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Un paseo nutritivo e instructivo

Ulyfox | 28 de marzo de 2015 a las 19:17

 

Ante el Puente Colgante de Portugalete.

Ante el Puente Colgante de Portugalete.

Llovió pero no mucho, no mucho para lo que se supone que es el País Vasco. Sí, por momentos el paseo se vio azotado por el viento y la lluvia, pero pasó pronto. No era desde Santurce a Bilbao, pero sí por toda la orilla anduvimos desde Portugalete hasta Algorta, comprobando que el primero tiene un casco antiguo pequeño y con sabor, que “no hay en el mundo puente colgante más elegante que el de Bilbao, porque lo han hecho los bilbainicos que son muy ricos y resalaos”, según aprendí de pequeño en una película muy triste que creo que se llamaba El otro árbol de Guernica. El puente de Portugalete, que permite salvar elegantemente la ría en su barca suspendida, es patrimonio de la humanidad, y me parece que merece serlo, con su estampa férrea, industrial y ciertamente airosa.

Arriba y abajo, dos panorámicas del Puente.

Panorámica del Puente.

En la barca cruzamos hasta Las Arenas, que como a muchos supongo me suena a equipo señero de fútbol. Y nos pusimos a pasear, como nos habían recomendado muchos de nuestros conocidos, siguiendo la orilla, pasando por Getxo, con su borde marítimo lleno de casonas veraniegas de la gran burguesía financiera y comercial de finales del siglo XIX y principios del XX, elevadas a su máximo esplendor llegando a Neguri, ese barrio con aire inglés por el que debieron andar en aquel tiempo mayordomos, ayudas de cámara, jardineros y chóferes a centenares. No importaba que lloviznara, cesó muy pronto.

Las mansiones de Getxo frente al mar.

Las mansiones de Getxo frente al mar.

A cada trecho, en el paseo, pequeños paneles describen las características e historias de las residencias más señaladas, muchas de ellas con aire de castillo o palacio. Resulta una caminata la mar de instructiva. Nosotros, además, íbamos con el destino fijo de almorzar en el puerto viejo de Algorta, donde nuestros amigos y anfitriones vascos nos habían recomendado recalar a la hora de comer. “Hay muy buenos sitios, pero si podéis id a Casa Carola, Karola Etxea”, nos encareció Verónica. Claro, no la íbamos a desobedecer, aunque antes nos propinamos un txakolí con pintxo en una taberna junto a las barcas.

El esplendor antiguo de las mansiones de Neguri.

El esplendor antiguo de las mansiones de Neguri.

Más ejemplos de una burguesía de verdad.

Más ejemplos de una burguesía de verdad.

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Subiendo un poco las cuestas del puerto viejo por el acantilado encontramos el restaurante. Precioso interior en azul y manteles blancos, y grandiosa carta de pescado y marisco. Nos regalamos un txangurro de categoría, cocinado con arte, unas almejas gordas y sabrosas, un calamar en su tinta dulce como la vida en vacaciones y unas cocochas de bacalao con su pilpil justo, no bañadas. Cedimos a la tentación y repetimos estas últimas, las mejores que hemos comido, exquisitas y suaves. No fue barato, no podía serlo, pero el placer no tiene precio.

Calles del puerto viejo de Algorta.

Calles del puerto viejo de Algorta.

Un extraordinario almuerzo en el Karola Etxea.

Un extraordinario almuerzo en el Karola Etxea.

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Vascos y sus cosas

Ulyfox | 26 de marzo de 2015 a las 14:13

El rito de la sidrería.

El rito de la sidrería.

No éramos una reunión común, no formábamos un grupo de excursionistas. Era más bien una de las convocatorias más singulares a las que he acudido en mi vida, una experiencia única. Nuestro amigo lo definió diciendo que haber estado allí era como un privilegio. No sé si nos encontramos un compendio del País Vasco, pero desde mi punto de vista era lo más parecido a eso que podíamos esperar.

Volvíamos a Bilbao antes de que pasara un año de nuestra primera y única visita. Quién nos lo iba a decir. Tantos años aplazándolo, tanto tiempo diciendo que casi lo único que nos quedaba por visitar de España era la tierra vasca (ahora ya sólo está pendiente Asturias) y en el corto espacio que va desde mayo pasado a este marzo ya hemos estado dos veces. Naturalmente, no fueron sólo el ambiente de la capital vasca, su arquitectura ni su gastronomía, que por supuesto que sí, lo que nos llamó de vuelta. Ya lo he dicho muchas veces: fue sobre todo esa cuadrilla que integramos en una noche de sábado entre potes, barras y risas. Y además, esta vez Verónica, Joseba, su familia y sus amigos nos tenían preparada una, o mejor varias sorpresas.

El lluvioso y peculiar sábado empezó a una hora y media de coche de Bilbao, en el cogollo de la comarca de El Goierri, lo que nuestros propios anfitriones llamaban la “Guipúzcoa profunda” y, más jocosamente, “el corazón de Giputxilandia”. Una comarca verde a la vista, pero en realidad verde, blanco y rojo, los colores de la ikurriña y del sentimiento nacionalista, en el corazón. Estábamos en Lazkao, que en castellano se conoce más por una denominación que sólo nos suena como apellido: Lazcano. Allí están el Archivo de Lazkao y su extraordinario creador, recopilador y cuidador, el benedictino Juan José Agirre. Nos había hablado Verónica con entusiasmo de este personaje, alto, todavía espigado y muy ágil a sus más de ochenta años, que con una pasión propia de vasco y una rigurosidad y paciencia de monje ha logrado reunir todo lo reunible sobre la historia de la Transición en el País Vasco. Y al decir todo queremos decir papeles, folletos, panfletos, carteles, comunicados, fotografías, libros… todo lo que circulaba por Euskadi en aquellos años ilusionantes, trágicos, alegres y tristes en los que el país tuvo un parto aún más doloroso de lo que se nos ha contado para dar a luz a la democracia.

Juanjo Agirre da explicaciones sobre uno de los incunables guardados en el Archivo de Lazkao.

