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Zadar saca la música del mar

Ulyfox | 7 de noviembre de 2016 a las 13:51

La primitiva catedral de Santa Anastasia y la torre posterior.

La iglesia de San Donato y la torre románica de la catedral de Santa Anastasia.

Turistas al atardecer, sentados sobre el Órgano Marino de Zadar.

Turistas al atardecer, sentados sobre el Órgano Marino de Zadar.

 

En realidad, lo que me atraía desde hacía mucho tiempo de Zadar, otra de las joyas dálmatas de Croacia, era la iglesia de San Donato: un templo prerrománico circular como muchos templos clásicos, antiquísimo y singular, con una nave redonda, tres ábsides y dos niveles de galerías conectadas internamente por una escalera curva. Algo muy raro. Una curiosidad intelectual, digamos. Y efectivamente, me gustó su apariencia altiva y poderosa, y su interior de aroma medieval primitivo, con una acústica extraordinaria, con altas columnas reutilizadas obviamente de edificios romanos, y esos cimientos en los que el sustento lo ofrecían cornisas y estelas de la misma época milenaria, su suelo del mismo tiempo que el foro romano que se adivina en su exterior. Como me gustaron las trazas italianas de la adjunta Catedral de Santa Anastasia, con esa apariencia de románico tardío italiano, como tantas que se pueden ver pertenecientes a la época dorada en la península itálica.

Vista interior de la iglesia de San Donato.

Vista interior de la iglesia de San Donato.

Escalera que comunica con la galería superior.

Escalera que comunica con la galería superior.

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Pero al final, como turista ignorante y dispuesto a maravillarse, me fascinó el Órgano Marino que el arquitecto Nikola Basic construyó hace una década en su paseo frente al Adriático, un artilugio de apariencia sencilla pero que seguramente debe haber costado imaginar y desarrollar. Frente al mar, una serie de escalones de piedra blanca con unos huecos y ranuras sabiamente dispuestos, recogen los continuos golpes del oleaje, que según su intensidad producen unos sonidos armoniosos al expulsar el aire impulsado por las olas. El efecto es sencillamente mágico y, si al principio resulta asombroso, pasado un tiempo se vuelve hipnótico y casi como un mantra. Aunque parezca siempre lo mismo, no puede ser. Porque de pronto pasa una embarcación y la onda actúa como un potenciómetro en el volumen de un aparato de alta fidelidad. Y la ecuación es: a agua más revuelta, mayor variedad musical y un tempo más acelerado.

Panorámica del atardecer sobre el örgano

Panorámica del atardecer sobre el örgano

Sobre el Órgano Marino se congrega la gente al atardecer para conjugar el efecto visual del ocaso con la música que produce el mar. Todo el mundo va a esa zona al caer la tarde, porque además es un paseo comodísimo y bordeado de jardines. El lugar guarda además otra sorpresa cuando el astro rey dice adiós, y se llama precisamente Ofrenda al Sol. Un gran círculo formado por centenares de placas fotovotaicas desprende al llegar la noche toda la energía luminosa que ha acumulado durante el día, en forma de luces de colores. Imaginaos la cantidad de selfies que puede llegar a hacerse la gente con tan imaginativa ocasión. Y se trata en verdad de un efecto sorprendente y, sobre todo, divertido. Como una gran atracción de feria gratuita, caldo de cultivo para fotos reenviadas por whatsapp.  Un hallazgo brillante esta combinación Órgano Marino-Ofrenda al Sol.

Turistas en la Ofrenda al Sol.

Turistas en la Ofrenda al Sol.

Otro turista sobre la Ofrenda al Sol.

Otro turista sobre la Ofrenda al Sol.

Pero además Zadar tiene un casco antiguo hermosísimo, salpicado de restos romanos y con una unidad de estilo desde el románico hasta el barroco, lleno de restaurantes y terrazas, animadísimo como el gran punto de atracción turística en que se ha convertido. No hay forma de terminar de asombrarse con Croacia.

El antiguo Foro romano de Zadar, con San Donato y la catedral al fondo.

El antiguo Foro romano de Zadar, con San Donato y la catedral al fondo.

Fachada de la catedral de Santa Anastasia.

Fachada de la catedral de Santa Anastasia.

