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Por fin, Santa María del Naranco

Ulyfox | 7 de mayo de 2016 a las 19:57

Ante Santa María del Naranco, cerca de Oviedo.

Ante Santa María del Naranco, cerca de Oviedo.

Tengo por seguro que una buena parte de lo que fueron con el paso de los años mis intereses, aficiones y deseos proviene de aquel libro de texto, básico, elemental, de Historia del Arte en sexto de Bachillerato, aquel sistema antiguo de enseñanza, que de todas formas también dio sus frutos. ¿Quién sabe a qué obedecen los gustos, por qué determinadas materias nos llegan como si no fueran estudios sino primeros encuentros con nuestro yo? Nunca soporté las matemáticas y en general las ciencias. Me sigue pasando aún cuando veo dos números seguidos, una curva gráfica o una fórmula química. Sufría con esas asignaturas y en cambio disfrutaba casi en secreto de las dificultades de traducir un texto en latín o griego, de casar los nominativos con los genitivos hasta dar forma comprensible a un párrafo que normalmente debe sonar caótico. Y en la cumbre de la distracción estaba la Historia del Arte, aquellas fotos de remotos azulejos persas que representaban un desfile de arqueros o un león colorido, la Puerta de los Leones de Micenas, los bajorrelieves de carros y caballos mesopotámicos, el Partenón y el Hermes de Praxíteles, el auriga de Delfos, el Coliseo, el galo moribundo, los almocávares de la Alhambra… y como un gran descubrimiento, el prerrománico asturiano, una arquitectura asombrosa con arcos de herradura en puertas y ventanas antes de que los adoptaran los árabes. Santa María del Naranco era una de esas fotos que permanecieron como lugares que más tarde o más temprano había de tener ante mis ojos y tocar con mis manos.

Vista lateral de Santa María, con Oviedo al fondo.

Vista lateral de Santa María, con Oviedo al fondo.

He tardado, la verdad, pero por fin hace unos meses nos pudimos plantar ante esta cumbre del arte universal, espléndida en su sencillez de líneas pétreas, emocionante por la vibración que transmiten sus quietos sillares. Ya sabéis, aunque ahora es un monumento y durante mucho tiempo fue iglesia, en realidad fue concebida como pequeño palacio de descanso en sus cacerías por el rey asturiano Ramiro. Junto a estas estancias reales del siglo IX, de hecho, se encuentra la verdadera iglesia, San Miguel de Lillo, de la misma época. Su imagen era para mí uno de los principales reclamos del viaje a Asturias tan aplazado. Y en esta ocasión, no defraudó mis expectativas sentimentales. Entré en su alta nave superior y me reencontré con aquel sentimiento que esperaba expresarse desde Bachillerato. Me gustaron sus columnas con decoración helicoidal, sus medallones decorativos, el techo alto, su silueta esbelta, su aire ligero pese a lo pesado de sus piedras. Me pareció, como ya sospechaban mis gustos juveniles, una cumbre de la obra humana. Y no me pidáis opiniones de experto, no tengo más experiencia que la que han ido adquiriendo mis sentidos.

Vista trasera de la iglesia prerrománica.

Vista trasera de la iglesia prerrománica.

Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, además, están enmarcados en un paisaje espléndido, verdemente asturiano, casi sobrevolando Oviedo en la ladera sur del Monte Naranco. Junto a San Miguel, el terreno aparecía muy removido por los jabalíes en su busca de raíces, según nos explicó el atento guía que se pasaba el día subiendo y bajando entre los dos monumentos. El tiempo era muy húmedo como correspondía a los primeros días de enero, pero no llovía aunque constantemente amenazaba. En apenas una hora se visitan estos dos espacios que atestiguan un tiempo en el que casi toda la península estaba dominada por los musulmanes y sólo el norte sostenía la religión católica. Mucha historia entre pocos muros.

Vista del paisaje desde el pórtico frontal de Santa María.

Vista del paisaje desde el pórtico frontal de Santa María.

 

San Miguel de Lillo, la otra joya ovetense.

San Miguel de Lillo, la otra joya ovetense.

 

Oviedo, de paseo con amigos

Ulyfox | 4 de mayo de 2016 a las 13:12

De paseo con mi amigo Woody, en el centro de Oviedo.

De paseo con mi amigo Woody, en el centro de Oviedo.

 

Por encima de todo, Oviedo nos pareció una ciudad amiga. Entienda cada uno lo que entienda por amistad, lo que quiero decir es que es un lugar que se deja entrar. Tal vez sea entonces más apropiado decir que es una ciudad que se presta a ligar con ella. Limpia, paseable, con numerosos refugios donde reposar la caminata con cerveza, con vino o con sidra. Sin un papel en el suelo, lo que es lo mismo que decir civilizada y respetuosa. Con rincones donde saludar a amigos de toda la vida, como Woody Allen o Mafalda, genios universales y compañeros en tantos sentimientos, pasiones e indignaciones. Con una librería inmensamente acogedora, patria de todas las almas, como es la librería Cervantes, cuatro plantas de libros, documentos y eficacia en la gestión donde recuperar el amor por los libros que nunca se debe romper.

La Regenta pasea ante la Catedral de Oviedo.

La Regenta pasea ante la Catedral de Oviedo.

Fuimos a Asturias a primeros de año porque es uno de los pocos lugares a los que no habíamos viajado en España. Ya se sabe, la lejanía, el mal tiempo. Y claro que sí, todo eso nos encontramos, un larguísimo viaje en coche, aunque aprovechamos para hacer una gratísima parada en León en la que compartir un estupendo rato de cena y charla con dos amigos de viaje, Isabel y Santiago, a los que conocimos en Creta y lectores de nuestra guía. No hay que perder ninguna ocasión. Y claro que nos llovió, pero eso estaba en el programa,  y más si uno se planta en esas tierras en enero.

Acompañadas de la genial Mafalda, en el Campo de San Francisco.

