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Sic transit gloria mundi

Ulyfox | 6 de febrero de 2016 a las 18:45

La estatua de Onassis, en el paseo marítimo de Nydrí.

La estatua de Onassis, en el paseo marítimo de Nydrí.

 

Onassis tenía un apellido conocido universalmente. Tal vez porque sus padres no pudieron prever que llegara a esas dimensiones de fama, le pusieron un nombre compuesto difícilmente superable: Aristóteles Sócrates, como si quisieran unir la parte más racional de la sabiduría griega con la más espiritual, y ayudarle a andar por la vida. El niño eligió por propia cuenta, puesto que todo el mundo le conocía por el primero de ellos, y los que presumían de ser sus parientes, amigos o simples conocidos utilizaban el diminutivo Aris. Daba igual que hubiera nacido en la turca Esmirna, para la sociedad internacional, de la que llegó a ser el rey, era el griego de oro. Su vida, sus negocios y sobre todo sus amores con mujeres-personaje deslumbrantes, llenaron las páginas de la prensa amarilla, salmón y rosa de la Tierra entre los años 50 y 70 del pasado siglo. El hombre más rico, el más admirado, el más envidiado, el que conquistó a las bellas, desde su matrimonio con Athina Livanos, heredera de otro magnate naviero, su larga y tormentosa historia de amor no oficializada con la diva de la ópera Maria Callas, y su sonora boda con la primero novia, luego esposa y finalmente viuda de América, Jacqueline Kennedy.

Todo eso, o buena parte, terminaba ocurriendo muy cerca de donde estuvimos el pasado septiembre de 2015, a apenas unos cientos de metros de Lefkada. En la localidad de Nydrí de esta última embarcó miles de veces Aris para ir o volver a su refugio privado de Skorpios, donde vivió sus historias de amor. Ese pueblo, hoy muy turístico, con una calle principal y un paseo marítimos rebosantes de bares, restaurantes y tiendas, guarda un recuerdo especial del hombre multimillonario que jugó con muchas vidas, ayudó a otras tantas y, según parece, no fue capaz de encontrar o merecer el afecto en la suya. En el muelle de Nydrí ocupa lugar importante una estatua de bronce dedicada al naviero más famoso.

Es curioso cómo la casualidad nos había llevado, 14 años antes, a asistir de manera imprevista a la inauguración de ese monumento, una noche de septiembre de 2001. En aquella primera ocasión, llegábamos en taxi desde Lefkada capital, y con la preocupación sobre si el taxista nos había dicho que nos cobraría fifteen o fifty euros. La duda no era menor para nuestra economía, y se resolvió para la mejor de las opciones, a la vez que se abrían las puertas del coche y una banda de música empezaba a sonar. No era, claro, una ceremonia de recepción en nuestro honor sino ese acto de inauguración de una figura en memoria de la ciudad agradecida a su benefactor Onassis. Por allí no había mucha familia, no podría haber sido. Su primera mujer se había suicidado, la segunda había fallecido seis años antes, su amante y desdichada estrella de la ópera también; su hijo Alexander murió en accidente de aviación cuando era muy joven y su hija, la infeliz Christina, perdió la vida mientras se bañaba en circunstancias nada claras. Sólo estaba su única heredera, la nieta Athina, todavía una niña, para representar al apellido Onassis en la ceremonia llena de autoridades, lugareños y turistas. Y nosotros, probablemente los únicos españoles en la isla. Precisamente, esa misma Athina es la que vendió hace un par de años la preciosa isla de Skorpios, nido de amor y sueño de paparazzis en la época dorada del género, a otra rubita heredera, en esta ocasión de un magnate ruso. Cosas de las vueltas del destino.

Esa estatua de bronce puede ser, pues, el último vestigio físico en aquella zona del que fue su promotor, publicista y principal propagandista cuando culminaba o empezaba en Skorpios sus míticos cruceros rodeado de estadistas y millonarios a los que agasaba como reyes a bordo de su yate privado Christina. Ahí, con esa pose tan chula, con un nombre que imponía con sólo oírlo, Aristóteles Sócrates Onassis. Es posible que dentro de poco nadie sepa quién fue. Ningún Onassis ha vuelto por Nydrí. No digan que la historia no merece el latinajo del título.

