La agencia de viajes que nosotros abriríamos

Ulyfox | 23 de julio de 2012 a las 19:28

Mural en un balcón de una casa de Nuoro, en Cerdeña

 

Si algún día nos diera por abrir una agencia de viajes, lo haríamos, como habréis supuesto, para especializarnos en el Mediterráneo. Una agencia que trajera y llevara desde Turquía y Croacia hasta los mares de Libia, en las costas de Creta, que sobrevolara el azul Nostrum descansando en excitantes o apacibles etapas sobre los volcanes de Sicilia y las calas de las Espóradas, que recorriera el viaje circular del dórico al barroco y se alejara, o acercara, a los vestigios del palacio del rey Minos, que se deleitara en los vinos de malvasía mientras los pasajeros degustan los erizos griegos y las pastas del golfo de Nápoles.

La isla de Spinalonga, en la bahía de Elounda, Creta

Así sería nuestra agencia, quién sabe si un oficio futuro on line ante las amenazantes nubes que algunos dibujan y soplan en nuestro cielo. No creáis que no lo hemos pensado. Muchos amigos y conocidos nos preguntan y nos piden consejos sobre viajes a Grecia o Italia, nos han encargado una guía… ¿y si pusiéramos una agencia? Pero se nos han adelantado. Los jóvenes y entusiastas encargados de Zagara Travel se han especializado, de momento, en viajes personalizados a Sicilia, Cerdeña y Creta, tres gigantes, tres islas que forman parte de Italia y Grecia pero que tienen todo lo requerido para ser países independientes. Se dice con razón que ser siciliano no es lo mismo, o es mucho más que ser italiano, como se dice de Creta que solo el que la visita comprende de verdad lo que es ser griego, o una cierta forma, orgullosa sin suficiencia, de serlo.

Barroco siciliano, en las fachadas de Ragusa Ibla.

Ellos tienen una oferta amplia y variada, flexible, especial, de llevar a los viajeros que se dejan llevar con confianza. Al menos así lo parece por su página web http://www.zagaratravel.com/  y por las referencias directas que hemos podido recoger en Creta. Buscan alojamientos únicos o con un encanto real, que no tienen por qué estar en los centros urbanos. Tienen algo que me gusta. Se parece a la forma de actuar que tendríamos nosotros si montásemos una agencia de viajes. Ellos se nos han adelantado, pero no descarto que en realidad, en un tiempo, no sean más que nuestra competencia.

Christódulos el eremita y la monja que no tomaba aceite

Ulyfox | 15 de julio de 2012 a las 2:42

La sencilla iglesia de Agios Nikolaos guarda una joya en su interior.

Christódulos es un buen nombre para un monje. Lo era, muy apropiado, para aquella figura envuelta en un hábito negro, ya pardo por el uso, que dormitaba en el solitario monasterio de Agios Nikolaos (San Nicolás), apenas a tres kilómetros de Zaros, el pueblo montañoso del centro de Creta donde nacen todas las aguas. Ovillado en una silla vieja junto a una pared de ladrillo y al lado de una puerta de madera, sin dejar por eso de apoyar su mano derecha en un bastón de vara, al oírnos llegar se desveló de pronto, mostró su verdadera ancianidad y nos llamó con el único inglés que sabía: “Come, come“. Christódulos, sin levantarse, echó mano de un envase redondo de plástico que tenía en un poyo cercano y nos ofreció unas galletas de canela, buenísimas, y, por supuesto, dos vasos de raki, con unos dedos gordos, gastados y despreocupados por la mundana higiene.

