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La lluvia en vacaciones

Ulyfox | 13 de febrero de 2015 a las 13:32

Nubes negras sobre Mykonos.

Nubes negras sobre Mykonos.

 

Dicen que el invierno también es bonito. Que la lluvia es romántica (yo creo que sólo en Midnight in Paris de Woody Allen) y que el frío tiene su encanto. No logro sentir la emoción de ese supuesto encanto invernal. Concedo la sorpresa infantil que nos provoca la nieve, sobre todo a los que no podemos verla más que en películas o en viajes, dos formas de fantasía. Pero para mí la vida humana plena nació con el calorcito, o en todo caso con la suave templanza de la primavera, que a fin de cuentas es la esperanza del buen tiempo. No en vano la civilización occidental nació en aquel rincón cálido del Mediterráneo extendido hacia el Oriente. Y por eso, tal vez, el ser humano empezó a serlo en África.

La lluvia sobre el puerto de Mykonos.

La lluvia sobre el puerto de Mykonos.

Por eso, el mal tiempo en vacaciones tiene ese punto de mala suerte, de inesperado paréntesis en el disfrute. Lo soportamos porque al ocurrir en verano siempre esperamos que sea una cosa pasajera, y que el sol termine reclamando, y conquistando su territorio natural. En esas ocasiones, hasta le podemos encontrar su mijita de gracia, con los turistas en chanclas y ropa ligera corriendo sorprendidos por el agua y el viento fresco. Estas pasadas vacaciones de septiembre, un mes propicio a que el invierno haga incursiones preparatorias, la lluvia, y en algunos casos un inesperado frío, nos visitó en casi todas las etapas del viaje a nuestro lado oriental de Europa, por otra parte bendecido con un buen tiempo en general. Nos ocurrió en la sorprendente y de moda Milos, nos volvió a ocurrir de manera torrencial en el Este de Creta, en el paraíso de Kato Zakros cuando estábamos en la playa. Christóforos, el jovial dueño de la maravillosa taberna Nostos, nos aseguró que hacía 17 años que no llovía de esa manera.

Pero en Mykonos la belleza siempre vence.

Pero en Mykonos la belleza siempre vence.

Era más normal en Estambul, tan visitada por la lluvia, donde el agua insistente en los dos últimos días nos fastidió dos veces una prevista visita al lado asiático de la impresionante ciudad. Pero le encontramos también la belleza a la silueta humedecida de la Mezquita Azul, y agradecimos más el tranquilo refugio del Museo de los Mosaicos, y el descubrimiento del vecino y precioso barrio de Cankurtaran, con sus casas de madera y colores, casi un barrio suizo o nórdico.

El inusitado chaparrón en Kato Zakros.

El inusitado chaparrón en Kato Zakros.

Sólo en la preciosa y blanca isla de Paros el cielo permaneció azul todo el tiempo. Pero en nuestra amada Mykonos de final de septiembre, el agua ya no tuvo piedad. Ni siquiera nos permitió visitar nuestra playa favorita, Paranga, ni degustar los estupendos mejillones de su Taberna Tassos. Pero claro, es que en Mykonos la amabilidad de la familia del Hotel Damianos, los abrazos de nuestros amigos y la belleza de su capital, Hora, siempre vencen. Incluso a las más terribles tormentas y nubes amenazadoras.

La frecuente lluvia en Estambul.

La frecuente lluvia en Estambul.

Cuando escampa en el barrio de Cankurtaran de Estambul.

Cuando escampa en el barrio de Cankurtaran de Estambul.

 

Última visión de Estambul

Ulyfox | 10 de enero de 2015 a las 21:51

Un puesto en el Bazar Egipicio.

Un puesto en el Bazar Egipicio.

Una calle del barrio de Sultanahmet.

Una calle del barrio de Sultanahmet.

Para entendernos, digamos que hay ciudades inmortales y otras eternas. París, Nueva York, Barcelona, Amsterdam, Praga, Londres… podrían ser de las primeras. Nacieron una vez, hace muchos o pocos siglos, y parece que se quedarán siempre por aquí, que ningún terremoto físico o histórico será capaz de hacerlas desaparecer. Otras como Roma o Atenas parecen haber existido siempre, como si antes de ellas no hubiera habido ciudades, como si ellas hubieran inventado la urbe, la polis, casi como si hubieran sido la cuna del hombre moderno. Y luego está Estambul, nacida para resumir diríamos. Un encuentro aún vivo entre los seres humanos de todas las procedencias y épocas, un lugar en el que aún se pueden ver formas de vivir ancestrales a la vez que se asiste al alumbramiento de lo más moderno. Algo para no perderse.

