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Premio a un recuerdo

Ulyfox | 10 de junio de 2015 a las 13:04

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

Le acaban de dar el premio Princesa de Asturias a un recuerdo mío. Dicen Leonardo Padura y viajo de pronto a un lugar que no tiene nada que ver con Cuba, ni con México ni con Rusia. Tiene más que ver con el Imperio romano. Fue una noche de otoño hace más de tres años cuando conocí a Padura, una noche en la que andaba vagando por Mérida en busca de una lectura que compensara mis olvidos. Entonces dimos con la librería Punto Aparte, abierta milagrosamente cerca de las nueve. Su amabilísima y dispuesta propietaria me recomendó El hombre que amaba a los perros, del ahora premiado, y nunca se lo agradeceré bastante. Porque ayudó en las noches de aquel viaje y porque me descubrió al autor. Un libro delicadísimo y a medias entre la ficción y la historia, con el asesinato de Trotsky de fondo, que en realidad es la vida de su asesino Ramón Mercader. Gracias a aquella librera por el libro, y al jurado del Princesa de Asturias por el recuerdo.

 

Diez viajes de los mejores

Ulyfox | 18 de diciembre de 2013 a las 1:11

Es que no puede ser. Es que este hombre me cuida. Acabo de recibir de Ricardo, el hombre que podría escribir novelas con las historias de su familia, este enlace:

http://lalineadelhorizonte.com/blog/los-10-mejores-relatos-de-viajes-de-2013/

Yo sé que busca hacer de mí un escritor de viajes. Como yo sueño con lo mismo, me dejo querer con sus atenciones en forma de regalos y sugerencias. Resulta que hay una revista digital, que también es editorial, que lleva el hermoso nombre de La Línea del Horizonte, LDH (como si fuera una enzima o un componente de la sangre) para los amigos, y en el blog que lleva aparejado su página web han hecho una subjetiva selección de los diez mejores libros de viaje publicados en el año 2013. No he escapado mal, puesto que en la lista hay dos conocidos míos: El laberinto junto al mar (que he leído y me regaló hace poco ¿adivináis quién? ¡premio! sí, Ricardo) y una biografía de Patrick Leigh Fermor, escrita por su amiga Artemis Cooper, al que le sigo los pasos y pronto capturaré, en cuanto acabe El tiempo de los regalos.

He repasado la lista y encuentro viajes en coche por Europa e itinerarios tan aventureros como los que van en busca de las fuentes del Nilo, títulos evocadores y capaces de provocar ensueños y tiritonas nerviosas por coger las maletas, la mochila o el hatillo, recipientes formales de las ganas de marcharse. La lista engloba diferentes maneras de vivir el o del viaje, la del que no puede parar quieto, la del que busca siempre los confines, la del que ha hallado su paraíso y se engolfa en él. Mi ya amigo Paddy Leigh Fermor decidió enfrentarse con un largo viaje a pie por Europa cuando se enfrentó con la vida, antes de cumplir los 19. De eso va El tiempo de los regalos. Quería conocer, pero cuando ya vivió, decidió que en realidad siempre había querido vivir en Grecia. A él los viajes le trataron bien. En aquel primero quiso caminar como un mendigo y dormir en los pajares, pero en realidad encontraba amigos y nobles recomendados por su familia que le alojaban en hermosos castillos. En realidad, privilegios de ser rico de familia.

Estos libros, los de la lista y otros muchos, nos dan al menos la oportunidad de hacer esos viajes de una forma tan humana como imaginando y viviendo. Y con un billete muy barato. Ya que otros han vivido lo que nosotros no, aprovechémonos de sus relatos. Viajemos.

