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Cruceros a nuestra manera

Ulyfox | 24 de enero de 2015 a las 1:14

La salida al amanecer de la isla de Koufonisia.

La salida al amanecer de la isla de Koufonisia.

Lo primero que desaconsejamos cuando alguien nos pregunta por la forma de viajar a Grecia es que lo hagan en un crucero. No suelen hacernos caso. Bueno, es la libertad, pero un crucero por las islas griegas suele incluir muchísimas horas en el barco y muy pocas para conocer apresuradamente la isla. Hemos visto riadas de cruceristas recorriendo aprisa calles de Mikonos, cuestas de Santorini, murallas de Rodas, mientras a su lado o a su espalda el sol les gritaba quédate.

La escala en Schinousa.

La escala en Schinousa.

Por contra, y aunque parezca una contradicción, adoramos los barcos, amamos los trayectos entre islas, disfrutamos con los embarques y desembarques, con las llegadas a los puertos, las decenas de amarres y desamarres que hemos vivido en multitud de islas, los madrugones y las llegadas en plena noche a embarcaderos de todos los tamaños, nos integramos en el ajetreo, nos reímos con las viejas que se cuelan en las colas con habilidad increíble y que son capaces de coger el mejor sitio para hacer el viaje a pierna suelta. Las islas griegas se comunican todas, pero no siempre es fácil ni frecuente el enlace, las rutas pueden parecer ilógicas, y fuera de temporada pueden desaparecer. Pero son siempre emocionantes los trayectos, sean calmados o agitados. La mayor emoción suele proporcionarla el hecho de confeccionártelo tú mismo. Así nos movemos entre islas, creando nuestro propio crucero según el ánimo, el tiempo y las ganas.

Otra escala en Iraklia.

Otra escala en Iraklia.

Han sido muchos los viajes que hemos hecho así a las islas griegas. Y fue también así el pasado año, de Milos a Creta, de Paros a Koufonisia, de Koufonisia a Paros, de Paros a Mikonos, con la compañía Blue Star, nuestra estrella azul. Viendo salir el sol, haciendo escalas en las pequeñas Schinousa e Iraklia, en la fértil Naxos, recibiendo y despidiendo gente, como los hijos de la mar.

Embarque multitudinario masivo en Milos.

Embarque multitudinario nocturno en Milos.

 

El viaje empezó demasiado temprano, tal vez.

El viaje empezó demasiado temprano, tal vez.

No tenemos nada contra los cruceros, como no tenemos nada contra los viajes en grupo. Las posibilidades deben ser muchas para que cada uno elija la que más le gusta. Pero a nosotros dadnos la libertad de encontrar y perder, de intentar y fallar, de enmendar y mejorar que tiene el llegar a una oficina naviera, mirar los horarios y calcular tiempos y mareas, imaginar desayunos cuando abran los bares de a bordo, buscar el mejor lado para contemplar el perfil de aquella isla a lo lejos, y, sobre todo, la libertad de decidir que ese día no vamos a coger ningún barco porque vamos a esperar la noche en aquella mesa de aquella taberna, frente al muelle de Paros para ver cómo se acercan y se alejan las luces de los apresurados, grandes navíos con horario. Y mañana ya veremos.

Solo un vistazo a la bella Naxos.

Solo un vistazo a la bella Naxos.

Colas para embarcar en Naxos.

Colas para embarcar en Naxos.

 

‘Dimitrios’, el buque fantasma

Ulyfox | 7 de octubre de 2013 a las 13:45

El 'Dimitrios', en la playa de Valtaki, junto a Gythion.

El ‘Dimitrios’, en la playa de Valtaki, junto a Gythion.

