Archivos para el tag ‘Fe’

Te estaba esperando

José Antonio Martín Pereira | 14 de febrero de 2018 a las 9:54

Como cada año has llamado de nuevo a la puerta, para acomodarte en casa. Solapando al Carnaval, traes el comienzo de una nueva etapa, un nuevo ciclo para los cristianos que recibimos atentos y emocionados, un tiempo de preparación y también un buen momento para que nos iniciemos a vivir plenamente el verdadero sentido y significado de lo que es una hermandad o cofradía. Todo empieza como terminó, con la ceniza que devuelves; el polvo que somos y el polvo en que nos convertiremos; y con la conversión, la que aceptamos plenamente al recibir su imposición.

Se abre por tanto, con Tu llegada, un nuevo horizonte enmarcado en cuarenta días y cuarenta noches que aceptamos pensando en el ribete de emociones que nos quedan por vivir hasta que entregues el testigo, a las puertas del Salvador, en la gloriosa tarde en la que un mar de diminutos capirotes decida medir qué queda aún de niños en nuestro interior.

Suerte nos queda que tiempos de desproporciones cofradieras, de estériles debates avivados y de hipocresía vulgar, todavía existan lunares rojos sobre el almanaque, puntos de partida inviolables como el que Tú, apoyada en el Evangelio, nos inspiras. Por ello pasa, querida Cuaresma, te estaba esperando, rejuvenece la inquietud contenida que llevo amasando desde que en San Lorenzo se apagaron las luces para dar paso a la Resurrección del Señor, y muéstrame cada día diferente; así llenándolos de signos, estímulos y coincidencias como quien ansía una gota de agua en medio del desierto, actúa como tilde que acentúa la pausa con la que Dios aparece en lo cotidiano de las preocupaciones. Marca Tú el camino, que yo te sigo.

Centuria Macarena

Foto: Jesús Giraldo

«Si quitamos a Jesús, ¿qué queda de la Navidad?»

José Antonio Martín Pereira | 23 de diciembre de 2017 a las 19:39

Respiramos sumidos en el vértigo que nos produce la velocidad aplicada a nuestra vida cotidiana. El tiempo que nos ha tocado vivir no admite pausas, ni tampoco distracciones. Suscritos a la caída permanente de valores, a la agudización de la iniquidad, del desaliento colectivo, de la crisis mundial de identidad, sin que los remedios pasen de simples parches de quita y pon, aparece cada año la figura de un Niño en la humildad de un pesebre, esencia del amor representado por la Sagrada Familia (José y María junto al Niño Dios) en un establo acompañados por el calor de unos animales y varios pastores.

Es precisamente ahora, cuando cientos de miles de cristianos son perseguidos por su fe a lo largo y ancho del planeta, y en otros caso cuando aún manteniendo vivas las tradiciones, éstas son vulneradas de sus propios principios y vulgarizadas hasta extremos cada vez más ilógicos, cuando impera la necesidad por recobrar ese espíritu con el que la Historia del ser humano cambió radicalmente. De ahí que las palabras del Papa Francisco durante la bendición de los Niños Dios en San Pedro el pasado domingo, tercero del tiempo de Adviento, deban estar presentes para cualquiera de nosotros si de verdad pretendemos que tan valioso tesoro como es la Navidad no caiga en saco roto.

«Si quitamos a Jesús, ¿qué queda de la Navidad? Una fiesta vacía. La alegría del cristiano no se compra, no la perdamos tampoco en las dificultades», afirmó Francisco durante el Ángelus. «El cristiano, habiendo encontrado a Jesús, no puede ser un profeta de desventura, sino un testimonio y un heraldo de una alegría contagiosa que debe ser compartida con los demás y que hace menos cansado el camino de la vida», advirtió. «La alegría, la oración y el agradecimiento son tres actitudes que nos preparan para vivir la Navidad auténticamente».

Tomemos, pues, conciencia y no dejemos escapar esta nueva oportunidad que Dios nos brinda.

