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Descubrimiento milagroso de un mosaico

Ulyfox | 21 de noviembre de 2017 a las 14:44

El singular mosaico con el Pantocrátor en la iglesia de Osios David de Salónica.

El singular mosaico de la Teofanía en la iglesia de Osios David de Salónica.

A veces la vida simple te brinda oportunidades sencillas e inolvidables. Como en Salónica a finales de agosto. Paseábamos por la parte alta (Anópolis)  más antigua de la capital de Macedonia. Todas las guías decían que por allí perdida entre la maraña del barrio casi turco se encontraba una joyita del arte bizantino, la iglesia de Osios David. Efectivamente, no fue muy fácil encontrarla. Había que estar pendiente de los cartelitos escritos en blanco sobre fondo rojo que en Grecia indican los sitios monumentales. Pero tras virar a derecha e izquierda, subir y bajar alguna que otra pendiente, atravesamos una pequeña cancela y aparecimos en un patio cuadrado en el que, bajo el sencillo porche blanco de columnas y tejado, se sentaban una mujer mayor y un hombre joven, junto a una puerta no demasiado monumental.

Tras saludar con el obligado ‘kalimera’ el joven entendió que queríamos visitar la iglesia y nos franqueó la entrada apartando una pesada cortina y entrando con nosotros. No había nadie más, y empezó a contarnos la historia del recinto. Se trata del templo cristiano más antiguo de Salónica, nada menos que del siglo V, y se aprecia a simple vista lo primitivo de su construcción. Nada más entrar, unos maravillosos frescos de los siglos XII y XIII que cuentan el nacimiento y la infancia de Cristo. Sobre esa visión a muchos ratos ingenua pero siempre de gran calidad pictórica, el hombre nos explicó detenidamente las diferencias entre las representaciones católicas tradicionales y las ortodoxas, resaltando muchas veces que el dogma es el mismo, pero las tradiciones difieren. Así, la Virgen aparece aquí acostada y cansada tras el parto, mientras que la figuración ‘romana’ la representa con el niño en brazos como si no hubiera pasado nada. San José se representa siempre con aspecto meditabundo y preocupado. Tenía razones el santo varón…

La pieza maestra es un mosaico del siglo V extraordinario. Se trata de la Teofanía (aparición como Dios) de Cristo y presenta muchos rasgos singulares, siendo el más llamativo de ellos que Jesucristo aparece sin barba, como un hombre joven. O tal vez como una mujer, dicen otros, ya que la comunidad que llevaba ese recinto en aquella época era un grupo de monjas… Sea como sea, es hermoso. Cristo aparece en un óvalo que se asemeja a un ojo humano, justo en el centro de lo que sería el iris, y a su alrededor los cuatro evangelistas con los animales que los representan según la tradición.

El mosaico estuvo durante siglos oculto tras un yeso con el que lo taparon durante la dominación otomana y fue, digamos ‘milagrosamente’, redescubierto tras un terremoto que a principios del siglo XX hizo caer la capa de estuco. Nosotros lo descubrimos en silencio, escuchando con deleite las explicaciones a cambio de una pequeña cantidad, solos en la iglesia, durante más de media hora, con un intercambio de preguntas y respuestas. Salimos después de casi una hora y aún disfrutábamos de la experiencia mientras bajábamos las cuestas camino hacia el mar de Salónica.

Sithonia, una Grecia verde y azul

Ulyfox | 19 de noviembre de 2017 a las 22:59

Una vista de Neos Marmaras.

Una vista de Neos Marmaras.

 

Nuestra intención es, tal vez, conocer toda Grecia. No por puro afán acaparador ni coleccionista, sino porque cada vez que damos con un territorio, una gente, un aire nuevo dentro de ese país, comprobamos que nos gusta igual que el resto. Por eso lo de nuestro periplo de este año por el Norte desconocido, y por eso seguirán otros años regiones como el Pilion, por ejemplo, donde habitan los centauros.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

