Hacerse a la mar

Ulyfox | 12 de mayo de 2012 a las 1:35

Barcas en el caño y en el Club Puente de Hierro, y el Juan Sebastián de Elcano en La Carraca, San Fernando

Parece mentira. Tanta agua como nos rodea en Cádiz y la Bahía, y la mayoría de las veces sólo miramos al mar cuando entramos a bañarnos. A lo mejor es que aquí el mar es demasiado grande, un gigante que infunde mucho respeto. Miras y ves solo mar, y sabes que más allá de donde cae el horizonte sigue siendo azul líquido. Ni se adivina donde puede haber un trozo sólido. Si acaso, y afortunadamente, entre los caños de las salinas están surgiendo pequeños puertos, más bien clubes. Pasa en San Fernando, en el Puente de Hierro, en el clásico renovado Gallineras, ahora en La Casería. Pero en otras tierras, el panorama de enfrente está salpicado o interrumpido por salientes del fondo marino, islas, cabos, calas, penínsulas, islotes, radas que recortan o interrumpen la visión. En esos lugares privilegiados, cuando te tumbas en la hamaca o tomas algo en el bar, allá a lo lejos se dibuja durante el día una silueta inmóvil que primero es marrón, luego verde y luego azul violeta, un destino, una parada cercana tras el brazo de mar. Son los archipiélagos que te llaman. Por eso en esos lugares, en las islas griegas o croatas, o en la recortada costa turca, o en las Baleares, o en las grandes islas italianas, son tan populares los barcos de recreo que ahora fondean ante una playa, y después se refugian en una ensenada y terminan amarrando en un puerto ante la taberna: porque todo, incluido otro mundo, está a un paseo en barco.

Penélope, en el puerto de Agnondas, Skópelos, en el archipiélago griego de las Espóradas.

De estas embarcaciones son especialmente bellas las goletas, sobre todo las turcas con sus cuidadas y brillantes popas de madera. Y existe una amplia oferta de viajes en grupo para una semana. Y suena tan atractivo. Se puede calcular unos mil euros por personas como media con todo incluido. No hemos vivido esa experiencia, pero disfrutarla por la costa azul turca nos hace soñar. Me ha llegado esta oferta por Sicilia y os la expongo:

http://www.topsailingcharter.com/embarcacion.php?idioma=ESP&em=3644

Pero si queréis probar en otros países del Mediterráneo (y yo probaría con Turquía, su costa licia, desde Mármaris hasta Antalya, o con las Espóradas), no tenéis más que rellenar las casillas e ir viendo precios. Eso sí, os tenéis que juntar con gente que aguante la convivencia. No está permitido tirar a nadie por la borda.

Pueblo y puerto en la isla de Procida, frente a Nápoles.

Los trabajos de Penélope

Ulyfox | 11 de mayo de 2012 a las 19:59

Penelope en el centro de operaciones.

 

Los días, no es casualidad, se van haciendo más largos y brillantes conforme se acerca junio. Como queriendo adelantar lo que será el gran viaje para hacer la guía, como presagios luminosos, las jornadas avanzan temperaturas, vientos y pájaros, atardeceres más largos que nunca. Creta se va acercando no diría yo que a un ritmo demasiado rápido, tampoco demasiado lento. Hay mucho trabajo que hacer antes de emprender el rumbo adecuado.

El fuerte veneciano del puerto viejo de Heraklion, la capital de Creta.

En el puente de mando, Penélope estudia (y se aprende) mapas y planos, rutas y caminos, posadas y refugios. Sabemos ya que los primeros días tienen nombre: Heraklion para llegar, Koutouloufari para ver el vestigio auténtico en el caos turístico del Norte, Sissi para un río de sosiego, Mochlos para retirarse, Agios Nikolaos para el glamour, Sitia la capital de provincia, Paleokastro de playas vírgenes… No tiene medida su afán, no tiene fin su deseo, se rebela contra los límites de las horas su espíritu, y no caben sus ganas de que llegue el día en los planes del calendario. Se acerca su mirada al papel, a la pantalla del ordenador, su mente científica a su pesar conjuga con la fuerza que da el desafío. Dice sin querer decirlo que es el trabajo de su vida, de esta vida de estos meses al menos. Creta es esa Ítaca a la que ella va poniendo obstáculos para hacer el camino más difícil y venturoso, más sabio.  Su labor es preludio de mañanas y tardes con aire egeo y africano. Aspiramos a que estos guiones se representen en aquellas tierras y mares diacrónicos.

