Crónicas desde el Paraíso (II). Un castillo, vino y muchas flores

Ulyfox | 22 de septiembre de 2015 a las 0:25

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

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Haut Koenigsbourg debería, por ese nombre, estar en Alemania. Y casi está. Desde su imponente altura, ese castillo está en Alsacia, es decir, en esa frontera francoalemana que tantas veces ha cambiado de nacionalidad a lo largo de la historia. Fue nuestra primera excursión, al día siguiente de llegar a ese paraíso de la civilización occidental. Y el castillo realmente impresiona, domina todo el paisaje hasta bien entrada Alemania, reinando sobre un montón de pueblecitos con nombres igualmente alemanes y rodeados por hectáreas y hectáreas de viñas.

El castillo en su paisaje.

El castillo en su paisaje.

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

 

Según parece, la bella fortaleza es una de las más visitadas de Francia. Efectivamente, estaba asediado cuando fuimos, pero no por huestes enemigas sino por centenares de coches y autocares aparcados en las cuestas que llevan hasta ella. Los franceses tuvieron suerte con este castillo. Aunque fue famoso e inexpugnable durante la Edad Media, en el siglo XIX era sólo una gloriosa ruina. Por allí acertó a pasar el káiser Guillermo III y los lugareños le convencieron de que pusiera dinero para restaurarlo. El castillo renació como gran monumento alemán, símbolo del poderío germánico. Pero, las cosas de la vida, poco después Alsacia pasó a ser francesa y ahora son los descendientes de los galos los que cobran la entrada.

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Pueblos y viñas desde el castillo.

Pueblos y viñas desde el castillo.

La visita merece la pena. La restauración está hecha con mucho gusto y el monumento se recorre con comodidad. Además, las vistas son impresionantes. Nos tocó además un día brillante, extrañamente caluroso en este centro, casi norte, de Europa. Familias y familias recorrían el castillo en ese domingo de final de agosto. En realidad, nosotros estábamos deseosos de bajar al pueblo justo debajo, Saint Hypolite, y probar su famoso rouge, es decir su vino tinto, un pinot noir muy afamado. No nos pareció para tanto, aunque estaba bueno. La comida, uno de los platos típicos de Alsacia, el backeoffe  o algo así, trozos de carne cocida con algunas verduras: bueeeno… No, no es la comida la baza fuerte de esta tierra de excelentes vinos blancos.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

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Saint Hypolite, en cambio, empezó a descubrirnos las bellezas de esos pueblos pequeñísimos, casi aldeas, que se cruzan en un minuto en coche por una carretera bordeada de flores. Nos pareció bonito, pero después comprobamos que no era ni siquiera una pequeña muestra del catálogo de municipios adornados y bellos hasta la extenuación que nos esperaba.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

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La primera parada de esas sorpresas, que iban creciendo en admiración, fue Bergheim. Una muralla con una puerta que ya sólo es testimonial pero que conserva su poder simbólico, calles adoquinadas, y empieza el desfile de casas con entramados de madera a la vista y fachadas pintadas de colores. Ya sabéis, esas que sólo hemos visto en películas e ilustraciones de los cuentos de los hermanos Grimm.

Ribeauvillé, la primera explosión...

Ribeauvillé, la primera explosión…

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La culminación del día fue Ribeauvillé, la primera explosión de fachadas: una larga calle principal llamada de manera poco original Grand Rue, y flanqueada de casas de antiguos y ricos comerciantes, decenas de tiendas de vinos, cada una de las cuales tiene su propia viña y su bodega, exhibiendo escaparates tentadores de botellas de riesling, muscat, gewurztraminer, pinot blanc, pinot gris, sylvaner… las exquisitas uvas de estas tierras.. Y no podernos llevar ninguna por culpa de las distancias, la duración del viaje, las limitaciones a los líquidos en los aviones…

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Recorrimos la calle admirados a cada paso por los detalles, las maderas, los adornos, los rótulos. Y todo tan limpio, y todo tan ordenado, y todo tan exquisito, y todo tan conjuntado. Tal vez la máxima expresión de la Europa rica que, teniendo tiempo y dinero, se dedica a ponerse guapa.