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El caso es que nuestra visita a Macedonia y algo de Tracia debía incluir una escapada a las playas, claro. Y nos fijamos en la península Calcídica, Halkídki para los griegos. No sé si habéis reparado en ella. Es ese gran trozo casi cuadrado que se adentra en el mar al noreste de Grecia, justo debajo de Salónica, y del que salen como tres largos dedos. No son un destino turístico popular fuera de la zona, pero son tres dedos frondosos, llenos de bosques, montes y extraordinarias playas. El más occidental, llamado península de Casandra, es el más frecuentado por los turistas griegos, antes, y a los que se han sumado reciente y masivamente los de los países balcánicos más cercanos, Bulgaria y los de la antigua Yugoslavia, Serbia sobre todo. El dedo central es la península de Sithonia, un pequeño paraíso aún visitable en temporada baja aunque no puedes huir de los serbios. El saliente más oriental es muy especial: está ocupado en su mayor parte por una especie de república eclesial independiente, gobernada por los monjes ortodoxos, la península del Monte Athos, el Monte Sagrado para los griegos, con más de una decena de grandes monasterios, frente al mar o en el montañoso y boscoso interior. Se necesita un permiso, que hay que pedir con meses de antelación, para poder entrar en ella, y sólo puedes hacerlo si eres del género masculino. Las mujeres lo tienen prohibido. Esa quedará para otra ocasión, quién sabe.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

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Esta vez, elegimos Sithonia, la situada en medio. En esta península verde y de extraordinarias playas, el único pueblo que merece tal denominación es Neos Marmaras, un puertecito turístico en una pequeña bahía, con unas pendientes enormes y un urbanismo un tanto destartalado, pero que como casi todos los puertos griegos termina teniendo un cierto encanto. El paseo marítimo lleno de restaurantes y bares le otorga esa categoría de acogedor, y es un excelente lugar para tenerlo de base desde donde visitar la península. Ahí pasamos tres noches.

Nos alojamos en Haus Roula, unos apartamentos que debe ese nombre híbrido entre alemán y griego al hecho de que sus dueños trabajaron y vivieron muchos años en Alemania. Cuando llegamos, al hijo mayor nos lo encontramos en la puerta, con apuntes y libros de su recién estrenado curso de español. La familia es agradable y el apartamento, aunque pequeño, estaba limpio. Y el precio, imbatible.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

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Y a eso nos dedicamos. En el primer día nos acercamos a la playa más próxima al pueblo. Los dos siguientes, a bordo de nuestro coche alquilado visitamos en una jornada la costa oeste de la península, y en la siguiente, la parte este del litoral, aquí siempre con la imponente silueta de 2.033 metros de altura del Monte Athos al otro lado del mar. Los dos días tuvimos tiempo de asombrarnos del verdor y la frondosidad de los bosques que nos acompañaron todo el camino.

Esas cenas al atardecer...

Esas cenas al atardecer…

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En la costa oeste hay algunas concentraciones hoteleras, aunque nada que se pueda llamar masificación, frente a las playas. La más popular de estas es la de Kalamitsi, un enjambre de hamacas y sombrillas en una media luna de arena casi perfecta y con un agua que, más que invitarte a entrar, te abraza cuando entras. Cientos, tal vez miles de parejas rubias con dos o tres hijos invadían el espacio. Hubo un momento de angustia cuando un padre y una madre recorrieron durante largos minutos la playa de un lado a otro gritando el nombre de su hijo extraviado, con el rostro desencajado. Cuando las llamadas desesperadas de “¡Mathia, Mathia!” cesaron al aparecer el pequeño pareció como si un suspiro de alivio generalizado ordenara tranquilidad a todos los que estábamos allí. A pesar del gentío, pasamos unas cuantas horas en la hamaca, y hasta almorzamos allí mismo sobre la arena. Un gran servicio.

Al día siguiente, dedicamos el día a litoral este de Sithonia, lleno de calas verdes y azules: Panagia, Fteroti, Lagonisi frente a un paisaje de islotes; Karidi, con sus formaciones rocosas blancas, donde tuvimos un divertido encuentro en un restaurante con el encargado Nikos Karambelas, futbolista griego que jugó varias temporadas en España y que dijo ser muy amigo de Barral, el jugador isleño que milita en el Cádiz; la llamada Orange Beach. Para los que amamos Grecia y los escritos de Patrick Leigh Fermor y Robert Byron tenía una emoción especial bañarse mirando al Monte Athos. Tal vez un día…

Las veladas las pasamos cenando al atardecer en los restaurantes sobre el mar, con buen vino, buen pescado y buenos precios. Todos ellos, elementos que nos reafirman en nuestra teoría y práctica de que las vacaciones-vacaciones se deben pasar en Grecia.