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Al abrigo quizá de su extraordinario crecimiento, los barrios cercanos al aeropuerto semejan altos distritos financieros occidentales, y sus amplias avenidas marítimas acercan en poco tiempo del ajetreo de su visitado aeródromo hasta la cercanía de las murallas de Teodosio, transitando con fluidez junto al mar de Mármara. En una punta los patriarcas ortodoxos griegos repiten ritos bizantinos mientras en la otra los imanes más integristas dirigen el rezo, y en el lado opuesto los comerciantes judíos venden y compran oro, más allá el Hotel Pera Palace trae recuerdos de artistas y escritores en sus esquinas de aire europeo. A su sombra, cuestas abajo, los anticuarios exponen su mercancía en un limpio barrio de apariencia indefinible. Y por todo alrededor transbordares hiperactivos surcan, recorren, bordean y atracan sin descanso en las aguas del Bósforo y el Cuerno de Oro.

El opulento palacio Dolmabaçe, junto al Bósforo.

El opulento palacio Dolmabaçe, junto al Bósforo.

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Pasamos cinco días extraordinarios allí, entre el asombro y el disfrute, descubriendo al tiempo que nos reconocíamos en piedras antiguas, minaretes, arcos y puentes. Nosotros, siendo.

Puestos de kebab en la zona de Taksim.

Puestos de kebab en la zona de Taksim.

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Un puente para que pasen cosas

Ulyfox | 8 de enero de 2015 a las 18:37

Pescadores junto al puente Gálata, la mezquita de Rustem Pasá, la de Suleimaniye...

Pescadores junto al puente Gálata, la mezquita de Rustem Pasá, la de Suleimaniye…

Si hay una ciudad en este mundo donde la vida no muere, esa  es Estambul. En los bazares, en los mercados, en el ajetreo de los siempre repletos muelles. Sólo la llegada de la noche aplaca las calles comerciales. Si hay un lugar en esa ciudad donde la vida fluye siempre, ese es el puente Gálata, la vía que cruza el Cuerno de Oro, ese brazo de mar que se desgaja del Bósforo hacia el norte y que divide la antigua Constantinopla de lo que fue Pera, el barrio genovés y luego asentamiento de diplomáticos y artistas europeos durante el Imperio Otomano.

El puente concentra en sus alrededores terminales de transbordadores, de autobuses, pescadores, gente que entra y sale, que embarca y desembarca, turistas y lugareños. Y casi todos hacen una parada ante los puestos flotantes, dorados y brillantes donde los empleados dispensan cada día miles de bocadillos de caballa asada (balik ekmek), un sabroso y barato tentempié. Recuerdo nuestra primera vez en Estambul. Entonces comprábamos los bocadillos sobre la barandilla del muelle, alargando el brazo para cogerlo directamente de la mano del asador. Ahora, pasado el tiempo, ya no tienes que arrancarte las espinas de la boca, ni estirar el brazo. Junto a los barcos, sobre el muelle, unas casetas con luces y adornos recargados dispensan civilizadamente el producto a una cola de clientes, que luego se sientan en banquetas y disponen de mesitas. Y la caballa llega en filetes y desespinada. El progreso.

Un narguile con un té bajo el puente Gálata.

Un narguile con un té bajo el puente Gálata.

Eso ha cambiado, pero no ha variado la aglomeración ni el ambiente, ni los alrededores vigilados por las cúpulas y minaretes de las mezquitas, por la imponente Torre Gálata que levantaron los genoveses al otro lado, ni la acumulación de restaurantes y cafés de todos los precios bajo la calzada del puente. Toda la ciudad pasa por él. Es posible disfrutar de casi medio día parando a mirar desde una orilla, empapándose del paisaje humano, cruzando por arriba, dando la vuelta por debajo, volviendo a subir, tomando un té y fumando un narguile aromatizado mientras esperas a que el día caiga.

Algunas escenas frente a los puestos flotantes de bocadillos de caballa.

Algunas escenas frente a los puestos flotantes de bocadillos de caballa.

La Torre Gálata al fondo, sobre la que se dibuja la proa de uno de los barcos de caballas.

La Torre Gálata al fondo, sobre la que se dibuja la proa de uno de los barcos de caballas.

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Arriba y abajo del puente Gálata.

Arriba y abajo del puente Gálata.

Puestos flotantes de bocadillos de caballa en el Cuerno de Oro.

Puestos flotantes de bocadillos de caballa en el Cuerno de Oro.

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Estambul vende de todo

Ulyfox | 9 de diciembre de 2014 a las 13:55

Joyería resplandeciente en el Gran Bazar de Estambul.

Joyería resplandeciente en el Gran Bazar de Estambul.

Dicen los árabes que entre todos los oficios, el de comerciante es el más noble. Bueno, vale, los turcos no son árabes aunque sí musulmanes. Muchísimos de ellos incluso defienden que son europeos. Y naturalmente tienen razón porque una parte importante de su territorio, empezando por su capital histórica, Estambul, está en el viejo continente. El caso es que en Turquía existe una concepción árabe del comercio, entiendo yo. Muchísimas calles del Estambul antiguo respetan esa idea de la vía pública con casas cuyos bajos están dedicados a tiendas. La idea llega a su máximo nivel en los barrios que rodean los bazares. En ese caso toda la vecindad se convierte en un mercado oriental. Y huelga decir que eso llena de vida las horas diurnas, de la misma manera que hace más oscuras las nocturnas, cuando todo cierra al caer el sol.

Puestos variados en el Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias.

