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Antisamos de ayer a hoy

Ulyfox | 27 de abril de 2016 a las 12:00

La playa de Antisamos, rodeada de verde, desde la carretera.

La playa de Antisamos, rodeada de verde, desde la carretera, el pasado septiembre.

La misma playa, en 2001.

La misma playa, en septiembre 2001, desierta

Hay muchas playas en Cefalonia. Es una isla grande, verde y azul, y estos colores se reparten el juego de luces entre el interior y la costa. Puede uno pasarse las vacaciones buscando esas curvas de arena blanca. Muchas son espléndidas. De todas, nosotros recordábamos con especial gusto la playa de Antisamos, a la espalda de la población de Sami. Y no es de arena. Unas grandes piedras muy lamidas por el agua forman la orilla y los primeros metros del mar, pero desaparecen luego dejando paso al fondo arenoso otra vez. El efecto luminoso es espectacular. Hace 14 años, cuando la visitamos en septiembre, estaba solitaria, y el bar desmontado. Sólo un descampado y el mar enfrente. El septiembre pasado, el panorama era muy diferente. La multitud había invadido el lugar, y sobre las piedras decenas de hamacas ocupaban toda la superficie. Detrás, un hermoso restaurante y bar servía numerosas comidas y aperitivos. Era un lugar plenamente turístico.

Panorámica actual de Antisamos.

Panorámica actual de Antisamos.

Antisamos no había perdido la belleza, tan sólo se veía un poco molestada por el gentío. Pero en el restaurante comimos bien, las hamacas, gratuitas si consumías, eran cómodas y el público no demasiado ruidoso. El agua seguía tan transparente y fresca, y el sol se puso con tanta belleza como entonces tras la montaña. Aquella primera vez hace 14 años las tiendas de Sami estaban llenas de fotografías y carteles con los rostros de Penélope Cruz y Nicolas Cage, que acababan de rodar en la ciudad y la playa algunas hermosas escenas de ‘La mandolina del capitán Corelli’, una película perfectamente olvidable pero que nosotros acudimos a ver, por supuesto.

Bella vista desde arriba.

Bella vista desde arriba.

Un vasito de 'tsipouro' en el azul de Antisamos.

Un vasito de ‘tsipouro’ en el azul de Antisamos.

Acudimos a Antisamos para rememorar todo aquello y para comprobar su evolución. Recuerdo que muy cerca de Sami hay una cueva, la de Melissani, con un lago en su interior. Hace muchos siglos, el techo de la cueva se cayó y el lago quedó al descubierto. El efecto cuando la luz del mediodía incide sobre el agua es asombroso. Entonces, aquella primera vez, pudimos ver la maravilla los dos solos, y dar el paseo en barca con la única compañía de otros dos navegantes. Ahora, al acercarnos a la cueva ya divisamos la cantidad de autocares turísticos aparcados en el exterior y obviamente desistimos de intentarlo de nuevo. Efectos indeseables del turismo masivo. Supongo que la cueva y el lago siguen siendo igual de hermosos, pero no debe ser lo mismo con las barcas llenas de marineros fugaces y  apresurados. Digo yo.

La despedida de Cefalonia fue con una estupenda degustación de Robola en las bodegas Gentilini.

La despedida de Cefalonia fue con una estupenda degustación de Robola en las bodegas Gentilini.

Lo que no ha perdido Cefalonia es su encanto jónico, verde y arbolado, tan distinto de la aridez hermosa de las Cícladas. Despedimos nuestra última estancia en esta isla hermosa con una visita a las bodegas Gentilini, que producen uno de los más apreciados vinos blancos del mundo: el Robola, variedad de uva específica de Cefalonia, extraordinario.

No hay azul como el de Myrtos

Ulyfox | 14 de marzo de 2016 a las 14:08

Agua y arena en la playa de Myrtos, Cefalonia.

Agua y arena en la playa de Myrtos, Cefalonia.

Tal vez haya ocasiones en que merezca la pena no decir ni escribir palabra alguna, y dejar que las imágenes lo digan todo. A fin de cuentas ¿qué podría yo añadir a estas fotos de la playa de Myrtos, en la isla de Cefalonia? Si acaso, que somos afortunados por haber estado allí dos veces.

Vista superior hacia un lado...

Vista superior hacia un lado… y hacia otro

... y hacia otro.

Y desde abajo.

Pues sí. Así es esa zona oeste de la isla. Llena de playas espectaculares y muchas difícilmente accesibles aún. La carretera, sinuosa en la costa, empinada y jalonada de travesías por pueblos, es bonita pero ardua de hacer. Obvio decir que merece la pena cuando se llega. En Myrtos, en esta ocasión, el oleaje, que provoca unas espumas preciosas, hacía incómodo el baño. Una sola ola grande y lenta batía continuamente la orilla, haciendo añorar esos días sin viento en los que el mar te acoge como una cama. No fue así.

