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Un pueblo con nombre de canción

Ulyfox | 7 de agosto de 2013 a las 1:14

Porto Azzurro, isla de Elba

Porto Azzurro, isla de Elba

 

Me encanta Azzurro, la evocadora, cautivadora canción de Paolo Conte que hizo famosa Adriano Celentano. Los que me conocen, los que comparten mi lugar de trabajo lo saben. Me pongo pesado con ella, repetitivo, pegadizo. Me rindo ante “il pomeriggio é troppo azzurro e lungo per me…” no me canso de cantarlo. A los becarios les obligo a aprendérsela. No me hacen caso. Paolo Conte la grabó también, y tantos artistas italianos, y hasta la selección italiana la grabó, y Jaime Urrutia hizo una voluntariosa versión en español a la que, para mantener el ritmo y la rima, tituló Absurdo. Los más musiqueros recordarán que era la sintonía de cierre del programa de radio ‘Flor de pasión’. Pues bien, hay un pueblo que lleva su nombre, y está en la isla de Elba, un pueblo con nombre de canción y de lugar de película romántica: Porto Azzurro, Puerto Azul. Existe.

La calle y el mar.

La calle y el mar.

Apacible hora de la siesta

Apacible hora de la siesta

 

Una calle interior de Porto Azzurro.

Una calle interior de Porto Azzurro.

Está en el sur de la isla, en una profunda ensenada, un puerto natural, como tantos lo son en el Mediterráneo. Un pueblo a orilla del mar, pequeño, de colores y vigilado por dos castillos montaña arriba. Pocas casas y muchos restaurantes, fachadas pastel, ventanas verdes y calles peatonales. No hace falta más para sentirse bien mirándolo. Desde la capital de la isla, Portoferraio, hay una distancia en coche de menos de media hora. Tiene barcos deportivos en el puerto, y un entorno verde. Sí, definitivamente no está mal.

La sabiduría italiana de Pepa.

La sabiduría italiana de Pepa.

Pero los horarios nos jugaron una mala pasada a la hora de comer. Tuvimos que conformarnos con unos antipasti y una pizza en un local con personal muy joven y agradable que tenían que cerrar corriendo. Una de ellos era española, de Alicante. Era Erasmus en Florencia y había conocido a su novio, el encargado de la pizzería allí. No sabemos si se llevó los apuntes y los libros a Elba. Fue un buen rato, después de todo. Tras la comida, callejeamos, subimos, bajamos, tomamos un helado y un café. Conocimos Porto Azzurro, supimos que a veces las canciones dan nombre a los pueblos. Y ahora, también para vosotros, una tarea: aprendeos esta canción, y tarareadla, sucumbid a ella como yo hice para siempre, disfrutad de este encantador vídeo de los años 60, pinchad ahí : http://youtu.be/nFgtCWw-abE

El pueblo con nombre de canción existe.

El pueblo con nombre de canción existe.

Grándola, vila morena!

Ulyfox | 25 de febrero de 2013 a las 22:42

Memorial dedicado a la canción de Zeca Afonso, a la entrada de Grándola.

 

Allá por el año 1975, en los últimos estertores de Franco y de su nefasto régimen, tan bien digerido por los españoles durante 40 años, muchos desesperados por la duración de una dictadura que parecía no tener fin repetíamos un lema rimado y consolador: “Menos mal que nos queda Portugal”. El país vecino (hermano, decían los del régimen, defensores de un pacto ibérico que asoció más de palabra que de hechos a dos dictadores, Franco y Oliveira Salazar) había salido el año antes por fin de la opresión mediante un golpe de militares demócratas, incruento y esperanzador como pocos. Fue el 25 de Abril, la Revolución de los Claveles, llamada así porque los soldados que habían librado al país de la vergüenza llevaban esa flor regalada por los ciudadanos en el cañón de sus fusiles.

