle, para que todo el que pasara pudiera contemplar su inmensa riqueza, su gran importancia, y adornaron sus panteones con arcos y filigranas góticas flamígeras. La ostentación sin pudor. A su lado, todos los demás debían parecer simples mortales.

Fuentes y fachadas cubiertas de frescos.

Las principales casas de Verona, que en su tiempo compitió con la misma Roma, están adornadas incluso con frescos en el exterior, aunque en eso las inclemencias climáticas han sido igualitarias y los han estropeado bastante. Cuando hemos estado ahora, la ciudad aparecía próspera y amable, casi inmune a la crisis. Tal vez sea sólo la apariencia que puede apreciar el simple turista de dos días, como nosotros. Nos ha gustado su tranquilidad, su elegancia y el ambiente que se respira en torno a la Arena. De noche, paseando junto al anfiteatro romano, se oye la ópera de su mundialmente famoso Festival. Algunos tomaban vino en bares cercanos donde se podía oír casi como si se estuviera dentro. Las escenografías se amontonan en torno al milenario monumento de granito rosado y ladrillo, una muestra más del inmenso talento constructor de los arquitectos de la antigua Roma. Me parece una idea fantástica combinar la asistencia al festival con una estancia de varios días en los que se puede visitar Venecia, Padua, Rávena…

Una tienda de alimentación, en Cádiz sería un ‘almarsén’.

Dos días en Verona, una passegiatta fantástica a mediados de junio.

Tranquilas ‘osterie’ bajo los soportales.

Los poderosos Scaligeri instalaron sus impresionantes tumbas en plena calle.

La Arena de Verona, las casas del centro histórico…

 

Pepa, ante la Porta Nuova, vestigio de la muralla romana.

El Ponte di Pietra, sobre el caudaloso Adigio.

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Il stúpido taxista

Ulyfox | 20 de junio de 2013 a las 8:53

Yo diría que no nos lo merecíamos. Llegamos al aeropuerto de Bérgamo los tres, Penélope, Pepa y yo después de dos horas y media de vuelo desde una Sevilla más bien fresquita y aterrizamos en mitad de un calor realmente veraniego que hizo sobrar inmediatamente a la chamarreta. Sabíamos nuestro plan: ir a la estación de la Ferrovia y coger un par de trenes para acabar en Verona. Antes, si daba tiempo, comprar unos bocadillos para el trayecto.

Pero no contábamos con encontrarnos con el taxista más estúpido que nunca nos hemos echado a la cara. El incalificable personaje empezó poniendo cara de extrañeza cuando le dijimos que queríamos ir a la estación de Bérgamo para luego ir a Verona. “Es mejor que tomen ese autobús que va a Brescia y luego pueden ir a Verona” “No, no, preferimos ir en tren”, dijimos pensando que era muy amable y considerado con nosotros al recomendarnos una alternativa más barata.”Pero ustedes no conocen los trenes de Italia, son catastróficos, cojan ustedes el autobús”, insistió. Pero no, no era eso. En un macarrónico italiano de película mala española, tratamos de explicarle que Pepa se marea inevitablemente en los autobuses, y ahí se destapó: “¿Ah sí, en el bus se marea y no en el taxi? É incredibile!“. Al poco se le vio que el disgusto le venía de la corta duración de nuestro trayecto, de que él esperaba algo más rentable. “É incredibile -repetía- todos los turistas quieren ir al lago de Como, al de Garda… y ustedes quieren que los lleve a la estación. Tres horas esperando y ahora vamos a la estación, ahí al lado… debe de ser mi destino”, y esbozaba una sonrisa entre resignada e irónica.

