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Idas y vueltas

Ulyfox | 9 de junio de 2014 a las 13:33

La escultura 'Gure aitaren etxea' de Chillida, en Guernica.

La escultura ‘Gure aitaren etxea’ de Chillida, en Guernica.

Por lo que se ve, y según defiendo, la gente se parece en todos los sitios, se ríe con cosas muy similares y sufre cuando se les hace daño en según qué partes. Si la gente se reúne, suele acabar charlando y soltando bromas, o canciones, o preguntándose por la familia o haciendo planes o criticando a otros, ya sea esto en Creta, Andalucía, Italia o el País Vasco. Así que no me extraña que un grupo de vascos haya decidido crear una página que es una empresa y una nueva región universal llamada Euskádiz: http://www.euskadiz.com/

Le debemos a uno de sus creadores, el despierto Antxon, ese hombre cuya mirada por encima de su bigote parece estar siempre tomando partida, analizando y buscando respuestas, muchas de las buenas pistas que seguimos en nuestra reciente visita a Bilbao y San Sebastián. Él, junto con sus socios, se ha empeñado en materializar, en hacer patente el puente que desde hace siglos existe entre nuestra tierra y la suya, y que quizá se evidencie en las mismas ganas de reír, de comer y de tolerarse. Así, organizan viajes de ida y vuelta, montan excursiones y preparan convivencias entre gentes del Norte y del Sur, doblando el mapa metafóricamente para que Cádiz y Euskadi no dejen nunca de tocarse. Les oigo y me identifico con ellos, y por eso me dio tanto gusto decirles, la última vez que los vi, que nos había encantado su tierra, y que habíamos disfrutado con su gente, con ellos, que en sólo una tarde habíamos hecho un grupo de amigos, habíamos logrado tener cuadrilla en Bilbao ¿Dónde están los tópicos que dicen que la gente del norte es más reservada? Nos bastaron esas horas en Bilbao, como nos han bastado dos ratos en Cádiz con Antxon para desmontarlos. Así que a partir de ahora, esta página, este espíritu quedan enlazados desde este modesto blog ¡Aupa!

Y eskerrik asko!

Mil sitios bonitos de Cádiz

Ulyfox | 30 de mayo de 2014 a las 12:54

Ya sé, y lo proclamo, que hay más de mil sitios tan bonitos como Cádiz, en incluso más bonitos. Pero este reportaje gráfico de la revista Condé Nast Traveler corrobora también otras cosas: que estamos de moda y que tenemos millones de razones para eso. Aunque las fotos sean mejorables. Disfrutadlo: http://www.traveler.es/viajes/placeres/articulos/las-fotos-que-haran-que-quieras-veranear-siempre-en-cadiz/5379

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Natalicio en El Palmar

Ulyfox | 9 de abril de 2013 a las 0:23

Macarena, pegada a su madre, Margarita.

 

En la playa de El Palmar de Vejer, un sitio de colonos y gente que aúna la bravura con la calma, ha nacido hace poco más de una semana una burrita. Hija de Margarita y de un burro moruno, su orgulloso dueño, Manolo Molina el de la Venta, le ha puesto el nombre de Macarena. El apelativo, casi sin querer, sigue una antigua costumbre: el de poner los nombres según un hecho que haya ocurrido en el mismo momento del alumbramiento. Resulta que el animal, negro como la noche y con un hocico blanco para comérselo, vino a nacer más o menos cuando por la televisión estaban comentando las dudas de la hermandad sevillana de la Esperanza Macarena sobre si salir o no en procesión ante la amenaza de lluvia. Las nietas de la familia, que asistieron al parto con la alegría con la que se asiste a los acontecimientos irrepetibles, discutían sobre el nombre, hasta que una de ellas tuvo la inspiración: ¡Macarena!

Molina, Margarita y Macarena, en El Palmar.

Aclamado o aceptado por los presentes, llevará ese nombre para los restos, para que ojalá que Muriel, y Violeta y el recién llegado y rubio León jueguen mil horas con ella, cabalguen sobre su lomo, la saquen de paseo, le den de comer, se preocupen por su salud o por su futura preñez, si llega el caso, y nuevamente asistan a otro parto esta vez con Macarena como madre, y la vida siga, igual que los correteos de estos niños y de los que vengan entre el pasto, y alrededor de todas las Macarenas que sean.

Ahí está, como nacida para que los niños jueguen.

