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Un pequeño lugar fundamental

Ulyfox | 27 de mayo de 2015 a las 12:56

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Sí, la Historia, así con mayúsculas, muchas veces requiere de circunstancias, lugares o acontecimientos minúsculos. Me vienen a la mente sitios como el rincón lleno de maleza donde apareció la Venus en Milo; la habitación pequeña en la que nació Isabel la Católica, el teatrito isleño donde empezaron las Cortes, una colina ateniense que alumbró la democracia, la imprenta donde se editó el Quijote en Madrid, la casita donde nació Kafka en Praga, una roca en Quíos donde supuestamente enseñaba Homero, la plaza de La Bastilla en París, el aula donde enseñaba Machado en Baeza, o esa cueva en Patmos donde San Juan alucinó tanto que escribió el Apocalipsis…

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

Nosotros hemos conocido, hace sólo unos días (bueno, Penélope ya lo conocía) uno de esos lugares pequeños donde ocurren cosas fundamentales: La Rábida. Ya lo sabéis todos, ese convento franciscano donde Cristóbal Colón encontró refugio para su cansancio y sus ideas en los brazos y las mentes entregadas de sus moradores, que al final fueron sus principales valedores, con Antonio de Marchena a la cabeza, para que pudiera convencer a los Reyes Católicos con sus no tan locas ideas acerca de las Indias, la redondez de la tierra y esos viajes fantásticos a mundos sólo imaginados.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El lugar está cuidado, muy cuidado, y rebosante de sensaciones. Tal vez demasiado limpio para que el visitante pueda sentir el paso y el peso de la historia. Alguna telaraña evocadora, alguna losa desgastada que evocara cansados o pertinaces paseos, alguna huella de humedad venida de la imponente marisma o traída en alguna de las carabelas de allende los mares, algún desconchón en las blancas o rosas paredes, por no hablar de algún aroma de cocina de puchero conventual, le vendrían bien al propósito de situar al visitante en aquel momento crucial de la historia de España y del mundo. Sí queda en cambio claro que aquella gesta increíble, grandiosa, comparable a pocas en el devenir de las relaciones planetarias, tuvo su origen en un humilde rincón andaluz, de cal, ladrillo y canto, como uniendo todas las culturas que en la península habitaron. No hay allí, ni lo había, lujos ni grandes salones regios. Tampoco los había en todo el Reino, aún heredero de una pobre alcurnia castellana y antes de que los oros de América inundaran este lado del Atlántico. El monasterio se puede visitar casi como el que visita un cortijo, con dos sencillos y hermosos claustros, que aquí es solo el pomposo nombre que los monjes dan a sus patios. La audioguía que te dan con la entrada te ambienta con su música antigua y te ayuda a comprender el momento histórico, y todo transcurre plácido, como un cuento que sabemos que no tuvo un final feliz.

 

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Me gustaron especialmente los claustros (siempre me enamoran estos espacios abiertos pero cerrados, debe de ser el alma de monje no consumado que me acompaña) y el emplazamiento en la colina, sobre las marismas, como un símbolo inevitable de encuentro y partida de horizontes abiertos. No me emocionarion los frescos del pintor Daniel Vázquez Díaz. Al exterior quizá le sobra el aire conmemorativo que se le ha querido dar, incluyendo esa columna tan alta. Tal vez habría sido más acertado acentuar lo pequeño, o más bien la paradoja que supone que algo tan grande viniera a ser concebido en este rincón. Le pegaba más, creo yo, el espíritu poético de que el visitante tuviera que buscar el convento en un paraje humilde y escondido. Cosas mías.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

Luego, sí, cumplimos con el rito de visitar las tres carabelas, que no pueden quitarse de encima ese aspecto de réplica pero cumplen también su función didáctica y, por qué no, turística. El paisaje marismeño se ve a lo lejos perturbado por las evidencias industriales y portuarias, pero eso ya…

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

Qué se nos ha perdido en Huelva

Ulyfox | 20 de mayo de 2015 a las 13:50

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

 

La verdad es que pensábamos que nada se nos había perdido en Huelva. Es más, amigos y compañeros siempre nos han dicho que no nos perdemos nada, cuando hasta hace poco comentábamos que no habíamos estado nunca, que era de los pocos lugares que no conocíamos. Si acaso, de paso hacia Portugal, alguna parada en la Sierra, en una cafetería de autovía, hace tantísimos años en Ayamonte poco antes de tomar la barca para cruzar hacia Vilareal de Santo Antonio cuando era el único medio de hacerlo. Así que eso pensábamos también, que nada había que lamentar por no haber estado nunca en Huelva. Pero si os soy sincero, últimamente barruntaba que ciertos paisajes, ciertos horizontes de arenas y marismas me habrían de gustar, y, por supuesto, ciertos moluscos y crustáceos de fama mundial.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