La iglesia de Moní Vrondisi

Ahí no había más remedio. Tuvimos que usar el griego pedestre que manejamos y tras preguntarle su nombre entablamos una conversación. No quería que lo fotografiáramos, ni por supuesto aceptaba dinero: “Soy eremita y no tengo dinero, no lo necesito”. También nos advirtió que dentro de la emocionante capilla blanca, con unos restos preciosos de frescos bizantinos del siglo XIV, no se podían hacer fotos, y cruzando las muñecas con el gesto del esposado nos dijo: “Si  no, la policía de Zaros me lleva preso”. No quisimos ser los causantes de la detención de un eremita de 82 años. Le dijimos nuestros nombres (“Manolis es un nombre muy cretense” me contó), nuestras profesiones, periodista (dimosiografo) y médico (iatrós), y le faltó tiempo para contar a Penélope sus dolores de piernas, a causa de los cuales ya no podía trabajar. Por eso tal vez esperaba a los caminantes allí para ofrecerles galletas y raki con los que seguir el camino. “Ela, Manoli, ela iatré” decía utilizando el bello vocativo de las declinaciones griegas para animarnos a aceptar más dulces y aguardiente, “iatré, iatré kaziste, ine datsi” (doctora, doctora, siéntese, así está bien) decía para refrenar nuestra prisa y servirnos de nuevo el licor sagrado. Una monja encorvada apareció de pronto de un pobrísimo edificio blanco y bajo, empuñando una escoba, y se puso a ejecutar un barrido imposible en un camino lleno de tierra y polvo.

Queríamos visitar la iglesia del monasterio, apenas una mancha blanca con un pequeño campanario. El eremita nos invitó a tomar fotos del exterior y se levantó con un gran esfuerzo, apoyándose en su bastón. No había muchos pasos, y Christódulos sacó de algún pliegue de su vestidura una llave vieja con la que nos franqueó la entrada. Apenas traspasado el umbral, nos detuvo, cogió tres delgadas velas de un color marrón claro y las encendió, clavándolas en el candelero. A partir de ese día, repetimos ese rito cada vez que entrábamos en un templo cretense. No se trata de creencia, sino de la extraña alegría infantil que se siente con ese gesto de agarrar la bujía, encenderla con otra y asentarla en la arena del candelero, mientras se piensa tal vez un buen deseo.

Escena en una calle de Venerato

La capilla tenía una sola nave con entrada lateral, enfrente un montón de iconos de San Nicolás, y a la derecha, alrededor del iconostasio, los restos descoloridos de los frescos, con ese fondo azul característico y los trazos deliberadamente ingenuos de las imágenes. Todo centenario, todo sencillo, todo en paz, como Christódulos, que se había sentado a rezar en voz baja, mientras nosotros contemplábamos las pinturas. “Manoli, to fós” (“Manolo, la luz”), me pidió al salir para que volviera a dejar a oscuras la pequeña iglesia. Aún insistió en darnos más galletas y caramelos cuando nos despedimos de él. Durante todo el día tuve en mis manos el olor de la canela, y por siempre me acompañará el aroma de su hospitalidad no impostada, el aire de armonía que reinaba entre el hombre y su hábitat.

Unas hojitas como amuleto...

Ese día había comenzado de una manera decididamente espiritual, ya que la primera visita de la mañana fue a otro convento: el monasterio Paliani, el más antiguo de Creta y uno de los más venerados (de hecho, se encuentra junto al pueblo de Venerato). Es un patio rectangular al que dan unas humildísimas celdas, pero que alberga una preciosa iglesia bizantina, que no pudimos visitar por estar en restauración. De todas formas, el auténtico objeto de culto de Paliani está a un costado del templo: un milagroso mirto aromático, enorme y monumental del que los fieles han colgado decenas de ex votos en petición de favores: una hermosura de árbol, del que arrancamos una hojita como amuleto.

Bajo el árbol milagroso de Moní Paliani.

Apenas salimos de la benéfica sombra, una monja nos llamó para invitarnos a comprar iconos, en realidad baratas reproducciones para turistas. A nadie hicimos daño por adquirir uno pequeñito, lo que la octogenaria mujer nos agradeció ofreciéndonos parte de su frugal comida, unas rodajas de pepino sin aliñar: “Hoy es viernes, y los lunes, miércoles y viernes no podemos tomar aceite, tal como dejó escrito el santo. Mañana sábado comeré pescado según la misma norma”. Nos enseñó una vieja fotografía que colgaba de la pared. En ella se veía a un numeroso grupo de monjas. “Éramos más de ochenta, y ahora sólo quedamos veinte en el convento”, nos contó, y mientras hacía el gesto de dormir apoyando la mejilla en la palma añadió: “Las demás murieron (thanasis, o algo así dijo)”. Ella sí se dejó hacer la foto, y además con una gran sonrisa. No debía de ser eremita.

