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Esos acantilados

Ulyfox | 21 de marzo de 2013 a las 14:23

Vista de Positano desde tierra, en la Costa Amalfitana.

 

El camarero de aquel pequeño paseo marítimo (lungomare le llaman bellamente) en aquel pequeño pueblo italiano no estaba desocupado. Daba vueltas y cuando nos vio se dirigió a nosotros para ofrecernos una mesa, con esa costumbre tan mediterránea de vender su local como el mejor. La noche era perfecta para convencernos: “Buona sera, volete il tavolo degli innamorati?” nos dijo el zalamero: “¿Quieren ustedes la mesa de los enamorados?” Como para decirle que no. Era nuestra segunda noche en Positano.

La Spiaggia Grande de Positano.

La noche anterior habíamos llegado tras un largo y azaroso viaje, que incluyó varias divertidas etapas. En realidad todo había comenzado con una llamada de nuestro amigo italiano Ettore, el recordado dueño de la famosa pizzería de San Fernando. A él le contamos que queríamos pasar unos días en la Costa Amalfitana. Bueno, entonces hay que contar que todo empezó en una película, El talento de Mr. Ripley, que nos deslumbró con sus escenas en la península de Sorrento (mejor siempre en italiano, Peninsula Sorrentina) y las islas del golfo de Nápoles, hasta el punto de que decidimos que teníamos que conocer ese sitio. Descubrimos que el pueblo se llamaba Positano y nos pusimos en marcha. A Ettore, como italiano, le encargamos que llamara al hotel La Tartana para reservarnos habitación y preguntar cómo podíamos llegar hasta ese sitio que se nos antojaba recóndito y casi inaccesible, encajonado entre montañas verdes y el mar. Aún recuerdo sus palabras cuando llamamos a Italia: “Buona sera, stó chiamando dalla Spagna…”

Penélope frente al mar de Positano.

El lugar era ciertamente difícil, pero seguimos las indicaciones que le dieron a nuestro amigo. Tuvimos que volar hasta Nápoles, y todo lo que siguió fue divertido. En el aeropuerto fue nuestro primer encuentro con la realidad napolitana. Los taxistas esperaban con el pie apoyado en una barrera metálica. “A la estación central, por favor”

-”La Stazione Centrale? “É molto pericolosa, molto grande, é una jungola. Dove volete andare?”, advirtió uno de ellos.

-”A Positano”, le respondimos

-”Meglio io vi porto fino Positano per 150.000 lire”, se ofreció para llevarnos hasta nuestro punto final, evitarnos varios trasbordos y de paso sacarse un buen dinerito.

Su insistencia no le sirvió para convencer a Penélope, que tenía muy claro que no estaba dispuesta a pagar ese dinero. ¡A la estación central! dijo con voz firme. Eso bastó para que el taxista asintiera sin más discusiones: “Ah, la donna!”, concluyó como diciendo “aquí no hay más que hablar”. Y nos dirijimos hacia la estación central, observando por primera vez durante el camino la imponente silueta del Vesubio, mientras atardecía. El taxista no se portó del todo mal, y nos llevó a la entrada de la Stazione que él nos dijo más segura. Allí debíamos tomar un tren hasta Sorrento, la línea Circumvesuviana, llamado así porque recorría todos los pueblos que circundan el gran volcán, incluyendo Pompeya y Herculano. En la estación aprendí que vía se dice binario. Recuerdo, no lo he olvidado, que nuestro convoy salía del binario tré.

Una parte de la Costa Amalfitana.

Lentamente, en esa especie de ferrobús de cercanías de tono verdoso y amplias ventanas, nos fuimos acercando con la noche a Sorrento, donde teníamos que coger un autobús hasta Positano. Ese tren era de gente trabajadora, se veía enseguida que volvían a sus casas de los extrarradios después de trabajar en la gran Nápoles. Gran parte del trayecto de más de una hora lo hicimos de pie, pegados a nuestras maletas. Al fin llegamos a Sorrento, de musical nombre y evocaciones pavarottianas, patria del  limoncello, llena efectivamente de limoneros que crecen en unos emparrados muy vistosos y que no pudimos ni entrever a esa hora. En la parada del autobús, unos jóvenes italianos se dieron cuenta de nuestra procedencia, y uno de ellos nos declaró inmediatamente su amor por el cine español y sobre todo por Almodóvar. Fue un agradable trayecto hasta Positano, con este guía espontáneo contándonos cosas de la zona, mientras afuera del autobús serpenteante por carreteras imposibles, allá abajo, divisábamos las oscuras aguas mediterráneas reflejando una muy a propósito luna llena.

Vista general de Positano desde el mar.

