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Atardecer de Lunes Santo

José Antonio Martín Pereira | 9 de marzo de 2017 a las 11:59

Ocurrió como suceden las cosas en la Semana Santa de Sevilla, de la manera más sencilla y natural. A lo largo de una calle estrecha penetraban las últimas ráfagas de luz de un Lunes Santo que acababa de empezar a morirse. A morirse en los ojos de una Dolorosa de palio de cajón austero, la que pronto recorrería el adoquinado derramando la más suntuosa de las bellezas. Entre tanto la esbeltez de la cruz de guía preludiaba el definitivo cambio de tonalidad de la tarde, a la vez que el cuerpo de espigados nazarenos iniciaba con pasmosa cadencia su tránsito sobre el trazado previamente establecido. Aires de otra época traía la noche, los que la ciudad aguardaba.

Condicionantes todos, el encuentro se fraguó en medio de algodones de incienso. El paso reviraba silenciando los murmullos, equilibrando el sonido del crujir de la caoba hasta fundirlo con el de las inquietas golondrinas en su anárquico aleteo de primavera. La tarde seguía descomponiendo su rostro estirando cada segundo como si fuera el último, recabando la necesaria austeridad de cada esquina. Y fue ahí, cuando el paso encaraba el horizonte dispuesto por oscuros capirotes, el instante en el que su mirada cruzó con el rostro del Cristo dormido hasta quedar prendida de amor. En una fracción de segundo, tiempo del fugaz encuentro, sus destinos se habían encontrado para no volver a separarse. Ojos sinceros enclavados, la Cruz como testigo, nada más.

Desde entonces y hasta hoy siempre acude a la estampa que con cariño conserva. Le recuerda cómo se conocieron, sin el clima de sensaciones que proyectó la unión pero con la confianza de sentirse segura sobre sus pasos, los que guían su fe amparados en el valle de paz que extendiera la dulce imagen del Crucificado de la Vera-Cruz aquel atardecer de Lunes Santo.

vera-cruz

Caminemos…

José Antonio Martín Pereira | 1 de marzo de 2017 a las 10:21

Con la impronta que suscita el nuevo ropaje, la amanecida trajo un elenco inagotable de elogios. Atrás el tiempo ordinario, el testigo queda ahora en manos de una Cuaresma cuyas intenciones pasan, una vez más, por ayudarnos a tejer el los perfiles que conduzcan hacia la conversión verdadera. Y el que arriba no es, pese a la projilidad de sus instrumentos, un tiempo fácil donde aventurarnos al descuido, sino que más bien exige de la implicación diaria a través de los pequeños gestos a nuestro alcance.

Con las puertas de par en par abiertas, la ciudad a lo largo y ancho de los límites que le han sido establecidos dispensará a su debido tiempo cada signo, cada escena con hilo directo a los sentidos; cultivando la memoria, alimentando la llama de esa candelería enrojecida que, encendida hoy, culminará con su luz hasta fundirse con el azul del Domingo anhelado. Entonces, y sólo entonces, el sueño habrá vuelto a desbancar todo el universo de sensaciones idealizado. Caminemos…

Nazarenos

Foto: Antonio Sanchez Carrasco

Acabas de irte…

José Antonio Martín Pereira | 9 de abril de 2012 a las 11:37

Acabas de irte, y ya se te extraña. No por repetirse la historia acierta a comprender la conciencia aquello que pasó por delante del sinfín de miradas, y que ahora no habita más que en lo recóndito de cada interior. Diciendo adiós los fulgores mediante los cuales la barroca imperfección de los mil y un rasgos sesgó a las nubes, la contradictoria percepción del recuerdo toma de nuevo el pulso sobre una realidad que exhibe deseos a base de instrumentos que traspasan la empalizada cerco de la visceral Semana.

Acabas de irte dejando atrás las decepciones que hoy encuentran refugio en el regazo de la Palabra, habiendo consumado el ciclo que brotara de pequeñas manos por medio de las cuales descubriera el camino del Señor en su Entrada Triunfal, en un Domingo de Ramos atípico. Semilla que ya busca raíces en el delicado huerto que Sevilla reserva al anhelo, a la espera de que el futuro depare provechosas tardes de sol.

Acabas de irte, y ya se te espera…