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No paramos

Ulyfox | 2 de mayo de 2016 a las 20:17

Santa María del Naranco, tantas veces deseada, junto a Oviedo.

Santa María del Naranco, tantas veces deseada, junto a Oviedo.

 

Que no, que aunque lo parezca no hemos estado parados. En realidad no hemos parado quietos, si le preguntáis a mi madre. Que el blog lo tengo blogqueado, es verdad. Que no sé si es falta de tiempo o tiempo de faltas, pero así andamos. Pero que sí, que os cuento, que hemos seguido viajando.

Que empezamos el año en el otro extremo de España, allí donde lo más al norte, en tierra de osos y montañas, y de principios de muchas cosas. En Asturias recibimos el año, prácticamente. Algo más de una semana para conocer una de las pocas comunidades españolas que nos quedaban, la más antigua si se tiene en cuenta que por allí se empezó a reconquistar España a los moros, según nos enseñaron. Sí, lo contaremos, confiad en mí, que me quedan varios cientos de entradas hasta alcanzar los mil sitios tan bonitos como Cádiz. Ya os puedo adelantar que hemos conocido algunos más.

Y que al poco tiempo, aprovechando el Día de Andalucía, juntamos una semana para revisitar nuestra Creta, maravillosa en invierno, sin apenas turistas, con los cretenses ocupados en sus cosas, que son muchas y buenas. Que nos pegamos una paliza de viaje para respirar un poco de nuestro aire, que nuevamente fuimos como aquellos emigrantes que trabajan fuera y regresan en cuanto que puedan a su tierra, aunque eso os lo hemos contado.

Y poco después, cruzamos la Península hacia el lejano Este, tierras murcianas fértiles en alimentos y abrazos de viejos amigos. Y conocimos otras salinas, otros salazones y otras historias tan parecidas a las que por aquí nos mantenían y aún nos entretienen. En Murcia, en Cartagena…

Y no contentos con estas cabalgadas a lomos de un coche ruidoso, aún hemos tenido fuerzas en este Puente y, recién, acabamos de llegar de Sintra, ese paraíso verde y empinado junto al mar de Lisboa y Cascais. Desmontando la maletas estamos.

Y que todo esto, arañando tiempo, os lo contaremos, si es que aún seguís ahí.

El mar bravío de Nazaré

Ulyfox | 28 de marzo de 2014 a las 1:29

El mar bravío en la playa de Nazaré.

El mar bravío en la playa de Nazaré.

 

Sí, ha vuelto el invierno cuando parecía que la primavera tenía que empezar su reinado. Este invierno ha sido persistente, insistente, ha funcionado como un tirano que de vez en cuando aflojaba la mano,  dejando una mínima tregua de uno, dos días. Tan sólo hace un par de semanas el buen tiempo asomó la cara, pareció decirnos “¿os acordais de lo guapo que soy, de lo simpático que puedo resultar?”, para después volver a marcharse, o quizá ser expulsado por el déspota.

Precisamente los últimos coletazos del invierno oficial los vivimos, según empezamos a contaros, en el centro de Portugal. Un viaje relámpago, en el puente festivo de Andalucía, en el que pasamos por Óbidos, nuestro vicio, y Alcobaça, y en el que volvimos también a Nazaré, el gran pueblo pesquero de pasado heroico, en el que los pescadores se echaban a la mar en hermosos barcos de proa afilada y curva. Nazaré, de nombre tan bíblico, es una gran playa atlántica, un inmenso arenal muy visitado en verano por portugueses de todo el país, y también muy conocido entre los españoles que visitan Fátima, no muy lejos.

Aguantando el temporal en el Paseo Marítimo de Nazaré.

Aguantando el temporal en el Paseo Marítimo de Nazaré.