La historia oficial, la que se registra en los libros escritos por estudiosos y aficionados a estos temas, dice que el ‘Dimitrios’ atracó en escala de emergencia en el puerto de Gythio, en el Peloponeso laconio, porque el capitán sufría una enfermedad grave que hacía urgente su hospitalización. Y que diferentes problemas surgidos con los seguros, con los arrendadores y con la paga de la tripulación hicieron que se quedara un buen número de meses, y que tras ese periodo sus propietarios consideraron más rentable desentenderse de él. Las autoridades portuarias de Gythio lo acogieron un tiempo, pero un fuerte temporal aliado con las malas condiciones del buque se lo llevó mar adentro, donde fue anclado. Y que otro temporal lo arrastró hasta donde ahora se encuentra, en la playa de Valtaki, unos cuatro kilómetros al norte de la población. Eso habría sucedido en noviembre de 1981, y ya nadie desde entonces ha intentado recuperar al pobre ‘Dimitrios’.

El lugar del naufragio.

El lugar del naufragio.

Pero los rumores, las leyendas a la que dan lugar estos barcos abandonados, son mucho más interesantes, puesto que cuentan historias de contrabandistas, quién sabe si piratas o, por qué no, fantasmas. Según el cuento más repetido en la zona, el ‘Dimitrios’ se dedicaba a pasar tabaco de contrabando entre Turquía e Italia. En uno de esos trayectos clandestinos, habría sido avistado por las autoridades portuarias, ante lo cual la tripulación habría preferido abandonarlo, dejándolo en llamas para acabar con cualquier prueba del delito. La deriva lo habría llevado a encallar en la arena y convertirse en tómbolo semiartificial y de paso a convertirse en una atracción turística y objeto de postales. Ese sería el rumor más creíble, pero multitud de historias favoritas de niños y viajeros hablan también de un barco venido de no sabe dónde y aparecido de pronto sin tripulación o poblado de fantasmas que habrían elegido la playa de Valtaki para descansar definitivamente de su eterno errar. Puestos a elegir, yo me quedo con éstas, que eran las que yo imaginaba cuando divisamos este naufragio poético, en nuestro camino de Monemvasia a Gythion. Desde luego, deseamos que nunca se lleven de allí el barco, que el tiempo o los fantasmas decidan sobre su futuro y que siga posando en su largo y elegante deterioro para las cámaras amantes de las leyendas.

A menos que el profesor Piniella, experto en seguridad marítima, diga otra cosa sobre este barco, antes llamado ‘Klintholn’ y construido en 1959, con 67 metros de eslora y una capacidad de carga de 965 toneladas.

El tortuoso y provechoso camino

Ulyfox | 27 de mayo de 2012 a las 1:20

El puertecito de Frikes, al atardecer. Penelope, siempre presente

Dice el poema de Kavafis que todo el mundo conoce que “cuando emprendas el camino a Itaca, debes rezar para que el camino sea largo, lleno de aventuras y de descubrimientos, que sean muchas las mañanas en que llegues a un puerto que no conocías…” En fin, aquello de que es más, o por lo menos tan, importante el camino como el destino. Ulyses no conocía el poema de Kavafis, naturalmente, pero desde luego él lo aplicó bien con las calamidades que pasó para volver a su reino y con los mil ardides que tuvo que inventar para lograrlo.

A bordo del 'Capitán Aristide', saliendo de Nydrí hacia Ítaca

Itaca es mucho más que un destino, es un nombre, una palabra para designar el mismo concepto de viaje, y no puede desprenderse de la idea de retorno que le dio para siempre Homero en la ‘Odisea’, siempre esperando a Ulyses. Es una isla muy pequeña y no precisamente de las más hermosas, rodeada de hermosuras como está en el archipiélago griego de las Jónicas, las que caen al Oeste de Grecia casi pegando con el tacón de la bota italiana por un lado, y a un tiro de piedra de la península balcánica por el otro. Casi esconde su modestia compartiendo compañía con bellezas como Corfú, Paxos, Zakintos, Lefkada o Cefalonia. Digamos que Homero y Odiseo la engrandecieron, pero de eso hace tantos cientos de años que la fama no le da más que para recibir unos pocos turistas. Para ir a Ítaca tienes que estar enamorado de la Odisea.