Aceitunas pequeñísimas de Creta y cerveza en el Este perdido de la isla, cerca de Paleokastro.

Cuando lleguemos a Creta, es decir casi ya aunque falta mucho, tendremos un mapa que Penélope ha ido tejiendo tarde a tarde, noche a noche, para que vayamos desenmarañándolo en un mes, dejando jirones en monasterios lejanos, en playas minúsculas o gigantes, en tabernas al borde del Egeo o del mar de Libia y en piedras con nombres minoicos, como pistas para cuando volvamos o para cuando alguien quiera ir.

En las escalinatas del palacio minoico de Festos.

Yo admiro su tesón, su método, agradezco su dedicación y le prometo la poesía (que en griego significa simplemente “obra”) que saldrá de ese material constructivo.

Mensaje en una botella

Ulyfox | 6 de mayo de 2012 a las 1:30

El libro del Mani ya está en el equipaje de los preparativos para el viaje a Creta.

En la era digital, de los wasap y los sms, lo que mejor funciona es lo de siempre: un mensaje en una botella. Ese sí es un link misterioso a lo desconocido y prometedor. Nuestro amigo viajero Avenger lanzó una desde Creta hace unos meses, aunque él le ayudó en el empujoncito. Pero la botella ya venía desde Santorini. Con su ayuda voló hasta Cádiz y desde Cádiz a San Fernando, a una casa cerca de la playa de La Casería. El mensaje de amistad que ese envase de vidrio tenía dentro fue bebido hoy mismo en el merendero La Corchuela. Su dueño, Muriel, con la intervención de Ortiz, el mejor camarero del mundo según Lobeli, la acogió desde nuestras manos y la llevó amablemente al congelador para darle el punto justo de frío. Ricardo y Encarna, surgidos de la nada y amigos desde ya por el afán viajero y la pasión de contarlo, fueron los compañeros de degustación, entre almendritas, coquinas, croquetas y gambas.

Y qué gusto leer el generoso mensaje de uva de Avenger, fresquito, mientras alrededor la música de la conversación sonaba a Creta, a Paxos, a Corfú, a Rodas, a Chalki, a las Espóradas… con unas improvisaciones sobre Croacia, Cuba, Birmania, la India y Jordania. A veces no hace falta salir para dar la vuelta al mundo.

Ricardo y Encarna querían información, tal vez asesoramiento, y charla sobre un gustoso dilema: a la hora de su próximo viaje a Grecia, en julio, debían elegir entre Creta y un combinado Rodas-Halki, y nos concedieron el honor de tener voz y voto en esa decisón. Pero, además de ganas, venían cargados de presentes: numerosas revistas sobre Creta y el Dodecaneso, un recuerdo de Santorini en forma de mapa (con Il Cantuccio señalado), folletos de sus hoteles vividos… y un libro, hermoso ya desde la portada y el título: Mani, viaje por el sur del Peloponeso, de Patrick Leigh Fermor, un inglés aventurero y guerrillero en Creta, afincado para siempre en esa región continental de Grecia, un regalo que por ser libro y venir desde el mejor de los deseos, queda siempre en mi corazón. Una ofrenda que empezaré a leer ya, en cuanto ponga el punto final a esta entrada. Mani es una región remota, salvaje, casi rebeldemente espiritual de Grecia, que hasta ahora no hemos visitado, y que creo que después de esta lectura nos atraerá irremediablemente, no permitirá que desistamos de nuevo.