Margarita es vieja, y Molina la recogió con las ganas que la gente del campo abraza a los bichos. No quedan muchos burros en El Palmar, pero Margarita sigue cumpliendo con su obligación natural de seguir poblando el mundo de sus congéneres. Ella es gris y su hija anda a saltos como una viva y enérgica mancha peluda negra, sin alejarse mucho nunca. Molina le da trozos de pan y la burrita se queda detrás, escudándose en el corpachón de la madre mientras esta se alimenta. Después le tocará a ella aplicar el hocico a la ubre.

Las buenas compañías.

Si hay algo que a Molina se le da bien es dar de comer. En la venta de la playa campera ofrece los productos de su huerta y los huevos de sus gallinas. Cuando tiene tiempo, además, se sienta a tu lado y te cuenta, por ejemplo, el misterio del cabrahígo o, lo que es lo mismo, esa mágica y fecundadora alianza de insectos y plantas que hace que los higos y las brevas se puedan comer, una técnica heredada de quién sabe qué civilización helénica o persa. Como es inevitable que viva al ritmo de las estaciones, el otro día, que acudimos a su venta en la mejor compañía, Manolo nos ofreció una tortilla de puerros que era para quedarse siempre a vivir dentro de ella, y una liebre en salsa (tiene unos espléndidos galgos) de gusto antiguo y sabio, y por supuesto, el sublime tomate frito que le ha dado fama, acompañando a unos huevos de yemas amarillas, pero de amarillo huevo de verdad; y los sabrosos jurelitos fritos, y las croquetas de pescado…

Plato inolvidable en la Venta Molina de El Palmar.

La familia Molina iba aderezando estas exquisiteces con su amabilidad y sus detalles y la sobremesa se convirtió en casi atardecer, y de una manera suave todo nos llevó a la parte trasera, a la busca de Margarita y Macarena, tan negra, tan peluda, tan blanda que se diría de algodón si no fuera por ese color carbón. Fue la culminación.

Baelo espléndida

Ulyfox | 29 de marzo de 2013 a las 22:26

Vista general de Baelo Claudia, el Viernes Santo.

Aprovechando que nos hemos quedado por aquí he realizado una excursión largo tiempo anhelada: volver a Baelo Claudia, ahí al lado pero sin visitar desde hace infinidad de años. Quería ver cómo había quedado el nuevo centro de interpretación, y los avances en la excavación y consolidación de las ruinas. En pocas palabras: ha quedado estupendo. El Centro es un hallazgo, moderno, racional y a la vez integrado en el entorno. Durante su construcción fue objeto de numerosas polémicas, pero a mí me parece que el resultado es espléndido, ligero, aéreo, luminoso. Un lujo en Andalucía.

El Foro, con su pavimento milenario, y la Basílica al fondo.

El lugar arqueológico está magníficamente señalizado y preparado para la visita, con explicaciones sucintas y claras. La visión con la ensenada de Bolonia al fondo es maravillosa. El teatro, que no pude visitar hace años, ha quedado extraordinariamente a medias entre la rehabilitación y la ruina evocadora. Por desgracia, no puedo decir lo mismo de la información que se proporciona. El día que nosotros fuimos se habían acabado los folletos en español, y cuando quise comprar una guía del sitio en la tienda tampoco la había en español: sólo en inglés. Al parecer se ha agotado, y el presupuesto no da para reeditarla.

La cavea del Teatro, restaurada.

Una cosa me resultó extraña: la entrada es gratuita para españoles y ciudadanos de la Unión Europea. Me encanta que la cultura esté al alcance de todos, pero creo que una entrada a precio simbólico, soportable por todos, pongamos un euro, ayudaría por ejemplo a tener fondos para reeditar esa guía, entre otras cosas. El yacimiento estaba lleno de visitantes, el aparcamiento a rebosar y numerosas familias disfrutaban de este tesoro gaditano. Un buen puñado de euros podría haber ido a parar a fin tan encomiable y ciudadano.

Los restos del acueducto, y el Centro de Interpretación al fondo.

Un asunto personal: disfruté sobre todo de pisar ese suelo antiguo, las baldosas de la calle principal, el Decumano Máximo, de casi dos mil años de historia y onduladas por los terremotos y los siglos. Deseé ser un mecenas antiguo e invertir miles de euros en sacar a la luz tanto secreto guardado bajo la tierra de Baelo Claudia. Me alegré de tener tan cerca ese pedazo de Roma. Y más después de rematar la faena con un almuerzo en el restaurante Las Rejas, nuestro comedor en la playa de Bolonia.

