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Hacer deporte con vista

Ulyfox | 3 de noviembre de 2013 a las 13:41

El primer recorrido, el borde marítimo de Nauplia. Al fondo, la fortaleza de Bourtsi.

El primer recorrido, el borde marítimo de Nauplia. Al fondo, la fortaleza de Bourtsi.

El paseo alrededor de Nauplia.

El paseo alrededor de Nauplia.

Y el desayuno ante el hotel Latini.

Y el desayuno ante el hotel Latini.

Yo no soy de hacer mucho deporte. Nunca lo he sido, y no me siento orgulloso. Tampoco me avergüenzo. Sé que la gente que lo practica habitualmente se encuentra bien, está sana y es más feliz. Pero podría decir que en todos esos aspectos estoy bastante satisfecho sin estar obsesionado. Y eso que tuve una relativamente larga época de gimnasio que me ayudó bastante a estar en forma y a tener un aspecto agradable, lo cual compruebo en algunas viejas fotos. Así que digamos que no participo de esta corriente moderna que no concibe la vida sin correr varios kilómetros al día (tanta gente corriendo, huyendo de la muerte, como decía Woody Allen), y mucho menos de la que piensa que es mejor un entrenador personal que el siempre dispuesto, gratis y salvador ángel de la guarda. Pero me parece bien, cada cual busca la felicidad como su cuerpo le da a entender.

Gythion, aquella mañana.

Gythion, aquella mañana.

Luz para hacer deporrte.

Luz para hacer deporrte.

De vuelta al pueblo de Gythion.

De vuelta al pueblo de Gythion.

Una cierta voluntad, teñida de ganas de ejercicio, nos atrapó el pasado septiembre en Grecia. Nos propusimos y, lo que es aún más increíble, conseguimos andar una hora todas las mañanas, antes del desayuno. Los días en que sucumbimos a la pereza nos sobrevenía una cierta sensación de culpa, sobre todo a Pe. Esta demostración de determinación tenía un porqué muy entendible: los parajes por los que hacíamos nuestra excursión mañanera. No es lo mismo, claro que no, el paseo costero alrededor de la fortaleza de Nauplia, a la sombra de los pinos o al sol templado aún, la caminata por el frente marítimo de Gythion, la búsqueda de los confines orientales de La Canea, más allá de Tambakaria o el descubrimiento del amanecer tranquilo de la playa de Agios Georgios en Naxos, que arrastrar nuestros kilos de más por una circunvalación o bien entre las naves de algún polígono industrial de los que nos rodean.

El descanso en el puerto de La Canea...

El descanso en el puerto de La Canea…

... y el reparador desayuno en el Remezzo.

… y el reparador desayuno en el Remezzo.

En esos semitrotes tempranos siempre veíamos a grupos de personas mayores, hombres y mujeres del lugar, dándose el que se supone saludable y tonificador chapuzón del amanecer mientras mantenían una conversación animada, increíblemente quietos en su flotar. Kaló baño! (¡buen baño!) se deseaban los que entraban y salían de aquellas calas tranquilas, aún no golpeadas por el sol. La media de edad de estos bañistas superaba los 75 años con toda seguridad ¡Qué magnífica y optimista manera de empezar el día!

Deporte entre barcos.

Deporte entre barcos.

Esa callejuela del hotel Leo de Rethimnon.

Esa callejuela del hotel Leo de Rethimnon.

Al sol mañanero en la playa de Agios Georgios, en Naxos.

Al sol mañanero en la playa de Agios Georgios, en Naxos.

El caso es que ahí íbamos los dos, andando a buen ritmo, bordeando playas en Rethimnon o buscando ensenadas en Mikonos, sabiendo que al final de la excursión nos esperaba siempre un desayuno vacacional prolongado, relajado, en la terraza del hotel o en una cafetería cercana, con su suculento pan griego, su café filtro y con el capricho extemporáneo de dos huevos fritos con bacon, y sus vistas a la callejuela floreada o al puerto veneciano. Placeres y pecados para los que ya nos habíamos prevenido con la relativa penitencia previa de la caminata. A la vuelta de las vacaciones, hemos tratado de seguir esta costumbre. Naturalmente, como en todo, en esto Penélope pone mucha más voluntad y decisión que yo. Pero ahí andamos.

Desayunar en estos sitios, tras el paseo. Playa de Agios Giorgios.

Desayunar en estos sitios, tras el paseo. Playa de Agios Giorgios.

 

Un coche o un sentimiento

Ulyfox | 27 de octubre de 2013 a las 0:50

El Toyota Auris, por las retorcidas carreteras de Creta.

El Toyota Auris, por las retorcidas carreteras de Creta.