La monja octogenaria de moní Paliani, rodeada de iconos.

Una de las cosas que uno no debe dejar de hacer cuando viaja a Creta es visitar un monasterio, en griego ‘moní’. Pequeños, medianos, grandes, minúsculos. Los grandes son impresionantes, los pequeños son emocionantes. Los grandes, monumentales como Moni Arkadiou, Moni Toplou o Agia Triada, con sus fachadas venecianas hablan de luchas, de resistencia al invasor, a las decenas de invasores de todas las religiones que han sufrido los cretenses en su historia. Esos monasterios eran verdaderos refugios para los bravos rebeldes, ya fuera en la lucha contra los turcos o en la guerrilla contra la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, Toplou significa en turco ‘cañón’, y muchas veces los conventos estaban construidos como auténticas fortalezas. Nosotros, ese día aún nos dio tiempo a acercarnos a Moni Vrondisi, un poco más lejos y por una carreterita poco recomendable. Pero mereció la pena por ver la hermosa fuente veneciana con relieves de Adán y Eva en mármol que tiene a su entrada.

La fuente veneciana en Moní Vrondisi

 

 

Son estos, los cenobios pequeños, los perdidos voluntariamente en la espesura o en la colina más agreste los que representan más el espíritu universal, repartidos por toda Creta, pequeños centros de culto y recogimiento. Solitarios, eremitas, moribundos como comunidad, representan otro ritmo y forma de vida posible, generosa y, esta sí, eterna en su terrenalidad.

La vista desde el Moní Vrondisi

Directamente de la tierra del vino

Ulyfox | 9 de julio de 2012 a las 1:57

Vino de Creta, recién llegado.

Acaba de llegar el envío. Doce botellas de vino blanco y otras tantas de tinto compradas en el pueblo de Peza, en el centro de la comarca vinícola cercana a Heraklion, la más importante zona productora de Creta, cuna de buenos vinos, retsinas y rakis. Un servicio rápido y eficaz para hacerse con una buena muestra de uvas autóctonas de Creta, sabores especiales y ricos. Algunos de vosotros ya sabéis que las probaréis. A nosotros nos gustaron.

Una vista de la Tierra del Vino de Heraklion

La llegada de las cajas nos ha traído el cercano recuerdo de la Tierra del Vino, una comarca sorprendente, pocos kilómetros al sur de la capital, dibujada con colinas suaves, plantaciones de viñas y olivos y festoneada de cipreses, como una pequeña Toscana dentro de la isla más griega de todas. Aparecía esplendorosa desde nuestro coche, verde y coloreada al final de la primavera, descubriendo en cada curva un rincón admirable, y rodeada de altas montañas de color rojizo que por la tarde se volvían violetas, con restos de nieve aún en las cumbres.

El paisaje, subiendo a Houdetsi

La carretera está salpicada de indicaciones de bodegas, la mayoría de ellas visitables y degustables, atendidas por personal muy amable y experto. Las grandes firmas griegas, como Boutari, están instaladas aquí. La firma Milarakis, la primera que embotelló vino en el área, fue la elegida para recompensarnos a nosotros y a nuestros amigos porque sí con este pedido. Podría haber sido cualquier otra, porque estos vinos están alcanzando grandes niveles de calidad y obteniendo premios nacionales e internacionales. Veremos cómo han llegado. Milarakis tiene además la ventaja de estar casi pegada a una gran taberna: Onísimos, en la que continuamos nuestro autoagasajo con algo de cordero al limón, queso feta a la parrilla y empanadillas de queso, con vino de la zona por supuesto y el regalo acostumbrado de la fruta confitada casera y la garrafita de raki.