 

Así que a este reclamo por fin decidimos acudir hace un par de semanas, y reservamos dos noches de hotel en Isla Cristina, que da nombre a pesquerías, conservas y especies marinas de prestigio. El objetivo gastronómico estaba claro. El Barceló Isla Cristina no nos decepcionó, si entendemos por esto que era justamente lo que esperábamos: un lugar pensado y realizado para vacaciones en familia, todo incluido con piscinas rebosantes, actuaciones toda la tarde y animación del tipo que no decaiga y que los niños no se aburran mientras los padres pueden vigilar desde sus mesas, o ni vigilar siquiera, que eso queda en manos de los animosos monitores. No precisamente indicado para nuestros gustos, pero apto por limpieza, servicios y ubicación. Olvídense del encanto.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Isla Cristina se nos reveló como un lugar conocido, como otros pueblos marineros de nuestra zona, pero con la fortuna de contar aún con una importante actividad pesquera. De hecho es la primera flota de Andalucía en su género. Y eso se agradece en las cocinas, en los bares y en los restaurantes. El casco urbano presenta la esperable anarquía del centro y la en cierta forma artificial ordenación de las afueras. Limpio, sí, y lleno de luz como corresponde a la Costa en la que está enclavado. Sus muelles sorprende por la acumulación de barcos con olor a faena. Paseamos un rato, pasando antes por la lejana y arenosa playa, en un paisaje de ríos, caños, esteros y salinas muy familiar para dos nativos de San Fernando. Desembocamos en la plaza de las Flores, pequeña, pueblerina y con niños jugando. Tomamos una cerveza en la terraza del Casino, con un espacio interior de aire antiguo claramente desaprovechado. La noche fue la búsqueda del producto local, y tenemos que decir que acertamos plenamente con la recomendación de una de las recepcionistas del hotel. No muy lejos, un restaurante sin muchas pretensiones, el Aqua, nos deleitó con unas gambas muy frescas, unas coquinas sabrosas aunque algo arenosas, y unas pijotas de hacerles reverencias. El buen vino del Condado, en este caso Marieta, acompañó todo a la perfección. Excelente.

En el muelle de la Isla del Moral.

En el muelle de la Isla del Moral.

La mañana del segundo día tuvo un objetivo casi idéntico: a la búsqueda de mojama y atún de la conservera local Usisa y un salto a mediodía hacia la Isla del Moral, un poblado de pescadores al otro lado del río Carreras, un agradable paseo que se hace a bordo de un gracioso barco de nombre más bien pretencioso: ‘Ferry’ El Pelón. En diez minutos estábamos en el otro lado. Con calor y a pie nos acercamos al poblado, un conjunto de casas y restaurantes de pescados. Esta vez cayó un arroz caldoso a la marinera, con un preludio de las inevitables y amistosas coquinas (gordas y fresquísimas) y una pimentá con melva. Más vino del Condado y más gracias a la vida por la comida a un precio más que aceptable en El Chiringuito III.

Regreso y conversación en el 'ferry' el Pelón.

Regreso y conversación en el ‘ferry’ el Pelón.

La vuelta dio para una animada aunque resignadamente tópica conversación sobre esa situación que Rajoy no ve con uno de los pasajeros, camarero de uno de los chiringuitos, de regreso a su casa tras la faena, y que también le pega al flamenquito y al Carnaval.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

El día acabó sin más historia con una cena en el bar Cristina, a base de ya imagináis qué. Y con la conclusión de que, desde luego, sí nos habíamos estado perdiendo algo por no conocer Huelva. Quién sabe, es probable que repitamos con algún otro pueblo no muy tarde. Por si hubiera algo más que pudiéramos encontrar sin haberlo perdido.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

 

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

La causa de tanta riqueza.

La causa de tanta riqueza.

Hermosas, amorosas gambas

Ulyfox | 30 de abril de 2012 a las 18:09

Marcelino, Rosa y Carolina, del Tren Al Andalus, bajan del barco en Sanlúcar.

