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El hogar de Venus

Ulyfox | 30 de septiembre de 2014 a las 21:29

El lugar donde fue hallada la Venus de Milo, en Milos...

El lugar donde fue hallada la Venus de Milo, en Milos…

... y la placa que lo recuerda.

… y la placa que lo recuerda.

No había nadie en el escondido lugar, a unos metros por debajo del camino que conducía al teatro griego de Klima, la antigua y espléndida ciudad de la que apenas quedan ese teatro con una vista imponente sobre el mar Egeo y unos restos de poderosa muralla. En ese sitio sombrío (y fresco) bajo un árbol modesto y junto a unas piedras que antes fueron muro, un pastor encontró una escultura de mármol de Paros que asombra al mundo desde un salón parisino, pintado con relajante color. En un rincón de Milos apareció esa espléndida representación de Afrodita, y al poco tiempo, ya unas manos expertas y seguramente ventajistas la llevaron al Louvre para que a partir de ese momento fuera conocida en todo el orbe, y estudiada en todos los libros como La Venus de Milo.

Afrodita, o la Venus de Milo, en su sala del Louvre.

Afrodita, o la Venus de Milo, en su sala del Louvre.

Allí está, y si queréis verla en el Museo más famoso de la Tierra tendréis que soportar multitudes a su alrededor, una auténtica estrella del arte, admirada como obra maestra incluso por los millones de personas que no saben donde está Milos ni lo que significa el arte clásico griego. Sin embargo, allí en su patria chica (y tan chica) sólo queda de ella un modesto cartel en el camino y, más abajo, triscando un poco, una placa conmemorativa hecha de mármol, ese mismo material tan cicládico y tan duro que los griegos supieron hacer suave y sugerente.

El discreto cartel en el camino.

El discreto cartel en el camino.

No todo lograron llevárselo a la Europa que entonces se creía (y aún sigue haciéndolo) más civilizada que quienes modelaron nuestra civilización. En ese descuidado rincón sombrío lleno de hojas, de musgo y de ramas muertas, que debe de ser helado y aún más solitario en invierno, aún queda la emoción del hallazgo y de la cuna.  Y supongo que el orgullo de los pobres, más o menos enterrado.

Un teatro griego bien situado.

Un teatro griego bien situado, en la antigua Klima en Milos.

 

De repente París

Ulyfox | 13 de agosto de 2014 a las 13:53

Notre Dame de París, 25 de julio de 2014 por la tarde.

Notre Dame de París, 25 de julio de 2014 por la tarde.

Este no fue un viaje pensado como de placer, aunque resultó serlo, porque siempre es el mayor placer combinar trabajo con gusto. Algunos quizá lo sepáis ya: que me tocó un viaje a París, como en los concursos antiguos, a entrevistar a una paisana que es ahora una de las mujeres más poderosas, la alcaldesa de la que ella misma llama una ‘ciudad-mundo’, la gaditana (digámosle cañaílla) Anne Hidalgo.

En la Île de la Cité, centro del centro.

En la Île de la Cité, centro del centro.

Y eso que la cosa empezó con disgusto, cuando me enteré de que tendría que ir y volver a la Ciudad de la Luz en el mismo día, enlazando madrugadas. Gran cabreo inicial, por lo que entendí como racanería empresarial innecesaria, que dio paso casi inmediatamente al lado positivo (soy así, para mi suerte): no tendría que hacer ni un mínimo equipaje. Y la cosa acabó con moraleja peliculera, al fin y al cabo fue casi como Richard Gere en ‘Pretty Woman’, tomar un jet para desayunar, almorzar y cenar en París. Cosas de ricos. Y resultó para los restos como una experiencia ya imborrable, sí. Y agradecí ser del ‘plan antiguo’, cuando en bachillerato el segundo idioma era por fuerza el francés, que pude reverdecer en algún bistrot de vins y en la lujosa antesala del Hotel de Ville (Ayuntamiento de Paris) mientras esperaba a la entrevistada.

