La muralla ciclópea

Ulyfox | 12 de abril de 2013 a las 16:22

Ante la ciclópea Puerta de los Leones de Micenas.

De aquel primer viaje nuestro a Grecia tengo un montón de recuerdos maravillosos. Nos quedaron clavadas tantas cosas como un clavo sin dolor y con olor. Pero había dos o tres para las que estaba predispuesto y yo esperaba con ansia. No ya las islas y sus azules luminosos, ni las gozosas tabernas, ni que el Peloponeso fuera verde y montañoso, todas ellas embriagadoras sorpresas. Yo anhelaba el encuentro con el Partenón, maravillarme ante los monasterios suspendidos en el aire de Meteora, y ver por fin de cerca la Puerta de los Leones de Micenas.

No pude resistirme a subir a esa muralla. Mal hecho

Esta puerta de entrada a la ciudad de Agamenón, la gran enemiga de Troya, la patria de los aqueos, el símbolo de la gran cultura micénica había sido para mí una imagen fija desde que la vi en una pequeña foto, creo que en blanco y negro en aquel libro de texto de Historia del Arte, mi asignatura favorita entre todas, en sexto de bachillerato. Dos grandes pilares de piedra de una sola pieza y un enorme dintel, y sobre este, un relieve con dos leonas rampantes para guardar el acceso por la muralla a uno de los lugares más míticos de la Antigüedad. Murallas ciclópeas se decían, porque parecía una obra sólo posible de hacer por aquellos gigantes forzudos de un solo ojo, capaces de trabajar con piedras de hasta seis toneladas para levantar una pared de 13 metros de alto.

El misterioso círculo funerario de Micenas.

Por eso fue tan grande mi emoción, tan intensa la incompartible alegría, cuando nos acercamos por fin a la ciudad, en el centro de la península de la Argólida, ese territorio que es como un museo al aire libre de la Historia Antigua. Allí estaba la muralla de la capital más poderosa de la Grecia de hace 4.000 años, el hogar de Agamenón y Menelao, los que comandaron las tropas que derrotaron a la poderosa Troya, esos que hasta los descubrimientos de Schliemann en 1870 se pensaba que eran invenciones del gran Homero. Los aqueos existieron y esta era la prueba. Apareció ante mí la Puerta de los Leones: también era de verdad, no solamente una imagen en un libro, y una verdad emocionante, hermosa y en cierta forma, amiga. Me demoré lo que pude delante, detrás, alrededor e incluso, pecado de turista, encima de la Puerta. Luego recorrimos la antigua ciudadela, ojeamos sus piedras, el círculo funerario, los restos de antiguas casas, y más lejos la impactante Tumba de Agamenón o Tesoro de Atreo, con su cúpula de piedra, y recorrimos el Museo.

Entrada a la Tumba de Agamenón, o Tesoro de Atreo

Pero yo pensaba siempre en la Puerta, nada podía superar a la realización de esa cita concertada tácitamente muchos años antes, y desde entonces tengo mezcladas la alegría de verla y la nostalgia de su piedra marrón. Igual que tenemos pendiente esa vuelta al Peloponeso, esa tierra de nombre resonante que me conecta, como el lenguaje, con lo antiguo.

En el interior y bajo la cúpula de la Tumba de Agamenón.

¡No quiero nada más!

Ulyfox | 11 de abril de 2013 a las 13:03

Hemos encontrado esta foto en el pozo de los tiempos. Gracias a un préstamo valiosísimo de Ricardo, Penélope está escaneando con paciencia y esfuerzo muchas de nuestras diapositivas antiguas. Pe puede tener mucha paciencia y persistencia cuando se trata de algunas cosas, y como todos, puede perderla en un momento determinado. Para soportar el acoso de los guías espontáneos y vendedores ambulantes en algunos lugares de Marruecos hay que hacer alarde de ese aguante. Al menos lo era cuando visitamos por primera vez ese país, hace ya unos 24 años. Ahí está Pe, ya cargada de compras, explotando en las calles de Fez, gritando que no con la voz, con los ojos, con la cara entera y con el gesto de las manos, que no quería comprar nada más, que la dejaran en paz, que ya estaba bien de abalorios y souvenirs y regateos. Y ahí está la cara sorprendida y a la vez impertérrita del vendedor, uno de esos comerciantes callejeros de Marruecos que llevaban toda la mercancía colgada del cuerpo. No podemos ver el rostro del niño que contribuía con su presencia y su insistencia en el acoso mercantil, pero imaginamos el mismo gesto.