Como si fuera una afortunada y engordante bola de buen deseo, como la piedra que algunas veces lanzamos al lago y ondea su corriente concéntrica, unas palabras escritas en este blog sin ánimo de lucro, para nuestro disfrute, terminan volteando, retornando en forma de amistosas, desinteresadas dádivas. Unas líneas sobre Grecia, el país más desacreditado, alcanzan con su onda al receptor adecuado. Y ese amor a una tierra se ve correspondido por un hermoso lapso de cinco horas a la manera mediterránea: vino, libros, abrazos, palabras, sonrisas. Cómo no estar ilimitadamente, helénicamente agradecido. Cómo no creer en los dioses, si dos almas que cayeron rendidas ante la Puerta de los Leones de Micenas se encuentran inesperadamente en un bar de una modesta playa de bario para confesarse que en aquel lejano día se reencontraron con sus espíritus, frente a la muralla ciclópea. José Antonio y Moni, Ricardo y Encarna, entrenadores de viaje, prologuistas morales de guías: mensaje recibido.

Hermosas, amorosas gambas

Ulyfox | 30 de abril de 2012 a las 18:09

Marcelino, Rosa y Carolina, del Tren Al Andalus, bajan del barco en Sanlúcar.

Sí, el último día en el Tren Al Andalus hubo vino, caballos, y hasta venados a la orilla del Coto de Doñana, todo lo que un turista podría desear ver en una visita a la Baja Andalucía. Sí, sí pero por encima de todo eso, hubo unas maravillosas, espléndidas, arrebatadoras gambas blancas en Casa Bigote, en la orilla sanluqueña del Guadalquivir. Gambas en su tamaño justo, en su punto justo de cocción a la plancha, levemente tostadas, con la cantidad exacta de sal por encima. Eran de esos productos naturales que te ponen en contacto con otra dimensión de la existencia. Miguel, el experto en trenes más entusiasta que he conocido, dijo de pronto la palabra mágica, ese mirlo blanco que todo gastrónomo marisquero quiere encontrar, ese trébol de cuatro hojas para el comensal entusiasmado. Dijo Miguel: “Comed, que a mí no me gustan las gambas”. Recordé el pasodoble de ‘Los Cubatas’ inmediatamente, pero Miguel no parecía una persona sin corazón y sin sentimiento hacia los animales, sino que simplemente no le gustaban las gambas. El caso es que los beneficiados fuimos Rosa, de Expocultur, Virginia la germano-cañaílla y yo, que luego compensamos a Miguel con algunas de nuestras deliciosas croquetas de marrajo y erizos. La vieja cultura del trueque, aplicada al disfrute gastronómico. Ración doble de gambas por mor de la suerte.

Las primitivas botas del Tio Pepe, en la bodega González Byass de Jerez

Y lo demás de lo que para mí fue el último día en el Tren Al Andalus estuvo bien, no digo que no, pero claro, imposible estar a la altura de esos crustáceos. Bien la bodega que visitamos, de González Byass, con una guía mu flamenca, pero imperdonable que el vino de cortesía no lo sirviera un venenciador; bien el espectáculo ‘Como bailan los caballos andaluces’, algo largo y reiterativo para el que no es experto en doma; bien el paseo por el Guadalquivir y el desembarco en Doñana. No tan bien, que los viajeros no puedan conocer nada de los cascos antiguos de Jerez y Sanlúcar, ni siquiera una panorámica ¡Pero claro, quién critica nada con esa hermosura de gambas!

Un venado se divisa entre los pinos del Coto, desde el barco

Para mí fue el final del viaje. Me tuve que bajar en marcha, como quien dice, y me perdí la fiesta de la noche en Jerez, con sorpresas y bailes, y la mañana siguiente en Sevilla, término de la expedición. Eso me perdí, pero gané un montón de conocidos, y puede que algún amigo en estos cinco días. Y una experiencia muy agradable, a bordo de un tren que parece circular por vías paralelas a la realidad, a un ritmo propio y apropiado.

El barco y el impresionante estuario del Guadalquivir.

Cádiz es para respirar

Ulyfox | 27 de abril de 2012 a las 1:25

La única foto que pudimos tomar en Cádiz, playa de la Caleta

Es verdad que hay mil sitios tan bonitos como Cádiz, muchos de ellos incluso más bonitos, pero eso no es excusa para que el Tren Al Andalus se limite a una fugaz pasada por la trimilenaria ciudad. No puede ser, no puede ser. Del grupo de periodistas que viajábamos en el convoy sólo tres éramos gaditanos, y estábamos ya nerviosos mientras nos acercábamos después de una larga jornada, primero desde Granada y luego desde Ronda. Los del Tren van a tener un problema con esta etapa. Se llega demasiado tarde y lentamente a Cádiz, dejando pasar a los cercanías y aguantando obras de la vía, y la Tacita parece que nunca aparecerá por la ventanilla. Y al final, no da tiempo de nada.

