Archivos para el tag ‘Fe’

Victoria

José Antonio Martín Pereira | 14 de octubre de 2018 a las 12:11

Como dejara escrito el novelista francés André Maurois, «lo bello es aquello que es inteligible sin reflexión». No obstante, si a la belleza le buscáramos un molde, éste encontraría sus recobecos en la Virgen de la Victoria. El dolor hecho hermosura, con tal naturalidad que su poder de atracción es capaz de asombrar continuamente a propios y extraños. Y es que, no pocas veces se ha utilizado a esta dolorosa de supremo nombre para describir los cánones artísticos clásicos en su máxima expresión. Argumentos no faltan, emociones al contemplarla tampoco. Hasta la Giralda empequeñeció sus encantos en una noche de octubre en la que la belleza, la insuperable excelencia, salió para asaltar lo cotidiano con su arrolladora luz. María en el Corazón.

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El Tiro de Línea

José Antonio Martín Pereira | 30 de septiembre de 2018 a las 8:41

Los barrios siempre dan lecciones de cofradías. Así, sea la época del año que sea, a la Virgen de las Mercedes nunca le faltan claveles, promesas y oraciones. Tantas como a su Hijo, el Cautivo, emblema al que todavía muchos recuerdan atravesando las extintas vías del tren camino de la Catedral de Sevilla, hoy devoción con mayúsculas que cada viernes se escenifica con especial presencia.

Pero cuando Septiembre se prepara para echar el cierre, la confluencia de sensaciones y emociones se desborda en este barrio de orígenes militares, el Tiro de Línea. Y de repente llega un día festivo, donde convergen el recuerdo que devuelve a los que ya no están, con los recién nacidos que vienen a ser presentados a la Santísima Virgen. Desde primera hora también escolares jaleosos forman filas agarrados de la mano, y se cruzan con antiguos vecinos que entre sus obligaciones, guardan tiempo para acudir a postrarse ante la imagen que les vio crecer. Avanza el día y crecen las flores, como inspiradas en la ilusión de aquellos mayores que ponen todo su ser para estar un año más junto a Ella. El día 24 es el más grande para el barrio del Tiro de Línea junto con el Lunes Santo, de otra forma no se entenderían estampas tan rotundas como estas.

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Dn5CnaGXcAAhjiiFotos: Hermandad de Sta. Genoveva

Una nueva oportunidad

José Antonio Martín Pereira | 5 de septiembre de 2018 a las 12:06

Llegó septiembre. Mes de cambios, de vuelta a la rutina para casi todos, tiempo de dejar atrás los vaivenes sustanciales del verano e incorporamos radicalmente a los hábitos y obligaciones. Septiembre trae también, además del innumerable concurso de coleccionables que colorean el escaparate de kioskos y librerías, la apertura de un nuevo curso pastoral y cofrade, alentado por la actitud «entusiasta y decidida» con la que nos invita monseñor Asenjo en su última carta.

Se abre así una nueva oportunidad para nuestras hermandades, insertas en el escenario cada vez más difícil que plantea la desaforada ruptura Iglesia-Estado, y en el cada vez menor número de cofrades comprometidos, que sepan ir más allá del mar de medallas al viento cuando se celebran los cultos o el día que la cofradía realiza su estación de penitencia.

Vivimos, como oí decir a un cura recientemente, en tiempos de conformismo con Dios, de limitarnos a volcar toda creencia en la intimidad, y por ello no nos sorprende encontrarnos cada domingo los mismos rostros en misa. Si a esto unimos un marco incuestionablemente adverso, la responsabilidad para intentar voltear la situación no queda en otras manos que no sean las nuestras.

Se plantea pues una nueva ocasión para las hermandades, auténticos ejes vertebradores de la Iglesia no sólo en Sevilla, sino en cualquier parte de España, para intentar alcanzar nuevas cotas. Innegable se traducen la labor social y caritativa diaria que éstas realizan o la exquisita forma con la que celebran sus cultos ordinarios y extraordinarios, pero hace falta más y eso nos compete a todos. Lo ideal sería trasladar ese buen hacer a la formación integral de los hermanos, partiendo de dejar a un lado aquellos cotos y egos personales que provocan divisiones internas y conflictos fuera de lugar. Quizás entre todos, poniendo cada uno la parte que nos corresponda, podamos revertir sobre el tablero la partida que como cristianos nos toca jugar.

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¡Ya es Semana Santa!

