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Adieu à l’Alsace (Crónicas desde el paraíso, y VII)

Ulyfox | 2 de noviembre de 2015 a las 20:26

Última visión de Colmar.

Última visión de Colmar.

Y una vez ocurrió, fue llegado el momento de despedirnos de Alsacia. El último día fue una mañana solamente, despidiéndonos de Colmar, que había sido nuestra sede durante seis jornadas, en un breve paseo. Pero en la víspera, ya con el tiempo poniéndose desapacible a ratos después de que nos hubiera tratado muy bien con un calor inesperado, aún pudimos conocer algún pueblo más de esta asombrosa región europea a caballo entre Francia y Alemania.

No es Nueva York, sino Colmar.

No es Nueva York, sino Colmar.

No sé si he hablado bastante de Colmar, que no es la capital de Alsacia, pero sí podría serlo del turismo en la zona, por su tamaño justo, por sus buenas comunicaciones, por su abundancia de restaurantes, por su aire civilizado y paseable que forman un lugar acogedor al que regresar por las tardes tras las excursiones a los asombrosos pueblos, y sentarse en alguna terraza a tomar la también buena cerveza alsaciana. No se conoce tanto, pero en sus afueras, en un cruce de caminos, en el centro de la rotonda, hay una Estatua de la Libertad idéntica a la de Nueva York, bien que a mucho menor escala. No es un homenaje gratuito, ni una réplica sin sentido. También hay otra en París, muchos lo sabéis, ya que la gigantesca escultura que dio la bienvenida a tantos migrantes esperanzados en la capital norteamericana, fue una donación del Estado francés. Esta de Colmar tiene una justificación aún más cargada de razón. Aquí nació en 1834 Frédéric Auguste Bartholdi, el escultor creador de la Estatua de la Libertad, nada más y nada menos, y aquí está el museo que recoge buena parte de su vida y su obra… y por supuesto todo el proceso de creación del gran monumento neoyorquino. O al menos eso dicen las guías porque hemos de confesaros que no entramos a verlo, ocupados como estábamos en recorrer los pueblos de alrededor. Ustedes nos lo sabrán perdonar y quizá conformarse con esta información.

Calles y casas de Obernai.

Calles y casas de Obernai.

Así pues, el penúltimo día en Alsacia lo tomamos con tranquilidad. Y luego de tomar nuestro buen desayuno como siempre en el excelente y céntrico Hotel Saint Martin, partimos a una última escapada a la región. Esta vez nos alejamos hasta Obernai, otro de esos pequeños village amurallados y llenos de casas medievales cuidadas, pintadas y adornadas con entramados de maderas y palomares. Con una calle principal que en esta ocasión no se llama Grand Rue sino Rue du Marché, o sea calle del Mercado, que desemboca en una plaza con el mismo nombre y en la que, como viene siendo desde hace siglos, se monta todavía un mercado de alimentación, ropas y enseres varios. Formas de darle sentido a las cosas, a la vida, mientras por aquí, no sabemos aún por qué, están muriendo los mercados tradicionales y nos estamos entregando con armas y bagajes a las grandes superficies, curiosamente de propiedad francesa o alemana.

La torre de 60 metros de una antigua iglesia, junto a la plaza del mercado en Obernai.

La torre de 60 metros de una antigua iglesia, junto a la plaza del mercado en Obernai.

El monumento más famoso de Obernai, junto a la preciosa Alcaldía medieval, es la torre que llaman Beffroi o Kappelturm según se diga en francés o alemán, de 60 metros de altura y visible desde las afueras del pueblo. En realidad es sólo el vestigio de una antigua iglesia del siglo XIII, pero impresiona. En el centro de la plaza del Mercado, una fuente coronada por una figura de Santa Odilia, Sainte Odile, patrona de la zona, y que tiene no demasiado lejos una abadía centro de peregrinaje y muy visitada.

La Alcaldía, la fuente de Sainte Odile y la Torre en la Place du Marché.

La Alcaldía, la fuente de Sainte Odile y la Torre en la Place du Marché.

En Obernai cumplimos por fin con un rito que habíamos ido aplazando: comer chucrut, el plato regional más renombrado. Y en realidad no sabría deciros por qué. Consiste la exquisitez en un centro de col fermentada (ese es el significado de choucroute, algo también muy reputado e igualmente sin que pueda explicaros la razón) acompañado por una guarnición de salchichas, carne y panceta ahumada, que recuerda a una de las vueltas del cocido madrileño pero sin que ese suculento sabor a grasa aparezca por ningún lado. Cumplimos con la obligación, pero no os creáis que repetiremos fácilmente. Dicen los libros que la choucroute es col cortada finamente en juliana y lactofermentada en salmuera. Después de probarla no sabemos de dónde le viene la fama. Quizá de que los alsacianos encontraron una buena forma de conservarla y de que en su tiempo quitara mucha hambre. Bueno, si vais por Alsacia, no dejéis de probarla y formar vuestra propia opinión. Con un par de buenas copas de riesling cualquier comida es buena…

Casi saliendo del pueblo, la fuente de seis caños.

Casi saliendo del pueblo, la fuente de seis caños.

 

El último día probamos la chucrut.

El último día probamos la chucrut.

 

Obernai es un pueblo amurallado.

Obernai es un pueblo amurallado.

Todo ese paseo y la comida nos ocuparon unas cuantas horas, pero luego queríamos acabar nuestra visita a la Alsacia haciendo al menos una pequeña visita a los Vosgos, esas montañas que dan nombre a una de las plazas más famosas de París y que tienen fama de misteriosas, umbrías y verdes. Fue sólo un acercamiento a la entrada a esa cordillera recorrida por multitud de caminos y según dicen un paraíso para los senderistas. La primera montaña de esa sierra es sólo una elevación de 763 metros, pero con una significación importante. En su cima se encuentra la Abadía de Sainte-Odile, que guarda y perpetúa el nombre de la santa. Su historia es larga. En el siglo VII, el duque de Alsacia construyó allí un primer convento de monjas, del cual su hija Odile llegó a ser la abadesa. Ya se sabe cómo ocurren estas cosas: numerosas muestras de caridad la hicieron merecedora de fama de santa y a su muerte su tumba se convirtió en lugar de peregrinaje. Muchos siglos dan para muchas cosas, incendios, revoluciones, persecuciones… El caso es que ahora queda allí un puñado de monjas, pero los edificios restantes son muy modernos. Lo que no ha restado a la abadía capacidad de atracción, y los visitantes se cuentan por cientos de miles durante todo el año. Desde su altura rocosa, las vistas son hermosas y el desvío merece la pena. Desde allí arriba, y divisando a lo lejos el Rin y territorio alemán dijimos, de momento adieu a l’Alsace.