Nos da igual, realmente. Las cosas materiales no valen nada, si no fuera por lo que pueden significar. Un coche es una herramienta. De acuerdo, los hay mejores y peores, o mucho mejores y mucho peores, pero todos sirven para lo mismo: llevarte de un lado a otro, acercarte a tu destino o a tus sueños. Pero qué queréis que os diga. A algunos se les coge cariño. Y a mí me pasa con el Toyota Auris (no llevo comisión, ojalá). Ese fue el coche que alquilamos durante aquel junio del año pasado para recorrer Creta, un mes entero a bordo de un carruaje que nos llevó de monasterios a playas, y de palacios minoicos a puertos venecianos. Desde entonces, cada vez que veo un anuncio, o uno de esos vehículos por la calle se me escapa una sonrisa. Tonterías, el corazón que tiene sus razones. Un mes subiendo y bajando maletas, abriendo y cerrando puertas, arriba y abajo, sorteando estrecheces o negociando curvas vestidos de gris metalizado. Resumido y con el guión adecuado sería un gran anuncio televisivo.

El canal de Corinto.

El canal de Corinto.

Este año, en nuestro ya lejano circuito privado por el Peloponeso, también nos tocó un Toyota Auris, y cuando ya en Creta quisimos alquilar otro, nos lo cambiaron al final por el mismo modelo. Destinos. Ese coche nos llevó desde el aeropuerto de Atenas hasta Gythion, ida y vuelta, pasando por las paradas que ya os hemos contado, Nauplia y Monemvasia. La última de ellas, ya con el horario del avión que debía llevarnos de nuevo a Creta pisándonos los talones, fue una escala alimenticia junto al canal de Corinto, ese estrecho pasadizo para barcos construido a finales del siglo XIX, una proeza de excavación en el istmo del mismo nombre, que habían intentado 20 siglos antes Julio César y Nerón. Un coche o un sentimiento, más bien una pasión.

Penélope, sobre el canal de Corinto.

Penélope, sobre el canal de Corinto.

Kardamili, la sombra de Paddy

Ulyfox | 21 de octubre de 2013 a las 13:12

En el puerto de Kardamili, el pueblo de Paddy

En el puerto de Kardamili, el pueblo de Paddy

Pinos, cipreses y olivos sobre el mar, el paisaje peloponesio.

Pinos, cipreses y olivos sobre el mar, el paisaje peloponesio.

Una de las cosas que tengo que agradecerle a Ricardo son sus libros. Quiero decir, los que me ha regalado. Y entre todos, el descubrimiento de sir Patrick ‘Paddy’ Leigh Fermor, cuando trajo en su mano Mani, la narración de un viaje por esa península remota griega, la primera vez que nos vimos. A Ricardo y Encarna los conocí a través de este blog. La afinidad que en seguida se instaló hizo que quedáramos, como habíamos hecho antes con Avenger, como nos encantaría con Antonio dlr. Y ese día, aparecieron con ese inesperado, espléndido, amoroso regalo. Ellos me descubrieron a Paddy, y su increíble historia humana, viajera y guerrillera, la peliculera vida de un hombre que a los 18 años se recorrió Europa andando, y que poco después estaba batallando contra las tropas nazis en Creta, porque dominaba el griego como pocos, porque amaba Grecia y su lengua. Fue un héroe, y su gesta más conocida fue el secuestro y traslado del general alemán Kreippe, gobernador de la isla. Cuenta Antony Beevor estupendamente este episodio guerrillero, así como la relación que se estableció entre captor y prisionero, recitando a dúo las odas de Horacio en latín.

Buscando a Paddy en sus paisajes.

Buscando a Paddy en sus paisajes.

Paddy era alto, guapo, valiente, gran escritor, magnífico conversador, con un encanto arrollador. Dicen los que le conocieron que “cuando él llegaba llegaba la alegría”. Y naturalmente, vivió muchos años en Grecia. Apenas hace dos años que murió. En el Mani tuvo hasta el fin una casa, en Kardamili, frente al mar, rodeada de olivos y cipreses, como debe ser una casa allí. En esa finca y en ese pueblo se rodó gran parte de la reciente película Antes del anochecer, dirigida por Richard Linklater y protagonizada por Ethan Hawke y Julie Delpy.

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La amenaza de lluvia en las calas de Kardamili.

La amenaza de lluvia en las calas de Kardamili.

Me queda por descubrir casi toda la obra de Leigh Fermor, así como adentrar en su vida, que me fascina desde que conocí una pequeña parte. Especialmente, anhelo leer El tiempo de los regalos, donde narra precisamente aquel viaje juvenil por Europa, aunque lo escribió 30 años después de hacerlo. Todo esto era bastante motivo para viajar a Kardamili, teniendo en cuenta que ya estábamos en el Mani, en Gythion, el otro pueblo del que Paddy es ciudadano honorario.

Entre el mar y el campo, las casas.

Entre el mar y el campo, las casas.