 

Kavala, llegando al límite

Ulyfox | 29 de octubre de 2017 a las 20:19

Vista general de Kavala.

Vista general de Kavala.

 

En realidad, si mirábamos desde la terraza de nuestra habitación y veíamos la animación al atardecer, o si paseabas por el barrio antiguo de Panagia, camino del castillo, o pasabas bajo los arcos del impresionante acueducto que construyó Solimán el Magnífico, todo en el aire te hacía creer que estabas en un puerto turco. Pero Kavala está en Grecia todavía, aunque para llegar a ella tuvimos que cruzar casi toda Macedonia para asomarnos a las puertas de Tracia. Sí, aunque era la bandera griega de la cruz y las barras blanquiazules la que ondeaba allí arriba, en la torre del homenaje, nos habría parecido normal que en su lugar estuviera la turca de fondo rojo, la luna menguante y la estrella de cinco puntas, como si estuviéramos a orillas del Bósforo y no frente a la isla de Tasos.

 

Vista de los tejados de Panagia, desde el castillo.

Vista de los tejados de Panagia, desde el castillo. Al fondo, la isla de Tasos.

El acueducto de Kamares, mandado construir por Solimán el Magnífico.

El acueducto de Kamares, mandado construir por Solimán el Magnífico.

Pero de todas formas, el aspecto de la segunda ciudad de Macedonia tras Tesalónica es otomano, en las casas y en el conjunto urbano. No en vano, hace sólo poco más de cien años, hasta 1912, todavía pertenecía a Turquía y bajo su dominio estuvo 550 años. Por otro lado, el norte de Grecia tiene unos aromas diferentes del mundo de las islas, tan mediterráneo. Aquí todo parece más balcánico, sin dejar de ser totalmente helénico. Incluso el carácter de la gente parece más cerrado. El idioma es el mismo, la comida es idéntica, y sin embargo algo, mires hacia donde mires todo te lleva más a los Balcanes que al Egeo.

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Trazas indudablemente otomanas en el casco histórico de Kavala.

Trazas indudablemente otomanas en el casco histórico de Kavala.

La joya de Kavala, además de la vista de su puerto y del frente marítimo abarrotado de turistas, es su barrio antiguo amurallado, que lleva por nombre Panagia, algo así como el barrio de la Virgen, aunque en su trazado se conservan tanto iglesias como mezquitas. Aquí desembarcó San Pablo y, para completar la enriquecedora mezcla, el castillo lo construyeron los venecianos. En realidad, es como un resumen de la historia de Grecia en los últimos siglos.

Estuvimos sólo una jornada en Kavala, el último día de agosto. El calor era notable y a las horas en que más pegaba decidimos hacer la visita al casco viejo en lugar de acercarnos a una playa, que era a lo que invitaba la temperatura. Calles empedradas, turistas turcos y balcánicos y casas otomanas con la característica planta alta en voladizo fue lo que encontramos. Tras la ardua subida, lo agradable fue una bajada trufada de hermosas visiones, fachadas de colores vivos y recuerdos de pachás y sultanes a cada paso.  Un paseo tan largo como para que cuando vinimos a tomar un tentempié en el Paseo Marítimo fuera ya una hora tardía.

Al atardecer, la azotea del hotel brindaba una vista magnífica e ideal para un largo café frappé, tan griego…

Esperando el café en el atardecer de Kavala.

Esperando el café en el atardecer de Kavala.

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El final del día lo puso una caminata por el enorme paseo marítimo, peatonalizado en horas nocturnas, y una espléndida cena en el restaurante Apikos, donde tomamos una de las mejores tsousoukakia (albóndigas alargadas en salsa de tomate, a la manera de Esmirna) que nunca hemos probado. Y qué os vamos a decir: el precio era ridículo.

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Cita a solas con Filipo

Ulyfox | 21 de octubre de 2017 a las 17:55

Solitaria ante la tumba de Filipo II de Macedonia.

Solitaria ante la tumba de Filipo II de Macedonia.

Extrañamente, ante un testigo de la historia tan grande como ese no había nadie. El resto del museo, dispuesto y organizado modélicamente bajo el túmulo de las Tumbas Reales de Vergina, estaba lleno por un grupo de turistas, pero nadie había bajado una pequeña escalera de madera tras una abertura mediana para contemplar la tumba de Filipo II, el rey que hizo grande a Macedonia y gran estratega militar. Solos nosotros dos emocionados ante la puerta tenuemente iluminada. Casi daban ganas de rezar frente a las dos columnas falsas y el friso levemente coloreado. “Aquí estuvo Alejandro despidiendo para siempre a su padre” era obligado decir. Como pareció obligado saltarse la prohibición expresa y robar una foto para siempre. Con perdón.

