Archivos para el tag ‘Italia’

Toscana escondida

Ulyfox | 3 de agosto de 2018 a las 18:30

Vista general de Pitigliano, sobre la roca.

Vista general de Pitigliano, sobre la roca.

Bueno, no está tan escondida. Ya casi no hay lugares escondidos en este planeta, sobre todo si hablamos de países tan turísticos como Italia, o cualquier otro europeo. Es verdad que nosotros buscamos esos rincones, tan atractivos como los más famosos y seguramente mucho más auténticos, aunque eso siempre es relativo: solo los autóctonos saben lo que es auténtico. Nosotros, los forasteros, sólo podemos hablar de lo que nos parece. En cualquier caso, nosotros siempre vamos buscando lo (que nos parece) bello. Y esos pueblecitos del interior de la Toscana nos lo parecían.

Calles del interior de Pitigilano.

Calles del interior de Pitigliano.

Pitigliano y Sorano, esos son sus nombres. Pueblos fuertes, amurallados, uno por su misma situación sobre una roca y el otro por un modesto muro casi invisible, pero con hermosa puerta y todo: lo que para nosotros significa escondido. Los había encontrado, en su afán explorador sobre los mapas, Penélope, que más parece muchas veces merecer el nombre de Ulises. Se encontraban en nuestro camino previsto desde que debíamos desembarcar en Porto Santo Stefano y la brillante ciudad de Orvieto, la de reluciente catedral. Apenas dos paradas, dos altos agradables para llegar a buena hora.

Pacita de Pitigliano.

Pacita de Pitigliano.

Un poco antes de mediodía llegamos a Pitigliano, y la silueta hermosa de su caserío antiguo nos recibió desde una curva de la carretera. Preciosa imagen, antigua estampa de piedra rubia, tejados rojos y la imprescindible torre del Duomo dominándolo todo. Hacía calor, en las calles no había mucha gente a esa hora canicular, apenas unas cuantas personas que como nosotros buscaban pasear por la escasa sombra que permitía un sol casi en todo lo alto. Cuestas, alguna iglesia pequeña escondida en una plazuela que casi no merecía ese nombre, una judería oscura a la que llaman Pequeña Jerusalén, un Duomo modesto con una torre fortificada, y a la entrada, para dulcificar el camino, una fuente de mármol travertino en una plaza amplia con vistas al valle. A su lado un impresionante palacio, el de los Orsini, la familia que era dueña de los contornos, supongo. Comimos en Pitigliano, porque en Italia las horas de almuerzo son increíblemente tempranas para nosotros, y no lo hicimos de manera especialmente memorable. La renombrada trufa parecía haber perdido su aroma. Ni mal ni bien.

La catedral de Pitigilano.

La catedral de Pitigliano.

 

La Fontana delle Sette Canelle.

La Fontana delle Sette Canelle.

 

Fachada del palacio Orsini.

Fachada del palacio Orsini.

La siguiente parada, entre carreteras estrechas y sinuosas, estaba en Sorano. Aquí, tras la sobremesa, el calor apretaba, y el paseo se acompañó con uno de esos helados en los que los italianos son unos maestros. El pueblo dormía la siesta o acababa de despertar en el caso de algunos pocos que abrían sus tiendas. Si en el caso de Pitigliano las fachadas eran de un gris como enfoscado sin lucir, en Sorano abundaba el color toscano, esos tonos pasteles tan identificativos. Parecía tener como… más clase, para entendernos. Una roca enorme en el centro del pueblo alberga una torre señorial. Desde su altura se domina todo el contorno, y parece tener una conexión visual evidente con el castillo al otro lado. Alrededor, todo es un bosque frondoso. El paseo por sus calles deja la sensación de una agradable tarea de sube y baja que se realiza sin esfuerzo, y como si al acabarla hubieras aprendido algo, sin poder indicar muy bien lo que es.

Vista del castillo y parte del caserío de Sorano.

Vista del castillo y parte del caserío de Sorano.

De esta manera, a lo tonto, ya estábamos en el pomeriggio, esa hora de la primera tarde de nombre tan maravilloso en italiano. No estábamos demasiado lejos de Orvieto, pero no contábamos con la intrincada red de carreteras de esa zona llena de pueblecitos. Atravesamos algunos preciosos, nos perdimos en otros cuyo nombre no recuerdo, extraviamos algunos cruces, de manera que llegamos casi a punto de perdernos la brillante luz de la fachada de la catedral de Orvieto al atardecer. Por poco…

Pero esa es ya otra historia.

DSC_0412

Dos imágenes del interior de Sorano.

Dos imágenes del interior de Sorano.

