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Vis, el gran descubrimiento

Ulyfox | 24 de enero de 2017 a las 12:49

Vista de Vis capital desde el ferry.

Vista de Vis capital desde el ferry.

A Croacia le ocurre en buena parte como a Grecia: tiene cientos de islas y, pese a la invasión turística y a la divulgación universal de sus encantos por causa de los múltiples caminos sociales modernos, aún conserva por fortuna la posibilidad de sorprenderte en algún rincón. Nos pasó este verano en Vis, una isla no desierta, ni mucho menos, ni desconocida. Pero sí se beneficia, tal vez, de haber sido durante décadas y durante el peculiar régimen socialista de Tito, un territorio casi velado por el secreto militar. Allí se ubicaban numerosas instalaciones bélicas como bases secretas de submarinos, de esas que aparecen en las películas de James Bond, y el mismo refugio antinuclear de Josip Broz. La llanura central de la isla está ocupada por un aéródromo cuya pista es una gran extensión de hierba y pasto ahora mismo. De hecho, uno de las excursiones turísticas de más éxito es la que tiene como objetivo la visita de estos lugares militares.

Rincones del sereno casco antiguo de Vis.

Rincones del sereno casco antiguo de Vis.

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Como a tantas, se llega a Vis en barco desde la luminosa Split. Dos horas de travesía calmada y nada más al arribar al puerto te alegra la visión de piedra, torres y almenas a la orilla marinera. La capital es como una población separada levemente en dos a lo largo de la orilla, y por detrás sólo unas pequeñas elevaciones sirven de fondo. La piedra dálmata tiene aquí un color más dorado que en el continente, donde es prácticamente blanca. Al desembarcar te sorprende agradablemente que en todo el frente marítimo está prohibida la circulación motorizada. Los peatones y las bicicletas son los dueños del paseo, lleno de barcos deportivos amarrados. La consecuencia inmediata es el silencio, el ambiente sereno, la elegancia, cualidades no exaltadas precisamente en el turismo de hoy en día pero no por eso menos agradables.

Torres palaciales, defensivas y religiosas.

Torres palaciales, defensivas y religiosas.

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Es inevitable decir que también eso le da a Vis un ambiente antiguo, como de veraneo de otros tiempos, que yo no he conocido pero que es como si siempre añorara. Días en los que es posible sacarle gusto a detenerse ante una iglesia gótica en un momento y al siguiente hacer una parada para apoyarse en el muro frente al mar para hacer uso del abrazo y el beso necesarios. EnVis se diría que las cosas, los negocios, los restaurantes están a la distancia y en el número apropiados. Entre los dos pequeños y equilibrados núcleos en los que se divide la capital de la isla discurre un agradable paseo frente al mar, con recodos en los que es posible darse un baño tranquilo. No se produce aglomeración sino una conveniente distribución de los establecimientos en el espacio. La calidad de los restaurantes es ideal, aunque ya pasaron los tiempos de los precios baratos. Tiene una gastronomía exquisita, basada obviamente en el mar. El pescado y el marisco croata son excelentes y la isla cuenta además con un tesoro único, un vino blanco bajo la denominación de bugava que alcanza un magnífico nivel y acompaña estupendamente los platos. Cosas como esas hacen de los viajes un descubrimiento.

Diferentes vistas de Vis en su hermosa bahía.

Diferentes vistas de Vis en su hermosa bahía.

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Pero además, Vis posee otros muchos atractivos naturales, como la espectacular y casi inaccesible playa de Stiniva, pequeño recodo tras una gran grieta en la roca; calas como la de Stoncica, en la que es tan elogiable el paraje y el agua como el asador del mismo nombre que allí ofrece sus delicias; pueblos encantadores como el de Komiza, en el extremo oeste de la isla, con su ribera llena de encanto y su torre defensiva. En este, el turismo es mucho más apabullante y parece ser un centro de atención para el visitante más joven y ‘bohemio’. Pese a ser un lugar muy bello, con mucha más oferta hostelera y de distracción, qué queréis que os diga, antiguo que es uno, prefiero la serenidad de Vis capital. Y eso porque el ambiente es más humano, más manejable. Aquí existe un restaurante de gran éxito, de nombre y vinculación española: lleva por nombre Lola, y ahí asienta su negocio una gallega que está casada con un cocinero charlatán croata enamorado de la cocina de la tierra de su mujer. Instalado en un jardín precioso, es un lugar en verdad recomendable. Y yo diría que casi un síntoma de todo lo bueno de Vis.