Sí, el último día en el Tren Al Andalus hubo vino, caballos, y hasta venados a la orilla del Coto de Doñana, todo lo que un turista podría desear ver en una visita a la Baja Andalucía. Sí, sí pero por encima de todo eso, hubo unas maravillosas, espléndidas, arrebatadoras gambas blancas en Casa Bigote, en la orilla sanluqueña del Guadalquivir. Gambas en su tamaño justo, en su punto justo de cocción a la plancha, levemente tostadas, con la cantidad exacta de sal por encima. Eran de esos productos naturales que te ponen en contacto con otra dimensión de la existencia. Miguel, el experto en trenes más entusiasta que he conocido, dijo de pronto la palabra mágica, ese mirlo blanco que todo gastrónomo marisquero quiere encontrar, ese trébol de cuatro hojas para el comensal entusiasmado. Dijo Miguel: “Comed, que a mí no me gustan las gambas”. Recordé el pasodoble de ‘Los Cubatas’ inmediatamente, pero Miguel no parecía una persona sin corazón y sin sentimiento hacia los animales, sino que simplemente no le gustaban las gambas. El caso es que los beneficiados fuimos Rosa, de Expocultur, Virginia la germano-cañaílla y yo, que luego compensamos a Miguel con algunas de nuestras deliciosas croquetas de marrajo y erizos. La vieja cultura del trueque, aplicada al disfrute gastronómico. Ración doble de gambas por mor de la suerte.

Las primitivas botas del Tio Pepe, en la bodega González Byass de Jerez

Y lo demás de lo que para mí fue el último día en el Tren Al Andalus estuvo bien, no digo que no, pero claro, imposible estar a la altura de esos crustáceos. Bien la bodega que visitamos, de González Byass, con una guía mu flamenca, pero imperdonable que el vino de cortesía no lo sirviera un venenciador; bien el espectáculo ‘Como bailan los caballos andaluces’, algo largo y reiterativo para el que no es experto en doma; bien el paseo por el Guadalquivir y el desembarco en Doñana. No tan bien, que los viajeros no puedan conocer nada de los cascos antiguos de Jerez y Sanlúcar, ni siquiera una panorámica ¡Pero claro, quién critica nada con esa hermosura de gambas!

Un venado se divisa entre los pinos del Coto, desde el barco

Para mí fue el final del viaje. Me tuve que bajar en marcha, como quien dice, y me perdí la fiesta de la noche en Jerez, con sorpresas y bailes, y la mañana siguiente en Sevilla, término de la expedición. Eso me perdí, pero gané un montón de conocidos, y puede que algún amigo en estos cinco días. Y una experiencia muy agradable, a bordo de un tren que parece circular por vías paralelas a la realidad, a un ritmo propio y apropiado.

El barco y el impresionante estuario del Guadalquivir.

Cádiz es para respirar

Ulyfox | 27 de abril de 2012 a las 1:25

La única foto que pudimos tomar en Cádiz, playa de la Caleta

Es verdad que hay mil sitios tan bonitos como Cádiz, muchos de ellos incluso más bonitos, pero eso no es excusa para que el Tren Al Andalus se limite a una fugaz pasada por la trimilenaria ciudad. No puede ser, no puede ser. Del grupo de periodistas que viajábamos en el convoy sólo tres éramos gaditanos, y estábamos ya nerviosos mientras nos acercábamos después de una larga jornada, primero desde Granada y luego desde Ronda. Los del Tren van a tener un problema con esta etapa. Se llega demasiado tarde y lentamente a Cádiz, dejando pasar a los cercanías y aguantando obras de la vía, y la Tacita parece que nunca aparecerá por la ventanilla. Y al final, no da tiempo de nada.

Es verdad que la entrada ya desde Puerto Real y el paso por San Fernando, entre salinas y reflejos dorados de la tarde es hermosa, la travesía del istmo entre la Isla y Cádiz, con el mar a ambos lados, es un soplo de aire después de cuatro días de serranías y olivares, un agradable chorro de luz atlántica y olor casi americano que ni los que llevamos años sintiendo podemos atravesar indiferentes. Es verdad, y tanto, que al cabo del tómbolo aparece la promesa de Cádiz, pero la tarde va cayendo y no terminamos de llegar, y ya corremos a la salida del tren y embocamos el autobús, y enfilamos el Campo del Sur, y da apenas tiempo de que la guía, Rosa, cuente un somero resumen de esto, al paso del Teatro Romano, la Catedral, Capuchinos ¡la Caleta! Y una parada apresurada a petición del público, que ve como la tarde se rosea y no vamos a tener tiempo de atraparlo en nuestras cámaras. ¡Oh! ¿esta playa como se llama? ¿y los castillos? ¿y Gibraltar para dónde está? Demasiadas preguntas que espero que alguien conteste a los turistas que vengan pagando de verdad con el cariño que intentamos poner los gaditanos de a bordo.

