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Buenas costumbres

Ulyfox | 24 de enero de 2011 a las 14:28

El monumento al marqués de Comillas, en lo alto de esta población.

El monumento al marqués de Comillas, en lo alto de esta población.

Fue nuestro reciente periplo por Cantabria, en cierta forma, también una sucesión de experiencias para escribir un artículo de costumbres. Fue Comillas una ciudad que despertaba a media mañana el día de Año Nuevo, limpia y educada, a pasear la cena y el exceso del día anterior y degustar el primer café de 2011 en el primer día en que estaba prohibido fumar en los bares. La gente acudía a misa de once, dispuesta a la iglesia, y había un aire endomingado que le sentaba bien a la jornada gris y húmeda. Era una plaza con plátanos sin sombra, bufandas y abrigos, y sillas en la única terraza abierta. Un público familiar desafiaba la humedad y algunos niños correteaban. En la playa, pese a ser sitio de solaz y esparcimiento, el aire solemne seguía dominando en las grandes casonas, con columnas y monumentos reinando en lo alto de los montes de siluetas impresionantes, la que más la de la Universidad Pontificia.

Cóbreces

Cóbreces

 No había mucha gente, claro, pero sí tres viajeros impenitentes buscando El Capricho de Gaudí. No pudo ser, estaba cerrado hasta tres días después, y las circunstancias se rodearon de tal manera luego que la obra del arquitecto catalán quedó para posteriores visitas. Tampoco estaba abierto el palacio de Sobrellano, donde el marqués de Comillas volcó toda su riqueza conseguida en América en el precioso neogótico de su apariencia. Como quedó pendiente la visita a la abadía cisterciense de Cóbreces para adquirir el queso que los monjes curan bajo el altar.

Penélope ante el palacio de Sobrellano en Comillas

Penélope ante el palacio de Sobrellano en Comillas

Un ángel sobre el cementerio de Comillas

Un ángel sobre el cementerio de Comillas

Plaza Mayor en Comillas

Plaza Mayor en Comillas

El tono oscuro del día no podía empañar la belleza de ese lugar de gente bien vestida. Es preocupante como por aquí abajo la gente ha tomado el chándal como ropa de paseo y el grito como código de comunicación, como si todas las poblaciones fueran en apariencia el extrarradio marginal de una gran ciudad, como si se hubieran dejado ir por el sumidero algunas buenas costumbres, estéticas y nada molestas. No es así en Comillas, al menos lo que nosotros vimos esa mañana.

Ría de Oyambre, camino de San Vicente de la Barquera

Ría de Oyambre, camino de San Vicente de la Barquera

Quisimos acercarnos a San Vicente de la Barquera, la del nombre hermoso, famosa por su cocina marinera y sus mariscos. Y ahí pecamos de pardillos. No habíamos reservado en ninguno de sus restaurantes más afamados, en los que olía estupendamente, y tuvimos que acabar en uno de circunstancias y cuyo nombre no debería figurar en este blog. El ostracismo caiga sobre él. Oportunidad perdida, y único borrón en nuestra estancia cántabra. Lección que aprendimos para el día siguiente en Santander y que nos permitió disfrutar de La Posada del Mar, de la cual ya he hablado, pero valga su repetición para compensar la omisión del anterior. Igual hicimos en nuestras posteriores excursiones, con un resultado espléndido.

El puente de la Maza, por el que se accede a San Vicente.

El puente de la Maza, por el que se accede a San Vicente.

Barcos amarrados en el puerto pesquero de San Vicente de la Barquera

Barcos amarrados en el puerto pesquero de San Vicente de la Barquera

La Puebla Vieja de San Vicente, arriba, y la ría abajo

La Puebla Vieja de San Vicente, arriba, y la ría abajo

 

Subiendo a misa a través de las murallas de la Puebla Vieja.

Subiendo a misa a través de las murallas de la Puebla Vieja.

San Vicente no tiene un entramado urbano especialmente bonito, pero su entrada por el gran puente que salva la ría y el pequeño núcleo de la Puebla Vieja, allá en lo alto, merecen la pena. Y sus vistas son espléndidas y verdes, aun con bruma y frío. Y espectacular la subida y bajada de la marea, con su sensacional cambio de paisaje. Nosotros también subimos, bajamos y caminamos, nuestra actividad favorita en los viajes, y observamos San Vicente desde numerosos puntos.

