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¡Ole tus huevos!

Ulyfox | 22 de enero de 2014 a las 12:37

Huevos fritos con patatas para los tres, y torreznos, chorizo y lomo al centro.

Huevos fritos con patatas para los tres, y torreznos, chorizo y lomo al centro.

 

Los huevos son los de Casa Tino en Valladolid, fritos a la antigua usanza, con su encajito dorado alrededor y todo, acompañados de unas patatas auténticas, limpias, jugosas y crujientes a la vez. Los mencioné en mi anterior entrada, pero cometí el injusto olvido de no poner la foto-evidencia. Tras reparar el fallo, ahí va la muestra de que la capital castellana tiene más de un atractivo para visitarla. Al menos, un par de ellos.

La tradicional fachada de Casa Tino.

La tradicional fachada de Casa Tino.

 

El día en Valladolid se remató con la compañía de Marta y Fernando.

El día en Valladolid se remató con la compañía de Marta y Fernando.

 

Aunque no queremos olvidar tampoco que nuestro principal motivo para acercarnos (en realidad era alejarnos de nuestra ruta) era el de visitar a esos amigos surgidos al calor griego, Marta y Fernando. Dos anfitriones acogedores, amables y amantes de su tierra. Ahí los tenéis, guapos y jóvenes.

Para disfrutarlos con esa carita.

Huevos para disfrutarlos con esa carita.

 

 

Los planes y los recuerdos

Ulyfox | 28 de diciembre de 2013 a las 1:14

Frías y empinadas calles de Puebla de Sanabria, en invierno de 2009.

Frías y empinadas calles de Puebla de Sanabria, en invierno de 2009.

Las estribaciones del Psiloritis.

Las estribaciones del Psiloritis.

La risa por el borracho, la decoración...

La risa por el borracho, la decoración…

Esa taberna de Creta en el cruce de caminos...

Esa taberna de Creta en el cruce de caminos…

Primera visión del valle de Amari cretense.

Primera visión del valle de Amari cretense.

En La Alberca, el mismo año.

En La Alberca, el mismo año.

Desde hace muchos años, el viaje de invierno es para nosotros tan obligado, tan deseado como el de verano. Aparecen los fríos, las lluvias, la Navidad y ya nos imaginamos a bordo del coche enfilando carreteras hacia el norte, temiendo a la vez el mal tiempo y soñando que nieva mientras visitamos los pueblos o, sobre todo, cuando al despertarnos en el hotel miremos los tejados vecinos cubiertos de blanco.

En otras ocasiones ha sido Cantabria o Castilla, en tiempos más pudientes fue Italia, y en alguno más feliz, fue en enero pasado la Creta invernal del sol en Rethymnon y la nieve en el Psiloritis, con el bloc de anotaciones para la guía bajo el brazo y el mejor de los proyectos. Aprendimos a amar Creta en invierno. Me viene ahora al recuerdo esa excursión al valle de Amari, después de una noche de lluvia que lo fue de nieve en el interior de la isla. Y esa desconocida sensación al andar en coche rodeados de campos y montañas blancas, al sortear montones de hielo, en esa isla griega tan luminosa y calurosa en verano.

Ese día, va a hacer ahora un año, los pueblos del hermoso valle estaban semidesiertos, buscábamos pequeñas iglesias bizantinas y torres venecianas antiguas. En un cruce de caminos muy cerca del pueblo que da nombre al valle, junto a un monasterio abandonado encontramos una taberna abierta. Allí llovía levemente y unos metros más arriba nevaba. Entramos y sólo había tres lugareños, cada uno en una mesa, y parecían pensar en sus cosas. Nos miraron con algo de curiosidad. Sentimos el calor de la estufa instalada en medio de la estancia. Saludamos, kalispera!, y nos sentamos en una mesa. La encargada, una mujer de mediana edad, se acercó y le indicamos (na fayitó?) que queríamos comer algo. Nos invitó a acercarnos al fogón y nos enseñó el contenido de los peroles: chícharos, cerdo guisado, habas… le pedimos una mezcla de todo, acompañada con huevos fritos y medio litro de vino blanco.