Entre nubes y claros

Ulyfox | 24 de enero de 2016 a las 0:15

Un rincón del puertecito de Vasilikí, en Lefkada.

Un rincón del puertecito de Vasilikí, en Lefkada.

Nos levantamos los tres últimos días en Lefkada mirando al cielo. Estábamos en Vasilikí, un puertecito al sur de la isla con cierto éxito turístico por su estupenda playa, paraíso de surfistas, y por ser una de las cabezas de la línea que une la isla con la vecina Cefalonia. Un viejo ferry que conocimos hace ya muchos años, el ‘Capitán Aristides’, realiza la lentísima travesía en algo más de una hora, dependiendo de cómo se haya levantado el viento. Llovió o amenazó lluvia los tres días. Las nubes le pudieron la mayor parte del tiempo al sol. Nos alojamos en una pensión sencilla de nombre no demasiado original, la Pension Holiday, regentada por una peculiar familia, cuya cabeza ostentaba un señor ya curtidito y pasado de peso, vestido siempre como de estar por casa con amigos. Su peculiar forma de curarse una herida en la pantorrilla, con una toallita de desmaquillaje pegada con cinta aislante a modo de cataplasma, delataba su carácter más bien despreocupado. Luego resultó un personaje familiar y amable a su manera que además nos ponía unos desayunos soberbios por cinco euros sobre la mesa con el mantel de hule que miraba al mar. Le acompañaban en su buen trato la muchacha que parecía ser su hija. Y el establecimiento estaba limpio, no había problema en eso.

Vista de la playita de Agiofili, cercana a Vasilikí.

Vista de la playita de Agiofili, cercana a Vasilikí.

Vasilikí tiene encanto. Es poco más que ese muelle en forma de ele con sus barcas de pesca y de excursiones amarradas casi a las mesas de las terrazas de bares y restaurantes, algo tan habitual en el litoral griego. Unas pocas casas trepan por la ladera a pocos metros del puerto. En la parte oeste, el paseo se prolonga hacia la playa de Ponti, y en ese extremo el turismo cambia del todo: hay numerosos establecimientos y hoteles dedicados al windsurf y varias escuelas para aprender a cabalgar las olas de diferentes maneras. Fue desde este enclave desde donde fuimos el primer día a visitar la playa de Porto Katzkiki, que ya relatamos. En realidad, nuestra estancia en Vasilikí respondía a la única idea de tomar luego el barco hacia Ítaca, pero nuestras informaciones eran inexactas. No salía de allí, y nos quedamos sin llegar a la isla de Ulises. Hubo que cambiar planes, prolongar nuestra etapa en Lefkada y aumentar la siguiente en Cefalonia.

En el barco de vuelta de Agiofili a Vasilikí.

En el barco de vuelta de Agiofili a Vasilikí.

Había que buscar la forma de llenar esos días grises, y no faltaron. Cerca del pueblo, hacia el sur, brillaba en nuestros mapas una calita con nombre atractivo, Agiofili. Ideal para una pequeña excursión a pie, una hora andando junto a la costa y por senderos bordeados de pinos y cipreses. Lo hicimos, nos calzamos las botas y emprendimos el corto camino de tierra. Nos adelantaban coches con matrícula rumana, serbia y búlgara a los que no arredraban los baches. Llegamos y la vista desde arriba no quedó demasiado ensombrecida por el nublado. Soñamos con el aspecto que presentaría ese azul transparente del agua en los días soleados. Lamentamos la afluencia de gente, incrementada al poco tiempo por la llegada de varios barcos de excursiones, nos contrariamos por la ausencia de taberna, aunque nos consolamos con la cerveza Fix fresquita que vendía el hombre del tenderete. Agiofili es una playa preciosa que merece mejor suerte.

Paisaje y una calita casi privada desde el barco.

Paisaje y una calita casi privada desde el barco.

Había, de nuevo, demasiada gente charlando, discutiendo por el precio de las hamacas, lanzándose desde las rocas… En muchas playas griegas de acceso difícil es corriente que se le ofrezca al visitante la posibilidad de llegar y salir en barco. Siempre es una maniobra parecida: o hay un pequeño, minúsculo espigón de cemento donde la gente espera o la embarcación vara lentamente en la arena al tiempo que se deja caer una escala metálica por la proa. Por ella descienden los que llegan y suben los que se van. Es un transporte agradable, cómodo y habitualmente no demasiado caro. Embarcamos en el primero que llegó, después de unas dos horas en la playa.

