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Un plato jordano para Mangasverdes

Ulyfox | 24 de septiembre de 2011 a las 21:26

Me manda Mangasverdes escribir algo sobre la gastronomía de Jordania, ahora que lo escrito todo, o casi todo, del reino hachemita. Y me temo que no tengo mucho que decir. Si vas con un grupo y tienes la comida incluida, tienes poco margen para la experimentación.

Por lo que vi, nada diferencia a la comida jordana de lo que entendemos por cocina árabe, o del Medio Oriente. Muy buenos los kebab de diferentes formas o carnes, naturalmente, prohibido el cerdo. En los hoteles, los buffets eran abundantes y buenos: mucha verdura, excelente humus y todo tipo de ensaladas, mucha berenjena, tomate, aceitunas. Legumbres como base, en fin, comida mediterránea, con muchos lazos con la cocina griega, heredera al fin y al cabo de la turca. No aprecié que hubiera quesos especiales de la zona. La parrilla la trabajan estupendamente, y los entremeses, dentro de la tradición árabe.

Mención aparte merece, como en todos los países de aquel rincón mediterráneo, el pan, muy bueno y con sabor. Me gusta especialmente la costumbre de hornear al momento esa especie de torta, como una base crujiente de pizza y servírtela enseguida con la comida.

Y los dulces son de una delicadeza y imaginación sin igual: mucho hojaldre, naturalmente mucha almendra, combinados con fruta natural. Memorable el pastel de pasta filo y crema que nos regaló uno de los últimos días el guía Muatasem, parando el tráfico para comprarlo en una pastelería. Calentito, crujiente, dulce sin ser empalagoso, exquisito. Son grandes aficionados a los frutos secos, y da gusto ver los puestos callejeros y grandes tiendas dedicadas casi en exclusiva a esos productos: pistachos, almendras, cacahuetes… presentados en diferentes preparaciones.

Mangassss ¡que aproveche!

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Muertos en el Mar

Ulyfox | 23 de septiembre de 2011 a las 23:58

En el nivel del mar, a 18 km. del Mar Muerto. Aún tendríamos que bajar 390 metros hasta su orilla.

Es el punto más bajo de la Tierra. En realidad, un hoyo lleno de agua saladísima a 390 metros bajo el nivel del mar, rodeado de desierto, caluroso e inhóspito, con un mar que no lo parece, en el que es imposible refrescarse ni sumergirse.

El cartel lo explica bastante bien. Estábamos allí, en ese punto de la carretera

En realidad debería ser un sitio maldito, ni los peces lo quieren. Y sin embargo, los hoteles y resorts están creciendo como hongos: el Mar Muerto tiene de desagradable hasta el nombre, pero es único, y eso le da el valor que tiene. En sus aguas es imposible hundirse porque la concentración salina es tal que flotas de manera increíble. Además, sus lodos tienen grandes propiedades curativas, o al menos eso dicen. Pero es lo contrario de lo que aquí entenderíamos como un lugar refrescante al que acudir a pasar una semana de relax. Pero la gente va. Vamos.

Ante el Mar Muerto, desde la 'playa' del hotel Movenpick Dead Sea

Fuimos. Estaba incluido en el circuito. Los hoteles son espléndidos, pero no es muy recomendable salir de las habitaciones, admirablemente frescas. Fuimos, aguantamos unas horas bajo la sombrilla, hicimos el baño ritual y nos reímos con la tontería de flotar más que nunca, eso sí con el miedo de que el agua saladísima nos entrara, por ejemplo, en los ojos. No nos animamos a embadurnarnos con el barro curativo.

En la piscina, al menos se podía estar.

El joven camarero sudaba la gota gorda cada vez que nos traía una cerveza, el servicio era inmejorable: te colocaban la hamaca, te preparaban la toalla, te hablaban con una gran sonrisa. Pero el agua del Mar Muerto era una sopa caliente pasada de sal. Ni siquiera las piscinas, bajo un sol inclemente, te refrescaban, aunque era un poco más agradable. Sólo el agua de las duchas, menos mal. Por la noche, la temperatura no bajó demasiado.

Casi al atardecer, frente a las aguas muertas

Todo muy curioso, único, exclusivo, llamativo como una maldición. Para nosotros no es lo mejor de la bíblica y fascinante en muchos otros aspectos Jordania. Un día fue suficiente, ya está, cumplimos. El último de nuestra recordable estancia en el reino hachemita.

