Ulyfox | 6 de junio de 2013 a las 1:48
Hace ahora un año también cumplí años. Pero cumplía algo más. Los tópicos dirían que un sueño, pero era algo más real. Estábamos en Creta hace 12 meses, al inicio de esa realidad, pisando el terreno de nuestro proyecto, tomando las primeras notas para la guía en una Moleskine regalada por una decena de buenos amigos y mejores promotores de sueños. Elounda era el lugar, en el golfo de Mirabello, frente al bello y siniestro islote de Spinalonga que fue fortaleza, prisión y leprosería y hoy recibe miles de turistas al año.
Está bien conmemorar aniversarios, establecer hitos, recitar “hace un año…” con sonrisa en la boca y nostalgia en el pecho, pese a que entonces estábamos mejor que ahora, o tal vez por eso. Eso fue entonces. Ahora la guía está terminada, corregida y entregada para que los editores y las máquinas hagan su trabajo con nuestros textos y nuestras fotos. No será posible que esté en las librerías este año, tal vez a finales o a principios de 2014. Esperaremos con ansia el día. Ha quedado bien, nos emocionamos al ver nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras sensaciones, nuestros pasos arriba y abajo de orillas y gargantas, impresos en couché, a todo calor. Añoramos, anhelamos repeticiones, nuevos encargos, nuevas mochilas, otros hoteles, otros idiomas, otros sabores. Soñamos (recurrentemente) con más realidades que contar.
Cumplimos años, bienvenidos. Este ya será inolvidable, porque ha sido único pero no lo queremos irrepetible. Volvimos un día, pero nunca nos iremos de Creta. Desde hoy, nunca más tendré 56, pero a esa edad se hizo realidad un sueño nunca soñado: recorrimos una isla mitológica y tangible con el único, maravilloso y envidiable propósito de contarlo. Jronia polá!! (Felicidades!, naturalmente en griego) nos decimos sin pudor.
Ulyfox | 21 de febrero de 2013 a las 14:01
Hemos terminado, alea iacta est! que siempre queda bien una cita en latín. Es decir, que la guía de Creta, la nuestra, ya está acabada, que ya hemos enviado el original a Anaya. Ahora queda la edición, la corrección y el ajuste de los textos, la elección de las fotos y ese trabajo editorial tan bonito. Es decir, que aún resta trabajo. Pero lo fundamental, la redacción de los capítulos, el repaso una y otra vez, la elección de las palabras procurando que sean justas, descriptivas, evocadoras y concisas a la vez, la selección de los lugares, la calificación de los locales, la preocupación por el detalle y la generalidad, el descarte de lo que no querríamos descartar, la confirmación de los datos prácticos, las largas y placenteras veladas ante los ordenadores, cotejando, debatiendo, discutiendo conceptos y enfoques… todo eso está listo. Como en la foto que abre este post, que muestra la aldea de Agia Roumeli, a la salida de la Garganta de Samaria, nos vamos alejando de Creta… o tal vez acercándonos más.
De pronto llegó el segundo decisivo, el que marcó la enorme diferencia entre el de un segundo antes y un segundo después, entre la pesada carga de la responsabilidad y el alivio incrédulo: “¡Pues yo creo que esto ya está!” Poco, poquísimo antes, aún estábamos enredados entre dónde ir con niños o cómo llegar desde La Canea a Heraklion, y de pronto, nos encontramos con la inmensa alegría del trabajo acabado, y creemos que bien hecho. De momento, las primeras reacciones de la editorial son de satisfacción por nuestro texto ¿Qué más podemos pedir? Sí, claro, más dinero, pero mira por dónde no esperaba llegar a decir, en tratándose de trabajo, que lo más importante no es lo que te pagan. Pero así ha sido esta vez.
Gracias a la realización de esta guía, y después de dos meses largos dando vueltas por Creta, en primavera, verano e invierno, podemos decir que ya somos unos expertos en la isla de Zeus, que seguramente no será una cosa muy útil pero os puedo asegurar que nos da mucho gusto. Sabemos que cuando volvamos tendremos amigos a los que saludar, y algunos hasta nos invitarán con placer. En Heraklion siempre tendremos una botella de retsina kekrivari y en Kato Zakros una pareja de hoteleros muy especiales con los que charlar; en La Canea reconoceremos los muelles soleados y en Rethymno Yiorgos y Katerina quizá hagan de nuevo para nosotros la pasta filo.