Los 'bouquinistes' están siempre a la orilla del Sena.

Los ‘bouquinistes’ están siempre a la orilla del Sena.

Totá: que ahí estaba yo levantándome a las tres y media de la madrugada para coger el avión de las siete menos cuarto desde Sevilla a París, Vueling mediante. Tenía las tarjetas de embarque, estaba tranquilo por la hora. Pero la tranquilidad duró poco. Me dio por entrar desde la Isla en la autopista por Cádiz, y me encontré la primera desagradable sorpresa: ¡el Puente Carranza estaba cerrado! Vuelta de nuevo a San Fernando a una velocidad ya más rápida de lo aconsejado, temiendo durante todo el trayecto perder el avión. No sucedió, pero llegué a la puerta justo cuando se iniciaba el embarque. Prueba superada y cabezazo ligero en el avión.

La evocadora librería 'Shakespeare&Company'.

La evocadora librería ‘Shakespeare&Company’.

Desde el aeropuerto de Orly Ouest es muy fácil llegar al centro de París. Hay un gran mostrador de información en el que un buen número de amables muchachos te informa en casi cualquier idioma. Sólo hay que coger un tren automático lanzadera que pasa cada cinco minutos hasta la estación de metro de Antony, y luego hacer el trasbordo en la línea que transita los lugares más sonados. Yo me permití bajar un par de estaciones antes, en Saint Michel, donde el famoso boulevard estudiantil, a los pies de la Sorbona, para darme el gustazo de pasear hasta el Sena y desayunar baguette con mantequilla y croissant, zumo de naranja y café au lait en una de esas terrazas tan parisinas con sillones de mimbre. Un laaaaaargo desayuno en el que terminar de preparar las preguntas mientras los turistas pasaban apresurados en busca de la cercana Notre Dame, detrás del bateau mouche que hace los paseos por el río, agolpándose en cien idiomas alrededor de los guías, o viendo pasar a las jóvenes parejas muy pegadas atrapadas por el inevitable romanticismo del lugar, aun tan de mañana. Una de ellas se despedía con mil besos después de lo que seguro había sido una noche de amor. Refrené las ganas de disparar mi cámara como un remedo malo de Doisneau.

La antes siniestra Conciergerie, junto al Sena.

La antes siniestra Conciergerie, junto al Sena.

Tenía tiempo: la entrevista era a las tres de la tarde, cuando ya los franceses han almorzado. Así que después del petit déjeuner me dediqué a pasear, la mochila al hombro, la chaqueta sobre el brazo y la cámara de fotos preparada. Y hacía un día espléndido, y al otro lado del Sena se acercaba Notre Dame a cada paso. A este lado se me apareció la preciosa librería Shakespeare&Company con su escaparate verde, y enfrente los puestos de los bouquinistes, los famosos vendedores de libros antiguos y revistas junto al río. Pese al calor, la cola de turistas ante la Catedral desanimaba a visitar el interior, y mucho más la subida a las torres. Cuando pasaba alguien comentó a mi lado en español: “Llevamos más de una hora esperando”. Calculé que le quedaba al menos otra y me admiré de la paciencia de la gente en algunos casos. Rodeé la famosa y novelesca iglesia, paseé por los muelles frente a la antiguamente siniestra y ahora limpísima Conciergerie, convertidos en un remedo de playa con arena pero de baño imposible. Los parisinos parecían disfrutar tomando el sol de la falsa Riviera, refrescándose de vez en cuando con las duchas de agua pulverizada.

La falsa playa de los parisinos en el Sena.

La falsa playa de los parisinos en el Sena.

Una torre de verdad y otra de mentirra.

Una torre de verdad y otra de mentira.

En las puertas del Louvre...

En las puertas del Louvre…

...esplendor barroco.

…esplendor barroco.