 

Cerca, muy cerca de Nazaré, está Sitio, que viene a ser como la parte alta del pueblo, allá arriba del acantilado y comunicado con la parte baja por un funicular, que los lugareños titulan ‘ascensor’. Desde Sitio, cuando no hay nubes, se contempla una panorámica espectacular y bellísima de la playa, larga y larga, azul a un lado, dorada al otro. Pero ese día, cuando llegamos nosotros, ni siquiera era posible distinguir desde el Paseo Marítimo las casas en lo alto, y el ascensor se perdía entre la niebla a medio camino. Soplaba además un viento fuerte que hacía que el oleaje golpeara con fuerza sobre la base del acantilado, bajo el faro, haciendo comprender por qué tantas rocas parecen desgarradas de tierra firme. La carretera había sido protegida de los embates del océano amontonando arena en la playa, a modo de muro defensivo, para que las olas no llegaran a las casas. Guarecidos dentro de los chaquetones, era hermoso soportar el espectáculo visual y sonoro, pero desagradable al poco rato.

Así que después de almorzar un arroz de marisco en una calle del interior algo más protegida, y de pasear como héroes turistas un rato por el pueblo, decidimos que era lo mejor refugiarse en la calidez del hotel, a procurar una tranquila siesta y un rato de lectura hasta la hora de la cena.

Era, al parecer, la noche grande del Carnaval de Nazaré, que goza de una cierta fama en la región. Y pudimos contemplar una serie de grupos y personajes con máscaras del género que en Cádiz se llamaría mamarracho, reunidos en los bares, guarecidos del temporal en sus disfraces y con el abrigo de paredes y cervezas. Parecían bastante animados, algo difícil de comprender teniendo en cuenta que el viento incluso había arreciado y a su rachear se había sumado una ligera llovizna. Los restaurantes estaban ocupados por grupos de familias enteras disfrazadas, y hay que reconocer que en contados casos había algún tipo coral muy bien trabajado y conseguido. Bien, la gente se divertía pese a todo. En nuestro caso, apañamos una cena ligera en un bar, contemplando el deambular de los divirtientes y nos fuimos relativamente temprano a la cama. Al día siguiente, nos esperaba un largo camino de regreso a la cotidianeidad, tras un fugaz paseo por ese país extraño que es Portugal.

Casas tradicionales en en la playa de Nazaré. Arriba, entre la niebla, Sitio.

Casas tradicionales en en la playa de Nazaré. Arriba, entre la niebla, Sitio.

 

 

 

Alcobaça, la cocina, los monjes y doña Inés de Castro

Ulyfox | 17 de marzo de 2014 a las 1:45

Altísima nave lateral en la iglesia del monasterio de Alcobaça.

Altísima nave lateral en la iglesia del monasterio de Alcobaça.

Todo es impresionante en el monasterio de Alcobaça, desde su altísima iglesia gótica hasta la enorme chimenea de la enorme cocina donde los poderosos monjes preparaban los manjares que podían costear con su enorme riqueza. Una comunidad satisfecha compuesta por centenares de frailes que mandaban en toda la zona.

Llegamos a Alcobaça en una mañana casi lluviosa a una ciudad casi despoblada. No había turistas. Una pareja joven canturreaba bajo los evidentes efectos de una noche de viernes de Carnaval aún no dormido. Él se dirigió a nosotros: “¿Es la primera vez en Alcobaça?”.  “En Alcobaça sí, pero no en Portugal”. Y entonces, con un hablar resacoso que suavizaba el ya de por sí suave idioma portugués, empezó a contarnos la historia del monasterio, que es la misma de aquel rey que, tras vencer en una batalla a los árabes, decidió agradecer la victoria a Dios levantando allí un monasterio, justo donde convergen dos ríos, el Alcoa y el Baça. De ahí, pues, el nombre del convento, y del pueblo al que dio lugar.

 

En la granplaza ante la fachada principal del monasterio.

En la gran plaza ante la fachada principal del monasterio.

 

Dice la tradición que para determinar la extensión de la edificación, el rey ofreció a la Orden Cisterciense tanta distancia como alcanzara una flecha lanzada por él mismo. El resultado fue una barbaridad en la que cabe la iglesia gótica de Santa María, con una de las naves centrales más grandes de Europa, dos claustros y cientos de dependencias. Y cabe una cocina impresionante forrada de azulejos desde el suelo hasta el altísimo techo, con una chimenea en el centro bajo cuyo tiro podría vivir una familia.

