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Creta para nosotros

Ulyfox | 9 de marzo de 2016 a las 13:34

La calle Kondilaki, de La Canea, solitaria en febrero.

La calle Kondilaki, de La Canea, solitaria en febrero.

 

Desayuno en el puerto de La Canea. Imposible empezar mejor.

Desayuno en el puerto de La Canea. Imposible empezar mejor.

Como no tenemos remedio, hemos vuelto a Creta en cuanto hemos tenido una pequeña oportunidad. Una semanita en la isla del Minotauro, como nuestra particular forma de celebrar el Día de Andalucía, que para ser libres nosotros hemos extendido, como manda el himno, a la Humanidad. No es para daros envidia, aunque deberíais tenerla. Y, como en dos anteriores ocasiones, hemos amado más esa tierra, en invierno, ahora que no está invadida de turistas y el espíritu cretense no siente la necesidad de hacer pactos económicos con nadie.

Un establecimiento, a la espera de que comience la temporada, en La Canea.

Un establecimiento, a la espera de que comience la temporada, en La Canea.

Casi no habría mucho que contar de esta visita, que a nosotros ni siquiera nos pareció una salida al extranjero. Más bien, ha sido como esa vuelta que hacen en determinadas fiestas a su pueblo las personas que están trabajando fuera. Esa ha sido la sensación. Ocasión para reencontrarse con viejos conocidos, sentarse en los cafés acostumbrados y recolocarnos en nuestras tabernas de siempre. Comprobar que la vida no se para, que en Creta afortunadamente la crisis no está golpeando como en otros lugares de la maltratada Grecia. Ellos reciben en temporada el maná del turismo y en invierno limpian y adecentan, y los más se dedican a sus labores en el campo, que pasa a ser en muchos casos casi un hobby felizmente productivo: recolectar aceitunas, hacer aceite, destilar raki… Y en medio de todo eso, los fines de semana siempre hay tiempo para el esparcimiento familiar.

El singular y bellísimo monasterio de Gouvernetos.

El singular y bellísimo monasterio de Gouvernetos.

Era de admirar la noche del sábado, con una temperatura fantástica, el puerto de La Canea lleno de gente que abarrotaba las tabernas en medio de la música tradicional, bailando cuando se sienten ellos, convidando a raki al foráneo que pasaba por allí. Y la estampa repetida al dominguero día siguiente, esta vez con un sol radiante y desfile de familias por los muelles que dejaron los venecianos.

En los pueblos, la gente arreglaba sus negocios para abrir dentro de un mes o en un par de semanas, en La Canea los cada vez más exquisitos establecimientos perfilaban los detalles para tenerlo todo a punto, en el palacio de Cnosos se terminan trabajos de renovación para abrir nuevas zonas al público que dentro de nada circulará por entre estas maravillosas piedras minoicas milenarias… todo está por llegar. El tiempo se portó hospitalaria y amigablemente con nosotros. Parece que este invierno ha sido en Creta tan benigno como por aquí. No tan lejos, las Montañas Blancas (Lefká Ori) mostraban manchas de nieve y no esa gran capa de otros febreros. Sólo durante un momento, en una fugaz visita a la playa de Marathi, muy cerca de La Canea, el temporal de viento azotaba la orilla y el clima compuso una estampa realmente invernal para nosotros. Pero a la vuelta de la esquina, la calma volvió.

Por un momento pareció invierno en la playa de Marathi. Nieve al fondo.

Por un momento pareció invierno en la playa de Marathi. Nieve al fondo.

Y en este calmo ambiente, pudimos entrar por fin en el misterioso monasterio de Gouvernetos, en la península de Akrotiri, revisitar Agia Triada, repasear Rethymnon, disfrutar Heraklion, casi todo en familia, así en la intimidad, Creta para nosotros.

Y encima, coincidió la visita con la comunicación por parte de Anaya Touring de que la primera edición de nuestra guía de Creta, incluida su reimpresión, se ha agotado. Está decidida la segunda edición, y nos encargarán su actualización, así que… vale, aceptamos que os damos envidia.

Las alegrías de la guía

Ulyfox | 2 de noviembre de 2014 a las 21:33

Una mañana radiante en Kato Zakros desde los apartamentos Terra Minoika.

Una mañana radiante en Kato Zakros desde los apartamentos Terra Minoika.

La Canea, septiembre de 2014.

La Canea, septiembre de 2014.

Antes de volver a Creta este pasado septiembre fantaseábamos con la idea de ir paseando por alguna de sus ciudades, pueblos o playas y encontrarnos de pronto con alguien que llevara nuestra guía (ya sabéis, esta: http://www.anayatouring.com/Guias/creta/ ) y presentarnos como los autores, y comentar cosas, y contar nuestra historia, y si hiciera falta dar algún consejo sobre la marcha, y preguntarles temerosos si les había gustado… ¡Pues nos pasó! Y no una sino dos veces.

 

Cenando en el Glossitses de La Canea con Isabel y Santiago, dos de nuestros lectores.

Cenando en el Glossitses de La Canea con Isabel y Santiago, dos de nuestros lectores.