Vasilikí, entre el mar, los olivos y los cipreses.

Vasilikí, entre el mar, los olivos y los cipreses.

Seguramente si el día hubiera estado más soleado y si el público hubiera sido más agradable habríamos permanecido más tiempo, con los baños repetidos y calmando el hambre con alguna chuchería del tenderete. Optamos por volver y comer más en serio en una de las tabernas de la playa de Ponti, sobre las mismas rocas o en la arena. Comida casera, sana, barata, con café y tsipouro (aguardiente) posterior. Y a dormir una leve siesta en la playa nublada, que de todo hay tiempo en vacaciones.

Tabernas sobre el mar en la playa de Ponti.

Tabernas sobre el mar en la playa de Ponti.

 

 

El asombro azul

Ulyfox | 18 de enero de 2016 a las 13:59

La playa de Porto Katziki, en la isla de Lefkada.

La playa de Porto Katziki, en la isla de Lefkada.

Porto Katziki significa Puerto de Cabras, o algo así en griego. El nombre suena mejor en este idioma. De la misma forma que la impresionante playa luce más vista desde lejos, desde arriba, con una larga y estrecha media luna de arena fortificada por un solo lado por un alto acantilado de caliza blanca, coronado de verde pino. Es una de las postales más difundidas de la isla de Lefkada. Su belleza paisajística es innegable, asombrosa, puesto que al sólido escenario lo complementa un agua de un azul tan intenso que se convierte en añil en muchos momentos del día. Y, además, la entrada a la playa se hace desde lo alto del acantilado en un descenso casi vertical, a menos que quieras participar en una de las numerosísimas excursiones que llegan en barco desde los enclaves turísticos cercanos.

Vistas desde el acantilado en el camino a Porto Katziki.

Vistas desde el acantilado en el camino a Porto Katziki.

Todo el que visita Lefkada va a Porto Katziki, pese a la carretera tan sinuosa, pese a las aglomeraciones en el aparcamiento que se queda pequeño en seguida, pese a la marea humana que pulula por la estrecha escalera, por la franja de arena, en la orilla atestada. Todo el mundo va porque su atractivo es como un imán, porque todo el mundo la ha visto en postales y porque todos queremos comprobar si su belleza es auténtica. Lo es. Es uno de esos espectáculos que brinda la naturaleza y que (sí, lamentablemente) la excesiva afluencia de público altera para mal. Es inevitable. Nosotros también, también fuimos a verla, y sufrimos también todos los inconvenientes que arriba se enumeran. Valió la pena la vista, aunque luego la bajada y la subida fueran un desfile lento rodeados de pareos, bañadores y mochilas. Aunque el baño en aquellas tentadoras aguas se limitara a un chapuzón por decir que nos habíamos metido al menos. Pero no se podía estar. La Naturaleza se quedó corta en el espacio que previó para los humanos, quizá porque no pudo imaginar que serían atacados por el síndrome compulsivo del turismo masivo a principios del siglo XXI. Y menos desde que a esta fiebre se han incorporado países cercanos a Grecia como son todos los del antiguamente llamado Bloque del Este.

Panorámica de la playa, con la escalera de bajada.

Panorámica de la playa, con la escalera de bajada.

Asediada por los barcos de excursiones...

Asediada por los barcos de excursiones…

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Sí, la misma playa parecía agobiada con la afluencia. Y eso era a principios de septiembre. La misma playa, con el ir y venir de sus olas, nos decía que nos fuéramos. Y le hicimos caso. Enrollamos el petate y subimos de nuevo la escalinata. Y al menos lo hicimos con una ilusión: unos kilómetros antes, en una parada panorámica que hicimos, habíamos visto un letrero anunciando una prometedora taberna, la Taberna Oasis, con un no menos ilusionante menú en el que aparecía uno de nuestros descubrimientos gastronómicos últimos en Grecia: precisamente la cabra, katziki, ya sabéis. Sí, sí, al horno. Buenísima. Y casi solos, allí en lo alto, a la sombra. Disfrutando.

Abajo el bullicio...