La Tierra del Vino ha sido una de las sorpresas más agradables de este viaje, el desmentido definitivo de la imagen uniforme de Creta. Entramos y parecíamos haber aterrizado de pronto en otro país, menos salvaje y más domado por la mano del hombre, que extrae de ella todo lo bueno. Doblábamos curvas y ascendíamos colinas con la alegría de quien se felicita por la idea de haber llegado hasta allí, abriendo los ojos a aquel paisaje inesperadamente italiano, feraz y generoso.

Una sala del museo de instrumentos 'Labyrinthos' en Houdetsi.

En uno de los pequeños pueblos que manchan de blanco este verdor, Houdetsi, paramos a conocer un curioso museo de instrumentos musicales de todo el mundo: Labyrinthos ( http://www.labyrinthmusic.gr/ ), que además de albergar cientos de preciosas piezas, es a la vez un taller de fama universal dedicado a la música cretense y oriental, y que atrae cada año a cientos de músicos a sus clases y conciertos. El catalán Jordi Savall es uno de los visitantes de este pueblo que parece perdido pero que en verdad es un lugar de encuentro, y de encuentros. El músico irlandés Ross Daly, asentado aquí desde hace décadas, es el padre de todo esto, el autor de este idilio con la lira cretense que tiene lugar en un ya de por sí idílico paisaje. Unos viejos, los que componen la habitual imagen ante la puerta de los kafeneion cretenses, nos indicaron el fácil camino. Felices guías hacia una casa antigua de piedra llena de cajas, mástiles, cuerdas, clavijas, arcos y trastes componiendo una hermosa canción de amor a la música que hermana.

Hora punta en Arhanes.

La capital de esta tierra ebria es Arhanes, un espléndido conjunto de casas neoclásicas bien cuidadas, iglesias renacentistas blanqueadas, con una plaza principal llena de vida y buenos restaurantes para reparar los estragos de la jornada, que forzosamente debe incluir un paseo por este pueblo inclinado hacia las viñas y en el que el día acaba antes por la gran sombra que proyecta el imponente monte Yiouhtas. Nosotros, en cambio, por las dificultades de acercar nuestro gran equipaje a cualquier hotel, decidimos pasar esa noche en Heraklion, ahí cerca, llegando a la capital después de bordear un impresionante acueducto y dejar a la derecha el palacio de Knosos. Difícilmente se podría redondear mejor una jornada que comenzamos en la costa del otro lado.

Una calle de Arhanes, el pueblo más bonito de la Tierra del Vino.

Hemos vuelto, pero cargados

Ulyfox | 5 de julio de 2012 a las 1:57

Imágenes cargadas desde Myrtos, Creta

Estamos aquí, desde allí. El viaje a Creta acabó hace unos días, y de sopetón nos hemos visto inmersos en lo que llaman inapropiadamente la vida real. Los mapas están rotos de tanto usarlos, los bolígrafos agotados, los papeles arrugados. Y sin embargo, no nos hemos vaciado, sino que venimos cargados de… palabras, imágenes, abrazos, paisajes, sabores, descubrimientos, emociones, espíritu. Estamos aquí, de nuevo, y el chapuzón sin solución de continuidad en todo lo que nos da de comer ha sido sin anestesia. Perdonadnos por ello, retomamos el contacto.

Donde viven Ilías y su familia

Ulyfox | 5 de julio de 2012 a las 1:41

 

Kato Zakros, el lugar de residencia de Ilías y su familia.

Una de las muchas alegrías de este viaje inesperado a la tierra que amamos es la gente que hemos conocido, esas sorpresas globales de las personas en su entorno perfecto, como si lugar y ser humano hubieran encontrado su matrimonio bien avenido. En Creta, eso sucede a menudo, tan importante es el medio en esta isla, el hábitat que dirían los naturalistas. Por eso quisiera presentaros a Ilías, el hombre de las nieves, del que no tengo foto porque me dio reparo hacérsela. Junto con su mujer Stella regentan el Stella Traditional Appartments, un alojamiento perfecto, increíble, integrado en la ladera verde que domina el valle de Kato Zakros, otro sitio de los que solo son posibles en Creta.

