De una vasca para una Galle (colaboración)

Ulyfox | 19 de marzo de 2010 a las 20:20

He recibido la primera colaboración externa, con recomendaciones para un sitio que no conozco aún: el País Vasco. En un comentario anterior, Galle pedía consejos, porque se quiere ir a Lekeitio. Para ella, y para todos, estas recomendaciones, largas pero enjundiosas, de parte de la Vasca. Me ha enviado fotos, pero de momento no las he recibido bien. Cuando las tenga en condiciones, las pego. Gracias, y que aproveche:

 

Excursión al País Vasco

 

Aunque es una buena idea darse un paseo por la zona de Lekeitio, una de las más bonitas de Vizcaya. yo os propongo un recorrido empezando por la capital. Alguien que ha visitado hace poco la ciudad y a quien se lo recomendé me comentó que le parecía el mejor ejemplo de reconversión de una ciudad, “quien la ha visto y quien la ve”, organizada, limpia, moderna, volcada al turismo, estructurada, un casco antiguo rehabilitado y lleno de vida y por supuesto el Guggenheim.

  
Desde hace ya unos años, Bilbao hay que disfrutarla porque es verdad que el “efecto Guggenheim” ha hecho mucho por ella. Podéis daros una relajante vueltecita por el corte de la ría, justo por el camino que lleva o trae del famoso museo.
 

Si empezáis el paseo desde el Guggengeim podéis aprovechar y acabar en el Casco Viejo, en donde las barras de los bares de la “ruta de los pintxos” pone los pelos de punta. Allí en la céntrica Plaza Nueva tenéis que jartaros en el Victor Montes (aquí venían fotitos).  

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La barra del Víctor Montes

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Este es el ambiente a las puertas de cualquier bar del Casco Viejo de Bilbao. 

Toda la parte del Casco Viejo es zona de poteo, o lo que es lo mismo ir de bar en bar bebiendo y comiendo. Si preferís la cervecita, tenéis que pedir zuritos, que no es otra cosa que un corto de cerveza y, si no, pues el típico pote bilbaíno, vino tinto o clarete. Por supuesto, también podéis probar el txakolí.

La variedad de pintxos van desde el calabacín relleno de gulas y birutas de jamón ibérico, mejillones con gelatina, tostas con huevos de codorniz y bacon, rabas, chistorra con bacon, pasas, sésamo y salsa de frambuesa y por supuesto las famosas gildas, banderillas de aceitunas con anchoas y piperrak (guindillas verdes). 

Os voy a dejar también un mapa con una ruta de poteo muy recomendable:Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.    
 

Ya sé  que se me nota que soy de Bilbao, no lo puedo evitar, pero la verdad que todo el que va queda “encantao”. 

Vamos ahora hacia la zona de Lekeitio. Hace unos meses hice una excursión por aquellos pueblecitos que hacía mucho tiempo no había visitado. Fue gracias a mi hija que, después de 16 años viajando dos veces al año a Bilbao, presentó una queja porque no conocía el Arbol de Gernika y aprovechamos para visitar también a un amigo surfero canario que conoció en Madrid (uff!! qué lío de niña) que estaba cogiendo olas en la playa de Mundaka. 

Toda esa zona está salpicada por un sinfín de pueblos que pillan a mano y no se pueden dejar de ver. Lekeitio está aproximadamente a 60 kilómetros de Bilbao.

Durante el viaje debéis parar por supuesto en Gernika y en el Castillo de Butrón, situado en el municipio de Gatika a unos 20 kilómetros de Bilbao, muy cerca de Mungía (os voy a dejar un planito para que os orientéis).

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Butrón se alza sobre un monte de poca altura que se encuentra en medio de un compacto bosque de robles. Impresiona bastante la visión de la construcción elevada y rodeada de vegetación. La historia de este castillo, que parece sacado de un cuento de hadas, se remonta al siglo XI, fecha en la que se construyó una torre típicamente medieval sobre la antigua casa de los Butrón. En el siglo XIV la torre primitiva fue transformada en un castillo inexpugnable. Sobre sus muros flotó siempre el temido pendón de los Butrones, los caudillos más famosos de la comarca y los más fuertes y pendencieros banderizos. 