 

¡Feliz Navidad!

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Henry Siddons Mowbray – La Adoración de los Magos (1915)

‘Stop’ Halloween

José Antonio Martín Pereira | 29 de octubre de 2017 a las 10:08

Pasan los años y la irrefutable realidad es que la americanada celebración de Halloween, vulgo noche de los muertos vivientes, sigue acomodándose en las entrañas de nuestra rutina al punto inclusive de haber adelantado por la derecha a la mayor parte de las fiestas de nuestro calendario particular.

Síntoma evidente de las voraces garras de la Globalización, las modas y el consumismo, las mismas cuales vientos huracanados zarandean las ya descosidas raíces culturales que visten nuestro día a día, de igual forma que lo hacen las extraordinarias estanterías de mantecados que aguardan a la entrada de los supermercados a dos meses de la Navidad; o el cada vez mayor apego por la cocina de vanguardia que exponen las sacrílegas cartas de muchos nuestros restaurantes, capaces de destrozar hasta los encantos de la tortilla de patatas o el salmorejo a cambio de un puñado de ingredientes innecesarios y mucho reborde de plato blanco. La estandarización a la que socialmente estamos sometidos no parece tener límites.

Así entró Halloween, arrollando el entorno de nuestra conciencia colectiva tal vez porque no supimos, o simplemente no quisimos detenerlo como fenómeno voraz disfrazado con aires de libertad incontrolada. Puede sin embargo, que su introducción y asimilación únicamente se deba a que los tiempos de manera irremediable cambian, y como tal hay que saber adaptarse y convivir con estas circunstancias. Lo que está claro es que ahora es imposible detener la magnitud que ha alcanzado, al punto que ya cuenta hasta con sus propias vísperas. Surrealista.

Del mismo modo entristece, y mucho, comprobar como las nuevas generaciones ni siquiera tienen la posibilidad de elegir culturalmente hablando, ya que las propias administraciones, en unos casos por odio manifiesto a nuestras tradiciones, en otros por evidentes complejos para plantar cara y defenderlas, y siempre secundadas por los usos y el poder con los que cuentan los medios de comunicación, siembran cada vez con mayor ahínco un campo en favor de otros. Prueba sintomática es el calendario escolar, mediatizado al punto de que los niños entienden como de toda la vida una tradición que por lo menos aquí en España cuenta su profundidad con los dedos de la mano, y sin embargo toman con naturalidad que elementos propios de nuestra cultura sean silenciados e incluso prohibidos en favor de no se sabe muy bien qué.

Es absurdo pensar que las costumbres constituyen la idiosincrasia solo para un pueblo carca y manido, como lo es la insistencia de transformar el recuerdo de los que no están por un escenario virtual representado en la calle, el trabajo o en locales de fiesta, en el que los disfraces de brujas, diablesas, esqueletos y chamanes sajones, y el acopio calabazas huecas iluminadas con una vela dentro absorban totalmente la independencia que hemos adquirido como sociedad. No nos vendría mal hacer un poco de ejercicio de conciencia para intentar cambiar de tendencia.calabaza_de_halloween-540x405.

Optimismo

José Antonio Martín Pereira | 28 de abril de 2017 a las 11:35

Es evidente que la corriente nos arrastró. Fueron tres horas de una noche, de la noche más esperada del año cierto es, pero el tiempo justo para salpicar balances y análisis que se han venido sucediendo hasta la fecha en lo que fue la Semana Santa de 2017. En este sentido, no es menos cierto que los cofrades vivimos en permanente estado de sensibilidad ante el progresivo deterioro de la fiesta, producto de la sociedad en la que vivimos y su consecuente pérdida de valores y compromisos, no obstante y siempre bajo el reconocimiento de nuestras culpas, el presente casi que nos obliga a lanzar un balón de optimismo que contribuya a preparar esquemas futuros, apartando a un lado todo lo ingrato.