Y por aquí, es seguro que más de dos usarán nuestras palabras para guiarse en las carreteras que bordean el monte Psiloritis o para buscar el monasterio de Agios Nikolaos donde el eremita Christódulos nos obsequió con galletas y raki, o para comprobar la tragedia del Moní Arkadi o si realmente la laguna de Balos frente a Gramvousa es tan impresionante. Cuando vayan a Creta, tal vez alguno se decidirá por nuestra guía como su guía, y entonces nos habremos extendido tanto tanto como nunca habíamos soñado, habremos compartido nuestra admiración y amor por Creta hasta límites insospechados. Si con suerte son varios miles (ánimo, ánimo), habremos sembrado algo de eso, y nunca tendremos tiempo de agradecer tanta suerte. Casi un año de trabajo, con Pe al pie del cañón. No podemos decir que ha merecido la pena, porque no hay pena, ni la más mínima.
Ulyfox | 9 de febrero de 2013 a las 1:26
Hace frío, dicen. Frío el de otros lugares. Siento discrepar, pero nunca he entendido el dicho tan extendido (valga la aliteración) de que el frío de Cádiz es peor que el de Madrid, por ejemplo. Que en Madrid (o en París, o en Berlín) te pones un abrigo y se te quita el frío porque es seco, pero que aquí no hay manera, que se te mete en los huesos por su humedad por mucho que te abrigues… ¡venga, hombre! Yo no recuerdo haber pasado más frío en mi vida que la primera vez que estuvimos en París un fin de año, hace ya… Es verdad que coincidió toda la semana con una niebla espesa. No sabíamos cómo abrigarnos, reliados en bufandas, capuchas, pijamas bajo los pantalones y guantes que no impedían que las puntas de los dedos se tornaran cubitos de hielo. Seguramente no íbamos preparados, y si nos hubiéramos cubierto convenientemente habríamos salido mejor parados, seguro. Pero entonces, es lo que yo digo: que hace mucho más frío si necesitas mejores y más gordas prendas. Otro cantar es si las casas y los locales públicos están preparados aquí, que seguro que no, pero vamos que nos pongamos como nos pongamos, hace más frío en Palencia que en Cádiz.
Sea como sea, y como muestra de lo extraordinario del ser humano, ha terminado gustándome el frío en los vacaciones. Desde hace mucho tiempo, adoro los viajes en invierno (también el de Schubert). La experiencia de este año en Creta ha sido fantástica. Pero esta afición empezó hace años. Fue en París aquel Año Nuevo cuando descubrimos el intenso y desconocido placer de entrar en bares, restaurantes y cafeterías calentitos, pero la cosa creció en reconfortantes excursiones por Castilla, Extremadura o Cantabria cuando el frío apretaba, con las lejanas cumbres nevadas tras las ventanillas del coche, las apresuradas salidas frotándose las manos a la hora de parar a repostar en las gasolineras, el temor a que la nieve se acercara a la carretera, siempre sin cadenas. El gusto alcanzaba cotas sublimes cuando tocaba entrar a algún asador, ante un lechazo asado acompañado de una simple ensalada y un vino tinto recio, o tras el entrante de una restauradora sopa castellana. Y hasta te ríes cuando toca un largo rato de revestirse ante
s de volver al frío de fuera, bendiciendo por dentro las bajas temperaturas.
Y aunque siempre apetece pasear sin tanta ropa, guardo para siempre el frío y los montones de nieve en las calles de San Gimignano, aquel viento en una esquina de Salamanca ante la estatua de Salinas con la oda que le escribió Fray Luis de León escrita en su pedestal (“el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada…”), las rachas heladoras ante el mercadillo navideño junto al lago Como, donde compré un increíble pecorino con trufas, el paseo novato por Ordesa y el Monte Perdido con los peligrosos resbalones sobre el hielo, el mejor cordero del mundo en Lerma, los vinos descubiertos en La Alberca, la luz de la catedral de Burgos, un paseo bajo una lluvia fina hasta la cueva de Altamira, el descubrimiento del casco antiguo de Cáceres o la playa de Comillas los tres llenos de bufandas.
Y por supuesto, lo último, el blanco Monte Psiloritis apareciéndosenos al final de un día de nubes y frío de este pasado enero por el valle de Amari, poderoso, endiosado, saludándonos desde sus 2.456 metros, por fin enmarcada su cumbre de nieve contra un cielo tan azul como solo es posible en Creta. Lo habíamos estado buscando todo el tiempo y al final, cayendo la tarde, cuando ya volvíamos a Rethymno, quiso decirnos hola, y vaya cómo lo hizo. Parecía despedir el día desde su altura, como si hubiera aparecido de entre las nubes sólo para ordenar al sol que se pusiera. Si quería impresionarnos, lo consiguió, por Zeus.