La Costa Amalfitana es así. El bus nos paró en un sitio extrañísimo, el pueblo estaba allí abajo y nosotros llevábamos, como siempre, dos pesadas maletas. En el camino, sólo lo que parecían unas inacabables escaleras con unas calles cada vez más hermosas y animadas, pero con un pavimento impracticable para las ruedas de nuestros bultos. El descenso fue duro. La Tartana (http://www.villalatartana.it/) estaba muy abajo, casi en el puertecito, una ensenada de esas minúsculas y abigarradas sólo posibles en Italia. Pero llegamos y, aunque para colmo la recepción y las habitaciones estaban subiendo más escaleras, resultó ser un lugar muy agradable, inolvidable, y nada más llegar nos dieron la llave y nos preguntaron a qué hora queríamos que nos sirvieran el desayuno en la habitación. Allí no había comedor, no cabía, y la solución nos pareció fantástica. A la mañana siguiente comprobamos que lo era más aún.

Desayuno en la terraza de Villa La Tartana.

Positano resultó ser un pueblo colorido y lleno de turismo, uno de esos lugares en los que parece imposible no ser feliz a poco que uno tenga algo de dinero. Cada uno de los cinco días se repitió el milagro del desayuno subido a la habitación y comido en la terraza mirando la cúpula de azulejos amarillos de la iglesia y un poco más allá el mar. Yo bajaba temprano a buscar el periódico español que llegaba con uno o dos días de retraso, cuando internet era una palabra lejana, y  me cruzaba a un montón de gente feliz. Allí, excepto en el lungomare o en la playa, era imposible andar en horizontal. Siempre subías o bajabas. Y todo era brillante. Las calles y balcones, llenos de buganvillas y glicinias, y en las laderas de los altos montes que caían directamente sobre el mar y el pueblo, crecían los limones, como un alto muro que separó por tierra durante siglos toda la península. Aún hoy, la forma más cómoda de llegar a esos pueblos de la Costa Amalfitana, llamada así por el precioso pueblo de Amalfi, es en barco.

Un rincón colorido de Positano.

De esa forma tan marinera, por ejemplo, nos acercamos a Amalfi, y luego subimos en autobús a las alturas de Ravello para comprobar que cualquier mar, incluso el cerrado Mediterráneo, puede ser infinito. Pero esa es ya otra historia.

 

¡Qué ganas de volver!

Lazos viajeros

Ulyfox | 22 de mayo de 2012 a las 0:53

 

En la Plaza Mayor de Módena, en enero pasado

El viaje es mucho más que moverse de sitio. Te vas por ahí pensando que eres siempre el mismo y resulta que vas dejando jirones de tí y a la vez vas engordando tus costuras con cosas, personas y hechos. Y ya no puedes evitarlo. Si eres un viajero vas agrandando tu patria. Por ejemplo: vives la tragedia griega, la mendicidad en Omonia o los suicidios en Syntagma como si fueran familiares tuyos los sufrientes. Y si has estado en Egipto y Túnez, lo que los analistas o los observadores llaman ‘la primavera árabe’ para ti es algo más, simplemente porque conociste gente allí, vendedores, chóferes o guías.

Las hermosas tiendas de alimentación de Bolonia.

Nos ha pasado hoy mismo. Ha habido un terremoto en Italia, con muertos, y la región más afectada ha sido Emilia Romaña, lo que es igual que decir Bolonia o Módena. Allí estuvimos hace pocos meses, en invierno, hace nada, gozando de las tiendas de alimentación y del lambrusco de verdad, de sus plazas medievales o de una experiencia sin igual en la trattoría Omer. Allí hemos visto torres inclinadas y soportales sin fin, algunos de los cuales han caído con el sismo. Lo que quiero decir es que viajar, en el buen sentido que va desde ti hacia lo otro y con billete de vuelta, te ensancha la patria. Hace muchos años, viajamos en un ferry griego, el ‘Samina Express’, que hacía la ruta entre las islas del Norte del Egeo y las Cícladas. Íbamos desde la isla de Samos hasta la de Naxos, un montón de horas de navegación. A la semana siguiente, cuando acabábamos de volver a España, el ‘Samina’ fue trágica noticia. Se había estrellado contra un islote frente a la isla de Paros y perecieron varias decenas de personas. Nos acordamos, por ejemplo, de aquel camarero que nos habló de fútbol español mientras nos ponía la cerveza. Quién sabe si fue una de las víctimas. La noticia, un simple suceso en el extranjero, adquirió un carácter personal y cercano para nosotros. Nuestro mundo interior se hace cada vez más grande cuando viajamos como se debe. Y más solidarios. Supongamos que es una suerte.

La Piazza del Nettuno, en Bolonia, capital de Emilia Romaña.