Una puerta manuelina, en el Alentejo del 92

En España muchos mirábamos con envidia al otro lado de la raya, y viajar a Portugal se convirtió en algo más que turismo, en una forma de respirar libertad con sólo dar un pasito desde Badajoz o Ayamonte. En nuestro país, llevar claveles en la mano era como enseñar a los grises el libro rojo de Mao pero con menos peligro. Recuerdo que el 25 de abril de 1975, en aquella Facultad de Periodismo gris y hormigónica que algunos años después sirvió de escenario ideal para ‘Tesis’, la ópera prima de Amenábar, fue convocada una peculiar protesta: como modo de reclamar democracia se pedía a la gente que viniera vestida con los colores de la bandera portuguesa: rojo y verde. Obviamente, yo carecía de estilo para combinar sabiamente esos dos colores tan poco combinables, pero bastante gente se las ingenió para hacerlo, y de paso traer claveles. Tampoco tenía dinero para viajar, ni siquiera a Portugal, tan distinto, tan cerca, como decían los eslóganes que empapelaban las cabinas de Madrid con una foto en la que una joven saltaba con un clavel, rojo por supuesto, en la mano.

Los azulejos de Portugal, tan sorprendentes en todos sitios.

En aquellos tiempos prehistóricos, Fuerzas Armadas tenía un significado muy distinto de Forças Armadas. Así, dicho en portugués y comiéndose las vocales, sonaba musical, liviano y alegre. En español, daban miedo juntas. Y una canción de José ‘Zeca’ Afonso, de cierto ritmo marcial y que sirvió para dar la señal de salida al golpe democrático, se convirtió en himno ibérico: era Grándola, vila morena. ‘O povo é quem mais ordena’, decía en uno de sus versos: el pueblo es el que manda.

Me emocioné el otro día al oír que un grupo de personas, artistas y músicos, se habían colado en el Parlamento portugués para protestar contra las medidas de austeridad que en Portugal, como en España, como en Grecia, están llevando a la gente a la ruina por culpa de la ambición de los de siempre. Y su protesta fue original, sencilla, sensible, emocionante: cuando el primer ministro, Passos Coelho, estaba hablando de esas medidas, se levantaron y entonaron, muy bellamente por cierto, Grándola. Y sin embargo, las fuerzas de seguridad los desalojaron a ellos, no al primer ministro. Aquí podéis verlo: http://www.youtube.com/watch?v=bmFTcYneygk   El gesto parece que está siendo ahora repetido por grupos en actos a los que acuden ministros, algunos de los cuales incluso cambian horarios o no aparecen en los actos para no sufrir la protesta incontestable, temerosos de unas desarmantes palabras y notas musicales.

El espléndido claustro de los Jerónimos en Lisboa.

No viajamos entonces, en aquellos ilusionantes años, a Portugal, pero después lo hemos hecho a menudo, y siempre hemos disfrutado. Nunca hemos ido a Grándola, no sé siquiera si tiene mucho que ver, pero de camino a Lisboa en coche hemos pasado varias veces ante la desviación, y siempre yo, cantarín como soy, he entonado la canción desde que el rótulo aparecía en la carretera. Creo que la próxima vez nos desviaremos. O tal vez sea más acertado decir que tomaremos el camino correcto. Obviamente, la foto que encabeza este post no es nuestra.

‘Télos’ (se acabó)

Ulyfox | 13 de enero de 2013 a las 19:23

 

Gloriosa mañana de invierno en el puerto de La Canea.

 

O no, seguramente no se acabó. Es el último día, de estos últimos días, en Creta. Pero seguramente no. Seguramente volveremos, no podemos ni queremos evitarlo. Ya amábamos esta tierra hace tanto. Pero ahora, tras el glorioso encargo-regalo de la guía, nos sentimos no parte de ella (aún no sabemos bailar como bailan ellos, ensimismados, girando, la cabeza mirando al suelo, o cogidos de la mano y dando acrobáticos saltos), pero sí unos invitados especiales.

Las Montañas Blancas, más blancas que nunca, fondo invernal de La Canea.

