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Samos, donde nació Pitágoras

Ulyfox | 23 de noviembre de 2017 a las 18:25

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Volver a esos lugares de los que guardas un gozoso recuerdo entraña peligros, sobre todo el de la decepción. Esta suele significar que el tiempo ha pasado de la peor manera, o para ese lugar o para ti. O tal vez para los dos. Pero con Grecia nos ocurre lo contrario. Por norma, solemos acompañar nuestros reencuentros con islas o ciudades con el comentario favorable: “Pues lo he encontrado mejor”. En estos años hemos aconsejado a mucha gente que viajara allí, o bien directamente, o bien porque de tanto oírnos hablar de aquella tierra a muchos les ha venido el impulso de la visita. Siempre digo que el viaje a la Hélade es siempre un viaje al interior de uno mismo y si uno vuelve insatisfecho de allá, a lo mejor simplemente es que ese paisaje interior no es muy satisfactorio. Estas palabras merecen, por supuesto, el crédito que les deis a las de un enamorado.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

El caso es que teníamos ganas de volver a Samos, la grande y verde, aunque quemada, isla del Egeo Norte que recordábamos de 17 años atrás. Y este año nos venía bien en el itinerario pensado, así que dimos el salto en avión desde Salónica hasta la isla natal de Pitágoras. Este nació en la antigua ciudad de Samos, que hace unas décadas cambió su nombre al mucho más reconocible de Pythagorion, en honor de su grande y sabio hijo predilecto. En ese hermoso pueblo costero ubicamos durante cinco días nuestra base, en el hotel Hera II, que lleva en su nombre también el de otra de sus habitantes más ilustres, la diosa Hera. Estas cosas pasan en Grecia, que pasa uno de la mitología a la realidad más matemática en un abrir y cerrar de ojos.

 

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

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El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El hotel es limpio y sus dueños tan amables como acostumbran los griegos. Situado en la parte más alta del pueblo, nos tocó una habitación con la vista soñada, con todo el casco urbano y el puerto a nuestros pies.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

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De Pythagorion teníamos los mejores recuerdos, y esta vez también, esta vez se cumplió de nuevo de una manera curiosa. A simple vista no ha cambiado gran cosa. Ahí sigue ese puerto lleno de barcos deportivos con cuyos dueños pareces compartir la cena o el café de la tarde o el martini de aperitivo, de tan cerca como están. Quizá simplemente hay más yates ahora. Ahí están también la cantidad de bares y restaurantes donde sentarse mirando al mar y sobre el ajetreo del paseo vespertino. Permanecen las calles de trazado cuadricular y bordillos blanqueados con casas bajas y arboladas al estilo inequívocamente griego. Siguen ahí todavía las cuestas increíbles hacia lo alto y, al oeste, las ruinas de la antigua Samos como un claro histórico antes de llegar a la zona de hoteles frente a la playa. Si acaso, puede haber crecido el número de establecimientos hoteleros, pero la unidad del pueblo no está rota. Y el tipo de turismo semeja ser el mismo, parejas y grupos de amigos nórdicos de edad mediana, de aspecto y comportamiento tranquilos.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

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No es Samos, de las más cercanas a Turquía, una isla atestada, a pesar de su belleza. Tiene una gran y rica historia, y restos arqueológicos muy importantes para atestiguarlo, unas playas de ensueño, un vino famoso desde la antigüedad y, esto casi no habría que decirlo, la excelente comida de la que se puede disfrutar en Grecia.

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La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

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Y de todo esto se hablará, Zeus mediante, en los próximos días.

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El carácter griego, en Poros

Ulyfox | 7 de mayo de 2017 a las 18:38

Una de las barcas que atraviesan el canal de Poros.

Una de las barcas que atraviesan el canal de Poros.

 

Nunca he sabido si darle mucha credibilidad a lo que se llaman caracteres nacionales. Es decir, los ingleses son así y los franceses asá, o los españoles ya se sabe y los latinos tienen la sangre ardiente. No sé, no sé, porque no creo que haya ninguna ciencia que pueda probar que los gaditanos tienen más gracia que los catalanes, tal vez porque comen más pescado frito. Pero a la vez, supongo que algo tiene que influir el idioma que oigas, la música con la que te acunen, te despierten o festejen tus cumpleaños, los días en los que el sol te invita a ir a la playa o aquellos meses largos en los que el frío te hace buscarle las ventajas a ser hogareño. Por no hablar de quién puede disfrutar más de la comida, si el que no tiene a su alrededor más que campos helados o desiertos arenosos, o el que está acostumbrado a vivir en un vergel.

