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Sithonia, una Grecia verde y azul

Ulyfox | 19 de noviembre de 2017 a las 22:59

Una vista de Neos Marmaras.

Una vista de Neos Marmaras.

 

Nuestra intención es, tal vez, conocer toda Grecia. No por puro afán acaparador ni coleccionista, sino porque cada vez que damos con un territorio, una gente, un aire nuevo dentro de ese país, comprobamos que nos gusta igual que el resto. Por eso lo de nuestro periplo de este año por el Norte desconocido, y por eso seguirán otros años regiones como el Pilion, por ejemplo, donde habitan los centauros.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

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El caso es que nuestra visita a Macedonia y algo de Tracia debía incluir una escapada a las playas, claro. Y nos fijamos en la península Calcídica, Halkídki para los griegos. No sé si habéis reparado en ella. Es ese gran trozo casi cuadrado que se adentra en el mar al noreste de Grecia, justo debajo de Salónica, y del que salen como tres largos dedos. No son un destino turístico popular fuera de la zona, pero son tres dedos frondosos, llenos de bosques, montes y extraordinarias playas. El más occidental, llamado península de Casandra, es el más frecuentado por los turistas griegos, antes, y a los que se han sumado reciente y masivamente los de los países balcánicos más cercanos, Bulgaria y los de la antigua Yugoslavia, Serbia sobre todo. El dedo central es la península de Sithonia, un pequeño paraíso aún visitable en temporada baja aunque no puedes huir de los serbios. El saliente más oriental es muy especial: está ocupado en su mayor parte por una especie de república eclesial independiente, gobernada por los monjes ortodoxos, la península del Monte Athos, el Monte Sagrado para los griegos, con más de una decena de grandes monasterios, frente al mar o en el montañoso y boscoso interior. Se necesita un permiso, que hay que pedir con meses de antelación, para poder entrar en ella, y sólo puedes hacerlo si eres del género masculino. Las mujeres lo tienen prohibido. Esa quedará para otra ocasión, quién sabe.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

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Esta vez, elegimos Sithonia, la situada en medio. En esta península verde y de extraordinarias playas, el único pueblo que merece tal denominación es Neos Marmaras, un puertecito turístico en una pequeña bahía, con unas pendientes enormes y un urbanismo un tanto destartalado, pero que como casi todos los puertos griegos termina teniendo un cierto encanto. El paseo marítimo lleno de restaurantes y bares le otorga esa categoría de acogedor, y es un excelente lugar para tenerlo de base desde donde visitar la península. Ahí pasamos tres noches.

Nos alojamos en Haus Roula, unos apartamentos que debe ese nombre híbrido entre alemán y griego al hecho de que sus dueños trabajaron y vivieron muchos años en Alemania. Cuando llegamos, al hijo mayor nos lo encontramos en la puerta, con apuntes y libros de su recién estrenado curso de español. La familia es agradable y el apartamento, aunque pequeño, estaba limpio. Y el precio, imbatible.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

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Y a eso nos dedicamos. En el primer día nos acercamos a la playa más próxima al pueblo. Los dos siguientes, a bordo de nuestro coche alquilado visitamos en una jornada la costa oeste de la península, y en la siguiente, la parte este del litoral, aquí siempre con la imponente silueta de 2.033 metros de altura del Monte Athos al otro lado del mar. Los dos días tuvimos tiempo de asombrarnos del verdor y la frondosidad de los bosques que nos acompañaron todo el camino.

Esas cenas al atardecer...

Esas cenas al atardecer…

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En la costa oeste hay algunas concentraciones hoteleras, aunque nada que se pueda llamar masificación, frente a las playas. La más popular de estas es la de Kalamitsi, un enjambre de hamacas y sombrillas en una media luna de arena casi perfecta y con un agua que, más que invitarte a entrar, te abraza cuando entras. Cientos, tal vez miles de parejas rubias con dos o tres hijos invadían el espacio. Hubo un momento de angustia cuando un padre y una madre recorrieron durante largos minutos la playa de un lado a otro gritando el nombre de su hijo extraviado, con el rostro desencajado. Cuando las llamadas desesperadas de “¡Mathia, Mathia!” cesaron al aparecer el pequeño pareció como si un suspiro de alivio generalizado ordenara tranquilidad a todos los que estábamos allí. A pesar del gentío, pasamos unas cuantas horas en la hamaca, y hasta almorzamos allí mismo sobre la arena. Un gran servicio.

Al día siguiente, dedicamos el día a litoral este de Sithonia, lleno de calas verdes y azules: Panagia, Fteroti, Lagonisi frente a un paisaje de islotes; Karidi, con sus formaciones rocosas blancas, donde tuvimos un divertido encuentro en un restaurante con el encargado Nikos Karambelas, futbolista griego que jugó varias temporadas en España y que dijo ser muy amigo de Barral, el jugador isleño que milita en el Cádiz; la llamada Orange Beach. Para los que amamos Grecia y los escritos de Patrick Leigh Fermor y Robert Byron tenía una emoción especial bañarse mirando al Monte Athos. Tal vez un día…

Las veladas las pasamos cenando al atardecer en los restaurantes sobre el mar, con buen vino, buen pescado y buenos precios. Todos ellos, elementos que nos reafirman en nuestra teoría y práctica de que las vacaciones-vacaciones se deben pasar en Grecia.