Acompañadas de la genial Mafalda, en el Campo de San Francisco.

Lo bueno era el contacto con la gente, con los entornos, con su actividad, con sus costumbres tan compartidas, con su extraordinaria gastronomía. Va uno seguro de que todo le va a ir bien por ciudades así. Va uno envidioso de que las numerosas estatuas que se va encontrando a su paso estén perfectamente. Tiembla uno pensando qué le hubiera pasado a la colorida Mafalda, que todos los días duerme sola en su banco, en un lugar como este nuestro, tan desafortunadamente acostumbrado a que lo común se descuide. El personaje de Quino forma cola de visitantes para hacerse la foto con ella, como le pasa también a la representación de Woody Allen, que es a su vez representante de tantos de nosotros.

Patio interior de la plaza del Fontán.

Patio interior de la plaza del Fontán.

Parece Oviedo una ciudad rica, y seguramente lo es en una región rica, con sus librerías, sus premios Príncipe de Asturias, su Teatro Campoamor. Y da la impresión de ser culta. Con esa nos quedamos y de esa disfrutamos, simplemente paseando.

Premio a un recuerdo

Ulyfox | 10 de junio de 2015 a las 13:04

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

Le acaban de dar el premio Princesa de Asturias a un recuerdo mío. Dicen Leonardo Padura y viajo de pronto a un lugar que no tiene nada que ver con Cuba, ni con México ni con Rusia. Tiene más que ver con el Imperio romano. Fue una noche de otoño hace más de tres años cuando conocí a Padura, una noche en la que andaba vagando por Mérida en busca de una lectura que compensara mis olvidos. Entonces dimos con la librería Punto Aparte, abierta milagrosamente cerca de las nueve. Su amabilísima y dispuesta propietaria me recomendó El hombre que amaba a los perros, del ahora premiado, y nunca se lo agradeceré bastante. Porque ayudó en las noches de aquel viaje y porque me descubrió al autor. Un libro delicadísimo y a medias entre la ficción y la historia, con el asesinato de Trotsky de fondo, que en realidad es la vida de su asesino Ramón Mercader. Gracias a aquella librera por el libro, y al jurado del Princesa de Asturias por el recuerdo.

 

Un pequeño lugar fundamental

Ulyfox | 27 de mayo de 2015 a las 12:56

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Sí, la Historia, así con mayúsculas, muchas veces requiere de circunstancias, lugares o acontecimientos minúsculos. Me vienen a la mente sitios como el rincón lleno de maleza donde apareció la Venus en Milo; la habitación pequeña en la que nació Isabel la Católica, el teatrito isleño donde empezaron las Cortes, una colina ateniense que alumbró la democracia, la imprenta donde se editó el Quijote en Madrid, la casita donde nació Kafka en Praga, una roca en Quíos donde supuestamente enseñaba Homero, la plaza de La Bastilla en París, el aula donde enseñaba Machado en Baeza, o esa cueva en Patmos donde San Juan alucinó tanto que escribió el Apocalipsis…

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

Nosotros hemos conocido, hace sólo unos días (bueno, Penélope ya lo conocía) uno de esos lugares pequeños donde ocurren cosas fundamentales: La Rábida. Ya lo sabéis todos, ese convento franciscano donde Cristóbal Colón encontró refugio para su cansancio y sus ideas en los brazos y las mentes entregadas de sus moradores, que al final fueron sus principales valedores, con Antonio de Marchena a la cabeza, para que pudiera convencer a los Reyes Católicos con sus no tan locas ideas acerca de las Indias, la redondez de la tierra y esos viajes fantásticos a mundos sólo imaginados.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El lugar está cuidado, muy cuidado, y rebosante de sensaciones. Tal vez demasiado limpio para que el visitante pueda sentir el paso y el peso de la historia. Alguna telaraña evocadora, alguna losa desgastada que evocara cansados o pertinaces paseos, alguna huella de humedad venida de la imponente marisma o traída en alguna de las carabelas de allende los mares, algún desconchón en las blancas o rosas paredes, por no hablar de algún aroma de cocina de puchero conventual, le vendrían bien al propósito de situar al visitante en aquel momento crucial de la historia de España y del mundo. Sí queda en cambio claro que aquella gesta increíble, grandiosa, comparable a pocas en el devenir de las relaciones planetarias, tuvo su origen en un humilde rincón andaluz, de cal, ladrillo y canto, como uniendo todas las culturas que en la península habitaron. No hay allí, ni lo había, lujos ni grandes salones regios. Tampoco los había en todo el Reino, aún heredero de una pobre alcurnia castellana y antes de que los oros de América inundaran este lado del Atlántico. El monasterio se puede visitar casi como el que visita un cortijo, con dos sencillos y hermosos claustros, que aquí es solo el pomposo nombre que los monjes dan a sus patios. La audioguía que te dan con la entrada te ambienta con su música antigua y te ayuda a comprender el momento histórico, y todo transcurre plácido, como un cuento que sabemos que no tuvo un final feliz.

 

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Me gustaron especialmente los claustros (siempre me enamoran estos espacios abiertos pero cerrados, debe de ser el alma de monje no consumado que me acompaña) y el emplazamiento en la colina, sobre las marismas, como un símbolo inevitable de encuentro y partida de horizontes abiertos. No me emocionarion los frescos del pintor Daniel Vázquez Díaz. Al exterior quizá le sobra el aire conmemorativo que se le ha querido dar, incluyendo esa columna tan alta. Tal vez habría sido más acertado acentuar lo pequeño, o más bien la paradoja que supone que algo tan grande viniera a ser concebido en este rincón. Le pegaba más, creo yo, el espíritu poético de que el visitante tuviera que buscar el convento en un paraje humilde y escondido. Cosas mías.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

Luego, sí, cumplimos con el rito de visitar las tres carabelas, que no pueden quitarse de encima ese aspecto de réplica pero cumplen también su función didáctica y, por qué no, turística. El paisaje marismeño se ve a lo lejos perturbado por las evidencias industriales y portuarias, pero eso ya…