Puestos variados en el Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias.

Alrededores del Bazar Egipcio.

Alrededores del Bazar Egipcio.

En Estambul hay varios bazares con ese nombre, y muchos más que lo son aunque no se les conozca con esa denominación. Entre todos, los más conocidos, los preferidos por los turistas por su variedad, riqueza, y sobre todo su ubicación céntrica, son el Gran Bazar (predecesor indiscutible de las superficies comerciales) y el Bazar Egipcio, también llamado Bazar de las Especias. El primero es, ya lo sabéis, una gran extensión de tiendas bajo techado, con avenidas, calles y callejones, agrupados por gremios, joyeros, peleteros, textiles, metales preciosos… donde no faltan las tiendas de alimentación ni los cafés y restaurantes, patios donde culminar transacciones, sorpresas de todo tipo, sucedáneos de mezquitas con muecín llamando a la oración por la megafonía, mercado donde el comprador disfruta del regateo y se hace la ilusión de que engaña al vendedor. Es un lugar de techos abovedados y pintados a mano, con continuo trasiego y en el que la baratija halla su lugar de honor junto a la pieza única, la alfombra excelsa y el chándal más falso. El Bazar Egipcio es mucho más recogido y, si se quiere, más acogedor. Allí hallan su templo las miles de especias, condimentos, cafés, y frutos secos venidos de todo el mundo. En el Gran Bazar es facilísimo, y casi obligado, perderse. En este en cambio, la orientación es sencilla, tiene una forma de ‘L’ reconocible y está rodeado también de numerosas calles comerciales. Ubicado junto al bullicioso puente Gálata, al comienzo del Cuerno de Oro y casi delimitado por dos bellas mezquitas, la de Rustem Pasá y la Mezquita Nueva, tiene un gran poder de atracción, aparte de ser mucho más manejable que el monstruo comercial que es su hermano mayor.

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Largas calles comerciales.

Largas calles comerciales.

Pero casi más que estos grandes palacios de la compra total, nos gustan las calles que los rodean, donde el mercadeo más sencillo vive, con destartaladas y rebosantes tiendas de artículos repetidos, piezas de cocina de todo tipo, miniaturas al por mayor, miles de cubos de plástico, pantalones vaqueros de imitación por millones, herramientas que dimos por desaparecidas hace décadas, útiles inútiles, montones de calcetines, kilómetros de cintas… y siempre decenas de hombres y mujeres arriba y abajo empujando carros, cargando cajas, sacando y metiendo cosas de sus bolsillos, preguntas y respuestas, conversaciones con números, instrumentos musicales sacados del Pórtico de la Gloria.

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Una de las avenidas del Gran Bazar.

Una de las avenidas del Gran Bazar.

Un quiosco antiquísimo, antes cafetín, ahora joyería.

Un quiosco antiquísimo, antes cafetín, ahora joyería.

El muecín llamando a la oración dentro del Bazar.

El muecín llamando a la oración dentro del Bazar.

Andábamos ya por el cuarto día de estancia en Estambul y nuestras piernas estaban habituadas a las caminatas. No queríamos tomar ni siquiera transportes públicos. La vieja Constantinopla se disfruta, se vive y se sufre andando, subiendo y bajando sus colinas y rozándose con las multitudes. Ese día almorzamos en un restaurante cerca del Bazar Egipcio, un crujiente y sólo ligeramente picante lahmaçum (una especie de pizza turca) acompañado de unas deliciosas albóndigas de cordero y pistacho. Lamento no recordar el nombre del local, merecedor de un regreso gastronómico y, por supuesto de un largo y digestivo paseo hasta las cercanías tumultuosas de Eminonu, con su incesante tráfico de transbordadores y la aglomeración de clientes ante los barcos que preparan bocadillos de caballa… Pero eso será otro día, si siguen ustedes ahí…

Todo el barrio es un inmenso bazar.

Todo el barrio es un inmenso bazar.

Adornos para niñas, fundas de móviles...

Adornos para niñas, fundas de móviles…

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Ambiente ante el Bazar Egipcio, y la Mezquita Nueva, que domina el barrio.

Ambiente ante el Bazar Egipcio, y abajo la Mezquita Nueva, que domina el barrio.

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La foto que no pude hacer

Ulyfox | 1 de diciembre de 2014 a las 2:06

Me acerqué sigilosamente y con todo el respeto que era capaz de demostrar a aquella puerta acristalada sobre la que figuraba un pequeño rótulo con la palabra ‘imán’ y creo que un nombre a continuación. Ante ella, dos o tres hombres miraban muy interesados lo que estaba ocurriendo en el interior. Un clérigo musulmán de hábito marrón y turbante blanco estaba sentado a contraluz. La barba gris clara y el asiento señorial le daban un aire imponente pero plácido. Junto a él, en una butaca más baja, un hombre mayor con traje gris le sostenía la mano mientras le hablaba y con la otra le daba leves palmadas en el dorso. Ambos tenían esa mínima sonrisa de los que conversan en confianza sobre temas en los que están de acuerdo. No estaban ni mucho menos solos. Cuatro o cinco muchachos se sentaban en semicírculo en la alfombra frente a los dos protagonistas. Imaginé una conversación sobre temas religiosos o de doctrina, o una petición de consejo al maestro, tal vez simplemente la comunicación o el permiso para una boda.