En el Mont Saint'Odile primera cumbre de los Vosgos.

En el Mont Sainte-Odile primera cumbre de los Vosgos.

 

La basílica de Saint'Odile, justo en la cima.

La basílica de Sainte-Odile, justo en la cima.

 

Terminaba nuestra primera etapa de septiembre, en la civilizada y equilibrada Europa. A partir del día siguiente volvíamos al Mediterráneo, a pasar el resto del mes en nuestras amadas raíces, con una pequeña escala en Roma…

Lecciones de lo común (Crónicas desde el paraíso VI)

Ulyfox | 27 de octubre de 2015 a las 13:37

La foto más repetida de Egisheim.

La foto más repetida de Egisheim.

Esa casa tan estrecha que se ve en esta primera foto no es en realidad una casa, claro. ¿Quién podría vivir en esa estrechez? Bueno, sí, mucha gente se ve forzada, pero estamos hablando de Centroeuropa. Esa esquina tan bonita, tan espectacular, tan fotogénica de Egisheim, en la Alsacia francesa, es un palomar. Pero es una de las esquinas más fotografiadas, entre los cientos de rincones hermosos, de ese pueblo entre decenas de ellos de esa zona, privilegiada. Ahí, en Egisheim, cuando ya llevábamos varios días en Alsacia, aprendimos algunas cosas. Por ejemplo, que los restallantes colores que los distinguen, que les hacen anualmente ganar premios de embellecimiento, son una costumbre muy moderna, del pasado siglo solamente. Que evidentemente en la dura Edad Media y en los turbulentos siglos que les siguieron no había colores, sino que había lo que se podía, es decir: casas pobres para gente humilde la mayoría, y algunas casonas para los más adinerados.

Las calles de Egisheim avanzan como en espiral.

Las calles de Egisheim avanzan como en espiral.

Pero hace unas décadas, con el esplendor, con la riqueza tras las terribles guerras mundiales, ya hubo dinero, y ganas y tiempo para embellecer calles y fachadas, para recuperar murallas y pavimentar calles a la antigua usanza, para prohibir el tráfico rodado… En realidad, paseando durante toda una jornada por los tesoros que son Egisheim, Turckheim  y Kaysersberg, aprendimos más cosas y dedujimos otras. Por ejemplo, que si le quitáramos esas vistosas capas de pintura, muchas de estas poblaciones serían casi iguales a multitud de polvorientos villorrios castellanos o extremeños, en los que las casas se caen y los entramados de madera se apolillan, al menos hasta hace poco. Ahora, esos pueblos españoles se están cuidando mucho más, supongo que porque ese estallar de riqueza que hubo en Europa nos llegó a estos rincones mucho más tarde y con menos fuerza.

Y se llenan de colores.

Y se llenan de colores.

Sea como fuera, aunque repasando las fotos ahora se podría pensar que tanta madera y tanto color pastel llegaría a hartar, eso no nos ocurrió. No salimos de nuestro estado de admiración durante los cinco días en Alsacia. Aunque con el transcurso de la jornada llegáramos a pensar que algo turbio debería de esconderse de tanto jardín recortado y tanto buen acabado… no sé tal vez sólo fuera envidia de sureño que observa la despreocupación y el abandono de los territorios comunes en tanta ciudad nuestra. El amor a lo propio nunca puede ser malo, siempre que no excluya a los demás.

 

Las firmas de los propietarios, en los balcones.

Las firmas de los propietarios, en los balcones.

Sí, es verdad, todo era como de cuento, como de decorado. Y quizá lo fuera, pero en cualquier caso es un decorado cuidado por todos, y eso no deja de ser una virtud. Era nuestro penúltimo día en Alsacia, y todo lo que veíamos nos hacía exclamar para nuestros adentros la estulticia del que piensa que no quiere salir de su pueblo porque no va a encontrar nada mejor. Hay tantísima belleza…

El sol lo enriquece todo.

El sol lo enriquece todo.

En cualquier caso, el aspecto exterior de las poblaciones explica tanto del carácter de sus habitantes… Ahora bien, ¿qué es lo que forma el carácter? ¿Por qué la despreocupación y el desprecio existentes aquí por lo común?¿ Es explicable la suciedad de nuestras calles? Aunque nada más que sea para ver que las cosas se hacen y se pueden hacer de otra manera, ya veis amigos, conviene salir.

Una bodega de los cientos existentes.

Una bodega de los cientos existentes.

 

La plaza del castillo de Egisheim.

La plaza del castillo de Egisheim.

 

Y hacia el otro lado.

Y hacia el otro lado.

En el interior de Turckheim.

En el interior de Turckheim.

 

Haciendo el guiri...

Haciendo el guiri…

 

Un ayuntamiento precioso en Turckheim.

Un ayuntamiento precioso en Turckheim.

 

La muralla de Turckheim.

La muralla de Turckheim.

 

Otra de las puertas.

Otra de las puertas de Turckheim.

 

Kaysersberg es la joyita entre las joyas.

Kaysersberg es la joyita entre las joyas.

 

Fuentes, flores y colores.

Fuentes, flores y colores.

 

El esplendor de las viñas bajo el castillo de Kaysersberg.

El esplendor de las viñas bajo el castillo de Kaysersberg.

 

La plaza de la Alcaldía de Kaysersberg.

La plaza de la Alcaldía de Kaysersberg.

 

Junto al río en Kaysersberg.

Junto al río en Kaysersberg.

 

 

 

Crónicas desde el Paraíso (V) Friburgo, la escapada a Alemania

Ulyfox | 20 de octubre de 2015 a las 13:34

Fuente policromada en la Münsterplatz de Friburgo.

Fuente policromada en la Münsterplatz de Friburgo.

En Alemania, tradicionalmente, se rotula con letra gótica y supongo que eso no es casual. Estamos en Europa y ahí fue el auge de ese estilo arquitectónico que empezó apuntando hacia lo alto, y mientras seguía su carrera hacia arriba fue enredándose en curvas y revueltas durante siglos. Estábamos en Alsacia, con la preciosa Colmar como centro, muy cerca de Alemania, tan alemana ella misma. Así que uno de los destinos ineludibles estaba muy cerca, al otro lado de esa frontera física que es el Rin: la renombrada ciudad de Friburgo, alabada por tantas fotografías, recortes y recomendaciones de amigos y conocidos. Deseada también por nosotros.

La Catedral, más conocida como el Monasterio (Münster).

La Catedral, más conocida como el Monasterio (Münster).