Precisamente por ello ni podemos, ni debemos caer en la tendencia derrotista, en vivir en la pesadumbre asumiendo que las posibilidades de cambio son inexistentes. La cuestión de fondo, no lo olvidemos, es más importante que cualquier alteración logística que seamos capaces de aplicar, y nos lleva por el camino del cambio de mentalidad entorno a la amalgama de problemas y condicionantes que nos rodean.

Debemos por tanto que reactivarnos en actitud, remar en una única dirección y fijarnos en aquello por lo que las cofradías y la Semana Santa se han engrandecido a lo largo de la historia, superando avatares mucho más crudos que el actual. Hace unos días tuvo lugar el IV Encuentro de Jóvenes de las Hermandades del Lunes Santo en la sede de la Hermandad de San Gonzalo. El templo se llenó, los jóvenes disfrutaron entorno a María, la oración y la convivencia en valores. ¿Aún pensamos que está todo perdido?

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Foto: Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla

Semana Santa 2017: la imagen

José Antonio Martín Pereira | 24 de abril de 2017 a las 11:04

En realidad, todos lo sabemos, la Semana Santa pasa como un suspiro. De su fugacidad en la conciencia quedan restos que, por más que intentemos retener, nunca nos devolverán el momento, sin embargo sí que pueden servir de inspiración o desahogo en esas noches en las que al corazón le puede la nostalgia y la riqueza del tiempo litúrgico por sí misma necesita del soplo de lo pretérito.

Instantes, situaciones personales o colectivas cuya riqueza resulta difícil de desgranar con palabras pero que quedaron ahí, fueron realidad por una fracción del minutero y contribuyeron a remarcar el sentido de aquello cuanto aconteció. Esta en concreto ocurría durante el apogeo de la tarde del Martes Santo, cuando el paso de Misterio de la Presentación al Pueblo de la hermandad de San Benito alcanzaba una de las vértebras principales de la ciudad. Ni siquiera el calor que se hizo evidente, rotundo todavía a esa hora, fue capaz de descomponer el ansia con la que el público esperaba.

Lecturas se podrían hacer cientos pero la principal, ahora precisamente que precisamos de una bocanada potente de optimismo, es que el fervor popular que congrega la Semana Santa de Sevilla sigue siendo su mayor bastión, defensa ante agresiones externas e internas y elemento esencial sobre el que vincular el futuro. Como dirían algunos, el poder de la fe.

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Foto: El Palquillo. Diario de Sevilla

Participar de la cofradía

José Antonio Martín Pereira | 6 de abril de 2017 a las 12:11

Participar de la cofradía es para todos motivo de orgullo. Una sensación indescriptible recorre el cuerpo cuando, después de un largo año, volvemos a sentirnos partícipes del momento soñado, pero que a la vez vierte sobre nosotros un altas dosis de responsabilidad cristiana, de ferviente compromiso a pesar del silencio público.

A menudo durante la Semana Santa y tras ella, las redes sociales que se han convertido en altavoces rápidos e implacables, con jueces que sentencian sin antes mirarse al espejo, donde se martiriza el trabajo de las cofradías por comportamientos o malas prácticas puntuales las cuales, eso sí, degeneran la buena acción que realizan las hermandades a diario. No obstante, podemos afirmar con rotundidad que participar de la cofradía es algo muy serio, sea cual sea el puesto que ocupemos en ella el motivo esencial es hacer Estación de Penitencia por todo aquello que nos impide parecernos a Cristo.

Precisamente hacer referencia a esto último, la Estación de Penitencia, que consiste en ir en procesión desde los distintos templos la hasta la Santa Iglesia Catedral, y a su vez determina el saber entender muy bien el significado de este gesto. La Catedral es símbolo de la Iglesia del Cielo hacia la que todos los cristianos nos dirigimos, como peregrinos, con cirios que son signos de la eternidad, tras la Cruz del Redentor.