 

Isla de Giglio, la mar de Toscana

Ulyfox | 21 de mayo de 2018 a las 10:16

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Volver a Italia se nos está haciendo tan habitual casi como volver a Grecia. Es imposible la comparación, nunca podrán igualarse en nuestros corazones, pero Italia tiene buena parte de ese encanto, faltándole lo que para nosotros es la inocencia con la que nos identificamos, la confianza que nos hace creer que estamos en nuestra casa. Pero Italia… Italia es sencillamente maravillosa. No hay un país que atesore tanto arte, tanto monumento, tanto ejemplo de transformación humana de elementos materiales en sensaciones espirituales. Por eso volvimos a Toscana, aunque queríamos una sensación diferente al huracán renacentista y barroco. Por eso nos dijimos: vayamos al mar. Y en el mar, vayamos a una isla, montemos en un barco, arribemos a un puerto, cenemos sobre la playa… Y nos fuimos a visitar la isla de Giglio. Y para llegar a ella teníamos que partir desde Porto Santo Stefano, a donde llegamos en coche desde el aeropuerto de Pisa.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano es un lugar con el encanto de los puertos marineros que son además salida para ferries turísticos. Colores toscanos en las fachadas, mucha gente, mucho tránsito, mucho movimiento, entendiendo siempre el ‘mucho’ a una escala menor que en los lugares de turismo masivo. Llegamos por la tarde, la mejor hora en ese verano incipiente, con tiempo para un corto paseo, tomar un aperitivo al atardecer y dilatar la entrada en el hotel. Y con la predisposición perfecta para después del registro en recepción, salir a cenar algo de pescado frito, ensalada y spaghetti con almejas. ¿Se puede concebir mejor menú de recepción en Italia? En Lo Sfizio, una trattoría muy recomendable, por si acontece que pasáis por allí.

Colores en Giglio Porto.

Colores en Giglio Porto.

A la mañana siguiente, muy tempranito, tomamos el tranquilo ferry hasta Giglio. A muchos os sonará el nombre. Fue contra las rocas cercanas a la principal población de la isla, Giglio Porto, donde el capitán Schettino estrelló su crucero, el ‘Costa Concordia’, por tirarse un farol con su novia de ese momento causando decenas de muertos. El buque permaneció allí volcado durante meses y se convirtió en una atracción de primer orden. Cuando estuvimos nosotros, aún quedaban gigantescas grúas junto al puerto.

Atardecer en Giglio Porto.

Atardecer en Giglio Porto.

Aparte de eso, evidentemente, Giglio Porto tiene muchos más atractivos, el menor de los cuales no es la tranquilidad, propiciada por que tiene la capacidad hotelera que tiene. Durante el día abundan los excursionistas de unas horas llegados en ferry, pero con la noche, el ambiente se vuelve familiar y elegante a la vez, con mucho lino, mucho estilo italiano y un paseo frente al mar (lungomare) corto y gozoso. Se disfruta de la playa con la luz y se vuelve al puerto con el frescor de la ducha, el perfume y la camisa vacacional.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

La estupenda playa de Giglio Campese.

La estupenda playa de Giglio Campese.

Para el baño, en dos días de estancia, se tiene la opción de dar un paseo a pie revitalizante hasta la cercana Spiaggia delle Cannelle, en una cala turquesa, con la cómoda vuelta en microbús para esa hora mágica. Y al otro día, se puede tomar ese mismo transporte público para acceder a la más amplia y turística Giglio Campese, haciendo una parada de un par de horas en el bello pueblecito amurallado que corona la isla, Giglio Castello. No se toman mucho trabajo para poner nombres a los lugares en este minúsculo trozo de tierra. Dirán ellos que para qué; no hay mucha confusión posible entre los tres enclaves.

Vista general de Giglio Castello.

Vista general de Giglio Castello.

En el interior de Castello.

En el interior de Castello.

La parada en Castello da para un recorrido entre casas de piedra enfoscadas con un gris cemento bastante mejorable, pero que encierra una belleza cierta en sus restos de pintura. Desde sus alturas se domina todo el contorno de la isla… cuando las nubes que casi siempre lo rodean lo permiten. El turismo se nota en la existencia de algunas tiendas y unas pocas trattorías interesantes a primera vista, con sus terracitas inestables y sus manteles de cuadros. El hecho de que poca gente lo visite durante el día hace muy interesante el paseo casi para ti solo. Una iglesia y un castillo completan el cuadro perfecto. Mucha gente sube a cenar en sus callejuelas al atardecer.

El 'lungomare' de Giglio Porto.

El ‘lungomare’ de Giglio Porto.

Nosotros cenamos las dos noches en Porto, procurando que fuera poco antes del ocaso, a esa hora europea que frente al mar hace que todo, incluso lo hermoso, aparezca más bello.