Así que sí, que los pueblos son diferentes también según el sistema de convivencia que se hayan arreglado durante siglos o los golpes que hayan sufrido en la historia. ¿Qué por qué este prólogo baratamente sociológico? Como otra forma de resumiros el chapuzón en el Mediterráneo que nos supuso la llegada a la isla de Poros, en el golfo Argosarónico, muy cerca de Atenas y casi pegados al Peloponeso. Veníamos de la plácida Croacia, hermosa tierra que comparte con Grecia la luz, buena parte del mar y cierta gastronomía centrados en el Mare Nostrum. Pero estando tan próximas y compartiendo un mismo territorio geográfico, ambos pueblos no se parecen en casi nada. Así que de nuevo viene la pregunta: ¿existen los llamados caracteres nacionales?

Vista general de Poros y su puerto. Al fondo, el Peloponeso.

Vista general de Poros y su puerto. Al fondo, el Peloponeso.

En Croacia encontramos gente muy amable y una sociedad que parecía satisfecha en muchos aspectos, con un servicio muy atento a los turistas, que no paran de llegar dentro de esa última moda que consiste en que todo el mundo viaja. Pero todos compartían lo que podríamos llamar un carácter ‘reservado’. Bajo nuestro punto de vista, muchas veces parecían estar de mal humor. Poca broma. Y de pronto, desembarcamos en Poros, muy temprano. Al principio, nada extraño ocurrió. Llegada al hotel y esas cosas. Pero en el camino la maleta se rompió, cosas que pasan. Nos vimos de pronto en la necesidad de comprar otra. En la primera tienda que parecía tener posibilidades de vender esas cosas, preguntamos. Pero no. En la siguiente, frente al puerto, el hombre nos dio la alegría: sí, la tenía. Pero no allí, en otra tienda. ¿Dónde? Bastante lejos, y no fácil de indicar. Lo intentó, pero de pronto miró a su alrededor y encontró la solución idónea. Llamó a gritos a dos muchachas que estaban por allí con sendos ciclomotores, les dio unas claras órdenes que ellas acataron no de muy buena gana, y casi sin tiempo a pensarlo estábamos Penélope y yo sentados cada uno en el sillín de una motito guiada por sendas jovencitas. Y así, a toda velocidad y recorriendo todo el paseo marítimo, vinimos a parar ante la tienda en la que encontramos una estupenda maleta, ideal para nuestras necesidades. Solución a la griega: rápida, eficaz y agradable.

Poros desde el otro lado del canal, en Galatas.

Poros desde el otro lado del canal, en Galatas.

No hubo forma más divertida de empezar nuestra visita a una de esas islas cercanas a Atenas que todo el mundo suele visitar en el curso de una excursión de un día desde la capital griega. Poros es una isla muy pequeña, muy serena, separada de tierra firme sólo por un estrecho canal que constantemente cruzan pequeñas embarcaciones para trasladar vecinos de un lado al otro, y que zarpan cuando reúnen el suficiente número de pasajeros. En apenas unos minutos pasas al continente, y viceversa, por poco no es isla. La única población lleva el mismo nombre y es un conjunto de casas de colores claros dispuestas como un espolón y que suben desde el puerto hacia la colina, en donde se encuentra la Torre del Reloj. El resto es colina verde y alguna cala más alejada, si se puede emplear ese término.

Ambiente nocturno en el puerto de Poros.

Ambiente nocturno en el puerto de Poros.

La vida transcurre de manera apacible, y el único ajetreo se produce cuando llega algún barco de excursiones o de línea al puerto. Durante el día, los escasos turistas se diseminan en muy pocas playas, y por la noche pasean por las calles y plazas recogidas, se congregan en las buenas tabernas frente al mar, y el día acaba no muy tarde. Existe la posibilidad de hacer una visita de un día a la cercana y glamurosa isla de Hydra, que tiene uno de los puertos más bellos del Mediterráneo, pero esa es otra historia. Durante nuestra corta estancia en Poros, nosotros nos dejamos llevar por ese ritmo, a fin de cuentas muy sabio: paseo, playa y tabernas. Poco más se puede (y me atrevo a decir que se debe) pedir.

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Diversiones de Poros.

Diversiones de Poros.

Antisamos de ayer a hoy

Ulyfox | 27 de abril de 2016 a las 12:00

La playa de Antisamos, rodeada de verde, desde la carretera.

La playa de Antisamos, rodeada de verde, desde la carretera, el pasado septiembre.

La misma playa, en 2001.

La misma playa, en septiembre 2001, desierta

Hay muchas playas en Cefalonia. Es una isla grande, verde y azul, y estos colores se reparten el juego de luces entre el interior y la costa. Puede uno pasarse las vacaciones buscando esas curvas de arena blanca. Muchas son espléndidas. De todas, nosotros recordábamos con especial gusto la playa de Antisamos, a la espalda de la población de Sami. Y no es de arena. Unas grandes piedras muy lamidas por el agua forman la orilla y los primeros metros del mar, pero desaparecen luego dejando paso al fondo arenoso otra vez. El efecto luminoso es espectacular. Hace 14 años, cuando la visitamos en septiembre, estaba solitaria, y el bar desmontado. Sólo un descampado y el mar enfrente. El septiembre pasado, el panorama era muy diferente. La multitud había invadido el lugar, y sobre las piedras decenas de hamacas ocupaban toda la superficie. Detrás, un hermoso restaurante y bar servía numerosas comidas y aperitivos. Era un lugar plenamente turístico.