Así que desde Gythion enfilamos la ruta hacia el norte, por la costa maniota. Pero no contábamos con la meteorología. De camino, íbamos viendo como el cielo se iba tiñendo de negro. Los Montes Taiyetos a la derecha se cubrían de nubes aunque el sol aún iluminaba los pueblos pegados al mar allá abajo. Parecía que la carretera ponía el límite a la lluvia. Pero de pronto la ruta subió y se adentró en la sierra, y nosotros nos adentramos en el aguacero. El agua corría como río por la carretera llena de curvas cerradas, no se veía más de dos metros delante y lo más sensato fue pararse a un lado, junto a la entrada de una casa. La parada duró un buen rato, y la lluvia no parecía querer dejar de caer. A punto estuvo de frustrarse nuestra excursión a Kardamili, pero en realidad la única solución era continuar y salir de aquella tormenta, buscar refugio en la costa.

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Iglesias bizantinas salpican la carretera.

Iglesias bizantinas salpican la carretera.

Así que lentamente, con precaución, pusimos en marcha nuestro Toyota Auris de alquiler, y varias curvas más adelante y más abajo cesó de pronto el chubasco. Habíamos salido de la nube, y lo que aparecía ante nuestros ojos era un valle verde iluminado a trechos por rayos de sol, y que se derramaba sobre el mar en numerosos entrantes rematados por núcleos blancos de casas: los pueblos del Mani mesenio. Más allá nos esperaba Kardamili. Pero apenas lo entrevimos, apenas entre nubes y claros divisamos su puertecito bajo su península de árboles y torres, sus calles mojadas y las montañas detrás con la garganta de Viros ya imposible de visitar por el chubasco.

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Vistas interiores de los pueblos del Mani messenio.

Vistas interiores de los pueblos del Mani messenio.

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Llegamos a la hora tardía de comer, y lo hicimos en una taberna sobre el mar, frente a los cipreses. Un excelente cerdo al horno recuerdo de aquel día pasado por agua. Aun escampado, a nuestra espalda avanzaba desde el mar una importante cortina negra, hermosa como ella sola. Envidiamos una vez más a Paddy Leigh Fermor, también por el lugar donde había escogido vivir, y decidimos emprender el camino de vuelta antes de tiempo, en previsión de que la tempestad pudiera retrasar y dificultar de nuevo nuestro paso por el trecho de carretera de montaña.

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El paisaje en el camino de retorno, ya cerca de Areópoli.

El paisaje en el camino de retorno, ya cerca de Areópoli.

Afortunadamente, no volvió a llover más que levemente, y pudimos parar en algunos pueblos de piedra que habíamos pasado en nuestro viaje de ida, exhibicionistas ante la carretera, salpicados de iglesias bizantinas, con calles recias como si pertenecieran al norte de España, tan alejadas de la imagen griega típica de la cúpula azul. Y comprendimos de nuevo a Leigh Fermor, militante pionero del amor a Grecia.

El Mani, una parte

Ulyfox | 18 de octubre de 2013 a las 1:27

Areópoli, la calle principal.

Areópoli, la calle principal.

 

Estábamos en Gythion, en la sobremesa, cuando tomamos la acertada decisión de no echarnos la apetecida siesta tras el almuerzo marinero y el tsipouro de después. En lugar de esa placentera pérdida de tiempo, nos plantamos en la carretera con intención de visitar Areópoli, que yo recordaba como una visión difusa y atractiva en el libro Mani, de Patrick Leigh Fermour. Eran sólo 25 kilómetros. Fueron kilómetros de una ruta que discurría al principio entre olivos, luego entre pinos que ocultaban antiguos torres-residencia y algún castillo, y finalmente ascendía por una montaña más bien seca. Detrás de esa elevación pelada encontramos Areópoli, o Ciudad de Ares, el dios griego de la guerra.

A la espera de clientes, al caer la tarde.

A la espera de clientes, al caer la tarde.

Terrazas dispuestas con gusto.

Terrazas dispuestas con gusto.

Escena callejera en la plaza de Areópoli

Escena callejera en la plaza de Areópoli

Areópoli fue fiel cuando debía serlo a este origen guerrero, tan tradicional en el Mani, y fue allí donde comenzó en 1821 la guerra de independencia griega de los turcos. Tal vez por eso también, la ciudad tiene un buen número de torres defensivas. A partir de ella comienza una región de aspecto desolado que no llegamos a recorrer en esta ocasión, aunque los que lo han hecho aseguran que es fascinante. Quede para otra ocasión. Nosotros nos paramos allí, y conocimos un pueblo llano, bajo y hermoso, con la piedra como protagonista, con casas de muros gruesos y calles empedradas de grandes losas, con un par al menos de iglesias pétreas, y restauradas; y ahora, con muchos restaurantes que empezaban a abrir a media tarde. Los empleados de esos locales, sencilla y bellamente decorados, sacaban las sillas, montaban las terrazas, colocaban adornos, prometiendo veladas agradables al aire libre, bajo el plátano o junto a la buganvilla.

La gran buganvilla.

La gran buganvilla.

Nos colamos en una pequeña iglesia, aislada en una placita, y encontramos en las paredes esos conmovedores restos de frescos bizantinos que hay por toda Grecia, esos fondos azules, esas caras coronadas que surgen o que han sobrevivido a siglos de ataques de los iconoclastas o de los turcos, y que te hacen sentir, cuando las miras, como si tú mismo las hubieras descubierto.