A por atún y a ver Trapani

Ulyfox | 12 de mayo de 2015 a las 13:20

Vuelvo a Sicilia ahora, a destiempo y recuperando imágenes y palabras que extravié durante varios meses, por unas palabras de las viajeras Tamara, Bea y Mariángeles. Estuvieron en la impresionante isla hace un año y volvieron encantadas y deseosas de más. Disfrutaron con los templos de Agrigento, con la maravilla singular de Siracusa, con los colores de Taormina, con el encanto pueblerino y balneario de Cefalú. Les quedó, como a nosotros la primera vez, la parte oeste de la tierra que antes fue parte importante de la Magna Grecia. “Tengo muchas ganas de conocer Trapani”, me dijo Tamara, y yo recordé en ese mismo instante el aire tan gaditano y africano que tiene esa zona, tan reconocible.

El Palazzo Senatorio, al final del barroco Corso Vittorio Emanuele.

El Palazzo Senatorio, al final del barroco Corso Vittorio Emanuele.

Es la provincia de Trapani un paisaje de mares y salinas, de cocina en la que el atún rojo (tonno rosso) capturado con una forma de pesca casi calcada a la de la almadraba gaditana es el rey en platos crudos, a la plancha o cocinado con pasta. La misma luz, el sirocco tan parecido al viento de levante nuestro que nos recibió el primer día, las fachadas barrocas de iglesias y palacios, la historia de pasadas y duraderas dominaciones españolas, el pasado fenicio, las procesiones y las  imágenes (los misteri) de la Semana Santa traídas por una cofradía andaluza, hacen de Trapani y sus alrededores un lugar extraña y reconfortantemente familiar para los gaditanos.

Puesto de sombreros en la calle principal de Trapani.

Puesto de sombreros en la calle principal de Trapani.

La misma sensación vuelve a ser tremenda cuando se asoma uno a la fachada marinera de la ciudad y ve aparecer ante sus ojos una copia del Campo del Sur, aunque esta vez mirando más bien hacia el norte.

¿Habrá fachada marítima más gaditana fuera de Cádiz?

¿Habrá fachada marítima más gaditana fuera de Cádiz?

No tiene el oeste la exuberancia artística y paisajística del Oeste. Aquí la vida aparenta haber sido siempre más dura, como más expuesta a los vientos atlánticos, que no son tales puestos que quedan muy lejos, más allá de las columnas de Hércules que tantos marinos atravesaron saliendo de aquí mismo. Aquí en el Oeste siciliano la vida es más africana, casi magrebí, y la cocina repite ingredientes como el cuscús y los pistachos, tan orientales, huellas de invasiones, conquistas e incursiones piratas. Todo parece venir del mar o de allende sus aguas, como vino también el general Garibaldi, cuando empezó con su desembarco en Sicilia la unificación de Italia y el inicio del régimen liberal y republicano que tan bien retrató el conde de Lampedusa con su Gatopardo, la gran novela que describió el cambio de sistema con una frase genial y mil veces repetida: lo nuevo consistía en “cambiar algo para que todo siga igual”.

Algo así como el Campo del Sur mirando al norte.

Algo así como el Campo del Sur mirando al norte.

 

Turistas descansando en el Palazzo Senatorio.

Turistas descansando en el Palazzo Senatorio.

 

Una de las muchas fachadas barrocas en Trapani.

Una de las muchas fachadas barrocas en Trapani.

 

La plaza Garibaldi, con la estatua del gran unificador italiano.

La plaza Garibaldi, con la estatua del gran unificador italiano.

 

Los 'Misteri' de Trapani, en espera de su salida del Viernes Santo.

Los ‘Misteri’ de Trapani, en espera de su salida del Viernes Santo.

 

Aires barrocos italianos en la calle.

Aires barrocos italianos en la calle.

 

Vista de Trapani, desde las alturas de Erice.

Vista de Trapani, desde las alturas de Erice.

El atún siciliano, tal cual y con la sal rosa del Himalaya.

El atún siciliano, fino, en crudo y con la sal rosa del Himalaya.

Foto de una 'almadraba' siciliana, la 'mattanza', en el restaurante.

Foto de una ‘almadraba’ siciliana, la ‘mattanza’, en el restaurante.

 

DSC_6375

Etiquetas: , ,

En un extremo de Roma

Ulyfox | 29 de abril de 2015 a las 13:16

En los jardines de la Villa d'Este romanos.

En los jardines de la Villa Borghese romana.