La vista desde nuestro apartamento en Stella Appartments

Empiezo por hablaros de Kato Zakros, o mejor, por resumirlo: una ensenada de aguas transparentes en forma de media luna, un fértil valle en tierra lleno de frutales y olivos, una pared montañosa en derredor, los restos de un palacio minoico en la boca de una garganta preciosa, y varias tabernas y apartamentos. En este paraíso viven como únicos habitantes permanentes Ilías, Stella y su hijo Stratis. En temporada, hay algunos residentes más, propietarios de restaurantes y alojamientos de muy buena calidad en general, y por supuesto, unas decenas de turistas. Pero Ilías y su familia son los tres habitantes de Kato Zakros, en realidad una pedanía de Zakros, allá arriba en la montaña, capital del aceite de oliva más antiguo de Grecia, lo que ya es decir. De hecho, junto al pueblo hay un olivar que gasta fama y usa carteles de estar ahí desde los tiempos minoicos, calculad los años, miles.

El azul del mar de Kato Zakros

Ilías, que nació en Salónica, es montañero, y antes fue culturista, o a la vez. Tiene la recepción de sus apartamentos llena de fotos de sus expediciones. Colecciona cámaras de fotografía y ha hecho con sus propias manos todos los remates de las habitaciones de su negocio. Es un excelente carpintero y le gusta hablar de García Lorca tanto como de Kazantzakis. Ha abierto senderos, habilitado caminos y explorado cuevas en los maravillosos alrededores y da con gusto todas las informaciones sobre ellos.

 

Andando por la Garganta de los Muertos

 

Durante nuestra estancia en Kato Zakros, recorrimos la Garganta de los Muertos, dos horas y media de caminata por una hendidura hecha en la tierra por un riachuelo que desemboca en la playa. Nos preguntábamos quién habría señalado el camino poniendo marcas de pintura roja en las piedras. En una charla posterior descubrimos que había sido él, el mismo Ilía sque ha colocado flechas, instalado escaleras de hierro y limpiado de malezas tantos caminos en su tierra tan amada, de la que hablaba con orgullo y dolor.

Descansando en los apartamentos

Stella es de Zakros y da nombre a los apartamentos, los atiende y gestiona las reservas, pero si quieres te da lecciones de danza cretense. Es una experta bailarina que se arrancó al atardecer con unas sevillanas que aprendió en Salónica, su silueta casi dibujada frente al mar de Creta, y que al despedirnos después de varias horas de conversación en el porche de su otro negocio, Terra Minoica, nos regaló un pan auténtico, tomates y un bizcocho que fueron nuestra cena junto con un poco de queso y aceitunas que compramos en la taberna de la playa, con aceite y raki cortesía de Stella. Y fue una cena inolvidable junto al precioso apartamento de piedra, bajo los árboles, ya calladas las chicharras.

El opíparo desayuno tras el recorrido por la garganta, en la playa de Kato Zakros.

 

El refugio cretense de Manolo García

Ulyfox | 24 de junio de 2012 a las 12:57

Una vista 'general' de Mochlos

Es posible que ya os haya hablado alguna vez de Mochlos. Estuvimos en este rincón marinero al pie de una montaña, donde empieza la parte más salvaje del Este cretense, hace unos tres años, y ya nos enamoró. Unos 100 habitantes en invierno, una playa minúscula, un pequeño embarcadero, una luz brillante, algún pequeño hotel y varias casas que alquilan apartamentos, tres tabernas de pescado, y un islote con un importante yacimiento minoico separado apenas por un estrecho brazo de mar.