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Hacerse a la mar

Ulyfox | 12 de mayo de 2012 a las 1:35

Barcas en el caño y en el Club Puente de Hierro, y el Juan Sebastián de Elcano en La Carraca, San Fernando

Parece mentira. Tanta agua como nos rodea en Cádiz y la Bahía, y la mayoría de las veces sólo miramos al mar cuando entramos a bañarnos. A lo mejor es que aquí el mar es demasiado grande, un gigante que infunde mucho respeto. Miras y ves solo mar, y sabes que más allá de donde cae el horizonte sigue siendo azul líquido. Ni se adivina donde puede haber un trozo sólido. Si acaso, y afortunadamente, entre los caños de las salinas están surgiendo pequeños puertos, más bien clubes. Pasa en San Fernando, en el Puente de Hierro, en el clásico renovado Gallineras, ahora en La Casería. Pero en otras tierras, el panorama de enfrente está salpicado o interrumpido por salientes del fondo marino, islas, cabos, calas, penínsulas, islotes, radas que recortan o interrumpen la visión. En esos lugares privilegiados, cuando te tumbas en la hamaca o tomas algo en el bar, allá a lo lejos se dibuja durante el día una silueta inmóvil que primero es marrón, luego verde y luego azul violeta, un destino, una parada cercana tras el brazo de mar. Son los archipiélagos que te llaman. Por eso en esos lugares, en las islas griegas o croatas, o en la recortada costa turca, o en las Baleares, o en las grandes islas italianas, son tan populares los barcos de recreo que ahora fondean ante una playa, y después se refugian en una ensenada y terminan amarrando en un puerto ante la taberna: porque todo, incluido otro mundo, está a un paseo en barco.

Penélope, en el puerto de Agnondas, Skópelos, en el archipiélago griego de las Espóradas.

De estas embarcaciones son especialmente bellas las goletas, sobre todo las turcas con sus cuidadas y brillantes popas de madera. Y existe una amplia oferta de viajes en grupo para una semana. Y suena tan atractivo. Se puede calcular unos mil euros por personas como media con todo incluido. No hemos vivido esa experiencia, pero disfrutarla por la costa azul turca nos hace soñar. Me ha llegado esta oferta por Sicilia y os la expongo:

http://www.topsailingcharter.com/embarcacion.php?idioma=ESP&em=3644

Pero si queréis probar en otros países del Mediterráneo (y yo probaría con Turquía, su costa licia, desde Mármaris hasta Antalya, o con las Espóradas), no tenéis más que rellenar las casillas e ir viendo precios. Eso sí, os tenéis que juntar con gente que aguante la convivencia. No está permitido tirar a nadie por la borda.

Pueblo y puerto en la isla de Procida, frente a Nápoles.

El futuro temible y el deseado

Ulyfox | 30 de marzo de 2012 a las 2:09

Paseantes al atardecer en el puerto veneciano de La Canea, Creta

No me da miedo la pobreza. Estoy preparado. Nací pobre, como la gran mayoría de los ciudadanos de este país que tienen mi edad. Conocí la escasez en la infancia y puedo decir que, aun así o tal vez por eso, fuimos felices. La pobreza, que en nuestro caso, puedo decirlo orgulloso, iba acompañada de ese hermoso apellido que es la honradez, era pareja con la de los vecinos y familiares del patio, de la casa de enfrente, de aquel otro patio de la misma manzana, de casi todos los niños que jugábamos en la misma calle. Puedo vivir con mucho menos, sin casi nada de todas las cosas materiales que tenemos. Entre las cosas que echaré en falta, quizá, cuando volvamos a la pobreza, estará el comprar música, pero ya me sé un montón de canciones, algunas de ellas hermosísimas y contrastadamente eternas. Tal vez no pueda tener televisión, pero almaceno miles de películas en los compartimentos de mi cabeza, bastante grande por cierto. A lo mejor, me veré forzado a no comer fuera, y en el peor de los casos, a no tapear siquiera, pero ya he probado muchos más platos de los que imaginé cuando era niño, y hasta nos ha atendido el dueño de un tres estrellas Michelin. Además, me manejo bastante bien con la cocina tradicional, y sé convertir un montón de ingredientes modestos en una alquimia bastante sabrosa.

Pueblos que navegan, en Cinque Terre, como este Manarola.