Yo estaba allí en la puerta, con la cámara en la mano, pero a nadie le importaba mi presencia de infiel en la mezquita de Fatih de Estambul. Creo que ni siquiera repararon en mí. Veía el encuadre y la iluminación de claroscuro, y el cuadro casi como esa famosa escena de El Padrino en el que todos rendían pleitesía a don Corleone. Pero no podía disparar. En un momento determinado, el imán habló y todos escucharon con asentimientos, tras lo cual, acto seguido, dirigió una pequeña oración que siguieron con la cabeza inclinada.

Me fui, sin la foto. Estuve tentado, pero cómo romper ese momento. Habría sido una falta de respeto. Y quién sabe si me habría ganado una bronca en turco. De todas formas, habría salido mal.

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Luminosas mezquitas mejor que oscuras iglesias

Ulyfox | 27 de noviembre de 2014 a las 14:31

Grupos se fotografían en el patio de la mezquita de Fatih.

Grupos se fotografían en el patio de la mezquita de Fatih.

Una calle del barrio de Fatih.

Una calle del barrio de Fatih.

Son luminosas porque están despojadas. Exentas de recargados adornos, por supuesto, pero también libres de señales de sufrimiento. Entras en las innumerables mezquitas de Estambul y quedas siempre deslumbrado. Por fuera se parecen todas mucho, con sus cúpulas y sus minaretes, me podríais decir, e incluso por dentro. Si, pero es fascinante jugar al juego de las diferencias, por otro lado fácilmente apreciables al ojo y el alma mínimamente sensibles. También las iglesias se asemejan: con su planta de cruz, sus fachadas y sus campanarios. Hay una diferencia fundamental, no obstante, entre templos cristianos y musulmanes. Ya lo he dicho: la ausencia en estos últimos de rasgos de sufrimiento. En las iglesias te asaltan por todos lados imágenes de martirizados, crucificados, mutilados, penitentes, llagas, asaeteados, flagelados, calaveras… Nada de eso encuentras en las mezquitas turcas. Al contrario: luz, espacios amplios, alfombras para los pies obligatoriamente descalzos, paso franco a todo visitante. No se cobra la entrada en estos templos ni se impide la entrada a nadie fuera de las horas de oración, y eso que en algunas los turistas molestamos con nuestra numerosa presencia el aire místico que sin embargo se ve en las menos frecuentadas. La gente se sienta en los rincones a pensar, la oración particular es en silencio, las moquetas amortiguan los sonidos, los pies desnudos en contacto con el suelo parecen darte una comunión con el edificio. Nada ni nadie parece amenazarte con el infierno. Admiro rendidamente un claustro o una bóveda románicos pero detesto las tembladeras que parecían querer provocar ciertas representaciones del infierno o del juicio final.

El patio de las abluciones de Fatih.

Arriba y abajo, el patio de las abluciones de Fatih.

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Ya he crecido lo bastante como para no despeñarme por ninguna creencia pero mantengo la sana duda de lo trascendente, y estas mezquitas me gustan. Me gusta el inmenso patio ante ella donde la gente se lava antes de entrar a la oración, me gustan las altas cúpulas de las más grandes, los bellísimos azulejos de alguna más modesta como Rustem Pasá, me divirtió el aspecto versallesco de la decoración y las lámparas de araña de la de Ortakoy sobre el Bósforo, me impresiona la grandiosidad de Suleymaniye allá arriba dominando toda la ciudad, me emociona con qué empeño Sultanahmet rivaliza con la iglesia maestra de todas, Santa Sofía. El espacio en una mezquita invita a la reflexión antes que al arrepentimiento. Al menos es lo que me pareció en Turquía, porque en la mayoría de países musulmanes los infieles no podemos entrar.

 

Aires barrocos y versallescos junto al Bósforo en la mezquita de Ortakoy.

Aires barrocos y versallescos junto al Bósforo en la mezquita de Ortakoy.

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Rezos en Fatih

Rezos en Fatih

La casi totalidad de nuestro segundo día en Estambul lo dedicamos, de una manera impensada, en entrar en mezquitas. Una vez que bajamos del cielo de los mosaicos en San Salvador y Fethiye anduvimos a la búsqueda de la de Fatih, cruzando el barrio del mismo nombre, llamados así en honor al conquistador (fatih en turco) de la ciudad. Es un barrio fascinante, habitado por la gente más religiosa e incluso integrista de la ciudad, repleto de mujeres tapadas y hombres vistiendo a la usanza tradicional, como todos hirviendo de comercios y de vida callejera, con un aire más marcadamente musulmán que el resto de la capital turca, tan occidental en otros lugares. La mezquita es el centro del barrio, y brilla como casi ninguna porque muchos de los materiales son relativamente nuevos por la restauración que vivió no hace mucho. Tiene un patio de altos arcos apuntados impresionante y ofrece una visita calmada porque está fuera de los circuitos turísticos normales. Empezamos en ella a enamorarnos de las mezquitas, por una escena que no pude fotografiar por respeto, la foto que no pude hacer de la que hablaré en otro momento.