Juanjo Agirre da explicaciones sobre uno de los incunables guardados en el Archivo de Lazkao.

En el Archivo nos reunimos de pronto y conforme íbamos llegando, cuatro gaditanos y 19 vascos. Y entre estos, la muestra demográfica improvisada: la viuda y la hija de un periodista asesinado por ETA; un ex etarra reinsertado; un ex gobernador civil de Vizcaya con el PSOE; la hermana de José Antonio Zabala, uno de los tristes protagonistas del ‘caso Lasa y Zabala'; un alto cargo de la Ertzaintza y una miembro importante del cuerpo; varios periodistas, entre los que estaban los antiguos directores del nacionalista Deia y de los ‘abertzales’ Egin, Gara y Egunkaria, considerados estrechamente vinculados a lo que los más exquisitos llamaban el “entorno de ETA”, cien veces perseguidos por la justicia; una encantadora y animosa pareja con caserío, encargada de buscar todos los años una sidrería para remojar el encuentro, y cuatro españoles venidos de Cádiz. Creo que sólo faltaba una pareja de guardias civiles para completar una película que, visto el reparto, podía desembocar tanto en una comedia satírica como en un drama de fondo político. Aunque Verónica nos había adelantado algo en conversaciones telefónicas, no dejaba yo de sentir cierta tensión y expectación interior, que se debatía entre las ganas de preguntar y una quizá malentendida discreción ¿Para qué nos habíamos reunido, para hablar o para no hablar de “eso”? ¿Qué era más adecuado, preguntar sobre el hermano torturado, sobre el padre asesinado, sobre sus sentimientos a un criminal condenado, o dejar que el circunloquio educado llevara al tema?

Ese era mi cacao mental mientras Juanjo, como le llamamos desde el principio, nos enseñaba las maravillas antiguas que atesora su archivo a la vez que nos iba rodeando todo con su discurso de recopilador de huellas del conflicto, del nacionalismo y de la Transición, mientras contaba entre mediasbromas cómo el juez Garzón lo quiso relacionar con la red de apoyo a ETA, y la visita que le hicieron 15 hombres “de paisano”, cuando él -decía- lo único que hacía era limitarse a recoger papeles de todo signo. Lo cierto es que Lazkao guarda, gracias a él y a su paciencia insistente, cientos de miles, seguramente millones de documentos, y que escritos en ellos debe estar la historia diversa de una época crucial y aún no terminada. Muchos de ellos, como los de Juan María Bandrés, están allí, pero prohibidos a la vista aún por su carácter delicado. Sí pudimos ver el primer comunicado de ETA y su libro blanco fundacional, e intuir muchos más, miles de carteles, revistas, periódicos, documentación de partidos, asociaciones, gestoras, grupos… todo lo que bullía en tres provincias pequeñas, antiguas y mecidas por el odio y la esperanza de todos y por el enfrentamiento y el compañerismo no sé si a partes iguales.

A esas alturas, lo que se había estado gestando desde hacía meses como un encuentro de sidra y chuletón, con correos y llamadas telefónicas que viajaban del norte al sur, tenía visos de ir a convertirse en algo más y muy diferente. La delicia estaba en escuchar a Juanjo hablar de su trabajo y sus incunables, en tocar alegremente y sin precauciones libros con cientos de años, vivas demostraciones de que el papel no ha muerto. Así transcurría la visita. Pero incluso el dominico locuaz de fuerte acento y hablar disperso se puso serio cuando nos llevó a una dependencia pequeña repleta de libros, con una mesita en el centro. En torno a ella nos apretamos los integrantes del heterogéneo grupo. Encima había un cofre de madera con la tapa labrada con un laubur, esa especie de svástica curva que se ve en muchos lugares del País Vasco, y dentro de ella otra cajita. El fraile explicó, con su dosis de misterio, la historia del paquete, y mostró su contenido: guardaba los casquillos de las balas que mataron a Juan Paredes Manot, alias Txiki, uno de los cinco últimos terroristas fusilados por el régimen de Franco en septiembre de 1975, apenas dos meses antes de la muerte del dictador. Venían con un escrito de la abogada del etarra, que certificaba la procedencia de esos casquillos, fotos y algunos documentos más. A mí me vino en seguida a la cabeza la canción Al alba de Luis Eduardo Aute, compuesta con ese motivo. No sé si fue lo más adecuado que fuera la hermana de Zabala la que leyera el certificado de la abogada en ese momento en voz alta para todos. Seguramente Juanjo no se dio cuenta cuando le dio el papel para que lo recitara. Un segundo de estremecimiento al menos recorrió la habitación débilmente iluminada. Diría que sólo se oyó en ese momento la fuerte lluvia que caía afuera. Y, ahora, pasados unos días, rememorando aquella escena con un cura, un convento y un cofre misterioso, me pregunto cuánto había en ella de veneración de aquellos mortíferos objetos como reliquia de mártir.

Las últimas balas del franquismo.

Las últimas balas del franquismo.

No sé si fue un exorcismo o algún tipo de ritual, pero a partir de ahí la visita volvió al modo cultural y el dominico octogenario de nariz aguileña se apresuró (y esto es literal, no imagináis como ese hombre corría por los pasillos) a mostrarnos varios incunables, libros censurados por la inquisición, tesoros cartográficos, un cantoral con las hojas hechas de piel de oveja (“hizo falta un rebaño para fabricarlo” contó expresivamente), y por último su joya personal, un libro hecho por él mismo, en los cinco idiomas de la Península, castellano, catalán, euskera, gallego y portugués, e iluminado a mano con miniaturas hechas al modo medieval: en esta obra maestra de paciencia y tiempo libre Juanjo ha escrito la regla de la orden dominica, las normas presididas por el gran lema de San Bernardo: ora et labora, reza y trabaja.

El orgullo de Juanjo, su obra.

El orgullo de Juanjo, su obra.

