Pajaritos en Lisboa

Ulyfox | 23 de marzo de 2010 a las 1:00

Plato de Pasarinho, junto a un timbre antiguo

Plato de Pasarinho, junto a un timbre antiguo

Recuerdo que su nombre es José, pero le conocen como Pasarinho porque en sus cerámicas utiliza habitualmente como motivo uno o varios pajaritos de diferentes colores. Su historia nos la contó el dueño de una tienda de artesanía en Lisboa. El local no tiene pérdida, está en el barrio de Alfama, cerca del Castelo San Jorge; no hay más que seguir el reguero de turistas, y en su exterior están colgados numerosos platos de este artista casi anónimo. Creo recordar que el maestro trabaja en Arraiolos, en el Alentejo, y ya es muy mayor. El hombre de la tienda no supo decirnos si tenía aprendices. Compramos varias piezas absolutamente hermosas, al menos para nuestro gusto. Es uno de los recuerdos que nos trajimos de Lisboa, hace poco más de dos años, en un puente de la Inmaculada con la capital portuguesa llena de españoles. Entre ellos, por las atestadas calles de la Baixa nos cruzamos con la ministra de Defensa, Carme Chacón, muy abrazada a su novio o marido y seguida por dos guardaespaldas. Cuando volvimos a España nos dimos cuenta de que algún periódico había querido hacer un pequeño escándalo porque la ministra se había ido de vacaciones a Portugal cuando ocurría no sé qué cosa importante en nuestro país ¡Algo más importante que irse de puente!

La tienda, en el barrio de Alfama

La tienda, en el barrio de Alfama

Siempre nos ha gustado comprar cerámica de los sitios que visitamos. Recuerdo que hace muchos, muchos años, nos desviamos bastantes kilómetros exclusivamente para buscar a dos alfareros que trabajaban en Arroyo de la Luz, en Cáceres, y que hacían unos trabajos con unos verdes preciosos, cada uno con un tono exclusivo de ellos. Los encontramos casi a la hora de la siesta, preguntando en las calles desiertas, y pudimos adquirir algunas piezas en el mismo taller. Fijaos qué tontería, pero eso nos gustó muchísimo. Pero ahora, después de años de viajes ¿dónde colocamos tantos cacharros? ¿dónde los guardáis vosotros, o es que los ponéis todo a la vista? ¿habéis tirado muchos? ¿podemos tirar sin dolor ese pedazo del alma?

Alfama, casi a vista de pájaro desde uno de los numerosos miradores

Alfama, casi a vista de pájaro desde uno de los numerosos miradores

Por qué a los italianos les gusta hablar de comida

Ulyfox | 21 de marzo de 2010 a las 22:47

Elena Kostioukovitch

Elena Kostioukovitch

No es mío el título. En realidad corresponde a un libro escrito por Elena Kostioukovich (no, a mí tampoco me decía nada antes este nombre), y se trata, según la autora, de “un itinerario a través de la historia, la cultura y las costumbres”. A pocos libros se les puede aplicar con tanta propiedad el calificativo de delicioso. Para nosotros, en nuestro último (penúltimo) viaje a la Toscana fue tan guía como la Lonely Planet y la Routard que también llevábamos. Era casi leer el capítulo y probar el plato descrito, o viceversa, con lo grato que resulta comprobar que lo escrito corresponde con lo comido. Descubrir lo que es el lardo (tocino) de Colonnata, el atún de Chianti (que en realidad es cochinillo hervido en vino y después metido en aceite, y así se supone que sabe a atún, este no lo probamos); la historia de la enorme y exquisita vaca de raza chianina (uuuuhm); de cómo el movimiento Slow Food ha logrado entre otras cosas recuperar el sabroso cerdo cinta senese, que es negro como el nuestro pero con una cinta blanca en el pecho, de ahí su nombre (estupendo carpaccio casero que nos pusieron en Cortona), y tantísimas cosas. 

Un libro que es a la vez de cocina y de historia, de viajes y de costumbre, rebozado en un gran amor por ese país excelso, irrepetible que es Italia, una tierra rebosante de arte, también en su comida. Es imposible andar por la península sin que entren ganas de comer y de hablar de comida: viñedos de Toscana, excelsas tiendas de alimentación en Bolonia, anuncios de ‘pecorino di Pienza’, escaparates de pasta, mercados en la calle, terrazas con el buen tiempo.