Penélope y Pepa en las alturas de San Vicente. Detrás, la ría con marea baja

Penélope y Pepa en las alturas de San Vicente. Detrás, la ría con marea baja

También hasta la gótica iglesia de Santa María de los Ángeles subía la gente para la tardía misa del anochecer, mientras nosotros descendíamos hasta el coche, y luego de vuelta al calor del hotel en Santillana, escuchando en nuestro obediente Kia Rio las últimas composiciones de Juan Luis Guerra: un regalo de Pepa.

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… y ellos se juntan en Santander

Ulyfox | 22 de enero de 2011 a las 1:28

Los tres viajeros, con Alfonso González, del Canal Viajar

Los tres viajeros, con Alfonso González, del Canal Viajar

A mí me sonó la cara en cuanto lo vi, nosotros bajando del palacio de la Magdalena y él subiendo con un grupo de amigos o familiares hacia la punta de la península santanderina, bellísima en su altura, sus dunas y sus pinos. Yo le susurré a Pe “ese es el de ‘Viajeros’ ¿no?”. “!Ah, sí!”, contestó Penélope, que sin más se lo preguntó directamente al aludido. Era él, claro que sí. No es muy conocido Alfonso González, sólo entre los fanáticos del Canal Viajar, pero es un chaval simpático que te logra transmitir los valores del viaje en sus envidiados reportajes por ciudades y parajes de todo el mundo: es decir el disfrute de conocer gente, ambientes y lenguas diferentes. “Yo es que soy de aquí, estoy de vacaciones -nos dijo- y paseando con la familia; y vosotros ¿de dónde venís?” Un breve y educado intercambio de frases y uno de los acompañantes de Alfonso se brindó a hacernos la foto que veis arriba. Bueno, un simpático recuerdo más y un motivo más de envidia. Trabajos como el de él quiero yo, aunque también tendrá sus esclavitudes, digo yo para consolarme. Fue un encuentro de viajeros, de personas unidas por el movimiento, aunque me quedó por preguntarle si su trabajo le gusta. Me parece obvio, pero nunca se sabe.

La península de la Magdalena

La península de la Magdalena

Paseantes por la invernal playa del Camello.

Paseantes por la invernal playa del Camello.

La brumosa bahía de Santander

La brumosa bahía de Santander

Ese día húmedo nos pateamos Santander, pero rodeándola por el mar, después del inmenso chasco de encontrarmos cerrado (y creo que descuidado) el importante Museo de Arqueología y Prehistoria de la capital cántabra. El paseo hasta El Sardinero, la subida a la Magdalena, las risas con las focas de su pequeño zoo, la continuación por la avenida que da a la espléndida Bahía subiendo y bajando suavemente nos provocó un dulce cansancio que reparamos maravillosamente en la muy recomendable Posada del Mar (http://www.laposadadelmar.es/) con un cogote de merluza a la plancha de muerte, una ensalada de foie y jamón excelsa, y un delicado revuelto de bacalao.

El fastuoso palacio de la Magdalena reina sobre la penísula y sobre la Bahía.

El fastuoso palacio de la Magdalena reina sobre la península y sobre la Bahía.

Nos pareció Santander, sólo entrevista en un día rápido, una ciudad civilizada y habitable, muy bien organizada y situada en un entorno natural bellísimo. Con sol debe lucir espléndida. Es uno de los mejores recuerdos de nuestra reciente estancia en Cantabria, el Norte espléndido. Hacía el esperado frío y el previsto tiempo gris, pero nos dio tiempo a apreciar la hermosura de su amplia bahía y su costa, tremendamente tranquila en esos días de comienzo de año.

Penélope abrigada ante el palacio de la Magdalena.

Penélope abrigada ante el palacio de la Magdalena.

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Vuelta

Ulyfox | 9 de enero de 2011 a las 20:23

Confín norte de España, en la costa de Suances con los Picos de Europa al fondo.

Confín norte de España, en la costa de Suances con los Picos de Europa al fondo.

Ya hace dos días que volvimos de Cantabria. Once horas seguidas en coche, la incansable Penélope al volante. Salimos de Santillana alrededor de las nueve y media de la mañana y a las ocho y media de la noche ya estábamos en la Isla. Choferesa de lujo, cada vez más adaptada a la conducción, Pe nos ha llevado y traído de manera segura e inasequible al desaliento. El desarrollo de las autovías en España hace posible viajes como éste, que no hace tanto eran un suplicio para coche y pasajeros. La radio y la música como compañía, el horizonte cambiante de la Autovía Meseta Cantábrico, luego la de Castilla, la de la Via de la Plata y por fin la de Sevilla a Cádiz. Tres cortas paradas para repostar el vehículo y nuestros cuerpos. La travesía de la Península en un modesto Kia Rio. El viaje, sin lluvia exagerada ni nieve temida, igual que el de ida. No es más cansado de lo que nos hubiera resultado un desplazamiento en avión con una escala en Madrid, con esas incómodas, antinaturales esperas en los aeropuertos. Nos ha gustado esta forma de movernos, más como a la antigua, viendo pasar los kilómetros desde nuestra butaca móvil. ¿Qué os parece?