¿Podemos ir al Manteca? Imposible, no hay tiempo. Las obras ni siquiera han permitido que nos acerquemos a la Alameda de Apodaca. Vamos ya camino de la cena en El Faro, a ritmo de suspiro, para que la gente caiga rendida a las tortillas de camarones y el cazón en adobo, y para que la conversación gire en torno a pescados y Carnaval. Propongo que volvamos andando al tren, hay tiempo, y así al menos recorremos y pasamos cerca del Falla, San Antonio, la calle Ancha, Catedral, el Pópulo, San Juan de Dios. No hubo manera, la organización es implacable y los guías no quieren perder de vista a nadie, porque el tren tiene que partir a su hora. Hay tiempo de sobra, indico, Cádiz es muy chico, llegamos en seguida. Nanay. Bueno, otra vez será, me pongo a disposición del que quiera venir con más tiempo. De verdad que hay más cosas, de verdad que se puede ver, por ejemplo el Oratorio de San Felipe, con su estupenda restauración, y revivir las sesiones de los diputados a las Cortes mientras a lo lejos sonaban las bombas de los franceses. De verdad, de verdad que me ofrezco a mostrárselo al que quiera, por favor, venir. Que el Tren se detenga, que respire, que los viajeros agradecerán el respiro, que el suspiro ya se les escapará de todas maneras. Que aquí estamos, señores del Tren Al Andalus, para lo que quieran. Que Cádiz será, sin proponérselo, la gran sorpresa de este circuito. Pero den tiempo para respirar.

El Pasmo de Ronda

Ulyfox | 24 de abril de 2012 a las 12:47

Pedro, en plena actuación en Ronda

No tengo ni idea de cómo una persona decide hacerse guía de turismo, ni cómo logra trabajar en eso. Es un mundo ciertamente amplio, tanto como la condición humana. Despertaba el cuarto día de viaje y el tren Al Andalus había salido muy temprano desde Granada. Ya traqueteábamos hacia Ronda mientras desayunábamos, sin saber, sin sospechar siquiera, que en la ciudad del Tajo nos esperaba uno de esos guías inclasificables. En nuestros andares por el mundo, hace mucho tiempo que Pe y yo no utilizamos regularmente los servicios de uno de estos cicerones, acostumbrados como estamos a ir por nuestra cuenta. Pero recordamos algunos especialmente: aquella mulata de nuestra primera salida, que nos acompañó por toda Cuba; un joven muy culto por tierras nórdicas; otro desenvuelto y acaparador de comisiones en comercios en Italia; Mohamed, nuestro guía exclusivo en el crucero por el Nilo. El guía puede ser solícito y comprensivo o tirano, dárselas de gracioso o de entendido, llevarte por los lugares interesantes o por los comercios donde saca más comisión. Son importantes porque estamos en sus manos cuando transitamos caminos desconocidos.

El bello entorno de Ronda

El de Ronda se llama Pedro, y es de los que aman sentirse protagonistas. Queriendo o no, su personalidad se elevó por encima de lo que mostraba, de las múltiples bellezas de la ciudad serrana. El tono anacrónico y trasnochado de sus comentarios sobre Franco, los legionarios, los moros y naturalmente las mujeres, salpicados continuamente con un “je, je” irónico, se impusieron sobre la espectacularidad del Puente Nuevo, lo evocador de la trama urbana y la mezcla a veces sangrienta a veces armónica de tantas civilizaciones como han pasado por esta antigua localidad.

El Puente Nuevo, en el Tajo de Ronda, postal típica de la ciudad.

Estamos en manos de los guías, y Pedro nos pareció que las tenía demasiado ásperas. Buena parte de nuestra casa, en forma de sillones y vitrina, y hasta un hermoso caballa tallado en madera, fue adquirida en varios viajes ilusionados a Ronda, por lo que es fácil deducir que parte también de nuestro corazón está en en ese lugar. Pero esta vez, el grupo no pudo conocer bien su latido, porque la visita fue también demasiado somera, tal vez lastrada por lo intenso de la jornada en el tren Al Andalus, que debía llegar por la tarde a Cádiz, pero eso ya es otra historia.

El grupo, en manos de Pedro por las calles de Ronda.

El recuperado prestigio de Al Andalus

Ulyfox | 22 de abril de 2012 a las 2:11

¿Quién diría que Granada estuvo abandonada durante siglos después de ser la deseada última joya que se arrebató a los musulmanes? ¿Quién se atrevería a creerlo después de que los Reyes Católicos pidieran y consiguieran ser enterrados en ella, y de que su nieto Carlos V lo pidiera y no lo consiguiera? Nos parece increíble que durante un largo periodo el bello conjunto de castillos, palacios y huertas que fue la Alhambra estuviera habitado por gente de toda condición, hasta que la llegada de los viajeros románticos en el XIX, con el norteamericano Washington Irving a la cabeza, consiguiera que los ojos de todo el mundo se volvieran hacia ella y se iniciara un proceso que devolvió al Castillo Rojo y con él a Granada su merecida consideración.

El barrio del Albaycín, visto desde la Alhambra.