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Por qué a los italianos les gusta hablar de comida, escrito por Elena Kostioukovich, está editada en España por Tusquets y tiene un sabroso prólogo de Umberto Eco. Kostioukovich es ucraniana, y profesora de Literatura rusa en la Universidad de Milán. Activa difusora de la literatura italiana en su país, en este libro se demuestra además como una gran amante de ese país grande, amable, impresionante y seductor como pocos. Una obra para viajeros por Italia y para amantes de la buena cocina, si es que ambas cosas pueden ir por separado, que no creo. Ha sido para mí un placer ¡Que disfruten!

Cacela Velha, así era el Algarve

Ulyfox | 21 de marzo de 2010 a las 1:49

Una casa de Cacela Velha

Una casa de Cacela Velha

Calle empedrada, y al fondo la iglesia

Calle empedrada, y al fondo la iglesia

Las guías dicen que es un milagro que en pleno Algarve de la explosión turistica se haya salvado este enclave, poco más que dos calles con el típico y bello empedrado portugués, una iglesia y una fortaleza en un promontorio frente al mar, al final de la larga lengua de arena que recorre paralela a la costa de buena parte de la costa sur portuguesa. Para nosotros fue una sorpresa, bien entrada la tarde y ya de vuelta a España. Cacela Velha está muy cerca de la frontera, a medio camino entre Tavira y Monte Gordo, en una desviación de la antigua carretera que lleva aVila Real (no confundir con Vilanova de Cacela Velha, dos kilómetros tierra adentro). Casi no tiene para quedarse (unas cuantas habitaciones de alquiler y un restaurante, cuando nosotros fuimos). Dicen que también posee una playa deliciosa. No pudimos estar más de un par de horas, dar una vuelta y tomar un café, pero puede ser una alternativa para una estancia más tranquila que sus pobladas y atestadas vecinas. Aunque no creo que sea tampoco el paraíso en temporada alta. Ya no quedan secretos, así que por eso lo cuento. Fue un mes de junio de hace cuatro años, tiempo suficiente para que haya cambiado. Eso sí, merece la pena acercarse, respirar, y probar ese restaurante. Si alguno lo ha hecho, que lo cuente también.

Allí no nos pasó nada, no nos dio tiempo más que a imaginar cómo sería el Algarve antes de que empezaran a crecer monstruos de ladrillo. A pesar de eso, nos sigue gustando la zona. Quizá volvamos pronto.

La fortaleza y el mar a la vista

La fortaleza y el mar a la vista

Vista desde la fortaleza

Vista desde la fortaleza

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Nieblas de Castilla, la Majestad de Toro

Ulyfox | 20 de marzo de 2010 a las 0:50

El río de Burgos

El río de Burgos

No sólo salimos al Mediterráneo. Siempre nos gusta viajar a Castilla, a la Vieja y a la Nueva. Y siempre en invierno, primavera como mucho. ¿Qué nos gusta? La piedra de sus fachadas, la tranquilidad y educación de su gente, lo natural y tradicional de su cocina. Cuando vamos a Castilla, por eso, siempre sabemos que los días son cortos, que pasaremos frío y que buscaremos un hotel calentito, el románico, el gótico y el plateresco, la ausencia de prisa y los picos nevados al fondo de los paisajes. Y en ciertas épocas, la niebla.

El Duero y Zamora

El Duero y Zamora

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Hace unos años, la niebla nos persiguió durante todo el viaje, o casi todo, como el frío. Descubrimos Zamora, Toro y su colegiata, con esa increíble piedra policromada del Pórtico de la Majestad, extrañamente poco conocido; Burgos, que es su catedral; Covarrubias entramado de madera; Lerma y el mejor cordero que hemos comido nunca. Silos y su convento de Santo Domingo, con su claustro y su ciprés, enhiesto surtidor de sombra y sueño. La niebla cala, enfría, da miedo en las carreteras, pero también queda estupendamente en las fotos, sobre todo cuando hay un río cerca, ya sea el Arlanzón o el Duero. 

Una calle de Toro, con la Colegiata al fondo

Una calle de Toro, con la Colegiata al fondo

Insisto, buscad Toro, entre Zamora y Burgos. No dejéis de ver el Pórtico gótico de la Majestad, dentro de la iglesia, cerrado ante las inclemencias del tiempo y maravillosamente conservado en sus colores y su intensidad musical. Digo musical, porque en una de sus arquivoltas están labrados en la piedra polícroma 18 músicos de la época, con sus instrumentos. Pero no dejaban hacer fotos a esa espléndida y anónima obra de arte. No importa, merece la pena ir a verlo in situ.