La foto refleja bien un aspecto de aquel nuestro primer viaje al vecino magrebí: el asedio al que se veían sometidos los turistas, bastante pesado por cierto. A unos niños que se ofrecían a ser guías por la ciudad o el zoco seguían otros y otros y otros según ibas diciéndoles que no. Era imposible dar un paseo en solitario. Aun así nos gustó el país, y de eso os podréis ir dando cuenta en cuando vaya metiendo las fotos gracias a que hemos podido recuperarlas con ese escáner prestado. Vendrán más.

Etiquetas: , , ,

Natalicio en El Palmar

Ulyfox | 9 de abril de 2013 a las 0:23

Macarena, pegada a su madre, Margarita.

 

En la playa de El Palmar de Vejer, un sitio de colonos y gente que aúna la bravura con la calma, ha nacido hace poco más de una semana una burrita. Hija de Margarita y de un burro moruno, su orgulloso dueño, Manolo Molina el de la Venta, le ha puesto el nombre de Macarena. El apelativo, casi sin querer, sigue una antigua costumbre: el de poner los nombres según un hecho que haya ocurrido en el mismo momento del alumbramiento. Resulta que el animal, negro como la noche y con un hocico blanco para comérselo, vino a nacer más o menos cuando por la televisión estaban comentando las dudas de la hermandad sevillana de la Esperanza Macarena sobre si salir o no en procesión ante la amenaza de lluvia. Las nietas de la familia, que asistieron al parto con la alegría con la que se asiste a los acontecimientos irrepetibles, discutían sobre el nombre, hasta que una de ellas tuvo la inspiración: ¡Macarena!

Molina, Margarita y Macarena, en El Palmar.

Aclamado o aceptado por los presentes, llevará ese nombre para los restos, para que ojalá que Muriel, y Violeta y el recién llegado y rubio León jueguen mil horas con ella, cabalguen sobre su lomo, la saquen de paseo, le den de comer, se preocupen por su salud o por su futura preñez, si llega el caso, y nuevamente asistan a otro parto esta vez con Macarena como madre, y la vida siga, igual que los correteos de estos niños y de los que vengan entre el pasto, y alrededor de todas las Macarenas que sean.

Ahí está, como nacida para que los niños jueguen.

Margarita es vieja, y Molina la recogió con las ganas que la gente del campo abraza a los bichos. No quedan muchos burros en El Palmar, pero Margarita sigue cumpliendo con su obligación natural de seguir poblando el mundo de sus congéneres. Ella es gris y su hija anda a saltos como una viva y enérgica mancha peluda negra, sin alejarse mucho nunca. Molina le da trozos de pan y la burrita se queda detrás, escudándose en el corpachón de la madre mientras esta se alimenta. Después le tocará a ella aplicar el hocico a la ubre.

Las buenas compañías.

Si hay algo que a Molina se le da bien es dar de comer. En la venta de la playa campera ofrece los productos de su huerta y los huevos de sus gallinas. Cuando tiene tiempo, además, se sienta a tu lado y te cuenta, por ejemplo, el misterio del cabrahígo o, lo que es lo mismo, esa mágica y fecundadora alianza de insectos y plantas que hace que los higos y las brevas se puedan comer, una técnica heredada de quién sabe qué civilización helénica o persa. Como es inevitable que viva al ritmo de las estaciones, el otro día, que acudimos a su venta en la mejor compañía, Manolo nos ofreció una tortilla de puerros que era para quedarse siempre a vivir dentro de ella, y una liebre en salsa (tiene unos espléndidos galgos) de gusto antiguo y sabio, y por supuesto, el sublime tomate frito que le ha dado fama, acompañando a unos huevos de yemas amarillas, pero de amarillo huevo de verdad; y los sabrosos jurelitos fritos, y las croquetas de pescado…

Plato inolvidable en la Venta Molina de El Palmar.

