El tortuoso y provechoso camino

Ulyfox | 27 de mayo de 2012 a las 1:20

El puertecito de Frikes, al atardecer. Penelope, siempre presente

Dice el poema de Kavafis que todo el mundo conoce que “cuando emprendas el camino a Itaca, debes rezar para que el camino sea largo, lleno de aventuras y de descubrimientos, que sean muchas las mañanas en que llegues a un puerto que no conocías…” En fin, aquello de que es más, o por lo menos tan, importante el camino como el destino. Ulyses no conocía el poema de Kavafis, naturalmente, pero desde luego él lo aplicó bien con las calamidades que pasó para volver a su reino y con los mil ardides que tuvo que inventar para lograrlo.

A bordo del 'Capitán Aristide', saliendo de Nydrí hacia Ítaca

Itaca es mucho más que un destino, es un nombre, una palabra para designar el mismo concepto de viaje, y no puede desprenderse de la idea de retorno que le dio para siempre Homero en la ‘Odisea’, siempre esperando a Ulyses. Es una isla muy pequeña y no precisamente de las más hermosas, rodeada de hermosuras como está en el archipiélago griego de las Jónicas, las que caen al Oeste de Grecia casi pegando con el tacón de la bota italiana por un lado, y a un tiro de piedra de la península balcánica por el otro. Casi esconde su modestia compartiendo compañía con bellezas como Corfú, Paxos, Zakintos, Lefkada o Cefalonia. Digamos que Homero y Odiseo la engrandecieron, pero de eso hace tantos cientos de años que la fama no le da más que para recibir unos pocos turistas. Para ir a Ítaca tienes que estar enamorado de la Odisea.

La costa de Lefkada, desde el 'Capitán Aristide'

Nosotros, naturalmente, estábamos enamorados de la Odisea, de Ulyses, de la misma idea de Ítaca cuando decidimos aquel lejano septiembre llegar hasta sus costas. Fue un largo y provechoso camino, como mandaba el poema. Veníamos de la Costa Amalfitana, de Capri, cruzando Italia desde Nápoles hasta Brindisi en tren, alcanzando a lo justo un ferry hasta Corfú y luego, casi sin descanso, en hidrodeslizador sobre un mar encrespado hasta la maravillosa y pequeñísima isla de Paxos, desde la que, tras unos días de aislamiento inolvidable, se suponía que era fácil acceder a lo que fue el reino de Ulyses y Penélope, los auténticos.

La playa de Lakka, en la pequeñísima Paxos.

Pero el Mediterráneo tiene sus propias leyes, y la mañana prevista para zarpar se despertó de mal humor. El barco, tipo catamarán, no salió. Plantados con nuestras maletas en el muelle, decidimos volver al pueblo y recapacitar ante una taza de café. Ya vendría la solución. Y si no viene, Penélope, la mía, discurre ella sola como toda una agencia de viajes de las grandes.

Nos enteramos, no recuerdo cómo, de que un barco mercante, suficientemente grande para resistir el temporal, salía hacia el continente, al puerto de Igoumenitsa, y que admitía pasajeros. Se podría intentar, aunque ello supusiera dar un gran rodeo, llegar hasta ese puerto y luego viajar en autobús hasta la isla de Lefkada, que en realidad está unida al continente por un puente, y de allí saltar al día siguiente hasta Ítaca. ¿Quién dijo miedo?

En Ítaca, tal vez la playa en la que desembarcó Ulyses

Volvimos al muelle de la capital de Paxos, Gaios, con las maletas. Y nos embarcamos en el mercante, inquietos y excitados por lo incierto del camino que emprendíamos. En una hora arribamos a Igoumenitsa, una ciudad con el aspecto destartalado que tienen muchas poblaciones griegas. No era nuestro día. Perdimos el autobús a Lefkada por unos pocos minutos. Y allí estábamos, parados en medio de un puerto grande, gris, descuidado y polvoriento, bastante lejos de nuestro destino itaquiano. La cabeza de Pe dibujó entonces el plan C: había que alquilar un coche y conducir hacia el sur hasta Lefkada capital y luego tomar el último autobús hasta el puerto de Nydrí, en la misma isla, hacer noche allí y partir con el amanecer, por fin, a Ítaca ¿quién dijo miedo?

