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Skorpios: el que puede puede

Ulyfox | 17 de abril de 2013 a las 13:40

 

No estoy seguro, pero una de estas puede ser la isla de Skorpios.

 

En el curso de uno de los viajes más intensos, agitados y gozosos de nuestra vida, hace ya más de 10 años, pasamos junto a Skorpios, la mítica residencia de los Onassis, su isla particular, la que había vivido las pasiones, intrigas y amoríos del magnate griego, la isla donde se casó y bañó su cuerpo Jacqueline la viuda de Kennedy y esposa del armador, y donde fue tan desgraciada Christina porque tenía un destino de desgraciada. En ese viaje, estuvimos a unos metros de la nieta del naviero de las gafas oscuras y el poder inmenso que llegó a ser el hombre más rico del mundo. Fue en el puerto de Nidrí, en la isla de Lefkada, frente a Skorpios y donde los lugareños descubrían aquella noche una estatua en honor de Aristóteles Onassis. Su única descendiente, Athina, estaba allí. Fue una noche de fiesta y de sorpresa para nosotros, que llegamos después de una larga e incierta peripecia, con banda de música y todo.

Penelope, a bordo del ‘Capitán Aristides’ y camino de Itaca.

A la mañana siguiente, en nuestro camino hacia Itaca a bordo del ‘Capitán Aristides’, el barco pasó muy cerca de Skorpios, pero sólo pudimos adivinar en lontananza lo que fue en sus tiempos la imagen del lujo: un paraíso verde en las Jónicas y con playas a disposición de una familia que había hecho correr ríos de tinta en todos los periódicos y revistas del mundo. Skorpios recibió a estadistas y multimillonarios en aquellos años 60 y 70, y en mi recuerdo infanitl aparece siempre un montón de gente sonriente, bronceada y con gafas de sol cuando este artilugio protector era solo una excentricidad de revista, y para nosotros niños no existía más defensa contra la fuerza del astro rey que achinar los ojos todo lo posible y combatir así el intenso reflejo en las fachadas de cal, en aquella calle empedrada con grandes chinos y acerada con losas de Tarifa, y en las explayadas azoteas.

Y Skorpios (ya veis aquí: http://www.abc.es/estilo/gente/20130417/abci-rica-heredera-skorpios-201304171205.html ) acaba de ser comprada por la hija de un magnate ruso. Signo de los tiempos: al glamour de Jackie, ex primera dama de Estados Unidos, y Maria Callas, la diva de la ópera y verdadero gran amor de Aris, le sucede ahora el exhibicionismo de los nuevos ricos. Las resonancias mafiosas de ambos orígenes seguramente tienen un fondo común y parecido, pero la presentación al gran público es considerablemente más hortera. Entre Ekaterina Rybolovleva, hija de Dmitry Ribolovlev, y Athina nieta de Onassis hay una diferencia de aspecto notable, pero quizá no habría que escarbar mucho para ver la gran semejanza entre las dos grandes injusticias que cimentaron su fortuna.

Cuéntame

Ulyfox | 15 de abril de 2013 a las 13:40

 

¿En qué tabernas has comido?

 

Cuéntame Antoniodlr. Cuéntame y cuéntanos. Ya habrás vuelto de tu viaje a Atenas, ya habrás comprobado algunas cosas. Nos hemos acordado de ti en estos días. Ya sabes: “Ahora estará volando” , “ya habrá pasado las habituales turbulencias sobre Italia”, “ya estará aterrizando”, “habrá ido a la Acrópolis”, “¿en dónde estará cenando?”, “¿habrá ido a Egina al final?”.

¿Has subido los impresionantes Propileos?

Anda, cuéntanos y dinos tus impresiones: la gente, el aire, la alegría, la tristeza, el paisaje permanente y aéreo de la Acrópolis, si las terrazas están más tristes, si el barrio de Plaka ha perdido turismo, si desde la Acrópolis has visto el mar allá a lo lejos. Hace unos dos años que nosotros no pisamos la capital griega, aunque como sabes han abundado nuestras visitas a las islas. Pero te lo juro, nos interesan mucho tus palabras. Y más teniendo en cuenta el inmenso amor que tenemos a esa ciudad cuna de todos, tan despreciada y desconocida en el fondo. Tan bella en verdad.

¿Cuántas veces has mirado hacia la Acrópolis?

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La muralla ciclópea

Ulyfox | 12 de abril de 2013 a las 16:22

Ante la ciclópea Puerta de los Leones de Micenas.