Vino después la sidrería, el motivo original de nuestro viaje, ya todos con hambre y ganas de beber. Todo eso había que remojarlo y quizá rumiarlo. El lagar, Sidrería Urbitarte, en Ataun, era una especie de gran chozo en medio del monte, al lado de una carretera que transcurría entre prados, caseríos y ovejas muy lanudas, aplicadas a su manera en las labores previas de fabricación del fabuloso queso Idiazábal. Llegamos y ya había gente haciendo cola ante los tanques de sidra, aguantando el sirimiri. Dentro, varios grupos sentados en mesas alargadas. Nos pusieron en mesas separadas, y empezó la fiesta. Había que levantarse a empezar a beber. El rito es el siguiente: alguien abre el grifo de la kupela (los barriles o botas) y al final del chorro se coloca el vaso. Hay que procurar que el chorro golpee contra las paredes del vaso, se llena poca cantidad y se bebe de un trago. Si queda algo, se tira al suelo y se sigue la ronda. Así, cuantas veces quieras. De vez en cuando, los encargados del local gritan ¡txotx! que es algo así como el aviso de que va a abrir alguna kupela exclusiva, y entonces todo el personal se levanta hasta ese tanque. Tiene su gracia.

Algo espectacular!

Algo espectacular!

Tres de los gaditanos que dieron cuenta de la txuleta vasca.

Tres de los gaditanos que dieron cuenta de la txuleta vasca.

El menú de sidrería es siempre el mismo, con un precio por persona y pudiendo repetir las veces que quieras: tortilla de bacalao, bacalao frito con pimientos y chuleta, que aquí llamaríamos chuletón y que en esta ocasión era la carne más sabrosa que he probado en mi vida, de por lo menos cinco centímetros de grosor, hecha en su punto perfecto de cocción, quemadita por fuera, una maravilla. De postre, queso Idiazábal  de allí al lado con membrillo y nueces. Al parecer, esta costumbre de las sidrerías no es muy antigua, y antes sólo la practicaban los comerciantes de sidra en la temporada de elaboración, cuando acudían a los lagares a probar la sidra de temporada, de enero a marzo, y se llevaban algo de comer para acompañar esta sin duda ingrata tarea. Ahora, hay excursiones masivas los fines de semana de todo el País Vasco a las sidrerías, sobre todo a las guipuzcoanas, las mejores por tradición. Comimos muy bien. A mi lado, aunque separados por el ex gobernador civil, no sé si como involuntario intermediario, se sentó el ex etarra. No hubo forma de entablar conversación con él. Respondía con frases cortas y parecía ido, contó que se dedicaba a los maratones. Me enteré por el intermediario de que tenía dos asesinatos a sus espaldas, 24 años de cárcel y un arrepentimiento al menos oficial que le ha permitido salir de la cárcel no hace mucho y tener un trabajo, que ha entrado en un programa de encuentros de reconciliación con víctimas y que incluso se ha hecho amigo de verdad de una de ellas. Es más, buena parte de toda aquella reunión en la que participábamos parecía ser parte de ese programa de reconciliación, como una especie de terapia de grupo no se sabe si oficial o personal, una ceremonia que nació hace años, y que ni siquiera sé si se puede contar.

Dos seglares y un cura compatiendo sidrería.

Dos seglares y un cura compatiendo sidrería.

En realidad, luego se pudo comprobar en el larguísimo epílogo de la comida, con las copas en la mano, todos parecían necesitar hablar de eso, eso sí, de buen ánimo. Me dio la impresión de que no han podido superar aún lo que ellos mismos llaman los años de plomo, tantos miles de días conviviendo con un terror que llegó a parecerles normal pero que les persigue, tanta defensa de un nacionalismo que sienten incomprendido desde fuera. Debe de ser todo muy complicado, doloroso y esquizofrénico, en un hábitat pequeño en el que absolutamente todo el mundo es o conoce, o comparte amistad o sangre, o simplemente vecindario y mercado, colegio de los niños, con un verdugo o una víctima, cómplice o colega, encubridor o delator, y en el que tenían y tienen que seguir viviendo. El policía no podía entender que en Andalucía no hubiera ni asomo de nacionalismo ni, por supuesto, ganas de defender ese ideal hecho de cromosomas, tradiciones, paisajes, solidaridades, afrentas e himnos. Es un conversador magistral y apasionado. Le dije que existía incluso la posibilidad de convencerme si empleaba como arma sólo las palabras. “Puedes cachearme, si quieres”, me respondió con una sorna desarmante. No llegamos a un acuerdo porque por mi parte no había siquiera desacuerdo, yo, que tengo mi patria repartida, como mi corazón, entre tantos sitios. Y uno de ellos es desde hace poco esa Euskadi, la de gente apasionada y acogedora, de paisaje verde y civilizado, la que nunca, creo, debió disparar ni justificar o por lo menos tuvo que parar mucho antes de hacerlo. Pude ver en esa reunión que ahora están intentando una reconciliación entre ellos, los más dañados, que aún están curando sus heridas.

Un poco antes, en la sidrería, ante tanta controversia, yo terminé prefiriendo entablar animada conversación con el dueño, un enorme Demetrio Terradillos que nos dio a probar su selección personal del afrutado líquido, con un reconocible aroma y sabor a manzana, y nos contó que todos los años viene a Sanlúcar.

¿Volvería? Sí, porque me gusta la gente, sus historias y sus secretos. Sobre todo, éstos, y me quedaron un montón por desvelar. Me provocan unas ganas enormes de conocerlos, pero aún no sé qué pintábamos allí los cuatro gaditanos. Tal vez éramos invitados de honor, honrados por la extraordinaria amabilidad de Verónica, tal vez sólo espectadores privilegiados, o bien, quién sabe, actores secundarios pero imprescindibles para una trama que está ahora en su nudo más difícil y que ojalá alumbre un desenlace feliz.

Y  veréis otra igual y diferente manera, con el corazón a borbotones y el lenguaje magistral, de ver aquel día si pincháis aquí:

http://www.lobeli.net/os-acordais-de-la-entrada-del-etarra-y-el-viaje-a-bilbao/

La llamada

Ulyfox | 8 de marzo de 2015 a las 13:03

Interior de La Alhóndiga de Bilbao.