Ulyfox | 24 de enero de 2013 a las 14:55
Aquellas mujeres de pueblo cretense, muy de mañana, estaban limpiando amarillísimas flores de calabacín. Limpiarlas significa simplemente quitarles las hormigas y otros bichitos, delicadamente y con la punta de un cuchillo, y luego sacudirlas para que caiga lo que tenga que caer. Amaneció un día espléndido en Zaros, en el centro de Creta, a los pies del monte Psiloritis, después de una noche en la que el viento había golpeado con fuerza en las ventanas y aliviado un poco el intenso calor de la tarde anterior. En Zaros no había mucha gente esa mañana de junio. Por las calles, de hecho, solo se veía alguna mujer limpiando la entrada de su casa, alguna mujer regando sus plantas, alguna mujer preparando flores de calabacín para rellenarlas, como estas de las que hablo.
Nos acercamos (‘kalimera!’) a preguntar qué hacían, y como pudimos, nos entendimos. Limpiaban las flores para luego escaldarlas un poco y rellenarlas de arroz con cebolla, eneldo y yerbabuena. Todo eso se cuece junto y sale una comida deliciosa, ideal si se acompaña con un poco de yogur o tzatziki y un buen vaso de vino. Damos fe. Después de explicarnos someramente la receta de estas dolmades nos preguntaron de dónde éramos (apó pou iste? Ispanía? Ah, orea!) y cómo estaba nuestro país. Con la misma crisis que aquí, les dijimos. “Ah, hijos, si seguimos así dentro de poco comeremos nada más que dolmades“, se lamentaron entre risas. Nos preguntaron cuándo nos íbamos. Ahora mismo, les dijimos. “Vaya, es una pena, porque si no mañana os llevaríamos un platito de estas dolmades”. Qué mala suerte, hombre, nos tuvimos que conformar con decir adiós. Con lo que nos hubiera gustado probarlas de sus manos, en su platito blanco y con un plastiquito por encima, tal vez en la terraza del kafeneion de enfrente…
De todo eso me acordaba hace unos días, cuando me decidí a preparar unas hojas de parra rellenas, otro tipo de dolmades mucho más populares en toda Grecia, con toda su historia detrás. Estas hojas de parra han viajado desde el mercado municipal (el Agora, vaya nombre en griego para una plaza de abastos) de La Canea hasta la Isla. Las compramos allí, en nuestro reciente viaje, a una mujer mayor con un puesto enorme donde vendía de todo para comer, y todo delicioso. Una mujer mayor que hablaba su mijita de inglés, más o menos como yo. A ella le compramos también la tarama, un concentrado de huevas de pescado que hace una pasta exquisita y especial, la taramosalata, cuando se mezcla en las debidas proporciones con puré de patatas, aceite y limón. Otro día se intentará.
La prueba de las dolmades no salió mal del todo. Por si queréis intentarlo, os doy la receta. Lo que ya no sé es deciros cómo conseguir las hojas de parra escaldadas. Desconozco también si servirían las hojas de parra de por aquí, supongo que sí. Bueno, ahí va: se hace un refrito de cebollita, de las largas, y cuando están dorándose se les echa arroz, con un buen puñado de eneldo y otro de yerbabuena, bien picaditos. Se sofríe todo sólo un poco, porque el arroz se terminará de hacer luego. Se aparta del fuego, y cuando esté frío se pone una cucharadita corta de esta mezcla en cada hoja de parra escaldada, y se envuelven formando las dolmades. Se colocan una junto a otra en círculo en el fondo de una cacerola, se cubren con agua, limón y aceite y se deja consumir. En una media hora estarán, cuidando que no se queden sin agua antes de tiempo. Se les pone un plato encima para que no se separen ni se abran. Luego se sacan y se sirven en frío. Mejor si se acompañan con un poco de tzatziki, que no es más que una mezcla de yogur griego (escurrido el suero), pepino rallado (escurrido de agua), ajo triturado, aceite de oliva, sal y pimienta, auténtico sabor griego.
¿Que cómo me salieron? Mejorables, pero muy aceptables. Aprendí que debo echarles un poco más de agua para la cocción y no dejar que se consuma toda. La próxima vez serán gloriosas. Esta vez sólo evocadoras, muy evocadoras.