Seremos pobres de nuevo,  no me importa, porque seguramente seguiremos intentando ser honrados, tal como les vi hacer a mis padres. Seguro que deberemos, en ese caso, dejar de viajar, y ahí sí, ahí lo sentiré de veras, porque aunque hemos degustado los atardeceres volcánicos de Santorini, y respirado el aire húmedo del Moldava, y tocado la piedra rosa de Petra, y sentido en el hombro la mano de los griegos, y visto las columnas de Gerasa, y escuchado la música del Padrino en Palermo, y soñado los castillos del Périgord, y cantado bossa nova en Ankara, y bebido ron en Santiago de Cuba, y mojado nuestra mano en la primera catarata del Nilo, y navegado con un pueblo en Cinque Terre, y cogido frambuesas en los Alpes, y olido las agrias pieles curtidas de Fez, y hundido nuestra piel en las sagradas aguas del Egeo… aún sentiré siempre ganas de repetirlo todo, y de descubrir los vinos alemanes, de sentirme Gauguin en la Reunion, de teñirme de verde en Irlanda, de mirar hacia arriba en Nueva York, de temblar con el rugido de los leones en el Gorongoro, de escalar el Iguazú, de charlar hasta siempre en Buenos Aires, de fundirme en guerrero de terracota, de ver florecer los cerezos en el jardín del emperador, de descubrir el último rincón de Creta… y sentiré de veras no poder hacerlo.

Tal vez la Luna sobre el mar de Creta...

Es verdad, cuando por conformismo, ignorancia o miedo, los dueños de todo consigan con reformas laborales su involuntario propósito de convertirnos en bienaventurados a fuerza de hacernos pobres, yo estaré preparado para todo menos para dejar de viajar. Entonces, con el último esfuerzo, juntando las últimas perras ahorradas, tal vez podamos mudarnos baratamente a la tierra más pobre, la más escarnecida por los mercaderes, a donde el viaje nos lleva siempre, y pedir a los humildes que nos dejen vivir entre ellos, y beber el humilde vino bajo la parra. Y quién sabe, no lo aseguro, es solo un deseo, tal vez nada más que una ilusión, seamos felices como entonces ¿os acordáis?

Las huellas falsas del Padrino

Ulyfox | 26 de marzo de 2012 a las 2:07

Ante la cinematográfica escalinata del Teatro Massimo

A tantos que somos fans de ‘El padrino’, esa gran tragedia (griega como no podría ser de otra manera teniendo su origen en Sicilia) del cine nos parece lo mejor que ha dado el llamado séptimo arte, por su carácter de obra redonda y total, una tragedia porque retrata las grandes pasiones y tiene un final infeliz, de lucha imposible de los humanos contra su destino, o lo que es lo mismo, los dioses. Ahora se acaban de cumplir 40 años del estreno de la primera parte, que fue una explosión para muchos de nosotros, un deslumbramiento de imágenes, ritmo, música, interpretaciones, diálogos, frases inmortales, como un montón de cosas componiendo la perfección de una película memorable.

Un carromato vendedor de recuerdos del club Palermo, cerca de Quattro Canti.

Sin haberse rodado más que una pequeña parte, aunque esplendorosa, en Sicilia, todo el espíritu de esta isla sobrevuela la obra. Y a pesar de esta presencia testimonial en lo que es una película sobre todo neoyorquina, en Sicilia se la han apropiado. Allí, multitud de recuerdos de todas las maneras (camisetas, manteles, delantales, mecheros, pegatinas…) evocan a la familia Corleone, y les falta poco para nombrar a Marlon Brando, sobre todo a él entre todos los personajes, hijo predilecto. Si preguntas a un siciliano por la Mafia, te dirán que ya no es lo que era, pero también ¿qué esperas que te contesten? Parece una relación contradictoria: ha habido mucha lucha contra la Cosa Nostra. Incluso en Corleone, donde mucho empezó, las autoridades municipales hacen ímprobos esfuerzos por sacudirse el estigma, pero sin embargo, han creado un museo sobre la Mafia.

El barroco ha tomado Sicilia.

Para nosotros, visitantes, aun así eso no es lo más importante. Sicilia es una isla maravillosa, exuberante, con capitales y pueblos bellísimos, con playas extraordinarias, con una cocina exquisita, con una historia apabullante y un arte admirable. Es la mezcla imperfecta, caótica y equilibrada a la vez, de Grecia, Roma y África, como un resumen del la historia y la cultura del Mediterráneo. Y ahí se cuela ‘El padrino’ como si formara parte de ese devenir, asimilado y vendido como los templos de Agrigento, el barroco de Noto, los restos griegos de Siracusa o el glamour de Taormina.

El Templo de la Concordia, en Agrigento.