Abajo el bullicio…

 

Y arriba, el disfrute de la auténtica 'katziki'

Y arriba, el disfrute de la auténtica ‘katziki’

Sivota, ese rincón

Ulyfox | 4 de diciembre de 2015 a las 13:15

Los pequeños muelles de Sivota, en Lefkada.

Los pequeños muelles de Sivota, en Lefkada.

No todo es masivo en Lefkada. Siempre es posible escapar de las multitudes. Siempre hay un rincón ahí, bajando esa cuesta sinuosa desde la carretera, donde el mar se recoge y siempre ha habido un pequeño puerto de pescadores. Eso es lo que nos llamó en principio la atención de la bahía de Sivota, apenas un entrante minúsculo del mar Jónico, casi un lago en el sur de la isla. Nos gustan especialmente estos lugares pequeños, con apenas unos apartamentos y casi más restaurantes y tabernas, en las islas griegas. Ya desde antes, era prometedora esa visión por internet, fotos y vídeos de una ensenada recogidísima entre olivos y cipreses, algo tan característico del paisaje jónico, y como siempre las barcas coloridas amarradas a sus muelles de cemento. Siempre son una promesa de tranquilidad y buenas cenas marineras junto a los barcos.

 

Característico paisaje jónico en el sur de Lefkada.

Característico paisaje jónico en el sur de Lefkada.

Por lo tanto, en nuestro recorrido por Lefkada era muy recomendable la parada de una noche. No nos defraudó, aunque pudimos comprobar que hasta aquí llegaba también, si bien en cantidades menores, la oleada de turismo joven de los países del Este, demasiado ruidosa pese a su poca cuantía. En cualquier caso, no molestaron demasiado. El plan incluía pasar una jornada de playa en una ensenada vecina, ya que Sivota carece de lugares adecuados para el baño. Mikrós Gialós, a un corto aunque retorcido paseo en coche, era la solución. Una playa de guijarros (para eso nos habíamos provisto de nuestros zapatos de goma) garantiza siempre un agua transparente aunque pueda parecer más incómoda. Nada puede competir con la arena blanca de las vecinas islas Cícladas, pero tampoco las pequeñas piedras son tan incómodas. Una buena hamaca y una taberna cercana, algo que nunca falta en las islas, son la solución.

Mikrós Gialós, o Playa Pequeña, cerca de Sivota.

Mikrós Gialós, o Playa Pequeña, cerca de Sivota.

Nada especialmente espectacular ocurrió ese día, en el que volvimos al atardecer a Sivota, cenamos en el apacible puertecito los consabidos mejillones, sardinas… con vino blanco del lugar, y  nos fuimos a la cama para soñar y vivir al día siguiente un amanecer como el soñado.

Un baño nublado en Mikrós Gialós.

Un baño nublado en Mikrós Gialós.

 

Cuando el mar se calma.

Cuando el mar se calma.

 

Sivota, al amanecer

Sivota, al amanecer

 

Para un desayuno con vistas...

Para un desayuno con vistas…

 

... como estas.

… como estas.

 

Lefkada, un cierto fenómeno

Ulyfox | 30 de noviembre de 2015 a las 13:08

El Hotel Boschetto, nuestra parada en Lefkada capital.

El Hotel Boschetto, nuestra parada en Lefkada capital.

 

Ya dijimos que Lefkada no es propiamente una isla, ya que está unida al continente por un hilo de tierra y asfalto, concretado en un estrecho itsmo arenoso y un pequeño puente. El resto es como una lágrima informe que se le derramara a Grecia sobre el odiseico mar Jónico. Verde y montañosa. Este cordón que la une a la tierra de Europa es a la vez la bendición y el problema de Lefkada. Hace de ella una isla sumamente accesible, aunque sea con atascos, y favorece que vengan miles de turistas que han dado una nueva riqueza, bien que por temporadas, a un lugar que siempre se basó sobre todo en la agricultura y la ganadería extensiva, y cada cierto tiempo azotada por los terremotos. Hace años que la pesca no es significativa, estando como está el Mediterráneo. Esta facilidad acerca sus fabulosas playas a la gran masa, y aquí está el problema. Al menos, el problema para los que gustamos de otro tipo de turismo, mucho más tranquilo y, creemos, más auténticamente griego.

Penélope, ante la playa de Pefkoulia, camino de Agios Nikitas.

