Montepulciano sin vampiros (Toscana II)

Ulyfox | 12 de marzo de 2010 a las 14:28

PULCINELLA

No lo supimos hasta que volvimos. Seguramente, no somos lo bastante jóvenes. Es decir, no hemos leído la saga vampírica Crepúsculo, y lo primero que nos comentaron cuando contamos que habíamos estado en Montepulciano era que en el bello pueblo toscano se había rodado la película, y que si habíamos visto el Pulcinella del reloj. Sí, claro, pero no conocíamos nada de esos vampiros, ni vimos ninguna huella de ellos en sus empinadísmas calles. Sólo sabíamos que habíamos descubierto uno más de los innumerables pueblos-monumentos de Italia.

calle

Montepulciano es una larga cuesta de colores tostados, ladrillo, piedra y estuco, diversificada en decenas de rampas llenas de palacios y bodegas, que lleva hacia la Piazza Grande, un lujoso recinto medieval en el que destaca el Palazzo Comunale con su alta torre almenada y visitable, y el lujoso Palazzo Contucci. 

La Piazza Grande

La Piazza Grande

Fuente en la Piazza Grande

Fuente en la Piazza Grande

 Su fama, antes del libro para adolescentes, le viene de su extraordinario vino nobile uno más de los fabulosos tintos de la Toscana. Varias extraordinarias bodegas y cantine pueden ser visitadas. Es menos conocido que la vecina Volterra, donde la novela sitúa realmente la acción draculil, pero la hermosura de su casco amurallado y las vistas desde su fabulosa altura justifican que los productores la eligieran como escenario de la película, que probablemente no veremos.

campo toscano

vistas desde montepulciano

vistas desde montepulciano

Queríamos habernos albergado en el Meublé Il Riccio,  http://www.ilriccio.net/  pero llegamos tan tarde y tenía tan  difícil acceso que optamos por uno más accesible, el Albergo Il Marzocco. Nos encontramos con una recepcionista de 80 años, todavía guapa, sentada al final de una habitación ante una mesa de caoba. Hizo la inscripción en una nota a mano y nos dio una habitación como de hace 100 años. De hecho, el hotel está abierto hace 140, y siempre lo ha llevado la misma familia. El cuarto era amplio, con una cama antigua y una terraza con pérgola y vistas de película de época. Nos gustó. Esta es su dirección: http://www.albergoilmarzocco.it/

Para comer, casi no tuvimos más elección (todo cerrado acabada la temporada navideña) que el restaurante Borgo Buio, en la calle del mismo nombre y cercano al hotel. Y fue extraordinario. El amable encargado conocía Cádiz (Cadice en italiano) porque había venido a visitar a su hija cuando estaba de estudiante Erasmus, el año pasado. Conocedor también de los vinos que servía, nos ayudó en la elección para acompañar el excelente queso pecorino y el risotto con aroma de trufas. En Italia, como aquí dentro de poco, no se puede fumar en ningún local público. Penélope no quiere abandonar ese placer, y se vio forzada a salir a la fría noche. Pero el amable encargado la hizo entrar a una salita contigua, donde estaban ¡oh sorpresa! la mayor parte de los comensales que ocupaban las mesas. Grazie mille: esta es la dirección   http://www.borgobuio.it/ y esta es la foto de la calle:

borgo

Ya he contado en una anterior entrada que es muy fácil llegar a la Toscana en un vuelo de Vueling desde Sevilla a Pisa, pasando por Barcelona, eso sí. Y luego, a disfrutar en coche.

Vos dijiste que me amabas en Montevideo

Ulyfox | 11 de marzo de 2010 a las 14:23

Kibon_n

Montevideo me atrapó para siempre no por sus restos coloniales, casi inexistentes, ni por su entorno natural (pese a la abierta belleza inabarcable del Río de la Plata), ni por su riqueza artística. Es el tipo de ciudad que enamora, y no siempre el amor que te engancha es la mujer más despampanante. La capital oriental me cautivó por su gente, por su ambiente, por la movilización social de sus barrios, por ese aire de izquierda todavía combativa y humanista. Es de los recuerdos que llevan aparejado un temblor cada vez que aparecen.

