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Nisyros: un volcán en medio de una isla

Ulyfox | 26 de noviembre de 2018 a las 13:26

 

Penélope, diminuta en el interior del cráter, desafiando al gigante Polibates.

Penélope, diminuta en el interior del cráter de Stéfanos, desafiando al gigante Polibates.

Es muy inquietante. No puede dejar de serlo. Es un volcán, y está activo, ahí mismo a pocos kilómetros de la capital y principal puerto, Mandraki, en el centro de la isla de Nisyros. No se puede ignorar su presencia, las rocas son volcánicas, las playas lo son también, en el aire flota un olor ahumado. El volcán, al que los isleños dan nombre de dios, Ifestion, es además la principal atracción turística de un lugar que no anda sobrado de ellos.

Queríamos conocer Nisyros por eso, y porque era una de las pocas islas del Dodecaneso que teníamos pendientes. Y la comparación, viniendo de la singular Symi, no era necesaria. No la hay.

Vista panorámica de Mandraki desde las alturas del Monasterio Panagia Spiliani.

Vista panorámica de Mandraki desde las alturas del Monasterio Panagia Spiliani.

Tiene Mandraki un aire dormido, tal vez anestesiado por los vapores de Ifestion. Un caserío blanco de construcciones cúbicas, bello como tantos pueblos isleños griegos, de poca altura y agrupado a los pies de un monasterio encaramado en el acantilado sobre el mar, que parece siempre embravecido. El convento lleva el nombre de Panagia Spiliani, algo así como Nuestra Señora de la Cueva, porque el lugar de culto original era efectivamente una cueva, y sobre ella fue creciendo. La población tiene la típica disposición laberíntica, con calles estrechas y un par de plazas, una dando al mar y otra en el centro, sombreada por los omnipresentes plátanos de Grecia.

Pavimento de la plaza principal de Mandraki.

Pavimento de la plaza principal de Mandraki.

En esta última se concentran un par de restaurantes y un café mínimo, que sobre su superficie adornada con preciosos mosaicos de guijarros (joklakia) extienden las sillas y mesas de sus terrazas. En verano se llenan por las noches, y son un agradable remanso durante el día. La atención es amable y cercana y sus platos, sencillos y caseros.

La misma plaza, a mediodía.

La misma plaza, a mediodía.

No tuvimos una entrada agradable en Nisyros. El hotel Romantzo está muy bien situado frente al puerto, y tiene una estupenda apariencia. Pero las habitaciones no están muy renovadas. No fue eso lo peor. Los inquilinos de al lado eran una pareja rusa joven que hacía honor a todos los tópicos sobre aquel país, es decir, que la borrachera que soportaban era de aúpa. El hombre durmió toda la noche fuera de la habitación, sobre una silla metálica que acabó rompiendo. Se fueron temprano al día siguiente, y esa fue la mejor noticia.

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Otro rincón de Mandraki, e decoración improvisada en la puerta de una casa.

Otro rincón de Mandraki, e decoración improvisada en la puerta de una casa.

Además, en el primer restaurante al que fuimos parecíamos molestar desde la entrada, y nos ponían pegas a cada pedido que hicimos… algo impropio de Grecia, muy impropio.

Fumarolas en el cráter de Stéfanos, el volcán de Nisyros.

Fumarolas en el cráter de Stéfanos, el volcán de Nisyros.

Bueno, tampoco da tanto miedo el volcán...

Bueno, tampoco da tanto miedo el volcán…

... Aunque la imagen del centro del cráter es inquietante.

… Aunque la imagen del centro del cráter es inquietante.

La experiencia se enmendó algo al día siguiente, con la visita al volcán. Se puede ir andando si se tienen ganas y fuerzas, o en autobús, pero nosotros preferimos acercarnos en coche de alquiler. Fuimos temprano, no había nadie. Pudimos bajar al imponente cráter de Stefanos, pasear sobre él, teniendo cuidado para no pisar las fumarolas ni las zonas marcadas. El olor a azufre era penetrante y el humo salía por numerosas aberturas. La visita no agradó a Penélope, pero yo disfrutaba de lo extraordinario del escenario: había algo de Indiana Jones en todo eso, y no estaba ausente del todo un pequeñísimo pensamiento sobre la posibilidad de que la tierra comenzara a temblar en cualquier momento. Cuando salíamos, empezaban a llegar los autobuses de turistas rusos, pero aún tuvimos tiempo de una visita solitaria al otro cráter, más pequeño pero en apariencia más vivo, el de Alexandros, bordeado de instrumentos sismológicos.

Vista del volcán desde el mirador de Nikia.

Vista del volcán desde el mirador de Nikia.

Como todo en Grecia, esta isla alberga una historia mitológica sobre su origen, la que dice que, en plena guerra contra los titanes, Zeus arrancó una enorme piedra de la cercana isla de Kos y la lanzó sobre el gigante Polibotes. La piedra sería la isla de Nisyros, y bajo ella quedó sepultado el gigante. Las erupciones (la última de las cuales ocurrió hace poco más de cien años, en 1887) y los gases expulsados son los bufidos de un Polibotes bastante enfadado, como ya habréis imaginado, según la leyenda.

Cerca de la plaza de Nikia.

Cerca de la plaza de Nikia.

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Detalles en las calles de Nikia.

Detalles en las calles de Nikia.

Rodeando el volcán y sobre el fértil valle que han formado las tierras volcánicas, hay dos pequeños pueblos encaramados: Nikia y Emporios. Blancos como ellos solos, sobre todo el primero es una belleza blanca en las alturas. Huele constantemente a barbacoa, y es el mejor punto panorámico tanto sobre el volcán como sobre el mar al otro lado. La plaza principal condensa en un espacio muy reducido y brillante varias imágenes típicas de las islas griegas del Dodecaneso: el suelo de mosaico, la torre de la iglesia, casi de tarta, los kafenion… La excursión de rusos nos iba pisando los talones, y al poco llenó la placita.

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Dos rincones de Emporios.

Dos rincones de Emporios.

Vista del pueblecito y puerto de Pali.

Vista del pueblecito y puerto de Pali.

