Archivos para el tag ‘Esperanza’

Más que altares y pasos

José Antonio Martín Pereira | 29 de marzo de 2017 a las 11:11

Afortunadamente la Cuaresma abarca más de lo que se desprende de altares y pasos. La semilla que toma su alimento del día a día no necesita de accesorios tangibles, se desarrolla en pequeños gestos y excede a cualquiera de las catequesis que en el tiempo presente decoran cada recoveco de la ciudad. La única premisa es tener abierto el corazón a Dios, confiando siempre en su voluntad y presencia.

La estampa que ilustra estas breves líneas fue tomada en una inhóspita habitación de hospital, allí donde cada día el diputado mayor que es el miedo precede a la cofradía más austera, en la que nadie solicita ser listado pero que en ocasiones reclama a formar parte de sus tramos. Donde no alcanzan los aromas del azahar que en estas noches dominan el aire, una medalla en la que se adivina el rostro de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder sirve de consuelo ahora que el corazón respira acelerado. Es, con todos sus argumentos, el extraordinario poder que despierta la fe, capaz de hacer frente a obstáculos y adversidades, capaz en definitiva de mantener siempre viva la llama de la esperanza.

hospital

Al encuentro

José Antonio Martín Pereira | 21 de febrero de 2016 a las 12:11

Con las señales horarias de las cinco las dos portentosas hojas de acero se separan, y la tibia luz camuflada entre el grisáceo toma el control de un territorio sin fronteras el cual irá abandonando paulatinamente a medida que trascurso del segundero traiga la noche. En una tarde cualquiera de uno de los días que preceden a la mañana en la que en el espejo interior que todos portamos se asomará para reflejarse el gozo, el gentío avanza al encuentro directo con la Flor que no necesita primaveras. La Esperanza, en Sevilla, es una bocanada de aire fresco capaz de remover los estigmas de la conciencia más severa.

interior_basílica_macarena

Tiempo de espera

José Antonio Martín Pereira | 29 de noviembre de 2015 a las 11:34

La preparación para la Navidad llega de la mano del primer período del año litúrgico, el Adviento (del latín: Adventus Redemptoris, “venida del Redentor”). Para los teólogos, el tiempo litúrgico del Adviento es, pues, aquel que conforma la espera de la acción divina, la espera del gesto de Dios que viene hacia nosotros y que reclama nuestra acogida con fe y amor. Por ello insisten en que el desarrollo de este tiempo no es sólo el aguarde de un acontecimiento, sino más bien la espera de una persona. Así, el acontecimiento aguardado es esa intervención de Dios en la historia que coincide con la venida del Hijo de Dios, de Cristo.

De este modo, desde ahora y hasta la Navidad la Iglesia nos invita a la preparación a través de la reflexión, sin embargo y a la vista del escenario que se nos presenta, el Adviento requiere de los católicos algo más que eso. Necesita que alcemos la voz como hijos de la Iglesia; que hablemos alto y claro de la necesidad de incluir a Cristo como eje fundamental de la Navidad que se aproxima; que hagamos de este tiempo una luz de esperanza para nuestros hogares; que utilicemos el poder infinito de la oración; y que, en la medida que cada uno pueda, no nos olvidemos del prójimo.

Vivamos pues con interés el gran Misterio que celebramos, contemplando al Dios que se hace uno de los nuestros, no en la opulencia sino en la pobreza y humildad.

AdvientoFoto: www.guadalupeparroquia.com

La Esperanza

José Antonio Martín Pereira | 17 de diciembre de 2013 a las 11:43

Enebro de diciembre que es desliz de otro tiempo. La buena nueva se adelanta a través de la mano de la que nunca debe faltar. María, en su advocación más necesaria para la condición humana, abre las puertas a la Navidad invitándonos a la reflexión y a la oración. Entretanto, a punto están de unirse Antiguo y Nuevo Testamento, acabando con las sombras y dando pie al brillo que irradia la verdad de las profecías. La espera en virtud de la presencia. El Tiempo de Adviento toca su fin cual certeza escondida en el seno de María. Y en Sevilla, María es La Esperanza, emblema que escenifica y hace comprender el por qué de la perpetuidad relativa a la Fe en Cristo en tiempos del dominio de la sinrazón. En San Lorenzo el mismo Dios que se venera al final de la calle Castilla, en el interior de la capilla universitaria o bajo las indescriptibles bóvedas de la Colegial del Divino Salvador. Y en San Gil…, en San Gil, como cada día, la Esperanza.

Esperanza Macarena
Foto: Carmen Pérez

 

La Esperanza, solo Ella

José Antonio Martín Pereira | 22 de enero de 2013 a las 11:10

Obviando cubrir de protagonismo la ausencia de talento, no será necesario recordar lo acaecido ayer en relación al ultraje interesado, desmedido y además consentido por la rama política que ya sabemos sobrevive a base de carroña. Provocación y grosería que califica directamente a sus autores. En estos casos, repetidos desafortunadamente en los últimos tiempos, lo mejor es pensar que suficiente desgracia tienen ya quienes no se han perdido nunca en la inmensidad de su mirada. La Esperanza, en sí misma misterio por descifrar que excede a la capacidad de comprensión humana, permanecerá por mucho que exista quien intente desbancarla del lugar que le ha sido asignado, porque solo Ella es Madre de Dios.