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La ciudad romana

Ulyfox | 22 de septiembre de 2011 a las 23:07

El Cardo Máximo de Jerash, la impresionante calle principal de la ciudad romana.

Gerasa, Gerasa, qué bien suena tu nombre a mis oídos amantes de lo eterno. Gerasa de columnatas kilométricas, arcos y pórticos, de dos teatros romanos, de hipódromo, tan bella y espectacularmente conservada para nuestros ojos modernos. Era una de las citas señaladas en nuestro programa del viaje a Jordania. No nos defraudó.

Una joven jordana en el Teatro Grande de Jerash

Gerasa, ahora conocida como Jerash, una de las grandes ciudades del Imperio Romano en Oriente Medio, a ella nos dirigimos en el antepenúltimo día del circuito jordano, pero en nuestro recuerdo quedará en los primeros lugares junto a Petra y el lugar donde murió Moisés.

Entrada monumental y gran escalinata hacia el templo de Artemisa, desde el Cardo Máximo

Ya la entrada al recinto estremece, por el arco que se construyó en honor del emperador Adriano, ese paisano nacido en Itálica, ahí al lado, y que rigió los destinos de Roma durante una de sus épocas más esplendorosas y pacíficas. Un arco con tres puertas, con hornacinas para esculturas, con preciosas molduras labradas, recreándose en la piedra.

El Arco de Adriano, gran entrada a la ciudad.

Casi enseguida asoma uno la mirada asombrada a la conocida como Plaza Ovalada, en realidad el Foro que es como decir la zona comercial, con una columnata espléndida que quizá copió Bernini para la plaza de San Pedro del Vaticano.

En la plaza Ovalada, el antiguo Foro de Jerash

Su llamativa forma y sus raros capiteles jónicos hacen de esta plaza central uno de los símbolos de Jerash.

El Teatro Grande está casi intacto

Y en seguida se desvía la visita para acercarse al gran Teatro en el que ni siquiera hay que imaginarse como era: está como era, junto al templo de Zeus, que debió de ser impresionante. Entre restos del Decumanus y ruinas de iglesias bizantinas, la visita llega al templo de Artemisa y sus columnas corintias. El artista se recreó en las hojas de acanto de sus capiteles rojizos.

Las esbeltas columnas y los restos del templo de Artemisa

Se continúa el histórico paseo hasta el Teatro pequeño, lo que seguramente era un Odeón, es decir un recinto cubierto para espectáculos, igualmente bien conservado.

Penélope, en las gradas del Teatro Pequeño

Pero para mí, para nosotros, la joya es el Cardo Máximo, la calle principal de la ciudad, casi un kilómetro de calzada con las huellas aún de los carros, flanqueada por cientos de columnas de igual altura, exceptuando ciertos tramos más altos que marcaban el acceso a los edificios importantes, y en medio del recorrido el impresionante Ninpheum, que era en realidad una fuente monumental que debía lucir en sus tiempos tan hermosa como la Fontana de Trevi.

Ante el Ninpheum, la espectacular fuente a mitad de camino del Cardo Maximo

Ese largo paseo por el Cardo Máximo es una vuelta al pasado de la Roma más espléndida. Emociona el cruce de calles con el Decumanus, lo que uno ha estudiado en los libros de historia, la ciudad romana diseñada racionalmente, trazada rectilíneamente. Y los restos del mercado, de la carnicería, con las mesas de corte parece que aún sangrando…

El Cardo Maximo, desde las gradas más altas del Teatro Grande.

Se abandona Jerash con la sensación de que nunca se abandonará, como es imposible de olvidar el pasado que nos marcó, que emergerá siempre, como los cientos de columnas que aún quedan por descubrir en la ciudad romana, tal como era.

La Plaza Ovalada y el inicio del Cardo Maximo

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En el Mar Rojo

Ulyfox | 21 de septiembre de 2011 a las 23:58

El baño de las mujeres jordanas en el Mar Rojo

Hay una gran bandera de los pueblos árabes en Aqaba, verde, blanca y negra con un triángulo rojo, tal vez para afirmar la idea de unidad, frente al cercanísimo vecino israelí, ahí mismo, a un tiro (con perdón) de piedra, en la turística ciudad de Eilat. Difícil posición la de Jordania, con fronteras con Israel y los Territorios palestinos por un lado, Siria por el norte e Iraq y Arabia Saudí por el Este. En el centro de todo, intenta mantener un difícil equilibrio en una desequilibrada región. La estrecha franja que es la salida de Jordania al Mar Rojo, en Aqaba, resume todo esto.

