Archivos para el tag ‘san fernando’

Hacerse a la mar

Ulyfox | 12 de mayo de 2012 a las 1:35

Barcas en el caño y en el Club Puente de Hierro, y el Juan Sebastián de Elcano en La Carraca, San Fernando

Parece mentira. Tanta agua como nos rodea en Cádiz y la Bahía, y la mayoría de las veces sólo miramos al mar cuando entramos a bañarnos. A lo mejor es que aquí el mar es demasiado grande, un gigante que infunde mucho respeto. Miras y ves solo mar, y sabes que más allá de donde cae el horizonte sigue siendo azul líquido. Ni se adivina donde puede haber un trozo sólido. Si acaso, y afortunadamente, entre los caños de las salinas están surgiendo pequeños puertos, más bien clubes. Pasa en San Fernando, en el Puente de Hierro, en el clásico renovado Gallineras, ahora en La Casería. Pero en otras tierras, el panorama de enfrente está salpicado o interrumpido por salientes del fondo marino, islas, cabos, calas, penínsulas, islotes, radas que recortan o interrumpen la visión. En esos lugares privilegiados, cuando te tumbas en la hamaca o tomas algo en el bar, allá a lo lejos se dibuja durante el día una silueta inmóvil que primero es marrón, luego verde y luego azul violeta, un destino, una parada cercana tras el brazo de mar. Son los archipiélagos que te llaman. Por eso en esos lugares, en las islas griegas o croatas, o en la recortada costa turca, o en las Baleares, o en las grandes islas italianas, son tan populares los barcos de recreo que ahora fondean ante una playa, y después se refugian en una ensenada y terminan amarrando en un puerto ante la taberna: porque todo, incluido otro mundo, está a un paseo en barco.

Penélope, en el puerto de Agnondas, Skópelos, en el archipiélago griego de las Espóradas.

De estas embarcaciones son especialmente bellas las goletas, sobre todo las turcas con sus cuidadas y brillantes popas de madera. Y existe una amplia oferta de viajes en grupo para una semana. Y suena tan atractivo. Se puede calcular unos mil euros por personas como media con todo incluido. No hemos vivido esa experiencia, pero disfrutarla por la costa azul turca nos hace soñar. Me ha llegado esta oferta por Sicilia y os la expongo:

http://www.topsailingcharter.com/embarcacion.php?idioma=ESP&em=3644

Pero si queréis probar en otros países del Mediterráneo (y yo probaría con Turquía, su costa licia, desde Mármaris hasta Antalya, o con las Espóradas), no tenéis más que rellenar las casillas e ir viendo precios. Eso sí, os tenéis que juntar con gente que aguante la convivencia. No está permitido tirar a nadie por la borda.

Pueblo y puerto en la isla de Procida, frente a Nápoles.

Mensaje en una botella

Ulyfox | 6 de mayo de 2012 a las 1:30

El libro del Mani ya está en el equipaje de los preparativos para el viaje a Creta.

En la era digital, de los wasap y los sms, lo que mejor funciona es lo de siempre: un mensaje en una botella. Ese sí es un link misterioso a lo desconocido y prometedor. Nuestro amigo viajero Avenger lanzó una desde Creta hace unos meses, aunque él le ayudó en el empujoncito. Pero la botella ya venía desde Santorini. Con su ayuda voló hasta Cádiz y desde Cádiz a San Fernando, a una casa cerca de la playa de La Casería. El mensaje de amistad que ese envase de vidrio tenía dentro fue bebido hoy mismo en el merendero La Corchuela. Su dueño, Muriel, con la intervención de Ortiz, el mejor camarero del mundo según Lobeli, la acogió desde nuestras manos y la llevó amablemente al congelador para darle el punto justo de frío. Ricardo y Encarna, surgidos de la nada y amigos desde ya por el afán viajero y la pasión de contarlo, fueron los compañeros de degustación, entre almendritas, coquinas, croquetas y gambas.

Y qué gusto leer el generoso mensaje de uva de Avenger, fresquito, mientras alrededor la música de la conversación sonaba a Creta, a Paxos, a Corfú, a Rodas, a Chalki, a las Espóradas… con unas improvisaciones sobre Croacia, Cuba, Birmania, la India y Jordania. A veces no hace falta salir para dar la vuelta al mundo.