Foto: Esteban Rivas

Spes Nostra

José Antonio Martín Pereira | 17 de diciembre de 2012 a las 11:15

Entre las virtudes teologales, la Esperanza. Segunda en el orden, reconocida virtud infusa que capacita al hombre para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna y los medios, tanto sobrenaturales como naturales, necesarios para alcanzarla, apoyado en el auxilio omnipotente de Dios. Aunque el motivo propio de la Esperanza es Dios, por voluntad de Él mismo, también se puede poner en la Humanidad de Cristo, en la Virgen, Esperanza Nuestra, Corredentora y Mediadora de todas las gracias, que no abandona a los hermanos de su Hijo peregrinos en la tierra, y en los santos, que nos ayudan con su intercesión. Es por tanto la Esperanza cristiana una virtud teologal infundida por Dios. Teologal, porque tiene por objeto directo e inmediato al mismo Dios, tal cual la Fe y la Caridad. La Esperanza, como hábito, reside en la voluntad, ya que su acto propio es un movimiento del apetito racional hacia el bien, que es el objeto de la voluntad.

Tomando prestadas las palabras del padre Adrián Sanabria en su última relfexión (Aprovecha el Adviento), pudieramos decir que «la Esperanza tal vez sea la palabra que más resuena en este tiempo. Esperamos la venida del Señor, y esperamos que su salvación se realice en nosotros y en nuestro mundo. Lo sabemos, desde luego, que esta esperanza no se realizará definitivamente hasta que llegue el Reino de Dios para siempre, al término de todo, en la vida eterna. Y sabemos también que nuestro camino en este mundo está orientado y encaminado hasta este momento último, pleno, cuando Dios reunirá a sus hijos e hijas en su cielo nuevo, donde ya no habrá dolor ni penas ni tristezas».

Asimismo, los grandes pensadores también se han referido a ella. Como dejara escrito el insigne filósofo griego Aristóteles, la esperanza es el sueño del hombre despierto; tal cual su homónimo Tales de Mileto, quien entendió a la esperanza (como) el único bien común a todos los hombres. pos que todo lo han perdido la poseen aún; o el siempre reseñable humanista Martin Luther King, según el cual podríamos decir que todo cuanto se hace en el mundo es obra de la esperanza.

Lo cierto es que ni las personas, ni por ende las sucesivas generaciones desarolladas a lo largo de la historia sobre la faz de la tierra, han sabido vivir sin ella, porque la esperanza es el mecanismo que mantiene las constantes vitales de la humanidad tenzmente activas, otorgando licencia para soñar, crear, proyectar y construir. En absoluto es opuesto al realismo, sino la antítesis del escepticismo y la desesperación.

Esperanza, Macarena, a la que en Sevilla tenemos suerte de venerar con rostro propio. Esperanza tantas veces descrita a través del arte de las palabras, la fotografía o la pintura. Esperanza que requiebra almas. Esperanza explosión de sol y armonía, parafraseando a Manuel Machado. Esperanza inspiradora de plegarias y oraciones. Esperanza, la misma que existe en cada una de nuestros propósitos de enmienda. Esperanza que pervive allí donde el recuerdo o una estampa así lo dictan. Esperanza que nos ofrece su mano.

Ahora más que nunca, Spes Nostra…

Foto: Marina Lorente

 

En Triana, su Esperanza

José Antonio Martín Pereira | 15 de diciembre de 2012 a las 18:18

Triana decora el esplendor del Tiempo litúrgico que honramos a su modo particular. La Esperanza es, en el viejo barrio, el filón donde reposan amargores y la vértebra sobre la que se desliza el porvenir. Lo cincelan la intensidad del verde hegemónico fluyendo por las arterias que conducen a la calle Larga, hoy Pureza, y el generoso perfume a nardos con el que la Capilla de los Marineros recibe a propios y extraños. Advocación que invita al optimismo, ahora que más se la necesita cerca.

La conjunción, una vez más, se ejecuta sin ataduras en escena, porque Triana apellida a la Esperanza, y la Esperanza da nombre a Triana. Quedan días al abrigo de un Adviento que posa sobre Sevilla como preludio a la llegada del Redentor. Antes, su Madre; antes, Triana.

Adventus Redentoris: espera y reflexión

José Antonio Martín Pereira | 2 de diciembre de 2012 a las 11:56

Parafraseando a monseñor Juan del Río Martín, Arzobispo Castrense de España, muchos son los frentes a los que se enfrenta la Iglesia en el siglo XXI. El relativismo y secularismo dominante ha hecho mella en el seno de nuestras comunidades. Estamos asistiendo a una apostasía silenciosa de la fe, a un cansancio en la vida cristiana, a un desaliento paralizante en las nuevas generaciones motivado no sólo por la crisis económica, sino sobre todo por la carencia de fundamentos. En medio de todo este panorama los católicos no debemos vivir como hombres sin esperanza, porque el impulso a seguir esperando, frente a tantas dificultades, nos preserva del egoísmo y nos capacita para seguir aferrados a tres grandes verdades que vertebran el acto de fe: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas. Ante esta realidad, no me siento ni solo, ni inútil, ni abandonado, sino implicado en un destino de salvación que nunca se apaga. No deberíamos olvidar, que cuando desaparece la esperanza del alma, se eclipsa el propio hombre.