De aquel primer viaje nuestro a Grecia tengo un montón de recuerdos maravillosos. Nos quedaron clavadas tantas cosas como un clavo sin dolor y con olor. Pero había dos o tres para las que estaba predispuesto y yo esperaba con ansia. No ya las islas y sus azules luminosos, ni las gozosas tabernas, ni que el Peloponeso fuera verde y montañoso, todas ellas embriagadoras sorpresas. Yo anhelaba el encuentro con el Partenón, maravillarme ante los monasterios suspendidos en el aire de Meteora, y ver por fin de cerca la Puerta de los Leones de Micenas.

No pude resistirme a subir a esa muralla. Mal hecho

Esta puerta de entrada a la ciudad de Agamenón, la gran enemiga de Troya, la patria de los aqueos, el símbolo de la gran cultura micénica había sido para mí una imagen fija desde que la vi en una pequeña foto, creo que en blanco y negro en aquel libro de texto de Historia del Arte, mi asignatura favorita entre todas, en sexto de bachillerato. Dos grandes pilares de piedra de una sola pieza y un enorme dintel, y sobre este, un relieve con dos leonas rampantes para guardar el acceso por la muralla a uno de los lugares más míticos de la Antigüedad. Murallas ciclópeas se decían, porque parecía una obra sólo posible de hacer por aquellos gigantes forzudos de un solo ojo, capaces de trabajar con piedras de hasta seis toneladas para levantar una pared de 13 metros de alto.

El misterioso círculo funerario de Micenas.

Por eso fue tan grande mi emoción, tan intensa la incompartible alegría, cuando nos acercamos por fin a la ciudad, en el centro de la península de la Argólida, ese territorio que es como un museo al aire libre de la Historia Antigua. Allí estaba la muralla de la capital más poderosa de la Grecia de hace 4.000 años, el hogar de Agamenón y Menelao, los que comandaron las tropas que derrotaron a la poderosa Troya, esos que hasta los descubrimientos de Schliemann en 1870 se pensaba que eran invenciones del gran Homero. Los aqueos existieron y esta era la prueba. Apareció ante mí la Puerta de los Leones: también era de verdad, no solamente una imagen en un libro, y una verdad emocionante, hermosa y en cierta forma, amiga. Me demoré lo que pude delante, detrás, alrededor e incluso, pecado de turista, encima de la Puerta. Luego recorrimos la antigua ciudadela, ojeamos sus piedras, el círculo funerario, los restos de antiguas casas, y más lejos la impactante Tumba de Agamenón o Tesoro de Atreo, con su cúpula de piedra, y recorrimos el Museo.

Entrada a la Tumba de Agamenón, o Tesoro de Atreo

Pero yo pensaba siempre en la Puerta, nada podía superar a la realización de esa cita concertada tácitamente muchos años antes, y desde entonces tengo mezcladas la alegría de verla y la nostalgia de su piedra marrón. Igual que tenemos pendiente esa vuelta al Peloponeso, esa tierra de nombre resonante que me conecta, como el lenguaje, con lo antiguo.

En el interior y bajo la cúpula de la Tumba de Agamenón.

Los Monasterios en el Aire

Ulyfox | 29 de marzo de 2013 a las 2:50

Las rocas de Meteora, en la Tesalia griega.

Esa aventura fue la segunda flecha que nos lanzó Grecia en el mismo día para que nos enamorásemos de ella, para siempre jamás. La primera había sido temprano, nada más llegar a Atenas, ante, bajo, cabe, con el Partenón, en las alturas de la Acrópolis. Era nuestro estreno con el país que pasado el tiempo llegaría a ser nuestra segunda casa. Desde que decidimos viajar a tierras helenas, en aquel lejano 1992 que luego se llamó mágico, yo había jurado que no volveríamos de allí sin visitar Meteora, en griego Meteora Monastiria, es decir, Monasterios en el Aire, un nombre que representaba para mí algo así como una tierra mítica llena de altas y estrechas rocas en cuyas cumbres se asentaban conventos inaccesibles habitados por monjes solitarios y apartados del mundo.

El monasterio de Varlaam en primer plano, y el de Rosanou al fondo.

Pero Mundojoven, la desaparecida agencia a la que tantos viajes le debemos, no incluía en el circuito griego la excursión a Meteora, un lugar alejado de Atenas. Aun así, estábamos decididos y bien informados. El mismo día de nuestra llegada advertimos a la guía, la competente Mercedes, de que nos íbamos al encuentro de los monasterios en el aire, pero que estaríamos de vuelta dos días después, a punto para emprender la excursión por el Peloponeso. Y esa tarde echamos en una mochila una mudita y los artículos de aseo imprescindibles y empezamos a andar hasta la estación de autobuses, en una calurosa Atenas con huelga de casi todo, incluido los buses urbanos, y con taxis que no querían parar.

