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El Mani, una parte

Ulyfox | 18 de octubre de 2013 a las 1:27

Areópoli, la calle principal.

Areópoli, la calle principal.

 

Estábamos en Gythion, en la sobremesa, cuando tomamos la acertada decisión de no echarnos la apetecida siesta tras el almuerzo marinero y el tsipouro de después. En lugar de esa placentera pérdida de tiempo, nos plantamos en la carretera con intención de visitar Areópoli, que yo recordaba como una visión difusa y atractiva en el libro Mani, de Patrick Leigh Fermour. Eran sólo 25 kilómetros. Fueron kilómetros de una ruta que discurría al principio entre olivos, luego entre pinos que ocultaban antiguos torres-residencia y algún castillo, y finalmente ascendía por una montaña más bien seca. Detrás de esa elevación pelada encontramos Areópoli, o Ciudad de Ares, el dios griego de la guerra.

A la espera de clientes, al caer la tarde.

A la espera de clientes, al caer la tarde.

Terrazas dispuestas con gusto.

Terrazas dispuestas con gusto.

Escena callejera en la plaza de Areópoli

Escena callejera en la plaza de Areópoli

Areópoli fue fiel cuando debía serlo a este origen guerrero, tan tradicional en el Mani, y fue allí donde comenzó en 1821 la guerra de independencia griega de los turcos. Tal vez por eso también, la ciudad tiene un buen número de torres defensivas. A partir de ella comienza una región de aspecto desolado que no llegamos a recorrer en esta ocasión, aunque los que lo han hecho aseguran que es fascinante. Quede para otra ocasión. Nosotros nos paramos allí, y conocimos un pueblo llano, bajo y hermoso, con la piedra como protagonista, con casas de muros gruesos y calles empedradas de grandes losas, con un par al menos de iglesias pétreas, y restauradas; y ahora, con muchos restaurantes que empezaban a abrir a media tarde. Los empleados de esos locales, sencilla y bellamente decorados, sacaban las sillas, montaban las terrazas, colocaban adornos, prometiendo veladas agradables al aire libre, bajo el plátano o junto a la buganvilla.

La gran buganvilla.

La gran buganvilla.

Nos colamos en una pequeña iglesia, aislada en una placita, y encontramos en las paredes esos conmovedores restos de frescos bizantinos que hay por toda Grecia, esos fondos azules, esas caras coronadas que surgen o que han sobrevivido a siglos de ataques de los iconoclastas o de los turcos, y que te hacen sentir, cuando las miras, como si tú mismo las hubieras descubierto.

La pequeña iglesia...

La pequeña iglesia…

...y sus frescos.

…y sus frescos.

La esbelta torre grande domina el pueblo.

La esbelta torre grande domina el pueblo.

Al fondo de la calle principal, la esbelta torre de varios cuerpos atrae la atención en seguida, al igual que dirigió nuestros pasos hacia ella. Fuimos hacia acá, hacia allá, bordeando muros y sorteando ladridos de perros. A la vuelta, con un sol tímido cayendo, el pueblo se preparaba ya para la noche, y nosotros decidimos que aún haríamos unos kilómetros más, en vertiginoso descenso hasta Limeni, el antiguo puerto de Areópoli, en una bahía profunda y casi rodeada por paredes verticales, como si las hubiera construido el propio dios de la guerra como murallas naturales.

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Iglesias ruinosas, casas restauradas y espléndidas tabernas sobre el mar en Limeni.

Iglesias ruinosas, casas restauradas y espléndidas tabernas sobre el mar en Limeni.

Pero, cosas del destino, Limeni es ahora un lugar circundado de ruinas de antiguas casas y mansiones, entre ellas la de la familia Mavromijalis, precisamente los que acaudillaron la rebelión contra los turcos. Pegados al mar, en cambio, algunos locales y apartamentos restaurados con gusto exquisito atraen a lo más exclusivo del turismo griego, que ha elegido este lugar supuestamente apartado para sentirse especiales. Sí: es muy bello.

Penélope, en un rincón de Areópoli.

Penélope, en un rincón de Areópoli.