Kioni, un agradable puertecito de Ítaca, en un día gris.

Poco después, tras almorzar ligeramente y esperar a que abriera la tienda de alquiler de coches, costeábamos con nuestro utilitari0 sobrepasando ciudades medianas, playas extensas y solitarias, ruinas de murallas griegas, tomando un transbordador para sortear las marismas de Preveza para llegar con la caída del largo día a la capital de la llamada isla blanca. Ya habréis imaginado lo que pasó después de que entregáramos el coche: el último autobús a Nydrí se acababa de marchar.

Una vista mucho más bonita del 'Capitán Aristide'

No hay problema sin solución, mientras haya un plan D y taxis que te puedan llevar veintitantos kilómetros más allá. Acordamos el precio con uno, y mientras las verdes costas se iban haciendo cada vez más oscuras en la carretera, el angloparlante torpe que vive en mí se torturaba con una pregunta: “¿El taxista me ha dicho fifteen thousands dracmas o fifty thousands ?” La diferencia era sustancial y esa inquietud monetaria, unida a la incertidumbre de si encontraríamos donde dormir en Nydrí, desconocida para nosotros, nos llenó de zozobra el trayecto silencioso. Pero Palas Atenea nunca abandona a sus hijos. ¡Eran fifteen! El hombre nos dejó cerca del muelle, junto a una taberna, una muchedumbre impedía el paso más allá. Fue abrir la puerta del coche y empezar a sonar una banda de música entre aplausos y vítores ¡vaya recibimiento! ¿qué pasa, qué pasa? Athina, la nieta de Aristóteles Onassis, estaba descubriendo una estatua en honor a su abuelo que le dedicaba el pueblo de Nydrí por su labor en la ciudad. A un tiro de piedra, allí en la Bahía, está la isla de Skorpios, propiedad del gran magnate naviero griego, y en la que pasaba sus vacaciones junto a sus poderosos amigos. Por el mismo suelo que pisábamos había paseado numerosas veces con María Callas, con Jacqueline…

El perfecto amanecer dorado que nos condujo a Ítaca.

Y claro que encontramos cama, y un pueblo turístico muy animado, y nos zampamos una suculenta parrillada de pescado… y a la mañana siguiente, una de las más bellas que recuerdo, con la aurora de rosáceos dedos abriéndose entre la bruma y sobre un mar como de vino, viajábamos a bordo del ‘Capitán Aristide’, rumbo por fin al puerto de Frikes, Ítaca. Pero lo importante había sido el camino, difícil como manda el poema, provechoso…

Lazos viajeros

Ulyfox | 22 de mayo de 2012 a las 0:53

 

En la Plaza Mayor de Módena, en enero pasado

El viaje es mucho más que moverse de sitio. Te vas por ahí pensando que eres siempre el mismo y resulta que vas dejando jirones de tí y a la vez vas engordando tus costuras con cosas, personas y hechos. Y ya no puedes evitarlo. Si eres un viajero vas agrandando tu patria. Por ejemplo: vives la tragedia griega, la mendicidad en Omonia o los suicidios en Syntagma como si fueran familiares tuyos los sufrientes. Y si has estado en Egipto y Túnez, lo que los analistas o los observadores llaman ‘la primavera árabe’ para ti es algo más, simplemente porque conociste gente allí, vendedores, chóferes o guías.

Las hermosas tiendas de alimentación de Bolonia.

Nos ha pasado hoy mismo. Ha habido un terremoto en Italia, con muertos, y la región más afectada ha sido Emilia Romaña, lo que es igual que decir Bolonia o Módena. Allí estuvimos hace pocos meses, en invierno, hace nada, gozando de las tiendas de alimentación y del lambrusco de verdad, de sus plazas medievales o de una experiencia sin igual en la trattoría Omer. Allí hemos visto torres inclinadas y soportales sin fin, algunos de los cuales han caído con el sismo. Lo que quiero decir es que viajar, en el buen sentido que va desde ti hacia lo otro y con billete de vuelta, te ensancha la patria. Hace muchos años, viajamos en un ferry griego, el ‘Samina Express’, que hacía la ruta entre las islas del Norte del Egeo y las Cícladas. Íbamos desde la isla de Samos hasta la de Naxos, un montón de horas de navegación. A la semana siguiente, cuando acabábamos de volver a España, el ‘Samina’ fue trágica noticia. Se había estrellado contra un islote frente a la isla de Paros y perecieron varias decenas de personas. Nos acordamos, por ejemplo, de aquel camarero que nos habló de fútbol español mientras nos ponía la cerveza. Quién sabe si fue una de las víctimas. La noticia, un simple suceso en el extranjero, adquirió un carácter personal y cercano para nosotros. Nuestro mundo interior se hace cada vez más grande cuando viajamos como se debe. Y más solidarios. Supongamos que es una suerte.

