Archivos para el tag ‘Toscana’

Cuando no luce el sol

Ulyfox | 17 de agosto de 2013 a las 19:33

Tejados de Capoliveri.

Tejados de Capoliveri.

A veces, en los lugares turísticos hace mal tiempo, o no tan bueno como para que el visitante normal se sienta obligado a ir a la playa. Sí, sí, aunque nos parezca mentira, en las islas mediterráneas puede hacer un viento desagradable al caer la tarde, o por la mañana, aunque estemos a finales de junio y el cuerpo pida ya dejar su blancura invernal y empezar a tomar color. Entonces, en esos días, los turistas normales se acuerdan de que todas las islas, además de costa con arena y sombrillas, tienen un interior, y que normalmente suele estar habitado, y tiene historias, y monumentos y casas y museos y restaurantes y todo lo demás. No podemos ir a la playa, vayamos de visita.

Un rincón de Capoliveri

Un rincón de Capoliveri

En Elba nos ocurrió. Veíamos desde el coche las cristalinas calas y los arenales blancos, pero las nubes ocultaban alternativamente la luz. Acarreamos cada día con los bañadores y no los estrenamos. Uno de esos días decidimos visitar un pueblo del interior, Capoliveri, figurante en todas las guías, allá en lo alto, intacto de urbanizaciones. Llegamos y era bonito, con zona peatonal, miradores, casas con arcos, calles en cuesta pintadas en colores toscanos o despintadas, una larga y curva vía principal que dirigía al mirador, pero las nubes seguían yendo y viniendo, y los turistas paseando. Tejados a dos aguas sobre el promontorio y el mar al fondo por un lado, el valle por el otro. Buen consuelo para otro día más sin playa.

Un alto en la visita.

Un alto en la visita.

Y otra vez a andar...

Y otra vez a andar…

La isla de Elba fue el único lugar nuevo que visitamos en nuestro último viaje en junio. Queríamos que Pepa los conociera y a la vez volver a disfrutar con lo conocido. Elba fue un descubrimiento, nuevo y reconocible a la vez, en Capoliveri, en Porto Azzurro, en Marciana Marina, en Marina del Campo, en Portoferraio…

Imagen de Porto Azzurro a la hora de la siesta.

Imagen de Porto Azzurro a la hora de la siesta.

 

Una animada calle de Porto Azzurro.

Una animada calle de Porto Azzurro.

 

Puerto y playa de Marina del Campo.

Puerto y playa de Marina del Campo.

 

Un balcón de Marciana Marina.

Un balcón de Marciana Marina.

El rincón completo

El rincón completo

 

 

La tarde en Portoferraio.

La tarde en Portoferraio.

 

Que al atardecer es rosa.

Que al atardecer es rosa.

 

La salida de Elba en ferry. Portoferraio por la ventana.

La salida de Elba en ferry. Portoferraio por la ventana.

 

 

 

 

Napoleón en Elba

Ulyfox | 13 de agosto de 2013 a las 13:41

La entrada a la villa napoleónica en Elba.

La entrada a la villa napoleónica en Elba.

Napoleón Bonaparte es un personaje de tal presencia en la Historia mundial que podríamos decir con San Juan de la Cruz (con perdón por el sacrilegio de usar al más grande poeta de la lengua española) que por los sitios por donde pasó “yéndolos mirando/ con sola su figura/ vestidos los dejó de su hermosura”. Y como su recorrido por el planeta fue tan grande y ancho, muchos lugares en la tierra conservan esa huella. En la misma isla de Creta, tan amada, tan alejada y tan en el centro de todo, hay una de esas huellas, mínima, leve. Está en Ierápetra, el puerto más sureño del territorio europeo, frente al mar de Libia. Allí, en el destrozado centro histórico conviven retales descuidados del pasado turco y bizantino. En una de esas calles, una casa igualmente abandonada es testigo del paso del temible general corso. Nada, ni una placa mísera lo recuerda oficialmente, pero todo el mundo sabe que en ese edificio de dos plantas a punto de caerse, durmió una noche el gran Napoleón, cuando regresaba a Francia después de su gran victoria en la Batalla de las Pirámides, contemplado en su gloria por 50 siglos de historia, como él mismo dijo a sus soldados.

