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Creta para nosotros

Ulyfox | 9 de marzo de 2016 a las 13:34

La calle Kondilaki, de La Canea, solitaria en febrero.

La calle Kondilaki, de La Canea, solitaria en febrero.

 

Desayuno en el puerto de La Canea. Imposible empezar mejor.

Desayuno en el puerto de La Canea. Imposible empezar mejor.

Como no tenemos remedio, hemos vuelto a Creta en cuanto hemos tenido una pequeña oportunidad. Una semanita en la isla del Minotauro, como nuestra particular forma de celebrar el Día de Andalucía, que para ser libres nosotros hemos extendido, como manda el himno, a la Humanidad. No es para daros envidia, aunque deberíais tenerla. Y, como en dos anteriores ocasiones, hemos amado más esa tierra, en invierno, ahora que no está invadida de turistas y el espíritu cretense no siente la necesidad de hacer pactos económicos con nadie.

Un establecimiento, a la espera de que comience la temporada, en La Canea.

Un establecimiento, a la espera de que comience la temporada, en La Canea.

Casi no habría mucho que contar de esta visita, que a nosotros ni siquiera nos pareció una salida al extranjero. Más bien, ha sido como esa vuelta que hacen en determinadas fiestas a su pueblo las personas que están trabajando fuera. Esa ha sido la sensación. Ocasión para reencontrarse con viejos conocidos, sentarse en los cafés acostumbrados y recolocarnos en nuestras tabernas de siempre. Comprobar que la vida no se para, que en Creta afortunadamente la crisis no está golpeando como en otros lugares de la maltratada Grecia. Ellos reciben en temporada el maná del turismo y en invierno limpian y adecentan, y los más se dedican a sus labores en el campo, que pasa a ser en muchos casos casi un hobby felizmente productivo: recolectar aceitunas, hacer aceite, destilar raki… Y en medio de todo eso, los fines de semana siempre hay tiempo para el esparcimiento familiar.

El singular y bellísimo monasterio de Gouvernetos.

El singular y bellísimo monasterio de Gouvernetos.

Era de admirar la noche del sábado, con una temperatura fantástica, el puerto de La Canea lleno de gente que abarrotaba las tabernas en medio de la música tradicional, bailando cuando se sienten ellos, convidando a raki al foráneo que pasaba por allí. Y la estampa repetida al dominguero día siguiente, esta vez con un sol radiante y desfile de familias por los muelles que dejaron los venecianos.

En los pueblos, la gente arreglaba sus negocios para abrir dentro de un mes o en un par de semanas, en La Canea los cada vez más exquisitos establecimientos perfilaban los detalles para tenerlo todo a punto, en el palacio de Cnosos se terminan trabajos de renovación para abrir nuevas zonas al público que dentro de nada circulará por entre estas maravillosas piedras minoicas milenarias… todo está por llegar. El tiempo se portó hospitalaria y amigablemente con nosotros. Parece que este invierno ha sido en Creta tan benigno como por aquí. No tan lejos, las Montañas Blancas (Lefká Ori) mostraban manchas de nieve y no esa gran capa de otros febreros. Sólo durante un momento, en una fugaz visita a la playa de Marathi, muy cerca de La Canea, el temporal de viento azotaba la orilla y el clima compuso una estampa realmente invernal para nosotros. Pero a la vuelta de la esquina, la calma volvió.

Por un momento pareció invierno en la playa de Marathi. Nieve al fondo.

Por un momento pareció invierno en la playa de Marathi. Nieve al fondo.

Y en este calmo ambiente, pudimos entrar por fin en el misterioso monasterio de Gouvernetos, en la península de Akrotiri, revisitar Agia Triada, repasear Rethymnon, disfrutar Heraklion, casi todo en familia, así en la intimidad, Creta para nosotros.

Y encima, coincidió la visita con la comunicación por parte de Anaya Touring de que la primera edición de nuestra guía de Creta, incluida su reimpresión, se ha agotado. Está decidida la segunda edición, y nos encargarán su actualización, así que… vale, aceptamos que os damos envidia.

