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El AVE, una ciudad en movimiento

Sebastián Sánchez | 27 de junio de 2011 a las 11:45

Pablo Bujalance/ Málaga

Dos chicos de entre 10 y 12 años suben al AVE en clase business. Llegan solos a la Estación María Zambrano. Arrastran desde el taxi equipajes voluminosos que el personal que ya los esperaba en el mismo acceso al tren coloca en las áreas habilitadas para tal efecto. Pero antes de sentarse extraen de sus maletas todo lo necesario para distraerse durante las cuatro horas de viaje: Ipods, teléfonos móviles y hasta un ordenador portátil. La azafata que se hará cargo de ellos durante el viaje les dice que la película les va a gustar, seguro, y ellos lo celebran con sonrisas para despistar el sueño. El curso ha terminado, y lo ha hecho con buenas notas para estos dos hermanos que viajan a Zaragoza. Allí se reencontrarán con su madre, que trabaja en la ciudad aragonesa desde hace años. Van a pasar junto a ella las vacaciones de verano. Antes, explican, alguien tenía que acompañarles o esperarles en Madrid para el transbordo. Ahora han crecido y el AVE lo ha hecho con ellos, mediante trayectos directos en dirección a Barcelona. Así que se bastan solos.
Se trata sólo de un ejemplo que permite comprender hasta qué punto el AVE ha articulado ya buena parte del territorio nacional desde Málaga. Pero no sólo para los malagueños: toda la sección oriental de Andalucía se beneficia de la posibilidad de llegar en pocas horas desde la Estación María Zambrano a destinos que antes requerían mucha más paciencia y no pocos hospedajes. Así, una empresaria almeriense se dirige a Barcelona para supervisar personalmente la compra de cien camisetas oficiales del Barça que serán distribuidas entre diversas peñas blaugranas de su provincia. “Antes esto no merecía la pena económicamente, pero ahora nos podemos llegar a ahorrar muchos disgustos sólo con un billete de tren”, explica. Tres directivos de Granada, Málaga y Almería de una importante multinacional de telecomunicaciones preparan con sus power points la reunión que celebrarán también en Barcelona esa misma tarde con una importante delegación procedente de China. Y un técnico informático que se incorpora al día siguiente en una institución sanitaria zaragozana como nuevo empleado gestiona desde el tren el alquiler de un piso y una plaza de guardería para el hijo que en un par de semanas se encontrará con su él en la ciudad del Pilar.
Pero el AVE no es sólo un almacén de viajeros que se desplaza a 300 kilómetros por hora. También es una ciudad en sí mismo, con sus plazas, sus calles, sus lugares de encuentro, sus rincones para la discreción y sus liturgias rutinarias. Aunque en la clase business sirven el desayuno, merece la pena visitar la cafetería, donde lo más probable es que se termine charlando con algún otro viajero sobre el paisaje o las noticias de la prensa. Tras la última parada en Ciudad Real, el paisaje se llena de lagunas pero también de extensiones áridas y yermas. Éstas se harán protagonistas después, ya en Aragón. Apoyados en la misma barra mientras piden un café, dos amigos de la infancia que no se veían desde hacía décadas se reconocen y celebran la sorpresa con abrazos y risas. “Yo voy a Barcelona”, “yo me quedo en Zaragoza”, “pero ¿qué es de tu vida?”, “pues ya ves, me casé y tengo dos hijos, voy a cerrar una venta, a ver si hay suerte”. Las bandejas plegables de los asientos sirven a más de uno de improvisada almohada para echar un sueñecito. Y la ciudad móvil avanza segura de que el camino es el destino.