La tranquilidad me llevó a las puertas del Louvre, la extrañamente bien conjuntada pirámide de cristal en el patio barroco. Nuevamente deseché la entrada en ese gran almacén de maravillas. Ya era pasado el mediodía y tomé una decisión sabia: me acercaría al Hotel de Ville por la muy comercial y distinguida Rue de Rivoli, y pararía con tiempo a tomar una especie de almuerzo ligero. Eso ocurrió en la Rue des Lavandières Sainte Opportune, una callecita abundante en terrazas, en un bistrot de vins (restaurante de vinos) llamado A la Tête d’Or. Bien, muy bien, los dos huevos cocotte con foie de canard, acompañados con una copa de Beaujolais. Un café con una gota de leche (avec un coup de lait), y ya estaba yo listo para encontrarme con Anne Hidalgo, esa mujer que, cosas del devenir, nació en la misma calle que yo, aunque tres años después, y en la que seguro que nos cruzaríamos de niños. Digo yo, porque la calle Dolores de San Fernando, que en menos de trescientos metros te hace descender de la señorial Plaza del Rey al pobre caño del Zaporito, es un mundo muy pequeño. De la esquina del Zaporito a la Alcaldía de París, vaya salto.

Un almuerzo frugal pero muy francés: huevos cocotte con una copa de Beaujolais.

Un almuerzo frugal pero muy francés: huevos cocotte con una copa de Beaujolais.

Ella apareció con una especie de bambito azul con pequeños dibujos en blanco, y los brazos tan abiertos como su franca sonrisa. Es una mujer atractiva a la que no en vano llaman en su ciudad La Belle de Cadix como la canción de Luis Mariano, popularísima en Francia. Y me recibió con la simpatía con la que se recibe a alguien que viene de tus orígenes. Dos besos francos y una conversación relajada. Lo mejor fue tal vez las historias que me contó de su despacho, los recuerdos de De Gaulle, la foto original de El beso de Robert Doisneau, y las evocaciones de sus calles de La Isla, de sus amigos de esa infancia cuando venía de Francia en vacaciones y descubrió la libertad de jugar en los esteros a coger camarones y cangrejos. Pocos recuerdos tan isleños. Por si no la habéis leído aún, aquí tenéis los tardíos enlaces:   http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1827693/aqui/me/llaman/la/belle/cadix.html

http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1827733/dale/recuerdos/petra/cuando/la/veas.html

El Hotel de Ville, la 'casa' de Anne Hidalgo en París.

El Hotel de Ville, la ‘casa’ de Anne Hidalgo en París.

Dos isleños en París, ante 'El beso' de Doisneau.

Dos isleños en París, ante ‘El beso’ de Doisneau.

Fue un gran rato, cerca de hora y media que la alcaldesa parisino-cañaílla dedicó a hablar de  sus dos vidas, sus dos tierras. El Hotel de Ville tiene una escalera impresionante, hecha para que cada uno que suba o baje comente lo de la grandeur de Francia. Y por ahí bajaba yo tras la entrevista, ya satisfecho y dispuesto a disfrutar de unas hora aún antes de volver al aeropuerto. Lo primero fue dirigirme a la Sainte Chapelle, una joya gótica escondida detrás del Tribunal pero muy merecidamente visitada. La única vez que entré en ella fue algunos años atrás, y en un día nublado, lo que nos impidió disfrutar en su totalidad de la luminosidad de su sorprendente interior totalmente lleno de vidrieras separadas solamente por finas columnas, sin paredes, casi suspendidas en el aire. Y el sol que lucía me hizo desear verla en todo su esplendor. Eso hice, para asombrarme de nuevo, pero no mucho más que la primera vez. La sorpresa se había diluido, pero la sensación se acrecentó con la luz divina.

Paredes de luz en la Saint Chapelle.

Paredes de luz en la Saint Chapelle.

Música para turistas.

Música para turistas.