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Es tiempo de Paddy

Ulyfox | 14 de noviembre de 2013 a las 22:43

el-tiempo-de-los-regalos-entre-los-bosques-y-el-agua_patrick-leigh-fermor_libro-OAFI550Somos tan incultos (hablo por mí), tenemos tantos libros que leer, tantas películas que ver, tanta música que escuchar… De momento me he comprado el libro. Por fin me dije ¡joé cómpralo ya! Y ayer por la mañana fui a recogerlo, y no pude esperar y en el camino de vuelta a casa me senté en aquella terraza modesta de cuatro mesas y sillas de metal, tan frías en invierno y ahora caldeaditas por el sol, y mientras tomaba un café leí el prólogo de Jacinto Antón. Aquí está, lo tengo, dos libros en un solo volumen: El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, las dos partes que relatan el viaje que Patrick ‘Paddy’ Leigh Fermor hizo tan joven como con 19 años, y con la única compañía de su mochila, por toda Europa, desde Holanda hasta Constantinopla. Arrastran fama de ser dos de los mejores libros de viajes escritos nunca. Y ya el prólogo te da unas ganas de querer a este hombre tan especial, vagabundo en los Cárpatos, guerrillero en Creta, viajero siempre. Apenas lo he empezado, pero llevo tiempo enamorado de esta persona-personaje, aristócrata y bohemio, dicen que conquistador, seductor, divertido y totalmente singular.

Ya os iré contando. De momento, felicitadme: me dispongo a pasar una temporada en compañía de este aventurero que era como el que muchos quisimos ser y no nos lo permitimos o no nos lo permitieron, ese inglés que secuestraba generales alemanes en Creta y luego hablaba con ellos en latín, sabio en lenguas clásicas e inútil en matemáticas. Me dispongo a entrar en su mundo, y estoy seguro de que no me defraudará. Tal vez, seguro, aprenda algo.

Durrell, otro regalo

Ulyfox | 27 de agosto de 2012 a las 0:47

Fuente turca en la calle Sokratous de Rodas

 

Ayer traía el suplemento Babelia de El País un maravilloso artículo de Jacinto Antón ( http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/23/actualidad/1345723266_009314.html )sobre una de las últimas novedades de la editorial Edhasa: la Trilogía mediterránea de Lawrence Durrell. Eso quiere decir ni más ni menos que poner en un solo tomo los tres libros que escribió el novelista y poeta inglés de espíritu griego sobre tres islas en las que vivió largo tiempo: Corfú (La celda de Próspero), Rodas (Reflexiones sobre una Venus marina) y Chipre (Limones amargos). Tres obras espléndidas, brillantes y luminosas, que yo tengo ya la suerte de poseer juntos gracias a un reciente, espléndido e impagable regalo (ah0ra que caigo: di por supuesto que era un regalo cuando me lo trajeron) de Ricardo y Cana, dos amigos en el espíritu helénico, ya hermanos de luz aun con tan poco tiempo.

De este Durrell comencé y terminé sin mucho entusiasmo Justine (ya sé que entre mis múltiples tareas pendientes tengo la de retomar el Cuarteto de Alejandría) y tengo como una de mis guías su obra Las islas griegas. Hace tiempo ya me zampé La celda de Próspero (que ya estoy releyendo y disfrutando aún más), después de nuestra primera visita a Corfú, y hace apenas dos meses leí precisamente Limones amargos, pero es un gozo enorme tener entre las manos este grueso volumen, lleno de vivencias y de poesía, repleto de amor forastero por el pueblo griego, una extraordinaria mirada inglesa, de esos ingleses dominadores pero también amantes de los sitios donde gobernaban. Nunca agradeceré bastante el regalo. Del otro Durrell (su hermano Gerald) siempre reviviré los inmensos ratos pasados con su trilogía de Corfú, sobre todo el primero de la serie, el divertidísimo, recomendable y grande Mi familia y otros animales, que leí precisamente en esa isla tan griega, tan veneciana y tan inglesa a la vez.

¿Qué queréis que os diga? Es impagable la cantidad de impulsos que estamos recibiendo desde que empezamos a trabajar en la guía de Creta: una agenda Moleskine, un gran bolígrafo Faber Castell, la bibliografía facilitada por Ricardo y Cana, una cena de ánimos, vinos y besos previa… Una colección de amistades en su forma más pura, una avalancha de buenos deseos de seres voluntariosos en la misma fe de que nuestro trabajo salga bien, y que estoy seguro se sentirán igual de contentos cuando el resultado vea la luz. Ellos serán, en buena parte, coautores.

Mensaje en una botella

Ulyfox | 6 de mayo de 2012 a las 1:30

El libro del Mani ya está en el equipaje de los preparativos para el viaje a Creta.