Ricardo y Encarna querían información, tal vez asesoramiento, y charla sobre un gustoso dilema: a la hora de su próximo viaje a Grecia, en julio, debían elegir entre Creta y un combinado Rodas-Halki, y nos concedieron el honor de tener voz y voto en esa decisón. Pero, además de ganas, venían cargados de presentes: numerosas revistas sobre Creta y el Dodecaneso, un recuerdo de Santorini en forma de mapa (con Il Cantuccio señalado), folletos de sus hoteles vividos… y un libro, hermoso ya desde la portada y el título: Mani, viaje por el sur del Peloponeso, de Patrick Leigh Fermor, un inglés aventurero y guerrillero en Creta, afincado para siempre en esa región continental de Grecia, un regalo que por ser libro y venir desde el mejor de los deseos, queda siempre en mi corazón. Una ofrenda que empezaré a leer ya, en cuanto ponga el punto final a esta entrada. Mani es una región remota, salvaje, casi rebeldemente espiritual de Grecia, que hasta ahora no hemos visitado, y que creo que después de esta lectura nos atraerá irremediablemente, no permitirá que desistamos de nuevo.

Como si fuera una afortunada y engordante bola de buen deseo, como la piedra que algunas veces lanzamos al lago y ondea su corriente concéntrica, unas palabras escritas en este blog sin ánimo de lucro, para nuestro disfrute, terminan volteando, retornando en forma de amistosas, desinteresadas dádivas. Unas líneas sobre Grecia, el país más desacreditado, alcanzan con su onda al receptor adecuado. Y ese amor a una tierra se ve correspondido por un hermoso lapso de cinco horas a la manera mediterránea: vino, libros, abrazos, palabras, sonrisas. Cómo no estar ilimitadamente, helénicamente agradecido. Cómo no creer en los dioses, si dos almas que cayeron rendidas ante la Puerta de los Leones de Micenas se encuentran inesperadamente en un bar de una modesta playa de bario para confesarse que en aquel lejano día se reencontraron con sus espíritus, frente a la muralla ciclópea. José Antonio y Moni, Ricardo y Encarna, entrenadores de viaje, prologuistas morales de guías: mensaje recibido.

Vivimos tan cerca del centro del mundo

Ulyfox | 26 de febrero de 2012 a las 2:52

El Real Observatorio de la Armada, en San Fernando.

 

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que este trozo de tierra tan pequeño en el que vivimos no era lo que muchos llamarían el culo del mundo, sino más bien el centro y medida de él, por lo menos de buena parte de él. Fue el Meridiano de Cádiz  y poco después el de San Fernando el que marcó las referencias para todas las cartas náuticas de España y América en casi todo el siglo XIX. Este enlace lo explica mucho mejor de lo que yo podría: http://druta.wordpress.com/2009/08/20/el-meridiano-de-cadiz/.

Yo sólo quería contar que hace unos días estuve en el centro del mundo, en el Real Observatorio de la Armada. Durante un rato, gracias a las explicaciones de su director, el isleño Fernando Belizón, pude comprender algunas de las razones por las que al salir contabilicé que había estado con él algo más de dos horas. Ahí, en un lateral del Observatorio, una hendidura en la fachada con una gran cortina metálica que se abre, está el Meridiano de San Fernando. En otro tiempo, el telescopio meridiano que solo se mueve de norte a sur, seguía el paso de los astros. Desde ahí, ahora, se marca la hora de España, la oficial, la buena, la que le garantiza a usted, por ejemplo, que el reloj de un parking no le hace pagar de más. En un cuarto están los relojes atómicos, una habitación que podría pasar por el almacén de un servicio técnico de reparaciones, pero desde la que se dirige el ritmo del país.

El Meridiano es ese lienzo de pared blanca vertical a la izquierda de la fachada.