Interior de La Alhóndiga de Bilbao.

 

Esta vez no iremos tan lejos, pero iremos. Este viaje que emprenderemos pronto es en realidad una continuación de otro, pertenece a la serie que nos gusta, la de los trayectos que una vez realizados dan ganas de repetirlo, los que te dejan con ganas de más. Es decir, que volvemos a Bilbao, respondiendo a la llamada y cumpliendo el compromiso que sellamos entre txakolís y cervezas hace menos de un año. La cuadrilla de animosos y divertidos que nos acogió con tanto cariño nos comprometió a volver, a realizar la visita a la sidrería de Lazkao, lo que nos quedó por cumplir, y allá que vamos, a cumplir con lo pactado como si nosotros mismos fuéramos vascos. Serán solo algo más que un par de días, apenas nada, quizá, seguro, sólo por el ansia de respirar otro aire, por la necesidad de beber otras aguas y oír otros acentos, estrechar otras manos o juntar otras mejillas. Es decir, la causa de donde nace toda gana de viajar.

En la ría, junto al Casco Viejo y frente al Mercado.

En la ría, junto al Casco Viejo y frente al Mercado.

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Será por apoyarnos en otras barras y subir y bajar otros puertos, pero sobre todo es porque tenemos ganas de verlos, a ellos, a la cuadrilla, un grupo humano tan diverso y divertido, que viene de la misma raíz o si no, debería. Y sí, claro, recorreremos de nuevo las calles viejas y nuevas, antiguas y futuras del Bilbao que nos encantó, a lo mejor buscamos un muelle donde sentarnos o anclamos frente a unos pintxos. El caso es navegar con un refugio seguro siempre al alcance. O no.

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No nos había ocurrido nunca hacer tantos amigos de pronto, en una noche, como nos pasó en la capital vizcaína. Excepto en alguna isla griega. Quién hubiera tal ventura siempre. Personas tan distantes y distintas acercadas por mor de la risa franca. Ya veis, la esquina más luminosa puede aparecer al doblar cualquier calle. Por eso no hay que dejar de andar. Quién es capaz de pronunciar con seguridad la frase ‘como en casa en ningún lado’ sin haber explorado el inmenso poliedro mundial. A veces, sólo con salir a la calle con los ojos abiertos basta.

Un estupendo lugar para comer.

Un estupendo lugar para comer.

Por todo eso, Bilbao otra vez. Y esta vez con dos grandes amigos de lo propio y lo ajeno. Y lo veremos para contarlo, desde las animadas y gastronómicas Siete Calles hasta el Guggenheim.

Las calzadas de Mallona, casco Viejo.

Las calzadas de Mallona, casco Viejo.

En el Portal de Zamudio, centro de las Siete Calles.

En el Portal de Zamudio, centro de las Siete Calles.

Ola de izquierdas

Ulyfox | 19 de mayo de 2014 a las 14:19

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Dos vistas del puerto de Mundaka, con pleamar y bajamar.

Dos vistas del puerto de Mundaka, con pleamar y bajamar.

 

No es, como podría parecer por el título de esta entrada, el resultado deseable de las próximas elecciones europeas, aunque sólo sirviera como grito de descontento, como demostración de rebeldía ante lo que nos están haciendo desde los centros comunitarios con la servidumbre de los gobiernos nacionales. No hablo de esa izquierda, no quiero hacer metáforas ni expresar deseos; se trata de una auténtica ola, de las del mar. La ola de izquierdas más famosa del mundo, dicen los surferos, es la de Mundaka, una conjunción de vientos, mareas y fondos que hacen de esta zona una de las más deseadas por los deportistas de tabla, traje de neopreno y melena al viento, a ser posible rubia. Naturalmente, no era encontrar esa ola el objetivo de nuestra visita a ese puerto vizcaíno, sino conocer lo que nos habían dicho que era un bonito pueblo de la costa, en realidad un pueblecito empinado y derramado hacia una dársena muy pequeña, y contemplar una de las joyas del País Vasco: la espléndida ría y reserva natural de Urdaibai.

Una casa tradicional, convertida en hotel en el centro de Mundaka.

Una casa tradicional, convertida en hotel en el centro de Mundaka.

El tren recorre toda la ría desde Guernica, y mientras nos íbamos acercando veíamos un paisaje que nos recordaba al de las marismas y esteros de la Bahía de Cádiz, pero sin salinas. Abundancia de canales, algún embarcadero industrial con los pilares al aire, y grupos de aves acuáticas. Y conforme nos acercábamos a Mundaka iba creciendo una gran barra de arena dorada, con una grandiosa imagen de marea baja. Ya cerca del pueblecito, el aspecto de la ría era el de una gran playa con un riachuelo que la surcaba. La gente paseaba como pasea por la orilla atlántica de Cádiz.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

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El convoy nos dejó en la parte alta del pueblo. No era difícil orientarse hacia el puerto, sólo había que enfilar las cuestas abajo. El cielo seguía nublado, y amenazando lluvia. Desembocamos en la rada, apenas un hueco en forma de ‘u’ con un par de diques de contención de lo que se adivina como fuertes embestidas del Cantábrico cuando se pone bravo. La bajamar hacía que muchas de los embarcaciones reposaran directamente en el fondo. Alrededor de esos muelles recios algunas casas de piedra vista o pintadas de blanco con toques de color marinero, rojo, azul, un pequeño hotel de aspecto cuidado, y enfrente, el mar abierto y los montes verdes. Diría que así me imaginaba yo un puerto vasco, y diría que hay muchos parecidos en toda la costa norte española, escondidos refugios de la furia del viento: aguas semitranquilas en un pequeño estanque mientras más allá y por encima de los diques todo es espuma inquieta.

La costa de Mundaka.

La costa de Mundaka.