Atrás ha quedado una estupenda semana llena de lugares y recuerdos: Potes, Santander, Comillas, Suances, Castro Urdiales… de comida sana, sabrosa y tradicional, de imágenes grabadas y pintadas en cuevas hace miles de años. Y en medio de todo esto, quién lo iba a decir, la ligera e imprevsita inquietud de no poder conectar con internet para ir contando algunas de estas cosas. Tenía tiempo por las tardes, tan tempranas en invierno, tan silenciosas en el Hotel Altamira de Santillana, pero sin wifi. Pero ahora, ya con la seguridad de la conexión aunque sin la tranquilidad del tiempo libre, iré contando cuando pueda algunas de esas experiencias cántabras. Si os interesa, aquí estarán para vosotros. ¿Os interesa?

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Una calle de Santillana

Ulyfox | 9 de enero de 2011 a las 19:06

 

La calle del Cantón, con la colegiata al fondo

La calle del Cantón, con la colegiata al fondo

Es casi la única calle, la del Cantón, la más fotografiada, la más caminada. Al fondo, imponente la colegiata. Empedrada de redondos adoquines siempre húmedos, y flanqueada por casonas de piedra y aleros sobresalientes de tejas, es una calle hermosísima. Una de sus esquinas lleva a la evocadora Plaza Mayor, que demuestra con sus hechuras que Cantabria era efectivamente Castilla asomándose al mar. No tiene mucho más Santillana y, desde luego, no le hace falta más. La calle del Cantón tiene un montón de tiendas, restaurantes y hoteles pero nosotros, en estos días, los hemos encontrado casi todos cerrados por el final de temporada. Y sin embargo, siempre tiene turistas, sobre todo a mediodía. Varias veces la hemos fotografiado, porque se veía guapa el día que llegamos, con un sol inesperado y luminoso, y después gris y casi monocroma, a la salida del Hotel Altamira, donde nos hemos alojado en esta semana calma. Un hotel precioso, situado en una casa antigua, muy antigua, con más de 400 años de edad, con un personal amable y unas instalaciones acogedoras. Tomad nota: Hotel Altamira, inmejorablemente situado. Debe de ser difícil encontrar habitación en temporada alta. ( http://www.hotelaltamira.com/ ) Allí hemos disfrutado de unos bien surtidos desayunos, una grata atención y unas largas tardes sesteando, leyendo o intentando conectar con internet. Bien por el Altamira.

La colegiata, vista desde la calle del Cantón.

La colegiata, vista desde la calle del Cantón.

Ábside de la colegiata de Santillana.

Ábside de la colegiata de Santillana.

La escalera del Hotel Altamira

La escalera del Hotel Altamira de Santillana

La plaza Mayor de Santillana, al atardecer del primer día.

La plaza Mayor de Santillana, al atardecer del primer día.

La calle del Cantón, ya está dicho, desciende suavemente hasta la colegiata del siglo XI, pasando por una fuente antigua y que mana siempre agua de derroche. Es una fuente rara, con un solo caño, claro que luego me enteré de que allí le llaman el Bebedero. Vamos, que es un abrevadero de animales. Poco más allá de esta, unos metros, está Casa Cossío, el restaurante que ha sido nuestro salón de cenar casi todas las noches, menos una que era la de su cierre por descanso y la noche de fin de año, que cenamos de manera excelente en el propio Altamira. Gente colorada y atenta son las que atienden el Cossío. Riquísima sopa de cocido, sabrosas costillas de cerdo y chuletillas de lechazo a la parrilla. Anchoas jugosas, carnosas en aceite. Bodega cortita, pero el último día descubrimos un sorprendente solera de la casa, una especie de mosto blanco, para acompañarlas. Cocina tradicional y de resultado seguro, estupendo final de cada una de nuestras jornadas de merodeo por los pueblos y paisajes vecinos.

Una ventana de la Plaza Mayor.

Una ventana de la Plaza Mayor.

La calle de las Lindas, justo al lado del Hotel Altamira, y al fondo la Plaza Mayor.

La calle de las Lindas, justo al lado del Hotel Altamira, y al fondo la Plaza Mayor.