Y allí también hay relojes que funcionan de manera exacta desde el siglo XVIII, que ya no son patrón de nada, pero sin embargo trabajan incansablemente como si creyeran que su misión de péndulo no debe acabar nunca. Algunos son artefactos de forma extraña y bellísima. “La historia de la medida del tiempo está toda aquí” me dijo Fernando Belizón mientras visitábamos el bello edificio y su emocionante contenido, su impresionante biblioteca histórica con primeras ediciones de Ptolomeos, Copérnicos y Newtons, y por las puertas se asomaban los sabios que allí trabajan para saludar, las mismas puertas que guardan el aire que dejaron a su paso Jorge Juan, Malaspina o Celestino Mutis. Estos sabios de ahora han adquirido su sabiduría, admirada y respetada en todo el mundo, en San Fernando, quién lo diría, una ciudad que señala la hora a España, y que, sin embargo, parece estar perdiendo todos los trenes.

El capitán de navío Fernando Belizón, en el laboratorio del tiempo.

Lo bueno, bueno, es que esto lo puede conocer todo el mundo, que se puede visitar, que el hermoso patrimonio que alberga el Observatorio, ese edificio neoclásico que se puede ver desde toda la Bahía, está a disposición de todos. Las visitas son con cita previa, entre semana y por la mañana, llamando al 956 599 367. Si tenéis suerte, el sabio amable que es Fernando Belizón será vuestro cicerone en ese paseo por el tiempo. Hacedlo y disfrutaréis. No perderéis el tiempo. Naturalmente, también tiene página web: http://www.armada.mde.es/ArmadaPortal/page/Portal/ArmadaEspannola/ciencia_observatorio/

P.S. Las hermosas fotos que acompañan esta entrada son de mi compañero en el Diario Elías Pimentel.

Un día en la vida de un perro

Ulyfox | 29 de enero de 2012 a las 22:51

Fue un día extraordinario

 

Ha sido un día excitante y extraordinario. Desde por la mañana estaba nervioso, mi olfato detecta cosas que no se imagina mi amo, que se hace llamar Ulyfox. Por eso, aunque él se molestaba en gritarme que me callara, yo no podía dejar de gemir, de ladrar y de reclamar que me abriese la puerta de la terraza, la del patio, la ventana del salón. Le vi ceder como siempre, y levantarse de su sueño de día libre para acceder a todas mis peticiones, casi sonámbulo, con ese andar cansino con que se despiertan los humanos, tan distinto del mío, de orejas levantadas y cola basculante. Yo ya tenía un plan, y no me importaba que sospechara de mi nerviosismo, porque él ni siquiera sabía lo que debía sospechar.

Vista de la Bahía desde la playa de La Casería

Entonces, claro, salimos como todos los días, de camino al solar baldío, lleno de escombros y chatarra de la antigua fábrica de San Carlos, en el que extrañamente sobreviven con buena salud algunos olivos, se aprovechan los eucaliptos, moribundean naranjos y las palmeras son machacadas por el picudo rojo, ese animal mucho más pequeño que yo pero más dañino. En ese lugar poco frecuentado mi amo me deja una relativa libertad, corro, salto, persigo conejos (conejos en los restos de una fábrica) y afronto erizos. Pero hoy  mi olfato me pedía algo más, allá lejos, en la playa de fondos fangosos y aguas limosas. Sé que soy libre, sé que no debo atender las llamadas ni los silbidos cuando ese olor llega a mis finísimas narices. Desaparezco entre los matorrales, él no puede siguiera seguir o intuir por dónde voy a huir, en pocos segundos estoy en otro lugar, y no puedo suponer que mi amo ya empieza a preocuparse y a dar vueltas por el destartalado solar fabril, lleno de agujeros peligrosos, sótanos insospechados y boquetes hechos por los buscadores de chatarra, como miles de trampas para perros.

El antiguo muelle de la Fábrica San Carlos, en una tarde brumosa.

Me pierdo entre sensaciones: una hembra de mi especie anda buscando compañía y yo estoy seguro de que mi nombre, Aquiles, y mi planta bastan para impresionarla e imponerse a los rivales. Paso lo que los humanos llamarían horas en estas tareas felices, placenteras y despreocupadas, en lugares por los que siempre he paseado amarrado mientras mi amo Ulyfox tomaba fotos con su móvil de los atardeceres en la playa de La Casería, o los acompañaba a él y Penélope, mientras ellos almorzaban en el Muriel, junto al Bartolo. Cuando tras la escapada le veo aparecer, con andar cansino y sin creer que me ha recuperado, y oigo su llamada, entonces levanto mi cabeza y mi rabo y corro de una manera feliz a su encuentro, pero a él no lo hallo igual de alegre, sino más bien enfadado, no sé, como si hubiera pasado una mañana de viernes preocupado. No quiero ni pensar que haya estado llorando por mí, tal vez imaginándome atrapado o mal herido en uno de esos agujeros. Me ata rápidamente con su correa y volvemos hacia casa, yo girando constantemente la cabeza hacia mi paraíso momentáneo, extraordinario y excitante.