Altas paredes como defensa.

Al llegar a la cochera el alma se me cayó a los pies. El último coche para Kalambaka, el pueblo más cercano a los monasterios, acababa de partir y no habría otro hasta el día siguiente, ya sin tiempo para nuestros planes. La cara que puse debió de ser tan penosa y patética que Penélope a mi lado tomó la decisión rápida: “¿Cuál es el pueblo más cercano a Kalambaka?” me preguntó. “Trikala”, le contesté. “Saca billete para Trikala, y una vez allí ya veremos”, insistió. Salvación y tuvimos suerte: había autobús un poco más tarde. Al rato, estábamos a bordo de un vehículo de tono verdoso, asientos de eskai azules y sin aire acondicionado, que empezó a andar hacia el norte, con la tarde ya cayendo.

Ante el Monasterio de la Transfiguración o Monasterio Grande (Megalo Meteoro).

El viaje caluroso, con las ventanillas abiertas y las cortinillas volando, duró cinco horas y media, y transcurrió en un duermevela provocado por nuestro cansancio (la noche anterior habíamos volado de madrugada y no habiamos dormido), y salpicado por la emoción incierta de pasar junto a las Termópilas, cuando yo buscaba ese pasadizo entre las montañas que marcó la batalla. Entre sueños y con el fondo de una música que a mí me sonaba a árabe, me parecía oír a los viajeros hablar en español y ahí descubrí la cercanía fonética extraordinaria entre los dos idiomas, capaz de hacer confundir los soniquetes. Avanzaba la noche y crecía nuestra inquietud. ¿Cómo sería el lugar al que íbamos a llegar? Pe tenía como mayor preocupación, si nos tocaba dormir en la calle, que nos pudieran robar la cámara.

Delante de Agia Triada y de rocas que no hace mucho albergaron otros monasterios.

De noche cerrada llegamos a la solitaria estación de autobuses de Trikala. Naturalmente, no había combinación para Kalambaka a esa hora. El conductor nos ofreció una posible solución y nos acercó en el autobús vacío a la estación férrea. Muy agradecidos, nos despedimos de él ante el apeadero pero el amarillento taquillero nos dijo que claro que no, que tampoco había tren a Kalambaka. “¿Y el centro del pueblo?” “Por esta misma calle al fondo” Con pocas esperanzas nos dirigimos andando en busca de un lugar donde pasar la noche, y todo nos empezó a sonreír. Encontramos un hotel apañado y barato, y en la calle, a pesar de ser más de las once, la gente llenaba las terrazas, cenamos sin problemas y algunos nos preguntaban qué hacíamos allí, un lugar tan poco turístico. Sonreímos.

Integrada en el imponente paisaje humano y físico.

A la mañana siguiente tomamos el primer bus hacia Kalambaka, muy temprano, con la primera luz del día. A primera hora, una vez allí, aún había que coger otro transporte hasta el más alto de los monasterios, ahora comunicado por carretera, el llamado Megalo Meteoro. El plan resultó perfecto, comprobamos, y una vez visitado este convento, lo ideal era bajar andando de vuelta la carretera hasta el pueblo, diez kilómetros de descenso entre curvas y pasando bajo los increíbles edificios colgados de las rocas. Así lo hicimos, parando en dos de ellos (Varlaam, Rosanou) y viendo su interior, comprobando los elevadores que los monjes utilizaban antiguamente para aprovisionarse e incluso para subir y bajar ellos mismos, dentro de grandes cestas de red, único medio de acceso durante siglos.

El monasterio de Rosanou, en todo su esplendor.

Fue un descenso lleno de sensaciones, con descansos y miradas hacia arriba y a los lados. Por todas partes se veían paredes de piedra y oquedades que habían sido morada de eremitas. En una cueva en las alturas, cientos de pañuelos colgados , llevados allí y colocados por atrevidos jóvenes que una vez al año escalan las paredes para hacer esta ofrenda al santo. En los tiempos de apogeo, llegó a haber aquí 24 monasterios, el primero de los cuales fue habitado en el siglo XIV. Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes destruyeron la mayoría de ellos porque los monjes daban refugio a los rebeldes griegos. Ahora sólo quedan seis en funcionamiento, y están declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El recorrido entre los monasterios es inolvidable.

Llegamos cansados a Kalambaka a la hora de comer. Nuestra maravillosa Guía del Trotamundos nos dirigió al restaurante Kentrikon, donde almorzamos por un precio irrisorio e hicimos nuestros primeros pinitos con el idioma griego.