Panorámica actual de Antisamos.

Panorámica actual de Antisamos.

Antisamos no había perdido la belleza, tan sólo se veía un poco molestada por el gentío. Pero en el restaurante comimos bien, las hamacas, gratuitas si consumías, eran cómodas y el público no demasiado ruidoso. El agua seguía tan transparente y fresca, y el sol se puso con tanta belleza como entonces tras la montaña. Aquella primera vez hace 14 años las tiendas de Sami estaban llenas de fotografías y carteles con los rostros de Penélope Cruz y Nicolas Cage, que acababan de rodar en la ciudad y la playa algunas hermosas escenas de ‘La mandolina del capitán Corelli’, una película perfectamente olvidable pero que nosotros acudimos a ver, por supuesto.

Bella vista desde arriba.

Bella vista desde arriba.

Un vasito de 'tsipouro' en el azul de Antisamos.

Un vasito de ‘tsipouro’ en el azul de Antisamos.

Acudimos a Antisamos para rememorar todo aquello y para comprobar su evolución. Recuerdo que muy cerca de Sami hay una cueva, la de Melissani, con un lago en su interior. Hace muchos siglos, el techo de la cueva se cayó y el lago quedó al descubierto. El efecto cuando la luz del mediodía incide sobre el agua es asombroso. Entonces, aquella primera vez, pudimos ver la maravilla los dos solos, y dar el paseo en barca con la única compañía de otros dos navegantes. Ahora, al acercarnos a la cueva ya divisamos la cantidad de autocares turísticos aparcados en el exterior y obviamente desistimos de intentarlo de nuevo. Efectos indeseables del turismo masivo. Supongo que la cueva y el lago siguen siendo igual de hermosos, pero no debe ser lo mismo con las barcas llenas de marineros fugaces y  apresurados. Digo yo.

La despedida de Cefalonia fue con una estupenda degustación de Robola en las bodegas Gentilini.

La despedida de Cefalonia fue con una estupenda degustación de Robola en las bodegas Gentilini.

Lo que no ha perdido Cefalonia es su encanto jónico, verde y arbolado, tan distinto de la aridez hermosa de las Cícladas. Despedimos nuestra última estancia en esta isla hermosa con una visita a las bodegas Gentilini, que producen uno de los más apreciados vinos blancos del mundo: el Robola, variedad de uva específica de Cefalonia, extraordinario.

No hay azul como el de Myrtos

Ulyfox | 14 de marzo de 2016 a las 14:08

Agua y arena en la playa de Myrtos, Cefalonia.

Agua y arena en la playa de Myrtos, Cefalonia.

Tal vez haya ocasiones en que merezca la pena no decir ni escribir palabra alguna, y dejar que las imágenes lo digan todo. A fin de cuentas ¿qué podría yo añadir a estas fotos de la playa de Myrtos, en la isla de Cefalonia? Si acaso, que somos afortunados por haber estado allí dos veces.

Vista superior hacia un lado...

Vista superior hacia un lado… y hacia otro

... y hacia otro.

Y desde abajo.

Pues sí. Así es esa zona oeste de la isla. Llena de playas espectaculares y muchas difícilmente accesibles aún. La carretera, sinuosa en la costa, empinada y jalonada de travesías por pueblos, es bonita pero ardua de hacer. Obvio decir que merece la pena cuando se llega. En Myrtos, en esta ocasión, el oleaje, que provoca unas espumas preciosas, hacía incómodo el baño. Una sola ola grande y lenta batía continuamente la orilla, haciendo añorar esos días sin viento en los que el mar te acoge como una cama. No fue así.

 

La carretera hacia Myrtos es espectacular.

La carretera hacia Myrtos es espectacular.

 

Myrtos, dentro de una gran bahía azul, está más o menos a una hora de Fiskardo, y en cuanto la ruta se acerca a la costa las vistas son espectaculares. Allí abajo el agua presenta todas las gamas de azul imaginables, y al fondo los acantilados reproducen la escena de cabos y golfos casi hasta el infinito. Antes de llegar a la espectacular playa, conviene hacer un alto en Assos, la otra población de Cefalonia que se libró de los tremendos efectos destructores del gran terremoto de 1953, situada sobre un pequeño itsmo que la une a un islote coronado por un castillo veneciano. El pueblecito, sobre una pequeña bahía con playa, está llamado a hacerle la competencia turística, por su belleza, a la cercana Fiskardo. Es un rincón de momento tranquilo, pequeño y lleno de flores y aire limpio.

