Crónicas desde el Paraíso (V) Friburgo, la escapada a Alemania

Ulyfox | 20 de octubre de 2015 a las 13:34

Fuente policromada en la Münsterplatz de Friburgo.

Fuente policromada en la Münsterplatz de Friburgo.

En Alemania, tradicionalmente, se rotula con letra gótica y supongo que eso no es casual. Estamos en Europa y ahí fue el auge de ese estilo arquitectónico que empezó apuntando hacia lo alto, y mientras seguía su carrera hacia arriba fue enredándose en curvas y revueltas durante siglos. Estábamos en Alsacia, con la preciosa Colmar como centro, muy cerca de Alemania, tan alemana ella misma. Así que uno de los destinos ineludibles estaba muy cerca, al otro lado de esa frontera física que es el Rin: la renombrada ciudad de Friburgo, alabada por tantas fotografías, recortes y recomendaciones de amigos y conocidos. Deseada también por nosotros.

La Catedral, más conocida como el Monasterio (Münster).

La Catedral, más conocida como el Monasterio (Münster).

Así que cojimos el coche desde Colmar y nos encaminamos hacia tierras germanas. Quiero decir más germanas, porque la Alsacia francesa ya lo es bastante como podeis haber visto en las anteriores entradas. Pero hay diferencias, sí, las hay. No sé cómo explicaros, algo que flota en el aire. Tal vez sea el idioma alemán, claro, tan desconocido para mí, que me muevo con alguna incomodidad pero avanzando entre las aguas del francés. Al fin y al cabo, soy hijo del plan antiguo, ese que impartía como idioma extranjero en bachillerato la lengua de Moliére y de Jacques Brel, y he cantado las canciones de Charles Aznavour y Moustaki. Pero el alemán… en todo caso a tararear imitando el acento teutón alguna melodía de ‘La flauta mágica’. El caso es que la incomodidad era un poco mayor, forzado a utilizar el inglés.

Alemania, cerveza...

Alemania, cerveza…

Aparcamos no demasiado lejos del centro, allí como pudimos, pero sabiendo hacia qué dirección tendríamos que encaminarnos. Dimos con el casco antiguo, claro, en unos diez minutos a pie. El día estaba muy nublado, pero no llegó a llover apreciablemente y la temperatura era estupenda.  Había que dirigirse a la plaza de la Catedral, pero antes pasamos por la casa donde vivió Erasmo de Rotterdam, el gran filósofo del Renacimiento que da nombre a esas becas tan deseadas por los universitarios de toda Europa, y por algunas iglesias. Observamos en una avenida principal la que al parecer es una de las aficiones de los friburgueses, sobre todo los niños: manejar barquitos de madera recorriendo los muchos canalillos de agua que recorren la ciudad, procedentes de las montañas cercanas. Cosas de europeos civilizados.

La puerta de San Martín, Martinstor, una de las antiguas entradas a la ciudad.

La puerta de San Martín, Martinstor, una de las antiguas entradas a la ciudad.

La Catedral de Friburgo es sin duda muy importante como ejemplo de arquitectura gótica alemana, con una gran torre frontal y unos vitrales de inmenso valor, pero, perdón, a mí no me impresionó. Tal vez fuera el color de la piedra o el día nublado, o que estaba cercada por un mercado repleto de sombrillas y furgonetas, que daban vida a la Münsterplatz en la que se asienta pero quitaban vista al monumento. Uno de los edificios más representativos de Friburgo de Brisgovia es el llamado Almacén Histórico, una casa roja con alto tejado y decoradísimos ventanales y pináculos que llama la atención, rodeado de casas medievales y renacentistas que no parecen tan antiguas por lo bien conservadas y pintadas que están.

El Gran Almacén Histórico ('Historiches Kaufhaus'), en rojo, uno de los edificios simbólicos de Friburgo.

El Gran Almacén Histórico (‘Historiches Kaufhaus’), en rojo, uno de los edificios simbólicos de Friburgo.

Desde esa plaza tan animada parte un recorrido por el casco histórico, que recorre primero la preciosa calle de los Caballeros, Herrenstrasse, llena de fachadas antiguas, tiendas y plantas, todo cuidadísimo y civilizado, peatonalizado… divisamos alguna entrada de la antigua muralla como la puerta de San Martín… la zona de cafés y cervecerías que desciende junto al canal, por Gerberau…

El verde rodea la ciudad.