José Antonio Martín Pereira | 23 de marzo de 2018 a las 10:31

El tiempo se define como edad vivida, estado atmosférico o estación del año. Se considera además, la magnitud de carácter físico empleada para realizar la medición de lo que dura algo que es susceptible de cambio, y que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Como seres humanos, constantemente recurrimos al interés por perderlo o ganarlo, pero lo cierto es que ni siquiera puede atesorarse, avanza sin que podamos evitarlo y sin que seamos capaces de alterar sus medidas.

Para los cofrades, la Cuaresma amén de un escenario de preparación personal destinada al encuentro con Dios conlleva también un profundo interés por el tiempo en todas las vertientes de su acepción. Sin embargo, es precisamente el conteo de los días el que nos invita a levantamos con celeridad acosando con la mirada al calendario, porque en el fondo somos conscientes de que el caudal de la cuenta atrás desembocará en un mar amurallado de vida. Y no importa que se escape, casi sin quererlo abrimos de par en par portalón para darle salida alimentando el ansia con la que los dominios del silencio ceden pausadamente paso a la algarabía propia de una ciudad que tiende, con la más precisa de las naturalidades, su mano al fulgor de la primavera.

Pero la percepción cambia radicalmente la cuartilla en la que cada año las primeras letras toman forma cuando la Soledad de San Lorenzo escribe, como solo Ella sabe hacer, el final y el principio de una historia plagada de simbologías. Así, en esta previa en la que los versos del ayer coordinan las directrices de lo que ahora sobreviene desajustamos la medida temporal permitiendo que brote una nueva fuente. Es precisamente a lo largo de la semana que comienza cuando crece el esmero, amontonando vivencias sobre el particular lienzo que dibuja la memoria. Antes descontábamos sin temor, y ahora contamos lo que inevitablemente se nos escapa de las manos.

Y con el horizonte puesto en la Resurección, la intensidad del tiempo que expira deposita su testigo sobre el marco efímero de la imperfecta plaza donde la primavera se asentó con premura. Aún con la blanca tez de los naranjos por instalarse, la ceniza ya enfila su destino en la virtuosa morfología de ramilletes de palmas que recién cortadas aguardan el privilegiado lugar otorgado. Idealizada senda, final del singular trayecto escrito en la liturgia de lo sempiterno, que terminará por cruzar la estrecha línea que separa al anhelo de esas dos almendras huecas por las que, en escasos días, fluirán las emociones. Será entonces cuando aumentemos el esfuerzo para no dejar volar ni un simple segundo. ¡Ya es Semana Santa!

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Foto: Sebas Gallardo

Los ojos que NO nos ven

José Antonio Martín Pereira | 22 de marzo de 2018 a las 17:39

Si ayer me remitía a la perpleja percepción que dispensan los visitantes que la ciudad recibe durante la celebración de su Semana Mayor, aludiendo a la admiración que produce el derrame grandioso de belleza como medio para hurgar respuestas que nos propongan una mejora del sentido que tratamos de expresar religiosa y culturalmente, hoy propongo trasladar los derroteros al polo opuesto.

Tomando la otra arista del prisma, porque la Semana Santa sevillana esconde la esencia que reiteradamente intentamos descifrar incluso allí, en los entornos más lejanos y hostiles a la conciencia generalizada. Y se hace el silencio, inmenso vacío que destrona el languidecer del reloj sin ataduras del diputado mayor, silencio que precede a la cofradía más austera y a la que nadie en pleno uso de facultades solicitaría ser listado. La Semana Santa que divaga por los pasillos es fría, desconocida y asediada por las mutilaciones del olvido. Conviene siempre, pero más si cabe ahora que la cercanía se colma de evidencias acordarse del que sufre, especialmente de los enfermos que en estos días que llegan elevarán con sus pensamientos la magistral pieza de Font de Anta cuyo título enlaza con el Domingo de Ramos en forma de Dolorosa de rostro sereno.

La de los hospitales es una Semana Santa distinta. Y es que allí lo más parecido a la Cuaresma que hoy reluce son los improvisados retablos levantados a base de estampas en lo alto del cabecero de la cama, o el color albo de los uniformes del personal sanitario que rememora las túnicas de La Cena, San Gonzalo o Los Negritos. Allí donde la crudeza se alivia con el recuerdo de tiempos mejores también está presente la Palabra de Cristo; allí donde la incertidumbre y el pronóstico se dan la mano, la luz supera cualquiera de los modelos meteorológicos que en estos días nos esforzamos por adivinar; allí donde nadie imagina ver los días que conducen al gozo, la Mocita que está en San Gil, la que sonríe de vuelta por Parras y Escoberos, se presenta en cada gesto de consuelo de los familiares y amigos que hacen del infortunio una penitencia llevadera; allí donde un grupo de pequeños representan un mural pictórico con la Semana Santa más perfecta, aquella idealizada que con los años se escapa, el azahar viaja en diferente peana; allí donde la sonrisa se convierte en maniguetera del paso que conduce al restablecimiento; allí, en los hospitales, centros de recuperación y penumbra en los que la vida rachea a base de pasos cortos, la Cuaresma también perderá su ropaje de hebrea para recibir a la Gloria en menos de lo que la imaginación alcance.