Crónicas desde el Paraíso (I)

Ulyfox | 9 de septiembre de 2015 a las 0:02

La Pequeña Venecia de Colmar.

La Pequeña Venecia de Colmar.

Sí, nosotros conseguimos llegar. Claro, en clase turista y en vuelo low cost. Pero logramos llegar sin problemas, de ida y vuelta, a esto que es el Paraíso que tanta gente sueña y tantos ven perder entre las aguas de un mar que tendría que haberse dejado de llamar hace tiempo Nostrum. Quizá sea la imagen soñada que ven por última vez cuando se hunden. Aquí está: la Europa aseada y limpia, próspera, bellísima hasta rozar lo perfecto. El culmen, tal vez, del sueño europeo. Del Norte, claro. Esto, esto que se aparece ante nuestros ojos es lo que cualquiera desearía, también nosotros desde nuestro Sur que no sabe o no quiere o no puede o no lo dejan ser Norte.

El rótulo de un restaurante en Colmar

El rótulo de un restaurante en Colmar

 

¡Dios! (es una interjección hecha, una expresión no sentida) !Qué bonito es esto! Sí, llegamos a Colmar, capital sentimental del Alto Rin francés, en esta Alsacia de bandera francesa pero en la que casi todos los pueblos tienen nombres, aspecto y aires alemanes, lo que al final testimonia una historia de batallas y sangre. Colmar fue nuestro centro de operaciones en esta parte del Paraíso europeo. Una ciudad aparentemente feliz, como toda la región, con plazas pequeñas llenas de casas con tejados y entramados de madera al descubierto, con estatuas pequeñas sobre columnas, con los barrios y calles divididos por gremios, los pescaderos, los curtidores, los comerciantes, los cazadores… con un canal ideal para que los edificios de colores asomen su belleza al agua en un barrio al que han dado en llamar, no muy originalmente, la Pequeña Venecia.

Colores y entramados de madera en las casas.

Colores y entramados de madera en las casas.

Esquinas hermosísimas.

Esquinas hermosísimas.

¿Véis?

¿Véis?

 

Ya veis lo civilizado que es este paraíso. Se ve que aquí sólo llegan los buenos. No se conforman con ser bonitos. Aquí los pueblos compiten ahora por cuál tiene más flores y mejor dispuestas. Es la red de ‘ciudades florecidas’ o ‘villages fleuris”.  No sé cuántos cientos de miles de geranios hay en los balcones de la región. Pero creo que la de jardinero es una profesión bien vista aquí.

La Casa Pfister, uno de los emblemas de Colmar.

La Casa Pfister, uno de los emblemas de Colmar.

Flores y colores.

Flores y colores.

Colmar lo tiene todo, incluso una gran tienda Fnac y festival de jazz. Y la impresión que da es que la gente es feliz, trabaja sus horas marcadas y tienen sus derechos en regla. Además, cultivan un vino excelente, realmente maravilloso, y las viñas rodean y adornan las afueras de los pueblos. Blancos exquisitos: riesling, gewurztraminer, pinot blanc, pinot gris, silvaner… yo qué sé, nada parecido a lo que bebemos por España. O a lo que yo he bebido. Explosiones de sabores y aromas, que los expertos sabrán explicar. No muramos de envidia aún: en comida les ganamos de calle los del Sur. Con decir que la estrella de los platos tradicionales es el chucrut: col fermentada acompañada de una especie de pringá más bien seca…

más...

más…

Pero es bella Colmar, muy bella… Claro, quién no querría vivir en este paraíso… Pienso: cuánto tiempo libre hay que tener para dedicarse a estos jardines. Y cómo la historia cambia. No hace tanto tiempo por aquí discurrrían líneas de trincheras. Hoy hay mercadillos, bicicletas, flores… casas con nombres de familias de comerciantes, prosperidad. El sueño europeo civilizado. Una excelente llegada

En el centro de Colmar.

En el centro de Colmar.

