Lo que nos salva

Ulyfox | 23 de agosto de 2012 a las 12:08

Ante la bahía de Matala, en el inmenso golfo de Mesara

 

Salvando todo lo (poco, pero bueno, escogido) salvable, no es el mejor verano de nuestras vidas, lleno de incertidumbres, de estar en un ‘ay! por el qué vendrá, conteniéndose uno la indignación por no ponerse malo. Entre lo que nos salva están esos planes, esos proyectos, esos trazos dibujados hacia el futuro con la mejor voluntad, con el mayor esfuerzo de ser felices. No estamos lejos, ahora, de ese futuro dibujado, apenas a 10 días de distancia de aterrizar en nuestro aeropuerto favorito, que es mucho más que un aeródromo, es un colchón mullido y fresco adonde tirarnos desde aquí. Repasamos lo vivido recientemente y nos regodeamos con revivirlo dentro de nada. Parece mentira, parece un tópico, pero eso nos da fuerzas, las fuerzas de lo presente frente a los que agitan las tinieblas del futuro.

La fuerza es una luz, es un vino, es una conversación, es un agua y una montaña, y una mesa y dos sillas, y un plano, muchos mapas y un volante. Y dos manos, dos cabezas, cuatro miradas y un deseo. Y un nombre que resume todo esto, monotemáticamente, tal vez mesiánicamente: Creta. En eso andamos, hermanos.

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Un largo viaje

Ulyfox | 16 de agosto de 2012 a las 13:38

Tengo parientes en la España de 1939. Para llegar hasta ellos hace falta un largo viaje, y casi no nos están quedando trenes. Qué difícil visitarlos, pero qué fácil resultó el otro día, ante un café, distinguirles la cara como si los estuviera viendo allí mismo, allí delante. Un café compartido con una multitud de primas, hermanas y madre en el sitio más isleño de las cafeterías de San Fernando, en la plaza más isleña, la del Rey, nombre monárquico que alojó recuerdos republicanos en esa mañana cercana.

Recuerdos tristes, muy tristes de tiempos muy duros pero contados entre risas, porque ese grupo de primas, las Muñonas se autodenominan, es así. Salieron evocaciones de madres pundonorosas de la larga posguerra, que respondían con ardides verbales a las preguntas de sus hijos “mamá ¿cuándo vas a poner la comida?” retrasando la respuesta hasta que llegaba la hora de la merienda, y ¡entonces ahí estaba el pan con aceite, lo mejor para merendar! Y el día pasaba en busca siempre de otro mejor.

En aquella mesa de la otra mañana se apareció la terrible historia de tres hermanos, José, Rafael y Antonio, recogidos en el orfanato falangista sin saber que su padre, mi abuelo, había sido fusilado por rojo, los tres sin edad para acordarse de que su madre había fallecido antes en el parto de su hermano más pequeño. Y se relató la transformación milagrosa de esos niños que, ya mayores, eran capaces de cantar con buena voz y de recitar poemas épicos larguísimos a sus familias numerosas, a las que tenían el poder de hacer reír y también llorar con sus gracias y sus dotes de rapsodas sentimentales, ellos genéticamente felices contra todo pronóstico, rodeados de hijos tras crecer sin haber conocido a sus padres, autores propios de su portentoso cambio de destino.

Esos tres niños del 39, mis queridos parientes del pasado, yo creo que son la historia de España. Y a ese tren que va a su memoria ya he subido.

P.S. Naturalmente, la foto no corresponde a los protagonistas de esta historia. Pero las encontraré.

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Tren y trueque

Ulyfox | 15 de agosto de 2012 a las 1:40

Cuando me llegó la edad, fui a estudiar a Madrid. No crean que era fácil para un chaval tímido y pobre de provincias, a mediados de los años setenta (pista para los más jóvenes: Franco aún vivía), saltar a vivir en la capital. No fue fácil no, pero fue muy bueno. Algún día se contará esa historia de mi primer viaje, repetido varias veces al año en los dos sentidos y durante cinco años, en el rápido o el expréss, el mismo tren con diferente nombre según viajara de día o de noche en 12 interminables horas cuando era puntual. Hoy no toca. Esta introducción es solo para hablar del tren.