El azulado interior de la modesta Rustem Pasá.

El azulado interior de la modesta Rustem Pasá.

Alejándonos de Fatih, ambiente callejero.

Alejándonos de Fatih, ambiente callejero.

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Luego seguimos bajando entre puestos ambulantes, restaurantes tradicionales, acueductos romanos y tranquilas terrazas de té, hasta desembocar sin darnos cuenta en los bulliciosos alrededores del Bazar de las Especias. El azar nos llevó junto a la mezquita de Rustem Pasá, elevada sobre la calle, y la curiosidad nos impulsó dentro. Pequeña en comparación con otras, tiene unas paredes decoradas con deliciosos azulejos de motivos florales. Es una joya de tranquilidad dentro de la marabunta de voces, correteos y agitación que rodea en muchísimas calles el Bazar.

Un rincón de Rustem Pasá.

Un rincón de Rustem Pasá.

El lavatorio, antes del rezo en Suleymaniye.

El lavatorio, antes del rezo en Suleimaniye.

Suleimaniye, allá arriba.

Suleimaniye, allá arriba.

El Bósforo, tras las cúpulas de Suleimaniye.

El Bósforo, tras las cúpulas de Suleimaniye.

Aunque esta actividad nos atraía, decidimos coger un último impulso para subir las tortuosas cuestas que llevan hasta Suleimaniye, la gran maravilla hecha mezquita, la más grande, la más impresionante, un complejo enorme de templo, albergues, posadas y escuelas coránicas sobre una de las colinas de Estambul. Subíamos dejando a los lados, una tras otra, gigantescas tiendas de mayoristas que apilaban en sus aceras cantidades de artículos de plástico, metal o madera, que a esa hora del día ya estaban empezando a recoger el género. Porque ese comercio en la ciudad tiene horario continuado, pero vive con el sol, y cuando éste se ha puesto las calles se apagan también. Para cuando acabamos la visita a la mezquita y emprendíamos el camino de vuelta y de descenso, ya no quedaba luz ni gente. Asombroso el paso del gentío a la soledad en cuestión de minutos. Sólo en los barrios de hoteles y restaurantes la vida se aprestaba para unas cuantas horas aún de vida.

La monumental entrada al patio de Suleimaiye.

La monumental entrada al patio de Suleimaiye.

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Estambul cristiana y mora

Ulyfox | 23 de noviembre de 2014 a las 20:13

Sólo una pequeña parte de la maravilla que en San Salvador en Chora.

Sólo una pequeña parte de la maravilla que es San Salvador en Chora.

El precioso barrio junto a San Salvador.

El precioso barrio junto a San Salvador.

Ya, ya, ya sé que antes fue también romana y antes griega y antes… pero lo que se ve ahora en la capital turca son sobre todo ecos de las culturas musulmana y cristiana, aunque fuera un cristianismo tan propio como el bizantino y ortodoxo y el arte otomano tenga tantas diferencias con otras manifestaciones del Islam. Lo que se encontraron los turcos cuando se colaron por las bravas en Constantinopla fue una ciudad apabullante, llena de tesoros y monumentos que tenían su origen en el Imperio Romano, con muchos de ellos conservando aún el esplendor de aquellos tiempos clásicos, y que habían pasado luego por la revolución del pensamiento que supuso la doctrina de Cristo. Es verdad que había transcurrido mucho tiempo desde los tiempos de oro de Bizancio, pero el sultán Mehmet II debió de salivar de satisfacción ante la gran urbe cristiana que había vencido cuando la contemplaba desde la colina que luego se llamó del Serrallo.

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Casi inmediatamente después de que las tropas turcas vencieran la resistencia de la hermosa muralla de Teodosio, golpeando inmisericorde y continuamente un flanco con un gran cañón y por la increíble negligencia de los cristianos que se dejaron una puerta semiabierta (por favor, leed si podéis La conquista de Constantinopla, 1453 de Steven Runciman, yo lo hice gracias, una vez más, a Ricardo), el sultán apodado Fatih (el Conquistador) convirtió Santa Sofía en mezquita, y lo mismo pasó con muchas hermosas iglesias bizantinas. Algunas fueron respetadas, otras sufrieron destrozos… y algunas otras fueron reconvertidas con el paso de los siglos en museo para nuestro disfrute. El caso es que tenemos la suerte de poder contemplar obras de arte tan emocionantes como la propia Santa Sofía, o los bellísimos mosaicos de San Salvador en Chora (también llamada Kariye Camii, o mezquita Kariye), los escondidos de  la mezquita Fethiye (antigua iglesia de Pammakaristós), la iglesia del Pantocrátor (actual mezquita Zeyrek)… como si aún pudiéramos asistir a una disputa, ahora incruenta, entre los espíritus griego y turco, cristiano y musulmán.

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Las cúpulas y bóvedas de San Salvador, llenas de mosaicos.