Bien es verdad que una de ellas ya la teníamos preparada. Una pareja de León, Isabel y Santiago, nos escribió hace un tiempo diciéndonos que habían comprado la guía y que se iban a Creta con ella. La feliz casualidad era que coincidía su estancia con la nuestra, así que nos citamos en La Canea en lo que luego resultó una hermosa y larga velada de charla, vino, mejillones, pulpo y sardinas que empezó en una cervecería del puerto, continuó en el maravilloso restaurante Glossitses con la especial atención de su dueño, Christos, y finalizó en el hotel Helena, que coincidentemente también compartimos. Isabel y Santiago parecían encantados con Creta y excuso deciros que eso no nos sorprendía en absoluto. Comentamos la belleza de la isla, la amabilidad de sus gentes, la excelencia de su acogedora hostelería y nosotros participábamos en la conversación con la complacencia de quien oye hablar bien de los suyos. Naturalmente, de aquello derivó un gran deseo de devolver la visita en León. Seguro.

El otro encuentro fue una deliciosa sorpresa en uno de nuestros lugares favoritos de Creta, Kato Zakros, en el extremo oriental, en donde pasamos dos noches invitados por Stella e Ilías, los afortunados dueños de los aparatamentos Stella y Terra Minoika, un paraíso que es como un compendio de la isla con su playa, sus olivares, su garganta, sus tabernas y su importantísimo palacio minoico en unos pocos cientos de metros cuadrados. Esa noche habíamos ido a cenar a la Taberna Nostos porque habíamos resuelto despedirnos del lugar con una kakaviá (suprema sopa de pescado). El dueño, el charlatán Christóforo, ya nos conocía de anteriores ocasiones y había visto también la guía, al igual que sus hijos Angelikí y Kostas. Cuando la hija nos vio llegar nos dijo: “Os tenemos una sorpresa”, sin añadir nada más. Pero al entrar en la preciosa terraza junto al mar vimos en una mesa la inconfundible portada roja del libro, y sentados ante ella a una pareja muy joven. “¡Ah, mira!”” exclamó Penélope, y la argentina Alfonsina y el catalán Charli volvieron la cabeza y nos sonrieron. “¿Sois vosotros los autores?”, preguntó el joven, y nos explicó que habían estado almorzando y que Christóforo les contó que estábamos allí y que por la noche iríamos a su taberna. Y nos esperaban, y nos dieron la satisfacción de decirnos que estaban en ese pueblo y esa taberna, precisamente porque la guía lo recomendaba.

Cantando con Christóforo en su taberna, Nostos, en Kato Zakros.

Cantando con Christóforo en su taberna, Nostos, en Kato Zakros.

El zalamero dueño apareció entonces y volvió a hacer las presentaciones. Y eso dio lugar, naturalmente, a una cena enorme de sabrosísima sopa, y vasos de rakí prolongados. En un momento dado Christóforo contó que su hija se casaba en diciembre, y que había puesto dos condiciones para la boda: que, en contra de la costumbre, no hubiera pistolas ni disparos al aire, y que, otra tradición, Angelikí no tuviera que bailar con todos y cada uno de los parientes y amigos del novio. Y que a cambio, él iba a cantar en la boda. “Porque yo soy cantante -dijo- y tengo varios premios”. Ahí me vine arriba, tal vez por el abundante rakí, y le entoné un estribillo griego para ponerlo a prueba: “An zimizís t’oniró mou, se perimeno narzís…“, que no es otra que la versión original en griego del gran Mikis Theodorakis de la Luna de miel que luego cantaron en español Gloria Lasso y Paloma San Basilio: “Ya siempre unidos, ya siempre, mi corazón con tu amor…“. (Aquí os podéis hacer una idea de lo bien que suena en griego, por Yiannis Parios en el auditorio de Likabitos, casi en el cielo de Atenas:  https://www.youtube.com/watch?v=L7W_s5oZiH8  ). Christóforo recogió el guante y los dos completamos la estrofa enlazados por los hombros. Y luego siguió también un trozo de Ítane mia forá de Nikos Xylouris, y un amago de Los niños del Pireo. Por supuesto, después de los cantos regionales y de la exaltación de la amistad, nos invitó a la cena.

Otra tarde más en La Canea.

Otra tarde más en La Canea.

No habían terminado las alegrías proporcionadas por nuestra pequeña pero bienamada obra. Ya en La Canea, nos llegó que el dueño de la librería Mediterráneo, en el puerto veneciano, quería hablar con nosotros de la guía, que se vendía en su establecimiento y que le había gustado mucho. Y era verdad, puesto que después de comentar lo que él entendía como cualidades del libro, nos hizo una sorprendente propuesta: que era una pena que sólo estuviera en español, a fin de cuentas un idioma minoritario entre los visitantes de Creta, y que estaba dispuesto a traducirla a otros idiomas más usados como el inglés, el alemán, el italiano o ¡el ruso!, que la traducción y la distribución correrían por su cuenta… Lo paramos, claro, eso no dependía de nosotros, sino de la editorial. Insistió en que lo pusiéramos en contacto con ésta… y ahí estamos: la propuesta está en manos ahora del director general de Anaya Touring. No creemos que llegue a buen puerto la cosa, pero ¿quién sabe?

La Canea, veneciana y turca, la joya de Creta. Para daros las gracias.

La Canea, veneciana y turca, la joya de Creta. Para daros las gracias.

