El mes de la Esperanza

José Antonio Martín Pereira | 2 de diciembre de 2011 a las 10:56

Diciembre remarca vehementes deseos cuyos propósitos el Adviento se encargará de componer y ordenar. Ni siquiera el sol, más tímido que por costumbre, es ajeno a tales razones, y desde las alturas toma buena nota para que llegado el día el líquido elemento no insista en trastocar la tarde del Jueves Santo. Atrás quedan aciagos recuerdos, paraguas en mano, de lo que pudo ser y no fue, o de aquello que no sucedió como se esperaba, tal cual la ilusión había ideado.

Hoy sin embargo el calendario afina por cotas bien distintas, y en la ciudad de Machado y Becquer se intuye la Navidad, recordada en sus calles a través de pequeñas bombillas asomando entre el bullicio cotidiano, algarabía que crecerá en proporciones en buena medida ajena al significado de la celebración. No obstante, antes de que el Mesías renueve su propio compromiso con un mundo deteriorado en valores, antes incluso de que muestre su verdadero rostro en San Lorenzo de la mano del nuevo año, la Esperanza despertará a la Fe del letargo masificado, reconduciendo la senda que a la postre unirá Belén y Jerusalén en escasos cien días.

Afirmó Séneca, y así consta, que «los deseos de nuestra vida forman una cadena cuyos eslabones son las esperanzas». Nada más lejos, en Sevilla es la Esperanza, Macarena, quien fortalece cada capítulo de la vida, y a la que desde la propia mañana del Viernes Santo aquí se la aguarda como preludio a lo que vendrá, en el que es su mes, el mes de la Esperanza.