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

Qué se nos ha perdido en Huelva

Ulyfox | 20 de mayo de 2015 a las 13:50

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

 

La verdad es que pensábamos que nada se nos había perdido en Huelva. Es más, amigos y compañeros siempre nos han dicho que no nos perdemos nada, cuando hasta hace poco comentábamos que no habíamos estado nunca, que era de los pocos lugares que no conocíamos. Si acaso, de paso hacia Portugal, alguna parada en la Sierra, en una cafetería de autovía, hace tantísimos años en Ayamonte poco antes de tomar la barca para cruzar hacia Vilareal de Santo Antonio cuando era el único medio de hacerlo. Así que eso pensábamos también, que nada había que lamentar por no haber estado nunca en Huelva. Pero si os soy sincero, últimamente barruntaba que ciertos paisajes, ciertos horizontes de arenas y marismas me habrían de gustar, y, por supuesto, ciertos moluscos y crustáceos de fama mundial.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

 

Así que a este reclamo por fin decidimos acudir hace un par de semanas, y reservamos dos noches de hotel en Isla Cristina, que da nombre a pesquerías, conservas y especies marinas de prestigio. El objetivo gastronómico estaba claro. El Barceló Isla Cristina no nos decepcionó, si entendemos por esto que era justamente lo que esperábamos: un lugar pensado y realizado para vacaciones en familia, todo incluido con piscinas rebosantes, actuaciones toda la tarde y animación del tipo que no decaiga y que los niños no se aburran mientras los padres pueden vigilar desde sus mesas, o ni vigilar siquiera, que eso queda en manos de los animosos monitores. No precisamente indicado para nuestros gustos, pero apto por limpieza, servicios y ubicación. Olvídense del encanto.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Isla Cristina se nos reveló como un lugar conocido, como otros pueblos marineros de nuestra zona, pero con la fortuna de contar aún con una importante actividad pesquera. De hecho es la primera flota de Andalucía en su género. Y eso se agradece en las cocinas, en los bares y en los restaurantes. El casco urbano presenta la esperable anarquía del centro y la en cierta forma artificial ordenación de las afueras. Limpio, sí, y lleno de luz como corresponde a la Costa en la que está enclavado. Sus muelles sorprende por la acumulación de barcos con olor a faena. Paseamos un rato, pasando antes por la lejana y arenosa playa, en un paisaje de ríos, caños, esteros y salinas muy familiar para dos nativos de San Fernando. Desembocamos en la plaza de las Flores, pequeña, pueblerina y con niños jugando. Tomamos una cerveza en la terraza del Casino, con un espacio interior de aire antiguo claramente desaprovechado. La noche fue la búsqueda del producto local, y tenemos que decir que acertamos plenamente con la recomendación de una de las recepcionistas del hotel. No muy lejos, un restaurante sin muchas pretensiones, el Aqua, nos deleitó con unas gambas muy frescas, unas coquinas sabrosas aunque algo arenosas, y unas pijotas de hacerles reverencias. El buen vino del Condado, en este caso Marieta, acompañó todo a la perfección. Excelente.

En el muelle de la Isla del Moral.

En el muelle de la Isla del Moral.

La mañana del segundo día tuvo un objetivo casi idéntico: a la búsqueda de mojama y atún de la conservera local Usisa y un salto a mediodía hacia la Isla del Moral, un poblado de pescadores al otro lado del río Carreras, un agradable paseo que se hace a bordo de un gracioso barco de nombre más bien pretencioso: ‘Ferry’ El Pelón. En diez minutos estábamos en el otro lado. Con calor y a pie nos acercamos al poblado, un conjunto de casas y restaurantes de pescados. Esta vez cayó un arroz caldoso a la marinera, con un preludio de las inevitables y amistosas coquinas (gordas y fresquísimas) y una pimentá con melva. Más vino del Condado y más gracias a la vida por la comida a un precio más que aceptable en El Chiringuito III.

Regreso y conversación en el 'ferry' el Pelón.

Regreso y conversación en el ‘ferry’ el Pelón.

La vuelta dio para una animada aunque resignadamente tópica conversación sobre esa situación que Rajoy no ve con uno de los pasajeros, camarero de uno de los chiringuitos, de regreso a su casa tras la faena, y que también le pega al flamenquito y al Carnaval.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

El día acabó sin más historia con una cena en el bar Cristina, a base de ya imagináis qué. Y con la conclusión de que, desde luego, sí nos habíamos estado perdiendo algo por no conocer Huelva. Quién sabe, es probable que repitamos con algún otro pueblo no muy tarde. Por si hubiera algo más que pudiéramos encontrar sin haberlo perdido.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

 

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

La causa de tanta riqueza.

La causa de tanta riqueza.

Un paseo nutritivo e instructivo

Ulyfox | 28 de marzo de 2015 a las 19:17

 

Ante el Puente Colgante de Portugalete.

Ante el Puente Colgante de Portugalete.

Llovió pero no mucho, no mucho para lo que se supone que es el País Vasco. Sí, por momentos el paseo se vio azotado por el viento y la lluvia, pero pasó pronto. No era desde Santurce a Bilbao, pero sí por toda la orilla anduvimos desde Portugalete hasta Algorta, comprobando que el primero tiene un casco antiguo pequeño y con sabor, que “no hay en el mundo puente colgante más elegante que el de Bilbao, porque lo han hecho los bilbainicos que son muy ricos y resalaos”, según aprendí de pequeño en una película muy triste que creo que se llamaba El otro árbol de Guernica. El puente de Portugalete, que permite salvar elegantemente la ría en su barca suspendida, es patrimonio de la humanidad, y me parece que merece serlo, con su estampa férrea, industrial y ciertamente airosa.

Arriba y abajo, dos panorámicas del Puente.

Panorámica del Puente.