Entre tanto, papeletas de sitio con destino al domicilio esperan ser prontamente retiradas. Como selladas por el mayordomo de la cofradía del Viernes Santo, la de los nazarenos de los ojos que no nos ven sueña también con ser testigo del caminar de Dios desde San Lorenzo al Monte Calvario, en estas noches en las que el aroma de los naranjos despunta las esquinas de la inmediatez.

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Los ojos que nos ven

José Antonio Martín Pereira | 21 de marzo de 2018 a las 15:15

Describir la Semana Santa sevillana desde cualquiera de las verticales del prisma que la conforman significaría dejar a un lado gran parte de la esencia mediante la cual se ha transmitido hasta nuestros días. Hablar de esta Fiesta implica tener en cuenta el carácter religioso, las más sublimes manifestaciones artísticas y las expresiones de un pueblo, de una ciudad, que ve su vida pasar por la estrechez de siete pero intensos largos días.

Ahora bien, dejando a un lado aquellos aspectos sentimentales que afloran con vigorosidad a lo largo y ancho del tiempo litúrgico presente, síntoma de que la espera acorta la distancia que desembocará en la confluencia del paralelo y meridiano que atraviesa el barrio del Porvenir, de lo que no hay dudas es de que si la Semana Santa no existiera habría que inventarla, expresión que no por repetida desluce ni un ápice la frondosidad de sus atributos.

No en vano, el desarrollo de la celebración, amén de colocar en el epicentro de la cristiandad a la ciudad de Sevilla, sanea las arcas de muchos comercios y, en definitiva, de numerosos hogares. Se trata, pues, de una prueba de superación que cada año se escenifica con más notoriedad.

En el seno de las hermandades se dice incluso que vivimos una nueva edad de oro. Discutible, con una baraja de matices que propiciarían una amplia gama de debates; pero hasta cierto punto cierto si atendemos al crecimiento de las cofradías penitenciales en lo que llevamos de siglo XXI. Por consiguiente en 1999 existían 57 cofradías con este carácter, mientras que a día de hoy con la última incorporación hace un par de años, la de la Hermandad de La Milagrosa del barrio de Ciudad Jardín, el total se ha establecido en 70. Todo ello se traslada por ende a los innumerables negocios que sobreviven y crecen gracias al fenómeno productivo y generador de riqueza que nace del desarrollo de las propias corporaciones. Subsisten por tanto oficios y profesiones artesanales (orfebres, bordadores, imagineros…) que de otro modo habrían desaparecido, y que con su supervivencia otorgan variedad al patrimonio cultural local y regional.

Y parte de ése aura que parece proteger a la Semana Santa, de la balsa sobre la que se asienta un desarrollo económico cuyo desgrane daría como mínimo para la confección de varias tesis doctorales, de la continua adaptación y de las perspectivas de futuro, se debe a los cientos de miles de visitantes que cada primavera eligen Sevilla como origen de su destino turístico. De este modo, año tras año los hoteles cuelgan el cartel de no hay billetes.

Por todo ello se hace especialmente vital el cuidado de la imagen que a través de su Fiesta Mayor la ciudad arroja al mundo. Y no hablamos de las proyecciones en FITUR (Feria Internacional de Turismo), ni de otras iniciativas con las que los distintos equipos de gobierno local han tratado en los últimos tiempos de elevar sus perspectivas, sino que es algo más metafísico. En este sentido, es posible que todos, alguna vez, nos hayamos puesto en la piel del visitante que en los días señalados de nuestro calendario camina con cámara y mapa en mano desorientado, aturdido, asombrado por tanto derroche gratuito de belleza, perplejo ante la inmensidad de una demostración mayúscula de solemnidad, devoción y amor. Son sin embargo sus férreas miradas las que deberían causarnos admiración, porque es ahí donde aún podemos hallar una pureza que no ha sido corrompida, ultrajada o manipulada. Tal vez a través de los ojos que nos ven seamos capaces de descubrir algunas de las respuestas que nos dirijan a mejorar una celebración que hoy por hoy evoluciona entre claroscuros.