El verde rodea la ciudad.

Yo esperaba a cada paso emocionarme más, lo digo con sentimiento como diría la canción. Es evidentemente bello, pero… veníamos de recorrer pueblos admirables, hechos y rehechos para el pasmo de colores y sensaciones infantiles. Friburgo, tal vez por eso, me dejó más frío.

La casa donde vivió Erasmus de Rotterdam, en la calle de los Franciscanos.

La casa donde vivió Erasmus de Rotterdam, en la calle de los Franciscanos.

Eso no nos impidió disfrutar de algunas imágenes, de su cerveza y de una cierta sensación de que la vida apacible y limpia es posible. Aunque no sabemos si compatible con otras formas de ser nuestras. Y hablamos de cómo podríamos conseguir el equilibrio entre la razón y la pasión, esa eterna lucha de los griegos que quizá en algún momento, allá por el siglo de Pericles, lograron encontrar. O no. Sí, nos gustaría seguir con nuestras maneras, con la diversión, con la bebida, con las terrazas, con las comidas en grupo en las que el jolgorio reinara… sin que ello tuviera que significar el ruido molesto hacia los demás o las calles llenas de suciedad, ni la despreocupación por la cultura tranquila y reflexiva. En fin, tal vez sea imposible…

Inicio de recorrido para barquitos de juguete!!

Inicio de recorrido para barquitos de juguete!!

La visita a esta ciudad de bello nombre duró sólo unas horas. Teníamos que volver a Francia y lo logramos no sin algunas dificultades. Fuera por la desubicación o porque a lo mejor los alemanes tienen algunos fallos, no nos fue fácil encontrar las señalizaciones en las carreteras y nos perdimos más de una vez, cosa que no nos pasó en Francia nunca. Tardamos más de los debido, recorriendo algún pueblo sin pretenderlo. Incluso nos cazó una fotografía de radar por algún exceso de velocidad. Aún no nos ha llegado la multa. Al final lo conseguimos, de todas formas. Y regresamos a la apacible Colmar con tiempo de recorrer de nuevo sus hermosos rincones.

Otro ángulo del Almacén Histórico.

Otro ángulo del Almacén Histórico.

La excursión a Alemania: bien, pero no inolvidable.

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Vistas y detalle de la Herrenstrasse o calle de los Caballeros.

Vistas y detalle de la Herrenstrasse o calle de los Caballeros.

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Terraza junto al canal en la zona de Gerberau.

Terraza junto al canal en la zona de Gerberau.

 

Un centro agradable para pasear.

Un centro agradable para pasear.

 

Crónicas desde el Paraíso (IV) La capital de Europa

Ulyfox | 13 de octubre de 2015 a las 13:33

Espectaculares entramados de madera en las calles de la Petite France.

Espectaculares entramados de madera en las calles de la Petite France.

Como una pequeña Francia, pero también como la esencia de Europa, podríamos decir que es Estrasburgo, capital de la Alsacia y de tantas cosas. En este sitio se diría que se puede vivir bien y civilizadamente. Sede del Consejo de Europa, del Parlamento Europeo, del Tribunal de Derechos Humanos, se siente uno protegido por la civilización que tantas potencias enemigas decidieron crear para no tirarse más bombas unos a otros ni tener que entretenerse en hacerse tirabuzones sangrientos. El casco antiguo está limpio, ordenado, peatonalizado o motorizado con un extraordinario sentido cívico, la parte moderna tiene un aire imperial o contemporáneo según la zona, los tranvías, los autobuses circulan cada dos minutos y te dejan casi donde quieres…

 

La Rue des Bains Aux Plantes, antiguo barrio de los curtidores de Estrasburgo.

La Rue des Bains Aux Plantes, antiguo barrio de los curtidores de Estrasburgo.

Es difícil encontrar un pero a esta ciudad, que imagina uno habitada por limpios funcionarios y aplicados estudiantes, además de visitada por millones de turistas, políticos y hombres de negocios. El centro histórico está delimitado por el río Ill, que forma una gran isla llena de casas con entramados de madera, tejados empinados y balcones apropiados para que los curtidores, junto a los canales, airearan las pieles, los carniceros hicieran su trabajo o los diferentes comerciantes trataran sus precios. Seguramente en aquellos años en que sus habitantes desarrollaban estos trabajos, los edificios no lucirían tan limpios y pintados, pero ahora, sí, da gusto verlos y fotografiarlos para que luego los amigos vean que sí, que es verdad que existen ciudades limpias, cuidadas y hermosas.