En uno de los trabajos que he hecho con más gusto, una semana en el Carnaval montevideano, parábamos muchas veces a cenar en Lo de Silverio, una parrilla al aire libre junto al tablado del Velódromo. Una de esas noches del extraño verano en febrero, nuestra tertulia multinacional (periodistas uruguayos, gallegos, brasileños, argentinos…) se vio interrumpida por un sonido identificable sólo con una gran bofetada. Lo era, en efecto, y le siguió un grito de mujer despechada: “Me estás haciendo pegarte al pedo (sin querer) ¿¡Quién es ella!?”, dirigido a un hierático joven. Luego, otro cachetazo, que el tipo aguantó como un verdadero hombre, y un reproche a continuación proferido por la chica: “¡Vos dijiste que me amabas!”.

.-¡Y sííí! ¡No más era una loca que me estaba agarrando!  Fue la desesperada e increíble excusa del hombre, que aguantó incluso una patada, mientras salían de la terraza.

Nuestro anfitrión, el jovial Eduardo Rabelino, director del Museo del Carnaval de Montevideo, fue enviado de espía ante nuestra imperiosa sed de cotilleo (cotisheo, en uruguasho), y volvió con la historia: “Se conooose que el tipo había dicho a su novia que se iba con unos amigos a las Llamadas (el desfile de las comparsas negras del Candombe), pero en realidad se vino con otra a escuchar las murgas en el tablado. Con tan mala fortuna, que unas amigas de su novia le vieron y, con esa implacable solidaridad que practican las mujeres en estos casos, la avisaron. Claro, ella (esha) vino y los pilló a los dos infieles, cuando estaban a los besos, y ahí empezó la batalla”. 

Mala suerte para el chico, que siguió un buen rato recibiendo gritos y empellones de la engañada, finalmente consolada por las chivatas. Para algo están las amigas.

P.S. La estupenda foto de la playa de Quibón, en la larguísima Rambla de Montevideo, es de Julio González, mi amigo y compañero en ese viaje, que dará para muchas entradas.

Manolito en Australia

Ulyfox | 10 de marzo de 2010 a las 10:07

Hay viajeros, como yo, y ‘marcopolos’ irremediables. He recibido una comunicación sorpresa y agradable de un amigo, Manuel Guerrero. Colaboró durante años en el Diario con sus fotografías y sus relatos de viajes, lejanos, exóticos e intensos. Ha tenido empresas de turismo de aventuras y de incentivos. Se mueve más que el rabo de una lagartija, como nos decían de chicos. Ahora está en Australia. Ha dejado temporalmente su vida en El Puerto y se ha lanzado a vivir durante dos años en Sidney. Él no podía buscarse un trabajo normal, naturalmente, y ahora limpia rascacielos colgado de dos cuerdas. Y ha empezado un blog, claro, para contarnos que ese país casi en las antípodas no es tan paraíso como cuentan. Ahí está el tío.

http://ponoespatanto.wordpress.com/

Suerte, Manuel. Nos vemos en el camino

Penélope decorando Pedraza

Ulyfox | 9 de marzo de 2010 a las 1:20

plaza nevada

Todos conocen Pedraza de la Sierra, y Sepúlveda, y Riaza. Lugares donde el cordero reina por encima de los lobos que acudimos a devorarlo en manada. El lechal, ese sí que quita los pecados del mundo. Pueblos de Segovia, amurallados. Pedraza quedó en mi imaginario de jovencito desde que Ana Belén rodara en sus calles, allá por los 70, una película iniciática, ‘El amor del capitán Brando’, en la que un niño era capaz de ganarse los favores de la entonces musa de la progresía. En la película, su única puerta se cerraba al atardecer. Era entonces lo que ahora, un pequeño lugar de tres calles de piedra rodeadas por una muralla y con un castillo que ya no defendía de nadie. La fortaleza nada puede tampoco contra los miles de visitantes que acuden a la villa cada fin de semana.