Los pueblos pesqueros que se pueden visitar por su proximidad y belleza son Bermeo, Mundaka (punto de encuentro de surfistas de todo el mundo) Elantxobe y Lekeitio. En esta época son sitios muy tranquilos, con relajantes vistas, pero en verano se llenan de ambiente y la martxa está garantizada. Por comer y beber no os preocupéis: son pequeños y accesibles y los bares y restaurantes suelen estar concentrados alrededor de la Iglesia o el Ayuntamiento. Si queréis comer bien y barato, entrad en un Batzoki. 

Bueno, creo que voy a terminar poniendo algunas imágenes: 
 
 

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Lekeitio 

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Bermeo 

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Mundaka 

Gero arte eta ondo ibili, o lo que es lo mismo, hasta luego y andar bien (es la traducción literal pero es una expresión que se utiliza para desearte lo mejor)

 

 

 

 

La mítica higuera

Ulyfox | 19 de marzo de 2010 a las 0:32

Mi higuera en Grecia, no os riáis

Mi higuera en Grecia, no os riáis

Va por ti, Impugnator. Ahí está, en el centro del salón, enseñoreándose de la antigua chimenea derruida como toda la casa. Piedras y, entre las piedras, las raíces de este mítico árbol que tantos placeres daba a Jasón en su camino accidentado hacia el Vellocino de Oro. Es la higuera que ha crecido en la ruina que hemos comprado en Creta. La casa lleva decenios abandonada y ésa es una oportunidad que una higuera no puede desaprovechar. Estoy pensando en conservarla, pero claro, trasplantándola al jardín, que es esa zona que se ve detrás. ¿Cuándo? Algún día… Los dioses no temen al tiempo. Tienen a su dueño de su parte, a Cronos, principio de todo.

Y bien ¿qué os parece? Admito calificativos de todo tipo. A mí me gusta.

Un lugar para vivir

Ulyfox | 18 de marzo de 2010 a las 1:22

Puerto de Makrigialós en invierno

Puerto de Makrigialós en invierno

Me preguntaba un amigo, hace unos días, conociendo mi afición a viajar, que dónde me gustaría vivir. Reflexioné un instante, muy poco, y la respuesta me vino clara: en realidad yo querría vivir en muchos sitios, es decir, estar viajando. Pero él es insistente, uno de los más insistentes que conozco. “No, no, eso no vale ná ¿dónde te gustaría vivir?”. “Grecia”, le dije, ante su apremiante pregunta. Pero no estoy muy seguro de que quiera vivir permanentemente allí, por más que sea el país que más quiero del mundo. El mundo es demasiado grande e interesante. Cómo renunciar a pasear por un mercado turco, a disfrutar de la comida italiana, a probar las fabulosas recetas (me dicen) libanesas. Veo, pienso, y me gustaría tener una casa en la Toscana; un sitio donde parar junto a Kas, en la costa azul turca; una casa antigua en las islas de los Príncipes, en el mar de Mármara; tal vez una buhardilla en Cinque Terre; un refugio en Ibiza. Siempre, mirando al mar. Sueños pobres sólo al alcance de los ricos. Me gustaría que me contaran ustedes cuáles son los suyos. Para eso están los comentarios.

Vista general de Pefki

Vista general de Pefki

Calle de Pefki, junto a la taberna I Piperia

Calle de Pefki, junto a la taberna I Piperia

Dice Penélope que todo el mundo tiene su paraíso y que el suyo es aquel rincón mediterráneo donde nacieron los dioses. El mío también. Por eso hemos comprado un pedacito en la isla cuna de Zeus, Creta. Está en una de las zonas más inexploradas (es decir, más baratas) de la isla, al sureste, frente al mar de Libia. Es una ruina de dos plantas, no exactamente en la costa, pero sólo cuatro kilómetros adentro, en la falda de una altísima montaña y con el mar abajo. El pueblo se llama Pefki y está medio abandonado, pero tiene dos calles encaladas y la taberna I Piperia (La Pimienta, por el árbol que le da sombra). También un pequeño kafeneion (café). Y en lo alto de un peñasco, sobre el pueblo, una capilla inaccesible. Poco a poco, la gente está comprando casas y arreglándolas. Eso queremos hacer nosotros.

Playa de Makrigialós, enero de 2009

Playa de Makrigialós, enero de 2009

Bajando la carretera, en la orilla, está Makrigialós (Playa Lejana), con sus hotelitos, sus tabernas y sus apartamentos. Sereno en septiembre y manejablemente animado en julio y agosto. Suficientemente modesto y maravilloso a la vez, para nosotros. Tal vez sea ese nuestro lugar para vivir. Están ustedes invitados, cuando lo arreglemos.