La última noche (mañana no cuenta, tendremos que levantarnos muy temprano para tomar el vuelo de vuelta) Creta nos ha despedido con una velada gloriosa. No hay turistas, los cretenses son los dueños de su tierra. En La Canea, sólo algunas parejas con pinta de guiris se pasean por el incomparable puerto veneciano. Nosotros no pasamos por extranjeros. En la abarrotada taberna Monastiri (fabulosos huevos con staka, pulpo al vino, empanadillas de cebolla, mucho raki de regalo) en el muelle Tombazi, hay actuación musical. No conocemos al cantante, pero todo el mundo conoce las canciones, que parecen especialmente hechas para cantar en grupo, y los comensales las corean todas. Un hombre delgado, con nariz afilada y bigote, la viva estampa del cretense, se lanza a bailar. Él rompe el fuego. Abre los brazos semiextendidos y dibuja con sus pies cruces y giros. La música es lenta, profunda, nada de sirtaki para turistas ni platos rotos. Después, a cada canción sale un espontáneo y se luce: un hombre mayor hace movimientos extraños de manos y se agacha varias veces para palmear el suelo mientras gira. Otro de mediana edad se atreve a dar saltitos y tocarse los talones con las palmas de las manos. Una mujer de pelo corto y teñido se pone el dorso de la mano derecha en la frente y extiende el brazo izquierdo mientras gira. Cuando alguno baila, otros se agachan en su derredor, como una especie de homenaje al danzante. No parece algo extraordinario, sino algo que pase cada sábado noche (sábatto vradi) de invierno en muchas tabernas de Grecia ¡Yámas!

El Ágora (mercado municipal) de La Canea.

Nosotros no podemos ser sino espectadores emocionados de esta demostración de fiesta familiar sin artificios. Corre el vino y el raki, pero nadie está borracho,  aunque un espíritu comunitario parece recorrer el comedor bien decorado en el que destaca una foto de la Reina Sofía como una de las ilustres visitantes. Los camareros de tradicional camisa blanca están pendientes de todos los detalles, si levantas la mano acuden al menos dos, sonríen siempre y te ponen la mano en el hombro mientras te preguntan varias veces “endatsi, ola kalá?”, es decir “¿está a gusto, todo bien?”. En las paredes, varios avisos de prohibido fumar, pero el camarero reparte ceniceros y muchos tienen el cigarrillo encendido. Pe se anima a incumplir la norma comunitaria. Nadie protesta y todos ríen mientras siguen el ritmo con las palmas ¡opa, pame! El pueblo griego, o por lo menos el cretense, no está en crisis, loado sea Zeus.

Esa tarde nos regaló una luz mágica, para no retirarse nunca.

No hay fotos de esa fiesta. Parece que todos los aparatos se pusieron de acuerdo para agotar sus baterías a la vez que se agotaban las vacaciones. Pero sí hemos hecho decenas de La Canea, su puerto veneciano casi solitario con sol y tras la lluvia, en la mañana, al mediodía y por la tarde. La mayoría de las calles del barrio de Topanas están en obras aprovechando la temporada baja. Los pavimentos se renuevan mientras los negocios y restaurantes tienen sus puertas cerradas. Sólo algunos hoteles están abiertos. Por ejemplo la Pension Theresa tiene ofertas de alquiler de habitaciones por meses, y nos dicen que artistas y escritores aprovechan para pasar el invierno en la hermosa Canea que fue minoica, helenística, romana, bizantina, veneciana y turca pero siempre griega.

Yiorgos os hablará con entusiasmo de música cretense en su tienda de discos.

Hemos estado alojados, cuatro noches, en el espléndido y nuevo Palazzo Ducca, en el corazón del barrio veneciano y a diez pasos contados del puerto (http://www.palazzoduca.gr/) un hotel casi inmejorable, con un dueño joven y encantado del éxito que está teniendo después de medio año abierto. Y en estos días hemos disfrutado del puerto, uno de los más bonitos del mundo; del mercado municipal (Ágora) y su puesto de quesos y raki, del hotel, de los atardeceres; de la tienda Juke Box y los consejos de su dueño Yiorgos sobre la singular música cretense; del reencuentro con el restaurante Glositsses, cuyo encargado se acordaba de nosotros porque en septiembre le pedimos la retsina Kekribari, excelente pero que no figura en la carta; de los guisos caseros del Chrisóstomos y del Kozina E.P., de… todo.