La Piazza del Nettuno, en Bolonia, capital de Emilia Romaña.

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Viaje al centro de la crisis

Ulyfox | 18 de mayo de 2012 a las 14:33

Penélope, en la orilla de la bahía de Elounda, en Creta.

 

Ahora, de vez en cuando, nos miramos y nos decimos ¿seremos unos insensatos? ¿Ahora, precisamente, pedir un mes sin sueldo y viajar a Creta? ¿a ese país incapaz de formar gobierno siquiera? ¿ahora cuando los gobiernos que iban a afrontar la crisis de otra manera no encuentran otra que la misma: quitar dinero a sus trabajadores? ¿Ahora que todo lo que teníamos, el sueldo, el trabajo, la casa, el futuro, vale menos y se intuye que valdrá menos aún? ¿Ahora se nos ocurre irnos a Grecia? Locos.

Es posible que nos encontremos cuando lleguemos un país en descomposición, en camino hacia su evaporación. Igual que es posible que cuando volvamos al nuestro, este ya haya emprendido un rumbo parecido ¿Irse, quedarse? Irse. Todo menos quedarse quietos ante la posibilidad de vivir algo que no pensamos nunca que íbamos a vivir. Aprovechar, viajar, apuntar, contar, reflexionar, y a la vuelta ya veremos. Y nuestros ojos, seguro, tendrán otra forma de mirar, y nuestras bocas otra manera de contar, y vuestros oídos, un modo diferentes de escucharnos. Pidamos a los dioses por eso.

Hacerse a la mar

Ulyfox | 12 de mayo de 2012 a las 1:35

Barcas en el caño y en el Club Puente de Hierro, y el Juan Sebastián de Elcano en La Carraca, San Fernando

Parece mentira. Tanta agua como nos rodea en Cádiz y la Bahía, y la mayoría de las veces sólo miramos al mar cuando entramos a bañarnos. A lo mejor es que aquí el mar es demasiado grande, un gigante que infunde mucho respeto. Miras y ves solo mar, y sabes que más allá de donde cae el horizonte sigue siendo azul líquido. Ni se adivina donde puede haber un trozo sólido. Si acaso, y afortunadamente, entre los caños de las salinas están surgiendo pequeños puertos, más bien clubes. Pasa en San Fernando, en el Puente de Hierro, en el clásico renovado Gallineras, ahora en La Casería. Pero en otras tierras, el panorama de enfrente está salpicado o interrumpido por salientes del fondo marino, islas, cabos, calas, penínsulas, islotes, radas que recortan o interrumpen la visión. En esos lugares privilegiados, cuando te tumbas en la hamaca o tomas algo en el bar, allá a lo lejos se dibuja durante el día una silueta inmóvil que primero es marrón, luego verde y luego azul violeta, un destino, una parada cercana tras el brazo de mar. Son los archipiélagos que te llaman. Por eso en esos lugares, en las islas griegas o croatas, o en la recortada costa turca, o en las Baleares, o en las grandes islas italianas, son tan populares los barcos de recreo que ahora fondean ante una playa, y después se refugian en una ensenada y terminan amarrando en un puerto ante la taberna: porque todo, incluido otro mundo, está a un paseo en barco.

Penélope, en el puerto de Agnondas, Skópelos, en el archipiélago griego de las Espóradas.