Los canales atraviesan la Petite France.

Los canales atraviesan la Petite France.

El barrio más visitado de Estrasburgo es el que se conoce como la Petite France, el antiguo barrio de los curtidores, surcado por canales como otro remedo de Venecia, y salpicado de esclusas, molinos y puentes. Pocos lugares tan adecuados para las fotos de recuerdo. Es el paraíso de los paseos en barcazas, aunque nosotros siempre preferimos recorrerlos a pie, poder rodear, atravesar o franquear las vías de agua. Entre los puentes, los más conocidos son los llamados ‘puentes fortificados’ o ‘ponts couverts’ sobre los que varias imponentes torres recuerdan que en otros tiempos era obligado defenderse de ataques enemigos.

Y por todos lados, flores...

Y por todos lados, flores…

 

Los 'puentes protegidos' o 'ponts couverts'.

Los ‘puentes protegidos’ o ‘ponts couverts’.

Paseando por la Grand Rue, se puede uno ir acercando, mientras observa las grandes mansiones de madera, a otro de los grandes atractivos de Estrasburgo: la Catedral de Notre Dâme, que está a punto de cumplir mil años del inicio de su construcción, una obra maestra del gótico europeo, patrimonio de la humanidad, y para la que se agotan los récords. La flecha que remata su única torre se eleva hasta los 142 metros de altura y fue durante siglos el edificio más alto del mundo. La fachada es desconcertante, hasta que uno advierte su singularidad: Los adornos, molduras arquitectónicas y esculturas están separados al menos 23 centímetros de la pared, y eso le da un aspecto de encaje o labrado muy especial. Impresionante, en una plaza por la que siempre corre el viento, en invierno con un frío glacial, fenómeno que la leyenda local atribuye al diablo envidioso, que daría vueltas sin cesar alrededor del templo esperando un día poder penetrar en él para profanarlo. Nosotros sólo notamos un ligero airecillo, que se agradecía.

Hacia la fachada principal de la Catedral de Notre Dame de Estrasburgo.

Hacia la fachada principal de la Catedral de Notre Dame de Estrasburgo.

Estrasburgo es comodísima. Se puede acceder a ella por las mejores autopistas y los trenes más veloces de Francia. Optamos por el tren desde Colmar, y en una hora estábamos en la capital de Europa. Luego, una vez que nos acercamos desde el centro a la zona imperial, mucho menos interesante pero igualmente agradable, sólo tuvimos que coger un cómodo tranvía que nos volvió a dejar en la moderna estación ferroviaria. Desde el tranvía, pudimos observar a numerosa gente que andaba o circulaba en bicicleta por las principales vías de la ciudad, o paseaba con aire de ir a tomar un café mientras caía la tarde. O alguno de los maravillosos blancos alsacianos. Nosotros no dejamos de probar otra variedad, en este caso el sylvaner, también muy bueno…

La singular fachada de la Catedral.

La singular fachada de la Catedral.

 

En los alrededores dela Catedral.

En los alrededores dela Catedral.

 

El Ill es el río de Estrasburgo,  y delimita el casco antiguo.

El Ill es el río de Estrasburgo, y delimita el casco antiguo…

... y lo cruzan bellos puentes.

… y lo cruzan bellos puentes.

Esto debe de ser Europa…

 

 

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Crónicas desde el Paraíso (III) Riquewhir la bella

Ulyfox | 2 de octubre de 2015 a las 13:36

Casas de Riquehwir desde la entrada norte de la muralla.

Casas de Riquewhir desde la Puerta Alta de la muralla.

Es difícil decir cuál es el pueblo más bello de Alsacia, teniendo cada uno de ellos un mérito al menos para ese título. Pero el que visitamos al final del segundo día de nuestro viaje, muriendo agosto y casi muriendo la jornada, podría ser elegido. Riquewhir, francés de nombre tan alemán como casi todos los de esta región, cumple con los requisitos de arquitectura, decoración y riqueza vinícola para recibir el título. Una muralla, calles empedradas, tejados a dos aguas, fachadas decoradas a conciencia, decenas de bodegas instaladas en su interior, hectáreas de viñedos a su alrededor….