Muchas veces, en esos años, soñé que perdía el tren, que salía con el tiempo justo de esa casa al lado de la estación de Atocha y que siempre, siempre, observaba desde un andén humeante (no era efecto especial, era la época) como partía sin mí el convoy. Pero nunca perdí el tren en la vida real. Miento, sólo una vez, y fue precisamente en la antigua Atocha, rojiza y llena de acento andaluz y marroquí. Pero ya no tenía que ver con mi etapa estudiantil.

Aquellos fueron tiempos duros, aunque lo parecen vistos desde hoy. Entonces, no me lo parecían, yo estaba encantado, así que seguramente hoy es cuando estoy equivocado. No sé si os gusta el tren. A mí sí. Pero no tiene mérito, no conozco un medio de transporte que no me guste. Si acaso, el que tiene menos encanto es el avión. El que más: un antiguo ferry por el Egeo, digamos el ‘Preveli’ y su itinerario fascinante desde Rodas en el Dodecaneso al Pireo, pasando por Creta y las Cícladas.

Volvamos al tren, no sea que lo perdamos. Yo solo les quería decir que hay veces que perdemos el tren y otras muchas en que el tren nos pierde a nosotros. Es decir, nos encontramos con un billete comprado y no podemos hacer el viaje, y entonces perdemos el tren y el dinero. No se preocupen, internet tiene soluciones para todo, también para mitigar esa pérdida. Por ejemplo, hay una página en la que se puede revender ese billete y evitar el quebranto, mediante el viejo y nunca desaparecido método del trueque. La cosa se llama Truecalia y esta es su dirección, que me acaba de llegar: http://www.truecalia.com/

Ha sido un placer ayudarles. Hoy este blog tenía vocación de servicio público. Y un sentimiento de colega solidario con los usuarios del tren. Por los buenos tiempos.

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En barco a no hacer nada

Ulyfox | 12 de agosto de 2012 a las 21:35

Hora Sfakion, desde el barco que lleva a Loutro

 

Los que han viajado a las islas griegas lo saben. Hay lugares a los que solo se puede llegar en barco: calas, pueblecitos, playas de privilegio con alguna taberna en la orilla. Suelen ser lugares apartados y que se venden en las guías como solitarios y maravillosos. No siempre es así. Para mí, por ejemplo, un sitio sin huella humana ninguna no es atractivo. No, porque necesitamos ese mostrador al menos con bebidas, y si puede ser con unas mesas donde comer. Lo contrario es tener que llevar bocadillos, o botellas o las dos cosas. Demasiado mayores. Hasta Robinson necesitó a su Viernes.

Bajo la pared rocosa, una playa solitaria

Pero hay lugares intermedios. Sitios en los que sabes que todo el mundo está disfrutando o trabajando para el que disfruta. Si la cosa funciona, ambas partes pueden pasarlo bien. Y de esos lugares, las islas griegas andan sobradas. El ultimo que hemos conocido está, naturalmente, en Creta. En una región llamada Sfakia, nombre que en Grecia es sinónimo de lucha y rebeldía. Una región de difícil acceso. Los sfakiotas matuvieron durante siglos el estandarte de la resistencia contra el invasor turco y es incontable el número de héroes a los que la tradición venera. Sfakia, en ese sur cretense indómito, tiene una costa escarpada como pocas, tanto que si queremos llegar a los pueblos que dan al mar en coche, habremos de sufrir decenas de curvas cerradas hacia arriba y aún más hacia abajo. Es el caso de Hora Sfakion, Sougia o Agia Roumeli.

 

Tres imágenes de la llegada a Loutro

Pero aún es más difícil con Loutro: no hay carretera, y solo se puede salir o entrar en barco. O andando a través de empinados y hermosos senderos.

En la terraza del Hotel Sifis de Loutro

Como corresponde a un lugar así, Loutro tiene muy pocos habitantes, no llegan a cien. En verano, la población puede triplicarse, lo cual tampoco constituye una multitud precisamente. Sus edificios, la mayoría pequeños hoteles familiares y tabernas de muy buena calidad,  forman una media luna blanca en el estrecho espacio que cabe entre una franja de guijarros y la montaña que sube a cientos de metros. Sin embargo, la estancia allí es cualquier cosa menos asfixiante.