Yo sucumbí también, lo admito, a la atracción de la gran obra de Coppola y en Palermo peregriné al Teatro Massimo a hacer la foto a la escalinata donde cae muerta la hija de Michele Corleone, y quise acercarme a Savoca, cerca de Taormina, a fotografiarme en la terraza del Bar Vitelli, donde aquel pide la mano de Apolonia, pero no pude. Y esta pequeña frustración pesa tanto en el recuerdo como la emoción del glorioso teatro palermitano. Y en estos días, en un esfuerzo digno de mayor empeño tal vez, intento aprenderme la canción de amor de la película, la que suena durante las escenas sicilianas de la primera parte y reaparece en la tercera, para que Anthony se la dedique a su padre Michele. Mientras suena su bellísima melodía en la voz del hijo tenor, Al Pacino viejo recuerda el día de su boda con Apolonia, lo que es lo mismo que decir la vida que pudo ser y no fue: “Bruccia la luna in cielu e ju brucciu d’amuri…” Y tal vez solo por esta escena merece la pena la tercera parte, que dicen que es la peor, pero que a mí, tras verla por segunda vez, me parece la conclusión perfecta de una obra monumental, trágica y hermosa. Como Sicilia.

La espectacular playa Scala dei Turchi, al sur

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O sole mio

Ulyfox | 17 de febrero de 2012 a las 14:40

El golfo de Nápoles con la isla de Procida, en primer plano, y al fondo el Vesubio.

Si oyes las notas de una música conocida inmediatamente comenzarás a evocar. Hay pocas cosas tan evocadoras como una canción, y pocas canciones tan apropiadas para ello como las napolitanas. Ya sabéis: Cor’ingrato, Santa Lucia, Funiculí, Torna a Surriento, O sole mío… todos auténticos himnos para los naturales de Nápoles y sus alrededores, verdaderos santos y señas de un golfo privilegiado, de una tierra llena de aroma a limón y sabores de un tomate inolvidable, con un volcán que lo preside todo y unas costas empinadas y verdes, con pueblos maravillosos en sus laderas.

La plaza principal y el Duomo de Amalfi con su gran escalinata.

Hace unos días he comprado uno de esos discos de saldo. Casi pensé que me iban a considerar ilegal por comnseguir uno legalmente. Se trata de una selección de canciones napolitanas cantadas por el gran tenor histórico Giusseppe Di Stefano. Una delicia para el oído, con su sonido antiguo y todo. Ahí están todas, o casi, con todo su poder de trasladarnos a las estribaciones del mismo Vesubio.

El Mirador del Infinito, en Ravello, Costa Amalfitana

Y oyendo Torna a Surriento me viene a la cabeza el estrecho y corto paseo marítimo de Positano, en la costa Amalfitana patria del limoncello. Ycuando suena O sole mio, es una calle estrecha y empinada de Ischia, pasando junto a un restaurante con jardín en el que todo el mundo se puso de pie para escucharla. O sus microtaxis. O aquel pizzaiolo de Il Cantuccio de Santorini, Romeo, que me permitió entonarlo con él en la cocina. O la imagen de Nápoles allá lejos, y el volcán vistos desde Procida que llora aún a Massimo Troisi. Y los caminos de Capri y sus taxis descapotables, y el Mirador del Infinito de Ravello, y la escalinata del Duomo de Amalfi, e il tavolo degli  innamorati que nos ofreció aquel camarero para captarnos como clientes aquella noche.

Penélope, en taxi descapotable por Capri.

Y sin embargo, nunca paré en Nápoles, demasiado temeroso por las noticias, los rumores, la fama, las imágenes… Dos veces atravesada y las dos en taxi, del aeropuerto al puerto, del puerto a la estación. Y mira que tiene nombres que excitan mi imaginación. Oíd como suena: Spaccanapoli, Quartieri Spagnoli… Pero no. Tantas veces degustado su entorno y aún no puse la mano en su corazón palpitante. Quién sabe.

Los útiles microtaxis en Ischia.
 
“El que canta su mal espanta”, reza el sabio refrán, así que en estos tiempos de mares con galerna, recordemos las noches del Mediterráneo, para a pesar de todo seguir en nuestra apreciada, personal, alegre e inabordable barca, plácida l’unda, próspero il vento. Y atentos, seguimos navegando:

Un gato, en las calles de Ischia.

Bérgamo, un descubrimiento

Ulyfox | 22 de enero de 2012 a las 3:07

Variedad de columnas en una ventana de la Capilla Colleoni.

La silueta de Bérgamo desde la fortaleza de La Rocca

Aunque no lo creáis, dentro de poco será primavera y entonces, admitidlo, os volverán las ganas de viajar, esas que nosotros nunca perdemos. Para entonces, para cuando con el buen tiempo que asoma os empiece a revolotear la mariposa en el estómago, y la imaginación se os vaya en busca exploradora de lugares bonitos, interesantes, no demasiado caros, con la mezcla casi perfecta de arte, paisaje y buena comida, tengo el destino ideal. Digamos que Bérgamo, enLombardía, el Norte de Italia, muy cerca de Milán y casi en Suiza. Lo hemos descubierto en nuestro reciente viaje por la zona, hace solo diez días, ay.

