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Cruceros a nuestra manera

Ulyfox | 24 de enero de 2015 a las 1:14

La salida al amanecer de la isla de Koufonisia.

La salida al amanecer de la isla de Koufonisia.

Lo primero que desaconsejamos cuando alguien nos pregunta por la forma de viajar a Grecia es que lo hagan en un crucero. No suelen hacernos caso. Bueno, es la libertad, pero un crucero por las islas griegas suele incluir muchísimas horas en el barco y muy pocas para conocer apresuradamente la isla. Hemos visto riadas de cruceristas recorriendo aprisa calles de Mikonos, cuestas de Santorini, murallas de Rodas, mientras a su lado o a su espalda el sol les gritaba quédate.

La escala en Schinousa.

La escala en Schinousa.

Por contra, y aunque parezca una contradicción, adoramos los barcos, amamos los trayectos entre islas, disfrutamos con los embarques y desembarques, con las llegadas a los puertos, las decenas de amarres y desamarres que hemos vivido en multitud de islas, los madrugones y las llegadas en plena noche a embarcaderos de todos los tamaños, nos integramos en el ajetreo, nos reímos con las viejas que se cuelan en las colas con habilidad increíble y que son capaces de coger el mejor sitio para hacer el viaje a pierna suelta. Las islas griegas se comunican todas, pero no siempre es fácil ni frecuente el enlace, las rutas pueden parecer ilógicas, y fuera de temporada pueden desaparecer. Pero son siempre emocionantes los trayectos, sean calmados o agitados. La mayor emoción suele proporcionarla el hecho de confeccionártelo tú mismo. Así nos movemos entre islas, creando nuestro propio crucero según el ánimo, el tiempo y las ganas.

Otra escala en Iraklia.

Otra escala en Iraklia.

Han sido muchos los viajes que hemos hecho así a las islas griegas. Y fue también así el pasado año, de Milos a Creta, de Paros a Koufonisia, de Koufonisia a Paros, de Paros a Mikonos, con la compañía Blue Star, nuestra estrella azul. Viendo salir el sol, haciendo escalas en las pequeñas Schinousa e Iraklia, en la fértil Naxos, recibiendo y despidiendo gente, como los hijos de la mar.

Embarque multitudinario masivo en Milos.

Embarque multitudinario nocturno en Milos.

 

El viaje empezó demasiado temprano, tal vez.

El viaje empezó demasiado temprano, tal vez.

No tenemos nada contra los cruceros, como no tenemos nada contra los viajes en grupo. Las posibilidades deben ser muchas para que cada uno elija la que más le gusta. Pero a nosotros dadnos la libertad de encontrar y perder, de intentar y fallar, de enmendar y mejorar que tiene el llegar a una oficina naviera, mirar los horarios y calcular tiempos y mareas, imaginar desayunos cuando abran los bares de a bordo, buscar el mejor lado para contemplar el perfil de aquella isla a lo lejos, y, sobre todo, la libertad de decidir que ese día no vamos a coger ningún barco porque vamos a esperar la noche en aquella mesa de aquella taberna, frente al muelle de Paros para ver cómo se acercan y se alejan las luces de los apresurados, grandes navíos con horario. Y mañana ya veremos.

Solo un vistazo a la bella Naxos.

Solo un vistazo a la bella Naxos.

Colas para embarcar en Naxos.

Colas para embarcar en Naxos.

 

La isla interior

Ulyfox | 13 de diciembre de 2013 a las 2:13

 

Capilla sobre un pico en el interior de Naxos.

Capilla sobre un pico en el interior de Naxos. Al fondo, el perfil de Paros.

El campo de Naxos.

El campo de Naxos.

En este ya lejano último viaje a Grecia, y que aún lentamente, tziga tziga como dicen los griegos, os estamos relatando,  no hubo casi descubrimientos. Sí mucha revista y redisfrute, a otro ritmo, de lugares conocidos. Por ejemplo, pensábamos hacer una breve visita a Naxos, y la magia de los Estudios Kalergis en la playa de  Agios Georgios, nos enganchó para cinco jornadas. Uno de esos días, el mismo que el viento eligió para soplar fuerte, quisimos dedicarlo a recorrer el bellísimo interior de esta isla, la más grande y fértil de las blancas Cícladas, con montes que se elevan a más de mil metros y valles de viñedos y olivos, algo extraño en este archipiélago por lo general volcánico y de aspecto árido.

El templo de Deméter.

El templo de Deméter.

