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Kavala, llegando al límite

Ulyfox | 29 de octubre de 2017 a las 20:19

Vista general de Kavala.

Vista general de Kavala.

 

En realidad, si mirábamos desde la terraza de nuestra habitación y veíamos la animación al atardecer, o si paseabas por el barrio antiguo de Panagia, camino del castillo, o pasabas bajo los arcos del impresionante acueducto que construyó Solimán el Magnífico, todo en el aire te hacía creer que estabas en un puerto turco. Pero Kavala está en Grecia todavía, aunque para llegar a ella tuvimos que cruzar casi toda Macedonia para asomarnos a las puertas de Tracia. Sí, aunque era la bandera griega de la cruz y las barras blanquiazules la que ondeaba allí arriba, en la torre del homenaje, nos habría parecido normal que en su lugar estuviera la turca de fondo rojo, la luna menguante y la estrella de cinco puntas, como si estuviéramos a orillas del Bósforo y no frente a la isla de Tasos.

 

Vista de los tejados de Panagia, desde el castillo.

Vista de los tejados de Panagia, desde el castillo. Al fondo, la isla de Tasos.

El acueducto de Kamares, mandado construir por Solimán el Magnífico.

El acueducto de Kamares, mandado construir por Solimán el Magnífico.

Pero de todas formas, el aspecto de la segunda ciudad de Macedonia tras Tesalónica es otomano, en las casas y en el conjunto urbano. No en vano, hace sólo poco más de cien años, hasta 1912, todavía pertenecía a Turquía y bajo su dominio estuvo 550 años. Por otro lado, el norte de Grecia tiene unos aromas diferentes del mundo de las islas, tan mediterráneo. Aquí todo parece más balcánico, sin dejar de ser totalmente helénico. Incluso el carácter de la gente parece más cerrado. El idioma es el mismo, la comida es idéntica, y sin embargo algo, mires hacia donde mires todo te lleva más a los Balcanes que al Egeo.

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Trazas indudablemente otomanas en el casco histórico de Kavala.

Trazas indudablemente otomanas en el casco histórico de Kavala.

La joya de Kavala, además de la vista de su puerto y del frente marítimo abarrotado de turistas, es su barrio antiguo amurallado, que lleva por nombre Panagia, algo así como el barrio de la Virgen, aunque en su trazado se conservan tanto iglesias como mezquitas. Aquí desembarcó San Pablo y, para completar la enriquecedora mezcla, el castillo lo construyeron los venecianos. En realidad, es como un resumen de la historia de Grecia en los últimos siglos.

Estuvimos sólo una jornada en Kavala, el último día de agosto. El calor era notable y a las horas en que más pegaba decidimos hacer la visita al casco viejo en lugar de acercarnos a una playa, que era a lo que invitaba la temperatura. Calles empedradas, turistas turcos y balcánicos y casas otomanas con la característica planta alta en voladizo fue lo que encontramos. Tras la ardua subida, lo agradable fue una bajada trufada de hermosas visiones, fachadas de colores vivos y recuerdos de pachás y sultanes a cada paso.  Un paseo tan largo como para que cuando vinimos a tomar un tentempié en el Paseo Marítimo fuera ya una hora tardía.

Al atardecer, la azotea del hotel brindaba una vista magnífica e ideal para un largo café frappé, tan griego…

Esperando el café en el atardecer de Kavala.

Esperando el café en el atardecer de Kavala.

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El final del día lo puso una caminata por el enorme paseo marítimo, peatonalizado en horas nocturnas, y una espléndida cena en el restaurante Apikos, donde tomamos una de las mejores tsousoukakia (albóndigas alargadas en salsa de tomate, a la manera de Esmirna) que nunca hemos probado. Y qué os vamos a decir: el precio era ridículo.

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Cita a solas con Filipo

Ulyfox | 21 de octubre de 2017 a las 17:55

Solitaria ante la tumba de Filipo II de Macedonia.

Solitaria ante la tumba de Filipo II de Macedonia.

Extrañamente, ante un testigo de la historia tan grande como ese no había nadie. El resto del museo, dispuesto y organizado modélicamente bajo el túmulo de las Tumbas Reales de Vergina, estaba lleno por un grupo de turistas, pero nadie había bajado una pequeña escalera de madera tras una abertura mediana para contemplar la tumba de Filipo II, el rey que hizo grande a Macedonia y gran estratega militar. Solos nosotros dos emocionados ante la puerta tenuemente iluminada. Casi daban ganas de rezar frente a las dos columnas falsas y el friso levemente coloreado. “Aquí estuvo Alejandro despidiendo para siempre a su padre” era obligado decir. Como pareció obligado saltarse la prohibición expresa y robar una foto para siempre. Con perdón.

