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Un taxista loco de Skiathos

Ulyfox | 24 de junio de 2020 a las 19:47

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Dos vistas generales de Skiathos capital.

Dos vistas generales de Skiathos capital.

 

“Esta es la peor época para venir”, nos dijo cuando todavía parecía un conductor normal. Pero no tardamos mucho en descubrir que estaba loco, o lo quería aparentar, o quizá desplegaba su catálogo de locuras para impresionar al turista interpretando su papel de taxista de película. Estábamos en Skiathos, la más visitada del archipiélago de las Espóradas, un conjunto impresionante de pinos, olivos y calas azules, la preciosa y tópica estampa de las islas griegas, al menos desde el estreno de la película Mamma Mía!

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Callejeando por Skiathos a mediodía. Tranquilidad

Callejeando por Skiathos a mediodía. Tranquilidad

Habíamos llegado unos días antes, en un vuelo que se retrasó más de lo normal, al aeropuerto de Skiathos después de abandonar el Peloponeso en coche hasta Atenas. Un taxista, otro distinto a nuestro protagonista, aceptó llevarnos a los Apartamentos Sirayna, pero compartiendo el vehículo con otra pareja y su también abundante equipaje. Amontonados en el coche, nos acercó a nuestro destino. Allí, Vasili, un hombre en permanente camiseta de tirantes blanca, y su trabajadora mujer, bastante mayores, nos recibieron con sonrisas. Él ya estaba retirado, pero a ella aún le quedaban varios años de labor. Nuestro apartamento estaba en un segundo piso, un calvario con las pesadas maletas. Seguramente por eso, el agarre de una de ellas se rompió nada más empezar a subir. Otro inconveniente. Con la decidida ayuda de Vasili, aun con una pierna operada, pudimos llegar arriba.

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Skiathos pueblo es agradable cuando no hay mucha gente.

Skiathos pueblo es agradable cuando no hay mucha gente.

Los apartamentos, no los mejores de nuestras vidas, fueron lo único que pudimos encontrar en un Skiathos atestado en pleno agosto. La isla está tomada por el turismo en esas fechas, bajamos por la calle principal, Papadiamantis, buscando un lugar donde cenar. En algunos puntos casi no se podía andar, atrapados entre los expositores de las tiendas a uno y otro lado de la calle. Es una isla muy visitada desde hace tiempo, pero el turismo masivo ha llegado a desbordarla. Le sobran atractivos de montes, bosques y playas, pero creo que no da abasto para tanto. Un par de noches hubo apagones y estoy convencido de que se produjeron por sobrecarga. Sólo apartándonos de las zonas más comerciales se podía pasear con una cierta tranquilidad.

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Un ferry atestado en el puerto de Skiathos, y barcos de excursiones en el muelle deportivo.

Un ferry atestado en el puerto de Skiathos, y barcos de excursiones en el muelle deportivo.

Skiathos, al igual que sus compañeras Skópelos y Alónisos, nos conquistó las anteriores veces que la habíamos visitado. Tiene prácticamente una sola población y es agradable, el paisaje es verde y bello. Claro que eso era en septiembre y años antes de la explosión del turismo. De hecho, era la tercera vez que estábamos allí. Ahora, el aeropuerto no para en todo el día, y en su bello puerto partido en dos por una islita unida a tierra, los barcos salen y entran continuamente.

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La Torre del Reloj domina el empinado pueblo.

La Torre del Reloj domina el empinado pueblo.

En los cuatro días que pasamos esta vez no encontramos la paz casi nunca, fuera de un paseo que dimos a mediodía por el pueblo, en las horas en que todo el mundo está en la playa. Las carreteras eran una locura, los autobuses a las numerosísimas playas estaban abarrotados, era casi imposible encontrar un hueco para comer, de  noche la calle principal era un río de gente que te arrastraba. Bandadas de jovencitos, familias de nórdicos e ingleses se desparramaban por toda la superficie.

La estupenda playa de Koukounaries, una de las mejores de Grecia, pero demasiado 'animada'.

La estupenda playa de Koukounaries, una de las mejores de Grecia, pero demasiado ‘animada’.

En la playa de Koukounaries, considerada una de las mejores de Grecia (imaginaos lo que eso significa) nos las prometíamos muy felices delante de los pinos, en nuestra tumbona y tras pedir una cerveza. Pero al poco de estar allí vimos salir de una de las casetas a uno de los encargados de los servicios portando un gran altavoz. “¡Oh no, no estarán pensando en colocarlo por aquí cerca!”, dijo Penélope. Y tan cerca: justo detrás. Por lo visto, últimamente por allí no se concibe ir a una playa que no tenga música. ‘Beach bar’ es sinónimo de volumen alto y ritmo bailable. La cara que pusimos y nuestros ademanes debieron ser tan expresivos que nos preguntaron: “¿No les gusta la música”?

-Sí, claro, pero nos aguantaremos -les dijimos en un español que no entendían, claro.

Baño en la playa de Kolios.

Baño en la playa de Kolios.

Terraza en la zona de restaurantes sobre el mar.

Terraza en la zona de restaurantes sobre el mar.

Tal vez por cortesía, bajaron un poco el sonido, y pudimos disfrutar, resignados, de la jornada playera. El agua y los baños en la sin duda magnífica playa nos compensaron, o será que somos de buen conformar cuando estamos en Grecia. Otras playas no nos agradaron tanto, sea porque el tiempo se estropeó (nos llovió, siempre nos ha llovido en Skiathos y siempre con tormenta) sea porque el trabajo de llegar a ellas (tanta gente) no compensaba o sencillamente al final no era para tanto.

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Un alto en el paseo vespertino, frente al mar.

Un alto en el paseo vespertino, frente al mar.

Lo que sí nos redimió fue la comida. Hay demasiados bares y restaurantes turísticos en la isla, con los resultados esperables, pero supimos dar en la tecla. Así que podemos mencionar Vithós (gran scorpina a la parrilla y buenos boquerones), Lo&La (antológica pasta con atún y alcaparras, así como una deliciosa impepata de cozze, servidos por auténticos y engalanados italianos) y Ártima (gran risotto y un llamativo humus con atún, amenizados por la peculiar familia propietaria, todos médicos y cantantes que celebraban con música el cumpleaños de la madre).

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Skiathos tiene un cementerio muy bien situado.

Skiathos tiene un cementerio muy bien situado.