 

La carretera hacia Myrtos es espectacular.

La carretera hacia Myrtos es espectacular.

 

Myrtos, dentro de una gran bahía azul, está más o menos a una hora de Fiskardo, y en cuanto la ruta se acerca a la costa las vistas son espectaculares. Allí abajo el agua presenta todas las gamas de azul imaginables, y al fondo los acantilados reproducen la escena de cabos y golfos casi hasta el infinito. Antes de llegar a la espectacular playa, conviene hacer un alto en Assos, la otra población de Cefalonia que se libró de los tremendos efectos destructores del gran terremoto de 1953, situada sobre un pequeño itsmo que la une a un islote coronado por un castillo veneciano. El pueblecito, sobre una pequeña bahía con playa, está llamado a hacerle la competencia turística, por su belleza, a la cercana Fiskardo. Es un rincón de momento tranquilo, pequeño y lleno de flores y aire limpio.

La situación del caserío de Assos.

La situación del caserío de Assos.

La pequeña Bahía de Assos.

La pequeña Bahía de Assos.

Un excelente alto en el camino.

Un excelente alto en el camino.

 

La plaza principal del pueblito, frente al mar.

La plaza principal del pueblito, frente al mar.

 

Y así empezaba nuestro redescubrimiento feliz de Cefalonia…

Vista general de Assos, desde el islote.

Vista general de Assos, desde el islote.

Fiskardo sobrevive con elegancia

Ulyfox | 19 de febrero de 2016 a las 14:11

Fiskardo, camino de nuestro hotel.

Fiskardo, camino de nuestro hotel.

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Salió el sol en Fiskardo.

Salió el sol en Fiskardo.

 

Barcas en el puerto de Fiskardo.

Barcas en el puerto de Fiskardo.

Con el transcurrir del tiempo, se nos da cada vez más que cuando vamos a Grecia en realidad volvemos a algunos de esos lugares que forman parte de nuestra historia, la de Penélope y yo. Es el reencuentro, y casi sin querer nos vemos haciendo el repaso de detalles nuevos, edificios reformados o cosas que no estaban y ahora están. Hace muchos años, quince ya, estuvimos en Cefalonia, una de esas islas jónicas verdes a reventar, intrincadas de interior y con asombrosas playas blancas, largas y bañadas por un azul casi irreal.

Una tienda en el pueblo.

Una tienda en el pueblo.

Y un restaurante cercano.

Y un restaurante cercano.

 

En aquella primera ocasión, la puerta de entrada fue el puertecito de Fiskardo, casi la única población que había quedado en pie en la isla tras el terrible terremoto de 1953, junto con buena parte de la cercana Assos. Fue una revelación, un puñadito de casas de colores junto al mar que ya apuntaba como refugio de veleros recreativos de un cierto nivel económico. Quisimos también entrar el pasado septiembre por aquí a Cefalonia, dado el buen recuerdo que nos dejó. No nos defraudó en absoluto. Los colores eran más vivos, las casas, las tiendas y los restaurantes, más numerosos y cuidados. Y la tranquilidad estaba intacta. Hay un considerable aumento de veleros amarrados en el muelle que discurre junto a las casas y eso le quita vista, con tanto palo, cables, jarcias o como quiera que se llame el variado aparejo que acompaña a estas embarcaciones. Es difícil apreciar el conjunto entre ese bosque marinero.

Fachadas, cielo y flores.

Fachadas, cielo y flores.

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Pero en llegando la noche, Fiskardo es mágico. Tal vez repelentemente mágico, diría alguno, o pasado de elegancia. No me importa. Sí, tal vez es imprescindible el lino blanco por la noche. Pero puestos a pasarse, prefiero que sea en esto. La tenue iluminación de tiendas, restaurantes y terrazas contribuye al tranquilo y corto paseo y anima a sentarse a dejar correr la velada con una botella de robola, el delicado vino blanco local, y algunas de las especialidades culinarias de Cefalonia. Posee ese tesoro tan indefinible de los lugares agradables: nada, casi ningún sitio a donde ir o distraerse. Sólo tú con tu compañía.

Playa de Emblissi, muy cerca de Fiskardo.

Playa de Emblissi, muy cerca de Fiskardo.

Otras vistas de la playa.

Otras vistas de la playa.

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Otra vista mejor.

Fiskardo es para desayunar temprano en el puerto, dejarlo atrás por la mañana y alejarse hasta alguna de las mayúsculas playas a pasar el día (la incomparable Myrtos). O a quedarse en alguna de las cercanías, como la maravilla mínima de Emblissi, a un paseíto, o la más escondida de Agia Jerusalem, con una reputada y frecuentada taberna bajo los árboles y frente al mar. Y luego, casi a continuación, con el agradable salitre aún en la piel y el recuerdo del vino en el gaznate, tomar posesión del muelle atardeciente, ya en el pueblo, con el libro y la cámara en la mano. Y acompañar más tarde al cansado día por el referido paseo nocturno entre barcos y mesas. Qué más quieren que les diga…

Atardecer sobre Fiskardo.