El Bartolo, compañero del Muriel, para comer en la playita sobre el agua.

 
Yo sólo sé que el resto del día lo paso envuelto en un agradable cansancio en ese sofá que permito de vez en cuando compartir a mis amos. Sospecho que durante unos días no voy a pasear sin correa. Bueno, es igual, no son malos dueños.

Nosotros como destino

Ulyfox | 20 de noviembre de 2011 a las 3:08

Un puñado de atractivos turísticos, poco antes de ser comidos.

Claro, claro, no sólo los demás son dignos de conocer. No sólo lo forastero es atractivo. Estamos nosotros, esta tierra, como destino. Sostengo desde hace tiempo que cultivar lo más nuestro, lo más inimitable, lo más íntimo de nuestro ser es lo único que nos puede hacer universales. A través de las costumbres, de la cultura más propia, de los productos más personales nos conectamos con los otros. No sé, un ejemplo, o varios: lo exclusivamente norteamericano del jazz  y el rock es lo que los hace compartibles por todos; la gitanidad irrebatablemente andaluza del flamenco lo hace entendible por un japonés; el carácter mediterráneamente griego de la filosofía la convierte en la base de la cultura occidental y, si me apuran, mundial. Porque cuando los de fuera vengan a visitarnos buscarán lo que no puedan encontrar en ningún otro lugar, y, al disfrutarlo, se sentirán partícipes de una sola humanidad. Así de sencillo. Y si no lo parece, es porque yo no he sabido explicarlo.

Vale, viene todo esto a cuento de una mañana de mercado que he podido tener, y de las que tanto disfruto. En realidad, una horita de puestos y compras en la Plaza Central de San Fernando, sólo un rato para apreciar lo bueno que puede tener esta tierra, y lo poco que lo aprovechamos, si es que no estamos dejando que definitivamente se pierda. Comprar ese exquisito pescado de estero: lenguados sucu-lentamente grasos y anguilas (me gusta más la variación lingüística isleña: anguilla) sabrosas. Caer en el anzuelo del grito oído al pasar: “¡Chicharrones de Chiclana, calentitos, que acaban de llegar!” Pan de Benalup, tagarninas… dejarse llevar por la temporada otoñal. ¡Aceitunas del tiempo, apenas abiertas y aliñadas, brillantes! ¡Aceitunas verdiales, afrutadas!

Lenguados y anguillas de los esteros de La Isla, salados con su sal.

Me imaginé todo esto como un atractivo turístico extraordinario, recordé cuántos mercados de productos hemos visto en España y el extranjero en nuestros viajes, mercados callejeros que no sienten la necesidad de disfrazarse de andalusíes o de doceañistas, mercados semanales pulcros y artesanos, tradicionales y civilizados. Y las plazas, aquí, se mueren, devoradas por el centro comercial y por las prisas sin destino de la comida precocinada. Cercadas por la comodidad del alimento envasado, se asfixian. Hagámosle el boca a boca, sigamos el ejemplo de fuera, de donde nos han venido tantas cosas buenas.

Por nuestra parte, hemos dispuesto en la cocina casi como un ritual los mandados adquiridos en nuestra querida plaza de la infancia, esa de allí arriba de la cuestecilla de la Cárcel, tras el Ayuntamiento, y los hemos adorado como conviene. El pescado de los esteros envolventes de la Isla, apropiadamente sazonado con la sal de nuestras salinas (sal de hielo para pescados, aromatizada con salicornia y vino fino, producto exquisito de la Salina SanVicente de mi pueblo) y posteriormente enharinado, las aceitunas de acompañamiento, los chicharrones de aperitivo. Todos nosotros felices, incluido Aquiles, nervioso por los olores y desmintiendo a todos los veterinarios, dispuesto a demostrarles con sus peticionarios ladridos que, se pongan como se pongan, no es lo mismo el pienso para perros que un chicharrón de Chiclana.