Aprendemos o refrescamos todo esto cuando iniciamos el tercer día a bordo del Tren Al Andalus. Impresionados por el sorprendente aspecto blanco de Sierra Nevada, cubierta de nieve a destiempo, y aún rondando por nuestra cabeza el relato hilado sin dudar por Andrea en Baeza y Úbeda, nos encontramos a la puerta de la Alhambra con auriculares en la cabeza y escuchando a nuestra nueva guía, una suave granadina de melena corta, guapa de cara y cuerpo pequeño que calza unos feísimos zapatos anatómicos que deben de ser comodísimos para hacer su trabajo. Nos lleva por una desconocida Ruta del Agua en busca y explicación de tanta riqueza líquida, canales, fuentes y estanques como tiene el conjunto.  Y nos cuenta el secreto: el agua, siempre a ras de tierra o por debajo de ella. A mí se me hace un poco larga la visita, la verdad, pero no a todo el mundo. Espero ver los palacios nazaríes, y accedemos a ellos de manera exclusiva por la llamada Escalera del Tiempo, puesto que va desde el palacio renacentista que Carlos V se hizo construir y nunca habitó hasta el interior de los aposentos de los reyes árabes de Granada. Y en cambio el recorrido por estas estancias es demasiado rápido y poco explicativo.

El patio de los Leones, en obras.

No es la primera vez que visito la Alhambra, me falta que me cuenten historias maravillosas o detalles artísticos, y no me gusta estar rodeado de coreanos gritones o españoles graciosos. Y estoy bastante rodeado. Para colmo, la joya del recinto, el maravilloso Patio de los Leones, está levantado y habitado por operarios y andamios.

Un turista descansa a las puertas del Palacio de Carlos V en la Alhambra.

El ya largo recorrido tiene un descanso en la comida del Parador de la Alhambra, previsible baño en la gastronomía granadina. Pero, de nuevo, no hay reposo posible. No hablemos ya de siesta. Toca otra entusiasta guía, histriónica y efectista que nos lleva por la Capilla Real con historias de moros y cristianos, llamativa pero instruida, y confieso que logra interesarme por la capilla central de la Catedral granadina, impactante y maravillosa obra de Diego de Siloé, dorada y colorida genialidad en un entorno enorme, anodino y blanco. No me gusta nada, en cambio, el paseo por el mercado de la Alcaicería, un pastiche de zoco, lleno de vendedores marroquíes.

El salón de los Abencerrajes, una admirable dependencia de la Alhambra.

El día no iba mal. Casi logramos ver como el atardecer dora el perfil de la Alhambra desde el Mirador de San Nicolás, y la comida en el restaurante del mismo nombre permite descubrir afinidades y paralelismos personales imprevistos con Jose, y discordancias futbolísticas insalvables con Román, dos catalanes muy diferentes. Román se empeña en chanzas sobre el resultado del Madrid en Munich, y yo me limito a pedirle prudencia para el partido del día siguiente del Barça. Me salió de profeta.

La capilla central de la Catedral de Granada, monumental obra de Diego de Siloé.

El día no iba mal, ya lo he dicho, pero salimos como siempre corriendo de la cena para nada. Para nada del flamenco que habían prometido. El tablado Albaycín, donde nos llevaron para asistir a un espectáculo como el que yo me había temido. Mucho turismo igual a poco arte es el axioma. No sé si lo hicieron bien, a excepción de la escéptica cantaora de la izquierda, que en un cortito verso demostró que tiene una voz tocada por los dioses. Los bailaores eran esforzados y sufridos, pero lo que no tiene perdón es esa guapa morena, bien proporcionada para ser imperfecta, que salió a ejecutar la danza del vientre y luego un dúo con el bailaor ¿Flamenco?

El Tren Al Andalus, en la estación de Granada, con Sierra Nevada al fondo.

Menos mal, en el tren nos esperaba el agradable bar y los serviciales camareros del Tren Al Andalus, de nuevo las confidencias y susurros y el cóctel de moda, el gin tonic. Ese momento suele ser el mejor del día.

A bordo del lujo

Ulyfox | 16 de abril de 2012 a las 1:01

Uno de los salones comedor del Al Andalus, justo antes del almuerzo.

(Por fin he podido meter alguna foto, así que ahí va la versión corregida y mejorada)

Ya estamos en marcha. Chuu chuuuuuu, me escribió un amigo hace unos días. El tren del lujo discurre a su ritmo adecuado por tierras andaluzas. Cava de bienvenida rodeado de maderas preciosas que debe empezar a compensar los 2.500 euros como mínimo que pagarán los pasajeros de verdad. Si alguien quiere una suite superior, el precio alcanza los 2.900 euros por persona. Os aseguro que hay mucha gente que lo puede pagar, y no pienso hacer bromas sobre la familia real de determinado país. He recorrido el convoy de arriba a abajo y he fisgoneado en salones con sofás de raso, sillones de estilo inglés y tulipas art decó en las luces. He llegado hasta la cocina y he saludado a los afanados cocineros.