Atardecer sobre Fiskardo.

El asombro azul

Ulyfox | 18 de enero de 2016 a las 13:59

La playa de Porto Katziki, en la isla de Lefkada.

La playa de Porto Katziki, en la isla de Lefkada.

Porto Katziki significa Puerto de Cabras, o algo así en griego. El nombre suena mejor en este idioma. De la misma forma que la impresionante playa luce más vista desde lejos, desde arriba, con una larga y estrecha media luna de arena fortificada por un solo lado por un alto acantilado de caliza blanca, coronado de verde pino. Es una de las postales más difundidas de la isla de Lefkada. Su belleza paisajística es innegable, asombrosa, puesto que al sólido escenario lo complementa un agua de un azul tan intenso que se convierte en añil en muchos momentos del día. Y, además, la entrada a la playa se hace desde lo alto del acantilado en un descenso casi vertical, a menos que quieras participar en una de las numerosísimas excursiones que llegan en barco desde los enclaves turísticos cercanos.

Vistas desde el acantilado en el camino a Porto Katziki.

Vistas desde el acantilado en el camino a Porto Katziki.

Todo el que visita Lefkada va a Porto Katziki, pese a la carretera tan sinuosa, pese a las aglomeraciones en el aparcamiento que se queda pequeño en seguida, pese a la marea humana que pulula por la estrecha escalera, por la franja de arena, en la orilla atestada. Todo el mundo va porque su atractivo es como un imán, porque todo el mundo la ha visto en postales y porque todos queremos comprobar si su belleza es auténtica. Lo es. Es uno de esos espectáculos que brinda la naturaleza y que (sí, lamentablemente) la excesiva afluencia de público altera para mal. Es inevitable. Nosotros también, también fuimos a verla, y sufrimos también todos los inconvenientes que arriba se enumeran. Valió la pena la vista, aunque luego la bajada y la subida fueran un desfile lento rodeados de pareos, bañadores y mochilas. Aunque el baño en aquellas tentadoras aguas se limitara a un chapuzón por decir que nos habíamos metido al menos. Pero no se podía estar. La Naturaleza se quedó corta en el espacio que previó para los humanos, quizá porque no pudo imaginar que serían atacados por el síndrome compulsivo del turismo masivo a principios del siglo XXI. Y menos desde que a esta fiebre se han incorporado países cercanos a Grecia como son todos los del antiguamente llamado Bloque del Este.

Panorámica de la playa, con la escalera de bajada.

Panorámica de la playa, con la escalera de bajada.

Asediada por los barcos de excursiones...

Asediada por los barcos de excursiones…

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Sí, la misma playa parecía agobiada con la afluencia. Y eso era a principios de septiembre. La misma playa, con el ir y venir de sus olas, nos decía que nos fuéramos. Y le hicimos caso. Enrollamos el petate y subimos de nuevo la escalinata. Y al menos lo hicimos con una ilusión: unos kilómetros antes, en una parada panorámica que hicimos, habíamos visto un letrero anunciando una prometedora taberna, la Taberna Oasis, con un no menos ilusionante menú en el que aparecía uno de nuestros descubrimientos gastronómicos últimos en Grecia: precisamente la cabra, katziki, ya sabéis. Sí, sí, al horno. Buenísima. Y casi solos, allí en lo alto, a la sombra. Disfrutando.

Abajo el bullicio...

Abajo el bullicio…

 

Y arriba, el disfrute de la auténtica 'katziki'

Y arriba, el disfrute de la auténtica ‘katziki’

Playas de Milos

Ulyfox | 14 de octubre de 2014 a las 0:33

Una de las ensenadas de Papafragas.

Una de las ensenadas de Papafragas.

Amar las playas no es una opción. O te gustan, o las odias o las soportas, y todo eso porque sí. Nosotros las amamos, pero en cierta manera, como en una forma de amor destilada por las experiencias, los gustos y los años y que se puede resumir en pocas palabras, quizás: azul, transparente, calma, comodidad, servicios, tabernas. Y con esos términos quizá estamos definiendo las playas de las islas griegas. Sin embargo, muchos de nuestros amigos se extrañan cuando les contamos que nos pasamos el verano, aquí, con la arena y el agua que tenemos en Cádiz, sin pisar sus playas, que reúnen muchos de esos requisitos. Pero tienen una dificultad casi insalvable: sólo podemos ir algunos fines de semana, y entonces se convierte en una odisea, empezando por el aparcamiento… en fin, que no vamos.