La nave central impresiona al entrar en la iglesia.

La nave central impresiona al entrar en la iglesia.

 

Y fue el mismo joven el que nos contó, aunque también viene en libros, que los monjes idearon el desvío por un canal interior del río hasta la misma cocina, de modo que el cauce fluvial pasaba por un estanque artificial para que los cocineros dispusieran tanto de agua como los peces más frescos, que saltaban prácticamente del río a las ollas. Que el río pasa por debajo de esta dependencia es evidente por el agua que almacena el estanque tanto como por la humedad que sube de los suelos. Fregaderos, pilas y grifos aún parecen en disposición de usarse en esta estancia altísima y lujosa.

El claustro de Alcobaça.

El claustro de Alcobaça.

 

Los jóvenes no nos contaron pero nosotros supimos también de la trágica historia de Don Pedro y de Inés de Castro, cuyos labrados sepulcros góticos están en la iglesia. Entre la historia y la tradición se dice que Inés fue la amante de Don Pedro, príncipe de Portugal, antes de hacerla su esposa. Pero las intrigas palaciegas para evitar que la noble gallega llegara a reina acabaron con su asesinato. Cuando Don Pedro accedió a la corona, mandó desenterrar el cadáver de su mujer, la sentó en el trono y obligó a los nobles que habían acabado con su vida a besar su mano putrefacta como verdadera reina. Verdad o leyenda, los sepulcros se hallan en el crucero de la iglesia, el uno frente al otro como ordenó Pedro para que lo primero que vieran cuando se produjera la resurrección de los cuerpos fuera el rostro de su amado.

El estanque al que llegaba directamente el agua y el pescado del río.

El estanque al que llegaba directamente el agua y el pescado del río.

Todo, todo, es impresionante en Alcobaça

 

La espectacular chimenea de la 'cocinita' del monasterio.

La espectacular chimenea de la ‘cocinita’ del monasterio.

El sepulcro de la infortunada Inés de Castro.

El labrado sepulcro de la infortunada Inés de Castro.

 

 

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Un vicio: volver a Óbidos

Ulyfox | 5 de marzo de 2014 a las 12:34

Mujer vendiendo encajes en la Porta da Vila de Óbidos.

Mujer vendiendo bordados en la Porta da Vila de Óbidos.

 

Tiene razón Rafa: somos unos viciosos ¿Qué o quién nos manda emplear el Puente del Día de Andalucía en hacernos ocho horas de coche, entrar en Portugal y subir más allá de Lisboa, más al norte, para almorzar, pasar una tarde, cenar y dormir en Óbidos, donde ya habíamos estado dos veces más? No tiene fácil respuesta esta pregunta, como no sea la evidente y ya sugerida antes: somos unos viciosos del viaje. Asumida pues esta condición, nos pusimos en marcha el pasado viernes, muy de mañana, y a la hora de almorzar estábamos en este maravilloso pueblo, soltábamos la maleta en el Hotel Real, donde nos recibió un hombre vestido a la que se supone era la usanza medieval, y nos sentábamos en la Adega de Ramada. Doy fe de que el bacalao a la brasa que nos tomamos era exquisito, y vino blanco de la casa bastante apreciable.

Color medieval.

Color medieval.

Óbidos es de hecho un ejemplo perfecto, bellísimo y casi tópico de casco medieval, rodeado de murallas que se conservan en su integridad, con sus puertas, sus torreones y su castillo en uno de los extremos. Es de una hermosura deslumbrante, por más que esta última visita las nubes y una ligera lluvia se empeñaron en quitar luz al paisaje. Se nota que el invierno está siendo duro porque las paredes blancas con sus ribetes y remates de colores azul o amarillo se están destiñendo. Estoy casi seguro de que en esta ya próxima primavera la gente se aplicará a pintar sus casas. ¿Por qué volvemos a Óbidos? Será porque siempre esperamos reencontrar algo y descubrir algo.