Y lo último, no os canso más, ha sido a nuestra vuelta. Nuestra querida editora Ana López nos comunicó hace unos días que la guía está ¡AGOTADA! y que están pensando en una reimpresión para finales de año. No hay ejemplares en sus almacenes, pero seguramente sí quedarán en los puntos de venta. De todas formas, según ella es algo inusual para un destino como Creta, en el que los comerciales de la compañía no confiaban. Afortunadamente, sí confiaron los que más saben: el hasta hace muy poco director de Anaya Touring, Pedro Pardo (vaya usted a saber por qué dejó en manos de un desconocido la escritura de esta guía…)  y la propia Ana. ¿Qué más podemos pedir en apenas siete meses de vida de esta modesta obrita? ¿Cómo os podemos dar las gracias?

Los baños felices

Ulyfox | 19 de noviembre de 2013 a las 0:49

 
Azul intenso en la playa de Elafonisi.

Azul intenso en la playa de Elafonisi.

Pasa el tiempo, llegan los fríos y sigo rememorando nuestra reciente estancia en Grecia. El blog avanza muy lento y, para quitarme la mala conciencia de este ritmo perezoso, me da por pensar que en realidad me estoy administrando una medicina espaciada y lenta, una vez o dos por semana, antes o después de las comidas, al acostarme o al levantarme, con la que curarme la nostalgia. O aliviarme, si no la enfermedad, al menos los síntomas.

Se puede llegar andando al islote.

Se puede llegar andando al islote.

Como diría Fray Luis, contábamos ayer que aún estábamos en Creta, nuestra visita a Paleohora y su cercana playa de Gialiskari. Y mencionábamos de pasada Elafonisi. Pero Elafonisi es una palabra mayor, es un asombro, es la playa con letras capitulares, es una invasión de azul infinito, es algo sin igual. Es difícil llegar, está lejos de cualquier núcleo de población grande, en uno de esos confines impactantes de la isla, pero está llena de sombrillas y hamacas, recibe a miles de personas todos los días en temporada alta. Los visitantes llegan en sus coches, en autobuses de excursión desde La Canea y en barco desde Paleohora, porque es una atracción única. Sí, puede llegar a ser un agobio. Sólo en junio o pasado mediados de septiembre es amable. De cualquier forma, si uno se toma la molestia de caminar un rato hacia el este, encuentra otra playa, descrita como maravillosa y aún no pisada por nosotros, la de Kedrodassos, en la que como su nombre indica, es posible descansar entre baño y baño a la sombra de los cedros y con mucha menos gente.

Hay pocos azules como el de Elafonisi.

Hay pocos azules como el de Elafonisi.

Tras la laguna, la arena.

Tras la laguna, la arena.

Bañarse en el azul.

Bañarse en el azul.

Deportes acuáticos a favor del viento.

Deportes acuáticos a favor del viento.

Y ya dejo de apabullaros.

Y ya dejo de apabullaros.

Ya os hemos hablado alguna vez de Elafonisi, esa gran flecha de arena, prolongada en su base y hacia los lados, que apunta hacia un islote de piedra y más arena. La flecha cambia de anchura según los vientos y las mareas, igual que lo hace la escasa profundidad de las aguas, más bien una serie de lagunas transparentes. Se puede ir andando al islote, hundido hasta la cintura. El lugar adquiere la apariencia de infinito. La mejor visión, como siempre, se obtiene desde las alturas, un poco antes de bajar a la playa. Hemos estado tres veces, siempre buscando la ocasión extraña en la que no sople el viento. En la última casi lo conseguimos, y con eso quiero decir que Eolo tenía un día tranquilito pero no estaba precisamente dormido. Se podía estar de manera agradable, paseamos por la orilla sin que la arena nos fusilara las pantorrilas, cruzamos hasta el islote, nos pudimos bañar sin que el agua perdiera su transparencia, pudimos tirarnos en las hamacas, y comer algo en la escueta cantina, antes de nuestro segundo encuentro de este viaje con La Canea. Os juro que volveremos para intentar ver y vivir Elafonisi sin viento.

La bahía de Souda, con la base de la OTAN y la fortaleza veneciana.

La bahía de Souda, con la base de la OTAN y la fortaleza veneciana.

El tiempo se estaba portando bien con nosotros, que anhelábamos tranquilos y completos días de playa. En Paleohora disfrutamos del calor y la calma. Elafonisi nos mostró su cara más amable esta vez. Y la racha se prolongó en La Canea. Sí, hacía viento, el enemigo mayor del bañista exigente. Pero eso tenía remedio. Miramos la dirección del aire, miramos el mapa y pensamos en nuestras ganas de conocer. Allí, en un rincón de la península de Akrotiri, casi pegada a la famosa base de la OTAN en Souda, aparecía el nombre de Marathi, al resguardo del viento. En llegando vimos que eran dos pequeños trechos de arena dorada divididos por un espigón que daba refugio a unas cuantas barcas. Un islote, de nuevo, cerraba la bahía calmando las aguas. Levantando la vista al otro lado de la bahía de Souda se podía divisar , de este a oeste el cabo Drapanos, con una enorme falla circular a modo de cráter, el farallón de Malaxa con sus ecos bélicos de la batalla de Creta y más allá, muy lejos pero muy grandes, las Montañas Blancas.

Playa de Marathi, con las Montañas Blancas al fondo.

Playa de Marathi, con las Montañas Blancas al fondo.

Un velero, desde la taberna en Marathi.

Un velero, y al fondo la falla-cráter de Drapanos.