La situación del caserío de Assos.

La situación del caserío de Assos.

La pequeña Bahía de Assos.

La pequeña Bahía de Assos.

Un excelente alto en el camino.

Un excelente alto en el camino.

 

La plaza principal del pueblito, frente al mar.

La plaza principal del pueblito, frente al mar.

 

Y así empezaba nuestro redescubrimiento feliz de Cefalonia…

Vista general de Assos, desde el islote.

Vista general de Assos, desde el islote.

Creta para nosotros

Ulyfox | 9 de marzo de 2016 a las 13:34

La calle Kondilaki, de La Canea, solitaria en febrero.

La calle Kondilaki, de La Canea, solitaria en febrero.

 

Desayuno en el puerto de La Canea. Imposible empezar mejor.

Desayuno en el puerto de La Canea. Imposible empezar mejor.

Como no tenemos remedio, hemos vuelto a Creta en cuanto hemos tenido una pequeña oportunidad. Una semanita en la isla del Minotauro, como nuestra particular forma de celebrar el Día de Andalucía, que para ser libres nosotros hemos extendido, como manda el himno, a la Humanidad. No es para daros envidia, aunque deberíais tenerla. Y, como en dos anteriores ocasiones, hemos amado más esa tierra, en invierno, ahora que no está invadida de turistas y el espíritu cretense no siente la necesidad de hacer pactos económicos con nadie.

Un establecimiento, a la espera de que comience la temporada, en La Canea.

Un establecimiento, a la espera de que comience la temporada, en La Canea.

Casi no habría mucho que contar de esta visita, que a nosotros ni siquiera nos pareció una salida al extranjero. Más bien, ha sido como esa vuelta que hacen en determinadas fiestas a su pueblo las personas que están trabajando fuera. Esa ha sido la sensación. Ocasión para reencontrarse con viejos conocidos, sentarse en los cafés acostumbrados y recolocarnos en nuestras tabernas de siempre. Comprobar que la vida no se para, que en Creta afortunadamente la crisis no está golpeando como en otros lugares de la maltratada Grecia. Ellos reciben en temporada el maná del turismo y en invierno limpian y adecentan, y los más se dedican a sus labores en el campo, que pasa a ser en muchos casos casi un hobby felizmente productivo: recolectar aceitunas, hacer aceite, destilar raki… Y en medio de todo eso, los fines de semana siempre hay tiempo para el esparcimiento familiar.

El singular y bellísimo monasterio de Gouvernetos.

El singular y bellísimo monasterio de Gouvernetos.

Era de admirar la noche del sábado, con una temperatura fantástica, el puerto de La Canea lleno de gente que abarrotaba las tabernas en medio de la música tradicional, bailando cuando se sienten ellos, convidando a raki al foráneo que pasaba por allí. Y la estampa repetida al dominguero día siguiente, esta vez con un sol radiante y desfile de familias por los muelles que dejaron los venecianos.

En los pueblos, la gente arreglaba sus negocios para abrir dentro de un mes o en un par de semanas, en La Canea los cada vez más exquisitos establecimientos perfilaban los detalles para tenerlo todo a punto, en el palacio de Cnosos se terminan trabajos de renovación para abrir nuevas zonas al público que dentro de nada circulará por entre estas maravillosas piedras minoicas milenarias… todo está por llegar. El tiempo se portó hospitalaria y amigablemente con nosotros. Parece que este invierno ha sido en Creta tan benigno como por aquí. No tan lejos, las Montañas Blancas (Lefká Ori) mostraban manchas de nieve y no esa gran capa de otros febreros. Sólo durante un momento, en una fugaz visita a la playa de Marathi, muy cerca de La Canea, el temporal de viento azotaba la orilla y el clima compuso una estampa realmente invernal para nosotros. Pero a la vuelta de la esquina, la calma volvió.

Por un momento pareció invierno en la playa de Marathi. Nieve al fondo.

Por un momento pareció invierno en la playa de Marathi. Nieve al fondo.

Y en este calmo ambiente, pudimos entrar por fin en el misterioso monasterio de Gouvernetos, en la península de Akrotiri, revisitar Agia Triada, repasear Rethymnon, disfrutar Heraklion, casi todo en familia, así en la intimidad, Creta para nosotros.

Y encima, coincidió la visita con la comunicación por parte de Anaya Touring de que la primera edición de nuestra guía de Creta, incluida su reimpresión, se ha agotado. Está decidida la segunda edición, y nos encargarán su actualización, así que… vale, aceptamos que os damos envidia.

Fiskardo sobrevive con elegancia

Ulyfox | 19 de febrero de 2016 a las 14:11

Fiskardo, camino de nuestro hotel.

Fiskardo, camino de nuestro hotel.

