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Kastellorizo, el refugio del Mediterráneo

Ulyfox | 17 de octubre de 2018 a las 0:39

Kastellorizo a veces  no parece real.

Kastellorizo a veces no parece real.

 

No hace tanto que hemos vuelto, pero no de las vacaciones, sino de nuestra vida allí, en Grecia. Aún conservamos una leve huella del sol del Egeo en nuestra piel, muy leve a la vista pero muy profunda en nuestra dermis (ay, esa lengua griega). Como las capas de cal que acumulan desde hace siglos las casas de las Cícladas deben ser las capas que nuestro cuerpo ha ido añadiendo durante las dos décadas y media que hace que visitamos la eterna Hélade, sin cansarnos. Cada año acudimos a que nos den esa lámina protectora que necesitamos para andar el resto del año. El color se va, pero os juro que la imprimación permanece.

Así que aquí estamos, por supuesto haciendo planes ya para el año que viene, de nuevo lamentando que esta vez tampoco hayamos podido extender nuestra estancia hasta alcanzar, a finales de octubre, las fiestas de destilación del raki en Creta, con nuestros amigos. Brindaremos por ellos en pocos días, porque algo de ese elixir sí que nos hemos traído. Para compartir, por supuesto, porque, si no, no tiene sentido.

Recién aterrizados en el aeropuerto de Kastellorizo.

Recién aterrizados en el aeropuerto de Kastellorizo.

Este año el periplo ha sido largo e intenso, un mes lleno de descubrimientos y de reencuentros como pedía Kavafis, de norte a sur y de este a oeste del privilegiado país griego que tanto amamos. Aterrizamos una noche en Rodas el 1 de septiembre y, después de una espléndida cena tardía en la Taberna Nireas y de unas pocas horas de sueño, nos embarcamos en un avioncillo de camino a la isla de Kastellorizo, un diminuto trozo griego a un tiro de piedra de la costa turca, a poco más de media hora en barco desde la bella Kas. El amanecer nos pilló tomando tierra en el aeropuerto de Kastellorizo, una pequeña pista entre riscos. Y a partir de ese momento, tres hermosos días en los que estirar el tiempo, que ya por sí solo tendía a estirarse allí.

La vista desde la habitación del Hotel Kastellorizo.

La vista desde la habitación del Hotel Kastellorizo.

Casi lo primero que hicimos nada más llegar y tomar posesión de la habitación en el hotel que lleva el mismo nombre de la isla (habíamos estado allí también hace lo menos 15 años), fue darnos un baño en el puerto, a pie del hotel, mientras los amables propietarios nos preparaban un café con un dulce casero. La mañana era luminosa, el viento estaba en calma, la temperatura ideal… creo que en estas tres frases he definido la perfección.

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Café y baño para empezar el periplo griego en el puerto de Kastellorizo.

Café y baño para empezar el periplo griego en el puerto de Kastellorizo.

Kastellorizo (derivado del nombre que le pusieron los italiano Castello Rosso, y también llamada Megisti o Meisti por griegos y turcos, es poco más que un puerto precioso, con algunas (cada vez más) casas rehabilitadas, y en cierta forma salvada de la desaparición por el turismo, escaso pero entusiasta. Llegó a tener 15.000 habitantes y a ser una de las escalas más importantes entre Turquía y Chipre. Ahora son tres centenares escasos las personas que residen permanentemente en la isla, después de la despoblación que sufrió en el pasado siglo, sobre todo con la emigración a Australia. En la actualidad, muchos de los hijos de aquellos que se fueron están volviendo y rehabilitando sus viviendas. En realidad es un paraíso de tranquilidad y aguas azules con casas neoclásicas de todos los colores alrededor de los muelles. Ser australiano y heredar una casa en Kastellorizo debe de ser el guión soñado para una de esas películas, tan placenteras, de reivindicación de la vida sencilla. Por la ladera de la montaña que asciende hasta el aeropuertos se esparcen muchas casas en ruinas a la espera de esa mano salvadora. Es curioso que en el tratado con Turquía que acordó el traspaso a Grecia de la isla se especifica que Kastellorizo volverá a ser turca si la población baja de 150 habitantes. Si existió alguna vez ese peligro, parece que ahora se ha conjurado.

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El día y la noche en un rincón del puerto.

El día y la noche en un rincón del puerto.

Aparte del puerto natural, en forma de U, en el que se concentran la mayoría de los edificios, la isla tiene un par de monasterios (uno de ellos en las alturas tras un agotador camino hacia el aeropuerto) y nada más. Ni siquiera tiene playas, aunque los lugareños le han dado ese apelativo a un recodo en un islote con una capilla, una cantina y unas plataformas con hamacas: la playa de Agios Georgios, es decir San Jorge. El agua es transparente, eso sí. Sus principales monumentos son el castillo turco en ruinas, una mezquita en un saliente precioso del puerto y una tumba licia excavada en la roca, de las que tanto abundan en la costa turca opuesta. Entonces, ¿por qué ir a Kastellorizo? Nosotros lo hicimos la primera vez tras ver la película Mediterráneo de Giuseppe Salvatores, y lo mismo hicieron miles de italianos. Si no habéis tenido la ocasión, buscadla. Es como una obra sencilla y, al menos para nosotros, emocionante. La acción transcurre allí, con un destacamento italiano durante la Segunda Guerra Mundial de protagonista, aparte de los habitantes del pueblo. ¿Por qué volver? Porque fuiste una primera vez y no se te olvida.