La familia Molina iba aderezando estas exquisiteces con su amabilidad y sus detalles y la sobremesa se convirtió en casi atardecer, y de una manera suave todo nos llevó a la parte trasera, a la busca de Margarita y Macarena, tan negra, tan peluda, tan blanda que se diría de algodón si no fuera por ese color carbón. Fue la culminación.

Marineros por imitación

Ulyfox | 2 de abril de 2013 a las 13:43

Descansando en el buque ‘Samaria’ después de hacer la garganta del mismo nombre, en Creta.

Hay que ver la asombrosa afición que tienen ciertos políticos, banqueros o empresarios a viajar en barco. ¡Un yate, un yate! como expresión del poder. Nadie se resiste a la invitación a un yate. Si uno coge vacaciones, y tiene mínimas ganas de tocar poder, de lucir poder, de fumar poder, entonces hay que  embarcarse. Pero no en cualquier cosa que flote y tenga casco, borda y algún camarote. Mejor si es lo que se llama un yate. El último caso, el del presidente gallego, Alberto Núñez Feijoo, pillado en un pequeño desliz de hace casi 20 años, disfrutando de sus vacaciones en el mar con un conocido, ya entonces, narcotraficante, naturalmente en el ¡yate! del susodicho. Y gratis, invitado, por el morro, by the face. Qué afán imitador, por dios, el de estos ricos, nuevos ricos o aspirantes a serlo, del marineo.

Paseo en faluca durante el crucero por el Nilo.

A nosotros también nos encanta el mar, el trayecto en barco. Rememorando, me sale que siempre hemos pagado nuestro billete. Y analizando, me entra la duda de si habremos hecho siempre el tonto, vista la habilidad de algunos para colarse sin tocarse el bolsillo. Pero no, no, mejor pagando, mejor no deberle nada a ningún narcotraficante o magnate. En todo caso, me hubiera encantado ser polizón, de esos de las películas, los que se escondían bajo la lona de un bote salvavidas y acababan siendo descubiertos por la pasajera más guapa. Pero ya está.

Esperando en el puerto de El Pireo el embarque hacia las Cícladas.

Y pagando hemos navegado contra la corriente en el Nilo, observando las coloridas velas de las falucas, y de Brindisi a Corfú para llegar al amanecer; hemos rodeado en la oscuridad la punta norte de Naxos y rasgado la niebla de la aurora en una fantasmagórica y bellísima llegada a la isla de Amorgós; en ferry y pagando hicimos aquella primera vez en una ventosa noche la vuelta de Creta a Atenas; y en un lujoso Blue Star nos encaminamos a Patras desde Bari para quitarnos el sudor de aquella increíble noche tumbados en el viejo ‘Marco Polo’ en el que abandonamos Dubrovnik; en aliscafo creímos volar de perfil de Capri a Nápoles; en un ajado ‘Capitán Aristide’ llegamos mitológicamente a Ítaca y en el incombustible y cabeceante ‘Skopelitis’ descubrimos una pequeña Cíclada llamada Koufonisia; en la barca de aquel viejo capitán tunante y turco nos acercamos a la ciudad sumergida de Kekova, y en otra un poco más grande cruzamos con mucha gente de Rabat a Salé; en un desmemoriado transbordador volvimos una tarde desde Santa Clara a Cienfuegos, cuando el grupo se olvidó de nosotros y descubrimos la luna de miel en Cuba; un lento ‘Samaria’ acogió nuestro gran cansancio después de recorrernos la garganta del mismo nombre en Creta, y un rapidísimo transbordador de aluminio nos puso en poco tiempo de Hydra a Atenas, en aquellos primeros descubrimientos mediterráneos; un gran mercante nos sirvió para salir de la aislada, verde, minúscula Paxos hacia el continente y aún no sé cómo saltamos a bordo de un catamarán ya en marcha para no quedarnos en tierra, aunque fuera la privilegiada y entonces aún solitaria isla de Formentera.

La felicidad es que llegue el barco a tiempo, por ejemplo en las Espóradas.

En barco nos hemos acercado y nos hemos alejado a nuestro destino, que al final va a resultar que es el de pagar siempre por todo, honradamente, descansadamente, pagar.

Ante las tumbas licias y sobre el mar de Kekova, en la costa azul turca.

Etiquetas:

Baelo espléndida

Ulyfox | 29 de marzo de 2013 a las 22:26

Vista general de Baelo Claudia, el Viernes Santo.