La vida, versión Loutro.

Cuando estuvimos el pasado junio, la mitad de la gente se dedicaba a bañarse en una honda bahía de agua de cristal, tomar el sol y pasar horas en las terrazas. La otra mitad se dedicaba a servir comidas y bebidas a los primeros, arreglarles las hamacas o prepararles las habitaciones, atender los dos minimarkets, y llevarlos a las calas vecinas en barco. O en barca. Y todos, con la vista frontal del mar, en el puerto natural que forma la pequeña, acogedora rada.

Nada más que nada.

Para llegar a Loutro hay que hacer una hora y media de carretera, la mitad plagada de curvas montañosas, desde La Canea hasta Hora Sfakion, y después coger el transbordador en un trayecto de un cuarto de hora. El ‘Daskalogiani’ sigue luego su rumbo por esta asombrosa costa, marrón al amanecer violeta y cuando cae el sol, navegando lentamente y parando en Agia Roumeli, Sougia y al final en Paleohora, antaño paraíso de los hippies.

 

El camino de ida y vuelta de Loutro a Finikas.

En Loutro, que precisamente significa ‘baño’, no se hace nada. Y se nada. Puedes variar entre las cinco tabernas de pescado fresco y erizos de mar. Puedes calzarte las botas, subir serpenteando por la pared rocosa a tus espaldas, saludando cabras y descender a otra bahía transparente, Finikas, donde tienes otra gran taberna con alojamiento aún más aislado. Puedes pasar largas horas leyendo, conversando de música con Cristina, la dueña del hotel, fan y amiga de Haris Alexiou, la gran estrella de la canción griega, que pasa aquí sus vacaciones todos los años. Puedes ver el atardecer más largo del mundo desde el balcón de tu habitación o en la idílica terraza del Hotel Sifis, encima de los peces. Puedes escribir, puedes enlazar las manos con tu pareja y cerrar los ojos. Puedes hacerte una foto con el móvil y enviarla a tus amigos para darle envidia. Puedes sentirte dueño del tiempo inmóvil, estirarlo y encogerlo, encarnar las mil formas del amor. Puedes descubrir lo que es un lugar sin más motores que los de los barcos, con silenciador de agua. Pero, desengáñate, no puedes hacer nada más.

Loutro en su bahía, desde las alturas

Miles, tal vez millones, de vueltas al mundo

Ulyfox | 12 de agosto de 2012 a las 1:21

 

Yiorgos Hatziparaskos, con las manos en la masa

 

 

La pasta filo es una masa parecida al hojaldre, pero con el grosor de un papel fino. Su textura es deliciosa, delicada y permite unos usos maravillosos en cocina y repostería. Naturalmente, la que compramos por Occidente es industrial, pero aún quedan sitios en el mundo donde se hace de manera artesana, con una técnica hermosa, paciente y asombrosa, hecha por personas merecedoras igualmente de estos adjetivos admirados. Uno de esos sitios es Rethymnon, uno de los tesoros veneciano-turcos de Creta, en la costa norte central, y la persona es un hombre muy mayor, blanco de uniforme y gorro, con pelo y bigote blancos de andar toda la vida metido en harina. Es Yiorgos Hatsiparaskos, el último pastelero capaz de trabajar la pasta filo en Creta, y uno de los pocos en toda Grecia. Tal vez le pueda suceder alguno de sus nietos, porque su jubilación está cercana.

 

Y la obra maestra se completa.

El truco consiste en estirar la masa hasta límites inverosímiles, y la extrema dificultad, en hacerlo sin que se rompa. Ver en acción a Yiorgos es un espectáculo que te hace recuperar el amor por la especie humana y su capacidad de fabricar delicias. Su sonrisa ante el espectador indica su satisfacción por el asombro que sabe que está causando. Coge una plancha de pasta, ya bastante fina, y la hace volar levemente hasta que cae sobre una gran mesa, formando una burbuja por el aire que aquella ha cogido durante su vuelo. Y luego viene la obra maestra. Yiorgos empieza a tirar de los bordes de la masa hacia el exterior de la mesa, dando vueltas alrededor de esta, una, y otra, y otra, y otra vez, estirando la pasta hasta hacer que su superficie sea igual a la de la tabla. Cuando, tras una decena de giros, lo ha conseguido, tapa la masa con una tela de saco, y la emprende con otra capa. Y así, diez, veinte, cincuenta, cien capas o más, las que hagan falta, cada día.