 

Tal vez debería dejarlo

Ulyfox | 2 de septiembre de 2015 a las 23:36

En Alsacia, un mundo perfecto de puentes, canales, casas con entramados y colores, pueblos que disputan el título de mejor adorno con flores, que cuentan las variedades vinícolas por uvas y añadas, que desvían ríos para tener su propio cauce por el centro del pueblo, que rotulan las tiendas con carteles de hierro forjado y polícromo, que exponen escaparates con productos totalmente innecesarios de cientos de euros, desde el epicentro del buen gusto francés, del orgullo de los logros europeos, recibo la noticia y veo la foto del niño muerto en la playa turca tras intentar pasar a Europa huyendo de la muerte. Y lloro, aunque mañana seguiré bebiendo los excelsos blancos de esta tierra, esta sí, bendecida por dios.

Y viendo qué tipos de viajes mortales se ve forzada a hacer la gente, tal vez es llegado el momento de dejar de contar los placeres del viaje que es nuestro gusto, tal vez debería dejar de contarlos, como no se cuenta en público lo que debería avergonzar. ¿Queremos seguir así? ¿de verdad Europa y los europeos quieren seguir así?

Esto va mal. Dios se ha confundido. Y los hombres le seguimos la corriente. Vamos a morir todos de inmoralidad y culpa.

Una velada de conversación

Ulyfox | 26 de agosto de 2015 a las 13:25

Leyendo a Varoufakis en la playa de Triopetra.

Leyendo a Varoufakis en la playa de Triopetra.

 

El sueño inevitable me vino bien. Era el efecto de una noche de viaje desde España hasta Creta, con un ineficaz somnífero que no me hizo dormir en el avión y, en cambio, me persiguió con su efecto durante toda la mañana. Pero la cama del Notos Hotel me sentó bien. Aún no recuperado del todo pero decidido a aprovechar el luminoso día, me pertreché con los avíos de playa, y nos dirigimos hacia la grande de Triópetra, una extensión de orilla de guijarros donde las olas rompían con fuerza y donde se asentaba una taberna con comida cretense. Pocas cosas más hacen falta para lograr la felicidad momentánea. Nos agradó además ese aire de fin del mundo que tiene esta zona de Creta, solitaria y arisca de acceder, pero salpicada como sin querer de gente dispuesta a hacerte pasar un buen rato con su conversación, su comida o sus consejos.

En la misma playa se encuentra la taberna Girogiali, que creo recordar tenía también apartamentos o habitaciones. Como suele ocurrir por esta hospitalaria isla, la taberna tiene tumbonas y sombrillas a disposición de sus clientes, y a eso nos acogimos. Almorzamos bastante bien allí y dormimos la siesta en las tumbonas como es preceptivo, hasta que se hizo la hora de buscar las alturas del hotel, dominando el mar, saludando a un tipo de clientes que parecían asiduos amantes de la tranquilidad, personas que se asentaban allí durante algunas semanas tal vez, para hacer excursiones exploratorias de la isla.

La taberna Filenia, en las alturas de Triopetra.

La taberna Filenia, en las alturas de Triopetra.

Lo mejor vino por la noche. Por la mañana, poco antes de llegar a nuestro destino, habíamos divisado al pasar una taberna al pie de la carretera que a Penélope le dio buena pinta. Filenia es su nombre, y de verdad, si alguna vez caéis por Creta, cosa que deberíais hacer si os queréis, haced lo posible : http://www.fileniatriopetra.gr/en/ . Como tengo la buena costumbre de fiarme de su instinto, montamos en el coche casi de anochecida y anduvimos un par de kilómetros cuesta arriba. Y como estábamos en Creta, lo aparcamos donde quisimos y empezamos una velada agradable que comenzó con aceitunas y vino ecológico y acabó con generosa ración de raki ofrecida por el atento y conversador Andonis con el acompañamiento de su mujer Irini, la cocinera. Política, economía, Varufakis admirado por él, Tsipras, música cretense, comida fueron los temas de conversación de una larga charla amistosa y sonriente, como es tan usual en esta parte humana del mundo. Andonis nos recomendó un libro de Varufakis, y resultó que era el mismo que nos habíamos llevado para leer en estas mismas vacaciones, lo que nos dio para risas y coincidencias. Y allí dejamos nuestra firma, literalmente, en el libro de visitas, reconciliados con nosotros mismos y con el mundo.