La mañana siguiente fue el momento de visitar tranquilamente el casco antiguo de Zadar, pero la lluvia nos sorprendió fuertemente. Y nos acompañó durante unos días. Lo contaremos.

 

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En un extremo de Roma

Ulyfox | 29 de abril de 2015 a las 13:16

En los jardines de la Villa d'Este romanos.

En los jardines de la Villa Borghese romana.

Por aquel barrio, al norte de Roma, aparentemente alejado está la Villa Borghese, ese gran parque que antes fue jardín privado de una poderosísima familia, como ocurre en tantas otras zonas de la capital italiana, y de toda Italia en general. Nunca habíamos llegado hasta allí, no sé muy bien por qué, en nuestras anteriores visitas. Pero allí estábamos, en nuestro último día de nuestra estancia invernal en la Citá Eterna. Allí, andando por el parque, dirigiéndonos al precioso mirador del Pincio, uno de tantos desde los que suponemos que los grandes ricos de la Roma clásica o renacentista miraban el mundo de la gente inferior y de paso, algo así como sus posesiones terrenales.

La vista es realmente espléndida, y a los pies del Pincio la enorme Piazza del Popolo, lugar de las grandes citas ciudadanas, presidido por el enorme obelisco egipcio, uno de tantos que trajeron los romanos de sus centenarias excursiones a su vasto imperio. A lo lejos, el Vaticano y debajo, como siempre, iglesias y más iglesias, con la hermosa imagen de las dos gemelas de Santa María dei Miracoli y Santa María al Montesanto, genial puerta y remate a la concurrida, comercial y espléndida Via del Corso.

Había mucha gente esa mañana de enero, todavía en plenas fiestas de Año Nuevo. Los cafés rebosaban glamour y dinero. Comenzaban las rebajas además, y los romanos se habían echado a la calle. Al atardecer, prácticamente no se podía andar ni por la calzada. Pero antes, fue agradable observar esta señorial zona, seguramente residencia de gente muy acomodada, quién sabe si alguno de esos aristócratas o grandes burgueses con palacios, con resabios de dolce vita.

Serenidad en una mañana de enero.

Serenidad en una mañana de enero.

 

Vista de la Piazza del Popolo y de Roma, desde el mirador del Pincio.

Vista de la Piazza del Popolo y de Roma, desde el mirador del Pincio.

El precioso mirador del Pincio, desde abajo.

El precioso mirador del Pincio, desde la Piazza del Popolo.

 

Las iglesias gemelas de Santa María dei Miracoli y del Montesanto. en la Piazza del Popolo.

Las iglesias gemelas de Santa María dei Miracoli y del Montesanto. en la Piazza del Popolo.

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Estambul cristiana y mora

Ulyfox | 23 de noviembre de 2014 a las 20:13

Sólo una pequeña parte de la maravilla que en San Salvador en Chora.

Sólo una pequeña parte de la maravilla que es San Salvador en Chora.

El precioso barrio junto a San Salvador.

El precioso barrio junto a San Salvador.

Ya, ya, ya sé que antes fue también romana y antes griega y antes… pero lo que se ve ahora en la capital turca son sobre todo ecos de las culturas musulmana y cristiana, aunque fuera un cristianismo tan propio como el bizantino y ortodoxo y el arte otomano tenga tantas diferencias con otras manifestaciones del Islam. Lo que se encontraron los turcos cuando se colaron por las bravas en Constantinopla fue una ciudad apabullante, llena de tesoros y monumentos que tenían su origen en el Imperio Romano, con muchos de ellos conservando aún el esplendor de aquellos tiempos clásicos, y que habían pasado luego por la revolución del pensamiento que supuso la doctrina de Cristo. Es verdad que había transcurrido mucho tiempo desde los tiempos de oro de Bizancio, pero el sultán Mehmet II debió de salivar de satisfacción ante la gran urbe cristiana que había vencido cuando la contemplaba desde la colina que luego se llamó del Serrallo.