La costa de Lefkada, desde el 'Capitán Aristide'

Nosotros, naturalmente, estábamos enamorados de la Odisea, de Ulyses, de la misma idea de Ítaca cuando decidimos aquel lejano septiembre llegar hasta sus costas. Fue un largo y provechoso camino, como mandaba el poema. Veníamos de la Costa Amalfitana, de Capri, cruzando Italia desde Nápoles hasta Brindisi en tren, alcanzando a lo justo un ferry hasta Corfú y luego, casi sin descanso, en hidrodeslizador sobre un mar encrespado hasta la maravillosa y pequeñísima isla de Paxos, desde la que, tras unos días de aislamiento inolvidable, se suponía que era fácil acceder a lo que fue el reino de Ulyses y Penélope, los auténticos.

La playa de Lakka, en la pequeñísima Paxos.

Pero el Mediterráneo tiene sus propias leyes, y la mañana prevista para zarpar se despertó de mal humor. El barco, tipo catamarán, no salió. Plantados con nuestras maletas en el muelle, decidimos volver al pueblo y recapacitar ante una taza de café. Ya vendría la solución. Y si no viene, Penélope, la mía, discurre ella sola como toda una agencia de viajes de las grandes.

Nos enteramos, no recuerdo cómo, de que un barco mercante, suficientemente grande para resistir el temporal, salía hacia el continente, al puerto de Igoumenitsa, y que admitía pasajeros. Se podría intentar, aunque ello supusiera dar un gran rodeo, llegar hasta ese puerto y luego viajar en autobús hasta la isla de Lefkada, que en realidad está unida al continente por un puente, y de allí saltar al día siguiente hasta Ítaca. ¿Quién dijo miedo?

En Ítaca, tal vez la playa en la que desembarcó Ulyses

Volvimos al muelle de la capital de Paxos, Gaios, con las maletas. Y nos embarcamos en el mercante, inquietos y excitados por lo incierto del camino que emprendíamos. En una hora arribamos a Igoumenitsa, una ciudad con el aspecto destartalado que tienen muchas poblaciones griegas. No era nuestro día. Perdimos el autobús a Lefkada por unos pocos minutos. Y allí estábamos, parados en medio de un puerto grande, gris, descuidado y polvoriento, bastante lejos de nuestro destino itaquiano. La cabeza de Pe dibujó entonces el plan C: había que alquilar un coche y conducir hacia el sur hasta Lefkada capital y luego tomar el último autobús hasta el puerto de Nydrí, en la misma isla, hacer noche allí y partir con el amanecer, por fin, a Ítaca ¿quién dijo miedo?

Kioni, un agradable puertecito de Ítaca, en un día gris.

Poco después, tras almorzar ligeramente y esperar a que abriera la tienda de alquiler de coches, costeábamos con nuestro utilitari0 sobrepasando ciudades medianas, playas extensas y solitarias, ruinas de murallas griegas, tomando un transbordador para sortear las marismas de Preveza para llegar con la caída del largo día a la capital de la llamada isla blanca. Ya habréis imaginado lo que pasó después de que entregáramos el coche: el último autobús a Nydrí se acababa de marchar.

Una vista mucho más bonita del 'Capitán Aristide'

No hay problema sin solución, mientras haya un plan D y taxis que te puedan llevar veintitantos kilómetros más allá. Acordamos el precio con uno, y mientras las verdes costas se iban haciendo cada vez más oscuras en la carretera, el angloparlante torpe que vive en mí se torturaba con una pregunta: “¿El taxista me ha dicho fifteen thousands dracmas o fifty thousands ?” La diferencia era sustancial y esa inquietud monetaria, unida a la incertidumbre de si encontraríamos donde dormir en Nydrí, desconocida para nosotros, nos llenó de zozobra el trayecto silencioso. Pero Palas Atenea nunca abandona a sus hijos. ¡Eran fifteen! El hombre nos dejó cerca del muelle, junto a una taberna, una muchedumbre impedía el paso más allá. Fue abrir la puerta del coche y empezar a sonar una banda de música entre aplausos y vítores ¡vaya recibimiento! ¿qué pasa, qué pasa? Athina, la nieta de Aristóteles Onassis, estaba descubriendo una estatua en honor a su abuelo que le dedicaba el pueblo de Nydrí por su labor en la ciudad. A un tiro de piedra, allí en la Bahía, está la isla de Skorpios, propiedad del gran magnate naviero griego, y en la que pasaba sus vacaciones junto a sus poderosos amigos. Por el mismo suelo que pisábamos había paseado numerosas veces con María Callas, con Jacqueline…

El perfecto amanecer dorado que nos condujo a Ítaca.