Lo nuestro en Pefki. En el futuro será bonito

Lo nuestro en Pefki. En el futuro será bonito

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Aquellos años, aquella imagen

Ulyfox | 16 de marzo de 2010 a las 12:21

LISBOA

Me ha ocurrido (¿a ustedes también?) que, repasando fotos tan antiguas como mi pasión por el viaje, buscando material para el blog, he descubierto otra imagen ¿Yo era sí de delgado? ¿Tenía el pelo negro? ¿La talla del pantalón era la 42? ¡Vaya! No estaba mu peor, que dirían en la Sierra. Hay también ropa pasada de moda ¡aquel jersey! fondos fotográficos que demuestran por ejemplo lo que ha cambiado un país en 20 años. No sólo es tu pelo ni es tu perfil solamente: ¡Es verdad, estuvimos en aquel sitio! Comimos en aquel restaurante ¿te acuerdas de que nos pusieron un bacalao estupendo?

Le habrá pasado a todos: esa dictadura incontestable de las fotos antiguas. Esos que posan sonrientes ya se han divorciado, aquel que apuntaba maneras de sinvergüenza hoy presume de magnate, tenemos que volver a Praga, nunca volveremos a Kos, siempre descubrimos Lisboa, tú estás igual, no hemos envejecido tan mal, la nostalgia ya no es lo que era.

¿Tantos sitios hemos-habéis vivido? Entonces, está bien.

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París para Naira

Ulyfox | 14 de marzo de 2010 a las 20:55

Estatua que corona la columna de La Bastilla

Estatua que corona la columna de La Bastilla

Naira, la bella, pide ayuda. Se va a París dentro de dos semanas, y pide consejos, direcciones, pistas, la guía de quien haya estado allí. Conozco esa alegre inquietud, ese ansia que acomete al que se dispone a viajar, y anda buscando información para no perderse lo mejor de su lugar de destino. Y entonces llama a amigos, lee libros, contacta (si tiene la inmensa suerte) con algún residente.

Por eso, si el desocupado lector de este blog ha estado en la eterna capital de Francia, yo le estaría enormemente agradecido en nombre de mi amiga si deslizara algún comentario provechoso, algún indicio valioso. Y eso incluye rincones, calles, restaurantes, bares, museos, y hasta ese banco en el parquecito más escondido o más visitado. En la sección de Comentarios, dejen sus avisos, por favor.

Penélope y yo hemos estado en París tres veces, y de cada una de las ocasiones sacamos algún momento imperecedero. La primera vez fue en el más frío invierno que recuerdo, a final de año y con una niebla que para qué ibas a subir a la Torre Efiffel. De esa vez, acompañados por una pareja que ya no lo es, me quedo con el descubrimiento de la ciudad, el Museo de Orsay con todos los cuadros de mis fascículos sobre el impresionismo, los bistrots de buen precio (Batifol, Aux Petits Oignons, puede que ya no existan) y el olor a fritura que me traje del primer restaurante judío que visité en mi vida.

Una pata de la Torre Eiffel

Una pata de la Torre Eiffel

La segunda fue al final de un verano, la pareja de amigos seguía siéndolo, pero fuimos solos. Nos tocó la delicia de pasear sin frío por la capital de Europa. Qué vista desde la Torre Eiffel: al anochecer todo París se fue encendiendo a nuestros pies; la siesta tardía en el césped de la gran explanada de los Inválidos después de una caminata de un día entero; y el bouquiniste junto al Sena que nos contó que Luis Mariano cantaba La belle de Cadix.

La reciente tercera vez, esos amigos ya se habían emparejado cada uno por su cuenta. Fue el pasado puente del Primero de Mayo. El descubrimiento sensorial fue que efectivamente los vinos franceses son excelentes (en un bistrot, como vino de la semana, en cualquier terraza en copas…).

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Dos hallazgos artísticos, uno las salas de Mesopotamia y Persia en el Louvre, lágrimas en el Museo frente a los azulejos milenarios del Friso de los Arqueros; y otro, las Nimpheas de Monet en el insólito Museo de l’Orangerie, construido expresamente para esta obra maestra de la pintura; y el Barrio Latino y un perol de mejillones; el barrio judío del Marais tan paseable (una tienda de relojes en la Rue des Francs Bourgeois); el apacible jardín interior en la Plaza des Vosges,  la elegante gente del centro, la Sainte Chapelle de muros transparentes de vidrieras, los vinos otra vez… Con nosotros viajó en esta ocasión otra pareja de años, que pocos meses después ya no lo eran. ¡Cuidado, Naira!