Llegando al final del puerto, la acera sube hasta una pequeña plaza con todo lo que tiene que tener una plaza: quiosco de bebidas, un casino con restaurante de precioso balcón de hierro, una parada de autobús, una asociación de pescadores, una iglesia cuyo muro sirve de frontón y muchos niños jugando, naturalmente al balón. El límite frontal es siempre el mar, con un paseo marítimo formado por una simple barandilla de hierro blanco. Siguiéndolo, se llega a la playa, un entrante arenoso bordeado de rocas y pegado a la carretera que va hacia el interior. La vida aparecía serena en esa mañana festiva de Primero de Mayo. Sólo echábamos de menos que el sol iluminara y diera color a las escenas. Uno de sus rayos iluminaba allá al fondo el monte, enseñándonos una mancha de muestra del intenso verde vasco y diciéndonos “así soy cuando luce el astro rey”.

La ría, hacia el interior.

La ría, hacia el interior.

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Frente a la amplia ría.

Frente a la amplia ría.

En la oficina de turismo, una empleada derrochaba amabilidad y sonrisas, casi rogándonos que le preguntáramos cosas. Sólo queríamos saber cómo se iba al restaurante Portuondo, del que nos habían alabado la cocina y las vistas sobre la ría de Urdaibai, y en el que habíamos reservado una mesa. Se trataba de subir por la carretera unos quince minutos, nada, un paseo observando a la izquierda la ría.

La ría, con marea baja, desde Portuondo.

La ría, con marea baja, desde Portuondo.

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El maravilloso Asador Portuondo.

El maravilloso Asador Portuondo.

Tras la comida, la ría estaba casi cubierta por la marea.

Tras la comida, la ría estaba casi cubierta por la marea.

El Restaurante Asador Portuondo estaba lleno, allí arriba en su mirador privilegiado sobre la ría, que mostraba todavía una espléndida bajamar de meandros. La terraza rebosaba de familias. Día de fiesta. En el interior, el comedor del Portuondo tiene un ventanal maravilloso, como una pantalla en la que proyectara una película de la naturaleza para ver crecer la marea, para ver desaparecer la arena bajo el agua poco a poco pero irremediablemente. Y lo extraordinario: así está ocurriendo durante siglos dos veces al día, supongo.

Mundaka, sobre el saliente rocoso.

Mundaka, sobre el saliente rocoso.

A la singular vista le acompañó una excelente comida: tomates de la zona, revuelto de perretxikos (un hongo sabroso y pequeño), rodaballo… con un estupendo txakolí Itsasmendi 7. Buenísimo, bien servidos, bien visto. El resto de la tarde transcurre en un tranquilo descenso hacia el pueblo, un café en el puerto y en una vuelta en tren hacia Bilbao, con tiempo para dormitar apoyados en el cristal de la ventanilla del tren.

Después de Guernica, Mundaka completó un día hermoso.

La patria bien entendida

Ulyfox | 15 de mayo de 2014 a las 19:46

El último árbol de Guernica, plantado ante la Tribuna de la Casa de Juntas.

El último árbol de Guernica, plantado ante la Tribuna de la Casa de Juntas.

El Árbol Viejo, en el jardín.

El Árbol Viejo, en el jardín.

Fuimos a Guernica, fuimos al lugar sagrado donde todas las esencias del alma vasca parecen haberse concentrado. Muchos nos habían dicho “id, hay que ir para comprender un poco o un mucho la historia vasca, sus fueros, sus reivindicaciones, su sentimiento”, lo que muchos llaman la patria, en definitiva. Y fuimos. Hay un tren modernísimo que lleva desde el mismo centro de Bilbao, del barrio de Atxuri, como deben salir los trenes, en poco más de media hora. Allí nos plantamos, dispuestos a aprender y comprender, objetivo eterno y obligado del ser humano.

La Sala de Juntas.

La Sala de Juntas.

No tengo muy buena afinidad con los llamados nacionalismos, y sin embargo me emocionan las tradiciones. Debe ser que entiendo que lo primero, por muy cargado de buenas intenciones que estén algunos, se basa en resaltar y exaltar la diferencia en los mejores casos, y los enfrentamientos en los peores, mientras que las segundas apelan a los sentimientos, las costumbres, la infancia, la tierra madre y el aire padre, y esas cosas que todos los pueblos, los seres humanos, compartimos. Si no existieran los nacionalismos de ningún signo, las gentes simplemente disfrutarían conociendo, disfrutando y hasta compartiendo las diferencias de los otros. Sin querer presumir de nada, a nosotros nos pasa esto último. Tal vez a fuerza de ser andaluces amamos la música griega, la comida turca, las procesiones italianas y el ritmo cubano, envidiamos la elegancia francesa siempre aparente y comprendemos la resignación portuguesa, anhelamos el orden suizo, dulcemente nos mareamos con el bullicio marroquí y nos reímos con la sinvergonzonería siciliana. Y tal vez, tal vez por eso, nos apasionan los viajes.

La impresionante Sala de la Vidriera.

La impresionante Sala de la Vidriera.

Detalle de la vidriera.

Detalle de la vidriera.

Así que, en la Casa de Juntas de Guernica aprendimos con las sencillas explicaciones de los paneles y pudimos sentir, sí, o intuirlo al menos, el carácter sagrado de los árboles para el pueblo vasco, y cómo ellos entienden que el derecho a defender sus fueros es tan fuerte como el roble de Guernica. No sentimos en ningún momento el aleteo de la violencia en aquellos sobrios salones y sí un canto, como si fuera el Gernikako arbola de José María Iparraguirre, a la historia de muchos millones de personas vividas durante siglos, apegadas a la tierra y abrazadas a un mar con mucho carácter. No vimos ofensas a nadie, y, si se me permite, incluso intuimos un amor muy español a sus tradiciones, ésas, las que nos gustan.

Junto al bardo José María de Iparraguirrre, autor de 'Gernikako arbola'.

Junto al bardo José María de Iparraguirrre, autor de ‘Gernikako arbola’.

Era como un canto a la democracia natural, la de las gentes reunidas bajo un árbol a decidir lo mejor y lo peor e incluso lo regular. No soy tan ingenuo como para no pensar que algo de pintura idealizada hay en todo eso, claro, pero el cuadro resultante me resulta atractivo, igual que repulsivo me resultarían las mismas palabras en el mismo hermoso idioma vasco con una pistola sobre la mesa o pronunciadas tras una capucha. Creo tanto en el poder de las palabras que las leídas en esa Casa de Juntas, escritas para seducir y no para conquistar, terminaron conquistándome. Conviene añadir que soy hombre fácil cuando las palabras tienen sentido.