De una vasca para una Galle (colaboración)

Ulyfox | 19 de marzo de 2010 a las 20:20

He recibido la primera colaboración externa, con recomendaciones para un sitio que no conozco aún: el País Vasco. En un comentario anterior, Galle pedía consejos, porque se quiere ir a Lekeitio. Para ella, y para todos, estas recomendaciones, largas pero enjundiosas, de parte de la Vasca. Me ha enviado fotos, pero de momento no las he recibido bien. Cuando las tenga en condiciones, las pego. Gracias, y que aproveche:

 

Excursión al País Vasco

 

Aunque es una buena idea darse un paseo por la zona de Lekeitio, una de las más bonitas de Vizcaya. yo os propongo un recorrido empezando por la capital. Alguien que ha visitado hace poco la ciudad y a quien se lo recomendé me comentó que le parecía el mejor ejemplo de reconversión de una ciudad, “quien la ha visto y quien la ve”, organizada, limpia, moderna, volcada al turismo, estructurada, un casco antiguo rehabilitado y lleno de vida y por supuesto el Guggenheim.

  
Desde hace ya unos años, Bilbao hay que disfrutarla porque es verdad que el “efecto Guggenheim” ha hecho mucho por ella. Podéis daros una relajante vueltecita por el corte de la ría, justo por el camino que lleva o trae del famoso museo.
 

Si empezáis el paseo desde el Guggengeim podéis aprovechar y acabar en el Casco Viejo, en donde las barras de los bares de la “ruta de los pintxos” pone los pelos de punta. Allí en la céntrica Plaza Nueva tenéis que jartaros en el Victor Montes (aquí venían fotitos).  

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La barra del Víctor Montes

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Este es el ambiente a las puertas de cualquier bar del Casco Viejo de Bilbao. 

Toda la parte del Casco Viejo es zona de poteo, o lo que es lo mismo ir de bar en bar bebiendo y comiendo. Si preferís la cervecita, tenéis que pedir zuritos, que no es otra cosa que un corto de cerveza y, si no, pues el típico pote bilbaíno, vino tinto o clarete. Por supuesto, también podéis probar el txakolí.

La variedad de pintxos van desde el calabacín relleno de gulas y birutas de jamón ibérico, mejillones con gelatina, tostas con huevos de codorniz y bacon, rabas, chistorra con bacon, pasas, sésamo y salsa de frambuesa y por supuesto las famosas gildas, banderillas de aceitunas con anchoas y piperrak (guindillas verdes). 

Os voy a dejar también un mapa con una ruta de poteo muy recomendable:Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.    
 

Ya sé  que se me nota que soy de Bilbao, no lo puedo evitar, pero la verdad que todo el que va queda “encantao”. 

Vamos ahora hacia la zona de Lekeitio. Hace unos meses hice una excursión por aquellos pueblecitos que hacía mucho tiempo no había visitado. Fue gracias a mi hija que, después de 16 años viajando dos veces al año a Bilbao, presentó una queja porque no conocía el Arbol de Gernika y aprovechamos para visitar también a un amigo surfero canario que conoció en Madrid (uff!! qué lío de niña) que estaba cogiendo olas en la playa de Mundaka. 

Toda esa zona está salpicada por un sinfín de pueblos que pillan a mano y no se pueden dejar de ver. Lekeitio está aproximadamente a 60 kilómetros de Bilbao.

Durante el viaje debéis parar por supuesto en Gernika y en el Castillo de Butrón, situado en el municipio de Gatika a unos 20 kilómetros de Bilbao, muy cerca de Mungía (os voy a dejar un planito para que os orientéis).

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Butrón se alza sobre un monte de poca altura que se encuentra en medio de un compacto bosque de robles. Impresiona bastante la visión de la construcción elevada y rodeada de vegetación. La historia de este castillo, que parece sacado de un cuento de hadas, se remonta al siglo XI, fecha en la que se construyó una torre típicamente medieval sobre la antigua casa de los Butrón. En el siglo XIV la torre primitiva fue transformada en un castillo inexpugnable. Sobre sus muros flotó siempre el temido pendón de los Butrones, los caudillos más famosos de la comarca y los más fuertes y pendencieros banderizos. 