Vista de Óbidos desde el Hotel Real.

Vista de Óbidos desde el Hotel Real.

Entonces, el objetivo era sólo volver. Y eso significaba pasear de nuevo la Rúa Direita desde la Porta da Vila hasta el Castelo, subir y bajar por las calles perpendiculares, parar en la iglesia de Santa María para descubrir sus azulejos antiguos y las hermosas pinturas de Josefa de Óbidos, extremeña y portuguesa, detenerse y caer en la tentación de degustar en algún puesto callejero un chupito de ginjinha de Óbidos, y luego comerse el vasito (copo) de chocolate, descubrir la cantidad de tiendas bien puestas que han ido surgiendo desde nuestra última visita, para turistas, para coleccionistas, y los acogedores bares con terraza para soñar el buen tiempo, dejar que se te escape la sonrisa y el beso a quien te acompaña en este vicio.

DSC_5179Es verdad que a Portugal le casa bien este tono gris y lluvioso en la atmósfera. Deseamos siempre el sol espléndido, pero cuando viajamos al tópicamente llamado país hermano, ya sabemos que nos recibirá casi siempre el nublado y la amenaza de agua. También sabemos que nos sorprenderá la caída de la tarde paseando por pueblos durmientes, recogidos muy de temprano, sabemos que nos gustaría un poco más de animación, pero no sería Portugal. Y ese idioma que es como un castellano con muchas eses silbantes y hablado con acelerador a tope, salpicado de palabras que sólo nos suenan como cultismos o como vocablos españoles casi en desuso, y adornado con numerosas fórmulas de cortesía y constantes apelaciones al permiso (licença) del interlocutor. Cuando oigo el portugués, siempre recuerdo esa escena de la delirante comedia Cuatro corazones con freno y marcha atrás, de Enrique Jardiel Poncela, en la que los protagonistas se encontraban con un náufrago en una isla desierta, y como no sabían su origen comenzaban a preguntarle en varios idiomas ¿do you speak english?, ¿sprechen sie deutsch?, ¿parlez vous français?, y en llegando al portugués le espetan al pobre: fala sua excelença a formosa lingua de Camoes?.

Detalle de decoración en añil en un muro.

Detalle de decoración en añil en un muro.

Como recuerdos, nos trajimos de Óbidos algunos pequeños regalos y un delicado y suave disco de Mariza, la estrella del fado, y esto sólo porque su delicado sonido y su brillante voz ambientaba un pequeño rincón de la calle al salir de la pequeña tienda de música. Y porque el día lo requería y las ganas también. Después de tres visitas, no puedo ni quiero descartar volver de nuevo a este pueblo, tal vez con más tiempo, y parando de nuevo en Estremoz, en Évora, subiendo de una vez a Évoramonte, cuyo castillo imponente y redondeado nos saluda siempre desde su altura junto a la autopista, y siempre declinamos su invitación. Seguro.

Arcos y piedras.

Arcos y piedras.

Y para que comprendáis esta certeza, y para no cansaros más con palabras, os dejo con las fotos que quizá os ayuden a comprender de donde viene nuestro vicio:

DSC_5165

Tantos rincones en su interior...

Tantos rincones en su interior…

Una casa envidiable.

Una casa envidiable.

Aun con poca luz, Óbidos brilla.

Aun con poca luz, Óbidos brilla.

El castillo de öbidos.

El castillo de Óbidos.

A juego con el paisaje.

A juego con el paisaje.

La casa de Sao Thiago

La casa de Sao Thiago

Cerca del castillo.

Cerca del castillo.

Disfrutando Óbidos.

Disfrutando Óbidos.

La iglesia de Santa María.

La iglesia de Santa María.

Una puerta casi veneciana.

Una puerta casi veneciana.

Tejados y torres dentro de las murallas.

Tejados y torres dentro de las murallas.

Empedrado, blanco y colores.

Empedrado, blanco y colores.

 

 

Grándola, vila morena!

Ulyfox | 25 de febrero de 2013 a las 22:42

Memorial dedicado a la canción de Zeca Afonso, a la entrada de Grándola.