Aquí Jordania, y allí enfrente la ciudad israelí de Eilat

Llegamos a Aqaba a media tarde. Del grupo, de las festivas voces de los más animados, Raúl, Tamara, Ricardo, salieron exclamaciones jubilosas al ver el ambiente festivo y veraniego de la simbólica ciudad: “¡Hombre, esto ya es otra cosa, Mohamed! ¡Habernos traído antes aquí, no tanta piedra ni tanta piedra!” Para mí, Aqaba es sobre todo teletipos, miles de teletipos en la primera guerra del Golfo, cuando yo llevaba la información nacional e internacional del periódico. A Ana, la compañera más directamente implicada en la información del Mundo, agobiada por la cantidad de noticias, siempre le hacíamos la misma broma: “Anita, Aqaba yaaa”.

Ahora, Aqaba es una gran playa, está llena de hoteles de todas las categorías y, el día de nuestra llegada, atestada de familias enteras celebrando el final del Ramadán, en medio del excesivo calor. Muchas dormían en las calles y parques, con las esteras extendidas junto a las furgonetas.

El salón de la suite del Movenpick de Aqaba

El hotel al que fuimos, el Movenpick, estaba lleno. Así que como no tenían otra cosa, nos dieron una supersuite, la habitación más grande en la que hemos estado nunca y nunca estaremos: un enorme salón que incluía una mesa de comedor para ocho comensales, un dormitorio enorme, dos baños y una terraza más grande aún que la suite. Un derroche para dos personas tan chicas como nosotros. Nos reímos. El bufé de la cena se asemejaba a una gran boda, tipo la de la hija de El Padrino. Nos reímos de nuevo y lo contamos al día siguiente al resto del grupo.

En el mismo golfo de Aqaba, ante la bandera de los pueblos árabes

El Mar Rojo estaba también lleno de gente, incluso en la playa privada del hotel. El día anterior por la tarde nos sacaron del agua, a golpe de silbato, a las siete de la tarde: medidas de seguridad. Nos dijeron que desde una u otra frontera no es extraño que disparen a quienes vean a esa hora en el mar. Cosas de Oriente Próximo y de la guerra larvada. A la mañana siguiente, se podía ver, tanto en la piscina del hotel como en la playa, el extraño espectáculo (para nosotros al menos) de ver a docenas de mujeres bañándose completamente vestidas o con unos bañadores que las asemejaban a hombres rana. No nos reímos. Difícil tema el de los velos en las mujeres musulmanas. Nos dicen que es voluntario, pero produce cierta desazón, sobre todo al ver a los hombres con ropas normales.

Dejamos Aqaba a mediodía, camino de Amman de nuevo, sorteando un intenso y espeso tráfico de final de Ramadán. Mohamed tuvo otro de esos detalles: paró el microbús en medio del caos, salió y regresó a los pocos minutos con uno de los pasteles más deliciosos que hemos comido nunca: un fino hojaldre oriental relleno de crema pastelera, calentito aún por lo recién hecho. Eso nos ayudó sobremanera a soportar las cinco horas de carretera desértica hasta la capital jordana.

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Los siete pilares de la sabiduría

Ulyfox | 20 de septiembre de 2011 a las 0:45

La montaña de la sabiduría de Lawrence de Arabia, en Wadi Ram.

Escribo las notas sobre Jordania cuando hace ya dos semanas que dejamos ese país, impregnado por el aire griego, con un tiempo fantástico, en un país de calles y terrazas abarrotadas, hecho increíble en un lugar que se supone en quiebra, desde la ventana de la Pensión Theresa en Chania, La Canea, la joya de Creta, cada día más brillante. Pero me toca hablar de beduinos, desierto y tumbas talladas en la roca. Hablaré de Wadi Ram, pues, el sitio en el que no paré de recordar a Ana y el Catalán ante la roca conocida como los Siete Pilares de la Sabiduría, intentando subir la arena imposible de una gran duna roja y mirando al horizonte salpicado de grandes esculturas naturales de roca. Escenarios para Lawrence de Arabia, aliado de hace un siglo con las tribus beduinas contra el imperio otomano.