La vista imperial desde la villa, Portoferraio al fondo.

La vista imperial desde la villa, Portoferraio al fondo.

Entonces estaba en el apogeo de su fama, pero la casa que hemos visitado hace poco más de un mes no era esa del medio salvaje sur cretense, sino una mansión con jardín en la apacible (si obviamos a los miles de turistas) isla toscana de Elba. Allí donde pasó poco más de un año de exilio, donde las potencias que le vencieron por primera vez le obligaron a ejercer de rey, como un premio de consolación, demasiado pequeño para el más grande. Napoleón no pudo soportarlo y poco tiempo después escapó, llegó a París aclamado y corrió raudo a su definitiva derrota en las llanuras belgas de Waterloo.

El pequeño emperador no se sintió bien aquí.

El pequeño emperador no se sintió bien aquí.

Pero, genio y figura, en los pocos meses que pasó como pequeño emperador de Elba le dio tiempo a intentar reformar los sistemas agrícolas de la verde isla. Tenía su residencia oficial en Portoferraio, y se construyó una villa en el campo, a unos cuantos kilómetros, donde quizá podía sentirse algo más emperador. No fue posible, aquello no era nada comparado con el gran imperio que soñó y construyó durante algunas décadas, peleando contra todas las monarquías reinantes en la vieja Europa y tal vez convirtiéndose en el más absoluto de los absolutistas que decía combatir.

P1020274

 

P1020275

Cocina, salón y baño, y poco más en la casa de Napoleón.

Cocina, salón y baño, y poco más en la casa de Napoleón.

En la villa campera de Elba, una reja con las águilas napoleónicas precede a una avenida bordeada de cipreses que dirige hacia un pórtico monumental y clásico: primer engaño, en realidad esas columnas, capiteles y frontón fueron construidos bastante después de la estancia del emperador venido a menos, como un homenaje demasiado tardío. La verdadera casa de Napoleón está detrás, subiendo unas escaleras y es en realidad una modesta residencia, eso sí, con una perfecta vista de la capital de la isla, allá a lo lejos. En la galería clásica edificada posteriormente hay una exposición que es en realidad infamante para la memoria del gran general: numerosas caricaturas de la época representan a un emperador de pega dirigiendo un imperio minúsculo a lomos de un burro y comandando a ejércitos de atunes. No extraña que estuviera deseando salir de allí y reivindicar su fama y honor.

La fotógrafa ciega en acción de nuevo.

La fotógrafa ciega en acción de nuevo.

Pero es un encuentro esclarecedor con la Historia, casi una miniatura versallesca en medio de la campiña y a un corto paseo en coche de playas y puertos mediterráneos. La isla explota con sabiduría esta herencia, y bares, calles e incluso una cerveza artesanal llevan un nombre grande como pocos: Napoleón.

El decrépito recuerdo de Napoleón en Ierápetra, Creta.

El decrépito recuerdo de Napoleón en Ierápetra, Creta.

Un pueblo con nombre de canción

Ulyfox | 7 de agosto de 2013 a las 1:14

Porto Azzurro, isla de Elba

Porto Azzurro, isla de Elba

 

Me encanta Azzurro, la evocadora, cautivadora canción de Paolo Conte que hizo famosa Adriano Celentano. Los que me conocen, los que comparten mi lugar de trabajo lo saben. Me pongo pesado con ella, repetitivo, pegadizo. Me rindo ante “il pomeriggio é troppo azzurro e lungo per me…” no me canso de cantarlo. A los becarios les obligo a aprendérsela. No me hacen caso. Paolo Conte la grabó también, y tantos artistas italianos, y hasta la selección italiana la grabó, y Jaime Urrutia hizo una voluntariosa versión en español a la que, para mantener el ritmo y la rima, tituló Absurdo. Los más musiqueros recordarán que era la sintonía de cierre del programa de radio ‘Flor de pasión’. Pues bien, hay un pueblo que lleva su nombre, y está en la isla de Elba, un pueblo con nombre de canción y de lugar de película romántica: Porto Azzurro, Puerto Azul. Existe.