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Casi inmediatamente después de que las tropas turcas vencieran la resistencia de la hermosa muralla de Teodosio, golpeando inmisericorde y continuamente un flanco con un gran cañón y por la increíble negligencia de los cristianos que se dejaron una puerta semiabierta (por favor, leed si podéis La conquista de Constantinopla, 1453 de Steven Runciman, yo lo hice gracias, una vez más, a Ricardo), el sultán apodado Fatih (el Conquistador) convirtió Santa Sofía en mezquita, y lo mismo pasó con muchas hermosas iglesias bizantinas. Algunas fueron respetadas, otras sufrieron destrozos… y algunas otras fueron reconvertidas con el paso de los siglos en museo para nuestro disfrute. El caso es que tenemos la suerte de poder contemplar obras de arte tan emocionantes como la propia Santa Sofía, o los bellísimos mosaicos de San Salvador en Chora (también llamada Kariye Camii, o mezquita Kariye), los escondidos de  la mezquita Fethiye (antigua iglesia de Pammakaristós), la iglesia del Pantocrátor (actual mezquita Zeyrek)… como si aún pudiéramos asistir a una disputa, ahora incruenta, entre los espíritus griego y turco, cristiano y musulmán.

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Las cúpulas y bóvedas de San Salvador, llenas de mosaicos.

Las cúpulas y bóvedas de San Salvador, llenas de mosaicos.

La primera visita de nuestro segundo día en Estambul fue a San Salvador en Chora, allí al norte de la antigua Constantinopla, precisamente pegada a la zona de muralla por donde más fuerte pegaron las tropas de Mehmet y por donde finalmente entraron. Demasiada historia para no caer rendidos ante su peso. Los mosaicos dorados de San Salvador son de verdad impresionantes, en su forma de contar la genealogía de Cristo o la vida de la Virgen. Miles de teselas de colores del siglo XI cubriendo techos y paredes, relatándonos historias de los personajes representados y de los propios, anónimos artistas que lo hicieron. La primera vez que fuimos a Estambul nos los perdimos, pero esta vez nos hicimos el favor, y viéndolos dimos incluso por bueno el timo del listo taxista que nos llevó hasta allí. La iglesia estaba llena de turistas, pero esta vez tanta belleza hizo que pareciera que los grupos estaban realmente interesados y atraídos por lo que veían.

Un café turco y repasar los planos y guías...

Un café turco y repasar los planos y guías…

En la muralla de Teodosio, en el lugar donde comenzó la caída de Constantinopla.

En la muralla de Teodosio, en el lugar donde comenzó la caída de Constantinopla.

Después de esa inmejorable manera de empezar el día, y tras un café turco junto al templo, teníamos que acercarnos a la muralla, a revivir la funesta jornada en que la caída de Constantinopla empezó a aterrorizar al Occidente cristiano durante un siglo, a contemplar el lugar donde ocurrió tamaño estrépito. Allí estaba, a un paso. Hay pocas cosas menos temibles que un muro vencido. Ya no inspiraban temor aquellas piedras taladradas por el cañón entonces, y ahora por las amplias avenidas por las que discurre hacia el centro el inmisericorde tránsito rodado de Estambul. Pero todavía guardan, entre los hierbajos y los grupos de borrachos, la memoria de un hecho capital. Si queréis visitar un lugar histórico para nuestra cultura, este es uno de ellos.

 

Bajando de San Salvador en busca de más mosaicos.

Bajando de San Salvador en busca de más mosaicos.

 

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Descendimos luego empinadas cuestas, no recordábamos tantos desniveles, a la busca de otro tesoro bizantino, Fethiye, y luego las subimos entre grupos nutridos de personas con gorras o velos, sorteando montones de mercancía y apartándonos de los coches para buscar las casi inexistentes aceras, alternando calles de casas de madera con abigarradas vías de edificios impersonales, preguntando por la mezquita que antes fue iglesia. La encontramos cuando ya creíamos que no lo haríamos, modesta pero hermosa en su apariencia tan griega de arcos y cúpulas, allí en un rincón tranquilo entre tanto ajetreo. Pammakaristós alberga ahora rezos musulmanes, pero una nave está abierta a las visitas que quieran contemplar otro pequeño tesoro de mosaicos, joyas brillantes bajo las cuales pasar apenas media hora de contemplación, esta vez sin gente. Los secretos a voces de Estambul, demasiado trabajosos para los grupos de turistas, ideales para paseantes que quieran concederles el tiempo que se merecen. Un reposo que necesitamos.

