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Frío de verdad

Ulyfox | 3 de febrero de 2012 a las 14:08

En Ordesa y Monte Perdido, allá por el 99 o 2000

 

Dicen que esto es una ola de frío y que nos vamos a enterar. Pero a mí no me va a pillar desprevenido. Conservo un apañado vestuario, de los que nos compramos para cuando hemos viajado al norte, y al norte del norte. No nos pasará como aquel lejano primer viaje al frío, cuando no esperábamos que París nos recibiera con la temperatura más inclemente que habíamos conocido. Teníamos algo importante que celebrar, y decidimos pasar el Año Nuevo en la capital de Francia y del mundo, con una pareja de amigos que aún nos dura, al menos uno de ellos. Entonces éramos tan pardillos que no nos esperábamos ese golpe de temperaturas bajas. Tuvimos que recurrir a bufandas reliadas, pijamas debajo de la ropa y soluciones así de pedestres, sorprendidos además por las pocas horas de luz y una niebla tan intensa que nos hizo desistir de subir a la Torre Eiffel: ¡pa qué! A las fotos de una entrada reciente sobre París me remito, porque ahora no soy capaz de encontrarlas.

Luego, lo que son las cosas, le cogimos gusto a esto de pasar frío porque sabíamos del placer de llegar a los hoteles, restaurantes, bares, museos… perfectamente acondicionados;  conocíamos la reconfortante sensación de un buen vino o de una sopa castellana, la amable recepción de un salón con chimenea y la graciosa tarea de desembarazarte de ropa y volvértela a poner al entrar o salir de los locales. La permanente y gozosa alegría de ver la nieve en los picos lejanos o en la carretera junto a San Gimignano, la Toscana fría con Chianti cálido, y el resguardo de la muralla de Pedraza. Incluso el helado viento de Creta en invierno. Gustos de los viajes.

Bien abrigada ante la Colegiata de Toro, Zamora

En realidad, mi primer contacto con el frío de verdad fue en mis lejanos tiempos de estudiante de Periodismo en Madrid, en una ciudad apasionante en la época pre y post muerte de Franco, en la que se combinaba la ilusión y la lucha a nuestra manera con el temor y el aire gris, y con las primaveras en el Retiro. Al marchar por primera vez a los estudios desde la cálida San Fernando mis padres me pertrecharon, como gran remedio, con una botella de 501, que yo debía tantear con moderada dosis, todas las mañanas antes de encaminarme hacia la Facultad. Obedecí ciegamente a mis progenitores y, mientras duró, yo me abrigaba por dentro cada día temprano con un café con leche y una copa de coñac. Ahora pienso en esa extraña costumbre mañanera de alcohólico y en lo que deberían pensar mis compañeros al oler mi aliento durante la primera clase.

Excepto el primer curso y parte del segundo, acomodado de aquella manera en una habitación de un edificio con calefacción, no dejé luego de pasar frío en los medio apañados pisos que alquilábamos a medias, encendiendo el brasero en horas calculadas para no gastar mucho o manteniendo la ropa de abrigo puesta. Nada me pesa, con la excepción de no haber visto, a pesar de la gelidez soportada, ni un solo día nevar en Madrid. Sí, algunas mañanas amanecían blancos los jardines de la Ciudad Universitaria, y pocas veces una ligera agua nieve se posaba en los hombros del chaquetón sin que llegase a cuajar nunca esa imagen de aceras y tejados nevados y hombres quitando nieve de los parabrisas. Tanto frío, para nada.

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