Pero aquel taxista del último día resultó como el resumen del ambiente de la isla. Hacía un aire fresquito y habíamos dado con la playa de Kanapitsa, pero no se estaba bien. Aguantamos el tirón porque mejoró algo el ambiente y el viento después de comer. A la hora de volver, tuvimos una larga espera, aguantando junto a una pareja insoportable que no paraba de gritarse y de gritar al niño que iba con ellos, hasta que llegó el autobús, pero no paró porque venía atestado. Estábamos debatiendo si volvernos andando (más de una hora de camino) o terminar acampando sin tienda bajo un pino cuando apareció un taxi por el camino de la playa. No lo dudamos y lo paramos. ¿Podía llevarnos a Skiathos? ¡Podía!

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Pero lo que siguió fue un show indefinible, un circo filmable, un catálogo de gritos y bocinazos a otros conductores ‘catastróficos’ según el joven taxista. Entre increpación e increpación, nos preguntó si nos gustaba Skiathos, a lo que contestamos algo obvio: que sí, pero que había demasiada gente.

-¡Pero es que esta es la peor época para venir! ¡Agosto! ¡La gente está loca ahora, y muy exigente! – decía, mientras respondía al teléfono a un cliente y miraba una larga lista de citas: ¡Sí, sí, habíamos quedado a las siete y media, ya estoy llegando! -y dirigiéndose a nosotros: ¿Ven lo que les digo? La gente está muy exigente.

A Penélope se le ocurrió comentar que en la isla se hacía muy difícil conducir, y ahí vio otra ocasión de lucirse:

-No para mí, señora, yo soy un gran conductor ¡Qué digo conductor! ¡Yo no soy taxista, soy piloto! ¡No tengan miedo!-gritaba entre grandes risotadas.

Y a partir de ahí, comenzó a hacer alardes por entre las calles estrechas, soltaba las dos manos del volante, aceleraba para coger las curvas, se tapaba los ojos, soltaba carcajadas, sorteaba rozando los coches y motos aparcadas a ambos lados a la manera griega… Un frenazo en un sitio cualquiera dio fin a la carrera. Una pareja joven con una maleta esperaba señalando el reloj y con cara preocupada, quizá por la hora de su vuelo. No sospechaban que tendrían en breve motivos más serios para preocuparse.

Por nuestra parte, salimos del taxi con gran alivio y con la felicidad de que lo que nos quedaba de camino lo haríamos andando.

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Uno de los rincones más bonitos de Skiathos.

Uno de los rincones más bonitos de Skiathos.

¡Skiathos, qué manera de estropearte entre foráneos y nativos! ¡Tan bella y tan maltratada!

La intensa noche en Skiathos.

La intensa noche en Skiathos.

Elafónisos, baños de felicidad

Ulyfox | 22 de abril de 2020 a las 13:31

La playa de Simos, en Elafónisos, para soñar libertad.

La playa de Simos, en Elafónisos, para soñar libertad.

Hacen falta ganas para llegar hasta Elafónisos. Y a nosotros nunca nos faltan para descubrir lugares en Grecia. En realidad, mucha gente acumula estas ganas para visitar cada año esta minúscula islita, a un salto del Peloponeso más meridional, y que tiene una playa única, entre las más transparentes que hemos conocido.

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A bordo del transbordador desde Pounta hacia Elafónisos.

A bordo del transbordador desde Pounta hacia Elafónisos.

Nosotros viajamos por la costa este, veníamos de Leonidio con esa meta clara, casi cuatro horas de camino por esas carreteras del Peloponeso, y tuvimos que renunciar a hacer ni siquiera una parada gozosa en el peñón y pueblo amurallado de Monenvasia, que de todas formas ya conocíamos. Elafónisos (que significa ‘isla de los ciervos’ y no hay que confundir con otra maravilla playera cretense de nombre casi igual) no es una desconocida. Para embarcar hay que dirigirse al puertecito de Pounta, en el extremo sur la región de Laconia, de donde sale el transbordador. En temporada alta, hay barcos durante todo el día y cada media hora. Era temporada alta, principios de agosto nada menos, y una larga cola de coches se extendía por la carretera. Tuvimos que hacerla también. Muchísimo más tiempo de espera que los escasos diez minutos que emplea el barco.

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El puertecito de Elafónisos.

El puertecito de Elafónisos.

La maniobra de embarque del coche fue complicada: había que meterlo por una rampa no muy ancha marcha atrás, y luego pegarlo lo más posible a los otros vehículos. Penélope se empleó a fondo y con el apoyo entusiasta de uno de los tripulantes, ya experto, que cogió desde fuera el volante y gritaba animoso: “¡Ahí, más a la derecha, ahora a la izquierda, más, bien. Usted no es una conductora, es piloto de carreras!” Las risas pudieron a los nervios, porque esas instrucciones eran ¡en griego!

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Por las callejuelas de Elafónisos pueblo.

Por las callejuelas de Elafónisos pueblo.

Elafónisos resultó lo que nos esperábamos. Apenas un asentamiento de pescadores tranquilo que se revoluciona en verano. Y tan griego: su puertecito con su iglesia blanca en el espigón, sus barcos de colores pegados al cantil, y naturalmente, sus tabernas, bares y restaurantes para los turistas. Hace años debió ser un paraíso. A pesar de todo, ahora, y lleno de familias italianas en agosto, es un lugar amable, inigualable si el tiempo y el viento se portan bien, y te ofrece el plan perfecto de descanso: mucha playa durante todo el día, y un paseo con aperitivo y cena en el puerto tras la ducha en el apartamento, hotel o pensión.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

A pesar de la saturación, habíamos logrado reservar por teléfono un par de días antes para una noche en Anett Studios. Allí nos recibió un hombre griego mayor del que no recuerdo el nombre. Sí me acuerdo, en cambio del de la perrita que nos recibió ladrando, Lily. En seguida apareció Anett, la esposa de aquel, sudafricana y gerente real del negocio. El marido no parece que haga nada más que acompañar a la habitación a los huéspedes. Pero eran los dos muy amables, a pesar del cerrado acento que nos impedía entender muy bien su inglés.

El sublime pastel de queso de la Taberna Ourania.

El sublime pastel de queso de la Taberna Ourania.

Ese día hicimos poco más que acercarnos al casi despoblado puerto, a través de unas sencillas callejulas, y almorzar en la espléndida taberna ouzeri (lugar donde sirven ouzo con mezedes, una especie de tapas) Ourania. Memorable su empanada de queso al estilo local. Luego nos dimos un baño en la cercana playa urbana. La tarde no era especialmente hermosa, pero al poco se quedó un atardecer entre nubes y rayos de sol que aprovechamos para pedir un café frappé sobre la arena. Queríamos leer, pero esa vez la belleza de la hora atrajo más nuestra mirada que el libro.

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El primer atardecer.