El viaje necesario

Ulyfox | 17 de agosto de 2015 a las 13:33

El amanecer cretense sobre el Mar de Libia, con los islotes Paximadia al fondo.

El amanecer cretense sobre el Mar de Libia, con los islotes Paximadia al fondo.

Primera imagen de las playas de Triópetra, aún dormidas...

Primera imagen de las playas de Triópetra, aún dormidas…

Esta vez era necesario. De esa necesidad que te acucia y te va dando órdenes en la oreja y toquecitos en el hombro para recordártelo. Sí, necesitábamos volver a Creta. El que ha sentido ese deseo por lo que sea sabe lo que digo. Notábamos la necesidad del viaje como uno anhela el puerto refugio o la sombra de un árbol. Seguro que la tormenta no era para tanto, que el mar no estaba tan encrespado o que el calor no era tan mortal, pero sabíamos que ese respiro nos hacía falta.

Triópetra (tres piedras) desde el otro lado, la playa de guijarros.

Triópetra (tres piedras) desde el otro lado, la playa de guijarros, en torno a las siete.

Así que tomamos dos aviones, Sevilla-Barcelona y Barcelona-Heraklion y nos plantamos en Creta hace ya dos largos meses. Muy temprano, a eso de las cuatro y media de la mañana, sin dormir nada, claro, estábamos en la isla. En el aeropuerto nos esperaba el empleado de la compañía de alquiler de coches con el vehículo a nuestra disposición. Un papeleo rápido, una pequeña aclaración sobre el precio final del vehículo, una minicharla sobre la situación política y económica de Grecia y ya estábamos en marcha bajo las estrellas, intuyendo el mar a nuestra derecha, luego ya distinguiendo a nuestra izquierda la silueta del monte Psiloritis conforme avanzaba el alba. Todo tan familiar… Sólo nos hacía falta un café y quizá algo de desayunar. Pero nada había abierto en la carretera.

A la altura de Rethimnon, dejamos la costa hacia el interior. Nuestro primer destino era Triópetra, en la costa sur. Teníamos que atravesar la isla. Y confiábamos: tal vez, seguramente, podríamos hacer un alto en Spili, la del agua abundante que mana por la fuente veneciana de 19 cabezas de león. Tal vez allí podríamos hacer ese desayuno reparador. Nada de eso. Era aún demasiado temprano, y ese pueblo de montaña, lleno durante el día de autocares y turistas, era aún un lugar dormido que atravesamos en silencio y frustrados. Aún no eran las siete cuando divisamos, con la primera luz del día, la línea del Mar de Libia, rosada y con el perfil difuso de los islotes llamados Paximadia. Más lejos aún, se podía adivinar la isla de Gavdos, último territorio europeo al sur. Bellísima vista, que aminoraba pero no eliminaba el hambre.

Mar poderoso...

Mar poderoso…

... y costa escarpada en el sur de Creta.

… y costa escarpada en el sur de Creta.

Cerca de la playa de Triópetra, solitaria y hermosa a esa hora, está el hotel Notos, donde habíamos reservado la primera noche. Y a esa hora, también sin señales de vida. Tocaba entonces acercarse a la orilla para hacer tiempo. Hermosas fotos, bellísima luz del amanecer. Decidimos intentarlo en un establecimiento familiar sobre la misma playa, la Taverna Pension Pavlos, donde tras un par de vueltas pudimos por fin desayunar, y establecer nuestra primera conversación de intentos en griego. Es un establecimiento muy sencillo, básico diría yo, en el que habíamos querido reservar habitación esa noche pero estaba lleno. Los clientes rubios que a esa hora empezaban a bajar a desayunar semejaban personas felices con el día por delante, tal vez con muchas horas de playa y alguna de yoga al atardecer. Este rincón de Creta tiene precisamente fama de lugar ideal para esa práctica, y se anuncian en internet: https://www.facebook.com/pages/Triopetra-Beach-Taverna-Pension-Pavlos/128283923870411.