Los pueblos pesqueros que se pueden visitar por su proximidad y belleza son Bermeo, Mundaka (punto de encuentro de surfistas de todo el mundo) Elantxobe y Lekeitio. En esta época son sitios muy tranquilos, con relajantes vistas, pero en verano se llenan de ambiente y la martxa está garantizada. Por comer y beber no os preocupéis: son pequeños y accesibles y los bares y restaurantes suelen estar concentrados alrededor de la Iglesia o el Ayuntamiento. Si queréis comer bien y barato, entrad en un Batzoki. 

Bueno, creo que voy a terminar poniendo algunas imágenes: 
 
 

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Lekeitio 

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Bermeo 

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Mundaka 

Gero arte eta ondo ibili, o lo que es lo mismo, hasta luego y andar bien (es la traducción literal pero es una expresión que se utiliza para desearte lo mejor)

 

 

 

 

La mítica higuera

Ulyfox | 19 de marzo de 2010 a las 0:32

Mi higuera en Grecia, no os riáis

Mi higuera en Grecia, no os riáis

Va por ti, Impugnator. Ahí está, en el centro del salón, enseñoreándose de la antigua chimenea derruida como toda la casa. Piedras y, entre las piedras, las raíces de este mítico árbol que tantos placeres daba a Jasón en su camino accidentado hacia el Vellocino de Oro. Es la higuera que ha crecido en la ruina que hemos comprado en Creta. La casa lleva decenios abandonada y ésa es una oportunidad que una higuera no puede desaprovechar. Estoy pensando en conservarla, pero claro, trasplantándola al jardín, que es esa zona que se ve detrás. ¿Cuándo? Algún día… Los dioses no temen al tiempo. Tienen a su dueño de su parte, a Cronos, principio de todo.

Y bien ¿qué os parece? Admito calificativos de todo tipo. A mí me gusta.

Un lugar para vivir

Ulyfox | 18 de marzo de 2010 a las 1:22

Puerto de Makrigialós en invierno

Puerto de Makrigialós en invierno

Me preguntaba un amigo, hace unos días, conociendo mi afición a viajar, que dónde me gustaría vivir. Reflexioné un instante, muy poco, y la respuesta me vino clara: en realidad yo querría vivir en muchos sitios, es decir, estar viajando. Pero él es insistente, uno de los más insistentes que conozco. “No, no, eso no vale ná ¿dónde te gustaría vivir?”. “Grecia”, le dije, ante su apremiante pregunta. Pero no estoy muy seguro de que quiera vivir permanentemente allí, por más que sea el país que más quiero del mundo. El mundo es demasiado grande e interesante. Cómo renunciar a pasear por un mercado turco, a disfrutar de la comida italiana, a probar las fabulosas recetas (me dicen) libanesas. Veo, pienso, y me gustaría tener una casa en la Toscana; un sitio donde parar junto a Kas, en la costa azul turca; una casa antigua en las islas de los Príncipes, en el mar de Mármara; tal vez una buhardilla en Cinque Terre; un refugio en Ibiza. Siempre, mirando al mar. Sueños pobres sólo al alcance de los ricos. Me gustaría que me contaran ustedes cuáles son los suyos. Para eso están los comentarios.

Vista general de Pefki

Vista general de Pefki

Calle de Pefki, junto a la taberna I Piperia

Calle de Pefki, junto a la taberna I Piperia

Dice Penélope que todo el mundo tiene su paraíso y que el suyo es aquel rincón mediterráneo donde nacieron los dioses. El mío también. Por eso hemos comprado un pedacito en la isla cuna de Zeus, Creta. Está en una de las zonas más inexploradas (es decir, más baratas) de la isla, al sureste, frente al mar de Libia. Es una ruina de dos plantas, no exactamente en la costa, pero sólo cuatro kilómetros adentro, en la falda de una altísima montaña y con el mar abajo. El pueblo se llama Pefki y está medio abandonado, pero tiene dos calles encaladas y la taberna I Piperia (La Pimienta, por el árbol que le da sombra). También un pequeño kafeneion (café). Y en lo alto de un peñasco, sobre el pueblo, una capilla inaccesible. Poco a poco, la gente está comprando casas y arreglándolas. Eso queremos hacer nosotros.