Así que cojimos el coche desde Colmar y nos encaminamos hacia tierras germanas. Quiero decir más germanas, porque la Alsacia francesa ya lo es bastante como podeis haber visto en las anteriores entradas. Pero hay diferencias, sí, las hay. No sé cómo explicaros, algo que flota en el aire. Tal vez sea el idioma alemán, claro, tan desconocido para mí, que me muevo con alguna incomodidad pero avanzando entre las aguas del francés. Al fin y al cabo, soy hijo del plan antiguo, ese que impartía como idioma extranjero en bachillerato la lengua de Moliére y de Jacques Brel, y he cantado las canciones de Charles Aznavour y Moustaki. Pero el alemán… en todo caso a tararear imitando el acento teutón alguna melodía de ‘La flauta mágica’. El caso es que la incomodidad era un poco mayor, forzado a utilizar el inglés.

Alemania, cerveza...

Alemania, cerveza…

Aparcamos no demasiado lejos del centro, allí como pudimos, pero sabiendo hacia qué dirección tendríamos que encaminarnos. Dimos con el casco antiguo, claro, en unos diez minutos a pie. El día estaba muy nublado, pero no llegó a llover apreciablemente y la temperatura era estupenda.  Había que dirigirse a la plaza de la Catedral, pero antes pasamos por la casa donde vivió Erasmo de Rotterdam, el gran filósofo del Renacimiento que da nombre a esas becas tan deseadas por los universitarios de toda Europa, y por algunas iglesias. Observamos en una avenida principal la que al parecer es una de las aficiones de los friburgueses, sobre todo los niños: manejar barquitos de madera recorriendo los muchos canalillos de agua que recorren la ciudad, procedentes de las montañas cercanas. Cosas de europeos civilizados.

La puerta de San Martín, Martinstor, una de las antiguas entradas a la ciudad.

La puerta de San Martín, Martinstor, una de las antiguas entradas a la ciudad.

La Catedral de Friburgo es sin duda muy importante como ejemplo de arquitectura gótica alemana, con una gran torre frontal y unos vitrales de inmenso valor, pero, perdón, a mí no me impresionó. Tal vez fuera el color de la piedra o el día nublado, o que estaba cercada por un mercado repleto de sombrillas y furgonetas, que daban vida a la Münsterplatz en la que se asienta pero quitaban vista al monumento. Uno de los edificios más representativos de Friburgo de Brisgovia es el llamado Almacén Histórico, una casa roja con alto tejado y decoradísimos ventanales y pináculos que llama la atención, rodeado de casas medievales y renacentistas que no parecen tan antiguas por lo bien conservadas y pintadas que están.

El Gran Almacén Histórico ('Historiches Kaufhaus'), en rojo, uno de los edificios simbólicos de Friburgo.

El Gran Almacén Histórico (‘Historiches Kaufhaus’), en rojo, uno de los edificios simbólicos de Friburgo.

Desde esa plaza tan animada parte un recorrido por el casco histórico, que recorre primero la preciosa calle de los Caballeros, Herrenstrasse, llena de fachadas antiguas, tiendas y plantas, todo cuidadísimo y civilizado, peatonalizado… divisamos alguna entrada de la antigua muralla como la puerta de San Martín… la zona de cafés y cervecerías que desciende junto al canal, por Gerberau…

El verde rodea la ciudad.

El verde rodea la ciudad.

Yo esperaba a cada paso emocionarme más, lo digo con sentimiento como diría la canción. Es evidentemente bello, pero… veníamos de recorrer pueblos admirables, hechos y rehechos para el pasmo de colores y sensaciones infantiles. Friburgo, tal vez por eso, me dejó más frío.

La casa donde vivió Erasmus de Rotterdam, en la calle de los Franciscanos.

La casa donde vivió Erasmus de Rotterdam, en la calle de los Franciscanos.

Eso no nos impidió disfrutar de algunas imágenes, de su cerveza y de una cierta sensación de que la vida apacible y limpia es posible. Aunque no sabemos si compatible con otras formas de ser nuestras. Y hablamos de cómo podríamos conseguir el equilibrio entre la razón y la pasión, esa eterna lucha de los griegos que quizá en algún momento, allá por el siglo de Pericles, lograron encontrar. O no. Sí, nos gustaría seguir con nuestras maneras, con la diversión, con la bebida, con las terrazas, con las comidas en grupo en las que el jolgorio reinara… sin que ello tuviera que significar el ruido molesto hacia los demás o las calles llenas de suciedad, ni la despreocupación por la cultura tranquila y reflexiva. En fin, tal vez sea imposible…

Inicio de recorrido para barquitos de juguete!!

Inicio de recorrido para barquitos de juguete!!

La visita a esta ciudad de bello nombre duró sólo unas horas. Teníamos que volver a Francia y lo logramos no sin algunas dificultades. Fuera por la desubicación o porque a lo mejor los alemanes tienen algunos fallos, no nos fue fácil encontrar las señalizaciones en las carreteras y nos perdimos más de una vez, cosa que no nos pasó en Francia nunca. Tardamos más de los debido, recorriendo algún pueblo sin pretenderlo. Incluso nos cazó una fotografía de radar por algún exceso de velocidad. Aún no nos ha llegado la multa. Al final lo conseguimos, de todas formas. Y regresamos a la apacible Colmar con tiempo de recorrer de nuevo sus hermosos rincones.

Otro ángulo del Almacén Histórico.

Otro ángulo del Almacén Histórico.

La excursión a Alemania: bien, pero no inolvidable.

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Vistas y detalle de la Herrenstrasse o calle de los Caballeros.

Vistas y detalle de la Herrenstrasse o calle de los Caballeros.

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Terraza junto al canal en la zona de Gerberau.

Terraza junto al canal en la zona de Gerberau.

 

Un centro agradable para pasear.

Un centro agradable para pasear.

 

Crónicas desde el Paraíso (IV) La capital de Europa

Ulyfox | 13 de octubre de 2015 a las 13:33

Espectaculares entramados de madera en las calles de la Petite France.

Espectaculares entramados de madera en las calles de la Petite France.

Como una pequeña Francia, pero también como la esencia de Europa, podríamos decir que es Estrasburgo, capital de la Alsacia y de tantas cosas. En este sitio se diría que se puede vivir bien y civilizadamente. Sede del Consejo de Europa, del Parlamento Europeo, del Tribunal de Derechos Humanos, se siente uno protegido por la civilización que tantas potencias enemigas decidieron crear para no tirarse más bombas unos a otros ni tener que entretenerse en hacerse tirabuzones sangrientos. El casco antiguo está limpio, ordenado, peatonalizado o motorizado con un extraordinario sentido cívico, la parte moderna tiene un aire imperial o contemporáneo según la zona, los tranvías, los autobuses circulan cada dos minutos y te dejan casi donde quieres…

 

La Rue des Bains Aux Plantes, antiguo barrio de los curtidores de Estrasburgo.