Aprovechando que nos hemos quedado por aquí he realizado una excursión largo tiempo anhelada: volver a Baelo Claudia, ahí al lado pero sin visitar desde hace infinidad de años. Quería ver cómo había quedado el nuevo centro de interpretación, y los avances en la excavación y consolidación de las ruinas. En pocas palabras: ha quedado estupendo. El Centro es un hallazgo, moderno, racional y a la vez integrado en el entorno. Durante su construcción fue objeto de numerosas polémicas, pero a mí me parece que el resultado es espléndido, ligero, aéreo, luminoso. Un lujo en Andalucía.

El Foro, con su pavimento milenario, y la Basílica al fondo.

El lugar arqueológico está magníficamente señalizado y preparado para la visita, con explicaciones sucintas y claras. La visión con la ensenada de Bolonia al fondo es maravillosa. El teatro, que no pude visitar hace años, ha quedado extraordinariamente a medias entre la rehabilitación y la ruina evocadora. Por desgracia, no puedo decir lo mismo de la información que se proporciona. El día que nosotros fuimos se habían acabado los folletos en español, y cuando quise comprar una guía del sitio en la tienda tampoco la había en español: sólo en inglés. Al parecer se ha agotado, y el presupuesto no da para reeditarla.

La cavea del Teatro, restaurada.

Una cosa me resultó extraña: la entrada es gratuita para españoles y ciudadanos de la Unión Europea. Me encanta que la cultura esté al alcance de todos, pero creo que una entrada a precio simbólico, soportable por todos, pongamos un euro, ayudaría por ejemplo a tener fondos para reeditar esa guía, entre otras cosas. El yacimiento estaba lleno de visitantes, el aparcamiento a rebosar y numerosas familias disfrutaban de este tesoro gaditano. Un buen puñado de euros podría haber ido a parar a fin tan encomiable y ciudadano.

Los restos del acueducto, y el Centro de Interpretación al fondo.

Un asunto personal: disfruté sobre todo de pisar ese suelo antiguo, las baldosas de la calle principal, el Decumano Máximo, de casi dos mil años de historia y onduladas por los terremotos y los siglos. Deseé ser un mecenas antiguo e invertir miles de euros en sacar a la luz tanto secreto guardado bajo la tierra de Baelo Claudia. Me alegré de tener tan cerca ese pedazo de Roma. Y más después de rematar la faena con un almuerzo en el restaurante Las Rejas, nuestro comedor en la playa de Bolonia.

Patio del Centro de Interpretación de Baelo Claudia.

Los Monasterios en el Aire

Ulyfox | 29 de marzo de 2013 a las 2:50

Las rocas de Meteora, en la Tesalia griega.

Esa aventura fue la segunda flecha que nos lanzó Grecia en el mismo día para que nos enamorásemos de ella, para siempre jamás. La primera había sido temprano, nada más llegar a Atenas, ante, bajo, cabe, con el Partenón, en las alturas de la Acrópolis. Era nuestro estreno con el país que pasado el tiempo llegaría a ser nuestra segunda casa. Desde que decidimos viajar a tierras helenas, en aquel lejano 1992 que luego se llamó mágico, yo había jurado que no volveríamos de allí sin visitar Meteora, en griego Meteora Monastiria, es decir, Monasterios en el Aire, un nombre que representaba para mí algo así como una tierra mítica llena de altas y estrechas rocas en cuyas cumbres se asentaban conventos inaccesibles habitados por monjes solitarios y apartados del mundo.

El monasterio de Varlaam en primer plano, y el de Rosanou al fondo.

Pero Mundojoven, la desaparecida agencia a la que tantos viajes le debemos, no incluía en el circuito griego la excursión a Meteora, un lugar alejado de Atenas. Aun así, estábamos decididos y bien informados. El mismo día de nuestra llegada advertimos a la guía, la competente Mercedes, de que nos íbamos al encuentro de los monasterios en el aire, pero que estaríamos de vuelta dos días después, a punto para emprender la excursión por el Peloponeso. Y esa tarde echamos en una mochila una mudita y los artículos de aseo imprescindibles y empezamos a andar hasta la estación de autobuses, en una calurosa Atenas con huelga de casi todo, incluido los buses urbanos, y con taxis que no querían parar.