Pero aquí cerca, a nuestros pies, el baño cristalino, el baño feliz de las playas domésticas con un público mayoritariamente griego. Detrás unas tabernas muy cuidadas, a medio camino entre la tradición y el diseño y cerrando la playa, como casi siempre, una pequeña capilla blanca. Marathi estaba bien abastecida de público y servicios, pero todo parecía transcurrir con la placidez aparentemente lubricada de lo espontáneo y bien organizado. Cuando ya abandonábamos el remanso, los camareros preparaban las preciosas terrazas para lo que prometía ser una colección de cenas agradables con luz tenue y a la orilla del mar. Nos dio cierta pena dejar aquel lugar, por mucho que este sentimiento se viera mitigado con la promesa de otras terrazas en el puerto veneciano de La Canea.

Los baños felices.

Los baños felices.

El molde del alma

Ulyfox | 29 de octubre de 2013 a las 14:16

La habitación aérea del Hotel Helena.

La habitación aérea del Hotel Helena.

La mezquita de los Jenízaros y los coches, desde las ventanas del Hotel.

La mezquita de los Jenízaros y los coches, desde las ventanas del Hotel.

Hace ya algún tiempo creíamos que nuestro hotel en La Canea, la preciosa capital occidental de Creta, iba a ser la pensión Theresa, en esa calle Angelou que te desembarca en el puerto veneciano, con su imposiblemente empinada escalera retorcida, sus suelos y adornos de madera y sus ventanas a la tienda de alfombras. Luego, nos convencimos de que nuestra parada habitual sería sin duda el novísimo Palazzo Duca, en un palacio reconstruido y con las camas más cómodas que hemos conocido, y que se ha puesto a la cabeza de los preferidos en sólo un año. Más tarde, soñábamos con tener siempre el balcón del Mama Nena Hotel sobre uno de los muelles venecianos y despertarnos cada día con la visión del trajín mañanero frente a la mezquita de los Jenízaros, y con el inigualable desayuno preparado al momento con los mejores productos. Después de la última visita el pasado septiembre, veletas que somos, estamos igual de decididos a que nuestra repetida estancia sea en el Hotel Helena (http://www.helena-hotel.gr/), porque tiene una aérea habitación en el tercer piso, de arduo subir pero limpia y amplia. Con dos ventanas, de nuevo, al puerto, para que el sol te ciegue por la mañana y te ilumine al atardecer el escenario del frente, la rosada mezquita ante la dársena un día tranquila y otro furiosa, con la compañía de los blanquísimos coches de caballos aparcados junto a ella.

Los turistas desafían el peligro.

Los turistas desafían el peligro.

La callejuela donde se encuentra el Hotel Helena, al fondo.

La callejuela donde se encuentra el Hotel Helena, al fondo.

Llegamos más tarde de lo previsto aquel día a La Canea, por culpa de un ya desusado retraso de la compañía aérea, la nueva Olympic Air, que parece haber heredado de la antigua empresa pública sólo los incumplimientos horarios. El Hotel Helena está en un recodo de los muchos que tiene el bellísimo e intrincado Topana, el barrio veneciano de fachadas estucadas. Así que estábamos despistados buscando su entrada cuando apareció un amable joven que al vernos cargados de equipaje nos preguntó. Era el recepcionista de nuestro alojamiento. Era allí mismo, a la vuelta de esa esquina. Un callejón lleno de plantas alberga varios de esos hotelitos familiares que abundan en toda Grecia. Una mujer muy mayor sentada a la puerta de su casa respondió a nuestro saludo, “kalispera”, repitiéndolo dos veces, como suelen hacer los griegos, “kalispera, kalispera!”. Tras el rápido trámite del registro, el joven nos condujo a la habitación con su necesaria ayuda en el ascenso del equipaje a la tercera planta. Nada más soltar las maletas, él sabía lo que tenía que hacer para impresionarnos, y abrió las dos ventanas del cuarto. Y entró toda la noche del puerto veneciano en la habitación de golpe, todas las luces de los bares y restaurantes, todo el pasear de los turistas, todo el murmullo de los comensales, y la invitación unánime de todo eso a contemplarlo un momento y salir ligeros a mezclarnos, a formar parte del paisaje vivo que formaba.

Escena callejera en el barrio de Topana.

Escena callejera en el barrio de Topana.

Y otra escena más.

Y otra escena más.

Podemos contarlas, pero ya es un ejercicio inútil saber cuántas veces hemos estado en La Canea. Es una cuenta más exacta decir que cada una de esas veces nos ha gustado más que la anterior. Salimos al puerto, y ahí estaba otra vez esa sensación de llegada a Creta: era como si el alma se encajara al cuerpo viajero y dijeras ahora sí, ahora estoy donde tengo que estar. Y ya mirábamos los expositores de los restaurantes, ya sorteábamos los requerimientos de los camareros a entrar, ya rehusábamos coger los folletos de las excursiones en barco allí mismo amarrados, ofreciendo sus fondos de cristal y sus paseos románticos a los islotes cercanos y a ver atardecer a bordo. Y ya sonreíamos al reconocer a los vendedores pakistaníes de inutilidades para turistas desinhibidos: el tomate de increíble gelatina que se aplasta y se vuelve a recomponer, el molinillo que se lanza al cielo con una goma y cae dando vueltas y haciendo lucir sus flecos de colores, el cochecito a pilas todoterreno que no sólo no se detiene ante nada sino que vuelca y se incorpora solo, el soldadito de los cuerpos especiales que repta y se detiene para disparar su ametralladora, el imposible y mágico ensartador de agujas. Nada que siga funcionando en cuanto has salido de ese zoco improvisado.

A la vuelta de la esquina...