Siendo así, el comienzo del Año Litúrgico viene de la mano del Adviento. Desde ahora y hasta la Navidad, en el periodo que conforman cuatro domingos, la Iglesia nos invita a la preparación a través de la reflexión. Por consiguiente, el cambio de tonalidad de estos días dará vitalidad a las celebraciones, ayudando a redescubrir matices importantes y quizá un tanto olvidados de la vida cristiana e incluso servirá para alejar la rutina de unas celebraciones siempre idénticas, o por lo menos, muy parecidas.

A este respecto, el Santo Padre Benedicto XVI explica muy bien el sentido cristiano y la exigencia espiritual de la palabra adventus de la siguiente manera: la palabra latina «adventus» se refiere a la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura, la espera, la búsqueda y la adhesión. Y al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga la obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto de esa respuesta a la Virgen María, a quien el próximo 8 de diciembre contemplaremos en el misterio de la Inmaculada Concepción.

El tiempo litúrgico del Adviento es, pues, aquel que conforma la espera de la acción divina, la espera del gesto de Dios que viene hacia nosotros y que reclama nuestra acogida de fe y amor. Por ello, los teólogos insisten en que el Adviento no es sólo el aguarde de un acontecimiento, sino más bien la espera de una persona. Así, el acontecimiento aguardado es esa intervención de Dios en la historia que coincide con la venida del Hijo de Dios, de Cristo.

Volviendo a las indicaciones de monseñor, los elementos esenciales del Adviento nos conducen, en primer lugar, a los grandes creyentes que como Abraham y los Profetas depositaron su confianza en Dios en medio de las adversidades. Luego, nos señala como el camino para suscitar la fe en el pueblo no es la prepotencia y la opulencia, sino la humildad y la austeridad del Bautista. Por último, lo que más se admira y provoca la adhesión a Jesucristo, no es un cristianismo facilón y mediocre, sino la alegría del testimonio de fe de los santos y de aquella que es la Santa de los santos Maria, la Madre del Mesías, ¡El Señor! Haciendo nuestro este trípode espiritual del Adviento, podemos seguir afirmando aún hoy: Ésta es la fuerza victoriosa que ha vencido al mundo: nuestra fe. (1Jn 5,4).

Un minuto…

José Antonio Martín Pereira | 27 de julio de 2012 a las 14:02

Basta un minuto frente a Ella para comprender el por qué de infinitas cuestiones de dificil calado. Entrar en la basílica consagrada en su nombre, y desde la distancia, intuyendo vagamente los rasgos que la escenifican singular y esplendorosa, acertar en lo que el corazón iba buscando, conforme a la plenitud que viaja constantemente escondida en medio de la devoción. Absorto en el cara a cara que estrechaba la lejanía oración y deseo fundidos, en correspondencia a un instante el cual, escudriñado entre el paladeo de sensaciones inquietas, terminaría por conducir la razón de hallarse allí al objetivo previamente dispuesto. La Madre de Dios, Esperanza de San Gil, a la que tenemos suerte de poder ponerle rostro, todo lo puede…

 

La imagen de 2011

José Antonio Martín Pereira | 31 de diciembre de 2011 a las 11:48

Es admitido que a la hora resumir desde la perspectiva cofradiera al año que se marcha no existe una partitura definida, y por tanto cada cual opta por describir sus impresiones en base a su sentido de la percepción, si bien al final la tendencia dictamina la unión de pareceres entorno al tópico de la lluvia, que no lleva más lejos que a la puntualidad de tres días, a los cuales la relevancia parece ser la otorgan el número de pasos en la calle y no lo que ocurre en el interior de los templos, donde verdaderamente se da cuenta de los Misterios.

No obstante, un servidor considera que el líquido elemento no es merecedor de acaparar todo el protagonismo, el año dio más de sí, afortunadamente. Como tampoco tiene por qué serlo el sol, cuya persistencia e intensidad a lo largo de un buen número de meses aquí en Sevilla tampoco resulta agradable. Del mismo modo, existe la posibilidad de condensar lo sucedido intrínsecamente perpetuada en los propios deseos de Esperanza (de San Gil), teniendo en cuenta la complejidad del momento y el oscuro futuro que se cierne, pero ello nuevamente significaría acudir a lo redundante.

Es por ello que, desenmascarando la concepción a menudo esquivada que ratifica el sobrado gusto de los cofrades por complicar las cosas, a modo de sinopsis particular adjunto una imagen que representa la inocencia en su máximo esplendor. Una bolsa de caramelos basta para superar la desagradable invitación de un escenario plagado de charcos. El futuro en unas manos. Merece la pena seguir adelante… 

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