 

Allá por el año 1975, en los últimos estertores de Franco y de su nefasto régimen, tan bien digerido por los españoles durante 40 años, muchos desesperados por la duración de una dictadura que parecía no tener fin repetíamos un lema rimado y consolador: “Menos mal que nos queda Portugal”. El país vecino (hermano, decían los del régimen, defensores de un pacto ibérico que asoció más de palabra que de hechos a dos dictadores, Franco y Oliveira Salazar) había salido el año antes por fin de la opresión mediante un golpe de militares demócratas, incruento y esperanzador como pocos. Fue el 25 de Abril, la Revolución de los Claveles, llamada así porque los soldados que habían librado al país de la vergüenza llevaban esa flor regalada por los ciudadanos en el cañón de sus fusiles.

Una puerta manuelina, en el Alentejo del 92

En España muchos mirábamos con envidia al otro lado de la raya, y viajar a Portugal se convirtió en algo más que turismo, en una forma de respirar libertad con sólo dar un pasito desde Badajoz o Ayamonte. En nuestro país, llevar claveles en la mano era como enseñar a los grises el libro rojo de Mao pero con menos peligro. Recuerdo que el 25 de abril de 1975, en aquella Facultad de Periodismo gris y hormigónica que algunos años después sirvió de escenario ideal para ‘Tesis’, la ópera prima de Amenábar, fue convocada una peculiar protesta: como modo de reclamar democracia se pedía a la gente que viniera vestida con los colores de la bandera portuguesa: rojo y verde. Obviamente, yo carecía de estilo para combinar sabiamente esos dos colores tan poco combinables, pero bastante gente se las ingenió para hacerlo, y de paso traer claveles. Tampoco tenía dinero para viajar, ni siquiera a Portugal, tan distinto, tan cerca, como decían los eslóganes que empapelaban las cabinas de Madrid con una foto en la que una joven saltaba con un clavel, rojo por supuesto, en la mano.

Los azulejos de Portugal, tan sorprendentes en todos sitios.

En aquellos tiempos prehistóricos, Fuerzas Armadas tenía un significado muy distinto de Forças Armadas. Así, dicho en portugués y comiéndose las vocales, sonaba musical, liviano y alegre. En español, daban miedo juntas. Y una canción de José ‘Zeca’ Afonso, de cierto ritmo marcial y que sirvió para dar la señal de salida al golpe democrático, se convirtió en himno ibérico: era Grándola, vila morena. ‘O povo é quem mais ordena’, decía en uno de sus versos: el pueblo es el que manda.

Me emocioné el otro día al oír que un grupo de personas, artistas y músicos, se habían colado en el Parlamento portugués para protestar contra las medidas de austeridad que en Portugal, como en España, como en Grecia, están llevando a la gente a la ruina por culpa de la ambición de los de siempre. Y su protesta fue original, sencilla, sensible, emocionante: cuando el primer ministro, Passos Coelho, estaba hablando de esas medidas, se levantaron y entonaron, muy bellamente por cierto, Grándola. Y sin embargo, las fuerzas de seguridad los desalojaron a ellos, no al primer ministro. Aquí podéis verlo: http://www.youtube.com/watch?v=bmFTcYneygk   El gesto parece que está siendo ahora repetido por grupos en actos a los que acuden ministros, algunos de los cuales incluso cambian horarios o no aparecen en los actos para no sufrir la protesta incontestable, temerosos de unas desarmantes palabras y notas musicales.

El espléndido claustro de los Jerónimos en Lisboa.

No viajamos entonces, en aquellos ilusionantes años, a Portugal, pero después lo hemos hecho a menudo, y siempre hemos disfrutado. Nunca hemos ido a Grándola, no sé siquiera si tiene mucho que ver, pero de camino a Lisboa en coche hemos pasado varias veces ante la desviación, y siempre yo, cantarín como soy, he entonado la canción desde que el rótulo aparecía en la carretera. Creo que la próxima vez nos desviaremos. O tal vez sea más acertado decir que tomaremos el camino correcto. Obviamente, la foto que encabeza este post no es nuestra.