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Alquilamos un coche, de esos que se pueden conseguir a buen precio en las islas cuando acaba la temporada alta, y nos pusimos en marcha. Muchas veces habíamos visto en las guías el templo de Deméter como una de las atracciones arqueológicas de Naxos, pero nunca nos habíamos acercado a contemplar su mármol dórico. Esta vez lo hicimos. En realidad, este antiquísimo santuario dedicado a la diosa de la agricultura y la fertilidad fue casi completamente destruido hace siglos, pero una meritoria labor de restauración le ha dado un aspecto visitable y sus columnas y el resto del pórtico junto con el pequeño museo anexo permiten evocar lo que fue, así como la basílica que se erigió sobre el mismo. Su emplazamiento en lo alto de una colina que domina el valle hace imaginar romerías arcaicas de campesinos subiendo con sus ofrendas para que se mostrara magnánima con las cosechas. Es una visita agradable y aleccionadora. Las cosas no han cambiado tanto en cuanto a la relación de los hombres con sus dioses, a los que acudimos para que nos echen una mano en donde la nuestra no alcanza. Al fin y al cabo, sin esperanza no somos nada. Pienso en qué deidades deberían recibir nuestras plegarias para que nos libraran realmente de los malos gobernantes.

En una calle del pequeño Halki.

En una calle del pequeño Halki.

Decidimos parar también en el pueblecito de Halki, con grandes mansiones medio en ruinas, torres defensivas de las que abundan en Naxos y algunas espléndidas capillas bizantinas en sus alrededores. Tiene Halki varias tiendas en las que se han asentado artistas y diseñadores, y un par de restaurantes en una plaza sombreada. La vuelta por el pueblo fue casi fugaz, con tiempo de sentarnos a degustar una Fix Dark, la estupenda cerveza negra griega, y comprar un pequeño recuerdo en la tienda Olive Tree, un original colgante de plata que figura un olivo cuyas hojas son peces, el logotipo de este comercio, famoso en toda Grecia. Disfrutamos más de esta pequeña población interior cuando las visitamos hace unos años con nuestros amigos Batuka.

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Diferentes ángulos de la antiquísima y extraña iglesia de la Panagia.

Diferentes ángulos de la antiquísima y extraña iglesia de la Panagia.

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Iglesias, barcos de piedra...

Iglesias, barcos de piedra…

¡Ah, pero estaban las iglesias! Las iglesias bizantinas como barcos de piedra esparcidos por el campo, medio ocultas entre olivares, quién sabe por qué tan repartidas al final de un carril, en la curva de un camino o en lo alto de aquel pico. Se puede hacer un particular viacrucis con múltiples estaciones en estas capillas, todas emocionantes, todas encantadoras y sencillas, pobres y lejanas del lujo que apabulla en tantos templos cristianos, como refugios para el creyente humilde o temeroso bajo su sencilla planta de cruz griega. Muchas están cerradas, pero es posible visitar otras, y admirar sus frescos, o lo que queda de ellos. La iglesia de la Panagia, unos siete kilómetros al norte de Halki, es la más antigua de la isla. Estamos hablando del siglo VI. Parece hecha por fases y por manos populares. Es oscura, y a una pequeña nave primitiva se le fueron añadiendo hasta tres capillas que son como cuevas diminutas. Por fuera, es como un muestrario de cúpulas enanas cubiertas de piedras. Todo ello habla de ritos sin ostentación. En lo poco que tiene que ver se demora uno, y a falta de grandes obras de arte tiene que conformarse el espectador con su capacidad de comprensión sobre qué cosas mueven el alma de los hombres.

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El almuerzo en el restaurante Rotonda, comida con vistas.

El almuerzo en el restaurante Rotonda, comida con vistas.

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Reconfortado nuestro ánimo, llenos de preguntas, buscamos un lugar para comer. Y digo buscamos porque el sitio era lejano e intrincado. Rotonda era el restaurante recomendado, y estaba en Apiranthos, lo que las guías llaman ‘un pueblo tradicional’. Fue preciso subir y subir contemplando como el valle se alejaba, sin seguridad de encontrarlo y con el hambre acuciando ya nuestro estómago. Afortunadamente, en Grecia sigue imperando la costumbre de dar de comer a cualquier hora. ¡Y qué sorpresa al llegar! ¡qué vista nos deparaba aquel lugar a cientos de metros de altura sobre un paisaje que se prolongaba hasta la costa y más allá, hasta la cercana isla de Paros! El sol empezaba su caída, pero todavía su calor ayudaba a combatir el fresco que se había presentado con el viento del norte, el meltemi. Vino blanco de Naxos, ensalada y un plato de pasta en una de las comidas con mejor panorámica que recuerdo. Una pareja, que ya habíamos visto en el Blue Star Naxos, el barco que nos trajo desde Creta, se sentó a nuestro lado. El hombre arrastraba con esfuerzo una pierna enyesada y dimos en pensar cómo de bien recomendado estaría el restaurante Rotonda para que se molestara en desplazarse hasta ese lugar ciertamente lejano.