La comercial calle Zambeliou, desierta.

Pero ya, de momento, ‘télos’, es decir, se acabó. Aunque el hecho de que esta misma tarde, paseando por el puerto, como todo el mundo, nos hayamos encontrado por una graciosa casualidad con otro Yiorgos, el dueño del Hipokampo de Heraklion me hace suponer que no tardaremos en volver. Fue gracioso: Pe, de pronto, me dice “¿a quién saludas aquí?” hasta que reconoce a Yiorgos (¡Yasaaaas!, nos faltó decir “¿quillo qué?) Iba con su mujer, a quien no conocíamos, ha cerrado por descanso la taberna durante una semana, y lo que son las cosas, nos preguntó por sitios para comer en La Canea. Ya véis, a nosotros. Naturalmente, les recomendamos un par de excelentes restaurantes, como haremos con vosotros cuando compréis nuestra guía sobre Creta.

El campanario y el minarete nos dicen hasta pronto, último atardecer en La Canea.

La casa del artista

Ulyfox | 11 de octubre de 2012 a las 14:08

Un lugareño, con la ropa tradicional cretense, en la plaza de Anogia.

Me gustan los ídolos, ciertos ídolos. Personajes a los que salvamos de cualquier crítica poniendo en un altar su figura, concitando consensos admirados, olvidando o perdonando sus defectos. Parece que, a fin de cuentas, necesitamos agarrarnos a algo. Estos personajes suelen tener una legión de admiradores ciegos y, naturalmente, otra de decididos enemigos. Vale. En el mundo de la música, más que en resto de las artes, se da abundantemente este fenómeno. Los hay longevos, que envejecen con sus fans y los acompañan durante toda su vida. Pero los que entran en la leyenda son los que mueren jóvenes, los que permanecen en su mejor momento artístico para siempre. Los Ritchie Valen, Janis Joplin, Jimmi Hendrix y el mismo Elvis.

La hermana de Nikos Xylouris, en su casa-café, con grandes fotos de su hermano.

Todos los pueblos tienen su leyenda musical en el hombre o mujer que en cierta forma logró encarnar en su figura las aspiraciones, las contradicciones, el espíritu y hasta los males de una época y un lugar. El más cercano a nosotros es mi paisano Camarón, con su tiempo y su sufrimiento y su voz privilegiada. Es imposible que en Creta, mi otra Isla, una tierra en la que la música tiene una presencia constante, no existan estos ídolos, maravillosos virtuosos de la lyra como Skordalos, o soberbios cantantes como Nikos Xylouris, apodado el Arcángel de Creta.

 

El ritual: rakí, queso y pañuelo, en la casa de los Xylouris

Nikos, además, murió joven, a los 43 años en 1980, lo bastante como para entrar en la leyenda, además de por la calidad de su voz y la elección de su repertorio, su implicación en la lucha contra la dictadura de los coroneles griegos, y por formar parte de una extraordinaria familia de artistas, los Xylouris, todos en primera línea de la música griega. Todos son originarios de la aldea de Anogia, a los pies del casi sagrado Monte Psiloritis, un pueblo que recibe miles de turistas que acuden a comprar los excelentes bordados de sus mujeres. Anogia fue totalmente arrasada durante la Segunda Guerra Mundial, en buena parte como represalia por dar apoyo a un comando inglés que secuestró a un general alemán. La Historia, siempre presente, ha dejado un pueblo no muy bonito en un entorno montañoso espectacular.

Mujeres a la espera del comprador de telas, alfombras y bordados.