El resto fue esperar que pasara el tiempo, cruzar puentes, oír acordeonistas puestos para la foto y el dinero del turista, y merendar, de nuevo en una terraza, en la plaza de Saint-André des Arts (¿cómo harán los franceses para poner estos nombres tan bonitos?). Ya más relajado, digamos que con la tópica sensación del deber cumplido, del trabajo realizado, me homenajeé con dos cervezas Leffe y un plato de quesos del país. Elementos que me hacían ver la vida de París como un transcurrir elegante y tranquilo de paseantes y ciclistas civilizados. Si no era así, yo disfruté pensándolo. Ni siquiera saqué el libro: miraba y pensaba, un rato que me hizo sentir único y, en cierta forma, poderoso. Efectos de la cerveza, supongo.

 

La place de Saint-André des Arts, estupendas terrazas.

La place de Saint-André des Arts, estupendas terrazas.

El largo camino de vuelta fue algo más duro, mirado objetivamente. Hasta la una y media de la madrugada no llegué de vuelta a casa, una jornada laboral de 22 horas. Y sin embargo, como diría Marcello Mastroianni, “peor es trabajar…”

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Los emigrantes

Ulyfox | 5 de noviembre de 2012 a las 13:42

 

El puertecito de Makrygialos, al sureste de Creta, en invierno.

 

Ya sabéis como se está poniendo la cosa. Nos están echando, no digo ya de nuestros puestos de trabajo, sino de nuestro propio país. Por todos lados oyes a tus amigos desesperados, hablando de sus hijos y cada vez son más los que les aconsejan que se marchen de esta España de poderosos ingratos, de gobiernos abroncadores y culpabilizadores, fuertes con los débiles y sumisos cuando no comprados con los fuertes.

Vivre comme un clochard à Paris?

Uno ya tiene una edad como para tener dificultad en planteárselo con cierta seriedad, pero cada vez acude con más fuerza a nuestra mente esa terrible frase “si yo tuviera veinte años menos…” Ya sabéis u os imagináis a dónde me iría para ese viaje más definitivo, más estable hacia el lugar en el que uno cree que se sentirá mejor acogido, más querido, más aceptado y respetado. Evidentemente, Creta, porque allí he sentido la generosidad de los pobres, el orgullo sin exclusión, la amabilidad sin servilismo, la buena comida sin abusar de los precios, la hospitalidad gozosa, el amor a la tradición sin folklorismo barato, la sensación en definitiva de que no te vas a encontrar solo y tirado. Tal vez no sea del todo así, pero en los sentimientos apasionados siempre tiene que haber una pizca de autoengaño para que nos los creamos. En la mediocridad ruin que nos rodea, aliviada por los salvadores ejemplos de amistad y amor, ese reino enorme del Minotauro aparece como el refugio a la medida, pequeña, ínfima, del ser humano.

A lo mejor tenemos que quedar en San Gimignano.

Pero no sé, a lo mejor la salvación está al otro lado del charco, quién sabe si de la mano del civilizado este norteamericano o del sur hablador del Río de la Plata; tal vez en una pétrea plaza toscana o en un barrio de París; a lo mejor poniendo cervezas en un pub de Dublín; o en una kasbah cerca del Atlas; ¿y si echáramos mano de ese pariente en Australia?

O un refugio azul junto a la isla de Kekova, en la costa licia de Turquía.

¿Cuál sería vuestra tabla, teniendo en cuenta que este mar en el que habíamos aprendido a nadar más o menos, ha sido tomado por piratas implacables con el sable entre los dientes y que además se entretienen en provocar olas de marejada para los que caen al mar?