A la vuelta de la esquina…

En el barrio antiguo de La Canea abundan los alojamientos con encanto.

En el barrio antiguo de La Canea abundan los alojamientos con encanto.

La calle Daliani, con su minarete.

La calle Daliani, con su minarete.

En el puerto veneciano de La Canea no vive nadie. Los edificios pertenecen a hoteles en su parte alta y alojan tiendas, bares o restaurantes en los bajos. Y algunos están aún hoy abandonados. Presentan una gran variedad de tonos pastel, y en los días soleados se reflejan miméticamente en el agua. De noche, miles de lámparas alumbran a los paseantes sobre el fondo oscuro de la dársena. A altas horas, la parte oeste cae en el silencio mientras el extremo oriental aún luce y suena con la música de los bares de moda, que persiste hasta la madrugada en verano. Es curioso, porque las notas pop o discotequeras suelen dar paso a la misteriosa y profunda música cretense conforme se va acercando el amanecer. Por eso, los hoteles que dan justo encima del puerto y no tienen un buen aislamiento sonoro no son muy aconsejables si se quiere descansar: el Hotel Helena es perfecto en ese sentido, porque está en un callejón trasero y aun así tiene vistas.

Allí arriba, nuestra habitación.

Allí arriba, nuestra habitación.

La gran noche de reencuentro con Creta, después de nuestro arduo y gozoso trabajo de la primavera, verano e invierno anteriores recogiendo material para la guía, continuó en el paseo por delante de los enormes arsenales venecianos, donde el pavimento de grandes losas gastadas dificulta la marcha y constituye un peligro real para los tobillos de aquellas que se arriesgan con los tacones. Nuestro objetivo era el magnífico mezedopeleio (restaurante especializado en entrantes o mezedes) Glositses. Era nuestra cuarta visita. Su dueño nos había reconocido en la segunda porque en la primera habíamos pedido una retsina de Salónica muy especial, la de marca Kekribari. Por supuesto, esta vez también nos saludó con una sonrisa, las expresiones de bienvenida y las habituales preguntas de cortesía sobre la salud. Comimos unas deliciosas sardinas (de esas pequeñas que hay en Grecia) abiertas y fritas empanadas con semillas de sésamo; una peculiar skordalia (crema de puré de patata y ajo) aderezada con bacalao y unos exquisitos mejillones abiertos con vino y hierbas. Cenamos como unos verdaderos reyes cretenses, y dimos paso de la mejor manera a nuestra última estancia en la isla del Minotauro, con el alma, ahora sí, amoldada al cuerpo.

El puerto de La Canea, al anochecer.

El puerto de La Canea, al anochecer.

‘Télos’ (se acabó)

Ulyfox | 13 de enero de 2013 a las 19:23

 

Gloriosa mañana de invierno en el puerto de La Canea.

 

O no, seguramente no se acabó. Es el último día, de estos últimos días, en Creta. Pero seguramente no. Seguramente volveremos, no podemos ni queremos evitarlo. Ya amábamos esta tierra hace tanto. Pero ahora, tras el glorioso encargo-regalo de la guía, nos sentimos no parte de ella (aún no sabemos bailar como bailan ellos, ensimismados, girando, la cabeza mirando al suelo, o cogidos de la mano y dando acrobáticos saltos), pero sí unos invitados especiales.

Las Montañas Blancas, más blancas que nunca, fondo invernal de La Canea.

La última noche (mañana no cuenta, tendremos que levantarnos muy temprano para tomar el vuelo de vuelta) Creta nos ha despedido con una velada gloriosa. No hay turistas, los cretenses son los dueños de su tierra. En La Canea, sólo algunas parejas con pinta de guiris se pasean por el incomparable puerto veneciano. Nosotros no pasamos por extranjeros. En la abarrotada taberna Monastiri (fabulosos huevos con staka, pulpo al vino, empanadillas de cebolla, mucho raki de regalo) en el muelle Tombazi, hay actuación musical. No conocemos al cantante, pero todo el mundo conoce las canciones, que parecen especialmente hechas para cantar en grupo, y los comensales las corean todas. Un hombre delgado, con nariz afilada y bigote, la viva estampa del cretense, se lanza a bailar. Él rompe el fuego. Abre los brazos semiextendidos y dibuja con sus pies cruces y giros. La música es lenta, profunda, nada de sirtaki para turistas ni platos rotos. Después, a cada canción sale un espontáneo y se luce: un hombre mayor hace movimientos extraños de manos y se agacha varias veces para palmear el suelo mientras gira. Otro de mediana edad se atreve a dar saltitos y tocarse los talones con las palmas de las manos. Una mujer de pelo corto y teñido se pone el dorso de la mano derecha en la frente y extiende el brazo izquierdo mientras gira. Cuando alguno baila, otros se agachan en su derredor, como una especie de homenaje al danzante. No parece algo extraordinario, sino algo que pase cada sábado noche (sábatto vradi) de invierno en muchas tabernas de Grecia ¡Yámas!

El Ágora (mercado municipal) de La Canea.