Ulyfox | 13 de enero de 2013 a las 19:23
O no, seguramente no se acabó. Es el último día, de estos últimos días, en Creta. Pero seguramente no. Seguramente volveremos, no podemos ni queremos evitarlo. Ya amábamos esta tierra hace tanto. Pero ahora, tras el glorioso encargo-regalo de la guía, nos sentimos no parte de ella (aún no sabemos bailar como bailan ellos, ensimismados, girando, la cabeza mirando al suelo, o cogidos de la mano y dando acrobáticos saltos), pero sí unos invitados especiales.
Ulyfox | 12 de enero de 2013 a las 19:25
Manuel en griego es Manuel, Manolo es Manolis y Manu es Manos. Vale. Manos era el taxista al que llamó la encargada del Hotel Cosmos de Rethymnon para que nos llevara a la estación de autobuses, la KTEL, que es como decir la Renfe de aquí pero en autobuses y con un servicio inmejorable, frecuente, cómodo y que llega a todos lados. Manos es un joven dinámico, con media barba. Apareció sonriente y desplegó toda la batería de saludos que los griegos utilizan: kalimera, jronia polá, kalí jroniá, naste kalá, es decir algo así como buenos días, felicidades, feliz año, espero que esté bien, acompañado de un fuerte apretón de mano y una disposición absoluta.
Manos se disculpó con nosotros un minuto y pasó a saludar a la encargada del hotel y desearle feliz año, por supuesto. Luego montamos, y por el camino saludó no menos de cinco veces jovialmente a sus conocidos, incluyendo al menos un par de paradas para hacer los cumplidos de rigor con sus más allegados, supongo. Naturalmente, se ofreció a hacernos un precio especial por llevarnos directamente a La Canea. Ni siquiera le preguntamos el precio y rechazamos la oferta, aunque no dudo de que el trayecto habría sido de lo más entretenido.
Llegando a la estación de autobuses, dijo de pronto “¡un momento”! y se bajó corriendo a parar un vehículo que ya salía por las puertas. “¿Este va a La Canea?” preguntó al conductor. Vista su respuesta afirmativa, bajó rápidamente las maletas del taxi y nos dijo “ahí está”. Naturalmente (en Grecia, porque en España es bastante impensable que te hagan caso), el autobús nos esperó, el ayudante del conductor abrió las puertas y metió nuestro equipaje en el compartimento y salimos pitando hacia La Canea, en una conexión de las más rápidas y ajustadas que hemos vivido. Todo gracias al taxista más dispuesto que hemos conocido. Lo único malo es que su energía nos privó de fotografiar la increíble vista del azul golfo de Rethymnon con las Montañas Blancas nevadas casi allí mismo. Quedó en nuestras retinas pero no en nuestro blog. Nada es perfecto.
Ahora, si queréis, comparad servicios de taxi y bus con los que conocéis. Me parece que esperar, ayudar y facilitar razonablemente debería ser la máxima de cualquier servicio público. Aquí, en Creta, todavía se tiene esta medida humana de las cosas. Evharistó.
Ulyfox | 12 de enero de 2013 a las 0:28
A ver: Rethymnon es una joya, una mezcla perfecta, antigua y con el punto justo de decadencia entre Venecia y Turquía. La gran fortaleza allá en lo alto vigila un casco antiguo con minaretes, palacios en ruinas, viejas mezquitas y loggias italianas. Unas calles estrechas pintadas en amarillo o colores siena, bordeadas de plantas, forman el entramado de casas y palacios antiguos de dos o tres alturas como máximo, y muchos de ellos en estado ruinoso. Las puertas tienen dinteles de piedra grabadas en relieve, de pronto te aparece una fuente con cabezas de león, y si miras hacia arriba ves balcones otomanos de madera. El minúsculo puerto veneciano tiene un faro de piedra que culminaron los egipcios, cuando durante un corto periodo de tiempo el sultán de El Cairo mandaba aquí.
En junio pasado estuvimos aquí, por el trabajo de nuestra guía. Entonces estaba lleno de turistas, porque no os he dicho que, además, Rethymnon tiene una playa de arena fantástica y kilométrica. Ahora, la ciudad vieja tiene un aire fantasmal: la gran mayoría de los comercios y restaurantes están cerrados. En el paseo marítimo la sensación es aún más palpable.