Yiorgos lleva 66 años haciendo pasta filo y kataifi

Es digno de ver como los turistas y visitantes estallan en aplausos ante cada culminación de su obra, y cómo después se lanzan a comprar sus especialidades a su mujer Katerina, sobre todo el baklavás y el kataifi, esos dulces tan griegos… y tan turcos. Él se hace fotos con niños, hombres y mujeres, y enseña abultados álbumes de imágenes con familiares y personalidades que le entregan premios. Y escribe con orgullo, en un trozo del papel de la máquina registradora, tres fechas: 30-1-1934, el día de su nacimiento; 19-7-1946, el día que empezó a trabajar en el obrador de su padre, y 19-7-2012, cuando habrá cumplido 66 años de oficio blanco en su horno de la calle Vernardou de Rethymnon, la de la fortaleza, la de los minaretes y el puerto veneciano.

La Fuente Rr, uno de los rincones más bonitos de Rethymnon.

 

Habla poco Yiorgos, sonríe mucho a sus 78 años sin jubilación que harían sonrojar a cualquier centroeuropeo que acusara a los griegos de vagos. Y pensamos en los cientos de miles de vueltas que este hombre que debería ser declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad habrá dado a su mundo blanco, giros pacientes para que cuando usted se meta en la boca sus pasteles de varias capas de fina pasta filo pueda sentir cómo cruje una obra de arte.

Cádiz 2012

Ulyfox | 5 de agosto de 2012 a las 14:05

Cómo hemos cambiado. No hace tanto, los vecinos de Cádiz salían a la batalla, campal si hacía falta, por defender los puestos de trabajo en Astilleros. Hoy, es una molestia cualquier huelga, y los vecinos se disgustan si se les impide no sólo cruzar el puente Carranza sin que lo corten, sino disfrutar de, por ejemplo, una Gran Regata. No hace tanto (o quizá sí) se entendía que los trabajadores tenían derecho a parar su trabajo para conseguir un salario más digno. Hoy se prefiere recurrir al “que lo hagan pero que no molesten”. No falta quien reclama que se les impida hacer huelga a quienes tienen el ‘privilegio’ de un trabajo fijo y que se les niegue el derecho a quejarse si se incumplen acuerdos. Casi nada queda de aquellos tiempos no (o quizá irremediablemente sí) tan lejanos en los que el porvenir de unos pocos se consideraba el futuro de todos.

La ciudad que comerciaba con todo el mundo y veía entrar y salir de sus muelles ricas mercancías, se regocija hoy con un remedo de veleros de mejores tiempos y considera un regalo del cielo que la hostelería llene sus arcas un fin de semana. El emporio del orbe que encargaba obras a Haydn y cuadros a Murillo y Goya considera un gran evento que quedará para la Historia un concierto gratuito y ambulante de un camión con muchos vatios de sonido, seguido por miles de danzantes.

La ciudad que imprimía y en la que se leían decenas de periódicos…

Guerras y otras resistencias

Ulyfox | 30 de julio de 2012 a las 14:30

El cementerio aliado frente a la bahía de Souda, en Creta

  
 
 En la bahía cretense de Souda, muy cerca de la hermosísima Chaniá, frente a un mar azul y muy cerca de una importante base de la OTAN, se encuentra el cementerio de las tropas aliadas durante la II Guerra Mundial, recuerdo glorioso e infame de la terrible Batalla de Creta sucedida tras la invasión de las tropas nazis, un episodio que marcó el desarrollo de aquel sangriento conflicto y de paso toda la vida contemporánea de esta isla griega, azotada durante milenios por invasiones, guerras, matanzas y, si fuera poco, terremotos. Tal vez eso haya formado el carácter de sus habitantes, pero desde luego no ha sido con mal resultado. El cementerio de Souda aparece sencillo a primera vista (una vista espléndida), pero luego te va encogiendo poco a poco el corazón si se te ocurre deambular entre las tumbas. Entre el cuidado césped, tras las amorosas flores, muchas lápidas aluden a soldados desconocidos, pero otras tantas relatan trágicas novelas completas de final infeliz, con nombres y apellidos, historias con acento alemán, inglés o neozelandés, horrorosas evocaciones de vidas jovencísimas, de muertes tan tempranas.
 