Las cúpulas y bóvedas de San Salvador, llenas de mosaicos.

La primera visita de nuestro segundo día en Estambul fue a San Salvador en Chora, allí al norte de la antigua Constantinopla, precisamente pegada a la zona de muralla por donde más fuerte pegaron las tropas de Mehmet y por donde finalmente entraron. Demasiada historia para no caer rendidos ante su peso. Los mosaicos dorados de San Salvador son de verdad impresionantes, en su forma de contar la genealogía de Cristo o la vida de la Virgen. Miles de teselas de colores del siglo XI cubriendo techos y paredes, relatándonos historias de los personajes representados y de los propios, anónimos artistas que lo hicieron. La primera vez que fuimos a Estambul nos los perdimos, pero esta vez nos hicimos el favor, y viéndolos dimos incluso por bueno el timo del listo taxista que nos llevó hasta allí. La iglesia estaba llena de turistas, pero esta vez tanta belleza hizo que pareciera que los grupos estaban realmente interesados y atraídos por lo que veían.

Un café turco y repasar los planos y guías...

Un café turco y repasar los planos y guías…

En la muralla de Teodosio, en el lugar donde comenzó la caída de Constantinopla.

En la muralla de Teodosio, en el lugar donde comenzó la caída de Constantinopla.

Después de esa inmejorable manera de empezar el día, y tras un café turco junto al templo, teníamos que acercarnos a la muralla, a revivir la funesta jornada en que la caída de Constantinopla empezó a aterrorizar al Occidente cristiano durante un siglo, a contemplar el lugar donde ocurrió tamaño estrépito. Allí estaba, a un paso. Hay pocas cosas menos temibles que un muro vencido. Ya no inspiraban temor aquellas piedras taladradas por el cañón entonces, y ahora por las amplias avenidas por las que discurre hacia el centro el inmisericorde tránsito rodado de Estambul. Pero todavía guardan, entre los hierbajos y los grupos de borrachos, la memoria de un hecho capital. Si queréis visitar un lugar histórico para nuestra cultura, este es uno de ellos.

 

Bajando de San Salvador en busca de más mosaicos.

Bajando de San Salvador en busca de más mosaicos.

 

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Descendimos luego empinadas cuestas, no recordábamos tantos desniveles, a la busca de otro tesoro bizantino, Fethiye, y luego las subimos entre grupos nutridos de personas con gorras o velos, sorteando montones de mercancía y apartándonos de los coches para buscar las casi inexistentes aceras, alternando calles de casas de madera con abigarradas vías de edificios impersonales, preguntando por la mezquita que antes fue iglesia. La encontramos cuando ya creíamos que no lo haríamos, modesta pero hermosa en su apariencia tan griega de arcos y cúpulas, allí en un rincón tranquilo entre tanto ajetreo. Pammakaristós alberga ahora rezos musulmanes, pero una nave está abierta a las visitas que quieran contemplar otro pequeño tesoro de mosaicos, joyas brillantes bajo las cuales pasar apenas media hora de contemplación, esta vez sin gente. Los secretos a voces de Estambul, demasiado trabajosos para los grupos de turistas, ideales para paseantes que quieran concederles el tiempo que se merecen. Un reposo que necesitamos.

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Vistas del interior y el exterior de la iglesia de Pammakaristós, actual mezquita de Fethiye.

Vistas del interior y el exterior de la iglesia de Pammakaristós, actual mezquita de Fethiye.

Los días fueron largos en Estambul, plenos, y este dio mucho más de sí, apenas había comenzado a esas alturas del mediodía.

Entrando por la Sublime Puerta

Ulyfox | 13 de noviembre de 2014 a las 14:25

La Mezquita de Sultanahmet, también llamada Mezquita Azul...

La Mezquita de Sultanahmet, también llamada Mezquita Azul…

... y enfrente, Santa Sofía.

… y enfrente, Santa Sofía.

La verdad es que estaba deseando escribir de Estambul. Era, fue nuestra única excursión fuera de territorios griegos en este pasado septiembre. Pese a todo, pese al gentío, pese a la invasión turística desconocida en nuestra anterior visita mucho antes de que a todo el mundo le diera por ir a todas partes, mucho antes de esta explosión viajera global de los últimos tiempos, pese a todo eso, Estambul es una ciudad asombrosa, todo un mundo felizmente inabarcable, una catarata de sensaciones, una sucesión de experiencias colectivas y a la vez íntimas, como si uno aspirara a buscar su lugar entre las multitudes y terminara descubriendo que, en esta ciudad, lo personal se desarrolla sumergiéndose en la marea humana, que en Estambul, la vieja Constantinopla, la antiquísima Bizancio, se mueve con las descomunales corrientes de la Historia.

Obelisco egipcio en el Hipódromo, ante los minaretes de Sultanahmet.

Obelisco egipcio en el Hipódromo, ante los minaretes de Sultanahmet.