La Rue des Bains Aux Plantes, antiguo barrio de los curtidores de Estrasburgo.

Es difícil encontrar un pero a esta ciudad, que imagina uno habitada por limpios funcionarios y aplicados estudiantes, además de visitada por millones de turistas, políticos y hombres de negocios. El centro histórico está delimitado por el río Ill, que forma una gran isla llena de casas con entramados de madera, tejados empinados y balcones apropiados para que los curtidores, junto a los canales, airearan las pieles, los carniceros hicieran su trabajo o los diferentes comerciantes trataran sus precios. Seguramente en aquellos años en que sus habitantes desarrollaban estos trabajos, los edificios no lucirían tan limpios y pintados, pero ahora, sí, da gusto verlos y fotografiarlos para que luego los amigos vean que sí, que es verdad que existen ciudades limpias, cuidadas y hermosas.

Los canales atraviesan la Petite France.

Los canales atraviesan la Petite France.

El barrio más visitado de Estrasburgo es el que se conoce como la Petite France, el antiguo barrio de los curtidores, surcado por canales como otro remedo de Venecia, y salpicado de esclusas, molinos y puentes. Pocos lugares tan adecuados para las fotos de recuerdo. Es el paraíso de los paseos en barcazas, aunque nosotros siempre preferimos recorrerlos a pie, poder rodear, atravesar o franquear las vías de agua. Entre los puentes, los más conocidos son los llamados ‘puentes fortificados’ o ‘ponts couverts’ sobre los que varias imponentes torres recuerdan que en otros tiempos era obligado defenderse de ataques enemigos.

Y por todos lados, flores...

Y por todos lados, flores…

 

Los 'puentes protegidos' o 'ponts couverts'.

Los ‘puentes protegidos’ o ‘ponts couverts’.

Paseando por la Grand Rue, se puede uno ir acercando, mientras observa las grandes mansiones de madera, a otro de los grandes atractivos de Estrasburgo: la Catedral de Notre Dâme, que está a punto de cumplir mil años del inicio de su construcción, una obra maestra del gótico europeo, patrimonio de la humanidad, y para la que se agotan los récords. La flecha que remata su única torre se eleva hasta los 142 metros de altura y fue durante siglos el edificio más alto del mundo. La fachada es desconcertante, hasta que uno advierte su singularidad: Los adornos, molduras arquitectónicas y esculturas están separados al menos 23 centímetros de la pared, y eso le da un aspecto de encaje o labrado muy especial. Impresionante, en una plaza por la que siempre corre el viento, en invierno con un frío glacial, fenómeno que la leyenda local atribuye al diablo envidioso, que daría vueltas sin cesar alrededor del templo esperando un día poder penetrar en él para profanarlo. Nosotros sólo notamos un ligero airecillo, que se agradecía.

Hacia la fachada principal de la Catedral de Notre Dame de Estrasburgo.

Hacia la fachada principal de la Catedral de Notre Dame de Estrasburgo.

Estrasburgo es comodísima. Se puede acceder a ella por las mejores autopistas y los trenes más veloces de Francia. Optamos por el tren desde Colmar, y en una hora estábamos en la capital de Europa. Luego, una vez que nos acercamos desde el centro a la zona imperial, mucho menos interesante pero igualmente agradable, sólo tuvimos que coger un cómodo tranvía que nos volvió a dejar en la moderna estación ferroviaria. Desde el tranvía, pudimos observar a numerosa gente que andaba o circulaba en bicicleta por las principales vías de la ciudad, o paseaba con aire de ir a tomar un café mientras caía la tarde. O alguno de los maravillosos blancos alsacianos. Nosotros no dejamos de probar otra variedad, en este caso el sylvaner, también muy bueno…

La singular fachada de la Catedral.

La singular fachada de la Catedral.

 

En los alrededores dela Catedral.

En los alrededores dela Catedral.

 

El Ill es el río de Estrasburgo,  y delimita el casco antiguo.

El Ill es el río de Estrasburgo, y delimita el casco antiguo…

... y lo cruzan bellos puentes.

… y lo cruzan bellos puentes.

Esto debe de ser Europa…

 

 

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Crónicas desde el Paraíso (III) Riquewhir la bella

Ulyfox | 2 de octubre de 2015 a las 13:36

Casas de Riquehwir desde la entrada norte de la muralla.

Casas de Riquewhir desde la Puerta Alta de la muralla.

Es difícil decir cuál es el pueblo más bello de Alsacia, teniendo cada uno de ellos un mérito al menos para ese título. Pero el que visitamos al final del segundo día de nuestro viaje, muriendo agosto y casi muriendo la jornada, podría ser elegido. Riquewhir, francés de nombre tan alemán como casi todos los de esta región, cumple con los requisitos de arquitectura, decoración y riqueza vinícola para recibir el título. Una muralla, calles empedradas, tejados a dos aguas, fachadas decoradas a conciencia, decenas de bodegas instaladas en su interior, hectáreas de viñedos a su alrededor….

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El espectáculo más impresionante lo ofrece Riquewhir desde cualquiera de sus dos principales puertas, subiendo o bajando la calle principal, dedicada al gran héroe francés de la Segunda Guerra Mundial y padre de la V República, el general Charles de Gaulle. Una ligera pendiente da una perspectiva más bella a esta vía, que se diría diseñada y renovada cada día para gustar. Los colores, los rótulos de los comercios, bares, hoteles o restaurantes, nada desentona de un aire ideal medieval que quizá se podría tomar por demasiado recalcado, un tanto fingido. Pero el resultado es impactante. Nada puede desagradar en lo que es perfecto. Las posibilidades de catar, beber, o comprar los maravillosos vinos blancos de la región, fuente de la enorme y serena riqueza de estos pueblos, añade interés a la visita. No parece posible que a cada paso una vaya soltando exclamaciones y piropos a esta belleza, pero así es. Frío, tal vez, pero indiscutiblemente bonito.

Descendiendo por la calle principal.

Descendiendo por la calle principal.

Son estos pueblos para recorrerlos. Sí, hay museos, históricos, de la comunicación, del ilustrador Hansi, pero lo que apetece de verdad es subir y bajar, desviarse por una calle, retomar la principal y, con la caída del sol, pedir una tabla de embutidos con una copa de muscat, o de riesling, o de pinot blanc…, ver pasar a la gente… y eso fue lo que hicimos.

