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Una tumba de colores

Ulyfox | 21 de febrero de 2014 a las 21:57

Vista general del sepulcro de los mártires.

Vista general del sepulcro de los mártires.

Detalle en la fachada de la Catedral.

Detalle en la fachada de la Catedral.

El claustro, lo poco que se puede fotografiar en la Catedral.

El claustro, lo poco que se puede fotografiar en la Catedral.

El pórtico principal de San Vicente.

El pórtico principal de San Vicente.

La bella estampa de San Vicente.

La bella estampa de San Vicente.

Arcos románicos, esplendor.

Arcos románicos, esplendor.

La nave central de San Vicente.

La nave central de San Vicente.

Por el otro lado.

La obra de arte.

 

Si alguna vez he entendido claramente eso que se dice de que las catedrales, las iglesias, el arte religioso en general, eran como una biblia para el pueblo analfabeto de aquellos tiempos anteriores a la educación pública ha sido hace poco, en el interior de templo románico, junto a la muralla de Ávila, apenas a unos metros extramuros. La Basílica de San Vicente brilla con luz propia en sus arcos y pórticos. Diría yo, si me atreviera, que es románico alto y gótico por partes. Diría que su altura la hace destacar, y afirmaría que cuando el sol del invierno la golpea horizontalmente, a esa hora del día en la que se despide, se enciende su arenisca anaranjada.

 

No le faltan filigranas casi platerescas en su pórtico principal, pero la piedra parece más ajustada a su propósito cuando es sencillo arco de medio punto. Sí, tiene un cierto parecido con el excelso Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela. Era demasiado fuerte su invitación a entrar, aunque fuera después de un chuletón de los afamados. (Un paréntesis aquí para lamentar mi mala suerte de no haber dado con ninguna pieza excelsa de esta carne en nuestras tres visitas a Ávila: las tres veces, la carne no ha pasado de normalita, y en alguna ocasión, bastante decepcionante. Qué le vamos a hacer, tal vez no haya más oportunidades) Entramos, claro que entramos, y al momento fue abrumadora la visión de las altas naves, bañadas en ese momento por una hermosa luz. Sí, una iglesia de las que se desea encontrar cuando uno va a ver iglesias.

Dicen las guías, los folletos, que la pieza principal de la basílica es el sepulcro o cenotafio de los santos hermanos mártires Vicente, Sabina y Cristeta, y hablan esos impresos de su carácter único de pieza maestra. Pero ni siquiera eso me preparó para lo que vi: una hermosísima, sorprendente y colorida obra escultural. Y sí, se puede seguir en sus relieves descriptivos el martirio de los tres hermanos que no quisieron renegar de su fe cristiana ante los dominadores romanos, la terrible historia de su tortura y muerte y la conmovedora reacción del judío que se arrepintió de haber sido su verdugo y tomó para sí la tarea de esculpir esta bella tumba. Todo contado como en viñetas de una manera realista y sensible a la vez. Yo diría que este sepulcro por sí solo merece la visita a Ávila, si no contara la capital de los caballeros con otros muchos atractivos. Para mí, que me perdonen los expertos, está a la altura de focos singulares como son El entierro del conde de Orgaz, en Toledo, El cordero místico en Gante o La última cena en Milán. Sin querer comparar, por supuesto, y sin ánimo de sentar cátedra, lo que tampoco está entre mis posibilidades. Vulgo: me encantó, y me tuvo un buen rato acercando la vista, rodeando su perímetro, contemplando los detalles. Todo lo que se le puede pedir a una obra de arte, bueno, todo lo que le pido yo.

Nuestra visita a Ávila no fue exhaustiva. No quisimos exprimir lo visitable, practicamos un turismo reposado. Entramos en la Catedral, fría como el día, pero hermosa, poderosa muestra de arte medieval, considerada la primera catedral gótica que se construyó en España. Y otra sorpresa. No recuerdo haber visitado su interior en anteriores visitas, tal vez en la lejana primera vez, pero me admiraron sus ábsides y la girola, la piedra llamada de ‘arenisca sangrante’ que compone muchas de las columnas y arcos, sus esculturas. Todo de una elegancia sobria, quien sabe si primitiva, pero afortunadamente anterior a los excesos en los que acaban todos los estilos arquitectónicos. Un buen rato de disfrute del que no podemos dejar constancia gráfica dada la incomprensible prohibición de hacer fotos en el interior, ni siquiera sin utilizar el flash.

No hace falta ser religioso para emocionarse con el impulso espiritual que sin duda anima estas piedras, y que inspiró a sus autores, anónimos o no.

Ávila, una muralla

Ulyfox | 19 de febrero de 2014 a las 13:03

Ávila con su muralla vista desde los Cuatro Postes.

Ávila con su muralla vista desde los Cuatro Postes.