El esplendor medieval de la Piazza Vechia

En primer lugar, Bérgamo tiene una interesante oferta de vuelos baratos. En lo que nos importa, he visto que Ryanair tiene ahora mismo vuelos desde Sevilla por menos de 30 euros en plena Semana Santa. El aeropuerto está a solo 4 kilómetros del centro, lo cual es también muy convenitente por si los horarios son intempestivos como suele ocurrir con los low cost.

El pórtico de la basílica de Santa María y a su lado la extraña Capilla Colleoni.

Y lo más importante: es una ciudad preciosa, una de esas joyas desconocidas de la culta y elegante Italia norteña, con un tamaño manejable. Dividida en la Citá Alta y la Citá Bassa, la primera, rodeada demurallas, es una delicia medieval, mientras que la segunda tiene todo un despliegue de calles limpias, amplias y llenas de tiendas.

Los fascinantes leones de mármol del pórtico trasero de la basílica de Santa María

A la Citá Alta se puede acceder comodísimamente en funicular. Es fantástico, porque sales de un medio mecánico moderno y desembocas de pronto en un entorno pétreo de palacios y adoquines, como si el funicular fuese aquella máquina del tiempo de H.G. Wells. Hay que buscar la basílica de Santa María Maggiore para admirar en su trasera el pórtico románico de mármol, con esas dos sorprendentes columnas apoyadas en espléndidos leones blancos, que me recordaban otra catedral muy parecida, en la isla croata de Korcula, probablemente por el común dominio de la República de Venecia. Pero si rodeamos la basílica descubriremos otro pórtico lleno de figuras y a su lado una estrambótica capilla renacentista con decoración excesiva, la Capilla Colleoni, en cuya fachada el artista ensayó varios tipos de columnas.

 

En la calle principal de la Citá Alta de Bérgamo.

Y justo detrás, la evocadora Piazza Vechia, con su hermoso palacio medieval, su extraño reloj de sol en el suelo, su torre y su fuente. Y a partir de ahí, callejear hasta la imponente fortaleza llamada la Rocca por un lado, llena de homenajes a los héroes italianos, y hasta la Ciudadela por el otro. En medio, una calle larga con tiendas, restaurantes, confiterías bellamente decoradas que anuncian la polenta dulce y el Pane di Spagna, una especie de bizcocho; bares de vinos, trattorías, torres…

Escaparate de una de las numerosas y bien surtidas pastelerías.

Y no se puede desdeñar que Bérgamo tiene una ubicación que permite, si la estancia es corta poder visitar ciudades como Verona y Padua y parajes como los lagos de Como y Garda, o si disponemos de una semana acercarnos incluso hasta Venecia. ¿Qué más queréis? ¡Ah, sí! Por si os gusta la ópera, sabed que aquí nació y murió el gran Gaetano Donizetti, ya sabéis, L’elisir d’amore: Una furtiva lácrima y esas cosas tan preciosas…

Placa dedicada a Donizetti, en la casa en la que murió.

Una pista que nunca viene mal: nosotros nos alojamos en el Hotel Piemontese, y la habitación triple nos pareció estupenda, con un amplio cuarto de baño. La situación también es muy buena, junto a la estación ferroviaria y cerca del centro. Muy recomendable: http://www.hotelpiemontese.com/r/default.asp?iId=HGHFIHF

Una bruja buena

Ulyfox | 15 de enero de 2012 a las 22:47

La Befana vuela ante el Duomo de Como.

Es ésta, la de la foto, que vuela sobre la plaza del Duomo de Como, la ciudad del lago, sobre su escoba y recortando su figura sobre la fachada de la catedral gótica. Es la versión italiana de nuestros Reyes Magos. En Italia, es una bruja buena la que reparte los regalos a los niños en el día de la Epifanía. De hecho, de este apelativo viene su nombre: de Epifanía, Befana.

Los niños de Como se dirigen a recoger sus regalos en el Ayuntamiento.

La Befana sobrevuela las ciudades italianas el 6 de enero para repartir caramelos y otras chucherías. Nosotros vimos hace días a una de ellas (eso sí, ayudada por un sistema de cables y por el buen trabajo de los bomberos) como subía hasta el balcón del Ayuntamiento de Como, en cuyo interior le esperaban cientos de niños para recibir su presente. Nos reímos con ellos, lo pasamos bien,  y luego nos admiramos con la iluminación especial que lucían los edificios de la plaza.

Sonrisas ante la iluminación en las fachadas de Como el dia de la Epifanía.