Formas de ver las cosas

Ulyfox | 3 de febrero de 2012 a las 15:02

Una multitud ante la Monna Lisa en el Louvre

 

La noticia sobre el descubrimiento de una réplica valiosísima de la Monna Lisa en el Museo del Prado me ha hecho evocar un par (iba a escribir un mar, cosas del subconsciente ortográfico) de cosas: yo había visto esa obra, hace ya un porrón de años, en el maravilloso museo madrileño, cuando estudiaba en la capital y de vez en cuando me daba una vuelta por las salas del entonces no demasiado concurrido y gratuito Prado, cerca de donde yo vivía. La recordaba, es verdad, oscura y triste, tal vez junto a otros coloristas cuadros de Botticcelli, puede ser. Según me han dicho, ahora hay colas casi todos los días para entrar al palacio del Paseo del Prado.

Solos ante el Friso de los Arqueros persas en el Louvre.

Y otra ocasión, hace mucho menos tiempo, apenas tres años, en el mismo Louvre, y recuerdo la imposibilidad de acercarnos siquiera a la Gioconda original, rodeada de turistas armados con sus cámaras digitales de todos los tamaños. Como si el misterioso cuadro de Leonardo estuviera siendo sometido a una rueda de prensa de impertinentes paparazzi. Esa aglomeración tumultuosa ante un reclamo turístico de tal naturaleza contrastaba, no obstante, con la absoluta tranquilidad y casi soledad de las emocionantes salas dedicadas a la decoración en azulejos del palacio de Darío el Grande en Persépolis, con un surtido colorido de soldados, leones heridos y cabezas de toro, impecables, brillantes y desafiantes aún tras el paso de miles de años, desde que la gloriosa civilización persa desapareciera. Y ahí nos quedamos, con nuestra forma de ver las cosas.

Leones con miles de años de antigüedad, en el Louvre.

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De nuevo París (un encargo de Rocío)

Ulyfox | 19 de diciembre de 2010 a las 17:35

Año 1989. En el Campo de Marte, paseo junto a la Torre Eiffel.

Año 1989. En el gélido Campo de Marte, paseo junto a la Torre Eiffel.

Querido Lope, Fénix de los Ingenios, disculpa el atrevimiento que sigue, pero es por una mujer. Tú lo entenderás. Ahí va:

Una entrada me manda hacer Rocío/

y en mi vida me hallé en encrucijada/

tan gozosa como es la desta entrada/

que viene a enriquecer este blog mío/

París es Villa  Luz, por medio un río/

por millones de seres adorada/

difícil para ser bien explicada/

mas tengo que intentarlo por Rocío./

Torre Eiffel, Barrio Latino y Notre Dame/

el Louvre de los persas y los griegos/

y en Orsay tienes las chicas de Renoir./

Gastaría sin pena largos pliegos/

por contarte lo que debes visitar:/

tú misma usa tus ojos, no están ciegos.

Esta tontería ripiada al modo de Lope que figura arriba, por la que ya estoy pidiendo disculpas (habráse visto tamaña osadía: un soneto) y que explica por qué no me he dedicado a la poesía, viene a cuento porque esa sonrisa franca que es Rocío, ese rostro de ojos grandes sin desmayo, me pidió el otro día, de sopetón en una fiesta de hermandad, que hiciera una entrada sobre París porque se va allí a pasar la Nochevieja. Ya he hablado varias veces de la capital de Francia en este blog, pero este encargo es especial, porque la primera de las tres veces que hemos estado en París fue precisamente para pasar el fin de año, ¡¡del año 1989!! Es decir, que probablemente Rocío casi acababa de nacer. Y no he pasado más frío en los días de mi vida. Pero si se quieren ver otro par de entradas sobre la ‘ville lumiére’, sólo hay que pinchar en las etiquetas de esta página. Este será un post más subjetivo.

Desde la plaza del Trocadero

Desde la plaza del Trocadero

París es una de esas ciudades en las que cumplir el tópico es signo de distinción: subir a la Torre Eiffel es totalmente imprescindible. Sentir la brisa alta, compartir la bella locura del ingeniero que la creó, dejar que la risa nerviosa te nazca desde el estómago y decir ¡qué cosa más bonita, estoy aquí! Aunque aquella primera vez no pudimos subir, y no por falta de ganas sino porque la fría y espesa niebla no dejaba ver nada. Tuvimos que esperar a varios años después, cuando la visitamos en verano, y entonces sí, ese atardecer desde la Torre, la ciudad dorada allá abajo, las luces prendiéndose a poquitos y el repaso mental que hicimos de a cuánta gente quisiéramos tener a nuestro lado conviritieron a ese instante para siempre en uno de los MOMENTOS.