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Ante una de las casas protagonistas de la película ‘Mediterráneo’.

Paseos y baños por el puerto, la mejor actividad.

Paseos y baños por el puerto, la mejor actividad.

Así que realmente no hay mucho que hacer: pasear por el precioso puerto, contemplar cómo la luz de las diferentes horas incide en las casas, cenar junto a los muelles, caminar hasta la cercana bahía de Mandraki y darse un chapuzón, ver ahí mismo como las tortugas se alimentan de peces, almorzar en la taberna unas gambas de Symi, pequeñas y deliciosas, subir o intentarlo al menos hasta el monasterio en la montaña y tomar fotografías, acercarse a la ‘playa’ de Agios Georgios, visitar la tumba licia… y sentir el extraño e insólito placer de sentirte dueño de tu tiempo. Impagable.

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La tumba licia de Kastellorizo, la única en Grecia.

Unas gambas de Kastellorizo, un vaso de tsipouro enla bahía de Mandraki...

Unas gambas de Kastellorizo, un vaso de tsipouro enla bahía de Mandraki…

Dar una pequeña caminata hasta la tumba licia, ver tortugas en Mandraki...

Dar una pequeña caminata hasta la tumba licia, ver tortugas en Mandraki…

Visitamos hace más de una quincena de años Kastelorizo por primera vez. Éramos cuatro turistas, y más de la mitad italianos. Ahora hay nuevos hoteles, más restaurantes y bares en los muelles y, sobre todo, varias excursiones diarias desde Turquía que llenan durante las horas centrales del día la capital y única población de la isla. Pero el espíritu permanece. “Para los que andan huyendo” decía la dedicatoria de la película de Salvatores… Pues eso.

Kastellorizo, desde la montaña

Kastellorizo, desde la montaña

El encantador rincón de Agios Georgios. Una capilla, una taberna, una playita...

El encantador rincón de Agios Georgios. Una capilla, una taberna, una playita…

La mezquita del pasado otomano aún domina un extremo del puerto.

La mezquita del pasado otomano aún domina un extremo del puerto.

De nuevo en el camino

Ulyfox | 31 de agosto de 2018 a las 14:46

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Estamos a unas horas de emprender un nuevo viaje, cuando la inmensa mayoría ya tiene su maleta a bordo para emprender el camino de regreso. Hay mucho de sentirse especial en estas fechas cuando oye uno por todas partes eso del comienzo del curso, el final de las vacaciones, la vuelta al cole, la operación retorno… y por el contrario uno va de salida, de ilusión, de comienzo.

Así es, nos vamos. En un día estaremos en Grecia. Esta vez, el mes entero, de paso por Rodas, Kastellorizo, Symi, Nysiros, Tilos, Creta, Paros y Mykonos, si no se me olvida nada. Treinta días de reencuentros y hallazgos, otra vez. Y no nos cansamos. Este verano creo que hemos hecho varios adeptos más a la causa filohelénica. Varios amigos a los que hemos asesorado en sus viajes y que, si hay que creerlos, han estado encantados. ¡Qué nos van a contar a nosotros!

En principio no pensábamos hacer todo el mes en Grecia. Queríamos haber visitado antes, unos diez días por ejemplo, Austria y tal vez Suiza. Hallstat era el pueblo objetivo de Penélope. Precioso, con sus casitas, sus tejados, su iglesia de campanario agudo… todo al lado de un lago bucólico y romántico. Tan perfecto, pero tan dificultoso de llegar que al final cejamos en nuestro empeño. Recordamos también en esos días de preparación nuestra visita a Alsacia de hace un par de años, y lo mismo: todo tan perfecto, las flores y los jardines tan ordenados, las casas tan bien pintadas, que nos parecía que debajo debía esconder alguna película de terror, exagerando, claro.

Pero además, las noticias de estos últimos meses sobre la deriva xenófoba de esas regiones europeas, el miedo y el odio al extranjero que se está propagando por allí… que nos decidimos a ‘castigarlos’ a nuestra pequeña e insignificante manera: nos vamos con los que nos gustan, con los que son nuestra familia prácticamente, el Sur. Y ahí pensamos estar un mes, disfrutando del mar, los paisajes, la comida, la bebida, el aceite, las noches mediterráneas.

Así somos, qué le vamos a hacer.

Hasta la vuelta y que empecéis bien el curso

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El vuelo más corto del mundo

Ulyfox | 15 de abril de 2018 a las 18:38

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

Todo está dispuesto a bordo del avión de la línea Sky Express en el aeropuerto de Kárpathos. El avión bimotor de turbohélice con destino a Sitia, en Creta, empieza a rodar por la pista. Despega y a los dos minutos la azafata dice: “Iniciamos el descenso al aeropuerto de Kasos”.

Esta es la cortísima historia del vuelo más corto del mundo. Kasos es casi como una escala inevitable, como un pequeñísimo salto de pulga, pero seguramente le ha dado sentido y rentabilidad a un vuelo entre las islas de Kárpathos y Creta que tal vez no existiría sin esta casi broma. Los pasajeros, apenas una decena, descendimos y esperamos en la pequeña sala del aeródromo, casi sin tiempo ni para ir al servicio si alguien lo hubiera necesitado. El avión vuela a muy baja altura, claro, no tiene tiempo de subir más y uno viaja casi tocando las olas. Es cómodo, tranquilo y todo el pasaje sonríe ante lo singular de esta experiencia, duda de si merece la pena bajarse, pero ahí la tripulación es clara: todo el mundo tiene que hacerlo.