La marcha por el desierto en jeep.

Fue una visita demasiado rápida, demasiado para turistas, acercarnos a una de las grandes rocas, revolcarnos en la arena, reírnos.

Sentirse la rosa del desierto...

 

Nos faltó pasar la noche en el desierto, charlar con los beduinos, compartir la cena. Sabemos que hay agencias que lo organizan. No deja de ser turístico, pero habríamos vivido la noche en la gran soledad, las estrellas en el cielo limpio.

Por un momento, brevísimo, podías sentirte explorador.

Nada de eso fue posible en un par de horas, aunque sí vislumbrar la belleza del desierto.

En la roja arena del Wadi Ram

 

Pero sí que nos dio tiempo a comprobar de nuevo la habilidad del beduino, basada en la cooperación necesaria.  Apenas comenzábamos la excursión en jeep cuando el coche hizo un extraño y al poco tiempo comprobamos que la rueda trasera izquierda había reventado. Pensamos que la visita al desierto se había fastidiado, pero el conductor salió apresuradamente y dijo: “One minute”. Nos miramos como diciendo: “Sí, un minuto, claro”, y descendimos. Los hechos se sucedieron rápidamente a partir de ese momento. Como avisado por la emergencia, otro jeep apareció en dirección contraria, paró junto a nuestro coche, y mientras nuestro conductor apañaba una piedra sobre la que subió la rueda pinchada, los del otro sacaban una goma de repuesto. La operación de cambio de neumático no duró más de dos minutos, lo juro. Si yo fuera ojeador de Ferrari ya habría fichado a este grupo para el box de mecánicos de Fernando Alonso.

La vertiginosa operación de cambio de neumático en el desierto.

Al poco tiempo, estábamos de nuevo en camino, pero la entrada en boxes no había acabado. Nos adentramos en un poblado, paramos ante una casa, y el chófer gritó un nombre. Aparecieron tres niños con un bidón de gasolina y la carga se produjo en un tiempo récord.

Algunos consiguieron subir a la duna roja.

Así, a punto, a dos paradas, enfilamos hacia el desierto rojo y rosa, un paisaje impresionante, apenas degustado. Lawrence no nos lo habría perdonado, pero visto lo visto, entiendo que en sus batallas buscara la alianza con las tribus beduinas.

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Las habilidades del beduino

Ulyfox | 18 de septiembre de 2011 a las 8:35

 

El beduino, bajando de una de las fachadas de la Pequeña Petra.

Ese beduino estaba en una especie de alero de la portada rosada, grabada en la roca, en la llamada Pequeña Petra, muy cerca de su mucho más conocida hermana mayor. Se trata de una especie de réplica a pequeña escala de la Ciudad Rosada, pero aquí, en lugar de tumbas, las estancias excavadas en la roca se dedicaban a reuniones de negocio y descanso de los nómadas. El lugar está también plagado de cisternas de agua y canalizaciones que servían de suministro a la gran urbe de abajo.

Un rincón de la Pequeña Petra

Nos preguntábamos cómo ese hombre de túnica marrón y pantalón blanco había logrado subir hasta aquella cornisa. La respuesta no la obtuvimos, pero sí vimos como bajó, apoyándose con pies y manos en columnas y grietas, como un spiderman del desierto, sin que la túnica se le arrugara ni el pantalón perdiera su blancura. Si pretendía impresionarnos, a fe que lo consiguió.

El hombre araña del desierto, poco antes de bajar de su nido.

Nuestro guía en Jordania, Mohammed, nos contó varias cosas de los beduinos, los nómadas del desierto, ganaderos y expertos en sacar de la aridez un gran producto agrícola, habitantes durante siglos de las tumbas de Petra. Nos dijo que muchos siguen prefiriendo plantar sus tiendas junto a las carreteras que aceptar las viviendas que les ofrece gratuitamente el rey Abdalá en su afán de integrarlos.

Una de las miles de tiendas beduinas que bordean las carreteras del desierto jordano.