Altas paredes como defensa.

Al llegar a la cochera el alma se me cayó a los pies. El último coche para Kalambaka, el pueblo más cercano a los monasterios, acababa de partir y no habría otro hasta el día siguiente, ya sin tiempo para nuestros planes. La cara que puse debió de ser tan penosa y patética que Penélope a mi lado tomó la decisión rápida: “¿Cuál es el pueblo más cercano a Kalambaka?” me preguntó. “Trikala”, le contesté. “Saca billete para Trikala, y una vez allí ya veremos”, insistió. Salvación y tuvimos suerte: había autobús un poco más tarde. Al rato, estábamos a bordo de un vehículo de tono verdoso, asientos de eskai azules y sin aire acondicionado, que empezó a andar hacia el norte, con la tarde ya cayendo.

Ante el Monasterio de la Transfiguración o Monasterio Grande (Megalo Meteoro).

El viaje caluroso, con las ventanillas abiertas y las cortinillas volando, duró cinco horas y media, y transcurrió en un duermevela provocado por nuestro cansancio (la noche anterior habíamos volado de madrugada y no habiamos dormido), y salpicado por la emoción incierta de pasar junto a las Termópilas, cuando yo buscaba ese pasadizo entre las montañas que marcó la batalla. Entre sueños y con el fondo de una música que a mí me sonaba a árabe, me parecía oír a los viajeros hablar en español y ahí descubrí la cercanía fonética extraordinaria entre los dos idiomas, capaz de hacer confundir los soniquetes. Avanzaba la noche y crecía nuestra inquietud. ¿Cómo sería el lugar al que íbamos a llegar? Pe tenía como mayor preocupación, si nos tocaba dormir en la calle, que nos pudieran robar la cámara.

Delante de Agia Triada y de rocas que no hace mucho albergaron otros monasterios.

De noche cerrada llegamos a la solitaria estación de autobuses de Trikala. Naturalmente, no había combinación para Kalambaka a esa hora. El conductor nos ofreció una posible solución y nos acercó en el autobús vacío a la estación férrea. Muy agradecidos, nos despedimos de él ante el apeadero pero el amarillento taquillero nos dijo que claro que no, que tampoco había tren a Kalambaka. “¿Y el centro del pueblo?” “Por esta misma calle al fondo” Con pocas esperanzas nos dirigimos andando en busca de un lugar donde pasar la noche, y todo nos empezó a sonreír. Encontramos un hotel apañado y barato, y en la calle, a pesar de ser más de las once, la gente llenaba las terrazas, cenamos sin problemas y algunos nos preguntaban qué hacíamos allí, un lugar tan poco turístico. Sonreímos.

Integrada en el imponente paisaje humano y físico.

A la mañana siguiente tomamos el primer bus hacia Kalambaka, muy temprano, con la primera luz del día. A primera hora, una vez allí, aún había que coger otro transporte hasta el más alto de los monasterios, ahora comunicado por carretera, el llamado Megalo Meteoro. El plan resultó perfecto, comprobamos, y una vez visitado este convento, lo ideal era bajar andando de vuelta la carretera hasta el pueblo, diez kilómetros de descenso entre curvas y pasando bajo los increíbles edificios colgados de las rocas. Así lo hicimos, parando en dos de ellos (Varlaam, Rosanou) y viendo su interior, comprobando los elevadores que los monjes utilizaban antiguamente para aprovisionarse e incluso para subir y bajar ellos mismos, dentro de grandes cestas de red, único medio de acceso durante siglos.

El monasterio de Rosanou, en todo su esplendor.

Fue un descenso lleno de sensaciones, con descansos y miradas hacia arriba y a los lados. Por todas partes se veían paredes de piedra y oquedades que habían sido morada de eremitas. En una cueva en las alturas, cientos de pañuelos colgados , llevados allí y colocados por atrevidos jóvenes que una vez al año escalan las paredes para hacer esta ofrenda al santo. En los tiempos de apogeo, llegó a haber aquí 24 monasterios, el primero de los cuales fue habitado en el siglo XIV. Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes destruyeron la mayoría de ellos porque los monjes daban refugio a los rebeldes griegos. Ahora sólo quedan seis en funcionamiento, y están declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El recorrido entre los monasterios es inolvidable.