Una vista general de Paleochori, la gran playa.

Una vista general de Paleochori, la gran playa. Abajo, Achivadolimni

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Pero en Grecia sí, claro, una de las múltiples y sentidas razones de nuestra insistencia en ir son sus playas. Y por eso también mucha gente va a Milos, por la espectacularidad de sus costas, por sus aguas, por sus formaciones rocosas, por el entorno volcánico… Sin duda, sin duda. Y Milos tiene una gran colección de playas, decenas de ellas. Aunque es verdad que pueden llamar así a una franja de arena o una colección de guijarros de apenas veinte metros de longitud y que presentan una relativa o gran dificultad para su llegada, bien porque hay que trepar o descender con cuidado o porque son tan salvajes que hay que dejar el coche muy lejos y hacer un camino polvoriento o seco bajo el sol. Y nosotros fuimos en septiembre, pero en pleno agosto debe ser difícil encontrar donde aparcar e incluso hacerse con un sitio en tan pequeños rincones. Porque, no lo olvidéis, Milos está de moda.

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Tres imágenes de la playa de Firopótamos.

Tres imágenes de la playa de Firopótamos.

Es imposible no apreciar la belleza salvaje de playas como Firiplakas, donde las rocas volcánicas parecen que mudan de color en cada mirada; o la rareza de las ensenadas inverosímiles de Papafragas; o lo aventurero de bañarse en Tsigrado tras deslizarse por cuerdas y cuestas… pero es demasiado trabajoso para quienes ya deseamos más bien la comodidad de la taberna tradicional a mano o el supremo placer de que te sirvan la cerveza directamente en la hamaca, facilidades éstas de las que están bien surtidas tantas playas griegas.

 

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Agia Kiriakí, azul y muy bien preparada.

Agia Kiriakí, azul y muy bien preparada.

Tsigrado, la de difícil acceso.

Tsigrado, la de difícil acceso.

Por eso, después de hacer el recorrido fotográfico por lugares como Sarakiniko, Agia Kiriaki o Tsigrado, lo que nos apetecía era la taberna O’Xamos! y su playa de Papinikou, tan junto a Adamas, tan bien surtida de confort doméstico. Las grandes playas están al sur, y todas son recorridas por los numerosos barcos que hacen las concurridas excursiones marítimas. Por no hacerla nos perdimos la popular Kleftiko, llena de farallones, cuevas y ensenadas… pero es que cada vez soportamos peor ir en grandes grupos.

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La salvaje y volcánica Firiplaka.

La salvaje y volcánica Firiplaka.

Papinikou es mucho más modesta, apenas unos metros de arena entre el agua y la carretera, sombreada en buena parte por los taranges, pero tiene un atento e incansable servicio de camarera todo el día, y allí el mar se serena como si estableciera contigo una conversación amigable en la que entras y sales, escuchas y abres la boca cuando te apetece. Allí asentábamos nuestros reales, con dos toallas horteras y baratas que compramos para la ocasión, porque no nos preocupaba ocultar nuestra condición de turistas: una especie de Barbie y una bandera griega fueron nuestras enseñas desde que llegamos a Milos, y allí nos acompañaron en nuestro recorrido por Creta, Paros, Koufonisia y Mikonos, y allí quedaron. Y tal vez, seguro, alguien las habrá heredado.

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En la doméstica Papikinou, junto a Adamas, sentamos nuestros reales.

En la doméstica Papikinou, junto a Adamas, sentamos nuestros reales.

 

Un día de playa en San Vito lo Capo

Ulyfox | 29 de agosto de 2014 a las 13:57

Vista general de la magnífica playa de San Vito lo Capo.

Vista general de la magnífica playa de San Vito lo Capo.

No hubo muchos, pero sí algunos señalados en la agenda como lugares y fechas para ir a la playa en nuestra última visita, allá en junio a Sicilia. Uno de ellos era sin duda San Vito lo Capo, indicada por todos como una de las mejores playas de esa isla italiana, allí casi en la punta noroeste, una flecha de rocas y una cumbre que recuerda a ciertas vistas de Gibraltar.

Salimos a visitar San Vito desde nuestra estancia en Trapani (tenemos pendiente hablar de esta curiosa y casi gaditana ciudad costera de sal y atún), más o menos a tres cuartos de hora de carretera, buena parte de ella por la costa. De esta ciudad nos interesaba, ya queda dicho, su playa, una larga media luna de arena dorada y agua increíblemente azul famosa en toda Italia. Siempre me ha llamado la atención la organización de las playas en este país. En muchos lugares es imposible acceder por tu cuenta y libremente. Sólo las más grandes habilitan lugares de instalación libre. En el resto, los espacios están ocupados por instalaciones privadas, de mayo o menor tamaño, en las que tienes que pagar por utilizar sus servicios, muy bien arreglados por otro lado, que suelen llamarse ‘lidos’, denominación que suena a Venecia y a nombres de salas de fiesta en capitales antiguas. Hamacas, sombrillas, duchas, vestidores, suelen ir incluidos en el precio de la entrada, no demasiado caro. Y además, tienen sus restaurantes. Recuerdo alguno especialmente glorioso de calidad, tamaño y servicio en Cefalú. Curiosamente, en San Vito los lidos no tenían restaurante, pero igualmente pudimos almorzar al otro lado de la carretera en la playa.

