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La vida en alta velocidad

Sebastián Sánchez | 30 de junio de 2011 a las 10:14

Pablo Bujalance/Málaga

El hombre al que por poco se le escapa el tren llega a toda prisa, con un ordenador portátil y una mochila por todo equipaje. La estación de las Delicias de Zaragoza, un enclave de dimensiones monumentales junto al recinto de la Expo, es en gran parte una suma de pistas de atletismo en la que corren viajeros que llegan a sus trenes in extremis. Este AVE sale puntualmente a las 17:36 hacia Málaga, y el hombre, que ya sacado el portátil de su funda antes incluso de sentarse, lo enchufa dispuesto a invertir las cuatro horas del viaje en un trabajo importante.

El vagón es de clase business y al viajero se le presentan todas las comodidades, incluida una merienda de cuya oferta acepta una macedonia de frutas y una tónica. Poco después, alguien le llama al móvil. El hombre sale a la plataforma habilitada para tal efecto y atiende al teléfono. Quien llama es un ganadero. Tiene problemas. Las cabras de su rebaño dan menos leche. El hombre pide rápidamente toda la información. A los pocos segundos, la conclusión está clara: hay que cambiar la alimentación.

El hombre da unas instrucciones y asegura a su interlocutor que estará con él en un plazo de tres días. Antes tiene que pasar un par de jornadas en Málaga, en el campo, visitando otros rebaños caprinos de pastores y ganaderos. Otra llamada. Alguien le pide un contacto con cierto catedrático de Bioquímica de una universidad castellana.

El hombre hace otras dos llamadas, localiza el contacto y vuelve a llamar a quien se lo reclamó. Este hombre es biólogo. Trabaja para la empresa española líder en producción, distribución y comercialización de productos de alimentación para animales. Su especialización se corresponde con la división de ovino y caprino, y su trabajo consiste en seguir diversos rebaños de cabras y ovejas de territorios dispares de la península dedicados a la producción de carne y/ o de leche y evaluar los efectos del consumo de los piensos de su empresa en las reses, es decir, en qué medida aumenta en ellas, precisamente, la producción de carne y de leche.

En su portátil, las hojas de cálculo de excel y las aplicaciones informáticas desarrolladas por la propia empresa echan humo a base tablas y porcentajes, a partir de variables como la edad, el peso y, claro, la alimentación. Comprobar in situ todos estos aspectos, vitales para la compañía, es mucho más fácil desde que el AVE llega a más sitios. Puede visitar un día un rebaño en la provincia de Barcelona y al día siguiente, como es el caso, hacerlo en la de Málaga.

Toda esa agilidad se traduce en una mayor eficacia a la hora de recabar los datos necesarios para la fabricación de los productos alimenticios. Así que, en virtud de una sencilla ecuación, gracias al AVE los ganados españoles están mejor alimentados y la carne y la leche de cabra y oveja llega a los mercados en mayor cantidad y calidad, lo que beneficia a consumidores, ganaderos y comerciantes.

En el AVE no sólo se viaja: se trabaja, se disfruta del ocio, se estudia, en compañía o en solitario. Los tiempos son cada vez menores, pero las nuevas tecnologías permiten que, a ras de tierra, las horas se inviertan en producción y rendimiento cuando sea necesario. Al llegar a Málaga, nuestro biólogo tenía listos todos sus balances: podría dedicar sus dos días en Málaga a visitar sus ganados con más atención. La alta velocidad ya es un aliado más imprescindible de lo que parece.