El 'kuros' incompleto, miles de años en el campo.

El ‘kuros’ incompleto, miles de años en el campo.

A la vuelta hicimos un tramo por la costa este, divisando no muy lejos el perfil de Donousa, una de las islas satélites de Naxos conocidas como Pequeñas Cícladas. Luego nos dirigimos de nuevo al interior, por una carretera claramente secundaria, brincando montañas doradas y cruzando algún pueblo dormido. Íbamos en busca de un kuros incompleto. Los kuroi son unas esculturas gigantes de la época arcaica de la cultura griega. Representan a un varón joven desnudo y atlético en actitud de caminar. En su rostro se dibuja siempre una enigmática sonrisa, y su apariencia recuerda mucho a las esculturas egipcias de faraones y dioses, pero un paso más adelante, puesto que ya muestran un sentimiento. Muchos de ellos estaban esculpidos en el magnífico mármol de Naxos. Se trabajaban en la misma cantera y luego eran trasladados. Algunos quedaban sin terminar porque se producía un fallo en su elaboración o porque el mármol se rompía. Varios de estos han quedado en medio de cultivos o en las arboledas de la isla durante siglos. Allí siguen. Ahora están señalizados y protegidos, pero imagino la sorpresa antigua de caminantes desprevenidos al encontrarse con estos gigantes dormidos, como dioses que se hubieran convertido en piedra. El más famoso está cerca del pueblo pesquero de Apolonia, pero el que buscábamos está en el interior, en el curso de una fabulosa excursión senderista que recorre también las antiguas canteras y más capillas. El kuros dormía bajo unos árboles, sin rostro y con los pies más altos que la cabeza, soportando su triste destino frustrado de haber sido estatua principal y quedarse en trozo de piedra casi antropomorfo, posando en posición tan poco digna para los flashes de los turistas curiosos.

Regresamos ya con la última luz a devolver el coche. Entregamos las llaves a la joven hija del dueño del negocio. Pero cuando ya nos íbamos, dando las gracias en griego, el hombre se volvió y nos dijo que esperáramos (“periménete, parakaló”), se metió en la trastienda y apareció con una botella de vino rosado, dos vasos y muchas ganas de charlar. Nuestro griego no daba para satisfacerlas, pero sí para intercambiar algunas impresiones sobre la situación económica de los dos países y la opinión que nos merecen ambos gobiernos. La familia del hombre provenía precisamente de la comarca que habíamos estado visitando por la tarde, y que en otro tiempo fue tierra de canteras de sílex, pero aún conservaba buen aceite y buen vino. Encantados con esta nueva muestra de hospitalidad griega, volvimos andando a casa, a los Estudios Kalergis, a mirar de nuevo atardecer sobre el mar desde nuestro balcón blanco.

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Hacer deporte con vista

Ulyfox | 3 de noviembre de 2013 a las 13:41

El primer recorrido, el borde marítimo de Nauplia. Al fondo, la fortaleza de Bourtsi.

El primer recorrido, el borde marítimo de Nauplia. Al fondo, la fortaleza de Bourtsi.

El paseo alrededor de Nauplia.

El paseo alrededor de Nauplia.

Y el desayuno ante el hotel Latini.

Y el desayuno ante el hotel Latini.

Yo no soy de hacer mucho deporte. Nunca lo he sido, y no me siento orgulloso. Tampoco me avergüenzo. Sé que la gente que lo practica habitualmente se encuentra bien, está sana y es más feliz. Pero podría decir que en todos esos aspectos estoy bastante satisfecho sin estar obsesionado. Y eso que tuve una relativamente larga época de gimnasio que me ayudó bastante a estar en forma y a tener un aspecto agradable, lo cual compruebo en algunas viejas fotos. Así que digamos que no participo de esta corriente moderna que no concibe la vida sin correr varios kilómetros al día (tanta gente corriendo, huyendo de la muerte, como decía Woody Allen), y mucho menos de la que piensa que es mejor un entrenador personal que el siempre dispuesto, gratis y salvador ángel de la guarda. Pero me parece bien, cada cual busca la felicidad como su cuerpo le da a entender.