Kalambaka, a la sombra de las grandes rocas.

Había que volver ahora a Atenas, y lo hicimos en autobús. Gloria al sistema de transporte público griego, un modelo que permanece, y que ya era entonces modélico. No recuerdo el viaje de vuelta, qué curioso. Sólo la llegada y el extraordinario apelotonamiento en la parada de taxis, que hicieron su agosto acumulando viajeros en el mismo vehículo y según su destino. En cuanto yo oí al taxista gritar “¡Omonia!” pidiendo clientes que fueran en dirección a esa céntrica plaza ateniense, levanté la mano y ahí nos colamos, consiguiendo llegar a las cercanías del hotel, a tiempo aún de tomar algo en un bar cercano, disfrutando de la tranquila noche ateniense, oscura oscurísima por la huelga de electricidad, y felices.

Aún se seguían usando las cestas para subir las provisiones, hace 20 años. Ahora, no sé.

A la mañana siguiente estábamos puntuales en el autobús de la agencia. Mercedes, la competente guía, al hacer las presentaciones de todos los componentes del grupo, pronunció nuestros nombres mientras decía: “Y ahora con vosotros, unos aventureros…” Ya ves tú.

Egina, para Antonio

Ulyfox | 22 de marzo de 2013 a las 13:54

Puerto de Egina, al atardecer.

 

Entre los cientos de islas griegas, Egina no está entre las más hermosas por sus pueblos, ni entre las más espectaculares por su naturaleza. Pero sí entre las más visitadas, por su cercanía a Atenas y por sus instalaciones turísticas. Apenas una hora de navegación, e incluso menos si se opta por el barco rápido, la separan de la capital griega, y muchos atenienses tienen casa en la isla. Además, el puerto de la capital tiene el encanto de los pequeños puertos griegos, con un paseo lleno de restaurantes y tiendas, las barcas amarradas a un paso de las mesas, y numerosas tiendas y puestos que ofrecen el producto más famoso de la isla: sus pistachos. Estos árboles llenan el territorio, como una grande y productiva mancha verde. No se puede uno ir de Egina sin comprar pistachos, que además están ciertamente buenos.

Iglesia en el puerto de Egina capital.

Ayer mismo, Antoniodlr, un visitante y colaborador asiduos de este blog, con el que he descubierto más complicidades y coincidencias de las esperadas, incluida la edad, me decía que está a punto de viajar a Atenas por pocos días. Le envidio, pese a las noticias que me llegan de esa querida ciudad tan maltratada. Y está pensando en hacer una pequeña excursión a alguna isla cercana. Ciertamente, Egina es la mejor elección, tan cerca y tan bonita.

Una parada relajante en la bahía de Perdikas.

Hace unos años estuvimos en Egina. Fue un pequeño paréntesis, de apenas dos días, entre nuestro viaje a Egipto y nuestra visita a la pequeña y embrujadora isla de Astipalea. Dejamos el equipaje en el aeropuerto de Atenas y con una maletita mos montamos en el metro hasta el puerto de El Pireo. En poco tiempo estábamos en Egina, al atardecer, con tiempo para un baño crepuscular y el primer paseo por la pequeña y agradable capital. Fue tan corta nuestra estancia que tuvimos que elegir entre conocer alguna de sus playas en Perdika y Marathonas o visitar el templo de Afaia, a 11 kilómetros y uno de los tres grandes ejemplos del dórico en Grecia junto con el Partenón y el templo de Poseidón en Cabo Sunion, . Elegimos la playa, y no estoy convencido de que hiciéramos una buena elección. Más bien creo que nos equivocamos. Pero… así es.

Lo que sí recuerdo con mucho agrado es nuestra cena en el Mezedopoleio To Gramma (http://www.togramma.gr/) , un poquito alejado del centro del puerto, pero recomendable en grado sumo. Nos dieron a elegir entre decenas de platillos, y todos estaban exquisitos, en una terraza bellísima. Eso sí, no sé si estará abierto en abril. En realidad, esto es sólo una muestra rápida de lo que Antonio puede encontrar en Egina, si se decide a visitarla. Ánimo.

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Ahora es Chipre

Ulyfox | 18 de marzo de 2013 a las 13:31

La roca de Afrodita, en Pafos (foto robada de internet).