Y esta es la habitación que me ha tocado en el sorteo.

El tren Al Andalus ha salido de Sevilla con una impuntualidad señorial, bien pasadas la una y media de la tarde. Si uno paga tanto dinero es para permitirse llegar tarde, supongo. No importa, en este crucero de lujo sobre raíles el tiempo no debe existir. Al fin y al cabo, se trata de volver al pasado, con esa idea tal vez afortunada que indica que el a todo tren en este medio de transporte remite, como mínimo a la belle époque. Quién quiere alta velocidad cuando ha cumplido suficientes años como para permitirse andar lento. De todas formas, la compañía FEVE, que ha invitado a dos decenas de periodistas de España y el extranjero, quiere que el viaje inaugural del Al Andalus se cocine a fuego lento, creo.

 

La comida a bordo ha tenido el punto justo de cantidad, y ha culminado con una carrillera de cerdo majestuosa, sublime. El cocinero, Ramón Celorio, es asturiano y está dispuesto con estas mezclas a bautizarse de andaluz en poco tiempo. La charla da para comenzar a conocer gente, por ejemplo a Sebastián, un discreto chileno que trabaja para El Mercurio y a una pareja de italianos ya algo mayores, lo que les da una mirada irónica inimitable.

Inmediatamente después de la comida, que ha terminado llegando a Córdoba, hemos salido a hacer la visita guiada por el centro histórico de la ciudad, judería de calles blancas, comercios en abundancia, plazas de suelo con cantos rodados y la única sinagoga de Andalucía, para acabar en una de las joyas que se visitan en este viaje: la siempre emocionante, apabullante y cautivadora Mezquita, que la cristiandad lleva siglos empeñada en convertir y llamar catedral. Nuevamente la vista arriba hacia el bosque de columnas y arcos dobles, triples y lobulados; otra vez el asombro ante el mihrab de mosaicos bizantinos brillantes, regalo de aquel jerarca Nicéforo Fokas que reinaba en el Imperio Romano de Oriente, detalles que se tenían en otros tiempos entre capitales universales, Córdoba y Constantinopla, lo que un pedante llamaría una Alianza de Civilizaciones avant la lettre; y la misma decepción ante el gótico tardío y el barroco construidos fuera de lugar en aquel templo rectilíneo y místico que debía ser la Mezquita.

La vuelta al tren a primera hora de la tarde da el necesario tiempo para la ducha reparadora (si hubiéramos trabajado en algo) y para la charla inevitable sobre la decadencia de la prensa en papel. Últimamente, no puede ser que varios periodistas nos reunamos sin que corramos un velo negro y un cielo oscuro sobre nuestro futuro. Estos presagios se prolongan durante el trayecto de vuelta de nuevo al centro y el agradable paseo mientras anochece, cruzando el puente romano que han dejado tan nuevo, sin su pátina histórica. Al menos la amable llegada al restaurante El Churrasco, con su minicata de aceites vírgenes, su visita a lo que era una casa de vecinos y la asomada a la azotea con el alminar de la Mezquita iluminado apacigua nuestro ánimo, y lo predispone a una charla con risas, chanzas y temática gastronómica. Las cosas volvieron a su cauce cuando debían, de la misma manera que, ya cercana la medianoche, regresamos al tren, y en un tranquilo salón escribo estas líneas. Agradecédmelo. Dicen que mañana, a las ocho, nos despertarán con una campanilla.

Vaya tren de vida

Ulyfox | 12 de abril de 2012 a las 1:48

Uno de los salones del Tren Al Andalus

Nuevamente la Fortuna, mientras es esquiva a tantos a mi alrededor, me ha tocado con su dulce mano. Arde el bosque con noticias horribles, se mueve el mal organizado, crece el paro entre gente que quiero, despiden a compañeros en periódicos amigos y, oh asombro, me invitan al viaje de presentación del tren Al Andalus, una especie de crucero de lujo sobre raíles, que podéis conocer con más detalle si pincháis aquí:  http://www.trenalandalus.com/.