La pequeña iglesia...

La pequeña iglesia…

...y sus frescos.

…y sus frescos.

La esbelta torre grande domina el pueblo.

La esbelta torre grande domina el pueblo.

Al fondo de la calle principal, la esbelta torre de varios cuerpos atrae la atención en seguida, al igual que dirigió nuestros pasos hacia ella. Fuimos hacia acá, hacia allá, bordeando muros y sorteando ladridos de perros. A la vuelta, con un sol tímido cayendo, el pueblo se preparaba ya para la noche, y nosotros decidimos que aún haríamos unos kilómetros más, en vertiginoso descenso hasta Limeni, el antiguo puerto de Areópoli, en una bahía profunda y casi rodeada por paredes verticales, como si las hubiera construido el propio dios de la guerra como murallas naturales.

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Iglesias ruinosas, casas restauradas y espléndidas tabernas sobre el mar en Limeni.

Iglesias ruinosas, casas restauradas y espléndidas tabernas sobre el mar en Limeni.

Pero, cosas del destino, Limeni es ahora un lugar circundado de ruinas de antiguas casas y mansiones, entre ellas la de la familia Mavromijalis, precisamente los que acaudillaron la rebelión contra los turcos. Pegados al mar, en cambio, algunos locales y apartamentos restaurados con gusto exquisito atraen a lo más exclusivo del turismo griego, que ha elegido este lugar supuestamente apartado para sentirse especiales. Sí: es muy bello.

Penélope, en un rincón de Areópoli.

Penélope, en un rincón de Areópoli.

Gythion, el nido de amor de Paris y Helena

Ulyfox | 10 de octubre de 2013 a las 0:15

Gythion y su pequeño puerto pesquero.

Gythion y su pequeño puerto pesquero.

Podríamos cometer el error de despreciar Gythion, apenas un pueblo grande y atractivo a la orilla del mar y con un puerto activo, entre las bellezas que encierra Grecia. Pero si no lo cometemos, si somos capaces de pasar dos días en él, descubriremos que es, ante todo, una excelente base para explorar el extraño, seductor y lejano Mani, esa comarca situada en uno de los ‘dedos’ del Peloponeso, hogar de múltiples leyendas de clanes enfrentados y habitantes hoscos en un paisaje duro. Leyendas. De Gythion sale además un ferry tres veces por semana para la costa occidental de Creta, un barco que pasa por las islas de Kythira y Antikythira, de resonantes nombres mitológicos. Y a su alrededor hay hermosas playas de aguas transparentes, como la de Mavrovouni. No despreciemos pues, a Gythion.

Penélope, en una de las terrazas frente al islote de Marathonisi, al fondo.

Penélope, en una de las terrazas frente al islote de Marathonisi, al fondo.

Nosotros llegamos después de un viaje largo por carretera desde la maravilla Monemvasia, atravesando un paisaje bastante menos verde que el Peloponeso que yo recordaba de hace más de 20 años, a veces bordeando el golfo Lacónico, a veces dejando de lado lugares como Esparta o la misteriosa Mystra, antaño visitadas. A Gythion llegamos a mediodía, y encontramos un lugar aparentemente dormido, con un gran paseo frente al mar lleno (pero de verdad) de terrazas vacías a esa hora. Nuestro hotel, el Hotel Gythion, tenía una encargada amabilísima y un aire tan antiguo como el olor. Pero estaba limpio, y nuestra habitación tenía dos ventanas luminosas frente al puerto. Nos alegramos y nos fuimos a reconocer el terreno, descubriendo que el pueblo era como una capital de provincias pequeñita, con sus comercios y sus bares, sus barcas de pesca en el muelle, y su historia homérica.

Ante la ventana del Hotel Gythion, poco antes del paseo mañanero.

Ante la ventana del Hotel Gythion, poco antes del paseo mañanero.

En la taberna del pescado, siempre sobre el mar.

En la taberna del pescado, siempre sobre el mar.

Dicen las crónicas mitológicas, y siempre tenemos que creer estas cosas, que ese islote casi pegado al pueblo, ahí a la vista de cualquier terraza, el hoy llamado Marathonisi es el antes conocido como Cranae, y que allí pasaron su primera noche de amor Paris y Helena, después de que esta abandonara a su marido Menelao en Micenas y antes de partir hacia Troya. Ahora es un apacible parque de pinos y seguro que sigue sirviendo de nido romántico para más de una pareja. Grecia está llena de lugares así, es indispensable llevar una guía sobre mitología e historia.

Dos tertulianas griegas improvisadas.

Dos tertulianas griegas improvisadas.