 

Con un azul infinito.

Con un azul infinito.

Los italianos adoran la playa. Y el ambiente de familias, sombrillas y sonidos les dan un aire a lo Fellini en ‘Amarcord’, como un estilo que nunca morirá. Era finales de junio, en un día entre semana, y estaba llena a rebosar. Y en su casi totalidad eran italianos, parejas con sus niños y sus suegros. Los lidos le dan un aire de uniformidad, puesto que uno se distingue de otro fundamentalmente por el color de sus sombrillas y hamacas.

San Vito lo Capo, junto al pueblo del mismo nombre,es bellísima, y el azul de su agua impresiona incluso a los más curtidos en bañarse en azules. El día empezó soleado pero desde el primer momento se vio que las nubes querían también estar presentes. Primero la más gorda se agarró a la cumbre del gran promontorio y a ella se fueron imantando las demás. Las horas más calurosas transcurrieron en un juego entre claros y grises que proporcionaba una agradable temperatura. Luego, poco a poco, la bruma se fue haciendo la dueña en las alturas.

Pobladísima a finales de junio entre semana.

Pobladísima a finales de junio entre semana.

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Leer el periódico como sea...

Leer el periódico como sea…

 

De un día de playa hay normalmente pocas cosas que contar. Durante los meses de verano aquí en Cádiz, no pisamos la arena. Se nos hace un mundo hacer los preparativos de sombrilla, nevera y sillas y sobre todo la perspectiva de buscar un lugar al coche entre tantos miles. Las cosas del trabajo hacen que sólo dispongamos de tiempo algunos fines de semana, precisamente cuando más gente toma al asalto las playas, cuando el caos y las multitudes se desordenan más. Y por eso anhelamos la tranquilidad de septiembre en las islas griegas. Ahora nos vengaremos. En San Vito, la regulación del aparcamiento en el pueblo y el orden en los lidos hacen que todo sea, curiosamente, más cómodo.

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Al final del día, se retira todo el material de playa.

Al final del día, se retira todo el material de playa.

Cuando el día se hizo demasiado oscuro por las nubes y la hora, cuando el personal de los servicios empezaba a recoger el material de playa, decidimos levantar también nosotros nuestros reales y volver a la salada, hermosa y bien surtida de gastronomía Trápani. Os contaremos próximamente, pero antes, ya mismo, nos vamos a Grecia y Turquía.

Nos vamos hablando. Felices vacaciones a los que empiecen y leve retorno a los que acaben

La punta noroeste de Sicilia es espectacular.

La punta noroeste de Sicilia es espectacular.

 

¿Hablamos de playas?

Ulyfox | 13 de septiembre de 2012 a las 22:01

La playa de Balos y su laguna.

Ahora puedo asegurarlo. No podréis hablar de azules y verdes, ni de las hermosas combinaciones y gradaciones que puede haber entre estos dos colores básicos, hasta que no hayáis contemplado el islote de Balos y la laguna que ha formado la lengua de arena que casi lo une a la isla de Creta, allá en su confín noroeste. La vista desde lo alto de la península de Granvousa, mientras se desciende por el sendero, es casi irreal, como si alguien hubiera colgado frente a ti una gigantesca, titánica pantalla en alta definición para hacerte creer que estas cosas, que imaginabas fantasía cinematográfica, existen.

De espaldas a la maravilla, pero solo para la foto.

Balos existe. Damos fe porque la hemos contemplado con la boca y los ojos abiertos, porque nos hemos bañado en sus aguas invisibles, flotado en el esmeralda y contemplado el cobalto un poco más lejos, ante la isla de Granvousa donde los venecianos colocaron una de sus imponentes fortalezas con las que consiguieron retener Creta durante siglos.

El gran azul

Tuvimos suerte, porque el día, que había amanecido con la amenaza nubosa del día anterior, respetó la luz para que realizáramos nuestro deseo visual. El viento también hizo de amigo comprensivo. Sólo sopló lo suficiente para demostrar que Eolo es uno de los dioses potentes de estas tierras, pero no quiso empañar nuestra excursión, que había comenzado a las nueve de la mañana.

Podéis ponerle el nombre que queráis a este color.