Decenas de bares y restaurantes bellísimos en el pueblo.

Decenas de bares y restaurantes bellísimos en el pueblo.

Las viñas que rodean Riquewhir, fuente de la riqueza del pueblo.

Las viñas que rodean Riquewhir, fuente de la riqueza del pueblo.

 

Colores y flores en las fachadas...

Colores y flores en las fachadas…

 

... y en las calles.

… y en las calles.

 

Subiendo por la calle del General de Gaulle.

Subiendo por la calle del General de Gaulle.

Subiendo, ya cerca de la Puerta Alta.

Subiendo, ya cerca de la Puerta Alta.

 

Detalles de gusto franco-alemán

Detalles de gusto franco-alemán

 

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Crónicas desde el Paraíso (II). Un castillo, vino y muchas flores

Ulyfox | 22 de septiembre de 2015 a las 0:25

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

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Haut Koenigsbourg debería, por ese nombre, estar en Alemania. Y casi está. Desde su imponente altura, ese castillo está en Alsacia, es decir, en esa frontera francoalemana que tantas veces ha cambiado de nacionalidad a lo largo de la historia. Fue nuestra primera excursión, al día siguiente de llegar a ese paraíso de la civilización occidental. Y el castillo realmente impresiona, domina todo el paisaje hasta bien entrada Alemania, reinando sobre un montón de pueblecitos con nombres igualmente alemanes y rodeados por hectáreas y hectáreas de viñas.

El castillo en su paisaje.

El castillo en su paisaje.

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

 

Según parece, la bella fortaleza es una de las más visitadas de Francia. Efectivamente, estaba asediado cuando fuimos, pero no por huestes enemigas sino por centenares de coches y autocares aparcados en las cuestas que llevan hasta ella. Los franceses tuvieron suerte con este castillo. Aunque fue famoso e inexpugnable durante la Edad Media, en el siglo XIX era sólo una gloriosa ruina. Por allí acertó a pasar el káiser Guillermo III y los lugareños le convencieron de que pusiera dinero para restaurarlo. El castillo renació como gran monumento alemán, símbolo del poderío germánico. Pero, las cosas de la vida, poco después Alsacia pasó a ser francesa y ahora son los descendientes de los galos los que cobran la entrada.

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Pueblos y viñas desde el castillo.

Pueblos y viñas desde el castillo.

La visita merece la pena. La restauración está hecha con mucho gusto y el monumento se recorre con comodidad. Además, las vistas son impresionantes. Nos tocó además un día brillante, extrañamente caluroso en este centro, casi norte, de Europa. Familias y familias recorrían el castillo en ese domingo de final de agosto. En realidad, nosotros estábamos deseosos de bajar al pueblo justo debajo, Saint Hypolite, y probar su famoso rouge, es decir su vino tinto, un pinot noir muy afamado. No nos pareció para tanto, aunque estaba bueno. La comida, uno de los platos típicos de Alsacia, el backeoffe  o algo así, trozos de carne cocida con algunas verduras: bueeeno… No, no es la comida la baza fuerte de esta tierra de excelentes vinos blancos.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

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Saint Hypolite, en cambio, empezó a descubrirnos las bellezas de esos pueblos pequeñísimos, casi aldeas, que se cruzan en un minuto en coche por una carretera bordeada de flores. Nos pareció bonito, pero después comprobamos que no era ni siquiera una pequeña muestra del catálogo de municipios adornados y bellos hasta la extenuación que nos esperaba.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

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La primera parada de esas sorpresas, que iban creciendo en admiración, fue Bergheim. Una muralla con una puerta que ya sólo es testimonial pero que conserva su poder simbólico, calles adoquinadas, y empieza el desfile de casas con entramados de madera a la vista y fachadas pintadas de colores. Ya sabéis, esas que sólo hemos visto en películas e ilustraciones de los cuentos de los hermanos Grimm.

Ribeauvillé, la primera explosión...

Ribeauvillé, la primera explosión…

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La culminación del día fue Ribeauvillé, la primera explosión de fachadas: una larga calle principal llamada de manera poco original Grand Rue, y flanqueada de casas de antiguos y ricos comerciantes, decenas de tiendas de vinos, cada una de las cuales tiene su propia viña y su bodega, exhibiendo escaparates tentadores de botellas de riesling, muscat, gewurztraminer, pinot blanc, pinot gris, sylvaner… las exquisitas uvas de estas tierras.. Y no podernos llevar ninguna por culpa de las distancias, la duración del viaje, las limitaciones a los líquidos en los aviones…

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Recorrimos la calle admirados a cada paso por los detalles, las maderas, los adornos, los rótulos. Y todo tan limpio, y todo tan ordenado, y todo tan exquisito, y todo tan conjuntado. Tal vez la máxima expresión de la Europa rica que, teniendo tiempo y dinero, se dedica a ponerse guapa.

De repente París

Ulyfox | 13 de agosto de 2014 a las 13:53

Notre Dame de París, 25 de julio de 2014 por la tarde.

Notre Dame de París, 25 de julio de 2014 por la tarde.

Este no fue un viaje pensado como de placer, aunque resultó serlo, porque siempre es el mayor placer combinar trabajo con gusto. Algunos quizá lo sepáis ya: que me tocó un viaje a París, como en los concursos antiguos, a entrevistar a una paisana que es ahora una de las mujeres más poderosas, la alcaldesa de la que ella misma llama una ‘ciudad-mundo’, la gaditana (digámosle cañaílla) Anne Hidalgo.

En la Île de la Cité, centro del centro.

En la Île de la Cité, centro del centro.

Y eso que la cosa empezó con disgusto, cuando me enteré de que tendría que ir y volver a la Ciudad de la Luz en el mismo día, enlazando madrugadas. Gran cabreo inicial, por lo que entendí como racanería empresarial innecesaria, que dio paso casi inmediatamente al lado positivo (soy así, para mi suerte): no tendría que hacer ni un mínimo equipaje. Y la cosa acabó con moraleja peliculera, al fin y al cabo fue casi como Richard Gere en ‘Pretty Woman’, tomar un jet para desayunar, almorzar y cenar en París. Cosas de ricos. Y resultó para los restos como una experiencia ya imborrable, sí. Y agradecí ser del ‘plan antiguo’, cuando en bachillerato el segundo idioma era por fuerza el francés, que pude reverdecer en algún bistrot de vins y en la lujosa antesala del Hotel de Ville (Ayuntamiento de Paris) mientras esperaba a la entrevistada.

Los 'bouquinistes' están siempre a la orilla del Sena.

Los ‘bouquinistes’ están siempre a la orilla del Sena.