 

Casi nadie hablaba. Sólo un parroquiano, que continuamente iba a la nevera a sacar cerveza y acusaba claramente el efecto de esta costumbre bebedora, charloteaba y soltaba un discurso que parecía referirse a la mala gobernanza del país. Los otros dos y la dueña del negocio se reían de vez en cuando de sus palabras y semejaban decirle “anda cállate ya”, como se dice a los locos o a los borrachos. Pero no paraba, y hasta se dirigió a nosotros. Me pareció entender que nos preguntaba si nos molestaba con su perorata ebria. Algo debieron haberle dicho los otros. Yo le dije como mi rudimentario griego me permitió que no, que hablara lo que quisiera. Milate olo pou zélete le concedí, y él se volvió a los presentes con expresión triunfadora. “¿Lo véis? Al kirios (señor) no le molesta” me pareció que les dijo, y nos preguntó de dónde éramos. A eso siguió un medio imaginado diálogo en el que el hombre nos contó, o así creí entender, que había estado varias veces en España, en Barcelona, y que ahora, en Amari vivía muy bien y en una casa muy grande y con una buena paga. Lo felicitamos por eso. Poco más pudimos hablar dados su estado y mi ignorancia del idioma. Nos despedimos con un apretón de manos y una promesa jocosa de volvernos a ver, tal vez, en España.

Ahora, dentro de unos días, nos vamos, nos iremos dentro a tierras castellanas de nuevo, a ver pueblos isabelinos, a comer cordero y legumbres y a acostarnos prontito… y a contároslo aunque repitamos lugares. Con el frío persiguiéndonos y los vinos calentándonos. Adoro esos trayectos largos con Pe al volante pidiéndome que le encienda un cigarro de vez en cuando y con la vista en el mapa de carreteras, dueños del tiempo y del espacio, con las únicas e inevitables concesiones a las inclemencias, prestos a desviar la ruta o incluso a volver pasos atrás si es necesario. Lo que sea…

Frío, el de fuera

Ulyfox | 9 de febrero de 2013 a las 1:26

El frío en Zamora es de verdad.

 

O ante la hermosa Colegiata de Toro.

Hace frío, dicen. Frío el de otros lugares. Siento discrepar, pero nunca he entendido el dicho tan extendido (valga la aliteración) de que el frío de Cádiz es peor que el de Madrid, por ejemplo. Que en Madrid (o en París, o en Berlín) te pones un abrigo y se te quita el frío porque es seco, pero que aquí no hay manera, que se te mete en los huesos por su humedad por mucho que te abrigues… ¡venga, hombre! Yo no recuerdo haber pasado más frío en mi vida que la primera vez que estuvimos en París un fin de año, hace ya… Es verdad que coincidió toda la semana con una niebla espesa. No sabíamos cómo abrigarnos, reliados en bufandas, capuchas, pijamas bajo los pantalones y guantes que no impedían que las puntas de los dedos se tornaran cubitos de hielo. Seguramente no íbamos preparados, y si nos hubiéramos cubierto convenientemente habríamos salido mejor parados, seguro. Pero entonces, es lo que yo digo: que hace mucho más frío si necesitas mejores y más gordas prendas. Otro cantar es si las casas y los locales públicos están preparados aquí, que seguro que no, pero vamos que nos pongamos como nos pongamos, hace más frío en Palencia que en Cádiz.

En Lerma, el mejor cordero

Sea como sea, y como muestra de lo extraordinario del ser humano, ha terminado gustándome el frío en los vacaciones. Desde hace mucho tiempo, adoro los viajes en invierno (también el de Schubert). La experiencia de este año en Creta ha sido fantástica. Pero esta afición empezó hace años. Fue en París aquel Año Nuevo cuando descubrimos el intenso y desconocido placer de entrar en bares, restaurantes y cafeterías calentitos, pero la cosa creció en reconfortantes excursiones por Castilla, Extremadura o Cantabria cuando el frío apretaba, con las lejanas cumbres nevadas tras las ventanillas del coche, las apresuradas salidas frotándose las manos a la hora de parar a repostar en las gasolineras, el temor a que la nieve se acercara a la carretera, siempre sin cadenas. El gusto alcanzaba cotas sublimes cuando tocaba entrar a algún asador, ante un lechazo asado acompañado de una simple ensalada y un vino tinto recio, o tras el entrante de una restauradora sopa castellana. Y hasta te ríes cuando toca un largo rato de revestirse ante

¿Conocéis Covarrubias, la de bello nombre?

s de volver al frío de fuera, bendiciendo por dentro las bajas temperaturas.