Gythion, aquella mañana.

Gythion, aquella mañana.

Luz para hacer deporrte.

Luz para hacer deporrte.

De vuelta al pueblo de Gythion.

De vuelta al pueblo de Gythion.

Una cierta voluntad, teñida de ganas de ejercicio, nos atrapó el pasado septiembre en Grecia. Nos propusimos y, lo que es aún más increíble, conseguimos andar una hora todas las mañanas, antes del desayuno. Los días en que sucumbimos a la pereza nos sobrevenía una cierta sensación de culpa, sobre todo a Pe. Esta demostración de determinación tenía un porqué muy entendible: los parajes por los que hacíamos nuestra excursión mañanera. No es lo mismo, claro que no, el paseo costero alrededor de la fortaleza de Nauplia, a la sombra de los pinos o al sol templado aún, la caminata por el frente marítimo de Gythion, la búsqueda de los confines orientales de La Canea, más allá de Tambakaria o el descubrimiento del amanecer tranquilo de la playa de Agios Georgios en Naxos, que arrastrar nuestros kilos de más por una circunvalación o bien entre las naves de algún polígono industrial de los que nos rodean.

El descanso en el puerto de La Canea...

El descanso en el puerto de La Canea…

... y el reparador desayuno en el Remezzo.

… y el reparador desayuno en el Remezzo.

En esos semitrotes tempranos siempre veíamos a grupos de personas mayores, hombres y mujeres del lugar, dándose el que se supone saludable y tonificador chapuzón del amanecer mientras mantenían una conversación animada, increíblemente quietos en su flotar. Kaló baño! (¡buen baño!) se deseaban los que entraban y salían de aquellas calas tranquilas, aún no golpeadas por el sol. La media de edad de estos bañistas superaba los 75 años con toda seguridad ¡Qué magnífica y optimista manera de empezar el día!

Deporte entre barcos.

Deporte entre barcos.

Esa callejuela del hotel Leo de Rethimnon.

Esa callejuela del hotel Leo de Rethimnon.

Al sol mañanero en la playa de Agios Georgios, en Naxos.

Al sol mañanero en la playa de Agios Georgios, en Naxos.

El caso es que ahí íbamos los dos, andando a buen ritmo, bordeando playas en Rethimnon o buscando ensenadas en Mikonos, sabiendo que al final de la excursión nos esperaba siempre un desayuno vacacional prolongado, relajado, en la terraza del hotel o en una cafetería cercana, con su suculento pan griego, su café filtro y con el capricho extemporáneo de dos huevos fritos con bacon, y sus vistas a la callejuela floreada o al puerto veneciano. Placeres y pecados para los que ya nos habíamos prevenido con la relativa penitencia previa de la caminata. A la vuelta de las vacaciones, hemos tratado de seguir esta costumbre. Naturalmente, como en todo, en esto Penélope pone mucha más voluntad y decisión que yo. Pero ahí andamos.

Desayunar en estos sitios, tras el paseo. Playa de Agios Giorgios.

Desayunar en estos sitios, tras el paseo. Playa de Agios Giorgios.

 

Saludos desde el Paraíso

Ulyfox | 21 de septiembre de 2013 a las 18:31

Amanecer en la playa de Agios Georgios, desde el balcón de nuestro estudio.

Amanecer en la playa de Agios Georgios, desde el balcón de nuestro estudio.

Vale, me salto todos los órdenes cronológicos, ya sé que tengo un montón de entradas pendientes de este nuestro periplo septembrino por la Hélade, pero os tengo que comunicar que nos hemos encontrado de nuevo con el Paraíso. Después de viajar por el Peloponeso y Creta hemos decidido darnos un baño de Cícladas, y la campesina, luminosa isla de Naxos, tantas veces visitada solos o en compañía de otros nos recibió con un abrazo sereno de luz y calma, de sol radiante y extraño mar tranquilo. Y los Kalergis Studios, ( http://www.studios-kalergis.com/ ) tan sabiamente elegidos por la mano de Penélope, nos sorprendieron con esta visión desde nuestra habitación: un salto desde el balcón y a la arena, al agua del Egeo.

El puerto de Naxos, con el kastro veneciano al fondo.

El puerto de Naxos, con el kastro veneciano al fondo.