El monasterio invisible

Ulyfox | 7 de noviembre de 2014 a las 13:51

Entrada al monasterio Gouvernetos, cerrado por obras de restauración.

Entrada al monasterio Gouvernetos, cerrado por obras de restauración.

No es culpa del monasterio de Gouvernetos, seguramente, el que no hayamos podido todavía visitarlo en nuestras numerosas visitas a Creta. El monasterio está situado en la bella península de Akrotiri, cerca de La Canea, una zona muy interesante de visitar, por sus centros religiosos de estilo veneciano y por sus magníficas playas. Además alberga el aeropuerto y el emocionante cementerio de las tropas aliadas que participaron en la Batalla de Creta, durante la Segunda Guerra Mundial. Nos gusta recorrer la península, pero no hemos logrado entrar en ese monasterio.

Lo que pude fotografiar de la fachada de la iglesia y el patio del monasterio.

Lo que pude fotografiar de la fachada de la iglesia y el patio del monasterio.

Llegar a Gouvernetos es sencillo, está muy bien indicado aunque la parte final de la carretera discurre durante sus últimos metros por lugares muy estrechos y pegados a las rocas. Esto, simplemente, lo hace más hermoso y fuera de temporada le da un aire aún más apartado y monástico. La primera vez que lo intentamos nos encontramos con la dificultad de su restringido horario. Simplemente, llegamos tarde, y en eso los pocos monjes son estrictos. Nos quedamos fuera. La segunda vez, este pasado septiembre, íbamos con la lección aprendida, y llegamos antes de las 12 del mediodía. Pero tampoco pudo ser: el monasterio estaba en restauración y no era posible la visita. Menos mal que me atreví a saltarme la cuerda de seguridad unos metros y me acerqué a la entrada del patio. Lo suficiente para robar un par de fotos de su acogedor patio y de la hermosa fachada veneciana de su iglesia. Y para proponernos intentarlo de nuevo otra vez, porque los monasterios cretenses son amistosos y reparadores.

La capilla troglodita a mitad del descenso.

La capilla troglodita a mitad del descenso.

Es famoso también Gouverneto por dos ruinas que están en sus cercanías, siguiendo un sendero pétreo, sencillo al principio y bastante escarpado luego, hacia el mar. El camino pasa por una cueva convertida en capilla por los monjes, y continúa hasta una pequeña cala junto a la que están los restos de lo que llaman katholikon, que viene a ser como una iglesia medio escarbada en la roca y junto a un puente sobre la garganta. Nos decidimos a emprender el camino, pero sólo llegamos hasta la mitad, donde está otro ejemplo de la afición de los ortodoxos griegos por instalar iglesias en huecos naturales, aprovechando las hendiduras de las rocas o en lo alto de colinas casi inaccesibles.

Comprenderéis que prefiriésemos esto: la playa de Stavros.

Comprenderéis que prefiriésemos esto: la playa de Stavros.

Dudamos si seguir hasta el final, pero la llegada desde abajo de un hombre de mediana edad con la cara roja y el cuerpo empapado en sudor, que dijo haber hecho el camino completo y no parecía muy entusiasmado con lo visto, más la constatación de que aún quedaba más de media hora para ese punto y que luego habría que rehacer lo andado y cuesta arriba, junto con el calor que hacía a esa hora nos hicieron dejar la intentona para otra ocasión. A cambio, nos dirigimos hacia la playa de Stavros, una maravilla transparente, pero famosa, más que por eso, por haber servido de paisaje para la famosa escena final de ‘Zorba el griego’, en la que Anthony Quinn baila el conocidísimo sirtaki creado para la ocasión por Mikis Theodorakis. Allí pasamos el día, con un almuerzo no muy recordable, y numerosos baños incoloros, hasta que regresamos a la dorada Canea y su atardecer.

La auténtica playa de Zorbas.

La auténtica playa de Zorbas.

 

Y el atardecer en el puerto veneciano de La Canea.

Y el atardecer en el puerto veneciano de La Canea.

Un monasterio en una pared

Ulyfox | 21 de abril de 2014 a las 14:26

El monasterio de Panagia Chozoviotisa, en la isla de Amorgós.

El monasterio de Panagia Chozoviotisa, en la isla de Amorgós.