Las mismas cosas en todos los lugares: siempre hay una festividad en la que una figura sagrada, o mítica, o popular reparte sus bendiciones o sus regalos a los niños en estas fechas. Bienvenidos sean los Magos de Oriente, Santa Claus, San Nicolás, Papá Noel, olentzero y cagatió en todas sus versiones ilusionadas y maravillosas para que los niños no pierdan nunca su mirada atónita ante lo mágico. Ya tendrán tiempo de quedarse atónitos ante lo injusto y feo.

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Como, un lago romántico

Ulyfox | 14 de enero de 2012 a las 3:24

 

Parejas en Como, al borde del algo al atardecer.

Este lago fantástico es de esos lugares en los que transcurre más de una película de James Bond, y que se reconoce bellísimo en largos, coloridos y rutilantes planos travelings aéreos. Es el mismo, pero nosotros lo hemos visto bello a ratos, cuando el helado viento procedente de los Alpes dejaba en paz sus aguas y el sol podía reflejarse como en la postal que está obligado a ser.

Un momento de calma en el lago.

Eso sí, desde hace años, el lago de Como ha sido para mí el recuerdo de un amigo tristemente, demasiado rápidamente desaparecido. Él estuvo una vez allí de joven, y ya recién casado, siempre le repetía a su mujer que la llevaría algún día. Tanta impresión le causó. Pero la enfermedad no le concedió ese tiempo. El  no pudo volver. Su temprana viuda no sé si lo hizo, a ella le perdimos la pista casi en seguida. Poco antes de irse, repetía que sentía que su futuro estaba en el Norte, de donde era originaria su familia, y creo que allí se fue. Quizá por ese ribete trágico a mí el lugar me llamaba tanto la atención.

Pe y Pe, en el lago.

Así que en este último giro por la Italia del Norte, planeamos tres noches en Como, en la región llamada de Lombardía y Los Lagos, dispuestos a admirar sus orillas de pueblos colgados, sus laderas nevadas y sus villas de lujo. La verdad, no fue para tanto.

El Duomo de Como, rima, medida y ritmo.

Como es sin duda, una población elegante, antigua y señorial, lo cual en Italia y a determinados tamaños y latitudes es como una seña obligada. La ciudad que da nombre a lago tan famoso y que es cuna de Alessandro Volta, el inventor de la pila eléctrica, tiene un Duomo espléndido, unas callejuelas animadas que en verano deben estarlo mucho más, y una gran variedad de tiendas.

Decoración de una casa en Como.

Ante ella se despliega una masa de agua enorme, de origen glaciar y con forma de ‘y’ invertida que hace las delicias de los turistas. Nosotros encontramos las montañas sin nieve, con árboles despoblados por el invierno, un viento helador y unos días muy cortos. Nada de eso desanimó a los visitantes, que llenaban sus calles.

Vista desde el barco a Bellagio.

El segundo día subimos en el funicular a Brunate a ver las lejanas vistas y al tercero montamos en un barco a conocer la llamada joya del lago: el pueblo de Bellagio, ciertamente hermoso, de jardines y colores italianos en un entorno que diríamos suizo, encaramado en un entrante que se forma en lo que llamaríamos el ángulo de la ‘y’ invertida. El lugar es bello, profundamente inspirador para algunos de los que fueron sus visitantes ilustres, como el gran compositor romántico Franz Liszt, que vivió aquí un romance apasionado. Barcos, lagos, montañas, y nieve en las cumbres, mezclados con polenta y pasta. A lo lejos, en las cimas blancas de los Alpes, se adivinaba el mal tiempo, y aunque era allí, lejos, la bruma no dejaba por eso de causar un miedo blanquecino, como un temor imaginado a lo dura que sería perder el camino en esos riscos.

Bellagio es la joya del lago.

A nuestro amigo Enrique le entusiasmó ese recuerdo hasta su temprana muerte. Nosotros no hemos podido llegar a compartir su entusiasmo, pese al paseo civilizado hasta la fuente en el lago, las calles señoriales y la comprobación de que Italia es grande en todos sus rincones. No sabemos si en verano…

Patos, agua y nieve.

POR SI OS ANIMÁIS: Nosotros llegamos hasta Como en tren rápido (freccia rossa) desde Florencia y haciendo un corto trasbordo en la estación Milano Centrale. Así que obviamente, se puede llegar en media hora desde Milán. También, desde Bérgamo haciendo trasbordo en Monza en poco más de una hora. Tanto el aeropuerto de Milán Malpensa como el de Bérgamo acogen vuelos de bajo coste de Ryanair y Easyjet. Nosotros nos alojamos en el Hotel Marco’s: digamos que aceptable. El personal es muy atento, eso sí. Pero la oferta hotelera es amplia.