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El espectáculo más impresionante lo ofrece Riquewhir desde cualquiera de sus dos principales puertas, subiendo o bajando la calle principal, dedicada al gran héroe francés de la Segunda Guerra Mundial y padre de la V República, el general Charles de Gaulle. Una ligera pendiente da una perspectiva más bella a esta vía, que se diría diseñada y renovada cada día para gustar. Los colores, los rótulos de los comercios, bares, hoteles o restaurantes, nada desentona de un aire ideal medieval que quizá se podría tomar por demasiado recalcado, un tanto fingido. Pero el resultado es impactante. Nada puede desagradar en lo que es perfecto. Las posibilidades de catar, beber, o comprar los maravillosos vinos blancos de la región, fuente de la enorme y serena riqueza de estos pueblos, añade interés a la visita. No parece posible que a cada paso una vaya soltando exclamaciones y piropos a esta belleza, pero así es. Frío, tal vez, pero indiscutiblemente bonito.

Descendiendo por la calle principal.

Descendiendo por la calle principal.

Son estos pueblos para recorrerlos. Sí, hay museos, históricos, de la comunicación, del ilustrador Hansi, pero lo que apetece de verdad es subir y bajar, desviarse por una calle, retomar la principal y, con la caída del sol, pedir una tabla de embutidos con una copa de muscat, o de riesling, o de pinot blanc…, ver pasar a la gente… y eso fue lo que hicimos.

Decenas de bares y restaurantes bellísimos en el pueblo.

Decenas de bares y restaurantes bellísimos en el pueblo.

Las viñas que rodean Riquewhir, fuente de la riqueza del pueblo.

Las viñas que rodean Riquewhir, fuente de la riqueza del pueblo.

 

Colores y flores en las fachadas...

Colores y flores en las fachadas…

 

... y en las calles.

… y en las calles.

 

Subiendo por la calle del General de Gaulle.

Subiendo por la calle del General de Gaulle.

Subiendo, ya cerca de la Puerta Alta.

Subiendo, ya cerca de la Puerta Alta.

 

Detalles de gusto franco-alemán

Detalles de gusto franco-alemán

 

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Crónicas desde el Paraíso (II). Un castillo, vino y muchas flores

Ulyfox | 22 de septiembre de 2015 a las 0:25

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

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Haut Koenigsbourg debería, por ese nombre, estar en Alemania. Y casi está. Desde su imponente altura, ese castillo está en Alsacia, es decir, en esa frontera francoalemana que tantas veces ha cambiado de nacionalidad a lo largo de la historia. Fue nuestra primera excursión, al día siguiente de llegar a ese paraíso de la civilización occidental. Y el castillo realmente impresiona, domina todo el paisaje hasta bien entrada Alemania, reinando sobre un montón de pueblecitos con nombres igualmente alemanes y rodeados por hectáreas y hectáreas de viñas.

El castillo en su paisaje.

El castillo en su paisaje.

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

 

Según parece, la bella fortaleza es una de las más visitadas de Francia. Efectivamente, estaba asediado cuando fuimos, pero no por huestes enemigas sino por centenares de coches y autocares aparcados en las cuestas que llevan hasta ella. Los franceses tuvieron suerte con este castillo. Aunque fue famoso e inexpugnable durante la Edad Media, en el siglo XIX era sólo una gloriosa ruina. Por allí acertó a pasar el káiser Guillermo III y los lugareños le convencieron de que pusiera dinero para restaurarlo. El castillo renació como gran monumento alemán, símbolo del poderío germánico. Pero, las cosas de la vida, poco después Alsacia pasó a ser francesa y ahora son los descendientes de los galos los que cobran la entrada.

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Pueblos y viñas desde el castillo.

Pueblos y viñas desde el castillo.

La visita merece la pena. La restauración está hecha con mucho gusto y el monumento se recorre con comodidad. Además, las vistas son impresionantes. Nos tocó además un día brillante, extrañamente caluroso en este centro, casi norte, de Europa. Familias y familias recorrían el castillo en ese domingo de final de agosto. En realidad, nosotros estábamos deseosos de bajar al pueblo justo debajo, Saint Hypolite, y probar su famoso rouge, es decir su vino tinto, un pinot noir muy afamado. No nos pareció para tanto, aunque estaba bueno. La comida, uno de los platos típicos de Alsacia, el backeoffe  o algo así, trozos de carne cocida con algunas verduras: bueeeno… No, no es la comida la baza fuerte de esta tierra de excelentes vinos blancos.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