El primer atardecer.

Por la noche, el puerto era un hervidero. Familias enteras ocupando todas las terrazas y locales. Casi imposible encontrar un lugar para cenar, el típico ambiente veraniego que te puede llegar a agobiar pero en el fondo de tus recuerdos te reconcilia con tantos estíos de disfrute simple. Al final de la playa urbana, allí lejos, conseguimos cenar en el restaurante Aronis un buen pescado fresco y casi con los pies sobre el mar.

No teníamos donde quedarnos para el día siguiente, pero los buenos oficios de Annett nos consiguieron un alojamiento en el local de una amiga suya: Lisa’s Place. Se lo agradecimos y, con la cama resuelta, nos lanzamos muy temprano hacia la playa de Simos, la auténtica gema de este lugar. Esta vez sí madrugamos puesto que no queríamos encontrarla atestada. Y lo conseguimos: a las ocho de la mañana estábamos tomando posesión de un par de hamacas y una sombrilla en segunda fila de playa. La primera estaba toda reservada desde el día anterior o quién sabe si por varios días.

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El espectáculo de la playa de Simos, solitaria por la mañana.

El espectáculo de la playa de Simos, solitaria por la mañana.

No nos importó: el espectáculo de esa luminosa y maravillosa playa vacía a esa hora era inigualable. Una larga franja de arena dividida en dos por un tómbolo apareció ante nuestros ojos para nosotros solos. O casi solos: una pareja italiana con dos niños armaban bastante ruido. También lo dimos por bueno. Recorrimos la maravilla de una punta a otra, subimos a la cima del tómbolo, admiramos la transparencia de sus aguas calmadas. Empleamos el día en trabajos tan bien recompensados como bañarnos una y otra y otra y otra vez, hacer fotos y fotos y fotos, regodearnos en nuestra felicidad de bañistas privilegiados en el agua más acogedora, comentar y criticar a los vecinos de playa cada vez más numerosos, leer páginas y páginas y páginas del libro, y en felicitarnos a cada momento por estar allí…

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Cuántos baños en esas aguas de cristal...

Cuántos baños en esas aguas de cristal…

Ni siquiera almorzamos, sólo pedimos unas cervezas al cercano bar, para así volvernos no demasiado tarde al pueblo, a apenas cinco minutos de carretera. Nuestro alojamiento, Lisa’s Place, está situado en una pequeña elevación de la isla, no muy lejos del ‘centro’ y, ¡oh casualidad! la dueña se llama Lisa y, quién lo iba a decir, es otra anglosajona, en este caso canadiense, casada con un griego. Y envidiamos esa situación. “Cásate con un griego, vete a vivir a su isla y pon un hotel”, deben decirse muchas. Qué buen consejo…

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Como la distancia era razonablemente corta y como la tarde estaba como estaba de bonita, fuimos de paseo feliz entre los campos dorados, y luego entre las callejuelas blancas, hasta el puerto. Y acertamos otra vez con la hora: no había mucha gente, el ambiente era delicioso, y encontramos una mesa junto a las barcas de nuevo en Ourania, y de nuevo saludamos al peculiar dueño, un joven hirsuto y barbudo llamado Petros. Salmonetes fritos, taramosalata (una crema exquisita de huevas de pescado) y ensalada griega, mejor llamada horiátiki, fueron la opípara cena mientras se iba apagando la luz del sol. No hubo posibilidad de probar nuestra idolatrada ajinosalata (ensalada de erizos de mar), puesto que Petros nos informó en susurros que su pesca estaba prohibida.

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Y cena a la caída de la segunda tarde, de nuevo en Ourania.

Y cena a la caída de la segunda tarde, de nuevo en Ourania.

A la mañana siguiente, igualmente muy temprano, esperábamos en el puerto el primer barco para volver al continente, acumulando otra promesa más de volver a un lugar en Grecia.

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En el balcón de Lisa’s Place.

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La fachada de la iglesia en el puerto.

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¡Qué disfrute infantil!

 

Lesbos, una visión inquietante

Ulyfox | 19 de marzo de 2020 a las 18:24

Vista general de Mitilene, capital de Lesbos, desde el puerto.

Vista general de Mitilene, capital de Lesbos, desde el puerto.

Hasta hace unos días, antes de la crisis mundial del coronavirus, es decir ‘antiguamente’ como ya dicen algunos, las penalidades de los huidos de la guerra de Siria en la frontera greco-turca eran noticia. Igual que lo eran el hacinamiento y el maltrato a los que han conseguido llegar hasta la isla de Lesbos, muy cerca, a una corta distancia en barco de Turquía. Y cómo me duele saber que los griegos, tan generosos siempre y hasta ahora, los estaban empezando a rechazar, y con maneras tan bruscas si no violentas.

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Escenas callejeras en Mitilene.

Escenas callejeras en Mitilene.

Hace unos meses, en el curso del verano más feliz y largo de nuestras vidas, estuvimos en Lesbos una semana. Era la segunda vez. En la primera, esta isla, una de las más próximas a Turquía en pleno Egeo Norte, nos enamoró. No fue menos en esta ocasión, pero sí estaba muy cambiada, sobre todo cerca de la capital, Mitilene, con la numerosa presencia de refugiados deambulando sobre todo por el puerto y sus cercanías. Por allí paseaban todo el día, y por la tarde la mayoría se concentraba en las paradas, a la espera de tomar el autobús de regreso al campo de refugiados de Moria, a pocos kilómetros.

Penélope, en paseo marítimo de Mitilene.

Penélope, en el paseo marítimo de Mitilene.

Por ese campo pasamos sin querer… no nos parecía un lugar para visita turística. Pero fuimos a parar a él de manera involuntaria. Regresábamos a Mitilene, tras una gira de varios días por la isla, viendo y reviviendo lugares y atardeceres maravillosos, que ya contaremos. Veníamos a la búqueda de los restos de un acueducto romano que no pudimos ver por lo intrincado del camino que llevaba a él. Y en el camino apareció Moria…

Vista de la costa cercana a Mitilene, que aparece al fondo.

Vista de la costa cercana a Mitilene, que aparece al fondo.

Empezamos a ver vehículos aparcados en los arcenes de la carretera, cuyo número iba creciendo a cada metro. Aparecía de vez en cuando alguna furgoneta con el logotipo de Cruz Roja o Médicos sin Fronteras. Y de pronto estábamos junto a la entrada del campo… miles de personas paradas ante las puertas, grupos familiares deambulando… Sentimos la preocupación y hasta un cierto miedo, por si a esas personas de piel oscura se les ocurría de pronto vengarse de dos occidentales que pasaban tan campantes buscando playas y monumentos en su coche de alquiler. Naturalmente, no sacamos fotos.