Luego sí, ya el segundo salto hasta Creta es sólo una mijita más largo, y al menos merece el nombre de vuelo. Sin embargo, no merece que se cuente nada sobre él.

El verano en Karpathos

Ulyfox | 3 de abril de 2018 a las 9:39

La playa de Kirá Panagia, desde la iglesia del mismo nombre, en la isla de Kárpathos.

La playa de Kirá Panagia, desde la iglesia del mismo nombre, en la isla de Kárpathos.

 

Parece difícil, pero el verano llegará como lo hace siempre, y nos da igual que llegue antes o después, que venga más o menos caluroso, después de este invierno que empezó amistoso, tanto que ahora no quiere dejarnos. Y mientras, quizá nos consuele pensar en otros estíos, es decir en vacaciones, viajes, luces y aires distintos. El más cercano de los nuestros, lo sabéis, se dedicó íntegramente a Grecia, como hemos hecho otras veces. Ahí quisimos visitar una isla que había estado otras ocasiones en nuestras intenciones, pero no creáis, no todas son tan fáciles de alcanzar ni de acomodar a nuestros planes. Kárpathos está entre el archipiélago del Dodecaneso y nuestra amada Creta, pero nosotros queríamos ir a ella desde Samos y para hacerlo fue obligatorio dar dos saltos en avión, desde el aeropuerto samiota hasta el de Atenas y desde este al de nuestro destino. Llegamos al fin, y por eso os podemos contar.

Las aguas de la playa de Kirá Panagia.

Las aguas de la playa de Kirá Panagia.

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Kárpathos era hasta hace muy poco, por esa complicación de transporte, un lugar muy poco visitado y con algunas poblaciones y playas con fama de inaccesibles, envueltas en el misterio de las nubes como el pueblo de Olimpos, allí en la cima y durante años unido al resto de la humanidad por una carretera pavorosa, rodeada de precipicios y sin asfaltar en muchos tramos. Si era así, todo eso, o casi todo, ha cambiado. La carretera sigue teniendo un montón de curvas y en muchos momentos se rueda entre la niebla, pero su anchura ha crecido considerablemente y el asfalto es impecable. Eso ha hecho del Olimpos que antes era un vestigio étnico en las cumbres, en el que sus habitantes vestían sus coloridos atuendos tradicionales y eran visitados poco más que por sus cabras, un enclave precioso, peculiar en sus construcciones decoradas, pero inevitablemente muy turístico y comercial.

El puerto de Kárpathos, la capital de la isla.

El puerto de Kárpathos, la capital de la isla.

El aeropuerto de Kárpathos, uno de los más grandes del país por su uso tradicionalmente militar, se ha abierto a los vuelos chárter internacionales, y ahora te encuentras por todas partes grupos de turistas nórdicos e israelíes, supongo que por el origen de sus vuelos. Los turistas inevitablemente modifican el entorno y, aunque parezca difícil en una isla griega, casi no se oye música nacional, la bella música griega y los locales tienen un aire inequívocamente internacional. Las playas, maravillosas, siguen siendo difíciles de alcanzar, porque en un paisaje tan montañoso las carreteras se ven forzadas a discurrir por las alturas, y para llegar al mar hay que descender por calzadas estrechas y con decenas de giros cerrados. Pero… ¡oh sorpresa! están llenas, atiborradas, y las motos y los vehículos se amontonan en aparcamientos casi inverosímiles. Toda dificultad y aglomeración se olvida cuando uno se sumerge en sus aguas transparentes, pero la admiración ante el tesón del ser humano de todas las edades por bañarse en el azul permanece. Cosas evidentes: la playa de Kirá Panagía, la de Achata, la de Ampella, Kato Lefkó… son increíbles. Merece la pena el esfuerzo, pero uno agradecería que menos gente se esforzara.

Olimpos, en las alturas y entre nubes.

Olimpos, en las alturas y entre nubes.

El ya mentado Olimpos es una singularidad en muchos sentidos. A cientos de metros de altura es un mirador inigualable sobre el mar. Sus habitantes, sobre todo las mujeres, siguen conservando el uso de trajes tradicionales, y posee un dialecto propio que los expertos identifican con unos lejanos orígenes dorios. Las casas geométricas están pintadas con vivos colores y adornadas con motivos florales y de pájaros. Es ciertamente impresionante, pero debió de serlo mucho más cuando sus estrechas calles no eran un reguero de turistas casi en fila india y sus moradores se calentaban con raki auténtico. Nosotros lo vimos en un día más gris que soleado, lo cual debe ser bastante normal en esas alturas plagadas de nubes y viento. Un lugar que, a mi juicio exigente, debió permanecer envuelto en esa nubosidad y accesible sólo para los verdaderamente interesados. Digo yo.

La plaza de Olimpos, colorida y singular.

La plaza de Olimpos, colorida y singular.

La capital, que lleva el mismo nombre de la isla, no tiene un especial atractivo más allá de un puerto no de los más bonitos de Grecia y de ese ambiente inequívocamente vacacional que se cierne sobre ella cuando cae la tarde y los turistas la toman de paseo y en busca de restaurante. Y en ese sentido, desde luego la oferta no falta. Pero…

Balcón al mar en Olimpos.