En la era digital, de los wasap y los sms, lo que mejor funciona es lo de siempre: un mensaje en una botella. Ese sí es un link misterioso a lo desconocido y prometedor. Nuestro amigo viajero Avenger lanzó una desde Creta hace unos meses, aunque él le ayudó en el empujoncito. Pero la botella ya venía desde Santorini. Con su ayuda voló hasta Cádiz y desde Cádiz a San Fernando, a una casa cerca de la playa de La Casería. El mensaje de amistad que ese envase de vidrio tenía dentro fue bebido hoy mismo en el merendero La Corchuela. Su dueño, Muriel, con la intervención de Ortiz, el mejor camarero del mundo según Lobeli, la acogió desde nuestras manos y la llevó amablemente al congelador para darle el punto justo de frío. Ricardo y Encarna, surgidos de la nada y amigos desde ya por el afán viajero y la pasión de contarlo, fueron los compañeros de degustación, entre almendritas, coquinas, croquetas y gambas.

Y qué gusto leer el generoso mensaje de uva de Avenger, fresquito, mientras alrededor la música de la conversación sonaba a Creta, a Paxos, a Corfú, a Rodas, a Chalki, a las Espóradas… con unas improvisaciones sobre Croacia, Cuba, Birmania, la India y Jordania. A veces no hace falta salir para dar la vuelta al mundo.

Ricardo y Encarna querían información, tal vez asesoramiento, y charla sobre un gustoso dilema: a la hora de su próximo viaje a Grecia, en julio, debían elegir entre Creta y un combinado Rodas-Halki, y nos concedieron el honor de tener voz y voto en esa decisón. Pero, además de ganas, venían cargados de presentes: numerosas revistas sobre Creta y el Dodecaneso, un recuerdo de Santorini en forma de mapa (con Il Cantuccio señalado), folletos de sus hoteles vividos… y un libro, hermoso ya desde la portada y el título: Mani, viaje por el sur del Peloponeso, de Patrick Leigh Fermor, un inglés aventurero y guerrillero en Creta, afincado para siempre en esa región continental de Grecia, un regalo que por ser libro y venir desde el mejor de los deseos, queda siempre en mi corazón. Una ofrenda que empezaré a leer ya, en cuanto ponga el punto final a esta entrada. Mani es una región remota, salvaje, casi rebeldemente espiritual de Grecia, que hasta ahora no hemos visitado, y que creo que después de esta lectura nos atraerá irremediablemente, no permitirá que desistamos de nuevo.

Como si fuera una afortunada y engordante bola de buen deseo, como la piedra que algunas veces lanzamos al lago y ondea su corriente concéntrica, unas palabras escritas en este blog sin ánimo de lucro, para nuestro disfrute, terminan volteando, retornando en forma de amistosas, desinteresadas dádivas. Unas líneas sobre Grecia, el país más desacreditado, alcanzan con su onda al receptor adecuado. Y ese amor a una tierra se ve correspondido por un hermoso lapso de cinco horas a la manera mediterránea: vino, libros, abrazos, palabras, sonrisas. Cómo no estar ilimitadamente, helénicamente agradecido. Cómo no creer en los dioses, si dos almas que cayeron rendidas ante la Puerta de los Leones de Micenas se encuentran inesperadamente en un bar de una modesta playa de bario para confesarse que en aquel lejano día se reencontraron con sus espíritus, frente a la muralla ciclópea. José Antonio y Moni, Ricardo y Encarna, entrenadores de viaje, prologuistas morales de guías: mensaje recibido.

Para ver Nueva York con ojos de cine

Ulyfox | 10 de abril de 2012 a las 14:07

 Sé que no tengo muchos lectores en Madrid. Si acaso, algunos amigos que encuentran en este espacio un lugar donde seguirme en mi vicio viajero. Pero si alguno me lee en la capital del Reino me permito hacerle una recomendación a ciegas. A ciegas porque de lo que voy a hablar no tengo conocimiento, aunque sí buenas sensaciones. Este viernes 13 de abril se presenta en la National Geographic Store, en la Gran Vía 74 y a las ocho de la tarde, el libro ‘El Nueva York de El Padrino y otras películas de la Mafia’. Que no me negaréis que es seductor. Así que si coincide que andáis por Madrid y tenéis un rato, pasaos por allí y me contáis.