Esta calle es también la más transitada por la singular Cabalgata de Reyes Magos de Santillana, declarada de interés turístico nacional. Y es ciertamente un espectáculo peculiar, puesto que además es un auto sacramental representado por buena parte de sus habitantes que durante cinco horas scenifican la llegada de un resignado José y una preñadísima María a Belén, cumpliendo la orden imperial de empadronarse, su búsqueda infructuosa de posada en una ciudad atestada, el alumbramiento en una triste cueva-establo del Niño Redentor (tanto para nada), la llegada de los Reyes Magos, la Anunciación de la buena nueva a los pastores por parte del Ángel y la adoración conjunta de todos ante el portal. Una historia preciosa, tan emocionante como frustrante si miramos el presente, dos mil y pico años después.

San José y la Virgen María, en busca de posada por las calles de Belén-Santillana

San José y la Virgen María, en busca de posada por las calles de Belén-Santillana

Toda la representación resulta demasiado larga, con familias enteras yendo calle arriba y abajo para presenciar las diferentes escenas, pero el pueblo se llena de gentes venidas de toda España y del extranjero y niños y mayores aguantan el tirón e incluso parecen disfrutar.

Melchor recorre las calles de Santillana en su camello, el 5 de enero

Melchor recorre las calles de Santillana en su camello, el 5 de enero

Gran caja para la hostelería, el día que más gente visita Santillana, que, la verdad, resulta bonita con su entramado medieval y su piedra en esa noche de vestuario un tanto exagerado y pasado de brillo, pero con el regustillo de lo popular. Que dure, hombre. Estamos contentos de haber coincidido, casi sin saberlo, con esta fiesta. Y de haber pasado una semana en este pueblo precioso, de buena gente y buen comer, una manera estupenda de empezar el año en que a Pe le prohibieron fumar en todos sitios.

Penélope, en la calle del Cantón, junto al Hotel Altamira.

Penélope, en la calle del Cantón, junto al Hotel Altamira, cigarro en mano.

Ese dios

Ulyfox | 6 de enero de 2011 a las 1:12

No hay fotos. Lo siento. No están permitidas. Estamos hablando de cuevas con pinturas rupestres. Paleolítico superior. Cantabria está sembrada de ellas. Paredes y techos llenos de ciervas, caballos, bisontes. Pintadas con enorme esfuerzo. Se supone que en posturas incomodídisimas, en el fondo de cuevas que no eran para vivir, sino para ser utilizadas como santuarios, sin luz, casi para que no las viera nadie. Allí el Cromagnon de genio artístico cogía el óxido de hierro de las paredes, lo hacía polvo y lo mezclaba con agua, y con sus dedos, o con un rudimentario pincel o muñequilla de piel hacía salir de esa pared el bisonte que llevaba dentro.

Visitamos la cueva de El Castillo, habitada desde hace 150.ooo años, la de El Pendo, 83.000 años que nos contemplan, la réplica de Altamira con esos bisontes plantados, encogidos, polícromos. Dijo Picasso que desde Altamira hasta ahora, en pintura, todo es decadencia. Aun réplica, emociona el genio de aquel pintor iletrado que aprovecha los volúmenes y sombras del techo para moldear un animal con la cabeza vuelta en rojo y negro. Bajamos a la cueva de El Pendo como únicos visitantes en muchos días, y en un friso natural aparecen como por magia, al encenderse los focos poco a poco, un grupo de ciervas huyendo para acá y para allá, en una perspectiva primitiva que me emociona.

Se siente uno solidario de aquellos hombres, ya como nosotros, luchando con los elementos y sintiendo el pálpito artístico a la vez que la necesidad de recolectar y cazar, a cobijo del vestíbulo de la cueva, al calor del fuego preservado con esfuerzo. No sé si valía la pena tanto esfuerzo para acabar como hemos acabado. Digamos que sí. Venid a Cantabria y visitad sus cuevas, nuestros hogares antiguos, nuestra historia gloriosa. El Hombre, ese dios. Si conservamos algo de aquel genio y de aquella fuerza, tal vez no todo está perdido.