La copa de bienvenida en la suite

Resulta que la compañía Ferrocarriles de Vía Estrecha (FEVE), que ya explota trenes similares en el Norte, como el famoso Transcantábrico y el Tren de la Robla, se ha hecho con la concesión de este servicio en Andalucía. Algo parecido funcionó hasta 2004, con desiguales resultados: quizá recordéis el Al Andalus Express, que quería remedar al famoso Orient Express. Hay que alabar que esta compañía norteña se arriesgue a lanzar este producto en el Sur. Estaré, junto con otros periodistas de toda España, recorriendo Andalucía a bordo de un convoy de lujo. Partiremos el domingo desde Sevilla en un viaje de seis días, lleno de alicientes y comodidades, o al menos así parece en principio. Paradas en Córdoba, Úbeda, Baeza, Granada, Ronda, Cádiz, Jerez y vuelta a Sevilla, con profundas visitas a los principales atractivos de ciudades tan bellas y tan andaluzas, con almuerzos y cenas incluidos, bien en el tren, bien en conocidos restaurantes. Parece un circuito muy completo para conocer lo esencial de Andalucía, lo imprescindible, dirigido por supuesto a un público con un alto poder adquisitivo y también con ganas de conocer cómodamente lo mejor de una tierra que representa a España fuera de nuestras fronteras. Tal vez sea ideal para extranjeros acomodados.

¡Pasajeros al treeen!

Mi intención es ir contando día a día este viaje organizado, suavemente dirigido, dulcemente organizado para que no tengas que preocuparte de nada. Quizá ponerme el disfraz de Hércules Poirot y rogar porque ocurra algún suceso extraño, sin que tenga que ser sangriento, a bordo. Recorrer Andalucía al ritmo sosegado de un tren de otro tiempo, con tiempo calculadamente de sobra para la lectura, la tertulia y la copa con los compañeros de viaje. Placeres de otros mundos, sueños imposibles, utopías de un tiempo como debería ser, antídotos contra el mal humor que tragamos, eso es lo que espero sin preguntarme si lo merezco, presto de nuevo a aceptar lo que el momento nos ofrece. ¡Ya vendrán tiempos peores! que diría un amigo. ¡Albricias dadme! que cantaba Jack Lemmon en Primera plana. Y leed mis crónicas pasajeras.

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Antequera, centro de reuniones

Ulyfox | 28 de febrero de 2011 a las 1:43

La avenida del Infante don Fernando de Antequera.

La avenida del Infante don Fernando de Antequera.

Pasadas las diez y media de  la noche del viernes 25 de febrero, vamos de vuelta en busca del coche y para el hotel, después de haber cenado de raciones en el centro de Antequera. Habíamos llegado esa misma tarde en coche desde San Fernando,vulgo La Isla. En sentido contrario, por la avenida del Infante don Fernando, divisamos a Peluso y su Maripuchi. ¡Hombre! sus abrazos y sus besos y sus copas en un local por nombre Ghardem. Y su buen rato de charla por el encuentro fortuito, aunque no del todo inesperado con la impar pareja. Todos sabíamos que estábamos en Antequera, pero no habíamos quedado.

La plaza de San Sebastián, con la alcazaba allá arriba.

La plaza de San Sebastián, con la alcazaba allá arriba.

Al día siguiente, en el estupendo restaurante de la plaza de toros nos encontramos con más gente de Cádiz: Juan, el Foncubierta y otro amigo con sus respectivas cónyuges. Qué casualidad y esas cosas. Se come bien aquí, sí, eso me han dicho. Apenas tres horas después, una compañera de trabajo y un ex compañero, Maribel y Jorge, están en la plaza de las Descalzas. Me había parecido que eras tú, y todo eso. Nos hacen una foto que es de las pocas que tenemos juntos. Van tres encuentros casuales en dos días en un pueblo que no es el nuestro y no frecuentamos.

En el Coso Viejo.

En el Coso Viejo.

Hoy mismo, volvemos a ver a Maribel y Jorge en el aparcamiento del parque de El Torcal. Es este un encuentro feliz, sobre todo para ella, a la que prestamos un chaquetón que le viene estupendamente para el frío y la humedad de tan natural parque. Jorge, sin embargo, tendrá que afrontar la niebla con su camiseta gordita y con su hombría.

A punto de entrar por el Postigo de la Estrella.

A punto de entrar por el Postigo de la Estrella.

De vuelta del Torcal a Antequera nos llaman nuestros íntimos Batuka Salada, vecino de El Palmar de Vejer, que están en Málaga con Noé y Pili, sus hermanos y disfrutadores recientes de Croacia. “¿Que estáis en Antequera? Pues nos vamos para allá y comemos juntos”. Por supuesto, y paseamos, y tomamos café, y arreglamos el mundo con nuestra habitual charla apasionada.

El Arco de los Gigantes, y detrás la Colegiata de Santa María.

El Arco de los Gigantes, y detrás la Colegiata de Santa María.

¿Que qué nos ha parecido Antequera? Un pueblo andaluz bonito y grande, y un estupendo sitio para encontrarse con gente sin haber quedado.

