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Xanthi, a medias con Turquía

Ulyfox | 31 de octubre de 2017 a las 22:34

La mezquita en el barrio alto de Xantthi.

La mezquita en el barrio alto de Xantthi.

 

Por momentos nos parecía estar en Mostar, aunque faltaba el esbelto puente otomano símbolo de la ciudad bosnia. Pero en realidad llegamos a Xanthi, en el norte griego que ya casi es Bulgaria y que puede tocar con la punta de los dedos tierras turcas, aún más a oriente que Kavala, atraídos por un nombre misterioso con ecos de los libros de Patrick Leigh Fermor: los pomacos. Son estos una minoría étnica relativamente abundante en Bulgaria y presente en territorio griego sobre todo en esta ciudad y alrededores. Su religión es musulmana y su lengua, el turco. Su origen es remoto y no está todavía certificado. Algunos estudiosos dicen que son descendientes de los primitivos tracios y que en un momento dado se hicieron musulmanes para huir de las represalias cuando la zona pasó a ser dominada por el Imperio Otomano. En la Grecia actual, prefieren llamarlos griegos de religión musulmana antes que turcos para combatir un permanente sentimiento a modo de nacionalismo.

Mansiones griegas

Mansiones griegas

Casas turcas cerca del barrioi pomaco.

Casas turcas cerca del barrio pomaco.

Preparando los locales para la gran fiesta

Preparando los locales para la gran fiesta

Fachadas de color pastel en el casco antiguo.

Fachadas de color pastel en el casco antiguo.

La animación empieza a mediodía en Xanthi.

La animación empieza a mediodía en Xanthi.

El caso es que en Xanthi, un pueblo precioso de las estribaciones de los montes Ródope, hay pomacos. La población está dividida, quizá todavía a consecuencia de la discriminación. En el barrio bajo, aunque la mayoría de las casas tienen aspecto turco, abundan las mansiones de estilo neoclásico, antiguas viviendas de potentados del tabaco, producto cuyo cultivo constituyó la principal fuente de riqueza del pueblo. Muchos de estos palacios están convertidos hoy en museos o edificios públicos.

Una gran mansión tabaquera.

Una gran mansión tabaquera.

El paseo por el centro histórico necesita pronto de buenas piernas, puesto que el trazado asciende poco a poco del barrio más bajo, mayoritariamente griego ortodoxo hasta el barrio alto en el que suena la llamada del muecín desde el minarete de la pequeña y antigua mezquita. Por aquí los niños corretean y se gritan unos a otros en turco, mientras se pueden observar las numerosas parabólicas dirigidas hacia un punto cardinal que luego nos dijeron que era el Este, desde donde viene la señal de la televisión turca. La sensación era extraña puesto que parecía posible pasar en un segundo de un país a otro

El resaturante Palia Poli.

El resaturante Palia Poli.

Un establecimiento de gyros (kebab).

Un establecimiento de gyros (kebab).

Nosotros llegamos el primer viernes de septiembre, justo la víspera del inicio del Festival del Casco Antiguo, durante una semana llena las calles de actuaciones musicales y espectáculos. Por la tarde, una multitud comenzó a fluir subiendo desde la parte moderna, más llana, hasta las plazas y callejuelas empedradas. En poco tiempo, todas las terrazas estaban llenas y en la plaza alta un espectáculo con dj y luces animaba a los más jóvenes. Escaparates y vitrinas de los locales hosteleros iluminaban las animadísimas esquinas. Grupos de jóvenes, familias enteras parecían haber venido a invadir el pueblo, y el aspecto de fiesta mayor daba a todo el conjunto un aire alegre y jovial.

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Era imposible dar un paso tranquilamente y por un largo rato creíamos que no lograríamos cenar en ningún lado. Todo lleno y la gente no parecía dispuesta a dejar la sobremesa de manera rápida. Al final, casi en el sitio de comida más alejado del centro histórico, aunque ya cerca del hotel, logramos encontrar un lugar, básicamente un asador, donde tomarnos unas tsoutsoukakia y  una ensalada de tomate. Suficiente para una cena no muy exigente. Al mediodía sí, al mediodía comimos estupendamente en el precioso restaurante Palia Poli

Por esas zonas netamente balcánicas los límites, las fronteras y las lenguas han cambiado históricamente, digamos que siguen cambiando, fruto de tanta guerra, tanta dominación y tanto vaivén que por fuerza obligan a la gente a mantener sus tradiciones, para no caerse. Al menos hasta ahora, porque seguro que todo eso caerá muy pronto ante otra dominación: la de la comunicación, los móviles y las redes sociales.