Totá: que ahí estaba yo levantándome a las tres y media de la madrugada para coger el avión de las siete menos cuarto desde Sevilla a París, Vueling mediante. Tenía las tarjetas de embarque, estaba tranquilo por la hora. Pero la tranquilidad duró poco. Me dio por entrar desde la Isla en la autopista por Cádiz, y me encontré la primera desagradable sorpresa: ¡el Puente Carranza estaba cerrado! Vuelta de nuevo a San Fernando a una velocidad ya más rápida de lo aconsejado, temiendo durante todo el trayecto perder el avión. No sucedió, pero llegué a la puerta justo cuando se iniciaba el embarque. Prueba superada y cabezazo ligero en el avión.

La evocadora librería 'Shakespeare&Company'.

La evocadora librería ‘Shakespeare&Company’.

Desde el aeropuerto de Orly Ouest es muy fácil llegar al centro de París. Hay un gran mostrador de información en el que un buen número de amables muchachos te informa en casi cualquier idioma. Sólo hay que coger un tren automático lanzadera que pasa cada cinco minutos hasta la estación de metro de Antony, y luego hacer el trasbordo en la línea que transita los lugares más sonados. Yo me permití bajar un par de estaciones antes, en Saint Michel, donde el famoso boulevard estudiantil, a los pies de la Sorbona, para darme el gustazo de pasear hasta el Sena y desayunar baguette con mantequilla y croissant, zumo de naranja y café au lait en una de esas terrazas tan parisinas con sillones de mimbre. Un laaaaaargo desayuno en el que terminar de preparar las preguntas mientras los turistas pasaban apresurados en busca de la cercana Notre Dame, detrás del bateau mouche que hace los paseos por el río, agolpándose en cien idiomas alrededor de los guías, o viendo pasar a las jóvenes parejas muy pegadas atrapadas por el inevitable romanticismo del lugar, aun tan de mañana. Una de ellas se despedía con mil besos después de lo que seguro había sido una noche de amor. Refrené las ganas de disparar mi cámara como un remedo malo de Doisneau.

La antes siniestra Conciergerie, junto al Sena.

La antes siniestra Conciergerie, junto al Sena.

Tenía tiempo: la entrevista era a las tres de la tarde, cuando ya los franceses han almorzado. Así que después del petit déjeuner me dediqué a pasear, la mochila al hombro, la chaqueta sobre el brazo y la cámara de fotos preparada. Y hacía un día espléndido, y al otro lado del Sena se acercaba Notre Dame a cada paso. A este lado se me apareció la preciosa librería Shakespeare&Company con su escaparate verde, y enfrente los puestos de los bouquinistes, los famosos vendedores de libros antiguos y revistas junto al río. Pese al calor, la cola de turistas ante la Catedral desanimaba a visitar el interior, y mucho más la subida a las torres. Cuando pasaba alguien comentó a mi lado en español: “Llevamos más de una hora esperando”. Calculé que le quedaba al menos otra y me admiré de la paciencia de la gente en algunos casos. Rodeé la famosa y novelesca iglesia, paseé por los muelles frente a la antiguamente siniestra y ahora limpísima Conciergerie, convertidos en un remedo de playa con arena pero de baño imposible. Los parisinos parecían disfrutar tomando el sol de la falsa Riviera, refrescándose de vez en cuando con las duchas de agua pulverizada.

La falsa playa de los parisinos en el Sena.

La falsa playa de los parisinos en el Sena.

Una torre de verdad y otra de mentirra.

Una torre de verdad y otra de mentira.

En las puertas del Louvre...

En las puertas del Louvre…

...esplendor barroco.

…esplendor barroco.

La tranquilidad me llevó a las puertas del Louvre, la extrañamente bien conjuntada pirámide de cristal en el patio barroco. Nuevamente deseché la entrada en ese gran almacén de maravillas. Ya era pasado el mediodía y tomé una decisión sabia: me acercaría al Hotel de Ville por la muy comercial y distinguida Rue de Rivoli, y pararía con tiempo a tomar una especie de almuerzo ligero. Eso ocurrió en la Rue des Lavandières Sainte Opportune, una callecita abundante en terrazas, en un bistrot de vins (restaurante de vinos) llamado A la Tête d’Or. Bien, muy bien, los dos huevos cocotte con foie de canard, acompañados con una copa de Beaujolais. Un café con una gota de leche (avec un coup de lait), y ya estaba yo listo para encontrarme con Anne Hidalgo, esa mujer que, cosas del devenir, nació en la misma calle que yo, aunque tres años después, y en la que seguro que nos cruzaríamos de niños. Digo yo, porque la calle Dolores de San Fernando, que en menos de trescientos metros te hace descender de la señorial Plaza del Rey al pobre caño del Zaporito, es un mundo muy pequeño. De la esquina del Zaporito a la Alcaldía de París, vaya salto.

Un almuerzo frugal pero muy francés: huevos cocotte con una copa de Beaujolais.

Un almuerzo frugal pero muy francés: huevos cocotte con una copa de Beaujolais.

Ella apareció con una especie de bambito azul con pequeños dibujos en blanco, y los brazos tan abiertos como su franca sonrisa. Es una mujer atractiva a la que no en vano llaman en su ciudad La Belle de Cadix como la canción de Luis Mariano, popularísima en Francia. Y me recibió con la simpatía con la que se recibe a alguien que viene de tus orígenes. Dos besos francos y una conversación relajada. Lo mejor fue tal vez las historias que me contó de su despacho, los recuerdos de De Gaulle, la foto original de El beso de Robert Doisneau, y las evocaciones de sus calles de La Isla, de sus amigos de esa infancia cuando venía de Francia en vacaciones y descubrió la libertad de jugar en los esteros a coger camarones y cangrejos. Pocos recuerdos tan isleños. Por si no la habéis leído aún, aquí tenéis los tardíos enlaces:   http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1827693/aqui/me/llaman/la/belle/cadix.html

http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1827733/dale/recuerdos/petra/cuando/la/veas.html

El Hotel de Ville, la 'casa' de Anne Hidalgo en París.

El Hotel de Ville, la ‘casa’ de Anne Hidalgo en París.

Dos isleños en París, ante 'El beso' de Doisneau.

Dos isleños en París, ante ‘El beso’ de Doisneau.