Primer desayuno en Creta. Por fin.

Primer desayuno en Creta. Por fin.

Puede que fuera esa atmósfera, pero yo diría que fue el cansancio, porque después del desayuno me acometió el sueño de tal manera que fue obligatoria y rotundamente inevitable la cabezada profunda en el Notos, nada más tomar posesión de nuestra habitación. Tanto que se puede decir que la estancia en Creta no empezó hasta dos horas después, cuando volví a la vida. Así que ya hablaremos sobre eso.

 

El jardín y la vista del Notos Hotel, poco antes del sueño.

El jardín y la vista del Notos Hotel, poco antes del sueño.

Y no estaba muerto

Ulyfox | 2 de agosto de 2015 a las 22:35

En la bahía de Loutro, uno de nuestros paraísos cretenses, hace algo más de un mes.

En la bahía de Loutro, uno de nuestros paraísos cretenses, hace algo más de un mes.

No, no, ni tampoco de parranda, ni tomando cañas aunque sí unas pocas con amigos y amados, algunos las dos cosas. Pero sí, este blog ha estado más tiempo del debido como muerto casi dos meses. Pero no muerto.

Un cúmulo de circunstancias, como se decía antes, llamadas trabajo pero también vacaciones, pero sobre todo mucho trabajo. Muchos no lo sabréis, pero en junio, a finales de mes, volvimos a Creta. Diez días de reencuentro con nosotros mismos, con amigos, con el paisaje y el paisanaje de nuestra querida Creta, con algún pequeño descubrimiento de los que siempre guarda. Allí, la buena vida y el dolce far niente nos llevaron por la senda de la inactividad. Los días sólo dieron para paseos, encuentros, baños, comidas, siestas… y encima la comunicación de internet no fue demasiado bien.

Vale, y a la vuelta ocurrió lo que está ocurriendo en los últimos tiempos, que el verano se está convirtiendo en algo muy duro en los centros de trabajo. O sea, que el blog estaba muy débil… pero no muerto. También han pasado cosas agradables por el camino, como la boda de unos amigos, el premio Cádiz de Periodismo que nos dieron por este reportaje tan emocionante (porque a mí me emocionó y creo que a muchos). Os lo enlazo por si no llegasteis a leerlo:  http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1973166/miedo/nunca/muere.html

Así que hemos hecho un esfuerzo y hemos vuelto a sacar la cabeza. Y tal vez podamos poco a poco retomar este contacto que tanto echo de menos, como espero que hagáis también vosotros.

Premio a un recuerdo

Ulyfox | 10 de junio de 2015 a las 13:04

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

Le acaban de dar el premio Princesa de Asturias a un recuerdo mío. Dicen Leonardo Padura y viajo de pronto a un lugar que no tiene nada que ver con Cuba, ni con México ni con Rusia. Tiene más que ver con el Imperio romano. Fue una noche de otoño hace más de tres años cuando conocí a Padura, una noche en la que andaba vagando por Mérida en busca de una lectura que compensara mis olvidos. Entonces dimos con la librería Punto Aparte, abierta milagrosamente cerca de las nueve. Su amabilísima y dispuesta propietaria me recomendó El hombre que amaba a los perros, del ahora premiado, y nunca se lo agradeceré bastante. Porque ayudó en las noches de aquel viaje y porque me descubrió al autor. Un libro delicadísimo y a medias entre la ficción y la historia, con el asesinato de Trotsky de fondo, que en realidad es la vida de su asesino Ramón Mercader. Gracias a aquella librera por el libro, y al jurado del Princesa de Asturias por el recuerdo.