plaza

esquina

Es verdad, quizá haya perdido la autenticidad para convertirse en un belén para madrileños de domingo, y está lleno de tiendas exclusivas. Poco más que eso y una docena de restaurantes puedes encontrar. Pero es tan bello el dorado de su piedra al atardecer… En la carretera, poco antes de llegar, hay una iglesita románica maravillosa, de pórtico celestial.

ermita

Estuvimos allí, después de mucho tiempo, el pasado Fin de Año, en un hotel perfecto por su decoración, su ambiente, su calidez y la atención de su personal. Lo recomiendo: Hospedería de Santo Domingo (www.hospederiadesantodomingo.com) , perteneciente a la red Rusticae. Es el alojamiento idóneo para el turismo de invierno, cuando los días cortos y fríos te empujan al hotel poco tiempo después del almuerzo, y te apetece hojear tranquilamente el periódico o tirarte de cabeza a un buen libro.

En Nochevieja cenamos de manera exquisita en La Taberna de Antioquía, y por nuestra cuenta, en los tres días que pasamos allí, establecimos una competición por la mejor croqueta entre varios restaurantes y mesones (buenísimas las de El Jardín).

Sin esperarlos nos sorprendió la nieve. Salíamos para la cena de Fin de Año y Penélope, tan niña a veces como imponente mujer otras, exclamó “mira, han decorado la calle como si tuviera nieve”. ¡Noooo! Era sólo la forma blanca que adopta la lluvia cuando estás en el centro de Castilla en pleno invierno. Hermosísima sorpresa en la noche helada.

Pedraza está a unos 30 kilómetros de Segovia, y los alrededores permiten un montón de excursiones, que organizan en el mismo hotel; o bien proporcionan una buena información para que la hagas en tu coche. Hasta Segovia hay autovía, y después sólo queda un pequeño trecho en carretera nacional, en dirección a Soria. En un risco, enfrente, se aparece el pueblo, poco después de las vacas.

vista general

Amal, trabajadora y musulmana en El Cairo

Ulyfox | 7 de marzo de 2010 a las 13:43

amalamal zoser

 

Se llama Amal y tiene al menos un amigo en Cádiz. Trabaja de guía para españoles en El Cairo, y fue la nuestra hace dos años por pirámides, mastabas, mercados e iglesias de la tumultuosa, aparentemente ingobernable, capital de Egipto. En la Ciudadela cairota, empezada a construir por el gran Saladino, se encuentra la Mezquita de Mehmet Ali, también conocida como la Mezquita de Alabastro. Allí, Penélope tiró de su bendita indiscreción para preguntarle a Amal sobre su condición de mujer en un país musulmán, insoportable a nuestros ojos occidentales. La guía tapaba su corpulenta anatomía de arriba a abajo, dejando sólo a la vista su rostro y sus manos. Dijo que a ella no le molestaba ir tan vestida en medio del sofocante septiembre egipcio; que las mujeres no deben exponer claramente sus atractivos físicos; que son las bellezas del alma las que importan y las que deben tener en cuenta los hombres, fácilmente excitables por otros medios. Me pareció sincera en sus ideas, compatibles en muchos puntos con los discursos más progresistas sobre la condición femenina, si las oyes bien.