En la barca cruzamos hasta Las Arenas, que como a muchos supongo me suena a equipo señero de fútbol. Y nos pusimos a pasear, como nos habían recomendado muchos de nuestros conocidos, siguiendo la orilla, pasando por Getxo, con su borde marítimo lleno de casonas veraniegas de la gran burguesía financiera y comercial de finales del siglo XIX y principios del XX, elevadas a su máximo esplendor llegando a Neguri, ese barrio con aire inglés por el que debieron andar en aquel tiempo mayordomos, ayudas de cámara, jardineros y chóferes a centenares. No importaba que lloviznara, cesó muy pronto.

Las mansiones de Getxo frente al mar.

Las mansiones de Getxo frente al mar.

A cada trecho, en el paseo, pequeños paneles describen las características e historias de las residencias más señaladas, muchas de ellas con aire de castillo o palacio. Resulta una caminata la mar de instructiva. Nosotros, además, íbamos con el destino fijo de almorzar en el puerto viejo de Algorta, donde nuestros amigos y anfitriones vascos nos habían recomendado recalar a la hora de comer. “Hay muy buenos sitios, pero si podéis id a Casa Carola, Karola Etxea”, nos encareció Verónica. Claro, no la íbamos a desobedecer, aunque antes nos propinamos un txakolí con pintxo en una taberna junto a las barcas.

El esplendor antiguo de las mansiones de Neguri.

El esplendor antiguo de las mansiones de Neguri.

Más ejemplos de una burguesía de verdad.

Más ejemplos de una burguesía de verdad.

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Subiendo un poco las cuestas del puerto viejo por el acantilado encontramos el restaurante. Precioso interior en azul y manteles blancos, y grandiosa carta de pescado y marisco. Nos regalamos un txangurro de categoría, cocinado con arte, unas almejas gordas y sabrosas, un calamar en su tinta dulce como la vida en vacaciones y unas cocochas de bacalao con su pilpil justo, no bañadas. Cedimos a la tentación y repetimos estas últimas, las mejores que hemos comido, exquisitas y suaves. No fue barato, no podía serlo, pero el placer no tiene precio.

Calles del puerto viejo de Algorta.

Calles del puerto viejo de Algorta.

Un extraordinario almuerzo en el Karola Etxea.

Un extraordinario almuerzo en el Karola Etxea.

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Vascos y sus cosas

Ulyfox | 26 de marzo de 2015 a las 14:13

El rito de la sidrería.

El rito de la sidrería.

No éramos una reunión común, no formábamos un grupo de excursionistas. Era más bien una de las convocatorias más singulares a las que he acudido en mi vida, una experiencia única. Nuestro amigo lo definió diciendo que haber estado allí era como un privilegio. No sé si nos encontramos un compendio del País Vasco, pero desde mi punto de vista era lo más parecido a eso que podíamos esperar.

Volvíamos a Bilbao antes de que pasara un año de nuestra primera y única visita. Quién nos lo iba a decir. Tantos años aplazándolo, tanto tiempo diciendo que casi lo único que nos quedaba por visitar de España era la tierra vasca (ahora ya sólo está pendiente Asturias) y en el corto espacio que va desde mayo pasado a este marzo ya hemos estado dos veces. Naturalmente, no fueron sólo el ambiente de la capital vasca, su arquitectura ni su gastronomía, que por supuesto que sí, lo que nos llamó de vuelta. Ya lo he dicho muchas veces: fue sobre todo esa cuadrilla que integramos en una noche de sábado entre potes, barras y risas. Y además, esta vez Verónica, Joseba, su familia y sus amigos nos tenían preparada una, o mejor varias sorpresas.

El lluvioso y peculiar sábado empezó a una hora y media de coche de Bilbao, en el cogollo de la comarca de El Goierri, lo que nuestros propios anfitriones llamaban la “Guipúzcoa profunda” y, más jocosamente, “el corazón de Giputxilandia”. Una comarca verde a la vista, pero en realidad verde, blanco y rojo, los colores de la ikurriña y del sentimiento nacionalista, en el corazón. Estábamos en Lazkao, que en castellano se conoce más por una denominación que sólo nos suena como apellido: Lazcano. Allí están el Archivo de Lazkao y su extraordinario creador, recopilador y cuidador, el benedictino Juan José Agirre. Nos había hablado Verónica con entusiasmo de este personaje, alto, todavía espigado y muy ágil a sus más de ochenta años, que con una pasión propia de vasco y una rigurosidad y paciencia de monje ha logrado reunir todo lo reunible sobre la historia de la Transición en el País Vasco. Y al decir todo queremos decir papeles, folletos, panfletos, carteles, comunicados, fotografías, libros… todo lo que circulaba por Euskadi en aquellos años ilusionantes, trágicos, alegres y tristes en los que el país tuvo un parto aún más doloroso de lo que se nos ha contado para dar a luz a la democracia.

Juanjo Agirre da explicaciones sobre uno de los incunables guardados en el Archivo de Lazkao.

Juanjo Agirre da explicaciones sobre uno de los incunables guardados en el Archivo de Lazkao.

En el Archivo nos reunimos de pronto y conforme íbamos llegando, cuatro gaditanos y 19 vascos. Y entre estos, la muestra demográfica improvisada: la viuda y la hija de un periodista asesinado por ETA; un ex etarra reinsertado; un ex gobernador civil de Vizcaya con el PSOE; la hermana de José Antonio Zabala, uno de los tristes protagonistas del ‘caso Lasa y Zabala'; un alto cargo de la Ertzaintza y una miembro importante del cuerpo; varios periodistas, entre los que estaban los antiguos directores del nacionalista Deia y de los ‘abertzales’ Egin, Gara y Egunkaria, considerados estrechamente vinculados a lo que los más exquisitos llamaban el “entorno de ETA”, cien veces perseguidos por la justicia; una encantadora y animosa pareja con caserío, encargada de buscar todos los años una sidrería para remojar el encuentro, y cuatro españoles venidos de Cádiz. Creo que sólo faltaba una pareja de guardias civiles para completar una película que, visto el reparto, podía desembocar tanto en una comedia satírica como en un drama de fondo político. Aunque Verónica nos había adelantado algo en conversaciones telefónicas, no dejaba yo de sentir cierta tensión y expectación interior, que se debatía entre las ganas de preguntar y una quizá malentendida discreción ¿Para qué nos habíamos reunido, para hablar o para no hablar de “eso”? ¿Qué era más adecuado, preguntar sobre el hermano torturado, sobre el padre asesinado, sobre sus sentimientos a un criminal condenado, o dejar que el circunloquio educado llevara al tema?