De repente, una tarde

Ulyfox | 27 de marzo de 2011 a las 19:06

El antiguo y abandonado muelle de la Fábrica San Carlos, en La Casería

El antiguo y abandonado muelle de la Fábrica San Carlos, en La Casería

La belleza tiene vida, designios y voluntad propias. Debe de ser por eso por lo que aparece donde quiere y cuando quiere. La primavera se lo pone más fácil, de acuerdo. Por eso en esta época conviene andarse una mijita atentos en el camino hacia el trabajo, o en el trayecto a la compra, en la caminata matutina por la Ruta del Colesterol o en el que podría ser rutinario paseo al perro. La belleza espera agazapada en múltiples formas o te estalla ante los ojos, no se sabe.
A mí me pasó ayer, sí, paseando a Aquiles. Debéis saber que el nombre de nuestro perro se debe a una confusión de mi Pe, que en realidad quiso llamarle Ulises pero tuvo un lapsus que, de haberla tenido aquella Penélope de Itaca, habría dado lugar a unos capítulos muy diferentes en la Iliada y por supuesto en la Odisea. Se le quedó Aquiles, que resultó al final un nombre más apropiado para sus pies ligeros. Paseábamos, lo hacemos siempre, por el solar de la antigua Fábrica de San Carlos, un lamentable resto de lo que fue una factoría señera, ahora un abandonado campo de encuentros raros tal vez amorosos, paseantes de animales, vertedores ilegales de escombros y basuras, y cazadores furtivos de pajaritos. Pero ahora los olvidados árboles que antes cuidaba el jardinero recuerdan su vida propia, y florecen entre los escasos restos industriales que han dejado los chatarreros y las vallas caídas. Y los abejorros zumban, y los pájaros de decenas de especies insospechadas los persiguen, y las cigüeñas que anidan en las torretas eléctricas roban para sus nidos las ramas que el levante derribó.
No son nenúfares ni las Nimpheas de Monet, aparecieron en el paseo.

No son nenúfares ni las Nimpheas de Monet, aparecieron en el paseo.

Nuestro paseo humano-animal se alarga, en mis días libres, por más vestigios de lo que fue un San Fernando esplendoroso, y rodeo restos militares, instalaciones aún en uso pero descuidadas, herrumbrosas, ajadas por falta de atención. Enormes charcos a lo largo de la cerca no se han secado y de este caldo de cultivo han nacido plantas, hierbas, juncos y ¡milagro! flores acuáticas, sorpresitas blancas con el centro amarillo que me apresuro a captar con la cámara temblorosa de mi móvil y semejan en su detalle las Nimpheas de Monet. Al volver la esquina derruida del antiguo cementerio inglés, ya pisando suelo de margaritas entalladas, es el momento del estallido: el sol se pone sobre la Bahía recortando el contraluz de un desvencijado muelle me temo que condenado a morir, si este pueblo suicida no recupera la cordura.
De repente, una tarde, la belleza se apareció entre la ruina de un barrio. No hay pistas en esta entrada turística sobre cómo llegar, dónde pernoctar o dónde comer. Sólo recuerdos, y algo de rabia. Pero la belleza está, tal vez, esperando que alguien la rescate. 

Una cueva cálida

Ulyfox | 6 de diciembre de 2010 a las 23:29

La fortuna ha guiado nuestros pasos mejor de lo que acertáramos a desear, como le dijo Don Quijote a Sancho. He descubierto una cueva en San Fernando, y no os puedo decir dónde está ni enseñaros fotos. Es una doble cúpula de ladrillo dieciochesco, soportada por ocho pilares que a la vez aguantan todo el peso de una casa de aquella época. Sus propietarios la descubrieron en el subsuelo cuando compraron la finca y empezaron las obras de arreglo: toparon con la cúpula. Era un aljibe, es decir un depósito de agua recogida de la lluvia. Surtía del necesario elemento a la casa, y ahora, tras el arreglo, es una estancia amplia, a la que se accede desde el patio por una moderna escalera. Conserva los ladrillos originales, con una fecha que tal vez escribieron con lápiz los albañiles que lo hicieron en el año que la acabaron: 1789, el año de la Revolución francesa, y que encierra un espacio mágico, propicio para bodega, salón de tertulia y hasta de conspiraciones. La fecha dejada para la posteridad da para pensar, imaginar y evocar cómo sería la vida en la Isla en aquella época de la que ahora andamos celebrando efemérides.