La calle y el mar.

La calle y el mar.

Apacible hora de la siesta

Apacible hora de la siesta

 

Una calle interior de Porto Azzurro.

Una calle interior de Porto Azzurro.

Está en el sur de la isla, en una profunda ensenada, un puerto natural, como tantos lo son en el Mediterráneo. Un pueblo a orilla del mar, pequeño, de colores y vigilado por dos castillos montaña arriba. Pocas casas y muchos restaurantes, fachadas pastel, ventanas verdes y calles peatonales. No hace falta más para sentirse bien mirándolo. Desde la capital de la isla, Portoferraio, hay una distancia en coche de menos de media hora. Tiene barcos deportivos en el puerto, y un entorno verde. Sí, definitivamente no está mal.

La sabiduría italiana de Pepa.

La sabiduría italiana de Pepa.

Pero los horarios nos jugaron una mala pasada a la hora de comer. Tuvimos que conformarnos con unos antipasti y una pizza en un local con personal muy joven y agradable que tenían que cerrar corriendo. Una de ellos era española, de Alicante. Era Erasmus en Florencia y había conocido a su novio, el encargado de la pizzería allí. No sabemos si se llevó los apuntes y los libros a Elba. Fue un buen rato, después de todo. Tras la comida, callejeamos, subimos, bajamos, tomamos un helado y un café. Conocimos Porto Azzurro, supimos que a veces las canciones dan nombre a los pueblos. Y ahora, también para vosotros, una tarea: aprendeos esta canción, y tarareadla, sucumbid a ella como yo hice para siempre, disfrutad de este encantador vídeo de los años 60, pinchad ahí : http://youtu.be/nFgtCWw-abE

El pueblo con nombre de canción existe.

El pueblo con nombre de canción existe.

El embarque para Elba

Ulyfox | 28 de julio de 2013 a las 13:45

Un rincón de la costa en la isla de Elba

Era fin de semana, y todos los italianos del norte parecían querer ir a la isla de Elba, esa en la que reinó durante unos meses el destronado Napoleón, hasta que se fugó para ir directo a su derrota final. Nosotros nos levantamos temprano en Venecia, y en seguida estuvimos en la estación de Santa Luzia, esa que parece una estación normal de trenes cuando llegas a ella, si no fuera porque antes tienes que atravesar buena parte de la laguna por el puente de la Libertá, y sobre todo, porque cuando dejas los andenes con tus maletas y sales al aire libre te encuentras de golpe con un gran canal nervioso de vaporettos, góndolas y embarcaciones de todo tipo, y una multitud de gente que sube y baja de ellos, y empiezas a dibujar con la mirada puentes, cúpulas, columnas y palacios: una llegada espléndida.

Dos hermanas en las alturas de Capoliveri

 

Pues dos días después de esa emocionante llegada estábamos entrando de nuevo en la estación, ahora para dirigirnos a la isla de Elba, nuestra siguiente escala en ese precioso viaje de finales de junio. Tuvimos que cruzar la bota desde el Véneto a la Toscana pasando por la Emilia Romagna. Nuestro destino era Piombino, para embarcar a Elba, con dos trasbordos, un trayecto en autobús y finalmente un ferry. Varias horas de camino que no se nos hicieron largas. Y era fin de semana, y había mucha gente que quería llegar a Portoferraio, la capital de la isla, un pueblo ambientado, amurallado y aun así conquistado por el turismo. Un lugar bonito, muy agradable y con buenos locales para comer.