Cuando cae la lluvia y arrecia el frío, el turista anacrónico se siente como un ser perdido en busca de refugio, pero a la vez experimenta la sensación de ser el dueño de la ciudad como es sin otros visitantes. No hay apenas terrazas en las calles, esas sillas y mesas que tan bien quedan entre los colores cretenses no están. En la calle Vernadou, buscas el obrador del maestro de la pasta filo, Giorgos Hasparakos, al que visitaste en junio. La puerta está entornada pero hay luz de fluorescente en el interior. Giorgos y su mujer se asoman y los saludas. Y te cuentan que ahora no hay trabajo, porque no hay grupos de turistas, pero él está con un rollo de pasta en la mano, y sigue estirando la filo y el kataifi como ha hecho desde hace más de 60 años. Dice que hace unos años estuvieron en Andalucía de vacaciones y un poco después en Barcelona. Y les gustó.
Nada es igual que en verano, el puerto está vacío, y el faro recorta su silueta fría contra la estampa aún más fría y nevada del Monte Psiloritis, el más alto de la isla con sus 2.456 metros de altitud bien contados. No hay tiendas ni bares abiertos ni expositores de objetos turísticos llenando las parees, y por eso observas con más gusto los detalles arquitectónicos de esta mezcla de siglos en colores pastel. Y añoras el buen tiempo, pero no desdeñas el invierno, tan cretense como el verano.
Ulyfox | 10 de enero de 2013 a las 0:21
Me he traído a Creta la última novela de Petros Márkaris, Liquidación final, segunda de la trilogía que protagoniza el peculiar comisario Kostas Jaritos con el telón de fondo de la crisis económica griega. Márkaris pinta una Atenas triste en la que la gente pierde el trabajo y ve reducido su sueldo, y donde crecen los suicidios casi tanto como los asesinatos que su inspector investiga. En este ambiente, un asesino en serie elige como víctimas a los evasores de impuestos, con lo que se convierte rápidamente en un héroe popular, algo así como un Robin Hood a lo bestia. La novela es espléndida y muy descorazonadora a la vez.
Hace tiempo que no hemos estado en Atenas, más de un año y medio, y naturalmente en las zonas que visitamos, las más turísticas, no parecía notarse esa crisis. Lo mismo nos pasa en Creta. Heraklion, la capital, es un hervidero de jóvenes y mayores llenando las hermosas terrazas que saben poner los griegos. Los restaurantes también, en pleno enero, realizan un buen negocio. Y tenéis que ver comer a los cretenses: platos y platos, piden siempre para que sobre, les gusta tener raciones variadas, probar un poco de todo, y no es extraño ver comida de más.
Así que no sé. Nos han dicho que en la isla la crisis no se nota tanto porque el turismo da para vivir bien todo el año. Además, tiene varias facultades universitarias y la agricultura tiene una buena producción que se envía a todo el país. No parece, a simple vista, que haya los gravísimos problemas que todos asociamos mentalmente al nombre de Grecia.
Es asombroso el gran número de jóvenes que se ve consumiendo en las terrazas, y ¡qué terrazas! No hay problema porque sea invierno: no hay cerramiento posible ni sistema de calefacción callejera que no hayan inventado contra el frío y la lluvia. En muchos lugares se ve que la inversión en la adaptación de esos bares debe de haber sido cuantiosa. No me puedo imaginar estos montajes en ningún lugar de España ni casi del mundo. Pero todo vale antes que dejar la costumbre de consumir en la calle, sentados, con mucho café y helados y poco alcohol, y si es posible con el backgammon sobre la mesa. Así pasan horas y horas en una tertulia incansable. Las consumiciones no son baratas, pero sí duraderas. Otro gran detalle: no hay bebida, sea café, refresco, chocolate, vino o cerveza que no venga acompañada de algo para comer, y en algunas ocasiones de manera tan abundante que casi es una merienda contundente. Eso unido a que las condiciones del local son en muchas ocasiones de auténtico lujo hacen que el precio de un café a tres euros resulte bastante bien compensado, y el de una cerveza de abadía grande a 4,50 casi barato. Sea como sea, mucha gente puede pagarlo, así que… no sé que pensar de la crisis en Creta.
Ulyfox | 8 de enero de 2013 a las 0:43
Mantengo con la religión una relación atípica, o quizá no tanto. No diré como el Perich que la religión ayuda a resolver problemas que no existirían si no existiera la religión. Detesto las soflamas de algunos representantes de la jerarquía, y su empeño en dictar sentencias dogmáticas, negando la humanidad de las dudas y el derecho a tenerlas, así como la necesidad de rebelarse. Y lo que me parece artificial y despótico es su milenaria repulsión por el sexo, para mí incomprensible, como si fuera un obstáculo para la rectitud moral. Y es imperdonable su capacidad para ver la paja en el ojo ajeno y ser ciego para la viga en el suyo. Por no hablar de su tradicional cercanía, como institución, a los poderosos, a los que ha bendecido en tantas ocasiones.