Después bajamos a almorzar muy bien en el puertecito de Pali y probamos una de las playas volcánicas, para terminar la jornada cenando en la placita de Mandraki de los plátanos.

El mar bate Mandraki, a los pies del monasterio Panagia Spiliani.

El mar bate Mandraki, a los pies del monasterio Panagia Spiliani.

Camino de la antigua acrópolis.

Camino de la antigua acrópolis.

El último día en Nisyros fue para andar: paseamos por Mandraki, subimos los escalones haste el monasterio sobre la cueva, fotografiamos las esquinas y nos atrevimos a ascender hasta la antigua acrópolis, otra de las atracciones. Los lugareños la llaman Paliokastro, es decir, algo así como ‘el castillo viejo o antiguo’, y son los restos de una impresionante fortaleza datada entre los siglos IV y III antes de Cristo, con unas gruesas murallas formada por enormes bloques de piedra volcánica. Restaurada recientemente, se podría decir que lleva también la imaginación a tiempos de titanes. Casi se siente uno guerrero vencedor cuando sube la gran escalinata hacia lo alto de la muralla y vislumbra a sus pies el caserío de Mandraki…

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Delante, y encima, de los muros del Paliokastro de Mandraki.

Delante, y encima, de los muros del Paliokastro de Mandraki.

Y además, constituye un excelente ejercicio físico.

La noche del tercer día fue corta. Debíamos zarpar hacia nuestro siguiente destino muy temprano, a las cuatro de la mañana. Hacia Tilos…

A las claritas del día, en el puerto de Mandraki, esperando el ferry para Tilos.

A las claritas del día, en el puerto de Mandraki, esperando el ferry para Tilos.

Symi, la perla del Dodecaneso

Ulyfox | 4 de noviembre de 2018 a las 19:54

Symi, derramándose hacia el puerto.

Symi, derramándose hacia el puerto.

 

Ulyses, el gran Odiseo, pródigo en ardides, ya lo sabía y lo comprobó bien: no te puedes fiar del aparentemente calmado Mediterráneo. El Mare Nostrum puede albergar dentro de sí la mayor de las furias, presta a desatarse a cualquier hora aunque por la mañana, o la noche anterior, su superficie ofrezca una cara amable. Nosotros también lo sabemos, y más de una vez lo hemos comprobado. Esta vez nos tocó en un movido viaje, a bordo de un catamarán de pretencioso nombre, el ‘Dodekanisos Pride’, ‘Orgullo del Dodecaneso’.

El puerto, desde las alturas de Horió.

El puerto, desde las alturas de Horió.

Partíamos desde Kastellorizo, y la cosa no pintaba tan mal: día soleado y viento ligero. Y el inicio de la navegación lo corroboró, mientras el barco surcaba aguas muy cercanas a la costa turca. Se movía pero nada excesivo. Sin embargo, en cuanto enfiló hacia Rodas, primera escala, y cuando Turquía se alejó en la vista, el orgulloso catamarán pareció tornarse en paquebote (permitidme el juego de palabras) y daba saltos sobre las olas o se balanceaba de proa a popa y de estribor a babor de una manera que nos hizo recordar que tenemos estómago. Sí, preferimos tumbar el asiento y no mover la vista, sin que estas maniobras corporales parecieran hacer mucho efecto sobre nuestro aparato digestivo. La bolsa de papel estaba a mano por si acaso. Podéis imaginar lo que es una hora y media así, muchas veces al borde del vómito, que aguantamos como dos auténticos aprendices de marinos.

Uno de los empleados del barco pasó varias veces preguntando a los pasajeros si se encontraban bien (íste endatsi?, “¿están bien?) La mayoría prefirió no abrir la boca y sólo hacer muecas como de “qué quieres que te diga”. Una mujer en un asiento trasero ni siquiera podía gesticular, y no paró de toser y vomitar. Pobre.

Panorámica del puerto.

Panorámica del puerto.

La cosa se calmó al acercarnos a Rodas, donde la entrada fue pacífica, atracando el barco frente a las magníficas murallas medievales de la Ciudad de los Caballeros. La escala fue de apenas media hora, para recoger a más pasajeros y dirigirnos a nuestro destino de ese día, la impar isla de Symi, y su precioso puerto lleno de casas neoclásicas de colores, tal vez uno de los más bonitos del mundo. El viento se calmó bastante, el barco se hizo más amable, y la rada natural nos recibió con un mediodía soleado que presagiaba, como resultaron, dos cortos, inolvidables, asombrados días.

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Una muestra de los colores que bañan las casas de Symi.

Una muestra de los colores que bañan las casas de Symi.

A salvo en tierra, ya sólo era posible disfrutar de esta pequeña y recortada isla griega asediada por dos estrechas penínsulas turcas que forman a su alrededor como una pinza otomana. Hay pocas bellezas comparables a su puerto natural, donde está el asentamiento llamado Gialós (la Costa), rodeado por una especie de teatro policromado de edificaciones que trepan por la montaña, hasta el pico con cúpula del núcleo de Horió (el Pueblo).

La Kali Srata, el Camino Bueno que sube y baja a y desde Horió.

La Kali Srata, el Camino Bueno que sube y baja a y desde Horió.

Symi es desde hace décadas un lugar de parada para un turismo de cierto aire selecto: gente con yates que ya usaban bermudas cuando para el resto de los mortales eso se llamaba pantalones cortos. Los estrechos muelles de Gialós están llenos de mástiles, de veleros al uso o de las preciosas goletas turcas que hacen excursiones y cruceros desde las cercanas Mármaris, Datça y Fethiye. Y ahora se le han añadido cruceristas, numerosos grupos de viajeros de unas horas o de un día desde Rodas. Y muchos, muchos más que se quedan varias jornadas, lo que ha traído el aumento de alojamientos y, por supuesto, de conexiones marítimas. Este año se está acabando un nuevo puerto, con capacidad para grandes ferries, consecuencia inevitable. Pero el lugar no ha perdido hermosura, sino al contrario, aunque ha ganado en aglomeraciones.

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La playa de San Nicolás es la más cercana al pueblo, accesible por un sendero.