Nuestra visita coincidió con el Ramadán. Amal no tomaba ni agua desde que salía el sol hasta que se ponía, pese a que el calor le hacía constantemente secarse el sudor de la frente y a que su trabajo consistía en hablar, y hablar. Rechazaba nuestros ofrecimientos en la explanada de Gizeh, y también frente a la pirámide escalonada, obra del gran Imhotep. Se limitaba a buscar la escasa sombra mientras nosotros desafiábamos el calor para acercarnos al primer monumento en piedra de la historia (un escalofrío de 4.660 años nos contemplaba), levantado para acoger los restos del faraón Zoser. En el restaurante con privilegiada terraza frente a la Esfinge, se apartó bajo una sombrilla a rezar sus oraciones mientras hacíamos lo posible por acabar el copioso almuerzo, y en un popular local cerca del Museo Egipcio se sentó en una mesa cercana a esperar que acabáramos. ¿Cómo aguantas? le preguntamos. “Por fe, hacemos esto por fe, nadie nos obliga, y además es bueno para el cuerpo, porque se depura” contestaba en su magnífico español.

Y sonreía mucho.

La gota mágica de Quíos

Ulyfox | 5 de marzo de 2010 a las 1:08

gota mastika

vieja mastika quiosSus habitantes griegos la llaman mastija, pero a los españoles nos llegó con el arabizado nombre de almáciga. Sólo en la isla de Quíos, en el Egeo nororiental, enfrente de la majestuosa Esmirna de dolorosos recuerdos, se produce esta sustancia pegajosa que lo mismo se convierte en goma de mascar que en cosmético, que aromatiza un delicado aguardiente o da sabor a los postres tradicionales. Sólo en Quíos se cultiva el lentisco, el arbusto de cuya resina se obtiene este resultado extraordinario.

Yo aún no sé si la palabra masticar viene de ahí o si es esta acción la que da nombre al producto. Lo cierto es que en estos extraños campos, los lentiscos brillan con multitud de perlas doradas al mediodía de septiembre, pero sobre todo al atardecer. Quienes los explotan hacen una y otra vez pequeñas incisiones en su corteza y esperan pacientemente a que la savia aflore y caiga al suelo, donde solidifica y es recogida.

Y desde hace siglos, las mujeres mayores de la región de la Mastihohoria (pueblos de la almáciga) componen una estampa común y tertuliante a las puertas de su casa, con las bolsas o barreños de resina a un lado y una especie de cedazo donde separan con las manos la mastija de hojas y otras impurezas. La selección del blanco fruto queda en cualquier envase, por ejemplo una tarrina de yogur. Una de esas mujeres nos explicó el proceso, que entendimos todo lo que nos permite nuestro elemental griego, de selección, lavado y elaboración. Luego se dejó hacer fotos, y nos dio a probar con una sonrisa la sustancia al natural. Es como un chicle pegajoso cuyo perfume arresinado y agradable permanece horas, y ha sido la base de la riqueza de la isla desde que se recuerda, al menos desde que en el siglo XIII los genoveses se apoderaron de su explotación y crearon pueblos fortificados para defender este tesoro.

Hoy los singulares y bellísimos pueblos de la almáciga son un atractivo turístico para viajeros especiales. Pero eso queda, de momento, para otro día.

Roma con chocos, aquí al lado

Ulyfox | 3 de marzo de 2010 a las 9:56

Tiene razón alguno de mis amables comunicantes cuando me dicen que no hay que ir tan lejos (a veces) para ver y sentir paisajes y gentes memorables. ¿Quién no conoce la playa de Bolonia, ese paraje grandioso a poco más de una hora en coche desde Cádiz? ¿Qué les voy a descubrir hablando de ella? Seguramente nada: sus evocadoras ruinas romanas, misteriosas por las maravillas que esconden aún, “esperando la mano de nieve que sepa arrancarlas” que diría Bécquer; su mar azul y profundo, helado; las montañas a su espalda, verdísimas ahora. Eso, lo que todos saben… o deberían saber. Pero es que estuve allí hace dos días y quiero contarlo. Contar lo del restaurante Las Rejas, hago publicidad gratis y tan a gusto, y lo de sus memorables chocos en su tinta, y lo de sus croquetas de ídem, su atún en manteca, su ensaladilla de pimientos, sus pescados recién cogidos, su arroces… Lo de la atención por parte de sus dueños es mejor que lo conozcan ustedes allí mismo. La conversación con Carlos y José Manuel incluye las risas. Tienen algo que le hace a uno desear que el negocio les vaya bien. Volvemos siempre y siempre es igual de familiar. Y con la bajada a la playa a diez pasos.