Ante el túmulo de las tumbas reales de Vergina.

Ante el túmulo de las tumbas reales de Vergina.

Estábamos en Vergina, la capital de Macedonia, aquel reino que los atenienses consideraron bárbaro y ante el que, por no seguir los consejos preventivos de Demóstenes en sus Filípicas, tuvieron que rendirse en el campo de batalla para cambiar definitivamente la historia de Grecia y del mundo. Casi a continuación de su gran victoria, el rey macedonio Filipo fue asesinado y su hijo Alejandro, proclamado soberano de todos los griegos, prefirió emprender una campaña de conquista sin fin hasta su muerte en un lejano punto de su enorme imperio. La gesta sin parangón de Alejandro el Grande, Magno, O Megas, empezó y acabó con él. La cultura griega se extendió como nunca, pero tras su desaparición se dividió en un gran número de reinos, muchos de los cuales al cabo del tiempo fueron conquistados por los romanos… la Historia.

En Vergina, dentro del túmulo que alberga varias tumbas, todo era emocionante: el recuerdo de Filipo, la riqueza de los ropajes, armaduras, vajillas y adornos encontrados, la belleza de la pintura mural que se conserva… pero sobre todo estremecen las palabras del arqueólogo Manolis Andrónikos, que descubrió e investigó el el yacimiento, impresas en uno de los paneles del museo. En ellas, el investigador describe sus hallazgos con expresiones en las que se puede sentir el temblor de su voz por lo que iba encontrando y por la manera en que las coincidencias históricas le iban llevando a la conclusión de que realmente estaba ante la tumba del gran Filipo.

Restos de Pella, ciudad natal de Alejandro el Grande.

Restos de Pella, ciudad natal de Alejandro el Grande.

Disfrutamos un buen rato en ese museo, didácticamente montado con una luz tenue que realza el brillo del oro y la plata de urnas, diademas y adornos. Y sentí no tener el arrojo suficiente para fotografiar también la armadura de Filipo. Realmente, aunque muchos datos indican que es el lugar de descanso eterno del rey macedonio, aún no se ha podido determinar con absoluta certeza que así sea. Pero da igual. Para nosotros, algo que no fuera ciertamente su espíritu no podría provocar esa sensación real.

 

Una pared del palacio real en el nuevo museo de Pella.

Una pared estucada del palacio real en el nuevo museo de Pella.

 

Después de rendir homenaje al padre nos trasladamos a Pella, la que luego fue capital también de Macedonia y que tuvo el honor de ser la cuna de Alejandro. Los restos arqueológicos de la antigua ciudad tienen el encanto de los campos yermos en los que la Historia ocurrió. Unas cuantas columnas se elevan al cielo, unos pocos preciosos mosaicos parecen descuidados y lo que queda de unos baños públicos más abajo le dan realismo y realeza. No son la muestra arqueológica más bella de Grecia, pero tienen al lado un museo reluciente, flamante, con cientos de piezas maestras. Para mí, lo mejor era la distribución tan moderna del recinto y la exposición de ajuares funerarios de nobles guerreros macedonios.

Cascos y armas macedonios dentro de ajuares funerarios hallados en Pella.

Cascos y armas macedonios dentro de ajuares funerarios hallados en Pella.

Es imposible permanecer impasible. Miles de años después, la huella de grandes personajes está frente a ti. Así que contentos como pocas veces, nos dirigimos a nuestra siguiente parada, el pueblo de Veria, en el que pudimos hacer poco más que cenar (muy bien, por cierto) y dormir para continuar al día siguiente nuestro gran periplo griego, este año más grande que nunca.

Ajuar de la tumba de un noble guerrero de Pella.

Ajuar de la tumba de un noble guerrero de Pella.

 

Mosaico de 'La caza del ciervo' en una de las casas de Pella.

Mosaico de ‘La caza del ciervo’ en una de las casas de Pella.

 

Estatua del hijo más ilustre de Pella, Alejandro el Grande, en el centro del pueblo.

Estatua del hijo más ilustre de Pella, Alejandro el Grande, en el centro del pueblo.