Balcón al mar en Olimpos.

Será que deseamos intensamente que todo lo de Grecia nos apasione. Y esta isla tiene, o tenía, materia para provocar esa emoción, pero siento que la avalancha turística sobrevenida en poco tiempo hace que los karpathiotas nos vean a los visitantes, en su inmensa mayoría, como meros consumidores a los que hay que dar lo que quieren, y que esto no suele incluir respirar siquiera sea una vez por hora un poco de alma griega. No sé… a lo mejor hay que hacer lo que nos contaba nuestro taxista entre elogios a Podemos: el caso de dos españoles que habían llegado hacía un par de semanas con la única intención de recorrer sus salvajes montañas y poblados, aún no tomados al asalto, “san katzikia” (como cabras). A lo mejor.

Un sacerdote, dormitando en la iglesia de Olimpos.

Un sacerdote, dormitando en la iglesia de Olimpos.

Una mujer, ante sus labores a la venta en la calle principal de Olimpos.

Una mujer, ante sus labores a la venta en la calle principal de Olimpos.

Pueblos de Samos

Ulyfox | 28 de enero de 2018 a las 20:58

Penélope, ante una vista de Vourliotes sobre el valle.

Penélope, ante una vista de Vourliotes sobre el valle.

 

Teníamos ganas de recorrer Samos, la verde. Sabíamos de sus pueblos, no olvidábamos Kokkari en la costa noroeste ni Manolates en el interior, al final de una carretera infame y tortuosa. Hacía ya 17 años de aquella vez, y la verdad es que pensábamos que habrían cambiado, lo que en nuestras enamoradas mentes era lo mismo que empeorado. Pero no.

Dedicamos un día, pues, a comprobarlo, o sea a disfrutarlo. Y si ya conocíamos Manolates de aquella lejana vez, entonces nos dejamos de lado Vourliotes, muy cerca. Tras arreglar el alquiler del coche en Pythagorion, nos dirigimos en primer lugar a este. Y, una vez dejada la carretera costera, ya desde lejos nos gustó la apariencia de Vourliotes, una mancha blanca alargada, dejada caer sobre una ladera verde, y dominando desde una considerable altura el valle que se deslizaba hasta el mar. Un paisaje feliz, diríamos.

Una típica casa de Vourliotes.

Una típica casa de Vourliotes.

 

Debía de ser muy temprano, porque cuando nos adentramos andando en las viejas calles de Vourliotes, después de dejar el coche convenientemente lejos, aún no había mucho turista paseando. El pueblo es poco más que una placita casi cuadrada en la que cabe apenas la terraza sombreada de una preciosa taberna coloreada y de la que salen varios callejones estrechos y coloridos. Uno de ellos, sobre todo, es el que escogen los paseantes por las fachadas de balcones y marcos de ventana de madera pintados en colores sobrios o llamativos.  En los maceteros e incluso el pavimento de algunos de ellos también han dejado algunos anónimos artistas populares su huella de pintura.

Café, taberna y tienda de recuerdos, todo en uno

Café, taberna y tienda de recuerdos, todo en uno

El campanario de una iglesia de Vourliotes.

El campanario de una iglesia de Vourliotes.

 

Llaman la atención sobre todo algunas casas por una disposición casi perfecta de puertas, ventanas y aleros de los tejados. Aunque se ve una voluntad clara de atraer al turismo con su tipismo, se percibe igualmente un rasgo de autenticidad en los vecinos que arreglan sus hogares o simplemente almuerzan en sus puertas, compartiendo un plato. Milagrosamente se diría que Samos se está salvando de la llegada masiva y arrasadora de los visitantes en tropel, y mantiene un aire que muchos dirían decadente, pero que yo prefiero llamar acogedor. Nos encantó.

La gran taberna en la pequeña plaza.

La gran taberna en la pequeña plaza.

Un café griego para poder seguir el camino por Samos.

Un café griego para poder seguir el camino por Samos.

 

A media mañana, el turista nórdico ya estaba almorzando, pero para nosotros era aún la hora de un café griego, ese reconstituyente negro y dulce. Se diría que alimenta. Así que esa fue la señal para hacer una parada y poco después continuar en dirección Manolates.

Penélope, ante una casa de Vourliotes.

Penélope, ante una casa de Vourliotes.

 

Manolates conserva la carretera infernal en la que a ratos parece imposible sortear los árboles que la bordean y oscurecen, pero eso no lo salva de atraer gran cantidad de gente que seguramente van en busca de sus cuestas y sus vistas y su placita estrecha y alargada ocupada por dos tabernas, y precedida por una calle en la que destacan varias tiendas de recuerdos y productos de la zona, todas con ventanas traseras de vistas privilegiadas sobre el valle y las montañas. Era todo como lo recordábamos, pero con mucha más gente y necesarias tiendas. En la comparación, esta vez fue vencedor Vourliotes.

Manolates, también visitado por los turistas.

Manolates, también visitado por los turistas.

Vista del mar Egeo, desde la altura de Manolates.

Vista del mar Egeo, desde la altura de Manolates.

Un alto en Manolates, en la calle Manolaki. ;)

Un alto en Manolates, en la calle Manolaki. ;)

Habitantes de Manolates, echando la siesta.