De estas embarcaciones son especialmente bellas las goletas, sobre todo las turcas con sus cuidadas y brillantes popas de madera. Y existe una amplia oferta de viajes en grupo para una semana. Y suena tan atractivo. Se puede calcular unos mil euros por personas como media con todo incluido. No hemos vivido esa experiencia, pero disfrutarla por la costa azul turca nos hace soñar. Me ha llegado esta oferta por Sicilia y os la expongo:

http://www.topsailingcharter.com/embarcacion.php?idioma=ESP&em=3644

Pero si queréis probar en otros países del Mediterráneo (y yo probaría con Turquía, su costa licia, desde Mármaris hasta Antalya, o con las Espóradas), no tenéis más que rellenar las casillas e ir viendo precios. Eso sí, os tenéis que juntar con gente que aguante la convivencia. No está permitido tirar a nadie por la borda.

Pueblo y puerto en la isla de Procida, frente a Nápoles.

Los trabajos de Penélope

Ulyfox | 11 de mayo de 2012 a las 19:59

Penelope en el centro de operaciones.

 

Los días, no es casualidad, se van haciendo más largos y brillantes conforme se acerca junio. Como queriendo adelantar lo que será el gran viaje para hacer la guía, como presagios luminosos, las jornadas avanzan temperaturas, vientos y pájaros, atardeceres más largos que nunca. Creta se va acercando no diría yo que a un ritmo demasiado rápido, tampoco demasiado lento. Hay mucho trabajo que hacer antes de emprender el rumbo adecuado.

El fuerte veneciano del puerto viejo de Heraklion, la capital de Creta.

En el puente de mando, Penélope estudia (y se aprende) mapas y planos, rutas y caminos, posadas y refugios. Sabemos ya que los primeros días tienen nombre: Heraklion para llegar, Koutouloufari para ver el vestigio auténtico en el caos turístico del Norte, Sissi para un río de sosiego, Mochlos para retirarse, Agios Nikolaos para el glamour, Sitia la capital de provincia, Paleokastro de playas vírgenes… No tiene medida su afán, no tiene fin su deseo, se rebela contra los límites de las horas su espíritu, y no caben sus ganas de que llegue el día en los planes del calendario. Se acerca su mirada al papel, a la pantalla del ordenador, su mente científica a su pesar conjuga con la fuerza que da el desafío. Dice sin querer decirlo que es el trabajo de su vida, de esta vida de estos meses al menos. Creta es esa Ítaca a la que ella va poniendo obstáculos para hacer el camino más difícil y venturoso, más sabio.  Su labor es preludio de mañanas y tardes con aire egeo y africano. Aspiramos a que estos guiones se representen en aquellas tierras y mares diacrónicos.

Aceitunas pequeñísimas de Creta y cerveza en el Este perdido de la isla, cerca de Paleokastro.

Cuando lleguemos a Creta, es decir casi ya aunque falta mucho, tendremos un mapa que Penélope ha ido tejiendo tarde a tarde, noche a noche, para que vayamos desenmarañándolo en un mes, dejando jirones en monasterios lejanos, en playas minúsculas o gigantes, en tabernas al borde del Egeo o del mar de Libia y en piedras con nombres minoicos, como pistas para cuando volvamos o para cuando alguien quiera ir.

En las escalinatas del palacio minoico de Festos.

Yo admiro su tesón, su método, agradezco su dedicación y le prometo la poesía (que en griego significa simplemente “obra”) que saldrá de ese material constructivo.

Mensaje en una botella

Ulyfox | 6 de mayo de 2012 a las 1:30

El libro del Mani ya está en el equipaje de los preparativos para el viaje a Creta.

En la era digital, de los wasap y los sms, lo que mejor funciona es lo de siempre: un mensaje en una botella. Ese sí es un link misterioso a lo desconocido y prometedor. Nuestro amigo viajero Avenger lanzó una desde Creta hace unos meses, aunque él le ayudó en el empujoncito. Pero la botella ya venía desde Santorini. Con su ayuda voló hasta Cádiz y desde Cádiz a San Fernando, a una casa cerca de la playa de La Casería. El mensaje de amistad que ese envase de vidrio tenía dentro fue bebido hoy mismo en el merendero La Corchuela. Su dueño, Muriel, con la intervención de Ortiz, el mejor camarero del mundo según Lobeli, la acogió desde nuestras manos y la llevó amablemente al congelador para darle el punto justo de frío. Ricardo y Encarna, surgidos de la nada y amigos desde ya por el afán viajero y la pasión de contarlo, fueron los compañeros de degustación, entre almendritas, coquinas, croquetas y gambas.