Place des Vosges, en el centro de París

Place des Vosges, en el centro de París

Friso de los Arqueros. Louvre

Friso de los Arqueros. Louvre

Interior de la Sainte Chappelle.

Interior de la Sainte Chappelle.

Sólo una exclamación, un ¡ooohh! muy grande de Penélope ante las vidrieras. Y el silencio.

Montepulciano sin vampiros (Toscana II)

Ulyfox | 12 de marzo de 2010 a las 14:28

PULCINELLA

No lo supimos hasta que volvimos. Seguramente, no somos lo bastante jóvenes. Es decir, no hemos leído la saga vampírica Crepúsculo, y lo primero que nos comentaron cuando contamos que habíamos estado en Montepulciano era que en el bello pueblo toscano se había rodado la película, y que si habíamos visto el Pulcinella del reloj. Sí, claro, pero no conocíamos nada de esos vampiros, ni vimos ninguna huella de ellos en sus empinadísmas calles. Sólo sabíamos que habíamos descubierto uno más de los innumerables pueblos-monumentos de Italia.

calle

Montepulciano es una larga cuesta de colores tostados, ladrillo, piedra y estuco, diversificada en decenas de rampas llenas de palacios y bodegas, que lleva hacia la Piazza Grande, un lujoso recinto medieval en el que destaca el Palazzo Comunale con su alta torre almenada y visitable, y el lujoso Palazzo Contucci. 

La Piazza Grande

La Piazza Grande

Fuente en la Piazza Grande

Fuente en la Piazza Grande

 Su fama, antes del libro para adolescentes, le viene de su extraordinario vino nobile uno más de los fabulosos tintos de la Toscana. Varias extraordinarias bodegas y cantine pueden ser visitadas. Es menos conocido que la vecina Volterra, donde la novela sitúa realmente la acción draculil, pero la hermosura de su casco amurallado y las vistas desde su fabulosa altura justifican que los productores la eligieran como escenario de la película, que probablemente no veremos.

campo toscano

vistas desde montepulciano

vistas desde montepulciano

Queríamos habernos albergado en el Meublé Il Riccio,  http://www.ilriccio.net/  pero llegamos tan tarde y tenía tan  difícil acceso que optamos por uno más accesible, el Albergo Il Marzocco. Nos encontramos con una recepcionista de 80 años, todavía guapa, sentada al final de una habitación ante una mesa de caoba. Hizo la inscripción en una nota a mano y nos dio una habitación como de hace 100 años. De hecho, el hotel está abierto hace 140, y siempre lo ha llevado la misma familia. El cuarto era amplio, con una cama antigua y una terraza con pérgola y vistas de película de época. Nos gustó. Esta es su dirección: http://www.albergoilmarzocco.it/

Para comer, casi no tuvimos más elección (todo cerrado acabada la temporada navideña) que el restaurante Borgo Buio, en la calle del mismo nombre y cercano al hotel. Y fue extraordinario. El amable encargado conocía Cádiz (Cadice en italiano) porque había venido a visitar a su hija cuando estaba de estudiante Erasmus, el año pasado. Conocedor también de los vinos que servía, nos ayudó en la elección para acompañar el excelente queso pecorino y el risotto con aroma de trufas. En Italia, como aquí dentro de poco, no se puede fumar en ningún local público. Penélope no quiere abandonar ese placer, y se vio forzada a salir a la fría noche. Pero el amable encargado la hizo entrar a una salita contigua, donde estaban ¡oh sorpresa! la mayor parte de los comensales que ocupaban las mesas. Grazie mille: esta es la dirección   http://www.borgobuio.it/ y esta es la foto de la calle:

borgo

Ya he contado en una anterior entrada que es muy fácil llegar a la Toscana en un vuelo de Vueling desde Sevilla a Pisa, pasando por Barcelona, eso sí. Y luego, a disfrutar en coche.