La espectacular y difícil playa de Stiniva.

La espectacular y difícil playa de Stiniva.

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Vistas de la bella y animada Komiza.

Vistas de la bella y animada Komiza.

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Esos acantilados

Ulyfox | 21 de marzo de 2013 a las 14:23

Vista de Positano desde tierra, en la Costa Amalfitana.

 

El camarero de aquel pequeño paseo marítimo (lungomare le llaman bellamente) en aquel pequeño pueblo italiano no estaba desocupado. Daba vueltas y cuando nos vio se dirigió a nosotros para ofrecernos una mesa, con esa costumbre tan mediterránea de vender su local como el mejor. La noche era perfecta para convencernos: “Buona sera, volete il tavolo degli innamorati?” nos dijo el zalamero: “¿Quieren ustedes la mesa de los enamorados?” Como para decirle que no. Era nuestra segunda noche en Positano.

La Spiaggia Grande de Positano.

La noche anterior habíamos llegado tras un largo y azaroso viaje, que incluyó varias divertidas etapas. En realidad todo había comenzado con una llamada de nuestro amigo italiano Ettore, el recordado dueño de la famosa pizzería de San Fernando. A él le contamos que queríamos pasar unos días en la Costa Amalfitana. Bueno, entonces hay que contar que todo empezó en una película, El talento de Mr. Ripley, que nos deslumbró con sus escenas en la península de Sorrento (mejor siempre en italiano, Peninsula Sorrentina) y las islas del golfo de Nápoles, hasta el punto de que decidimos que teníamos que conocer ese sitio. Descubrimos que el pueblo se llamaba Positano y nos pusimos en marcha. A Ettore, como italiano, le encargamos que llamara al hotel La Tartana para reservarnos habitación y preguntar cómo podíamos llegar hasta ese sitio que se nos antojaba recóndito y casi inaccesible, encajonado entre montañas verdes y el mar. Aún recuerdo sus palabras cuando llamamos a Italia: “Buona sera, stó chiamando dalla Spagna…”

Penélope frente al mar de Positano.

El lugar era ciertamente difícil, pero seguimos las indicaciones que le dieron a nuestro amigo. Tuvimos que volar hasta Nápoles, y todo lo que siguió fue divertido. En el aeropuerto fue nuestro primer encuentro con la realidad napolitana. Los taxistas esperaban con el pie apoyado en una barrera metálica. “A la estación central, por favor”

-“La Stazione Centrale? “É molto pericolosa, molto grande, é una jungola. Dove volete andare?”, advirtió uno de ellos.

-“A Positano”, le respondimos

-“Meglio io vi porto fino Positano per 150.000 lire”, se ofreció para llevarnos hasta nuestro punto final, evitarnos varios trasbordos y de paso sacarse un buen dinerito.

Su insistencia no le sirvió para convencer a Penélope, que tenía muy claro que no estaba dispuesta a pagar ese dinero. ¡A la estación central! dijo con voz firme. Eso bastó para que el taxista asintiera sin más discusiones: “Ah, la donna!”, concluyó como diciendo “aquí no hay más que hablar”. Y nos dirijimos hacia la estación central, observando por primera vez durante el camino la imponente silueta del Vesubio, mientras atardecía. El taxista no se portó del todo mal, y nos llevó a la entrada de la Stazione que él nos dijo más segura. Allí debíamos tomar un tren hasta Sorrento, la línea Circumvesuviana, llamado así porque recorría todos los pueblos que circundan el gran volcán, incluyendo Pompeya y Herculano. En la estación aprendí que vía se dice binario. Recuerdo, no lo he olvidado, que nuestro convoy salía del binario tré.