 

A Ávila se va para visitar conventos, para disfrutar iglesias, para sentir la huella de la Santa más grande que dio este país, para comer carne y legumbres. Pero nosotros vamos a Ávila siempre para ver las murallas, para pasearlas, para contemplarlas de cerca y de lejos, para admirar como se enciende su color con la luz del atardecer. Es cosa muy de asombrarse llegar de noche, como lo hicimos nosotros esta vez, por el camino de Madrigal de las Altas Torres, y ver los muros iluminados rodeando la ciudad antigua, un casco urbano tan bien conservado que conserva su carácter. Las murallas de Ávila no nos rechazaban sino que por sus puertas parecían darnos su acogida, y su invitación a entrar.

Lo hicimos de noche, para comprobar que enero, después de las fiestas navideñas, es mala fecha si queremos encontrar un mínimo de animación. Frío en las calles y oscuridad encontramos, entre las piedras centenarias, letreros que ni alumbraban negocios y restaurantes cerrados, aunque afortunadamente algunos guardaban su vigilia para el turista de contramano y contratemporada, como lo éramos nosotros.

La Puerta de Santa Teresa, con la fachada del convento de la Santa al fondo.

La Puerta de Santa Teresa, con la fachada del convento de la Santa al fondo.

La mañana siguiente, al menos, se levantó soleada, con un sol que empezó tímido pero impuso poco a poco su fuerza durante el corto día. Las murallas lucieron. Tienen estos muros una rotunda apariencia desde el siglo XI, con esa mezcla de granito gris y anaranjado que la hacen tan hermosa. Y uno siente la sensación de conquistador amable cuando asalta civilizadamente alguna de sus puertas, tras la que siempre se esconde una belleza. Esta fortificación está tan presente, es tan invasiva que la misma catedral, una belleza que guarda un interior sorprendente, está integrada en sus muros, y el hermoso ábside, más conocido como cimorro, forma parte de la defensa, con su adarve y paseo de ronda incluidos.

La catedral es también una fortaleza y su ábside está integrado en la muralla.

La catedral es también una fortaleza y su ábside está integrado en la muralla.

Cuando contemplo sus altas piedras  no puedo evitar una sensación de felicidad por lo conservado, por la huella no borrada de la Historia, y agradecimiento hacia los miles de personas que supieron desde su nacimiento que este singular tesoro había de preservarse a salvo de cualquier codicia o de cualquier insensatez de urbanista iluminado. A esta ciudad se entra y de ella se sale por puertas, como era cuando se fundaron las ciudades. Ahora, estos sillares y lienzos, estos adarves no servirían para defender ni el más mínimo ataque de cualquier ejército. Hace mucho que muchos comprendieron que había que defenderlos a ellos, a estos testigos de la historia.

La Puerta de SanVicente, desde el pórtico de la basílica del mismo nombre.

La Puerta de SanVicente, desde el pórtico de la basílica del mismo nombre.

Después de tres visitas Ávila, en esta pude cumplir por fin mi deseo de contemplar el conjunto amurallado desde la corta distancia, cientos de metros apenas, a la que está situado el humilladero más fotografiado de España, lo que se llama Los Cuatro Postes. Cuatro columnas y una cruz de piedra, que también estaban extrañamente solitarias en esa mañana de final de nuestras vacaciones invernales. Pero fue el lugar perfecto para decir hasta luego a Ávila.

La belleza de las murallas al atardecer.

La belleza de las murallas al atardecer.

 

Restos de Altas Torres

Ulyfox | 10 de febrero de 2014 a las 13:15

Puerta de Cantalapiedra, en Madrigal

Puerta de Cantalapiedra, en Madrigal

 

El joyero de Madrigal de las Altas Torres, en la provincia de Ávila, está escondido, es pequeño y no se puede fotografiar. Bueno, es una habitación tan pequeña como un pequeño cuarto de baño de los de hoy. Pues allí, sobre una cama de un tamaño difícil de imaginar que se apoyaba sobre un suelo de barro hoy aún existente, nació una reina, que la historia y el imaginario dicen que ha sido la más grande que ha tenido España, Isabel de Castilla llamada la Católica. El pequeño cuarto es una insignificancia dentro de un palacio austero, que correspondía a lo que era un palacio real de un reino pobre rodeado de otros reinos pobres. Aquel palacio real de Juan II, hoy monasterio de Nuestra Señora de Gracia está a un paso de lo que queda de la que fue fantástica muralla mudéjar de Madrigal, la que dio nombre al pueblo por la cantidad de torres que se repartían por su perímetro de ladrillo trabajado.

Así es Madrigal de las Altas Torres.

Así es Madrigal de las Altas Torres.