Por aquel barrio, al norte de Roma, aparentemente alejado está la Villa Borghese, ese gran parque que antes fue jardín privado de una poderosísima familia, como ocurre en tantas otras zonas de la capital italiana, y de toda Italia en general. Nunca habíamos llegado hasta allí, no sé muy bien por qué, en nuestras anteriores visitas. Pero allí estábamos, en nuestro último día de nuestra estancia invernal en la Citá Eterna. Allí, andando por el parque, dirigiéndonos al precioso mirador del Pincio, uno de tantos desde los que suponemos que los grandes ricos de la Roma clásica o renacentista miraban el mundo de la gente inferior y de paso, algo así como sus posesiones terrenales.

La vista es realmente espléndida, y a los pies del Pincio la enorme Piazza del Popolo, lugar de las grandes citas ciudadanas, presidido por el enorme obelisco egipcio, uno de tantos que trajeron los romanos de sus centenarias excursiones a su vasto imperio. A lo lejos, el Vaticano y debajo, como siempre, iglesias y más iglesias, con la hermosa imagen de las dos gemelas de Santa María dei Miracoli y Santa María al Montesanto, genial puerta y remate a la concurrida, comercial y espléndida Via del Corso.

Había mucha gente esa mañana de enero, todavía en plenas fiestas de Año Nuevo. Los cafés rebosaban glamour y dinero. Comenzaban las rebajas además, y los romanos se habían echado a la calle. Al atardecer, prácticamente no se podía andar ni por la calzada. Pero antes, fue agradable observar esta señorial zona, seguramente residencia de gente muy acomodada, quién sabe si alguno de esos aristócratas o grandes burgueses con palacios, con resabios de dolce vita.

Serenidad en una mañana de enero.

Serenidad en una mañana de enero.

 

Vista de la Piazza del Popolo y de Roma, desde el mirador del Pincio.

Vista de la Piazza del Popolo y de Roma, desde el mirador del Pincio.

El precioso mirador del Pincio, desde abajo.

El precioso mirador del Pincio, desde la Piazza del Popolo.

 

Las iglesias gemelas de Santa María dei Miracoli y del Montesanto. en la Piazza del Popolo.

Las iglesias gemelas de Santa María dei Miracoli y del Montesanto. en la Piazza del Popolo.

Etiquetas: , , , ,

A vueltas con el arte

Ulyfox | 5 de abril de 2015 a las 22:43

La escalera de salida de los Museos Vaticanos.

La escalera de salida de los Museos Vaticanos.

Esta también era una de las fotos buscadas. Dentro de los Museos Vaticanos se pueden hacer, pero no en la Capilla Sixtina. De todas formas, qué fotografía se puede hacer que refleje ese derroche desatado de arte, ese torrente de un Miguel Ángel sin más amarre que su genio único. Así que lo mejor es guardarse obligatoriamente la cámara, y en todo caso disparar cuando uno enfila la salida después de un paseo forzosamente ligero por este compendio inabarcable que tantos Papas reunieron, pagando lo mejor de la pintura, la escultura o la decoración de todas las épocas.

Y a la salida, esa larga escalera de caracol para descender de nuevo a la realidad mientras la cabeza le da vueltas a todo lo que acaba de ver, ese remolino de sensaciones que es el Vaticano dentro del vértigo placentero que es Roma.

Un reino de otro mundo, o no

Ulyfox | 17 de febrero de 2015 a las 13:21

La plaza de San Pedro de Roma, en el día de Año Nuevo.

La plaza de San Pedro de Roma, en el día de Año Nuevo.

Pues sí, el día de este último Año Nuevo fuimos a ver al Papa. Estábamos en Roma y entendimos que había que hacerlo, nos apetecía hacerlo. No es que seamos especialmente creyentes, más bien poco. Bueno, más bien nada y más bien descreídos. Pienso más bien, como el inmortal Perich, que la religión ayuda a resolver problemas que no existirían si no existiera la religión. Pero las audiencias públicas del Papa en la plaza de San Pedro forman parte de los atractivos de la Ciudad Eterna, y hay que reconocer que Francisco le ha dado un interés nuevo a este espectáculo coral.

El Papa Francisco, en el Angelus de Año Nuevo en Roma.

El Papa Francisco, en el Angelus de Año Nuevo en Roma.

Una corta, y barata, carrera en taxi nos libró del frío y nos dejó a los pies de la Via della Conciliazione, esa recta y un poco mussoliniana avenida que conduce a la imponente plaza de San Pedro. Ya había mucha gente allí a esa hora cercana al Angelus, y un río humano se dirigía hacia la apabullante fachada de la basílica, atraída por ese imán que es la gran cúpula de Miguel Ángel. La corriente estaba formada por gente suelta, familias, parejas, pero también numerosos grupos organizados como en un desfile, uniformados y con bandas de música, banderas, pancartas y todo tipo de adornos distintivos de su adscripción cristiana y nacional, conjuntos venidos de los cinco continentes y unidos seguramente por lo que se llama una sola fe. Había un aire de alegría, tal vez la que tienen los que están convencidos de que su camino es el correcto. Según se mire y según los momentos, es envidiable esa seguridad.