He dicho que no tengo ni idea del asunto y es verdad casi absoluta: no he leído el libro, que en realidad es una guía de viaje a Nueva York a través de los escenarios en los que transcurren esas películas que tanto nos gustan. Y además tampoco conozco Nueva York, y esto último sé que va resultando ya imperdonable, siendo como es la ciudad más cinematográfica. Ahí sigue, pendiente el trabajo a la espera de convencer a Penélope de la necesidad de volar eternas horas sobre el charco y pasar fronteras desagradables e incómodas. Así que si además conocéis la gran manzana, contadme también. Pero, en mi descargo, sí debo decir que conozco bastante bien El Padrino, lo que equivale a decir que admiro esta trilogía tan humana y fundamental, y además he estado en Sicilia, como sabéis los más empedernidos lectores de mi blog.

Y a lo mejor este libro de María Adell y Pau Llavador resulta una buena guía. El título ya es una invitación. Contadme.

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“La fortuna ha guiado nuestros pasos…

Ulyfox | 7 de diciembre de 2011 a las 14:56

 

El templo de Diana, una joyita en el centro de Mérida

… mejor de lo que acertáramos a desear”, le dijo Don Quijote a Sancho al encontrarse con molinos que creía gigantes y viendo llegada la hora de su gloria. Recordé estas precisas y preciosas palabras de Cervantes en Mérida tras comprobar los extraños giros del destino iniciados cuando olvidé el netbook (ese ordenador pequeñito compañero de nuestros últimos viajes). Me consolé en seguida: leeré en vez de escribir, pensé. Pocos minutos después caía en la cuenta: también se me había olvidado el libro. El poder del perro tiene el gafe, querido Picaporte, y mira que me está gustando. Ese panorama me hizo llegar a Mérida con el ánimo un poco caído, con la perspectiva de largas horas en las largas noches de invierno. La televisión no era, desde luego, consuelo.

Ante el hotel Mérida Palace, muy recomendable

La fortuna guió de nuevo nuestros pasos. No confiaba en encontrar una librería abierta, a una hora difícil. Tras acomodarnos en el magnífico hotel Mérida Palace  (http://www.hotelmeridapalace.com/ES/hotel.html)  comenzamos a pasear por la ciudad, escala extremeña en nuestro viaje a La Alberca, anochecida ya la antigua Emérita Augusta. Pero cerca del Templo de Diana se nos apareció Punto Aparte, la “librería de guardia” según la definió su animada y atenta encargada. Un negocio recogido, con los libros cerniéndose sobre ti, como está mandado, calentito en muchos sentidos en mitad del frío que se había levantado. Pregunté por Con el agua al cuello de Petros Márkaris, retrato de la crisis griega, es decir la nuestra, con el telón de fondo de los crímenes que debe resolver el peculiar comisario Jaritos. Agotado, me dijo pesarosa la librera tras conocer mi desamparo literario por mor de mi mala cabeza. Pero se produjo la escena que sólo puede darse en una librería. La encargada me recomendó varios libros como alternativa, otro Márkaris, Mankell, Connolly, los hojeé, y al final me convenció con El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. Pe se llevó El silencio de los claustros, de Alicia Giménez-Barlett. Los estamos disfrutand0.

El espléndido Teatro Romano, ¿quién no lo conoce?

Los consejos de la librera se extendieron, ante nuestras preguntas, al terreno gastronómico. Queríamos saber de un lugar para cenar. Allí cerca estaba el Trece Uvas, esperándonos: vinos y raciones. En ese local ambientado, la fortuna siguió rodando después del dulce encuentro en la librería. Sorprendentes, riquísimas y generosas croquetas de gambas al ajillo, delicioso revuelto de la casa. Y un vino descubierto: Nadir, de la Tierra de Barros. Muy bueno, muy bueno, agradable, saborido, suave, propiciador de la conversación.

Un detalle de la escena del Teatro Romano

El senil olvido nos llevó a la librería de agradable conversación, y ésta, además de a dos libros, a horas de lectura y a un rato de alegre gastronomía local, y al descubrimiento de un vino. Bastantes razones para pensar que quizá sea necesario que algo salga mal al principio, que haya un cambio de planes, que la fortuna acuda en tu ayuda, y que ésta casi siempre lo hace en los viajes si se la sabe buscar en el sitio y momento adecuado.

Penélope atiende a las explicaciones de Pedro Pablo Serrano en su tienda de Mérida.