A 300 metros sobre el mar y pegado a la pared del acantilado, derramándose o trepando por él según la visión o el estado de ánimo del que lo contemple, siempre apabullado por la osadía. Así es el monasterio de Panagia Chozoviotissa, en la isla griega de Amorgós, en ese asombroso y cinematográfico archipiélago de las Cícladas. Las Cícladas, siempre de casas, monasterios e iglesias blancas sobre rocas tortuosas y peladas, a simple vista estériles y sin embargo productoras de maravillas como los tomates y vinos de Santorini o los aceites de Naxos.  Amorgós es una de ellas, la más oriental, en el camino hacia sus compatriotas del Dodecaneso, ya pegadas a Turquía. Hay quien dice es la auténtica joya de las Cícladas, pero eso sería capaz de afirmarlo yo de casi cada una de ellas. Alcanzó fama años atrás entre cinéfilos y submarinistas porque en ella se rodó una película de mucho éxito, El gran azul de Luc Besson. Todavía hoy, en un café del puerto de Katapola, pasan todas las tardes la cinta. Al menos así era cuando estuvimos, hace seis años.

La escalera de entrada al monasterio, entre el muro y la roca.

La escalera de entrada al monasterio, entre el muro y la roca.

Y sí, aunque los puertecitos de Katapola y Aegiali son lugares para retirarse, resúmenes de la serenidad, la auténtica y singular atracción de Amorgós es el monasterio, increíblemente construido pegado a esa piedra, eso sí que es construcción en vertical. Se llega a él desde un aparcamiento de tierra y después de andar un corto paseo bordeando el mar. Por el camino da tiempo a ir asombrándose con este cenobio del siglo XI, hecho con ese estilo de fortaleza, según dicen para albergar un icono milagroso salvado de la furia iconoclasta de una desconocida ciudad, Chozova. Los griegos son muy dados a poner capillas y otros edificios religiosos en lugares difíciles y escarpados, pero con este se emplearon a fondo en esta faceta. El resultado es bellísimo, como si un cubo de cal se hubiera derramado por el acantilado.

El monasterio o se derrama o trepa por el acantilado ante el mar.

El monasterio o se derrama o trepa por el acantilado ante el mar.

Pero en ese reguero de cal se puede entrar. Para acceder a él hay que subir, subir una escalera estrecha y empinada entre la roca y el muro exterior, una escalera que ya es como un paso místico (que significa secreto en griego). En lo alto, en una estrecha estancia con pequeñas ventanas, espera un monje que explica la historia del recinto y te muestra algunos de sus tesoros y que, hospitalidad obliga, te obsequia con un vaso de agua, una copa de licor y un dulce gelatinoso y con sabor a rosas, lo que un paso más hacia Oriente se conoce como ‘delicias turcas’.

Delicias griegas, diría yo, de sorpresas como este monasterio. En una isla sin aeropuerto, deliciosa para llegar a ella en ferry, último rincón de las Cícladas.

Los Monasterios en el Aire

Ulyfox | 29 de marzo de 2013 a las 2:50

Las rocas de Meteora, en la Tesalia griega.

Esa aventura fue la segunda flecha que nos lanzó Grecia en el mismo día para que nos enamorásemos de ella, para siempre jamás. La primera había sido temprano, nada más llegar a Atenas, ante, bajo, cabe, con el Partenón, en las alturas de la Acrópolis. Era nuestro estreno con el país que pasado el tiempo llegaría a ser nuestra segunda casa. Desde que decidimos viajar a tierras helenas, en aquel lejano 1992 que luego se llamó mágico, yo había jurado que no volveríamos de allí sin visitar Meteora, en griego Meteora Monastiria, es decir, Monasterios en el Aire, un nombre que representaba para mí algo así como una tierra mítica llena de altas y estrechas rocas en cuyas cumbres se asentaban conventos inaccesibles habitados por monjes solitarios y apartados del mundo.

El monasterio de Varlaam en primer plano, y el de Rosanou al fondo.