Y claro que encontramos cama, y un pueblo turístico muy animado, y nos zampamos una suculenta parrillada de pescado… y a la mañana siguiente, una de las más bellas que recuerdo, con la aurora de rosáceos dedos abriéndose entre la bruma y sobre un mar como de vino, viajábamos a bordo del ‘Capitán Aristide’, rumbo por fin al puerto de Frikes, Ítaca. Pero lo importante había sido el camino, difícil como manda el poema, provechoso…

Hacerse a la mar

Ulyfox | 12 de mayo de 2012 a las 1:35

Barcas en el caño y en el Club Puente de Hierro, y el Juan Sebastián de Elcano en La Carraca, San Fernando

Parece mentira. Tanta agua como nos rodea en Cádiz y la Bahía, y la mayoría de las veces sólo miramos al mar cuando entramos a bañarnos. A lo mejor es que aquí el mar es demasiado grande, un gigante que infunde mucho respeto. Miras y ves solo mar, y sabes que más allá de donde cae el horizonte sigue siendo azul líquido. Ni se adivina donde puede haber un trozo sólido. Si acaso, y afortunadamente, entre los caños de las salinas están surgiendo pequeños puertos, más bien clubes. Pasa en San Fernando, en el Puente de Hierro, en el clásico renovado Gallineras, ahora en La Casería. Pero en otras tierras, el panorama de enfrente está salpicado o interrumpido por salientes del fondo marino, islas, cabos, calas, penínsulas, islotes, radas que recortan o interrumpen la visión. En esos lugares privilegiados, cuando te tumbas en la hamaca o tomas algo en el bar, allá a lo lejos se dibuja durante el día una silueta inmóvil que primero es marrón, luego verde y luego azul violeta, un destino, una parada cercana tras el brazo de mar. Son los archipiélagos que te llaman. Por eso en esos lugares, en las islas griegas o croatas, o en la recortada costa turca, o en las Baleares, o en las grandes islas italianas, son tan populares los barcos de recreo que ahora fondean ante una playa, y después se refugian en una ensenada y terminan amarrando en un puerto ante la taberna: porque todo, incluido otro mundo, está a un paseo en barco.

Penélope, en el puerto de Agnondas, Skópelos, en el archipiélago griego de las Espóradas.

De estas embarcaciones son especialmente bellas las goletas, sobre todo las turcas con sus cuidadas y brillantes popas de madera. Y existe una amplia oferta de viajes en grupo para una semana. Y suena tan atractivo. Se puede calcular unos mil euros por personas como media con todo incluido. No hemos vivido esa experiencia, pero disfrutarla por la costa azul turca nos hace soñar. Me ha llegado esta oferta por Sicilia y os la expongo:

http://www.topsailingcharter.com/embarcacion.php?idioma=ESP&em=3644

Pero si queréis probar en otros países del Mediterráneo (y yo probaría con Turquía, su costa licia, desde Mármaris hasta Antalya, o con las Espóradas), no tenéis más que rellenar las casillas e ir viendo precios. Eso sí, os tenéis que juntar con gente que aguante la convivencia. No está permitido tirar a nadie por la borda.

Pueblo y puerto en la isla de Procida, frente a Nápoles.

Cruceros, vida en el Nilo

Ulyfox | 1 de junio de 2010 a las 1:24

 
Penélope, y el anchuroso Nilo a su espalda
Penélope, y el anchuroso Nilo a su espalda

Ahora, Cádiz se ha convertido por fin en puerto de salida de un crucero, la última moda de viajes en grupo, la última sensación del turismo de masas, en auge desde hace varios años, tal vez desde que la pasada euforia económica y la bajada de precios (también de la calidad, obviamente) puso al alcance de todo el mundo lo que antes había sido privilegio de ricos. No tengo nada en contra de este tipo de viajes, evidentemente, pero pertenecen a la órbita de los organizados y en grupo, alternativa interesante, pero ajena a nuestros gustos, amantes de la libertad pese a las incomodidades que siempre trae, pero que son las que le dan interés, la mayoría de las veces, sobre todo cuando se superan.