Fue un gran rato, cerca de hora y media que la alcaldesa parisino-cañaílla dedicó a hablar de  sus dos vidas, sus dos tierras. El Hotel de Ville tiene una escalera impresionante, hecha para que cada uno que suba o baje comente lo de la grandeur de Francia. Y por ahí bajaba yo tras la entrevista, ya satisfecho y dispuesto a disfrutar de unas hora aún antes de volver al aeropuerto. Lo primero fue dirigirme a la Sainte Chapelle, una joya gótica escondida detrás del Tribunal pero muy merecidamente visitada. La única vez que entré en ella fue algunos años atrás, y en un día nublado, lo que nos impidió disfrutar en su totalidad de la luminosidad de su sorprendente interior totalmente lleno de vidrieras separadas solamente por finas columnas, sin paredes, casi suspendidas en el aire. Y el sol que lucía me hizo desear verla en todo su esplendor. Eso hice, para asombrarme de nuevo, pero no mucho más que la primera vez. La sorpresa se había diluido, pero la sensación se acrecentó con la luz divina.

Paredes de luz en la Saint Chapelle.

Paredes de luz en la Saint Chapelle.

Música para turistas.

Música para turistas.

El resto fue esperar que pasara el tiempo, cruzar puentes, oír acordeonistas puestos para la foto y el dinero del turista, y merendar, de nuevo en una terraza, en la plaza de Saint-André des Arts (¿cómo harán los franceses para poner estos nombres tan bonitos?). Ya más relajado, digamos que con la tópica sensación del deber cumplido, del trabajo realizado, me homenajeé con dos cervezas Leffe y un plato de quesos del país. Elementos que me hacían ver la vida de París como un transcurrir elegante y tranquilo de paseantes y ciclistas civilizados. Si no era así, yo disfruté pensándolo. Ni siquiera saqué el libro: miraba y pensaba, un rato que me hizo sentir único y, en cierta forma, poderoso. Efectos de la cerveza, supongo.

 

La place de Saint-André des Arts, estupendas terrazas.

La place de Saint-André des Arts, estupendas terrazas.

El largo camino de vuelta fue algo más duro, mirado objetivamente. Hasta la una y media de la madrugada no llegué de vuelta a casa, una jornada laboral de 22 horas. Y sin embargo, como diría Marcello Mastroianni, “peor es trabajar…”

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Formas de ver las cosas

Ulyfox | 3 de febrero de 2012 a las 15:02

Una multitud ante la Monna Lisa en el Louvre

 

La noticia sobre el descubrimiento de una réplica valiosísima de la Monna Lisa en el Museo del Prado me ha hecho evocar un par (iba a escribir un mar, cosas del subconsciente ortográfico) de cosas: yo había visto esa obra, hace ya un porrón de años, en el maravilloso museo madrileño, cuando estudiaba en la capital y de vez en cuando me daba una vuelta por las salas del entonces no demasiado concurrido y gratuito Prado, cerca de donde yo vivía. La recordaba, es verdad, oscura y triste, tal vez junto a otros coloristas cuadros de Botticcelli, puede ser. Según me han dicho, ahora hay colas casi todos los días para entrar al palacio del Paseo del Prado.

Solos ante el Friso de los Arqueros persas en el Louvre.

Y otra ocasión, hace mucho menos tiempo, apenas tres años, en el mismo Louvre, y recuerdo la imposibilidad de acercarnos siquiera a la Gioconda original, rodeada de turistas armados con sus cámaras digitales de todos los tamaños. Como si el misterioso cuadro de Leonardo estuviera siendo sometido a una rueda de prensa de impertinentes paparazzi. Esa aglomeración tumultuosa ante un reclamo turístico de tal naturaleza contrastaba, no obstante, con la absoluta tranquilidad y casi soledad de las emocionantes salas dedicadas a la decoración en azulejos del palacio de Darío el Grande en Persépolis, con un surtido colorido de soldados, leones heridos y cabezas de toro, impecables, brillantes y desafiantes aún tras el paso de miles de años, desde que la gloriosa civilización persa desapareciera. Y ahí nos quedamos, con nuestra forma de ver las cosas.

Leones con miles de años de antigüedad, en el Louvre.

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¿Ha caído la irreductible aldea gala?

Ulyfox | 17 de mayo de 2011 a las 1:48

No, seguro que no. El Obélix de San Félix, un blog que repartía estupendas pociones mágicas de optimismo y felicidad, en forma de bocados de gastronomía gaditana, ha dicho adiós. Los romanos, esos asediadores que se hacen los locos pero que no lo están, parecen haber podido con la aldea gala, habitada por un solo individuo. Uno solo sí, pero armado con argumentos compuestos por ingredientes que él solo conoce. Sopas, tentempiés, tapas, maritatas, plancha, sartén y horno acompañados de un bigote sabio de puro retener en sus pelillos todos los sabores del mundo… gaditano. Que es como decir una cultura de tres mil años, o por lo menos tres.

Esta podría ser la irreductible aldea gala, pero es en realidad La Roque Gageac, en el Périgord. Quizá esté allí, rodeado de foie, confit de pato y cassoulets. Seguro.

 

Esa aldea gala es sin duda uno de los mil sitios tan bonitos como Cádiz, y su único vecino parece haber querido decir adiós antes de envejecer, por aquello de dejar un bonito cadáver. Vale, sabemos que es una más de las artimañas, estratagemas o añagazas de las que son maestros estos galos, y que sin duda se ha mudado a otro lugar, tal vez a salvo de los venablos y saetas de las despiadadas legiones romanas. Pero tal vez lo sepamos sólo los amigos y admiradores del gran Pantagruel, y tal vez se digne contárnoslo.

Dice que se va, pero no podrá vivir tranquilo con el recuerdo de los bares, chiringuitos, restaurantes y antros de copas que lo llamarán en la noche, cuando esté intentando conciliar el sueño, gritándole ¡VUELVE, guía nuestro en las procelosas aguas de la hostelería gaditana! Y como en el fondo de su orondo cuerpo, bajo capas y capas de grasa, esconde un corazón magro de dobleces, volverá para impedir que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas cuando unos amigos quieran conocer Cádiz, o cuando queramos quedar bien con una conquista. (Y porque no puede vivir sin la poción de la amistad y la admiración sincera. En el fondo es un sentimental) En las fotos de arriba se ve nuestra disposición a pelear a su lado. Como diría Rafael: “Si el Obélix volviera/seríamos sus escuderos/que buen caballero era”. ¡Valor!

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De nuevo París (un encargo de Rocío)

Ulyfox | 19 de diciembre de 2010 a las 17:35

Año 1989. En el Campo de Marte, paseo junto a la Torre Eiffel.

Año 1989. En el gélido Campo de Marte, paseo junto a la Torre Eiffel.