Verde y azul

 

Si todos los pueblos tienen un color, diríamos que Portoferraio es amarillo, ese amarillo italiano que tiene mil variantes, y ese tono se asoma a un puerto antiguo luminoso con forma de U, las casas formando una muralla y escalando suavemente hacia el castillo. Alrededor, el azul mediterráneo y enfrente, el verde de la arboleda enorme que es esta isla, un trozo de la Toscana en medio del mar. La tarde en que llegamos para nuestra estancia de cuatro días se puso dorada, el agua se calmó y la temperatura refrescó.

Porto Azzurro, en la lejanía y al fondo de su bahía

 

Pero el tiempo no nos quiso acompañar del todo. El bochorno que sufrimos en Verona y Venecia se fue diluyendo conforme nos acercábamos a la costa de la Toscana, y las nubes y el viento fresco hicieron imposible que casi ni pisáramos las hermosas playas de la isla. Ni un baño ni un bañador. Nos importó, pero no mucho. Todos los días echábamos en el maletero del coche los avíos de la playa, por si acaso, pero también la chaquetilla. Usamos más esta última que los primeros. Aprovechamos entonces para recorrer pueblos y puertos coloridos, entre el verde de los montes y el azul del mar: Marina di Campo, Porto Azzurro, Capoliveri, Marciana Marina’, y por supuesto, la mansión en la que vivió el pequeño gigante corso durante unos meses y que, espero, no tardaremos en contar uno por uno si el tiempo, esta vez el cronológico, nos lo permite.

Portoferraio, la capital de Elba, desde el ferry.

Renacimos en Florencia

Ulyfox | 8 de enero de 2012 a las 19:45

Un detalle de la fachada de Santa Maria Novella

Me tengo que armar de arrojo y de todas mis herramientas para adentrarme en el maravilloso empeño de contar Florencia, ansioso ante el reto de relatar con palabras esto. No es solo una ciudad llena de arte. Es el lugar donde nació el Renacimiento, con toda su redundancia, que es como decir que el hombre se alumbró a sí mismo, como si hubiera dicho qué he estado haciendo durante siglos, y se decidiera a redimirse en un derroche de humanismo de tanta época oscura. Con todo lo que ello implica de belleza y a la vez de miserables envidias, intrigas, asesinatos y corrupción. Todo esto, en un conjunto relativamente reducido de calles, esquinas, plazas y cruces.

La impresionante fachada principal del Duomo.

Y estábamos allí. Lo primero, fundamental cuando se trata de pasar varios días en un lugar, es el hotel. Tantas tardes de investigación por parte de Penélope dieron un resultado fantástico: el Hotel Alba Palace (http://www.hotelalbaflorence.com/) a diez minutos andando de todo lo importante y aún más cerca de la estación ferroviaria de Santa María Novella. La habitación triple es estupenda, el desayuno bastante bien servido y todo por un precio más que justo.

La asombrosa cúpula de Bruneleschi sigue maravillando siglos después.

 

Acomodados, nos pareció increíble estar a tan pocos pasos de las obras de arte más maravillosas que ha dado el hombre. Nada más salir del hotel nos topamos con la asombrosamente bella y sencilla fachada de mármol blanco y verde de Santa María Novella, con un gran frontón sobre su parte baja románica. Y dentro: Giotto, Masaccio, Ghirlandaio, Brunelleschi… tantos dejaron su firma en colores y líneas que es como un capítulo entero de la Historia del Arte. La desgracia de los horarios de apertura nos impidió visitar el claustro con los frescos del extraño Paolo Ucello. Sará un’ altra volta!

Hay muchas formas de cruzar el Arno. Por ejemplo, el puente de la Trinitá.

El Duomo, la catedral de Santa María de las Flores se va agrandando al final de la calle, entre la sombra de la mañana, con el Baptisterio delante, aún sin haber sido sometido a trabajos de limpieza, sucio y chorreante.