Es verdad que la entrada ya desde Puerto Real y el paso por San Fernando, entre salinas y reflejos dorados de la tarde es hermosa, la travesía del istmo entre la Isla y Cádiz, con el mar a ambos lados, es un soplo de aire después de cuatro días de serranías y olivares, un agradable chorro de luz atlántica y olor casi americano que ni los que llevamos años sintiendo podemos atravesar indiferentes. Es verdad, y tanto, que al cabo del tómbolo aparece la promesa de Cádiz, pero la tarde va cayendo y no terminamos de llegar, y ya corremos a la salida del tren y embocamos el autobús, y enfilamos el Campo del Sur, y da apenas tiempo de que la guía, Rosa, cuente un somero resumen de esto, al paso del Teatro Romano, la Catedral, Capuchinos ¡la Caleta! Y una parada apresurada a petición del público, que ve como la tarde se rosea y no vamos a tener tiempo de atraparlo en nuestras cámaras. ¡Oh! ¿esta playa como se llama? ¿y los castillos? ¿y Gibraltar para dónde está? Demasiadas preguntas que espero que alguien conteste a los turistas que vengan pagando de verdad con el cariño que intentamos poner los gaditanos de a bordo.

¿Podemos ir al Manteca? Imposible, no hay tiempo. Las obras ni siquiera han permitido que nos acerquemos a la Alameda de Apodaca. Vamos ya camino de la cena en El Faro, a ritmo de suspiro, para que la gente caiga rendida a las tortillas de camarones y el cazón en adobo, y para que la conversación gire en torno a pescados y Carnaval. Propongo que volvamos andando al tren, hay tiempo, y así al menos recorremos y pasamos cerca del Falla, San Antonio, la calle Ancha, Catedral, el Pópulo, San Juan de Dios. No hubo manera, la organización es implacable y los guías no quieren perder de vista a nadie, porque el tren tiene que partir a su hora. Hay tiempo de sobra, indico, Cádiz es muy chico, llegamos en seguida. Nanay. Bueno, otra vez será, me pongo a disposición del que quiera venir con más tiempo. De verdad que hay más cosas, de verdad que se puede ver, por ejemplo el Oratorio de San Felipe, con su estupenda restauración, y revivir las sesiones de los diputados a las Cortes mientras a lo lejos sonaban las bombas de los franceses. De verdad, de verdad que me ofrezco a mostrárselo al que quiera, por favor, venir. Que el Tren se detenga, que respire, que los viajeros agradecerán el respiro, que el suspiro ya se les escapará de todas maneras. Que aquí estamos, señores del Tren Al Andalus, para lo que quieran. Que Cádiz será, sin proponérselo, la gran sorpresa de este circuito. Pero den tiempo para respirar.

El Pasmo de Ronda

Ulyfox | 24 de abril de 2012 a las 12:47

Pedro, en plena actuación en Ronda

No tengo ni idea de cómo una persona decide hacerse guía de turismo, ni cómo logra trabajar en eso. Es un mundo ciertamente amplio, tanto como la condición humana. Despertaba el cuarto día de viaje y el tren Al Andalus había salido muy temprano desde Granada. Ya traqueteábamos hacia Ronda mientras desayunábamos, sin saber, sin sospechar siquiera, que en la ciudad del Tajo nos esperaba uno de esos guías inclasificables. En nuestros andares por el mundo, hace mucho tiempo que Pe y yo no utilizamos regularmente los servicios de uno de estos cicerones, acostumbrados como estamos a ir por nuestra cuenta. Pero recordamos algunos especialmente: aquella mulata de nuestra primera salida, que nos acompañó por toda Cuba; un joven muy culto por tierras nórdicas; otro desenvuelto y acaparador de comisiones en comercios en Italia; Mohamed, nuestro guía exclusivo en el crucero por el Nilo. El guía puede ser solícito y comprensivo o tirano, dárselas de gracioso o de entendido, llevarte por los lugares interesantes o por los comercios donde saca más comisión. Son importantes porque estamos en sus manos cuando transitamos caminos desconocidos.