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Saint Hypolite, en cambio, empezó a descubrirnos las bellezas de esos pueblos pequeñísimos, casi aldeas, que se cruzan en un minuto en coche por una carretera bordeada de flores. Nos pareció bonito, pero después comprobamos que no era ni siquiera una pequeña muestra del catálogo de municipios adornados y bellos hasta la extenuación que nos esperaba.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

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La primera parada de esas sorpresas, que iban creciendo en admiración, fue Bergheim. Una muralla con una puerta que ya sólo es testimonial pero que conserva su poder simbólico, calles adoquinadas, y empieza el desfile de casas con entramados de madera a la vista y fachadas pintadas de colores. Ya sabéis, esas que sólo hemos visto en películas e ilustraciones de los cuentos de los hermanos Grimm.

Ribeauvillé, la primera explosión...

Ribeauvillé, la primera explosión…

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La culminación del día fue Ribeauvillé, la primera explosión de fachadas: una larga calle principal llamada de manera poco original Grand Rue, y flanqueada de casas de antiguos y ricos comerciantes, decenas de tiendas de vinos, cada una de las cuales tiene su propia viña y su bodega, exhibiendo escaparates tentadores de botellas de riesling, muscat, gewurztraminer, pinot blanc, pinot gris, sylvaner… las exquisitas uvas de estas tierras.. Y no podernos llevar ninguna por culpa de las distancias, la duración del viaje, las limitaciones a los líquidos en los aviones…

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Recorrimos la calle admirados a cada paso por los detalles, las maderas, los adornos, los rótulos. Y todo tan limpio, y todo tan ordenado, y todo tan exquisito, y todo tan conjuntado. Tal vez la máxima expresión de la Europa rica que, teniendo tiempo y dinero, se dedica a ponerse guapa.

Crónicas desde el Paraíso (I)

Ulyfox | 9 de septiembre de 2015 a las 0:02

La Pequeña Venecia de Colmar.

La Pequeña Venecia de Colmar.

Sí, nosotros conseguimos llegar. Claro, en clase turista y en vuelo low cost. Pero logramos llegar sin problemas, de ida y vuelta, a esto que es el Paraíso que tanta gente sueña y tantos ven perder entre las aguas de un mar que tendría que haberse dejado de llamar hace tiempo Nostrum. Quizá sea la imagen soñada que ven por última vez cuando se hunden. Aquí está: la Europa aseada y limpia, próspera, bellísima hasta rozar lo perfecto. El culmen, tal vez, del sueño europeo. Del Norte, claro. Esto, esto que se aparece ante nuestros ojos es lo que cualquiera desearía, también nosotros desde nuestro Sur que no sabe o no quiere o no puede o no lo dejan ser Norte.

El rótulo de un restaurante en Colmar

El rótulo de un restaurante en Colmar

 

¡Dios! (es una interjección hecha, una expresión no sentida) !Qué bonito es esto! Sí, llegamos a Colmar, capital sentimental del Alto Rin francés, en esta Alsacia de bandera francesa pero en la que casi todos los pueblos tienen nombres, aspecto y aires alemanes, lo que al final testimonia una historia de batallas y sangre. Colmar fue nuestro centro de operaciones en esta parte del Paraíso europeo. Una ciudad aparentemente feliz, como toda la región, con plazas pequeñas llenas de casas con tejados y entramados de madera al descubierto, con estatuas pequeñas sobre columnas, con los barrios y calles divididos por gremios, los pescaderos, los curtidores, los comerciantes, los cazadores… con un canal ideal para que los edificios de colores asomen su belleza al agua en un barrio al que han dado en llamar, no muy originalmente, la Pequeña Venecia.

Colores y entramados de madera en las casas.

Colores y entramados de madera en las casas.

Esquinas hermosísimas.

Esquinas hermosísimas.

¿Véis?

¿Véis?

 

Ya veis lo civilizado que es este paraíso. Se ve que aquí sólo llegan los buenos. No se conforman con ser bonitos. Aquí los pueblos compiten ahora por cuál tiene más flores y mejor dispuestas. Es la red de ‘ciudades florecidas’ o ‘villages fleuris”.  No sé cuántos cientos de miles de geranios hay en los balcones de la región. Pero creo que la de jardinero es una profesión bien vista aquí.

La Casa Pfister, uno de los emblemas de Colmar.

La Casa Pfister, uno de los emblemas de Colmar.

Flores y colores.

Flores y colores.