¿Y Aranda de Duero?

Y aunque siempre apetece pasear sin tanta ropa, guardo para siempre el frío y los montones de nieve en las calles de San Gimignano, aquel viento en una esquina de Salamanca ante la estatua de Salinas con la oda que le escribió Fray Luis de León escrita en su pedestal (“el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada…”), las rachas heladoras ante el mercadillo navideño junto al lago Como, donde compré un increíble pecorino con trufas, el paseo novato por Ordesa y el Monte Perdido con los peligrosos resbalones sobre el hielo, el mejor cordero del mundo en Lerma, los vinos descubiertos en La Alberca, la luz de la catedral de Burgos, un paseo bajo una lluvia fina hasta la cueva de Altamira, el descubrimiento del casco antiguo de Cáceres o la playa de Comillas los tres llenos de bufandas.

El Monte Psilorits surge de las nubes en un atardecer de enero en Creta.

Y por supuesto, lo último, el blanco Monte Psiloritis apareciéndosenos al final de un día de nubes y frío de este pasado enero por el valle de Amari, poderoso, endiosado, saludándonos desde sus 2.456 metros, por fin enmarcada su cumbre de nieve contra un cielo tan azul como solo es posible en Creta. Lo habíamos estado buscando todo el tiempo y al final, cayendo la tarde, cuando ya volvíamos a Rethymno, quiso decirnos hola, y vaya cómo lo hizo. Parecía despedir el día desde su altura, como si hubiera aparecido de entre las nubes sólo para ordenar al sol que se pusiera. Si quería impresionarnos, lo consiguió, por Zeus.

Frío de verdad

Ulyfox | 3 de febrero de 2012 a las 14:08

En Ordesa y Monte Perdido, allá por el 99 o 2000

 

Dicen que esto es una ola de frío y que nos vamos a enterar. Pero a mí no me va a pillar desprevenido. Conservo un apañado vestuario, de los que nos compramos para cuando hemos viajado al norte, y al norte del norte. No nos pasará como aquel lejano primer viaje al frío, cuando no esperábamos que París nos recibiera con la temperatura más inclemente que habíamos conocido. Teníamos algo importante que celebrar, y decidimos pasar el Año Nuevo en la capital de Francia y del mundo, con una pareja de amigos que aún nos dura, al menos uno de ellos. Entonces éramos tan pardillos que no nos esperábamos ese golpe de temperaturas bajas. Tuvimos que recurrir a bufandas reliadas, pijamas debajo de la ropa y soluciones así de pedestres, sorprendidos además por las pocas horas de luz y una niebla tan intensa que nos hizo desistir de subir a la Torre Eiffel: ¡pa qué! A las fotos de una entrada reciente sobre París me remito, porque ahora no soy capaz de encontrarlas.

Luego, lo que son las cosas, le cogimos gusto a esto de pasar frío porque sabíamos del placer de llegar a los hoteles, restaurantes, bares, museos… perfectamente acondicionados;  conocíamos la reconfortante sensación de un buen vino o de una sopa castellana, la amable recepción de un salón con chimenea y la graciosa tarea de desembarazarte de ropa y volvértela a poner al entrar o salir de los locales. La permanente y gozosa alegría de ver la nieve en los picos lejanos o en la carretera junto a San Gimignano, la Toscana fría con Chianti cálido, y el resguardo de la muralla de Pedraza. Incluso el helado viento de Creta en invierno. Gustos de los viajes.