Todo eso nos animó a revisitar Mérida a la mañana siguiente, cuando en realidad pensábamos salir temprano para la salmantina La Alberca. Y no nos arrepentimos en absoluto, en busca de la huella romana… y en busca del vino. Los hallamos, la primera en los atractivos restos arqueológicos, el segundo cerca del Museo Romano, en la espléndida tienda Serraquesada (http://www.extremaduraaldia.com/merida/serraquesada-un-autentico-placer-para-los-sentidos/100162.html), en la que entramos buscando una botella y salimos con media docena, producto de las explicaciones de su encargado, un hombre mayor y sabedor de vinos, Pedro Pablo Serrano. La fortuna, definitivamente, se alió con nosotros en Mérida.

¿Por qué no a Itaca en moto?

Ulyfox | 8 de junio de 2011 a las 13:44

Tengo una antigua, lejana y poco glamourosa experiencia con las motos. No creo que me pueda considerar motero porque una mobylette de 49 centímetros fuera mi primer vehículo de trabajo, precisamente en los tiempos en que, en este país, estaba comenzando a ser sustituida en tal cometido por los utilitarios. Fue en mi primer trabajo en el Diario. Mi madre me prestó el dinero necesario para adquirirla, y por supuesto que se la pagué con mi escueto pero honrado salario mensual. La mobylette me llevó y me trajo durante esos meses de verano de San Fernando a Cádiz seis días a la semana, con el fresco en la cara. La llegada del invierno fue más dura, y la ligereza de mi indumentaria tuvo que incrementarse con guantes, chaquetones y hasta un impermeable de pescador para los días más duros y los regresos nocturnos más desapacibles. A la moto la equipé con un aparatoso parabrisas. Nada de eso evitó grandes caladas y algunas tiritonas cuando llegó diciembre. Supongo que era joven y por eso aguanté, porque yo seguí viviendo en San Fernando y el trabajo siguió en Cádiz durante años, y los desplazamientos sobre esas dos sencillas ruedas también. Los tiempos cambiaron y la moto quedó aparcada junto a la pared de mi casa paterna hasta que la malvendí a un familiar. Quizá tendría que haberla conservado. Ahí acabó mi vida como motero.

Viene toda historia de abuelo cebolleta a cuento de un libro a cuyo autor acabo de entrevistar. Se llama España en moto 2011 y está escrito por Pedro Pardo, un inquieto bilbaíno que dirige la editorial líder en el sector de guías de viaje, Anaya Touring, pero que además es propietario del restaurante Trafalgar en Vejer de la Frontera. Naturalmente, él sí que es un experto motero, y no hay rincón de la Península al que uno se pueda acercar sobre dos ruedas que le sea desconocido. Hablando con él parece ser una de esas personas que han encontrado la fórmula mágica de la felicidad dividida en tres tercios: en su caso, motos, libros y restaurante. Cualquier norte que nos ayude en esa difícil tarea debe ser bienvenido.

Así que, por si a alguno os interesa, aquí va a esta recomendación, que busca llegar a los sitios por el camino más complicado y más hermoso. Por si tenéis moto, por si tenéis ganas, por si aún sois jóvenes, por si os gusta explorar, y por si como el mismo Pedro Pardo dice, sois de los que pensáis como Kavafis que el camino es más importante que el destino: “Cuando emprendáis el camino hacia Itaca/debéis rogar por que el camino sea largo/lleno de aventuras y descubrimientos/Que sean muchos los amaneceres/en los que amarréis en un puerto/que vuestros ojos desconocían… ” y, por supuesto, que durante el viaje “encontréis placer en los cuerpos más amorosos”, y que el dios del viento os sea propicio.

Así sea.

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Voy a recomendar un libro

Ulyfox | 2 de mayo de 2011 a las 19:47

Se llama La memoria del árbol. Es de un gaditano, amigo de siempre, lector y comentarista de este blog y bloguero consumado él mismo. Ha querido escribirlo, creo yo, para encontrarse con buena parte de él mismo, esa parte misteriosa de su pasado, una parte robada por la historia, por la falta de libertad, una parte que, al leerla, he caído en la cuenta que es de hecho, o podría ser, un trozo también de nuestra historia personal.