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Foto: Diario de Sevilla

Los niños del Buen Fin

José Antonio Martín Pereira | 19 de marzo de 2018 a las 9:57

La Semana Santa de Sevilla se conforma quizás exclusivamente en el imaginario de nuestros sentimientos, de la memoria. Es un sueño avivado por el ideal armónico, simbólico y abstracto mediante el cual la belleza se exhibe ante nuestros sentidos sin que podamos retenerla. Tan exacta y precisa que es capaz de tumbar los designios de la nostalgia y el recuerdo, trasladándonos el perpetuo deseo de contemplar una ciudad perfecta, en esa búsqueda compulsiva del éxtasis como director de un proceso histórico que clava sus raíces en los dobleces más abisales de nuestra religión y de nuestra cultura. Así ha sido a lo largo de los siglos de ritos repetidos, y así se sigue dibujando desde la soledad interior de los cientos de miles de capirotes que esgrimen la liturgia cada año con la luz esperanzadora de una primera vez.

El génesis aún resplandece a través de los rescoldos que han hecho perdurar la fiesta. Los dos tramos de niños de la cofradía del Buen Fin representan esa Semana Santa añorada a la que intentamos recurrir constantemente, y que tal vez exista únicamente en los vagos recuerdos que nos quedan de aquel tiempo en el que también jugamos a ser nazarenos vestidos con la túnica de la hermandad desde que los primeros rayos de sol despegaban las hojas de la persiana. El testimonio más certero de la exposición de la fe es el que realizan ellos, desde sus carritos empujados o de la mano de sus padres y madres, abuelos y abuelas, como si la transmisión de emociones no entendiera de edades ni de circunstancias personales.

Probablemente ajenos a la exquisita sensación que dejan a su paso, entre el amplio despliegue de caramelos y estampitas repartidos sin filtro al público que presencia el discurrir de hábitos franciscanos en primera fila, e indiferentes al extraordinario poder de admiración que producen su Cristo dormido y su Virgen de tímida sonrisa, este grupo de pequeños perfectamente organizados realizan cada año una demostración perfecta de la revelación colectiva, curiosamente enfundados en la idiosincrasia de una Hermandad que ejecuta una grata labor con el grupo infantil que más lo necesita a través de su Centro de Estimulación Precoz.

Esa Semana Santa natural que no ha sido corrompida y que no entiende de la exigencia de horarios e itinerarios, se desarrolla con la escrupulosa plenitud de la ilusión llevada a su máximo exponente. Y lo es porque estos niños nos enseñan que a lo establecido sólo le cabe un traje, con menos costuras, y que a pesar que la sociedad derive situando los valores frente a un peligroso acantilado los cristianos seguimos llamados a acudir a Cristo constantemente. La metáfora de los niños como vehículo conductor hacia el Dios Verdadero de los Sagrarios. Si me pidieran que resumiera lo que está por venir, lo haría mil veces tomando el mismo ejemplo. Los niños del Buen Fin me cautivaron.

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La primera en la Campana

José Antonio Martín Pereira | 14 de marzo de 2018 a las 10:33

El tiempo presente se distingue por la flagrante exposición de sus signos. Así se puede oler en la mezcla de aromas que producen el incienso, la cera y las flores con los que se desarrollan los cultos en las hermandades; oir en la sinfonía de notas que propagan los numerosos conciertos de las bandas; degustar con la rica gastronomía dispersa durante los siete días de la semana y concentrada especialmente cada viernes de Vigilia; palpar en cualquiera de la cotidiana beldad que tiene origen en cada uno de los templos; y sobre todo ver, porque la Cuaresma en sí es una invitación directa a los sentidos que Dios nos lanza usando como herramienta y marco a la ciudad, en cuyo entramado se aclara la lenta pero inexorable transformación de la piel que se renueva con el desembarque de la primavera.

Existe un sueño en paralelo gestado de manera intemporal, que ahora calibra su sentido y finalmente será despojado por la emoción. Entonces recordaremos aquello que dejó escrito Antonio Núñez de Herrera en su obra Teoría y Realidad de la Semana Santa y que aún hoy, 82 años después de su primera edición, sigue brillando por el alto valor de un contenido cargado de connotaciones: “En estos días no se razona. Se siente nada más. Se vive y no se recuerda. La Semana Santa no ha existido hasta ahora mismo. Queda lejana de toda cuestión previa. Inútil buscarle raíces teológicas o tubérculos históricos. Nace la Semana Santa en sí, para sí y por sí”.