Nosotros no podemos ser sino espectadores emocionados de esta demostración de fiesta familiar sin artificios. Corre el vino y el raki, pero nadie está borracho,  aunque un espíritu comunitario parece recorrer el comedor bien decorado en el que destaca una foto de la Reina Sofía como una de las ilustres visitantes. Los camareros de tradicional camisa blanca están pendientes de todos los detalles, si levantas la mano acuden al menos dos, sonríen siempre y te ponen la mano en el hombro mientras te preguntan varias veces “endatsi, ola kalá?”, es decir “¿está a gusto, todo bien?”. En las paredes, varios avisos de prohibido fumar, pero el camarero reparte ceniceros y muchos tienen el cigarrillo encendido. Pe se anima a incumplir la norma comunitaria. Nadie protesta y todos ríen mientras siguen el ritmo con las palmas ¡opa, pame! El pueblo griego, o por lo menos el cretense, no está en crisis, loado sea Zeus.

Esa tarde nos regaló una luz mágica, para no retirarse nunca.

No hay fotos de esa fiesta. Parece que todos los aparatos se pusieron de acuerdo para agotar sus baterías a la vez que se agotaban las vacaciones. Pero sí hemos hecho decenas de La Canea, su puerto veneciano casi solitario con sol y tras la lluvia, en la mañana, al mediodía y por la tarde. La mayoría de las calles del barrio de Topanas están en obras aprovechando la temporada baja. Los pavimentos se renuevan mientras los negocios y restaurantes tienen sus puertas cerradas. Sólo algunos hoteles están abiertos. Por ejemplo la Pension Theresa tiene ofertas de alquiler de habitaciones por meses, y nos dicen que artistas y escritores aprovechan para pasar el invierno en la hermosa Canea que fue minoica, helenística, romana, bizantina, veneciana y turca pero siempre griega.

Yiorgos os hablará con entusiasmo de música cretense en su tienda de discos.

Hemos estado alojados, cuatro noches, en el espléndido y nuevo Palazzo Ducca, en el corazón del barrio veneciano y a diez pasos contados del puerto (http://www.palazzoduca.gr/) un hotel casi inmejorable, con un dueño joven y encantado del éxito que está teniendo después de medio año abierto. Y en estos días hemos disfrutado del puerto, uno de los más bonitos del mundo; del mercado municipal (Ágora) y su puesto de quesos y raki, del hotel, de los atardeceres; de la tienda Juke Box y los consejos de su dueño Yiorgos sobre la singular música cretense; del reencuentro con el restaurante Glositsses, cuyo encargado se acordaba de nosotros porque en septiembre le pedimos la retsina Kekribari, excelente pero que no figura en la carta; de los guisos caseros del Chrisóstomos y del Kozina E.P., de… todo.

La comercial calle Zambeliou, desierta.

Pero ya, de momento, ‘télos’, es decir, se acabó. Aunque el hecho de que esta misma tarde, paseando por el puerto, como todo el mundo, nos hayamos encontrado por una graciosa casualidad con otro Yiorgos, el dueño del Hipokampo de Heraklion me hace suponer que no tardaremos en volver. Fue gracioso: Pe, de pronto, me dice “¿a quién saludas aquí?” hasta que reconoce a Yiorgos (¡Yasaaaas!, nos faltó decir “¿quillo qué?) Iba con su mujer, a quien no conocíamos, ha cerrado por descanso la taberna durante una semana, y lo que son las cosas, nos preguntó por sitios para comer en La Canea. Ya véis, a nosotros. Naturalmente, les recomendamos un par de excelentes restaurantes, como haremos con vosotros cuando compréis nuestra guía sobre Creta.

El campanario y el minarete nos dicen hasta pronto, último atardecer en La Canea.

Algo más que un cuchillo

Ulyfox | 21 de noviembre de 2012 a las 1:13

Tenía ganas de tenerlo. Es como si un afán inexplicable me llevara a poseer cosas de Creta. No sé qué poesía o grandeza puede esconderse en un cuchillo, en un simple cuchillo artesano cretense. Sé que tienen fama y que en Chania hay una calle de los cuchilleros. Quizá solo por eso quería tenerlo. Es precioso, con una hoja brillante en la que está grabado un mapa de Creta y un poema que, lamentablemente, no puedo traducir. Y un mango de madera de olivo que se remata dividido en dos, como marca la tradición. Lo compré en ‘Armenis’, la tienda más afamada de la calle Sifaka de La Canea que lleva el nombre del artesano, y en cuyo interior se amontonan las joyas de acero afilado, y también las figuritas de Eleftherios Venizelos, el gran político cretense, como la que se ve en la foto de arriba.

Vista de los arsenales venecianos en el puerto de La Canea,

Y estoy contento con mi cuchillo artesano. Y lo utilizo en la cocina. Cuando con él corto tomate o pico cebolla, ejecuto el ritual de entonar a la vez algún estribillo fácil de Nikos Xylouris y el hechizo se completa. Con ese conjuro, estoy de nuevo junto a la muralla bizantina, o en el barrio de Splantzia bajo el minarete, o sentado en la taberna Monastiri comiendo unos huevos fritos con staka, que ojalá supiérais lo que es, para que el recuerdo os resultara tan jugoso como a mí. Y a lo mejor, más que un cuchillo es una varita mágica, una llave del tiempo, un billete hacia el mar de Libia, una clave para llegar al laberinto y salir de él.

Mi cuchillo cretense, en mi cocina.

Lo tengo y con él tengo mucho más que un cuchillo (majeri, en griego).

La Historia sale al paso

Ulyfox | 21 de octubre de 2012 a las 0:51

Restos de templos ante la muralla de Aptera.

