Sevilla renace

José Antonio Martín Pereira | 12 de marzo de 2018 a las 14:38

La Cuaresma no es sólo un tiempo litúrgico destinado a la preparación de la llegada del Misterio Pascual. Una vez más, el cartapacio que contiene los secretos de la primavera sevillana abrió sus pastas, como viene ocurriendo cada año desde hace siglos, para que multitud de albares láminas vean la luz, esa cuyo color se asemeja al que desemboca sobre el firme de la Bética proveniente de olivareras campiñas. Así en invierno, como si el almanaque mutara sus complejidades, la Cuaresma, con su rigor irreprochable y sus primeros signos recupera la ciudad en la que el Barroco sembró plenitudes, cimentando los vacíos dejados por el recuerdo y renovando planteamientos y esquemas mentales.

Y dentro de la desnaturalización que rodea a la fe del día a día, oculta tras la Semana Santa de todo el año ahormada para ocio y disfrute por el cofrade de hoy, la ciudad en su conjunto a través del ejercicio diario de sus hermandades ha adquirido la necesaria madurez que la lleva a alcanzar las virtudes del tiempo presente transformándolas en el desarrollo de lo estrictamente cotidiano.

De este modo, la lenta transmutación que ejecuta el molde del escenario idílico con el que nos levantaremos en la mañana del ansiado Domingo de Palmas, aquel que invitará a ensartar con hilo blanco el alfiler con el que bordaremos en oro y plata un nuevo capítulo de la memoria, postula síntomas que invaden incluso el propio deterioro estructural y sentimental donde se ahogan a diario viejas riquezas.

Es precisamente por ello que la Cuaresma se convierte en llave maestra del enigma con el que Dios se acerca sin vestimenta ociosa, sólo a través de la Palabra, para proponernos la conversión. Y lo es incluso por encima de aquello que creemos descifrar por nosotros mismos, o más allá de hacia dónde nos pretendan dirigir. La espera es armonía sobre la que descansa el ajetreo, es mansedumbre que refleja en la inspiración con la que el color de las nuevas tardes trasluce aquello que pretendemos experimentar pero aún guarnece. A veces sin buscarlo lo encontramos, y es entonces cuando las respuestas brindan por sí mismas la correcta vereda. Sevilla tiene su propia llave, la llave que descubre un horizonte marcado y que conformamos entre todos, la llave que inspira su renacer durante cuarenta días y cuarenta noches.

Llave1

Los comentarios están cerrados.