Aún hoy se pueden ver torres en ruinas en los trozos de muro, y en algunas se puede uno deleitar con lo hermoso de su construcción, sobre todo en las puertas que se conservan, con esas almenas protegiendo el paso. Pero por dentro, Madrigal es un pueblo plano, extenso, de calles anchas y urbanismo aparentemente destartalado que sobrelleva la excesiva importancia de su hermosísimo nombre, y la fama de haber sido la cuna de la ilustre reina. Sobresalen dos grandes obras mudéjares, las iglesias de San Nicolás de Bari, con su desmedida torre, y la de Santa María del Castillo, llamada así porque fue edificada sobre una fortaleza ya existente. Ambas están en la parte más alta del pueblo, si se le puede llamar altura a esa pequeña colina.

Fachada de la casa natal de Isabel la Católica.

Fachada de la casa natal de Isabel la Católica.

 

Llegamos con suerte, el sol salió cuando estábamos en plaza junto a San Nicolás, y las fotografía se redimieron un poco del tono gris general del último viaje a Castilla. Visitamos, naturalmente, la casa donde nació Isabel, primorosamente cuidada por las pocas monjas que aún quedan en el convento de clausura. Nos contó la amable guía que la mayoría eran ya muy mayores, y sólo unas pocas hermanas jóvenes venidas de América hacían posible que el recinto conservara su actividad. El lugar es hermoso y evocador, muy limpio. Asombran los artesonados del siglo XV perfectamente conservados, las estancias reales, modestas a nuestros ojos, la poca altura de las puertas de paso, los inexistentes detalles de lujo, el rumor aún perceptible de aquellos pasos apresurados tal vez ante la noticia del inminente nacimiento de una reina, los amores contrariados que convertían en monjas a princesas…

Vista general de Madrigal de las Altas Torres, con lo que queda de sus murallas.

Vista general de Madrigal de las Altas Torres, con lo que queda de sus murallas.

Junto a la casa de Isabel se encuentra el antiguo Hospital de la Purísima Concepción, con dos bellas galerías exteriores. Pero los monumentos parecen estar aislados, nunca acompañados por un escenario envolvente de ambiente de la época. Como si todo el pueblo estuviera en las afueras. No contribuía mucho a la poca animación que aquella tarde que pasamos en Madrigal coincidiera un funeral en San Nicolás, al que parecían acudir todos sus habitantes confluyendo en grupos pequeños en la iglesia desde todos los rincones, mientras la campana del templo sonaba a muerto con un bien espaciado toque único, como una marcha fúnebre primitiva, sobria, castellana. Pensamos en visitar la iglesia, pero decidimos buscar nuestro destino en murallas más sólidas, la última etapa de nuestro viaje invernal, algunos kilómetros al sur, en Ávila.

El Hospital de la Purísima Concepción.

El Hospital de la Purísima Concepción.

El cielo invernal de Castilla en Madrigal.

El cielo invernal de Castilla.

El ábside de Santa María del Castillo.

El ábside de Santa María del Castillo.

San Nicolás y su alta torre.

San Nicolás y su alta torre.

 

 

 

…y también una ermita

Ulyfox | 7 de febrero de 2014 a las 13:16

Vista de los ábsides de la ermita de La Lugareja.

Vista de los ábsides de la ermita de La Lugareja.

 

Dije antes que para mí Arévalo era una plaza, la de la Villa, amplia, hermosa y evocadora, y me olvidé de añadir que también es una ermita situada a un corto paseo de dos kilómetros desde el pueblo, en pleno campo. Hasta el nombre lo tiene humilde, La Lugareja, pero resplandece con su obra de ladrillo y su altura de logro arquitectónico sobre una pequeña elevación, a un lado de la carretera. Está considerada como uno de los más bellos ejemplos del mudéjar castellano, ese estilo cuyos maestros eran los musulmanes residentes en los reinos cristianos tras la conquista. A mí me recordó a esas capillas e iglesias bizantinas que salpican los campos y montes de Creta y el Peloponeso, sólo que a esta le faltan los frescos que normalmente decoran los muros exteriores de esos templos mínimos griegos.

El alto interior y la cúpula.

El alto interior y la cúpula.

La Lugareja sorprende más por su trabajada orfebrería de ladrillo exterior, y por la altura de sus capillas y cúpula en el interior, un alarde sobre pechinas como estudiábamos en Historia del Arte. Es limpia y emocionante. Se encuentra en una propiedad privada y sólo se puede visitar determinados días de la semana. Nosotros lo hicimos un miércoles frío del pasado mes de enero, y al menos otras cuatro personas lo estaban haciendo. A los operarios de la finca que abrieron la ermita se les deja una ‘voluntad’. Mirad, mirad como las pilastras de ladrillo se elevan arriba, arriba y se unen en delicados arcos románicos, y luego decoran cornisas dentadas o redondeadas en los ábsides, hasta que el cimborrio remata el desafío de nuevo con arcos. Viéndola desde fuera, se diría que la construcción debería ser completada con tres naves góticas, y que lo que se ve formaría parte del crucero final. De hecho, es la cabecera de una iglesia que no se llegó a terminar. Tal vez eso acentúa su encanto y misterio. Es sólo una parada, un desvío para respirar.