Llegamos a la capital turca, la de tantos nombres, desde La Canea, en Creta, pasando por Atenas. Era una hora muy buena, a mediodía, cuando aterrizamos en el moderno aeropuerto internacional Ataturk, y poco después circulábamos por las amplias avenidas de la parte moderna, con un aspecto occidental y limpio. De pronto, poco después de las murallas, el taxista giró a la izquierda, y fue como si hubiera doblado una esquina de los siglos. Entró en el recinto histórico y lo que eran antes llanas calzadas se convirtieron en retorcidas, estrechas y empinadas callejuelas. Nos parecía imposible que el conductor supiera por dónde y a dónde iba en ese subir y bajar cuestas. Pero sí, al poco tiempo aparecimos casi en la puerta del Hotel Saphire ( http://www.hotelsapphire.com/ ) un establecimiento mejorable pero con bonitos detalles, un poco demasiado oriental en la decoración, pero con un agradable recibimiento y estupenda disposición del personal. Además, está situado en el meollo de la parte más turística, y en muchos sentidos más impresionante, de la ciudad, es decir en Sultanahmet. Allí mismo, a un paso, están el palacio de Topkapi, la Mezquita Azul, el Hipódromo, la Basílica de la Cisterna, Santa Sofía…

A las puertas de la Divina Sabiduría.

A las puertas de la Divina Sabiduría.

¡Ah, Santa Sofía!, Ayia Sophia, la iglesia de la Divina Sabiduría. Modelo de tantas cosas, asombro de muchas otras, iba a ser nuestra primera visita, pero nos demoramos haciéndola aún más interesante, paseando por la explanada de Sultanahmet, disfrutando la competencia enfrentada de siglos entre la imponente iglesia, luego templo musulmán y ahora museo, con la retadora Mezquita Azul allí al otro lado de la plaza repleta de gente. Antes había que tomar una cerveza, la riquísima Efes turca, paladeando la arrolladora atención de los camareros de ese país. Y también había que darle un margen y una satisfacción al estómago, sufriente desde la muy temprana hora en que salimos de Creta. Y de paso, darle un margen a los ingentes grupos de turistas y cruceristas que hacían unas desalentadoras colas ante los monumentos. Reparamos nuestra hambre con unas exquisitas albóndigas (köftes) en un lugar curioso y que no falla, el Sultanahamett Koftececisi, allí cerca. Prácticamente sólo se come eso, acompañado de ensalada de judías o de arroz. Ideal como tentempié barato.

Albóndigas exquisitas para coger fuerzas.

Albóndigas exquisitas para coger fuerzas.

Y ya sí, ya fue llegada la hora de aprender algo de la Divina Sabiduría, ya la cola, que aún era considerable, había disminuido. Tengo una debilidad por este templo levantado de manera casi imposible hace mil quinientos años, por su desmayante cúpula que desafía el vacío a 56 metros de altura, por sus galerías de columnas antiquísimas, por los ecos del Imperio Romano de Oriente que aún se oyen en sus espacios. Sabía lo que iba a ocurrir en cuanto traspasara su umbral, llevaba preparando el suspiro desde que aprendí de este edificio incomparable en mis libros de Historia del Arte, desde que entrené en una anterior visita hace ya tanto, y lo comprobé en cuanto entré de sus pórticos y levanté la vista. Sé que a la mayoría le impresionan más la Mezquita Azul o la de Suleimaniye, o el serrallo de Topkapi, pero yo soy un devoto admirador de este templo de Constantinopla que imitaron sin descanso todas las mezquitas de la que luego se llamó Estambul y después del imperio otomano, logrando, como mucho, acercarse al dominio de su espacio espiritual.

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Mil quinientos años después, Santa Sofía aún luce así.

Mil quinientos años después, Santa Sofía aún luce así.

Pretendíamos y logramos en ese día visitar lo imprescindible de esa área mágica, el largo Hipódromo y sus columnas, la seductora Mezquita Azul, tan amable, tan acogedora de alfombras y pies descalzos, tan luminosa del color que domina su interior y que le da nombre a pesar de que el oficial sea el de Sultanahmet, la elegancia no impertinente de sus altos alminares, la constatación de la imitación de la cúpula de Santa Sofía, la paz importunada por muchos de nosotros visitantes.

Cascada de cúpulas y semicúpulas en Sultanahmet.

Cascada de cúpulas y semicúpulas en Sultanahmet.

En el magnífico patio de Sultanahmet.

En el magnífico patio de Sultanahmet.

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Dos imágenes del magnífico interior.

Dos imágenes del espléndido interior.

Un refrescante zumo de granada a la salida de la Mezquita.

Un refrescante zumo de granada a la salida de la Mezquita.

Y también, después de tomarnos un delicioso y ácido zumo de granada, ya sin colas casi a la caída de la tarde, la bajada a la Basílica de la Cisterna, en realidad un gran aljibe construido en los tiempos de Justiniano, una belleza de cientos de columnas de todos los estilos destinada a recoger miles y miles de litros de agua para el abastecimiento de la siempre gran ciudad, algo que durante siglos fue casi un secreto y que ha caído también víctima de la voracidad turística. Hace muchos años, visitamos casi solos este inmenso manantial junto a la calle Yerebatan. Esta vez, anduvimos por las pasarelas sobre el agua acompañados de familias enteras procedentes de todos los continentes y casi de todos los planetas. No quisimos imaginar lo que habría sido este paseo subterráneo a una hora punta de agosto. Sólo puedo decir que, a diferencia de los dos casos anteriores, aquí la magia desapareció. Las dos enormes cabezas de Medusa que soportan un par de columnas, y que antes había que buscar o adivinar medio hundidas, ahora han sido señalizadas, y aisladas del agua para que se puedan fotografiar ¿mejor?