Habitantes de Manolates, echando la siesta.

Poco antes del almuerzo en Kokari.

Poco antes del almuerzo en Kokari.

 

Kokari, en cambio, permanecía invicta en la cima, en ese saliente que se adentra en el mar como queriendo acercarse a Turquía, con esa misma roca que divide al pueblo en dos, al oeste la playa de guijarros y al este ese pequeño y estrecho paseo frente al mar lleno de restaurantes y cafés como es casi obligado en Grecia. Es el pequeño, inalterado balneario frecuentado por rubios visitantes, lejos de ruidos turísticos de otra especie, pero en el que no falta la oferta típica. Como de otro tiempo, en este.

El paseo marítimo de Kokari, al atardecer.

El paseo marítimo de Kokari, al atardecer.

Flores en el suelo de Vourliotes.

Flores en el suelo de Vourliotes.

Vista de Kokari desde Vourliotes.

Vista de Kokari desde Vourliotes.

 

Samos, donde nació Pitágoras

Ulyfox | 23 de noviembre de 2017 a las 18:25

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Volver a esos lugares de los que guardas un gozoso recuerdo entraña peligros, sobre todo el de la decepción. Esta suele significar que el tiempo ha pasado de la peor manera, o para ese lugar o para ti. O tal vez para los dos. Pero con Grecia nos ocurre lo contrario. Por norma, solemos acompañar nuestros reencuentros con islas o ciudades con el comentario favorable: “Pues lo he encontrado mejor”. En estos años hemos aconsejado a mucha gente que viajara allí, o bien directamente, o bien porque de tanto oírnos hablar de aquella tierra a muchos les ha venido el impulso de la visita. Siempre digo que el viaje a la Hélade es siempre un viaje al interior de uno mismo y si uno vuelve insatisfecho de allá, a lo mejor simplemente es que ese paisaje interior no es muy satisfactorio. Estas palabras merecen, por supuesto, el crédito que les deis a las de un enamorado.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

El caso es que teníamos ganas de volver a Samos, la grande y verde, aunque quemada, isla del Egeo Norte que recordábamos de 17 años atrás. Y este año nos venía bien en el itinerario pensado, así que dimos el salto en avión desde Salónica hasta la isla natal de Pitágoras. Este nació en la antigua ciudad de Samos, que hace unas décadas cambió su nombre al mucho más reconocible de Pythagorion, en honor de su grande y sabio hijo predilecto. En ese hermoso pueblo costero ubicamos durante cinco días nuestra base, en el hotel Hera II, que lleva en su nombre también el de otra de sus habitantes más ilustres, la diosa Hera. Estas cosas pasan en Grecia, que pasa uno de la mitología a la realidad más matemática en un abrir y cerrar de ojos.

 

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

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El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El hotel es limpio y sus dueños tan amables como acostumbran los griegos. Situado en la parte más alta del pueblo, nos tocó una habitación con la vista soñada, con todo el casco urbano y el puerto a nuestros pies.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

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De Pythagorion teníamos los mejores recuerdos, y esta vez también, esta vez se cumplió de nuevo de una manera curiosa. A simple vista no ha cambiado gran cosa. Ahí sigue ese puerto lleno de barcos deportivos con cuyos dueños pareces compartir la cena o el café de la tarde o el martini de aperitivo, de tan cerca como están. Quizá simplemente hay más yates ahora. Ahí están también la cantidad de bares y restaurantes donde sentarse mirando al mar y sobre el ajetreo del paseo vespertino. Permanecen las calles de trazado cuadricular y bordillos blanqueados con casas bajas y arboladas al estilo inequívocamente griego. Siguen ahí todavía las cuestas increíbles hacia lo alto y, al oeste, las ruinas de la antigua Samos como un claro histórico antes de llegar a la zona de hoteles frente a la playa. Si acaso, puede haber crecido el número de establecimientos hoteleros, pero la unidad del pueblo no está rota. Y el tipo de turismo semeja ser el mismo, parejas y grupos de amigos nórdicos de edad mediana, de aspecto y comportamiento tranquilos.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

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No es Samos, de las más cercanas a Turquía, una isla atestada, a pesar de su belleza. Tiene una gran y rica historia, y restos arqueológicos muy importantes para atestiguarlo, unas playas de ensueño, un vino famoso desde la antigüedad y, esto casi no habría que decirlo, la excelente comida de la que se puede disfrutar en Grecia.

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La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

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Y de todo esto se hablará, Zeus mediante, en los próximos días.

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Descubrimiento milagroso de un mosaico

Ulyfox | 21 de noviembre de 2017 a las 14:44

El singular mosaico con el Pantocrátor en la iglesia de Osios David de Salónica.

El singular mosaico de la Teofanía en la iglesia de Osios David de Salónica.

A veces la vida simple te brinda oportunidades sencillas e inolvidables. Como en Salónica a finales de agosto. Paseábamos por la parte alta (Anópolis)  más antigua de la capital de Macedonia. Todas las guías decían que por allí perdida entre la maraña del barrio casi turco se encontraba una joyita del arte bizantino, la iglesia de Osios David. Efectivamente, no fue muy fácil encontrarla. Había que estar pendiente de los cartelitos escritos en blanco sobre fondo rojo que en Grecia indican los sitios monumentales. Pero tras virar a derecha e izquierda, subir y bajar alguna que otra pendiente, atravesamos una pequeña cancela y aparecimos en un patio cuadrado en el que, bajo el sencillo porche blanco de columnas y tejado, se sentaban una mujer mayor y un hombre joven, junto a una puerta no demasiado monumental.