Una comida toscana en Il Paiolo de Florencia

 

Al avanzar, empieza a verse a su espalda la fachada brillante de blanco, verde, rosa, filigrana, esculturas, agujas, arcos, ventanas, galerías, rosetones, hacia arriba, hacia arriba, y la vista se pasea atónita, se detiene extasiada, se humedece, y la boca sonríe o se abre mientras el cuello empieza a sufrir dolores.

Y ver el 'Perseo' de Cellini desde todas los ángulos es gratis en la Signoria.

Porque luego del derroche de la fachada hay que admirar el elegante, alto campanile que diseñó Giotto para acompañar esta mole culminada por la milagrosa cúpula de Brunelleschi.

¿Quién se atreve con estos guardianes?

Y paro porque no quiero hacer una guía de Florencia, y porque luego pasamos por la plaza de la Signoria, y allí estaban David, Neptuno, Perseo, Hércules, los romanos raptando sabinas… fabricados por Miguel Angel, Cellini, Giambologna y destacando imponentes recortados sobre el Palazzo Vechio y la Logia de la Signoria, gobernando el bullicio… por dios, por dios, Stendhal se desmayó al no poder su cuerpo asimilar tanta belleza, dicen y es probable que fuera verdad.

Nero d'Avola, Sangiovese y Chardonnay, vinos toscanos junto a las Capelle Medicee.

Otro día lluvioso fue para admirar la fuerza de Miguel Angel en las esculturas que hizo para el sepulcro de Lorenzo el Magnífico. Luego, ante el David en la Galería de la Academia, la admiración nos calló las bocas ante ese cuerpo de mármol que evidentemente está vivo, y de pasada reflexionamos sobre el turismo masivo recordando que nuestra primera vez, hace 25 años, no tuvimos que pasar ninguna bolsa por el escáner, ni la escultura más famosa del mundo estaba r0deada por una barrera de cristal.

Las estatuas vigilan el bullicio en la plaza de la Signoria.

Y fue el Ponte Vecchio, y fue el Arno y fueron sus trattorias populares y su vino, y la bistecca y la ribollita y hasta el aroma de su aceite de trufa. Florencia, donde el hombre renació. Con gusto le preguntaría a Leonardo sobre estos tiempos de hoy. O tal vez Bocaccio tenga la respuesta y el diagnóstico ¿estamos muriendo ahora, 600 años después de aquel Renacimiento? O Dante, que conoce el Infierno.

El Ponte Vecchio, en el mediodía nublado.

Etiquetas: , ,

Viaje al cine

Ulyfox | 30 de noviembre de 2010 a las 13:32

La diminuta Kastelorizo, escenario de la película 'Mediterráneo'

La diminuta Kastelorizo, escenario de la película 'Mediterráneo'

Hemos acudido muchas veces al cine por influencia de los viajes. ¿Os ha pasado a vosotros? Es decir, al enterarnos de que la película en cuestión estaba rodada en un sitio que nos había gustado. Cultivando la adicción. Esto nos ha llevado a auténticas birrias. Cosas del amor. Y también se ha dado lo contrario: viajar a algún lugar porque aparecía como exteriores en alguna película. En estos casos el resultado ha sido mejor. Por ejemplo: fuimos buscando Positano, en la Costa Amalfitana, después de ver El talento de Mr. Ripley y nos animamos a visitar Grecia por primera vez después de disfrutar con Mediterráneo, rodada en la isla de Kastelorizo. Años después, pasamos en este trozo minúsculo de tierra griega a un paso de Turquía cuatro días, largos como el ocio, paseando una y otra vez a lo largo de 300 metros de puerto de colores, leyendo y tomando café: inolvidable. Nunca agradeceremos bastante estos acicates fílmico-viajeros. Pero también hay ejemplos negativos: La mandolina del capitán Corelli al poco tiempo de una placentera estancia en Cefalonia, la insustancial Mi vida en ruinas con el amor griego mandando por encima de todo. Y algunas más.