Entretanto las vísperas mantienen la esencia de lo inenarrable, el éxtasis sensorial admite confundirse en la convergencia de lo más simple. Para los impacientes, o para los que se atrevan a desafiar las leyes del tiempo, la primera ya ha posado sus cuatro zancos en la plaza de la Campana, entre aromas a canela y miel tostada.

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Sevilla renace

José Antonio Martín Pereira | 12 de marzo de 2018 a las 14:38

La Cuaresma no es sólo un tiempo litúrgico destinado a la preparación de la llegada del Misterio Pascual. Una vez más, el cartapacio que contiene los secretos de la primavera sevillana abrió sus pastas, como viene ocurriendo cada año desde hace siglos, para que multitud de albares láminas vean la luz, esa cuyo color se asemeja al que desemboca sobre el firme de la Bética proveniente de olivareras campiñas. Así en invierno, como si el almanaque mutara sus complejidades, la Cuaresma, con su rigor irreprochable y sus primeros signos recupera la ciudad en la que el Barroco sembró plenitudes, cimentando los vacíos dejados por el recuerdo y renovando planteamientos y esquemas mentales.

Y dentro de la desnaturalización que rodea a la fe del día a día, oculta tras la Semana Santa de todo el año ahormada para ocio y disfrute por el cofrade de hoy, la ciudad en su conjunto a través del ejercicio diario de sus hermandades ha adquirido la necesaria madurez que la lleva a alcanzar las virtudes del tiempo presente transformándolas en el desarrollo de lo estrictamente cotidiano.

De este modo, la lenta transmutación que ejecuta el molde del escenario idílico con el que nos levantaremos en la mañana del ansiado Domingo de Palmas, aquel que invitará a ensartar con hilo blanco el alfiler con el que bordaremos en oro y plata un nuevo capítulo de la memoria, postula síntomas que invaden incluso el propio deterioro estructural y sentimental donde se ahogan a diario viejas riquezas.

Es precisamente por ello que la Cuaresma se convierte en llave maestra del enigma con el que Dios se acerca sin vestimenta ociosa, sólo a través de la Palabra, para proponernos la conversión. Y lo es incluso por encima de aquello que creemos descifrar por nosotros mismos, o más allá de hacia dónde nos pretendan dirigir. La espera es armonía sobre la que descansa el ajetreo, es mansedumbre que refleja en la inspiración con la que el color de las nuevas tardes trasluce aquello que pretendemos experimentar pero aún guarnece. A veces sin buscarlo lo encontramos, y es entonces cuando las respuestas brindan por sí mismas la correcta vereda. Sevilla tiene su propia llave, la llave que descubre un horizonte marcado y que conformamos entre todos, la llave que inspira su renacer durante cuarenta días y cuarenta noches.

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¡Dejen de meter miedo!

José Antonio Martín Pereira | 2 de marzo de 2018 a las 13:25

La seguridad se ha convertido en uno de los objetos de debate prioritarios para cualquier equipo de gobierno que se preste. La extrema sensibilidad con la que los ciudadanos afrontamos el tema sitúa a las Administraciones ante una responsabilidad sin precedentes hasta ahora, y a la Semana Santa de Sevilla, expuesta a una encrucijada de intereses peligrosamente contrapuestos.

Partiendo de la base que en la Semana Santa de Sevilla son casi 3.000 los agentes de la Policía Local y fuerzas de seguridad del Estado quienes integran el operativo puesto en marcha para la ocasión, fruto de la colaboración entre la Delegación del Gobierno en Andalucía, el Ayuntamiento y la Delegación de la Junta en Sevilla, los graves incidentes acaecidos durante la pasada Madrugá han determinado un giro radical de cara a este año, concretado en una serie de medidas destinadas a evitar situaciones similares.

En este sentido, amén de ciertas innovaciones técnicas preventivas añadidas a algunas modificaciones de horarios e itinerarios, hemos pasado, radicalmente, de intentar buscar las causas y los culpables de aquellos desgraciados incidentes, que los hubo (y sino que pregunten a los Diputados Mayores de Gobierno de las distintas cofradías implicadas), a la última de todas, es decir a que nos intenten hacer creer que una serie de mensajes en cadena difundidos a través de WhatsApp y Twitter van a salvarnos de la histeria colectiva que genera la propia naturaleza humana ante lo gravemente desconocido.