Llegamos cansados a Kalambaka a la hora de comer. Nuestra maravillosa Guía del Trotamundos nos dirigió al restaurante Kentrikon, donde almorzamos por un precio irrisorio e hicimos nuestros primeros pinitos con el idioma griego.

Kalambaka, a la sombra de las grandes rocas.

Había que volver ahora a Atenas, y lo hicimos en autobús. Gloria al sistema de transporte público griego, un modelo que permanece, y que ya era entonces modélico. No recuerdo el viaje de vuelta, qué curioso. Sólo la llegada y el extraordinario apelotonamiento en la parada de taxis, que hicieron su agosto acumulando viajeros en el mismo vehículo y según su destino. En cuanto yo oí al taxista gritar “¡Omonia!” pidiendo clientes que fueran en dirección a esa céntrica plaza ateniense, levanté la mano y ahí nos colamos, consiguiendo llegar a las cercanías del hotel, a tiempo aún de tomar algo en un bar cercano, disfrutando de la tranquila noche ateniense, oscura oscurísima por la huelga de electricidad, y felices.

Aún se seguían usando las cestas para subir las provisiones, hace 20 años. Ahora, no sé.

A la mañana siguiente estábamos puntuales en el autobús de la agencia. Mercedes, la competente guía, al hacer las presentaciones de todos los componentes del grupo, pronunció nuestros nombres mientras decía: “Y ahora con vosotros, unos aventureros…” Ya ves tú.

Los aventureros

Ulyfox | 27 de marzo de 2013 a las 12:49

El tiempo

Ulyfox | 27 de marzo de 2013 a las 12:38

La lluvia en la región del Chianti

Será porque, como alguien ha escrito, nos estamos convirtiendo en burgueses meteorológicos, pero nunca había estado tanta gente pendiente del tiempo que va a hacer. En vacaciones ya resulta patológico, y en Semana Santa ciertamente exagerado. Mantiene la vista en las previsiones el viajero tanto como el cofrade, el hostelero como el senderista. He de reconocer que también nosotros hemos caído víctimas de este aburguesamiento, y hemos estado tan pendientes del tiempo que al final nos hemos quedado aquí, pese a que acumulamos hasta cuatro días libres. Es probable que haya influido también el ambiente de miedo económico, la subida de los precios, la incertidumbre por el futuro, todas esas cosas que nunca queremos que nos pillen y que uno no puede impedir al final que lo hagan.

Pero pensábamos “es que viajar para que después no puedas salir del hotel…”, o “gastarte un dinero para no disfrutar tanto como querríamos…” Bueno, aquí estamos, forzados e ilusionados a la vez por hacer algo de turismo interior, conocer nuestra tierra, revisitar sus rincones, pasear, ir al cine, leer, quedar con algún amigo… Sin planes fijos, y dejándonos llevar, a ver qué nos ofrece el tiempo.

Egina, para Antonio

Ulyfox | 22 de marzo de 2013 a las 13:54

Puerto de Egina, al atardecer.

 

Entre los cientos de islas griegas, Egina no está entre las más hermosas por sus pueblos, ni entre las más espectaculares por su naturaleza. Pero sí entre las más visitadas, por su cercanía a Atenas y por sus instalaciones turísticas. Apenas una hora de navegación, e incluso menos si se opta por el barco rápido, la separan de la capital griega, y muchos atenienses tienen casa en la isla. Además, el puerto de la capital tiene el encanto de los pequeños puertos griegos, con un paseo lleno de restaurantes y tiendas, las barcas amarradas a un paso de las mesas, y numerosas tiendas y puestos que ofrecen el producto más famoso de la isla: sus pistachos. Estos árboles llenan el territorio, como una grande y productiva mancha verde. No se puede uno ir de Egina sin comprar pistachos, que además están ciertamente buenos.

Iglesia en el puerto de Egina capital.

Ayer mismo, Antoniodlr, un visitante y colaborador asiduos de este blog, con el que he descubierto más complicidades y coincidencias de las esperadas, incluida la edad, me decía que está a punto de viajar a Atenas por pocos días. Le envidio, pese a las noticias que me llegan de esa querida ciudad tan maltratada. Y está pensando en hacer una pequeña excursión a alguna isla cercana. Ciertamente, Egina es la mejor elección, tan cerca y tan bonita.