La vista desde la taberna Ta Kokilia

Desde el puertecito se puede ver a los arqueólogos trabajar allí enfrente. Y desde la taberna Ta Kokilia se les ve llegar a la hora de comer, atravesando el estrecho en una barquita, desembarcando frente a las mesas con sus bolsas llenas de piezas listas para limpiar, clasificar y estudiar. El otro día, algunos más osados cruzaron nadando para sentarse luego a refrescarse con una cerveza y a almorzar. Resultaba emocionante verlos, con su ropa de inconfundibles arqueólogos, pensando que tal vez llevaban en su histórica talega alguna pieza valiosa, jóvenes y procedentes de varios países, escarbando en el país con más historia de Europa, en el centro de la civilización avanzada más antigua, los minoicos.

Los arqueólogos de Mochlos, llegando de su trabajo

Recordé que en este pueblo se refugió durante unos 15 días el cantante Manolo García para grabar algunas canciones de su disco ‘Salgamos a la lluvia’, hará unos cinco años, y pregunté al camarero si recordaba algo. El joven, tan agradable como sólo pueden serlo los camareros griegos, no sabía nada, llevaba un año trabajando en la taberna de su tío. Pero a los pocos minutos vino éste, Yiorgos, un hombre grande de mediana edad, con una gran sonrisa, a preguntarme: “¿Me han dicho que es usted amigo de Manolo García?”. Inmediatamente lo saqué de su error, pero a él no le importó para empezar a recordar al cantante como una persona “muy atenta y amistosa”, que todas las noches, después de pasar el día trabajando en un estudio que hay cerca del pueblo, se acercaba a cenar con sus músicos a la taberna. Yiorgos se señaló el antebrazo con el típico gesto que indica que se le erizaba el vello de recordarlo: “Fueron noches fantásticas, Manolo vino a introducir en algunas de sus canciones el acompañamiento de músicos cretenses, intérpretes de la lyra y del laúd. Algunas veces se juntaban hasta 20 músicos en mi casa, y se dedicaban a improvisar y a hacer ritmos. Manolo García hacía ritmo con todo, con tambores, con vasos, con la mesa…”

La ensalada de erizos (ajinosalata) de la taberna Ta Kokilia.

Mientras hablaba, el hombre abrió su ordenador y me enseñó una carpeta con fotos muy malas de aquellos momentos, en las que se veía al cantante español rodeado de solistas de instrumentos tradicionales cretenses. En verdad se le notaba entusiasmado al contar a otro español sus recuerdos de aquel músico venido de lejos. Naturalmente, nos mostró el disco que le había enviado.

Con el amigo de Manolo García en Creta

Si os digo que además comimos una estupenda sopa de pescado, unos boquerones marinados deliciosos y una sabrosa ensalada de erizos, regados con retsina Kekrivari y obsequiados con fruta y rakí como es costumbre en las tabernas griegas, no tengo que esforzarme en describir la alegría con la que reemprendimos el camino, esta vez hacia Sitía, por una carretera bordeada de adelfas rosas y blancas.

¡Arriba ese rakí cretense!

Nombre malsonante

Ulyfox | 19 de junio de 2012 a las 23:29

Llegando a la isla de Spinalonga

Diréis que no, que Spinalonga suena bien, que es un nombre italiano con resonancias marineras o aventureras, y más si divisáis a distancia la isla fortaleza que lleva ese apelativo, a la entrada de la bahía de Elounda, un lugar que además reúne lo más selecto del turismo cretense. Y sin embargo, tiene una historia tan triste que su nombre evoca entre los griegos siempre el sufrimiento y la existencia desgraciada.

Una iglesia del interior de la enfermería-prisión

El islote fue amurallado por completo en tiempos de la dominacion veneciana como los hijos de la Serenísima sabían hacerlo, y de hecho fue una de las cuatro fortalezas que quedaron en su poder muchos años después de que los turcos conquistaran Creta. Pero cuando los otomanos la tomaron por fin su poblacion quedó presa, y peor fue después, cuando ya con la independencia griega fue convertida en leprosería. Los enfermos quedaban confinados de por vida, y morían dentro de sus muros. Allí mismo eran enterrados. Bien es verdad que organizaban su propia vida, que al final consiguieron mejores condiciones y muchos incluso se casaban en esa verdadera cárcel enfermería. Eso, hasta que la leprosería fue cerrada, que no hace tanto, en los años 70 del pasado siglo. Si se mira bien, es un monumento a la desgracia.