Vista frontal de la ermita.

Vista frontal de la ermita.

 

 

 

Arévalo es para mí una plaza

Ulyfox | 5 de febrero de 2014 a las 13:19

Desde un rincón de la plaza de la Villa de Arévalo.

Desde un rincón de la plaza de la Villa de Arévalo.

 

No la Plaza Real, donde antes estuvo el palacio de los Reyes y ahora sigue estando el Ayuntamiento, ni la Plaza del Arrabal, que concentra la vida ciudadana. Lo que a mí me gustó de Arévalo fue su Plaza de la Villa, enorme y plano recinto abierto, circundado de soportales con columnas de granito y travesaños de madera, escoltado de forma enfrentada por tres altas torres mudéjares, ese románico de ladrillo que toma su nombre de los árabes que vivían en reinos cristianos y de cuyos ejemplos arquitectónicos está  sembrada Castilla la Vieja. Es la Plaza de la Villa un lugar que se imagina uno idóneo para grandes mercados medievales, corridas de toros, torneos y todo tipo de celebraciones festivas o religiosas de otras épocas. De una anterior visita, yo la recordaba mucho más descuidada, polvorienta incluso. Ahora se nota una cuidada restauración en pavimentos, empedrados y fachadas que relucen con su color rojizo aún bajo el cielo nublado del invierno castellano. La piedra de la plaza cría inevitable verdín, y algunas casas dejan ver el clásico entramado de maderas sobre los que se asientan los revestimientos de ladrillos. Las torres, si se miran bien, semejan en realidad como macizas y cuadradas Giraldas, desmochadas algunas y otras rematadas con pináculos recios también. En un rincón, la plaza alberga la peculiar iglesia de San Martín, con dos torres casi gemelas pero perfectamente diferenciables y apreciables en su grandeza, una hueca, la de Los Ajedreces, y otra maciza, la Torre Nueva.  Ante su pórtico lateral, una fuente con canalillos ahora cerrada completa el cuadro medieval. En el lado enfrentado de la plaza, Santa María la Mayor, con vistosos arcos de ladrillo.

El castillo de Arévalo.

El castillo de Arévalo.

Está Arévalo, como todos los pueblos de esta zona, históricamente ligado a los grandes acontecimientos y peleas del reino de Castilla entre apellidos de los cuales descolló finalmente a base de batallas el de Trastámara, que llevó la Reina Católica. Isabel pasó aquí buena parte de su infancia bajo el cuidado de su madre Isabel de Portugal. De nuevo, esta figura es la base de alguna ruta turística de la población. Sorprendentemente, es la segunda ciudad más poblada de la provincia de Ávila, después de la capital. Y baso la sorpresa en su poca población, comparable por estas latitudes a la de un pueblo pequeño de la provincia.

Detalles y escenarios medievales.

Detalles y escenarios medievales.

Tiene también Arévalo un castillo, faltaría más, pero aquí la restauración se nota demasiado, y más si se compara con antiguas láminas en las que se apreciaba su ruina. De cualquier forma, luce bonito allá con su alta torre en las afueras del pueblo, y sobre el recodo que forman los ríos Adaja y Arevalillo. A trozos, se puede ver rodeando el pueblo algunos trozos de muralla, sobre los que se han ido instalando casas con el paso de los siglos.

Y otro ángulo del gran recinto abierto.

Y otro ángulo del gran recinto abierto, con las dos torres de San Martín.

La otra fama de Arévalo procede de sus asados, cordero y cochinillo, pero no tuvimos suerte con los horarios, los cierres y los días festivos. Y el lugar a donde fuimos a parar a cenar no nos proporcionó una gran experiencia. Sí, en cambio, el sitio en el que nos alojamos La Posada Real de los Cinco Linajes, que hace referencia en su nombre a los cinco grandes apellidos que gobernaron la antaño gloriosa villa. El hotel, en un palacio restaurado, está bien situado, bien gestionado y bellamente decorado. Muy agradable, y creo que por desgracia no probamos su comida. Una estupenda etapa en este paseo por la Castilla profunda.

Otra vista de la plaza.

Otra vista de la plaza, con la iglesia de Santa María la Mayor.

 

 

 

Donde mueren las reinas

Ulyfox | 28 de enero de 2014 a las 13:40

Rincón de la enorme Plaza Mayor de Medina del Campo.

Rincón de la enorme Plaza Mayor de Medina del Campo.