Ese era mi cacao mental mientras Juanjo, como le llamamos desde el principio, nos enseñaba las maravillas antiguas que atesora su archivo a la vez que nos iba rodeando todo con su discurso de recopilador de huellas del conflicto, del nacionalismo y de la Transición, mientras contaba entre mediasbromas cómo el juez Garzón lo quiso relacionar con la red de apoyo a ETA, y la visita que le hicieron 15 hombres “de paisano”, cuando él -decía- lo único que hacía era limitarse a recoger papeles de todo signo. Lo cierto es que Lazkao guarda, gracias a él y a su paciencia insistente, cientos de miles, seguramente millones de documentos, y que escritos en ellos debe estar la historia diversa de una época crucial y aún no terminada. Muchos de ellos, como los de Juan María Bandrés, están allí, pero prohibidos a la vista aún por su carácter delicado. Sí pudimos ver el primer comunicado de ETA y su libro blanco fundacional, e intuir muchos más, miles de carteles, revistas, periódicos, documentación de partidos, asociaciones, gestoras, grupos… todo lo que bullía en tres provincias pequeñas, antiguas y mecidas por el odio y la esperanza de todos y por el enfrentamiento y el compañerismo no sé si a partes iguales.

A esas alturas, lo que se había estado gestando desde hacía meses como un encuentro de sidra y chuletón, con correos y llamadas telefónicas que viajaban del norte al sur, tenía visos de ir a convertirse en algo más y muy diferente. La delicia estaba en escuchar a Juanjo hablar de su trabajo y sus incunables, en tocar alegremente y sin precauciones libros con cientos de años, vivas demostraciones de que el papel no ha muerto. Así transcurría la visita. Pero incluso el dominico locuaz de fuerte acento y hablar disperso se puso serio cuando nos llevó a una dependencia pequeña repleta de libros, con una mesita en el centro. En torno a ella nos apretamos los integrantes del heterogéneo grupo. Encima había un cofre de madera con la tapa labrada con un laubur, esa especie de svástica curva que se ve en muchos lugares del País Vasco, y dentro de ella otra cajita. El fraile explicó, con su dosis de misterio, la historia del paquete, y mostró su contenido: guardaba los casquillos de las balas que mataron a Juan Paredes Manot, alias Txiki, uno de los cinco últimos terroristas fusilados por el régimen de Franco en septiembre de 1975, apenas dos meses antes de la muerte del dictador. Venían con un escrito de la abogada del etarra, que certificaba la procedencia de esos casquillos, fotos y algunos documentos más. A mí me vino en seguida a la cabeza la canción Al alba de Luis Eduardo Aute, compuesta con ese motivo. No sé si fue lo más adecuado que fuera la hermana de Zabala la que leyera el certificado de la abogada en ese momento en voz alta para todos. Seguramente Juanjo no se dio cuenta cuando le dio el papel para que lo recitara. Un segundo de estremecimiento al menos recorrió la habitación débilmente iluminada. Diría que sólo se oyó en ese momento la fuerte lluvia que caía afuera. Y, ahora, pasados unos días, rememorando aquella escena con un cura, un convento y un cofre misterioso, me pregunto cuánto había en ella de veneración de aquellos mortíferos objetos como reliquia de mártir.

Las últimas balas del franquismo.

Las últimas balas del franquismo.

No sé si fue un exorcismo o algún tipo de ritual, pero a partir de ahí la visita volvió al modo cultural y el dominico octogenario de nariz aguileña se apresuró (y esto es literal, no imagináis como ese hombre corría por los pasillos) a mostrarnos varios incunables, libros censurados por la inquisición, tesoros cartográficos, un cantoral con las hojas hechas de piel de oveja (“hizo falta un rebaño para fabricarlo” contó expresivamente), y por último su joya personal, un libro hecho por él mismo, en los cinco idiomas de la Península, castellano, catalán, euskera, gallego y portugués, e iluminado a mano con miniaturas hechas al modo medieval: en esta obra maestra de paciencia y tiempo libre Juanjo ha escrito la regla de la orden dominica, las normas presididas por el gran lema de San Bernardo: ora et labora, reza y trabaja.

El orgullo de Juanjo, su obra.

El orgullo de Juanjo, su obra.

Vino después la sidrería, el motivo original de nuestro viaje, ya todos con hambre y ganas de beber. Todo eso había que remojarlo y quizá rumiarlo. El lagar, Sidrería Urbitarte, en Ataun, era una especie de gran chozo en medio del monte, al lado de una carretera que transcurría entre prados, caseríos y ovejas muy lanudas, aplicadas a su manera en las labores previas de fabricación del fabuloso queso Idiazábal. Llegamos y ya había gente haciendo cola ante los tanques de sidra, aguantando el sirimiri. Dentro, varios grupos sentados en mesas alargadas. Nos pusieron en mesas separadas, y empezó la fiesta. Había que levantarse a empezar a beber. El rito es el siguiente: alguien abre el grifo de la kupela (los barriles o botas) y al final del chorro se coloca el vaso. Hay que procurar que el chorro golpee contra las paredes del vaso, se llena poca cantidad y se bebe de un trago. Si queda algo, se tira al suelo y se sigue la ronda. Así, cuantas veces quieras. De vez en cuando, los encargados del local gritan ¡txotx! que es algo así como el aviso de que va a abrir alguna kupela exclusiva, y entonces todo el personal se levanta hasta ese tanque. Tiene su gracia.