El Parque de los Pueblos de Europa.

El Parque de los Pueblos de Europa.

Lo otro ya lo sabeis: el inmenso poder simbólico de un árbol viejo y muerto y de sus retoños herederos, una Sala de Juntas, el terrible recuerdo de un bombardeo destructor de tradiciones y personas, la voluntad por lograr el hermanamiento, un parque de los Pueblos de Europa, una escultura fraterno filial de Eduardo Chillida, Gure aitaren etxea (La casa de nuestro padre) acogedora e imponente como buena parte de la obra del artista vasco y por la que me permití pasear, entrar y casi vivir, el verde del césped y de los montes circundantes. Todo lo necesario para hacer de Guernica (Gernika) un santuario civil yo diría que pacíficamente orgulloso. Nos sentó bien.

Gure aitaren etxea, la casa de nuestro padre, de Eduardo Chillida, todo un símbolo en una ciudad símbolo.

Gure aitaren etxea, la casa de nuestro padre, de Eduardo Chillida, todo un símbolo en una ciudad símbolo.

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Una casa para un príncipe

Ulyfox | 13 de mayo de 2014 a las 13:23

El Guggenheim y la ría de Bilbao.

El Guggenheim y la ría de Bilbao.

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Le acaban de dar el Premio Príncipe de Asturias a un arquitecto señero, casi ‘el arquitecto’ de este siglo, sea el que sea. Frank Gehry, ya sabéis que así se llama el galardonado en la categoría de Artes, es responsable de haber cambiado la cara a una ciudad: Bilbao, que a estas alturas y si seguís el blog, conocéis que nos ha gustado mucho. Siguiendo con las cosas que no son noticia, Gehry es autor del Museo Guggenheim, allí al borde de la ría y donde antes había industrias útiles pero que cayeron en la ruina y sólo les quedó la parte fea. Una ruina, vamos. Pero he aquí que, milagros de la historia y del arte, un edificio singular, único, bellísimo y extraordinario, por sí solo fue capaz de cambiar la vida de un barrio. Ante su extraordinaria apariencia, era forzoso cambiar, adornar, embellecer el entorno, y así se hizo, y de una manera descaradamente contemporánea, sin complejos. El resultado ya ha sido bastante alabado por expertos, no expertos, turistas simples y críticos de arte, con lo que yo, simple y modesto amante de la belleza, no añadiré ni una palabra más en este sentido.

Contad las curvas...

Contad las curvas…

Sólo diré que nos impresionó el modo en que una construcción puede convertirse en atractivo, en imán para la gente, en tótem alrededor del cual tiende a reunirse la tribu. Le pasa igual, por ejemplo, a la Torre Eiffel, al campanario de la basílica de San Marco en Venecia o al puente de Carlos en Praga. Alrededor del Guggenheim la gente pasea a sus niños, a sus perros y a sus abuelos, serenamente, sin tener por qué saber de arquitectura, de arte o ni siquiera el nombre del arquitecto que concibió semejante disfrute del aire y los volúmenes, de sus sombras y sus reflejos, del agua que lo rodea y de ese perrito de flores, Puppy, que puede llegar a inspirar tanta ternura como un cachorro de anuncio de televisión. Al otro extremo la araña madre de metal inspira más bien temor.

El paseo del Museo...

El paseo del Museo…

Una escultura de vapor de agua.

Una escultura de vapor de agua.

Se debe llegar al Museo lentamente, igual que hicimos nosotros en nuestro último día de estancia, el día en que el sol se decidió a saludarnos, tal vez cruzando la ría por el puente cercano de Calatrava, grandilocuente como siempre pero esta vez contenido aunque polémico por los resbalones que se daba la gente en días de lluvia (es decir casi todos) y al que ha habido que poner una alfombra de fibra antideslizante que lo afea pero le quita culpa. Entonces, el edificio aparece convenientemente lejos y cerca como para que apetezca, desde la otra orilla, el acercamiento a ritmo de paseo. Pero ya no puedes evitar empezar a disparar con la cámara. La serena caminata transcurre por el Campo Volantín, un paseo arbolado del siglo pasado y que siempre me trae recuerdos de un compañero, Josu, que nació allí y que pasó tantos años en el Diario que ni con su despido han podido borrar su acento cruzando el aire de la Redacción. De hecho, a él le debo algunas palabras que aprendí en euskera y con las que pude sorprender a la cuadrilla que nos acogió en Bilbao.

La pasarela de Calatrava, que lleva al Campo Volantín.

La pasarela de Calatrava, que lleva al Campo Volantín.

 

Reflejos de titanio.

Reflejos de titanio.

 

Tal como va uno andando, la sorprendente y alegre presencia del Museo se va agrandando, con los prólogos de esculturas y edificios, con el paso tras el Puente de la Salve, antes una fea pasarela y ahora embellecido con unos arcos de colores rojos. Siempre desde la otra orilla se recorre con los pasos y con la vista la silueta increíble de titanio y luces, la sucesión de curvas, rectas y ángulos que Gehry imaginó quién sabe cómo. Y así llegamos hasta la pasarela de Pedro Arrupe, que habrá que cruzar para seguir mirando sólo hacia un sitio. Ya llegamos, efectivamente es como un imán. Alrededor suenan músicos callejeros y no se oye un grito.

Puppy, la gran atracción

Puppy, la gran atracción

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Nosotros lo rodeamos tranquilamente, nos acercamos a Puppy, nos gustó el perrito-macetero, le hicimos mil fotos, fuimos junto a la ría, intentamos capturar la escultura de agua pulverizada que lo adorna por esa parte, le dimos la vuelta subiendo el puente de La Salve para apreciar todos sus ángulos. Cada paso era diferente el aspecto, porque a la curva le nacía un ángulo y a la recta le salía una barriga. Fotos.