La tumba de un soldado neozelandés, en el cementerio de Souda

 
 
 El camposanto memorial contiene los cuerpos, la mitad de ellos sin identificar, de 1.500 soldados de países de la Commonwealth, que fueron trasladados aquí tras el final del conflicto desde diferentes enterramientos que habían hecho los alemanes por toda la isla. Una comisión de la comunidad británica de naciones está encargada de su mantenimiento, que es ejemplar.
 

Monumento a la colaboración entre los monjes y los soldados ingleses, junto al Monasterio de Preveli

 
En Creta se cuentan y se muestran miles de estampas de heroísmo y represión con la Batalla como fondo, de resistencia frente a los nazis, de monjes ortodoxos refugiando a rebeldes y soldados, señalándoles caminos de huida, albergando arsenales en sus conventos amurallados, relatos que servirían para infinidad de películas bélicas y que de hecho han servido para ello. Pero si uno lee alguno de esos nombres grabados en el mármol fúnebre solo piensa en el horror de decenas de miles de jóvenes muertos por la locura de una invasión muy sangrienta. No hay heroísmo sino pena. No hay nada peor que la guerra, y uno siente la tentación, tal vez un impulso racional, de darle la razón a Boabdil el Chico antes que a esos monjes armados hasta los dientes. Aunque tampoco me cabe duda de que a veces, algunas veces, puede que no haya más remedio, cuando el código que usa el atacante, el único que entiende es el de la violencia. Yo qué sé.

La agencia de viajes que nosotros abriríamos

Ulyfox | 23 de julio de 2012 a las 19:28

Mural en un balcón de una casa de Nuoro, en Cerdeña

 

Si algún día nos diera por abrir una agencia de viajes, lo haríamos, como habréis supuesto, para especializarnos en el Mediterráneo. Una agencia que trajera y llevara desde Turquía y Croacia hasta los mares de Libia, en las costas de Creta, que sobrevolara el azul Nostrum descansando en excitantes o apacibles etapas sobre los volcanes de Sicilia y las calas de las Espóradas, que recorriera el viaje circular del dórico al barroco y se alejara, o acercara, a los vestigios del palacio del rey Minos, que se deleitara en los vinos de malvasía mientras los pasajeros degustan los erizos griegos y las pastas del golfo de Nápoles.

La isla de Spinalonga, en la bahía de Elounda, Creta

Así sería nuestra agencia, quién sabe si un oficio futuro on line ante las amenazantes nubes que algunos dibujan y soplan en nuestro cielo. No creáis que no lo hemos pensado. Muchos amigos y conocidos nos preguntan y nos piden consejos sobre viajes a Grecia o Italia, nos han encargado una guía… ¿y si pusiéramos una agencia? Pero se nos han adelantado. Los jóvenes y entusiastas encargados de Zagara Travel se han especializado, de momento, en viajes personalizados a Sicilia, Cerdeña y Creta, tres gigantes, tres islas que forman parte de Italia y Grecia pero que tienen todo lo requerido para ser países independientes. Se dice con razón que ser siciliano no es lo mismo, o es mucho más que ser italiano, como se dice de Creta que solo el que la visita comprende de verdad lo que es ser griego, o una cierta forma, orgullosa sin suficiencia, de serlo.

Barroco siciliano, en las fachadas de Ragusa Ibla.