Sabíamos (sabía la sabia Penélope) que no deberíamos vajar a Balos en la típica excursión en barco desde Kíssamos-Kastelli, una antiquísima ciudad, con una historia helenística y romana casi destruida por los siglos y ahora un pueblo próspero dedicado a la agricultura pero poco atractivo. Eso sí, el golfo que se despliega ante ella, alojado entre dos penínsulas como dos largos y montañosos dedos, es bellísimo.

Entonces, preferimos hacer la excursión en una especie de safari en jeep, conducido por el inquieto Stelios, que además regenta una taberna amable, divertida y suculenta, y tiene un hotel, unos apartamentos y una agencia de viajes en Kíssamos. Esta excursión te permite divisar Balos desde las alturas, su visión ideal. Por barco, solo puedes ver a ras de agua.

En jeep, camino de Balos.

Tras visitar Polyrrinia, una antigua ciudad romana, el jeep se adentró por caminos de tierra entre olivares, nos paramos para comer unos higos silvestres y muy dulces, y enfilamos el carril de piedras y tierra de la península de Granvousa que nos llevará a nuestro destino azul. Stelios, nuestro chófer, que viaja con su hijo Vangelis, es un experto y adelanta entre baches a los valientes turistas. Alguno de ellos va a una velocidad temeraria y nuestro chófer cuenta historias de accidentes mortales: “Son jóvenes, no saben lo peligroso que es, he visto muchas ruedas rotas y el peligro (evidente) es que te caigas al mar”. Una placa con dos fotografías y una cruz sobre una gran roca recuerda precisamente a dos recientes víctimas de esta temeridad.

En el sendero hacia la playa, atravesando la península de Granvousa.

Llegamos al parking, y está abarrotado. Desde él parte un sendero hermoso entre montañas. Cuando regresamos comprobamos que el aparcamiento se podía llenar aún más. El camino se abre al poco tiempo al mar, que aquí es como decir al infinito esmeralda. La escena ya os la descrito al principio, pero no podrías describir las expresiones de admiración de Pe. La bajada es dura pero la promesa allí abajo lo alivia todo. De vez en cuando, pensamos en que la subida de vuelta puede ser infernal, a la hora de más calor. De momento, nos da igual. Stelios, con sobrepeso y los tobillos con no muy buen aspecto, se queda a mitad de camino y nos da instrucciones para el reencuentro. Vangelis, con la ligereza de sus 14 años y su historial deportista (tercero de Creta en salto de longitud) vuela entre las piedras cuesta abajo.

¡Y resultó que de cerca era incolora!

Al llegar, nos zambullimos en el verde, nos recreamos en el azul, nos empapamos de luz mediterránea, observamos los centenares de excursionistas que salen de un enorme barco turístico, como si de un desembarco militar se tratase. Se desparraman por la enorme playa, buscan su lugar, cruzan el vado que casi cierra la laguna, extienden sus toallas, caminan de un lado a otro haciendo fotos. La playa ha sido tomada. Nos imaginamos el horror multitudinario que puede ser esto en agosto a mediodía. Aun así, la belleza de Balos se sobrepone a todo este asedio.

La playa de Balos es infinita

Pero la excursión se impone. Damos cuenta del pic-nic que nos ha preparado Stelios, un resumen de Creta: queso, aceitunas, tomate, pepino, kalitsounias (unas deliciosas empanadillas de espinacas), naranjas sin tratar, nueces y pasas. Y claro, también damos el paseo por la atiborrada, sorprendente orilla de color cambiante, oyendo mucho más ruso que cualquier otro idioma. Debemos volver a reencontrarnos con Stelios, de camino a Kissamos de nuevo.

Los turistas toman la playa, pero lo comprendemos.

Como previmos, la subida es muy dura, más de media hora empinada y sin ninguna sombra, y rodeados de rusos, muchos rusos que afrontan la cuesta serpenteante en bañador y sin agua, hacia arriba y hacia abajo. Balos va quedando abajo, ahora menos luminosa porque el día está más avanzado, y luego desaparece. Damos gracias cuando alcanzamos la llanura, como agradecemos la oportunidad de conocer esta maravillo natural.

Yo no me canso de verlo. No sé vosotros…

En el camino de vuelta soñamos con la ducha y la cerveza. Stelios dice: “No puedo olvidar la expresión de asombro de tu mujer cuando vio la playa de Balos”. Todo se cumple, como la cena en la taberna de Stelios, que nos obsequia con un libro sobre la zona y nos propone negocios. Quién sabe. El día ha sido feliz, uno más en esta inmensa, variada, sorprendente Creta de los palacios minoicos, las montañas imponentes y las playas en pantalla gigante.

Nuestro comedor en la playa de Bolonia

Ulyfox | 12 de junio de 2011 a las 23:03

Carlos a la izquierda, José Manuel a la derecha, en la barra del restaurante Las Rejas.