El bello entorno de Ronda

El de Ronda se llama Pedro, y es de los que aman sentirse protagonistas. Queriendo o no, su personalidad se elevó por encima de lo que mostraba, de las múltiples bellezas de la ciudad serrana. El tono anacrónico y trasnochado de sus comentarios sobre Franco, los legionarios, los moros y naturalmente las mujeres, salpicados continuamente con un “je, je” irónico, se impusieron sobre la espectacularidad del Puente Nuevo, lo evocador de la trama urbana y la mezcla a veces sangrienta a veces armónica de tantas civilizaciones como han pasado por esta antigua localidad.

El Puente Nuevo, en el Tajo de Ronda, postal típica de la ciudad.

Estamos en manos de los guías, y Pedro nos pareció que las tenía demasiado ásperas. Buena parte de nuestra casa, en forma de sillones y vitrina, y hasta un hermoso caballa tallado en madera, fue adquirida en varios viajes ilusionados a Ronda, por lo que es fácil deducir que parte también de nuestro corazón está en en ese lugar. Pero esta vez, el grupo no pudo conocer bien su latido, porque la visita fue también demasiado somera, tal vez lastrada por lo intenso de la jornada en el tren Al Andalus, que debía llegar por la tarde a Cádiz, pero eso ya es otra historia.

El grupo, en manos de Pedro por las calles de Ronda.

El recuperado prestigio de Al Andalus

Ulyfox | 22 de abril de 2012 a las 2:11

¿Quién diría que Granada estuvo abandonada durante siglos después de ser la deseada última joya que se arrebató a los musulmanes? ¿Quién se atrevería a creerlo después de que los Reyes Católicos pidieran y consiguieran ser enterrados en ella, y de que su nieto Carlos V lo pidiera y no lo consiguiera? Nos parece increíble que durante un largo periodo el bello conjunto de castillos, palacios y huertas que fue la Alhambra estuviera habitado por gente de toda condición, hasta que la llegada de los viajeros románticos en el XIX, con el norteamericano Washington Irving a la cabeza, consiguiera que los ojos de todo el mundo se volvieran hacia ella y se iniciara un proceso que devolvió al Castillo Rojo y con él a Granada su merecida consideración.

El barrio del Albaycín, visto desde la Alhambra.

Aprendemos o refrescamos todo esto cuando iniciamos el tercer día a bordo del Tren Al Andalus. Impresionados por el sorprendente aspecto blanco de Sierra Nevada, cubierta de nieve a destiempo, y aún rondando por nuestra cabeza el relato hilado sin dudar por Andrea en Baeza y Úbeda, nos encontramos a la puerta de la Alhambra con auriculares en la cabeza y escuchando a nuestra nueva guía, una suave granadina de melena corta, guapa de cara y cuerpo pequeño que calza unos feísimos zapatos anatómicos que deben de ser comodísimos para hacer su trabajo. Nos lleva por una desconocida Ruta del Agua en busca y explicación de tanta riqueza líquida, canales, fuentes y estanques como tiene el conjunto.  Y nos cuenta el secreto: el agua, siempre a ras de tierra o por debajo de ella. A mí se me hace un poco larga la visita, la verdad, pero no a todo el mundo. Espero ver los palacios nazaríes, y accedemos a ellos de manera exclusiva por la llamada Escalera del Tiempo, puesto que va desde el palacio renacentista que Carlos V se hizo construir y nunca habitó hasta el interior de los aposentos de los reyes árabes de Granada. Y en cambio el recorrido por estas estancias es demasiado rápido y poco explicativo.

El patio de los Leones, en obras.

No es la primera vez que visito la Alhambra, me falta que me cuenten historias maravillosas o detalles artísticos, y no me gusta estar rodeado de coreanos gritones o españoles graciosos. Y estoy bastante rodeado. Para colmo, la joya del recinto, el maravilloso Patio de los Leones, está levantado y habitado por operarios y andamios.

Un turista descansa a las puertas del Palacio de Carlos V en la Alhambra.