Fue una sensación desasosegante, porque la fila de seres humanos siguió durante un montón de kilómetros, más o menos dispersa, hasta llegar a la misma Mitilene. Ahora, encerrados en casa, pienso que nuestro sufrimiento no resiste la mínima comparación con el de ellos, sin ningún hogar al que acudir ni encerrarse para protegerse del virus de la insolidaridad.

Y sin nadie para nombrarlos, para mencionarlos entre tantos millones de gentes preocupados, aquí, por las décimas de fiebre y por cómo entretener nuestras horas en un piso confortable… Cuando asaltamos los supermercados, lo mismo deberíamos pensar un segundo en esos miles que están llamando a nuestras puertas y a los que no dejamos más remedio que asaltar vallas, fronteras o intentar travesías casi imposibles por mares enemigos y a bordo de embarcaciones frágiles.

Un vendedor de papel y libros viejos en la calle Ermou.

Un vendedor de papel y libros viejos, sentado antes su tienda en la calle Ermou.

Así las cosas, quizá resulte superficial hablar de las numerosas cosas interesantes que tiene la capital de Lesbos, pero esto es un blog de viajes, y parece necesario hacerlo. Las tiene, por ser una capital ciertamente fronteriza, con una comunicación constante con la costa turca y con un pasado de dominación otomana muy reciente que se hace notar en calles y barrios.

Una casa de evidente origen turco.

Una casa de evidente origen turco.

Callejuelas en el interior de Mitilene.

Callejuelas en el interior de Mitilene.

Mitilene es una población grande y viva, con un puerto animado y hermoso sobre el que destaca la cúpula de la catedral, unas calles cercanas llenas de animación y algunos barrios muy descuidados en los que parece que el tiempo se ha detenido. Comercios antiguos y que parecerían impensables en el siglo XXI, algún café señorial y restos de una mezquita que tuvo que ser espléndida. Señoreándolo todo, el castillo otomano.

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Restos de una mezquita y unos baños otomanos.

Restos de una mezquita y unos baños otomanos.

Dos cosas son famosas y con toda justicia en Lesbos: las sardinas y el ouzo, ese licor anisado que se ha convertido en la bebida nacional griega. Bueno, aparte de la gran poetisa Safos, pero de ella ya hablaremos cuando lo hagamos del pueblo donde creó su academia, Eresos.

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El señorial café Panellenion y el sabroso kafeneion O Hermis, emblemas de Mitilene.

El señorial café Panellenion y el sabroso kafeneion O Hermis, emblemas de Mitilene.

Desgraciadamente, el nombre de la isla es más conocido últimamente por la tragedia migratoria, algo de lo que por cierto también tienen experiencia muy reciente los griegos: pronto se cumplirá el centenario de la forzada salida de cientos de miles de ellos de las ciudades turcas donde llevaban asentados por generaciones desde los tiempos clásicos, tras la última guerra entre Grecia y Turquía.

Ante la Yeni Tsami o Mezquita Nueva, en ruinas.

Ante la Yeni Tsami o Mezquita Nueva, en ruinas.

Aquí, como en tantos lugares de Grecia, la Historia, sus glorias y sus tragedias se pueden palpar en cada paso, en cada respiración.

Un arco de piedra en Paxos, Tripitos

Ulyfox | 27 de enero de 2020 a las 17:23

El arco de Tripitos, en Paxos, en todo su esplendor.

El arco de Tripitos, en Paxos, en todo su esplendor.

Desde que las redes sociales dominan el mundo (y de eso hace ya bastante tiempo), no es que no haya lugares secretos o escondidos, es que cada día aparece uno nuevo. Las guías turísticas convencionales parecerían quedarse viejas al poco tiempo de ser editadas, aunque en el fondo no es así. Lo realmente importante, lo permanente, lo que está al margen de las vertiginosas modas, está en las guías, por más que los supuestos exploradores del blog y el selfie aporten su granito de arena. Pero es un granito, igual que los otros, no son la biblia del turismo, ni son profetas sus autores. Además, hacen falta ganas de creer para fiarse de un profeta, de cualquiera de ellos.

Todo este discurso es para contar que sí, que nosotros también conocimos en ese internet el arco de Tripitos, en el sur de Paxos, una especie de arbotante de piedra sobre el mar en un enclave remoto, difícil, todavía no muy frecuentado pero cada vez más. Y sí, decidimos ir, calzándonos las botas de senderismo. Dejamos el coche alquilado a la sombra en una curva de la carretera y echamos a andar, primero en una subida pronunciada y luego entre olivos. Escasas señales, que había que interpretar, indicaban el camino al Arco. Naturalmente nos perdimos en más de una ocasión.

Sí, me hice el selfie, qué le vamos a hacer...

Sí, me hice el selfie, qué le vamos a hacer…

Desde el acantilado alcanzamos a verlo levemente pero no hallábamos la senda. Oíamos a gente y la divisamos volviendo del Arco. De vuelta sobre nuestros pasos, vimos a un pequeño grupo que salía de una pequeña desviación. Nos confirmaron que sí, que ese pequeño claro era la vía para nuestro destino. A partir de ahí, había una bajada en medio de una vegetación espesa que venía a salir al mar, y a Tripitos. Lo vimos, más espectacular de lo que esperábamos, casi un medio punto perfecto de piedra blanca, un capricho pétreo.

Otra visión del arco.

Otra visión del arco.

Pero para acercarse había que descender por una trocha pedregosa y poco fiable. Penélope prefirió quedarse en las alturas y yo presumí de atrevido. Logré acercarme, sí, como un turista perfecto, y hacer la foto e incluso el selfi agarrándome con una mano a una rama, pero no me arriesgué a caminar hasta encima del Arco. Más vale no tentar a la suerte, me dije desde la altura vertiginosa. Creo que demasiado temerario había sido, allí en los cantiles saludando a la embarcación llena de excursionistas que en ese momento navegaba varias decenas de metros allí abajo.

Uno de los tramos de la senda hacia Tripitos.

Uno de los tramos de la senda hacia Tripitos.

Estaba contento por haberme acercado, ya véis, como si hubiese sido una aventura de verdad, pero la vuelta fue mucho más ardua. Agotadora en la subida, pero con tiempo de descansar en el lugar donde me esperaba Penélope. Que no se diga.

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Dos vistas de la playa junto a Lakka.

Dos vistas de la playa junto a Lakka.