Algo espectacular!

Algo espectacular!

Tres de los gaditanos que dieron cuenta de la txuleta vasca.

Tres de los gaditanos que dieron cuenta de la txuleta vasca.

El menú de sidrería es siempre el mismo, con un precio por persona y pudiendo repetir las veces que quieras: tortilla de bacalao, bacalao frito con pimientos y chuleta, que aquí llamaríamos chuletón y que en esta ocasión era la carne más sabrosa que he probado en mi vida, de por lo menos cinco centímetros de grosor, hecha en su punto perfecto de cocción, quemadita por fuera, una maravilla. De postre, queso Idiazábal  de allí al lado con membrillo y nueces. Al parecer, esta costumbre de las sidrerías no es muy antigua, y antes sólo la practicaban los comerciantes de sidra en la temporada de elaboración, cuando acudían a los lagares a probar la sidra de temporada, de enero a marzo, y se llevaban algo de comer para acompañar esta sin duda ingrata tarea. Ahora, hay excursiones masivas los fines de semana de todo el País Vasco a las sidrerías, sobre todo a las guipuzcoanas, las mejores por tradición. Comimos muy bien. A mi lado, aunque separados por el ex gobernador civil, no sé si como involuntario intermediario, se sentó el ex etarra. No hubo forma de entablar conversación con él. Respondía con frases cortas y parecía ido, contó que se dedicaba a los maratones. Me enteré por el intermediario de que tenía dos asesinatos a sus espaldas, 24 años de cárcel y un arrepentimiento al menos oficial que le ha permitido salir de la cárcel no hace mucho y tener un trabajo, que ha entrado en un programa de encuentros de reconciliación con víctimas y que incluso se ha hecho amigo de verdad de una de ellas. Es más, buena parte de toda aquella reunión en la que participábamos parecía ser parte de ese programa de reconciliación, como una especie de terapia de grupo no se sabe si oficial o personal, una ceremonia que nació hace años, y que ni siquiera sé si se puede contar.

Dos seglares y un cura compatiendo sidrería.

Dos seglares y un cura compatiendo sidrería.

En realidad, luego se pudo comprobar en el larguísimo epílogo de la comida, con las copas en la mano, todos parecían necesitar hablar de eso, eso sí, de buen ánimo. Me dio la impresión de que no han podido superar aún lo que ellos mismos llaman los años de plomo, tantos miles de días conviviendo con un terror que llegó a parecerles normal pero que les persigue, tanta defensa de un nacionalismo que sienten incomprendido desde fuera. Debe de ser todo muy complicado, doloroso y esquizofrénico, en un hábitat pequeño en el que absolutamente todo el mundo es o conoce, o comparte amistad o sangre, o simplemente vecindario y mercado, colegio de los niños, con un verdugo o una víctima, cómplice o colega, encubridor o delator, y en el que tenían y tienen que seguir viviendo. El policía no podía entender que en Andalucía no hubiera ni asomo de nacionalismo ni, por supuesto, ganas de defender ese ideal hecho de cromosomas, tradiciones, paisajes, solidaridades, afrentas e himnos. Es un conversador magistral y apasionado. Le dije que existía incluso la posibilidad de convencerme si empleaba como arma sólo las palabras. “Puedes cachearme, si quieres”, me respondió con una sorna desarmante. No llegamos a un acuerdo porque por mi parte no había siquiera desacuerdo, yo, que tengo mi patria repartida, como mi corazón, entre tantos sitios. Y uno de ellos es desde hace poco esa Euskadi, la de gente apasionada y acogedora, de paisaje verde y civilizado, la que nunca, creo, debió disparar ni justificar o por lo menos tuvo que parar mucho antes de hacerlo. Pude ver en esa reunión que ahora están intentando una reconciliación entre ellos, los más dañados, que aún están curando sus heridas.

Un poco antes, en la sidrería, ante tanta controversia, yo terminé prefiriendo entablar animada conversación con el dueño, un enorme Demetrio Terradillos que nos dio a probar su selección personal del afrutado líquido, con un reconocible aroma y sabor a manzana, y nos contó que todos los años viene a Sanlúcar.

¿Volvería? Sí, porque me gusta la gente, sus historias y sus secretos. Sobre todo, éstos, y me quedaron un montón por desvelar. Me provocan unas ganas enormes de conocerlos, pero aún no sé qué pintábamos allí los cuatro gaditanos. Tal vez éramos invitados de honor, honrados por la extraordinaria amabilidad de Verónica, tal vez sólo espectadores privilegiados, o bien, quién sabe, actores secundarios pero imprescindibles para una trama que está ahora en su nudo más difícil y que ojalá alumbre un desenlace feliz.

Y  veréis otra igual y diferente manera, con el corazón a borbotones y el lenguaje magistral, de ver aquel día si pincháis aquí:

http://www.lobeli.net/os-acordais-de-la-entrada-del-etarra-y-el-viaje-a-bilbao/

La llamada

Ulyfox | 8 de marzo de 2015 a las 13:03

Interior de La Alhóndiga de Bilbao.

Interior de La Alhóndiga de Bilbao.

 

Esta vez no iremos tan lejos, pero iremos. Este viaje que emprenderemos pronto es en realidad una continuación de otro, pertenece a la serie que nos gusta, la de los trayectos que una vez realizados dan ganas de repetirlo, los que te dejan con ganas de más. Es decir, que volvemos a Bilbao, respondiendo a la llamada y cumpliendo el compromiso que sellamos entre txakolís y cervezas hace menos de un año. La cuadrilla de animosos y divertidos que nos acogió con tanto cariño nos comprometió a volver, a realizar la visita a la sidrería de Lazkao, lo que nos quedó por cumplir, y allá que vamos, a cumplir con lo pactado como si nosotros mismos fuéramos vascos. Serán solo algo más que un par de días, apenas nada, quizá, seguro, sólo por el ansia de respirar otro aire, por la necesidad de beber otras aguas y oír otros acentos, estrechar otras manos o juntar otras mejillas. Es decir, la causa de donde nace toda gana de viajar.