Ellos tienen una oferta amplia y variada, flexible, especial, de llevar a los viajeros que se dejan llevar con confianza. Al menos así lo parece por su página web http://www.zagaratravel.com/  y por las referencias directas que hemos podido recoger en Creta. Buscan alojamientos únicos o con un encanto real, que no tienen por qué estar en los centros urbanos. Tienen algo que me gusta. Se parece a la forma de actuar que tendríamos nosotros si montásemos una agencia de viajes. Ellos se nos han adelantado, pero no descarto que en realidad, en un tiempo, no sean más que nuestra competencia.

Christódulos el eremita y la monja que no tomaba aceite

Ulyfox | 15 de julio de 2012 a las 2:42

La sencilla iglesia de Agios Nikolaos guarda una joya en su interior.

Christódulos es un buen nombre para un monje. Lo era, muy apropiado, para aquella figura envuelta en un hábito negro, ya pardo por el uso, que dormitaba en el solitario monasterio de Agios Nikolaos (San Nicolás), apenas a tres kilómetros de Zaros, el pueblo montañoso del centro de Creta donde nacen todas las aguas. Ovillado en una silla vieja junto a una pared de ladrillo y al lado de una puerta de madera, sin dejar por eso de apoyar su mano derecha en un bastón de vara, al oírnos llegar se desveló de pronto, mostró su verdadera ancianidad y nos llamó con el único inglés que sabía: “Come, come“. Christódulos, sin levantarse, echó mano de un envase redondo de plástico que tenía en un poyo cercano y nos ofreció unas galletas de canela, buenísimas, y, por supuesto, dos vasos de raki, con unos dedos gordos, gastados y despreocupados por la mundana higiene.

La iglesia de Moní Vrondisi

Ahí no había más remedio. Tuvimos que usar el griego pedestre que manejamos y tras preguntarle su nombre entablamos una conversación. No quería que lo fotografiáramos, ni por supuesto aceptaba dinero: “Soy eremita y no tengo dinero, no lo necesito”. También nos advirtió que dentro de la emocionante capilla blanca, con unos restos preciosos de frescos bizantinos del siglo XIV, no se podían hacer fotos, y cruzando las muñecas con el gesto del esposado nos dijo: “Si  no, la policía de Zaros me lleva preso”. No quisimos ser los causantes de la detención de un eremita de 82 años. Le dijimos nuestros nombres (“Manolis es un nombre muy cretense” me contó), nuestras profesiones, periodista (dimosiografo) y médico (iatrós), y le faltó tiempo para contar a Penélope sus dolores de piernas, a causa de los cuales ya no podía trabajar. Por eso tal vez esperaba a los caminantes allí para ofrecerles galletas y raki con los que seguir el camino. “Ela, Manoli, ela iatré” decía utilizando el bello vocativo de las declinaciones griegas para animarnos a aceptar más dulces y aguardiente, “iatré, iatré kaziste, ine datsi” (doctora, doctora, siéntese, así está bien) decía para refrenar nuestra prisa y servirnos de nuevo el licor sagrado. Una monja encorvada apareció de pronto de un pobrísimo edificio blanco y bajo, empuñando una escoba, y se puso a ejecutar un barrido imposible en un camino lleno de tierra y polvo.

Queríamos visitar la iglesia del monasterio, apenas una mancha blanca con un pequeño campanario. El eremita nos invitó a tomar fotos del exterior y se levantó con un gran esfuerzo, apoyándose en su bastón. No había muchos pasos, y Christódulos sacó de algún pliegue de su vestidura una llave vieja con la que nos franqueó la entrada. Apenas traspasado el umbral, nos detuvo, cogió tres delgadas velas de un color marrón claro y las encendió, clavándolas en el candelero. A partir de ese día, repetimos ese rito cada vez que entrábamos en un templo cretense. No se trata de creencia, sino de la extraña alegría infantil que se siente con ese gesto de agarrar la bujía, encenderla con otra y asentarla en la arena del candelero, mientras se piensa tal vez un buen deseo.