Ante el túmulo de las tumbas reales de Vergina.

Ante el túmulo de las tumbas reales de Vergina.

Estábamos en Vergina, la capital de Macedonia, aquel reino que los atenienses consideraron bárbaro y ante el que, por no seguir los consejos preventivos de Demóstenes en sus Filípicas, tuvieron que rendirse en el campo de batalla para cambiar definitivamente la historia de Grecia y del mundo. Casi a continuación de su gran victoria, el rey macedonio Filipo fue asesinado y su hijo Alejandro, proclamado soberano de todos los griegos, prefirió emprender una campaña de conquista sin fin hasta su muerte en un lejano punto de su enorme imperio. La gesta sin parangón de Alejandro el Grande, Magno, O Megas, empezó y acabó con él. La cultura griega se extendió como nunca, pero tras su desaparición se dividió en un gran número de reinos, muchos de los cuales al cabo del tiempo fueron conquistados por los romanos… la Historia.

En Vergina, dentro del túmulo que alberga varias tumbas, todo era emocionante: el recuerdo de Filipo, la riqueza de los ropajes, armaduras, vajillas y adornos encontrados, la belleza de la pintura mural que se conserva… pero sobre todo estremecen las palabras del arqueólogo Manolis Andrónikos, que descubrió e investigó el el yacimiento, impresas en uno de los paneles del museo. En ellas, el investigador describe sus hallazgos con expresiones en las que se puede sentir el temblor de su voz por lo que iba encontrando y por la manera en que las coincidencias históricas le iban llevando a la conclusión de que realmente estaba ante la tumba del gran Filipo.

Restos de Pella, ciudad natal de Alejandro el Grande.

Restos de Pella, ciudad natal de Alejandro el Grande.

Disfrutamos un buen rato en ese museo, didácticamente montado con una luz tenue que realza el brillo del oro y la plata de urnas, diademas y adornos. Y sentí no tener el arrojo suficiente para fotografiar también la armadura de Filipo. Realmente, aunque muchos datos indican que es el lugar de descanso eterno del rey macedonio, aún no se ha podido determinar con absoluta certeza que así sea. Pero da igual. Para nosotros, algo que no fuera ciertamente su espíritu no podría provocar esa sensación real.

 

Una pared del palacio real en el nuevo museo de Pella.

Una pared estucada del palacio real en el nuevo museo de Pella.

 

Después de rendir homenaje al padre nos trasladamos a Pella, la que luego fue capital también de Macedonia y que tuvo el honor de ser la cuna de Alejandro. Los restos arqueológicos de la antigua ciudad tienen el encanto de los campos yermos en los que la Historia ocurrió. Unas cuantas columnas se elevan al cielo, unos pocos preciosos mosaicos parecen descuidados y lo que queda de unos baños públicos más abajo le dan realismo y realeza. No son la muestra arqueológica más bella de Grecia, pero tienen al lado un museo reluciente, flamante, con cientos de piezas maestras. Para mí, lo mejor era la distribución tan moderna del recinto y la exposición de ajuares funerarios de nobles guerreros macedonios.

Cascos y armas macedonios dentro de ajuares funerarios hallados en Pella.

Cascos y armas macedonios dentro de ajuares funerarios hallados en Pella.

Es imposible permanecer impasible. Miles de años después, la huella de grandes personajes está frente a ti. Así que contentos como pocas veces, nos dirigimos a nuestra siguiente parada, el pueblo de Veria, en el que pudimos hacer poco más que cenar (muy bien, por cierto) y dormir para continuar al día siguiente nuestro gran periplo griego, este año más grande que nunca.

Ajuar de la tumba de un noble guerrero de Pella.

Ajuar de la tumba de un noble guerrero de Pella.

 

Mosaico de 'La caza del ciervo' en una de las casas de Pella.

Mosaico de ‘La caza del ciervo’ en una de las casas de Pella.

 

Estatua del hijo más ilustre de Pella, Alejandro el Grande, en el centro del pueblo.

Estatua del hijo más ilustre de Pella, Alejandro el Grande, en el centro del pueblo.