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Salió el sol en Fiskardo.

Salió el sol en Fiskardo.

 

Barcas en el puerto de Fiskardo.

Barcas en el puerto de Fiskardo.

Con el transcurrir del tiempo, se nos da cada vez más que cuando vamos a Grecia en realidad volvemos a algunos de esos lugares que forman parte de nuestra historia, la de Penélope y yo. Es el reencuentro, y casi sin querer nos vemos haciendo el repaso de detalles nuevos, edificios reformados o cosas que no estaban y ahora están. Hace muchos años, quince ya, estuvimos en Cefalonia, una de esas islas jónicas verdes a reventar, intrincadas de interior y con asombrosas playas blancas, largas y bañadas por un azul casi irreal.

Una tienda en el pueblo.

Una tienda en el pueblo.

Y un restaurante cercano.

Y un restaurante cercano.

 

En aquella primera ocasión, la puerta de entrada fue el puertecito de Fiskardo, casi la única población que había quedado en pie en la isla tras el terrible terremoto de 1953, junto con buena parte de la cercana Assos. Fue una revelación, un puñadito de casas de colores junto al mar que ya apuntaba como refugio de veleros recreativos de un cierto nivel económico. Quisimos también entrar el pasado septiembre por aquí a Cefalonia, dado el buen recuerdo que nos dejó. No nos defraudó en absoluto. Los colores eran más vivos, las casas, las tiendas y los restaurantes, más numerosos y cuidados. Y la tranquilidad estaba intacta. Hay un considerable aumento de veleros amarrados en el muelle que discurre junto a las casas y eso le quita vista, con tanto palo, cables, jarcias o como quiera que se llame el variado aparejo que acompaña a estas embarcaciones. Es difícil apreciar el conjunto entre ese bosque marinero.

Fachadas, cielo y flores.

Fachadas, cielo y flores.

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Pero en llegando la noche, Fiskardo es mágico. Tal vez repelentemente mágico, diría alguno, o pasado de elegancia. No me importa. Sí, tal vez es imprescindible el lino blanco por la noche. Pero puestos a pasarse, prefiero que sea en esto. La tenue iluminación de tiendas, restaurantes y terrazas contribuye al tranquilo y corto paseo y anima a sentarse a dejar correr la velada con una botella de robola, el delicado vino blanco local, y algunas de las especialidades culinarias de Cefalonia. Posee ese tesoro tan indefinible de los lugares agradables: nada, casi ningún sitio a donde ir o distraerse. Sólo tú con tu compañía.

Playa de Emblissi, muy cerca de Fiskardo.

Playa de Emblissi, muy cerca de Fiskardo.

Otras vistas de la playa.

Otras vistas de la playa.

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Otra vista mejor.

Fiskardo es para desayunar temprano en el puerto, dejarlo atrás por la mañana y alejarse hasta alguna de las mayúsculas playas a pasar el día (la incomparable Myrtos). O a quedarse en alguna de las cercanías, como la maravilla mínima de Emblissi, a un paseíto, o la más escondida de Agia Jerusalem, con una reputada y frecuentada taberna bajo los árboles y frente al mar. Y luego, casi a continuación, con el agradable salitre aún en la piel y el recuerdo del vino en el gaznate, tomar posesión del muelle atardeciente, ya en el pueblo, con el libro y la cámara en la mano. Y acompañar más tarde al cansado día por el referido paseo nocturno entre barcos y mesas. Qué más quieren que les diga…

Atardecer sobre Fiskardo.

Atardecer sobre Fiskardo.

Sic transit gloria mundi

Ulyfox | 6 de febrero de 2016 a las 18:45

La estatua de Onassis, en el paseo marítimo de Nydrí.

La estatua de Onassis, en el paseo marítimo de Nydrí.

 

Onassis tenía un apellido conocido universalmente. Tal vez porque sus padres no pudieron prever que llegara a esas dimensiones de fama, le pusieron un nombre compuesto difícilmente superable: Aristóteles Sócrates, como si quisieran unir la parte más racional de la sabiduría griega con la más espiritual, y ayudarle a andar por la vida. El niño eligió por propia cuenta, puesto que todo el mundo le conocía por el primero de ellos, y los que presumían de ser sus parientes, amigos o simples conocidos utilizaban el diminutivo Aris. Daba igual que hubiera nacido en la turca Esmirna, para la sociedad internacional, de la que llegó a ser el rey, era el griego de oro. Su vida, sus negocios y sobre todo sus amores con mujeres-personaje deslumbrantes, llenaron las páginas de la prensa amarilla, salmón y rosa de la Tierra entre los años 50 y 70 del pasado siglo. El hombre más rico, el más admirado, el más envidiado, el que conquistó a las bellas, desde su matrimonio con Athina Livanos, heredera de otro magnate naviero, su larga y tormentosa historia de amor no oficializada con la diva de la ópera Maria Callas, y su sonora boda con la primero novia, luego esposa y finalmente viuda de América, Jacqueline Kennedy.