Penélope, ante la playa de Pefkoulia, camino de Agios Nikitas, al fondo

 

La pequeña y visitada playa de Agios Nikitas.

La pequeña y visitada playa de Agios Nikitas.

 

La cercanía hace que en los últimos tiempos, Lefkada aparezca invadida por visitantes de los países antiguamente llamados del Este: búlgaros, infinidad de rumanos, serbios, húngaros… que al parecer disfrutan de una prosperidad repentina. No hace tanto los originarios de esos países eran inmigrantes en Grecia, ahora son turistas. Ahora hacen su aparición en grandes coches de marcas de gama alta, y llenan las playas en familia o en grupos de jóvenes ruidosos y en cierta forma prepotentes. Aunque algún camarero nos decía sonriente “Rumanía es el futuro”, otros muchos mostraban que soportaban con resignación esta invasión que no era del todo de su agrado. El dinero es el dinero, aunque no parecían gastar mucho en tabernas y sí en supermercados.

En Kathisma, el gran arenal, se empezó a nublar.

En Kathisma, el gran arenal, se empezó a nublar.

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No es extraño el atractivo de Lefkada. Las Islas Jónicas son verdes, llenas de olivos y cipreses que llegan hasta el mar, tienen una excelente gastronomía y sus habitantes conservan el natural hospitalario general entre los griegos. La noche que llegamos a la capital, esta aparecía rebosante de lugareños que celebraban el buen tiempo del sábado por la noche en las numerosas terrazas. A la mañana siguiente, desayunamos estupendamente en una de ellas, perteneciente al Hotel Boschetto ( http://www.boschettohotel.com/ ) , donde nos alojamos dos días. El día amaneció invitando a empezar a conocer alguna playa cercana. Así que cumplimos con el agradable ritual que nos hemos impuesto desde hace años al llegar a un país mediterráneo en verano: comprar un sombrero y unos zapatos de goma por si la costa es pedregosa o rocosa. Lefkada capital tiene comercios turísticos de sobra.

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Escenas en el Paseo Marítimo de Lefkada.

Escenas en el Paseo Marítimo de Lefkada.

El amable propietario del Boschetto, omnipresente pero discreto, nos recomendó la no muy lejana playa de Kathisma, un poco más allá del pueblo marinero de Agios Nikitas, que es apenas una calle que baja en cuesta hasta un minúsculo arenal. Era domingo por la mañana de principios de septiembre, con un estupendo tiempo, y la playa estaba como se podía prever. Pero encontramos sitio para el vehículo y para nuestros cuerpos, después de serpentear con el coche en descenso. En Kathisma, como en numerosos lugares de Grecia, la hamaca y la sombrilla son gratis siempre que consumas algo de los bares o restaurantes que tienen a su cargo la instalación. Me parece un estupendo sistema, de un lujo tan asequible que debería generalizarse. Así que en eso empleamos el primer día, el tiempo suficiente para empezar a broncearnos, comer en la taberna cercana, sestear hasta que, cosas de septiembre, empezó a nublarse, y volver a la capital con tiempo de tomar un frappé mientras contemplábamos el atardecer.

El atardecer (iliovasílema, en griego) en Lefkada.

El atardecer (iliovasílema, en griego) en Lefkada.

 

Fruto de esa peculiar configuración de la isla, Lefkada capital se sitúa junto a una especie de marisma, como un lago salado. Y frente a él un paseo marítimo lleno de cafés y restaurantes. Es admirable la capacidad de todos los pueblos griegos para llenar de terrazas cualquier zona que se preste a ello. Y su habilidad para hacerlos agradables y bonitos. En este caso, junto a un caño donde amarran los barcos, salvado por un puente más bien decorativo. El libro lo ponemos nosotros.

Esto es otra cosa

Ulyfox | 11 de noviembre de 2015 a las 13:26

Vista de la playa de Pefkoulia, en Lefkada.

Vista de la playa de Pefkoulia, en Lefkada.

 

Tanta diferencia como de la noche al día, o casi tanta.