Sensibles como son, los dueños decidieron pasar al estado de felices poseedores de una joya heredera de la cisterna romana y el aljibe árabe. Y decidieron conservarlo y restaurarlo. El espacio era único, pero el vino, el picoteo, la charla amistosa y tolerante, a ratos indignada, a muchos ratos divertida, bajo la cúpula de ladrillo, como a salvo del exterior, lo dotó la otra noche de una intimidad inesperada entre quienes entramos a esa cápsula poco más que conocidos y colaboradores, y salimos amigos. Nos pusimos estupendos, hay que reconocerlo, y corrió un estupendo oloroso, seguido por un vino nobile de Montepulciano y un Bergerac. Daba gusto oír comentarios inteligentes y cultos, chistes divertidos y risas desinhibidas. Y no todo era atribuible al vino.

No os puedo decir dónde está, lo siento, y tengo fotos pero no las puedo mostrar. Sólo desearos que tengáis una suerte parecida a la que tuvimos nosotros la otra noche. Y os mostraréis agradecidos como nosotros.

Etiquetas:

Territorio húmedo de la infancia

Ulyfox | 30 de noviembre de 2010 a las 2:58

El caño del Zaporito, marea baja

El caño del Zaporito, marea baja

Es el caño del Zaporito. Nombre mítico de mi infancia, caminos húmedos por los esteros de la Isla. Cueto un paseo reciente, inesperado, inopinado, después de años y años. Y años. Tenía un rato largo de espera para una gestión y nada mejor que hacer. Y llevaba el móvil con su cámara. Decidí acercarme a los territorios de mi infancia. Si están ahí mismo. Casi nada queda pero queda todo. Desaparecieron tragados por el tiempo los barcos de madera pintados de negro que traían arena y sal a este muelle recorriendo las calles de agua verde y turbia, con la marea alta y apenas a cien metros de distancia del Ayuntamiento isleño. El fango engulló los esqueletos de las barcazas, abandonadas. La inconsciencia de generaciones sepultó el muelle de piedra ostionera, ocultó los arcos del molino de mareas, que ahora se están intentando recuperar. La sitirilla (¿qué palabra era esta que usábamos de niños para designar el estrecho pasadizo sobre el molino, junto al agua? Quizá fuera citarilla) era salvada con miedo cuando éramos chicos, al otro lado estaban los esteros de muros anchos y por donde corretear, al fondo las pirámides de sal que se perdían hasta Chiclana. Ya no.

Limo y fango en el caño prohibido de mi infancia

Limo y fango en el caño prohibido de mi infancia

En esos lugares me hundí un día muerto de miedo en el fango, en el mismo Zaporito se cayó otro día mi hermano, en el caño de La Baera (supongamos que se escribe así, quizá fuera Vadera) me amenazaba en broma pero en serio mi padre con vencer mi miedo a nadar arrojándome al agua sin contemplaciones amarrado a una soga. Trepando a una barcaza corroída y anclada en el fango me corté con algo y sangré por un dedo hasta desmayarme. Y alguna vez intenté coger camarones o cangrejos con la camaronera. Era un negado. En el recuerdo engrandecí este lugar. Seguramente no jugué tanto entre sus piezas de agua, ni salté tantas veces las compuertas como aquellos otros niños más heroicos y gamberros. Las advertencias de mi padre eran muy severas, y una de esas veces nos sorprendió andando sobre tubos de desagües muy poco recomendables. El castigo fue ejemplar. Era un lugar que fue grandioso y luego asqueroso. Ahora está donde estaba, y San Fernando ni lo reconoce, por más que junto a él se hayan construido hermosos e invitantes senderos. Pero yo fui ese día, gris y levemente lluvioso, me adentré sólo un poco y respiré a la vez que me lamenté. Tanto pasado y tanto futuro para un presente incierto, tanta belleza reconocible.