La mañana se fue acercando a la hora de comer, y eso fue en una taberna junto al mar. Con pescado fresco. En los puertos griegos siempre hay que buscar un pescado muy parecido al mero, de color oscuro y del que lamento profundamente no recordar su nombre. No es bonito de color, pero es una belleza en sabor, y tiene la garantía de que no es de piscifactoría. A la parrilla, acompañado con jorta (hierba silvestre hervida) y ladolémono (aceite y limón) no necesita más guarnición que nuestro rechupetear de dedos. A nuestro lado se sentaron dos mujeres atenienses, y entablaron conversación. Grandes admiradoras y conocedoras de España, conversamos de los nacionalismos catalán y vasco, de Lorca y de Almodóvar, y de Rajoy y Samarás. Sobremesa aderezada con tsipouro, el aguardiente de la zona, frente a los pinos donde Paris y Helena se amaron y dieron causa para una de las guerras más escritas de la historia. Sí, sería un error despreciar Gythion.

La playa de Mavrovouni, muy cerca del pueblo.

La playa de Mavrovouni, muy cerca del pueblo.

 

‘Dimitrios’, el buque fantasma

Ulyfox | 7 de octubre de 2013 a las 13:45

El 'Dimitrios', en la playa de Valtaki, junto a Gythion.

El ‘Dimitrios’, en la playa de Valtaki, junto a Gythion.

La historia oficial, la que se registra en los libros escritos por estudiosos y aficionados a estos temas, dice que el ‘Dimitrios’ atracó en escala de emergencia en el puerto de Gythio, en el Peloponeso laconio, porque el capitán sufría una enfermedad grave que hacía urgente su hospitalización. Y que diferentes problemas surgidos con los seguros, con los arrendadores y con la paga de la tripulación hicieron que se quedara un buen número de meses, y que tras ese periodo sus propietarios consideraron más rentable desentenderse de él. Las autoridades portuarias de Gythio lo acogieron un tiempo, pero un fuerte temporal aliado con las malas condiciones del buque se lo llevó mar adentro, donde fue anclado. Y que otro temporal lo arrastró hasta donde ahora se encuentra, en la playa de Valtaki, unos cuatro kilómetros al norte de la población. Eso habría sucedido en noviembre de 1981, y ya nadie desde entonces ha intentado recuperar al pobre ‘Dimitrios’.

El lugar del naufragio.

El lugar del naufragio.

Pero los rumores, las leyendas a la que dan lugar estos barcos abandonados, son mucho más interesantes, puesto que cuentan historias de contrabandistas, quién sabe si piratas o, por qué no, fantasmas. Según el cuento más repetido en la zona, el ‘Dimitrios’ se dedicaba a pasar tabaco de contrabando entre Turquía e Italia. En uno de esos trayectos clandestinos, habría sido avistado por las autoridades portuarias, ante lo cual la tripulación habría preferido abandonarlo, dejándolo en llamas para acabar con cualquier prueba del delito. La deriva lo habría llevado a encallar en la arena y convertirse en tómbolo semiartificial y de paso a convertirse en una atracción turística y objeto de postales. Ese sería el rumor más creíble, pero multitud de historias favoritas de niños y viajeros hablan también de un barco venido de no sabe dónde y aparecido de pronto sin tripulación o poblado de fantasmas que habrían elegido la playa de Valtaki para descansar definitivamente de su eterno errar. Puestos a elegir, yo me quedo con éstas, que eran las que yo imaginaba cuando divisamos este naufragio poético, en nuestro camino de Monemvasia a Gythion. Desde luego, deseamos que nunca se lleven de allí el barco, que el tiempo o los fantasmas decidan sobre su futuro y que siga posando en su largo y elegante deterioro para las cámaras amantes de las leyendas.

A menos que el profesor Piniella, experto en seguridad marítima, diga otra cosa sobre este barco, antes llamado ‘Klintholn’ y construido en 1959, con 67 metros de eslora y una capacidad de carga de 965 toneladas.

Monemvasia, una sola entrada

Ulyfox | 26 de septiembre de 2013 a las 18:55

El puente de Gefyra, único modo de entrar en Monemvasia.

El puente de Gefyra, único modo de entrar en Monemvasia.

La puerta de Monemvasia. Arriba, la ciudadela o 'kastro',

La puerta de Monemvasia. Arriba, la ciudadela o ‘kastro’,

 

Monemvasia significa “una sola entrada”, pero es mentira, o no es exactamente la verdad. Es verdad que una de ellas es la que comunica directamente con el resto de Grecia, puesto que las otras tres dan o bien al mar, o al final del peñón que alberga esta hermosura de pueblo medieval, o a una empinada y sinuosa escalera que asciende por una pared de roca vertical a la ciudad alta, a 300 metros sobre el nivel del mar. Murallas por todos lados menos por uno que es esa pared vertical la guardaron durante siglos. Así que es verdad que entrar, entrar, sólo se podía entrar por la puerta principal.

Penélope, en la calle principal de Monemvasia.

Penélope, en la calle principal de Monemvasia.