Otoños para viajar

Ulyfox | 13 de noviembre de 2011 a las 21:06

En las alturas de Caldas de Monchique, Portugal, en un lejanísimo 1994

Me sorprendo a veces con la capacidad de adaptación de nuestro espíritu viajero. Se diría que acabado el verano, las ganas de coger la maleta deberían aplacarse: ya no hace buen tiempo, los días son más cortos, el trabajo es más apremiante, el calorcito del hogar te llama a encerrarte… Y sin embargo, ese otro yo inquieto que nos habita anda sacando la cabeza, aguzando la vista y el oído siempre atentos al almanaque, un puente por aquí, un fin de semana por allá, posibilidades de viajar en definitiva. Y siempre es un no parar, claro. Es decir, por qué no en otoño, o en primavera, o en invierno. En esas estaciones más frías, algunos paisajes son tan hermosos, algunos hoteles tan acogedores, algunos festejos tan atractivos, algunas ciudades tan sugerentes…

Una escapada a la Pulchra Leonina fue una posiblidad hace algunos años.

Así que ahora estamos de esa manera. Se aproxima un puente y las posibilidades empiezan a darnos vueltas a la cabeza. Por ejemplo, la siempre aplazada visita a Bilbao, o el paseo inevitablemente melancólico por Portugal, o quién sabe si un vuelo barato a Amsterdam, Bruselas, recuperar nuestra vieja Europa, visitada hace tantos años, y así tal vez conocer un mercadillo de Navidad de esos que sólo veíamos, con nuestros sorprendidos ojos, en reportajes televisivos cuando empezaban las vacaciones de invierno.

¿Y volver a Amsterdam, entre recuerdos de Rembrandt y Ana Frank?

¿Váis a viajar en otoño? ¿Cuál sería vuestro viaje favorito, ahora que la hoja cae y el Adviento se abate sobre nuestra cabeza, removiendo la memoria de cuando éramos, sin duda más ingenuos y tal vez más felices? Hay como una placidez en el aire cuando ensueño con campos de nieblas, o tal vez una calle medieval ya oscurecida en el centro de Europa. ¿Qué me decís de Bilbao? Dios mío, qué dilema. Y aún nos quedarán las vacaciones de invierno…

En la raya de Portugal

Ulyfox | 4 de abril de 2011 a las 1:39

Las tierras de España al fondo, desde las alturas portuguesas de Marvao.

Las tierras de España al fondo, desde las alturas portuguesas de Marvao.

Calle principal en Monsaraz.

Calle principal en Monsaraz.

Hubo un tiempo en el que la raya de Portugal era frontera bélica, en el que la desconfianza intercambiaba miradas temerosas de uno y otro lado. La última batalla entre España (en realidad, Castilla) y Portugal fue hace más de 600 años en Aljubarrota, con victoria portuguesa. Pero la cabeza de los pueblos tiene larga memoria sobre todo de los miedos, y los temores permanecieron durante muchos siglos después. Todavía tiene vigencia el dicho popular en el país vecino que reza que “de España, ni buen viento ni buen casamiento”. Quizá por eso, la raya trazada en el mapa está llena de castillos y pueblos fortificados.

Por la raya de Portuga a bordo de aquel R-19.Recorrer los pueblos de la Península por carretera fue una ocupación a la que nos entregamos con gran dedicación hace ya muchos años. Eran tiempos en que se podía hacer todavía con tranquilidad, siempre que no fuera en esas fechas señaladas que lo llenaban todo. Recuerdo el primer viaje que hicimos en coche particular a Portugal, precisamente en Semana Santa. Entramos por la frontera de Elvas, aún en los 80, cuando aún había fronteras, pero no autovías. El viaje era largo. Entonces, almorzando en un bar de esa ciudad maravillosa que es Évora, reparé en el titular de un periódico que rezaba: “Os Espanhois invadem Portugal”, lo que daba pistas de las primeras avalanchas de los nuevos ricos españoles en ese país hermano todavía pobre.
Un rincón de Monsaraz.