Todo eso, o buena parte, terminaba ocurriendo muy cerca de donde estuvimos el pasado septiembre de 2015, a apenas unos cientos de metros de Lefkada. En la localidad de Nydrí de esta última embarcó miles de veces Aris para ir o volver a su refugio privado de Skorpios, donde vivió sus historias de amor. Ese pueblo, hoy muy turístico, con una calle principal y un paseo marítimos rebosantes de bares, restaurantes y tiendas, guarda un recuerdo especial del hombre multimillonario que jugó con muchas vidas, ayudó a otras tantas y, según parece, no fue capaz de encontrar o merecer el afecto en la suya. En el muelle de Nydrí ocupa lugar importante una estatua de bronce dedicada al naviero más famoso.

Es curioso cómo la casualidad nos había llevado, 14 años antes, a asistir de manera imprevista a la inauguración de ese monumento, una noche de septiembre de 2001. En aquella primera ocasión, llegábamos en taxi desde Lefkada capital, y con la preocupación sobre si el taxista nos había dicho que nos cobraría fifteen o fifty euros. La duda no era menor para nuestra economía, y se resolvió para la mejor de las opciones, a la vez que se abrían las puertas del coche y una banda de música empezaba a sonar. No era, claro, una ceremonia de recepción en nuestro honor sino ese acto de inauguración de una figura en memoria de la ciudad agradecida a su benefactor Onassis. Por allí no había mucha familia, no podría haber sido. Su primera mujer se había suicidado, la segunda había fallecido seis años antes, su amante y desdichada estrella de la ópera también; su hijo Alexander murió en accidente de aviación cuando era muy joven y su hija, la infeliz Christina, perdió la vida mientras se bañaba en circunstancias nada claras. Sólo estaba su única heredera, la nieta Athina, todavía una niña, para representar al apellido Onassis en la ceremonia llena de autoridades, lugareños y turistas. Y nosotros, probablemente los únicos españoles en la isla. Precisamente, esa misma Athina es la que vendió hace un par de años la preciosa isla de Skorpios, nido de amor y sueño de paparazzis en la época dorada del género, a otra rubita heredera, en esta ocasión de un magnate ruso. Cosas de las vueltas del destino.

Esa estatua de bronce puede ser, pues, el último vestigio físico en aquella zona del que fue su promotor, publicista y principal propagandista cuando culminaba o empezaba en Skorpios sus míticos cruceros rodeado de estadistas y millonarios a los que agasaba como reyes a bordo de su yate privado Christina. Ahí, con esa pose tan chula, con un nombre que imponía con sólo oírlo, Aristóteles Sócrates Onassis. Es posible que dentro de poco nadie sepa quién fue. Ningún Onassis ha vuelto por Nydrí. No digan que la historia no merece el latinajo del título.

Entre nubes y claros

Ulyfox | 24 de enero de 2016 a las 0:15

Un rincón del puertecito de Vasilikí, en Lefkada.

Un rincón del puertecito de Vasilikí, en Lefkada.

Nos levantamos los tres últimos días en Lefkada mirando al cielo. Estábamos en Vasilikí, un puertecito al sur de la isla con cierto éxito turístico por su estupenda playa, paraíso de surfistas, y por ser una de las cabezas de la línea que une la isla con la vecina Cefalonia. Un viejo ferry que conocimos hace ya muchos años, el ‘Capitán Aristides’, realiza la lentísima travesía en algo más de una hora, dependiendo de cómo se haya levantado el viento. Llovió o amenazó lluvia los tres días. Las nubes le pudieron la mayor parte del tiempo al sol. Nos alojamos en una pensión sencilla de nombre no demasiado original, la Pension Holiday, regentada por una peculiar familia, cuya cabeza ostentaba un señor ya curtidito y pasado de peso, vestido siempre como de estar por casa con amigos. Su peculiar forma de curarse una herida en la pantorrilla, con una toallita de desmaquillaje pegada con cinta aislante a modo de cataplasma, delataba su carácter más bien despreocupado. Luego resultó un personaje familiar y amable a su manera que además nos ponía unos desayunos soberbios por cinco euros sobre la mesa con el mantel de hule que miraba al mar. Le acompañaban en su buen trato la muchacha que parecía ser su hija. Y el establecimiento estaba limpio, no había problema en eso.

Vista de la playita de Agiofili, cercana a Vasilikí.

Vista de la playita de Agiofili, cercana a Vasilikí.