Es por ello que debemos estar preparados para el sufrimiento que conlleva el alcanzar esa meta. Nadie dijo que realizar la penitencia fuese tarea fácil, hay que vencer al cansancio, a la incomodidad prolongada, al calor o al fío, en un ejercicio de resistencia que nos debe servir para ahondar en la conversión al Evangelio, y también para fomentar la fe entre quienes asisten al tránsito de nuestros amados Titulares. De nada sirve el esfuerzo que otros hayan puesto inculcándonos la tradición o el recogimiento, si luego a la hora de la verdad nos dejamos vencer por nosotros mismos. Con la mirada puesta en lo que está por venir, dejemos el listón bien alto.

Los gitanos Sevilla

La fuerza de lo efímero

José Antonio Martín Pereira | 3 de abril de 2017 a las 10:54

El tiempo pasa, Ella permanece. No existe mejor definición que describa el milagro que cada año nos regala la primavera. La Macarena ya aguarda una nueva luna llena en su paso, señal inequívoca del inexorable transitar del tiempo, preludio inigualable de la fuerza que es capaz de despertar lo efímero, como si todo el año lo pasáramos esperándola. El ciclo, una vez más, se ha consumado en el desvanecer lento que ofrece el epílogo de la Cuaresma para alcanzar la conclusión, el teorema indescifrable que es Ella. Con la Esperanza en su altar de calle por encima de la belleza lo que brota de nuevo es la luz de la Palabra, en lo que se deduce como una invitación clara, concisa y directa para que mantengamos viva la llama de la fe.

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Foto: Hdad. de la Macarena. Álvaro Heras

Más que altares y pasos

José Antonio Martín Pereira | 29 de marzo de 2017 a las 11:11

Afortunadamente la Cuaresma abarca más de lo que se desprende de altares y pasos. La semilla que toma su alimento del día a día no necesita de accesorios tangibles, se desarrolla en pequeños gestos y excede a cualquiera de las catequesis que en el tiempo presente decoran cada recoveco de la ciudad. La única premisa es tener abierto el corazón a Dios, confiando siempre en su voluntad y presencia.

La estampa que ilustra estas breves líneas fue tomada en una inhóspita habitación de hospital, allí donde cada día el diputado mayor que es el miedo precede a la cofradía más austera, en la que nadie solicita ser listado pero que en ocasiones reclama a formar parte de sus tramos. Donde no alcanzan los aromas del azahar que en estas noches dominan el aire, una medalla en la que se adivina el rostro de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder sirve de consuelo ahora que el corazón respira acelerado. Es, con todos sus argumentos, el extraordinario poder que despierta la fe, capaz de hacer frente a obstáculos y adversidades, capaz en definitiva de mantener siempre viva la llama de la esperanza.

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Cuaresma auténtica

José Antonio Martín Pereira | 16 de marzo de 2017 a las 10:57

Suerte nos queda de que tiempos de desproporciones cofradieras, de estériles debates avivados y de hipocresía vulgar, todavía exista quien se preocupe del fondo, del origen, de las raíces que nos han conducido hasta aquí y que aun hoy tratamos de preservar aunque constantemente se revelen ante nuestros ojos sin esencia, desarticuladas, ensombrecidas en sus valores primitivos.

Es precisamente a tenor de tal circunstancia, por la que cobra interés la extraordinaria labor que desde hace algunos años pone en pie la Hermandad de la Virgen de la Antigua, devoción con siglos de historia organizada como corporación allá por 1946 con el fin de ayudar a los conventos de clausura, núcleo prioritario de la iglesia sevillana a menudo olvidado por tantos, y que aún inmersos de lleno en pleno siglo XXI se conserva fiel a sus fundamentos.

Trabajo que está dando sus frutos, y de qué manera, proporcionándonos una visión de la Cuaresma desde el punto de vista espiritual que por desgracia ahora sólo se circunscribe a la literatura y a los testimonios orales de estudiosos en la materia. Así de este modo, cada viernes cientos de personas acuden al reclamo, para rezar y a la vez descubrir el patrimonio, la historia y el estado actual en el que se encuentran los conventos de clausura sevillanos. Eso sin imágenes de por medio, ni música como ocurre en algunos traslados, teniendo como ejes principales la liturgia y  la exquisita divulgación del patrimonio con un programa de Vía Crucis a los que prosigue una explicación histórico-artística del templo a través de algún experto colaborador.