Esta es la playa de Agios Georgios de Naxos, pegada a Hora, poblada y a la vez calmada, un rincón acogedor como pocos, donde los niños pueden estar en el agua sin peligro y los mayores andamos y andamos hasta lograr que nos cubra; un sitio con todo incluido: apartamentos limpios y tradicionales, tabernas, bares, hamacas. Seguramente en julio y agosto esto está atestado, pero en estos últimos días de septiembre tiene la ocupación justa, con guiris tranquilos que se pasan el día tumbados y bebiendo y abuelas y nietos griegos que vienen al atardecer.

El atardecer del segundo día.

El atardecer del segundo día.

El segundo día, el amanecer por la ventana nos sorprendió con la belleza total, como el ocaso nos despidió el día anterior. No digo más por ahora. Sabed, los interesados, que nos encontramos bien, mejor imposible. Y que retomaré el orden cronológico algún día. Cuando tenga un rato libre entre comer, leer, soñar, pensar, pasear o bañarme.

 

Muri: nos han preguntado por ti en Naxos

Ulyfox | 4 de octubre de 2010 a las 9:36

 

Una taberna en Mikonos

Una taberna en Mikonos

Sí, Muri, el encargado de la Taberna Yialós, en la playa de Agios Giorgios de Naxos, nos reconoció nada más vernos. Es extraordinario, hace unos tres meses habíamos estado allí con tus padres ¿te acuerdas? Esta vez nos dijo: “Ah, bienvenidos de nuevo”, y nos dio la mano. Calculamos que habrán pasado por allí en este verano muchos miles de turistas, solos o en familia, pero el hombre se acordaba de nosotros. “¿Dónde está el resto?   ¿érais cinco, no? y había también una niña (a little young lady, dijo)”. La joven dama eras tú, Muri. No era un farol, se acordaba de verdad. “Se han quedado en España” le dijimos, “ah, bueno, la próxima vez”, respondió él antes de tomar la comanda y después de preguntar varias veces cómo estábamos, según la amistosa costumbre griega.

En realidad no es tan raro. En Grecia, a la segunda vez que acudes a un bar o restaurante ya te hablan como si fueras cliente habitual. Les encanta que repitas, y lo demuestran. En la extraordinaria taberna Hipocampo, de Heraklion, el dueño también nos reconoció y habíamos estado dos veces allí, en enero de 2009. En un precario español nos explicó que lo hablaba porque, hace muchos años, había trabajado seis meses en Arroyo de la Luz, provincia de Cáceres (bellísima cerámica la de ese pueblo, por cierto), que había llegado a España huyendo de hacer el servicio militar en la dictadura de los coroneles en Grecia para encontrarse con otra dictadura, y que luego había estado en Barcelona, y que recordaba todo aquello como la mejor época de su vida. Por supuesto, nos invitó a un abundante postre y a una no menos generosa ración de raki. En el puerto de Mikonos, el camarero que este año ha echado una tripa llamativa para su largo y delgado cuerpo se paró un momento mirándonos y, después de que le pidiéramos dos dry martini (ínfulas de James Bond que nos dan por ahí fuera) cayó en la cuenta: “Aaaaajajajaá, ahora caigo, cómo están… ” y toda la retahíla. El año pasado, cuando nos veía llegar ya nos preguntaba “¿To idio?”, es decir “¿lo mismo?”. Y en el restaurante Kounelas (no os lo perdáis si vais a Mikonos) el dueño políglota, cada año más largo el pelo, le dijo al camarero después de saludarnos: “Una carta en español para los señores”, aunque sabe que no nos hace falta.

Quiero decir que estas cosas pasan en Grecia, y que nos encantan. Y que en nuestra tierra de nacimiento, hay bares en los que puedes ir a desayunar todas las mañanas de tu vida y eres siempre un extraño. Ya estamos con las comparaciones, hombre.