Escena en una calle de Venerato

La capilla tenía una sola nave con entrada lateral, enfrente un montón de iconos de San Nicolás, y a la derecha, alrededor del iconostasio, los restos descoloridos de los frescos, con ese fondo azul característico y los trazos deliberadamente ingenuos de las imágenes. Todo centenario, todo sencillo, todo en paz, como Christódulos, que se había sentado a rezar en voz baja, mientras nosotros contemplábamos las pinturas. “Manoli, to fós” (“Manolo, la luz”), me pidió al salir para que volviera a dejar a oscuras la pequeña iglesia. Aún insistió en darnos más galletas y caramelos cuando nos despedimos de él. Durante todo el día tuve en mis manos el olor de la canela, y por siempre me acompañará el aroma de su hospitalidad no impostada, el aire de armonía que reinaba entre el hombre y su hábitat.

Unas hojitas como amuleto...

Ese día había comenzado de una manera decididamente espiritual, ya que la primera visita de la mañana fue a otro convento: el monasterio Paliani, el más antiguo de Creta y uno de los más venerados (de hecho, se encuentra junto al pueblo de Venerato). Es un patio rectangular al que dan unas humildísimas celdas, pero que alberga una preciosa iglesia bizantina, que no pudimos visitar por estar en restauración. De todas formas, el auténtico objeto de culto de Paliani está a un costado del templo: un milagroso mirto aromático, enorme y monumental del que los fieles han colgado decenas de ex votos en petición de favores: una hermosura de árbol, del que arrancamos una hojita como amuleto.

Bajo el árbol milagroso de Moní Paliani.

Apenas salimos de la benéfica sombra, una monja nos llamó para invitarnos a comprar iconos, en realidad baratas reproducciones para turistas. A nadie hicimos daño por adquirir uno pequeñito, lo que la octogenaria mujer nos agradeció ofreciéndonos parte de su frugal comida, unas rodajas de pepino sin aliñar: “Hoy es viernes, y los lunes, miércoles y viernes no podemos tomar aceite, tal como dejó escrito el santo. Mañana sábado comeré pescado según la misma norma”. Nos enseñó una vieja fotografía que colgaba de la pared. En ella se veía a un numeroso grupo de monjas. “Éramos más de ochenta, y ahora sólo quedamos veinte en el convento”, nos contó, y mientras hacía el gesto de dormir apoyando la mejilla en la palma añadió: “Las demás murieron (thanasis, o algo así dijo)”. Ella sí se dejó hacer la foto, y además con una gran sonrisa. No debía de ser eremita.

La monja octogenaria de moní Paliani, rodeada de iconos.

Una de las cosas que uno no debe dejar de hacer cuando viaja a Creta es visitar un monasterio, en griego ‘moní’. Pequeños, medianos, grandes, minúsculos. Los grandes son impresionantes, los pequeños son emocionantes. Los grandes, monumentales como Moni Arkadiou, Moni Toplou o Agia Triada, con sus fachadas venecianas hablan de luchas, de resistencia al invasor, a las decenas de invasores de todas las religiones que han sufrido los cretenses en su historia. Esos monasterios eran verdaderos refugios para los bravos rebeldes, ya fuera en la lucha contra los turcos o en la guerrilla contra la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, Toplou significa en turco ‘cañón’, y muchas veces los conventos estaban construidos como auténticas fortalezas. Nosotros, ese día aún nos dio tiempo a acercarnos a Moni Vrondisi, un poco más lejos y por una carreterita poco recomendable. Pero mereció la pena por ver la hermosa fuente veneciana con relieves de Adán y Eva en mármol que tiene a su entrada.

La fuente veneciana en Moní Vrondisi

 

 

Son estos, los cenobios pequeños, los perdidos voluntariamente en la espesura o en la colina más agreste los que representan más el espíritu universal, repartidos por toda Creta, pequeños centros de culto y recogimiento. Solitarios, eremitas, moribundos como comunidad, representan otro ritmo y forma de vida posible, generosa y, esta sí, eterna en su terrenalidad.

La vista desde el Moní Vrondisi

Directamente de la tierra del vino

Ulyfox | 9 de julio de 2012 a las 1:57

Vino de Creta, recién llegado.

Acaba de llegar el envío. Doce botellas de vino blanco y otras tantas de tinto compradas en el pueblo de Peza, en el centro de la comarca vinícola cercana a Heraklion, la más importante zona productora de Creta, cuna de buenos vinos, retsinas y rakis. Un servicio rápido y eficaz para hacerse con una buena muestra de uvas autóctonas de Creta, sabores especiales y ricos. Algunos de vosotros ya sabéis que las probaréis. A nosotros nos gustaron.