Tras saludar con el obligado ‘kalimera’ el joven entendió que queríamos visitar la iglesia y nos franqueó la entrada apartando una pesada cortina y entrando con nosotros. No había nadie más, y empezó a contarnos la historia del recinto. Se trata del templo cristiano más antiguo de Salónica, nada menos que del siglo V, y se aprecia a simple vista lo primitivo de su construcción. Nada más entrar, unos maravillosos frescos de los siglos XII y XIII que cuentan el nacimiento y la infancia de Cristo. Sobre esa visión a muchos ratos ingenua pero siempre de gran calidad pictórica, el hombre nos explicó detenidamente las diferencias entre las representaciones católicas tradicionales y las ortodoxas, resaltando muchas veces que el dogma es el mismo, pero las tradiciones difieren. Así, la Virgen aparece aquí acostada y cansada tras el parto, mientras que la figuración ‘romana’ la representa con el niño en brazos como si no hubiera pasado nada. San José se representa siempre con aspecto meditabundo y preocupado. Tenía razones el santo varón…

La pieza maestra es un mosaico del siglo V extraordinario. Se trata de la Teofanía (aparición como Dios) de Cristo y presenta muchos rasgos singulares, siendo el más llamativo de ellos que Jesucristo aparece sin barba, como un hombre joven. O tal vez como una mujer, dicen otros, ya que la comunidad que llevaba ese recinto en aquella época era un grupo de monjas… Sea como sea, es hermoso. Cristo aparece en un óvalo que se asemeja a un ojo humano, justo en el centro de lo que sería el iris, y a su alrededor los cuatro evangelistas con los animales que los representan según la tradición.

El mosaico estuvo durante siglos oculto tras un yeso con el que lo taparon durante la dominación otomana y fue, digamos ‘milagrosamente’, redescubierto tras un terremoto que a principios del siglo XX hizo caer la capa de estuco. Nosotros lo descubrimos en silencio, escuchando con deleite las explicaciones a cambio de una pequeña cantidad, solos en la iglesia, durante más de media hora, con un intercambio de preguntas y respuestas. Salimos después de casi una hora y aún disfrutábamos de la experiencia mientras bajábamos las cuestas camino hacia el mar de Salónica.

Sithonia, una Grecia verde y azul

Ulyfox | 19 de noviembre de 2017 a las 22:59

Una vista de Neos Marmaras.

Una vista de Neos Marmaras.

 

Nuestra intención es, tal vez, conocer toda Grecia. No por puro afán acaparador ni coleccionista, sino porque cada vez que damos con un territorio, una gente, un aire nuevo dentro de ese país, comprobamos que nos gusta igual que el resto. Por eso lo de nuestro periplo de este año por el Norte desconocido, y por eso seguirán otros años regiones como el Pilion, por ejemplo, donde habitan los centauros.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

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El caso es que nuestra visita a Macedonia y algo de Tracia debía incluir una escapada a las playas, claro. Y nos fijamos en la península Calcídica, Halkídki para los griegos. No sé si habéis reparado en ella. Es ese gran trozo casi cuadrado que se adentra en el mar al noreste de Grecia, justo debajo de Salónica, y del que salen como tres largos dedos. No son un destino turístico popular fuera de la zona, pero son tres dedos frondosos, llenos de bosques, montes y extraordinarias playas. El más occidental, llamado península de Casandra, es el más frecuentado por los turistas griegos, antes, y a los que se han sumado reciente y masivamente los de los países balcánicos más cercanos, Bulgaria y los de la antigua Yugoslavia, Serbia sobre todo. El dedo central es la península de Sithonia, un pequeño paraíso aún visitable en temporada baja aunque no puedes huir de los serbios. El saliente más oriental es muy especial: está ocupado en su mayor parte por una especie de república eclesial independiente, gobernada por los monjes ortodoxos, la península del Monte Athos, el Monte Sagrado para los griegos, con más de una decena de grandes monasterios, frente al mar o en el montañoso y boscoso interior. Se necesita un permiso, que hay que pedir con meses de antelación, para poder entrar en ella, y sólo puedes hacerlo si eres del género masculino. Las mujeres lo tienen prohibido. Esa quedará para otra ocasión, quién sabe.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

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Esta vez, elegimos Sithonia, la situada en medio. En esta península verde y de extraordinarias playas, el único pueblo que merece tal denominación es Neos Marmaras, un puertecito turístico en una pequeña bahía, con unas pendientes enormes y un urbanismo un tanto destartalado, pero que como casi todos los puertos griegos termina teniendo un cierto encanto. El paseo marítimo lleno de restaurantes y bares le otorga esa categoría de acogedor, y es un excelente lugar para tenerlo de base desde donde visitar la península. Ahí pasamos tres noches.