Podemos discutir la calidad de la serie. Bueno, yo ni puedo discutirla porque no la he visto, sólo algunos capítulos sueltos, ya empezados y no sé si terminamos. Pero que Isabel, sobre la vida de la Reina Católica, ha sido un éxito es innegable. Puedo decir que a mí lo que vi me interesó. Y parece también indudable que ha acrecentado el interés sobre esa figura fundamental de la Historia española, gran hueco en nuestro saber, al menos en el mío. Algunos pueblos de Castilla ya tenían la Ruta de Isabel la Católica, pero ahora, tras la serie, han visto reforzada su oferta isabelina a la par que aumentaba la afluencia de personas. Hace unos días vi en el escaparate de una agencia de viajes un cartel anunciando una oferta para visitar las ciudades de ‘El tiempo entre costuras’, Tánger y Tetuán. Bienvenido sea todo esto si ayuda a saber de nosotros mismos, como país y como personas. Nosotros también, con la excusa de que Pepa está siguiendo la serie, aprovechamos recientemente para visitar (en la mayoría de los casos, revisitar) algunos rincones de esa Castilla histórica que vivió la singular historia de esta Isabel, una región plana, sobria como ella sola, siempre con apariencia de estar envuelta en una capa de polvo histórico y paralizado, y más si el viaje se hace en invierno, su duro invierno.

El patio y la torre del homenaje del castillo de La Mota.

El patio y la torre del homenaje del castillo de La Mota.

 

Por eso estuvimos, como ya os hemos contado, en Tordesillas, y por eso luego paseamos por Medina del Campo, y más tarde por Arévalo y Madrigal de las Altas Torres, nombres en los que se escribió la España de finales del XIV, es decir, todo lo que fue después. Llegamos a Medina desde Tordesillas, más o menos a la hora de comer, con apetito, con mucho apetito. Así que lo primero fue buscar un restaurante, tarea mucho más difícil de lo que podría parecer, ya que en las fechas inmediatamente posteriores a las fechas navideñas está casi todo cerrado. Por fortuna dimos con El Mortero, no barato, pero con un lechazo exquisito y un original y sabroso jamón de buey. Una buena experiencia.

Vista general del castillo.

Vista general del castillo.

 

Tras el rico almuerzo, salimos en busca de las huellas de Isabel, fácilmente rastreables junto al Ayuntamiento, en un rincón de la enorme Plaza Mayor. Esta plaza, abierta y baja, es una evidente muestra de lo que fue Medina durante siglos: la ciudad que albergaba las ferias comerciales más importantes del país. Estaba concebida para albergar grandes mercados. No es especialmente atractiva, teniendo en cuenta las preciosas plazas que hay en Castilla, pero sí responde a su función. Hay que conocer la historia de Medina y pasmarse con su poderío comercial, tan especial y con tantas particularidades que algunas han llegado hasta nuestros días. Aún hoy, los comercios y bancos abren los domingos por la mañana como un privilegio heredado de esa tradición.

Los muros de ladrillo mudéjar del castillo de La Mota.

Los muros de ladrillo mudéjar del castillo de La Mota.

 

Desde casi toda Medina se puede ver el castillo de La Mota, de silueta reconocible en todos los libros de Historia. Está en las afueras, a un corto paseo a pie, y es una mole mudéjar de ladrillo rojo, ancho foso y altas torres, sobre todo la del Homenaje, con casi 40 metros de altura, destruido y reconstruido muchas veces. Un lugar para rememorar historias de ambiciones, caballeros, intrigas nobiliarias y venganzas reales. Su obra de ladrillo y tal vez las numerosas restauraciones dan a esta fortaleza un aire un poco falso, que hubiera desaparecido si su aspecto fuera más ruinoso, más acorde con su historia de bombardeos.

El edificio testamentario de Isabel la Católica.

El edificio testamentario de Isabel la Católica.

 

Pero es en aquel rincón antes nombrado de la Plaza Mayor, en una casa de aspecto exterior insignificante e interior ilustrativo, donde se encuentra lo más significativo de Medina del Campo. Allí murió Isabel la Ctaólica y, más importante aún, dictó su testamento en 1504, es decir, marcó el futuro de España, ya que por él su hija Juana I era reina de Castilla, pero si no podía gobernar se haría cargo de ello su marido Fernando el Católico, rey de Aragón. Y la línea de herencia marcaba que el futuro rey sería Carlos, hijo de Juana y de Felipe el Hermoso, o sea, el que sería conocido por todos nosotros desde niño como Carlos I de España y V de Alemania. Dentro de la modesta casa de ladrillo hay un museo interactivo que cuenta de forma muy didáctica toda la historia. Estupendo para ese turismo de invierno que busca los lugares recogidos, breves y amenos, que abran el espíritu, y alimenten el alma mientras se espera que el cuerpo pida también su ración de hotel cálido y mesón tradicional. Que ese era nuestro ánimo cuando enfilamos al atardecer la carretera camino de Arévalo.

 

 

El pequeño lugar donde se repartió el mundo

Ulyfox | 22 de enero de 2014 a las 13:47

Un ángulo de la Plaza Mayor de Tordesillas.