Cientos de falucas se concentran junto a Assuán

Cientos de falucas se concentran junto a Assuán

Pero nos encantan los barcos. Un día escribiré sobre esos entrañables que recorren islas o aquellos otros gigantes que enlazan mares, sobre sus nombres evocadores, sobre los libros que hemos leído en sus cubiertas o en sus salones   (Maqroll el Gaviero, sobre el Egeo). Basta, de momento. Hoy quiero contaros de un crucero que sí hicimos, que nos pareció que debíamos hacer, quizá la única manera de recorrer el trayecto que queríamos en Egipto: un típico, obligado, húmedo, caluroso y sosegado crucero por el Nilo, desde la asombrosa Luxor, el lugar arqueológico más impresionante del mundo, hasta Assuán, con su gran presa, su isla Elefantina y sus templos nubios salvados de las aguas. No contaré nada de los templos. Está todo en las guías. Bueno, todo menos el aire y el humo.

Abandonando el templo de Filae, salvado de las aguas de la presa de Assuán

Abandonando el templo de Filae, salvado de las aguas de la presa de Assuán

Quiero más bien hablar del río, el Río Padre; de cómo en ese crucero, es el Nilo el que te recorre. Tú te sientas en cubierta del lujoso ‘Sonnesta Saint George’, como un personaje de Agatha Christie, bajo un toldo que no puede evitar el intenso calor pese al sistema que te rocía con agua pulverizada, y ves el Nilo pasar, sus orillas, sus gentes, sus palmeras, y al fondo, tras las dos orillas verdísimas, fértiles, el enorme desierto.

Una faluca, el atardecer rosado, la franja verde y el desierto total al fondo.

Una faluca, el atardecer rosado, la franja verde y el desierto total al fondo.

 

En una feraz franja de pocos kilómetros junto a las riberas se cultiva de todo, cereales, frutas (qué mangos), dátiles, verduras. Hacia el interior, inmediata, bruscamente, la vida muere y ya todo es arena y piedra. Y todo eso se contempla mejor al lento atardecer, cuando la temperatura se hace soportable, apoyado en la baranda. Los niños te gritan desde la orilla: “¡Fernando Torres, viva España!”. Acabamos de ganar la Eurocopa de Fútbol, pero en realidad no te felicitan, sino que te lanzan un envase vacío de carrete de fotos, por ejemplo, para que se lo devuelvas con monedas.

La vida en la orilla del Nilo

Escenas de la vida junto al río

Escenas de la vida junto al río

 Las mujeres lavan la ropa, siempre hay mucha gente sentada esperando no sé qué, en los numerosos embarcaderos, y hombres viajando en burro, barcas de pescadores, falucas de airosas velas latinas que capturan milagrosamente el viento que tú nunca notas y que en realidad genera el propio Río. La vegetación es espesa, canales salen del río principal hacia el interior de los huertos; allí arriba en una seca colina, un sultán se hizo una tumba, imitando a un faraón.

Un paseo en faluca al atardecer. Al fondo, nuestro crucero.

Un paseo en faluca al atardecer. Al fondo, nuestro crucero.

El paseo en faluca incluye mercadillo improvisado a bordo

El paseo en faluca incluye mercadillo improvisado a bordo

 

Es el Nilo, padre prolífico de todos los egipcios desde hace muchos milenios. Y sobre él navega, como decenas, cientos quizá, de barcos, el magnífico ‘Sonnesta Saint George’, uno de los mejores. Y una garantía entre otros no tan recomendables, por servicio, por comida, por instalaciones. Nosotros nos encomendamos a los servicios de viajesegipto.eu, en las manos de Juan de la Torre, un entendido. Y que está tan cercano como Chiclana.

El 'Sonnesta Saint George', uno de los reyes del Nilo

El 'Sonnesta Saint George', uno de los reyes del Nilo