Una parte de la Costa Amalfitana.

Lentamente, en esa especie de ferrobús de cercanías de tono verdoso y amplias ventanas, nos fuimos acercando con la noche a Sorrento, donde teníamos que coger un autobús hasta Positano. Ese tren era de gente trabajadora, se veía enseguida que volvían a sus casas de los extrarradios después de trabajar en la gran Nápoles. Gran parte del trayecto de más de una hora lo hicimos de pie, pegados a nuestras maletas. Al fin llegamos a Sorrento, de musical nombre y evocaciones pavarottianas, patria del  limoncello, llena efectivamente de limoneros que crecen en unos emparrados muy vistosos y que no pudimos ni entrever a esa hora. En la parada del autobús, unos jóvenes italianos se dieron cuenta de nuestra procedencia, y uno de ellos nos declaró inmediatamente su amor por el cine español y sobre todo por Almodóvar. Fue un agradable trayecto hasta Positano, con este guía espontáneo contándonos cosas de la zona, mientras afuera del autobús serpenteante por carreteras imposibles, allá abajo, divisábamos las oscuras aguas mediterráneas reflejando una muy a propósito luna llena.

Vista general de Positano desde el mar.

La Costa Amalfitana es así. El bus nos paró en un sitio extrañísimo, el pueblo estaba allí abajo y nosotros llevábamos, como siempre, dos pesadas maletas. En el camino, sólo lo que parecían unas inacabables escaleras con unas calles cada vez más hermosas y animadas, pero con un pavimento impracticable para las ruedas de nuestros bultos. El descenso fue duro. La Tartana (http://www.villalatartana.it/) estaba muy abajo, casi en el puertecito, una ensenada de esas minúsculas y abigarradas sólo posibles en Italia. Pero llegamos y, aunque para colmo la recepción y las habitaciones estaban subiendo más escaleras, resultó ser un lugar muy agradable, inolvidable, y nada más llegar nos dieron la llave y nos preguntaron a qué hora queríamos que nos sirvieran el desayuno en la habitación. Allí no había comedor, no cabía, y la solución nos pareció fantástica. A la mañana siguiente comprobamos que lo era más aún.

Desayuno en la terraza de Villa La Tartana.

Positano resultó ser un pueblo colorido y lleno de turismo, uno de esos lugares en los que parece imposible no ser feliz a poco que uno tenga algo de dinero. Cada uno de los cinco días se repitió el milagro del desayuno subido a la habitación y comido en la terraza mirando la cúpula de azulejos amarillos de la iglesia y un poco más allá el mar. Yo bajaba temprano a buscar el periódico español que llegaba con uno o dos días de retraso, cuando internet era una palabra lejana, y  me cruzaba a un montón de gente feliz. Allí, excepto en el lungomare o en la playa, era imposible andar en horizontal. Siempre subías o bajabas. Y todo era brillante. Las calles y balcones, llenos de buganvillas y glicinias, y en las laderas de los altos montes que caían directamente sobre el mar y el pueblo, crecían los limones, como un alto muro que separó por tierra durante siglos toda la península. Aún hoy, la forma más cómoda de llegar a esos pueblos de la Costa Amalfitana, llamada así por el precioso pueblo de Amalfi, es en barco.

Un rincón colorido de Positano.

De esa forma tan marinera, por ejemplo, nos acercamos a Amalfi, y luego subimos en autobús a las alturas de Ravello para comprobar que cualquier mar, incluso el cerrado Mediterráneo, puede ser infinito. Pero esa es ya otra historia.

 

¡Qué ganas de volver!