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Vistas del interior y el exterior de la iglesia de Pammakaristós, actual mezquita de Fethiye.

Vistas del interior y el exterior de la iglesia de Pammakaristós, actual mezquita de Fethiye.

Los días fueron largos en Estambul, plenos, y este dio mucho más de sí, apenas había comenzado a esas alturas del mediodía.

Entrando por la Sublime Puerta

Ulyfox | 13 de noviembre de 2014 a las 14:25

La Mezquita de Sultanahmet, también llamada Mezquita Azul...

La Mezquita de Sultanahmet, también llamada Mezquita Azul…

... y enfrente, Santa Sofía.

… y enfrente, Santa Sofía.

La verdad es que estaba deseando escribir de Estambul. Era, fue nuestra única excursión fuera de territorios griegos en este pasado septiembre. Pese a todo, pese al gentío, pese a la invasión turística desconocida en nuestra anterior visita mucho antes de que a todo el mundo le diera por ir a todas partes, mucho antes de esta explosión viajera global de los últimos tiempos, pese a todo eso, Estambul es una ciudad asombrosa, todo un mundo felizmente inabarcable, una catarata de sensaciones, una sucesión de experiencias colectivas y a la vez íntimas, como si uno aspirara a buscar su lugar entre las multitudes y terminara descubriendo que, en esta ciudad, lo personal se desarrolla sumergiéndose en la marea humana, que en Estambul, la vieja Constantinopla, la antiquísima Bizancio, se mueve con las descomunales corrientes de la Historia.

Obelisco egipcio en el Hipódromo, ante los minaretes de Sultanahmet.

Obelisco egipcio en el Hipódromo, ante los minaretes de Sultanahmet.

Llegamos a la capital turca, la de tantos nombres, desde La Canea, en Creta, pasando por Atenas. Era una hora muy buena, a mediodía, cuando aterrizamos en el moderno aeropuerto internacional Ataturk, y poco después circulábamos por las amplias avenidas de la parte moderna, con un aspecto occidental y limpio. De pronto, poco después de las murallas, el taxista giró a la izquierda, y fue como si hubiera doblado una esquina de los siglos. Entró en el recinto histórico y lo que eran antes llanas calzadas se convirtieron en retorcidas, estrechas y empinadas callejuelas. Nos parecía imposible que el conductor supiera por dónde y a dónde iba en ese subir y bajar cuestas. Pero sí, al poco tiempo aparecimos casi en la puerta del Hotel Saphire ( http://www.hotelsapphire.com/ ) un establecimiento mejorable pero con bonitos detalles, un poco demasiado oriental en la decoración, pero con un agradable recibimiento y estupenda disposición del personal. Además, está situado en el meollo de la parte más turística, y en muchos sentidos más impresionante, de la ciudad, es decir en Sultanahmet. Allí mismo, a un paso, están el palacio de Topkapi, la Mezquita Azul, el Hipódromo, la Basílica de la Cisterna, Santa Sofía…

A las puertas de la Divina Sabiduría.

A las puertas de la Divina Sabiduría.

¡Ah, Santa Sofía!, Ayia Sophia, la iglesia de la Divina Sabiduría. Modelo de tantas cosas, asombro de muchas otras, iba a ser nuestra primera visita, pero nos demoramos haciéndola aún más interesante, paseando por la explanada de Sultanahmet, disfrutando la competencia enfrentada de siglos entre la imponente iglesia, luego templo musulmán y ahora museo, con la retadora Mezquita Azul allí al otro lado de la plaza repleta de gente. Antes había que tomar una cerveza, la riquísima Efes turca, paladeando la arrolladora atención de los camareros de ese país. Y también había que darle un margen y una satisfacción al estómago, sufriente desde la muy temprana hora en que salimos de Creta. Y de paso, darle un margen a los ingentes grupos de turistas y cruceristas que hacían unas desalentadoras colas ante los monumentos. Reparamos nuestra hambre con unas exquisitas albóndigas (köftes) en un lugar curioso y que no falla, el Sultanahamett Koftececisi, allí cerca. Prácticamente sólo se come eso, acompañado de ensalada de judías o de arroz. Ideal como tentempié barato.

Albóndigas exquisitas para coger fuerzas.