Una vista de la Tierra del Vino de Heraklion

La llegada de las cajas nos ha traído el cercano recuerdo de la Tierra del Vino, una comarca sorprendente, pocos kilómetros al sur de la capital, dibujada con colinas suaves, plantaciones de viñas y olivos y festoneada de cipreses, como una pequeña Toscana dentro de la isla más griega de todas. Aparecía esplendorosa desde nuestro coche, verde y coloreada al final de la primavera, descubriendo en cada curva un rincón admirable, y rodeada de altas montañas de color rojizo que por la tarde se volvían violetas, con restos de nieve aún en las cumbres.

El paisaje, subiendo a Houdetsi

La carretera está salpicada de indicaciones de bodegas, la mayoría de ellas visitables y degustables, atendidas por personal muy amable y experto. Las grandes firmas griegas, como Boutari, están instaladas aquí. La firma Milarakis, la primera que embotelló vino en el área, fue la elegida para recompensarnos a nosotros y a nuestros amigos porque sí con este pedido. Podría haber sido cualquier otra, porque estos vinos están alcanzando grandes niveles de calidad y obteniendo premios nacionales e internacionales. Veremos cómo han llegado. Milarakis tiene además la ventaja de estar casi pegada a una gran taberna: Onísimos, en la que continuamos nuestro autoagasajo con algo de cordero al limón, queso feta a la parrilla y empanadillas de queso, con vino de la zona por supuesto y el regalo acostumbrado de la fruta confitada casera y la garrafita de raki.

La Tierra del Vino ha sido una de las sorpresas más agradables de este viaje, el desmentido definitivo de la imagen uniforme de Creta. Entramos y parecíamos haber aterrizado de pronto en otro país, menos salvaje y más domado por la mano del hombre, que extrae de ella todo lo bueno. Doblábamos curvas y ascendíamos colinas con la alegría de quien se felicita por la idea de haber llegado hasta allí, abriendo los ojos a aquel paisaje inesperadamente italiano, feraz y generoso.

Una sala del museo de instrumentos 'Labyrinthos' en Houdetsi.

En uno de los pequeños pueblos que manchan de blanco este verdor, Houdetsi, paramos a conocer un curioso museo de instrumentos musicales de todo el mundo: Labyrinthos ( http://www.labyrinthmusic.gr/ ), que además de albergar cientos de preciosas piezas, es a la vez un taller de fama universal dedicado a la música cretense y oriental, y que atrae cada año a cientos de músicos a sus clases y conciertos. El catalán Jordi Savall es uno de los visitantes de este pueblo que parece perdido pero que en verdad es un lugar de encuentro, y de encuentros. El músico irlandés Ross Daly, asentado aquí desde hace décadas, es el padre de todo esto, el autor de este idilio con la lira cretense que tiene lugar en un ya de por sí idílico paisaje. Unos viejos, los que componen la habitual imagen ante la puerta de los kafeneion cretenses, nos indicaron el fácil camino. Felices guías hacia una casa antigua de piedra llena de cajas, mástiles, cuerdas, clavijas, arcos y trastes componiendo una hermosa canción de amor a la música que hermana.

Hora punta en Arhanes.

La capital de esta tierra ebria es Arhanes, un espléndido conjunto de casas neoclásicas bien cuidadas, iglesias renacentistas blanqueadas, con una plaza principal llena de vida y buenos restaurantes para reparar los estragos de la jornada, que forzosamente debe incluir un paseo por este pueblo inclinado hacia las viñas y en el que el día acaba antes por la gran sombra que proyecta el imponente monte Yiouhtas. Nosotros, en cambio, por las dificultades de acercar nuestro gran equipaje a cualquier hotel, decidimos pasar esa noche en Heraklion, ahí cerca, llegando a la capital después de bordear un impresionante acueducto y dejar a la derecha el palacio de Knosos. Difícilmente se podría redondear mejor una jornada que comenzamos en la costa del otro lado.

Una calle de Arhanes, el pueblo más bonito de la Tierra del Vino.