Hoy, Anogia está quizá demasiado turistizada, y las mujeres mayores te invitan a pasar a sus casas a venderte sus tejidos, mientras los hombres permanecen en los cafés o se pasean por las calles vestidos con el llamativo traje tradicional cretense, luciendo sus grandes bigotes, sus pañuelos a la cabeza, sus bastones, sus botas altas e incluso sus puñales de vainas curvadas ceñidos a la cintura.

El inevitable monumento al resistente, y parroquianos ante la casa-café de Xylouris.

En Anogia, en la plaza central, está orgullosa la casa donde nació y vivió su infancia Nikos Xylouris. Una de sus hermanas, ya con cerca de 80 años, gestiona una especie de café minúsculo lleno de fotos y recuerdos de Nikos, en el que aprovecha para vender algunos productos turísticos mientras cuenta cosas de su hermano, se queja del calor y espera el frío que llegará del Psiloritis dentro de poco. Mientras, te sirve un vaso del siempre presente rakí y te pone un platito con queso y esos deliciosos panes desecados cretenses llamados paximadia. Compramos uno de los pañuelos de redecilla casi femeninos que se ponen los cretenses en la cabeza. Me lo probé y me fotografié. Poco después fuimos a una tienda cercana a llevarnos una pequeña antología discográfica de Nikos Xylouris. Ahora, la disfruto y desentraño en mi coche de camino y de vuelta al trabajo, como la gocé en las carreteras de Cretaas, hace apenas unas semanas. Y no sé si me gustan más las canciones en las que el Arcángel renueva la tradición o las que responden fielmente a ellas. Bueno, si pincháis en el siguiente enlace oiréis la canción Ítane miá forá (Érase una vez) dedicada a las mujeres de los marineros, una pequeña muestra.

http://www.youtube.com/watch?v=fijrzwu6i_Q

En el templo de Nikos Xylouris

El refugio cretense de Manolo García

Ulyfox | 24 de junio de 2012 a las 12:57

Una vista 'general' de Mochlos

Es posible que ya os haya hablado alguna vez de Mochlos. Estuvimos en este rincón marinero al pie de una montaña, donde empieza la parte más salvaje del Este cretense, hace unos tres años, y ya nos enamoró. Unos 100 habitantes en invierno, una playa minúscula, un pequeño embarcadero, una luz brillante, algún pequeño hotel y varias casas que alquilan apartamentos, tres tabernas de pescado, y un islote con un importante yacimiento minoico separado apenas por un estrecho brazo de mar.

La vista desde la taberna Ta Kokilia

Desde el puertecito se puede ver a los arqueólogos trabajar allí enfrente. Y desde la taberna Ta Kokilia se les ve llegar a la hora de comer, atravesando el estrecho en una barquita, desembarcando frente a las mesas con sus bolsas llenas de piezas listas para limpiar, clasificar y estudiar. El otro día, algunos más osados cruzaron nadando para sentarse luego a refrescarse con una cerveza y a almorzar. Resultaba emocionante verlos, con su ropa de inconfundibles arqueólogos, pensando que tal vez llevaban en su histórica talega alguna pieza valiosa, jóvenes y procedentes de varios países, escarbando en el país con más historia de Europa, en el centro de la civilización avanzada más antigua, los minoicos.

Los arqueólogos de Mochlos, llegando de su trabajo

Recordé que en este pueblo se refugió durante unos 15 días el cantante Manolo García para grabar algunas canciones de su disco ‘Salgamos a la lluvia’, hará unos cinco años, y pregunté al camarero si recordaba algo. El joven, tan agradable como sólo pueden serlo los camareros griegos, no sabía nada, llevaba un año trabajando en la taberna de su tío. Pero a los pocos minutos vino éste, Yiorgos, un hombre grande de mediana edad, con una gran sonrisa, a preguntarme: “¿Me han dicho que es usted amigo de Manolo García?”. Inmediatamente lo saqué de su error, pero a él no le importó para empezar a recordar al cantante como una persona “muy atenta y amistosa”, que todas las noches, después de pasar el día trabajando en un estudio que hay cerca del pueblo, se acercaba a cenar con sus músicos a la taberna. Yiorgos se señaló el antebrazo con el típico gesto que indica que se le erizaba el vello de recordarlo: “Fueron noches fantásticas, Manolo vino a introducir en algunas de sus canciones el acompañamiento de músicos cretenses, intérpretes de la lyra y del laúd. Algunas veces se juntaban hasta 20 músicos en mi casa, y se dedicaban a improvisar y a hacer ritmos. Manolo García hacía ritmo con todo, con tambores, con vasos, con la mesa…”

La ensalada de erizos (ajinosalata) de la taberna Ta Kokilia.