Un ángulo de la Plaza Mayor de Tordesillas.

Vista de Tordesillas y del puente sobre el río Duero.

Vista de Tordesillas y del puente sobre el río Duero.

 

Ríete tú de la conferencia de Yalta. Hace más de quinientos años, en un pueblo de Castilla, dos reinos se repartieron el mundo futuro. Dos reinos punteros, de los que ahora se llamarían emergentes, entonces mucho más pobres que los comerciantes y burgueses reinos o principados de Italia y Centroeuropa. Portugal y España, que entonces ni siquiera se llamaba así, trazaron una línea en mitad del Océano Atlántico y se dijeron “de aquí pallá lo que yo descubra y conquiste es mío, y de aquí pacá, tuyo”. En pocas y burdas líneas, eso fue el Tratado firmado en Tordesillas (Valladolid) en 1494, poco después de que Colón se topara con América cuando iba en busca de las Indias, y para evitar conflictos entre los dos reinos navegantes. Y básicamente, eso explica también que Portugal se quedara con Brasil y España con el resto del gran continente nuevo. Otra cosa es todo lo que ocurrió luego.

Resto de una fachada mudéjar en convento de Santa Clara.

Resto de una fachada mudéjar en convento de Santa Clara.

Pero entonces era otra cosa. Todo parecía que iba a sonreír a las nuevas potencias. Y se reunieron en lo que hoy se conoce como las Casas del Tratado, convertidas en un museo temático sobre ese acuerdo histórico. Tordesillas, tan pequeña y tan grande por sus resultados, es un típico pueblo castellano, con su Plaza Mayor porticada, sus palacios señoriales y sus calles empedradas. Tiene un hermoso puente medieval sobre el río Duero, que en estos días atrás bajaba caudaloso y marrón, y guarda además en sus orillas un capítulo de los más oscuros de la historia de España del tiempo de los Reyes Católicos: en el convento de Santa Clara, que entonces era palacio real, pasaría años de encierro y prisión la reina Juana I, más conocida por la historia como Juana la Loca, estigmatizada por una supuesta demencia nunca aclarada, y seguramente víctima de mil conspiraciones, intrigas y peleas a muerte por la Corona y el poder. El palacio monasterio es ahora un espectacular compendio de historia del arte y de la política, y en sus rincones escoltados por artesonados espectaculares, bóvedas y arcos árabes destruidos o respetados, sustituidos por el gótico o el herreriano más sobrio, se esconde quizá un tratado de política real, gloriosa y asquerosa a la vez. Quizá el futuro de España se jugó de nuevo allí, entre príncipes flamencos, nobles castellanos y comuneros.

 

Patio del convento de Santa Clara.

Patio del convento de Santa Clara.

 

El palacio convento se puede recorrer con una interesante visita guiada en la que surgen más preguntas que respuestas, y que da ganas de estudiar Historia de España, tan diferente de la que nos contaron en aquellos libros de texto y en aquellas películas idealizadas de Juan de Orduña ¡Qué falta nos hace! Lo malo es que creo que ahora eso sólo se cuenta en series de televisión, con mayor o menor fortuna.

Entrada al convento de Santa Clara.

Entrada al convento de Santa Clara.

Estatua de Juana la Loca ante la iglesia de San Antolín.

Estatua de Juana la Loca ante la iglesia de San Antolín.

Las Casas del Tratado.

Las Casas del Tratado.

 

 

Una Salamanca, dos catedrales

Ulyfox | 12 de enero de 2014 a las 21:56

Arcos de entrada a la Plaza Mayor de Salamanca.

Arcos de entrada a la Plaza Mayor de Salamanca.

El sol sobre la fachada del convento de San Esteban.

El sol sobre la fachada del convento de San Esteban.

El sol salió ya tarde ante la Catedral.

El sol salió ya tarde ante la Catedral.

Sepulcro coloreado para un personaje importante en la Catedral Vieja.

Sepulcro coloreado para un personaje importante en la Catedral Vieja.

El románico tardío de la Catedral Nueva.

El románico tardío de la Catedral Vieja.

La fachada oriental de la Catedral Nueva.

La fachada oriental de la Catedral Nueva.

Detalle de la fachada de la Casa de las Conchas.

Detalle de la fachada de la Casa de las Conchas.

Fachadas de piedra hasta la Clerecía y la Universidad Pontificia.

Fachadas de piedra hasta la Clerecía y la Universidad Pontificia.

Pepa ante el barroco de la Plaza Mayor.

Pepa ante el barroco de la Plaza Mayor.