Albóndigas exquisitas para coger fuerzas.

Y ya sí, ya fue llegada la hora de aprender algo de la Divina Sabiduría, ya la cola, que aún era considerable, había disminuido. Tengo una debilidad por este templo levantado de manera casi imposible hace mil quinientos años, por su desmayante cúpula que desafía el vacío a 56 metros de altura, por sus galerías de columnas antiquísimas, por los ecos del Imperio Romano de Oriente que aún se oyen en sus espacios. Sabía lo que iba a ocurrir en cuanto traspasara su umbral, llevaba preparando el suspiro desde que aprendí de este edificio incomparable en mis libros de Historia del Arte, desde que entrené en una anterior visita hace ya tanto, y lo comprobé en cuanto entré de sus pórticos y levanté la vista. Sé que a la mayoría le impresionan más la Mezquita Azul o la de Suleimaniye, o el serrallo de Topkapi, pero yo soy un devoto admirador de este templo de Constantinopla que imitaron sin descanso todas las mezquitas de la que luego se llamó Estambul y después del imperio otomano, logrando, como mucho, acercarse al dominio de su espacio espiritual.

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Mil quinientos años después, Santa Sofía aún luce así.

Mil quinientos años después, Santa Sofía aún luce así.

Pretendíamos y logramos en ese día visitar lo imprescindible de esa área mágica, el largo Hipódromo y sus columnas, la seductora Mezquita Azul, tan amable, tan acogedora de alfombras y pies descalzos, tan luminosa del color que domina su interior y que le da nombre a pesar de que el oficial sea el de Sultanahmet, la elegancia no impertinente de sus altos alminares, la constatación de la imitación de la cúpula de Santa Sofía, la paz importunada por muchos de nosotros visitantes.

Cascada de cúpulas y semicúpulas en Sultanahmet.

Cascada de cúpulas y semicúpulas en Sultanahmet.

En el magnífico patio de Sultanahmet.

En el magnífico patio de Sultanahmet.

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Dos imágenes del magnífico interior.

Dos imágenes del espléndido interior.

Un refrescante zumo de granada a la salida de la Mezquita.

Un refrescante zumo de granada a la salida de la Mezquita.

Y también, después de tomarnos un delicioso y ácido zumo de granada, ya sin colas casi a la caída de la tarde, la bajada a la Basílica de la Cisterna, en realidad un gran aljibe construido en los tiempos de Justiniano, una belleza de cientos de columnas de todos los estilos destinada a recoger miles y miles de litros de agua para el abastecimiento de la siempre gran ciudad, algo que durante siglos fue casi un secreto y que ha caído también víctima de la voracidad turística. Hace muchos años, visitamos casi solos este inmenso manantial junto a la calle Yerebatan. Esta vez, anduvimos por las pasarelas sobre el agua acompañados de familias enteras procedentes de todos los continentes y casi de todos los planetas. No quisimos imaginar lo que habría sido este paseo subterráneo a una hora punta de agosto. Sólo puedo decir que, a diferencia de los dos casos anteriores, aquí la magia desapareció. Las dos enormes cabezas de Medusa que soportan un par de columnas, y que antes había que buscar o adivinar medio hundidas, ahora han sido señalizadas, y aisladas del agua para que se puedan fotografiar ¿mejor?

La Cisterna de Yerebatan.

La Cisterna de Yerebatan.

 

La cabeza de Medusa que sostiene una de las columnas de la Cisterna.

La cabeza de Medusa que sostiene una de las columnas de la Cisterna.

 

Nos recogimos contentos de este primer e intenso contacto con la capital turca, cansados tras un largo día que empezó a las cuatro de la mañana en Creta, llenos de promesas para las cuatro jornadas que nos esperaban en esta ciudad eterna, Bizancio, Constantinopla, Estambul, la Sublime Puerta a tantas cosas.

Descanso en la Mezquita Azul.

Descanso en la Mezquita Azul.

Una tumba de colores

Ulyfox | 21 de febrero de 2014 a las 21:57

Vista general del sepulcro de los mártires.

Vista general del sepulcro de los mártires.

Detalle en la fachada de la Catedral.

Detalle en la fachada de la Catedral.

El claustro, lo poco que se puede fotografiar en la Catedral.