Todo en mitad de una Semana Santa cada vez más encorsetada, la de los últimos años, en la que los cortejos atraviesan calles desiertas o, en su defecto, caminan en el sentido que marcan las vallas de color limón. Una Semana Santa gobernada por una falta de educación exacerbada, por la constante desacralización de sus otrora fervientes signos, y por la escasa unión que demostramos los cofrades cuando se trata de afrontar aspectos básicos. Una Semana Santa, además, en la que interesadamente el pánico ya derrama chorreones de cera hirviente, en la que se ponen parches a no se sabe el qué, pero que hábilmente están consiguiendo fermentar entre intereses personales para, tal vez, dejar constancia de algo que para nada necesitamos.

Llegados a este punto nos preguntamos, ¿qué pasará?; ¿a quién debemos temer?; ¿quién es nuestro enemigo?; ¿contra quién saldremos a luchar?. Miedo, si repasamos la Historia, pasarían nuestros hermanos en tiempos de la Segunda República, por citar sólo un ejemplo de uno de los períodos más infaustos a los que han sobrevivido nuestras cofradías, porque lo que ahora se observa más bien se entiende como relativización de intereses de cara a colocar a la Semana Santa y a sus cofradías una bomba de ventilación para insuflar respiración asistida ante determinados problemas de salud que no se corresponden como mal endémico de la celebración, sino que más bien pertenecen a la degradación colectiva de la sociedad que formamos parte.

Y es que desgraciadamente , los problemas a los que se enfrentan las cofradías no son exclusivos a la celebración de la fiesta, sino que afectan a lo cotidiano y precisamente por ello pasan desapercibidos a la conciencia universalizada. La Semana Santa en general, la Madrugá de Sevilla en concreto como principal objeto de debate, se alza como un simple altavoz por la dimensión que obtiene todo cuanto se le interpone.

Por ello pienso que si no se atajan de raíz las verdaderas inquietudes en materia de seguridad que como vecinos nos intimidan en nuestro día a día, los que se evidencian provocados por la masificación de las calles en Semana Santa, buena parte o todo lo que intentemos caerá en saco roto, porque los problemas no vienen cuando una cruz de guía traspasa el dintel de su templo y pisa la calle, ni tampoco lo traemos los cientos de miles de personas que tranquila y educadamente, como por cierto se viene haciendo desde que las cofradías tienen su origen, salimos a conversar con Cristo y su Bendita Madre contemplando serenamente el milagro de cada primavera y disfrutando de la ciudad a la que amamos; los problemas los traen, y reitero no exclusivamente en Semana Santa, quienes ponen su ausencia de civismo y valores al servicio de la ley que los ampara, protege y acoge.

¿O es que acaso los botellones y las peleas ocurren sólo cuando hay hermandades en la calle? Siendo así, es decir, utilizando a la Semana Santa como gran laboratorio de pruebas, hemos de reconocer que la mayor preocupación para muchos de los que salimos, insisto tranquila y educadamente, a participar de la protestación colectiva de fe que es la Semana Santa, pasa por las dichosas sillitas plegables, las cuales cumplen una década entre nosotros y a las que nada ni nadie parece poner remedio.

Dejando claro, pues, que toda acción formativa debe tener como principal objetivo ser de utilidad, y que algo es útil cuando satisface una necesidad, y la seguridad no sólo es necesaria, sino obligatoria para todos, resulta evidente también que la Semana Santa de Sevilla requiere de una reforma integral en la que participen de manera unánime cada uno de sus agentes. Cierto es, y así lo reconocemos quienes participamos de ella durante los 365 días del año, que las hermandades son reticentes a cambios drásticos inmediatos, pero no es menos cierto que si no hubieran sabido adaptarse a los vaivenes del tiempo con toda seguridad no habrían llegado al presente, con lo cual ese cambio, en el que a menudo se omite a Dios, no pasa ni de lejos por el control de las redes sociales ni tampoco puede ser guiado por agentes externos ajenos en buena parte a la integridad moral y sustancial de nuestras cofradías, y que han visto aquí un extraordinario filón de negocio.

Empecemos a construir por abajo, y no desde arriba, fomentando la educación en valores en casa, en los centros educativos o en las propias hermandades, puesto que ahí reside la clave, permitiendo dicho sea de paso a la Semana Santa aprovecharse de la modernidad que nos rodea sin renunciar a la esencia y al compromiso cristiano que la sostienen. Abracemos su combinación. ¡Dejen de meter miedo!

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