La costa de tierra firme, tan cerca y tan lejos de la isla de Spinalonga.

Y sin embargo, hoy es un gran negocio turístico, uno más de los que ofrece el precioso golfo de Mirabello cretense. Decenas de barcos salen todos los días de Elounda, llevando turistas en una excursión que no es barata. La isla, una especie de Alcatraz con muchos más siglos (de hecho ha sido el tema de una serie griega de televisión de mucho éxito), impresiona, sobre todo si se tiene presente su historia, sus historias, y si uno es capaz de ponerse en el lugar de tantas personas condenadas por una pena que no habían cometido, castigados por su enfermedad. Son murallas contra la solidaridad y en defensa de la intransigencia y la ignorancia las que se ven en Spina

El interior de Spinalonga, no tan bello para sus moradores.

longa. Aunque ya sólo sea un recuerdo necesario. Y ahora, un negocio.

 

¿Dónde nacen los dioses?

Ulyfox | 18 de junio de 2012 a las 19:32

La enorme hendidura de la Cueva Diktea

Uno puede creer o no creer en estas cosas, pero lo que es cierto es que uno siempre quiere creer. Que hay dios que arregla cosas, que hubo dioses que cuidaron de nosotros. Como el niño que no deseamos abandonar, suspiramos por que los personajes de la mitología, los héroes, los titanes, las diosas arteras y las sabias, las nereidas y las sirenas, los habitantes del Olimpo y del Hades hayan existido. Da igual si fue así, en Creta tienes que creer en el Minotauro, en Ariadna y Teseo, en el rapto de Europa por Zeus, en el trabajoso nacimiento y crianza de este mismo en una remota cueva de Creta.

Desde las entrañas de la tierra. Aquí jugó Zeus de niño

Si queremos ser creyentes, en esta isla que estamos recorriendo está el lugar donde la diosa Rea escondió a su  hijo Zeus para protegerlo de la terrible costumbre de su esposo, Cronos, de zamparse a sus descendientes para evitar que le arrebataran el trono. Rea, mujer al fin, engañó a su marido dándole a comer una piedra envuelta en pañales. Cronos, hombre al fin, se lo creyó. El lugar del engaño se llama Cueva Diktea, y está muy cerca de un pueblo agrícola de los que rodean la meseta de Lasithi, una llanura que se descubre después de subir más de 800 metros sobre el nivel del mar por una carretera rodeada de verdes árboles. Nosotros fuimos llenos de credulidad.

Rusos vestidos para la ocasión en la mitológica cueva.

Como de todo se hace negocio, hay dispuesto un gran parking muy cerca, con varios bares, tabernas y tiendas de recuerdos, para que el turista voraz sacie su sed de historia y mitología a su manera. A la cueva se llega por un abrupto camino de casi un kilómetro de subida, y es hermosa, profunda y llena de humedad. O debe de serlo si no te encuentras con una excursión de rusos que suben y bajan por las bien dispuestas escaleras. El lugar puede llegar a ser mágico cuando ellos se van y uno puede quedarse a rogarle al gran Zeus por nuestro trágico destino, y salir del santuario lleno de esperanza para admirar las hermosas vistas de la meseta. En la soledad, cuando cae la tarde, seguramente debe de ser fácil imaginar los cuidados de Rea a su hijo Zeus, que tanto habría de dar que hablar, que amar y odiar por los siglos de los siglos. No cabe imaginar Creta sin su hijo más predilecto, que a la vez fue padre de todos los dioses y de los humanos, diciendo guguuu tataaaa en las profundidades de la tierra, en la cueva más mítica del mundo.

El descenso desde la cueva a la hermosa meseta de Lasithi, al fondo.

Tantas cosas o ‘toses prágmates’

Ulyfox | 17 de junio de 2012 a las 0:18

Grupo de mayores griegos, ante un café de Arhanes, en la tierra del vino de Creta.