Pasamos por un pueblo limpísimo poblado por beduinos asentados, pero Mohammed nos advirtió: si venís de noche, no encontraréis a nadie en sus casas porque prefieren irse a las montañas a dormir a sus tiendas, que conservan, y a charlar alrededor del fuego. Comprobamos cómo muchos que han aceptado las casas han plantado su tienda en el mismo patio o pegadas a la cerca.

Un beduino con su tenderete a medio montar en las paredes de la Pequeña Petra.

“Pero el beduino es listo, muchos ahora son ricos gracias a que han prosperado en la agricultura, o como propietarios de bazares, el dueño de la principal cadena de gasolineras del país es un beduino”, nos contaba Mohammed. En Petra y en el desierto de Wadi Ram, son los reyes. Y entre camellos, cabras y plantaciones, conservan su misterio, parecen dueños de su destino, como pocos pueblos. Nos pareció.

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Depende del grupo

Ulyfox | 13 de septiembre de 2011 a las 23:15

El grupo, con el guía, en el centro de Amman

El primero que se hizo notar, se le veía bien desde lejos, en lo alto del monte Nebo, era una especie de Pedro Picapiedra (el de la película con personajes reales, intepretado por John Goodman, no el dibujo animado) con camiseta chillona de tirantes, bermudas no mucho más discretos, gafas de sol de marca, tatuajes y dos pequeños aretes en las orejas. Hablaba fuerte y haciendo gala de una gran confianza con el guía, Mohamed. Y llevaba un smartphone con el escudo del Barça en la trasera, el colmo para un madridista como yo. Le acompañaba una mujer morena que desde el principio daba muestras de una enorme paciencia con la estruendosa presencia del grandullón.

Había también un curioso grupo de cuatro jóvenes formado alrededor de una mujer menuda. Se les notaba una gran complicidad y que habían hecho ya varios viajes juntos, y sólo bastante tiempo después nos dimos cuenta de quién formaba pareja con quién. Uno de ellos hablaba como un humorista tipo José Mota.

Había también una madre y una hija portuguesas. La niña tenía nueve años y ella era una mujer delgada y atlética, de modales portugueses, que es lo mismo que decir suaves y discretos. Y una pareja que era la única mayor que nosotros, ella más fumadora que Penélope, lo cual ya es mucho decir.

Parte del grupo, en el colorido interior de una tumba en Petra

Esa era la gente con la que recorrimos Jordania, en nuestro primer viaje en grupo después de muchos años, un pequeño equipo diverso de 12, más el guía y el chófer, los dos por nombre Mohammed, como manda Alá. Lo había escrito antes: acostumbrados a andar por nuestra cuenta, teníamos una cierta prevención a esta forma de viajar. Y al principio, nos pareció que nuestros temores se verían confirmados: el grandullón tenía demasiado propensión a la broma altisonante, a subirse por las tumbas de Petra, a entretenerse el último con los regateos y las compras; el grupo entero parecía mostrar más interés por las tiendas que por los lugares visitados, todo se retrasaba demasiado: yo quería ver Petra y ellos comprar turbantes o botellitas con arenas de colores.

Pero lo que son las cosas: Pedro Picapiedra, por verdadero nombre Ricardo, resultó un dispuesto colaborador con el resto del grupo, un bonachón y un cariñoso juguetón con la niña portuguesa, demostrando así que su mujer, Elena, tenía más de un buen motivo para soportar sus estridencias y su ropa tan turística.

María la Portuguesa no perdía su discreción más que para regañar a su ¡¡Margarida!! pero la niña mostró un gran aguante para su corta edad, y para un itinerario tan duro. Los cuatro jóvenes, Tamara, Jorge (su pareja), Raúl (el humorista) y Dani, nos enseñaron en las aguas del Mar Rojo y al atardecer de Petra su compenetración viajera y su interés por próximos destinos. Mabel y Miguel eran educados e interesados a la vez por las experiencias y las historias de los demás. Nuestras reticencias se fueron despejando, entre risas en las tumbas de colores, revolcones por LA duna de Wadi Ram, y comentarios sobre la calidad diversa de los hoteles que nos iban tocando.

La última y larga charla en un café de Amman.