Vasilikí tiene encanto. Es poco más que ese muelle en forma de ele con sus barcas de pesca y de excursiones amarradas casi a las mesas de las terrazas de bares y restaurantes, algo tan habitual en el litoral griego. Unas pocas casas trepan por la ladera a pocos metros del puerto. En la parte oeste, el paseo se prolonga hacia la playa de Ponti, y en ese extremo el turismo cambia del todo: hay numerosos establecimientos y hoteles dedicados al windsurf y varias escuelas para aprender a cabalgar las olas de diferentes maneras. Fue desde este enclave desde donde fuimos el primer día a visitar la playa de Porto Katzkiki, que ya relatamos. En realidad, nuestra estancia en Vasilikí respondía a la única idea de tomar luego el barco hacia Ítaca, pero nuestras informaciones eran inexactas. No salía de allí, y nos quedamos sin llegar a la isla de Ulises. Hubo que cambiar planes, prolongar nuestra etapa en Lefkada y aumentar la siguiente en Cefalonia.

En el barco de vuelta de Agiofili a Vasilikí.

En el barco de vuelta de Agiofili a Vasilikí.

Había que buscar la forma de llenar esos días grises, y no faltaron. Cerca del pueblo, hacia el sur, brillaba en nuestros mapas una calita con nombre atractivo, Agiofili. Ideal para una pequeña excursión a pie, una hora andando junto a la costa y por senderos bordeados de pinos y cipreses. Lo hicimos, nos calzamos las botas y emprendimos el corto camino de tierra. Nos adelantaban coches con matrícula rumana, serbia y búlgara a los que no arredraban los baches. Llegamos y la vista desde arriba no quedó demasiado ensombrecida por el nublado. Soñamos con el aspecto que presentaría ese azul transparente del agua en los días soleados. Lamentamos la afluencia de gente, incrementada al poco tiempo por la llegada de varios barcos de excursiones, nos contrariamos por la ausencia de taberna, aunque nos consolamos con la cerveza Fix fresquita que vendía el hombre del tenderete. Agiofili es una playa preciosa que merece mejor suerte.

Paisaje y una calita casi privada desde el barco.

Paisaje y una calita casi privada desde el barco.

Había, de nuevo, demasiada gente charlando, discutiendo por el precio de las hamacas, lanzándose desde las rocas… En muchas playas griegas de acceso difícil es corriente que se le ofrezca al visitante la posibilidad de llegar y salir en barco. Siempre es una maniobra parecida: o hay un pequeño, minúsculo espigón de cemento donde la gente espera o la embarcación vara lentamente en la arena al tiempo que se deja caer una escala metálica por la proa. Por ella descienden los que llegan y suben los que se van. Es un transporte agradable, cómodo y habitualmente no demasiado caro. Embarcamos en el primero que llegó, después de unas dos horas en la playa.

Vasilikí, entre el mar, los olivos y los cipreses.

Vasilikí, entre el mar, los olivos y los cipreses.

Seguramente si el día hubiera estado más soleado y si el público hubiera sido más agradable habríamos permanecido más tiempo, con los baños repetidos y calmando el hambre con alguna chuchería del tenderete. Optamos por volver y comer más en serio en una de las tabernas de la playa de Ponti, sobre las mismas rocas o en la arena. Comida casera, sana, barata, con café y tsipouro (aguardiente) posterior. Y a dormir una leve siesta en la playa nublada, que de todo hay tiempo en vacaciones.

Tabernas sobre el mar en la playa de Ponti.

Tabernas sobre el mar en la playa de Ponti.

 

 

El asombro azul

Ulyfox | 18 de enero de 2016 a las 13:59

La playa de Porto Katziki, en la isla de Lefkada.

La playa de Porto Katziki, en la isla de Lefkada.

Porto Katziki significa Puerto de Cabras, o algo así en griego. El nombre suena mejor en este idioma. De la misma forma que la impresionante playa luce más vista desde lejos, desde arriba, con una larga y estrecha media luna de arena fortificada por un solo lado por un alto acantilado de caliza blanca, coronado de verde pino. Es una de las postales más difundidas de la isla de Lefkada. Su belleza paisajística es innegable, asombrosa, puesto que al sólido escenario lo complementa un agua de un azul tan intenso que se convierte en añil en muchos momentos del día. Y, además, la entrada a la playa se hace desde lo alto del acantilado en un descenso casi vertical, a menos que quieras participar en una de las numerosísimas excursiones que llegan en barco desde los enclaves turísticos cercanos.

Vistas desde el acantilado en el camino a Porto Katziki.

Vistas desde el acantilado en el camino a Porto Katziki.