En la ría, junto al Casco Viejo y frente al Mercado.

En la ría, junto al Casco Viejo y frente al Mercado.

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Será por apoyarnos en otras barras y subir y bajar otros puertos, pero sobre todo es porque tenemos ganas de verlos, a ellos, a la cuadrilla, un grupo humano tan diverso y divertido, que viene de la misma raíz o si no, debería. Y sí, claro, recorreremos de nuevo las calles viejas y nuevas, antiguas y futuras del Bilbao que nos encantó, a lo mejor buscamos un muelle donde sentarnos o anclamos frente a unos pintxos. El caso es navegar con un refugio seguro siempre al alcance. O no.

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No nos había ocurrido nunca hacer tantos amigos de pronto, en una noche, como nos pasó en la capital vizcaína. Excepto en alguna isla griega. Quién hubiera tal ventura siempre. Personas tan distantes y distintas acercadas por mor de la risa franca. Ya veis, la esquina más luminosa puede aparecer al doblar cualquier calle. Por eso no hay que dejar de andar. Quién es capaz de pronunciar con seguridad la frase ‘como en casa en ningún lado’ sin haber explorado el inmenso poliedro mundial. A veces, sólo con salir a la calle con los ojos abiertos basta.

Un estupendo lugar para comer.

Un estupendo lugar para comer.

Por todo eso, Bilbao otra vez. Y esta vez con dos grandes amigos de lo propio y lo ajeno. Y lo veremos para contarlo, desde las animadas y gastronómicas Siete Calles hasta el Guggenheim.

Las calzadas de Mallona, casco Viejo.

Las calzadas de Mallona, casco Viejo.

En el Portal de Zamudio, centro de las Siete Calles.

En el Portal de Zamudio, centro de las Siete Calles.

Celebración capital

Ulyfox | 29 de octubre de 2014 a las 2:01

La Gran Vía, y debajo, la plaza de Callao y la calle Princesa.

La Gran Vía, y debajo, la plaza de Callao y la calle Princesa.

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Ha sido con un motivo lleno de 30 razones, una por año, al menos, un aniversario, 30 causas que celebrar, ya sabéis. Y nos fuimos a Madrid el fin de semana. Siempre nos ha gustado la capital, desde aquellos lejanos años de carrera, aquellos jardines de la Complutense que no he vuelto a visitar. Muchas veces es Madrid una parada de horas para nuestros viajes, muchas veces ha sido estancia corta, lo suficiente para ver a los amigos y repasear antiguos pasos, asombrarnos de los cambios, perdernos en las calles que yo creía conocer después de cinco años de estudios. Mucha gente prefiere Barcelona, y sin embargo yo me siento comodísimo en Madrid.

No sé si sabéis qué plaza es esta.

No sé si sabéis qué plaza es esta.

Y nos fuimos a Madrid, a homenajearnos y homenajearla con lo más genuino. Intentamos un restaurante moderno y premiado, Diverxo, imposible por las reservas. Y nos dijimos ¿qué nos apetece en realidad? y nos contestamos: un buen cocido madrileño. Ahí apareció la taberna La Bola como recomendación de experto tan reputado como Peluso y corroboración de quienes viven allí desde siempre.

El Hotel Victoria, entre las plazas del Ángel y de Santa Ana.

El Hotel Reina Victoria, entre las plazas del Ángel y de Santa Ana.

Una colorida Plaza del Ángel.

Una colorida Plaza del Ángel.

Es tan fácil llegar a Madrid ahora en tren… recordé aquellos viejos tiempos de expresos y rápidos de doce horas. Ahora te plantas en el centro en poco más de tres horas y media, y con una gran calidad de asientos. Apenas el rato de repasar el periódico, echar una cabezadita y tomar algo y apareces en la siempre sorprendente Glorieta de Atocha, antaño gris de scalextric y abandono, hoy espléndidamente abierta y casi acogedora. Observé con cierta extraña alegría que el Ministerio de Agricultura, el Hotel Mediodía e incluso el Hospital ahora Museo Reina Sofía tienen ahora colores y claros. Me alegré al comprobar la supervivencia de El Brillante, de sus bocadillos y sus sándwiches que tantas cenas proveyeron, aunque se han producido las evitables muertes del bar Iris y el Agustín (inolvidables morcillas de arroz para el hambre de estudiante). Casi, casi como si fuera ayer en la noche de ese viernes contemporáneo.

Aquí se imprimió por primera vez el Quijote. Un respeto.

Aquí se imprimió por primera vez el Quijote. Un respeto.

Llegamos de noche, a un Hotel Paseo del Arte ( http://www.hotelpaseodelartemadrid.com/ ) abarrotado. Bastante bien. Enfilamos, como tantas lejanas veces, calle Atocha arriba, para entre las demasiadas tiendas asiáticas nuevas, reconocer aún la ornamentada placa que conmemora que en aquella casa de la esquina estuvo la imprenta donde se hizo la primera edición del Quijote. Reverencia. Arriba, plaza del Ángel del Café Central, plaza de Santa Ana de cervecerías rebosantes y recuerdos toreros, excelente Natural Beer, asombro por la abundancia, el Teatro Español con caras célebres en sus carteles. Y luego paseo por plaza Mayor en busca del Mercado de San Miguel, centro gastronómico que nos pareció, aun su fama, bastante artificial, un poco rota la huella en mi memoria de su arquitectura de hierro decimonónica en mis deambulares estudiantiles por el barrio de los Austrias, entonces todavía un Madrid en el que se podía respirar el aire zarzuelero o galdosiano. Fue la primera noche.

Las limpias fachadas ahora de la calle Arenal.