La playa de San Nicolás es la más cercana al pueblo, accesible por un sendero.

Y, lo más curioso, ha crecido el número de playas. Entendedme, las playas no han aparecido de la nada. Estaban ahí, en recodos entre acantilados y al final de las torrenteras. Pero no había, ni hay, carreteras para llegar a ellas. En los últimos años se han puesto en marcha numerosos taxis acuáticos y barcos medianos que acercan a los turistas hasta esos escondidos arenales. Y la más cercana al pueblo, la de San Nicolás (Agios Nikolaos) es más fácil de alcanzar ahora andando, por un sendero muy bien arreglado, que aquella vez que lo intentamos hace ya muchos años. Hasta ella nos acercamos, pasando antes por la preciosa bahía de Pedi, un pequeño grupo de casas con un embarcadero a la que se llega rápidamente en microbús ‘urbano’.

Colores de viejas mansiones en Kalí Strata.

Colores de viejas mansiones en Kalí Strata.

Hemos estado en Symi tres veces. Nos fascina su mezcla de colores y su puerto único. No estamos solos en nuestra admiración. Es difícil decidir si es más bello pasear por el puerto y sus calles aledañas o trepar hasta Horió y desde allí ir descendiendo por la llamada Kalí Strata (Camino Bueno) entre viejas mansiones de armadores, muchas de ellas en ruinas pero muchas también restauradas de manera preciosa. Se va descendiendo y cada rincón, cada callejuela ofrece una visión nueva, diferente y hermosa del puerto. Es un paseo gozoso. Y único.

Ambiente en las alturas de Horió.

Ambiente en las alturas de Horió.

Nos alojamos en los apartamentos Odyssia, en un extremo del puerto, algo alejado del ajetreo y con una vista fantástica, además de contar con una taberna muy buena en los bajos. Cosas de los griegos isleños: las dos primeras cervezas eran siempre de invitación, y algún extra gratis siempre cayó. Y los dueños, una familia de allí, eran grandes conversadores, lo que te daba ocasión de practicar el griego con su indulgencia. Y eso que tanto el padre como la hija eran grandes políglotas. Ideales anfitriones en la isla ideal.

La mañana en los apartamentos Odyssia.

La mañana en los apartamentos Odyssia.

 

Y el anochecer en Gialós.

Y el anochecer en Gialós.

Kastellorizo, el refugio del Mediterráneo

Ulyfox | 17 de octubre de 2018 a las 0:39

Kastellorizo a veces  no parece real.

Kastellorizo a veces no parece real.

 

No hace tanto que hemos vuelto, pero no de las vacaciones, sino de nuestra vida allí, en Grecia. Aún conservamos una leve huella del sol del Egeo en nuestra piel, muy leve a la vista pero muy profunda en nuestra dermis (ay, esa lengua griega). Como las capas de cal que acumulan desde hace siglos las casas de las Cícladas deben ser las capas que nuestro cuerpo ha ido añadiendo durante las dos décadas y media que hace que visitamos la eterna Hélade, sin cansarnos. Cada año acudimos a que nos den esa lámina protectora que necesitamos para andar el resto del año. El color se va, pero os juro que la imprimación permanece.

Así que aquí estamos, por supuesto haciendo planes ya para el año que viene, de nuevo lamentando que esta vez tampoco hayamos podido extender nuestra estancia hasta alcanzar, a finales de octubre, las fiestas de destilación del raki en Creta, con nuestros amigos. Brindaremos por ellos en pocos días, porque algo de ese elixir sí que nos hemos traído. Para compartir, por supuesto, porque, si no, no tiene sentido.

Recién aterrizados en el aeropuerto de Kastellorizo.

Recién aterrizados en el aeropuerto de Kastellorizo.

Este año el periplo ha sido largo e intenso, un mes lleno de descubrimientos y de reencuentros como pedía Kavafis, de norte a sur y de este a oeste del privilegiado país griego que tanto amamos. Aterrizamos una noche en Rodas el 1 de septiembre y, después de una espléndida cena tardía en la Taberna Nireas y de unas pocas horas de sueño, nos embarcamos en un avioncillo de camino a la isla de Kastellorizo, un diminuto trozo griego a un tiro de piedra de la costa turca, a poco más de media hora en barco desde la bella Kas. El amanecer nos pilló tomando tierra en el aeropuerto de Kastellorizo, una pequeña pista entre riscos. Y a partir de ese momento, tres hermosos días en los que estirar el tiempo, que ya por sí solo tendía a estirarse allí.

La vista desde la habitación del Hotel Kastellorizo.

La vista desde la habitación del Hotel Kastellorizo.

Casi lo primero que hicimos nada más llegar y tomar posesión de la habitación en el hotel que lleva el mismo nombre de la isla (habíamos estado allí también hace lo menos 15 años), fue darnos un baño en el puerto, a pie del hotel, mientras los amables propietarios nos preparaban un café con un dulce casero. La mañana era luminosa, el viento estaba en calma, la temperatura ideal… creo que en estas tres frases he definido la perfección.

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Café y baño para empezar el periplo griego en el puerto de Kastellorizo.

Café y baño para empezar el periplo griego en el puerto de Kastellorizo.

Kastellorizo (derivado del nombre que le pusieron los italiano Castello Rosso, y también llamada Megisti o Meisti por griegos y turcos, es poco más que un puerto precioso, con algunas (cada vez más) casas rehabilitadas, y en cierta forma salvada de la desaparición por el turismo, escaso pero entusiasta. Llegó a tener 15.000 habitantes y a ser una de las escalas más importantes entre Turquía y Chipre. Ahora son tres centenares escasos las personas que residen permanentemente en la isla, después de la despoblación que sufrió en el pasado siglo, sobre todo con la emigración a Australia. En la actualidad, muchos de los hijos de aquellos que se fueron están volviendo y rehabilitando sus viviendas. En realidad es un paraíso de tranquilidad y aguas azules con casas neoclásicas de todos los colores alrededor de los muelles. Ser australiano y heredar una casa en Kastellorizo debe de ser el guión soñado para una de esas películas, tan placenteras, de reivindicación de la vida sencilla. Por la ladera de la montaña que asciende hasta el aeropuertos se esparcen muchas casas en ruinas a la espera de esa mano salvadora. Es curioso que en el tratado con Turquía que acordó el traspaso a Grecia de la isla se especifica que Kastellorizo volverá a ser turca si la población baja de 150 habitantes. Si existió alguna vez ese peligro, parece que ahora se ha conjurado.