 

Hace años que tenía apuntado en mi libreta de tareas griegas pendientes el nombre de Monemvasia, allá en uno de los confines del Peloponeso, en la región lacónica. Junto a esa anotación, los nombres de Pilion, la montaña donde habitaban los centauros, los pueblos de la Arcadia interior, Salónica, la Macedonia de Filipo y Alejandro… Ahora, ya puedo tacharlo.

Monemvasia y el mar.

Monemvasia y el mar.

Monemvasia estuvo unido en tiempos al continente hasta que un terremoto, de esos tan frecuentes en Grecia, lo separó. No mucho, tan poco que un pequeño puente la une ahora con el Peloponeso. Es un inmenso peñón, algunos la llaman el Gibraltar griego. Su mole pétrea se alza frente a Gefyra, el pueblo donde en realidad vive la gente, un lugar feo y destartalado de esos que los griegos trucan en agradabilísimo rincón con el simple movimiento de varita de poner un muellecito y algunos barcos pesqueros, y acompañarlos con bares y restaurantes de terrazas y comida espléndida. Así consiguen el milagro de las tardes y noches inolvidables frente al mar, pese a que detrás se levanten apartamentos y hotelitos construidos de aquella manera anárquica. La proverbial amabilidad y buen servicio hacen el resto.

Las casas, entre la roca y el mar.

Las casas, entre la roca y el mar.

Yendo a lo importante, a lo que nos llevó hace unas semanas hasta este rincón del Peloponeso, Monemvasia es una preciosidad: la muralla y las casas tienen el color de la piedra rubia que se enciende al atardecer. Su carácter de fortaleza le da un aire imponente y sus casas hablan de dominaciones venecianas, tan frecuentes en estas latitudes. Se entra de manera familiar por su “única puerta” y se está en un pueblo medieval, eso sí, transformado en los últimos años en un gran atractivo turístico. En realidad, aquí solo viven seis personas permanentemente. El resto son hoteles preciosos en palacios y mansiones restaurados, con unas vistas espléndidas, y algunas tiendas de recuerdos. Naturalmente, hay una antigua mezquita y varias iglesias. Todo esto unido por calles en cuesta o escalonadas, que dejan ver también numerosas casas abandonadas que gritan ¡cómprame! al viajero soñador y poco práctico.

La plaza mayor, con la gran roca al fondo.

La plaza mayor, con la gran roca al fondo.

 

 

Una mansión tradicional en el centro.

Una mansión tradicional en el centro.

 

A la entrada de la ciudadela o 'kastro', tan arriba.

A la entrada de la ciudadela o ‘kastro’, tan arriba.

El casco de Monemvasia, visto desde el kastro.

El casco de Monemvasia, visto desde el kastro.

 

La pared rocosa guarda un flanco de la ciudad.

La pared rocosa guarda un flanco de la ciudad.

Y otra vista.

Y otra vista.

También ofrece retos Monemvasia, como el de acometer la subida hacia la ciudadela, que los lugareños llaman ‘kastro’. El que esto suscribe no se arredró ni pese a la hora de mediodía. Valió la pena ascender por los escalones centenarios, contemplar la vista de los tejados del pueblo desde arriba, y franquear la hermosa puerta veneciana de la ciudad alta para subir aún todavía, en un alarde de salud, hasta la clausurada iglesia de Santa Sofía, colgada del acantilado por el otro lado. La ciudadela es sólo ruinas y viento allá cerca del cielo, pero da para imaginar una vida dura de asedios e historias.

La taberna Matoulas, frente al mar.

La taberna Matoulas, frente al mar.

Y más aún, sabiendo que nos lo habíamos ganado, reparar nuestras fuerzas en la excelente taberna Matoula sobre el mar, con un vino rosado y delicias de la cocina griega. Los amantes del vino deberían saber, por cierto, que la variedad malvasía tiene aquí su origen puesto que el nombre de esta uva que aporta tanta suavidad y aroma a los vinos blancos es una italianización que hicieron los venecianos de la palabra monemvasía. Fin de la cita cultureta.

La iglesia de Santa Sofía, único edificio en pie en la ciudadela.

La iglesia de Santa Sofía, único edificio en pie en la ciudadela.

Para acabar: Monemvasia es un destino, no un camino. Se va a allí si uno tiene el antojo, como lo tenía yo. Cada uno tiene sus lugares míticos o deseados. A nosotros nos mereció la pena el viaje de tres horas y media desde Nauplia. Era nuestro destino.

Ecos de Cádiz en el Peloponeso

Ulyfox | 16 de septiembre de 2013 a las 0:37

Uly, Pe, Montse, Yiannis y Enrique, encuentro gaditano-catalano-navarro-griego en un bar de Gefyra.

Uly, Pe, Montse, Yiannis y Enrique, encuentro gaditano-catalano-navarro-griego en un bar de Gefyra.

No, no vienen muchos españoles por aquí, por el Peloponeso, por Creta. Normalmente, el español que viene a Grecia lo hace en el típico ‘crucero por las islas griegas’, y lo más corriente es que visite a paso ligero Mikonos, Santorini y en todo caso Rodas. Y, aparte de la obligada Atenas, poco más. Por eso resultó tan extraño recibir tantos ecos de España en tan sólo dos días entre Nauplia y Monemvasia.