No conozco Chipre, aunque creo que lo conozco. Para explicarnos, sabéis que adoro Grecia y que adoro Turquía. Conozco los dos países hermanos en tantas cosas y enfrentados en muchas otras. Creta es como una mezcla feliz de las dos cosas, y sospecho que en Chipre, con todos sus enfrentamientos, debe ser aún más evidente ese combinado sorprendente y finalmente embriagador. Sufren una maldición los países de aquel maravilloso rincón del Mediterráneo donde todo empezó. Todo menos el capitalismo desenfrenado. Ese nació en otro lado, más al norte. No conozco Chipre, sólo tengo una imagen hecha por el espléndido libro de Lawrence Durrell Limones amargos, de retazos de revistas de viajes, fotografías de playas cristalinas con recuerdos de Afrodita y sus amantes, costas verdes y la noticia de muros políticos y de hormigón separando comunidades, sabidos a través de las noticias.

Tal vez, ahora que otro país mediterráneo ha sufrido el zarpazo de gente con rolex y pañuelos de Hermés (no confundir con Hermes, ese dios mensajero), las noticias den a conocer durante unos días los problemas y las ambiciones de gente que nunca sale. A las sonrisas y apretones que se intercambian los rubios, oxigenados y desahogados asaltadores de bancos que son Lagarde y Schaubel, esos Robin Hood al revés que roban a la gente en sus propias cuentas, podremos oponerles los rostros serios y resignados de las víctimas, indefensas, engañadas y saqueadas por sus propios gobiernos. El dinero de los ciudadanos ya no está seguro ni en la banca. Volveremos a esconderlo bajo las losas, en el colchón, o en una riñonera permanente, tal vez en un bolsillo oculto bajo los forros. Imaginaos que un señor y una señora, desde su lujoso despacho en el frío Norte y su sueldo de millones de euros, decide que para que los bancos españoles salden la deuda contraída con su despilfarro y su mala gestión, tienen que robarles directamente a los pequeños ahorradores parte de sus ahorros. Que mientras Rodrigo Rato está tranquilamente dando conferencias a usted le hacen pagar su inutilidad culpable como administrador del desastre. Y el mundo asiste impasible a esto. Peor aún: se ríen. Y el mundo no estalla.

Alguna vez hemos hecho planes, es cierto que no muy serios, para viajar a Chipre. Quizá esta vez lo hagamos de verdad, por aquello de la solidaridad entre las víctimas, como el comisario Jaritos, el personaje de Petros Márkaris que cuando tiene que cambiar de coche se decide por un Seat Ibiza para compartir su suerte con los españoles, hermanos en la crisis.

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Paraportiani

Ulyfox | 4 de marzo de 2013 a las 1:01

 

La iglesia Paraportiani de Mikonos.

 

Repasando fotos me he encontrado este aparente montón de nata o de merengue, esta capilla que parece hecha a pegotones, la más fotogénica de entre los cientos de capillas que hay en Mikonos, sobre todo cuando la tarde empieza a caer. La iglesia Paraportiani, a dos pasos del mar y de las calles del kastro, de contornos desaparecidos y redondeados a fuerza de siglos de cal, es una amalgama blanca en la que parece imposible que haya algo dentro, como si fuera una construcción maciza. Las minúsculas ventanas y esa cúpula que a pesar de todo destaca airosa en lo alto desmienten la impresión. Pese a su indefinible belleza, la plaza que se abre ante ella suele estar poco frecuentada, algo inconcebible en la atestada Mikonos, tal vez porque está mínimamente alejada de la ‘pequeña Venecia’ y los molinos de abajo, esos imanes para el turista de crucero deseoso de demostrar con sus fotos que ha estado en la más famosa de las Cícladas.

Y la vista lateral frontal

Pero la Paraportiani, ay, es para nosotros como un imán, y no podemos dejar de rendirle nuestra visita habitual cada vez que vamos a Mikonos, que es todos los años. Vaya aquí este mínimo homenaje, a la espera de nuestra próxima cita, allá por septiembre, cuando la isla fetiche de los gays y de la fiesta continua en la playa se convierte en un lugar amable para todos, marchados ya la mayoría de los partidarios del baile frenético y sin fin, cuando comienza a ser de nuevo griega.

¡Ya está!

Ulyfox | 21 de febrero de 2013 a las 14:01

 

Coche de caballos en el puerto veneciano de La Canea, la joya de Creta.