Aparte de la capital, Gaios, y del Arco de Tripitos, y de su precioso interior de olivos, Paxos tiene unas cuantas playas, pequeñas, de guijarros, recortadas y bien cuidadas, como Mongonisi y Manadendri. Algunas de ellas están cerca de sus otros dos núcleos de población, Lakka y Longos, muy cerca el uno del otro, en el norte. Tiene la isla unas preciosas carreteras, pero demasiado estrechas, y eso a finales de julio puede conllevar dificultades serias para la conducción cuando se cruzan dos vehículos en sentido contrario. Más de una vez nos vimos en situación de bloqueo.

Una estrella encontrada en la playa de Lakka.

Una estrella encontrada en la playa de Lakka.

Puertecito de Lakka.

Puertecito de Lakka.

Lakka es una pequeñísima aglomeración de casas junto al mar, igual que Longós, puertecitos ideales para desayunar, almorzar o cenar tanto como para tomar un café o una cerveza entre medias de un paseo a una playa u otra. Paxos, de todas formas, no tiene un turismo excesivo, y quedarase a pasar unas horas en estos lugares no es nada estresante. Lo contrario si se acompaña con un buen tapeo y unos baños en las estupendas aguas jónicas.

Longós, la otra población costera de la isla de Paxos.

Longós, la otra población costera de la isla de Paxos.

 

Paxos, igual, distinta, acogedora

Ulyfox | 8 de enero de 2020 a las 18:16

Vista general de Gaios, puerto principal de Paxos.

Vista general de Gaios, puerto principal de Paxos.

Lo que nos impulsó a volver a Paxos fue el recuerdo, claro; fueron aquellos momentos que vivimos veinte años atrás. Sí, Paxos es una isla propicia para alojar recuerdos y volver a buscarlos al cabo del tiempo. Nosotros tardamos mucho, pero no los dejamos abandonados a su suerte, tornamos a darles la mano.

Un recodo del puerto de Gaios.

Un recodo del puerto de Gaios.

Y esta isla jónica repleta de olivos, invadida por este árbol sagrado de una punta a otra, nos tomó la mano y tiró de ella para darnos un abrazo. Aunque tiene mucho más turismo que cuando la descubrimos, en realidad no ha crecido tanto, y mantiene un aire aún tranquilo, sobre todo cuando al atardecer quedan sólo los que han tomado la sabia decisión de alojarse una o varias noches en ella. Ventajas enormes, benditas, de no tener aeropuerto. Aunque está muy cerca de Corfú y en cierta forma depende del sobrante turístico de esta, no padece aún las enfermedades de su hermana mayor, que ha perdido el rumbo al entregarse en manos de la masificación inexigente.

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Dos rincones de Gaios.

Dos rincones de Gaios.

Pues eso, nos plantamos en Paxos tras viajar a bordo de un minúsculo ‘Flying Dolphin’, esos aerodeslizadores que comunican algunas islas cercanas y que con el mar bravío son garantía de mareo. En esta ocasión Eolo y Poseidón fueron misericordiosos con nosotros y la travesía fue un placer.

Desembarcamos temprano en el puerto, recogido en un brazo de mar. Habíamos concertado allí mismo una cita con una agencia local para el alquiler de un coche pequeño. Teóricamente, el responsable, Babis, debía estar esperándonos. En vez de eso, junto a la verja exterior del muelle, aparecía aparcado un vehículo rojo con nuestros datos enganchados en el limpiaparabrisas, el papel del contrato por rellenar, con las puertas sin bloquear y la llave en el contacto.

Como al cabo de unos minutos no aparecía nadie, dedujimos que lo que procedía era llevarse el coche y buscar la agencia. Pero no nos atrevíamos, así que llamamos y expusimos nuestra situación. La mujer que contestó, después de comprobar por nuestras palabras que su padre no estaba ahí, lo resolvió rápido. “No pasa nada, cojan el coche y cuando quieran se pasan por la agencia a completar los trámites y el pago, esta tarde, mañana…” Casi inmediatamente apareció Babis, que se limitó a corroborar estos términos informales y a darnos la mano.

El primer-segundo paseo por Gaios.

El primer-segundo paseo por Gaios.

Muy diferente fue este comienzo de aquel de nuestra primera vez. Entonces llegamos a Paxos el 11 de septiembre de 2001, fecha por la que seguro que os han preguntado en dónde estábais y qué hacíais. Sí, mientras las Torres Gemelas de Nueva York caían en pedazos por un ataque terrorista nosotros buscábamos alojamiento en la isla con la ayuda de un taxista. Este fue quien nos informó sobre los atentados. Y tengo que reconocer que en esa isla todo se veía con mucha más tranquilidad y sin la sensación apocalíptica que recorrió buena parte del resto del mundo.

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El paseo vespertino.

El paseo vespertino.

Gaios es el puerto y población principal de Paxos, pero en realidad son tres calles entrelazadas de casitas bajas y blancas a lo largo de un modesto muelle que a la vez es paseo marítimo. Su estampa es un anticipo de la tranquilidad de la isla, que, eso sí, se llena durante el día de excursionistas llegados de Corfú y que llenan las playas y calas. El atardecer y la noche traen la calma. De aquella lejana primera vez permanece inalterable el canto estridente, que puede ser ensordecedor o relajante, de las chicharras, aunque en las calles han crecido notablemente el número de expositores de productos para turistas y los restaurantes.

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Inequívocamente griego,pero con aire italiano.

Inequívocamente griego,pero con aire italiano.

Nos alojamos cuatro estupendos días en los apartamentos Baronessa, un prodigio de esos griegos de relax y buena atención. En el apartamento contiguo vivía un dicharachero matrimonio mayor italiano que tenían una resuelta perra que se colaba también en el nuestro. Ellos nos invitaban por la mañana a un magnífico café italiano preparado en la cafetera que se traían cada año. Y llevaban más de 20 viniendo a estos mismos apartamentos. Habían visto crecer a Emily, la resuelta y atenta joven dueña. Los italianos nos contaron la historia de cómo desde la Edad Media, Venecia dominó la isla y cómo favoreció el cultivo de olivos para utilizar su aceite en los miles de lámparas que iluminaban las calles de la capital de la Sereníssima República.

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Fiesta enel puerto de Gaios.

Fiesta enel puerto de Gaios.

Paxos, Paxos… De nuevo nos acogió solícita y tierna con días luminosos y tardes apacibles… y un recuerdo imborrable del restaurante Dal Pescatore, de su carpaccio de pescado, de sus increíbles spaguetis con boquerones…

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El restaurante Dal Pescatore, una delicia.

El restaurante Dal Pescatore, una delicia.