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Una sorpresa en el camino

Ulyfox | 4 de enero de 2011 a las 20:33

La colegiata románica de San Pedro, bienvenida a Cantabria

La colegiata románica de San Pedro, bienvenida a Cantabria

Durante el viaje de ida hacia Santillana del Mar, Penélope me había ido diciendo que quería que parásemos un poco antes de Reinosa, que quería darme una sorpresa. La sorpresa no era el sol que de repente apareció, nada más llegar a las primeras alturas de la cordillera cantábrica. Eso no dependía de ella. “Está en Cervatos, al lado de la autovía, estate atento”, me dijo. “Ahí está la desviación”, dije yo. A dos kilómetros estaba el pueblecito, apenas una aldea de cuatro casas, con tres señoras arreglando sus casas, desafiando al intenso frío, dos hombres mayores andando, un coche que se nos cruzó, un perro grande que miraba indiferente…y una imponente iglesia románica: la colegiata de San Pedro. Pe sabe bien que el románico es mi estilo arquitectónico favorito, por encima del estilizado gótico o del recargado barroco, o del demasiado sobrio Renacimiento. En su sencillez, el románico es capaz de expresar la más alta espiritualidad, como a otra escala el matemático dórico te provoca las emociones más literarias. Con su sobriedad de piedra, este estilo medieval expresa para mí una época dura y quizá pobre, en la que anónimos canteros y maestros, que no ponían aún a su oficio el nombre de escultores o arquitectos, consiguieron hermosos logros artísticos. Ponen los hacedores de este estilo una puerta y encima un arco, y encima otro, y otro más con un relieve trenzado, y le añaden otro con figuras de apóstoles, y añaden otro liso, y uno todavía con una greca, en una sucesión que parece no acabar nunca.

Detalle explícito del capitel de una ventana de San Pedro

Detalle explícito del capitel de una ventana de San Pedro

 

Escultura en la fachada principal. La postura es lo que parece

Escultura en la fachada principal. La postura es lo que parece

Tengo entre mi mitología particular maravillas como los pórticos de la Gloria en Santiago, o de la Majestad en Toro, pero desde la sorpresa que me preparó Pe el otro día, figura en esa lista la colegiata de San Pedro, mucho más modesta, pero impresionante, sobre todo por la decoración exterior. Aparecen en su fachada decenas de estatuas y relieves con temas sacros o profanos, o claramente eróticos: un capitel muestra a una mujer con las piernas en alto luciendo su sexo, varias esculturas muestran a parejas practicando de manera explícita la coyunda. Insólito y extraordinario a la vez en un templo católico en un tiempo en que la Iglesia mandaba, y mucho. ¿Quién o quiénes serían esos escultores, quién o quiénes los liberales párrocos que permitieron que esas figuras lucieran en la fachada? Más extraordinario resulta aún que hayan sobrevivido a épocas de censura. Pero ahí están, sobreviviendo a los siglos, haciendo posible que Pe me diera la primera sorpresa agradable de este viaje.

 

Un arco, y otro, y otro... y esculturas en la fachada

Un arco, y otro, y otro... y esculturas en la fachada

La colegiata, en el frío paisaje de Cervatos, nada más entrar en Cantabria.

La colegiata, en el frío paisaje de Cervatos, nada más entrar en Cantabria.

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Etapa prólogo

Ulyfox | 31 de diciembre de 2010 a las 1:27

En cierta forma, esta ha sido como una contrarreloj por equipo: Penélope al volante, yo de GPS humano y Pepa en el asiento de atrás, prevenida de biodramina y pulseras antimareo, tumbada y dando cabezadas. Salimos de San Fernando alrededor de las cuatro y media de la tarde, y a las once de la noche hemos llegado a Salamanca. Sólo una paradita para tomar un café y otro para de ellas para repostar y aliviar nuestro organismo. Ha estado bien: bocadillos en el coche, algo de fruto seco, un polvorón. Cuando la radio ha empezado a sonar intermitente por los cambios de zonas y alguna montaña, hemos echado mano del disco de Eleftheria Arvanitaki ‘Mírame’, que le produjo Javier Limón. Un gustazo. Si no la conocéis, deberíais buscaros la música de esta auténtica estrella griega.

En principio, pensábamos conducir toda la noche, pero afortunadamante pudimos salir antes y hacer un alto en el Vincci Ciudad de Salamanca, recomendación de David Niven. Desafortunadamente, no tendremos tiempo de pasear por esta ciudad maravillosa. Mañana, 31 de diciembre, hemos de salir temprano. Nuestro objetivo es Santillana del Mar. Allí pasaremos la Nochevieja y cinco días más que, si puedo, iremos contando. Mañana, al menos, iremos viendo por donde pasamos.

El año pasado, por estas fechas, en la plaza Mayor de Pedraza

El año pasado, por estas fechas, en la plaza Mayor de Pedraza

Naturalmente, no tenemos fotos aún, pero no os puedo dejar así, así que os planto esta del año pasado, por estas fechas, en la Nochevieja que pasamos en Pedraza, Segovia.

Buenas noches.

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