El ya largo recorrido tiene un descanso en la comida del Parador de la Alhambra, previsible baño en la gastronomía granadina. Pero, de nuevo, no hay reposo posible. No hablemos ya de siesta. Toca otra entusiasta guía, histriónica y efectista que nos lleva por la Capilla Real con historias de moros y cristianos, llamativa pero instruida, y confieso que logra interesarme por la capilla central de la Catedral granadina, impactante y maravillosa obra de Diego de Siloé, dorada y colorida genialidad en un entorno enorme, anodino y blanco. No me gusta nada, en cambio, el paseo por el mercado de la Alcaicería, un pastiche de zoco, lleno de vendedores marroquíes.

El salón de los Abencerrajes, una admirable dependencia de la Alhambra.

El día no iba mal. Casi logramos ver como el atardecer dora el perfil de la Alhambra desde el Mirador de San Nicolás, y la comida en el restaurante del mismo nombre permite descubrir afinidades y paralelismos personales imprevistos con Jose, y discordancias futbolísticas insalvables con Román, dos catalanes muy diferentes. Román se empeña en chanzas sobre el resultado del Madrid en Munich, y yo me limito a pedirle prudencia para el partido del día siguiente del Barça. Me salió de profeta.

La capilla central de la Catedral de Granada, monumental obra de Diego de Siloé.

El día no iba mal, ya lo he dicho, pero salimos como siempre corriendo de la cena para nada. Para nada del flamenco que habían prometido. El tablado Albaycín, donde nos llevaron para asistir a un espectáculo como el que yo me había temido. Mucho turismo igual a poco arte es el axioma. No sé si lo hicieron bien, a excepción de la escéptica cantaora de la izquierda, que en un cortito verso demostró que tiene una voz tocada por los dioses. Los bailaores eran esforzados y sufridos, pero lo que no tiene perdón es esa guapa morena, bien proporcionada para ser imperfecta, que salió a ejecutar la danza del vientre y luego un dúo con el bailaor ¿Flamenco?

El Tren Al Andalus, en la estación de Granada, con Sierra Nevada al fondo.

Menos mal, en el tren nos esperaba el agradable bar y los serviciales camareros del Tren Al Andalus, de nuevo las confidencias y susurros y el cóctel de moda, el gin tonic. Ese momento suele ser el mejor del día.

Adoramos a Andrea

Ulyfox | 20 de abril de 2012 a las 0:38

El mundo sigue derrumbándose a nuestro alrededor y nosotros viajamos en el tren de lujo Al Andalus, sin sentir los pedazos que se desploman sin casi rozarnos. Ventajas de los ricos. En Baeza y Úbeda, en el segundo día de viaje, nos tocó la lotería en forma de guía italiano. Andrea, Andrea Pezzini se llama, y tiene un rostro que remeda al de Salman Rushdie, pero creo que él no sería considerado hereje por ninguna religión. Nos llevó sin parar de hablar, de contar sería mejor decir, desde la estación de Linares-Baeza hasta la casa natal de Joaquín Sabina a través de giros narrativos, didácticos y gestuales que pasaron por la telúrica y cultural historia del aceite de oliva en esta región privilegiada, viniendo desde el principio de los siglos, en la Hacienda La Laguna y su museo del olivar. El apasionado relato del ciclo que comienza en los plantones de los olivos y acaba en el suculento líquido verdoso dio paso a la visita, un tanto apresurada de Baeza, ciudad patrimonio de la Humanidad en título indivisible con Úbeda. Un recuerdo emocionado a Antonio Machado en el Instituto de la Santísima Trinidad, donde el poeta universal dio clases de francés, y supongo que de forma de vida. Allí estaba su clase, con bancas de la época y documentos relativos al paso de don Antonio por el centro que antes fue prestigiosa universidad. Una reverencia.

 

La clase de Antonio Machado en Baeza.