P.S. La vuelta de las vacaciones no me ha sentado nada bien, y por arte de mi conocida torpeza, he borrado algunas fotos imprescindibles. Espero mi castigo. No son muchas, pero sí bonitas, reveladoras, interesantes…vamos que me ha dado un gran cabreo y lo siento por mi, por Pe, por vosotros… Ahí estaban todas las de Naxos… aunque tengo muchas de esta isla marmórea… estoy desolado. No hemos empezado bien el otoño. Espero que mejore

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La Puerta del Sol

Ulyfox | 25 de junio de 2010 a las 18:38

Puesta de sol tras la Portara de Naxos

Puesta de sol tras la Portara de Naxos

Hay una gran puerta de mármol frente al puerto de Naxos, isla de mármol. Es lo único que ha quedado de un hermoso templo griego. Una gran puerta, como el marco enorme de un cuadro para atrapar las hermosas vistas, en lo alto de un pequeño promontorio rocoso, unido a tierra por un camino artificial. Es la Portara, emblema de la capital. Es bellísimamente blanca, pero al atardecer se hace dorada por una cara y negra por el otro. Los turistas, a esa hora, llegan en tropel al islote a través de ese camino, para contemplar la puesta de sol enmarcada por la moldura antiquísima y clásica, dórica original, no de imitación. Nosotros cumplimos el ritual esta vez también, porque la Portara tiene esa especie de fascinación que ejercen los sueños no cumplidos, como una promesa eterna de belleza serena. No es una una ruina: seguramente es que el templo no se acabó. Y ahí quedaron para los restos los pilares y el dintel marmóreos, ciclópeos haciéndonos preguntas: ¿quién me hizo? ¿quién me abandonó?

En todas las islas griegas hay lugares para contemplar el atardecer. En Naxos es la Portara, en Santorini es el pueblo de Oia, en el confín de la isla; en Mikonos, más glamurosa, se despide el día en la Pequeña Venecia, con un cóctel en la mano; en Alónissos, en las alturas de Hora… En muchos lugares está indicado en inglés ‘sunset’, pero es más expresivo en griego: ‘iliovasílema’, que yo imagino que significa ‘reinado del sol’ o a lo mejor ‘abdicación del sol’. Quizá alguno de los que lean este blog pueda decirnos de dónde viene esta afición a contemplar el ocaso de manera melancólica y con gesto silencioso. A nosotros nos gusta, pero preferimos los lugares íntimos para eso, no las aglomeraciones turísticas, y por supuesto abominamos de esa costumbre falsamente hippie de despedir el día tocando tambores, atronando los oídos del ya sufrido usuario de agunas playas y como si acabaran de descubrir que el sol se esconde todos lod días. Y eso que los atardeceres en el Egeo son gloriosos cuando el viento cae y el mar es un plato de color indefinido, tal vez lo que Homero llamó ‘color de vino’, “el vinoso ponto”.

La Portara, y detrás, Naxos capital o Hora

La Portara, y detrás, Naxos capital o Hora

Salud a Odiseo desde esta puerta del tiempo y del sol.

El espectáculo no pudo ser contemplado por la pequeña Mu ni por su madre Mon, por una indisposición de ésta. Eso les impidió el paseo vespertino, pero en su honor lo repetimos ampliado al día siguiente. Se contará en una próxima entrada.

La playa del santo

Ulyfox | 23 de junio de 2010 a las 19:23

Primer almuerzo en la playa de Agios Georgios

Primer almuerzo en la playa de Agios Georgios

Hay muchas playas en Naxos, y probablemente Agios Georgios (San Jorge, llamada así por la capilla que está en la zona) no es la mejor. Ni mucho menos. Para eso habría que hablar de la de Agia Anna o la de Mikrí Vigla. Pero es la nuestra, porque ahí está nuestro alojamiento en la isla. El Hotel Saint George tampoco es el mejor, pero está a diez metros de la playa, su encargada, Vasia, es amabilísima y charlatana y su padre, a la llegada, nos regaló una garrafita de medio litro de vino rosado, seco y fresquito, de su propia cosecha a cada pareja. Detalles de la hostelería familiar griega.

Nos recibió un tiempo regular, pero como buenos turistas insistimos en nuestra intención y nos fuimos a la playa, la tranquila, llana y sin olas playa de Agios Georgios. La pequeña Mu no ha querido salir del agua desde entonces. Almorzamos a las tantas en la taberna que no falta nunca, alabando la comida (excelente briam, una mezcla de berenjenas, calabacines, y tomates todo junto en el horno), el servicio y el vino. Vimos la tarde hasta que el viento fresco nos mandó a recoger.

Y el primer desayuno en la playa del santo.

Y el primer desayuno en la playa del santo.

La playa del santo nos acogió también al día siguiente para desayunar. El mejor momento del día en vacaciones, según Penélope. Todo está a mano en este sitio, en nuestra playa. Los desayunos pueden durar horas. Los baños, si está por medio la pequeña Mu, seguro. No es la mejor playa de la isla, pero está bendecida.

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