Patio del Centro de Interpretación de Baelo Claudia.

El culo del mundo

Ulyfox | 10 de marzo de 2013 a las 21:43

No tengo nada en contra de los culos. Incluso estoy a favor. Algunos son preciosos. Pero eso que llaman el culo del mundo tiene mala fama, muy mala. Sin embargo, muchos lugares optan a que se les proclame con ese título. Incluso buena parte de los habitantes de esos sitios, por fuerza alejados, en los extremos, confinados más allá de los límites tenidos por razonables, proclaman una y otra vez con fastidio: “Es que estamos en el culo del mundo”. La verdad, Cádiz tiene buenas credenciales para ser llamada así, al final de ese continente europeo que se tiene por civilizado pero sin estar en Africa, tan cercana. Non plus ultra, rotularon los romanos.

Es como un impedimento. Es muy fácil y deseable llegar aquí. De hecho, miles y miles nos visitan cada año. Pero es una ardua tarea salir. Hay que tener vocación de viajero. A veces envidio a los que viven en lugares como Madrid, ahí en el centro de todo, una ubicación que les permite planificar cualquier escapada de pocos días, sin demasiado sufrimiento. A la dificultad geográfica se unen los impedimenos que se van sumando. Tiene uno la suerte de pillar, con esta profesión asediadora, un par de días en Semana Santa y se dice “aprovechemos y viajemos”. Y qué difícil buscar combinaciones atractivas. Hasta no hace mucho, cogíamos el coche y nos lanzábamos a la carretera: en cuatro días da tiempo de muchas cosas. Pero en más de veinte años de viajes, las posibilidades cercanas se van agotando a fuerza de repetirse.

Para colmo, las compañías aéreas suprimen vuelos desde Jerez y Sevilla, volar a Europa se convierte en una dificultosa y cara misión que pasa por pernoctar en Madrid, el tren oferta pocas plazas y caras… Por más vueltas que le damos, no hallamos la solución satisfactorias Lamentamos comunicar a nuestros lectores que efectivamente, en esto del viajar estamos en el culo del mundo. Bonito, deseable, reluciente, pero culo, allí al final, non plus ultra.

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Atardeceres no griegos

Ulyfox | 16 de octubre de 2012 a las 1:03

Hombre, claro que hay atardeceres hermosos fuera de Grecia. Me manda mi amigo Fabián, reconvertido en chiclanero, un artículo de la sección El Viajero, de El País, en el que aparece en primer lugar entre las mejores puestas de sol en España la que se contempla desde Sancti Petri :(http://elviajero.elpais.com/elviajero/2012/10/12/actualidad/1350048557_614800.html)

No todo va aser mediterráneo. El mundo es muy grande. Hay al menos mil sitios tan bonitos como Cádiz y la mayoría están en otro lado. Es más, me moriré seguramente sin conocer la mayoría. Pero mientras, disfrutad de este sencillo, gráfico y relajante reportaje.

Yo recuerdo atardeceres gloriosos en Santorini, un tópico ya, en multitud de islas griegas, en Croacia, en Italia. En Grecia, el cielo se pone violeta al caer la tarde. Precioso, pero también uno en un autobús de Comes mientras volvíamos, hace ya… uf desde Conil después de un día de verano en la playa; o una llegada en invierno a Pedraza. Ya véis.

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Hermosas, amorosas gambas

Ulyfox | 30 de abril de 2012 a las 18:09

Marcelino, Rosa y Carolina, del Tren Al Andalus, bajan del barco en Sanlúcar.

Sí, el último día en el Tren Al Andalus hubo vino, caballos, y hasta venados a la orilla del Coto de Doñana, todo lo que un turista podría desear ver en una visita a la Baja Andalucía. Sí, sí pero por encima de todo eso, hubo unas maravillosas, espléndidas, arrebatadoras gambas blancas en Casa Bigote, en la orilla sanluqueña del Guadalquivir. Gambas en su tamaño justo, en su punto justo de cocción a la plancha, levemente tostadas, con la cantidad exacta de sal por encima. Eran de esos productos naturales que te ponen en contacto con otra dimensión de la existencia. Miguel, el experto en trenes más entusiasta que he conocido, dijo de pronto la palabra mágica, ese mirlo blanco que todo gastrónomo marisquero quiere encontrar, ese trébol de cuatro hojas para el comensal entusiasmado. Dijo Miguel: “Comed, que a mí no me gustan las gambas”. Recordé el pasodoble de ‘Los Cubatas’ inmediatamente, pero Miguel no parecía una persona sin corazón y sin sentimiento hacia los animales, sino que simplemente no le gustaban las gambas. El caso es que los beneficiados fuimos Rosa, de Expocultur, Virginia la germano-cañaílla y yo, que luego compensamos a Miguel con algunas de nuestras deliciosas croquetas de marrajo y erizos. La vieja cultura del trueque, aplicada al disfrute gastronómico. Ración doble de gambas por mor de la suerte.