Y qué gusto leer el generoso mensaje de uva de Avenger, fresquito, mientras alrededor la música de la conversación sonaba a Creta, a Paxos, a Corfú, a Rodas, a Chalki, a las Espóradas… con unas improvisaciones sobre Croacia, Cuba, Birmania, la India y Jordania. A veces no hace falta salir para dar la vuelta al mundo.

Ricardo y Encarna querían información, tal vez asesoramiento, y charla sobre un gustoso dilema: a la hora de su próximo viaje a Grecia, en julio, debían elegir entre Creta y un combinado Rodas-Halki, y nos concedieron el honor de tener voz y voto en esa decisón. Pero, además de ganas, venían cargados de presentes: numerosas revistas sobre Creta y el Dodecaneso, un recuerdo de Santorini en forma de mapa (con Il Cantuccio señalado), folletos de sus hoteles vividos… y un libro, hermoso ya desde la portada y el título: Mani, viaje por el sur del Peloponeso, de Patrick Leigh Fermor, un inglés aventurero y guerrillero en Creta, afincado para siempre en esa región continental de Grecia, un regalo que por ser libro y venir desde el mejor de los deseos, queda siempre en mi corazón. Una ofrenda que empezaré a leer ya, en cuanto ponga el punto final a esta entrada. Mani es una región remota, salvaje, casi rebeldemente espiritual de Grecia, que hasta ahora no hemos visitado, y que creo que después de esta lectura nos atraerá irremediablemente, no permitirá que desistamos de nuevo.

Como si fuera una afortunada y engordante bola de buen deseo, como la piedra que algunas veces lanzamos al lago y ondea su corriente concéntrica, unas palabras escritas en este blog sin ánimo de lucro, para nuestro disfrute, terminan volteando, retornando en forma de amistosas, desinteresadas dádivas. Unas líneas sobre Grecia, el país más desacreditado, alcanzan con su onda al receptor adecuado. Y ese amor a una tierra se ve correspondido por un hermoso lapso de cinco horas a la manera mediterránea: vino, libros, abrazos, palabras, sonrisas. Cómo no estar ilimitadamente, helénicamente agradecido. Cómo no creer en los dioses, si dos almas que cayeron rendidas ante la Puerta de los Leones de Micenas se encuentran inesperadamente en un bar de una modesta playa de bario para confesarse que en aquel lejano día se reencontraron con sus espíritus, frente a la muralla ciclópea. José Antonio y Moni, Ricardo y Encarna, entrenadores de viaje, prologuistas morales de guías: mensaje recibido.

Hermosas, amorosas gambas

Ulyfox | 30 de abril de 2012 a las 18:09

Marcelino, Rosa y Carolina, del Tren Al Andalus, bajan del barco en Sanlúcar.

Sí, el último día en el Tren Al Andalus hubo vino, caballos, y hasta venados a la orilla del Coto de Doñana, todo lo que un turista podría desear ver en una visita a la Baja Andalucía. Sí, sí pero por encima de todo eso, hubo unas maravillosas, espléndidas, arrebatadoras gambas blancas en Casa Bigote, en la orilla sanluqueña del Guadalquivir. Gambas en su tamaño justo, en su punto justo de cocción a la plancha, levemente tostadas, con la cantidad exacta de sal por encima. Eran de esos productos naturales que te ponen en contacto con otra dimensión de la existencia. Miguel, el experto en trenes más entusiasta que he conocido, dijo de pronto la palabra mágica, ese mirlo blanco que todo gastrónomo marisquero quiere encontrar, ese trébol de cuatro hojas para el comensal entusiasmado. Dijo Miguel: “Comed, que a mí no me gustan las gambas”. Recordé el pasodoble de ‘Los Cubatas’ inmediatamente, pero Miguel no parecía una persona sin corazón y sin sentimiento hacia los animales, sino que simplemente no le gustaban las gambas. El caso es que los beneficiados fuimos Rosa, de Expocultur, Virginia la germano-cañaílla y yo, que luego compensamos a Miguel con algunas de nuestras deliciosas croquetas de marrajo y erizos. La vieja cultura del trueque, aplicada al disfrute gastronómico. Ración doble de gambas por mor de la suerte.