La Batukada al completo, en las milagrosas calles de Antequera. Y sin haber quedado.

La Batukada al completo, en las milagrosas calles de Antequera. Y sin haber quedado.

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Memoria permanente de nosotros

Ulyfox | 27 de febrero de 2011 a las 22:41

Interior del dolmen de Menga.

Interior del dolmen de Menga.

Pues al final, la inmensa silueta de la Peña de los Enamorados de Antequera no era la de un hombre sino la de una mujer. Aunque hay quien la llama también la Cara del Indio o algo así. Bueno, da igual, sigue siendo impresionante en su perfecta semejanza con un perfil humano. Es una mujer, un símbolo sagrado desde la época más antigua: siempre la Diosa Madre, la Diosa Tierra, el eterno femenino. El caso es que lo que nos ha traído a Antequera, como motivo principal, es visitar sus dólmenes, impulsados por los estudios de Penélope, que ha abrazado la fe humanista y se ha matriculado en Historia del Arte en la UNED. Bendita ocurrencia, puesto que era mi asignatura favorita en aquel lejano bachillerato de Letras.

La gran cámara de la cueva de Menga

La gran cámara de la cueva de Menga

 Ya anduvimos recogiendo emociones ancestrales hace unas semanas por Cantabria, en aquella ocasión navegando los siglos del Paleolítico en sus cuevas. Ahora estamos en las sorprendentes estructuras megalíticas de la Edad del Cobre. Los dólmenes de Viera, Menga y El Romeral están pegados a Antequera. Demasiado pegados por desgracia, puesto que se les ha echado encima la avalancha de casas y polígonos industriales, un entorno nada apropiado para este testimonio histórico de nuestros orígenes como seres humanos sociales y constructores. Monumentos hechos hace casi 5.000 años, tras una nave industrial: alguien no ha tenido una feliz idea.

Penélope ante el dolmen de Viera

Penélope ante el dolmen de Viera

Pero aun así, el recorrido por los tres dólmenes es muy interesante. Resultaría más emocionante sin las multitudes del Puente de Andalucía, pero qué le vamos a hacer. Es de suspirar para adentro el contemplar las enormes piedras milenarias trasladadas y levantadas con tanto trabajo como podamos imaginar con nuestra mente de hombres modernos y megatecnológicos. Expoliados, ocultados, habitados, han sobrevivido y cumplido con creces su carácter de monumento, es decir, obra hecha para que dé memoria permanente de algo.

El corredor del dolmen del Romeral. Al fondo, una de las dos cámaras circulares

El corredor del dolmen del Romeral. Al fondo, una de las dos cámaras circulares

Los tres son diferentes, los tres te cuentan historias distintas, los tres alineados conscientemente en dirección a la gran Peña de la Mujer Protectora que reina sobre la fértil vega. El del Romeral tiene un corredor hecho con muros de piedras pequeñas y acabado en dos cámaras con unas impresionantes falsas cúpulas. Es el más moderno, sólo tiene 4.500 años. El de Viera es más simple, con el corredor más estrecho fabricado con grandes piedras, y el de Menga tiene unas dimensiones impresionantes con sus cobijas de decenas de toneladas sobre enormes paredes de piezas gigantes y pétreas y sus tres pilares que no sostienen nada. Un profundo pozo descubierto recientemente le da más misterio al conjunto.

Penélope y la guía María José en la primera cámara circular de El Romeral.

Penélope y la guía María José en la primera cámara circular de El Romeral.

Hacía años que quería visitarlos. Ahora, el deseo está cumplido y cada vez me reconcilio más con nuestro duro pasado de seres humanos buscando sobrevivir en la naturaleza inhóspita, aunque parece ser que en la Vega de Antequera, aquellos hombres encontraron un marco acogedor en el que pudieron desarrollar con un cierto bienestar climático y de alimentación una gran cultura,cuando ya eran como nosotros aunque aún vivían en la noche de los tiempos, en la misteriosa Prehistoria.

La impresionante entrada del dolmen de Menga

La impresionante entrada del dolmen de Menga

La visita, guiada y gratuita, es de lo más recomendable. Más aún si os toca de guía María José, una licenciada en Historia del Arte con una gran capacidad didáctica y sintética. Para ir con niños inquietos con bastante edad como para interesarse y que no hayan alcanzado la adolescencia pasota. El conjunto tiene además un centro de visitantes en el que un sencillo audiovisual enseña cómo aquellos inteligentes, solidarios y voluntariosos antepasados construyeron estos admirables monumentos.

Si queréis más información pinchad en este enlace: http://www.juntadeandalucia.es/averroes/sanfaustino/megalitos/megalitismoandaluz/antequera.htm