Nos alojamos en Haus Roula, unos apartamentos que debe ese nombre híbrido entre alemán y griego al hecho de que sus dueños trabajaron y vivieron muchos años en Alemania. Cuando llegamos, al hijo mayor nos lo encontramos en la puerta, con apuntes y libros de su recién estrenado curso de español. La familia es agradable y el apartamento, aunque pequeño, estaba limpio. Y el precio, imbatible.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

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Y a eso nos dedicamos. En el primer día nos acercamos a la playa más próxima al pueblo. Los dos siguientes, a bordo de nuestro coche alquilado visitamos en una jornada la costa oeste de la península, y en la siguiente, la parte este del litoral, aquí siempre con la imponente silueta de 2.033 metros de altura del Monte Athos al otro lado del mar. Los dos días tuvimos tiempo de asombrarnos del verdor y la frondosidad de los bosques que nos acompañaron todo el camino.

Esas cenas al atardecer...

Esas cenas al atardecer…

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En la costa oeste hay algunas concentraciones hoteleras, aunque nada que se pueda llamar masificación, frente a las playas. La más popular de estas es la de Kalamitsi, un enjambre de hamacas y sombrillas en una media luna de arena casi perfecta y con un agua que, más que invitarte a entrar, te abraza cuando entras. Cientos, tal vez miles de parejas rubias con dos o tres hijos invadían el espacio. Hubo un momento de angustia cuando un padre y una madre recorrieron durante largos minutos la playa de un lado a otro gritando el nombre de su hijo extraviado, con el rostro desencajado. Cuando las llamadas desesperadas de “¡Mathia, Mathia!” cesaron al aparecer el pequeño pareció como si un suspiro de alivio generalizado ordenara tranquilidad a todos los que estábamos allí. A pesar del gentío, pasamos unas cuantas horas en la hamaca, y hasta almorzamos allí mismo sobre la arena. Un gran servicio.

Al día siguiente, dedicamos el día a litoral este de Sithonia, lleno de calas verdes y azules: Panagia, Fteroti, Lagonisi frente a un paisaje de islotes; Karidi, con sus formaciones rocosas blancas, donde tuvimos un divertido encuentro en un restaurante con el encargado Nikos Karambelas, futbolista griego que jugó varias temporadas en España y que dijo ser muy amigo de Barral, el jugador isleño que milita en el Cádiz; la llamada Orange Beach. Para los que amamos Grecia y los escritos de Patrick Leigh Fermor y Robert Byron tenía una emoción especial bañarse mirando al Monte Athos. Tal vez un día…

Las veladas las pasamos cenando al atardecer en los restaurantes sobre el mar, con buen vino, buen pescado y buenos precios. Todos ellos, elementos que nos reafirman en nuestra teoría y práctica de que las vacaciones-vacaciones se deben pasar en Grecia.

 

Xanthi, a medias con Turquía

Ulyfox | 31 de octubre de 2017 a las 22:34

La mezquita en el barrio alto de Xantthi.

La mezquita en el barrio alto de Xantthi.

 

Por momentos nos parecía estar en Mostar, aunque faltaba el esbelto puente otomano símbolo de la ciudad bosnia. Pero en realidad llegamos a Xanthi, en el norte griego que ya casi es Bulgaria y que puede tocar con la punta de los dedos tierras turcas, aún más a oriente que Kavala, atraídos por un nombre misterioso con ecos de los libros de Patrick Leigh Fermor: los pomacos. Son estos una minoría étnica relativamente abundante en Bulgaria y presente en territorio griego sobre todo en esta ciudad y alrededores. Su religión es musulmana y su lengua, el turco. Su origen es remoto y no está todavía certificado. Algunos estudiosos dicen que son descendientes de los primitivos tracios y que en un momento dado se hicieron musulmanes para huir de las represalias cuando la zona pasó a ser dominada por el Imperio Otomano. En la Grecia actual, prefieren llamarlos griegos de religión musulmana antes que turcos para combatir un permanente sentimiento a modo de nacionalismo.

Mansiones griegas

Mansiones griegas

Casas turcas cerca del barrioi pomaco.

Casas turcas cerca del barrio pomaco.

Preparando los locales para la gran fiesta

Preparando los locales para la gran fiesta

Fachadas de color pastel en el casco antiguo.

Fachadas de color pastel en el casco antiguo.

La animación empieza a mediodía en Xanthi.

La animación empieza a mediodía en Xanthi.

El caso es que en Xanthi, un pueblo precioso de las estribaciones de los montes Ródope, hay pomacos. La población está dividida, quizá todavía a consecuencia de la discriminación. En el barrio bajo, aunque la mayoría de las casas tienen aspecto turco, abundan las mansiones de estilo neoclásico, antiguas viviendas de potentados del tabaco, producto cuyo cultivo constituyó la principal fuente de riqueza del pueblo. Muchos de estos palacios están convertidos hoy en museos o edificios públicos.

Una gran mansión tabaquera.

Una gran mansión tabaquera.

El paseo por el centro histórico necesita pronto de buenas piernas, puesto que el trazado asciende poco a poco del barrio más bajo, mayoritariamente griego ortodoxo hasta el barrio alto en el que suena la llamada del muecín desde el minarete de la pequeña y antigua mezquita. Por aquí los niños corretean y se gritan unos a otros en turco, mientras se pueden observar las numerosas parabólicas dirigidas hacia un punto cardinal que luego nos dijeron que era el Este, desde donde viene la señal de la televisión turca. La sensación era extraña puesto que parecía posible pasar en un segundo de un país a otro

El resaturante Palia Poli.

El resaturante Palia Poli.

Un establecimiento de gyros (kebab).

Un establecimiento de gyros (kebab).