 

 

 

Kanoni, la fotografía

Ulyfox | 17 de diciembre de 2019 a las 17:55

La isla y monasterio de Vlaherna, y el islote de Pontikonisi, vistas desde Kanoni.

La isla y monasterio de Vlaherna, y el islote de Pontikonisi, vistas desde Kanoni.

Hay pocos lugares tan preciosos para despedirse de una estancia en Corfú. Se llama Kanoni y es uno de los lugares más fotografiados de esta fotogénica isla. Y es el sitio ideal para despedir el día. En una pequeña bahía, muy cerca de la capital, hay una isla minúscula unida a tierra firme por un pasadizo artificial y estrecho. El islote, que casi no merece ese nombre, no tiene sitio para nada más que un monasterio, una de esas construcciones emotivas que sólo los griegos saben hacer, en el que aúnan la belleza y la sencillez, sin que una pueda existir sin la otra, como un resumen de lo griego.

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El pequeño convento de Vlaherna, un prodigio de sencillez y blancura.

El pequeño convento de Vlaherna, un prodigio de sencillez y blancura.

El pequeño trozo de tierra se llama Vlaherna, como el convento que alberga, y desde las alturas de la península de Kanoni compone una imagen única, con su campanario blanco y sus tejas rojas. Un poco más atrás se encuentra otra islita, Pontikonisi (la isla del ratón), con otro pequeño monasterio, y al fondo, tras el azul inmenso de sus aguas, la costa escarpada.

Un café frappé en el café Kanoni.

Un café frappé en el café Kanoni.

Los turistas acuden allí para dos cosas fundamentalmente: tomar algo en la terraza del café Kanoni a la vez que disfrutan de la relajante vista, y para apostarse sobre una pasarela que cruza la bahía y fotografiar los aviones que aterrizan en el aeropuerto de la isla, casi rozando sus cabezas.

El avión sobrevuela muy bajo la bahía de Kanoni.

El avión sobrevuela muy bajo la bahía de Kanoni.

El lugar, pese a todo, consigue dar sensación de placidez.

Penélope, ante el monasterio.

Penélope, ante el monasterio.

Paleokastritsa, atacada

Ulyfox | 8 de diciembre de 2019 a las 21:37

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Calas de Paleokastritsa a primeras horas del día.

Calas de Paleokastritsa a primeras horas del día.

A pesar de todo lo que vais a leer, Paleokastritsa es un lugar hermosísimo, uno de los más bellos de Corfú. Una sucesión de pequeñas calas bordeadas de cipreses con un agua limpísima, casi aérea. A pesar de todo, si uno viene muy temprano, es posible contemplarlo en toda su única belleza, sólo con el verde oscuro de sus cuevas y la calma de su superficie, mientras el personal de los servicios de playa acomoda hamacas y sombrillas.

Vista general de la playa, ya llena de gente.

Vista general de la playa, ya llena de gente.

Pero luego… luego llega una invasión humana insoportable. El aparcamiento se llena y los autocares entran y salen como en caravana después de desembarcar cientos de grupos de todas las nacionalidades y condición, cada uno compuesto por decenas de familias o parejas coloridos y normalmente ruidosos, que en seguida hacen cola para subir a bordo de pequeñas embarcaciones que los llevan a recorrer los alrededores, entrar en cuevas y asustar a los peces (y a algunos viajeros, pocos, más tranquilos) con sus chapoteos y gritos.

Turistas en barca visitando las cuevas.

Turistas en barca visitando las cuevas.

Las idílicas playas se convierten en un gallinero alborotado, el sonido de los motores destroza la obligada serenidad que debería tener el sitio, y los humanos en tribu desordenan tumbonas, cojines y sillas. Incomprensiblemente para mí, miles de personas parecen encontrarse a gusto así.

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El azul del agua de Paleokastritsa es como un imán irresistible.

El azul del agua de Paleokastritsa es como un imán irresistible.

A veces, volver a los sitios que uno recordaba paradisíacos provoca horror y mucha tristeza… En 25 años, el ser humano ha tenido tiempo de destrozar muchos de ellos. Claro que existe la opción de volver en invierno, pero entonces el sol no brilla, y la deseada brisa se convierte en molesto temporal. Y no hay cuerpo que desee sumergirse en sus aguas.

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La subida al monasterio es una sucesión de panoramas.

La subida al monasterio es una sucesión de panoramas.

Nosotros aún tuvimos el ánimo de emprender el empinado camino hacia el monasterio que corona uno de los promontorios, y eso nos trajo un poco de calma. Mucha menos gente se animó ese día, y pudimos contemplar las vistas del camino de ascenso (hay pocos azules como el de sus aguas divisadas desde arriba), y solazarnos con la relativa tranquilidad del modesto y bonito complejo monacal, con las flores de su patio y con la ausencia de multitudes.

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Abajo seguía la marabunta, su fuerte rumor llegaba hasta arriba. Tuvimos que volver, algo había que comer. Y fue un tentempié en un bar de playa con pinta de provisional, en el que aún nos dio tiempo a contemplar y escuchar la insólita escena en la que una exigente familia italiana pretendía que el asombrado camarero les dijera ¡con qué ingredientes cocinaban allí la salsa boloñesa de los espaguetis que se ofrecían en la carta…!

Arriba en el monasterio la tranquilidad daba el contraste sereno.

Arriba en el monasterio la tranquilidad daba el contraste sereno.

La vuelta a Corfú capital con la promesa de ropa limpia, calles venecianas y una cena en un restaurante agradable fue como un bálsamo…

Porto Timoni, esfuerzo y recompensa

Ulyfox | 20 de noviembre de 2019 a las 13:09

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Sostiene Penélope que la tendencia última en el turismo como fenómeno es que cuanto más difícil de acceder es un sitio, cuanto más recóndito o escarpado, más gente acude a visitarlo. Es la tendencia a presumir de “yo he estado”. Las redes sociales abundan en comentarios sobre estos lugares, normalmente preciosos, y extrañamente muchos insisten que se podrá estar sin gente. Mentira: ya no hay lugares secretos.

Vista general de las playas de Porto Timoni.

Vista general de las playas de Porto Timoni.

Pasa con Porto Timoni, una pareja de playas azules enfrentadas que se dan la espalda en su semicírculo, en el noroeste de Corfú. Hermosas de verdad, vistas desde las alturas, dos medias lunas esmeraldas de aguas tranquilas… pero con un acceso infernal por tierra. Hay que trepar, subir, bajar y mirar con cuidado donde se pisa por una estrecha senda sin sombra. No es que sea para montañeros expertos, pero tampoco para que se haga sin un calzado adecuado o con una cierta edad. Pues allí vimos a gente en chanclas, grupos de todas las edades y hasta algún padre temerario con su bebé a hombros. Con lo tranquilas y fáciles que son tantas playas griegas… e igual de hermosas.