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El día y la noche en un rincón del puerto.

El día y la noche en un rincón del puerto.

Aparte del puerto natural, en forma de U, en el que se concentran la mayoría de los edificios, la isla tiene un par de monasterios (uno de ellos en las alturas tras un agotador camino hacia el aeropuerto) y nada más. Ni siquiera tiene playas, aunque los lugareños le han dado ese apelativo a un recodo en un islote con una capilla, una cantina y unas plataformas con hamacas: la playa de Agios Georgios, es decir San Jorge. El agua es transparente, eso sí. Sus principales monumentos son el castillo turco en ruinas, una mezquita en un saliente precioso del puerto y una tumba licia excavada en la roca, de las que tanto abundan en la costa turca opuesta. Entonces, ¿por qué ir a Kastellorizo? Nosotros lo hicimos la primera vez tras ver la película Mediterráneo de Giuseppe Salvatores, y lo mismo hicieron miles de italianos. Si no habéis tenido la ocasión, buscadla. Es como una obra sencilla y, al menos para nosotros, emocionante. La acción transcurre allí, con un destacamento italiano durante la Segunda Guerra Mundial de protagonista, aparte de los habitantes del pueblo. ¿Por qué volver? Porque fuiste una primera vez y no se te olvida.

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Ante una de las casas protagonistas de la película ‘Mediterráneo’.

Paseos y baños por el puerto, la mejor actividad.

Paseos y baños por el puerto, la mejor actividad.

Así que realmente no hay mucho que hacer: pasear por el precioso puerto, contemplar cómo la luz de las diferentes horas incide en las casas, cenar junto a los muelles, caminar hasta la cercana bahía de Mandraki y darse un chapuzón, ver ahí mismo como las tortugas se alimentan de peces, almorzar en la taberna unas gambas de Symi, pequeñas y deliciosas, subir o intentarlo al menos hasta el monasterio en la montaña y tomar fotografías, acercarse a la ‘playa’ de Agios Georgios, visitar la tumba licia… y sentir el extraño e insólito placer de sentirte dueño de tu tiempo. Impagable.

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La tumba licia de Kastellorizo, la única en Grecia.

Unas gambas de Kastellorizo, un vaso de tsipouro enla bahía de Mandraki...

Unas gambas de Kastellorizo, un vaso de tsipouro enla bahía de Mandraki…

Dar una pequeña caminata hasta la tumba licia, ver tortugas en Mandraki...

Dar una pequeña caminata hasta la tumba licia, ver tortugas en Mandraki…

Visitamos hace más de una quincena de años Kastelorizo por primera vez. Éramos cuatro turistas, y más de la mitad italianos. Ahora hay nuevos hoteles, más restaurantes y bares en los muelles y, sobre todo, varias excursiones diarias desde Turquía que llenan durante las horas centrales del día la capital y única población de la isla. Pero el espíritu permanece. “Para los que andan huyendo” decía la dedicatoria de la película de Salvatores… Pues eso.

Kastellorizo, desde la montaña

Kastellorizo, desde la montaña

El encantador rincón de Agios Georgios. Una capilla, una taberna, una playita...

El encantador rincón de Agios Georgios. Una capilla, una taberna, una playita…

La mezquita del pasado otomano aún domina un extremo del puerto.

La mezquita del pasado otomano aún domina un extremo del puerto.

De nuevo en el camino

Ulyfox | 31 de agosto de 2018 a las 14:46

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Estamos a unas horas de emprender un nuevo viaje, cuando la inmensa mayoría ya tiene su maleta a bordo para emprender el camino de regreso. Hay mucho de sentirse especial en estas fechas cuando oye uno por todas partes eso del comienzo del curso, el final de las vacaciones, la vuelta al cole, la operación retorno… y por el contrario uno va de salida, de ilusión, de comienzo.

Así es, nos vamos. En un día estaremos en Grecia. Esta vez, el mes entero, de paso por Rodas, Kastellorizo, Symi, Nysiros, Tilos, Creta, Paros y Mykonos, si no se me olvida nada. Treinta días de reencuentros y hallazgos, otra vez. Y no nos cansamos. Este verano creo que hemos hecho varios adeptos más a la causa filohelénica. Varios amigos a los que hemos asesorado en sus viajes y que, si hay que creerlos, han estado encantados. ¡Qué nos van a contar a nosotros!

En principio no pensábamos hacer todo el mes en Grecia. Queríamos haber visitado antes, unos diez días por ejemplo, Austria y tal vez Suiza. Hallstat era el pueblo objetivo de Penélope. Precioso, con sus casitas, sus tejados, su iglesia de campanario agudo… todo al lado de un lago bucólico y romántico. Tan perfecto, pero tan dificultoso de llegar que al final cejamos en nuestro empeño. Recordamos también en esos días de preparación nuestra visita a Alsacia de hace un par de años, y lo mismo: todo tan perfecto, las flores y los jardines tan ordenados, las casas tan bien pintadas, que nos parecía que debajo debía esconder alguna película de terror, exagerando, claro.

Pero además, las noticias de estos últimos meses sobre la deriva xenófoba de esas regiones europeas, el miedo y el odio al extranjero que se está propagando por allí… que nos decidimos a ‘castigarlos’ a nuestra pequeña e insignificante manera: nos vamos con los que nos gustan, con los que son nuestra familia prácticamente, el Sur. Y ahí pensamos estar un mes, disfrutando del mar, los paisajes, la comida, la bebida, el aceite, las noches mediterráneas.

Así somos, qué le vamos a hacer.

Hasta la vuelta y que empecéis bien el curso

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El vuelo más corto del mundo

Ulyfox | 15 de abril de 2018 a las 18:38

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

Todo está dispuesto a bordo del avión de la línea Sky Express en el aeropuerto de Kárpathos. El avión bimotor de turbohélice con destino a Sitia, en Creta, empieza a rodar por la pista. Despega y a los dos minutos la azafata dice: “Iniciamos el descenso al aeropuerto de Kasos”.