 

Un pequeño lugar fundamental

Ulyfox | 27 de mayo de 2015 a las 12:56

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Sí, la Historia, así con mayúsculas, muchas veces requiere de circunstancias, lugares o acontecimientos minúsculos. Me vienen a la mente sitios como el rincón lleno de maleza donde apareció la Venus en Milo; la habitación pequeña en la que nació Isabel la Católica, el teatrito isleño donde empezaron las Cortes, una colina ateniense que alumbró la democracia, la imprenta donde se editó el Quijote en Madrid, la casita donde nació Kafka en Praga, una roca en Quíos donde supuestamente enseñaba Homero, la plaza de La Bastilla en París, el aula donde enseñaba Machado en Baeza, o esa cueva en Patmos donde San Juan alucinó tanto que escribió el Apocalipsis…

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

Nosotros hemos conocido, hace sólo unos días (bueno, Penélope ya lo conocía) uno de esos lugares pequeños donde ocurren cosas fundamentales: La Rábida. Ya lo sabéis todos, ese convento franciscano donde Cristóbal Colón encontró refugio para su cansancio y sus ideas en los brazos y las mentes entregadas de sus moradores, que al final fueron sus principales valedores, con Antonio de Marchena a la cabeza, para que pudiera convencer a los Reyes Católicos con sus no tan locas ideas acerca de las Indias, la redondez de la tierra y esos viajes fantásticos a mundos sólo imaginados.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El lugar está cuidado, muy cuidado, y rebosante de sensaciones. Tal vez demasiado limpio para que el visitante pueda sentir el paso y el peso de la historia. Alguna telaraña evocadora, alguna losa desgastada que evocara cansados o pertinaces paseos, alguna huella de humedad venida de la imponente marisma o traída en alguna de las carabelas de allende los mares, algún desconchón en las blancas o rosas paredes, por no hablar de algún aroma de cocina de puchero conventual, le vendrían bien al propósito de situar al visitante en aquel momento crucial de la historia de España y del mundo. Sí queda en cambio claro que aquella gesta increíble, grandiosa, comparable a pocas en el devenir de las relaciones planetarias, tuvo su origen en un humilde rincón andaluz, de cal, ladrillo y canto, como uniendo todas las culturas que en la península habitaron. No hay allí, ni lo había, lujos ni grandes salones regios. Tampoco los había en todo el Reino, aún heredero de una pobre alcurnia castellana y antes de que los oros de América inundaran este lado del Atlántico. El monasterio se puede visitar casi como el que visita un cortijo, con dos sencillos y hermosos claustros, que aquí es solo el pomposo nombre que los monjes dan a sus patios. La audioguía que te dan con la entrada te ambienta con su música antigua y te ayuda a comprender el momento histórico, y todo transcurre plácido, como un cuento que sabemos que no tuvo un final feliz.

 

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Me gustaron especialmente los claustros (siempre me enamoran estos espacios abiertos pero cerrados, debe de ser el alma de monje no consumado que me acompaña) y el emplazamiento en la colina, sobre las marismas, como un símbolo inevitable de encuentro y partida de horizontes abiertos. No me emocionarion los frescos del pintor Daniel Vázquez Díaz. Al exterior quizá le sobra el aire conmemorativo que se le ha querido dar, incluyendo esa columna tan alta. Tal vez habría sido más acertado acentuar lo pequeño, o más bien la paradoja que supone que algo tan grande viniera a ser concebido en este rincón. Le pegaba más, creo yo, el espíritu poético de que el visitante tuviera que buscar el convento en un paraje humilde y escondido. Cosas mías.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

Luego, sí, cumplimos con el rito de visitar las tres carabelas, que no pueden quitarse de encima ese aspecto de réplica pero cumplen también su función didáctica y, por qué no, turística. El paisaje marismeño se ve a lo lejos perturbado por las evidencias industriales y portuarias, pero eso ya…

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

Qué se nos ha perdido en Huelva

Ulyfox | 20 de mayo de 2015 a las 13:50

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

 

La verdad es que pensábamos que nada se nos había perdido en Huelva. Es más, amigos y compañeros siempre nos han dicho que no nos perdemos nada, cuando hasta hace poco comentábamos que no habíamos estado nunca, que era de los pocos lugares que no conocíamos. Si acaso, de paso hacia Portugal, alguna parada en la Sierra, en una cafetería de autovía, hace tantísimos años en Ayamonte poco antes de tomar la barca para cruzar hacia Vilareal de Santo Antonio cuando era el único medio de hacerlo. Así que eso pensábamos también, que nada había que lamentar por no haber estado nunca en Huelva. Pero si os soy sincero, últimamente barruntaba que ciertos paisajes, ciertos horizontes de arenas y marismas me habrían de gustar, y, por supuesto, ciertos moluscos y crustáceos de fama mundial.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