Querido Lope, Fénix de los Ingenios, disculpa el atrevimiento que sigue, pero es por una mujer. Tú lo entenderás. Ahí va:

Una entrada me manda hacer Rocío/

y en mi vida me hallé en encrucijada/

tan gozosa como es la desta entrada/

que viene a enriquecer este blog mío/

París es Villa  Luz, por medio un río/

por millones de seres adorada/

difícil para ser bien explicada/

mas tengo que intentarlo por Rocío./

Torre Eiffel, Barrio Latino y Notre Dame/

el Louvre de los persas y los griegos/

y en Orsay tienes las chicas de Renoir./

Gastaría sin pena largos pliegos/

por contarte lo que debes visitar:/

tú misma usa tus ojos, no están ciegos.

Esta tontería ripiada al modo de Lope que figura arriba, por la que ya estoy pidiendo disculpas (habráse visto tamaña osadía: un soneto) y que explica por qué no me he dedicado a la poesía, viene a cuento porque esa sonrisa franca que es Rocío, ese rostro de ojos grandes sin desmayo, me pidió el otro día, de sopetón en una fiesta de hermandad, que hiciera una entrada sobre París porque se va allí a pasar la Nochevieja. Ya he hablado varias veces de la capital de Francia en este blog, pero este encargo es especial, porque la primera de las tres veces que hemos estado en París fue precisamente para pasar el fin de año, ¡¡del año 1989!! Es decir, que probablemente Rocío casi acababa de nacer. Y no he pasado más frío en los días de mi vida. Pero si se quieren ver otro par de entradas sobre la ‘ville lumiére’, sólo hay que pinchar en las etiquetas de esta página. Este será un post más subjetivo.

Desde la plaza del Trocadero

Desde la plaza del Trocadero

París es una de esas ciudades en las que cumplir el tópico es signo de distinción: subir a la Torre Eiffel es totalmente imprescindible. Sentir la brisa alta, compartir la bella locura del ingeniero que la creó, dejar que la risa nerviosa te nazca desde el estómago y decir ¡qué cosa más bonita, estoy aquí! Aunque aquella primera vez no pudimos subir, y no por falta de ganas sino porque la fría y espesa niebla no dejaba ver nada. Tuvimos que esperar a varios años después, cuando la visitamos en verano, y entonces sí, ese atardecer desde la Torre, la ciudad dorada allá abajo, las luces prendiéndose a poquitos y el repaso mental que hicimos de a cuánta gente quisiéramos tener a nuestro lado conviritieron a ese instante para siempre en uno de los MOMENTOS.

En el porche del café Au Lapin Agile, uno de los mitos de Montmartre

En el porche del café Au Lapin Agile, uno de los mitos de Montmartre

Es así. Sobre París hay miles de guías. Hay que seguir sus indicaciones. Si hablas francés, lo mejor es la Guide de Routard, que en España es la Trotamundos, pero aquí están muy poco actualizadas mientras que en Francia sacan ediciones anuales. Las Lonely Planet también están bien, y más al día. Pero salga en las guías o no (que sí que sale) a nosotros nos seduce el barrio del Marais, también llamado Barrio Judío, aunque ahora sus habitantes son todo tipo de intelectuales. Está lleno de restaurantes de comida greco-judía y de todas las demás, bistrots y brasseries, y de tiendas, y siempre está animado. El Louvre es demasiado grande y masificado, pero una parte menos concurrida que las inaccesibles Venus de Milo y Monna Lisa es la dedicada a la antigua Mesopotamia y a Persia. Lo he dicho más de una vez: lloramos de verdad frente a los azulejos milenarios del palacio de Darío, ante esos leones y guerreros de colores vivos y brillantes. Para evitar las largas colas en la entrada, hay un truco: acceder desde el Metro en la parada Palais Royal-Musée du Louvre siguiendo las indicaciones para el Museo. Y si compráis los pases de uno, dos o tres días para todos los monumentos que venden en la FNAC de la Bastilla, además de saliros mucho más barato, no tendréis que hacer colas.

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No conviene saturarse de museos, pero hay que ir al de Orsay a ver el impresionante impresionismo francés, y gastar una media hora en el mucho más tranquilo Musée de l’Orangerie, en las Tullerías, para ‘nadar’ entre los Nenúfares que pintó Monet: dos salas ovaladas cuyas paredes son precisamente esta gigantesca y personal obra maestra de la pintura.

Renoir, para quererlo en el Museo de Orsay

Renoir, para quererlo en el Museo de Orsay

Y Monet...

Y Monet...

 Y a andar: por el Marais y la bella plaza des Vosges, por el Boulevard Saint Germain, por la isla de San Luis, alrededor de Notre Dame,  y por supuesto ¡por supuesto! visitar la Sainte Chapelle ¡oh sus vidrieras flotantes! Comer una cazuela de mejillones en el Barrio Latino, probar la potente cocina tradicional, cruzar muchas veces el Sena, decir a cada momento ‘bonjour’, beber vino francés del que ponen por jarras en los bistrots, caminar de la Bastilla a la Madeleine y de la Ópera a la Place Vendôme, rodear el Arco del Triunfo y relajarse en el sencillo parque Monceau, admirarse con el atrevimiento aún hoy sorprendente del Centro Pompidou.

El restaurante Aux Petits Oignons, muy cerca del museo de Orsay

El restaurante Aux Petits Oignons, muy cerca del museo de Orsay

Y no olvidar una palabra: ‘au revoir’, es decir, hasta la vista, porque seguro que querréis volver. Tú también, Rocío

Contra el frío, el calor humano es lo mejor

Contra el frío, el calor humano es lo mejor

P.S.: Es evidentemente, por nuestros rostros, que todas las fotos son de época. Allá por el tránsito entre 1989-90. Fue un viaje con Paco y Mari Carmen. Al volver, la niebla cerró el aeropuerto de Orly y no podíamos volver a Sevilla. Yo, con mi cara de bueno, me acerqué al mostrador de Iberia: ¿No hay ninguna forma de salir? “Sólo puedo darle cuatro billetes, si quieren, en clase preferente, pero a Barcelona, y al día siguiente volarían a Sevilla”, me contestó el hombre. Bueno, le dije, y nos resignamos a buscar un hotel esa noche en Barcelona. Pero entonces comenzó a fraguarse el final perfecto. En el avión nos recibieron con champán rosa y paté de foie, entre otras delicias. Una vez llegados al Prat, pusieron a nuestra disposición un taxi que nos llevó al hotel Palace de Barcelona, y donde pasamos una noche de lujo. Nunca un problema en un aeropuerto se resolvió tan bien. Tal vez eran otros tiempos, pero no estuvo mal para acabar, si tenemos en cuenta que habíamos pedido un crédito para pagar a plazos ese viaje. ¡Vivan los inconvenientes!

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