Y todo culminó el último día, en el microbús, de vuelta a Amman y tras la impactante visita a las ruinas romanas de Jerash, a la que nos acompañaron la mujer y los dos hijos del conductor. Entre vanos intentos de entonarse por parte de Raúl, Ricardo y Elena (lamentable versión de ‘Por el puente de Aranda, se tiró se tiró…’) la joven portuguesita se reveló como una cualificada aspirante a presentadora de shows, y la esposa del chófer, Ekram de bellos ojos verdes, se arrancó con una canción jordana. Alguien dijo que los calladitos de la fila delantera deberían hacer algo también, así que me vi forzado a entonar Ojos verdes, ante los sorprendidos oídos de toda la concurrencia, lo que acabó en un aplauso creo que sincero. Incluso creí entrever una mirada discretamente enamorada por encima de la sonrisa de la bella Ekram, que Alá me perdone.

El grupo al que en cierta forma temíamos nos terminó regalando una hermosa y prolongada tarde en un anochecer lento, sentados en la terraza de un café de Amman, sobre el tráfico de la capital y rodeados de jóvenes jordanas que fumaban cachimbas perfumadas. Allí salieron historias, conocimientos, tú en qué trabajas y todas esas cosas que tardamos demasiado en contarnos. Risas, cafés y dulces árabes, en un final feliz para una corta convivencia de siete días. Así que la respuesta a la pregunta de si es bueno o malo viajar en grupo sólo puede ser una: depende del grupo. Va por ellos.

Un baño en las cristalinas aguas de Halki.

P.S. A Ricardo y Elena, que tanto han pedido esta entrada: por la foto de arriba, tomada hoy mismo en la isla griega de Halki comprenderéis por qué no tengo tiempo de escribir. Hay que dedicar tiempo a admirar estas bellezas y a disfrutar de ellas.

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El día que conocimos Petra

Ulyfox | 9 de septiembre de 2011 a las 19:44

La fachada del Tesoro de Petra, poco antes de salir del Siq.

Ese día estaba marcado en mi agenda desde hace años, marcado en blanco. No pensaba que llegaría, desde que por aquel entonces descubrí en un dominical una fachada de templo griego excavada en una roca rosada, mucho antes de que ni siquiera pensara Spielberg en rodar ‘Indiana Jones y la última cruzada’. Hace tanto… pero ya entonces me dije que tenía que conocer este sitio.

El Tesoro, después del mediodía

Muchos dirían que no hay palabras para describir Petra, y yo digo que hay miles. Lo que pasa es que todas se quedan cortas. A mí me entrecortó la respiración cuando salí del Siq (el Desfiladero) para encontrarme con la fachada del Tesoro, la tumba del rey Aretas IV, la más espléndida última morada que he visto, con sus columnas, frontones y esculturas sacadas de la roca viva. Era como lo habían descrito, pero lo que yo no sabía es que era el principio de cientos de maravillas que veríamos más adelante, un extraordinario primer plato de una comida inolvidable.

El Siq, sinuoso, misterioso y estrecho desfiladero para llegar a Petra

Llegamos temprano al inicio del Siq, señalado por los restos casi inapreciables de un arco de triunfo que hicieron al general Pompeyo cuando visitó la ciudad. No tuvieron más que poner unas piedras entre pared y pared del desfiladero, pero se han caído.

Pasamos por ahí

 

El camino de entrada hacia Petra es este largo pasadizo natural de 1,2 kilómetros de extensión, de anchura variable pero muy angosto en algunos tramos, por los que pasan a lo justo dos personas y en los que es imposible divisar el cielo. Por eso permaneció durante siglos oculta a la mirada de Occidente y en poder de los beduinos, que utilizaron las tumbas como viviendas.

El Siq adopta formas sinuosas. A los lados, las canalizaciones para el agua.

En el Siq las formas, los colores de las piedras, las diversas maneras en que la luz se cuela desde lo alto, los canales hechos en la roca por los nabateos para llevar el agua, sorprenden y maravillan a cada paso. Parecería que está concebido como una forma artificial de ir preparándote el corazón para cuando desemboques a través de esa grieta en la plaza donde está la tumba del Tesoro.

Los beduinos ofrecen hacer una parte del camino en camello.

El Tesoro. Por más que lo hayas visto en cientos de fotos, en folletos turísticos, en televisión e incluso en la película de Indiana Jones, no dejará de apabullarte, pese a los vendedores instalados en frente, pese a los vociferantes hombres que te ofrecen camellos para acercarte a la ciudad romana, algunos cientos de metros más allá, pese a los atuendos de algunos turistas que parecen ignorantes de los que se halla ante ellos.