Comimos opíparamente, de nuevo como turistas adinerados en el Parador de Úbeda y después de eso, Andrea se soltó aún más, se desató en verborrea incontenible y subyugante y de sus labios y gestos salieron en catarata la increíble historia de Francisco de los Cobos, el poderoso ubetense que se codeaba con papas y emperadores, y que dejó su ciudad repleta de edificios tan magistrales como la Capilla del Salvador, su tumba a la postre; y en una historia sin fin nos contó episodios trágicos como el de la Monja Varón, nos intrigó con el insinuado de la Mujer Emparedada, y hizo un triple salto mortal para vincular la muerte de San Juan de la Cruz con el nacimiento de Joaquín Sabina, sucesos ocurridos en tres siglos de distancia en el tiempo pero a solo unos metros de espacio físico. Andrea nos hubiera llevado como un flautista de Hamelin si hubiera querido, comentaba el grupo. Italiano-ubetense es el responsable de la agencia ArtificiS, que podéis conocer mejor pinchando aquí:  http://www.artificis.com/Artificis/index.php. Bienaventurado sea.

El día acabó con un agradable trayecto hasta Granada, a ritmo lujoso y moroso, escribiendo en el salón del tren, uno de los grandes momentos de este viaje hasta ahora. El relax absoluto y cena posterior, con charla hasta altas horas, parecieron dar sentido al viaje, se convirtieron en objetivos cumplidos, con el temprana y asombrosamente maduro Raúl, la aparentemente suave Rosa y la misteriosa cañaílla (otra isleña en el tren) Virginia. Y el mundo sigue desmoronándose, pero nosotros continuamos aquí. Todo tiene que acabarse, no obstante.

A bordo del lujo

Ulyfox | 16 de abril de 2012 a las 1:01

Uno de los salones comedor del Al Andalus, justo antes del almuerzo.

(Por fin he podido meter alguna foto, así que ahí va la versión corregida y mejorada)

Ya estamos en marcha. Chuu chuuuuuu, me escribió un amigo hace unos días. El tren del lujo discurre a su ritmo adecuado por tierras andaluzas. Cava de bienvenida rodeado de maderas preciosas que debe empezar a compensar los 2.500 euros como mínimo que pagarán los pasajeros de verdad. Si alguien quiere una suite superior, el precio alcanza los 2.900 euros por persona. Os aseguro que hay mucha gente que lo puede pagar, y no pienso hacer bromas sobre la familia real de determinado país. He recorrido el convoy de arriba a abajo y he fisgoneado en salones con sofás de raso, sillones de estilo inglés y tulipas art decó en las luces. He llegado hasta la cocina y he saludado a los afanados cocineros.

Y esta es la habitación que me ha tocado en el sorteo.

El tren Al Andalus ha salido de Sevilla con una impuntualidad señorial, bien pasadas la una y media de la tarde. Si uno paga tanto dinero es para permitirse llegar tarde, supongo. No importa, en este crucero de lujo sobre raíles el tiempo no debe existir. Al fin y al cabo, se trata de volver al pasado, con esa idea tal vez afortunada que indica que el a todo tren en este medio de transporte remite, como mínimo a la belle époque. Quién quiere alta velocidad cuando ha cumplido suficientes años como para permitirse andar lento. De todas formas, la compañía FEVE, que ha invitado a dos decenas de periodistas de España y el extranjero, quiere que el viaje inaugural del Al Andalus se cocine a fuego lento, creo.

 

La comida a bordo ha tenido el punto justo de cantidad, y ha culminado con una carrillera de cerdo majestuosa, sublime. El cocinero, Ramón Celorio, es asturiano y está dispuesto con estas mezclas a bautizarse de andaluz en poco tiempo. La charla da para comenzar a conocer gente, por ejemplo a Sebastián, un discreto chileno que trabaja para El Mercurio y a una pareja de italianos ya algo mayores, lo que les da una mirada irónica inimitable.

Inmediatamente después de la comida, que ha terminado llegando a Córdoba, hemos salido a hacer la visita guiada por el centro histórico de la ciudad, judería de calles blancas, comercios en abundancia, plazas de suelo con cantos rodados y la única sinagoga de Andalucía, para acabar en una de las joyas que se visitan en este viaje: la siempre emocionante, apabullante y cautivadora Mezquita, que la cristiandad lleva siglos empeñada en convertir y llamar catedral. Nuevamente la vista arriba hacia el bosque de columnas y arcos dobles, triples y lobulados; otra vez el asombro ante el mihrab de mosaicos bizantinos brillantes, regalo de aquel jerarca Nicéforo Fokas que reinaba en el Imperio Romano de Oriente, detalles que se tenían en otros tiempos entre capitales universales, Córdoba y Constantinopla, lo que un pedante llamaría una Alianza de Civilizaciones avant la lettre; y la misma decepción ante el gótico tardío y el barroco construidos fuera de lugar en aquel templo rectilíneo y místico que debía ser la Mezquita.