El vestíbulo principal del Museo.

El vestíbulo principal del Museo.

El interior es también poderoso, pero el contenido, aunque me esforcé, no me impresionó. Ni siquiera subimos a ver la exposición de la obra de Yoko Ono. No puedo criticarla, pues. El personaje tampoco me interesa.

La ciudad, Puppy, el Museo, Yoko Ono, el monte...

La ciudad, Puppy, el Museo, Yoko Ono, el monte…

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De todo, me asombró la capacidad de un edificio para mandar en su entorno. Muchas ciudades lo han intentado después del Guggenheim con poco éxito y con mucho gasto. Casi todas querían su ‘edificio emblemático’. Pero eso no se busca. Se encuentra, cuando confluyen, quizá, una ciudad, un artista y unas ganas.

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La cuadrilla

Ulyfox | 9 de mayo de 2014 a las 12:16

Dani, Elena, Joseba, Verónica, Penélope, Uly, Carmen, Arantxa, Jorge, Izaskun y Javi, la nueva cuadrilla, ante el Café Iruña.

Dani, Elena, Joseba, Verónica, Penélope, Uly, Carmen, Arantxa, Jorge, Izaskun y Javi, la nueva cuadrilla, ante el Café Iruña.

 

Fue casi lo último, como el prólogo del epílogo de nuestro reciente viaje, pero es obligado hacer de esta ocasión la primera entrada de la serie sobre nuestra visita a Bilbao y San Sebastián. Esto trata de la cuadrilla, el sonriente y acogedor grupo humano que nos proporcionó como compañía la impagable Verónica para una de las mejores veladas de los últimos tiempos, allí en la viva Bilbao. Unos cachondos.

Verónica era responsable de comunicación de FEVE, los Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha, y ahora sigue desempeñando parecida labor dentro de Renfe, que absorbió recientemente a aquella. Una fría definición para una mujer a la que es más fácil retratar diciendo que es un encanto, la anfitriona perfecta, en realidad ya nuestra amiga en el Norte. La conocí hace un par de años, gracias a su generosidad al invitarme a un memorable viaje de presentación del Tren Al Andalus. Luego ha seguido siendo generosa en convocatorias a las que por desgracia no he podido acudir. Pero esta vez se trataba simplemente de amistad. En cuanto reservamos nuestra estancia en Bilbao me apresuré a llamarla, del mismo modo que ella se apresuró a prepararnos una tarde-noche de gloria.

Podríamos decir que Verónica y su extremadamente atento marido Joseba nos prepararon la encerrona perfecta para que nos enamoráramos de Bilbao. Ellos ya sabían que la cuadrilla nos iba a gustar. Desde el primer momento nos sentimos integrados, como que se deshicieron en atenciones y facilidades para esta pareja de gaditanos caídos de sopetón en una reunión vasca, peregrinación en busca de txkaolís y pinchos, cultura y risas. Al minuto la simpar Carmen, madre de Verónica, periodista, escritora y autora de guías (colega), nos cogió del brazo y nos contó-preguntó. Viajera, articulista y viuda de periodista asesinado por ETA, venía aureolada de una tranquilizadora calma, que da la impresión de ser sólo aparente.

Al mismo tiempo, Joseba hacía de facilitador de vasos ida y vuelta de la barra. Casi en seguida, se apreciaba que la amabilidad daría paso a la confianza, y luego al humor, como así fue. De bastantes apellidos vascos, se le notaba que es un hombre universal, no en vano viaja mucho-ísimo por su trabajo. Nada malo puede encerrar un hombre que es amante de vinos y quesos.

Dani, marido de Carmen, con un pasado de gobernador civil socialista en la Vizcaya de tiempos peligrosos, hacía gala de la sabiduría y sano descreimiento que dan los años, y tiraba de ironía para decir sin palabras que nadie lo puede asustar ya con verbos ni con hechos. Fue el primero en hacer bromas, con lo que de mediador en el bienestar supone eso.

Javi es otro desahuciado voluntariamente de la política nacionalista (fue jefe de prensa con Arzalluz, imaginaos, y luego peleado con el PNV), y era capaz de entonar, instalado en una sonrisa, unas peculiares coplillas que él decía que eran de Cádiz y a las que yo respondía diciendo que tal vez, pero de la parte de Bermeo.

Arantxa sigue siendo nacionalista, periodista también (extraña abundancia de una especie que parece en extinción) y me arrastró amigablemente hasta la estatua de Sabino Arana para defenderme que el fundador del pensamiento abertzale había escrito y dicho cosas aberrantes, racistas, pero que había que entenderlo como hombre de su tiempo. Yo le dejé ese trabajo para ella, y me reí en su compañía cuando me llevó luego al salón del emblemáticamente vasco Café Iruña, de estilo mudéjar y adornado de manera impensada con farolillos feriantes, en el que bailaba sevillanas un grupo de personajes que parecían escritos a medias entre los Álvarez Quintero y Valle Inclán.

Jorge, atención, un respeto, firmes, es el jefe mandamás de la Ertzaintza en el País Vasco. Llegó un poco más tarde porque andaba liado con una manifestación en el Casco Viejo, la misma que nos llevó a tomar los zuritos, txakolís y pintxos al resguardo de la zona de Diputación. Se le notaba el carácter policial en su planta esbelta y en cierto tono de voz que impregnaba hasta su risa franca. Su mujer, Elena, daba el perfil atractivo y amigo del poli bueno. Un encanto cercano. Ninguno de los dos había visto ‘Ocho apellidos vascos’ pero creo que después de esa velada irán a verla sin falta.

Izaskun tuvo un restaurante y fue alcaldesa. Me quedó la falta de haber hablado más con ella porque sus ojos eran los más alegres y su actitud la más dispuesta. Pero esa falta mía quedará compensada, sin duda, con una excursión que ya tenemos prometida el año que viene: nos colaremos en una visita anual que suele hacer la cuadrilla al Archivo de Lazkao con posterior comida en una auténtica sidrería guipuzcoana. Será difícil sustraernos a esa invitación tentación.