Desde el aeropuerto europeo y multinacional de Basilea-Mulhouse-Friburgo, y tras cinco días por la Europa más escamondada, Alsacia, salimos con más de dos horas de retraso hacia Roma. Ese contratiempo aéreo nos impidió disfrutar como pensábamos de una tarde noche en Roma, y nos tuvimos que conformar con una cena bajo un cielo amenazante que había descargado con furia un rato antes. Bueno, fue muy agradable el reencuentro con los spaguetti alle vongole, el vino blanco en jarra y la pizza auténtica en La Gallina Bianca, una recomendable trattoria cerca del hotel, en el populoso barrio de Termini, cerca de la cinematográfica estación romana. De Francia a Grecia con una breve escala en la capital de Italia, sólo una noche como cámara de descompresión tal vez en el camino al Mediterráneo profundo.

A la mañana siguiente la lluvia volvió a castigar Roma de manera inclemente, así que no llegamos muy lejos ni en el tiempo ni en el espacio. Todo lo más, el rato libre nos alcanzó para comprar con bastante antelación el billete del tren que nos había de llevar a Fiumicino, y para ojear el tumultuoso mundo que se arremolina alrededor y dentro de una gran estación ferroviaria, con las malas pintas habituales, los locos evidentes, los buscavidas transparentes y los borrachos conocidos andando, paseando, pidiendo dinero y ofreciendo todo tipo de mercancías. Destacado papel el de los paquistaníes (por otorgarles una nacionalidad) que cambian de manera rapidísima su oferta pasando de la sombrilla y el palo de selfie al chubasquero y el paraguas a la misma velocidad que la nube decide despejar o descargar. Cerca de la Stazione Termini, unos clásicos y generosos soportales ofrecían un oportuno refugio con café para dejar que el temporal amainase.

Nos dirigíamos hacia nuestro destino y aún otro retraso nos haría llegar a deshora, ya entrada la noche, a Preveza, ciudad importante localizada enfrente de Lefkada, a apenas 20 minutos de camino de esta isla jónica, que técnicamente no debería serlo puesto que está unida al continente por un pequeñísimo puente. Lefkada fue hace una quincena de años simple escala de nuestro viaje a Itaca, no el figurado, sino uno real a la patria de Ulises, pero ahora queríamos visitarla más a fondo.

La llegada, tardía por los inconvenientes, fue agradable. Lefkada capital estaba llena. Una gran multitud recorría sus calles el sábado noche, y los restaurantes junto al mar rebosaban de público. Todo tan mediterráneo… Empezábamos nuestro enésimo encuentro con Grecia, ese cierto caos tan amable.

Y tan diferente del confort limpio que habíamos encontrado en Alsacia. Se diría que esos dos mundos representara precisamente a la antigua lucha de los clásicos griegos, la búsqueda del equilibrio entre la pasión y la razón que daría como consecuencia la virtud. Como si la razón contenida se hubiera hecho ciudadana de Europa del Norte y la pasión se hubiera enseñoreado del Sur. Tal vez, quién sabe, si alguna vez se retoma el equilibrio que se alcanzó en la Atenas de Pericles, Europa entera podría reencontrarse a gusto consigo misma. De momento, nos encantó la cita revivida con la luz explosiva, el reino del mundo familiar en las terrazas y la cocina con sabor a nuestro. De eso hablaremos a partir de ahora.

Skorpios: el que puede puede

Ulyfox | 17 de abril de 2013 a las 13:40

 

No estoy seguro, pero una de estas puede ser la isla de Skorpios.

 

En el curso de uno de los viajes más intensos, agitados y gozosos de nuestra vida, hace ya más de 10 años, pasamos junto a Skorpios, la mítica residencia de los Onassis, su isla particular, la que había vivido las pasiones, intrigas y amoríos del magnate griego, la isla donde se casó y bañó su cuerpo Jacqueline la viuda de Kennedy y esposa del armador, y donde fue tan desgraciada Christina porque tenía un destino de desgraciada. En ese viaje, estuvimos a unos metros de la nieta del naviero de las gafas oscuras y el poder inmenso que llegó a ser el hombre más rico del mundo. Fue en el puerto de Nidrí, en la isla de Lefkada, frente a Skorpios y donde los lugareños descubrían aquella noche una estatua en honor de Aristóteles Onassis. Su única descendiente, Athina, estaba allí. Fue una noche de fiesta y de sorpresa para nosotros, que llegamos después de una larga e incierta peripecia, con banda de música y todo.

Penelope, a bordo del ‘Capitán Aristides’ y camino de Itaca.