El claustro, lo poco que se puede fotografiar en la Catedral.

El pórtico principal de San Vicente.

El pórtico principal de San Vicente.

La bella estampa de San Vicente.

La bella estampa de San Vicente.

Arcos románicos, esplendor.

Arcos románicos, esplendor.

La nave central de San Vicente.

La nave central de San Vicente.

Por el otro lado.

La obra de arte.

 

Si alguna vez he entendido claramente eso que se dice de que las catedrales, las iglesias, el arte religioso en general, eran como una biblia para el pueblo analfabeto de aquellos tiempos anteriores a la educación pública ha sido hace poco, en el interior de templo románico, junto a la muralla de Ávila, apenas a unos metros extramuros. La Basílica de San Vicente brilla con luz propia en sus arcos y pórticos. Diría yo, si me atreviera, que es románico alto y gótico por partes. Diría que su altura la hace destacar, y afirmaría que cuando el sol del invierno la golpea horizontalmente, a esa hora del día en la que se despide, se enciende su arenisca anaranjada.

 

No le faltan filigranas casi platerescas en su pórtico principal, pero la piedra parece más ajustada a su propósito cuando es sencillo arco de medio punto. Sí, tiene un cierto parecido con el excelso Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela. Era demasiado fuerte su invitación a entrar, aunque fuera después de un chuletón de los afamados. (Un paréntesis aquí para lamentar mi mala suerte de no haber dado con ninguna pieza excelsa de esta carne en nuestras tres visitas a Ávila: las tres veces, la carne no ha pasado de normalita, y en alguna ocasión, bastante decepcionante. Qué le vamos a hacer, tal vez no haya más oportunidades) Entramos, claro que entramos, y al momento fue abrumadora la visión de las altas naves, bañadas en ese momento por una hermosa luz. Sí, una iglesia de las que se desea encontrar cuando uno va a ver iglesias.

Dicen las guías, los folletos, que la pieza principal de la basílica es el sepulcro o cenotafio de los santos hermanos mártires Vicente, Sabina y Cristeta, y hablan esos impresos de su carácter único de pieza maestra. Pero ni siquiera eso me preparó para lo que vi: una hermosísima, sorprendente y colorida obra escultural. Y sí, se puede seguir en sus relieves descriptivos el martirio de los tres hermanos que no quisieron renegar de su fe cristiana ante los dominadores romanos, la terrible historia de su tortura y muerte y la conmovedora reacción del judío que se arrepintió de haber sido su verdugo y tomó para sí la tarea de esculpir esta bella tumba. Todo contado como en viñetas de una manera realista y sensible a la vez. Yo diría que este sepulcro por sí solo merece la visita a Ávila, si no contara la capital de los caballeros con otros muchos atractivos. Para mí, que me perdonen los expertos, está a la altura de focos singulares como son El entierro del conde de Orgaz, en Toledo, El cordero místico en Gante o La última cena en Milán. Sin querer comparar, por supuesto, y sin ánimo de sentar cátedra, lo que tampoco está entre mis posibilidades. Vulgo: me encantó, y me tuvo un buen rato acercando la vista, rodeando su perímetro, contemplando los detalles. Todo lo que se le puede pedir a una obra de arte, bueno, todo lo que le pido yo.

Nuestra visita a Ávila no fue exhaustiva. No quisimos exprimir lo visitable, practicamos un turismo reposado. Entramos en la Catedral, fría como el día, pero hermosa, poderosa muestra de arte medieval, considerada la primera catedral gótica que se construyó en España. Y otra sorpresa. No recuerdo haber visitado su interior en anteriores visitas, tal vez en la lejana primera vez, pero me admiraron sus ábsides y la girola, la piedra llamada de ‘arenisca sangrante’ que compone muchas de las columnas y arcos, sus esculturas. Todo de una elegancia sobria, quien sabe si primitiva, pero afortunadamente anterior a los excesos en los que acaban todos los estilos arquitectónicos. Un buen rato de disfrute del que no podemos dejar constancia gráfica dada la incomprensible prohibición de hacer fotos en el interior, ni siquiera sin utilizar el flash.

No hace falta ser religioso para emocionarse con el impulso espiritual que sin duda anima estas piedras, y que inspiró a sus autores, anónimos o no.