Hay varias formas de seguir las palabras del Papa en San Pedro.

Hay varias formas de seguir las palabras del Papa en San Pedro.

Como llegamos con tiempo, hubo ocasión de impresionarse y admirar la enorme y equilibrada plaza, introducirse por la Columnata elíptica y simétrica que diseñó Bernini para ‘abrazar’ a los fieles a su llegada, y buscar la ventana por donde habría de asomar Francisco a dar su discurso y rezo del Angelus. Esto fue fácil: era aquella tan pequeña de cuyo alféizar colgaba un gran tapiz rojo, o púrpura o como quiera que se llame ese color tan vaticano.  Por allí apareció en medio de la ovación, puntual como el anuncio del ángel del señor que anunció a María que nos hacía levantarnos de los pupitres en aquel colegio de La Salle todos los mediodías lectivos. No entendí muy bien lo que dijo, y eso que me defiendo bastante bien en italiano, pero estábamos más pendientes de la reacción de la gente, de las fotos, del ambiente, de los gritos conjuntados de un extraño grupo detrás nuestro, que felicitaban al Papa “¡Auguriiiii!”. Creo que habló de inmigrantes y esclavitudes modernas, como siempre con un tono progresista. Es una lástima que todo ese poder de millones de personas unidos por una fe no haya sido dirigido muchas veces en el sentido adecuado. Habría sido imparable una creencia basada en el amor si ese hubiera sido su norte irrenunciable.

La impresionante Columnata de Bernini.

La impresionante Columnata de Bernini, por dentro.

Me quedo con la hermosa imagen que puede provocar el genio humano, esté tocado o no por lo divino, con ese culmen del talento que es la Basílica de San Pedro, con la belleza eterna de los órdenes arquitectónicos clásicos, el dórico, el jónico, el corintio, aún utilizados después de siglos, con la matemática razón puesta al servicio de la estética, o tal vez sea a la inversa, reversa o viceversa. Con la Columnata, con sus 140 estatuas de santos, y hasta con el remate excéntrico de dos mocetones robustos de la Guardia Suiza, guardianes bien terrenales de un reino que dijo ser de otro mundo.

La multitud se encamina a San Pedro por la Via della Conciliazione.

La multitud se encamina a San Pedro por la Via della Conciliazione.

Algunas de las 140 estatuas colocadas sobre las 140 columnas de la plaza.

Algunas de las 140 estatuas colocadas sobre las 140 columnas de la plaza.

 

Dos integrantes de la Guardia Suiza en el Vaticano.

Dos integrantes de la Guardia Suiza en el Vaticano.

Bajo el signo de la antigua Roma

Ulyfox | 6 de febrero de 2015 a las 13:08

En el patio del Museo Capitolino.

En el patio del Museo Capitolino.

 

Uno puede o no emocionarse ante los vestigios desvencijados o extraordinariamente conservados del mundo antiguo. La inteligencia, la sensibilidad y las ganas son particulares. De acuerdo, pero resulta difícil pensar que alguien normal pueda pasar indiferente ante la riqueza arqueológica de ciudades como Roma, que fue varias veces capital del mundo terrenal y desde hace casi dos milenios capital espiritual universal. Es posible que entre el gentío multitudinario que estos pasados Nochevieja y Año Nuevo invadía la Ciudad Eterna, entre los grupos que caminan apresurados tras el paraguas levantado del guía, entre las bandas de jóvenes y no tanto que esgrimen como una nueva arma de disuasión los palos de selfies, es posible que entre todos ellos haya mucha gente a la que le da igual estar pisando el mismo suelo que hollaban los emperadores, centuriones, patricios y plebeyos de la capital del Imperio, pero incluso ellos sentirán un microsegundo el peso ineludible de la historia.

El antiguo mercado de Trajano, un auténtico centro comercial en la Roma antigua.

El antiguo mercado de Trajano, un auténtico centro comercial en la Roma antigua.

Era la tercera vez que visitábamos Roma y sentíamos que se triplicaba, al menos, el gusto de estar allí, en medio del transcurrir imparable de los siglos humanos. Sí, porque aquello era el Foro donde se gobernaba el mundo, era el Coliseo donde se divertían todas las clases sociales con la cruel representación de la vida, era el Teatro de Marcello para la comedia y la tragedia, era el Ara Pacis para brindar por la paz del siglo de Augusto, era la huella del genio humano inmortal de aquellos genios de lo práctico y lo bello, en los bronces y mármoles del Museo Capitolino, en la arquitectura indestructible del Panteón, en la desmesura de los mausoleos imperiales como el que ahora se llama Castel Sant’Angelo.