Colmar lo tiene todo, incluso una gran tienda Fnac y festival de jazz. Y la impresión que da es que la gente es feliz, trabaja sus horas marcadas y tienen sus derechos en regla. Además, cultivan un vino excelente, realmente maravilloso, y las viñas rodean y adornan las afueras de los pueblos. Blancos exquisitos: riesling, gewurztraminer, pinot blanc, pinot gris, silvaner… yo qué sé, nada parecido a lo que bebemos por España. O a lo que yo he bebido. Explosiones de sabores y aromas, que los expertos sabrán explicar. No muramos de envidia aún: en comida les ganamos de calle los del Sur. Con decir que la estrella de los platos tradicionales es el chucrut: col fermentada acompañada de una especie de pringá más bien seca…

más...

más…

Pero es bella Colmar, muy bella… Claro, quién no querría vivir en este paraíso… Pienso: cuánto tiempo libre hay que tener para dedicarse a estos jardines. Y cómo la historia cambia. No hace tanto tiempo por aquí discurrrían líneas de trincheras. Hoy hay mercadillos, bicicletas, flores… casas con nombres de familias de comerciantes, prosperidad. El sueño europeo civilizado. Una excelente llegada

En el centro de Colmar.

En el centro de Colmar.

 

Tal vez debería dejarlo

Ulyfox | 2 de septiembre de 2015 a las 23:36

En Alsacia, un mundo perfecto de puentes, canales, casas con entramados y colores, pueblos que disputan el título de mejor adorno con flores, que cuentan las variedades vinícolas por uvas y añadas, que desvían ríos para tener su propio cauce por el centro del pueblo, que rotulan las tiendas con carteles de hierro forjado y polícromo, que exponen escaparates con productos totalmente innecesarios de cientos de euros, desde el epicentro del buen gusto francés, del orgullo de los logros europeos, recibo la noticia y veo la foto del niño muerto en la playa turca tras intentar pasar a Europa huyendo de la muerte. Y lloro, aunque mañana seguiré bebiendo los excelsos blancos de esta tierra, esta sí, bendecida por dios.

Y viendo qué tipos de viajes mortales se ve forzada a hacer la gente, tal vez es llegado el momento de dejar de contar los placeres del viaje que es nuestro gusto, tal vez debería dejar de contarlos, como no se cuenta en público lo que debería avergonzar. ¿Queremos seguir así? ¿de verdad Europa y los europeos quieren seguir así?

Esto va mal. Dios se ha confundido. Y los hombres le seguimos la corriente. Vamos a morir todos de inmoralidad y culpa.

Una velada de conversación

Ulyfox | 26 de agosto de 2015 a las 13:25

Leyendo a Varoufakis en la playa de Triopetra.

Leyendo a Varoufakis en la playa de Triopetra.

 

El sueño inevitable me vino bien. Era el efecto de una noche de viaje desde España hasta Creta, con un ineficaz somnífero que no me hizo dormir en el avión y, en cambio, me persiguió con su efecto durante toda la mañana. Pero la cama del Notos Hotel me sentó bien. Aún no recuperado del todo pero decidido a aprovechar el luminoso día, me pertreché con los avíos de playa, y nos dirigimos hacia la grande de Triópetra, una extensión de orilla de guijarros donde las olas rompían con fuerza y donde se asentaba una taberna con comida cretense. Pocas cosas más hacen falta para lograr la felicidad momentánea. Nos agradó además ese aire de fin del mundo que tiene esta zona de Creta, solitaria y arisca de acceder, pero salpicada como sin querer de gente dispuesta a hacerte pasar un buen rato con su conversación, su comida o sus consejos.

En la misma playa se encuentra la taberna Girogiali, que creo recordar tenía también apartamentos o habitaciones. Como suele ocurrir por esta hospitalaria isla, la taberna tiene tumbonas y sombrillas a disposición de sus clientes, y a eso nos acogimos. Almorzamos bastante bien allí y dormimos la siesta en las tumbonas como es preceptivo, hasta que se hizo la hora de buscar las alturas del hotel, dominando el mar, saludando a un tipo de clientes que parecían asiduos amantes de la tranquilidad, personas que se asentaban allí durante algunas semanas tal vez, para hacer excursiones exploratorias de la isla.

La taberna Filenia, en las alturas de Triopetra.

La taberna Filenia, en las alturas de Triopetra.