Esta es la cortísima historia del vuelo más corto del mundo. Kasos es casi como una escala inevitable, como un pequeñísimo salto de pulga, pero seguramente le ha dado sentido y rentabilidad a un vuelo entre las islas de Kárpathos y Creta que tal vez no existiría sin esta casi broma. Los pasajeros, apenas una decena, descendimos y esperamos en la pequeña sala del aeródromo, casi sin tiempo ni para ir al servicio si alguien lo hubiera necesitado. El avión vuela a muy baja altura, claro, no tiene tiempo de subir más y uno viaja casi tocando las olas. Es cómodo, tranquilo y todo el pasaje sonríe ante lo singular de esta experiencia, duda de si merece la pena bajarse, pero ahí la tripulación es clara: todo el mundo tiene que hacerlo.

Luego sí, ya el segundo salto hasta Creta es sólo una mijita más largo, y al menos merece el nombre de vuelo. Sin embargo, no merece que se cuente nada sobre él.

El verano en Karpathos

Ulyfox | 3 de abril de 2018 a las 9:39

La playa de Kirá Panagia, desde la iglesia del mismo nombre, en la isla de Kárpathos.

La playa de Kirá Panagia, desde la iglesia del mismo nombre, en la isla de Kárpathos.

 

Parece difícil, pero el verano llegará como lo hace siempre, y nos da igual que llegue antes o después, que venga más o menos caluroso, después de este invierno que empezó amistoso, tanto que ahora no quiere dejarnos. Y mientras, quizá nos consuele pensar en otros estíos, es decir en vacaciones, viajes, luces y aires distintos. El más cercano de los nuestros, lo sabéis, se dedicó íntegramente a Grecia, como hemos hecho otras veces. Ahí quisimos visitar una isla que había estado otras ocasiones en nuestras intenciones, pero no creáis, no todas son tan fáciles de alcanzar ni de acomodar a nuestros planes. Kárpathos está entre el archipiélago del Dodecaneso y nuestra amada Creta, pero nosotros queríamos ir a ella desde Samos y para hacerlo fue obligatorio dar dos saltos en avión, desde el aeropuerto samiota hasta el de Atenas y desde este al de nuestro destino. Llegamos al fin, y por eso os podemos contar.

Las aguas de la playa de Kirá Panagia.

Las aguas de la playa de Kirá Panagia.

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Kárpathos era hasta hace muy poco, por esa complicación de transporte, un lugar muy poco visitado y con algunas poblaciones y playas con fama de inaccesibles, envueltas en el misterio de las nubes como el pueblo de Olimpos, allí en la cima y durante años unido al resto de la humanidad por una carretera pavorosa, rodeada de precipicios y sin asfaltar en muchos tramos. Si era así, todo eso, o casi todo, ha cambiado. La carretera sigue teniendo un montón de curvas y en muchos momentos se rueda entre la niebla, pero su anchura ha crecido considerablemente y el asfalto es impecable. Eso ha hecho del Olimpos que antes era un vestigio étnico en las cumbres, en el que sus habitantes vestían sus coloridos atuendos tradicionales y eran visitados poco más que por sus cabras, un enclave precioso, peculiar en sus construcciones decoradas, pero inevitablemente muy turístico y comercial.

El puerto de Kárpathos, la capital de la isla.

El puerto de Kárpathos, la capital de la isla.

El aeropuerto de Kárpathos, uno de los más grandes del país por su uso tradicionalmente militar, se ha abierto a los vuelos chárter internacionales, y ahora te encuentras por todas partes grupos de turistas nórdicos e israelíes, supongo que por el origen de sus vuelos. Los turistas inevitablemente modifican el entorno y, aunque parezca difícil en una isla griega, casi no se oye música nacional, la bella música griega y los locales tienen un aire inequívocamente internacional. Las playas, maravillosas, siguen siendo difíciles de alcanzar, porque en un paisaje tan montañoso las carreteras se ven forzadas a discurrir por las alturas, y para llegar al mar hay que descender por calzadas estrechas y con decenas de giros cerrados. Pero… ¡oh sorpresa! están llenas, atiborradas, y las motos y los vehículos se amontonan en aparcamientos casi inverosímiles. Toda dificultad y aglomeración se olvida cuando uno se sumerge en sus aguas transparentes, pero la admiración ante el tesón del ser humano de todas las edades por bañarse en el azul permanece. Cosas evidentes: la playa de Kirá Panagía, la de Achata, la de Ampella, Kato Lefkó… son increíbles. Merece la pena el esfuerzo, pero uno agradecería que menos gente se esforzara.

Olimpos, en las alturas y entre nubes.

Olimpos, en las alturas y entre nubes.

El ya mentado Olimpos es una singularidad en muchos sentidos. A cientos de metros de altura es un mirador inigualable sobre el mar. Sus habitantes, sobre todo las mujeres, siguen conservando el uso de trajes tradicionales, y posee un dialecto propio que los expertos identifican con unos lejanos orígenes dorios. Las casas geométricas están pintadas con vivos colores y adornadas con motivos florales y de pájaros. Es ciertamente impresionante, pero debió de serlo mucho más cuando sus estrechas calles no eran un reguero de turistas casi en fila india y sus moradores se calentaban con raki auténtico. Nosotros lo vimos en un día más gris que soleado, lo cual debe ser bastante normal en esas alturas plagadas de nubes y viento. Un lugar que, a mi juicio exigente, debió permanecer envuelto en esa nubosidad y accesible sólo para los verdaderamente interesados. Digo yo.

La plaza de Olimpos, colorida y singular.

La plaza de Olimpos, colorida y singular.

La capital, que lleva el mismo nombre de la isla, no tiene un especial atractivo más allá de un puerto no de los más bonitos de Grecia y de ese ambiente inequívocamente vacacional que se cierne sobre ella cuando cae la tarde y los turistas la toman de paseo y en busca de restaurante. Y en ese sentido, desde luego la oferta no falta. Pero…

Balcón al mar en Olimpos.