La vuelta al tren a primera hora de la tarde da el necesario tiempo para la ducha reparadora (si hubiéramos trabajado en algo) y para la charla inevitable sobre la decadencia de la prensa en papel. Últimamente, no puede ser que varios periodistas nos reunamos sin que corramos un velo negro y un cielo oscuro sobre nuestro futuro. Estos presagios se prolongan durante el trayecto de vuelta de nuevo al centro y el agradable paseo mientras anochece, cruzando el puente romano que han dejado tan nuevo, sin su pátina histórica. Al menos la amable llegada al restaurante El Churrasco, con su minicata de aceites vírgenes, su visita a lo que era una casa de vecinos y la asomada a la azotea con el alminar de la Mezquita iluminado apacigua nuestro ánimo, y lo predispone a una charla con risas, chanzas y temática gastronómica. Las cosas volvieron a su cauce cuando debían, de la misma manera que, ya cercana la medianoche, regresamos al tren, y en un tranquilo salón escribo estas líneas. Agradecédmelo. Dicen que mañana, a las ocho, nos despertarán con una campanilla.

Vaya tren de vida

Ulyfox | 12 de abril de 2012 a las 1:48

Uno de los salones del Tren Al Andalus

Nuevamente la Fortuna, mientras es esquiva a tantos a mi alrededor, me ha tocado con su dulce mano. Arde el bosque con noticias horribles, se mueve el mal organizado, crece el paro entre gente que quiero, despiden a compañeros en periódicos amigos y, oh asombro, me invitan al viaje de presentación del tren Al Andalus, una especie de crucero de lujo sobre raíles, que podéis conocer con más detalle si pincháis aquí:  http://www.trenalandalus.com/.

La copa de bienvenida en la suite

Resulta que la compañía Ferrocarriles de Vía Estrecha (FEVE), que ya explota trenes similares en el Norte, como el famoso Transcantábrico y el Tren de la Robla, se ha hecho con la concesión de este servicio en Andalucía. Algo parecido funcionó hasta 2004, con desiguales resultados: quizá recordéis el Al Andalus Express, que quería remedar al famoso Orient Express. Hay que alabar que esta compañía norteña se arriesgue a lanzar este producto en el Sur. Estaré, junto con otros periodistas de toda España, recorriendo Andalucía a bordo de un convoy de lujo. Partiremos el domingo desde Sevilla en un viaje de seis días, lleno de alicientes y comodidades, o al menos así parece en principio. Paradas en Córdoba, Úbeda, Baeza, Granada, Ronda, Cádiz, Jerez y vuelta a Sevilla, con profundas visitas a los principales atractivos de ciudades tan bellas y tan andaluzas, con almuerzos y cenas incluidos, bien en el tren, bien en conocidos restaurantes. Parece un circuito muy completo para conocer lo esencial de Andalucía, lo imprescindible, dirigido por supuesto a un público con un alto poder adquisitivo y también con ganas de conocer cómodamente lo mejor de una tierra que representa a España fuera de nuestras fronteras. Tal vez sea ideal para extranjeros acomodados.

¡Pasajeros al treeen!

Mi intención es ir contando día a día este viaje organizado, suavemente dirigido, dulcemente organizado para que no tengas que preocuparte de nada. Quizá ponerme el disfraz de Hércules Poirot y rogar porque ocurra algún suceso extraño, sin que tenga que ser sangriento, a bordo. Recorrer Andalucía al ritmo sosegado de un tren de otro tiempo, con tiempo calculadamente de sobra para la lectura, la tertulia y la copa con los compañeros de viaje. Placeres de otros mundos, sueños imposibles, utopías de un tiempo como debería ser, antídotos contra el mal humor que tragamos, eso es lo que espero sin preguntarme si lo merezco, presto de nuevo a aceptar lo que el momento nos ofrece. ¡Ya vendrán tiempos peores! que diría un amigo. ¡Albricias dadme! que cantaba Jack Lemmon en Primera plana. Y leed mis crónicas pasajeras.

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