Bien abrigada ante la Colegiata de Toro, Zamora

En realidad, mi primer contacto con el frío de verdad fue en mis lejanos tiempos de estudiante de Periodismo en Madrid, en una ciudad apasionante en la época pre y post muerte de Franco, en la que se combinaba la ilusión y la lucha a nuestra manera con el temor y el aire gris, y con las primaveras en el Retiro. Al marchar por primera vez a los estudios desde la cálida San Fernando mis padres me pertrecharon, como gran remedio, con una botella de 501, que yo debía tantear con moderada dosis, todas las mañanas antes de encaminarme hacia la Facultad. Obedecí ciegamente a mis progenitores y, mientras duró, yo me abrigaba por dentro cada día temprano con un café con leche y una copa de coñac. Ahora pienso en esa extraña costumbre mañanera de alcohólico y en lo que deberían pensar mis compañeros al oler mi aliento durante la primera clase.

Excepto el primer curso y parte del segundo, acomodado de aquella manera en una habitación de un edificio con calefacción, no dejé luego de pasar frío en los medio apañados pisos que alquilábamos a medias, encendiendo el brasero en horas calculadas para no gastar mucho o manteniendo la ropa de abrigo puesta. Nada me pesa, con la excepción de no haber visto, a pesar de la gelidez soportada, ni un solo día nevar en Madrid. Sí, algunas mañanas amanecían blancos los jardines de la Ciudad Universitaria, y pocas veces una ligera agua nieve se posaba en los hombros del chaquetón sin que llegase a cuajar nunca esa imagen de aceras y tejados nevados y hombres quitando nieve de los parabrisas. Tanto frío, para nada.

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Lo pequeño

Ulyfox | 29 de noviembre de 2011 a las 13:40

Vista general de Primosten.

Parece que por fin no vamos a ir a Bilbao. Estaba casi todo decidido, pero la previsión meteorológica es de mucha lluvia toda la primera parte del puente, y no sé… No es normal que a pocos días de emprender un viaje no sepamos aún a dónde. Ahora las opciones se decantan por algunos pequeños pueblos de nuestra amada Castilla la Vieja. La Alberca, en Salamanca, por ejemplo. Andamos rondando la atractiva idea de unos días. Nos entusiasman esos pueblos amurallados o no, con frío en el aliento y refugios calentitos, minúsculas plazas mayores con picos nevados al fondo, en los que quejarse de la desacostumbrada y reconfortante helada temperatura para desquitarse con un buen café o un buen vino, según la hora. Carne, legumbre, sopas o cocidos para amigarse con las raíces. Todo muy escueto, necesariamente sobrio y sabio, la vida reducida, acotada a los límites de la vida.

Un helado a la caída del día, en la playa de Primosten.

A veces, muchas veces, los pueblos pequeños nos han hecho disfrutar del encogimiento y del recogimiento. Es la sensación de no querer nada más porque no hay mucho más que tener: dos, tres calles, alguna iglesia, un castillo en ruinas; uno, dos restaurantes; uno, dos hoteles… dan como resultado muchas horas de regalo. Si no hay mucho que hacer, muchos monumentos que visitar o museos que recorrer, tienes que concentrarte en ti mismo, tus lecturas, tu compañía y hasta puedes terminar gustándote. Vale la pena.

Pesca en el Adriático, en la misma playa.

Aún estaréis preguntándoos qué pintan las fotos que acompañan esta entrada. Son de Primosten, un pequeño pueblo costero de Croacia. No sé, pero pueden servir para ilustrar la tesis. Primosten está en la costa dálmata, y no disfruta la fama de sus hermanos mayores. Obviamente, no es Dubrovnik, ni Trogir, ni Split, ni siquiera Sibenik o Zadar. No tiene monumentos. Sólo una pequeña muralla imperceptible, una torre veneciana a escala mínima que lo convierte en una réplica de Rovinj, un cementerio marino encantador, callejuelas medievales, una placita con restaurantes, un paseo que rodea el pueblo y, eso sí, todo el Adriático a su alrededor y magníficas playas llenas de pinos. Es un pequeño tómbolo en una costa tan recortada como la dálmata, apenas un respiro en esta tierra saturada de belleza.

El cementerio marino de Primosten, un mirador sobre el Adriático.