Hemos terminado, alea iacta est! que siempre queda bien una cita en latín. Es decir, que la guía de Creta, la nuestra, ya está acabada, que ya hemos enviado el original a Anaya. Ahora queda la edición, la corrección y el ajuste de los textos, la elección de las fotos y ese trabajo editorial tan bonito. Es decir, que aún resta trabajo. Pero lo fundamental, la redacción de los capítulos, el repaso una y otra vez, la elección de las palabras procurando que sean justas, descriptivas, evocadoras y concisas a la vez, la selección de los lugares, la calificación de los locales, la preocupación por el detalle y la generalidad, el descarte de lo que no querríamos descartar, la confirmación de los datos prácticos, las largas y placenteras veladas ante los ordenadores, cotejando, debatiendo, discutiendo conceptos y enfoques… todo eso está listo. Como en la foto que abre este post, que muestra la aldea de Agia Roumeli, a la salida de la Garganta de Samaria, nos vamos alejando de Creta… o tal vez acercándonos más.

El puerto de Rethymno, una mañana de junio

De pronto llegó el segundo decisivo, el que marcó la enorme diferencia entre el de un segundo antes y un segundo después, entre la pesada carga de la responsabilidad y el alivio incrédulo: “¡Pues yo creo que esto ya está!” Poco, poquísimo antes, aún estábamos enredados entre dónde ir con niños o cómo llegar desde La Canea a Heraklion, y de pronto, nos encontramos con la inmensa alegría del trabajo acabado, y creemos que bien hecho. De momento, las primeras reacciones de la editorial son de satisfacción por nuestro texto ¿Qué más podemos pedir? Sí, claro, más dinero, pero mira por dónde no esperaba llegar a decir, en tratándose de trabajo, que lo más importante no es lo que te pagan. Pero así ha sido esta vez.

En la plaza baja de Anogia, en las laderas del Psiloritis.

Gracias a la realización de esta guía, y después de dos meses largos dando vueltas por Creta, en primavera, verano e invierno, podemos decir que ya somos unos expertos en la isla de Zeus, que seguramente no será una cosa muy útil pero os puedo asegurar que nos da mucho gusto. Sabemos que cuando volvamos tendremos amigos a los que saludar, y algunos hasta nos invitarán con placer. En Heraklion siempre tendremos una botella de retsina kekrivari y en Kato Zakros una pareja de hoteleros muy especiales con los que charlar; en La Canea reconoceremos los muelles soleados y en Rethymno Yiorgos y Katerina quizá hagan de nuevo para nosotros la pasta filo.

Creta es ante todo vida rural tradicional.

Y por aquí, es seguro que más de dos usarán nuestras palabras para guiarse en las carreteras que bordean el monte Psiloritis o para buscar el monasterio de Agios Nikolaos donde el eremita Christódulos nos obsequió con galletas y raki, o para comprobar la tragedia del Moní Arkadi o si realmente la laguna de Balos frente a Gramvousa es tan impresionante. Cuando vayan a Creta, tal vez alguno se decidirá por nuestra guía como su guía, y entonces nos habremos extendido tanto tanto como nunca habíamos soñado, habremos compartido nuestra admiración y amor por Creta hasta límites insospechados. Si con suerte son varios miles (ánimo, ánimo), habremos sembrado algo de eso, y nunca tendremos tiempo de agradecer tanta suerte. Casi un año de trabajo, con Pe al pie del cañón. No podemos decir que ha merecido la pena, porque no hay pena, ni la más mínima.

 

Color y luz inusitados en la playa de Elafonisi.

 

Rellenos de resistencia

Ulyfox | 24 de enero de 2013 a las 14:55

Limpiando deliciosas flores de calabacín en Zaros.

Aquellas mujeres de pueblo cretense, muy de mañana, estaban limpiando amarillísimas flores de calabacín. Limpiarlas significa simplemente quitarles las hormigas y otros bichitos, delicadamente y con la punta de un cuchillo, y luego sacudirlas para que caiga lo que tenga que caer. Amaneció un día espléndido en Zaros, en el centro de Creta, a los pies del monte Psiloritis, después de una noche en la que el viento había golpeado con fuerza en las ventanas y aliviado un poco el intenso calor de la tarde anterior. En Zaros no había mucha gente esa mañana de junio. Por las calles, de hecho, solo se veía alguna mujer limpiando la entrada de su casa, alguna mujer regando sus plantas, alguna mujer preparando flores de calabacín para rellenarlas, como estas de las que hablo.

De mañanita, con el café y unos bizcochitos, se preparan las flores.