La secuencia empezó en la playa de Nauplia, Karathonas, un lugar extrañamente poco frecuentado siendo la ciudad tan turística. Una playa bien surtida de servicios, con varios restaurantes y numerosas hamacas, con el agua muy tranquila, poco más allá de la fortaleza de Palamidi. Allí, la música que ofrecía la taberna no era griega, sino hispana. El segundo día fue un recital de versiones aflamencadas de grandes éxitos latinos. Incluso sonó el ‘Porompompero’, y por un momento temí que terminaran poniendo el Vaporcito del Puerto.

El peñón de Monemvasia, visto desde Gefyra.

El peñón de Monemvasia, visto desde Gefyra.

Al día siguiente viajamos hasta Monemvasia. Enfrente de este impactante pueblo medieval amurallado situado en un peñón (del que ya os hablaré, y bien pronto) unido a tierra por un puente, está Gefyra, que precisamente significa ‘puente’ y donde se encuentra todo lo práctico que no se puede hallar en Monemvasia. Gefyra son unas cuantas casas y apartamentos destartalados, un puertecito y varios restaurantes, bares y cafés. En uno de estos bares, el encargado nos oyó hablar y nos preguntó ¿sois españoles? en casi perfecto castellano. Se explicó: vive en Pamplona seis meses y los otros seis en este su pueblo, está casado con una pamplonesa que viene a verlo siempre cuando ella coge sus vacaciones de un mes. Así vive, siendo conocido como Yiannis en Navarra y como Juan en Monemvasia. “Aquí hay muchos Yiannis, pero sólo un Juan” dice riéndose.

Y al enterarse de que éramos de Cádiz dijo sonriendo: “Ah, de Cai”, evidenciando su conocimiento del país. “Pues precisamente estos días está por aquí un gaditano, que tiene un barco, si venís mañana os lo presento”. Claro que cuando nosotros venimos a Grecia no venimos buscando gaditanos para recordar nuestra tierra, pero nos movió la curiosidad y allí estábamos a la noche siguiente, porque además Juan nos dijo que tenía un buen surtido de cervezas belgas. Con dos Tripel Karmeliet por delante, nos presentó a Enrique Hormigo, hijo de conocido historiador gaditano, pero él mismo marchado de Cádiz desde muy joven, y trabajando de profesor de Comercio en Barcelona hasta que felizmente se prejubiló en la Ciudad Condal. Acompañado de una amiga, Montse, venía navegando por el Peloponeso desde hacía semanas y pensaba continuar hasta la isla de Egina para dejar pasar el invierno a su barco allí. Nos habló de antiguos compañeros y amigos suyos en Cádiz: Pettenghi, Ravina, Repeto, Tejuca… a los que ve o no cada vez que vuelve a su tierra. Hablamos de Cádiz, de Barcelona, de Grecia, del mundo, cenamos juntos…

Yiannis, o Juan, nos presentó y nos despidió diciéndonos “Esperad que os voy a poner una canciòn”. Me temí que sonara el ‘Viva España’, pero no, desde su aparato de sonido, bajo una gran ikurriña que tiene colocada sobre la barra, empezó a sonar poco a poco el ‘Cai’ de Alejandro Sanz cantado por Niña Pastori. Bueno, fue un buen detalle para una noche rara en un puertecito del Peloponeso, casi perdido en uno de los confines de Grecia.

Piedras en el estómago

Ulyfox | 15 de septiembre de 2013 a las 20:10

Penélope, ante las piedras enormes de la muralla de Tirinto

Penélope, ante las piedras enormes de la muralla de Tirinto

La cena había sido buena de verdad, en la taberna Savouras.

La cena había sido buena de verdad, en la taberna Savouras.

La cena había sido maravillosa, en el frente marítimo de Nauplia: un buen pescado fresco a la parrilla, de buen tamaño, con el solo entrante de unos gávros marinatos, es decir, boquerones en vinagre, y un acompañante muy griego, horta, o lo que es lo mismo, hierbas tipo espinaca hervida simplemente. El vino, también muy bueno. Un festín la primera noche en la capital de la Argólida.

Muros altos, gruesos y milenarios es lo que queda de Tirinto.

Muros altos, gruesos y milenarios es lo que queda de Tirinto.

Pero me sentó mal, qué le vamos a hacer, hasta el punto de no poder disfrutar de la excursión del día siguiente a mi mitológica Micenas, a las imponentes murallas de Tirinto, hasta renunciar a la revisita a Epidauro. Una molestia estomacal y las más altas ínfulas culturales se diluyen como un eructo. Ecco lí quá!

Galería interior del muro de Tirinto.

Galería interior del muro de Tirinto.