La Piazza della Cisterna, en el San Gimignano de verdad.

La Piazza della Cisterna, en el San Gimignano de verdad.

Pero no sé cómo clasificar Copia certificada, dicen que una obra maestra de Kiarostami y para mí un auténtico tostón destinado a escarmentar al espectador que acude pescado con el anzuelo de que está rodada en la Toscana y más concretamente en esa belleza de pueblo que es San Gimignano. Es decir, para escarmentarnos a nosotros. Como no sé qué quería decir el director me abstengo de la crítica. Eso sí, he recomendado a todo el que quiero que no vaya a verla. Lo malo (para mí) es que la citada obra maestra tiene la clasificación de cinco estrellas de los críticos. Es decir, que si no te gusta es que no tienes ni idea de cine. Exactamente lo que me pasa a mí. Además, no sale prácticamente ni un paisaje y desde luego, ni por asomo San Gimignano. Bueno, yo os lo remedio y aquí arriba os dejo una imagen de la impar población toscana, con los ecos musicales de La vida es bella. Porque nada nos quitará las ganas.

P.S. Por si os interesa (y debería), a Kastelorizo se llega pasando por Atenas, en avión a Rodas y luego en otro avión pequeñito. Para San Gimignano, lo mejor es llegar a Pisa en vuelo barato y luego encomendarse a las sinuosas carreteras secundarias italianas. Está muy cerca de Florencia, lo que es otro atractivo más. Es maravilloso.

Etiquetas: , , ,

Nostalgia de lo no ocurrido

Ulyfox | 25 de abril de 2010 a las 18:56

Cipreses en los campos de Toscana, entre Montalcino y Montepulciano

Cipreses en los campos de Toscana, entre Montalcino y Montepulciano

¿Qué no nos ha ocurrido? Visitar Toscana en primavera. Tengo que imaginarme los campos, que conocimos este invierno, más que verdes, floridos, el sol largo y la niebla disipada, los brazos al aire por la ventanilla del coche señalando sin tocar las colinas sin fin. Pero ya cálido el ambiente. Si fue placentero conocer los pueblos, innumerablemente bellos de esta región, entre ellos el placer se prolongaba por las carreteras del campo domesticado, domado a la medida del hombre. En Toscana se accede a las fincas entre hileras de cipreses, siempre remontando los oteros, siempre en lo alto la casa de color con tejado, algunas con una torre, siempre y a cada paso más bellas, y al alcance de cualquier ojo predispuesto.

Campos de Toscana, vistos desde Montalcino

Fuimos en invierno, y nos emborrachamos de aire y torres almenadas, también de chianti clásico. Volveremos cualquier primavera, pero no ésta. Ya no da tiempo. ¡Cómo debe ser Toscana cuando los trigos encañan y están los campos en flor! Cuánta nostalgia de esos días por venir, en coche entre Montalcino y Montepulciano, luminosos luego por lo que fueron lluviosos Greve, Radda, Castellina in Chianti, por la carretera serpenteante, ya sin tormenta ni niebla. Quedamos emplazados.

Invierno cerrado en Castellina in Chianti, capital del vino

Invierno cerrado en Castellina in Chianti, capital del vino

Las torres de San Gimignano (Toscana I)

| 23 de febrero de 2010 a las 0:40

Torres en San Gimignano

Torres en San Gimignano

No somos maestros. Quiero decir de los que dan clases. Por lo tanto no podremos disfrutar de cuatro días libres seguidos este fin de semana del Día de Andalucía. Envidia. Nosotros no podemos coger todos los puentes, pero eso no quiere decir que no aprovechemos los que caen en nuestras manos. No hace mucho estuvimos listos y, juntando días libres, por fin pudimos cumplir uno de nuestros planes viejos: recorrer la Toscana en coche. Leer el resto del artículo »