Pero Mundojoven, la desaparecida agencia a la que tantos viajes le debemos, no incluía en el circuito griego la excursión a Meteora, un lugar alejado de Atenas. Aun así, estábamos decididos y bien informados. El mismo día de nuestra llegada advertimos a la guía, la competente Mercedes, de que nos íbamos al encuentro de los monasterios en el aire, pero que estaríamos de vuelta dos días después, a punto para emprender la excursión por el Peloponeso. Y esa tarde echamos en una mochila una mudita y los artículos de aseo imprescindibles y empezamos a andar hasta la estación de autobuses, en una calurosa Atenas con huelga de casi todo, incluido los buses urbanos, y con taxis que no querían parar.

Altas paredes como defensa.

Al llegar a la cochera el alma se me cayó a los pies. El último coche para Kalambaka, el pueblo más cercano a los monasterios, acababa de partir y no habría otro hasta el día siguiente, ya sin tiempo para nuestros planes. La cara que puse debió de ser tan penosa y patética que Penélope a mi lado tomó la decisión rápida: “¿Cuál es el pueblo más cercano a Kalambaka?” me preguntó. “Trikala”, le contesté. “Saca billete para Trikala, y una vez allí ya veremos”, insistió. Salvación y tuvimos suerte: había autobús un poco más tarde. Al rato, estábamos a bordo de un vehículo de tono verdoso, asientos de eskai azules y sin aire acondicionado, que empezó a andar hacia el norte, con la tarde ya cayendo.

Ante el Monasterio de la Transfiguración o Monasterio Grande (Megalo Meteoro).

El viaje caluroso, con las ventanillas abiertas y las cortinillas volando, duró cinco horas y media, y transcurrió en un duermevela provocado por nuestro cansancio (la noche anterior habíamos volado de madrugada y no habiamos dormido), y salpicado por la emoción incierta de pasar junto a las Termópilas, cuando yo buscaba ese pasadizo entre las montañas que marcó la batalla. Entre sueños y con el fondo de una música que a mí me sonaba a árabe, me parecía oír a los viajeros hablar en español y ahí descubrí la cercanía fonética extraordinaria entre los dos idiomas, capaz de hacer confundir los soniquetes. Avanzaba la noche y crecía nuestra inquietud. ¿Cómo sería el lugar al que íbamos a llegar? Pe tenía como mayor preocupación, si nos tocaba dormir en la calle, que nos pudieran robar la cámara.

Delante de Agia Triada y de rocas que no hace mucho albergaron otros monasterios.

De noche cerrada llegamos a la solitaria estación de autobuses de Trikala. Naturalmente, no había combinación para Kalambaka a esa hora. El conductor nos ofreció una posible solución y nos acercó en el autobús vacío a la estación férrea. Muy agradecidos, nos despedimos de él ante el apeadero pero el amarillento taquillero nos dijo que claro que no, que tampoco había tren a Kalambaka. “¿Y el centro del pueblo?” “Por esta misma calle al fondo” Con pocas esperanzas nos dirigimos andando en busca de un lugar donde pasar la noche, y todo nos empezó a sonreír. Encontramos un hotel apañado y barato, y en la calle, a pesar de ser más de las once, la gente llenaba las terrazas, cenamos sin problemas y algunos nos preguntaban qué hacíamos allí, un lugar tan poco turístico. Sonreímos.

Integrada en el imponente paisaje humano y físico.

A la mañana siguiente tomamos el primer bus hacia Kalambaka, muy temprano, con la primera luz del día. A primera hora, una vez allí, aún había que coger otro transporte hasta el más alto de los monasterios, ahora comunicado por carretera, el llamado Megalo Meteoro. El plan resultó perfecto, comprobamos, y una vez visitado este convento, lo ideal era bajar andando de vuelta la carretera hasta el pueblo, diez kilómetros de descenso entre curvas y pasando bajo los increíbles edificios colgados de las rocas. Así lo hicimos, parando en dos de ellos (Varlaam, Rosanou) y viendo su interior, comprobando los elevadores que los monjes utilizaban antiguamente para aprovisionarse e incluso para subir y bajar ellos mismos, dentro de grandes cestas de red, único medio de acceso durante siglos.

El monasterio de Rosanou, en todo su esplendor.