El Zaporito está bajando la calle Dolores frente al Ayuntamiento de San Fernando. La conozco bien. De vez en cuando me paseo por ella, y creo que aún queda gente de cuando vivíamos entre un patio de esa calle y una accesoria en el callejón de Lista. El paseo del que hablo tiene un nombre oficial. Se llama Sendero del Carrascón, y en esta dirección podéis encontrar más información:

 http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=546193

Lo que no hallaréis será la crónica sentimental que yo llevo.

Etiquetas: ,

En mi pueblo

Ulyfox | 17 de junio de 2010 a las 1:20

SALINA SAN VICENTE

Esta mañana he estado en una salina, la última que queda en San Fernando, la capital mundial de la sal no hace tanto tiempo. Y en poco más de unos minutos vi resumida la verdad de mi pueblo: el testimonio de la decadencia y la esperanza levísima de su resurgir. En la Salina San Vicente, un hombre, Manuel Ruiz Coto, y sus hijos luchan por evitar la muerte de una industria artesana enraizada en la zona, pero de la que prácticamente no quedan vestigios más que en las coplas, las buenas y las malas. En una orilla del caño Sancti Petri yacían los restos de tres embarcaciones de madera: un remolcador y dos barcazas usadas hace décadas para transportar la sal. Las mismas naves, ya míticas en el territorio de mis recuerdos, que gobernadas por Manolo Ruiz surcaron tantas veces el laberinto de caños que la Bahía de Cádiz. El remolcador aún puede ser restaurado. Los otros dos son poco más que esqueletos de grandes cetáceos, casi hechos una sola materia con el fango gris oscuro del fondo del caño. No es que se hayan hundido, es que los ha atacado una especie de polilla que vive en el agua y que los descompone: se están incorporando a la arcilla. El remolcador se salva aún porque permanece varado en tierra y raras veces lo alcanza la marea. Quizá sirva de pieza de museo algún día, del museo de lo ido (perdido, olvido, despido, corrompido, malentendido), pero nunca más para el antiguo arte de transportar la sal a ritmo lento, desplazando pequeñas ondas de agua oscura hasta los muros salineros. La foto dolida que cuenta esto mismo la hizo Rioja, el fotógrafo más isleño, todo amor por su pueblo.

A todo ese olvido la familia Ruiz se ha opuesto, como una palmera solitaria en un gran desierto de desidia. Y quieren seguir produciendo y producen sal artesana, natural, sin lavado, sin añadidos, esa que yo robaba del salero y con la que me untaba los labios para sentir su choque contra el paladar cuando mi madre no me veía “niño, que eso es malo”, pero a mí me gustaba. Y como el empeño, luchar contra los tiempos, es grande, los Ruiz se ayudan con otras cosas. Y ya han logrado introducir la Flor de Sal, ese producto delicado para salar dulcemente, en numerosos países. Y la salina se puede visitar, y se pueden hacer celebraciones de todo tipo, y degustar el singular pescado de estero, y saber todo lo que se puede-debe saber sobre el proceso de producción del mineral comestible, la extracción más antigua, la más isleña. Para que no se pierda, para que la Isla no lo pierda todo. Vean esta página:  http://www.salinasanvicente.es/ Si van a la salina, cerca del Puente de Hierro y frente a la Barriada Bazán, pueden pensar que es un viaje cortito en el espacio, pero Manolo Ruiz les llevará hasta el Plioceno y les guiará de regreso con sus explicaciones sencillas, amables y enamoradas de su antigua profesión. ¡Somos tan ignorantes!  ‘Salinero’ es algo más que una evocación de una feria de verano. Y si quieren conocer y adquirir la Flor de Sal, esta es su dirección http://www.cosasdecome.es/ . Como no cobro nada, me tomo la libertad de recomendárselo. Y que les aproveche en la boca, en el corazón y en el alma. Estarán alimentando, además, la esperanza.

Tendría que salir toda la familia, pero de momento sólo tengo la foto de Manuel Ruiz, en su terreno:

Manolo Ruiz, el hombre en su territorio

Manolo Ruiz, el hombre en su territorio