Nos acercamos (‘kalimera!’) a preguntar qué hacían, y como pudimos, nos entendimos. Limpiaban las flores para luego escaldarlas un poco y rellenarlas de arroz con cebolla, eneldo y yerbabuena. Todo eso se cuece junto y sale una comida deliciosa, ideal si se acompaña con un poco de yogur o tzatziki y un buen vaso de vino. Damos fe. Después de explicarnos someramente la receta de estas dolmades nos preguntaron de dónde éramos (apó pou iste? Ispanía? Ah, orea!) y cómo estaba nuestro país. Con la misma crisis que aquí, les dijimos. “Ah, hijos, si seguimos así dentro de poco comeremos nada más que dolmades“, se lamentaron entre risas. Nos preguntaron cuándo nos íbamos. Ahora mismo, les dijimos. “Vaya, es una pena, porque si no mañana os llevaríamos un platito de estas dolmades”. Qué mala suerte, hombre, nos tuvimos que conformar con decir adiós. Con lo que nos hubiera gustado probarlas de sus manos, en su platito blanco y con un plastiquito por encima, tal vez en la terraza del kafeneion de enfrente…

Un rincón de la bella Zaros

De todo eso me acordaba hace unos días, cuando me decidí a preparar unas hojas de parra rellenas, otro tipo de dolmades mucho más populares en toda Grecia, con toda su historia detrás. Estas hojas de parra han viajado desde el mercado municipal (el Agora, vaya nombre en griego para una plaza de abastos) de La Canea hasta la Isla. Las compramos allí, en nuestro reciente viaje, a una mujer mayor con un puesto enorme donde vendía de todo para comer, y todo delicioso. Una mujer mayor que hablaba su mijita de inglés, más o menos como yo. A ella le compramos también la tarama, un concentrado de huevas de pescado que hace una pasta exquisita y especial, la taramosalata, cuando se mezcla en las debidas proporciones con puré de patatas, aceite y limón. Otro día se intentará.

Tentadores puestos en el Mercado de La Canea.

La prueba de las dolmades no salió mal del todo. Por si queréis intentarlo, os doy la receta. Lo que ya no sé es deciros cómo conseguir las hojas de parra escaldadas. Desconozco también si servirían las hojas de parra de por aquí, supongo que sí. Bueno, ahí va: se hace un refrito de cebollita, de las largas, y cuando están dorándose se les echa arroz, con un buen puñado de eneldo y otro de yerbabuena, bien picaditos. Se sofríe todo sólo un poco, porque el arroz se terminará de hacer luego. Se aparta del fuego, y cuando esté frío se pone una cucharadita corta de esta mezcla en cada hoja de parra escaldada, y se envuelven formando las dolmades. Se colocan una junto a otra en círculo en el fondo de una cacerola, se cubren con agua, limón y aceite y se deja consumir. En una media hora estarán, cuidando que no se queden sin agua antes de tiempo. Se les pone un plato encima para que no se separen ni se abran. Luego se sacan y se sirven en frío. Mejor si se acompañan con un poco de tzatziki, que no es más que una mezcla de yogur griego (escurrido el suero), pepino rallado (escurrido de agua), ajo triturado, aceite de oliva, sal y pimienta, auténtico sabor griego.

Las hojas de parra, ya en nuestra cocina

¿Que cómo me salieron? Mejorables, pero muy aceptables. Aprendí que debo echarles un poco más de agua para la cocción y no dejar que se consuma toda. La próxima vez serán gloriosas. Esta vez sólo evocadoras, muy evocadoras.

Salieron mejorables, como la foto, algo desenfocada.

‘Télos’ (se acabó)

Ulyfox | 13 de enero de 2013 a las 19:23

 

Gloriosa mañana de invierno en el puerto de La Canea.

 

O no, seguramente no se acabó. Es el último día, de estos últimos días, en Creta. Pero seguramente no. Seguramente volveremos, no podemos ni queremos evitarlo. Ya amábamos esta tierra hace tanto. Pero ahora, tras el glorioso encargo-regalo de la guía, nos sentimos no parte de ella (aún no sabemos bailar como bailan ellos, ensimismados, girando, la cabeza mirando al suelo, o cogidos de la mano y dando acrobáticos saltos), pero sí unos invitados especiales.

Las Montañas Blancas, más blancas que nunca, fondo invernal de La Canea.