Hay un lugar allí arriba en la colina, no muy alto, entre piedras ancestrales y olivos residuales, cerca de un pueblo medio recuperado. No hay que subir mucho desde la carretera que va de La Canea a Rethimnon, apenas unos kilómetros, pero tiene una vista privilegiada de la Bahía de Souda. El pueblo se llama Aptera, y el lugar del que os hablo, Antigua Aptera. Fue una de las más importantes ciudades primero minoica, luego doria, después helenística, más tarde romana y bizantina, en Creta, esa isla en la que la Historia, toda la Historia que estudiamos y algunos amamos desde chicos, toda la vida del hombre en esta tierra te sale a cada paso.

En la calzada, ante lo que fue la puerta principal de entrada a Aptera.

Es que vas por la carretera y ahí a la derecha te encuentras una muralla hecha de grandes piedras perfectamente encajadas, con una calzada que parece dirigirse a una abertura, es decir una antigua puerta. Y sí, eso era la entrada principal de la Aptera romana y antes helenística, con las huellas de los carros aún en el pavimento, el rastro de sus habitantes impreso para siempre, por los siglos de los siglos, per saecula saeculorum. A un costado, fuera del muro restos de templos y algunos edificios públicos.

Alguien levantará un día estas columnas del peristilo, en la villa romana.

No se puede entrar por aquella puerta, descubierta recientemente, porque toda la zona está en fase de esperanzadora excavación: más de un metro de tierra rojiza acumulada por el tiempo guarda quizá el rastro de calles y comercios, quién sabe. Dan ganas de ponerse el sombrero y empezar a descubrir artefactos, escombros, vasijas o desperdicios de hace 2.000 años. Dejemos que los expertos, cuando haya bastante dinero, hagan su trabajo. Un caminito medio arreglado sube hacia el interior de lo que fue la gran ciudad. En realidad, al principio, es difícil ver nada, pero la Historia vuelve a salirte al paso cuando varios nidos de ametralladoras de cuando la invasión nazi aparecen a la izquierda del camino. Debía de ser una posición estratégica sobre la bahía. Pero luego, un desvío entre olivos dirige tus pasos a una antigua villa romana, las columnas del peristilo caídas hacia adentro del impluvium, síntoma inequívoco del efecto de un terremoto. Nadie ha caído en levantar de nuevo las basas, fustes y capiteles dóricos, y erguirlos contra el horizonte, y se puede impunemente pisar sobre sus históricos sillares, románticamente solitarios en el campo, hundidos en el suelo.

Los obreros hacen surgir de la tierra el antiguo teatro.

Volviendo al camino, cinco minutos más allá están los principales restos: un pequeño teatro, un semicírculo de piedra y graderíos va surgiendo de la tierra gracias al trabajo de un montón de privilegiados obreros trabajando en su limpieza y recuperación, con sombrajos para los arqueólogos que despliegan en mesas alargadas hallazgos y papeles, lápices e instrumental solo útil para ellos.

En el interior de la cisterna, bóvedas milenarias de piedra, arcos de medio punto milagrosos.

Y más adelante, el signo infalible de que aquello fue algo importante: grandes cisternas, enormes almacenes de agua para abastecer a sus habitantes, algo en lo que los romanos eran expertos. Y una de ellas, sobre todo, está maravillosamente conservada. Se puede entrar y admirarse del definitivo invento que fue el arco de medio punto. Altas bóvedas sostenidas sobre gruesos pilares, un aljibe impresionante de cientos de años, que todavía se llena de agua en época de lluvia y ahora es hogar de palomas. Ante esos siglos, bajo ese recorrer diacrónico, uno se siente felizmente pequeño, aunque del mismo tamaño que aquellos hombre que fueron capaces de construir esto, luchando y venciendo contra leyes tan severas e implacables como la de la gravedad. Es Aptera, la que fue grande, una muesca más de la Historia en Creta. La misma Historia que pasó sobre ella, cuando abandonada, un sultán turco compró la mayor parte de sus piedras para edificar, un poco más allá, un poco más estratégica, la impresionante fortaleza otomana de Izedin.

 

La fortaleza de Izedin, edificada con piedras de la antigua Aptera.

La playa de Zorba

Ulyfox | 9 de octubre de 2012 a las 1:52

La playa cretense de Stavros.

Bueno, todo es cuestión de mitología, o mitomanía, como se llame. Recuerdo haber visto hace mucho tiempo la película Zorba el griego, basada en la novela del cretense Nikos Kazantzakis Vida y aventuras de Alexis Zorbas. No tengo una sensación especial de aquella, más bien creo que no me gustó mucho, como si fuera una obra deslabazada. También leí el libro, claro, algo después, y me da la impresión de que debería releerlo, porque no supe captar su bondad, si la tiene como todo el mundo literario parece acordar. Pero eso sí: he estado en la isla de Zorba y de su autor. Muchas veces. Y, cuestión de mitomanía selectiva, hay dos frases de la peli que recuerdo, y las dos las pronuncia el gran Anthony Quinn en una playa a su jefe, el joven británico que ha heredado una casa en Creta: “Jefe, tienes que hacer locuras, hay que estar un poco loco para romper las ataduras y ser libre” y “Jefe, ¿has visto alguna vez un desastre de este tamaño”? cuando lo pierden todo y poco antes de ponerse a bailar.

En la playa hay un pequeño embarcadero de pesca.

