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Bañados en ocre

Ulyfox | 31 de agosto de 2018 a las 14:31

El acantlado de ocre de Roussillon.

El acantlado de ocre de Roussillon.

El ocre es un color, eso lo sabe todo el mundo. El ocre es también un paisaje, y no sólo sobre un lienzo. En ocre también se puede bañar uno si visita ciertos pueblos de Provenza y pasea ciertos senderos hasta acabar, si uno no anda listo, teñido en ese tono amarillento y rojizo a la vez, llamémosle carmesí. Puede llegar a ser incluso un medio de vida para comunidades enteras. Es un mundo, pequeñito pero singular, que se puede resumir en unas cuantas calles de un casco antiguo: el del pueblo de Roussillon.

 

El pueblo de Ruossillon, desde sus exteriores.

El pueblo de Ruossillon, desde sus exteriores, y algunas vistas de sus calles

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Este es un punto rojo en el mapa de Francia que durante muchos años vivió precisamente de la explotación de sus minas de ocre y de su comercialización para ser utilizado en pinturas y cerámicas. Como una mina artística, podríamos decir. Aún hoy, el pueblo aprovecha en buena parte esta estela colorida. En sus afueras se encuentra el Sentier (sendero) des Ocres, con dos recorridos que se pueden hacer en aproximadamente media o una hora y que consisten en un paseo con algunas pendientes y pasarelas entre pinares y castañares, pero sobre todo por paisajes de barrancos que se podrían llamar lunares o marcianos, con el mineral de ocre en la superficie. Un goce sorprendente en el que no dejar de disparar la cámara, sobre todo si el día es soleado y todas las tonalidades del ocre se mezclan como en un cuadro puntillista o impresionista. Mucho cuidado hay que poner en no llevar prendas blancas porque pueden quedar teñidas para siempre.

La combinación de colores en los Ocres de Roussilon.

La combinación de colores en los Ocres de Roussilon.

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Pasear por el sendero es un auténtico baño de color.

Pasear por el sendero es un auténtico baño de color.

Mucho más ordenada es la paleta en el caserío de Roussillon. Allí, una normativa municipal obliga a los vecinos a pintar sus fachadas en cualquiera de las aproximadamente 40 tonalidades del ocre. La imagen del conjunto es hermosa, incluso aumentada si la lluvia o el sol degradan de manera natural los colores de las casas. Por eso andar por las calles es una sorpresa en cada esquina. Al final del pueblo, un poco antes del sendero se encuentra el Conservatoire des Ocres et de la Couleur, que no es más que un centro y taller artístico en donde además el visitante puede aprenderlo todo sobre el ocre, su historia y sus aplicaciones.

Un recuerdo impresionista e imborrable.

Un recuerdo impresionista e imborrable.

Roussillon se encuentra en la comarca de los pueblos de montaña del Luberon, y muy cerca de localidades muy visitadas por sus bellezas, como Gordes y Bonnieux, esa Provenza escondida y alejada, pero no demasiado como para hacerla inaccesible, de imanes turísticos tan importantes como Aviñón y Aix en Provence. Los campos de lavanda florecidos en verano y las viejas abadías románicas y góticas entre colinas verdes aumentan su atractivo. Y el baño de color está asegurado.

 

Arles, para locos y genios

Ulyfox | 11 de abril de 2018 a las 13:54

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Exterior de Las Arenas de Arles, en el centro

Exterior de Las Arenas de Arles, en el centro

“Hemos estado en la Provenza”, es una frase que llevaba tiempo queriendo decir . Y ahora ya puedo, desde no hace mucho, un mes. Todos los nombres evocan cosas, para eso están. El de Provenza nos trae en seguida imágenes de campos de trigo, pueblos de piedra y otros nombres: los de pintores de colores. Uno no puede estar dentro de un cuadro, recorriendo una calle, mirando un sembrado o sentado en un café de los que pintaron hace más de un siglo los impresionistas en Francia. Estaría bien, siempre que pudiera uno salirse cuando quisiera. Pero sin duda, se puede tener una sensación parecida, con la mínima sensibilidad y un poco más de ganas, si uno pasa unos días allí, en el sureste del país vecino, entre las marismas de la Camarga, vigilados por el Mont Ventoux y asomándose al Mediterráneo, si no más azul al menos el más chic.