Renacimos en Florencia

Ulyfox | 8 de enero de 2012 a las 19:45

Un detalle de la fachada de Santa Maria Novella

Me tengo que armar de arrojo y de todas mis herramientas para adentrarme en el maravilloso empeño de contar Florencia, ansioso ante el reto de relatar con palabras esto. No es solo una ciudad llena de arte. Es el lugar donde nació el Renacimiento, con toda su redundancia, que es como decir que el hombre se alumbró a sí mismo, como si hubiera dicho qué he estado haciendo durante siglos, y se decidiera a redimirse en un derroche de humanismo de tanta época oscura. Con todo lo que ello implica de belleza y a la vez de miserables envidias, intrigas, asesinatos y corrupción. Todo esto, en un conjunto relativamente reducido de calles, esquinas, plazas y cruces.

La impresionante fachada principal del Duomo.

Y estábamos allí. Lo primero, fundamental cuando se trata de pasar varios días en un lugar, es el hotel. Tantas tardes de investigación por parte de Penélope dieron un resultado fantástico: el Hotel Alba Palace (http://www.hotelalbaflorence.com/) a diez minutos andando de todo lo importante y aún más cerca de la estación ferroviaria de Santa María Novella. La habitación triple es estupenda, el desayuno bastante bien servido y todo por un precio más que justo.

La asombrosa cúpula de Bruneleschi sigue maravillando siglos después.

 

Acomodados, nos pareció increíble estar a tan pocos pasos de las obras de arte más maravillosas que ha dado el hombre. Nada más salir del hotel nos topamos con la asombrosamente bella y sencilla fachada de mármol blanco y verde de Santa María Novella, con un gran frontón sobre su parte baja románica. Y dentro: Giotto, Masaccio, Ghirlandaio, Brunelleschi… tantos dejaron su firma en colores y líneas que es como un capítulo entero de la Historia del Arte. La desgracia de los horarios de apertura nos impidió visitar el claustro con los frescos del extraño Paolo Ucello. Sará un’ altra volta!

Hay muchas formas de cruzar el Arno. Por ejemplo, el puente de la Trinitá.

El Duomo, la catedral de Santa María de las Flores se va agrandando al final de la calle, entre la sombra de la mañana, con el Baptisterio delante, aún sin haber sido sometido a trabajos de limpieza, sucio y chorreante.

Una comida toscana en Il Paiolo de Florencia

 

Al avanzar, empieza a verse a su espalda la fachada brillante de blanco, verde, rosa, filigrana, esculturas, agujas, arcos, ventanas, galerías, rosetones, hacia arriba, hacia arriba, y la vista se pasea atónita, se detiene extasiada, se humedece, y la boca sonríe o se abre mientras el cuello empieza a sufrir dolores.

Y ver el 'Perseo' de Cellini desde todas los ángulos es gratis en la Signoria.

Porque luego del derroche de la fachada hay que admirar el elegante, alto campanile que diseñó Giotto para acompañar esta mole culminada por la milagrosa cúpula de Brunelleschi.

¿Quién se atreve con estos guardianes?

Y paro porque no quiero hacer una guía de Florencia, y porque luego pasamos por la plaza de la Signoria, y allí estaban David, Neptuno, Perseo, Hércules, los romanos raptando sabinas… fabricados por Miguel Angel, Cellini, Giambologna y destacando imponentes recortados sobre el Palazzo Vechio y la Logia de la Signoria, gobernando el bullicio… por dios, por dios, Stendhal se desmayó al no poder su cuerpo asimilar tanta belleza, dicen y es probable que fuera verdad.

Nero d'Avola, Sangiovese y Chardonnay, vinos toscanos junto a las Capelle Medicee.

Otro día lluvioso fue para admirar la fuerza de Miguel Angel en las esculturas que hizo para el sepulcro de Lorenzo el Magnífico. Luego, ante el David en la Galería de la Academia, la admiración nos calló las bocas ante ese cuerpo de mármol que evidentemente está vivo, y de pasada reflexionamos sobre el turismo masivo recordando que nuestra primera vez, hace 25 años, no tuvimos que pasar ninguna bolsa por el escáner, ni la escultura más famosa del mundo estaba r0deada por una barrera de cristal.

Las estatuas vigilan el bullicio en la plaza de la Signoria.

Y fue el Ponte Vecchio, y fue el Arno y fueron sus trattorias populares y su vino, y la bistecca y la ribollita y hasta el aroma de su aceite de trufa. Florencia, donde el hombre renació. Con gusto le preguntaría a Leonardo sobre estos tiempos de hoy. O tal vez Bocaccio tenga la respuesta y el diagnóstico ¿estamos muriendo ahora, 600 años después de aquel Renacimiento? O Dante, que conoce el Infierno.

El Ponte Vecchio, en el mediodía nublado.

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