Lo mejor vino por la noche. Por la mañana, poco antes de llegar a nuestro destino, habíamos divisado al pasar una taberna al pie de la carretera que a Penélope le dio buena pinta. Filenia es su nombre, y de verdad, si alguna vez caéis por Creta, cosa que deberíais hacer si os queréis, haced lo posible : http://www.fileniatriopetra.gr/en/ . Como tengo la buena costumbre de fiarme de su instinto, montamos en el coche casi de anochecida y anduvimos un par de kilómetros cuesta arriba. Y como estábamos en Creta, lo aparcamos donde quisimos y empezamos una velada agradable que comenzó con aceitunas y vino ecológico y acabó con generosa ración de raki ofrecida por el atento y conversador Andonis con el acompañamiento de su mujer Irini, la cocinera. Política, economía, Varufakis admirado por él, Tsipras, música cretense, comida fueron los temas de conversación de una larga charla amistosa y sonriente, como es tan usual en esta parte humana del mundo. Andonis nos recomendó un libro de Varufakis, y resultó que era el mismo que nos habíamos llevado para leer en estas mismas vacaciones, lo que nos dio para risas y coincidencias. Y allí dejamos nuestra firma, literalmente, en el libro de visitas, reconciliados con nosotros mismos y con el mundo.

El viaje necesario

Ulyfox | 17 de agosto de 2015 a las 13:33

El amanecer cretense sobre el Mar de Libia, con los islotes Paximadia al fondo.

El amanecer cretense sobre el Mar de Libia, con los islotes Paximadia al fondo.

Primera imagen de las playas de Triópetra, aún dormidas...

Primera imagen de las playas de Triópetra, aún dormidas…

Esta vez era necesario. De esa necesidad que te acucia y te va dando órdenes en la oreja y toquecitos en el hombro para recordártelo. Sí, necesitábamos volver a Creta. El que ha sentido ese deseo por lo que sea sabe lo que digo. Notábamos la necesidad del viaje como uno anhela el puerto refugio o la sombra de un árbol. Seguro que la tormenta no era para tanto, que el mar no estaba tan encrespado o que el calor no era tan mortal, pero sabíamos que ese respiro nos hacía falta.

Triópetra (tres piedras) desde el otro lado, la playa de guijarros.

Triópetra (tres piedras) desde el otro lado, la playa de guijarros, en torno a las siete.

Así que tomamos dos aviones, Sevilla-Barcelona y Barcelona-Heraklion y nos plantamos en Creta hace ya dos largos meses. Muy temprano, a eso de las cuatro y media de la mañana, sin dormir nada, claro, estábamos en la isla. En el aeropuerto nos esperaba el empleado de la compañía de alquiler de coches con el vehículo a nuestra disposición. Un papeleo rápido, una pequeña aclaración sobre el precio final del vehículo, una minicharla sobre la situación política y económica de Grecia y ya estábamos en marcha bajo las estrellas, intuyendo el mar a nuestra derecha, luego ya distinguiendo a nuestra izquierda la silueta del monte Psiloritis conforme avanzaba el alba. Todo tan familiar… Sólo nos hacía falta un café y quizá algo de desayunar. Pero nada había abierto en la carretera.

A la altura de Rethimnon, dejamos la costa hacia el interior. Nuestro primer destino era Triópetra, en la costa sur. Teníamos que atravesar la isla. Y confiábamos: tal vez, seguramente, podríamos hacer un alto en Spili, la del agua abundante que mana por la fuente veneciana de 19 cabezas de león. Tal vez allí podríamos hacer ese desayuno reparador. Nada de eso. Era aún demasiado temprano, y ese pueblo de montaña, lleno durante el día de autocares y turistas, era aún un lugar dormido que atravesamos en silencio y frustrados. Aún no eran las siete cuando divisamos, con la primera luz del día, la línea del Mar de Libia, rosada y con el perfil difuso de los islotes llamados Paximadia. Más lejos aún, se podía adivinar la isla de Gavdos, último territorio europeo al sur. Bellísima vista, que aminoraba pero no eliminaba el hambre.

Mar poderoso...

Mar poderoso…

... y costa escarpada en el sur de Creta.

… y costa escarpada en el sur de Creta.