Dicho esto, considero revolucionarias frases como “el que esté limpio de culpa que tire la primera piedra”, “bienaventurados los pobres de espíritu”, “has pecado mucho porque has amado mucho”, “si quieres seguirme, vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres” y por supuesto “haced como los lirios del valle”, entre otras muchas. Máximas que si los adalides de la ortodoxia cristiana hubieran respetado y aplicado en una mínima parte, nos hubieran ayudado mucho a hacer de este mundo algo mejor.
¿Todo esto a qué viene? diréis. Pues porque acabamos de ver una demostración más del apego de los griegos por las tradiciones religiosas. En Grecia, la religión está imbricada con el Estado. Los curas son funcionarios públicos, y el patriarca ortodoxo bendice la sesión inaugural del Parlamento y a todos los parlamentarios, incluidos los comunistas más ateos. Es así. Las iglesias son los edificios mejor cuidados en todos los pueblos, pintados siempre aunque las casas a su lado se estén cayendo o sean un desastre de cuidado. La gente se santigua al paso por los templos o al salir de su casa, las celebraciones religiosas son seguidas masivamente.

La multitud observa la ceremonia desde la fortaleza Koules o Rocca al Mare, que cierra el puerto veneciano.
En la mañana de Reyes, el puerto veneciano de Heraklion vivía una extraña agitación, las familias se agolpaban en las cafeterías de los alrededores ante tazones de chocolate, la televisión y los fotógrafos se apelotonaban ante una plataforma adornada con hojas de palma. El viento había empezado a soplar con esa suavidad fría que anuncia lluvia.
Un poco antes del medíodía, una procesión compuesta por autoridades civiles, escolta militar, banda de música y curas bajó por la calle 25 de Agosto procedente de la basílica de Agios Titos. Allí habían celebrado la Eucaristía y bendecido el agua, que los fieles habían bebido poco después, tomándola de unos grifitos instalados en una pila de plata. Los popes aparecían con sus vestiduras de gala. Tras rodear la histórica dársena, los curas subieron a la plataforma. Junto a ella, una treintena de hombres en bañador desafiaban la fría temperatura y el viento que se acababa de levantar bajo las nubes grises. En el agua esperaban también más de una docena de ellos. Tras unas palabras solemnes por la megafonía, el que por sus vestiduras y su tocado parecía el de más rango entre los sacerdotes arrojó una cruz al agua helada. Y entonces se formó el barullo en el mar. Los bañistas se lanzaron todos a por la cruz de metal. El más hábil en el buceo se hizo con ella y la enarboló orgulloso. Se aseguró así un año de buena suerte para él y para su familia. Enseguida, los barcos hicieron sonar sus sirenas y lanzaron bengalas para celebrarlo. Así fue la Bendición del Mar, una ceremonia que se repite la mañana de Reyes, en todos los puertos griegos. Es la Teofanía, equivalente de nuestra Epifanía, y con esta celebración demuestra la extraordinaria y milenaria relación del pueblo de Grecia con el pélagos, en su hermosa lengua milenaria.
Ulyfox | 5 de enero de 2013 a las 23:31
“No espero nada, no temo nada, soy libre” es el epitafio escrito sobre la sencilla tumba (tafos) de Nikos Kazantzakis en el bastión Martinengo, en la imponente muralla veneciana de Heraklion. Una lápida de piedra y una cruz de madera por todo adorno para un gran escritor y humanista, defensor de los derechos humanos y casi Premio Nobel de Literatura. El autor de Zorba el griego y La última tentación de Cristo, entre otras decenas de libros, gran escritor de viajes, ministro de izquierdas, reverenciado en su patria cretense y en toda Grecia, yace aquí, y en esta mañana lluviosa de enero, su tumba estaba más solitaria que nunca. Sólo el graznido de los grajos lo acompañaba. Mientras, desde lo alto de la fortaleza se divisaba toda la caótica, desastrosa y viva ciudad, y el mar gris. Cuando los cretenses enterraron a su paisano en 1957, miles de personas subieron al bastión a despedirlo. El aeropuerto de Heraklion lleva su nombre, en el cercano pueblo de Mirtia hay un estupendo museo dedicado a él. Kazantzakis y Elefterios Venizelos son los dos rostros de Creta.