 

Así que a este reclamo por fin decidimos acudir hace un par de semanas, y reservamos dos noches de hotel en Isla Cristina, que da nombre a pesquerías, conservas y especies marinas de prestigio. El objetivo gastronómico estaba claro. El Barceló Isla Cristina no nos decepcionó, si entendemos por esto que era justamente lo que esperábamos: un lugar pensado y realizado para vacaciones en familia, todo incluido con piscinas rebosantes, actuaciones toda la tarde y animación del tipo que no decaiga y que los niños no se aburran mientras los padres pueden vigilar desde sus mesas, o ni vigilar siquiera, que eso queda en manos de los animosos monitores. No precisamente indicado para nuestros gustos, pero apto por limpieza, servicios y ubicación. Olvídense del encanto.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Isla Cristina se nos reveló como un lugar conocido, como otros pueblos marineros de nuestra zona, pero con la fortuna de contar aún con una importante actividad pesquera. De hecho es la primera flota de Andalucía en su género. Y eso se agradece en las cocinas, en los bares y en los restaurantes. El casco urbano presenta la esperable anarquía del centro y la en cierta forma artificial ordenación de las afueras. Limpio, sí, y lleno de luz como corresponde a la Costa en la que está enclavado. Sus muelles sorprende por la acumulación de barcos con olor a faena. Paseamos un rato, pasando antes por la lejana y arenosa playa, en un paisaje de ríos, caños, esteros y salinas muy familiar para dos nativos de San Fernando. Desembocamos en la plaza de las Flores, pequeña, pueblerina y con niños jugando. Tomamos una cerveza en la terraza del Casino, con un espacio interior de aire antiguo claramente desaprovechado. La noche fue la búsqueda del producto local, y tenemos que decir que acertamos plenamente con la recomendación de una de las recepcionistas del hotel. No muy lejos, un restaurante sin muchas pretensiones, el Aqua, nos deleitó con unas gambas muy frescas, unas coquinas sabrosas aunque algo arenosas, y unas pijotas de hacerles reverencias. El buen vino del Condado, en este caso Marieta, acompañó todo a la perfección. Excelente.

En el muelle de la Isla del Moral.

En el muelle de la Isla del Moral.

La mañana del segundo día tuvo un objetivo casi idéntico: a la búsqueda de mojama y atún de la conservera local Usisa y un salto a mediodía hacia la Isla del Moral, un poblado de pescadores al otro lado del río Carreras, un agradable paseo que se hace a bordo de un gracioso barco de nombre más bien pretencioso: ‘Ferry’ El Pelón. En diez minutos estábamos en el otro lado. Con calor y a pie nos acercamos al poblado, un conjunto de casas y restaurantes de pescados. Esta vez cayó un arroz caldoso a la marinera, con un preludio de las inevitables y amistosas coquinas (gordas y fresquísimas) y una pimentá con melva. Más vino del Condado y más gracias a la vida por la comida a un precio más que aceptable en El Chiringuito III.

Regreso y conversación en el 'ferry' el Pelón.

Regreso y conversación en el ‘ferry’ el Pelón.

La vuelta dio para una animada aunque resignadamente tópica conversación sobre esa situación que Rajoy no ve con uno de los pasajeros, camarero de uno de los chiringuitos, de regreso a su casa tras la faena, y que también le pega al flamenquito y al Carnaval.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

El día acabó sin más historia con una cena en el bar Cristina, a base de ya imagináis qué. Y con la conclusión de que, desde luego, sí nos habíamos estado perdiendo algo por no conocer Huelva. Quién sabe, es probable que repitamos con algún otro pueblo no muy tarde. Por si hubiera algo más que pudiéramos encontrar sin haberlo perdido.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

 

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

La causa de tanta riqueza.

La causa de tanta riqueza.