Hace muchos años, no recuerdo cuántos, pero muchos, comimos por primera vez en el Restaurante Las Rejas de la playa de Bolonia. Llegamos a ese sitio casi por casualidad, no recuerdo si porque estaban todos los demás (cuando no eran muchos) llenos de gente. Dos hermanos, Carlos y José Manuel, estaban a cargo de atender a los clientes, no demasiado numerosos. Todo lo que os diga de estos dos camareros sui géneris tendréis que ir a comprobarlo en persona. Es la risa asegurada desde el primer momento, no reñida sino hermanada con el mejor servicio posible y una cocina tradicional inmejorable, sobre todo los pescados y mariscos, pero también los pimientos asados o las croquetas. Es imprescindible probar los chocos en tinta y el mero a la plancha. Antes (ahora creo que ya no, o ya no tanto), mucho de este género lo pescaba el propio José Manuel con todo su aparejo de pesca submarina. El caso es que aquella primera vez estuvimos comiéndonos una enorme centolla cogida por él, recién cocida, aún caliente, lenta y golosamente durante más de una hora. El almuerzo se prolongó hasta bien entrada la tarde, y el propio Carlos vino a halagarnos nuestra forma de comer, pausada y amorosa. No volvimos hasta el año siguiente, pero nos saludaron como si fuéramos clientes de cada fin de semana, nos reconocieron, con todo lo que esa actitud tiene de agradable.

Las vacas tienen preferencia en Bolonia...

 Desde entonces, nuestra visitas son periódicas, y por desgracia mucho más espaciadas de lo que nos gustaría, con la culpa a medias repartida entre el trabajo y la distancia a recorrer. Una de aquellas veces antes más frecuentes, nos dijeron que les iba estupendamente, que venía mucha gente en verano, que ganaban mucho dinero, pero que eso les había supuesto no tener el tiempo que tenían antes para charlar con los clientes. Y se les notaba una cierta tristeza por eso. Es verdad que ahora es más arriesgado ir hasta allí sin reservar, y que sigue yendo mucha gente. Cada vez que vamos está asegurado el abrazo y la broma de José Manuel a Penélope: “Hombre, menos mal que vienes, tengo guardada hace un montón de meses una olla de chocos en tinta para ti”. Con Carlos hemos hecho algunos intercambios de música brasileña. Siempre tiene una estupenda selección sonando en el local.

Esa inmensa playa de Bolonia.

El sábado volvimos a ir, a disfrutar con sus excelentes platos, con sus chistes, con su compañía, y luego con el maravilloso día que hacía en la ensenada de Bolonia, tomando el primer baño de sol de la temporada. Y a sorprendernos con las vacas, los burros y los caballos sueltos, con preferencia de paso, mezclados con las familias nativas y con los guiris sonrosados, lo que da a la playa ese aspecto antiguo y ese aire auténtico. Sólo ha faltado la visita a las ruinas romanas, porque salimos demasiado tarde. Queda para otro día, pero ya quizá después del verano. Y volveremos a reír y a comer bien. Y a saludar a los amigos, lo mejor de esta vida.

... y los burros, por supuesto

El Restaurante Las Rejas está en la playa de Bolonia, cerca de Tarifa y poco después de pasar Facinas si vienes desde Cádiz. No está cerca de las ruinas romanas, sino en la dirección contraria, torciendo a la izquierda en cuanto se llega a la playa, en el poblado del Lentiscal, frente al colegio.

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Vivir entre olas y tierras de labor

Ulyfox | 26 de agosto de 2010 a las 1:21

Felizmente se amplía la nómina de colaboradores que enriquecen este blog. Ahora me llega una de especial significación. Dos entrañables amigos, compañeros sentidos de viajes griegos, palmareños orgullosos, me envían este mensaje, como una declaración de amor a su tierra, esta historia que es la historia de su vida, ahí al lado, en El Palmar de Vejer. Lo que para la propaganda o para los ecologistas es un paraíso virgen, para Montse (autora de la misiva) y Miguel es simplemente (o mucho más) su hogar y el de su hija. Por supuesto, para los Cabrera Molina, este es uno de los mil sitios tan bonitos como Cádiz. Ellos, con padres y abuelos palmareño, quieren El Palmar, nosotros los queremos a ellos y, por supuesto, amamos su playa-hogar. El que sigue es su texto, que la entusiasta y combativa Montse ha titulado como arriba: ‘Vivir entre olas y tierras de labor’

El título viene a definir lo que es “ser del campo ”, pero con el añadido de una playa kilométrica de dorada arena y aguas frías del Atlántico. Debe ser que soy raro, pero disfrutaba en mi adolescencia con denominarme ante mis amigos de fuera, como una chica “campera – marítima – costera” algo que entonces avergonzaba a las jóvenes de núcleos rurales cuando emprendían el camino a la capital para trabajar o estudiar.