Vista panorámica de Arlés, con el Ródano al fondo.

Vista panorámica de Arlés, con el Ródano al fondo.

Y el impresionista (y luego postimpresionista, quién puede clasificarlo) más popular, a la vez que quizá el más desgraciado, es sin duda Vincent Van Gogh, ese loco del pelo rojo que imaginamos siempre con el rostro de Kirk Douglas y sobre un fondo amarillo. O bañado en el mismo color. Se puede decir Van Gogh o se puede decir Arles, la pequeña ciudad amurallada en tiempos romanos y tranquila en la que vivió su sueño de crear un taller para artistas; la misma en la que se cortó la oreja tras una discusión con su ya nunca más amigo Gauguin; la misma cuyos rincones y paisajes pintó tantas veces, esa que dejó para morir pocos kilómetros más allá, en un sanatorio de Saint Rémy en Provence.

El café Van Gogh, que pintó en tan famoso cuadro.

El café Van Gogh, que pintó en tan famoso cuadro.

Arles no conserva ni una sola obra de Van Gogh, pero la ciudad se quedó sin duda con su espíritu. O eso es lo que hemos querido ver cuando hemos estado, poco más de un día, al inicio de nuestra gozosa estancia en la región de la lavanda. Arles ha inventado varios frascos para guardar ese aire de Vincent. El más turístico es el café Van Gogh, en la preciosa plaza del Forum, que recrea la fachada amarilla de su famoso cuadro Café de noche. Pero los hay mucho más evocadores, como el paseo arbolado del Jardin d’Eté o la avenida de tumbas de la necrópolis de Alyscamps, o ese puente levadizo sobre un canal a las afueras. En esos sitios se han colocado reproducciones de los cuadros pintados por el pintor holandés in situ, para que podamos comparar, si nos da la gana.

Una calle de Arles.

Una calle de Arles.

El paseo funerario de los Alyscamps.

El paseo funerario de los Alyscamps.

A la memoria de uno de los artistas más grandes de la modernidad y como continuación de su intención de favorecer a los artistas principiantes se creó la Fundación Van Gogh, que alberga exposiciones temporales y siempre una obra del genial pintor que no vendió nada más que un cuadro en vida. Nosotros pudimos ver un paisaje y una carta original que escribió a Gauguin, para invitarlo a venir a lo que él quería que fuera un hogar de creación, allí en Arles.

Ante la Fundación Vang Gogh en Arles.

Ante la Fundación Vang Gogh en Arles.

Muchos siglos antes de esta explosión artística de efecto retardado provocada por un solo hombre genial e incomprendido, los romanos ya sabían que Arles y toda la zona tenían algo especial. No en vano fundaron allí su primera provincia (de ahí el nombre de Provenza) y la llenaron de ciudades, de templos, de teatros, de calzadas. El mejor testimonio es el impresionante anfiteatro que ahora se alza maravillosamente conservado en el centro de Arles, y que en estos días alberga además la primera de sus ferias taurinas, como una plaza de toros antiquísima. También hay un teatro, peor conservado y unos misteriosos criptopórticos, debajo de la plaza del Forum.

Claustro de Saint-Trophime.

Claustro de Saint-Trophime.

 

Pórtico de Saint-Trophime

Pórtico de Saint-Trophime

Los siglos no abandonaron a la pequeña ciudad, y la Edad Media dejó tesoros como la iglesia de Saint-Trophime, de espectacular pórtico principal y conmovedor claustro románico-gótico. Y está ese aire elegante y tranquilo que tienen tantas ciudades francesas…

La galería de Les Arenes.

La galería de Les Arenes.

Inerior del anfiteatro, preparado para la Feria taurina.

Inerior del anfiteatro, preparado para la Feria taurina.

En estos días, además, la primavera ya pinta de Van Gogh los campos cercanos, haciendo amarillear los trigales y provocando esas noches en las que el artista hacía bailar a las estrellas en círculos locos con los cipreses. Yo ya lo he visto.

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