A estas alturas de trabajo en Creta, uno ya no sabe si en un blog de viajes es más conveniente contar de dónde que de quién, si lo que espera la gente es que hablemos de lugares o de personas, de la belleza de la bahía de Kato Zakros o de las pequeñas confidencias del monje Christódulos en el monasterio de Agios Nikolaos, junto al lago Vótomos; si es más conveniente contar las bondades estéticas de la tierra del vino de Heraklion o las risas con las dos mujeres que preparaban flores de calabación en Zaros para rellenarlas de arroz y tomate; si hablaros de unos mejillones excelsos en el restaurante Pelagos o de los constantes agasajos finales con fruta y rakí en todos los lugares. ¿Qué preferís: la descripción de la belleza serena que emana de uno de los códigos legislativos más antiguos del mundo, grabados en piedra en Gortina, o la conversación con Ilías y Stella, que terminó bailando sevillanas contra el atardecer de Zakros?

Tantas cosas que irán cayendo como cae la música de la lyra cretense al final de una tragoudi. Si tenéis la paciencia. Como este pueblo que hoy decide su futuro, y tal vez el nuestro, en las elecciones.

Mundos paralelos

Ulyfox | 15 de junio de 2012 a las 23:00

La plaza principal de Antiguo Hersónisos, llena de tabernas y tranquilidad.

Creta es tan grande, tan diversa que si te mueves un poco al este, o a oeste, o al interior, o subes entre curvas vertiginosas a las carreteras de montaña, te parece haber entrado en otra isla sin haberte bajado del coche. Eso ya lo sabíamos cuando, estando a lo mejor en el destartalado, pueblerino y acogedor Makry Gialos, sumergido en el aire africano del mar de Libia, te acordabas de pronto de que hacía sólo dos días paseabas por las hermosas y estucadas calles venecianas o turcas de La Canea.

A la espera de clientes en Antiguo Hersónisos.

Pero lo que es más extraordinario es que a una distancia de menos de un kilómetro y a una diferencia de altitud de sólo unas decenas de metros, transcurran dos mundos casi opuestos, paralelos hasta en el sentido de que nunca llegarán a encontrarse. Es lo que ocurre entre Limeni Hersónisos, el núcleo más masificado del turismo cretense, en la costa norte, y el Antiguo Hersónisos. Tres minutos en coche cuesta arriba nunca significaron tanta distancia. Abajo, en la playa, los edificios alcanzan alturas impropias de una isla griega, y se amontonan en calles estrechas y desordenadas, llenos de apartamentos con toallas colgadas de los balcones y de carteles en inglés, alemán y últimamente, ruso; los turistas pasean en bikini o con el torso al descubierto y los quads se adueñan de las estrechas carreteras, montados por parejas rubias.

Una calle de Koutouloufari

Arriba, como colgados de una carretera que es una cornisa, casi pegados uno a otro, tanto que se pueden conocer en un agradable paseo andando, hay tres pueblecitos: el Antiguo Hersónisos, Piskopianó y Koutuloufari. Ahí hay placitas donde los niños juegan y corretean, las terrazas tienen el atractivo ambiente hostelero de la Grecia de siempre, y las tiendas están puestas con gusto, los cartelitos escritos en maderas pintadas, y los hoteles son viejas casas restauradas, pintadas o con la piedra vista. Al atardecer es posible contemplar el agradable espectáculo griego de la gente sentada a la puerta de su casa o de su negocio. “Kalispera, kalispera sas, yásas” vas saludando con ansias de que el día se prolongue y no te atrape la obligación de la ducha, la cena y la cama. La misma pasión incontrolada que empuja a las golondrinas a revolotear bajo y haciendo figuras al ponerse el sol parece atrapar al paseante, de la misma forma que abajo, junto al puerto, el ajetreo bárbaro te impulsa a salir huyendo. Hasta tal punto somos reos del entorno.

El campanario de la iglesia de Koutouloufari.

Ya os imaginaréis cuál fue nuestra elección para pasar la tarde y noche de aquel día.