Una parada relajante en la bahía de Perdikas.

Hace unos años estuvimos en Egina. Fue un pequeño paréntesis, de apenas dos días, entre nuestro viaje a Egipto y nuestra visita a la pequeña y embrujadora isla de Astipalea. Dejamos el equipaje en el aeropuerto de Atenas y con una maletita mos montamos en el metro hasta el puerto de El Pireo. En poco tiempo estábamos en Egina, al atardecer, con tiempo para un baño crepuscular y el primer paseo por la pequeña y agradable capital. Fue tan corta nuestra estancia que tuvimos que elegir entre conocer alguna de sus playas en Perdika y Marathonas o visitar el templo de Afaia, a 11 kilómetros y uno de los tres grandes ejemplos del dórico en Grecia junto con el Partenón y el templo de Poseidón en Cabo Sunion, . Elegimos la playa, y no estoy convencido de que hiciéramos una buena elección. Más bien creo que nos equivocamos. Pero… así es.

Lo que sí recuerdo con mucho agrado es nuestra cena en el Mezedopoleio To Gramma (http://www.togramma.gr/) , un poquito alejado del centro del puerto, pero recomendable en grado sumo. Nos dieron a elegir entre decenas de platillos, y todos estaban exquisitos, en una terraza bellísima. Eso sí, no sé si estará abierto en abril. En realidad, esto es sólo una muestra rápida de lo que Antonio puede encontrar en Egina, si se decide a visitarla. Ánimo.

Etiquetas: , ,

Esos acantilados

Ulyfox | 21 de marzo de 2013 a las 14:23

Vista de Positano desde tierra, en la Costa Amalfitana.

 

El camarero de aquel pequeño paseo marítimo (lungomare le llaman bellamente) en aquel pequeño pueblo italiano no estaba desocupado. Daba vueltas y cuando nos vio se dirigió a nosotros para ofrecernos una mesa, con esa costumbre tan mediterránea de vender su local como el mejor. La noche era perfecta para convencernos: “Buona sera, volete il tavolo degli innamorati?” nos dijo el zalamero: “¿Quieren ustedes la mesa de los enamorados?” Como para decirle que no. Era nuestra segunda noche en Positano.

La Spiaggia Grande de Positano.

La noche anterior habíamos llegado tras un largo y azaroso viaje, que incluyó varias divertidas etapas. En realidad todo había comenzado con una llamada de nuestro amigo italiano Ettore, el recordado dueño de la famosa pizzería de San Fernando. A él le contamos que queríamos pasar unos días en la Costa Amalfitana. Bueno, entonces hay que contar que todo empezó en una película, El talento de Mr. Ripley, que nos deslumbró con sus escenas en la península de Sorrento (mejor siempre en italiano, Peninsula Sorrentina) y las islas del golfo de Nápoles, hasta el punto de que decidimos que teníamos que conocer ese sitio. Descubrimos que el pueblo se llamaba Positano y nos pusimos en marcha. A Ettore, como italiano, le encargamos que llamara al hotel La Tartana para reservarnos habitación y preguntar cómo podíamos llegar hasta ese sitio que se nos antojaba recóndito y casi inaccesible, encajonado entre montañas verdes y el mar. Aún recuerdo sus palabras cuando llamamos a Italia: “Buona sera, stó chiamando dalla Spagna…”

Penélope frente al mar de Positano.

El lugar era ciertamente difícil, pero seguimos las indicaciones que le dieron a nuestro amigo. Tuvimos que volar hasta Nápoles, y todo lo que siguió fue divertido. En el aeropuerto fue nuestro primer encuentro con la realidad napolitana. Los taxistas esperaban con el pie apoyado en una barrera metálica. “A la estación central, por favor”

-“La Stazione Centrale? “É molto pericolosa, molto grande, é una jungola. Dove volete andare?”, advirtió uno de ellos.

-“A Positano”, le respondimos

-“Meglio io vi porto fino Positano per 150.000 lire”, se ofreció para llevarnos hasta nuestro punto final, evitarnos varios trasbordos y de paso sacarse un buen dinerito.