Las limpias fachadas ahora de la calle Arenal.

El Palacio de Oriente...

El Palacio de Oriente…

Escena en la plaza de Oriente...

Escena en la plaza de Oriente…

La plaza de la Villa...

La plaza de la Villa…

El sábado era el día. Primer turno en La Bola, es decir a la una y media de la tarde. Con tiempo para repasar antes, a la luminosa luz de este otoño, lo que entrevimos de noche. Con un desvío al Callejón del Gato a mirarnos en los espejos deformantes donde el Valle Inclán que me acompañó en Madrid vio nacer el esperpento con los ojos de Max Estrella. Que ya no son los mismos espejos, pero nos valen también para la reverencia. Con una extensión a la zona de Ópera y Palacio de Oriente, peatonalizados y tomados por los viandantes ociosos y los artistas o vividores urbanos. Aire de gran ciudad con tono amable.

El homenaje esperpéntico a Valle Inclán en los espejos del Callejón del Gato.

El homenaje esperpéntico a Valle Inclán en los espejos del Callejón del Gato.

Azulejos en las tabernas del centro.

Azulejos en las tabernas del centro.

Es La Bola ( http://www.labola.es/  ) una taberna centenaria, bella de fachada roja e interior de maderas oscuras, con camareros en blanco y negro, bien alimentados y discretamente chistosos, expertos en servir y explicar la forma de comer el cocido, sabroso y recordable, en sus tres vueltas: la sopa, los garbanzos con repollo, y la carne, con sus salsas y su ritual lento. El establecimiento ofrece una interesante posibilidad, la de pedir cocidos individuales en olla, así que nos permitimos pedir aparte un arroz a la madrileña, que no es sino este cereal hecho en el caldo y con la carne del cocido. Y lo mejor que se puede decir es que no sabemos si estaba mejor el arroz o el plato primitivo. Dos horas de disfrute tradicional, con un vino tinto de la casa bastante agradable, sus cafés, su sorbete y su aguardiente final por cuenta de la casa, por un precio muy arreglado. Os lo recomiendo desde ya como fuente de inagotables recuerdos. Me hablaron también de otro sitio, Malacatín, pero ya os digo que es imposible coger un sábado de aquí a febrero.

Ante uno de los templos del cocido madrileño.

Ante uno de los templos del cocido madrileño.

Disfrutando dentro de La Bola.

Disfrutando dentro de La Bola.

La Bola, una hermosa taberna madrileña.

La Bola, una hermosa taberna madrileña.

Lo recomendable después de esto dicen que es una siesta, pero preferimos no caer en la tentación ni librarnos del mal, y para reposar el banquete nos metimos en un cine de Callao (estupenda ‘Relatos salvajes’), y luego paseamos por la calle Preciados, Puerta del Sol, aún tuvimos ganas de merendar churros en la agigantada Churrería San Ginés… sólo nos faltó acudir al espectáculo de Lina Morgan para cumplir con el decálogo del antiguo provinciano que visitaba la capital. Disfrutamos, qué queréis que os digamos. Como lo seguimos haciendo cuando esa noche nos reunimos con amigos eternos, viejos camaradas de la Facultad por cuyas risas no pasan los años como los calendarios no muerden nuestras ganas de vernos, contarnos, asombrarnos, relatarnos, abrazarnos ni planear futuros encuentros. Por los siglos de los siglos.

Al cine en Callao.

Al cine en Callao.

Churros en San Ginés.

Churros en San Ginés.

Y sí, fuimos al Prado para despedirnos de Madrid al día siguiente, para saludar también a El Bosco, a Velázquez, a Goya… para seguir echándolos de menos en nuestro duro invierno de esta tierra eternamente aprendiza y muchas veces ignorantemente arrogante.

Despedida con arte, en El Prado.

Despedida con arte, en El Prado.

 

Idas y vueltas

Ulyfox | 9 de junio de 2014 a las 13:33

La escultura 'Gure aitaren etxea' de Chillida, en Guernica.

La escultura ‘Gure aitaren etxea’ de Chillida, en Guernica.

Por lo que se ve, y según defiendo, la gente se parece en todos los sitios, se ríe con cosas muy similares y sufre cuando se les hace daño en según qué partes. Si la gente se reúne, suele acabar charlando y soltando bromas, o canciones, o preguntándose por la familia o haciendo planes o criticando a otros, ya sea esto en Creta, Andalucía, Italia o el País Vasco. Así que no me extraña que un grupo de vascos haya decidido crear una página que es una empresa y una nueva región universal llamada Euskádiz: http://www.euskadiz.com/

Le debemos a uno de sus creadores, el despierto Antxon, ese hombre cuya mirada por encima de su bigote parece estar siempre tomando partida, analizando y buscando respuestas, muchas de las buenas pistas que seguimos en nuestra reciente visita a Bilbao y San Sebastián. Él, junto con sus socios, se ha empeñado en materializar, en hacer patente el puente que desde hace siglos existe entre nuestra tierra y la suya, y que quizá se evidencie en las mismas ganas de reír, de comer y de tolerarse. Así, organizan viajes de ida y vuelta, montan excursiones y preparan convivencias entre gentes del Norte y del Sur, doblando el mapa metafóricamente para que Cádiz y Euskadi no dejen nunca de tocarse. Les oigo y me identifico con ellos, y por eso me dio tanto gusto decirles, la última vez que los vi, que nos había encantado su tierra, y que habíamos disfrutado con su gente, con ellos, que en sólo una tarde habíamos hecho un grupo de amigos, habíamos logrado tener cuadrilla en Bilbao ¿Dónde están los tópicos que dicen que la gente del norte es más reservada? Nos bastaron esas horas en Bilbao, como nos han bastado dos ratos en Cádiz con Antxon para desmontarlos. Así que a partir de ahora, esta página, este espíritu quedan enlazados desde este modesto blog ¡Aupa!

Y eskerrik asko!