 

El tiempo es implacable, imparable, inapelable. Vamos cumpliendo años y ya es la tercera vez que visitamos Salamanca. Eso querrá decir algo. Decía yo el otro día, durante nuestra última estancia, esta vez acompañados por Pepa, que ya probablemente estaba bien, que seguramente será la última. Puede ser, pero lo que hemos comprobado es que un poco de Salamanca, de vez en cuando, sienta estupendamente. Es fría, estaba relativamente solitaria durante la tarde del 4 de enero y la mañana del 5. Pensábamos que las calles serían un hervidero de compras la víspera de Reyes, pero no era así. Muy pocos turistas, y los lugareños quizá eligieran también el centro comercial en las afueras para sus encargos de última hora.

Pero la capital universitaria de España no pierde belleza, y el centro sigue impresionando con su color de piedra marrón dorada. A esas alturas del año, vacaciones, no es fácil intuir la presencia estudiantil que debe hacer de la ciudad algo tan especial. Sólo familias, ya por la tarde, a la busca de la cabalgata de la ilusión, como rebautizaron los cursis municipales a lo que siempre ha sido la Cabalgata. En Salamanca hay que buscar toparse con las piedras, iluminarse con la luz que devuelven sus fachadas aun en los días nublados. En sus calles y su historia se percibe el poder de la Iglesia y de la sabiduría siempre vinculada a ella, y seguramente muchas veces rebelde contra ella. Los alardes dejan boquiabierto ante la Casa de las Conchas o las fachadas platerescas. Renacimiento a la española. La música extremada de Salinas cantada por Fray Luis de León. Palacios nobles poderosos y evocaciones de la muerte en las columnas ¡Quién fuera estudiante en estas calles! exclamas. Y tuviera su edad.

En la Catedral Nueva, que quiere apabullar con sus alturas góticas flamígeras y sus filigranas platerescas, en realidad lo que te emociona es la bajada a la Catedral Vieja, con su felizmente conservado románico. La ambición del arco apuntado y del pilar interminablemente alto de su hermana más joven, que dice querer homenajear a Dios y en realidad es sólo más pretenciosa, palidece ante la dimensión más humana del medio punto y la bóveda de cañón que empieza a descubrir las posibilidades arquitectónicas. Dice la completa audioguía que te facilitan con la entrada que la Catedral Vieja tiene muestras del románico tardío o de transición y de protogótico. Nombres para designar las ansias de progreso en la belleza. Después de alcanzado el esplendor del gótico, los arquitectos se dieron a la fantasía y el derroche sin alma, diría yo. Tanto que tuvo que llegar el Renacimiento para que el equilibrio volviera y el arte tuvo que vivir una revitalizadora pasada por Italia ¿Y qué hago yo hablando de historia del arte, donde no me llaman?

La visita a las catedrales nos consumió casi todo el tiempo antes de la comida, extraordinaria, en un lugar llamado Vinodiario. Luego, sólo nos dio tiempo a disfrutar de la fachada del convento de San Esteban, a la que unos misericordiosos rayos de sol poniente dieron un tono de oro que agradecimos en lo que valía, pasar por delante de la Torre del Clavero, volver a la Plaza Mayor y hasta pertrecharnos de un abrigo en condiciones. Y el día murió entre la excesiva calefacción del hotel Aragón, y la búsqueda afortunadamente poco ansiosa entre los bares de la calle Van Dyck, famoso vértice de tapeo invadido por multitudes familiares que no querían preparar la cena en la noche que antes, cuando creíamos ser felices, llamábamos mágica.

Carretera y manta

Ulyfox | 5 de enero de 2014 a las 0:31

Pe, esta noche en la Plaza Mayor de Salamanca.

Pepa, esta noche en la Plaza Mayor de Salamanca.

Pe, nuestra conductora.

Pe, nuestra conductora.

Lo hemos hecho. Estamos en Salamanca. Siete horas de viaje tranquilo, aunque al final muy entorpecido por el temporal de lluvia y viento que nos cayó cuando casi entrábamos en la provincia de Cáceres. A lomos del Kia Rio los tres, Pe, Pepa y yo mismo, desde las cinco y media de la mañana. No se nos ha hecho muy pesado, porque hemos desayunado hasta tres veces, todas las que hemos parado, pasando Sevilla, pasando Mérida y poco antes de llegar a Salamanca. Nada más llegar a la capital charra, hemos vuelto a comer, esta vez ya en el almuerzo oficial, aunque en realidad ha sido un tapeo con vino cerca del hotel. Muy buenas las tapas en La Cata de Vino, uno de los muchos lugares de restauración que hay alrededor de la calle Van Dyck.

Frío, mucho frío, incluso cayeron algunos copos de nieve a mediodía. Para desgracia de nuestra curiosidad de gente del Sur, fueron muy pocos, sólo llegó para hacernos la ilusión de una nevada. No desesperamos, quedan unos cuantos días de viaje. Aún quizá nos dé tiempo a ver Valladolid, Medina del Campo o la misma Ávila cubiertas de blanco.