Estábamos allí.

El Tesoro brillaba casi amarillo a esa hora temprana de la mañana, con el sol dándole de pleno con sus decenas de metros de altura, con sus columnas expuestas a la luz ese día que estuvimos allí, como en todos y cada uno de los cientos de miles de días que lleva construido, pero al regreso, con el astro rey al otro lado, se había convertido en rosa, para hacer honor al sobrenombre de La Ciudad Rosada que lleva Petra.

Tumbas de los ministros en el Desfiladero Frío

Aunque no es una ciudad, bien lo sabéis, sino un inmenso, sublime, loco cementerio ideado por los nabateos, ese pueblo nómada que vivía en tiendas y que llevaba consigo la huella griega y egipcia. Casas eternas de piedra para los muertos, frágiles estructuras desmontables para los esforzados vivos.

Colores naturales impresionantes en el interior de una de las tumbas desgastadas.

Miles de tumbas modestas o suntuosas aparecen a nuestra vista a partir del Tesoro. Panteones esculpidos en la piedra arenisca para los ministros en el llamado Desfiladero Frío, enormes las Tumbas de los Reyes allá arriba en los riscos, huecos desgastadísimos con interiores en los que la roca desértica muestra multitud de vetas de colores, asombrosos e inesperados.

Más colores en pleno desierto pétreo.

En medio, un teatro romano, porque los romanos sí decidieron vivir allí, y más adelante el Cardo Máximo, restos de templos dedicados a dioses aún desconocidos. Y muy arriba, al frente y en lo alto, escondida al final de 850 escalones, la tumba conocida como el Monasterio, la más grande, gigantesca, pero imposible superar en belleza al Tesoro. Una leve indisposición estomacal nos privó de extasiarnos ante el Monasterio. Los que subieron nos dijeron que no estaba mal, pero que era demasiado esfuerzo para el resultado. Algo, sólo algo, nos consoló este comentario.

Al fondo, las Tumbas de los Reyes

La vuelta la hicimos, pues, solos y a un ritmo endiablado, para llegar cuanto antes al hotel, afortunadamente pegado a la salida de Petra. Pero aún nos dio tiempo de comprobar, la vista atrás, a través de la grieta natural, como el Tesoro es efectivamente rosa, un color que ya nos acompañará para siempre como Petra ha aguantado el paso de los siglos y de los pueblos. Un tesoro para ir gastando poco a poco en nuestros recuerdos. Para esto, fundamentalmente, habíamos venido a Jordania.

No se lo pierdan. Si pueden, deben.

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Mohamed cuenta historias de camellos

Ulyfox | 4 de septiembre de 2011 a las 21:57

Mohamed da agua a un camello en Petra.

Cuando un camello macho se da cuenta de que un humano le ha visto copulando con una hembra es capaz de perseguir al humano hasta matarlo, y si por cualquier razón el hombre logra escapar, pongamos en coche, el camello se suicidará. Así de celosos de su intimidad son esos animales extraordinarios, según Mohamed, nuestro guía en Jordania, que nos dio una lección sobre el mejor amigo del beduino, un amigo con malas pulgas. “Hace poco vimos un hecho extraordinario: una cría de camella se escapó hacia la carretera y estaba a punto de ser atropellada por un microbús de turistas, cuando su madre se dio cuenta y corrió para interponerse en el camino. Y logró parar el choque del vehículo con su cuerpo. Claro que quedó muerta, pero salvó a su cría. Así de misericordiosos son estos animales con sus hijos, igual que las personas, bueno, algunas” contaba Mohamed desde su micrófono para ilustrarnos y amenizar el largo viaje por la llamada Carretera del Rey que atraviesa Jordania de norte a sur. Los camellos tienen hasta tres “represas de agua” (en el español pasado por América de este jordano casado con una colombiana) dice Mohamed y son capaces de pasar sin beber hasta 30 días: “Si no huele humedad en kilómetros a la redonda, su cuerpo puede reciclar internamente la orina en agua y aprovecharla, y puede también comer los arbustos con espinas del desierto, sin pincharse gracias a su labio superior partido, y extraer agua de ellos”. Eso dice nuestro guía desde su asiento en el microbús, o mientras da cocacola a uno de estos seres de patas largas acabadas en una pezuña muy ancha, por lo que no se hunden en las arenas”.