Yo no entendía nada, y ya con bastante mala latte, pero aún guardando ciertas formas, le dije claramente que si había algún problema diera la vuelta y cogeríamos otro taxi, pero él seguía a lo suyo: “É incredibile, les llevo hasta Verona? Entonces, a l’improviso, se oyó una voz de mujer cabreada veramente que venía desde el asiento de atrás, firme Penélope, ni italiano ni ná, gaditano-cañaílla rotundo: “Mira, ya está bien, nos llevas a la estación y ya está, y te pagamos lo que sea, hombre ¿cuál es el número del taxi?, no te digo…” Santa medicina. El hombre calló y al poco tiempo estábamos en la estación, y hasta nos deseó buon viaggio, muy serio. Vafanculo! habría que haberle dicho, pero bueno…

Pero claro, llegamos a Verona tras un viaje en dos trenes no especialmente buenos, y empezamos a maravillarnos con la cultura, la clase, la comida italiana, hasta el balcón de Julieta… y se nos olvidó todo. Pero esta es otra historia.

Mistra, no Esparta

Ulyfox | 13 de junio de 2013 a las 14:10

Una iglesia abandonada en la abandonada Mistra

Esparta fue la gran rival de Atenas en la Grecia antigua. Su forma de vida y su disciplina militar dieron nombre a un adjetivo. No sólo el valor de sus guerreros, cuyo ejemplo más ilustre es el comportamiento de los 300 comandados por el rey Leónidas en la batalla de las Termópilas, sino la inexpugnabilidad de los montes que circundaban la ciudad, los Taigetos, le permitieron no tener murallas. Hoy Esparta es una ciudad mediana del interior del Peloponeso griego, y no guarda ningún vestigio notable de aquellos tiempos gloriosos, sólo la débil huella de la acrópolis y unas cuantas piedras del antiguo teatro. Cuando estuvimos allí, hace tanto tiempo, la gente vivía en las calles como en cualquier pueblo de Andalucía, unas calles cuadriculadas sin mucho que destacar. Guardamos un recuerdo imborrable de un cerdo con berenjenas sorprendente y sublime que cenamos en un restaurante de apariencia no muy acogedora, con dos camareros mayores y unos manteles de manchas indelebles. Les pedimos que nos cambiaran el mantel… y nos pusieron otro muy planchado y con las mismas manchas. No importó, el cerdo era un prodigio de delicadeza popular insospechada, y el sencillo rosado de la casa fue un acompañamiento para una noche barata que se ha quedado para siempre en nuestra memoria de viajeros incansables por Grecia. Entonces estábamos empezando esta pasión.

Edificios vacíos, para mirar dentro y fuera

Pero esas son cosas que, con ser maravillosas, pueden ocurrir en cualquier lugar de la Hélade, según nos dimos cuenta después. Junto a Esparta, sin embargo, a apenas siete kilómetros, hay un lugar mágico, en una ladera de los Taigetos, la antigua ciudad bizantina de Mistra, abandonada, ruina de ladrillos entre matojos, cipreses y murallas difícilmente en pie. Iglesias de varias cúpulas, naves, bóvedas y ábsides con parches de frescos antiguos. Cuando visitamos este lugar lleno de fantasmas alegres, sólo dos monjas vivían en un monasterio que quedaba en pie. El resto eran huecos y, allá arriba, un castillo.

 

El Pantocrátor difuminado en el ábside de una iglesia.

No sé qué tiene Grecia pero es el lugar del mundo donde más lucen unas ruinas. Tal vez porque es un pueblo, aunque alegre, permanentemente orgulloso de su pasado esplendoroso. Mistra forma parte de ese gran mundo evocador de las ruinas griegas, en este caso no de la época clásica sino de su segunda etapa dorada, la de Bizancio, la continuación del Imperio Romano de Oriente, que duró hasta la caída de Constantinopla y su renombramiento por los turcos como Estambul, diez siglos de esplendor bizantino.

Arquitectura bizantina entre pinos y cipreses.

Así que Esparta no es el objetivo en esta zona, sino Mistra, tan visitada por los turistas y tan propicia al recogimiento a la vez. Supongo que desde hace más de 20 años aquello habrá cambiado, y que se verá a grandes grupos de turistas rusos entre sus sagradas ruinas. No importa, en ese caso, sólo habrá que esperar al atardecer para poder oír las voces de los fantamas bizantinos.

Luces y sombras interiores.

Obituario

Ulyfox | 12 de junio de 2013 a las 13:09

Una trabajadora de la televisión griega tras el anuncio del cierre.