Balcón al mar en Olimpos.

Será que deseamos intensamente que todo lo de Grecia nos apasione. Y esta isla tiene, o tenía, materia para provocar esa emoción, pero siento que la avalancha turística sobrevenida en poco tiempo hace que los karpathiotas nos vean a los visitantes, en su inmensa mayoría, como meros consumidores a los que hay que dar lo que quieren, y que esto no suele incluir respirar siquiera sea una vez por hora un poco de alma griega. No sé… a lo mejor hay que hacer lo que nos contaba nuestro taxista entre elogios a Podemos: el caso de dos españoles que habían llegado hacía un par de semanas con la única intención de recorrer sus salvajes montañas y poblados, aún no tomados al asalto, “san katzikia” (como cabras). A lo mejor.

Un sacerdote, dormitando en la iglesia de Olimpos.

Un sacerdote, dormitando en la iglesia de Olimpos.

Una mujer, ante sus labores a la venta en la calle principal de Olimpos.

Una mujer, ante sus labores a la venta en la calle principal de Olimpos.

Pueblos de Samos

Ulyfox | 28 de enero de 2018 a las 20:58

Penélope, ante una vista de Vourliotes sobre el valle.

Penélope, ante una vista de Vourliotes sobre el valle.

 

Teníamos ganas de recorrer Samos, la verde. Sabíamos de sus pueblos, no olvidábamos Kokkari en la costa noroeste ni Manolates en el interior, al final de una carretera infame y tortuosa. Hacía ya 17 años de aquella vez, y la verdad es que pensábamos que habrían cambiado, lo que en nuestras enamoradas mentes era lo mismo que empeorado. Pero no.

Dedicamos un día, pues, a comprobarlo, o sea a disfrutarlo. Y si ya conocíamos Manolates de aquella lejana vez, entonces nos dejamos de lado Vourliotes, muy cerca. Tras arreglar el alquiler del coche en Pythagorion, nos dirigimos en primer lugar a este. Y, una vez dejada la carretera costera, ya desde lejos nos gustó la apariencia de Vourliotes, una mancha blanca alargada, dejada caer sobre una ladera verde, y dominando desde una considerable altura el valle que se deslizaba hasta el mar. Un paisaje feliz, diríamos.

Una típica casa de Vourliotes.

Una típica casa de Vourliotes.

 

Debía de ser muy temprano, porque cuando nos adentramos andando en las viejas calles de Vourliotes, después de dejar el coche convenientemente lejos, aún no había mucho turista paseando. El pueblo es poco más que una placita casi cuadrada en la que cabe apenas la terraza sombreada de una preciosa taberna coloreada y de la que salen varios callejones estrechos y coloridos. Uno de ellos, sobre todo, es el que escogen los paseantes por las fachadas de balcones y marcos de ventana de madera pintados en colores sobrios o llamativos.  En los maceteros e incluso el pavimento de algunos de ellos también han dejado algunos anónimos artistas populares su huella de pintura.

Café, taberna y tienda de recuerdos, todo en uno

Café, taberna y tienda de recuerdos, todo en uno

El campanario de una iglesia de Vourliotes.

El campanario de una iglesia de Vourliotes.

 

Llaman la atención sobre todo algunas casas por una disposición casi perfecta de puertas, ventanas y aleros de los tejados. Aunque se ve una voluntad clara de atraer al turismo con su tipismo, se percibe igualmente un rasgo de autenticidad en los vecinos que arreglan sus hogares o simplemente almuerzan en sus puertas, compartiendo un plato. Milagrosamente se diría que Samos se está salvando de la llegada masiva y arrasadora de los visitantes en tropel, y mantiene un aire que muchos dirían decadente, pero que yo prefiero llamar acogedor. Nos encantó.

La gran taberna en la pequeña plaza.

La gran taberna en la pequeña plaza.

Un café griego para poder seguir el camino por Samos.

Un café griego para poder seguir el camino por Samos.

 

A media mañana, el turista nórdico ya estaba almorzando, pero para nosotros era aún la hora de un café griego, ese reconstituyente negro y dulce. Se diría que alimenta. Así que esa fue la señal para hacer una parada y poco después continuar en dirección Manolates.

Penélope, ante una casa de Vourliotes.

Penélope, ante una casa de Vourliotes.

 

Manolates conserva la carretera infernal en la que a ratos parece imposible sortear los árboles que la bordean y oscurecen, pero eso no lo salva de atraer gran cantidad de gente que seguramente van en busca de sus cuestas y sus vistas y su placita estrecha y alargada ocupada por dos tabernas, y precedida por una calle en la que destacan varias tiendas de recuerdos y productos de la zona, todas con ventanas traseras de vistas privilegiadas sobre el valle y las montañas. Era todo como lo recordábamos, pero con mucha más gente y necesarias tiendas. En la comparación, esta vez fue vencedor Vourliotes.

Manolates, también visitado por los turistas.

Manolates, también visitado por los turistas.

Vista del mar Egeo, desde la altura de Manolates.

Vista del mar Egeo, desde la altura de Manolates.

Un alto en Manolates, en la calle Manolaki. ;)

Un alto en Manolates, en la calle Manolaki. ;)

Habitantes de Manolates, echando la siesta.

Habitantes de Manolates, echando la siesta.

Poco antes del almuerzo en Kokari.

Poco antes del almuerzo en Kokari.

 

Kokari, en cambio, permanecía invicta en la cima, en ese saliente que se adentra en el mar como queriendo acercarse a Turquía, con esa misma roca que divide al pueblo en dos, al oeste la playa de guijarros y al este ese pequeño y estrecho paseo frente al mar lleno de restaurantes y cafés como es casi obligado en Grecia. Es el pequeño, inalterado balneario frecuentado por rubios visitantes, lejos de ruidos turísticos de otra especie, pero en el que no falta la oferta típica. Como de otro tiempo, en este.

El paseo marítimo de Kokari, al atardecer.

El paseo marítimo de Kokari, al atardecer.

Flores en el suelo de Vourliotes.

Flores en el suelo de Vourliotes.