Las primitivas botas del Tio Pepe, en la bodega González Byass de Jerez

Y lo demás de lo que para mí fue el último día en el Tren Al Andalus estuvo bien, no digo que no, pero claro, imposible estar a la altura de esos crustáceos. Bien la bodega que visitamos, de González Byass, con una guía mu flamenca, pero imperdonable que el vino de cortesía no lo sirviera un venenciador; bien el espectáculo ‘Como bailan los caballos andaluces’, algo largo y reiterativo para el que no es experto en doma; bien el paseo por el Guadalquivir y el desembarco en Doñana. No tan bien, que los viajeros no puedan conocer nada de los cascos antiguos de Jerez y Sanlúcar, ni siquiera una panorámica ¡Pero claro, quién critica nada con esa hermosura de gambas!

Un venado se divisa entre los pinos del Coto, desde el barco

Para mí fue el final del viaje. Me tuve que bajar en marcha, como quien dice, y me perdí la fiesta de la noche en Jerez, con sorpresas y bailes, y la mañana siguiente en Sevilla, término de la expedición. Eso me perdí, pero gané un montón de conocidos, y puede que algún amigo en estos cinco días. Y una experiencia muy agradable, a bordo de un tren que parece circular por vías paralelas a la realidad, a un ritmo propio y apropiado.

El barco y el impresionante estuario del Guadalquivir.

Cádiz es para respirar

Ulyfox | 27 de abril de 2012 a las 1:25

La única foto que pudimos tomar en Cádiz, playa de la Caleta

Es verdad que hay mil sitios tan bonitos como Cádiz, muchos de ellos incluso más bonitos, pero eso no es excusa para que el Tren Al Andalus se limite a una fugaz pasada por la trimilenaria ciudad. No puede ser, no puede ser. Del grupo de periodistas que viajábamos en el convoy sólo tres éramos gaditanos, y estábamos ya nerviosos mientras nos acercábamos después de una larga jornada, primero desde Granada y luego desde Ronda. Los del Tren van a tener un problema con esta etapa. Se llega demasiado tarde y lentamente a Cádiz, dejando pasar a los cercanías y aguantando obras de la vía, y la Tacita parece que nunca aparecerá por la ventanilla. Y al final, no da tiempo de nada.

Es verdad que la entrada ya desde Puerto Real y el paso por San Fernando, entre salinas y reflejos dorados de la tarde es hermosa, la travesía del istmo entre la Isla y Cádiz, con el mar a ambos lados, es un soplo de aire después de cuatro días de serranías y olivares, un agradable chorro de luz atlántica y olor casi americano que ni los que llevamos años sintiendo podemos atravesar indiferentes. Es verdad, y tanto, que al cabo del tómbolo aparece la promesa de Cádiz, pero la tarde va cayendo y no terminamos de llegar, y ya corremos a la salida del tren y embocamos el autobús, y enfilamos el Campo del Sur, y da apenas tiempo de que la guía, Rosa, cuente un somero resumen de esto, al paso del Teatro Romano, la Catedral, Capuchinos ¡la Caleta! Y una parada apresurada a petición del público, que ve como la tarde se rosea y no vamos a tener tiempo de atraparlo en nuestras cámaras. ¡Oh! ¿esta playa como se llama? ¿y los castillos? ¿y Gibraltar para dónde está? Demasiadas preguntas que espero que alguien conteste a los turistas que vengan pagando de verdad con el cariño que intentamos poner los gaditanos de a bordo.