El arco de Vespasiano, en los Foros Imperiales.

El arco de Settimio Severo, en el Foro romano.

Hay miles de razones para ir y volver a Roma, las siguen desde hace cientos de años millones de personas, todos los caminos del corazón llevan a ella. Aquel centro telúrico que inventaron los romanos sigue atrayendo multitudes que desafían al frío invierno. Aquellos hombres y mujeres de toga y túnica, de legiones y espectáculos sangrientos, de legisladores que marcaron el mundo son los responsables de esta atracción. Hay miles de razones, pero entre ellas, es la más importante el legado en ruinas brillantes de aquellos fundadores.

 

El Foro Romano.

El Foro Romano.

“Ver Roma y después morir” dice el dicho romano para halagar las bellezas de este lugar. Es mejor, pienso yo, ver y volver a ver Roma siempre.

El Coliseo, en la tarde del 31 de diciembre de 2014.

El Coliseo, en la tarde del 31 de diciembre de 2014.

 

Visión nocturna y fría del Arco de Constantino.

Visión nocturna y fría del Arco de Constantino.

 

El Castel Sant'Angelo, antiguo mausoleo de Adriano, y el puente del mismo nombre sobre el Tíber.

El Castel Sant’Angelo, antiguo mausoleo de Adriano, y el puente del mismo nombre sobre el Tíber.

 

El impresionante interior del Coliseo.

El impresionante interior del Coliseo.

 

El gentío ante el Arco de Tito.

El gentío ante el Arco de Tito.

 

El Espinario, maravilloso bronce en los Museos Capitolinos.

El Espinario, maravilloso bronce en los Museos Capitolinos.

 

La Loba Capitolina, símbolo de la antigua Roma.

La Loba Capitolina, símbolo de la antigua Roma.

 

La estatua ecuestre de Marco Aurelio, otra de las joyas del Museo Capitolino.

La estatua ecuestre de Marco Aurelio, otra de las joyas del Museo Capitolino.

 

 

Cerca del Teatro Marcello.

Cerca del Teatro Marcello.

 

Ante el Ara Pacis, prodigio de la escultura romana.

Ante el Ara Pacis, prodigio de la escultura romana.

Desaparecido en la gran belleza

Ulyfox | 8 de enero de 2015 a las 20:23

Fuente en el patio del Palazzo Nuovo, en el Capitolio romano.

Fuente en el patio del Palazzo Nuovo, en el Capitolio romano.

Desde que la vi en el cartel de La gran belleza, la desconcertante y hermosa película de Sorrentino, me apasionó esa colosal escultura de indudablemente un dios reclinado. Digo yo que será Neptuno o Poseidón, porque tiene una caracola en su mano derecha y está acompañado de peces. Y me preguntaba dónde estaría escondida en la eterna, inabarcable, embriagadora Roma. La he encontrado, en un recién acabado viaje a la capital italiana, donde pasamos el fin de año y unos cuantos días más, y que iremos contando a los lectores que todavía me quedan pese a la inconstancia de mi escritura. Digamos que en esta ocasión tengo algo más de justificación, ya que se nos olvidó el ordenador desde donde acostumbro a contar algunas cosas en estas escapadas a nuestra vida real.

La escultura, ante la que se sienta en el cartel el gran actor Toni Servillo en un supuesto sofá de mármol, está en el patio del Palazzo Nuovo, el lugar por donde se acaba la visita a los Museos Capitolinos, llenos de valiosísimas obras de todos los tiempos. El hallazgo fue sin quererlo, por casualidad, no sabía que estaba ahí. La imaginaba en una secreta estancia de alguno de los palacios que recorre el personaje Gambardella en buena parte de la película. No figura como destacada en las guías, no al nivel del Gálata moribundo, o del Espinario, o de la Loba Capitolina, o de la impresionante estatua ecuestre de bronce de Marco Aurelio, pero me proporcionó más alegría que ninguna de estas obras maestras capitales en esa corta visita. Y ahí os la comparto, por si os llega como a mí. Ya de regreso, salute e buon anno!

 

Etiquetas: , , ,

Un día de playa en San Vito lo Capo

Ulyfox | 29 de agosto de 2014 a las 13:57

Vista general de la magnífica playa de San Vito lo Capo.

Vista general de la magnífica playa de San Vito lo Capo.