Playa de Makrigialós, enero de 2009

Playa de Makrigialós, enero de 2009

Bajando la carretera, en la orilla, está Makrigialós (Playa Lejana), con sus hotelitos, sus tabernas y sus apartamentos. Sereno en septiembre y manejablemente animado en julio y agosto. Suficientemente modesto y maravilloso a la vez, para nosotros. Tal vez sea ese nuestro lugar para vivir. Están ustedes invitados, cuando lo arreglemos.

Lo nuestro en Pefki. En el futuro será bonito

Lo nuestro en Pefki. En el futuro será bonito

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Aquellos años, aquella imagen

Ulyfox | 16 de marzo de 2010 a las 12:21

LISBOA

Me ha ocurrido (¿a ustedes también?) que, repasando fotos tan antiguas como mi pasión por el viaje, buscando material para el blog, he descubierto otra imagen ¿Yo era sí de delgado? ¿Tenía el pelo negro? ¿La talla del pantalón era la 42? ¡Vaya! No estaba mu peor, que dirían en la Sierra. Hay también ropa pasada de moda ¡aquel jersey! fondos fotográficos que demuestran por ejemplo lo que ha cambiado un país en 20 años. No sólo es tu pelo ni es tu perfil solamente: ¡Es verdad, estuvimos en aquel sitio! Comimos en aquel restaurante ¿te acuerdas de que nos pusieron un bacalao estupendo?

Le habrá pasado a todos: esa dictadura incontestable de las fotos antiguas. Esos que posan sonrientes ya se han divorciado, aquel que apuntaba maneras de sinvergüenza hoy presume de magnate, tenemos que volver a Praga, nunca volveremos a Kos, siempre descubrimos Lisboa, tú estás igual, no hemos envejecido tan mal, la nostalgia ya no es lo que era.

¿Tantos sitios hemos-habéis vivido? Entonces, está bien.

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París para Naira

Ulyfox | 14 de marzo de 2010 a las 20:55

Estatua que corona la columna de La Bastilla

Estatua que corona la columna de La Bastilla

Naira, la bella, pide ayuda. Se va a París dentro de dos semanas, y pide consejos, direcciones, pistas, la guía de quien haya estado allí. Conozco esa alegre inquietud, ese ansia que acomete al que se dispone a viajar, y anda buscando información para no perderse lo mejor de su lugar de destino. Y entonces llama a amigos, lee libros, contacta (si tiene la inmensa suerte) con algún residente.

Por eso, si el desocupado lector de este blog ha estado en la eterna capital de Francia, yo le estaría enormemente agradecido en nombre de mi amiga si deslizara algún comentario provechoso, algún indicio valioso. Y eso incluye rincones, calles, restaurantes, bares, museos, y hasta ese banco en el parquecito más escondido o más visitado. En la sección de Comentarios, dejen sus avisos, por favor.

Penélope y yo hemos estado en París tres veces, y de cada una de las ocasiones sacamos algún momento imperecedero. La primera vez fue en el más frío invierno que recuerdo, a final de año y con una niebla que para qué ibas a subir a la Torre Efiffel. De esa vez, acompañados por una pareja que ya no lo es, me quedo con el descubrimiento de la ciudad, el Museo de Orsay con todos los cuadros de mis fascículos sobre el impresionismo, los bistrots de buen precio (Batifol, Aux Petits Oignons, puede que ya no existan) y el olor a fritura que me traje del primer restaurante judío que visité en mi vida.

Una pata de la Torre Eiffel

Una pata de la Torre Eiffel

La segunda fue al final de un verano, la pareja de amigos seguía siéndolo, pero fuimos solos. Nos tocó la delicia de pasear sin frío por la capital de Europa. Qué vista desde la Torre Eiffel: al anochecer todo París se fue encendiendo a nuestros pies; la siesta tardía en el césped de la gran explanada de los Inválidos después de una caminata de un día entero; y el bouquiniste junto al Sena que nos contó que Luis Mariano cantaba La belle de Cadix.

La reciente tercera vez, esos amigos ya se habían emparejado cada uno por su cuenta. Fue el pasado puente del Primero de Mayo. El descubrimiento sensorial fue que efectivamente los vinos franceses son excelentes (en un bistrot, como vino de la semana, en cualquier terraza en copas…).