Fue un descenso lleno de sensaciones, con descansos y miradas hacia arriba y a los lados. Por todas partes se veían paredes de piedra y oquedades que habían sido morada de eremitas. En una cueva en las alturas, cientos de pañuelos colgados , llevados allí y colocados por atrevidos jóvenes que una vez al año escalan las paredes para hacer esta ofrenda al santo. En los tiempos de apogeo, llegó a haber aquí 24 monasterios, el primero de los cuales fue habitado en el siglo XIV. Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes destruyeron la mayoría de ellos porque los monjes daban refugio a los rebeldes griegos. Ahora sólo quedan seis en funcionamiento, y están declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El recorrido entre los monasterios es inolvidable.

Llegamos cansados a Kalambaka a la hora de comer. Nuestra maravillosa Guía del Trotamundos nos dirigió al restaurante Kentrikon, donde almorzamos por un precio irrisorio e hicimos nuestros primeros pinitos con el idioma griego.

Kalambaka, a la sombra de las grandes rocas.

Había que volver ahora a Atenas, y lo hicimos en autobús. Gloria al sistema de transporte público griego, un modelo que permanece, y que ya era entonces modélico. No recuerdo el viaje de vuelta, qué curioso. Sólo la llegada y el extraordinario apelotonamiento en la parada de taxis, que hicieron su agosto acumulando viajeros en el mismo vehículo y según su destino. En cuanto yo oí al taxista gritar “¡Omonia!” pidiendo clientes que fueran en dirección a esa céntrica plaza ateniense, levanté la mano y ahí nos colamos, consiguiendo llegar a las cercanías del hotel, a tiempo aún de tomar algo en un bar cercano, disfrutando de la tranquila noche ateniense, oscura oscurísima por la huelga de electricidad, y felices.

Aún se seguían usando las cestas para subir las provisiones, hace 20 años. Ahora, no sé.

A la mañana siguiente estábamos puntuales en el autobús de la agencia. Mercedes, la competente guía, al hacer las presentaciones de todos los componentes del grupo, pronunció nuestros nombres mientras decía: “Y ahora con vosotros, unos aventureros…” Ya ves tú.

Guerras y otras resistencias

Ulyfox | 30 de julio de 2012 a las 14:30

El cementerio aliado frente a la bahía de Souda, en Creta

  
 
 En la bahía cretense de Souda, muy cerca de la hermosísima Chaniá, frente a un mar azul y muy cerca de una importante base de la OTAN, se encuentra el cementerio de las tropas aliadas durante la II Guerra Mundial, recuerdo glorioso e infame de la terrible Batalla de Creta sucedida tras la invasión de las tropas nazis, un episodio que marcó el desarrollo de aquel sangriento conflicto y de paso toda la vida contemporánea de esta isla griega, azotada durante milenios por invasiones, guerras, matanzas y, si fuera poco, terremotos. Tal vez eso haya formado el carácter de sus habitantes, pero desde luego no ha sido con mal resultado. El cementerio de Souda aparece sencillo a primera vista (una vista espléndida), pero luego te va encogiendo poco a poco el corazón si se te ocurre deambular entre las tumbas. Entre el cuidado césped, tras las amorosas flores, muchas lápidas aluden a soldados desconocidos, pero otras tantas relatan trágicas novelas completas de final infeliz, con nombres y apellidos, historias con acento alemán, inglés o neozelandés, horrorosas evocaciones de vidas jovencísimas, de muertes tan tempranas.
 

La tumba de un soldado neozelandés, en el cementerio de Souda

 
 
 El camposanto memorial contiene los cuerpos, la mitad de ellos sin identificar, de 1.500 soldados de países de la Commonwealth, que fueron trasladados aquí tras el final del conflicto desde diferentes enterramientos que habían hecho los alemanes por toda la isla. Una comisión de la comunidad británica de naciones está encargada de su mantenimiento, que es ejemplar.
 