En el porche del café Au Lapin Agile, uno de los mitos de Montmartre

En el porche del café Au Lapin Agile, uno de los mitos de Montmartre

Es así. Sobre París hay miles de guías. Hay que seguir sus indicaciones. Si hablas francés, lo mejor es la Guide de Routard, que en España es la Trotamundos, pero aquí están muy poco actualizadas mientras que en Francia sacan ediciones anuales. Las Lonely Planet también están bien, y más al día. Pero salga en las guías o no (que sí que sale) a nosotros nos seduce el barrio del Marais, también llamado Barrio Judío, aunque ahora sus habitantes son todo tipo de intelectuales. Está lleno de restaurantes de comida greco-judía y de todas las demás, bistrots y brasseries, y de tiendas, y siempre está animado. El Louvre es demasiado grande y masificado, pero una parte menos concurrida que las inaccesibles Venus de Milo y Monna Lisa es la dedicada a la antigua Mesopotamia y a Persia. Lo he dicho más de una vez: lloramos de verdad frente a los azulejos milenarios del palacio de Darío, ante esos leones y guerreros de colores vivos y brillantes. Para evitar las largas colas en la entrada, hay un truco: acceder desde el Metro en la parada Palais Royal-Musée du Louvre siguiendo las indicaciones para el Museo. Y si compráis los pases de uno, dos o tres días para todos los monumentos que venden en la FNAC de la Bastilla, además de saliros mucho más barato, no tendréis que hacer colas.

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No conviene saturarse de museos, pero hay que ir al de Orsay a ver el impresionante impresionismo francés, y gastar una media hora en el mucho más tranquilo Musée de l’Orangerie, en las Tullerías, para ‘nadar’ entre los Nenúfares que pintó Monet: dos salas ovaladas cuyas paredes son precisamente esta gigantesca y personal obra maestra de la pintura.

Renoir, para quererlo en el Museo de Orsay

Renoir, para quererlo en el Museo de Orsay

Y Monet...

Y Monet...

 Y a andar: por el Marais y la bella plaza des Vosges, por el Boulevard Saint Germain, por la isla de San Luis, alrededor de Notre Dame,  y por supuesto ¡por supuesto! visitar la Sainte Chapelle ¡oh sus vidrieras flotantes! Comer una cazuela de mejillones en el Barrio Latino, probar la potente cocina tradicional, cruzar muchas veces el Sena, decir a cada momento ‘bonjour’, beber vino francés del que ponen por jarras en los bistrots, caminar de la Bastilla a la Madeleine y de la Ópera a la Place Vendôme, rodear el Arco del Triunfo y relajarse en el sencillo parque Monceau, admirarse con el atrevimiento aún hoy sorprendente del Centro Pompidou.

El restaurante Aux Petits Oignons, muy cerca del museo de Orsay

El restaurante Aux Petits Oignons, muy cerca del museo de Orsay

Y no olvidar una palabra: ‘au revoir’, es decir, hasta la vista, porque seguro que querréis volver. Tú también, Rocío