Todo el que visita Lefkada va a Porto Katziki, pese a la carretera tan sinuosa, pese a las aglomeraciones en el aparcamiento que se queda pequeño en seguida, pese a la marea humana que pulula por la estrecha escalera, por la franja de arena, en la orilla atestada. Todo el mundo va porque su atractivo es como un imán, porque todo el mundo la ha visto en postales y porque todos queremos comprobar si su belleza es auténtica. Lo es. Es uno de esos espectáculos que brinda la naturaleza y que (sí, lamentablemente) la excesiva afluencia de público altera para mal. Es inevitable. Nosotros también, también fuimos a verla, y sufrimos también todos los inconvenientes que arriba se enumeran. Valió la pena la vista, aunque luego la bajada y la subida fueran un desfile lento rodeados de pareos, bañadores y mochilas. Aunque el baño en aquellas tentadoras aguas se limitara a un chapuzón por decir que nos habíamos metido al menos. Pero no se podía estar. La Naturaleza se quedó corta en el espacio que previó para los humanos, quizá porque no pudo imaginar que serían atacados por el síndrome compulsivo del turismo masivo a principios del siglo XXI. Y menos desde que a esta fiebre se han incorporado países cercanos a Grecia como son todos los del antiguamente llamado Bloque del Este.

Panorámica de la playa, con la escalera de bajada.

Panorámica de la playa, con la escalera de bajada.

Asediada por los barcos de excursiones...

Asediada por los barcos de excursiones…

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Sí, la misma playa parecía agobiada con la afluencia. Y eso era a principios de septiembre. La misma playa, con el ir y venir de sus olas, nos decía que nos fuéramos. Y le hicimos caso. Enrollamos el petate y subimos de nuevo la escalinata. Y al menos lo hicimos con una ilusión: unos kilómetros antes, en una parada panorámica que hicimos, habíamos visto un letrero anunciando una prometedora taberna, la Taberna Oasis, con un no menos ilusionante menú en el que aparecía uno de nuestros descubrimientos gastronómicos últimos en Grecia: precisamente la cabra, katziki, ya sabéis. Sí, sí, al horno. Buenísima. Y casi solos, allí en lo alto, a la sombra. Disfrutando.

Abajo el bullicio...

Abajo el bullicio…

 

Y arriba, el disfrute de la auténtica 'katziki'

Y arriba, el disfrute de la auténtica ‘katziki’

Sivota, ese rincón

Ulyfox | 4 de diciembre de 2015 a las 13:15

Los pequeños muelles de Sivota, en Lefkada.

Los pequeños muelles de Sivota, en Lefkada.

No todo es masivo en Lefkada. Siempre es posible escapar de las multitudes. Siempre hay un rincón ahí, bajando esa cuesta sinuosa desde la carretera, donde el mar se recoge y siempre ha habido un pequeño puerto de pescadores. Eso es lo que nos llamó en principio la atención de la bahía de Sivota, apenas un entrante minúsculo del mar Jónico, casi un lago en el sur de la isla. Nos gustan especialmente estos lugares pequeños, con apenas unos apartamentos y casi más restaurantes y tabernas, en las islas griegas. Ya desde antes, era prometedora esa visión por internet, fotos y vídeos de una ensenada recogidísima entre olivos y cipreses, algo tan característico del paisaje jónico, y como siempre las barcas coloridas amarradas a sus muelles de cemento. Siempre son una promesa de tranquilidad y buenas cenas marineras junto a los barcos.

 

Característico paisaje jónico en el sur de Lefkada.

Característico paisaje jónico en el sur de Lefkada.

Por lo tanto, en nuestro recorrido por Lefkada era muy recomendable la parada de una noche. No nos defraudó, aunque pudimos comprobar que hasta aquí llegaba también, si bien en cantidades menores, la oleada de turismo joven de los países del Este, demasiado ruidosa pese a su poca cuantía. En cualquier caso, no molestaron demasiado. El plan incluía pasar una jornada de playa en una ensenada vecina, ya que Sivota carece de lugares adecuados para el baño. Mikrós Gialós, a un corto aunque retorcido paseo en coche, era la solución. Una playa de guijarros (para eso nos habíamos provisto de nuestros zapatos de goma) garantiza siempre un agua transparente aunque pueda parecer más incómoda. Nada puede competir con la arena blanca de las vecinas islas Cícladas, pero tampoco las pequeñas piedras son tan incómodas. Una buena hamaca y una taberna cercana, algo que nunca falta en las islas, son la solución.

Mikrós Gialós, o Playa Pequeña, cerca de Sivota.

Mikrós Gialós, o Playa Pequeña, cerca de Sivota.

Nada especialmente espectacular ocurrió ese día, en el que volvimos al atardecer a Sivota, cenamos en el apacible puertecito los consabidos mejillones, sardinas… con vino blanco del lugar, y  nos fuimos a la cama para soñar y vivir al día siguiente un amanecer como el soñado.

Un baño nublado en Mikrós Gialós.

Un baño nublado en Mikrós Gialós.

 

Cuando el mar se calma.

Cuando el mar se calma.

 

Sivota, al amanecer

Sivota, al amanecer

 

Para un desayuno con vistas...

Para un desayuno con vistas…

 

... como estas.

… como estas.