A la mañana siguiente, en nuestro camino hacia Itaca a bordo del ‘Capitán Aristides’, el barco pasó muy cerca de Skorpios, pero sólo pudimos adivinar en lontananza lo que fue en sus tiempos la imagen del lujo: un paraíso verde en las Jónicas y con playas a disposición de una familia que había hecho correr ríos de tinta en todos los periódicos y revistas del mundo. Skorpios recibió a estadistas y multimillonarios en aquellos años 60 y 70, y en mi recuerdo infanitl aparece siempre un montón de gente sonriente, bronceada y con gafas de sol cuando este artilugio protector era solo una excentricidad de revista, y para nosotros niños no existía más defensa contra la fuerza del astro rey que achinar los ojos todo lo posible y combatir así el intenso reflejo en las fachadas de cal, en aquella calle empedrada con grandes chinos y acerada con losas de Tarifa, y en las explayadas azoteas.

Y Skorpios (ya veis aquí: http://www.abc.es/estilo/gente/20130417/abci-rica-heredera-skorpios-201304171205.html ) acaba de ser comprada por la hija de un magnate ruso. Signo de los tiempos: al glamour de Jackie, ex primera dama de Estados Unidos, y Maria Callas, la diva de la ópera y verdadero gran amor de Aris, le sucede ahora el exhibicionismo de los nuevos ricos. Las resonancias mafiosas de ambos orígenes seguramente tienen un fondo común y parecido, pero la presentación al gran público es considerablemente más hortera. Entre Ekaterina Rybolovleva, hija de Dmitry Ribolovlev, y Athina nieta de Onassis hay una diferencia de aspecto notable, pero quizá no habría que escarbar mucho para ver la gran semejanza entre las dos grandes injusticias que cimentaron su fortuna.

El tortuoso y provechoso camino

Ulyfox | 27 de mayo de 2012 a las 1:20

El puertecito de Frikes, al atardecer. Penelope, siempre presente

Dice el poema de Kavafis que todo el mundo conoce que “cuando emprendas el camino a Itaca, debes rezar para que el camino sea largo, lleno de aventuras y de descubrimientos, que sean muchas las mañanas en que llegues a un puerto que no conocías…” En fin, aquello de que es más, o por lo menos tan, importante el camino como el destino. Ulyses no conocía el poema de Kavafis, naturalmente, pero desde luego él lo aplicó bien con las calamidades que pasó para volver a su reino y con los mil ardides que tuvo que inventar para lograrlo.

A bordo del 'Capitán Aristide', saliendo de Nydrí hacia Ítaca

Itaca es mucho más que un destino, es un nombre, una palabra para designar el mismo concepto de viaje, y no puede desprenderse de la idea de retorno que le dio para siempre Homero en la ‘Odisea’, siempre esperando a Ulyses. Es una isla muy pequeña y no precisamente de las más hermosas, rodeada de hermosuras como está en el archipiélago griego de las Jónicas, las que caen al Oeste de Grecia casi pegando con el tacón de la bota italiana por un lado, y a un tiro de piedra de la península balcánica por el otro. Casi esconde su modestia compartiendo compañía con bellezas como Corfú, Paxos, Zakintos, Lefkada o Cefalonia. Digamos que Homero y Odiseo la engrandecieron, pero de eso hace tantos cientos de años que la fama no le da más que para recibir unos pocos turistas. Para ir a Ítaca tienes que estar enamorado de la Odisea.

La costa de Lefkada, desde el 'Capitán Aristide'

Nosotros, naturalmente, estábamos enamorados de la Odisea, de Ulyses, de la misma idea de Ítaca cuando decidimos aquel lejano septiembre llegar hasta sus costas. Fue un largo y provechoso camino, como mandaba el poema. Veníamos de la Costa Amalfitana, de Capri, cruzando Italia desde Nápoles hasta Brindisi en tren, alcanzando a lo justo un ferry hasta Corfú y luego, casi sin descanso, en hidrodeslizador sobre un mar encrespado hasta la maravillosa y pequeñísima isla de Paxos, desde la que, tras unos días de aislamiento inolvidable, se suponía que era fácil acceder a lo que fue el reino de Ulyses y Penélope, los auténticos.

La playa de Lakka, en la pequeñísima Paxos.