Contra el frío, el calor humano es lo mejor

Contra el frío, el calor humano es lo mejor

P.S.: Es evidentemente, por nuestros rostros, que todas las fotos son de época. Allá por el tránsito entre 1989-90. Fue un viaje con Paco y Mari Carmen. Al volver, la niebla cerró el aeropuerto de Orly y no podíamos volver a Sevilla. Yo, con mi cara de bueno, me acerqué al mostrador de Iberia: ¿No hay ninguna forma de salir? “Sólo puedo darle cuatro billetes, si quieren, en clase preferente, pero a Barcelona, y al día siguiente volarían a Sevilla”, me contestó el hombre. Bueno, le dije, y nos resignamos a buscar un hotel esa noche en Barcelona. Pero entonces comenzó a fraguarse el final perfecto. En el avión nos recibieron con champán rosa y paté de foie, entre otras delicias. Una vez llegados al Prat, pusieron a nuestra disposición un taxi que nos llevó al hotel Palace de Barcelona, y donde pasamos una noche de lujo. Nunca un problema en un aeropuerto se resolvió tan bien. Tal vez eran otros tiempos, pero no estuvo mal para acabar, si tenemos en cuenta que habíamos pedido un crédito para pagar a plazos ese viaje. ¡Vivan los inconvenientes!

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Tótem Eiffel

Ulyfox | 17 de julio de 2010 a las 1:10

Grupos de gente 'adorando' la Torre Eiffel.

Grupos de gente 'adorando' la Torre Eiffel.

 

Alguien me ha comentado hoy algo sobre la Torre Eiffel. Definitivamente, es lo que más me gusta de París. Con gustarme mucho el Louvre, el barrio Latino, el Sena, Notre Dame, Montmartre, el barrio del Marais… no hay nada como la Torre. Con ese punto turistoide, su presencia es apabullante, su tamaño nos empequeñece pero, oh milagro, nos alegra de ser tan pequeños. Nos colocamos debajo, miramos hacia arriba y sonreímos con una especie de felicidad absurda. ¡Es la Torre Eiffel! gritamos para adentro, y estamos aquí. Como si hubiéramos cumplido una misión dictada por alguien desde chicos ¡lo hemos hecho!

La primera vez que estuvimos en París no pudimos visitarla. Toda la semana hizo una niebla espesa que no dejaba ver la parte superior. Quizá si hubiésemos subido habríamos visto un mar de nubes, pero desde luego no París desde la altura. Llegamos bajo sus patas y nos conformamos con reducir nuestro tamaño mentalmente hasta la talla de un guisante enano, y con las primeras sonrisas al cobijo del soberbio entramado de hierro y tornillos.

La segunda vez pudimos cumplir, y… fue maravilloso. Esperamos casi al atardecer y una vez arriba, las luces de la Ciudad Luz se fueron encendiendo por barrios, trescientos metros por debajo de nuestras miradas. Disfrutamos como niños ante el más hermoso anochecer, pensamos en nuestros sobrinos, yo diría que nos sentimos como toda la infancia de la tierra asombrada ante la obra de los mayores. Es grande el hombre, que con un trabajo de ingeniería es capaz de alumbrar los corazones y las almas de millones de visitantes. Fue una de esas veces en las que nos reconciliamos con nuestra especie mamífera simia primate homo ¡SAPIENS!

DSC_0241La tercera vez, esperemos que no última, cumplimos con nuestra bendita obligación de visitarla. Claro que seguía allí, como el enhiesto surtidor de sombra y sueño que hubiera cantado Gerardo Diego. Fue el año pasado en primavera. Hicimos una larga caminata para llegar hasta ella y luego nos tumbamos en los largos jardines que conectan el Campo de Marte con los Inválidos. Allí los jóvenes se concentraban bebiendo vino sobre el césped, charlando sentados, algunos con guitarras, mucha gente simplemente acostada al cálido sol de la tarde de mayo. Y lo mismo hicimos nosotros. Casi nos dormimos. Y veíamos la escena como la de una gran tribu reunida para adorar a su tótem sagrado, la representación de un dios protector y vertical. Y deseé que fuera así, y no quise cerrar los ojos por no dejar de contemplar esa especie de pirámide afilada, a lo mejor para conectarme con esa deidad escondida, madre y salvadora. Casi lo conseguí. Al menos, comprendí donde puede estar dios. Digo puede.

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