Mientras hablaba, el hombre abrió su ordenador y me enseñó una carpeta con fotos muy malas de aquellos momentos, en las que se veía al cantante español rodeado de solistas de instrumentos tradicionales cretenses. En verdad se le notaba entusiasmado al contar a otro español sus recuerdos de aquel músico venido de lejos. Naturalmente, nos mostró el disco que le había enviado.

Con el amigo de Manolo García en Creta

Si os digo que además comimos una estupenda sopa de pescado, unos boquerones marinados deliciosos y una sabrosa ensalada de erizos, regados con retsina Kekrivari y obsequiados con fruta y rakí como es costumbre en las tabernas griegas, no tengo que esforzarme en describir la alegría con la que reemprendimos el camino, esta vez hacia Sitía, por una carretera bordeada de adelfas rosas y blancas.

¡Arriba ese rakí cretense!

Qué ganas de volver a Turquía

Ulyfox | 16 de octubre de 2010 a las 1:18

 

Esa primera vez en Turquía, esa Mezquita Azul de Estambul

Esa primera vez en Turquía, esa Mezquita Azul de Estambul

Estuvimos el otro día en el concierto que dio Omar Faruk en el Teatro Falla, soprendente y gratamente lleno, y podemos decir que asistimos a la actuación de un virtuoso tocado por la mano divina. Desde que Omar empezó a tocar la flauta y se acompañó con su voz profunda, poderosa y flexible, y le siguieron sus músicos con una especie de cítara maravillosamente pulsada, una guitarra española,  los teclados y la virtuosa percusión me entraron unas ganas enormes de volver a Turquía.

Con la música de Omar Faruk se buscaron en la oscuridad nuestros ojos y nuestras sonrisas, y llegaron como en un hilo de historia y recuerdos la playa profunda de Olu Deniz, las piscinas naturales de Pamukale como algodón pétreo, la bulliciosa y envolvente Estambul, Santa Sofía y la Mezquita Azul; la biblioteca de Celso en un Efeso dorado, la tumba del asceta Mevlana en Konia sufí, la azulada Bursa, final y principio de la Ruta de la Seda, las ciudades subterráneas cristianas de Capadocia, la ruina sumergida de Kekova, sus tumbas licias, las goletas en el puerto de Bodrum y a la luz del castillo de los cruzados, la recortada península de Datca, Ayvalik de membrillos y vendedores de pan madrugadores, la silla de Satanás. Y la deliciosa comida, su refinada atención al cliente, perfumes en las manos al acabar, tomates dulces, la Taksiyarhis Pansiyon de pies descalzos y largas horas dedicadas al desayuno y la lectura. Todo un país grande, grandioso y deslumbrante que viene de nacer junto al jardín del Edén, cuyos recuerdos empiezan en los hititas y tienen un largo recorrido, luminoso a veces, a veces sangriento, por los esmaltes de Persia, la sabiduría griega, el imperio romano, el apogeo bizantino y la delicia otomana. Todos nombres sonoros y evocadores, de los que os iré contando cosas y luces. Si váis a Turquía notaréis, si tenéis la piel lo bastante sensible, que la Historia, es decir el discurrir del hombre, la traspasa y se apodera de vosotros, os recorre las entrañas y termina saliendo por un suspiro o una lágrima. O una canción. Y si la habéis visitado y escucháis a Omar Faruk, como nosotros lo escuchamos en el Falla, comenzará a crecer en vuestro interior un anhelo que sólo se puede definir como unas ganas enormes de volver.

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