Quizá no todos tengamos, como Paco Piniella, un abuelo desaparecido en el tiempo, dado por muerto y resucitado a través de una carta llegada desde el más lejano rincón del mundo… para comunicarnos que acaba de morir, pero que ha dejado en Ucrania una familia paralela de tíos y primos. Un abuelo que se fue durante la Guerra Civil, y vivió su segunda vida en la Unión Soviética, con el carnet del partido y del sindicato, con el retrato de Lenin y las obras completas de La Pasionaria, con hijos y nietos además de los que había dejado en Cádiz. No todos tenemos un abuelo así, pero ya me gustaría a mí haber tenido la osadía de preguntarle al mío, tan callado en sus últimos años, lo que pensaba de su vida y a qué frente pertenecían las batallitas que contaba sobre la guerra, aquellas noches en que se iba la luz. Y qué amigos tenía en aquella época, y por qué se negaba a entrar en casa de sus cuñadas. El libro de Paco, con las cosas que cuenta, da ganas de indagar en la vida de la propia familia como él indagó desde que sintió la curiosidad por su abuelo Manuel, allá por su temprana adolescencia.

Naturalmente, este es un blog de viajes y por eso viene este asunto aquí. Porque Paco se fue con toda su familia actual, en sus pasadas vacaciones, hasta Ucrania a visitar a sus primos en aquel paisaje diferente. Yo no podría asegurar que es un sitio tan bonito como Cádiz, pero para la familia Piniella es uno de los más importantes.

En La memoria del árbol, Paco Piniella cuenta la historia remota y actual de su familia gaditana, y el viaje a Ucrania para conocer aquella rama que creció tanto. Pero no se puede comprar en librerías, sino a través de internet, es decir, este lugar virtual en el que me estáis leyendo. Este es el enlace:  http://www.lulu.com/product/hardcover/la-memoria-del-%C3%A1rbol/14363888

A mí me ha gustado mucho.

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Alguien a quien acabo de conocer

Ulyfox | 5 de agosto de 2010 a las 1:26

PORTADA-Tres-maneras-de-volcar-un-barco-7-2Os lo voy a presentar, aunque muchos tal vez lo conozcáis. Se llama Chris Stewart, fue batería del grupo británico Génesis (“Can you tell me well my country lights, set the uniform…” o algo así cantaban en Selling England by the Pound) pero la verdad es que lo echaron del grupo por malo, y ahora es escritor. Ha sido muchas cosas, esquilador de ovejas y navegante sin experiencia. Su mayor éxito editorial en España es Entre limones, un libro en el que cuenta su vida en un cortijo de Órgiva (Granada) a donde eligió retirarse con su familia. Es fundamentalmente un optimista. No he leído Entre limones, pero después de haberlo conocido a través del opúsculo (me encanta esta palabra) Tres maneras de volcar un barco, estoy decidido a enmendar el error y leerlo. He disfrutado serenamente con las historias y fracasos navegantes de Chris, con su sentido del humor, con su optimismo imbatible, sus paseos por los mares griegos y árticos, y por supuesto, con sus maneras de volcar los barcos. Se lo presto a quien quiera. Es tan sencillo como debería ser la vida.

chrisAquí lo tenéis. No me digáis que no tiene cara de ser Mr. Happy. Me ha recordado, no por su cara, sino por sus descripciones,  vagamente a otro optimista, vitalista y sin duda feliz escritor británico: el insuperable Gerald Durrell, autor de la inmortal Mi familia y otros animales, y de sus dos secuelas, una obra que te pone la sonrisa en la cara desde la primera a la última página. Durrell, hermano del más considerado por la crítica literaria, Lawrence, es para mí infinitamente más grande. Su descripción de los años que, siendo él un niño, pasó su familia en la isla griega de Corfú, el retrato de los bichos de la isla (incluidos sus parientes, por supuesto), del ambiente de un niño feliz y enamorado de la naturaleza, son unas memorias de la infancia que a muchos nos hubiera gustado tener: una madre locamente británica, una hermana digna heredera, un hermano bastante pedante… todo ello en un paisaje mediterráneo al que sólo son capaces de adaptarse los ingleses sin perder su anglicidad.

Y en estos libros, siempre, el viaje como lugar de residencia, no como incomodidad: cada descubrimiento es un paso normal al conocimiento interior y hacia el equilibrio con uno mismo. Ay, ay que ya te estoy calando, se dicen cada vez que dan un paso los viajeros. Y se gustan cada vez más.

Si no lo habéis hecho, haceros el favor de leerlos.

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