Su insistencia no le sirvió para convencer a Penélope, que tenía muy claro que no estaba dispuesta a pagar ese dinero. ¡A la estación central! dijo con voz firme. Eso bastó para que el taxista asintiera sin más discusiones: “Ah, la donna!”, concluyó como diciendo “aquí no hay más que hablar”. Y nos dirijimos hacia la estación central, observando por primera vez durante el camino la imponente silueta del Vesubio, mientras atardecía. El taxista no se portó del todo mal, y nos llevó a la entrada de la Stazione que él nos dijo más segura. Allí debíamos tomar un tren hasta Sorrento, la línea Circumvesuviana, llamado así porque recorría todos los pueblos que circundan el gran volcán, incluyendo Pompeya y Herculano. En la estación aprendí que vía se dice binario. Recuerdo, no lo he olvidado, que nuestro convoy salía del binario tré.

Una parte de la Costa Amalfitana.

Lentamente, en esa especie de ferrobús de cercanías de tono verdoso y amplias ventanas, nos fuimos acercando con la noche a Sorrento, donde teníamos que coger un autobús hasta Positano. Ese tren era de gente trabajadora, se veía enseguida que volvían a sus casas de los extrarradios después de trabajar en la gran Nápoles. Gran parte del trayecto de más de una hora lo hicimos de pie, pegados a nuestras maletas. Al fin llegamos a Sorrento, de musical nombre y evocaciones pavarottianas, patria del  limoncello, llena efectivamente de limoneros que crecen en unos emparrados muy vistosos y que no pudimos ni entrever a esa hora. En la parada del autobús, unos jóvenes italianos se dieron cuenta de nuestra procedencia, y uno de ellos nos declaró inmediatamente su amor por el cine español y sobre todo por Almodóvar. Fue un agradable trayecto hasta Positano, con este guía espontáneo contándonos cosas de la zona, mientras afuera del autobús serpenteante por carreteras imposibles, allá abajo, divisábamos las oscuras aguas mediterráneas reflejando una muy a propósito luna llena.

Vista general de Positano desde el mar.

La Costa Amalfitana es así. El bus nos paró en un sitio extrañísimo, el pueblo estaba allí abajo y nosotros llevábamos, como siempre, dos pesadas maletas. En el camino, sólo lo que parecían unas inacabables escaleras con unas calles cada vez más hermosas y animadas, pero con un pavimento impracticable para las ruedas de nuestros bultos. El descenso fue duro. La Tartana (http://www.villalatartana.it/) estaba muy abajo, casi en el puertecito, una ensenada de esas minúsculas y abigarradas sólo posibles en Italia. Pero llegamos y, aunque para colmo la recepción y las habitaciones estaban subiendo más escaleras, resultó ser un lugar muy agradable, inolvidable, y nada más llegar nos dieron la llave y nos preguntaron a qué hora queríamos que nos sirvieran el desayuno en la habitación. Allí no había comedor, no cabía, y la solución nos pareció fantástica. A la mañana siguiente comprobamos que lo era más aún.

Desayuno en la terraza de Villa La Tartana.

Positano resultó ser un pueblo colorido y lleno de turismo, uno de esos lugares en los que parece imposible no ser feliz a poco que uno tenga algo de dinero. Cada uno de los cinco días se repitió el milagro del desayuno subido a la habitación y comido en la terraza mirando la cúpula de azulejos amarillos de la iglesia y un poco más allá el mar. Yo bajaba temprano a buscar el periódico español que llegaba con uno o dos días de retraso, cuando internet era una palabra lejana, y  me cruzaba a un montón de gente feliz. Allí, excepto en el lungomare o en la playa, era imposible andar en horizontal. Siempre subías o bajabas. Y todo era brillante. Las calles y balcones, llenos de buganvillas y glicinias, y en las laderas de los altos montes que caían directamente sobre el mar y el pueblo, crecían los limones, como un alto muro que separó por tierra durante siglos toda la península. Aún hoy, la forma más cómoda de llegar a esos pueblos de la Costa Amalfitana, llamada así por el precioso pueblo de Amalfi, es en barco.

Un rincón colorido de Positano.

De esa forma tan marinera, por ejemplo, nos acercamos a Amalfi, y luego subimos en autobús a las alturas de Ravello para comprobar que cualquier mar, incluso el cerrado Mediterráneo, puede ser infinito. Pero esa es ya otra historia.

 

¡Qué ganas de volver!