Mallorca con sobrinos

Ulyfox | 6 de junio de 2011 a las 14:09

Pollensa, casi en el mar, pero en el interior

Los antiguos y creyentes dirían que Dios no ha querido bendecir nuestra unión con unos hijos que fueran nuestra alegría primero, nuestra lucha después y nuestro apoyo al final. Pero escuchando a muchos padres, ese mismo dios, si existe, tal vez nos ha bendecido con no tenerlos ¡Sabe dios!  Durante un largo tiempo, también luchamos con todo nuestro corazón, tiempo y dinero, por tenerlos. Quién sabe si es por aquello de los renglones torcidos, pero aquí estamos. Tanto que un día decidimos probar aquel refrán que hace referencia al diablo y los sobrinos y viajar con ellos, con algunos. Hemos viajado mucho los dos solos. También, al principio, en grupo organizado, con Pepa… Hasta nos hemos atrevido a compartir ruta con amigos. Pero esta vez Pe, osada y generosa, quiso ir más allá, y hace dos años, junto con Pepa, nos llevamos de viaje a dos de sus sobrinos, a Mallorca ¿Cómo saldría la experiencia con dos adolescentes?

Los adolescentes tienen su propio mundo, también en la playa de Porto Cristo.

Es normal pensar que Mallorca es un sitio muy turistizado. Lo es. Quizá es uno de los destinos más antiguos del mundo. Hace más de 100 años ya había turistas en la isla. Pero no es por nada que un sitio atrae a tanta gente. Es una tierra maravillosa: el barrio gótico de su capital, el cabo Formentor, la sierra de Tramuntana, Pollensa y su bahía, Valldemosa, Deiá, la Calobra, Sóller y aunque parezca mentira aún quedan calas a salvo de la masificación.

Una cala cerca de Llucmajor

 

El turquesa de la playa de Es Trenc es bálsamo para la convivencia.

Con Mallorca no hay problemas, Mallorca te recibe y te invita a una rebanada de pa amb oli que te pone en paz con tus orígenes. El reto de verdad era una semana con dos embriones de algo tan complicado como un adulto humano. Y salimos todos airosos, aunando flexibilidad y un poco de firmeza cuando no sois los padres, empeñando un mucho de cariño en las palabras y ejerciendo la superioridad amable de los años y la experiencia. Y sobre todo, lo más importante, contando con el magnífico material humano aún en formación que llevábamos de invitados.

El hermoso cabo Formentor, en el norte de la isla

Por eso pudimos ejercer de guías, de monitores y acompañantes, disfrutando de las risas, las comidas, los baños, las conversaciones, las preguntas y las respuestas a que dan lugar tan extraña y heterógenea familia como formábamos por las carreteras y calles mallorquinas, con el explosivo y el reservado, la problemática y la pesimista, el reluciente y el escondido, la lideresa, el mayor y el menor. Arroz negro en Sóller y calamares con sobrasada en Palma, una cámara de fotos perdida y un hotel junto a la playa, un tiempo no del todo bueno y un deseo contranubes permanente. Y muchas sonrisas al acabar junto a la tumba del filomediterráneo Robert Graves en Deiá, la mejor señal.

Ese agua mediterránea, en Formentor.

 Algunas lecciones de arte y Geografía reverdecidas, complicidades entre hombres, reconveniencias medio en serio, diferencias insalvables, manga ancha por narices, licencias educativas, distancia y cercanía, misterios y silencios insondables. Al fin y al cabo, familia en Mallorca, dando gracias al diablo. Hace dos años. Y repetiríamos.

Siempre el mar en Mallorca, siempre los pinos.

El pueblecito de Deiá, quizá donde todos deberíamos querer (poder) vivir.

 

Casi todo el grupo, ante el palacio de la Almudaina, en Palma.

En la Croacia interior

Ulyfox | 6 de marzo de 2011 a las 14:22

Ante dos de los 17 lagos de Plitvice.

Ante dos de los 16 lagos de Plitvice.

¿Habéis oído hablar de los lagos de Plitvice, Plitvizka Jézera en croata? Seguro que habéis escuchado contar, con justicia, de Dubrovnik, de Split o de la isla de Hvar. Pero los lagos de Plitvice son uno de los lugares más bellos y particulares del mundo. Al menos del mundo que nosotros conocemos, una pequeña parte de este inmenso planeta. Un lugar interior, sombrío y luminoso a la vez, en el centro de Croacia, con una densa vegetación y 16 lagos de todos los tamaños, comunicados entre sí a través de cascadas que componen un espectáculo sobrecogedor por su belleza. Los lagos de Plitvice son uno de los mayores atractivos de un país lleno de ellos.