Cerca de la playa de Triópetra, solitaria y hermosa a esa hora, está el hotel Notos, donde habíamos reservado la primera noche. Y a esa hora, también sin señales de vida. Tocaba entonces acercarse a la orilla para hacer tiempo. Hermosas fotos, bellísima luz del amanecer. Decidimos intentarlo en un establecimiento familiar sobre la misma playa, la Taverna Pension Pavlos, donde tras un par de vueltas pudimos por fin desayunar, y establecer nuestra primera conversación de intentos en griego. Es un establecimiento muy sencillo, básico diría yo, en el que habíamos querido reservar habitación esa noche pero estaba lleno. Los clientes rubios que a esa hora empezaban a bajar a desayunar semejaban personas felices con el día por delante, tal vez con muchas horas de playa y alguna de yoga al atardecer. Este rincón de Creta tiene precisamente fama de lugar ideal para esa práctica, y se anuncian en internet: https://www.facebook.com/pages/Triopetra-Beach-Taverna-Pension-Pavlos/128283923870411.

Primer desayuno en Creta. Por fin.

Primer desayuno en Creta. Por fin.

Puede que fuera esa atmósfera, pero yo diría que fue el cansancio, porque después del desayuno me acometió el sueño de tal manera que fue obligatoria y rotundamente inevitable la cabezada profunda en el Notos, nada más tomar posesión de nuestra habitación. Tanto que se puede decir que la estancia en Creta no empezó hasta dos horas después, cuando volví a la vida. Así que ya hablaremos sobre eso.

 

El jardín y la vista del Notos Hotel, poco antes del sueño.

El jardín y la vista del Notos Hotel, poco antes del sueño.

Y no estaba muerto

Ulyfox | 2 de agosto de 2015 a las 22:35

En la bahía de Loutro, uno de nuestros paraísos cretenses, hace algo más de un mes.

En la bahía de Loutro, uno de nuestros paraísos cretenses, hace algo más de un mes.

No, no, ni tampoco de parranda, ni tomando cañas aunque sí unas pocas con amigos y amados, algunos las dos cosas. Pero sí, este blog ha estado más tiempo del debido como muerto casi dos meses. Pero no muerto.

Un cúmulo de circunstancias, como se decía antes, llamadas trabajo pero también vacaciones, pero sobre todo mucho trabajo. Muchos no lo sabréis, pero en junio, a finales de mes, volvimos a Creta. Diez días de reencuentro con nosotros mismos, con amigos, con el paisaje y el paisanaje de nuestra querida Creta, con algún pequeño descubrimiento de los que siempre guarda. Allí, la buena vida y el dolce far niente nos llevaron por la senda de la inactividad. Los días sólo dieron para paseos, encuentros, baños, comidas, siestas… y encima la comunicación de internet no fue demasiado bien.

Vale, y a la vuelta ocurrió lo que está ocurriendo en los últimos tiempos, que el verano se está convirtiendo en algo muy duro en los centros de trabajo. O sea, que el blog estaba muy débil… pero no muerto. También han pasado cosas agradables por el camino, como la boda de unos amigos, el premio Cádiz de Periodismo que nos dieron por este reportaje tan emocionante (porque a mí me emocionó y creo que a muchos). Os lo enlazo por si no llegasteis a leerlo:  http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1973166/miedo/nunca/muere.html

Así que hemos hecho un esfuerzo y hemos vuelto a sacar la cabeza. Y tal vez podamos poco a poco retomar este contacto que tanto echo de menos, como espero que hagáis también vosotros.

Premio a un recuerdo

Ulyfox | 10 de junio de 2015 a las 13:04

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

Le acaban de dar el premio Princesa de Asturias a un recuerdo mío. Dicen Leonardo Padura y viajo de pronto a un lugar que no tiene nada que ver con Cuba, ni con México ni con Rusia. Tiene más que ver con el Imperio romano. Fue una noche de otoño hace más de tres años cuando conocí a Padura, una noche en la que andaba vagando por Mérida en busca de una lectura que compensara mis olvidos. Entonces dimos con la librería Punto Aparte, abierta milagrosamente cerca de las nueve. Su amabilísima y dispuesta propietaria me recomendó El hombre que amaba a los perros, del ahora premiado, y nunca se lo agradeceré bastante. Porque ayudó en las noches de aquel viaje y porque me descubrió al autor. Un libro delicadísimo y a medias entre la ficción y la historia, con el asesinato de Trotsky de fondo, que en realidad es la vida de su asesino Ramón Mercader. Gracias a aquella librera por el libro, y al jurado del Princesa de Asturias por el recuerdo.