Vos dijiste que me amabas en Montevideo

Ulyfox | 11 de marzo de 2010 a las 14:23

Kibon_n

Montevideo me atrapó para siempre no por sus restos coloniales, casi inexistentes, ni por su entorno natural (pese a la abierta belleza inabarcable del Río de la Plata), ni por su riqueza artística. Es el tipo de ciudad que enamora, y no siempre el amor que te engancha es la mujer más despampanante. La capital oriental me cautivó por su gente, por su ambiente, por la movilización social de sus barrios, por ese aire de izquierda todavía combativa y humanista. Es de los recuerdos que llevan aparejado un temblor cada vez que aparecen.

En uno de los trabajos que he hecho con más gusto, una semana en el Carnaval montevideano, parábamos muchas veces a cenar en Lo de Silverio, una parrilla al aire libre junto al tablado del Velódromo. Una de esas noches del extraño verano en febrero, nuestra tertulia multinacional (periodistas uruguayos, gallegos, brasileños, argentinos…) se vio interrumpida por un sonido identificable sólo con una gran bofetada. Lo era, en efecto, y le siguió un grito de mujer despechada: “Me estás haciendo pegarte al pedo (sin querer) ¿¡Quién es ella!?”, dirigido a un hierático joven. Luego, otro cachetazo, que el tipo aguantó como un verdadero hombre, y un reproche a continuación proferido por la chica: “¡Vos dijiste que me amabas!”.

.-¡Y sííí! ¡No más era una loca que me estaba agarrando!  Fue la desesperada e increíble excusa del hombre, que aguantó incluso una patada, mientras salían de la terraza.

Nuestro anfitrión, el jovial Eduardo Rabelino, director del Museo del Carnaval de Montevideo, fue enviado de espía ante nuestra imperiosa sed de cotilleo (cotisheo, en uruguasho), y volvió con la historia: “Se conooose que el tipo había dicho a su novia que se iba con unos amigos a las Llamadas (el desfile de las comparsas negras del Candombe), pero en realidad se vino con otra a escuchar las murgas en el tablado. Con tan mala fortuna, que unas amigas de su novia le vieron y, con esa implacable solidaridad que practican las mujeres en estos casos, la avisaron. Claro, ella (esha) vino y los pilló a los dos infieles, cuando estaban a los besos, y ahí empezó la batalla”. 

Mala suerte para el chico, que siguió un buen rato recibiendo gritos y empellones de la engañada, finalmente consolada por las chivatas. Para algo están las amigas.

P.S. La estupenda foto de la playa de Quibón, en la larguísima Rambla de Montevideo, es de Julio González, mi amigo y compañero en ese viaje, que dará para muchas entradas.

Manolito en Australia

Ulyfox | 10 de marzo de 2010 a las 10:07

Hay viajeros, como yo, y ‘marcopolos’ irremediables. He recibido una comunicación sorpresa y agradable de un amigo, Manuel Guerrero. Colaboró durante años en el Diario con sus fotografías y sus relatos de viajes, lejanos, exóticos e intensos. Ha tenido empresas de turismo de aventuras y de incentivos. Se mueve más que el rabo de una lagartija, como nos decían de chicos. Ahora está en Australia. Ha dejado temporalmente su vida en El Puerto y se ha lanzado a vivir durante dos años en Sidney. Él no podía buscarse un trabajo normal, naturalmente, y ahora limpia rascacielos colgado de dos cuerdas. Y ha empezado un blog, claro, para contarnos que ese país casi en las antípodas no es tan paraíso como cuentan. Ahí está el tío.

http://ponoespatanto.wordpress.com/

Suerte, Manuel. Nos vemos en el camino

Penélope decorando Pedraza

Ulyfox | 9 de marzo de 2010 a las 1:20

plaza nevada

Todos conocen Pedraza de la Sierra, y Sepúlveda, y Riaza. Lugares donde el cordero reina por encima de los lobos que acudimos a devorarlo en manada. El lechal, ese sí que quita los pecados del mundo. Pueblos de Segovia, amurallados. Pedraza quedó en mi imaginario de jovencito desde que Ana Belén rodara en sus calles, allá por los 70, una película iniciática, ‘El amor del capitán Brando’, en la que un niño era capaz de ganarse los favores de la entonces musa de la progresía. En la película, su única puerta se cerraba al atardecer. Era entonces lo que ahora, un pequeño lugar de tres calles de piedra rodeadas por una muralla y con un castillo que ya no defendía de nadie. La fortaleza nada puede tampoco contra los miles de visitantes que acuden a la villa cada fin de semana.