Un rincón de Monsaraz.

Pero fuera de esas fechas señaladas, era una delicia recorrer la zona portuguesa cercana a la frontera con España, el Alentejo próximo. Pueblos fortificados, encaramados en riscos, pegados a la raya y siempre vigilantes frente los eternos enemigos. Una de esas veces, allá por el año 92, en nuestro viajado Renault 19, entramos por El Rosal de la Frontera, en Huelva y fuimos bordeando la raya. La primera etapa portuguesa fue un poco más arriba en Monsaraz, un pueblo blanco del que la Guía del Trotamundos, nuestra biblia viajera de entonces, decía que era el más bonito de Portugal en estrecha competencia con Marvao.

 

Calles con varias puertas.

Calles con varias puertas.

El pavimento de Monsaraz.

El pavimento de Monsaraz.

Monsaraz eran dos calles paralelas empedradas de adoquín negro y unas cuantas transversales, amuralladas de piedra dorada y con un castillo en el extremo, con una plaza de toros en su patio. Allí encontramos un ambiente de película de los años cuarenta, calles solitarias, pequeños grupos de viejos sentados al sol a la puerta de sus casas, con sus pellizas de piel de oveja y sus sombreros de paja o un extraño gorro típico que usaban los hombres. Aburrimiento o serenidad, según el estado de ánimo que tuviera el observador. Excuso deciros cuál era el nuestro

 

 

Un hombre con traje y gorro tradicionales, en Monsaraz. Pero no era en fiestas.

Un hombre con traje y gorro tradicionales, en Monsaraz. Pero no era en fiestas.

A nosotros nos gustó mucho Monsaraz. Recuerdo el sol de la primavera temprana, el brillo en las piedras y en las esquinas recién encaladas, y una comida popular en un restaurante de nombre exótico, Lumumba, con una larga sobremesa de vino, aceitunas y queso. Toda una experiencia. Fue la primera vez que dije que con sólo esos tres alimentos se podría ser feliz.

Monsaraz es poco más de lo que se ve en la foto.

Monsaraz es poco más de lo que se ve en la foto.

Dos o tres años después volvimos para revivirlo, pero fue imposible. Era Semana Santa, y efectivamente, esa bastión fronterizo estaba invadido por españoles: varios autocares de excursionistas que tenían llenas las calles, las tiendas y los pocos restaurantes, haciendo un ruido considerable. Nada que ver con la paz de la anterior visita. Tuvimos que salir huyendo. Fue entonces cuando empezamos a dejar de viajar en los puentes, fue cuando los españoles descubrimos en masa el mundo, pero sobre todo Portugal.

Como una estampa de la vieja Andalucía, pero es Portugal en los primeros 90.

Como una estampa de la vieja Andalucía, pero es Portugal en los primeros 90.

Pero en esa casi primera ocasión fue tranquila, casi íntima. Fuimos bastante más arriba en busca de Marvao y de la comparación de bellezas de la que hablaba el Trotamundos, pasando por Estremoz, Évora… pueblos mayores de los que hablaremos en otra ocasión, si la paciencia os da para seguir leyéndonos.

El altísimo recinto amurallado de Marvao, visto desde su castillo.

El altísimo recinto amurallado de Marvao, visto desde su castillo.

A Marvao llegamos al atardecer. De él recuerdo menos cosas, pero entre otras inolvidables, su emplazamiento a más de 800 metros de altura, sobre un llamativo risco y con una visión inmejorable de la frontera, un auténtico nido de águila, por usar el tópico. Impresionante, como su caserío lleno de tejados, de aspecto andaluz si no fuera por algunos rasgos de ese estilo tan portugués llamado ‘manuelino’. Y recuerdo también un paseo casi solitario dejándonos sorprender por la oscurecida, y la estupenda Pensión Don Dinis, donde pasamos la noche. Y la visita a la mañana siguiente a Castelo de Vide… pero eso será otro día.

 

 

 

 

 

La oscurecida nos sorprendió en Marvao.