Monumento a la colaboración entre los monjes y los soldados ingleses, junto al Monasterio de Preveli

 
En Creta se cuentan y se muestran miles de estampas de heroísmo y represión con la Batalla como fondo, de resistencia frente a los nazis, de monjes ortodoxos refugiando a rebeldes y soldados, señalándoles caminos de huida, albergando arsenales en sus conventos amurallados, relatos que servirían para infinidad de películas bélicas y que de hecho han servido para ello. Pero si uno lee alguno de esos nombres grabados en el mármol fúnebre solo piensa en el horror de decenas de miles de jóvenes muertos por la locura de una invasión muy sangrienta. No hay heroísmo sino pena. No hay nada peor que la guerra, y uno siente la tentación, tal vez un impulso racional, de darle la razón a Boabdil el Chico antes que a esos monjes armados hasta los dientes. Aunque tampoco me cabe duda de que a veces, algunas veces, puede que no haya más remedio, cuando el código que usa el atacante, el único que entiende es el de la violencia. Yo qué sé.

Christódulos el eremita y la monja que no tomaba aceite

Ulyfox | 15 de julio de 2012 a las 2:42

La sencilla iglesia de Agios Nikolaos guarda una joya en su interior.

Christódulos es un buen nombre para un monje. Lo era, muy apropiado, para aquella figura envuelta en un hábito negro, ya pardo por el uso, que dormitaba en el solitario monasterio de Agios Nikolaos (San Nicolás), apenas a tres kilómetros de Zaros, el pueblo montañoso del centro de Creta donde nacen todas las aguas. Ovillado en una silla vieja junto a una pared de ladrillo y al lado de una puerta de madera, sin dejar por eso de apoyar su mano derecha en un bastón de vara, al oírnos llegar se desveló de pronto, mostró su verdadera ancianidad y nos llamó con el único inglés que sabía: “Come, come“. Christódulos, sin levantarse, echó mano de un envase redondo de plástico que tenía en un poyo cercano y nos ofreció unas galletas de canela, buenísimas, y, por supuesto, dos vasos de raki, con unos dedos gordos, gastados y despreocupados por la mundana higiene.

La iglesia de Moní Vrondisi

Ahí no había más remedio. Tuvimos que usar el griego pedestre que manejamos y tras preguntarle su nombre entablamos una conversación. No quería que lo fotografiáramos, ni por supuesto aceptaba dinero: “Soy eremita y no tengo dinero, no lo necesito”. También nos advirtió que dentro de la emocionante capilla blanca, con unos restos preciosos de frescos bizantinos del siglo XIV, no se podían hacer fotos, y cruzando las muñecas con el gesto del esposado nos dijo: “Si  no, la policía de Zaros me lleva preso”. No quisimos ser los causantes de la detención de un eremita de 82 años. Le dijimos nuestros nombres (“Manolis es un nombre muy cretense” me contó), nuestras profesiones, periodista (dimosiografo) y médico (iatrós), y le faltó tiempo para contar a Penélope sus dolores de piernas, a causa de los cuales ya no podía trabajar. Por eso tal vez esperaba a los caminantes allí para ofrecerles galletas y raki con los que seguir el camino. “Ela, Manoli, ela iatré” decía utilizando el bello vocativo de las declinaciones griegas para animarnos a aceptar más dulces y aguardiente, “iatré, iatré kaziste, ine datsi” (doctora, doctora, siéntese, así está bien) decía para refrenar nuestra prisa y servirnos de nuevo el licor sagrado. Una monja encorvada apareció de pronto de un pobrísimo edificio blanco y bajo, empuñando una escoba, y se puso a ejecutar un barrido imposible en un camino lleno de tierra y polvo.

Queríamos visitar la iglesia del monasterio, apenas una mancha blanca con un pequeño campanario. El eremita nos invitó a tomar fotos del exterior y se levantó con un gran esfuerzo, apoyándose en su bastón. No había muchos pasos, y Christódulos sacó de algún pliegue de su vestidura una llave vieja con la que nos franqueó la entrada. Apenas traspasado el umbral, nos detuvo, cogió tres delgadas velas de un color marrón claro y las encendió, clavándolas en el candelero. A partir de ese día, repetimos ese rito cada vez que entrábamos en un templo cretense. No se trata de creencia, sino de la extraña alegría infantil que se siente con ese gesto de agarrar la bujía, encenderla con otra y asentarla en la arena del candelero, mientras se piensa tal vez un buen deseo.