¿Podemos ir al Manteca? Imposible, no hay tiempo. Las obras ni siquiera han permitido que nos acerquemos a la Alameda de Apodaca. Vamos ya camino de la cena en El Faro, a ritmo de suspiro, para que la gente caiga rendida a las tortillas de camarones y el cazón en adobo, y para que la conversación gire en torno a pescados y Carnaval. Propongo que volvamos andando al tren, hay tiempo, y así al menos recorremos y pasamos cerca del Falla, San Antonio, la calle Ancha, Catedral, el Pópulo, San Juan de Dios. No hubo manera, la organización es implacable y los guías no quieren perder de vista a nadie, porque el tren tiene que partir a su hora. Hay tiempo de sobra, indico, Cádiz es muy chico, llegamos en seguida. Nanay. Bueno, otra vez será, me pongo a disposición del que quiera venir con más tiempo. De verdad que hay más cosas, de verdad que se puede ver, por ejemplo el Oratorio de San Felipe, con su estupenda restauración, y revivir las sesiones de los diputados a las Cortes mientras a lo lejos sonaban las bombas de los franceses. De verdad, de verdad que me ofrezco a mostrárselo al que quiera, por favor, venir. Que el Tren se detenga, que respire, que los viajeros agradecerán el respiro, que el suspiro ya se les escapará de todas maneras. Que aquí estamos, señores del Tren Al Andalus, para lo que quieran. Que Cádiz será, sin proponérselo, la gran sorpresa de este circuito. Pero den tiempo para respirar.

El Pasmo de Ronda

Ulyfox | 24 de abril de 2012 a las 12:47

Pedro, en plena actuación en Ronda

No tengo ni idea de cómo una persona decide hacerse guía de turismo, ni cómo logra trabajar en eso. Es un mundo ciertamente amplio, tanto como la condición humana. Despertaba el cuarto día de viaje y el tren Al Andalus había salido muy temprano desde Granada. Ya traqueteábamos hacia Ronda mientras desayunábamos, sin saber, sin sospechar siquiera, que en la ciudad del Tajo nos esperaba uno de esos guías inclasificables. En nuestros andares por el mundo, hace mucho tiempo que Pe y yo no utilizamos regularmente los servicios de uno de estos cicerones, acostumbrados como estamos a ir por nuestra cuenta. Pero recordamos algunos especialmente: aquella mulata de nuestra primera salida, que nos acompañó por toda Cuba; un joven muy culto por tierras nórdicas; otro desenvuelto y acaparador de comisiones en comercios en Italia; Mohamed, nuestro guía exclusivo en el crucero por el Nilo. El guía puede ser solícito y comprensivo o tirano, dárselas de gracioso o de entendido, llevarte por los lugares interesantes o por los comercios donde saca más comisión. Son importantes porque estamos en sus manos cuando transitamos caminos desconocidos.

El bello entorno de Ronda

El de Ronda se llama Pedro, y es de los que aman sentirse protagonistas. Queriendo o no, su personalidad se elevó por encima de lo que mostraba, de las múltiples bellezas de la ciudad serrana. El tono anacrónico y trasnochado de sus comentarios sobre Franco, los legionarios, los moros y naturalmente las mujeres, salpicados continuamente con un “je, je” irónico, se impusieron sobre la espectacularidad del Puente Nuevo, lo evocador de la trama urbana y la mezcla a veces sangrienta a veces armónica de tantas civilizaciones como han pasado por esta antigua localidad.

El Puente Nuevo, en el Tajo de Ronda, postal típica de la ciudad.

Estamos en manos de los guías, y Pedro nos pareció que las tenía demasiado ásperas. Buena parte de nuestra casa, en forma de sillones y vitrina, y hasta un hermoso caballa tallado en madera, fue adquirida en varios viajes ilusionados a Ronda, por lo que es fácil deducir que parte también de nuestro corazón está en en ese lugar. Pero esta vez, el grupo no pudo conocer bien su latido, porque la visita fue también demasiado somera, tal vez lastrada por lo intenso de la jornada en el tren Al Andalus, que debía llegar por la tarde a Cádiz, pero eso ya es otra historia.

El grupo, en manos de Pedro por las calles de Ronda.

El recuperado prestigio de Al Andalus

Ulyfox | 22 de abril de 2012 a las 2:11

¿Quién diría que Granada estuvo abandonada durante siglos después de ser la deseada última joya que se arrebató a los musulmanes? ¿Quién se atrevería a creerlo después de que los Reyes Católicos pidieran y consiguieran ser enterrados en ella, y de que su nieto Carlos V lo pidiera y no lo consiguiera? Nos parece increíble que durante un largo periodo el bello conjunto de castillos, palacios y huertas que fue la Alhambra estuviera habitado por gente de toda condición, hasta que la llegada de los viajeros románticos en el XIX, con el norteamericano Washington Irving a la cabeza, consiguiera que los ojos de todo el mundo se volvieran hacia ella y se iniciara un proceso que devolvió al Castillo Rojo y con él a Granada su merecida consideración.