La oscurecida nos sorprendió en Marvao.

 

 

 

 

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MANUAL DE USO: El tiempo en el que entramos ahora parece creado para viajar por el interior, para recorrer carreteras sin tanto calor, con los días ya largos y los atardeceres prolongados, para hacer parada y fonda en pueblos tranquilos. Si escogéis esa opción, no olvidéis la raya de Portugal. En poco más de cuatro horas desde Cádiz estaréis en Monsaraz (no confundir con Reguengos de Monsaraz, nada recomendable), entrando por la antigua frontera de Villanueva del Fresno o por la onubense de El Rosal después de atravesar las sierras de Aroche y Aracena, ideales también para una parada restauradora de bocadillo de jamón por el camino. Y luego, hacia arriba, sin olvidar que del lado español está la bella Extremadura. Puede ser una semana inolvidable. Os enamoraréis y ya nos contaréis.

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Hora punta en Portugal

Ulyfox | 6 de diciembre de 2010 a las 2:32

Una calle de Óbidos

Una calle de Óbidos

El hombre llevaba una gorra, o una boina, no recuerdo bien. Era la única persona en la imagen. Se había bajado de la bicicleta y la empujaba con tranquilidad cuesta arriba, sobre el empedrado brillante. Flanqueaban la calle una casas bajas, blancas y con zócalos amarillos y azules. Entre los adoquines crecía una hierba corta y verde. El sol daba de plano, pero en la foto no parecía que hiciera mucho calor. Un eslógan mandaba en la escena: “Hora punta en Portugal”. Quienquiera que fuera el publicista, acertó con nuestros gustos de lleno. No sé cómo, pero logramos averiguar que el pueblo era Óbidos.

Características casas y tejados.

Características casas y tejados, y la muralla al fondo.

La unidad arquitectónica del casco amurallado.

La unidad arquitectónica del casco amurallado.

Hace muchos años. El camino fue arduo, en coche desde Cádiz, por carreteras más que secundarias, bastante antes de la era de las autovías en Portugal. Horas, horas y horas. Llegamos casi de noche, pero llegamos. Teníamos que llegar a Óbidos. Asombro perfecto de muralla circundando, adoquines, castillo, casas coloreadas, añil y faroles en las esquinas.

Los típicos zocos azules y el empedrado de las calles.

Los típicos zócalos azules y el empedrado de las calles.

Es un pueblecito bastante al norte de Lisboa, a la altura de Peniche, un poco antes del Nazaré de la playa enorme y los mariscos. Semana Santa a la portuguesa que es como decir turismo de invierno. Llovía a ratos. Nos alojamos en el Estalagem do Convento, un sitio encantador. Y luego cenamos en la Pousada un bacalhau dourada, creo ¿Cuántos años hace, hombre? Quizá alrededor de veinte. Fuu!

Penélope, siempre a juego con la belleza.

Penélope, siempre a juego con la belleza.

Ahora es mucho más fácil llegar, la autovía que va al norte pasa junto a Óbidos. Tampoco las horas punta en Portugal son tan tranquilas como entonces. Son unas seis horas de camino desde Cádiz, entrando por Ayamonte y bordeando Lisboa. Pero si no tenéis prisa y queréis pasar por el Alentejo, dormir en Évora, por ejemplo, es un plan mucho mejor. Y cerca de Óbidos está el increíble monasterio de Batalha, un prodigio de ornamentación manuelina que da para otra entrada.

Una calle como la del anuncio, pero sin hombre ni bicicleta.

Una calle como la del anuncio, pero sin hombre ni bicicleta.

Vegetación urbana.

Vegetación urbana.

El tiempo gris suaviza los colores.

El tiempo gris suaviza los colores.

Óbidos no se olvida. Volvimos años después, también en invierno y con frío, pero al día siguiente lucía el sol, todo estaba más limpio y pintado, con más turistas, y los colores eran más vivos. Tan hermoso Óbidos, quizá el pueblo portugués perfecto, con permiso de Monsaraz, Marvao y Sintra.

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