Esa playa, sobre cuya arena Quinn baila el sirtaki más famoso de la historia, existe. Está en Creta, claro, en la península de Akrotiri, muy cerca de La Canea, y se llama Stavros, que significa ‘cruz’ en griego. Tiene un agua transparente. Una flecha de arena y un imponente farallón con forma de lomo de elefante hacen que esté casi siempre calmada. Como ya hace mucho de la película y como no pasará a la historia más que por la excepcional música de Teodorakis y la escena del baile, no atrae a grandes multitudes. Casi no hay hoteles cerca, y está frecuentada sobre todo por familias griegas. No hay nada del glamour cinematográfico hollywoodiense, y sólo un snack bar insulso, pero heredero de una antigua taberna, recuerda que allí mismo Anthony Quinn, Alan Bates y todo el equipo de rodaje disfrutaron con una comida cretense cuando dieron por concluida la escena. También hay un chiringuito decente para salir del paso.

Agua para jugar

Pero si uno camina hacia un extremo de la playa para quedarse lo más solo posible ante la belleza, entonces puede aún sentir el espíritu de Zorba, el espíritu del cretense libre, generoso, festivo y fuerte que es capaz de bailar ante el desastre más grande que vieron los siglos.

Terremoto en la noche

Ulyfox | 12 de septiembre de 2012 a las 19:27

Ha sido un temblor que movió la cama, esta misma noche. Me lo contó Penélope, porque a las seis y media de aquí (una hora menos en España) yo estaba en lo que se llama séptimo sueño. Luego, por la mañana, en la recepción del hotel de La Canea nos han confirmado la impresión de Penélope, y ampliado la información: han sido 5,5 grados en la escala de Richter, pero eso sí, en el fondo del mar, ‘don’t worry’ nos ha dicho la amable empleada. Desde luego, Creta no es ajena a los terremotos. Durante su larga historia los ha sufrido por centenares, y muchos de ellos con terribles consecuencias. Este no ha sido nada, calculamos que habrá sucedido a unos 80 kilómetros de donde nos encontramos ahora, en el mar de Libia, frente a la costa sur de Paleochora, donde por cierto estuvimos hace nada más que dos días. Sólo fue un temblor que yo ni siquiera sentí pero que asustó bastante a Pe.

De hecho, es el segundo terremoto que nos sorprende en Grecia. El primero también lo sentimos como un temblor, una vibración que movió nuestras sillas en una taberna sobre la arena de la playa de Kamares, en la isla de Sifnos. Primero pensamos que alguno de los dos le había movido el asiento al otro con la pierna, sin querer. Pero el movimiento se repitió a los pocos segundo, y los turistas que estábamos allí nos miramos entre sorprendidos y asustados. Casi enseguida, la dueña de la taberna, que tenía el televisor encendido, vio que el seísmo había sucedido en Atenas y que había tenido efectos muy graves, cogió un teléfono y llamó a familiares que tenía en la capital para ver como se encontraban. Las noticias en la tele confirmaron luego lo peor: habían muerto decenas de personas en Atenas y la región del Ática. A los pocos días viajamos a la ciudad para el regreso a España, y los efectos del terremoto eran evidentes. Aún patrullaban por la calle del viejo barrio de Plaka los bomberos voluntarios desplazados desde Francia, y vimos como la gente los paraba para agradecerles su trabajo. Aquello sí fue grave. Lo de hoy, afortunadamente sólo una anécdota.

Reina de La Canea

Ulyfox | 6 de septiembre de 2012 a las 19:49

 

Penélope, en el balcón del hotel Mama Nena de La Canea

 

Ahí la tenéis: en el balcón de nuestra hermosa habitación del hotel Mama Nena, en pleno puerto veneciano de La Canea (o Chania), un lugar evocador como pocos en una ciudad que ya de por sí es la joya de Creta, una isla que es por naturaleza la esencia de Grecia. Nos sentimos como privilegiados en ese balcón, espectadores de la vida que pasa por debajo envidiosa de nosotros, envueltos en nuestros vasitos de raki mientras el atardecer doraba poco a poco la mezquita de los jenízaros y el esbelto faro de piedra, justo enfrente, tantas veces visto y admirado en tantas visitas a La Canea.

Y el faro al fondo...

Llevamos sólo cuatro días en Creta, y los cuatro los hemos dedicado a esta ciudad, a conocer a fondo el barrio de Splantzia, que era el lugar donde vivían los turcos cuando la larga dominación otomana. Intrincado y colorido, desgraciadamente asolado por las feas pintadas en las fachadas, el barrio se renueva, crecen los negocios hoteleros y hosteleros que aprovechan las preciosas casas antiguas e incluso sus ruinas.

Fachada de la iglesia de San Francisco, en la plaza 1821 de Splantzia, con minarete y campanario.

Tiene Splantzia un monumento a la convivencia. Debe ser el único caso en el mundo en el que un templo, la iglesia de San Nicolás, ostenta un minarete y un campanario a la vez, después de haber sido iglesia, mezquita y de nuevo iglesia. Delante, una plaza convivencial, la Plaza de 1821, siempre llena de gente en las terrazas de los cafés y tabernas, a todas horas del día, con poco alcohol y mucha charla. Hombres con larga melena recogida en un moño, a la manera única de Grecia, y mujeres de mirada profunda. Viejos en su papel de viejo, sentados largas horas en la mesa del kafeneion, esa institución social de los pueblos griegos.

En un rincón del barrio de Splantzia.

Creemos en esta forma de vida pausada y sabia, aunque no la estemos practicando mucho: cuatro noches, cuatro hoteles diferentes, así es el trabajo en la guía.