El barrio del Albaycín, visto desde la Alhambra.

Aprendemos o refrescamos todo esto cuando iniciamos el tercer día a bordo del Tren Al Andalus. Impresionados por el sorprendente aspecto blanco de Sierra Nevada, cubierta de nieve a destiempo, y aún rondando por nuestra cabeza el relato hilado sin dudar por Andrea en Baeza y Úbeda, nos encontramos a la puerta de la Alhambra con auriculares en la cabeza y escuchando a nuestra nueva guía, una suave granadina de melena corta, guapa de cara y cuerpo pequeño que calza unos feísimos zapatos anatómicos que deben de ser comodísimos para hacer su trabajo. Nos lleva por una desconocida Ruta del Agua en busca y explicación de tanta riqueza líquida, canales, fuentes y estanques como tiene el conjunto.  Y nos cuenta el secreto: el agua, siempre a ras de tierra o por debajo de ella. A mí se me hace un poco larga la visita, la verdad, pero no a todo el mundo. Espero ver los palacios nazaríes, y accedemos a ellos de manera exclusiva por la llamada Escalera del Tiempo, puesto que va desde el palacio renacentista que Carlos V se hizo construir y nunca habitó hasta el interior de los aposentos de los reyes árabes de Granada. Y en cambio el recorrido por estas estancias es demasiado rápido y poco explicativo.

El patio de los Leones, en obras.

No es la primera vez que visito la Alhambra, me falta que me cuenten historias maravillosas o detalles artísticos, y no me gusta estar rodeado de coreanos gritones o españoles graciosos. Y estoy bastante rodeado. Para colmo, la joya del recinto, el maravilloso Patio de los Leones, está levantado y habitado por operarios y andamios.

Un turista descansa a las puertas del Palacio de Carlos V en la Alhambra.

El ya largo recorrido tiene un descanso en la comida del Parador de la Alhambra, previsible baño en la gastronomía granadina. Pero, de nuevo, no hay reposo posible. No hablemos ya de siesta. Toca otra entusiasta guía, histriónica y efectista que nos lleva por la Capilla Real con historias de moros y cristianos, llamativa pero instruida, y confieso que logra interesarme por la capilla central de la Catedral granadina, impactante y maravillosa obra de Diego de Siloé, dorada y colorida genialidad en un entorno enorme, anodino y blanco. No me gusta nada, en cambio, el paseo por el mercado de la Alcaicería, un pastiche de zoco, lleno de vendedores marroquíes.

El salón de los Abencerrajes, una admirable dependencia de la Alhambra.

El día no iba mal. Casi logramos ver como el atardecer dora el perfil de la Alhambra desde el Mirador de San Nicolás, y la comida en el restaurante del mismo nombre permite descubrir afinidades y paralelismos personales imprevistos con Jose, y discordancias futbolísticas insalvables con Román, dos catalanes muy diferentes. Román se empeña en chanzas sobre el resultado del Madrid en Munich, y yo me limito a pedirle prudencia para el partido del día siguiente del Barça. Me salió de profeta.

La capilla central de la Catedral de Granada, monumental obra de Diego de Siloé.

El día no iba mal, ya lo he dicho, pero salimos como siempre corriendo de la cena para nada. Para nada del flamenco que habían prometido. El tablado Albaycín, donde nos llevaron para asistir a un espectáculo como el que yo me había temido. Mucho turismo igual a poco arte es el axioma. No sé si lo hicieron bien, a excepción de la escéptica cantaora de la izquierda, que en un cortito verso demostró que tiene una voz tocada por los dioses. Los bailaores eran esforzados y sufridos, pero lo que no tiene perdón es esa guapa morena, bien proporcionada para ser imperfecta, que salió a ejecutar la danza del vientre y luego un dúo con el bailaor ¿Flamenco?

El Tren Al Andalus, en la estación de Granada, con Sierra Nevada al fondo.

Menos mal, en el tren nos esperaba el agradable bar y los serviciales camareros del Tren Al Andalus, de nuevo las confidencias y susurros y el cóctel de moda, el gin tonic. Ese momento suele ser el mejor del día.