Digamos que hablo de El Palmar… es Agosto y no es muy cómodo estar aquí pero ¡qué le vamos a hacer! es la moneda de cambio en un lugar que en verano vive del turismo, media provincia de Cádiz se encuentra así.

Panorámica de la playa de El Palmar, al atardecer

Panorámica de la playa de El Palmar, al atardecer

 

En la actualidad nos imaginamos El Palmar como un destino para disfrutar de un verano en la playa, en cambio esta pedanía guarda muchas facetas poco conocidas por sus visitantes. Ya en el año 1951 por Mayo nuestros padres y abuelos celebraban en la misma arena de la playa una procesión del patrón “ Santo Domingo de la Calzada ” acompañado por aquellos que habían recibido su primera comunión y los bautizos de sus nuevos descendientes .

  caminando

También palmareños que paseaban de pequeño esta procesión, ahora pasean por la playa como medicina natural para afrontar la pesadez de los años.

 

  

Tampoco es muy conocida su vida agrícola. Y sin embargo, es excelente en lo que a huerta se refiere, patatas enormes ( puntas, colorá ) en cada siembra crecen bajo la tierra, de un sabor y textura en su cocción inigualable, perfectas para hacer nuestras gaditanas “papas aliñás”, tomates y pimientos del cortinal preparado con las cañas que rodeaban toda la costa de la playa haciendo de cortaviento para ganado y gallineros. Pocas, muy pocas verduras y hortalizas se resisten a nacer en el Palmar . Algo que sorprende a algún que otro estudioso agrónomo por su cercanía al mar y tierras tan fértiles a la vez. 

Mi niña, en una recolecta de patatas del campo de mi padre

Mi niña, en una recolecta de patatas del campo de mi padre

 

 

 

 

También existen campos de pipas de girasol

También existen grandes siembras de pipas de girasol y trigo.

 

 

  

El invierno un gran handicap que tiene este lugar: hay mucha humedad y resulta dificultosa su entrada por carriles de tierras, impracticables con turismos. En cambio por mínimo que sea el rayo de sol se le recibe al 100% para descubrir un campo despejado tras la lluvia o bajar hasta la playa y pelear con el viento y las olas de un temporal hasta volver a casa agotado de tanta naturaleza salvaje.

 muri temporal

 

 

Fotografía tomada el último día del año 31/12/2009

 

Hace muchos años que la playa no se utiliza para trasladar el ganado atravesando el río Conilete para pastar cerca de los cerros de la Torre Castilnovo. Evidentemente, ahora no está permitido pero todavía existen familias con pequeñas ganaderías y la mayoría mantienen sus cochinos, cabras y gallinas para el consumo familiar.

caballosEl abuelo Juan a caballo llevando la yegua al otro lado del río. ( 1.976 )

 

 

 

camion

 

Familiares cargando una becerra en camión tras su venta.

 

 

muri delantalEn temporadas se trillan los campos y el contraste de colores con el dorado de la paja y las alpacas tan cuadraditas parecen sacadas de un cuento.

 

 

 

Con todo este repaso de historia de El Palmar quiero decir que se puede vivir y convivir con sus gentes , que existe una identidad, unas tradiciones y no nos faltan las ganas por seguir viviendo en nuestra tierra y de nuestra tierra.

otras dosAhora es verano y su estampa es la playa pero el verano se va y con él sus visitantes.

Nos parece fenomenal poder educar a nuestra hija entre el campo y el mar. Aprendiendo a respetar la naturaleza que nos rodea con sus animalitos, investigándolos y también respetando y acogiendo a todos los veraneantes , descubriendo que tiene amiguitos por toda la geografía española y parte del extranjero, que respeta a los nudistas que andan por la torre, que la playa no se puede ensuciar, que quiere aprender idiomas….etc

 dos palamareñas

Dos palmareñas en la playa .

 

 Estáis todos invitados a venir por aquí y descubrir un poco más de El Palmar. Porque no siempre todo es lo que parece.

 rio 

Esta es nuestra frontera, desembocadura del río que delimita el término de Conil con Vejer. Pero como podéis ver no es una frontera infranqueable, ni inamistosa, ni conflictiva. Es más bien un camino de entrada.

 

 

¿Véis como es verdad. como tengo unos amigos adorables? No os podéis imaginar con qué pasión defienden su derecho a vivir con el pasado y el futuro en su tierra, cómo luchan por que su hija pueda crecer arraigada en ese lugar que tiene todo para ser maravilloso. Son como el colono que al defender su tierra nos defienden a todos de los engaños y de las ambiciones de los demás. El Palmar no necesita que lo salven, sino que lo dejen seguir viviendo, y de la mano de gente así.

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