Está en el poblado del Lentiscal, tomando en dirección contraria a las ruinas de Baelo Claudia, a unos 400 metros más o menos. No recomiendo, sólo cuento lo que disfrutamos.

¡Buen viaje y buen provecho!

Una pensión en Turquía, con un libro

Ulyfox | 2 de marzo de 2010 a las 10:11

Taksiyarhis-Pansiyon_12_2_bAl poco de iniciar este blog, mi fiel Picaporte me preguntó por el mejor lugar para leer. Le contesté que cualquier terraza al atardecer en una isla griega. Y he de añadir la cama de cualquier buen hotel, haciendo un liaíllo con la almohada para adoptar la postura correcta. Pero probablemente uno de los mejores sitios para entregarse a una lectura inabandonable es una peculiar pensión en la ciudad de Ayvalik, en la costa norte del Egeo turco, justo enfrente de la isla griega de Lesbos. Y no lo digo porque lo experimentara yo mismo, sino por el éxtasis lector que acometió a Penélope en los cuatro días en que nos alojamos allí. Se trata de un establecimiento llevado por una mujer que ha recorrido el mundo y en el que se impone al huésped la deliciosa obligación de andar descalzos por todas sus estancias. Las cuatro mañanas nos despertó el pregón de un niño que vendía rosquillas de pan, tempranísimo, todavía a oscuras. Yo, perezoso, daba una vuelta en la cama y seguía durmiendo. No Penélope,que se levantaba poco después y se dirigía a la terraza, con un ejemplar de bolsillo de Los pilares de la Tierra a vivir el amanecer de una manera mucho más literaria. El sol se levanta en Turquía igual de temprano que los turcos, y desde los primeros rayos ella se sumergía en la lectura de tan recomendable novela de Ken Follet. Desde esa atalaya se divisa buena parte de las azoteas y minaretes del pueblo, y un poco a los lejos el mar Egeo de los troyanos. Pegada, la iglesia griega en ruinas que da nombre al establecimiento, Taksiyarhis. De hecho, la pensión es la antigua casa del párroco, supongo que huido como tantos helenos en las sangrientas guerras entre los dos países, hace ya casi cien años. En esa terraza de la Taksiyarhis Pansiyon, y en cuatro largas mañanas sentada en cómodo sofá turco, Penélope se acabó el largúisimo libro. Sólo el canto del almuédano llamando a la oración le hacía levantar la vista para disfrutar del bello sonido, y luego continuar la lectura. Y más de una hora después, mi llegada, que precedía a uno de los mejores desayunos del mundo (huevos, quesos, aceitunas, tomates, café, yogurt…) interrumpía el deleite lector para entregarse al de la excelente comida turca. Querido Picaporte, probablemente es el mejor lugar que conozco para leer.

La manera más recomendable, para mí, de llegar a Ayvalik es desde la isla de Lesbos, en poco más de media hora de barco. Hay que pagar visado y aguantar la espera interesada de los guardias, pero es una inmersión brusca y emocionante en el mundo turco. Muy cerca están Assos, donde enseñó Aristóteles, y ¡Troya! Al ladito, Pérgamo y un poco más lejos Éfeso. No sigo. Hay transbordador todos los días en verano. Si queréis llegar a Lesbos, hay al menos dos aviones diarios desde Atenas.

Si logro escanear las diapositivas, otro día colgaré mis fotos, pero de momento id mirando… y pensando en vuestras próximas vacaciones, pinchando esta dirección.  De nada

www.taksiyarhispansiyon.com

Aquella Habana antigua…

Ulyfox | 28 de febrero de 2010 a las 12:54

… que tanto en Cádiz dio que hablar con su pregonado parecido. Fue casi nuestro primer viaje, el de luna de miel, hace ya… Existía aún la Unión Soviética, y bajo su paraguas vivía la isla caribeña. No ha cambiado mucho la situación, excepto que la URSS ya es historia, el bloque comunista saltó por los aires y la Perla de las Antillas permanece fiel a un sistema fracasado. Ninguno es perfecto, pero preferimos el que no deja morir a la gente de huelga de hambre en una cárcel y permite que las ideas circulen e incluso conspiren contra él. El bloqueo norteamericano tiene culpa de muchas cosas, pero no de esta.