Nosotros llegamos el primer viernes de septiembre, justo la víspera del inicio del Festival del Casco Antiguo, durante una semana llena las calles de actuaciones musicales y espectáculos. Por la tarde, una multitud comenzó a fluir subiendo desde la parte moderna, más llana, hasta las plazas y callejuelas empedradas. En poco tiempo, todas las terrazas estaban llenas y en la plaza alta un espectáculo con dj y luces animaba a los más jóvenes. Escaparates y vitrinas de los locales hosteleros iluminaban las animadísimas esquinas. Grupos de jóvenes, familias enteras parecían haber venido a invadir el pueblo, y el aspecto de fiesta mayor daba a todo el conjunto un aire alegre y jovial.

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Era imposible dar un paso tranquilamente y por un largo rato creíamos que no lograríamos cenar en ningún lado. Todo lleno y la gente no parecía dispuesta a dejar la sobremesa de manera rápida. Al final, casi en el sitio de comida más alejado del centro histórico, aunque ya cerca del hotel, logramos encontrar un lugar, básicamente un asador, donde tomarnos unas tsoutsoukakia y  una ensalada de tomate. Suficiente para una cena no muy exigente. Al mediodía sí, al mediodía comimos estupendamente en el precioso restaurante Palia Poli

Por esas zonas netamente balcánicas los límites, las fronteras y las lenguas han cambiado históricamente, digamos que siguen cambiando, fruto de tanta guerra, tanta dominación y tanto vaivén que por fuerza obligan a la gente a mantener sus tradiciones, para no caerse. Al menos hasta ahora, porque seguro que todo eso caerá muy pronto ante otra dominación: la de la comunicación, los móviles y las redes sociales.

 

Kavala, llegando al límite

Ulyfox | 29 de octubre de 2017 a las 20:19

Vista general de Kavala.

Vista general de Kavala.

 

En realidad, si mirábamos desde la terraza de nuestra habitación y veíamos la animación al atardecer, o si paseabas por el barrio antiguo de Panagia, camino del castillo, o pasabas bajo los arcos del impresionante acueducto que construyó Solimán el Magnífico, todo en el aire te hacía creer que estabas en un puerto turco. Pero Kavala está en Grecia todavía, aunque para llegar a ella tuvimos que cruzar casi toda Macedonia para asomarnos a las puertas de Tracia. Sí, aunque era la bandera griega de la cruz y las barras blanquiazules la que ondeaba allí arriba, en la torre del homenaje, nos habría parecido normal que en su lugar estuviera la turca de fondo rojo, la luna menguante y la estrella de cinco puntas, como si estuviéramos a orillas del Bósforo y no frente a la isla de Tasos.

 

Vista de los tejados de Panagia, desde el castillo.

Vista de los tejados de Panagia, desde el castillo. Al fondo, la isla de Tasos.

El acueducto de Kamares, mandado construir por Solimán el Magnífico.

El acueducto de Kamares, mandado construir por Solimán el Magnífico.

Pero de todas formas, el aspecto de la segunda ciudad de Macedonia tras Tesalónica es otomano, en las casas y en el conjunto urbano. No en vano, hace sólo poco más de cien años, hasta 1912, todavía pertenecía a Turquía y bajo su dominio estuvo 550 años. Por otro lado, el norte de Grecia tiene unos aromas diferentes del mundo de las islas, tan mediterráneo. Aquí todo parece más balcánico, sin dejar de ser totalmente helénico. Incluso el carácter de la gente parece más cerrado. El idioma es el mismo, la comida es idéntica, y sin embargo algo, mires hacia donde mires todo te lleva más a los Balcanes que al Egeo.

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Trazas indudablemente otomanas en el casco histórico de Kavala.

Trazas indudablemente otomanas en el casco histórico de Kavala.

La joya de Kavala, además de la vista de su puerto y del frente marítimo abarrotado de turistas, es su barrio antiguo amurallado, que lleva por nombre Panagia, algo así como el barrio de la Virgen, aunque en su trazado se conservan tanto iglesias como mezquitas. Aquí desembarcó San Pablo y, para completar la enriquecedora mezcla, el castillo lo construyeron los venecianos. En realidad, es como un resumen de la historia de Grecia en los últimos siglos.

Estuvimos sólo una jornada en Kavala, el último día de agosto. El calor era notable y a las horas en que más pegaba decidimos hacer la visita al casco viejo en lugar de acercarnos a una playa, que era a lo que invitaba la temperatura. Calles empedradas, turistas turcos y balcánicos y casas otomanas con la característica planta alta en voladizo fue lo que encontramos. Tras la ardua subida, lo agradable fue una bajada trufada de hermosas visiones, fachadas de colores vivos y recuerdos de pachás y sultanes a cada paso.  Un paseo tan largo como para que cuando vinimos a tomar un tentempié en el Paseo Marítimo fuera ya una hora tardía.

Al atardecer, la azotea del hotel brindaba una vista magnífica e ideal para un largo café frappé, tan griego…

Esperando el café en el atardecer de Kavala.

Esperando el café en el atardecer de Kavala.

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El final del día lo puso una caminata por el enorme paseo marítimo, peatonalizado en horas nocturnas, y una espléndida cena en el restaurante Apikos, donde tomamos una de las mejores tsousoukakia (albóndigas alargadas en salsa de tomate, a la manera de Esmirna) que nunca hemos probado. Y qué os vamos a decir: el precio era ridículo.

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