No digo yo que no apreciara los gruesos muros de la ciudadela de la que fue gran Tirinto, más importante aún que la propia Micenas según dicen los que saben, con sus enormes sillares que sólo pudieron mover los cíclopes, con sus puertas de acabado triangular y sus galerías interiores. Desde la carretera misma es imposible no quedar impresionado con sus dimensiones de hace miles de años, en aquellos tiempos de Odiseas y guerras de Troya.

La Puerta de los Leones de Micenas, sacada de los libros de aventuras. Es real.

La Puerta de los Leones de Micenas, sacada de los libros de aventuras. Es real.

Y cómo no recordar, de nuevo, mis libros de Historia del Arte, inexperto bachiller deslumbrado por esa foto que parecía sacada de una película de aventuras, mucho antes de que ni siquiera Steven Spielberg empezara a imaginar sus imaginaciones: la puerta de los Leones de Micenas era la misma que hace 21 años, con dos pilares, un dintel y un relieve inmortales que debió contemplar Paris cuando echó la vista atrás al fugarse con Elena, y que albergaron la furia de Menelao y la astucia de Agamenón.

Círculos mágicos de piedra dentro de Micenas.

Círculos mágicos de piedra dentro de Micenas.

Sí, sí… pero mi cuerpo no respondía nada más que con quejas, insensible a las historias de la Historia. Así que el tercer día en este septiembre griego, en la mítica Argólida, transcurrió con mirada triste y sensaciones desagradables, sin hambre y acabó en la playa de Karathonas, cerca de Nauplia, en una hamaca y esperando que los malestares dejaran mi cuerpo como el diablo a la niña del exorcista.

Tumbas monumentales en la ciudad de Agamenón.

Tumbas monumentales en la ciudad de Agamenón.

  • El impresionante interior de la tumba de un rey micénico.

    El impresionante interior de la tumba de un rey micénico.

 

Y sí, al final no hizo falta el padre Karras ni ninguna intervención eclesiástica. Dulcemente, poco a poco, el mal abandonó mi estómago. Tanto que a media tarde estaba dispuesto a ayudarle con un Martini dry. El aparato digestivo aceptó tan distinguida ayuda y empezó a regir, tanto que al final del día nos dirigió a la taberna ‘To Koutouki’ justo al lado de nuestro hotel, el Family Latini, muy recomendable.

El Martini Dry alivió mis males.

El Martini Dry alivió mis males.

Y se cumplió el designio de los dioses: el trabajo previo del Martini fue finalizado con maestría inigualable por esta taberna: unos bourekakia (especie de flamenquines envueltos en pasta filo) y una pantorrilla (si se dice asi) de cerdo antológica, cocinada en salsa, tipo estofado, con  sus verduritas, sus zanahorias, su vino… Me pusieron  bueno, dormí estupendamente, y tuve que reconocer que los caminos de los dioses hacia su gloria son infinitos, y desconocidos. Una deliciosa comida tradicional curó mi cuerpo. Así sea siempre.

Los amores duraderos

Ulyfox | 6 de septiembre de 2013 a las 23:27

Penélope, en el puerto de Gythio, en el Peloponeso.

Penélope, en el puerto de Gythio, en el Peloponeso.

Hace 22 años que venimos a Grecia, sólo faltamos uno desde entonces. Últimamente hemos venido más a menudo, y anoche, de nuevo, volví a sentir el estremecimiento indefinible tras pedir la comida en una taberna frente al mar y mirar al frente. La felicidad debe de ser eso. Y me pregunté cómo es posible que después de tanto tiempo, de tantas veces, de tanto repetir podamos sentir esa vibración que estalla en un leve suspiro y una amplia sonrisa con mirada a Penélope. Otra vez ese momento impagable, ese minuto a la espera de que llegue el vino de la casa y las aceitunas o el tzatziki, y que quiere decir tal vez simplemente “qué bien se está aquí”.

Ante la muralla marina de Monemvasia.

Ante la muralla marina de Monemvasia.

Y me respondí a mí mismo. Claro que es posible, igual que llevar media vida junto a Pe y saber que no encontraré mejor compañía. Repito cada día el despertar y no me canso. Miro cada vez el mar calmado y no contemplo la rutina, oigo de nuevo el suave rumor de las olas cuando el viento se calma de noche y es cada vez como la primera. Y creo que durará ya para siempre. En cualquier caso, es sosegante este sentimiento, dure lo que dure.

Llegamos a Atenas el domingo 1 y recogimos inmediatamente el coche que teníamos reservado en el aeropuerto. Enfilamos hacia Nauplia, nuestro primer destino en el Peloponeso dejando a los lados de la autopista nombres resonantes y rebosantes de historia: Maratón, El Pireo, Eleufsina, Salamina, Corinto, Micenas, Tirinto, Epidauro, Laconia, Arcadia… como si fueran palabras de amor que a nuestro oído susurra nuestro amante duradero.

‘Ímaste edó’ (aquí estamos) repito y esa misma expresión redobla la sensación. Aquí estamos, de nuevo. En lo que podamos, os iremos contando

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