plaza

esquina

Es verdad, quizá haya perdido la autenticidad para convertirse en un belén para madrileños de domingo, y está lleno de tiendas exclusivas. Poco más que eso y una docena de restaurantes puedes encontrar. Pero es tan bello el dorado de su piedra al atardecer… En la carretera, poco antes de llegar, hay una iglesita románica maravillosa, de pórtico celestial.

ermita

Estuvimos allí, después de mucho tiempo, el pasado Fin de Año, en un hotel perfecto por su decoración, su ambiente, su calidez y la atención de su personal. Lo recomiendo: Hospedería de Santo Domingo (www.hospederiadesantodomingo.com) , perteneciente a la red Rusticae. Es el alojamiento idóneo para el turismo de invierno, cuando los días cortos y fríos te empujan al hotel poco tiempo después del almuerzo, y te apetece hojear tranquilamente el periódico o tirarte de cabeza a un buen libro.

En Nochevieja cenamos de manera exquisita en La Taberna de Antioquía, y por nuestra cuenta, en los tres días que pasamos allí, establecimos una competición por la mejor croqueta entre varios restaurantes y mesones (buenísimas las de El Jardín).

Sin esperarlos nos sorprendió la nieve. Salíamos para la cena de Fin de Año y Penélope, tan niña a veces como imponente mujer otras, exclamó “mira, han decorado la calle como si tuviera nieve”. ¡Noooo! Era sólo la forma blanca que adopta la lluvia cuando estás en el centro de Castilla en pleno invierno. Hermosísima sorpresa en la noche helada.

Pedraza está a unos 30 kilómetros de Segovia, y los alrededores permiten un montón de excursiones, que organizan en el mismo hotel; o bien proporcionan una buena información para que la hagas en tu coche. Hasta Segovia hay autovía, y después sólo queda un pequeño trecho en carretera nacional, en dirección a Soria. En un risco, enfrente, se aparece el pueblo, poco después de las vacas.

vista general

Amal, trabajadora y musulmana en El Cairo

Ulyfox | 7 de marzo de 2010 a las 13:43

amalamal zoser

 

Se llama Amal y tiene al menos un amigo en Cádiz. Trabaja de guía para españoles en El Cairo, y fue la nuestra hace dos años por pirámides, mastabas, mercados e iglesias de la tumultuosa, aparentemente ingobernable, capital de Egipto. En la Ciudadela cairota, empezada a construir por el gran Saladino, se encuentra la Mezquita de Mehmet Ali, también conocida como la Mezquita de Alabastro. Allí, Penélope tiró de su bendita indiscreción para preguntarle a Amal sobre su condición de mujer en un país musulmán, insoportable a nuestros ojos occidentales. La guía tapaba su corpulenta anatomía de arriba a abajo, dejando sólo a la vista su rostro y sus manos. Dijo que a ella no le molestaba ir tan vestida en medio del sofocante septiembre egipcio; que las mujeres no deben exponer claramente sus atractivos físicos; que son las bellezas del alma las que importan y las que deben tener en cuenta los hombres, fácilmente excitables por otros medios. Me pareció sincera en sus ideas, compatibles en muchos puntos con los discursos más progresistas sobre la condición femenina, si las oyes bien.

Nuestra visita coincidió con el Ramadán. Amal no tomaba ni agua desde que salía el sol hasta que se ponía, pese a que el calor le hacía constantemente secarse el sudor de la frente y a que su trabajo consistía en hablar, y hablar. Rechazaba nuestros ofrecimientos en la explanada de Gizeh, y también frente a la pirámide escalonada, obra del gran Imhotep. Se limitaba a buscar la escasa sombra mientras nosotros desafiábamos el calor para acercarnos al primer monumento en piedra de la historia (un escalofrío de 4.660 años nos contemplaba), levantado para acoger los restos del faraón Zoser. En el restaurante con privilegiada terraza frente a la Esfinge, se apartó bajo una sombrilla a rezar sus oraciones mientras hacíamos lo posible por acabar el copioso almuerzo, y en un popular local cerca del Museo Egipcio se sentó en una mesa cercana a esperar que acabáramos. ¿Cómo aguantas? le preguntamos. “Por fe, hacemos esto por fe, nadie nos obliga, y además es bueno para el cuerpo, porque se depura” contestaba en su magnífico español.

Y sonreía mucho.