Algunos valientes disfrutan de la playa.

Algunos valientes disfrutan de la playa.

Aun sintiendo que muchas veces no hay más remedio siempre me da reparo abominar del turismo masivo, sobre todo porque siento que es raro criticar que la gente vaya a un sitio donde yo también estoy. Pero no puedo evitarlo. El caso es que ahí estábamos también nosotros en el camino de cabras, siguiendo y siendo seguidos a y por otros. Antes habíamos dejado el coche en un pueblecito llamado Afionas, y tomado un desayuno con impresionantes vistas para coger fuerzas. Desde ahí, ya todo fue andar, no mucho, una media hora sobre el acantilado, a cien metros sobre el mar, en un suave descenso en busca de la playa.

Vistas en el camino a Porto Timoni.

Vistas en el camino a Porto Timoni.

Y en una de las curvas apareció, allí abajo, la estampa ciertamente impresionante de Porto Timoni, mucho más bella de lo que las fotos decían. Se veían algunas personas en la orilla y un par de barcos, más que flotando, sobrevolando el cristal del agua. Buscamos un hueco casi peligroso para hacer (nos) la foto, pensamos en la posibilidad de seguir descendiendo y zambullirnos en esa maravilla… pero la fila de gente que bajaba y la prespectiva de ser parte de la misma comitiva a la hora de la dura subida nos hicieron sacar lo que de razonable conservamos: decidimos darnos la vuelta y disfrutar con un solo sentido, el de la vista, en lugar de meter los cinco en las profundidades de Porto Timoni. También se puede llegar por barco, pero no tenemos tal privilegio…

Una cerveza en las alturas de Afionas, recompensa al esfuerzo.

Una cerveza en las alturas de Afionas, recompensa al esfuerzo.

La cerveza en la terraza de la taberna que nos esperaba a  la vuelta en lo alto nos confortó del esfuerzo y del calor de julio. Luego bajamos en coche a la mucho más fácil pero falta de encanto playa de Afionas, donde nos refrescamos un rato antes de volver a otra de nuestras mágicas tardes en Corfú capital. Porque por fin ¡las maletas habían aparecido! Y teníamos todo el equipaje a nuestra disposición. Ponerse guapos para la passegiata (así, en italiano, llaman los corfiotas al paseo vespertino, costumbre tan civilizadamente social mediterránea) es otro de los placeres de la vacación veraniega.

Kalami y el espíritu de los Durrell

Ulyfox | 13 de noviembre de 2019 a las 14:05

 

En el restaurante instalado en la Casa Blanca de la familia Durrell, ante fotos de Gerald.

En el restaurante instalado en la Casa Blanca de la familia Durrell, ante fotos de Gerald.

Todos tenemos un libro favorito. Los más afortunados tienen muchos, y los señalados por el dedo de los dioses tienen muchísimos. Para mí, una de esas obras únicas, maestras, es un libro que muchos podrían considerar menor. No soy crítico, así que ¿cómo calificar Mi familia y otros animales, ese delicioso relato de Gerald Durrell que tuvo continuación en Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses, hasta llegar a componer la conocida como ‘Trilogía de Corfú’? Yo tuve precisamente la inmensa suerte, o la habilidad, de leer buena parte de ella, hace 25 años, en nuestra primera visita a esa isla jónica.

Vista panorámica de la pequeña bahía de Kalami.

Vista panorámica de la pequeña bahía de Kalami.

También, como hemos hecho en este pasado julio, en aquella primera ocasión visitamos Kalami, un pueblecito verde al borde del mar, casi una hora en coche al norte de la capital de la isla. En ese lugar, también marcado por las divinidades del Olimpo en su agenda, tuvo la familia Durrell una de las tres casas que habitaron durante su estancia allí. Las andanzas y correrías de este peculiar grupo formado por la madre y los hermanos de Gerald en Corfú son retratadas con una gracia irresistible por éste.

Gerald era entonces un niño, más que interesado, embelesado por la naturaleza que le rodeaba. La isla griega ofrecía un escenario singular a este interés por los búhos, los gatos, los pelícanos, las salamanquesas, las serpientes y todo lo que anduviera, se arrastrara o volara. Andando el tiempo, se cumplió el destino y se convirtió en un enorme naturalista. Su familia representaba una fauna no menos peculiar y desde luego no menos extraña en Corfú. La combinación de estos dos retratos hacen del libro una obra sin parangón, menos celebradas tal vez que las escritas por Lawrence Durrell, el hermano mayor, que también tiene un estupendo libro dedicado a Corfú: La celda de Próspero, además de otros dos maravillosos dedicados a las islas griegas: Una Venus marina (dedicado a Rodas) y Limones amargos, con Chipre como escenario.

Calitas y barcas en Kalami.

Aguas azules, calitas y barcas en Kalami.

Así que, aunque nuestras maletas seguían perdidas, y equipados sólo con el coche de alquiler y con bañadores y toallas comprados de urgencia, no tuvimos más remedio que visitar de nuevo Kalami. Y prácticamente no había cambiado. Aunque con algunos alojamientos más, allí seguía ese conjunto pequeño de casas de colores en medio de un casi jardín de pinos, allí seguía el promontorio de olivos y cipreses que cerraba la pequeña bahía, allí seguían el mar sereno, las barcas blancas y, naturalmente, la Casa Blanca de los Durrell.

La recordábamos más descuidada. Ya hace 25 años había instalada una taberna en sus dependencias, pero con una modesta terraza sobre el mar. Ahora es un restaurante y alojamiento en toda regla, preciosamente decorado, a cargo de un chef galardonado y con dificultades para encontrar mesa. The White House sale en todas las revistas de viajes y en las de los aviones. Y no es sólo un restaurante, sino una agencia que ofrece además servicios turísticos. Todo bajo el reclamo de la impar historia de los Durrell.

Casi un paraíso particular, increíblemente tranquilo.

Casi un paraíso particular, increíblemente tranquilo.

Encontramos una mesa de pura suerte. Comimos muy bien, la verdad, el servicio era un poco estirado, aunque las numerosas fotos de la familia, de Gerald joven y mayor, y el entorno azulado y verde permitían a la informalidad abrirse paso.

Baños transparentes...