La última noche (mañana no cuenta, tendremos que levantarnos muy temprano para tomar el vuelo de vuelta) Creta nos ha despedido con una velada gloriosa. No hay turistas, los cretenses son los dueños de su tierra. En La Canea, sólo algunas parejas con pinta de guiris se pasean por el incomparable puerto veneciano. Nosotros no pasamos por extranjeros. En la abarrotada taberna Monastiri (fabulosos huevos con staka, pulpo al vino, empanadillas de cebolla, mucho raki de regalo) en el muelle Tombazi, hay actuación musical. No conocemos al cantante, pero todo el mundo conoce las canciones, que parecen especialmente hechas para cantar en grupo, y los comensales las corean todas. Un hombre delgado, con nariz afilada y bigote, la viva estampa del cretense, se lanza a bailar. Él rompe el fuego. Abre los brazos semiextendidos y dibuja con sus pies cruces y giros. La música es lenta, profunda, nada de sirtaki para turistas ni platos rotos. Después, a cada canción sale un espontáneo y se luce: un hombre mayor hace movimientos extraños de manos y se agacha varias veces para palmear el suelo mientras gira. Otro de mediana edad se atreve a dar saltitos y tocarse los talones con las palmas de las manos. Una mujer de pelo corto y teñido se pone el dorso de la mano derecha en la frente y extiende el brazo izquierdo mientras gira. Cuando alguno baila, otros se agachan en su derredor, como una especie de homenaje al danzante. No parece algo extraordinario, sino algo que pase cada sábado noche (sábatto vradi) de invierno en muchas tabernas de Grecia ¡Yámas!

El Ágora (mercado municipal) de La Canea.

Nosotros no podemos ser sino espectadores emocionados de esta demostración de fiesta familiar sin artificios. Corre el vino y el raki, pero nadie está borracho,  aunque un espíritu comunitario parece recorrer el comedor bien decorado en el que destaca una foto de la Reina Sofía como una de las ilustres visitantes. Los camareros de tradicional camisa blanca están pendientes de todos los detalles, si levantas la mano acuden al menos dos, sonríen siempre y te ponen la mano en el hombro mientras te preguntan varias veces “endatsi, ola kalá?”, es decir “¿está a gusto, todo bien?”. En las paredes, varios avisos de prohibido fumar, pero el camarero reparte ceniceros y muchos tienen el cigarrillo encendido. Pe se anima a incumplir la norma comunitaria. Nadie protesta y todos ríen mientras siguen el ritmo con las palmas ¡opa, pame! El pueblo griego, o por lo menos el cretense, no está en crisis, loado sea Zeus.

Esa tarde nos regaló una luz mágica, para no retirarse nunca.

No hay fotos de esa fiesta. Parece que todos los aparatos se pusieron de acuerdo para agotar sus baterías a la vez que se agotaban las vacaciones. Pero sí hemos hecho decenas de La Canea, su puerto veneciano casi solitario con sol y tras la lluvia, en la mañana, al mediodía y por la tarde. La mayoría de las calles del barrio de Topanas están en obras aprovechando la temporada baja. Los pavimentos se renuevan mientras los negocios y restaurantes tienen sus puertas cerradas. Sólo algunos hoteles están abiertos. Por ejemplo la Pension Theresa tiene ofertas de alquiler de habitaciones por meses, y nos dicen que artistas y escritores aprovechan para pasar el invierno en la hermosa Canea que fue minoica, helenística, romana, bizantina, veneciana y turca pero siempre griega.

Yiorgos os hablará con entusiasmo de música cretense en su tienda de discos.

Hemos estado alojados, cuatro noches, en el espléndido y nuevo Palazzo Ducca, en el corazón del barrio veneciano y a diez pasos contados del puerto (http://www.palazzoduca.gr/) un hotel casi inmejorable, con un dueño joven y encantado del éxito que está teniendo después de medio año abierto. Y en estos días hemos disfrutado del puerto, uno de los más bonitos del mundo; del mercado municipal (Ágora) y su puesto de quesos y raki, del hotel, de los atardeceres; de la tienda Juke Box y los consejos de su dueño Yiorgos sobre la singular música cretense; del reencuentro con el restaurante Glositsses, cuyo encargado se acordaba de nosotros porque en septiembre le pedimos la retsina Kekribari, excelente pero que no figura en la carta; de los guisos caseros del Chrisóstomos y del Kozina E.P., de… todo.

La comercial calle Zambeliou, desierta.

Pero ya, de momento, ‘télos’, es decir, se acabó. Aunque el hecho de que esta misma tarde, paseando por el puerto, como todo el mundo, nos hayamos encontrado por una graciosa casualidad con otro Yiorgos, el dueño del Hipokampo de Heraklion me hace suponer que no tardaremos en volver. Fue gracioso: Pe, de pronto, me dice “¿a quién saludas aquí?” hasta que reconoce a Yiorgos (¡Yasaaaas!, nos faltó decir “¿quillo qué?) Iba con su mujer, a quien no conocíamos, ha cerrado por descanso la taberna durante una semana, y lo que son las cosas, nos preguntó por sitios para comer en La Canea. Ya véis, a nosotros. Naturalmente, les recomendamos un par de excelentes restaurantes, como haremos con vosotros cuando compréis nuestra guía sobre Creta.

El campanario y el minarete nos dicen hasta pronto, último atardecer en La Canea.