Vista de Kokari desde Vourliotes.

Vista de Kokari desde Vourliotes.

 

Samos, donde nació Pitágoras

Ulyfox | 23 de noviembre de 2017 a las 18:25

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Volver a esos lugares de los que guardas un gozoso recuerdo entraña peligros, sobre todo el de la decepción. Esta suele significar que el tiempo ha pasado de la peor manera, o para ese lugar o para ti. O tal vez para los dos. Pero con Grecia nos ocurre lo contrario. Por norma, solemos acompañar nuestros reencuentros con islas o ciudades con el comentario favorable: “Pues lo he encontrado mejor”. En estos años hemos aconsejado a mucha gente que viajara allí, o bien directamente, o bien porque de tanto oírnos hablar de aquella tierra a muchos les ha venido el impulso de la visita. Siempre digo que el viaje a la Hélade es siempre un viaje al interior de uno mismo y si uno vuelve insatisfecho de allá, a lo mejor simplemente es que ese paisaje interior no es muy satisfactorio. Estas palabras merecen, por supuesto, el crédito que les deis a las de un enamorado.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

El caso es que teníamos ganas de volver a Samos, la grande y verde, aunque quemada, isla del Egeo Norte que recordábamos de 17 años atrás. Y este año nos venía bien en el itinerario pensado, así que dimos el salto en avión desde Salónica hasta la isla natal de Pitágoras. Este nació en la antigua ciudad de Samos, que hace unas décadas cambió su nombre al mucho más reconocible de Pythagorion, en honor de su grande y sabio hijo predilecto. En ese hermoso pueblo costero ubicamos durante cinco días nuestra base, en el hotel Hera II, que lleva en su nombre también el de otra de sus habitantes más ilustres, la diosa Hera. Estas cosas pasan en Grecia, que pasa uno de la mitología a la realidad más matemática en un abrir y cerrar de ojos.

 

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

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El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El hotel es limpio y sus dueños tan amables como acostumbran los griegos. Situado en la parte más alta del pueblo, nos tocó una habitación con la vista soñada, con todo el casco urbano y el puerto a nuestros pies.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

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De Pythagorion teníamos los mejores recuerdos, y esta vez también, esta vez se cumplió de nuevo de una manera curiosa. A simple vista no ha cambiado gran cosa. Ahí sigue ese puerto lleno de barcos deportivos con cuyos dueños pareces compartir la cena o el café de la tarde o el martini de aperitivo, de tan cerca como están. Quizá simplemente hay más yates ahora. Ahí están también la cantidad de bares y restaurantes donde sentarse mirando al mar y sobre el ajetreo del paseo vespertino. Permanecen las calles de trazado cuadricular y bordillos blanqueados con casas bajas y arboladas al estilo inequívocamente griego. Siguen ahí todavía las cuestas increíbles hacia lo alto y, al oeste, las ruinas de la antigua Samos como un claro histórico antes de llegar a la zona de hoteles frente a la playa. Si acaso, puede haber crecido el número de establecimientos hoteleros, pero la unidad del pueblo no está rota. Y el tipo de turismo semeja ser el mismo, parejas y grupos de amigos nórdicos de edad mediana, de aspecto y comportamiento tranquilos.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

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No es Samos, de las más cercanas a Turquía, una isla atestada, a pesar de su belleza. Tiene una gran y rica historia, y restos arqueológicos muy importantes para atestiguarlo, unas playas de ensueño, un vino famoso desde la antigüedad y, esto casi no habría que decirlo, la excelente comida de la que se puede disfrutar en Grecia.

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La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

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Y de todo esto se hablará, Zeus mediante, en los próximos días.

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Descubrimiento milagroso de un mosaico

Ulyfox | 21 de noviembre de 2017 a las 14:44

El singular mosaico con el Pantocrátor en la iglesia de Osios David de Salónica.

El singular mosaico de la Teofanía en la iglesia de Osios David de Salónica.

A veces la vida simple te brinda oportunidades sencillas e inolvidables. Como en Salónica a finales de agosto. Paseábamos por la parte alta (Anópolis)  más antigua de la capital de Macedonia. Todas las guías decían que por allí perdida entre la maraña del barrio casi turco se encontraba una joyita del arte bizantino, la iglesia de Osios David. Efectivamente, no fue muy fácil encontrarla. Había que estar pendiente de los cartelitos escritos en blanco sobre fondo rojo que en Grecia indican los sitios monumentales. Pero tras virar a derecha e izquierda, subir y bajar alguna que otra pendiente, atravesamos una pequeña cancela y aparecimos en un patio cuadrado en el que, bajo el sencillo porche blanco de columnas y tejado, se sentaban una mujer mayor y un hombre joven, junto a una puerta no demasiado monumental.

Tras saludar con el obligado ‘kalimera’ el joven entendió que queríamos visitar la iglesia y nos franqueó la entrada apartando una pesada cortina y entrando con nosotros. No había nadie más, y empezó a contarnos la historia del recinto. Se trata del templo cristiano más antiguo de Salónica, nada menos que del siglo V, y se aprecia a simple vista lo primitivo de su construcción. Nada más entrar, unos maravillosos frescos de los siglos XII y XIII que cuentan el nacimiento y la infancia de Cristo. Sobre esa visión a muchos ratos ingenua pero siempre de gran calidad pictórica, el hombre nos explicó detenidamente las diferencias entre las representaciones católicas tradicionales y las ortodoxas, resaltando muchas veces que el dogma es el mismo, pero las tradiciones difieren. Así, la Virgen aparece aquí acostada y cansada tras el parto, mientras que la figuración ‘romana’ la representa con el niño en brazos como si no hubiera pasado nada. San José se representa siempre con aspecto meditabundo y preocupado. Tenía razones el santo varón…

La pieza maestra es un mosaico del siglo V extraordinario. Se trata de la Teofanía (aparición como Dios) de Cristo y presenta muchos rasgos singulares, siendo el más llamativo de ellos que Jesucristo aparece sin barba, como un hombre joven. O tal vez como una mujer, dicen otros, ya que la comunidad que llevaba ese recinto en aquella época era un grupo de monjas… Sea como sea, es hermoso. Cristo aparece en un óvalo que se asemeja a un ojo humano, justo en el centro de lo que sería el iris, y a su alrededor los cuatro evangelistas con los animales que los representan según la tradición.