Las primitivas botas del Tio Pepe, en la bodega González Byass de Jerez

Y lo demás de lo que para mí fue el último día en el Tren Al Andalus estuvo bien, no digo que no, pero claro, imposible estar a la altura de esos crustáceos. Bien la bodega que visitamos, de González Byass, con una guía mu flamenca, pero imperdonable que el vino de cortesía no lo sirviera un venenciador; bien el espectáculo ‘Como bailan los caballos andaluces’, algo largo y reiterativo para el que no es experto en doma; bien el paseo por el Guadalquivir y el desembarco en Doñana. No tan bien, que los viajeros no puedan conocer nada de los cascos antiguos de Jerez y Sanlúcar, ni siquiera una panorámica ¡Pero claro, quién critica nada con esa hermosura de gambas!

Un venado se divisa entre los pinos del Coto, desde el barco

Para mí fue el final del viaje. Me tuve que bajar en marcha, como quien dice, y me perdí la fiesta de la noche en Jerez, con sorpresas y bailes, y la mañana siguiente en Sevilla, término de la expedición. Eso me perdí, pero gané un montón de conocidos, y puede que algún amigo en estos cinco días. Y una experiencia muy agradable, a bordo de un tren que parece circular por vías paralelas a la realidad, a un ritmo propio y apropiado.

El barco y el impresionante estuario del Guadalquivir.

Cádiz es para respirar

Ulyfox | 27 de abril de 2012 a las 1:25

La única foto que pudimos tomar en Cádiz, playa de la Caleta

Es verdad que hay mil sitios tan bonitos como Cádiz, muchos de ellos incluso más bonitos, pero eso no es excusa para que el Tren Al Andalus se limite a una fugaz pasada por la trimilenaria ciudad. No puede ser, no puede ser. Del grupo de periodistas que viajábamos en el convoy sólo tres éramos gaditanos, y estábamos ya nerviosos mientras nos acercábamos después de una larga jornada, primero desde Granada y luego desde Ronda. Los del Tren van a tener un problema con esta etapa. Se llega demasiado tarde y lentamente a Cádiz, dejando pasar a los cercanías y aguantando obras de la vía, y la Tacita parece que nunca aparecerá por la ventanilla. Y al final, no da tiempo de nada.

Es verdad que la entrada ya desde Puerto Real y el paso por San Fernando, entre salinas y reflejos dorados de la tarde es hermosa, la travesía del istmo entre la Isla y Cádiz, con el mar a ambos lados, es un soplo de aire después de cuatro días de serranías y olivares, un agradable chorro de luz atlántica y olor casi americano que ni los que llevamos años sintiendo podemos atravesar indiferentes. Es verdad, y tanto, que al cabo del tómbolo aparece la promesa de Cádiz, pero la tarde va cayendo y no terminamos de llegar, y ya corremos a la salida del tren y embocamos el autobús, y enfilamos el Campo del Sur, y da apenas tiempo de que la guía, Rosa, cuente un somero resumen de esto, al paso del Teatro Romano, la Catedral, Capuchinos ¡la Caleta! Y una parada apresurada a petición del público, que ve como la tarde se rosea y no vamos a tener tiempo de atraparlo en nuestras cámaras. ¡Oh! ¿esta playa como se llama? ¿y los castillos? ¿y Gibraltar para dónde está? Demasiadas preguntas que espero que alguien conteste a los turistas que vengan pagando de verdad con el cariño que intentamos poner los gaditanos de a bordo.