A por atún y a ver Trapani

Ulyfox | 12 de mayo de 2015 a las 13:20

Vuelvo a Sicilia ahora, a destiempo y recuperando imágenes y palabras que extravié durante varios meses, por unas palabras de las viajeras Tamara, Bea y Mariángeles. Estuvieron en la impresionante isla hace un año y volvieron encantadas y deseosas de más. Disfrutaron con los templos de Agrigento, con la maravilla singular de Siracusa, con los colores de Taormina, con el encanto pueblerino y balneario de Cefalú. Les quedó, como a nosotros la primera vez, la parte oeste de la tierra que antes fue parte importante de la Magna Grecia. “Tengo muchas ganas de conocer Trapani”, me dijo Tamara, y yo recordé en ese mismo instante el aire tan gaditano y africano que tiene esa zona, tan reconocible.

El Palazzo Senatorio, al final del barroco Corso Vittorio Emanuele.

El Palazzo Senatorio, al final del barroco Corso Vittorio Emanuele.

Es la provincia de Trapani un paisaje de mares y salinas, de cocina en la que el atún rojo (tonno rosso) capturado con una forma de pesca casi calcada a la de la almadraba gaditana es el rey en platos crudos, a la plancha o cocinado con pasta. La misma luz, el sirocco tan parecido al viento de levante nuestro que nos recibió el primer día, las fachadas barrocas de iglesias y palacios, la historia de pasadas y duraderas dominaciones españolas, el pasado fenicio, las procesiones y las  imágenes (los misteri) de la Semana Santa traídas por una cofradía andaluza, hacen de Trapani y sus alrededores un lugar extraña y reconfortantemente familiar para los gaditanos.

Puesto de sombreros en la calle principal de Trapani.

Puesto de sombreros en la calle principal de Trapani.

La misma sensación vuelve a ser tremenda cuando se asoma uno a la fachada marinera de la ciudad y ve aparecer ante sus ojos una copia del Campo del Sur, aunque esta vez mirando más bien hacia el norte.

¿Habrá fachada marítima más gaditana fuera de Cádiz?

¿Habrá fachada marítima más gaditana fuera de Cádiz?

No tiene el oeste la exuberancia artística y paisajística del Oeste. Aquí la vida aparenta haber sido siempre más dura, como más expuesta a los vientos atlánticos, que no son tales puestos que quedan muy lejos, más allá de las columnas de Hércules que tantos marinos atravesaron saliendo de aquí mismo. Aquí en el Oeste siciliano la vida es más africana, casi magrebí, y la cocina repite ingredientes como el cuscús y los pistachos, tan orientales, huellas de invasiones, conquistas e incursiones piratas. Todo parece venir del mar o de allende sus aguas, como vino también el general Garibaldi, cuando empezó con su desembarco en Sicilia la unificación de Italia y el inicio del régimen liberal y republicano que tan bien retrató el conde de Lampedusa con su Gatopardo, la gran novela que describió el cambio de sistema con una frase genial y mil veces repetida: lo nuevo consistía en “cambiar algo para que todo siga igual”.

Algo así como el Campo del Sur mirando al norte.

Algo así como el Campo del Sur mirando al norte.

 

Turistas descansando en el Palazzo Senatorio.

Turistas descansando en el Palazzo Senatorio.

 

Una de las muchas fachadas barrocas en Trapani.

Una de las muchas fachadas barrocas en Trapani.

 

La plaza Garibaldi, con la estatua del gran unificador italiano.

La plaza Garibaldi, con la estatua del gran unificador italiano.

 

Los 'Misteri' de Trapani, en espera de su salida del Viernes Santo.

Los ‘Misteri’ de Trapani, en espera de su salida del Viernes Santo.

 

Aires barrocos italianos en la calle.

Aires barrocos italianos en la calle.

 

Vista de Trapani, desde las alturas de Erice.

Vista de Trapani, desde las alturas de Erice.

El atún siciliano, tal cual y con la sal rosa del Himalaya.

El atún siciliano, fino, en crudo y con la sal rosa del Himalaya.

Foto de una 'almadraba' siciliana, la 'mattanza', en el restaurante.

Foto de una ‘almadraba’ siciliana, la ‘mattanza’, en el restaurante.

 

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