Después de una siesta reparadora del cansancio al que el viaje sometió a nuestros ya maduros cuerpos, nos lanzamos al frío de la noche salmantina, a una primera aproximación al plateresco y el barroco de la Plaza Mayor, la Catedral y la Casa de las Conchas. Fueron sólo atisbos a la luz artificial. Esperamos que el domingo el sol salga un ratito e ilumine las centenarias e históricas fachadas. Por cierto, cenamos en el Bambú, un lugar del que el recepcionista del Hotel Aragón (apañao, bien situado y baratito) nos dijo que era el preferido de la gente del Sur. Os digo que estaba todo realmente bueno, excepto el surtido de croquetas, con demasiada bechamel para nuestro gusto. Y con la moderna barra llena de público. Un sitio muy recomendable. Excepcional el carpaccio de presa ibérica y muy curiosa la torrija de foie.

Ahora, a dormir, que queda un domingo de exploración de la ciudad del Tormes.

La decepción

Ulyfox | 3 de marzo de 2013 a las 2:44

El claustro de Santo Domingo de Silos

¿No os ha pasado nunca? Seguro que sí. Esperar ver algo que os va a emocionar porque lleváis años esperando, y al final no. Pasa a menudo. No sé. Yo, por ejemplo, esperaba más de las pirámides de Egipto, esperaba caerme rendido a sus pies, que me entrasen ganas de arrodillarme por la incomprensión ante tamaña grandeza. Habría sido feliz si hubieran brotado lágrimas. Y no. Sin embargo, los ojos se pusieron brillantes y la boca se abrió unos días antes, en el patio de mi primer templo egipcio, en Medinat Habu, ante esos muros llenos de relieves y esos techos coloreados.

Los maravillosos capiteles de Santo Domingo.

Ansiaba, mi gran sueño, temblar ante la visión del Tesoro de Petra tras el desfiladero del Siq, y el estremecimiento llegó en un ligero vibrar, mucho menor de lo deseado. No me decepcionó Petra, eso es imposible, pero mi corazón no se desbocó ante el Tesoro, como yo ansiaba, teatrero que soy, desde décadas atrás. Y sin embargo, recorriendo el Cardo Máximo de Jerash, mi asombro pasmado no cabía en mí, paseando entre las filas de columnas corintias y subiendo escaleras monumentales, deteniéndome ante las fuentes e imaginando aglomeraciones del tráfico romano de entonces, ante la piedra que señalaba el cruce del Cardo con el Decumano.

Ahí estaba yo, esperando la iluminación.

Debo declarar aquí y ahora que yo he sido prisionero en mis viajes del recuerdo de muchas fotos de aquel maravilloso libro de texto de Historia del Arte de sexto de Bachillerato. Y por eso he buscado en todas partes la realidad que mostraban sus imágenes. Por eso en Micenas realicé mi deseo ante la Puerta de los Leones, en Atenas ante las cariátides, en París ante Notre Dame, en Londres ante la Piedra Roseta, en el Louvre frente al friso persa de los arqueros (gran llorera) o en Toledo en unos minutos suspendidos en la iglesia de Santo Tomé, ante El entierro del conde de Orgaz de El Greco.

Relieves en una esquina del claustro románico.

Y esa pequeña decepción conmigo mismo me volvió a ocurrir cuando estuve ante una de mis visiones largamente anheladas: el claustro románico del monasterio de Santo Domingo de Silos, hace siete años. Amo los claustros. Quizá haya rasgos monásticos en mi subconsciente y la meditación aparece como un deseo oculto, pero adoro esos patios cuadrados rodeados de arcadas sucesivas, hechos como para darle vueltas a los deseos y los temores propios o para largas conversaciones profundas con un interlocutor inteligente y comprensivo o con uno mismo. Y ahí estaba Santo Domingo, con su románico sobrio, síntesis de mi estilo favorito, más primitivo que el orgulloso gótico triunfalista y puntero, más sencillo que el desmesurado barroco, y más humano que el rígido orden clásico. Y ocurrió: no me estremecí. Nos desviamos del camino para ver Santo Domingo, yo recordando para mis adentros el inicio del bello soneto de Gerardo Diego: “Enhiesto surtidor de sombra y sueño/ que acongojas al cielo con tu lanza…” también levemente olvidado de otro libro, el de Literatura. Y ante la sucesión de arcos, columnas y capiteles, y a pesar de la explicación del guía, del reconocimiento al labrado de los canteros anónimos, de la mañana soleada que daba la luz casi perfecta al claustro, no hubo nada de la admiración que yo esperaba, apenas un hálito de emoción casi forzada. No sentí la elevación y sí la decepción. Esas cosas pasan. Quién sabe, quizá después de todo y a pesar de lo que pensaba mi madre, yo no iba para cura. Y  bien que lo siento. Lo de la emoción, no lo de cura.