¿Podemos ir al Manteca? Imposible, no hay tiempo. Las obras ni siquiera han permitido que nos acerquemos a la Alameda de Apodaca. Vamos ya camino de la cena en El Faro, a ritmo de suspiro, para que la gente caiga rendida a las tortillas de camarones y el cazón en adobo, y para que la conversación gire en torno a pescados y Carnaval. Propongo que volvamos andando al tren, hay tiempo, y así al menos recorremos y pasamos cerca del Falla, San Antonio, la calle Ancha, Catedral, el Pópulo, San Juan de Dios. No hubo manera, la organización es implacable y los guías no quieren perder de vista a nadie, porque el tren tiene que partir a su hora. Hay tiempo de sobra, indico, Cádiz es muy chico, llegamos en seguida. Nanay. Bueno, otra vez será, me pongo a disposición del que quiera venir con más tiempo. De verdad que hay más cosas, de verdad que se puede ver, por ejemplo el Oratorio de San Felipe, con su estupenda restauración, y revivir las sesiones de los diputados a las Cortes mientras a lo lejos sonaban las bombas de los franceses. De verdad, de verdad que me ofrezco a mostrárselo al que quiera, por favor, venir. Que el Tren se detenga, que respire, que los viajeros agradecerán el respiro, que el suspiro ya se les escapará de todas maneras. Que aquí estamos, señores del Tren Al Andalus, para lo que quieran. Que Cádiz será, sin proponérselo, la gran sorpresa de este circuito. Pero den tiempo para respirar.

Territorio húmedo de la infancia

Ulyfox | 30 de noviembre de 2010 a las 2:58

El caño del Zaporito, marea baja

El caño del Zaporito, marea baja

Es el caño del Zaporito. Nombre mítico de mi infancia, caminos húmedos por los esteros de la Isla. Cueto un paseo reciente, inesperado, inopinado, después de años y años. Y años. Tenía un rato largo de espera para una gestión y nada mejor que hacer. Y llevaba el móvil con su cámara. Decidí acercarme a los territorios de mi infancia. Si están ahí mismo. Casi nada queda pero queda todo. Desaparecieron tragados por el tiempo los barcos de madera pintados de negro que traían arena y sal a este muelle recorriendo las calles de agua verde y turbia, con la marea alta y apenas a cien metros de distancia del Ayuntamiento isleño. El fango engulló los esqueletos de las barcazas, abandonadas. La inconsciencia de generaciones sepultó el muelle de piedra ostionera, ocultó los arcos del molino de mareas, que ahora se están intentando recuperar. La sitirilla (¿qué palabra era esta que usábamos de niños para designar el estrecho pasadizo sobre el molino, junto al agua? Quizá fuera citarilla) era salvada con miedo cuando éramos chicos, al otro lado estaban los esteros de muros anchos y por donde corretear, al fondo las pirámides de sal que se perdían hasta Chiclana. Ya no.

Limo y fango en el caño prohibido de mi infancia

Limo y fango en el caño prohibido de mi infancia

En esos lugares me hundí un día muerto de miedo en el fango, en el mismo Zaporito se cayó otro día mi hermano, en el caño de La Baera (supongamos que se escribe así, quizá fuera Vadera) me amenazaba en broma pero en serio mi padre con vencer mi miedo a nadar arrojándome al agua sin contemplaciones amarrado a una soga. Trepando a una barcaza corroída y anclada en el fango me corté con algo y sangré por un dedo hasta desmayarme. Y alguna vez intenté coger camarones o cangrejos con la camaronera. Era un negado. En el recuerdo engrandecí este lugar. Seguramente no jugué tanto entre sus piezas de agua, ni salté tantas veces las compuertas como aquellos otros niños más heroicos y gamberros. Las advertencias de mi padre eran muy severas, y una de esas veces nos sorprendió andando sobre tubos de desagües muy poco recomendables. El castigo fue ejemplar. Era un lugar que fue grandioso y luego asqueroso. Ahora está donde estaba, y San Fernando ni lo reconoce, por más que junto a él se hayan construido hermosos e invitantes senderos. Pero yo fui ese día, gris y levemente lluvioso, me adentré sólo un poco y respiré a la vez que me lamenté. Tanto pasado y tanto futuro para un presente incierto, tanta belleza reconocible.

El Zaporito está bajando la calle Dolores frente al Ayuntamiento de San Fernando. La conozco bien. De vez en cuando me paseo por ella, y creo que aún queda gente de cuando vivíamos entre un patio de esa calle y una accesoria en el callejón de Lista. El paseo del que hablo tiene un nombre oficial. Se llama Sendero del Carrascón, y en esta dirección podéis encontrar más información:

 http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=546193

Lo que no hallaréis será la crónica sentimental que yo llevo.

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