Vuelvo a Verónica: risas todo el tiempo, factótum integradora, pergeñadora de una noche para el recuerdo. Desde que la conocí se ha deshecho en atenciones y me colma de elogios hacia méritos que sólo ella reconoce, y que no quiere que se les desmonten pese a mis sinceros y reincidentes desmentidos. Se agradece en el alma ese empeño, y que haya puesto por testigo su casi sagrada condición de vasca para advertirnos de que la invitación a esa próxima cita es sincera. Así nos los tomamos… y nos lo tomaremos, pues. Es una bendita deuda con ella y con su marido, Joseba.

 

Gaditanos ante la estatua de Sabino Arana.

Gaditanos ante la estatua de Sabino Arana.

 

Nosotros intentamos corresponder a tal derroche de amistad con algunas opiniones rotundas y sinceras y, claro está, con algunas bromas gaditanas. Incluso yo, osado, sacrílego, me atreví a entonar el ‘Eusko gudari’ ante la estatua del fundador de la patria vasca moderna, con un tono irreverente que ellos captaron con la debida complicidad de unas risas. Nos dijimos al retirarnos que daba gusto rendir culto a la amistad con gente así, y sentimos la alegría de haber puesto una pica en Euskadi, una pica profunda a la vez que amable, agradecida, risueña y feliz.

Buen viaje

Ulyfox | 5 de mayo de 2014 a las 13:40

Ante el Mercado de la Ribera, iglesia y puente de San Antón, con nubes y fresquito.

Ante el Mercado de la Ribera, iglesia y puente de San Antón, con nubes y fresquito.

Acabamos de volver de Bilbao. En una palabra: encantados, con la ciudad, con la comida, con la gente. Llenos de cosas que contar, más bien de ganas de contarlas. Lamentando (es un decir, nunca es tarde) no haber ido antes. Pintxos, calles, verdes, mares, historia y hasta una tarde noche con una cuadrilla de auténticos vascos. No ha faltado de nada, quizá más y mejor tiempo. Pero eso abona el deseo de volver, lo mejor que se puede decir de una tierra. No nos han molestado ni las nubes, que sólo permitieron la salida franca del sol el último día. La lluvia tampoco molestó más que unos minutos.

A la vuelta, ya por la noche en San Fernando, un encuentro inesperado. Tomando una cerveza, de dos o tres mesas más para allá no llegan ecos de un idioma conocido hablado por un grupo de hombres. Claro, recién llegados del País Vasco pensamos ¿será euskera? No, no, las kas y las eses eran de otro origen. Al fin lo identificamos: eran griegos. Después de pensarlo un momento, nos presentamos y les hablamos de nuestro amor por esa tierra. Ellos eran marineros, venían de El Pireo y estaban en un barco en Cádiz. Una gran alegría sumada a otra que traíamos. De Euskadi al puerto cercano a Atenas. El mundo unido por un aire. No queríamos molestar demasiado, nos despedimos: “kalinikta, kalós orízate, járiga”, buenas noche, bienvenidos, encantados. De verlos, de ir, de volver, de pensar en partir de nuevo.

Contaremos pronto. De momento, esto está bien para pinchar e ir haciendo unas risas: http://www.traveler.es/viajes/mundo-traveler/articulos/40-cosas-que-oiras-si-vienes-a-bilbao/5268

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Y la elegida es… ¡Bilbao!

Ulyfox | 2 de abril de 2014 a las 13:34

PENSION-ARIAS-BILBAO_-CASCO-VIEJO

Mira que estuvimos a punto de reservar vuelo y hotel en Edimburgo. Mira que de pronto apareció en nuestra búsqueda el brillante nombre de Palermo y la promesa de revivir Sicilia. Mira que tenemos algunas guías de Escocia que nos ha prestado un amigo, y mira que las palabras de quienes han ido a visitar ese país son muy convincentes, y entre todas ellas las que pronuncia la enamorada Pili. Pero no, al final, por fin, en este próximo Puente del 1 de Mayo ¡nos vamos a Bilbao!

Es interesante analizar el proceso por el que algunas veces hemos hecho todos los preparativos, menos el paso definitivo, para irnos a algún sitio y luego lo hemos pospuesto. Nos dice Pili: “Cuando por fin vayáis a Edimburgo, os preguntareis por qué no habéis ido antes”. Ojalá, y seguro que iremos. No vamos a ir todavía por varias razones, cada una de las cuales podría considerarse nimia según el momento. Pero, resumidamente, es bastante más caro, el viaje bastante más largo, y las combinaciones de vuelos bastante más incómodas. Y el Norte-Norte con sus nieblas y sus paisajes bucólicos que atrapan las ensoñaciones de Pili aún no nos toca el corazón tanto como el brillo mediterráneo. Por otra parte, está el tema del tiempo, del atmosférico me refiero. Ya sé que Bilbao no es precisamente Cancún, pero tiene otro argumento de más peso: seguro que comemos mucho mejor. Siempre me ha extrañado mucho la poca importancia que se le da a la comida en los países del norte de Europa, la dificultad de encontrar algo realmente rico, al contrario de lo extremadamente fácil que es comer bien en cualquier país del Sur.

Es curioso que muchos de estos argumentos, algunos excepto el de la comida, nos han servido muchas veces para posponer nuestra deuda con el País Vasco. Esta vez, quién sabe, los iones en el aire tal vez se dispusieron para abrir definitivamente las puertas de nuestra resistencia. Así que nos prometemos una ciudad moderna, una gente educada, unos paisajes verdes y una comida excelsa. Eso esperamos, y que la visita nos contraríe de una vez por todas nuestras reticencias.

Por eso, por favor, como seguro que muchos habréis hecho la tarea antes que nosotros y conocéis ya la gran capital del Norte y sus alrededores, soltadnos por aquí unos consejitos, unas pistas de lugares para ver, oler y comer en sus calles, costas y montes. Se agradecerán. Os devolveremos el favor con creces dándole, a la vuelta y quizá durante, forma a varias entradas en este blog que es vuestro.