La cascada más grande del parque

La cascada más grande del parque. Abajo a la derecha, la diminuta figura de Penélope. Arriba hay un lago.

Estuvimos por primera vez en Croacia hace algunos años, en 2004 tal vez, quizá 2005, y todas las guías nos hablaban de Plitvice, así que decidimos que no nos lo podíamos perder. Para eso teníamos nuestro Volkswagen Golf de alquiler. Llegamos cerca del mediodía, y enseguida notamos que la temperatura era mucho más baja que horas antes en la cálida costa. Pudimos comprar alguna prenda de ligero abrigo en la tienda del parque, pero podemos decir que pasamos bastante frío. La caminata, afortunadamente, nos calentó un poco, y más se nos calentó el alma ante tanta hermosura como íbamos encontrando a cada paso.

 

Lagos calmados al comienzo del día.

Lagos calmados al comienzo del día.

Un lugar para reponer fuerzas en interior del Parque.

Un lugar para reponer fuerzas en interior del Parque.

 

El plan en Plitvice es sencillo. Llegas a una de las entradas, dejas el coche, y un tren eléctrico te sube a lo más alto del parque. Y tienes que empezar a bajar por una larga y perfecta red de senderos y pasarelas situadas junto o encima de los lagos, junto a las cascadas, bajo los árboles, todo señalizado y civilizado, fácil para todos. Más o menos a mitad de recorrido está uno de los lagos más grandes, que cruzas en un tranquilo barco. En la otra orilla, donde hay un sitio para comer y reponer fuerzas, comienza otra red de senderos que trepa hasta los lagos más altos y vuelve a bajar, de nuevo entre cataratas, miradores y árboles enormes. La visita da para todo un día y es perfecta para niños de mediana edad.

Estanques comunicados por cascadas, en una de las imágenes más bonitas de Plitvice.

Estanques comunicados por cascadas, en una de las imágenes más bonitas de Plitvice.

Tampoco hay problemas de alojamiento. Dentro del parque nacional hay hasta tres hoteles, pero tienen esa pinta de los que construyó el régimen de Tito para disfrute de su autogestionado pueblo. Además, son caros. Pero saliendo del recinto protegido, en los alrededores de esta maravilla, hay decenas de casas y granjas que ofrecen apartamentos o habitaciones mucho más baratas. Esa fue la opción que nosotros escogimos. También hay bastantes sitios para comer a lo largo de la buena carretera.

Los senderos y pasarelas están perfectamente acondicionados.

Los senderos y pasarelas están perfectamente acondicionados.

Pasamos frío, nos reímos de las pintas que llevábamos con sandalias y calcetines, nos admiramos del paisaje, subimos y bajamos, hicimos fotos, nos sorprendimos, otra vez, con Croacia, disfrutamos, grabamos el recuerdo verde y azul en nuestra memoria para siempre. Llegamos cansados y cenamos en un abarrotado restaurante de carnes, en una fría terraza. A la vuelta, saludábamos por la carretera a los caminantes: ‘Dobre vésher” (buenas noches).

El agua corre por todas partes en los Lagos de Plitvice

El agua corre por todas partes en los Lagos de Plitvice

El Parque Nacional de los Lagos de Plitvice está en el centro de Croacia, en la montaña, pero está muy bien comunicado por carretera con la costa dálmata y el golfo de Kvarner y, por supuesto, con Zagreb, la capital. Está en todas las guías y supongo que se ofrecen muchas excursiones guiadas para hacerlo. Hacedme caso, si vais por Croacia, no os lo podéis perder. Naturalmente, los cruceros y la mayoría de los viajes organizados desde España no los ofrecen. Debéis sacar el tiempo para ello, y como todo ese país es mejor hacerlo por cuenta propia. Es además el complemento de variedad perfecto para combinar con la histórica, luminosa y monumental costa, diez grados más cálida.