Baños transparentes…

Con los bañadores ‘prestados’ nos dejamos acariciar por las aguas y la sombra de los cipreses. La bahía estaba tranquila, nada de aglomeraciones. Su modestia parece que la pone a salvo de la invasión turística que llena otros lugares de Corfú. Exploramos algunas calas y recovecos preciosos, con playitas casi unipersonales y pequeños embarcaderos. Casi un paraíso ahora, imagino que un paraíso absoluto en aquellos tiempos en que la loca familia de los Durrell crecía, vivía y discutía aquí.

En Kalami, los primeros de cientos de baños...

En Kalami, los primeros de cientos de baños…

El cuerpo y el alma reconfortados, volvimos a la capital, atravesando de vez en cuando ese tipo de aglomeraciones turísticas que van en contra de aquel espíritu de los Durrell y que pueden terminar ahogando esta bellísima isla, llevándola por un camino muy distinto del que vivieron ellos. Como muestra: esa misma noche, cenando al borde del Egeo, en una taberna, ante la aparición de un precioso escarabajo verde dorado, un par de turistas italianas dieron un grito terrible y una de ellas plantó todo el peso de su cuerpo sobre el del insecto. “¡Lo maté!”, dijo satisfecha y aliviada. De inmediato me acordé de Gerald, que habría sido capaz de oficiar un funeral por el infortunado bichito.

Corfú tan bello, tanta gente

Ulyfox | 8 de noviembre de 2019 a las 18:49

Corfú, asomada al mar Jónico.

Corfú, asomada al mar Jónico.

Teóricamente, no deberíamos estar con el mejor ánimo para visitar una ciudad tan bella como Corfú. Sin maletas aún tras habérnosla extraviado Vueling, podría pensarse que no tendríamos ganas. Pero no hay quien pueda con el ansia de un viajero de verdad al comienzo de un viaje. Con resignación no exenta de buen humor, y una vez hechas las presentaciones ante el propietario de los apartamentos Solomou, en pleno centro, nos echamos a la calle sabiendo que nos quedaban cuatro días para disfrutar de este lugar. Disgustados, pero contentos. A fin de cuentas, estábamos en una de las islas más bonitas del Mediterráneo. Ánimo.

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El casco antiguo de Corfú, casi Venecia.

El casco antiguo de Corfú, casi Venecia.

Kerkyra es el nombre griego tanto de la capital como de la isla, en una muestra más de esa dualidad nominativa que tienen muchos sitios en Grecia. Le ocurre también a Zakintos (o Zante), Lesbos (Mitilene), Santorini (Fira), Kastelorizo (Megisti), entre otras. Cosas de las diferentes dominaciones que esta tierra ha sufrido, y de su transcripción al alfabeto griego en otros casos. Pues eso, que salimos al aire de Corfú o Kerkyra, muy caliente en esa mañana de julio.

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A pesar de la multitud, hay rincones más solitarios...

A pesar de la multitud, hay rincones más solitarios…

Y era como si paseáramos por una ciudad italiana, por los colores de las fachadas, la arquitectura, la luz y hasta por algunos rótulos de calles y comercios. Se notaba que durante cientos de años, esta isla, al igual que otras muchas de Grecia, formó parte de los dominios venecianos. Puertas, arcos y columnas recuerdan el pasado ligado a la Serenísima República.

El inusual campo de cricket de Corfú.

El inusual campo de cricket de Corfú.

El palacio de San Miguel y San Jorge.

El palacio de San Miguel y San Jorge.

Pero de pronto llega uno a la Spianada y descubre asombrado ¡un campo de cricket! Porque la isla también tiene un pasado inglés, durante unos 60 años en el siglo XIX. La afición a este deporte tan británico sigue presente y los domingos se pueden ver los partidos de los clubs locales. De fondo, el Palacio de San Miguel y San Jorge, con su columnata dórica, construido también por los ingleses.

El Liston, un trozo de París en Corfú.

El Liston, un trozo de París en Corfú.

Pero si se mira más allá del campo de cricket a uno le parece estar en París. ¡Sí, esos arcos y soportales son calcados a la Rue Rivoli! Es el edificio conocido como el Liston, elegantísimo con su gran paseo delante: efectivamente, los franceses también administraron la isla durante dos cortos periodos. Todo esto hace de este espacio urbano uno de los atractivos mayores de la ciudad.

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Una ciudad única.

Una ciudad única.

Tanta mezcla da a Corfú, además de una gran belleza, un aire único, aromatizado por su vida y su gastronomía inequívocamente griega. Y las calles estaban atestadas . Habíamos estado una primera vez en Corfú, hace 25 años, y nos pareció hermosa. La hermosura no había desaparecido, sino que simplemente estaba oculta detrás de aquella multitud de grupos de turistas, tapada por cientos de expositores de recuerdos y camisetas del mismo tipo y diseño que se pueden encontrar en cualquier lugar de Grecia. Resultaba trabajoso circular por las vías más céntricas y afamadas. Una imagen no precisamente calmante.

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Italia y Grecia en una sola ciudad.

Italia y Grecia en una sola ciudad.

Afortunadamente, Corfú es mucho más, y con el paso de las horas la marea humana y comercial fue bajando. ¡Y fue una bajamar espléndida! Porque tomamos la decisión más sabia: ir a descansar al apartamento, a recuperarnos de una noche de tránsito en vela en el aeropuerto de Fiumicino y de paso a esperar que el calor amainara también. Y ya todo fue mejor. Corfú no estaba solitaria, pero la cantidad de gente era la justa. Había muchos corfiotas en las calles, paseando por el gran teatro social que forman la Spianada y los arcos del Liston. Si callejeabas un poco era posible encontrar retazos de la Kérkyra más auténtica, entrever portales, balcones, galerías y terrazas no repletas, esquinas floreadas, iglesias encantadoras, calzadas de piedra, escalinatas que llevaban a fachadas menos decoradas, un laberinto de disfrute para la vista.

La Fortaleza Vieja se adentra en el mar.

La Fortaleza Vieja se adentra en el mar.

 

El foso de la Fortaleza Vieja.

El foso de la Fortaleza Vieja.

¡Y el mar, en la primera de tantas tardes mediterráneas! El mar azul y violeta que lamía los pies de las casas, que acariciaba las zapatas de la Fortaleza Vieja y que separa este trozo de las Jónicas de la costa de Albania, allí enfrente.

Tarde mediterránea...

Tarde mediterránea…

Una llamada al aeropuerto nos confirmó que las maletas tampoco aparecerían por la tarde, así que simplemente compramos algunos artículos de urgencia (entre los que no podían faltar un par de bañadores), cenamos temprano en una taberna y dimos un paseo vespertino para comprobar que el verano corfiota es largo y sabroso. Y risueño como los niños que esperaban largas colas en las abundantes heladerías.

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