A esas cosas me refiero cuando hablo de lo pequeño. Si queréis conocer Primosten, debéis saber que no es fácil, como cualquier viaje a Croacia desde España. Podéis volar a Split, que no está muy lejos pero harán falta una o dos escala. Dubrovnik está más lejos, pero Easyjet tiene vuelo directo a la perla del Adriático desde Madrid, en verano y por precios bastante buenos si se compran con antelación. Después de pasar al menos una noche en Dubrovnik, para poder disfrutarla sin cruceristas, habría que ir por carretera, deliciosa carretera hacia el norte. ¡Adelante!

Etapa prólogo

Ulyfox | 31 de diciembre de 2010 a las 1:27

En cierta forma, esta ha sido como una contrarreloj por equipo: Penélope al volante, yo de GPS humano y Pepa en el asiento de atrás, prevenida de biodramina y pulseras antimareo, tumbada y dando cabezadas. Salimos de San Fernando alrededor de las cuatro y media de la tarde, y a las once de la noche hemos llegado a Salamanca. Sólo una paradita para tomar un café y otro para de ellas para repostar y aliviar nuestro organismo. Ha estado bien: bocadillos en el coche, algo de fruto seco, un polvorón. Cuando la radio ha empezado a sonar intermitente por los cambios de zonas y alguna montaña, hemos echado mano del disco de Eleftheria Arvanitaki ‘Mírame’, que le produjo Javier Limón. Un gustazo. Si no la conocéis, deberíais buscaros la música de esta auténtica estrella griega.

En principio, pensábamos conducir toda la noche, pero afortunadamante pudimos salir antes y hacer un alto en el Vincci Ciudad de Salamanca, recomendación de David Niven. Desafortunadamente, no tendremos tiempo de pasear por esta ciudad maravillosa. Mañana, 31 de diciembre, hemos de salir temprano. Nuestro objetivo es Santillana del Mar. Allí pasaremos la Nochevieja y cinco días más que, si puedo, iremos contando. Mañana, al menos, iremos viendo por donde pasamos.

El año pasado, por estas fechas, en la plaza Mayor de Pedraza

El año pasado, por estas fechas, en la plaza Mayor de Pedraza

Naturalmente, no tenemos fotos aún, pero no os puedo dejar así, así que os planto esta del año pasado, por estas fechas, en la Nochevieja que pasamos en Pedraza, Segovia.

Buenas noches.

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Turismo de invierno

Ulyfox | 12 de diciembre de 2010 a las 22:24

Portada en la iglesia de Puebla de Sanabria

Portada en la iglesia de Puebla de Sanabria

Ya nos estamos relamiendo con las próximas vacaciones de Año Nuevo en Cantabria. Ya nos imaginamos los días viendo pueblos, ya estamos con la mente comiendo en mesones y visitando las cuevas con pinturas rupestres, ya divisamos las verdes cumbres, o tal vez blancas.

Disfrutamos enormemente con el turismo en verano o en primavera, pero los viajes de invierno (¡ah Schubert!) tienen un regusto inigualable. Los días son muy cortos y uno tiende a aprovechar las pocas horas de sol, o de lluvia. La actividad se reduce a la mañana, porque con el horario español, casi inmediatamente después de comer ya cae la tarde. Pero entonces apetece el hotel, la lectura en sus salones o en la habitación, la siesta a destiempo tal vez después de un almuerzo copioso y lleno de calorías, vino a lo mejor, como una espera dulce hasta la hora temprana de la cena. En el norte, además, anochece antes. Y vuelta a la lectura hasta que vence el sueño, el eterno vencedor.

La catedral de León, la hermosa 'pulchra leonina'.

La catedral de León, la hermosa 'pulchra leonina'.