Escena en una calle de Venerato

La capilla tenía una sola nave con entrada lateral, enfrente un montón de iconos de San Nicolás, y a la derecha, alrededor del iconostasio, los restos descoloridos de los frescos, con ese fondo azul característico y los trazos deliberadamente ingenuos de las imágenes. Todo centenario, todo sencillo, todo en paz, como Christódulos, que se había sentado a rezar en voz baja, mientras nosotros contemplábamos las pinturas. “Manoli, to fós” (“Manolo, la luz”), me pidió al salir para que volviera a dejar a oscuras la pequeña iglesia. Aún insistió en darnos más galletas y caramelos cuando nos despedimos de él. Durante todo el día tuve en mis manos el olor de la canela, y por siempre me acompañará el aroma de su hospitalidad no impostada, el aire de armonía que reinaba entre el hombre y su hábitat.

Unas hojitas como amuleto...

Ese día había comenzado de una manera decididamente espiritual, ya que la primera visita de la mañana fue a otro convento: el monasterio Paliani, el más antiguo de Creta y uno de los más venerados (de hecho, se encuentra junto al pueblo de Venerato). Es un patio rectangular al que dan unas humildísimas celdas, pero que alberga una preciosa iglesia bizantina, que no pudimos visitar por estar en restauración. De todas formas, el auténtico objeto de culto de Paliani está a un costado del templo: un milagroso mirto aromático, enorme y monumental del que los fieles han colgado decenas de ex votos en petición de favores: una hermosura de árbol, del que arrancamos una hojita como amuleto.

Bajo el árbol milagroso de Moní Paliani.

Apenas salimos de la benéfica sombra, una monja nos llamó para invitarnos a comprar iconos, en realidad baratas reproducciones para turistas. A nadie hicimos daño por adquirir uno pequeñito, lo que la octogenaria mujer nos agradeció ofreciéndonos parte de su frugal comida, unas rodajas de pepino sin aliñar: “Hoy es viernes, y los lunes, miércoles y viernes no podemos tomar aceite, tal como dejó escrito el santo. Mañana sábado comeré pescado según la misma norma”. Nos enseñó una vieja fotografía que colgaba de la pared. En ella se veía a un numeroso grupo de monjas. “Éramos más de ochenta, y ahora sólo quedamos veinte en el convento”, nos contó, y mientras hacía el gesto de dormir apoyando la mejilla en la palma añadió: “Las demás murieron (thanasis, o algo así dijo)”. Ella sí se dejó hacer la foto, y además con una gran sonrisa. No debía de ser eremita.

La monja octogenaria de moní Paliani, rodeada de iconos.

Una de las cosas que uno no debe dejar de hacer cuando viaja a Creta es visitar un monasterio, en griego ‘moní’. Pequeños, medianos, grandes, minúsculos. Los grandes son impresionantes, los pequeños son emocionantes. Los grandes, monumentales como Moni Arkadiou, Moni Toplou o Agia Triada, con sus fachadas venecianas hablan de luchas, de resistencia al invasor, a las decenas de invasores de todas las religiones que han sufrido los cretenses en su historia. Esos monasterios eran verdaderos refugios para los bravos rebeldes, ya fuera en la lucha contra los turcos o en la guerrilla contra la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, Toplou significa en turco ‘cañón’, y muchas veces los conventos estaban construidos como auténticas fortalezas. Nosotros, ese día aún nos dio tiempo a acercarnos a Moni Vrondisi, un poco más lejos y por una carreterita poco recomendable. Pero mereció la pena por ver la hermosa fuente veneciana con relieves de Adán y Eva en mármol que tiene a su entrada.

La fuente veneciana en Moní Vrondisi

 

 

Son estos, los cenobios pequeños, los perdidos voluntariamente en la espesura o en la colina más agreste los que representan más el espíritu universal, repartidos por toda Creta, pequeños centros de culto y recogimiento. Solitarios, eremitas, moribundos como comunidad, representan otro ritmo y forma de vida posible, generosa y, esta sí, eterna en su terrenalidad.

La vista desde el Moní Vrondisi