El mosaico estuvo durante siglos oculto tras un yeso con el que lo taparon durante la dominación otomana y fue, digamos ‘milagrosamente’, redescubierto tras un terremoto que a principios del siglo XX hizo caer la capa de estuco. Nosotros lo descubrimos en silencio, escuchando con deleite las explicaciones a cambio de una pequeña cantidad, solos en la iglesia, durante más de media hora, con un intercambio de preguntas y respuestas. Salimos después de casi una hora y aún disfrutábamos de la experiencia mientras bajábamos las cuestas camino hacia el mar de Salónica.

Sithonia, una Grecia verde y azul

Ulyfox | 19 de noviembre de 2017 a las 22:59

Una vista de Neos Marmaras.

Una vista de Neos Marmaras.

 

Nuestra intención es, tal vez, conocer toda Grecia. No por puro afán acaparador ni coleccionista, sino porque cada vez que damos con un territorio, una gente, un aire nuevo dentro de ese país, comprobamos que nos gusta igual que el resto. Por eso lo de nuestro periplo de este año por el Norte desconocido, y por eso seguirán otros años regiones como el Pilion, por ejemplo, donde habitan los centauros.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

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El caso es que nuestra visita a Macedonia y algo de Tracia debía incluir una escapada a las playas, claro. Y nos fijamos en la península Calcídica, Halkídki para los griegos. No sé si habéis reparado en ella. Es ese gran trozo casi cuadrado que se adentra en el mar al noreste de Grecia, justo debajo de Salónica, y del que salen como tres largos dedos. No son un destino turístico popular fuera de la zona, pero son tres dedos frondosos, llenos de bosques, montes y extraordinarias playas. El más occidental, llamado península de Casandra, es el más frecuentado por los turistas griegos, antes, y a los que se han sumado reciente y masivamente los de los países balcánicos más cercanos, Bulgaria y los de la antigua Yugoslavia, Serbia sobre todo. El dedo central es la península de Sithonia, un pequeño paraíso aún visitable en temporada baja aunque no puedes huir de los serbios. El saliente más oriental es muy especial: está ocupado en su mayor parte por una especie de república eclesial independiente, gobernada por los monjes ortodoxos, la península del Monte Athos, el Monte Sagrado para los griegos, con más de una decena de grandes monasterios, frente al mar o en el montañoso y boscoso interior. Se necesita un permiso, que hay que pedir con meses de antelación, para poder entrar en ella, y sólo puedes hacerlo si eres del género masculino. Las mujeres lo tienen prohibido. Esa quedará para otra ocasión, quién sabe.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

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Esta vez, elegimos Sithonia, la situada en medio. En esta península verde y de extraordinarias playas, el único pueblo que merece tal denominación es Neos Marmaras, un puertecito turístico en una pequeña bahía, con unas pendientes enormes y un urbanismo un tanto destartalado, pero que como casi todos los puertos griegos termina teniendo un cierto encanto. El paseo marítimo lleno de restaurantes y bares le otorga esa categoría de acogedor, y es un excelente lugar para tenerlo de base desde donde visitar la península. Ahí pasamos tres noches.

Nos alojamos en Haus Roula, unos apartamentos que debe ese nombre híbrido entre alemán y griego al hecho de que sus dueños trabajaron y vivieron muchos años en Alemania. Cuando llegamos, al hijo mayor nos lo encontramos en la puerta, con apuntes y libros de su recién estrenado curso de español. La familia es agradable y el apartamento, aunque pequeño, estaba limpio. Y el precio, imbatible.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

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Y a eso nos dedicamos. En el primer día nos acercamos a la playa más próxima al pueblo. Los dos siguientes, a bordo de nuestro coche alquilado visitamos en una jornada la costa oeste de la península, y en la siguiente, la parte este del litoral, aquí siempre con la imponente silueta de 2.033 metros de altura del Monte Athos al otro lado del mar. Los dos días tuvimos tiempo de asombrarnos del verdor y la frondosidad de los bosques que nos acompañaron todo el camino.

Esas cenas al atardecer...

Esas cenas al atardecer…

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En la costa oeste hay algunas concentraciones hoteleras, aunque nada que se pueda llamar masificación, frente a las playas. La más popular de estas es la de Kalamitsi, un enjambre de hamacas y sombrillas en una media luna de arena casi perfecta y con un agua que, más que invitarte a entrar, te abraza cuando entras. Cientos, tal vez miles de parejas rubias con dos o tres hijos invadían el espacio. Hubo un momento de angustia cuando un padre y una madre recorrieron durante largos minutos la playa de un lado a otro gritando el nombre de su hijo extraviado, con el rostro desencajado. Cuando las llamadas desesperadas de “¡Mathia, Mathia!” cesaron al aparecer el pequeño pareció como si un suspiro de alivio generalizado ordenara tranquilidad a todos los que estábamos allí. A pesar del gentío, pasamos unas cuantas horas en la hamaca, y hasta almorzamos allí mismo sobre la arena. Un gran servicio.

Al día siguiente, dedicamos el día a litoral este de Sithonia, lleno de calas verdes y azules: Panagia, Fteroti, Lagonisi frente a un paisaje de islotes; Karidi, con sus formaciones rocosas blancas, donde tuvimos un divertido encuentro en un restaurante con el encargado Nikos Karambelas, futbolista griego que jugó varias temporadas en España y que dijo ser muy amigo de Barral, el jugador isleño que milita en el Cádiz; la llamada Orange Beach. Para los que amamos Grecia y los escritos de Patrick Leigh Fermor y Robert Byron tenía una emoción especial bañarse mirando al Monte Athos. Tal vez un día…

Las veladas las pasamos cenando al atardecer en los restaurantes sobre el mar, con buen vino, buen pescado y buenos precios. Todos ellos, elementos que nos reafirman en nuestra teoría y práctica de que las vacaciones-vacaciones se deben pasar en Grecia.