Grecia se está muriendo, perdón, la están matando a cachitos. Su actual gobierno es el verdugo. Su último golpe de machete es de una audacia cobarde terrible. Por decreto fulminante ha cerrado la Radiotelevisión pública, la ERT (Ellinikí Radiofonía Tileórasi) y ha echado a la dura calle griega de estos momentos a unos tres mil trabajadores de los canales de televisión, de las emisoras de radio, hasta de la orquesta del ente y todas las empresas asociadas. Ningún gobierno europeo ha hecho esto, ninguno se ha atrevido en su afán de acabar con lo público, a dejar a la gente sin televisión: no nos extrañemos si otros siguen el mismo camino, esperemos los planes del gobierno español, o el portugués. Pero claro, es mentira, no van a dejar a la gente sin televisión: ahí están las privadas. Más periodistas, cámaras, productores, presentadores, guionistas, electricistas, técnicos, limpiadores, conductores, maquilladores, locutores, secretarias… al paro. Y estar parado en la Grecia actual, sobre todo en la capital, es ser un condenado a la miseria. Tal vez la troika esté ahora más contenta, y volverá desde Bruselas alguien a decir que Grecia “está haciendo los deberes”.

En nuestros frecuentes viajes a Grecia ponemos muchas veces la televisión como fondo a nuestra estancia en el hotel. A duras penas, con los rótulos y algunas imágenes, con nuestro escaso griego, podemos entender lo que dicen algunas veces. En los informativos, suele aparecer la pantalla dividida en varias cuadrículas, en cada una de las cuales aparece un rostro. Entre todos ellos suelen entablar animados debates. Siempre, por curiosidad obvia, procuramos ver los partes meteorológicos (O Kairós) , atentos siempre al feroz viento que pueda soplar en las islas, que puedan hacer desagradable la navegación. Sin ser definitivo, la televisión forma parte de nuestro paisaje hotelero griego.

Los griegos están tan cansados… Supongo que se sentirán como aquellos humanos de su pasado mitológico, que se veían a sí mismos como juguetes en manos de unos dioses caprichosos, irascibles y violadores. Los humanos que se rebelaban sufrían terribles castigos. Sólo Ulises, fecundo en ardides, logró burlarlos en numerosas ocasiones y volver a Itaca ¿Dónde estará ese Odiseo tan necesario?

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Adivinanza en marcha

Ulyfox | 6 de junio de 2013 a las 13:36

Bahías de silencio y fábulas.

Nosotros, Pe y yo, somos como esos zumos de fruta envasados, que pueden ser más o menos buenos pero a los que hay que agitar para que salga el sabor desde el fondo. Es decir, nos mantenemos, sí, conservamos nuestra esencia, nuestras propiedades, hasta nuestras intenciones, pero si nos movemos, si subimos y bajamos de trenes, si montamos en aviones, si nos balanceamos a bordo de un barco nos llenamos de nosotros mismos. Y desde luego, si alguien opta por probarnos, sabemos mejor.

Palacios góticos.

Así que ya estamos otra vez en marcha. Si todo sale bien, en un par de semanas habremos cambiado otra vez nuestro escenario, estaremos viajando, y en nuestro viaje aterrizaremos en la patria chica de un músico que preparaba elixires para enamorar, o para llorar furtivamente, con sus notas; continuaremos en una flecha roja hacia un serenísimo lugar de belleza única, en el que navegaremos al andar; pero antes habremos parado en la capital mundial de los amores imposibles para mirar hacia un balcón, y después atravesaremos como en botas de siete leguas hacia una isla de fugaces exilios imperiales, y culminaremos en un rincón colorido y acantilado tan concentrado que en él caben cinco Tierras. Y la última tarde, ya lamentándonos del final, haremos el resumen en una ciudad alta y amurallada de ladrillo y mármol.

Y luego, al volver, seremos de nuevo como el néctar industrial, reposando en aquel estante en espera de la mano de nieve que sepa arrancarnos, de la voz que nos diga levántate y anda (gracias y perdón, Gustavo Adolfo).

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