Y no se echan de menos a los del puñado de brazos en alto que viven pendientes de inmortalizar cada segundo de este tipo de actos piadosos cuando una imagen se erige como protagonista, ni a los reporteros del tres al cuarto que remarcan el paso de cada estación y la publican en de las redes sociales como éstas si fueran noticias de interés supremo, afortunadamente el público es otro y en su exquisito respeto y predisposición se demuestra. Ojalá estos frutos perduren por muchos años, y sirvan de ejemplo para nuevas iniciativas que despierten más el interés por ahondar en la fe, que por otras banalidades sin sentido alguno. Desde aquí mi gratitud, y mi apoyo.

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Breve reseña de la Hermandad

Se fundó la Hermandad en 1946, a instancias de D. Salvador Benítez de la Paz, con el caritativo fin de socorrer a las religiosas de clausura, ayudándoles en las frecuentes necesidades o privaciones que sufren sus conventos. Desde entonces viene realizando una labor callada, pero muy efectiva y meritoria, dentro de lo que permiten sus recursos. Así por ejemplo, en 1999 entregó como donativos a los monasterios 691.000 pts. (lo cual supone el 84 por ciento de los recursos de esta Hermandad, salvando los gastos mínimos o indispensables para su mantenimiento). Venera un precioso lienzo dieciochesco con réplica o trasplante de la Virgen de la Antigua, donde el goticismo de la efigie original (sita en la Catedral) ha quedado suavizado por la gracia propia del barroco. Tiene como cotitular a San Antonio de Padua, venerado en una pequeña escultura realizada por el contemporáneo Manuel Domínguez.

via crucis hermandad de la antigua

Atardecer de Lunes Santo

José Antonio Martín Pereira | 9 de marzo de 2017 a las 11:59

Ocurrió como suceden las cosas en la Semana Santa de Sevilla, de la manera más sencilla y natural. A lo largo de una calle estrecha penetraban las últimas ráfagas de luz de un Lunes Santo que acababa de empezar a morirse. A morirse en los ojos de una Dolorosa de palio de cajón austero, la que pronto recorrería el adoquinado derramando la más suntuosa de las bellezas. Entre tanto la esbeltez de la cruz de guía preludiaba el definitivo cambio de tonalidad de la tarde, a la vez que el cuerpo de espigados nazarenos iniciaba con pasmosa cadencia su tránsito sobre el trazado previamente establecido. Aires de otra época traía la noche, los que la ciudad aguardaba.

Condicionantes todos, el encuentro se fraguó en medio de algodones de incienso. El paso reviraba silenciando los murmullos, equilibrando el sonido del crujir de la caoba hasta fundirlo con el de las inquietas golondrinas en su anárquico aleteo de primavera. La tarde seguía descomponiendo su rostro estirando cada segundo como si fuera el último, recabando la necesaria austeridad de cada esquina. Y fue ahí, cuando el paso encaraba el horizonte dispuesto por oscuros capirotes, el instante en el que su mirada cruzó con el rostro del Cristo dormido hasta quedar prendida de amor. En una fracción de segundo, tiempo del fugaz encuentro, sus destinos se habían encontrado para no volver a separarse. Ojos sinceros enclavados, la Cruz como testigo, nada más.

Desde entonces y hasta hoy siempre acude a la estampa que con cariño conserva. Le recuerda cómo se conocieron, sin el clima de sensaciones que proyectó la unión pero con la confianza de sentirse segura sobre sus pasos, los que guían su fe amparados en el valle de paz que extendiera la dulce imagen del Crucificado de la Vera-Cruz aquel atardecer de Lunes Santo.

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