Mohamed ofrece sandía al grupo en mitad del camino

 
 

Y estaba muy buena

 

Mohamed dice que es medio payaso por su mitad colombiana, pero yo creo que nació así, y hace las continuas bromas y trampas que los guías tienden a  los grupos de turistas para buscar su complicidad y, tal vez, no se aburran de mosaicos y lugares bíblicos. Pero también, para de pronto en mitad de la autovía y nos invita a una sabrosa sandía: “¿Tengo o no buena mano eligiendo sandías?” reta triunfante con un trozo colorado, jugoso y fresco. “Y está cultivada en el desierto”, advierte para resaltar el gran trabajo del beduino, ese señor de las arenas.

Muttuasem Mohamed nació en Kuwait, en una familia palestina que tuvo que huir de su zona natal, en Nablus, Cisjordania, y es un ardiente defensor del rey Abdalá (“el pueblo lo quiere, lo quiere porque se preocupa por ellos”, asegura) Tiene nueve hermanos, y uno que perdió “por mal de ojo que le echó un hombre”. Cuenta que entonces todo el mundo iba armado, y que su padre le disparó en la cabeza a ese hombre “y le hicieron tres días de fiesta en el pueblo por eso. Ese hombre era muy malo para todo el mundo, tenía los párpados de abajo negros, y los que tienen los ojos así son malos, tienen contacto con el diablo. Es verdad, bueno, se puede creer o no”.

Ha sido nuestro guía, yo diría que un buen guía, en Jordania.

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Un tipo llamado Moisés

Ulyfox | 29 de agosto de 2011 a las 22:18

La Tierra Prometida, desde el Monte Nebo, en Jordania

Aquel hombre tuvo que ser un gran hombre, y a lo mejor no tuvo el final que se merecía. O tal vez sí. Guió a su pueblo, elegido o no, durante cuarenta años, huyendo de Egipto y hacia una tierra prometida, y dejó a su gente a las puertas de su hogar. Pero su figura fue tan fieramente humana que tuvo al menos un par de errores grandes. Por lo visto, demasiado grandes, ya que el dios de su pueblo lo castigó, primero a vagar durante cuarenta años por el desierto junto con ellos, y luego a morir a unos metros de su detino, tras contemplar el valle del Jordán y la tierra de Galilea, verdes de un verde increíble tras tantos años de condena amarillenta y pedregosa.

En el Monte Nebo, recordando a Moisés

Ese lugar desde el que Moisés, Musa para los árabes, divisó los olivos, las viñas y los frutales y en el que quizá comprendiera que su grandeza fue su proyecto, su camino, no el destino, es el Monte Nebo, a poca distancia del Mar Muerto. Allí, posiblemente, fue enterrado por dos ángeles en un lugar indeterminado y aún no hallado. Allí, cuando uno mira al frente no contempla sólo entre brumas los verdes cultivos y Jericó a lo lejos, o no sólo adivina Jerusalén en aquel alto. La mirada atraviesa rauda generaciones enteras, y viaja a historias antiguas oídas a profesores con sotana, ve las barbas de Moisés al viento y seguro, seguro, dos lágrimas asomando a sus ojos de 120 años. Uno, frente a aquel panorama amarillento y antiguo como ninguno,  no mira al cielo, sino que otea la humana dificultad de vivir y el empeño en conseguirlo, el heroísmo de los hombres atravesando siglos. Y estremece.

La piedra que golpeó Moisés y el agua que sigue manando de ella.

¡Es el monte Nebo! ¡Aquí murió Moisés, pero vaya forma de morir! ¡Aquí hemos estado! Luego, más abajo, ya en Wadi Musa (Valle de Moisés), junto a Petra, me atreví a beber agua de una de las fuentes de las que se dice que el líder israelíta hizo brotar golpeando la piedra con su cayado, ese que también separaba las aguas de los mares o se convertía en serpiente para impresionar a los sacerdotes egipcios. Un manantial que surge desde nuestro principio, supongo, y al que las familias de Wadi Musa siguen acudiendo a aprovisionarse, para ellos, para sus animales. Así que supongo que hemos empezado bien nuestro viaje por Jordania.