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Dos hallazgos artísticos, uno las salas de Mesopotamia y Persia en el Louvre, lágrimas en el Museo frente a los azulejos milenarios del Friso de los Arqueros; y otro, las Nimpheas de Monet en el insólito Museo de l’Orangerie, construido expresamente para esta obra maestra de la pintura; y el Barrio Latino y un perol de mejillones; el barrio judío del Marais tan paseable (una tienda de relojes en la Rue des Francs Bourgeois); el apacible jardín interior en la Plaza des Vosges,  la elegante gente del centro, la Sainte Chapelle de muros transparentes de vidrieras, los vinos otra vez… Con nosotros viajó en esta ocasión otra pareja de años, que pocos meses después ya no lo eran. ¡Cuidado, Naira!

Place des Vosges, en el centro de París

Place des Vosges, en el centro de París

Friso de los Arqueros. Louvre

Friso de los Arqueros. Louvre

Interior de la Sainte Chappelle.

Interior de la Sainte Chappelle.

Sólo una exclamación, un ¡ooohh! muy grande de Penélope ante las vidrieras. Y el silencio.

Montepulciano sin vampiros (Toscana II)

Ulyfox | 12 de marzo de 2010 a las 14:28

PULCINELLA

No lo supimos hasta que volvimos. Seguramente, no somos lo bastante jóvenes. Es decir, no hemos leído la saga vampírica Crepúsculo, y lo primero que nos comentaron cuando contamos que habíamos estado en Montepulciano era que en el bello pueblo toscano se había rodado la película, y que si habíamos visto el Pulcinella del reloj. Sí, claro, pero no conocíamos nada de esos vampiros, ni vimos ninguna huella de ellos en sus empinadísmas calles. Sólo sabíamos que habíamos descubierto uno más de los innumerables pueblos-monumentos de Italia.

calle

Montepulciano es una larga cuesta de colores tostados, ladrillo, piedra y estuco, diversificada en decenas de rampas llenas de palacios y bodegas, que lleva hacia la Piazza Grande, un lujoso recinto medieval en el que destaca el Palazzo Comunale con su alta torre almenada y visitable, y el lujoso Palazzo Contucci. 

La Piazza Grande

La Piazza Grande

Fuente en la Piazza Grande

Fuente en la Piazza Grande

 Su fama, antes del libro para adolescentes, le viene de su extraordinario vino nobile uno más de los fabulosos tintos de la Toscana. Varias extraordinarias bodegas y cantine pueden ser visitadas. Es menos conocido que la vecina Volterra, donde la novela sitúa realmente la acción draculil, pero la hermosura de su casco amurallado y las vistas desde su fabulosa altura justifican que los productores la eligieran como escenario de la película, que probablemente no veremos.

campo toscano

vistas desde montepulciano

vistas desde montepulciano

Queríamos habernos albergado en el Meublé Il Riccio,  http://www.ilriccio.net/  pero llegamos tan tarde y tenía tan  difícil acceso que optamos por uno más accesible, el Albergo Il Marzocco. Nos encontramos con una recepcionista de 80 años, todavía guapa, sentada al final de una habitación ante una mesa de caoba. Hizo la inscripción en una nota a mano y nos dio una habitación como de hace 100 años. De hecho, el hotel está abierto hace 140, y siempre lo ha llevado la misma familia. El cuarto era amplio, con una cama antigua y una terraza con pérgola y vistas de película de época. Nos gustó. Esta es su dirección: http://www.albergoilmarzocco.it/

Para comer, casi no tuvimos más elección (todo cerrado acabada la temporada navideña) que el restaurante Borgo Buio, en la calle del mismo nombre y cercano al hotel. Y fue extraordinario. El amable encargado conocía Cádiz (Cadice en italiano) porque había venido a visitar a su hija cuando estaba de estudiante Erasmus, el año pasado. Conocedor también de los vinos que servía, nos ayudó en la elección para acompañar el excelente queso pecorino y el risotto con aroma de trufas. En Italia, como aquí dentro de poco, no se puede fumar en ningún local público. Penélope no quiere abandonar ese placer, y se vio forzada a salir a la fría noche. Pero el amable encargado la hizo entrar a una salita contigua, donde estaban ¡oh sorpresa! la mayor parte de los comensales que ocupaban las mesas. Grazie mille: esta es la dirección   http://www.borgobuio.it/ y esta es la foto de la calle:

borgo

Ya he contado en una anterior entrada que es muy fácil llegar a la Toscana en un vuelo de Vueling desde Sevilla a Pisa, pasando por Barcelona, eso sí. Y luego, a disfrutar en coche.