La Cisterna de Yerebatan.

La Cisterna de Yerebatan.

 

La cabeza de Medusa que sostiene una de las columnas de la Cisterna.

La cabeza de Medusa que sostiene una de las columnas de la Cisterna.

 

Nos recogimos contentos de este primer e intenso contacto con la capital turca, cansados tras un largo día que empezó a las cuatro de la mañana en Creta, llenos de promesas para las cuatro jornadas que nos esperaban en esta ciudad eterna, Bizancio, Constantinopla, Estambul, la Sublime Puerta a tantas cosas.

Descanso en la Mezquita Azul.

Descanso en la Mezquita Azul.

Promesa en firme

Ulyfox | 22 de septiembre de 2014 a las 19:54

Interior de la mezquita Suleymaniye, en Estambul.

Interior de la mezquita Suleymaniye, en Estambul.

Llevamos los ojos y el equipaje llenos de lugares, amigos, sabores, momentos de casi un mes de viaje. Lluvias y soles, luces de todos los colores y todos los olores, roces de multitud y soledades de horizonte. Demasiadas cosas tal vez para aislarse un momento y ponerse a escribir. Está habiendo conversaciones, canciones de Xilouris y Theodorakis a dúo inesperadas, el despacho transparente de un imán en Estambul, encuentros con el Mediterráneo más amistoso imaginable, navegaciones de amanecida y noches frías de aeropuerto. Y muchas fotos, de las cuales tal vez la más hermosa fue la que no pudimos hacer.

Todo irá cayendo, está prometido. Pero tal vez ya para el regreso, cercano y tampoco temido.

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Trilogía de Iberia III (Estambul)

Ulyfox | 30 de enero de 2013 a las 14:25

Al atardecer en el puerto de Estambul

Había dejado yo inconclusa la trilogía sobre la afrenta que la antaño compañía de bandera nacional Iberia ha perpetrado contra las relaciones mediterráneas españolas al suprimir sus vuelos con Atenas (la maldición de Zeus caiga sobre ella e invite a muchos de sus directivos a hacer una excursión en la barca de Caronte), El Cairo y Estambul. Me faltaba precisamente esta última, la Sublime Puerta, la que fue la ciudad de Constantino, Constantinopla, la capital de Bizancia, ese imperio romano de Oriente que tantos frutos impresionantes dio, y que ahora despreciamos incluyendo a sus refinados habitantes bajo el despectivo nombre colectivo de ‘moros’.

En el palacio de Topkapi, esplendor de los azulejos.

De aquella corta visita a Estambul, primera y única en el año 97, nos quedaron tantos buenos recuerdos, tantas sensaciones nuevas e imborrables que no pasa nunca mucho tiempo sin hacernos el propósito de volver. Tengo escrito seguramente ya (tiendo a repetirme con mis amores eternos) que aquella vez el primer día nos dio un poco de miedo, el segundo día nos gustó, el tercero nos conquistó y el cuarto fatídico no nos queríamos marchar. Sé que a muchos les ha pasado lo mismo desde hace siglos, así que no somos originales. Y también sé que a muchos otros les sigue dando ese miedo o al menos prevención tan fuerte que les impide elegir a la fastuosa capital turca como una de sus opciones a la hora de viajar. Conozco igualmente a algunos que fueron con ese prejuicio y volvieron encantados. Por no hablar de las delicias del resto de ese gran país europeo y oriental que es Turquía.

El bullicio cerca de la Mezquita Nueva. Al fondo, dominando todo, la de Suleimaniye.

Quizá Iberia, llevada por ese rumbo ciego del capitalismo moderno que desdeña los medios de transporte como servicio público y cultural y recalca sólo su papel de rentabilidad cuando no como forma de enriquecerse (algunos), desprecie esa ciudad, que en realidad es la capital de una gran nación emergente en lo económico, poblada por gente amable como sólo lo pueden ser los humildes. Me temo que da igual decirles que se equivocan. Así que esto es una invitación a los que siguen leyendo este blog-guadiana, a que se busquen otras alternativas, por ejemplo la estupenda Turkish Airlines, y que no dejen de visitar la ciudad mágica, de mirar hacia arriba la mística cúpula de Santa Sofía, que desciendan a la cisterna de Yerevatán o que se dejen caer en las alfombras de las libres y abiertas mezquitas Suleimaniye o Sultanahmet. ¡Ánimo! la rebelión tiene muchas puertas.

Lo que no os puedo ofrecer es que tengáis la compañía que yo tuve en ese viaje.

Bocadillo de caballa asada al momento en las barcas del puerto.

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