Hemos pasado varias Nocheviejas por ahí fuera: estupendas, divertidas y frioleras en París, hace tanto, en Segovia, en Córdoba, en la nevada Pedraza el año pasado, en la bella y pirenaica Aínsa… Pero también hemos viajado en invierno fuera de fechas señaladas. Y aunque normalmente no amo el frío, de viaje por Castilla es como un acicate al disfrute, a plantearse una visita al románico, al delicioso cordero, a recorrer pueblos amurallados, a buscarse un hotel acogedor. Maravillosa Toscana en enero pasado, húmeda y fría por fuera, cálida en el interior por favor del Chianti, del gótico de mármol colorido y de la pasta inigualable. Melancólica y manuelina Portugal de paredes verdes de humedad, en la Lisboa blanca de cuestas empedradas que asciende hacia el Castelo, en el Oporto que se precipita sobre el Duero, en los blancos y encumbrados pueblos del Alentejo, vigilantes sobre la frontera española.

Mármoles de todos los colores en el suntuoso interior de la catedral de Siena

Mármoles de todos los colores en el suntuoso interior de la catedral de Siena

Entre nuestras mejores vacaciones de invierno figuran las que pasamos hace dos años en Creta. Fuimos a firmar ante notario las escrituras de nuestra pequeña casa-ruina. Hacía mucho frío, las imponentes montañas cretenses estaban blancas. Las olas rompían con fuerza y amenazantes contra la desolada playa de Myrtos. Los cálidos apartamentos Olympia, en la solitaria Makrygialos, frente al mar de Libia, acogieron la lectura embebida de Milenium. La taberna Hipocampo de Heraklion ofrecía unos sabrosos salmonetes en miniatura (koutsumuras) y un reconfortante raki con el postre de yogur. El palacio de Cnosos, ruina reconstruida de la legendaria casa del mitológico Minos y abarrotado en verano, estaba solitario ese enero.

El palacio minoico de Cnosos, en Creta, solitario un domingo de enero.

El palacio minoico de Cnosos, en Creta, solitario un domingo de enero.

El desayuno en una soleada mañana de invierno en los apartamentos Olympia de Makrygialos

El desayuno en una soleada mañana de invierno en los apartamentos Olympia de Makrygialos

 

En invierno, la vacación tiene que ser tranquila, serena, pausada, saboreada, disfrutada, lenta. Y en buena compañía, para que no falte el apetecible, necesario, humano calor.

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Nieblas de Castilla, la Majestad de Toro

Ulyfox | 20 de marzo de 2010 a las 0:50

El río de Burgos

El río de Burgos

No sólo salimos al Mediterráneo. Siempre nos gusta viajar a Castilla, a la Vieja y a la Nueva. Y siempre en invierno, primavera como mucho. ¿Qué nos gusta? La piedra de sus fachadas, la tranquilidad y educación de su gente, lo natural y tradicional de su cocina. Cuando vamos a Castilla, por eso, siempre sabemos que los días son cortos, que pasaremos frío y que buscaremos un hotel calentito, el románico, el gótico y el plateresco, la ausencia de prisa y los picos nevados al fondo de los paisajes. Y en ciertas épocas, la niebla.

El Duero y Zamora

El Duero y Zamora

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Hace unos años, la niebla nos persiguió durante todo el viaje, o casi todo, como el frío. Descubrimos Zamora, Toro y su colegiata, con esa increíble piedra policromada del Pórtico de la Majestad, extrañamente poco conocido; Burgos, que es su catedral; Covarrubias entramado de madera; Lerma y el mejor cordero que hemos comido nunca. Silos y su convento de Santo Domingo, con su claustro y su ciprés, enhiesto surtidor de sombra y sueño. La niebla cala, enfría, da miedo en las carreteras, pero también queda estupendamente en las fotos, sobre todo cuando hay un río cerca, ya sea el Arlanzón o el Duero. 

Una calle de Toro, con la Colegiata al fondo

Una calle de Toro, con la Colegiata al fondo

Insisto, buscad Toro, entre Zamora y Burgos. No dejéis de ver el Pórtico gótico de la Majestad, dentro de la iglesia, cerrado ante las inclemencias del tiempo y maravillosamente conservado en sus colores y su intensidad musical. Digo musical, porque en una de sus arquivoltas están labrados en la piedra polícroma 18 músicos de la época, con sus instrumentos. Pero no dejaban hacer fotos a esa espléndida y anónima obra de arte. No importa, merece la pena ir a verlo in situ.