Cuando Penélope y yo viajamos a Cuba éramos unos inexpertos en casi todo. Con decir que se nos olvidó el bañador y un montón de ropa al hacer la maleta… Los compañeros de aquel viaje que nos salió tan barato se portaron estupendamente, porque casi no había ni ropa que comprar. En las fotos aparecemos con bañadores prestados. De risa. Menos mal que yo aún cabía en los bañadores de otros. Nos encontramos un país pobre pero muy digno. Nadie pedía dinero, si acaso los niños algún bolígrafo o caramelos. Los mayores querían cambiar por ron o puros las cosas más inverosímiles. Pero se veía a la gente contenta… si no fuera por los que nos perseguían para cambiar en el mercado negro dólares por pesos. Los más listos decían que eran agentes del propio Gobierno cubano, para así recaudar más divisas. No sé. La isla me pareció espléndida, pero chocante en asuntos como que había un horario para tomar cervezas, eso sí, el ron estaba disponible todo el día. Lo que más nos gustó: Santiago de Cuba y su ambiente, su música, y la playa de Guardalavaca.

En la Habana Vieja se notaba la mano de la Unesco en las pinturas, y también que era muy vieja en otros sitios, descuidados. Hace tanto… pero no le encontramos el parecido a Cádiz, si no era por la vista desde el borde marítimo del Malecón, algunas fortalezas, y la portada de la Catedral en la parte más histórica. Cambiamos dólares en el mercado negro y comimos, usando ese cambio ventajoso, una langosta grillé en el histórico Floridita, cuna del daiquiri, por muy poco dinero. Defraudamos como guiris listillos y nos volvimos con una ligera sensación de haber desaprovechado algo los 15 días. Pero es que éramos inexpertos en casi todo.

Otra forma de holgar en Atenas

Ulyfox | 25 de febrero de 2010 a las 16:35

tabernaNo todo son problemas y huelgas en Grecia. Estoy en campaña propagandística pro griega, lo admito. Los trabajadores griegos, hartos como muchos de que se les quiera hacer pagar una crisis que no han causado, han hecho una huelga general contra las medidas que Europa les exige para solventar su bancarrota. Yo, que amo Atenas y toda Grecia, constato que los griegos son belicosos cuando se ponen, como si el mismo Jerjes les estuviera amenazando de nuevo en las Termópilas, y no requieren mucha provocación para lanzar un adoquín, preferentemente contra la cristalera de un banco.

Pero hay otra imagen de Grecia, de la misma Atenas, mucho más amistosa, retratada en las terrazas de sus tabernas y cafés, innumerables. Como esta de la foto, la taberna O Platanos, en referencia al mítico árbol que sombrea tantas plazas griegas. Está en plena zona arqueológica de Atenas, siguiendo una callecita que sale junto a la Torre de los Vientos, ese antiguo reloj romano de agua cerca del Ágora, un rincón evocador como pocos, a trescientos metros en línea recta de la Acrópolis, apartada de la zona más turística del barrio de Plaka. Es la calle Diógenes, en un ensanchamiento. El que aparece al fondo en la puerta es el dueño, un hombre mayor y con el cuerpo ladeado a la izquierda de tanto llevar la bandeja en el hombro derecho. Comimos cordero estofado (para chuparse los dedos) y patatas, con un entrante de tzatziki, todo regado con una sola cerveza porque teníamos que volar pocas horas después. Me pareció auténtica y no sé si sobrevivirá al encargado.

Están ustedes invitados.