No hubo muchos, pero sí algunos señalados en la agenda como lugares y fechas para ir a la playa en nuestra última visita, allá en junio a Sicilia. Uno de ellos era sin duda San Vito lo Capo, indicada por todos como una de las mejores playas de esa isla italiana, allí casi en la punta noroeste, una flecha de rocas y una cumbre que recuerda a ciertas vistas de Gibraltar.

Salimos a visitar San Vito desde nuestra estancia en Trapani (tenemos pendiente hablar de esta curiosa y casi gaditana ciudad costera de sal y atún), más o menos a tres cuartos de hora de carretera, buena parte de ella por la costa. De esta ciudad nos interesaba, ya queda dicho, su playa, una larga media luna de arena dorada y agua increíblemente azul famosa en toda Italia. Siempre me ha llamado la atención la organización de las playas en este país. En muchos lugares es imposible acceder por tu cuenta y libremente. Sólo las más grandes habilitan lugares de instalación libre. En el resto, los espacios están ocupados por instalaciones privadas, de mayo o menor tamaño, en las que tienes que pagar por utilizar sus servicios, muy bien arreglados por otro lado, que suelen llamarse ‘lidos’, denominación que suena a Venecia y a nombres de salas de fiesta en capitales antiguas. Hamacas, sombrillas, duchas, vestidores, suelen ir incluidos en el precio de la entrada, no demasiado caro. Y además, tienen sus restaurantes. Recuerdo alguno especialmente glorioso de calidad, tamaño y servicio en Cefalú. Curiosamente, en San Vito los lidos no tenían restaurante, pero igualmente pudimos almorzar al otro lado de la carretera en la playa.

 

Con un azul infinito.

Con un azul infinito.

Los italianos adoran la playa. Y el ambiente de familias, sombrillas y sonidos les dan un aire a lo Fellini en ‘Amarcord’, como un estilo que nunca morirá. Era finales de junio, en un día entre semana, y estaba llena a rebosar. Y en su casi totalidad eran italianos, parejas con sus niños y sus suegros. Los lidos le dan un aire de uniformidad, puesto que uno se distingue de otro fundamentalmente por el color de sus sombrillas y hamacas.

San Vito lo Capo, junto al pueblo del mismo nombre,es bellísima, y el azul de su agua impresiona incluso a los más curtidos en bañarse en azules. El día empezó soleado pero desde el primer momento se vio que las nubes querían también estar presentes. Primero la más gorda se agarró a la cumbre del gran promontorio y a ella se fueron imantando las demás. Las horas más calurosas transcurrieron en un juego entre claros y grises que proporcionaba una agradable temperatura. Luego, poco a poco, la bruma se fue haciendo la dueña en las alturas.

Pobladísima a finales de junio entre semana.

Pobladísima a finales de junio entre semana.

DSC_6492

Leer el periódico como sea...

Leer el periódico como sea…

 

De un día de playa hay normalmente pocas cosas que contar. Durante los meses de verano aquí en Cádiz, no pisamos la arena. Se nos hace un mundo hacer los preparativos de sombrilla, nevera y sillas y sobre todo la perspectiva de buscar un lugar al coche entre tantos miles. Las cosas del trabajo hacen que sólo dispongamos de tiempo algunos fines de semana, precisamente cuando más gente toma al asalto las playas, cuando el caos y las multitudes se desordenan más. Y por eso anhelamos la tranquilidad de septiembre en las islas griegas. Ahora nos vengaremos. En San Vito, la regulación del aparcamiento en el pueblo y el orden en los lidos hacen que todo sea, curiosamente, más cómodo.

DSC_6500

 

Al final del día, se retira todo el material de playa.

Al final del día, se retira todo el material de playa.

Cuando el día se hizo demasiado oscuro por las nubes y la hora, cuando el personal de los servicios empezaba a recoger el material de playa, decidimos levantar también nosotros nuestros reales y volver a la salada, hermosa y bien surtida de gastronomía Trápani. Os contaremos próximamente, pero antes, ya mismo, nos vamos a Grecia y Turquía.

Nos vamos hablando. Felices vacaciones a los que empiecen y leve retorno a los que acaben

La punta noroeste de Sicilia es espectacular.

La punta noroeste de Sicilia es espectacular.

 

Erice, en las nubes

Ulyfox | 24 de agosto de 2014 a las 19:53

Hacia Erice, en el teleférico, abajo la soleada Trapani.

Hacia Erice, en el teleférico, abajo la soleada Trapani.