Pero el Mediterráneo tiene sus propias leyes, y la mañana prevista para zarpar se despertó de mal humor. El barco, tipo catamarán, no salió. Plantados con nuestras maletas en el muelle, decidimos volver al pueblo y recapacitar ante una taza de café. Ya vendría la solución. Y si no viene, Penélope, la mía, discurre ella sola como toda una agencia de viajes de las grandes.

Nos enteramos, no recuerdo cómo, de que un barco mercante, suficientemente grande para resistir el temporal, salía hacia el continente, al puerto de Igoumenitsa, y que admitía pasajeros. Se podría intentar, aunque ello supusiera dar un gran rodeo, llegar hasta ese puerto y luego viajar en autobús hasta la isla de Lefkada, que en realidad está unida al continente por un puente, y de allí saltar al día siguiente hasta Ítaca. ¿Quién dijo miedo?

En Ítaca, tal vez la playa en la que desembarcó Ulyses

Volvimos al muelle de la capital de Paxos, Gaios, con las maletas. Y nos embarcamos en el mercante, inquietos y excitados por lo incierto del camino que emprendíamos. En una hora arribamos a Igoumenitsa, una ciudad con el aspecto destartalado que tienen muchas poblaciones griegas. No era nuestro día. Perdimos el autobús a Lefkada por unos pocos minutos. Y allí estábamos, parados en medio de un puerto grande, gris, descuidado y polvoriento, bastante lejos de nuestro destino itaquiano. La cabeza de Pe dibujó entonces el plan C: había que alquilar un coche y conducir hacia el sur hasta Lefkada capital y luego tomar el último autobús hasta el puerto de Nydrí, en la misma isla, hacer noche allí y partir con el amanecer, por fin, a Ítaca ¿quién dijo miedo?

Kioni, un agradable puertecito de Ítaca, en un día gris.

Poco después, tras almorzar ligeramente y esperar a que abriera la tienda de alquiler de coches, costeábamos con nuestro utilitari0 sobrepasando ciudades medianas, playas extensas y solitarias, ruinas de murallas griegas, tomando un transbordador para sortear las marismas de Preveza para llegar con la caída del largo día a la capital de la llamada isla blanca. Ya habréis imaginado lo que pasó después de que entregáramos el coche: el último autobús a Nydrí se acababa de marchar.

Una vista mucho más bonita del 'Capitán Aristide'

No hay problema sin solución, mientras haya un plan D y taxis que te puedan llevar veintitantos kilómetros más allá. Acordamos el precio con uno, y mientras las verdes costas se iban haciendo cada vez más oscuras en la carretera, el angloparlante torpe que vive en mí se torturaba con una pregunta: “¿El taxista me ha dicho fifteen thousands dracmas o fifty thousands ?” La diferencia era sustancial y esa inquietud monetaria, unida a la incertidumbre de si encontraríamos donde dormir en Nydrí, desconocida para nosotros, nos llenó de zozobra el trayecto silencioso. Pero Palas Atenea nunca abandona a sus hijos. ¡Eran fifteen! El hombre nos dejó cerca del muelle, junto a una taberna, una muchedumbre impedía el paso más allá. Fue abrir la puerta del coche y empezar a sonar una banda de música entre aplausos y vítores ¡vaya recibimiento! ¿qué pasa, qué pasa? Athina, la nieta de Aristóteles Onassis, estaba descubriendo una estatua en honor a su abuelo que le dedicaba el pueblo de Nydrí por su labor en la ciudad. A un tiro de piedra, allí en la Bahía, está la isla de Skorpios, propiedad del gran magnate naviero griego, y en la que pasaba sus vacaciones junto a sus poderosos amigos. Por el mismo suelo que pisábamos había paseado numerosas veces con María Callas, con Jacqueline…

El perfecto amanecer dorado que nos condujo a Ítaca.

Y claro que encontramos cama, y un pueblo turístico muy animado, y nos zampamos una suculenta parrillada de pescado… y a la mañana siguiente, una de las más bellas que recuerdo, con la aurora de rosáceos dedos abriéndose entre la bruma y sobre un mar como de vino, viajábamos a bordo del ‘Capitán Aristide’, rumbo por fin al puerto de Frikes, Ítaca. Pero lo importante había sido el camino, difícil como manda el poema, provechoso…