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El mundo nostrum

Ulyfox | 7 de julio de 2010 a las 10:06

DSC_1271Probablemente, yo no quería, pero el destino te persigue hasta extremos que no se pueden imaginar. Nada más volver de Grecia, en el aeropuerto, buscando la prensa española, el escaparate de la librería nos mostró este número especial de la revista ¡Hola! El mejor saludo de bienvenida. Ya sé que estoy muy pesado con ese cálido y hechicero espacio que los romanos llamaron el Mare Nostrum, pero ahora no he sido yo. La reina distinguida de las revistas del corazón se deja esta vez el músculo cardíaco al aire y desparrama un menú de 50 destinos (“El Mediterráneo es tu destino”, qué buen eslógan se me acaba de ocurrir) de los 18 países ribereños. Nunca pensé que recomendaría leer el ¡Hola! pero esta vez me han sorprendido. Esta revista podría parecer mi blog en papel impreso, relata cosas parecidas a las que yo cuento, sólo que yo os lo digo con más cariño. Pues eso: está también en las papelerías de Cádiz. Si no queréis gastaros los cinco euros, yo la puedo prestar, pero con la irrenunciable condición de su devolución. Podría ser como el álbum de fotos de Penélope y Ulyfox. Hemos estado en la mayoría de los sitios que muestra.

¡Buen viaje!

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Plus Ultra

Ulyfox | 9 de junio de 2010 a las 1:05

 

Plaza de la Independencia de Montevideo

Plaza de la Independencia de Montevideo

Me dice mi eterno amigo Paco Piniella que me atreva a pasar las columnas de Hércules, que existe el Mundo más allá del Mediterráneo. No es cobardía ni falta de espíritu viajero. Debe de ser que me quedé en los confines del mundo conocido allá por los tiempos de griegos y romanos. Pero bueno, algo de más allá conozco. De hecho, Penélope y yo fuimos de viaje de novios hace ya… ¡tan poco tiempo! a Cuba, antes de que el mundo comunista se derrumbara. Aún existía la Unión Soviética. Y luego ¿vale Canarias, Paco? Y ese inolvidable viaje a Montevideo y sus carnavales. Y más de media Europa, París, Londres, Praga, Viena, Suiza, Austria, Países Bajos, nórdicos… Pasa también que las fotos antiguas no las tenemos digitalizadas y ¡ay, la tecnología! Aunque lo que pasa de verdad es que uno no elige de quien se enamora, y por eso hemos vuelto más de veinte veces a Grecia. Y nosotros somos viajeros antes que coleccionistas de lugares. Es verdad que nos hemos vuelto redundantes con el Mediterráneo, con Grecia, con Italia, con Croacia, con Turquía, con Egipto. Tantas cosas pasan y han pasado siempre alrededor del Mare Nostrum, tantas nos tienen que pasar… Ocurre que sus atardeceres nunca nos cansan, al revés, nos descansan. Ocurre que su gente nos gusta. Ocurre que en una pansiyon turca, descalzos, hemos desayunado aceitunas y requesón. Pasa que en un precioso pueblo de Lesbos, griego pero lleno de casas otomanas, sin conocernos de nada, alguien nos prestó dinero una noche para cenar, y pasó que, cuando yo le pregunté si se fiaba de nosotros, su respuesta llena de lógica antigua me hizo llorar: “¿Por qué no?”

Tengo en mis sueños Buenos Aires, México, Brasil, Jordania (mediterráneo de nuevo, Petra ¿me moriré sin verte?), Siria (Palmira, dios), Nueva York por qué no, China, India, África negra, la Polinesia francesa. Siempre terminamos diciendo por el mismo precio de un día, una semana en una isla griega. Que los dioses nos sean propicios y nos concedan vidas para tantos mundos.

Pero, Paco, como prueba ahí van algunas muestras antediluvianas, digitalizadas de aquella manera, de nuestro primer viaje a la perla de las Antillas: “Cuba, qué linda es Cuba; quien la defiende la quiere más” nos cantaban. Ese soy yo, lo juro, y la que tiene pinta de Ava Gardner en Mogambo, en una postura incómoda pero ya armada con su cigarro, es Penélope recién casada, hace ya ¡tan poco tiempo!

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