DSC_6296

Dicen las guías que en Erice, ese pueblo medieval amurallado y encaramado a casi 600 metros de altura junto a la costa de Trapani, el día puede empezar soleado y luminoso y sumirse de pronto en la oscuridad más absoluta a causa de las nubes, para terminar siendo un mirador privilegiado para un atardecer clarísimo. Así de cambiante es el tiempo. Lo dicen las guías y lo comprobamos nosotros, que muy dispuestos nos montamos en el práctico teleférico que sube al pueblo desde el extrarradio de Trapani. Allá abajo dejamos el coche alquilado en un aparcamiento de pago doble. Doble porque lo haces en la máquina dispuesta a tal efecto, y porque siempre hay un par de espontáneos vigilantes que se presta a explicarte (?) cómo se echa la moneda y se obtiene el ticket. Al fin y al cabo estamos en Sicilia, la patria de la Mafia, y les dejas un euro de más, no vaya a ser que se lo tomen como un asunto de negocios y nada personal.

Ante la catedral ya se empezó a cubrir el cielo... y los hombros.

Ante la catedral ya se empezó a cubrir el cielo… y los hombros.

El hermoso rosetón de la catedral, visto desde el campanario.

El hermoso rosetón de la catedral, visto desde el campanario.

Sobre los tejados de Erice.

Sobre los tejados de Erice.

Pues eso, que hicimos el espectacular ascenso colgados en la cabina transparente desde el mar y las salinas hasta las alturas de Erice, y desembocamos en la puerta amurallada. Desde el sol tenue hasta la nube más gris pasando por todos los tonos del gris. Entramos en la villa de pasado aragonés y calles de piedra, contemplamos la bella y sobria catedral de definido estilo gótico junto a la alta torre campanario, y la osada vestimenta veraniega que llevábamos se reveló enseguida como muy insuficiente, y un par de pañuelos para los hombros de las damas no bastaron. Yo quizá iba más acalorado porque había subido hasta lo alto del campanario, por una estrecha, retorcida y empinada escalera interior de caracol. De nuevo nos asombramos de la previsión de los otros turistas, que de pronto y en nutridos grupos se abrigaron contra la niebla con estupendas chaquetillas marineras. Nosotros, otra vez, pecamos de meridionales. Todo era ir subiendo las empinadas callejuelas de Erice e ir metiéndonos en la nube, hasta que ya en la plaza principal nos descubrimos rodeados como por una humareda que pasaba rauda. No era humo, sino niebla, una humedad que se metía por todos nuestros desprotegidos poros. El gris nuboso que difuminaba los colores y apagaba los sonidos le daba un aire aún más medieval al sin duda hermoso escenario, más propio de la norteña Toscana que de la sureña Sicilia.

Decoración de una fachada de Erice.

Decoración de una fachada de Erice.

La calle principal de Erice (Corso Vittorio Emmanuelle) sube siempre.

La calle principal de Erice (Corso Vittorio Emanuele) sube siempre.

DSC_6334

Penélope en Erice.

Penélope en Erice.

Habíamos pensado almorzar en alguna terraza o mirador de los que se aparecían ante nuestra vista, pero ciertamente la temperatura y el enjambre turístico en que se convirtió de repente el enclave, que en otros tiempos albergara templos dedicados al carnal culto de la erótica Venus, nos desanimaron un poco. La cosa se limitó a una cerveza muy fría (literalmente) bajo las sombrillas de un local para guiris. No puedo recordar nada muy especial de este pueblo, bonito sí, que figura en todas las recomendaciones sicilianas, pero que no guardaré entre mis cientos de lugares imprescindibles de esta isla singular y única. Tal vez le faltó el sol que habría dejado ver la espectacular costa desde su defensiva altura. Y le sobró humedad, sin duda.

DSC_6336

En una iglesia de Erice

Exterior e interior de una iglesia de Erice.

La niebla empezó a atraparnos en la plaza principal.

La niebla empezó a atraparnos en la plaza principal.

Pareció darnos una tregua...

Pareció darnos una tregua…

 

... pero era una trampa.

… pero era una trampa.

No es un parque centroeuropeo sino siciliano.

No es un parque centroeuropeo sino siciliano.

Compramos algunos recuerdos, hicimos muchas fotos, claro, cumplimos con el recorrido y visitamos iglesias y monasterios en ruinas, pero no nos acercamos al Castillo de Venus, situado en el lado más azotado por el viento y la niebla, que juntos formaban una especie de ducha que arrugaba los folletos y el mapa que nos dieron en la oficina de información, y alisaba los bellos rizos naturales de Penélope. Tal vez si hubiéramos ido hasta la fortaleza construida por los normandos habríamos contemplado ese efecto que los lugareños llaman ‘el velo de Venus’, cuando la bruma envuelve sus torres sobre el risco. Pero no. En lugar de eso, nos dirigimos al teleférico en busca de la cálida costa, allá abajo.

Últimas visiones de Erice.

Últimas visiones de Erice.

DSC_6368

Etiquetas: , , ,